Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
jueves, 2 de octubre de 2025
La bolchevique enamorada
sábado, 27 de septiembre de 2025
El futuro de la revolución
jueves, 7 de agosto de 2025
La revolución es el freno de emergencia
La metáfora que da título al libro -"la revolución es el freno de emergencia"- proviene de las Tesis sobre el concepto de historia, el texto testamentario de Benjamin, escrito bajo el peso de la derrota y la inminencia de la muerte. Löwy parte de esta imagen para construir su lectura más provocadora: la revolución no es un simple avance progresista hacia un futuro mejor, sino una interrupción radical de la marcha del mundo hacia el abismo. En tiempos en que el "progreso" es sinónimo de devastación ecológica, alienación social, fascismo político y barbarie tecnocrática, esta tesis adquiere una urgencia dolorosa:
Para Benjamin, recuerda Löwy, la historia no es una flecha recta, sino un campo de ruinas. De ahí que su crítica al historicismo -esa fe ciega en la continuidad y la linealidad del progreso- resuene como una advertencia: quien crea que el capitalismo se superará "naturalmente", como una fase que se agota, está condenado a repetir la catástrofe. La revolución no vendrá como fruto maduro, sino como irrupción intempestiva. Y esta categoría ético-política, la de la irrupción o interrupción, que cada vez me parece más relevante, explica el rescate por Löwy de la religiosidad de Benjamin -tan incómoda para el marxismo más clasicista- no como un desvío, sino como la clave de su radicalismo. El mesianismo judío se convierte en una figura del deseo revolucionario, no un más allá teológico, sino la posibilidad de un salto fuera del tiempo homogéneo y vacío. En este sentido, Benjamin es un pensador del instante, del momento (kairós) en que todo puede ser trastocado.
Pero no se trata de una lectura religiosa: es, más bien, una lectura profana del misticismo. En diálogo implícito con la teología política de Metz y su memoria passionis, Löwy insiste en que la tarea revolucionaria es inseparable de la memoria de las oprimidas y los oprimidos. No hay porvenir sin redención del pasado y este vínculo entre política y memoria se convierte en un imperativo ético: hacer justicia a quienes no tuvieron voz, a todas las personas derrotadas, a las desaparecidas de la historia.
martes, 17 de diciembre de 2024
La irrevolución / Calle del Proletario Rojo
En lugar de la utopía igualitaria que esperaban encontrar, los Kéhayan descubrieron una sociedad pasiva y cínica, marcada por la desigualdad, la corrupción, la burocracia y el control estatal sobre todos los aspectos de la vida, reduciendo al individuo al "estado permanente de simple ejecutante", ya que "a partir del momento en que el Estado y el Partido afirman detentar las riendas del progreso y aseguran que han sido tomadas las medidas necesarias para realizar los cambios, al ciudadano solo le queda esperar pasivamente lo que venga".
En un mundo donde las tensiones entre los ideales políticos y su realización práctica siguen vigentes, la obra de Nina y Jean Kéhayan sigue ofreciendo lecciones valiosas sobre las limitaciones de los sistemas ideológicos totalizantes, que tan fácilmente derivan en totalitarios.
domingo, 24 de octubre de 2021
Dos mujeres con mucha clase obrera: autobiografía de Mother Jones y biografía de Pasionaria
martes, 27 de octubre de 2020
La guerra de los pobres
Éric Vuillard
La guerra de los pobres
Traducción de Javier Albiñana
Tusquets, 2020
"Las palabras quedan dichas de nuevo: ni mediante el dinero ni mediante el poder de los príncipes, esas mismas palabritas que cambian de forma, de tono, pero no de objetivo, y que, cuando retornan al mundo, siempre pugnan contra el dinero, la fuerza y el poder. Esas palabras van a ser poco a poco las nuestras".
Repite Vuillard en este libro la sugerente fórmula que ya utilizó en su anterior obra titulada 14 de julio: si en aquella novela recreaba el alzamiento del 14 de julio de 1789 que inició la Revolución Francesa, en esta recuerda los levantamientos campesinos que, inspirados en el radicalismo evangélico de Thomas Müntzer, en 1524 y 1525 hicieron temblar el poder de los príncipes y nobles del centro de Alemania, de Austria y Suiza, enfréntándose incluso al mismo Lutero, a quien acusaba publicamente por su vida lujosa y regalada.
"Son los propios señores quienes provocan que el hombre pobre sea su enemigo", clamaba Müntzer. "Si no quieren eliminar las causas de la rebelión, ¿qué arreglo tiene esto a la larga? ¡Ah!, caros señores, ¡cuán hermoso sería ver al Señor golpear los viejos jarrones con vara de hierro! Decir esto me convierte en un rebelde. ¡Vamos allá!".
En pocas páginas, con un lenguaje directo, en ocasiones declamativo y profético, Vuillard nos sumerge en la sangrienta rebelión de las campesinas y los campesinos contra los privilegios de condes, duques y principes, contra la represión de alguaciles y burgomaestres, contra "la servidumbre, los feudos, los diezmos, el decreto de manos muertas, el arriendo, la tala, el viatico, la recogida de la paja, el derecho de pernada, las narices cortadas, los ojos reventados, los cuerpos quemados, apaleados, atenaceados".
Y rememora también las raíces de ese levantamiento en siglos anteriores: en la proclamación de John Wyclif de la relación directa entre el hombre y Dios, sin necesidad de mediación ninguna, y su exaltación de la pobreza evangélica como fundamento de una humanidad nueva (Inglaterra, 1320-1384); en su discípulo John Ball y en el campesino Wat Tyler, líderes de la revuelta campesina inglesa de 1381; en la demanda de los municipios pobres de Kent impulsada en 1450 por Jack Cade, que firma como "Juan Pide-Todo"; en la predicación del checo Jan Hus (Bohemia, 1370-1415) exigiendo la reforma de una Iglesia corrupta.
La prosa de Éric Vuillard vuelve a brillar narrando la historia con minúscula de mujeres y hombres comunes que se alzaron contra el privilegio y la injusticia. Una historia truncada por la violencia, pero nunca derrotada: "El martirio es una trampa para los oprimidos, sólo es deseable la victoria". Una hermosa lectura.
martes, 14 de abril de 2020
No basta un shock
No hay intelectual (de los de antes y de las y los de ahora) que no haya aportado su reflexión al respecto: Habermas, Ferrajoli, Gray, Harari, Morin, Attali, las y los 15 de la Sopa de Wuhan (Agamben, Zizek, Nancy, Han, López Petit, María Galindo, Judith Butler, Badiou, Gabriel, Patricia Manrique, Yañez González, Berardi, Preciado, Zibechi y Harvey)... "¿Qué medidas de protección se te ocurren para no volver al modelo de producción anterior a la crisis?", se pregunta y nos pregunta Bruno Latour en un interesante artículo del que nos hemos hecho eco AQUÍ.
Pocas son opiniones que se atreven a vaticinar una mera vuelta a la a-normalidad anterior, al business as usual, a pesar de que contamos con el inquietante precedente de la crisis de 2008, en la que entramos con similares preguntas y expectativas de cambio y de la que salimos... como salimos, es decir, prácticamente como entramos. Solo El Roto se atreve a sacudirnos el alma con su imprescindible mirada.
¿Mi personal respuesta a la pregunta que encabeza esta reflexión? La verdad es que no estoy dedicando mucho tiempo a pensar sobre ello: ocupado como estoy con la docencia no presencial y las tareas de cuidado, lo que me piden el cuerpo y la mente es leer y leer, más que escribir. En todo caso, en mis escasas intervenciones públicas (AQUÍ en La Ventana Euskadi, o en un breve texto para Hiritarrok, el boletín informativo digital de la Federación de Asociaciones Vecinales de Bilbao) me descubro manteniendo un discurso que, abierto a un horizonte de transformación social, enfatiza la necesidad de trabajar concienzudamente la realidad actual como estructura de oportunidad, sin creer que la gravedad misma de la situación que afrontamos desembocará necesariamente ("¡es imposible que las cosas sigan igual!") en un cambio de las dinámicas sociales, políticas y económicas.
Por eso, me ha resultado de mucho interés leer lo que escribe Joaquim Sempere sobre la experiencia cubana del llamado período especial de los años 1991-1999. Lo hace en su libro, muy recomendable, Las cenizas de Prometeo: transición energética y socialismo (Ediciones de Pasado y Presente, Barcelona 2018, pp. 56-63, 72-76); también en su artículo "El colapso energético en la Cuba de los años 90", publicado en la igualmente recomendable revista Papeles de relaciones ecosociales y cambio global (nº 140, 2017/18, pp. 13-32).
La desintegración de la URSS, concretada entre el 11 de marzo de 1990 y el 25 de diciembre de 1991 en la independencia de las quince repúblicas que la componían, dejó a Cuba sin un suministro de petróleo barato (a cambio de azúcar adquirida a precios por encima del mercado) que había estado en la base de su desarrollo industrial, un desarrollo fuertemente dependiente de la importación de energía, alimentos (la mitad de todo su consumo), maquinaria agrícola, etc. En la nueva etapa postsoviética Cuba se vió obligada a exportar e importar sometida a las condiciones del mercado mundial, con el añadido del bloqueo comercial estadounidense. De manera repentina, se vio forzada a adaptarse a una situación de escasez sin precedentes, con unas consecuencias dramáticas para la población de la isla y su economía:
"El resultado fue una reducción drástica y súbita del nivel de vida y de las pautas habituales de la vida cotidiana. Se produjo un empeoramiento muy sensible en la alimentación. Se pasó hambre. El peso corporal medio de la población cubana se redujo, según algunos observadores, en 9 kilos. [...] En conjunto, el país experimentó un empobrecimiento agudo. La renta nacional se redujo considerablemente. Para 1993 la caída del Producto Social Global había sido de un 51,5% del total (un 33,8% en términos del PIN). La tasa de inversión bruta se redujo de un 26% a un 7%. La formación bruta de capital se derrumbó un 61%. Muchas industrias tuvieron que cerrar o funcionar a medio gas y creció el paro. [...] La reducción del suministro de agua potable tuvo efectos sobre la salud -tanto a través de la alimentación como de la higiene corporal- que a la vez suponían un golpe para la autoestima de muchas personas, acostumbradas a otros baremos. No hay cigras oficiales sobre los suicidios, pero la percepción social es que aumentaron".
La buena noticia es que las instituciones y la sociedad cubanas reaccionaron con rapidez para intentar enfrentarse a esta dramática situación. Los cambios en la economía, el transporte y los modos de vida fueron radicales: la construcción prácticamente se paralizó; se recurrió a caballos para facilitar el transporte colectivo y los servicios de ambulancias; la iniciativa comunitaria se activó para mitigar las peores consecuencias; se multiplicaron los huertos urbanos... Pero el cambio más relevante es el que se produjo en la agricultura de la isla, que pasó de ser "la más industrializada de todas las agriculturas latinoamericanas" a adoptar "métodos agroecológicos, hasta convertirse en el país del mundo con una proporción mayor de agricultura ecológica", logrando revertir la escasez de alimentos:
"En 2003 se produjeron un 21% más de alimentos que en 1988 (año de la máxima producción agrícola de la época soviética) con solo un 12% de fertilizantes industriales. En otras palabras, la agricultura cubana aprendió durante aquellos años críticos a producir más y mejores alimentos reduciendo el uso de agroquímicos y contaminando menos".
Y, sin embargo, cuando en 1999 la Venezuela de Chávez volvió a vender a Cuba petróleo a buen precio se volvió en gran medida a la anterior agricultura industrial, como si todo hubiera sido un desgradable paréntesis en la ansiada normalidad, a la que habria que regresar cuanto antes. De ahí la conclusión de Sempere:
"Cuba tuvo un aprendizaje por shock de los efectos de una interrupción brusca del suministro energético. Pero para que el choque aporte un aprendizaje, no basta la experiencia dolorosa. Hay que disponer, además, de marcos mentales que permitan sacas las lecciones adecuadas".
Marcos mentales y más cosas, por supuesto. Pero lo que me interesa es resaltar esa idea: que ninguna crisis, por sí sola y por más profunda que sea, es condición suficiente para modificar la dirección de ninguna sociedad. Así pues, más vale que vayamos trabajando ya desde ahora la salida de esta situación...
domingo, 20 de octubre de 2019
¡Ay Nicaragua, Nicaragüita!
Adiós muchachos. Una memoria de la revolución sandinista
Debolsillo, 2018 [Alfaguara, 1999]
Este es un libro cuya lectura vengo retrasando desde hace varios años. Tal vez para no estropear (más) un recuerdo, mejor, una emoción que me ha acompañado cuatro décadas.
Nicaragua ha sido la revolución de mi generación. De quienes éramos demasiado pequeños cuando Cuba, de quienes ya éramos demasiado viejos para cuando el zapatismo. A mi me pilló cuando recién cumplía 18 años. Ya conocía la poesía de Ernesto Cardenal y su Evangelio en Solentiname. Carlos Mejía Godoy y Los de Palacagüina cantaban "Son tus perjúmenes mujer" y "Clodomiro el ñajo". Y entonces ocurrió: el 19 de julio de 1979 triunfó la revolución sandinista. Hubo alguna persona de mi entorno universitario que en los meses siguientes hicieron la mochila y se fueron para allá. Yo sólo escribí (a máquina, cuando aquello no había ordenadores personales) un largo poema (es un decir), acaso inspirado por Cardenal, titulado "El día que el sol se hizo más grande" que terminaba así:
"Qué difícil debe ser para ustedes ser la esperanza de los demás", cuenta Sergio Ramírez que le dijo Bruno Kreisky, canciller federal de Austria. Y eso es lo que fue (y en gran parte) sigue siendo aquella revolución sandinista guiada por la regla de "vivir como los santos", acuñada por el sacerdote, poeta y guerrillero Leonel Rugama (1949-1970):
Y que, en efecto, generó comportamientos no sólo heroícos, sino directamente sobrehumanos, como el que relata el comandante Tomás Borge, responsable del ministerio del interior en el periodo revolucionario, en el libro La revolución combate contra la teología de la muerte (Desclée de Brouwer, Bilbao 1983):
"Recuerdo que hace algunos días capturaron al asesino de mi esposa. Cuando aquel hombre me vio (habían torturado salvajemente a aquella mujer, le habían violado, le habían arrancado las uñas), él pensó quién sabe qué, que le iba a matar, o que le iba a golpear por lo menos, y se quedó absolutamente asombrado cuando nosotros llegamos donde él y lo tratamos como un ser humano. No lo entendía, ni lo puede entender todavía, y creo que tal vez no lo va a entender jamás. Alguna vez dijimos: 'nuestra venganza hacia nuestros enemigos es el perdón, es la mejor de las venganzas'".
Claro que no todo fue épica, entrega, acierto. Ramírez cuenta que cuando Olof Palme visitó Nicaragua en 1983 ya les advirtió: "Cuídense, se están alejando del pueblo". Dos años antes el gobierno del FSLN abrió un escenario de conflicto con los indígenas miskitos, sumos y ramas de la costa del Caribe, a quienes desde el "paternalismo ideológico" se quiso integrar "de la noche a la mañana a la revolución y sus valores, a la vida moderna", sin conocer nada de sus culturas, creencias y formas de organización social. También chocaron con las comunidades campesinas, a las que pretendieron imponer un régimen de tenencia de la tierra basado en un cooperativismo ajeno a sus aspiraciones.
Claro que la agresión de la CIA de Reagan y la guerra de la contra afectaron gravemente a la evolución de la revolución. Pero el libro de Sergio Ramírez refleja especialmente las dificultades que supone transitar desde un proyecto revolucionario -"La emoción de sentirse comprometido en una empresa de cambio, hasta el final. Y hasta el final quería decir: o todo o nada"- hasta un proceso de nueva institucionalidad democrática:
"Era como entrar en las páginas de la novela El Señor de las Moscas, de William Golding. Muchachos entrenados en los rudimentos de las ideas marxistas habían asumido puestos de responsabilidad partidaria en las áreas rurales, que no conocían porque venían de las ciudades del Pacífico, y medían la conducta de la gente sencilla bajo esquelas ideológicos aprendidos en los manuales".
Se cometieron errores, muchos y graves, también en el terreno económico: "¿Hubiéramos creado prosperidad sin una guerra de agresión? [...] Pienso que aun sin guerra, las sustancias filosóficas del modelo que buscábamos aplicar habrían conducido de todos modos a un colapso económico, a no ser por una evolución pacífica del sistema hacia una economía mixta real, lo que a su vez hubiera demandado una mayor apertura política".
Así y todo, se pudo:
"Se pudo, habíamos llegado, el mundo iba a ser volteado al revés, el sueño de Sandino se vería cumplido, no más sumisión a los yankis, se acababa la explotación, los bienes de los Somoza iban a ser del pueblo, la tierra de los campesinos, los niños serían vacunados, todo el mundo aprendería a leer, los cuarteles se convertirían en escuelas, comenzaba una revolución sin fin, la retórica calzaba con la realidad porque las palabras eran carne y hueso con la verdad de los deseos sin que ningún cálculo pudiera intermediarlos".
No se pudo todo, no se pudo para siempre, pero se pudo. Desde el compromiso con la revolución, el libro de Sergio Ramírez es una importante contribución al conocimiento de un acontecimiento histórico fundamental, que no deberíamos permitir que se olvide o distorsione.
domingo, 17 de febrero de 2019
Ernesto Cardenal
En el tercer volumen de sus memorias, titulado La revolución perdida (Trotta, 2004), Cardenal refleja el sufrimiento personal que aquella injusta y humillante decisión papal le supuso. Pero más que esta dimensión personal, lo que lamenta es el daño que la misma causó a una revolución ilusionante en la que muchísimas personas creyentes se implicaron:
Alguien que escribió en el Atlantic Monthly sobre religión y revolución en Nicaragua, señalaba que entre los sandinistas las palabras "reino de Dios" afloraban en el lenguaje con una frecuencia que pasmaba a los visitantes, tanto seglares como religiosos. Y lo más asombroso, dice, era el tono cotidiano con que se emplean esas palabras: "La gente habla del reino de Dios como si fuera un bus que están aguardando".
Pero en aquellos años terribles, la alianza entre el Vaticano y la administración Reagan, documentada por Ana María Ezcurra, era un hecho.
El caso es que ahora, tres décadas después, Francisco ha revisado aquella triste decisión. Los efectos negativos que la misma pudo causar a la revolución sandinista ya no tienen remedio. Pero, al menos, que el viejo revolucionario pueda morir en paz plenamente reconocido por la Iglesia, a la que nunca dejó de ser fiel.
Y yo, que me declaro desde 1979 admirador del poeta, del sacerdote y del revolucionario, me alegro con él.
Toda revolución nos acerca a ese Reino, aun una una revolución perdida. Habrá más revoluciones. Pidamos a Dios que se haga su revolución en la tierra como en el cielo.
domingo, 10 de diciembre de 2017
Se atrevieron... ¿y ya está?
Leo en la versión digital de VIENTO SUR un artículo firmado por David Mandel, titulado "Se atrevieron", en el que sostiene que:
Considera Mandel que la Revolución de 1917 fue, sobre todo, una respuesta práctica a problemas sociales, políticos y económicos también muy prácticos:
Y así, su conclousión:
Comienza Rosa Luxemburgo reconociendo las condiciones históricas particularemente aciagas en las que se afronta la Revolución de Octubre. Aplaude la osadía -"¡Yo osé!"- de sus dirigentes. Pero no se queda en este reconocimiento:
No caben dudas de que los dirigentes de la Revolución Rusa, Lenin y Trotsky, han dado más de un paso decisivo en su espinoso camino sembrado de toda clase de trampas con grandes vacilaciones interiores y haciéndose una gran violencia. Están actuando en condiciones de amarga compulsión y necesidad, en un torbellino rugiente de acontecimientos. Por lo tanto, nada debe estar más lejos de su pensamiento que la idea de que todo lo que hicieron y dejaron de hacer debe ser considerado por la Internacional como un ejemplo brillante de política socialista que sólo puede despertar admiración acrítica y un fervoroso afán de imitación.
En el estallido de marzo de 1917, los “cadetes”, es decir la burguesía liberal, estaban a la cabeza de la revolución. La primera oleada ascendente de la marea revolucionaria arrasó con todos y con todo. La Cuarta Duma, producto ultrarreccionario del ultrarreaccionario derecho al sufragio de las cuatro clases, que fue una consecuencia del golpe de Estado, se convirtió súbitamente en un organismo revolucionario. Todos los partidos burgueses, incluyendo los de la derecha nacionalista, de pronto formaron un frente contra el absolutismo. Este calló al primer golpe, casi sin lucha, como un organismo muerto que sólo necesita que se lo toque para caerse. También se liquidó en pocas horas el breve intento de la burguesía liberal de salvar al menos el trono y la dinastía. La arrolladora marcha de los acontecimientos saltó en días y horas distancias que anteriormente, en Francia, llevó décadas atravesar.
El partido de Lenin fue el único que asumió el mandato y el deber de un verdadero partido revolucionario garantizando el desarrollo continuado de la revolución con la consigna “Todo el poder al proletariado y al campesinado”. De esta manera resolvieron los bolcheviques el famoso problema de “ganar a la mayoría del pueblo”, problema que siempre atormentó como una pesadilla a la socialdemocracia alemana. Como discípulos de carne y hueso del cretinismo parlamentario, estos socialdemócratas alemanes han tratado de aplicar a las revoluciones la sabiduría doméstica de la nursery parlamentaria: para largarse a hacer algo primero hay que contar con la mayoría. Lo mismo, dicen, se aplica a la revolución: primero seamos “mayoría”. La verdadera dialéctica de las revoluciones, sin embargo, da la espalda a esta sabiduría de topos parlamentarios. El camino no va de la mayoría a la táctica revolucionaria, sino de la táctica revolucionaria a la mayoría.
Queda claro el apoyo de la autora a la decisión tomada por Lenin y Trotsky:
La Revolución Rusa no hizo más que confirmar lo que constituye la lección básica de toda gran revolución, la ley de su existencia: o la revolución avanza a un ritmo rápido, tempestuoso y decidido, derriba todos los obstáculos con mano de hierro y se da objetivos cada vez más avanzados, o pronto retrocede de su débil punto de partida y resulta liquidada por la contrarrevolución.
Sin embargo, Rosa Luxemburgo (a quien habría que volver a leer con mucha atención), critica que a esa primera decisión "atrevida" no le acompañara un adecuado diagnóstico de los medios a través de los cuales hacer avanzar la revolución. En concreto, considera que la disolución de la Asamblea Constituyente en noviembre de 1917 es el principio de una deriva que ahora llamaríamos totalitaria. Preistland señala que en las elecciones a dicha Asamblea los bolcheviques obtuvieron 19,9 millones de votos (casi todo el voto obrero y casi la mitad del de los soldados) sobre un total de 48,4 millones. Pero la inmensa mayoría del voto campesino fue para otras fuerzas políticas. Como escribe Rosa Luxemburgo:
Las masas campesinas, votaban por ‘Tierra y libertad’ y elegían como representantes a los comités locales a los que permanecían bajo la bandera de los narodniki [populistas impulsores de una democracia campesina].
El error de Trotsky (auténtico protagonista de la disolución de la Asamblea) fue no darse cuenta de que hacía falta tiempo para que esas masas campesinas conocieran e hicieran suya la propuesta bolchevique, absolutamente ajena a sus existencia hasta ese momento. Y en lugar de trabajar por cambiar su mentalidad en y desde la Asamblea, decidió disolverla:
En lugar de esto, Trotsky extrae de las características específicas de la Asamblea Constituyente que existía en octubre una conclusión general respecto a la inutilidad, durante la revolución, de cualquier representación surgida de elecciones populares universales. [...]
Con toda seguridad, toda institución democrática tiene sus límites e inconvenientes, lo que indudablemente sucede con todas las instituciones humanas. Pero el remedio que encontraron Lenin y Trotsky, la eliminación de la democracia como tal, es peor que la enfermedad que se supone va a curar; pues detiene la única fuente viva de la cual puede surgir el correctivo a todos los males innatos de las instituciones sociales. Esa fuente es la vida política activa, sin trabas, enérgica, de las más amplias masas populares.[...]
Y, sobre todo, el legado de por qué esa valoración de la democracia y sus instituciones:



















