domingo, 19 de noviembre de 2017

Normalizando la contradicción

Especial Gastronomía en El País Semanal. El título: "El reinado del alimento"
Encartado entre sus satinadas páginas, publicidad de Unicef con un niño desnutrido. 
Normalizando la contradicción desde la mañana.


domingo, 12 de noviembre de 2017

Reeducación

Hay que ver lo que nos gusta una buena purga. Esa autocrítica (absolutamente libre, por supuesto), ese reconocimiento de los errores en los que se ha incurrido, ese acto de contrición, esa manifestación de bajeza moral, esa humillación pública...
Escribe Javier Moscoso en la introducción de Promesas incumplidas. Una historia política de las pasiones (Taurus, 2017):
Los miembros del Tercer Estado, reunidos en la Sala de Juego de Pelota, se conminaron a no separarse hasta que se reconociera la Asamblea Nacional como cuerpo constituyente. Jean Sylvain de Bailly, el presidente del Tercer Estado, se puso en pie y declaró: "Juramos no separarnos nunca [...] hasta que la constitución del reino quede establecida y fijada sobre bases sólidas". Era el 20 de junio de 1789. La misma actitud habían tomado los firmantes de la Declaración de Independencia americana el 4 de julio de 1776: "O salimos de aquí todos juntos o nos ahorcarán por separado", declaró, al parecer, George Washington.
Qué tentación, comparar estas actitudes con las que han sucedido a la chapucera e irresponsable declaración de independencia de Cataluña. Medio Govern en prisión y otro medio, encabezado por su Presidente, haciendo tareas de agit-prop en Bruselas, aunque ellos lo denominen "exilio". La Mesa del Parlament en libertad provisional tras reducir la declaración de independencia a mero ejercicio intelectual. Qué tentación:

Pero claro, a nivel de la feliz 'Arcadia' catalana, hay políticos que son capaces de sostener un discurso radical cuando el tren del artículo 155 de la Constitución aún no ha partido de la estación de Puerta de Atocha, pero cuando se acerca ya a la provincia de Lérida entonces la cosa cambia y toman las de Villadiego. Juan Velarde, en Periodista Digital.
Pero que la tentación de humillar no sustituya a la necesidad de criticar políticamente un proceso desarrollado no contra la ley, sino contra la realidad:

martes, 7 de noviembre de 2017

La secesión no es delito

José María Ruiz Soroa es desde hace años una referencia esencial de pensamiento riguroso, reflexionado y coherente. 
Su artículo de hoy en EL CORREO es una muestra perfecta, particularmente necesaria en los tiempos que corren. Entre tanto pensamiento a cabezazos, nunca agradeceremos lo suficiente la lucidez de reflexiones como esta.

LA SECESIÓN NO ES DELITO (EN ESPAÑA)

La reciente querella del fiscal general del Estado por los delitos de rebelión o subsidiariamente de sedición (no por ambos acumulativamente como se lee en la prensa) contra los miembros del Gobierno de Cataluña y Mesa del Parlamento de esa comunidad, así como el auto de la jueza de la Audiencia Nacional que acuerda la prisión provisional de los querellados, han suscitado reacciones que van del griterío sobreactuado a la inquietud prudente.

Vaya por delante que ni tomamos en cuenta la patulea de los sobreactuados que hablan de presos políticos, fascismo, control del poder judicial por el Ejecutivo, falta de independencia y similares. Ellos mismos se desautorizan y contradicen al aplicar juicios de valor políticos a una decisión judicial. Es más, si hay algo que la aludida querella y el auto demuestran, ese algo es precisamente que la independencia judicial es un hecho pujante en nuestro sistema, mal que le pese al Gobierno de turno, que hubiera sin duda preferido un tratamiento penal y procesal del asunto mucho menos severo. Pero la independencia, ¡ay!, no es equivalente al acierto. Y ese es el problema, el de que con plena independencia se han dictado resoluciones con toda probabilidad muy desacertadas. Y resumimos el porqué.

Leyendo el relato de hechos que contiene la querella del fiscal, un relato que la jueza adopta en sus líneas esenciales a la hora de admitirla, el lector imparcial saca la impresión de que tanto el fiscal como la jueza consideran que ese proceso político que se puso en marcha hace dos años en Cataluña para culminar en su secesión de España, mediante un detallado y minucioso sistema de desconexión progresiva de la legalidad vigente, es por sí mismo delictivo. Es decir, ambos creen que preparar, organizar, desarrollar y culminar un proceso de secesión desde el poder público regional es un delito. Y no es así. La secesión en sí misma no está tipificada como delito por nuestro Código Penal. Otra cosa es si debiera estarlo, o si en otros países de nuestro entorno lo está, o si es extraño que no lo esté. Pero el hecho cierto que se impone al intérprete es que nuestro Código Penal no tipifica como delito el preparar y declarar la independencia por parte de un Gobierno autonómico.

Cierto, en ese proceso se podrán haber cometido delitos particulares tales como el de desobediencia a las resoluciones del Tribunal Constitucional, o el de prevaricación cuando se ha dictado una decisión manifiestamente injusta o contraria al ordenamiento, o el de malversación de caudales públicos cuando se han usado los medios para fines ilegales. Sin duda, es más que probable que concurran en el proceso catalán todos estos delitos en mayor o menor grado. Pero la secesión buscada y proclamada es penalmente neutra, no constituye delito.

Al fiscal y a la jueza no les parece bien este vacío normativo, eso se ve a la legua en sus resoluciones, y utilizan para rellenarlo dos tipos delictivos que, estos sí, aparecen en el vigente Código Penal: el de rebelión o, por lo menos, el de sedición. El primero castiga a quienes «se alcen pública y violentamente» para conseguir -entre otros posibles fines- la independencia de un territorio español. El segundo a quienes «se alcen pública y tumultuariamente para impedir por la fuerza» la aplicación de las leyes o su cumplimiento por una autoridad legítima. Pero en ambos casos se exige unos requisitos esenciales que no concurren en el proceso catalán, y cualquier observador lo detecta de inmediato: no hay alzamiento «violento» ni «tumultuario» en el diseño y ejecución de la desconexión catalana. Es más, si de algo se puede tildar a esa desconexión frustrada es de haber operado con un legalismo substitutivo realmente exasperante: cada paso, cada escalón, ha pretendido cimentarse y ampararse de manera leguleya en nuevos textos normativos. La cuestión, desde el punto de vista penal, no es tanto que el proceso haya sido pacífico, sino que ha pretendido ser legal. De una forma chapucera y tramposa, cierto, pero legal. Y eso excluye la violencia o el tumulto.

Que haya habido momentos puntuales de tensión o violencia en la calle no cambia nada desde el punto de vista penal: el intento de los gobernantes nunca fue en sí mismo violento. Que una huelga ilegal provoque violencia puntual en la calle no hace a los sindicatos reos de rebelión o sedición. La minuciosa y detallista búsqueda por parte del fiscal de cualquier atisbo de posible violencia en el proceso, incluso la sólo imaginada, no sirve para construir un delito de rebelión. Llanamente: la querella está cogida por los pelos. El modelo de alzamiento, lo que se dice alzamiento, es el de 1936.

Además que, de admitirse el relato de hechos delictivos del fiscal como constitutivo de una rebelión o subsidiariamente sedición, se plantearía una interesante cuestión: la de qué diablos hacía el fiscal durante los dos últimos años, cuando ante la vista de todos se desarrollaba un proceso declaradamente independentista. ¿Por qué razón no intervino con querellas o denuncias? ¿Por qué habría esperado al día final? Seamos serios, no lo hizo porque sabía perfectamente que lo que veía no era delito.

Para terminar con los disparates, el propio fiscal ha reconocido que no hubiera pedido la prisión provisional si los miembros del Gobierno hubieran acatado la Constitución o aceptado el artículo 155. Con lo que, de nuevo, muestra lo equivocado de su criterio, que está en tomar como delito lo que no lo es: no aceptar la Constitución es una cosa, la rebelión es otra.

Esperemos, pero esperemos de verdad, que el Tribunal Supremo, que ha exhibido mucha mayor cautela ante la querella, establezca esta semana un criterio distinto con respecto a los miembros de la Mesa del Parlamento catalán y, a renglón seguido, avoque para sí el conocimiento de la totalidad de la causa y corrija a la jueza de la Audiencia Nacional. Esperémoslo por, primero, el bien de la Justicia y los derechos de los querellados; y, segundo, por el ridículo que de otra manera vamos a hacer como país.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Las elecciones y la elección

Hay quienes creen que las elecciones del 21 de diciembre lo cambian todo: en concreto, se piensa que el simple hecho de su celebración trasladará el marco interpretativo actual del enfrentamiento entre una Cataluña insumisa y un Estado opresor a la realidad de una sociedad catalana diversa en sus opciones de futuro, que ha de aclarar internamente sus aspiraciones de autogobierno y la manera de conseguirlas. En otras palabras, se confía en que las elecciones movilicen a una supuesta sociedad “silenciada”, contraria al soberanismo unilateralista, a la vez que desanimen al soberanismo más radical (participar en las elecciones es aceptar el 155 y traicionar el mandato del 1-O), dividan al soberanismo más pragmático o astuto (Santi Vila versus Oriol Junqueras) y acobarden al catalanismo burgués alarmado por el “voto de los mercados”.

Una encuesta de NC Report, realizada el 23 de octubre, permitía a algún analista confiar en la solución aritmética al problema catalán: si los partidos constitucionalistas lograran 300.000 votos más de los que lograron en las anteriores elecciones de 2015 podrían alcanzar la mayoría absoluta de 68 escaños en el Parlament. Otro sondeo de Sigma Dos, realizado en las mismas fechas, también apunta a la pérdida de mayoría absoluta del independentismo. Pudiera ser así, pero lo cierto es que no resulta fácil pensar en movilizar a mucha más gente de la que votó en las elecciones de 2015, con un récord de participación del 77%. Por otra parte, una encuesta de Metroscopia sigue reflejando una división casi a partes iguales entre constitucionalistas e independentistas, si bien la posición de los segundos varía en función del escenario que se plantea tras la independencia. Y otro estudio del Centro de Estudios de Opinión (CEO) señala que el sí a la independencia obtendría un apoyo del 48,7% de los catalanes (del mayor porcentaje favorable a la separación desde 2014, cuando se comenzó a formular la pregunta), frente al 43,6% que se opondría.

En el fondo, lo que se espera es que las elecciones del 21-D sean las del desempate: que la aritmética electoral resuelva lo que la política no sólo no ha solucionado, sino que ni tan siquiera ha afrontado. ¿Qué va a hacer el Gobierno español cuando el día 22 compruebe que los independentistas seguimos siendo tantos, si no más, como antes?, inquiere un Puigdemont no sé si asilado en Bruselas, pero sí aislado de la realidad de Cataluña. “Tenemos que ganar al secesionismo en las urnas. ¿No querían votar?, pues que voten, hay que trabajar por ganarles en las urnas”, proclamaba una de las intervinientes en la manifestación del 29 de octubre de Societat Civil Catalana. Pero, ¿no es también el secesionismo parte constitutiva de esa misma sociedad civil?

El filósofo vasco Patxi Lanceros ha escrito un libro, El robo del futuro (Los libros de la catarata, 2017), que debería ser de lectura obligatoria para cuantas personas aspiren a gestionar la realidad política, o a interpretarla. “La sociedad –recuerda Patxi Lanceros- es irrepresentable como unidad porque carece de ella. O sólo se presenta como unidad cuando se vuelcan sobre ella los criterios, que en principio le son ajenos, del pueblo o de la nación. […] la sociedad desborda cualquier límite. Hoy la sociedad, relación y comunicación, salta cualquier barrera. Y es esa sociedad indócil, fascinante y conflictiva lo que hay que representar. Sin poder esperar, cabalmente, éxito en la empresa”. De ahí su conclusión: “El reto (y el riesgo) de las instituciones democráticas, que han de adaptar cada vez más y cada vez de forma más acelerada a una sociedad crecientemente compleja, consiste en, precisamente, representar lo irrepresentable. Es decir, reciclar y procesar las ficciones de (la) unidad, las nostalgias de (la) homogeneidad”.

Me temo que de aquí a las elecciones la aspiración a superar de una vez por todas ese “empate infinito” que tan poco gusta a nacionalunanimistas de todo pelaje, tanto de allá como de acá, va a marcar no sólo el tempo preelectoral, sino también el desarrollo tras las mismas. Las elecciones, planteadas como desempate y solución aritmética, van a impedir que abordemos la elección de la que realmente depende nuestro futuro: la elección entre complejidad y homogeneidad. Y que, reconociéndonos en la complejidad irrepresentable como unidad, abramos una conversación sosegada sobre la mejor manera de organizar esta complejidad, que sólo podrá ser federal: “Del lat. foedus, -ĕris, pacto, alianza”.




sábado, 28 de octubre de 2017

Cremar tots els anys equivocats d'abisme

Según una encuesta de Metroscopia que acaba de publicar EL PAÍS, el 46% de las y los catalanes comparte identidad española y catalana, exactamente el mismo porcentaje que optaría por seguir formando parte de España en una Cataluña con un autogobierno más desarrollado y mejor garantizado. 
Como cabía suponer, sólo los muy nacionalistas son muy mayoritariamente independentistas (79% en el caso de las CUP, 69% en el de ERC), y no tan mayoritariamente "solocatalanistas" (el 64% de las y los cuperos)



No nos preguntaremos ahora por qué hemos llegado hasta el punto en el que estamos (DUI versus 155), cuando se podía -¡cuando se debía!- haber trabajado en serio sobre esta base sociológica. 
Pero preguntémonos, con urgencia, qué podemos -¡qué debemos!- hacer para, a partir de esta realidad, en las próximas y tan problemáticas semanas podamos construir un futuro que supere "estos años equivocados de abismo".

Releo y cito a Joan Margarit, con su poema "Nou dia", nuevo día:

He d'encendre la llenya:
llenya seca del fàstic, 
la por, la soledat,
i fins i tot l'oblit, 
per cremar tots els anys
equivocats d'abisme.

Ahora voy a encender
la leña seca del asco,
del miedo y la soledad.
Hasta el olvido ha de arder
para quemar estos años
equivocados de abismo.


Pues eso...

viernes, 20 de octubre de 2017

Contra la banalización del diálogo

Muy recomendable el último libro de François Jullien, La identidad cultural no existe (Taurus, 2017, traducción de Pablo Cuartas).
Un ensayo sólido contra el universalismo fácil y contra el relativismo cómodo. Contra los comunitarismos que desarticulan lo común. Un canto a la traducción que reconoce la distancia que hay que transitar pero no entroniza la diferencia que esencializa y aisla.
Extraordinaria su reflexión sobre y a partir del término francés écart, fundamento de todo el ensayo:

Écart se traduce en inglés por gap. Pero écart significa lo contrario. Gap designa la zanja que separa, écart nombra una distancia que se abre y establece una comparación, hace aparecer un entre que pone en tensión lo que ha sido separado y le permite a cada término comprenderse con respecto al otro.

De ahí su reivindicación del diálogo. de un diálogo (auto)exigente, no banalizado, esforzado y trabajoso:

Dia, en griego, significa a la vez «brecha» y «cruce». Los griegos sabían que un diá-logo es fe­cundo si hay un écart en juego […]; si no, se dicen más o menos las mismas cosas, el diálogo se vuelve un monólogo entre dos y el pensamiento deja de progresar. Pero dia significa también el cruce que atraviesa un espacio, e incluso este último puede resistirse a ser atravesado. Un diá-logo no es inmediato, sino que toma tiempo: un diálogo es un recorrido. Progresiva y pacientemente las posiciones respectivas -separadas y distantes como están- se descubren entre sí, se reflexiona cada una a través de la otra y elaboran poco a poco las condiciones de posibilidad de un encuentro efectivo. Es necesario un desarrollo. Frente a estos elementos, logos significa lo común de lo inteligible, que es, paradójicamente, la condición y el objetivo del diá-logo. En otras palabras, mediante los écarts se engendra un común tal que cada lengua y cada forma de pensamiento, cada posición, se deja superar por la otra, de modo que una inteligencia mutua puede emerger en ese entre activo -y esto aun cuando dicha inteligencia no se realice nunca por completo (lo que remite a ese potencial de lo inteligible)-. Un común que no es de reabsorción de los écarts ni de asimilación forzada, sino que se produce en la tensión intrínseca a los écarts y que obliga a trabajar: ese común no se impone, ni se da por sentado, sino que se construye.
Sacando poco a poco, y recíprocamente cada perspectiva de su exclusividad -no tanto de su posición, sino del carácter bloqueado, encerrado, de su posición cuando ignora al otro- el diá-logo hace , emerger progresivamente un campo de inteligencia compartido en el que cada uno puede empezar a entender al otro. […]
Por eso, integrando la posición del otro en su propio horizonte, cada uno hace trabajar su propia posición, sacándola de lo que tenía de solitariamente evidente. Así, vislumbrando la posición del otro desde un ángulo no defensivo, sino según lo que hay en ella de posibilidad nueva, cada uno percibe al mismo tiempo su propia posición, escuchando al otro, desde el afuera que es ese otro; luego descubre, frente a la posición del otro, la unilateralidad de su propia posición: la posición de cada uno se abre, su frontera se ve franqueada, y un desplazamiento comienza. Cuando se establece un diálogo, si no es ficticio o simulado, y mientras dure, aparece un entre […] que surge de lo que cada posición le entreabre a la otra (ese es el entre de la «entre-vista») y obliga al pensamiento a trabajar.

¡Qué poco se ha obligado a trabajar al pensamiento en el caso de Cataluña! Cuanta evidencia solitaria. Cuanta perspectiva bloqueada. Cuanta unilateralidad. Cuanta posición cerrada. Cuanto diálogo simulado. Cuanto gap, y qué poco écart...

jueves, 12 de octubre de 2017

Peor que nada

Primero pensé en no escribir nada, pues nada parecía haber pasado, más allá de lo estrictamente declarativo. Luego pensé en escribir algo a partir de una idea simplona, pero no por ello carente de potencial explicativo: la DUI se había transformado en DIU, y lo que iba a nacer había quedado en… pues eso, en nada. Pero nada de lo anterior es cierto. No es verdad que lo ocurrido el 10 de octubre en el Parlament sea “nada”. Y si lo fuera, si con tal término pudiéramos definirla, sería esa nada de La historia interminable que se va expandiendo como una enfermedad incontrolable, haciendo desaparecer personas y lugares, la imaginación y la belleza, dejando tras de sí… pues eso, la nada.
Lo visto en el Parlament fue un nuevo episodio de astucia carente de inteligencia: una forma de ganar tiempo, una patada que vuelva a plantar el balón en el campo del Estado, un intento de proteger la tensionada unidad en el soberanismo, un golpe bajo contra un PSOE resquebrajado entre diazlambanistas e icetistas, una provocación que busca ser respondida con un aumento de la represión… Elijan lo que prefieran, incorporen nuevas posibilidades o planteen, incluso, la hipótesis del paso atrás que busca abrir espacios de diálogo. Hipótesis que yo no contemplo.
La declaración que firmaron los diputados de Junts pel Sí y la CUP en dependencias del Parlament tiene su correlato perfecto en el acto de toma de posesión de sus cargos de presidente, ministras y ministros del Gobierno de España, presidentas y presidentes de comunidades autónomas, etc. Todas y todos, con solemnidad (o con la solemnidad que permiten las circunstancias, que en el caso del Parlament fue relativa) se han comprometido a defender sus respectivas ideas de país, de pueblo, de derecho, de justicia, de legitimidad, ideas que, y aquí es donde la hipótesis del diálogo hace aguas, hoy por hoy son radicalmente incompatibles. Porque, ¿qué diálogo cabe plantear entre dos compromisos solemnes cuyo cumplimiento respectivo exige el incumplimiento del otro?
Así pues, estamos donde estábamos, sólo que un poquito (espero que solo sea un poquito) peor. Dos totalidades enfrentadas y excluyentes, un juego de suma cero. Lo ideal sería que el Gobierno de Rajoy se hiciera el despistado y actuara como si, en efecto, no hubiera pasado nada. No chutar el balón, no tocarlo, no mirarlo siquiera. Que salga del campo y se pierda por la banda. Pero, ¡ay!, el compromiso solemne y público con la ley, la patria, el pueblo…
Me temo que el PP le entrará al balón. Los hooligans con disfraz de ciudadanos van creando ambiente. Tampoco ayuda, aunque parezca lo contrario, la contemporizadora lectura que de lo ocurrido hace Podemos, pues con ella el balón pasa a estar en posesión, exclusivamente, del Gobierno español. Y el PSOE sigue en el banquillo, rezando para no tener que saltar al campo: aunque tendrá que hacerlo.
Y en esas estamos. Tal vez si las espectadoras y los espectadores saltáramos al campo, pero cada cual para animar al contrario, no al propio. Tal vez si el juego se trasladara a otro escenario, como el del diálogo abierto entre comunidades autónomas. O tal vez, simplemente, la nada de ayer sea, en efecto, nada de nada, porque las empresas patrocinadoras decidan, definitivamente, apoyar otros equipos y otros deportes.

jueves, 5 de octubre de 2017

Derechos torcidos

Derechos torcidos. Conversación sobre el “derecho a decidir”, la soberanía, la libre determinación y la España federal
Miguel Candel y Salvador López Arnal.
El Viejo Topo, Barcelona 2017

Todos los estados son artificiales y ninguna nación es producto de la naturaleza. Sólo cabe buscar equilibrios que faciliten al máximo la convivencia entre grupos humanos culturalmente heterogéneos cuya propia diversidad, para ser sostenible, exige un mínimo de unidad política (p. 48).

Solo un romanticismo trasnochado y una ceguera sociológica absoluta pueden llevar a alguien a pensar en la posibilidad de “cortes limpios” en una hipotética recomposición del mosaico español con arreglo a “líneas de fractura” étnico-culturales (p. 47).

Un libro excelente y muy necesario en el momento actual.
¿Qué ha sido de los federalistas catalanes?, me preguntaba hace poco.
Aquí hay algunos dignísimos representantes...

martes, 3 de octubre de 2017

Derechos fundamentales y ciudadanía



Lo que esta pasando en Cataluña es importante, pero no es lo fundamental.
El viernes pasado tuve ocasión de colaborar  con el 3º Congreso Estatal de Participación de Personas en Situación de Pobreza y Exclusión Social, que se ha celebrado en Bilbao organizado por EAPN (Red Europea de Lucha contra la Pobreza).
Compartí mesa redonda sobre "Derechos Fundamentales y Ciudadanía" (Ver video) con Sonia Fuertes, de la Taula d'Entitats del Tercer Sector Social de Catalunya, Teresa Laespada, diputada foral de Empleo, Inclusión social e Igualdad, y Sergio Aires, Presidente de EAPN Europa. Nos moderó con eficacia Loreto Larumbe, periodista de Radio Euskadi (y, si me lo permite... ¡alumna mía!).


El diálogo posterior con las personas participantes fue una maravilla.
Y tras el acto, la conversación continuó entre pasillos...
Un día inolvidable.

lunes, 2 de octubre de 2017

El día después


Lo dijo a las claras un infame Turull: "Si sacan los tanques a la calle es que ya hemos ganado". Y lo más parecido a los tanques que hay en una democracia, los antidisturbios policiales, han salido a la calle. Lo más parecido, con todo lo distintos que son: Barcelona no es Tiananmén. Pero la imagen de porras enarboladas frente a personas que esperaban a votar es la que va a quedar para siempre: la imagen de policías llevándose las urnas, la de los empujones, las caídas y las cabezas sangrantes. Turull estará contento. Por cierto, él no está entre las personas heridas; incluso ha votado sin problemas, buscando en coche oficial, como han hecho sus superiores, el colegio más tranquilo para practicar su heroico desborde constitucional. Con foto en su twitter incluida, claro.
De un plumazo –de un porrazo- el relato más antipático, más incómodo, más rechazable, ha conquistado nuestro imaginario. Qué distinto sería todo (hoy, pero sobre todo a partir de mañana) si la foto que reflejara el conflicto en Cataluña fuera la de aquel Parlament demediado y trilero que el 6 de septiembre malaprobó la Ley de Transitoriedad Jurídica, y de Joan Coscubiela advirtiendo frente a su deriva. ¡Qué distinto sería todo!
Pero el PP se ha mostrado como un partido radicalmente irresponsable; no por ignorancia, lo que ya sería malo, sino por cálculo. No diré que me sorprenda: recordemos la gestión del 11M y al mentiroso Acebes, las manifestaciones contra la política antiterrorista de Zapatero, la utilización política de las víctimas, la recogida de firmas contra el Estatut… Y ha desencadenado a los dragones.
El referéndum ya estaba herido en su legitimidad tras la tramposa actuación del Parlament y la desobediencia civil de la oposición al soberanismo; el referéndum ya estaba anulado en su práctica tras las decisiones judiciales que lo privaban de cualquier apariencia de legalidad. Nada de lo que hoy, domingo 1 de octubre, ha ocurrido en las calles de Cataluña, era necesario.
Pero la represión de una ciudadanía festivamente movilizada lo ha ocupado todo, desplazando cualquier matiz. Desplazando incluso el recuerdo de aquella Ciutat Morta que fue Barcelona el 4 de febrero de 2006, el recuerdo de un presidente Mas accediendo en 2011 al Parlament en helicóptero, el recuerdo de la ciudadana que perdió un ojo durante la huelga del 14 de noviembre de 2012 por el disparo de una pelota de goma de los Mossos… España contra Cataluña: una España caricaturizada frente a una Cataluña idealizada. Pero es en esa España-caricatura, de charanga y pandereta, de hooliganismo patriotero, donde el PP consigue ese puñado de votos fieles que marca la diferencia electoral.
El PP y el PSOE, los dos grandes partidos estatales, han fracasado en la gestión de la diversidad constitutiva del Estado español moderno. La prueba de su fracaso es su creciente marginalidad en Cataluña y en Euskadi. Puede ser cierto que ni Puigdemont ni Junqueras sirven como interlocutores para el futuro. ¿Sirven Rajoy y Sánchez?

Publicado en EL DIARIO NORTE

sábado, 30 de septiembre de 2017

Prozesua

Comencé a escribir este post hace dos semanas, tras la manifestación convocada por Gure Esku Dago en apoyo al referéndum en Cataluña, el pasado día 16. Me impulsó a escribirlo la foto de portada con la que, al día siguiente, EL CORREO daba cuenta de la manifestación. Esto es lo que empecé a escribir:

Me parece respetable, cómo no, y también comprensible, tratándose de un partido nacionalista.
Pero deja bastante claro con quiénes no vamos a contar para afrontar una reforma del autogobierno vasco en clave federal.
Lo que más me preocupa es que se apoye con tanta alegría un proceso que se desarrolla sin las mínimas garantías democráticas (Urkullu dixit) y abriendo un escenario de ruptura social más que preocupante en Cataluña. ¿Lo harían igual en Euskadi?
Tampoco en esto me representan.
Cuando las réplicas de Cataluña lleguen a nuestro país, ya sabemos a qué atenernos.


Cuando ya estaba en ello me asaltó una pereza infinita, y hasta un punto de tristeza.
Creo conocer bastante bien a las dos personas que aparecían en primer plano de la foto en cuestión, y por ambas siento un profundo aprecio.
Me dolió pensar que, en algún momento, pudiéramos encontrarnos en Euskadi en la misma situación en que se encuentran hoy en Cataluña, y que nuestros afectos se vieran comprometidos, como hoy pasa en Cataluña.
Me desasosegó pensar en una sesión del Parlamento Vasco donde la "mayoría social y política vasca" reprodujera la escena del Parlament durante el debate sobre la Ley de Transitoriedad.
Y sin un Coscubiela que me (nos) reivindique.
Así que lo deje correr.

Pero, pasadas dos semanas, la situación se ha repetido.
Miles de personas se han manifestado esta tarde por las calles de Bilbao en apoyo del referéndum catalán y de la "libertad de decisión".
En esta ocasión, junto al PNV, también ha participado Elkarrekin-Podemos. Sí, también Podemos.


Vuelvo a repetir lo que empecé a escribir hace dos semanas: "Me parece respetable...".
Y termino como terminaba entonces: "Tampoco en esto me representan".
Lo escribo con más pereza, más desánimo y más tristeza.
Pero esta vez no puedo no hacerlo público.

¿De verdad están apoyando este proceso, tal como se está desarrollando?
¿De verdad están animando al soberanismo catalán a continuar por este camino?

Y no, no me vale la disculpa -porque no es más que una disculpa- de la calculadora  pero irresponsable mezquindad del PP, convencido de reforzar sus cimientos, carcomidos por la corrupción y la ineficiencia, con el lodo del nacionalismo español más despreciable.
Ni me vale la disculpa de la traición histórica del PSOE al proyecto de la España federal.
Aunque ambas cosas -la mezquindad de unos y la pusilanimidad de otros- sean ciertas.

¿De verdad harían algo similar en  Euskadi? ¿De verdad impulsarían un proceso igual en este país?

jueves, 28 de septiembre de 2017

NECESITO UN PAÍS Marwan y Nach



Necesito un país que sonría, 
necesito un país que se arranque ese gris que oscurece sus días, 
un país sin derecha ni izquierda ni cuerdas que tensan rivales, 
sin peleles que vendan en tele sus intimidades, 
un país sin Rajoys, Rubalcabas ni Aguirres, 
donde criemos a niños sensibles, sabiendo que aquí serán libres, 
un país con más libros y menos partidos del siglo 
un país sin peligros ni líderes tan inservibles, 
un país sin desahucios, mentiras y estafas 
donde se acepten todos los credos, los sexos, ideas y razas, 
un país que no se atraganta que aguanta sin peros 
donde justicia sea igual para obreros que para la infanta 
un país que levanta su voz y que grita, 
que se agita y no calla 
en cada batalla contra quien le quita su pan y su techo, 
que golpee su pecho y olvide el recelo, 
que salga a exigir sus derechos sin dudas ni miedos 
un país que limpie su rostro y se olvide del yo, 
que encuentre en nosotros la fuerza, la voz, que tenga valor 
un país que se informe y no se conforme con humo 
donde trabajo y vivienda no sea privilegio de algunos 
necesito un país que piense y use la cabeza, 
donde llenar la despensa no sea una proeza 
un país que mejora y no roba no llora no implora, 
un país que se arranque la pena de una vez por todas (Nach).

¿Buenista, dices? ¿Ingenuo? ¿Infantil?
A mí me ha iluminado la tarde.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

El robo del futuro: fronteras, miedos, crisis

Ayer, en la hermosa Biblioteca de Bidebarrieta, tuve la oportunidad de participar en la presentación del último libro de Patxi Lanceros, titulado El robo del futuro. Fronteras, miedos, crisis (Los Libros de la Catarata, Madrid 2017). Un libro más que recomendable.


A continuación, el arranque (en su versión escrita) de mi intervención:

Contra la idiotez rampante en nuestro tiempo, ubicua, metastática, transversal. Contra la expansión de la idiocia y su banalización moral. Contra el idiota, “miembro de una tribu enorme y poderosa cuya influencia en los asuntos humanos ha sido siempre generalizada y preponderante” (como observa al final del libro, citando al vitriólico Ambros Bierce, ese “gringo viejo” que desapareció en el México revolucionario de Villa y de Zapata).
Contra la teo-tecno-idiocracia de la inevitabilidad, que todo deja abierto a un fatum, un destino incontrolable.
Contra la idio-idolatría de las tribus, que confían su defensa al cierre y la clausura.

No es menor el campo de gigantes, quise decir molinos, contra los que Patxi Lanceros se planta, hecho del morrión de la filosofía celada protectora de la razón frente al idiotismo moral (que diría Norbert Bilbeny) o la razón indolente (en formulación de Boaventura de Sousa Santos).
A pesar de su brevedad, no es un libro de lectura ligera. No sólo por el estilo de su escritura: culta, sí, elevada, cincelada con las herramientas de la gramática y del latín, depurada, y por lo mismo exacta: cada cursiva es una advertencia, cada paréntesis una llamada a la reflexión.
A pesar de su profundidad, es un libro que nos habla, casi siempre sin citarlo expresamente, de los que nos está pasando ahora mismo. De Cataluña (y España), de las elecciones alemanas, del incumplimiento español y europeo de sus compromisos en la acogida de las personas refugiadas.
A pesar de la actualidad y de la urgencia de las temáticas que aborda, no es un libro cuyo interés se agote en esa misma actualidad y en sus peripecias coyunturales. La mirada de Patxi nos invita a remontar esa coyuntura hasta un punto desde el cual observar con perspectiva y comprender no sólo el ahora mismo, sino el itinerario que nos ha traído hasta aquí.

En el vídeo se recoge la totalidad de la presentación.










 

domingo, 24 de septiembre de 2017

Venid ya


España se comprometió a acoger a 17.337 personas refugiadas hasta el 26 de septiembre de este año. Hasta el próximo martes.
Hasta hoy tan sólo hemos acogido a 1.980. 
A día de hoy faltan por llegar 15.354 personas (el 88.56%).


John Berger, Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos [traducción de Pilar Vázquez], Nórdica, Madrid 2017.

Nunca antes había habido tanta gente desarraigada. La emigración, forzada o escogida, a través de fronteras nacionales o del pueblo a la capital, es la experiencia que mejor define nuestro tiempo, su quintaesencia.

The Adams and Eves
continually expelled
and with what tenacity
returning at night!

¡Con qué tenacidad
regresan cada noche
continuamente expulsados
los Adanes y las Evas!



Erri de Luca, Sólo ida. Poesía completa [traducción de Fernando Valverde], Seix Barral, Barcelona 2016.

Rimetteteci sopra la barca, scacciateci da uomini,
non siamo bagagli da spedire e tu nord non si degno di te stesso.

Quieren meternos de nuevo dentro de la barca, expulsarnos de entre los hombres,
no somos bultos que enviar y tú, norte, no eres digno de tí mismo.


Siamo gli innumerevoli, raddopio a ogni casa di scacchiera
lastrichiamo di scheletri il vostro mare per camminarci sopra.
[...]
Faremo i servi, i figli che non fate,
nostre vite saranno i vostri libri d'avventura.
Portiamo Omero e Dante, il cieco e il pellegrino,
l'odore che perdeste, l'uguaglianza che avete sottomesso.

Somos los innumerables, el doble en cada centro de expulsión,
adoquinamos de esqueletos vuestro mar para caminar sobre ellos.
[...]
Seremos los siervos, los hijos que no tenéis,
nuestras vidas serán vuestros libros de aventuras.
Traemos a Homero y a Dante, el ciego y el peregrino,
el olor que perdisteis, la igualdad que habéis sometido.


sábado, 23 de septiembre de 2017

Where have all the federalists gone?


[1] Releo Homenaje a Cataluña, de George Orwell, obra en la que el escritor británico relata sus experiencias como periodista y combatiente enrolado en las milicias del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Desde hace días no puedo evitar relacionar -¡salvando todas las distancias, que son infinitas!- algunos de sus contenidos con la situación que actualmente se vive en Cataluña. No me refiero, evidentemente, a los aspectos más dramáticos y violentos de la historia, como cuando Orwell advierte que “la ciudad [de Barcelona] respiraba el clima inconfundible de la rivalidad y el odio políticos”, clima que se manifestaba en el hecho de que “miembros de la CNT y la UGT venían matándose unos a otros desde hacía algún tiempo”. No. Pero no hago más que pensar en el paralelismo que cabe establecer entre uno de los efectos más dolorosamente llamativos de aquella situación y algo que también ocurre ahora. Me refiero a la desaparición en el espacio cultural y político catalán de cualquier discurso de inspiración federalista.

Cataluña ha sido el único de los territorios de España en el que se ha desarrollado una cultura y una práctica políticas genuinamente federalistas. Con la excepción destacada del andaluz Fernando Garrido (1821-1883), autor de La República Democrática Federal y Universal, pensar en federalismo nos lleva necesariamente a evocar a personajes como Francesc Pi i Margall (1824-1901), Valentí Almirall (1841-1904) o Josep María Vallés i Ribot (1849-1911). Saltando en el tiempo, en ellos han buscado inspiración instituciones como la Fundació Rafael Campalans, que en 2010 impulsó la revista En construcción, “revista sobre la cultura federal y la España plural” como rezaba su subtítulo (desgraciadamente, sólo se publicaron 3 números), y que en 2013 publicó un documento de trabajo titulado Por una reforma constitucional federal; o como la Fundació Catalunya Segle XXI, creada en 1999 por iniciativa de Pasqual Maragall, que en 2005 publicó el libro colectivo titulado Hacia una España plural, social y federal, en el que tuve ocasión de participar. Más allá de Cataluña, como lamentaba Jacint Jordana en un artículo en EL DIARIO, el federalismo nunca ha interesado en España. Desgraciadamente.

[2] Escribe Steven Pinker en Los ángeles que llevamos dentro: “Uno de los peligros de la «autodeterminación» es que, en realidad, no existe tal cosa como una «nación» en el sentido de grupo étnico y cultural que coincida con un trozo de propiedad inmobiliaria. A diferencia de las características de un paisaje de árboles y montañas, las personas tienen pies. Se desplazan a sitios donde hay más oportunidades y pronto invitan a sus amigos y parientes a que se les unan. Esta mezcla demográfica transforma el paisaje en un fractal, con minorías dentro de minorías dentro de minorías”. Y sobre fractales y fronteras, sobre fracturas y fractalidades, giraba el texto con el que contribuí al referido libro editado por la Fundació Catalunya Segle XXI.

Los fractales son formas autosemejantes, figuras con un motivo fundamental que se propaga a escalas progresivamente reducidas o (es otra manera de verlo) con partes que, al ser ampliadas, se asemejan al todo (Wagensberg). Con otras palabras, un fractal es un objeto que presenta la misma estructura fundamental aunque cambiemos indefinidamente la escala de observación; un objeto caracterizado por la recursividad, o autosimilitud, a cualquier escala. En otras palabras, si enfocamos una porción cualquiera de un objeto fractal notaremos que tal sección resulta ser una réplica a menor escala de la figura principal. A grandes rasgos, las formas fractales están hechas de copias a una escala menor de sí mismas, y sus partes son fundamentalmente similares al todo.

Las realidades fractales son realidades ininterrumpidas, sin fronteras (al menos cuando hablamos de la geometría fractal de Mandelbrot, evidentemente no en el caso de las formas naturales o sociales). La única diferencia que podemos establecer es de tamaño, de escala, pero no de esencia. ¿Podemos utilizar el modelo fractal como analogía para repensar las realidades políticas? En particular, aquellas institucionalizaciones (el Estado-nación, la identidad nacional) basadas, precisamente, en la construcción de discontinuidades, de fronteras políticas y éticas que pretenden delinear con trazo grueso segmentaciones no sólo territoriales, sino identitarias y morales?

Recurriendo a la conocida reflexión de Kymlicka, todos los grupos nacionales son extremadamente partidarios de reivindicar y, siempre que sea posible, construir un sistema de protecciones externas (de las que la más desarrollada es el Estado-nación) que garantice su existencia y su identidad específica frente a las posibles influencias debilitadoras de la misma procedentes de las sociedades con las que se relacionan o en las que están necesariamente englobadas. Sin embargo, estos mismos grupos nacionales no suelen ser tan sensibles ante la existencia en su seno de pertenencias o identidades distintas de la nacional hegemónica, pero igualmente necesitadas de reconocimiento. Frente a la demanda de protecciones externas que estos subgrupos realizan, la respuesta del grupo nacional dominante suele ser la imposición de restricciones internas en nombre de la solidaridad grupal.

Aplicado a las realidades nacionales (estatalizadas o no), el principio de fractalidad debería cumplir la misma función que la regla de oro kantiana: no quieras para los demás lo que no deseas para ti.

[3] ¿Y la relación de todo esto con la peripecia de Orwell? En Homenaje a Cataluña Orwell relata cómo, a su vuelta desde el frente de Aragón tras resultar herido en el cuello, se encontró con que la mayoría de los militantes del POUM a los que había conocido se encontraban encarcelados o desparecidos, víctimas de las purgas estalinistas, ejecutadas en Barcelona por el PSUC. Y yo, al igual que el gran Pete Seeger (por cierto, AQUÍ en un concierto en el Palau Sant Jordi) se preguntaba “¿A dónde se han ido todas las flores?”, me pregunto: ¿a dónde se han ido todos los federalistas?

Por supuesto, cuando de una trinchera a otra silban las proclamas nacionalistas, el discurso federal se queda sin espacio, perdido en una tierra de nadie machacada por la inmisericorde contundencia de quien se siente representante de la totalidad social. Pero después del 1 de octubre será imprescindible recuperar la hoy desaparecida propuesta federalista.