Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
viernes, 27 de mayo de 2022
Conversando sobre los barrios
sábado, 29 de mayo de 2021
Zona a defender
lunes, 19 de octubre de 2020
Cómo evitar la culpa climática y pasar a la acción
Andreu Escrivà
Y ahora yo qué hago: Cómo evitar la culpa climática y pasar a la acción
Capitán Swing, 2020
"Al enfrentarme a ensayos de medio ambiente, muchas veces he acabado más confundido que decidido a pasar a la acción. Preso de la sensación de estar a las puertas de un apocalipsis inminente, y tras leer las posibles soluciones que me obligarían (o así lo percibía yo) a cambiar radicalmente de vida, sentía que la lectura me había frustrado, en vez de espolearme y darme herramientas para actuar. Había conseguido convencerme, sí, pero no de sus propuestas, sino de lo difícil que sería que tuviesen algún efecto. Entendía que lo que me proponían era sacrificarme para que apenas se notara, bajo la mirada acusadora del autor, y sin saber si el resto de la gente seguiría mis pasos".
Escrito con un lenguaje claro y directo, con este libro Andreu Escrivà no busca "engordar ni un solo gramo tu mochila de ecoansiedad", pero sí "reforzar sus costuras". Si bien no es un recetario (aunque el anexo propone un completo listado de acciones posibles para empezar a llevar un estilo de vida bajo en carbono), sí pretende animar a plantear y responder a una pregunta muy concreta: "ante este panorama ¿yo qué hago? Incluso sabiendo que la culpa no es nuestra, que hacen falta cambios sistemáticos..., ¿cuál es mi papel en todo esto?". Y en su respuesta a esta pregunta el autor busca alejarse de la que, supuestamente, sería la manera en la que lo viene haciendo una gran parte del movimiento ecologista: con un discurso colapsista, anticapitalista, minoritario, "radical", en última instancia meramente declarativo, imposible de llevar a la práctica por la inmensa mayoría de las personas. Lo expresaba así en una entrevista:
"Creo que los modelos de hiperperfección son contraproducentes. Cuando tú ves a alguien que es doña perfecta o don perfecto, te das cuenta de que no puedes imitarlo y todo lo que haces te parece mal, incoherente y poco valioso. Tenemos que fijarnos en gente que lo haga un poquito mejor que nosotros, pero que nos muestra que son cambios posibles".
Es muy cierto que determinadas aproximaciones a la crisis ecológica
pueden generar en muchas personas un sentimiento de desesperación que
las haga caer en el catastrofismo (no hay nada que hacer), la impotencia
(de qué vale lo que yo haga) y, en definitiva, la inacción. También que
ciertas formas "heroicas" de ejemplificar el compromiso ecosocial al
estilo de Wendell Berry y su negativa a comprar un ordenador o del más espectacularizado No Impact Man, que Escrivà denomina "contraste moralizante de la hiper-perfeccón ecosocial",
lejos de actuar como inspiración para el cambio pueden acabar generando
desánimo y frustración. Necesitamos propuestas y modelos a escala
humana, sí, pero de esta humanidad construida también por tres siglos de
capitalismo, con su poso de violencia antropológica.
Desde esta perspectiva, el libro de Escrivà me parece muy apreciable: informa, conciencia (sin necesidad de crear mala conciencia) y anima a actuar personalmente, pero con vocación de impulsar procesos colectivos de transformación.
Hace una veintena de años que vengo impartiendo en diversos cursos
de postgrado, especialmente en los que oferta el Instituto de Estudios
sobre Desarrollo y Cooperación Internacional HEGOA, una materia que lleva por título "Ética y desarrollo". Algunos de sus contenidos más recientes pueden encontrarse AQUÍ. Todas las dificultades que apunta Escrivà también las he experimentado en esas clases: desde la pasividad por elevación (cualquier acción personal de autocontención o sobriedad es moralina reformista, lo que hay que hacer es revolucionar la realidad) hasta la inacción por saturación (el problema es tan enorme que ya no tiene solución, o lo que yo pueda hacer no sirve para nada), aunque la actitud más habitual es la primera: discursos incendiarios y modos de vida indiferenciables del mainstream; como critica Terry Eagleton, un ultraizquierdismo "tan impoluto como impotente".
Aunque Escrivà reconoce que "el capitalismo es insostenible con la propia definición de desarrollo sostenible", considera que "abominar del capitalismo, sin ningún tipo de paliativo o atenuante, implica perder a una buena parte de los lectores u oyentes a quienes debería dirigirse cualquier comunicación sobre cambio climático". Y Escrivà no quiere "perder a nadie por el camino". Por ello propone, no sé si cómo recurso padagógico-metodológico o porque realmente lo cree así, "suponer que el capitalismo, como sistema, no es el origen de todos los males (climáticos, al menos), sino la forma en que los males se manifiestan y retroalimentan, se multiplican y aceleran"; desde esta perspectiva, lo que en realidad haría el capitalismo es "amoldarse a nuestra naturaleza humana y explotar sus puntos débiles". De ahí que defienda, por ejemplo, el Green New Deal aunque sea como un "instrumento de transición" que nos permita ganar algo de tiempo. Y ello a pesar de advertir de que nos queda "muy poco" tiempo para actuar: ¡apenas una década!.
Y es aquí cuando el libro pierde fuelle. Consigue desmontar las excusas para la inacción, logra abrir itinerarios para la acción personal y colectiva contra el cambio climáticos, y esto es algo, como ya he dicho, que hay que valorar; pero no incomoda, no empuja a la lectora o al lector fuera de eso que ahora denominan "zona de confort", actitud que siempre ha hecho fracasar los procesos de cambio social, como explica Victor Hugo en Los miserables refiriéndose a la primera de las dos grandes (y fallidas) revoluciones del siglo XIX en Francia:
“La de 1830 fue una revolución detenida a media playa. ¿Y quién detiene la revolución a media playa? Es esa parte de la clase media compuesta de los que de nada se han hecho algo, y miran sólo a su conservación. ¿Y por qué? Porque esta clase media es el interés satisfecho: ayer era el apetito, hoy es la plenitud, mañana será la saciedad. Se ha querido equivocadamente hacer de esa parte de la sociedad representada en, el tendero que gana, una clase. Esta clase media es simplemente la parte contenta del pueblo. El individuo de esta llamada clase es el hombre que tiene ahora tiempo para sentarse; y una silla no es una casta. Mas por querer sentarse demasiado pronto, se puede detener la marcha del género humano; y ésta ha sido siempre la falta de esa parte del pueblo” (las cursivas son mías).
El problema es, literal y materialmente, el capitalismo. De ahí que la mezcla de satisfacción e insatisfacción que me queda tras leer el libro de Escrivà no esté motivada por su perspectiva "reformista" (la misma mezcla de satisfacción/insatisfacción resulta de cualquier otra lectura en clave "radical"), sino que es consecuencia de la diabólica complejidad del reto al que nos enfrentamos: cambiar todo un sistema en funcionamiento y con nosotras y nosotros dentro. "Lo que tiene potencial de mayorías -advierte Jorge Riechmann en 15/15\15- no nos saca del atolladero ecológico. (Es el modelo del borracho buscando las llaves bajo la farola, en el chiste). Y lo que nos sacaría del atolladero ecológico no tiene potencial de mayorías…".
Lo expresaba bellamente José Luis Sampedro en El río que nos lleva: “¿cómo proyectar desde la óptica vigente si es el primer obstáculo a lo futuro?” ¿Cómo desear algo distinto desde el interior de esta eficaz fábrica de deseos bastardos y domesticados que es el capitalismo? Y antes que él lo planteaba Herbert Marcuse en El final de la utopía (1967).
"Nos encontramos hoy ante el problema de que la transformación es objetivamente necesaria, pero que precisamente las capas clásicamente definidas como agentes de la transformación no sienten la necesidad de la misma. Hay que empezar por suprimir los mecanismos que ahogan esa necesidad subjetiva, pero esto presupone a su vez la necesidad subjetiva de eliminar esos mecanismos. Es ésta una dialéctica de la que no encuentro salida".
Hay que agradecer a Andreu Escrivà que haya escrito este libro. Para muchas personas servirá para hacer una entrada "suave" en la temática de la transición ecosocial. Para otras muchas, más próximas a la perspectiva colapsista, (nos) resulta útil para repensar la forma en que comunicamos nuestras propuestas. Pero al libro le sobra, pienso, un poco de buen rollismo y le falta, creo, un tanto de razonada mala leche. Aceptando que la radicalidad, la urgencia, el enfado y, a veces, la amargura, comunican mal. Por expresarlo de otra manera: es este un libro interesante, útil para hacer pedagogía sobre el compromiso contra el cambo climático, pero la dirección de salida de este compromiso habrá de estar orientada hacia direcciones más exigentes, como la que hacía Chris Edges en el libro La muerte de la clase liberal (traducción de Jesús Cuellar), publicado también por Capitán Swing: "La crisis climática es una crisis política. O bien desafiamos a la élite empresarial, lo cual conllevará la desobediencia civil, el rechazo de la política tradicional en pos de un nuevo radicalismo y la sistemática vulneración de las leyes, o nos consumiremos". Pero sabiendo que posiciones abiertamente anticapitalistas no resuelven, por serlo, ninguna de las contradicciones a las que se enfrenta el planteamiento de Escrivà.
Asier Arias finalizaba así un artículo publicado en 2019 en la revista Mientras Tanto: "Avanzamos «hacia el colapso catastrófico de las sociedades industriales» habiendo dejado atrás hace décadas la oportunidad de emprender alguna clase de «transición socioecológica razonable». Así las cosas, incluso «evitar los peores daños» podría ser hoy una meta, quizá, demasiado ambiciosa; pero resulta inexcusable permitir que esta idea desemboque en el abatimiento, el cinismo o la indiferencia: no podemos vender tan barata la base y la médula de cuanto apreciamos".
Por su parte, Jorge Riechmann finalizaba una entrevista de este año con la publicación digital Critic con estas palabras: "Yo, si pudiera aconsejar al lector de CRÍTIC, le diría esto: por un lado, piense cómo puede organizarse de manera colectiva, no individual, en su vida cotidiana y las cosas cercanas para alimentarse, moverse, vivir de un modo lo más sostenible posible. Y, por otro lado, en paralelo, piense como luchar políticamente ante los grandes retos como la movilidad, el modelo energético, un programa agroecológico global… El objetivo final es muy difícil, sí. Mientras tanto, sin embargo, hay que hacer cosas. Pero no en soledad ni de manera aislada. Lo que podemos hacer es organizarnos de forma que, cuando las señales de la gran catástrofe sean ya visibles para la gran mayoría de la población, tengamos margen suficiente para poder responder lo mejor posible".
En fin, el libro de Escrivà hace pensar, y pensar en clave crítica y activa. Recupero su valiosa intención: contribuir a que cada cual pueda "cocinar [su] propia receta de activismo climático, acción individual y transformación colectiva", superando la tentación de la inacción y el pecado del desánimo. Yo también quiero pensar, como Georges Didi-Huberman en Supervivencia de las luciérnagas (Traducción de Juan Calatrava, Abada Editores, 2012), en el poder transformador de los pese a todo.:
"Pero una cosa es designar la máquina totalitaria y otra otorgarle tan rápidamente una victoria definitiva y sin discusión. ¿Está el mundo tan totalmente sometido como han soñado -como proyectan, programan y quieren imponernos- nuestros actuales «consejeros pérfidos»? Postularlo así es, justamente, dar crédito a lo que su máquina quiere hacernos creer. Es no ver más que la noche negra o la luz cegadora de los reflectores. Es actuar como vencidos: es estar convencidos de que la máquina hace su trabajo sin descanso ni resistencia. Es no ver más que el todo. Y es, por tanto, no ver el espacio -aunque sea intersticial, intermitente, nómada, improbablemente situado- de las aberturas, de las posibilidades, de los resplandores, de los pese a todo".
jueves, 8 de octubre de 2020
Bilbao, la gente
Lo hicimos ayer, en La Terminal de ZWAP. Un espacio impresionante, atractivo, absolutamente recomendable. Y un ejemplo material de que la ciudad la hace la gente.
Gran asistencia de amigas y amigos, seguridad absoluta y excelente ambiente.
Dejo aquí el texto de mi intervención en el acto:
No lo hemos hablado,
pero estoy seguro de que a Mikel Toral, alma mater, pater y frater de este
proyecto, le hubiera gustado más titular el libro “Bilbao, el pueblo”, o
incluso “Bilbao, el pueblo trabajador, de barrio y con conciencia de clase”,
pero la edad lo ha dulcificado y optó por un título que, desde la perspectiva
sociológica, no está exento de polémica.
La gente… ¿Qué es eso
de la gente? En estos largos meses de pandemia hemos escuchado a diario
expresiones en las que “la gente” aparecía como sinónimo de esas otras y otros
que no cumplen con las normas de distanciamiento físico o que no usan
mascarilla. La gente, como el infierno de Sartre, siempre son “los otros”. ¡Es
que la gente es la leche! La gente como descalificación.
Lo pensé, pero no le
dije nada a Mikel para no agobiarle… y porque siempre se cabrea con la
intelectualidad universitaria, que según él sólo sabe enredar las cosas.
Así que opté por no
plantear problemas filológicos y volcarme en la tarea de hacer que la
universidad colaborara a que el proyecto saliera adelante. Y algo hemos hecho.
Este libro es el
primer producto oficial de una colaboración entre la asociación Cultura Abierta
y el grupo de investigación CIVERSITY, de la Universidad del País Vasco. No
será el único ni el último, ya que una seña de identidad fundamental de una
universidad pública tiene que ser la de conectar activamente con iniciativas de
investigación participativa y construcción de memoria como esta.
Víctor Urrutia, cuya
presencia en el libro es evidente, fue siempre un buen ejemplo de esta conexión
entre la universidad y la calle. Seguimos su ejemplo.
En todo caso, permitidme
volver a las cuestiones de lenguaje, ya que la idea de titular el libro
“Bilbao, la gente” no anda tan desencaminada como mi primera reflexión ha
podido dar a entender.
El Diccionario de la
RAE define el concepto “gente” de tres maneras: 1. Pluralidad de personas. 2.
Con respecto a quien manda, conjunto de quienes dependen de él. 3. Cada una de
las clases que pueden distinguirse en la sociedad, a saber, gente del pueblo y
gente rica o de dinero.
No sé si Mikel
consultó el diccionario antes de decidir el título –me da que no- pero lo
cierto es que lo clavó. Como todas las ciudades, Bilbao es el producto del trabajo
y la lucha de un conjunto plural de personas, gentes del pueblo, que sin tener
mando en plaza ni dinero han sido capaces de dejar su impronta en la ciudad,
haciéndola más democrática, más diversa, más culta, más hermosa, más solidaria,
más amable…
Lo describe
maravillosamente Javier Pérez Andújar en Paseos con mi madre: “La democracia la
fueron conquistando estos hombres y mujeres calle por calle, árbol por árbol. Esa
es la democracia que hicieron realidad estas gentes encerrándose en los locales
de sus asociaciones de vecinos, encadenándose a verjas, cortando el tráfico,
protestando en la calle, luchando. La democracia es algo que se ve y se toca, y
donde no se percibe es que no la hay”.
La gente, el pueblo,
la ciudadanía, la sociedad civil, las gentes… Distintas formas de hablar de lo
mismo. De la auténtica energía de una ciudad, de su mejor y más precioso recurso.
El que ha construido el Bilbao de hoy y el que construirá el Bilbao del mañana.
Sirva este libro como
reconocimiento, pero también, y sobre todo, como recordatorio. Bilbao es y será
su gente.
jueves, 26 de marzo de 2020
La dulce militancia
La dulce militancia. Crítica de la razón indignada
Ediciones Mensajero, 2020
Andrés García Inda es profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad de Zaragoza pero, sobre todo, es un intelectual y un ciudadano comprometido con la realidad local y global, implicado en la investigación y en la transformación de estas realidades. No es un mero observador académico, sino un activista reflexivo. Sabe de lo que escribe porque lo vive. En esta combinación de compromiso y reflexión estriba el principal valor y acierto de este libro.
Partiendo de una valoración radicalmente positiva de la indignación como emoción moral básica ("La indignación es la reacción -más o menos airada, más o menos vehemente- a la percepción de una injusticia, de la vulneración de los derechos propios o ajenos")y, por ello, "condición del compromiso y de la acción", el autor construye su argumentación a partir una idea central:
"Es verdad que la indignación es una reacción airada a la percepción de una injusticia, pero eso no significa que la injusticia sea real. Por eso, en ocasiones, consentir o alimentar la indignación no contribuye a la transformación social, sino a la victimización y al resentimiento".
Por eso, una vez sentida o experimentada como emoción, la indignación debe ser reflexionada y educada. e alguna manera, la propuesta de García Inda es pasar de una razón indignada (algo así como "tengo razón porque me indigno, y punto") a una indignación razonada. ¿Razonada, para qué? Para no caer en la indignación autocomplaciente, en el simplismo maniqueo, en el voluntarismo ingenuo ("todo es cuestión de voluntad política"), en el infantilismo moral, en la subjetividad sobreestimulada ("bulimia emocional"), para que la persona activista no acabe reducida a la condición de "profesional de la queja" (en aytivista, con permiso de Andrés).
Compartiendo lo esencial de su análisis, discrepo de alguna de sus apreciaciones, como la valoración de la perspectiva de Hans Rosling y su énfasis en los datos como desdramatizadores de nuestras ideas sobre la situación del mundo, o su cuestionamiento de la persona (porque, mientras no se demuestre lo contrario, sigue siendo una persona, no solo un personaje) de Greta Thunberg. Pero preferiría conversar esas discrepancias en diálogo con Andrés, pues estoy seguro de que en el transcurso del mismo llegaríamos a ponernos de acuerdo en lo esencial.
Un libro escrito desde el conocimiento intelectual y cordial, que pretende (y consigue) hacerse entender. Escrito con un estilo elegante y cuidado: "A veces la indignación no conduce a nada; las emociones también pueden ser como fuegos artificiales: llamativos, ensordecedores, aparatosos e incluso bellos, pero que tras de sí no dejan más que un rastro de humo; se agotan en su estruendo y su fulgor, sin llegar a iluminar nada ni apuntar a ninguna dirección". Un libro necesario, que interesará a cualquiera que se preocupe y se ocupe de intentar transformar la realidad que tenemos evitando los callejones sin salida a los que la razón indignada tantas veces nos lleva.
Felicidades y gracias, Andrés.
miércoles, 14 de noviembre de 2018
sábado, 30 de junio de 2018
El retorno a la comunidad
jueves, 25 de enero de 2018
sábado, 18 de febrero de 2017
El futuro de Europa se juega en el Mediterráneo
"Luchar contra el islamismo -escribe- es proporcionarse los medios para recuperar los territorios perdidos de la nación, reconstruyendo la escuela republicana entontecida, estropeada e incluso saqueada por medio siglo de reformas demagógicas, y dominando los flujos migratorios, porque cuantos más inmigrantes llegados del mundo árabe-musulmán hay, más se fragmenta la comunidad nacional y más se desarrolla la propaganda radical". ¿De verdad es el combate contra el islamismo el principal motivo para recuperar los territorios perdidos de la nación, en particular la escuela republicana?
"Dejo a los expertos -continua- la tarea de decidir si hay que elegir para los que van llegando la vía de la integración o la vía de la asimilación. Lo único que yo sé es que los habitantes de un mismo territorio no pueden vivir junto si sus relojes no marcan la misma hora. La sincronización se impone. Y es incompatible con seguir buscando, al ritmo actual, la inmigración de poblamiento". ¡Qué simpleza la referencia al reloj! Por supuesto que la vida en común exige sincronización, pero ¿de qué tipo? ¿La sincronización metálica de un desfile militar? ¿La sinfónica y polifónica de una orquesta de música clásica? ¿La sincronización aparentemente desorganizada pero de un grupo de jazz?
"Nadie es por esencia o por fatalidad extraño a la urbanidad francesa. Para que todos lleguen a ser contemporáneos, sin embargo, no debe seguir aumentando indefinidamente el número de quienes no lo son de partida". Acabáramos. No sé lo que ocurre en Francia, pero si existe algo así como una "urbanidad vasca", quienes la cuestionan en la práctica cada día -con quedadas para enfrentarse con otros hooligans, incumpliendo las normas básicas de la seguridad en la conducción, enguarrando los espacios públicos con todo tipo de residuos, eludiendo la solidaridad fiscal...- son, en su inmensa mayoría, "contemporáneos de partida".
Y así, termina Finkielkraut reprochando al papa Francisco su discurso ante el Parlamento Europeo el 25 de noviembre de 2014 y su advertencia de que, por inacción, Europa pueda permitir que "el mar Mediterráneo se convierta en un gran cementerio". Considera Finkielkraut que el discurso del papa contrapone y enfrenta "el corazón y la razón", desconociendo que el deber tiene que nfrentarse muchas veces a encrucijadas."Esgrimiendo la caridad cristina como único viático -escribe-, se niega a pensar en las consecuencias de la inmigración de poblaciones a los pueblos europeos". Leyendo el párrafo que incluye la advertencia del papa contra la transformación del Mare Nostrum en Mare Mortum, creo que la acusación de buenismo irracional no se sostiene:
"No se puede tolerar que el mar Mediterráneo se convierta en un gran cementerio. En las barcazas que llegan cotidianamente a las costas europeas hay hombres y mujeres que necesitan acogida y ayuda. La ausencia de un apoyo recíproco dentro de la Unión Europea corre el riesgo de incentivar soluciones particularistas del problema, que no tienen en cuenta la dignidad humana de los inmigrantes, favoreciendo el trabajo esclavo y continuas tensiones sociales. Europa será capaz de hacer frente a las problemáticas asociadas a la inmigración si es capaz de proponer con claridad su propia identidad cultural y poner en práctica legislaciones adecuadas que sean capaces de tutelar los derechos de los ciudadanos europeos y de garantizar al mismo tiempo la acogida a los inmigrantes; si es capaz de adoptar políticas correctas, valientes y concretas que ayuden a los países de origen en su desarrollo sociopolítico y a la superación de sus conflictos internos – causa principal de este fenómeno –, en lugar de políticas de interés, que aumentan y alimentan estos conflictos. Es necesario actuar sobre las causas y no solamente sobre los efectos".
[2] Hace años que vengo denunciando el mortífero Muro de Agua en el que hemos convertido el Mediterráneo. Esta tarde me gustaría poder estar en Barcelona, sumándome a la manifestación que desde las 16:00 reclama vías seguras y legales para que las personas que salen de África huyendo de la guerra, la represión o la necesidad no tengan que jugarse la vida. Desde la distancia, la estoy siguiendo en directo. Muchísima gente. ¡Qué bueno!.
El escritor sueco Henning Mankell solía decir en muchas entrevistas que la solución a la cuestión de la inmigración debería ser construir un puente entre África y Gibraltar, pagado por los europeos. No es esta una propuesta que inmediatamente pueda llevarse a la práctica, no es por tanto una solución. Pero sí es una manera provocadora de reivindicar esa naturaleza profunda de Europa como puente y no como barrera, como proyecto permanentemente abierto y no como constructo definitivamente clausurado, como geografía indecisa e indefinida y no como territorio delimitado, como apertura y no como cierre.
viernes, 22 de julio de 2016
Espectadores del dolor ajeno: una imagen no vale más que mil palabras

domingo, 13 de marzo de 2016
¿Y si los extraños no fueran Ajenos, sino Propios?
"La memoria no cesa. La demolición efectiva de Empiria provoca una huida masiva. Las más ínfimas grietas bastan para la avalancha de la carne. A pesar de las estrictas medidas de bloqueo, cientos de empíreos se lanzan a las aguas en busca de un futuro. Su esperanza de vida es más fuerte que su miedo a perderla. Las islas próximas se ven sometidas a un asedio. Se producen respuestas que van desde la adopción desinteresada hasta el rechazo violento. El mar se cubre de abrazos y se abre como una tumba. También en el seno del Consejo de Estados hay discrepancias. Varias islas, considerando el pasado de Empiria, muestran su disposición a recibir a sus naturales. La línea dura del Sistema apela a un principio no escrito, pero asumido por el archipiélago tras la descomposición de la Historia Moderna: la compasión no tiene cabida en la ordenación territorial del Sistema. Desde el momento en que el Sistema enuncia la división Propio/Ajeno, no cabe consideración de iguales hacia quienes han perdido el rango de pertenencia. El Sistema es teologal: hay luz y tinieblas. Y el Dado, recogiendo el sentir de las potestades, recuerda a los sistémicos que la fortaleza del archipiélago radica en su confianza en la exclusión. Los refugiados que hayan sido acogidos en alguna de las islas del Sistema tienen noventa y seis horas para regresar a territorio Ajeno. El riesgo que se corre por no plegarse a esa directiva es doble: no está sólo en juego un castigo por su conducta, sino que, por extensión, quienes hayan ayudado, cobijado o asumido a empíreos serán también sancionados con el destierro. La mayoría de las grandes fortunas de Empiria son vistas entre tanto en alguna de las capitales del Sistema. El doble rasero con que se mide a estos expatriados no contradice los dictados del Dado. El dinero es una virtud excluyente".
"Detrás de la cabaña de revelado y diagramación, en un tramo de césped cubierto por margaritas de un color rabioso, yacen tres cuerpos sin nombre. Aunque viajaban sin documentos, el Narrador los consideró siempre una familia. Fueron escupidos por el mar tras una tormenta. No se encontraron restos de la embarcación. Un hombre alto, huesudo, al que los peces había devorado el rostro; una mujer pequeña y frágil, maravillosamente intacta; un niño de apenas tres años, con las piernas quebradas como listones de madera. Las autoridades decidieron que fueran enterrados sin ceremonia, con la eficacia exenta de piedad concedida a los Ajenos. El Narrador pensó en ellos durante semanas. Un día los olvidó. Pero esta tarde algo, un impulso sin nombre, conduce sus pasos hasta donde reposan.
En pie sobre el manto de flores, las manos en los bolsillos y el aire salado en el rostro, piensa, por vez primera durante este tiempo, en una posibilidad no contemplada. ¿Y si los extraños no fueran Ajenos que buscaban su lugar bajo el sol de Realidad, sino Propios que huían de una existencia angosta y desgraciada? La pregunta es como una bandera al viento".
Presentado como una distopía, en realidad el libro de Menéndez Salmón es crónica profunda de nuestro tiempo. No es preciso pensar demasiado para imaginar que país real puede ser esa Empiria de la que sus habitantes intentan desesperadamente huir; cual esa Realidad archipelágica que, convertida en Sistema, atrae a quienes huyen; qué instituciones son ese Dado que legisla seguridad sin compasión.
El miércoles, nos encontramos.
domingo, 13 de diciembre de 2015
El extremo centro, los bordes de la red y una calle que sigue siendo nuestra... pero no solo: reivindicación del compromiso.
En 1969 el escritor y activista anglo-paquistaní Tariq Ali publicaba el libro New Revolutionaires, editado dos años más tarde en español por la editorial mejicana Grijalbo con el título de Los nuevos revolucionarios: la oposición de izquierda. Recogiendo textos de autores todavía hoy tan reconocibles como Fidel Castro, Ernesto Guevara, Malcolm X, Ernest Mandel, Rudi Dutschke, Daniel Cohn-Bendit o Regis Debray, junto con otros seguramente ya olvidados, Ali escribe en un contexto de crisis económica y política que, no sólo desde la izquierda extraparlamentaria en la que se encuadra el autor, sino también desde instituciones ultrasistémicas como la Comisión Trilateral, es definida en términos de potencial crisis terminal del capitalismo. Su diagnóstico contiene, entre otros, los siguientes elementos:
- La confianza de los trabajadores en el sistema ha sido destruida y, en el caso de Francia, sólo la socialdemocratización del Partido Comunista ha permitido contener la protesta de la clase obrera.
- En toda Europa existe una "tendencia hacia el gobierno consensual", desdibujándose las fronteras entre la derecha y la izquierda institucional.
- En Inglaterra, las "iniquidades del gobierno laborista" y la "sumisión de los sindicatos" no tienen otro objetivo que "salvar al capitalismo inglés".
- Las protestas contra la guerra de Vietnam (no las de "carácter pacifista", organizadas por la izquierda tradicional), la lucha del propio pueblo vietnamita, la Larga Marcha, la revolución cubana, las rebeliones estudiantiles, el movimiento del poder negro... son realidades que alumbran "un movimiento anticapitalista total".
Año 2015. Tariq Ali publica un nuevo libro que es casi el mismo libro que aquel de hace 46 años. Se titula El extremo centro. El "extremo centro" está compuesto por esos "políticos timoratos y dóciles que hacen funcionar el sistema" y que se sitúan tanto en la derecha neoliberal como en la izquierda socialdemocrática:
"Los sucesores de Reagan y Thatcher fueron y siguen siendo políticos de laboratorio: Blair, Cameron, Obama, Renzi, Valls, etcétera, comparten un autoritarismo que coloca al capital por encima de las necesidades de los ciudadanos, y defienden el poder de las grandes empresas con el marchamo de los Parlamentos elegidos democráticamente".
Su exposición de la caída de los líderes del Nuevo Laborismo, con Blair encabezando la alegre comitiva, en "el comedero" que la industria privada tiene montado para enriquecer a ministros y secretarios de Estado a la vez que estos mercadean con los contactos e influencias logrados durante su etapa de servicio público es tan inapelable como indignante, y recuerda demasiado la vergonzosa tradición española de las puertas giratorias, practicada con entusiasmo por todos los políticos que pueden permitírselo, de izquierdas, de derechas y nacionalistas de todo pelaje, con muy pocas excepciones: que yo sepa, en estos momentos, el único que tras su paso por un gobierno no ha saltado a la empresa privada es Rodríguez Zapatero.
Su conclusión reafirma la idea de "gobierno consensual" de 1969: "Desde la década de 1990 [¿no era antes?], la democracia ha adoptado en Occidente la forma de un extremo centro, donde el centro-izquierda y el centro-derecha se han compinchado para mantener el statu quo; una dictadura del capital que ha reducido los partidos políticos a la condición de muertos vivientes", de manera que "el sistema bipartidista se ha metamorfoseado en un gobierno de unidad nacional a todos los efectos".
Cuando Ali se plantea la cuestión de las alternativas -pero, ¿puede haberlas si, como escribe, "el consumismo lo ha conquistado todo. Se manipulan nuestras necesidades"?-, los hackers, el bolivarianismo, Syriza y Podemnos toman el relevo de Mao, Castro, el Black Power, el 68 o Vietnam. Sus esperanzas siguen puestas en el potencial crítico y transformador de los movimientos populares:
"Los movimientos surgidos desde abajo son un punto de partida imprescindible para cualquier cambio. Es la acción, la experiencia en la lucha, las victorias parciales, las derrotas, saber superarlas (a menudo de una forma impredecible), y los triunfos grandes y pequeños los que hacen cristalizar las ideas, sobre todo las ideas radicales, que habitualmente están sumergidas bajo el peso del presente, en tiempos de un conservadurismo normal o de reacción violenta. Los movimientos de masas barren de un plumazo los límites de la conciencia existente, y reavivan o recrean la política radical".
De 1969 a 2015: algo menos Lenin y más Holloway; menos futurismo rupturista y más presentismo intersticial.
Es relativamente fácil -y para los actuales dirigentes del PSOE en pugna con Podemos puede ser tentador- hacer hasta chistes con estas cosas que escribían y escriben izquierdistas irredentos como Tariq Ali (en el caso de que lean, por supuesto; de esta pulla queda excluido por méritos propios José Andrés Torres Mora). Pero sería una equivocación.
Ciertamente, su aproximación al nacionalismo escocés me parece tan acrítica e ingenua como la de quienes asumen que el "derecho a decidir" es parte indiscutible de todo ideario de izquierdas; incluso parte esencial, condición no suficiente pero sí imprescindible para cambiar la realidad. Si, como escribe, "Ya NO existen diferencias fundamentales entre los partidos de centro-derecha y los partidos de centro-izquierda", ¿por qué razón "una Escocia independiente podría ser mucho más internacionalista y autónoma"? Es lo mismo que cuando se dice que una Cataluña independiente será más social, más solidaria, más justa, más ecológica, menos corrupta... ¡Ay, la etnopolítica...!
Pero el hecho de que, con algunos cambios en conceptos y protagonistas, el diagnóstico de Ali en 1969 y en 2015 sea tan parecido resulta una tragedia, sí, pero no sólo para la socialdemocracia, sino también para las izquierdas a la izquierda de esta.
Si cepillamos y limamos su diagnóstico y lo limpiamos de las muchas rebabas que deja en cualquier análisis el constitutivo aristocratismo de un ultraizquierdismo "tan impoluto como impotente" (Terry Eagleton), creo que, en lo fundamental, lo que entonces y ahora denuncia Ali sobre la deriva de la socialdemocracia tiene mucho de cierto. Otra cosa son las soluciones que propone.
LOS BORDES DE LA RED
LA CALLE ES NUESTRA... PERO NO SOLO
Del texto que abre el libro, escrito por Mikel Toral, recojo esta reflexión:
"Muchos de los que con más ahínco empujábamos en la calle -combatividad, lo llamábamos- soñábamos con ir más lejos, con aquella ruptura democrática. Nosotros también queríamos tomar el cielo por asalto.
Pero, ya es sabido, nuestro liderazgo en la calle no se tradujo en éxito en las urnas. Con todo, es innegable nuestra contribución a las luchas populares que dieron paso a las instituciones democráticas y a sus posteriores frutos: las leyes. Leyes que recogían gran parte de nuestras reivindicaciones y que a su vez nos desmovilizaron progresivamente, llevándonos a la desaparición o a la irrelevancia política. Eso era la democracia, pero nosotros no lo sabíamos. Entonces lo veíamos con pesar, hoy con cierto orgullo, no exento de crítica, más que de nostalgia. Porque, ¿de qué sirve la lucha en la calle si no se materializa en derechos y conquistas sociales?
Podemos decir, para lo bueno y lo malo, que nosotros estuvimos allí.
[...] Éramos, o nos creíamos, revolucionarios. Los sosegados análisis historiográficos, basados en datos objetivos y en un análisis distante, atemperan ese aserto. Pero nosotros éramos, sobre todo, militantes antifascistas. Lo demás era un añadido. Y por eso, aunque defendíamos en nuestros programas de máximos mundos perfectos, acabados y cerrados, o incluso la violencia revolucionaria, aquello de que el poder nace de la punta del fusil, nuestra lucha fue sobre todo pacifica y destinada a sumar más y más voluntades libres".
Y del texto que lo cierra, firmado por Santi Burutxaga, inoxidable Hombre de hierro, esta otra:
"Los años 80 pusieron las utopías en su sitio; es decir, en el sitio donde no queríamos que estuviesen.[...]
Nos desconcertó. Resultaba que la democracia era eso, y no la nacionalización de la banca, la gestión compartida de empresas y universidades y la igualdad social. Era verdad que muchas de nuestras banderas: un cierto feminismo, una ecología, un prudente antiautoritarismo y pacifismo, se iban institucionalizado y formaban ya parte de la corrección política. Pero el conjunto, no por más permeable lo sentíamos menos opresivo. Le hicimos frente durante mucho tiempo con ironía, con gracia, pero el trasfondo era amargo. [...]
La juventud antifranquista de la Transición, la combativa, fue extraordinariamente generosa, se entregó por ideales universales y logró más de lo que se le suele reconocer. Pero lo hicimos con muy pocas y malas herramientas. Teníamos tan mal conocimiento de la realidad que podíamos fácilmente ser sugestionados por alucinaciones colectivas. Conocíamos la realidad solo por lo que habíamos leído. El pueblo, la clase obrera y la revolución eran conceptos literarios, y las representaciones míticas hacían de pantalla que impedía ver lo que realmente ocurría a nuestro alrededor. El voluntarismo sin límites, la convicción sin contraste de que se poseía la verdad y un nulo sentido y respeto de la complejidad democrática, hacían que en nombre de la lucha contra el sistema cualquier cosa fuese justificable. Muchos se quemaron en su propia hoguera, y otros mirábamos el holocausto.
A principios de los 80 descubrimos que no todo era posible; incluso algunas cosas ni deseables. Épater le bourgeois era más fácil que derrocarle. Nos hicimos adultos, seguimos acumulando contiendas y tejiendo y destejiendo anhelos, como hacía Penélope con su tejido, aunque sabíamos que no vendría Ulises y que no había ni Ítaca, ni épica, ni iluminaciones, ni playa bajo los adoquines; tan solo ideas y el coraje y la voluntad de defender democráticamente lo que se creía justo".
Todo este recorrido a partir de lecturas recientes concluye en una última reflexión, que tomo prestada de uno de los sociólogos más interesantes del momento, François Dubet, tal y como la recoge en su libro titulado ¿Para qué sirve realmente un sociólogo?. Es una reflexión en la que diferencia entre la crítica y el compromiso, y considero que ofrece algunas claves para comprender mejor lo expuesto hasta ahora:
"Siento cierta irritación frente a la pose crítica [...]. Muy a menudo sucede que el punto de vista crítico postula una alienación universal de los actores sociales y de los individuos. En sociedades percibidas como puros mecanismos de dominación, como máquinas de desarrollar ilusiones y falsas ideas, se percibe a los individuos como a clones, peones, engranajes y, para decirlo sin vueltas, como imbéciles a menudo felices de serlo. [...] Si la alienación es general, ¿mediante qué movimiento de la voluntad puedo escapar de ella? [...] Si la hegemonía es tan absoluta como el punto de vista crítico suele afirmar, ¿gracias a qué milagro puede el pensador crítico desprenderse de ella?
Prefiero la noción de compromiso [...]. El compromiso es asunto de arbitraje entre principios normativos contradictorios unos con otros. En este punto estoy más del lado de Camus que del lado de Sartre [...]. Mientras la crítica se sitúa ´fuera del mundo´, al postular un horizonte donde se difuminarían las contradicciones -la abolición del capitalismo anularía todas las formas de dominación e instalaría el reinado de la libertad personal y de la armonía universal-, el compromiso requiere que aceptemos el carácter trágico de las alternativas morales que se nos imponen. Por decirlo en modo sencillo: es poco verosímil que ganemos alguna vez en todos los frentes. Y entonces tenemos que lidiar con el `trabajo sucio` de hacer que la vida social sea menos injusta y menos insoportable".
Por una cierta manera de entender el compromiso, en estas elecciones volveré a votar socialdemócrata. Pero, porque soy mucho más de Corbyn que de Valls, será la última vez que lo haga gratis.








































