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miércoles, 5 de agosto de 2026

Eterno anochecer

Forugh Farrojzad
Eterno anochecer. Poesía completa
Edición, traducción y notas de Nazanin Armanian
Gallo Nero, 2025 

"De la tierra de la luz, del amor, del dolor y la negrura,
una mujer partió de madrugada;
se arrastró, como un ave sin plumas que ha perdido el camino, 
y cargó con su hato repleto de fatigas y zozobra.

Ni una triste lágrima derramó nadie por su ausencia.
No comprendió su idioma nadie.
No supo per, la multitud indiferente,
que su canto era un himno a la nostalgia y la mugre".


Este libro, que reúne por primera vez en castellano toda la poesía de Forugh Farrojzad, nos permite recorrer la intensa evolución de una autora que revolucionó la literatura persa contemporánea y cuya escritura sigue resultando sorprendentemente moderna al atreverse a convertir su propia experiencia de mujer en el centro de una poesía radicalmente libre.

Como indica la traductora, Nazanin Armanian, resulta imposible separar su obra de su biografía. Nacida en Teherán en 1935, casada muy joven, divorciada poco después y privada de la custodia de su hijo, Forugh Farrojzad desafió todas las convenciones de una sociedad profundamente patriarcal y teocrática, y fue objeto de escándalo por escribir sobre el deseo femenino, el cuerpo, el amor, el fracaso matrimonial o la soledad sin ocultarse tras metáforas complacientes ni adoptar la voz que la tradición reservaba a las mujeres. Como escribe en "Rebeldía":

No trates de ponerme candados de silencio, 
que tengo que contar aún varias historias.
Quítame de los pies estos grilletes
que laceran mi carne lacerada.
[...]
Más tú, varón, ser engreído,
no condenes mis versos por infame.
Qué sabes tú de lo que se desborda
de mi pecho en esta jaula asfixiante.
[...]
Un libro, algo de paz, de intimidad, de poesía,
lo suficiente como para emborracharme
con el vino fugaz de la vida. ¿Por qué coy a lamentarme
por no tener acceso al paraíso prometido, si en mi corazón
albergo el paraíso de cada latir?
[...]
Renuncia al hadiz, varón,
que el desafío te embriague de placer.
Dios todopoderoso me perdona.
¿Quién sino él me dio a mí, su poeta,
este corazón tan loco?

Lo que atraviesa estos poemas es la búsqueda de una existencia auténtica, capaz de sostener la libertad incluso cuando esa libertad conduce a la intemperie. Su obra contiene una resonancia política inevitable al afirmar una concepción de la libertad incompatible con cualquier forma de dominación y reclamar para las mujeres el derecho a ser sujetos completos de experiencia, deseo, pensamiento y creación. Su escritura desafía el orden patriarcal precisamente porque rechaza reducir la vida femenina al sacrificio, al silencio o a la obediencia. 

En este sentido, hay un aspecto de su poesía que me conmueve especialmente. Cuesta no sentir una profunda tristeza al comprobar hasta qué punto una mujer de una vitalidad desbordante, de una inteligencia extraordinaria y de una libertad tan poco común quedó atravesada por el sufrimiento amoroso. Sus poemas muestran una personalidad que se niega a aceptar las convenciones de su tiempo y que aspira a vivir el amor como un encuentro entre iguales. Sin embargo, una y otra vez aparece la experiencia de la ausencia, de la incomprensión, de la dependencia afectiva o del abandono. Así lo expresa en "Echada al olvido"

No sé en qué habré fallado
para que haya desecho de este modo
la madeja de amor que nos unía.

Si yo viví en su corazón,
¿por qué no vino a verme más, por qué?
Donde quiera que mire me lo encuentro
mirándome estos ojos que han llorado.
El mal de amores se hizo dueño,
resentido, anhelante,
de mi ánimo alegre.

Al leerla resulta inevitable preguntarse cuántas mujeres extraordinarias han tenido que medir su propia felicidad con hombres incapaces de reconocer plenamente su libertad o de sostener una relación verdaderamente igualitaria. La tristeza que dejan algunos de sus poemas no nace únicamente del desengaño amoroso, sino de la intuición de que una mujer tan excepcional se vio obligada a buscar, en un mundo profundamente patriarcal, una reciprocidad que ese mismo mundo hacía imposible.

Es verdad que Forugh Farrojzad no convierte esa vulnerabilidad en sumisión: ama intensamente, desea intensamente, sufre intensamente, pero jamás renuncia a su propia voz. Sus poemas no transmiten la imagen de una mujer derrotada por el amor, sino la de alguien que se resiste a aceptar un amor que exija disminuirse a sí misma para ser correspondida. Esto es algo que se percibe, creo, al tener la oportunidad de leer toda su obra, de ver la evolución de su escritura desde su primer libro, titulado Cautiva, publicado en 1955, hasta su quinto y último poemario, Tengamos fe en el principio de la estación fría, terminado poco antes de su trágica muerte y publicado de forma póstuma en 1974.

Los primeros libros presentan un tono confesional y romántico, dominado por la pasión amorosa, la culpa y el conflicto entre el deseo y las normas sociales, con poemas intensos, a veces vehementes, donde la afirmación del yo aparece ligada al sufrimiento de quien intenta abrirse paso en un mundo que la condena. Pero, libro tras libro, esa voz va desprendiéndose de cualquier sentimentalismo para adquirir una profundidad existencial extraordinaria. En Otro nacimiento y, sobre todo, en Tengamos fe en el principio de la estación fría, la experiencia personal se convierte en una interrogación sobre el tiempo, la muerte, la naturaleza, la memoria y el sentido mismo de vivir. De este último libro es el poema "La ventana":

Una ventana para ver,
una ventana para oír,
una ventana como el aro de un pozo.
Su fondo llega al corazón de la tierra
y se abre hacia lo inmenso de esa amorosa continuidad de color azul.
Una ventana que llenan las pequeñas manos solitarias
de la generosidad nocturna del aroma
de las magnánimas estrellas.
Y se puede ver dese allí
invitar al sol a la añoranza de los geranios.
Me basta una ventana.

La poeta escribe desde la herida, pero también desde una inagotable voluntad de seguir viviendo. En sus versos hay una confianza obstinada en la posibilidad del renacimiento, de encontrar una nueva forma de habitar el mundo incluso después del dolor. La naturaleza ocupa un lugar central en esta búsqueda: árboles, pájaros, jardines, estaciones, lluvia o viento aparecen constantemente en sus poemas, constituyendo un lenguaje con el que pensar la transformación, la fertilidad, el desgaste del tiempo y la esperanza. Frente a una cultura que pretende inmovilizar la vida bajo normas morales rígidas, la naturaleza representa el movimiento continuo, el cambio y la posibilidad de comenzar de nuevo. Incluso  el invierno, la estación fría, contiene la promesa de otra primavera.

La temprana muerte de la autora, en un accidente de automóvil cuando apenas contaba treinta y dos años, contribuyó a convertirla en una figura casi legendaria. Sin embargo, el verdadero motivo por el que continúa siendo una de las grandes voces de la literatura del siglo XX no reside en el mito biográfico, sino en la fuerza de una obra que ha sobrevivido a los cambios políticos, culturales y religiosos de Irán. Leída desde el presente, Eterno anochecer demuestra que la poesía puede convertirse en un espacio de resistencia frente a todo  los intentos de clausura de la vida. 

sábado, 30 de mayo de 2026

Valer la pena

Juan Gelman
Valer la pena
Visor, 2008

"Leía libros antiguos porque
todo horizonte viene de otro 
atrás".


Un libro atravesado por el duelo, la memoria y la devastación histórica, pero también por una obstinada búsqueda de amor, belleza y ternura en medio de la pérdida. El propio título encierra la clave fundamental del poemario: la palabra “pena” nombra simultáneamente el sufrimiento y aquello que merece ser vivido, de modo que el libro se mueve constantemente entre el dolor y la afirmación de la vida.

La pregunta que atraviesa muchos poemas es si la palabra puede todavía nombrar la ausencia, la muerte y la violencia sin traicionarlas ni convertirlas en una simple representación estética. Sin embargo, junto a la memoria desgarrada palpita una corriente persistente de amor y de asombro. La poesía intenta rescatar fragmentos de humanidad allí donde la historia ha dejado ruinas. "Bailamos contra / clausuras en la sombra", escribe en el poema Don Luis, dedicado a Luis Cernuda; y en El baile

"[...] Así
verá la raíz incompleta 
de la belleza, su felicidad animal,
su verdad incierta como gente
bailando en la plaza donde el mundo
se amujera y él mismo aparta sombras
con manos que no tiene".

Formalmente, el libro despliega los rasgos más característicos de Gelman: una sintaxis quebrada, la invención de palabras, el desplazamiento constante de los significados, el diálogo con otras tradiciones poéticas y una intensa musicalidad construida desde la fragmentación. Su lenguaje parece buscar una lengua nueva, herida y precaria, de manera que esa escritura entrecortada no es un artificio estilístico, sino la huella misma de una realidad fracturada.

Hay en Valer la pena una convicción profundamente ética: incluso después del horror, cuando la historia parece haber destruido toda posibilidad de sentido, la poesía sigue siendo un lugar desde el que recordar, nombrar y amar. Por eso el libro no desemboca en la desesperación, sino en una forma de esperanza frágil, consciente de las pérdidas irreparables, pero incapaz de renunciar a la dignidad de la palabra, desde la certeza de que la memoria y el amor pueden seguir iluminando, aunque sea tenuemente, la oscuridad del mundo.

[...] ¿Nunca
escribieron la palabra bondad
en el libro del mundo?
Quisiera quedarme en mi conciencia
como hacen los perros, espantar
a la desdicha continua,
los sueños flacos, los pavores,
su idiota irrealidad,
y amar a la vida en un hotel de provinmcia,
todo lo que no es".

jueves, 9 de octubre de 2025

Devociones

Mary Oliver
Devociones: Poesía reunida
Traducción y prólogo de Andreu Jaume 
Lumen, 2025

Me he negado a vivir
encerrada en la pulcra casa
    de las razones y las pruebas.
El mundo en el que creo y vivo
es más amplio que eso. Y en fin,
    ¿qué hay de malo en quizás?

Nadie creería lo que yo he visto
una vez o dos. Os diré
    esto nada más: 
sólo si hay ángeles en tu mente
    podrás ver uno algún día.


Mary Oliver es una de las presencias habituales en este blog. En alguna de sus anteriores obras ya había podido degustar retazos de su poesía, pero este libro es un festín.

Publicado originalmente en 2017, dos años antes del fallecimiento de la autora, Devociones es más que una antología: es la autobiografía espiritual de Mary Oliver escrita a través de sus poemas. Reúne más de doscientos textos seleccionados por la propia autora, desde sus primeros poemas de 1963 hasta Felicity, su última publicación en 2015, presentados en sentido inverso, como un viaje de regreso hacia los orígenes.

En estas páginas, Mary Oliver convierte la atención al mundo natural en una forma de oración. Los bosques, los animales, las estaciones o un simple rayo de luz se transforman en símbolos de lo sagrado cotidiano. Su poesía invita a detenerse, mirar y agradecer: “prestar atención” es su verbo central, una ética. Con un lenguaje sencillo pero lleno de profundidad, la autora revela que la devoción no está en los templos, sino en la capacidad de asombro ante la vida.

No tienes por qué ser
el iris azul, podrían ser
yerbajos en un descampado, o unas pocas
piedrecillas, tan solo
presta atención, luego remienda

unas cuantas palabras y no intentes
sofisticarlas, esto no es
una competición sino la entrada

a dar las gracias, y un silencio en el que
quizás hable otra voz.

La voz de Mary Oliver es serena, luminosa y compasiva. Cada poema parece dicho al oído, como si la poeta caminara a nuestro lado señalando la belleza de lo pequeño. El conjunto deja una impresión de paz y gratitud, una celebración del vínculo entre la naturaleza y el alma humana. Una invitación a vivir con los ojos abiertos, una cartografía de la atención, la ternura y la trascendencia enraizada en lo simple.

¿Qué países, qué visitas,
     qué pompas
me podrían llenar tan plenamente como los bosques de Blackwater
una mañana soleada o, da lo mismo, bajo la lluvia?

He aquí un asombro: una vez tenía yo veinte años y en
     cada movimiento de mi cuerpo había una deliciosa paz,
y en cada movimiento de la verde tierra había
     un indicio del paraíso,
y ahora tengo sesenta años, y ocurre lo mismo.

Un libro que invita a detenerse, a contemplar, a reconocer el don interior que subyace en cada persona buscadora de luz (o de pájaros, o de luciérnagas). Quien se adentre en estas páginas con calma y atención (siempre la atención) podrá descubrir no solo poemas hermosos, sino un modo de habitar el mundo con gratitud.

Calma, alma mía, sé firme.
Tanto la tierra como el cielo aún miran
aunque el tiempo se desagüe en el reloj,
y tu paso, que era seguro y rápido,
sea de pronto lento.

Bien está que vayas lenta, mas deja
al corazón jugar aún su auténtico papel.
Ama aún como solías, hondamente
y sin paciencia. Que Dios y el mundo
conozcan tu gratitud.
Sepan que el don se ha concedido.

martes, 26 de agosto de 2025

Libros recomendados en agosto

 

viernes, 15 de agosto de 2025

Fuego la sed

María Sánchez
Fuego la sed
La Bella Varsovia, 2024 
 
[...] fuimos nosotras
quienes aprendimos la historia de nuestras madres
tocando los anillos de los árboles
 
lo que no se quiere contar
queda irremediablemente granado
en este espectro
 
en los libros
nunca aparecen sus nombres
tampoco sus quehaceres [...]
 
 
María Sánchez es veterinaria de campo, ensayista y poeta. Fuego la sed es su segundo poemario tras Cuaderno de campo (2017). En este blog también he reseñado su ensayo autoetnográfico Tierra de mujeres (2019), absolutamente recomendable.  
 
Articulado en varias partes de extensión desigual -"Nos quedan veinte años para entender el sol", "Los elegidos del agua", "Los animales hablan", "El día que nací mi abuelo plantó un peral", "Fuimos demasiado recientes para formar parte de la historia"-, en este segundo poemario reflexiona sobre nuestra relación con la Tierra, sobre la emergencia climática y la desmemoria hacia el territorio, con un lenguaje a la vez lírico y profético.
 
[...] ya no llueve no
ya no llueve como antiguamente
una y otra vez repiten
los mayores
 
ellos nacieron
antes del fin
 
ellos se convertirán en ancestros
nosotros en fantasmas 
 
Fuego la sed es un poemario de urgencia crítica y también de ternura, que enaltece (sin romantizarlo) lo rural, lo olvidado y lo vulnerable. Desde una mirada honesta y exigente María Sánchez nos invita a escuchar la memoria de la tierra, a reconocer sus heridas (que son también las nuestras) y a preguntarnos qué futuro podemos construir. 

[...] nos cosieron
en el corazón de un hombre que peca
 
de esos remiendos y tajos
podrán enhebrarse
-os decimos-
otros mapas del afecto 

sábado, 12 de julio de 2025

Poesía de Ingeborg Bachmann

Ingeborg Bachmann
Poesía completa
Traducción de Cecilia Dreymüller
Tresmolins, 2018 

La guerra ya no es declarada, 
sino continua. Lo inaudito
se ha vuelto común.  
 
 
Abrir las páginas de este libro es como adentrarse en un territorio a la vez etéreo y ardiente, un espacio donde la palabra se convierte en fuego lento, humo que perfila siluetas y, al mismo tiempo, ceniza que cubre todo de un silencio casi sagrado. Leer a Ingeborg Bachmann no es solo leer poesía: es atravesar con el cuerpo el filo de sus versos, caminar entre ruinas interiores y ciudades reconstruidas tras la devastación, acompañadas de un idioma que, pese a todo, busca todavía la claridad.
 
[L]a Historia nos ha preparado una tumba
de la que no habrá resurrección.

Desde sus primeros poemas se percibe la huella de la posguerra, el temblor de quien sabe que las palabras han perdido la inocencia. Ingeborg Bachmann escribe en alemán, desde una lengua rota, herida, que busca reconstruirse sin traicionar la memoria del horror. Al leer su poesía, desde los primeros poemas de 1948 hasta los últimos de 1967, asistimos a la evolución de su voz: desde el hermetismo de "Die gestundete Zeit" (El tiempo aplazado) hasta los textos más tardíos, donde la palabra se vuelve aún más austera, más concentrada y, tal vez por ello, más luminosa.

El tiempo, el amor y la muerte son los grandes ejes que atraviesan estos poemas, pero no como temas abstractos, sino como experiencias encarnadas. Hay algo deliberadamente áspero en su decir, una negativa a embellecer el dolor. Y, sin embargo, incluso en su sequedad, sus versos brillan con una belleza desolada, como el resplandor de la nieve bajo un cielo gris.
 
Quienes condenan la guerra están elegidos
para luchar en esta luz.
Esparcen el grano
en los muertos sembrados del mundo.,
yacen en las líneas de fuego
durante un largo verano,
en los haces de ráfagas
por nosotros y caen al viento

Leerla es escuchar una voz que no teme nombrar la fragilidad: la propia, la del lenguaje, la de la historia. Pero también es percibir un latido persistente de esperanza, aunque sea mínima, aunque apenas se sostenga. En "Anrufung des Großen Bären" (Invocación a la Osa Mayor), encontramos un gesto de invocación: la búsqueda de sentido más allá del desastre, la tentativa de orientar la mirada hacia las estrellas, como quien busca un norte en plena oscuridad.
 
En otro lugar se cierran los pasos de montaña:
aquí se intercambia un saludo, se comparte el pan.
Y todos traen, para cicatrizar la frontera,
un puñado de cielo y un paño de tierra

Este libro es que no es solo una recopilación: es un viaje por el pensamiento poético, del mapa emocional e intelectual, de una escritora que nunca dejó de preguntarse por el lugar de la palabra tras la catástrofe. Sus poemas nacen del silencio, pero no se instalan en él; son la tentativa, a veces desesperada, de decir lo indecible. Quizá por eso su lectura nos deja con una sensación ambivalente: de plenitud y de desamparo. Como si, al cerrar el libro, quedara resonando dentro de nosotras la pregunta que atraviesa toda su obra: ¿puede la poesía salvarnos, aunque sea un poco, de nosotras mismas?

La Poesía completa de Ingeborg Bachmann no solo reúne los versos de una de las voces más importantes de la literatura del siglo XX: es también una brújula para orientarse en la noche del mundo y una invitación a mirar de frente la herida, sin perder del todo la esperanza en la palabra. 
 
Tras este diluvio
quiero ver a la paloma
y únicamente a la paloma
otra vez salvada.
 
¡Yo me hundiría en este mar!
si ella no volase, 
si ella no trajera,
la hoja en la última hora

martes, 22 de abril de 2025

Réquiem / Poema sin héroe

Anna Ajmátova
Réquiem / Poema sin héroe
Edición, introducción y traducción de Jesús García Gabaldón
Cátedra, 2023 (12ª edición)
 
"Quisiera llamar a todas por su nombre,
pero confiscaron la lista y no se puede encontrar.
Para ellas he tejido un vasto sudario
con las pobres palabras que les oí.
De ellas me acuerdo siempre, en todas partes.
No las olvidaré en una nueva desgracia.
Y si amordazaran mi atormentada garganta,
por la que gritan cien millones de voces, 
que ellas también rueguen por mí
en la víspera del aniversario de mi muerte".
 
 
Había empezado a leer este libro de la poeta Anna Ajmátova cuando se cruzó Deseo cenizas para mi casa, de Daria Serenko, que escribe lo siguiente: "No hace mucho memoricé los nombres de varios represaliados y presos políticos por si acaso borraban las listas. Si todos memorizamos unos pocos, no conseguirán acabar con nuestra memoria. Lástima que no funcione de esa forma". Al leerlo, recordé lo que Anna Ajmátova cuenta, "en lugar de prefacio", al inicio de su Réquiem:
 
"En los terribles años de Yezhov [jefe de la policía política estalinista, responsable de las purgas de 1936 a 1938] pasé diecisiete meses en las colas de las cárceles de Leningrado. En una ocasión alguien, de alguna manera, me reconoció. Entonces una mujer de labios azules que estaba tras de mí, quien, por supuesto, nunca había oído mi nombre, despertó del aturdimiento en que estábamos y me preguntó al oído (allí todas hablábamos en voz muy baja):
    - Y esto, ¿puede describirlo? 
Y yo dije:
    - Puedo.
Entonces algo parecido a una sonrisa asomó por lo que antes había sido su rostro".
 
Anna Ajmátova (1889-1966), una de las poetas más importantes y emblemáticas de la literatura rusa del siglo XX, fecha estos hechos en Leningrado, el 1 de abril de 1957. Su vida y su obra fueron atravesadas por  los momentos más turbulentos de la historia de Rusia: la caída del zarismo, la Revolución de Octubre, las purgas estalinistas y la Segunda Guerra Mundial. Su voz, tan serena como profunda, se convirtió en un símbolo de resistencia, dignidad y dolor silencioso.
 
Nacida como Anna Andréyevna Gorenko en el seno de una familia aristocrática cerca de Odesa (entonces parte del Imperio ruso, hoy Ucrania), adoptó el seudónimo "Ajmátova" -el apellido de su bisabuela tártara- porque su padre, funcionario del Estado, le prohibió usar el apellido familiar para no "deshonrarlo" escribiendo versos. Se dio a conocer en los años previos a la Revolución con poemas que pertenecen al movimiento del acmeísmo, corriente literaria que se oponía al simbolismo dominante y abogaba por una poesía más concreta, sobria y clara. Sus primeros libros, como La tarde (1912) y Rosario (1914), la consagraron rápidamente. En ellos, Ajmátova exploraba el amor, el deseo, la pérdida y el orgullo femenino con una intensidad contenida que la hizo muy popular.

La historia personal de Anna Ajmátova se entrelaza profundamente con la tragedia colectiva del pueblo ruso bajo el régimen estalinista. Su primer marido, el también poeta Nikolái Gumiliov, fue fusilado en 1921 por supuesta conspiración antisoviética. Su único hijo, Lev Gumiliov, fue arrestado y enviado varias veces a campos de trabajo forzado. Ajmátova, pese a la represión, se negó a exiliarse y permaneció en la URSS, donde fue sistemáticamente silenciada y vigilada.
 
"No, no estaba bajo un cielo extraño,
ni bajo la protección de extrañas alas, 
estaba entonces con mi pueblo
allí donde mi pueblo, por desgracia, estaba".

Durante años, no pudo publicar. Sin embargo, en la clandestinidad escribió una de las obras maestras de la literatura del siglo XX: Réquiem, un ciclo de poemas que recoge el sufrimiento de las mujeres en la cola de las cárceles soviéticas, esperando noticias de sus hijos y maridos encarcelados:
 
"Y no solo por mí rezo,
sino por quienes permanecieron allí conmigo,
en el frío feroz y en el infierno de Julio,
bajo el muro rojo y ciego"
[Ajmátova se refiere a julio de 1938, la época de mayor terror bajo el estalinismo].
 
Este texto, cargado de dolor contenido y una fe casi religiosa en la dignidad humana, fue transmitido oralmente entre amigas y amigos de confianza y no se publicó completo en Rusia hasta décadas después de su muerte.

Ajmátova es considerada una de las conciencias poéticas de su tiempo. Su obra no se rindió nunca ante la propaganda ni ante la desesperanza. Cuando fue rehabilitada parcialmente en los años 50 y 60, recibió homenajes y premios, pero nunca olvidó a quienes murieron o desaparecieron. Siguió escribiendo con una voz que hablaba por quienes no podían hacerlo.
 
"Y pasarán diez siglos:
torturas, exilios y ejecuciones.
Como ven, no puedo cantar".

Comparar a Anna Ajmátova y Daria Serenko es tender un puente entre dos momentos históricos distintos de Rusia, pero atravesados por un mismo eje: la opresión política, el patriarcado estructural, la represión del pensamiento crítico y la resistencia a través de la palabra. Aunque sus estilos, contextos y formas difieren, hay una poderosa continuidad entre ambas: la figura de la mujer que escribe en medio del derrumbe, que transforma el dolor y la injusticia en un acto de memoria, de testimonio y de denuncia poética.
 
Ajmátova vivió los horrores del estalinismo, las purgas, la guerra y el silencio forzado. Es la voz de quienes esperaron fuera de las cárceles, las madres y esposas de los desaparecidos, las que no podían gritar pero sí susurrar versos. Serenko, hija del siglo XXI, ha sido testigo y víctima del autoritarismo postsoviético, del ultranacionalismo de Putin, de la violencia del exilio y la censura digital. Como Ajmátova, ha vivido el encarcelamiento y ha visto cómo su país se hunde en otra guerra. Ambas escriben desde el corazón de un país que no tolera la disidencia y en ambas resuena la misma pregunta: ¿cómo escribir cuando todo a tu alrededor está cayendo o ya ha sido destruido? En las dos, la poesía se vuelve un acto de salvación y de memoria, una forma de conservar lo humano en medio del horror.
Podemos imaginar a Serenko como una heredera de Ajmátova, pero con una lengua diferente, adaptada a los tiempos rotos de hoy. Ambas nos enseñan que la literatura, lejos de ser evasión, puede ser un grito de denuncia y un archivo de futuro.

"cuando todo acabe
ya seré una mujer adulta
cuya juventud habrá transcurrido en una dictadura
cuyo cuerpo se habrá estremecido de miedo
más veces que de amor
[...]
cuando todo acabe
volveremos a casa
pero nuestra casa no nos va a reconocer
no va a identificar nuestro olor
 
nos quedaremos plantados en el umbral
sin decidirnos a entrar 
temblando no de miedo
sino de cansancio".
 
(Daria Serenko)

 
"No hay otro camino para mí
sino éste que encontré de milagro
y que no tengo prisa en abandonar,
 
Que el emisario del siglo remoto
del sueño secreto de El Greco
me explique sin palabras,
con una sonrisa veraniega,
por qué estuve para él más prohibida
que los siete pecados capitales.
 
Y que entonces un desconocido
de los siglos futuros
me mire con audacia,
para que entregue a la sombra flotante
un húmedo ramo de lilas
cuando la tormenta pase".
 
(Anna Ajmátova)

miércoles, 1 de enero de 2025

La oscuridad radiante

Mary Ann Evans (George Eliot)
La oscuridad radiante. Antología poética
Traducción de Juan Pedro Martín Villarreal
Ediciones Torremozas, 2018
 
"[...] dibujé ante mí un ignoto lugar
al que los rayos del atardecer no habían abandonado,
cuyas aterciopeladas praderas parecían más verdes
que las caminadas hasta entonces y mejores para descansar,
al llegar al lugar deseado, sin embargo,
lo encontré desprovisto de aquellos aparentes encantos
surgidos del dulce poder de la distancia [...]."
 
 
Esta antología de Mary Ann Evans, más conocida por sus novelas, nos ofrece un buen ejemplo de su sensibilidad poética, un terreno menos conocido de su obra literaria, pero igualmente poderoso y cautivador.
 
Mary Ann Evans (1819-1880) adoptó el seudónimo George Eliot por una combinación de razones personales, sociales y profesionales, todas relacionadas con las expectativas y limitaciones de la época victoriana en la que vivió y escribió. Una época en la que las mujeres escritoras enfrentaban serios prejuicios en el ámbito literario. Sus obras eran clasificadas como ligeras, sentimentales o dirigidas exclusivamente a un público femenino. Publicar bajo un nombre masculino le permitió a Evans evitar estas etiquetas y asegurar que su trabajo fuera tomado en serio desde el principio.

Además, Mary Ann Evans tuvo una vida personal poco convencional para la época. Mantuvo una relación de pareja con el filósofo y crítico George Henry Lewes, quien estaba casado legalmente con otra mujer debido a las rígidas leyes de divorcio en Inglaterra. Esto la convertía en objeto de críticas y escándalo social. Firmar sus obras como George Eliot la protegía del escrutinio personal que podría haber eclipsado su trabajo. Era también una mujer excepcionalmente educada y profundamente interesada en la filosofía, la ciencia y la religión, temas que abordaba en sus obras con gran rigor y profundidad. Sin embargo, en su tiempo, estas áreas eran consideradas territorio exclusivo de los hombres. Al adoptar un nombre masculino podía posicionarse como una figura intelectual seria, en igualdad de condiciones con sus contemporáneos hombres.

La antología se compone de poemas ricos en simbolismo que exploran temas como la naturaleza de la fe, la lucha interna del individuo, la conexión con la naturaleza y las tensiones entre luz y oscuridad, tanto literal como metafórica. Como sugiere el título, La oscuridad radiante, Mary Ann Evans articula la paradoja inherente de la experiencia humana: la coexistencia del sufrimiento y la belleza, de la incertidumbre y la iluminación. Siempre con una enorme capacidad para transitar entre las temáticas más elevadas y las experiencias más cotidianas, como se demuestra en sus poemas "Podría unirme al invisible coro" y "Cuenta ese día perdido".

"Podría unirme al invisible coro" (O May I Join the Choir Invisible) es una meditación sobre la trascendencia y la inmortalidad espiritual, alejada de dogmas religiosos, en la que la autora expresa su anhelo de ser parte de un "coro invisible", no en el sentido de un paraíso celestial, sino como una contribución duradera al bienestar humano y al progreso moral, planteando una visión secular de la inmortalidad: vivir a través del impacto positivo que dejamos en otros. La idea central es que la verdadera trascendencia no está en la gloria personal o la fama, sino en cómo nuestras acciones pueden inspirar y elevar a quienes vienen después. Es una declaración profundamente humanista, que privilegia la conexión y el servicio sobre cualquier recompensa sobrenatural.

Podría unirme al invisible coro
de aquellos difuntos inmortales que de nuevo viven
en memorias mejoradas por su presencia: vivir
en latidos que incitan a la generosidad, 
en hechos de atrevida rectitud, con desdén
por los miserables propósitos que acaban con una misma, 
en ideas sublimes que taladran la noche como estrellas
y con su tierna persistencia urgen la búsqueda humana de más grandes asuntos. [...]
[...] Esta es la vida que viene,
la que los mártires han hecho más gloriosa
para nosotros que luchamos por seguir. Podría alcanzar
el más puro cielo, ser para otras almas
el cáliz de fortaleza en la agonía,
encender el noble fervor, alimentar el amor puro,
multiplicar las sonrisas sin crueldad,
ser la dulce presencia de un difundido bien,
¡y en una difusión cada vez más intensa!
Así que me uniré al invisible coro
cuya música es la alegría del mundo.
 
"Cuenta ese día perdido" (Count That Day Lost), mucho más breve y directo, ofrece una reflexión sobre la importancia de las acciones diarias y su impacto en la vida de los demás. A diferencia de "Podría unirme al invisible coro", que tiene una ambición universal, "Cuenta ese día perdido" se centra en el día a día, en lo concreto y lo inmediato, proponiendo un criterio simple pero poderoso para evaluar un día: si no has hecho algo por mejorar la vida de otra persona, ese día puede considerarse perdido. Este enfoque pragmático y ético refuerza la idea de que la grandeza moral se construye en los pequeños actos cotidianos. Este poema es un ejemplo del enfoque ético de Mary Ann Evans: cada día tiene un potencial para el bien, y depende de nosotras aprovecharlo. La moralidad no es algo abstracto o reservado para grandes gestos heroicos, sino una práctica cotidiana y accesible.
 
Si te sientas al atardecer
y cuentas lo que has hecho,
y, contando, encuentras
una hazaña abnegada, una palabra
que alivió el corazón de quien la escuchó,
una mirada tan amable
que iluminó tus caminos –
puedes contar ese día como bien empleado.

Pero si, durante todo el santo día,
no alegraste corazón alguno, –
si, en todo el día
nada hiciste para traer
la luz a un solo rostro –
ni la más pequeña acción
que a cambio de nada ayudara a un alma –
entonces cuenta ese día como perdido.
 
 
Ambos poemas reflejan la profunda preocupación de la autora por la ética y la moralidad, desde ángulos complementarios: si el primero aborda la grandeza de la contribución humana en el largo plazo, el segundo nos recuerda que esa grandeza se construye a partir de pequeños actos diarios. En conjunto, ambos poemas nos invitan a reflexionar sobre cómo nuestras acciones moldean tanto nuestra vida como el mundo que nos rodea, equilibrando el deseo de trascendencia con la urgencia del presente. 

Una excelente lectura para iniciar este nuevo año.