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domingo, 1 de febrero de 2026

REIVINDICACIÓN DE UNA IZQUIERDA POLIÉTICA

“[L]os principales problemas que llamamos políticos remiten a principios ético insolventables. [N]o hay asunto relatico a los comportamientos privados que no acabe en consideraciones políticas o jurídico-políticas” (Francisco Fernández Buey, Poliética, Losada, 2004).

“En vista de las catástrofes ambientales en nuestro planeta, amenazado por peligros sin precedentes […], nos resulta difícil hablar de los derechos y las responsabilidades de la juventud, así como de su futuro. Tanto más cuanto que existen demasiados Estados nacionales enfocados a la competencia, expansionistas, machistas, militaristas y patriarcales, que parecen no entender en absoluto que en este planeta se está desarrollando una cultura dotada de una ética y una política orientadas hacia la supervivencia del ser humano” (Petra Kelly, Pensar con el corazón, Círculo de Lectores, 1992).

“[A]similar en la izquierda una línea estratégica que siempre fue sumamente despreciada, bajo el nombre de Gandhi […] conlleva un corolario para el militante de izquierda en general, obrero en particular, comunista más en particular: el ponerse a tejer, por así decirlo, el tener telar en casa; no se puede seguir hablando contra la contaminación y contaminando intensamente. Hace todavía quince años supongo yo que semejante declaración en un individuo de formación de izquierda, marxista, habría sido considerado como síntoma seguro de que había enloquecido. A la vista de los resultados de una línea sólo politicista, leninista pura, me parece que hoy se puede decir que una cosa así es expresable sin necesidad de ser sospechoso de insania. La cuestión de la credibilidad empieza a ser muy importante, y conseguir que organismos sindicales, por ejemplo, cultiven formas de vida alternativas me parece que es no tanto no sólo una manera de alimentar moralmente a grupos de activistas sino también un elemento que es corolario de una línea estratégica” (Manuel Sacristán Luzón, Pacifismo para una revolución ecosocial, Bellaterra, 2025).

 

Para combatir las derivas hacia el populismo nativista y la ultraderecha xenófoba es fundamental que la izquierda impulse una política materialista: una defensa clara de los derechos sociales y de los servicios públicos, de la vivienda accesible, la sanidad universal, la educación pública de calidad y el empleo decente.

Pero esto no es suficiente, ni siquiera es lo más importante. Una aspiración exclusivamente materialista también puede alimentar al nativismo y a la ultraderecha. Por encima de esa aspiración es necesario trabajar una perspectiva ética capaz de sostener el horizonte progresista incluso cuando las condiciones materiales no acompañan.

La política progresista no puede depender de la ilusión de crecimiento eterno. Hoy, en un mundo marcado por múltiples crisis intersectadas -ecológica, energética, geopolítica y social- se hace evidente que un proyecto emancipador debe fundarse en algo más profundo que la sola promesa de mejora material. Se trata de reconocer que la política también es ética, y de que sin un marco de valores fuerte,capaz de guiar decisiones colectivas cuando el crecimiento se estanca, la izquierda pierde terreno ante propuestas que convierten la frustración en identidad reactiva y exclusión.

El espejismo de los Treinta Gloriosos

Entre 1945 y 1973 Europa occidental vivió un periodo de crecimiento económico sostenido, caracterizado por altas tasas de empleo, expansión de los sistemas de bienestar y elevación de los estándares de vida. Este periodo, conocido como Les Trente Glorieuses, suele ser evocado como el paradigma de un capitalismo de bienestar exitoso.

Pero el brillo de ese auge económico convive con sombras que raramente aparecen en el imaginario de la posguerra. Vivimos -seguimos viviendo- en la alucinación de los Treinta Gloriosos: unas décadas de crecimiento, redistribución, democracia y paz para Europa (en general, en abstracto), pero que ni siquiera lo fueron para todas las europeas y europeos -persistieron profundas desigualdades de género y de clase- y, desde luego, no lo fueron para la mayor parte del mundo, sometido a las derivadas “calientes” de la Guerra Fría: conflictos armados en África y Asia, hambrunas, recolonización económica, extractivismo, imposición de regímenes dictatoriales… Ni tampoco lo fueron para el planeta, pues son las décadas en las que comenzamos a sobrepasar los límites ecológicos.

Esa alucinación sigue operando hoy como un horizonte implícito: la promesa de que el crecimiento volverá, de que la redistribución será suficiente y de que la estabilidad democrática se restaurará casi de forma automática. Pero el presente está marcado por una concatenación de crisis -ecológica, energética, geopolítica, demográfica- que desmiente esa expectativa. No vivimos una anomalía pasajera, sino un cambio de época.

Poliética progresista en tiempos de límites

En este contexto, una política progresista que confíe exclusivamente en la mejora material corre el riesgo de quedar atrapada en una promesa que ya no puede cumplir. Cuando el crecimiento se estanca, cuando los recursos se vuelven escasos y la inseguridad se cronifica, la apelación a lo material sin un marco ético compartido se transforma fácilmente en competencia, resentimiento y exclusión. Es ahí donde el nativismo y la ultraderecha encuentran terreno fértil.

De ahí la urgencia de una perspectiva poliética capaz de sostener la igualdad, la solidaridad y la universalidad de los derechos incluso en un escenario de límites, que no dependa de la abundancia, que sea capaz de disputar el sentido del sacrificio, del cuidado y de la responsabilidad colectiva, y que permita imaginar un proyecto emancipador no basado en la promesa de “más”, sino en la justicia, la dignidad y la habitabilidad del mundo común.

Esa perspectiva ética no puede ser un simple complemento moral de la política material, ni un discurso edulcorado de valores. Debe funcionar como una infraestructura normativa capaz de orientar las decisiones colectivas cuando no hay crecimiento que repartir ni consensos fáciles que comprar. Su núcleo no es la promesa de prosperidad, sino la afirmación de principios que no dependen de la abundancia. Es la condición para sostener un proyecto político que resista tanto los miedos como los reclamos identitarios excluyentes.

Para ello, lo primero es reivindicar una ética de la igualdad sustantiva, que asuma que la justicia no se suspende en tiempos de escasez. Cuando lo material “no alcanza” para todas y todos, la pregunta decisiva no es quién merece más, sino cómo se distribuyen los costes, los límites y los sacrificios. Sin esta brújula, la frustración social se traduce rápidamente en jerarquías morales, exclusiones identitarias y chivos expiatorios.

En segundo lugar, hay que afirmar una ética de la universalidad que sostenga la extensión de derechos más allá de la pertenencia nacional, cultural o productiva. En contextos de crisis, la tentación de restringir la solidaridad a los “nuestros” o a los “útiles” se vuelve políticamente rentable; resistirla exige una concepción de la dignidad humana que no dependa de la utilidad económica ni de la identidad compartida.

En tercer lugar, una ética de la responsabilidad intergeneracional y ecológica, que asuma los límites del planeta como un dato político y no como una externalidad técnica. Sostener el horizonte progresista hoy implica aceptar que no todo deseo es traducible en derecho material inmediato, y que la justicia también se juega en lo que decidimos no consumir, no extraer y no destruir.

Por último, una ética del cuidado y de la cooperación, capaz de disputar el imaginario neoliberal y austericida del sacrificio. Frente a su apropiación autoritaria -orden, disciplina, obediencia-, la izquierda debe reapropiarse del lenguaje de la sobriedad y la autocontención, vinculándolo a responsabilidad colectiva, la reciprocidad, la interdependencia y la protección de la vida común.

Solo desde una ética así puede la política progresista evitar que la escasez derive en miedo, y el miedo en exclusión. Y solo desde ahí puede sostenerse un proyecto emancipador que no prometa volver a un pasado que nunca fue universal, sino abrir un futuro habitable incluso en condiciones adversas.

Intervenir poliéticamente en los debates contemporáneos

Esa perspectiva ética solo adquiere sentido político pleno cuando se traduce en criterios de intervención sobre los conflictos reales del presente.

En el debate migratorio, por ejemplo, la ética progresista se pone a prueba de manera inmediata. Cuando las condiciones materiales se deterioran, la tentación de jerarquizar derechos en función del origen o de la utilidad económica se vuelve dominante. Sin un principio ético fuerte de universalidad, la defensa del Estado social se transforma fácilmente en una defensa excluyente, compatible con el nativismo. Sostener una política migratoria progresista en contextos de escasez implica asumir costes, disputar el relato del “colapso” y afirmar que la dignidad y los derechos no pueden ser un premio a la membresía nacional ni al rendimiento productivo.

En la transición ecológica, la dimensión ética es igualmente evidente. La aceptación de los límites materiales del planeta entra en tensión directa con expectativas sociales forjadas en décadas de crecimiento. Sin una ética de la responsabilidad intergeneracional y de la justicia climática, la transición se percibe como una imposición tecnocrática o como un castigo a las clases populares, alimentando el rechazo social y el discurso reaccionario. La pregunta no es solo cómo descarbonizar, sino cómo repartir los esfuerzos, quién asume las renuncias y con qué criterios de justicia.

En el ámbito de la guerra, la seguridad y la geopolítica, el horizonte progresista también depende de una brújula ética clara. El miedo, la incertidumbre y la sensación de amenaza favorecen respuestas autoritarias, militaristas y de repliegue identitario. Sin una ética que combine la defensa de la vida, el derecho internacional y la responsabilidad política, la izquierda corre el riesgo de oscilar entre el moralismo impotente y la adaptación acrítica al realismo de la fuerza.

Algo similar ocurre en los debates sobre el trabajo, el empleo y la automatización. En un contexto de precariedad estructural y transformación tecnológica, una política centrada únicamente en la promesa de más empleo o más crecimiento resulta cada vez menos creíble. La perspectiva ética permite desplazar la pregunta: no solo cuánto se produce, sino para qué, en qué condiciones y con qué reparto del tiempo, los cuidados y la seguridad vital.

En todos estos casos, la ausencia de una ética explícita deja el campo libre a soluciones que convierten la escasez en competencia, la incertidumbre en miedo y el miedo en exclusión. Por el contrario, una ética progresista capaz de sostenerse cuando lo material no acompaña permite disputar el sentido mismo de los límites, del sacrificio y de la responsabilidad colectiva, evitando que sean capturados por la ultraderecha.

Buena parte de la izquierda contemporánea ha afrontado estos debates desde una huida hacia adelante materialista, como si bastara con gestionar mejor la escasez o con prometer su superación futura. En lugar de disputar el marco ético del conflicto, ha preferido refugiarse en el tecnicismo, el economicismo o la apelación nostálgica a un crecimiento que ya no puede volver en los términos del pasado.

En el debate migratorio, este error se traduce en una ambigüedad calculada. Se defiende formalmente la universalidad de los derechos, pero se acepta implícitamente el marco del “límite de acogida”, del “orden” y de la “prioridad nacional” como condiciones políticas inevitables. Al no sostener con claridad una ética de la igualdad en contextos de escasez, la izquierda termina legitimando la idea de que los derechos compiten entre sí, reforzando así el relato nativista que dice combatir.

En la transición ecológica, el problema adopta la forma inversa: una ética implícita pero mal articulada. Se reconoce la existencia de límites, pero se evita politizar el conflicto distributivo que esos límites generan. El resultado es una transición presentada como necesidad técnica o imperativo moral abstracto, sin una narrativa clara sobre quién gana, quién pierde y por qué es justo que así sea. Este vacío ético es rápidamente explotado por la ultraderecha, que convierte el malestar material en rechazo cultural al ecologismo.

En el ámbito de la guerra y la seguridad, la izquierda oscila entre dos impotencias: el pacifismo retórico desligado de las relaciones de poder reales y la adaptación acrítica al lenguaje de la disuasión, el rearme y el realismo geopolítico. En ambos casos, se elude la construcción de una ética política capaz de articular la defensa de la vida, la legalidad internacional y la responsabilidad histórica sin caer ni en la ingenuidad ni en el cinismo.

En cuanto al trabajo y la protección social, el error consiste en seguir prometiendo integración plena a través del empleo asalariado, aun cuando las condiciones estructurales lo hacen cada vez menos viable. Al no cuestionar éticamente la centralidad del empleo como fuente exclusiva de dignidad y derechos, la izquierda deja intacta la narrativa meritocrática que luego se vuelve contra quienes quedan fuera del mercado laboral.

En todos estos frentes, el problema no es la falta de propuestas materiales, sino la ausencia de un marco ético explícito y conflictivo que permita sostenerlas cuando generan costes, renuncias o tensiones sociales. Al evitar ese conflicto, la izquierda cede el terreno de los afectos, del sentido y de la pertenencia a fuerzas que no tienen reparos en ofrecer respuestas autoritarias, identitarias y excluyentes.

Actualizar intuiciones críticas

Politizar la ética no significa moralizar la política, sino asumir que sin principios capaces de resistir la escasez, el miedo y el conflicto, la política progresista queda reducida a gestión defensiva del descontento. Y en ese terreno, la ultraderecha siempre juega con ventaja.

Una estrategia progresista capaz de sostenerse en condiciones adversas exige abandonar definitivamente la nostalgia de los Treinta Gloriosos y asumir, como ya hicieron Petra Kelly y Manuel Sacristán en los años ochenta, que el conflicto central no es solo distributivo, sino civilizatorio. Ambos comprendieron que el problema no era únicamente quién se apropia del excedente, sino qué tipo de sociedad se construye en un mundo de límites.

La primera lección estratégica que se desprende de su pensamiento es la renuncia explícita al productivismo como horizonte emancipador. Petra Kelly, desde el ecologismo pacifista, y Sacristán, desde una relectura crítica del marxismo, coincidieron en señalar que una izquierda atrapada en la lógica del crecimiento ilimitado acaba reproduciendo las mismas formas de dominación que pretende combatir. Hoy, persistir en la promesa de “más” -más consumo, más energía, más producción- no solo es materialmente inviable, sino políticamente suicida: deja el terreno moral del límite en manos de la derecha autoritaria.

De ahí deriva una segunda clave estratégica: politizar los límites en lugar de ocultarlos. Frente a la tentación tecnocrática de presentar la escasez como un problema de gestión, la izquierda debería asumir que los límites son un hecho político que obliga a tomar decisiones normativas explícitas. ¿Qué se protege?, ¿qué se reduce?, ¿qué se garantiza incondicionalmente y qué no? Sin esta honestidad ética, la transición ecológica se convierte en una fuente de desafección y miedo, fácilmente explotable por discursos reaccionarios.

La tercera dimensión estratégica es la centralidad de la no violencia, el cuidado y la cooperación como principios políticos, no solo morales. Para Petra Kelly, la paz no era un asunto exterior a la justicia social, sino su condición de posibilidad; para Sacristán, la contención -del consumo, de la dominación, de la violencia- era una virtud política en un mundo finito. Traducido al presente, esto implica disputar el sentido del sacrificio: no como imposición autoritaria ni como resignación, sino como decisión colectiva orientada a la protección de la vida común.

Una cuarta clave, profundamente actual, es la redefinición del sujeto político progresista. Ni Petra Kelly ni Manuel Sacristán confiaron en una identidad cerrada -nacional, productiva o cultural- como base de la emancipación. Su apuesta era universalista, pero no abstracta: anclada en la interdependencia, la vulnerabilidad compartida y la responsabilidad hacia quienes no están presentes (otras regiones del mundo, generaciones futuras, formas de vida no humanas). Recuperar esta perspectiva es crucial para contrarrestar el repliegue nativista sin caer en un cosmopolitismo vacío.

Es preciso decir la verdad incluso cuando es políticamente incómoda. No prometer lo que no se puede cumplir, no ocultar los conflictos, no delegar en el mercado ni en la técnica decisiones que son éticas y políticas. En los años ochenta, esta posición fue marginal; hoy, es una condición de supervivencia democrática.

Recuperar y reconectarnos con la tarea emprendida por Petra Kelly y Manuel Sacristán no significa repetir sus respuestas, sino asumir su gesto intelectual y político fundamental: construir un proyecto progresista que no dependa de la abundancia para ser justo, ni del miedo para ser mayoritario. Solo desde ahí puede la izquierda disputar el presente sin alimentar, por omisión o por cálculo, a las fuerzas que convierten los límites en exclusión y la escasez en autoritarismo.

La tarea estratégica de la izquierda hoy no consiste en prometer un retorno a la abundancia perdida, sino en aprender a gobernar democráticamente los límites sin renunciar a la igualdad, la universalidad de los derechos y la dignidad de todas las vidas. Cuando la política progresista evita esta responsabilidad, deja el campo libre a quienes convierten la escasez en miedo, el miedo en exclusión y la exclusión en orden autoritario.

Sostener un horizonte progresista en condiciones adversas exige decir la verdad sobre el mundo que habitamos, asumir los conflictos que esa verdad implica y construir mayorías no sobre la promesa del “siempre más”, sino sobre un principio más exigente y más duradero: nadie sobra, ni ahora ni mañana, ni aquí ni en ninguna parte. Se trata de romper con la ley contemporánea del biopoder que, como denuncia Didier Fassin (Por una repolitización del mundo, Siglo XXI, 2018), opera vinculando un principio de diferencia –“que establece la separación entre aquellos cuya vida es sagrada y aquellos cuya vida puede sacrificarse”- y un principio de indiferencia –“que subordina la protección de los segundos a la ausencia de todo riesgo para los primeros”-. Ese es el núcleo ético que nos permitirá resistir la tentación nativista y disputar el futuro sin reproducir las lógicas que nos han traído hasta aquí.


domingo, 23 de noviembre de 2025

Construir el mañana democrático

 

Cincuenta años después de la muerte de Franco, la sociedad vasca y española afrontan una paradoja inquietante: parte de la juventud, nacida en democracia y con acceso ilimitado a información, empieza a mostrar simpatías hacia discursos reaccionarios e incluso nostalgias del franquismo. Diversos estudios confirman un menor compromiso con la democracia, un giro conservador y un creciente apoyo a la extrema derecha entre la llamada Generación Z (18-28 años) en España. En Euskadi, si bien la juventud en su conjunto sigue siendo mayoritariamente democrática y de centro-izquierda y el voto explícito a Vox es muy reducido, están apareciendo nichos concretos de chicos jóvenes con actitudes cercanas a marcos de extrema derecha (rechazo a la inmigración, a los derechos del colectivo LGTBIAQ+ o al aborto).

La brecha de género refuerza esta deriva. Los hombres jóvenes adoptan posturas más indulgentes, creen que el franquismo pudo tener efectos positivos e incluso beneficiar a las familias, mientras que las mujeres jóvenes mantienen una visión más crítica, subrayan el carácter opresivo del régimen y rechazan cualquier legitimación del autoritarismo. De esta brecha derivan actitudes machistas, homófobas y xenófobas presentadas como “rebeldías modernas”, así como una preocupante banalización de la violencia.

Este fenómeno no es aislado ni nuevo. El informe de 2013 Backsliders: Measuring Democracy in the EU (Retrocesos: midiendo la democracia en la UE), publicado por el think tank británico Demos, ya alertaba de que la crisis económica y la desafección ciudadana alimentaban discursos iliberales en varios Estados miembros, y que, sin una vigilancia sistemática y criterios comunes de evaluación, la UE corría el riesgo de tolerar en su interior democracias cada vez más frágiles, erosionadas o incompletas. “La democracia en Europa ya no puede darse por sentada”, advertía.

España no es ajena a una ola reaccionaria que atrae a jóvenes desconectados de la democracia liberal y seducidos por discursos que prometen identidad, orden y certezas. La memoria del franquismo y del terrorismo en Euskadi -nuestro particular elefante en la habitación- no siempre se han transmitido de forma clara. Y la política institucional, puro ruido y furia, ha dejado un vacío narrativo que no ofrece horizontes de futuro capaces de ilusionar.

A ello se suma un elemento decisivo: las condiciones materiales de vida de la juventud. No comprenderemos la creciente distancia entre jóvenes y democracia sin atender a un presente marcado por la inestabilidad laboral, alquileres inasumibles y un horizonte vital aplazado. Cuando la democracia no garantiza expectativas razonables de autonomía y bienestar, su legitimidad se erosiona. En esa grieta se instalan y crecen discursos que prometen soluciones simples a problemas complejos. La precariedad no solo empobrece, también debilita el vínculo cívico, rompe la confianza y deja a una generación atrapada entre el desencanto y la tentación autoritaria.

Dicho esto, conviene situar la realidad en sus justos términos. Aunque existe un segmento significativo (en torno al 23 por ciento, en el caso de España) que muestra cierta simpatía hacia el autoritarismo, el grueso de la juventud sigue alineado con los valores democráticos. Lo preocupante no es que la juventud sea mayoritariamente antidemocrática, que no lo es, sino la emergencia de una minoría creciente que cuestiona principios antes ampliamente consensuados, y cuya sensibilidad es más volátil en contextos de precariedad, incertidumbre y déficit de memoria histórica.

Frente a esta deriva, se necesita una respuesta firme pero serena. Urge una educación democrática que fomente pensamiento crítico, alfabetización mediática y conocimiento riguroso del pasado para entender cómo se conquistaron las libertades. Es clave reactivar la transmisión entre generaciones: Euskadi cuenta con una memoria organizada (archivos, asociaciones, víctimas) que puede dialogar con la juventud sobre el franquismo y la transición democrática en lenguajes contemporáneos y desde espacios culturales y formativos atractivos. La democracia necesita relato y referentes, pero también buenas leyes que blinden derechos y libertades: igualdad real de género, protección frente al odio, derechos sociales. Esta es la manera de presentar a las personas más jóvenes un horizonte inspirador, una Euskadi y una España justas, plurales, comprometidas con sus libertades.

El terreno digital es, en este sentido, un frente decisivo. La democracia debe competir donde hoy se forma la opinión juvenil, apoyando a creadoras y creadores que defiendan la igualdad y los derechos, y produciendo contenidos capaces de contrarrestar la potencia emocional de los discursos extremistas. Junto a ello, son imprescindibles espacios físicos de convivencia intergeneracional e intercultural, proyectos comunitarios y barriales, iniciativas que fortalezcan la experiencia cotidiana de la diversidad y fomenten la conversación cívica.

La regresión no es inevitable, pero ignorarla no es opción. Frente a la tentación autoritaria, toca alzar de nuevo la voz colectiva que nos trajo hasta aquí: libertad sin ira, sí, pero libertad disputada y arduamente construida. A medio siglo del fin de la dictadura no basta con recordar, hay que transmitir el sentido de lo ocurrido. La añoranza franquista es una distopía canalla y sangrienta. La insatisfacción con la democracia nos eleva cuando exige más democracia, no menos. Porque cada generación tiene la responsabilidad y el derecho de ensanchar la libertad recibida.

https://www.elcorreo.com/opinion/imanol-zubero-construir-manana-democratico-20251123000407-ntrc.html 

miércoles, 11 de mayo de 2022

Respondona

bell hooks
Respondona
Traducción de Montserrat Asensio Fernández
Paidós, 2022 

"Encontrar la voz y usarla, sobre todo en actos de rebelión y de resistencia críticos que nos instan a ir más allá del miedo, sigue siendo una de las maneras más potentes en que el pensamiento y la práctica feministas pueden cambiar nuestras vidas. 
[...] 
Para los oprimidos, los colonizados, los explotados y los que luchan codo con codo, pasar del silencio al discurso es un gesto de desafío sanador que hace posible una vida y un crecimiento nuevos. Ese acto de discurso, ese 'responder' que no es un mero gesto de palabras huecas, es la expresión de nuestra transformación de objeto a sujeto, es la expresión de la voz liberada".


bell hooks es una de las pensadoras más sugerentes de nuestra época. Digo pensadoras, ahorrándome los calificativos de "mujer", de "feminista" y de "negra" que suelen acompañarla. Porque sí: bell hooks es una pensadora que es mujer, feminista y negra, pero sus reflexiones son interesantes por sí mismas.

Seguidora confesa del pensamiento y la práctica de Paulo Freire, a quien cita y referencia en todas sus obras, hooks es también una eficaz educadora de y para la libertad, una pedagoga de y con las personas oprimidas que, por encima de todo, busca con sus escritos resultar comprensible para ellas:

"La teoría que usa un lenguaje enrevesado, un metalenguaje, tiene su lugar, pero esa teoría no se puede convertir en la base del movimiento feminista a no ser que la hagamos más accesible. Es habitual que las mujeres que escriben teoría le resten importancia cuando les preguntan acerca de su relación con la 'vida real', con la experiencia cotidiana de la mujer. Esto refuerza la idea errónea de que toda la teoría ha de ser inaccesible. [...] Si queremos que ejerza un impacto significativo, tenemos que articular de un modo accesible la teoría feminista visionaria".

Con esta actitud, la autora aborda cuestiones como las relaciones entre patriarcado, racismo y clasismo, la apropiación cultural, el papel de las mujeres en el mantenimiento y perpetuación de los sistemas de dominación, la ética de escribir  acerca de las vidas y las experiencias de grupos subordinados a los que no pertenecemos, las complejas interacciones entre el cambio personal y el estructural, el papel de los hombres en la lucha por la transformación feminista del mundo, la violencia en las relaciones íntimas (que ella misma sufrió), el predominio de la teoría feminista blanca y sus consecuencias, las relaciones entre las mujeres y el militarismo, las diferencias entre racismo y supremacismo blanco o la homofobia en las comunidades negras, entre muchos otros temas. Siempre con referencias a su propia experiencia biográfica como hija en un hogar dominado por un padre autoritario, alumna en una escuela segregada, estudiante universitaria en entornos eminentemente blancos o docente e investigadora en Yale.

Especialmente interesante me ha resultado el capítulo 15, en el que disecciona con agudeza el conocido y repetido lema "lo personal es político", fundamento de las que han venido a denominarse "políticas de la identidad". hooks advierte del peligro de que el énfasis se ponga cada vez más en lo personal y menos en lo político, debilitando la intención original de politización radical de la identidad y la experiencia personal para acabar deslizándose hacia una "preocupación obsesiva y narcisista con la 'búsqueda de la identidad' [...] que desviaba la atención de la política radical" para alimentar "un proceso de despolitización".

Un libro, por tanto, necesario.

Agradeciendo enormemente la labor de la traductora, sí me permito hacer una crítica al uso generalizado del masculino, con frases como esta: "[...] los teóricos feministas tenemos que ser muy cuidadosos y no apoyar nociones monolíticas de qué es una teoría". ¿Los teóricos feministas?  

sábado, 3 de julio de 2021

Lecturas de la violencia vasca: algunas reflexiones abusando de una metáfora

 Lecturas de la violencia vasca:

algunas reflexiones abusando de una metáfora

Imanol Zubero

 

 “Violencia política, nacionalización y Estado: teoría social e historia”

XXVII Simposio del Instituto Universitario de Historia Social Valentín de Foronda

Curso de Verano de la UPV/EHU

Vitoria-Gasteiz, 1-2 julio 2021

https://www.uik.eus/es/violencia-politica-nacionalizacion-y-estado-teoria-social-e-historia

 

 

“La violencia nos ha robado la energía para decir que lo que no es justo no es justo. La sociedad vasca, sin embargo, no ha aceptado que el mal es de naturaleza moral, porque tiene miedo a mirarse en el espejo y decir: estoy enferma. No hemos aprendido a poner la política bajo la lámpara de la moral por eso, nuestro conflicto actual es moral, no político” (Anjel Lertxundi en Hasier Etxeberria, Cinco escritores vascos, Alberdania, 2002).

 

[1] Si, como escribe Franco Ferrarotti, “leer quiere decir salir de sí solo para volver; volver enriquecido, sacudido, tal vez arrancado para siempre al torpor inmóvil y estancado, despierto del sonambulismo de lo cotidiano”[1], cabe dudar de que haya existido, siquiera, algo parecido a una lectura de la violencia vasca. Al menos desde luego, no una lectura compartida, mayoritaria, generalizada.

Si leer es salir del ensimismamiento cotidiano, si leer es provocar un pensamiento atento que nos despierte del sonambulismo, cabría proponer, como hipótesis, que en Euskadi hemos padecido una suerte de analfabetismo funcional colectivo en referencia a la violencia ejercida por ETA. El mismo que ha padecido, por cierto, el conjunto de la sociedad española.

 

[2] Padecido o disfrutado… Porque el sonambulismo (me limito a continuar con la metáfora de Ferrarotti, soy consciente de los problemas que acarrea a muchas personas este trastorno del sueño) tiene algo de bendición. Es lo que nos ha permitido a la inmensa mayoría de la sociedad pasear o ir de compras por las calles de una ciudad donde unas ciudadanas y ciudadanos se concentraban en silencio reclamando “la paz” sin dedicarles más que una breve mirada. Reivindicar la paz, aquí… ¿a quién se le ocurre?

 

https://www.deia.eus/actualidad/politica/2017/04/16/genuinos-artesanos-paz/569435.html

 

[3] También nos ha permitido transitar durante años por los lugares “allí donde ETA asesinó” -como recuerda el valioso pero demasiado poco valorado proyecto memorialístico de Willy Uribe[2]- sin recordar lo que ocurrió, haciendo del sonambulismo condición necesaria para la práctica del funambulismo. La mayoría de la sociedad vasca y española hemos caminando sobre el alambre de la indiferencia moral, evitando el vértigo que produce mirar a las víctimas de la violencia y el terrorismo.

Por cierto, como ocurre con el sonambulismo, tampoco cabe abusar de la metáfora en el caso del funambulismo.

Resulta que el 16 de septiembre de 1991 ETA asesinó en Mutxamel (Alicante) a Francisco Cebrián, propietario de la grúa municipal, y a los policías locales José Luis Jiménez Vargas y Víctor Puerta, al estallar un coche bomba que trasladaban a un depósito de vehículos y con el que ETA había querido atentar contra el cuartel de la Guardia Civil. Para hacer memoria del hecho, en 2017 el Ayuntamiento de la localidad convocó un concurso de murales urbanos, resultando premiado el titulado “La paz funambulista”, inspirado en Banksy, con el mensaje de que “la paz hace equilibrios y todos tenemos que hacer que no caiga”[3].

 

https://www.informacion.es/alacanti/2017/01/05/pintura-paz-mercado-mutxamel-6005731.html

 

Valoro la intención de las y los promotores del homenaje. Pero mi experiencia y mi reflexión me advierten de que en contextos de violencia el compromiso con la paz exige pasar de las musas al teatro, bajar a tierra, pisar suelo y, por ello, arriesgarse a tropezar, a caer, a darse de bruces con la realidad. Nuestro equilibrismo ha tenido como objetivo no la paz, sino la tranquilidad

Así que mantengo mi primera impresión: la sociedad vasca, como cuerpo colectivo, ha sido sonámbula y funámbula.

 

[4] Hablando de lecturas, la literatura universal ha recurrido muchas veces a la figura del sonambulismo. Está, por supuesto, el conocidísimo poema de Federico García Lorca titulado “Romance del sonámbulo”, aunque es probable que todas lo conozcamos por su primer verso: “Verde que te quiero verde”. Pero, más que sonámbulo, humildemente creo que debería titularse “Romance noctámbulo”. Su contenido no encaja en la reflexión que propongo.

Sí lo hace la denominada Trilogía de los sonámbulos, de Hermann Broch (conformada por las novelas Pasenow o el romanticismo, Esch o la anarquía y Huguenau o el realismo), un recorrido por treinta años de la historia de Europa, desde 1888 hasta 1918, los años en los que Alemania fue gobernada por el káiser Guillermo II; la misma época analizada por el historiador Christopher Clark en su obra Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914.[4]

Leemos en Pasenow: “Mientras ruedan los trenes y trabajan las máquinas, dos personas se enfrentan y se disparan”. Sonambulismo de lo cotidiano. Mientras los trenes rodaban, las máquinas trabajaban, los comercios anunciaban rebajas, los restaurantes se llenaban, en las aulas se enseñaba… una persona asesinaba a otra.

 

[5] Cierto es que no hay sonambulismo más difícil de combatir que el “sonambulismo de lo cotidiano”. Es mucho más fácil reaccionar ante acontecimientos extraordinarios que ante hechos repetidos, ordinarios. También cuando hablamos de violencia. Por cada acontecimiento relacionado con la violencia vasca que podemos recordar hay decenas de hechos que han pasado desapercibidos. Por cada asesinato que recordamos hay muchos que hemos olvidado.

El politólogo Norbert Lechner escribe: “[..] el poder se instala y se desarrolla de manera subcutánea. Trabaja sobre el comportamiento cotidiano (en caso extremo sobre el cuerpo). La fuerza normativa de lo fáctico radica en eso: un ordenamiento de la realidad sin interpelación de la conciencia”[5].

La violencia repetida, rutinizada, tiene el efecto de convertirse en un hecho fáctico ante el que nos adaptamos. ¡Qué remedio!

 

https://www.msn.com/es-mx/noticias/photos/siria-la-vida-cotidiana-en-un-pa%c3%ads-azotado-por-la-guerra/ss-BBDTUPS?li=AAggxAT&ocid=UP97DHP#image=9

 

[6] Es cierto: hay una diferencia importante. Cuando las víctimas continúan con la cotidianidad es un acto que podemos calificar hasta como de resistencia: no vas a conseguir que me vaya de aquí, no me vas a callar, no me voy a ocultar… Seguir haciendo “vida normal” tras la amenaza ha sido el objetivo de muchas víctimas de ETA. Para muchas de ellas, esta ha sido, precisamente, la causa última de su muerte. Fue el caso del concejal socialista de Orio Juan Priede, asesinado mientras tomaba café en la barra de un bar próximo a su casa. “El concejal había bajado al bar sin esperar a los dos escoltas que tenía asignado desde que la Ertzaintza tuvo constancia de que era un objetivo inminente del comando Buruntza, el grupo más sanguinario del llamado complejo Donosti, cuando lo desarticuló en agosto pasado”[6].

Pero, ¿qué decir de la normalidad con la que el conjunto de la sociedad vuelve a la cotidianidad pocas horas después de un asesinato, o cuando ni siquiera se ve afectada?

Cuando el 11 de febrero de 1997 ETA asesinó a Patxi Arratibel en plenos carnavales de Tolosa, José Luis Barbería y Aurora Intxausti narraban así la reacción de la sociedad tolosarra:

Al conocer la noticia del asesinato, las compañías festeras enmudecieron inicialmente, pero luego decidieron seguir, pese a que la corporación municipal llegó a proponerles la suspensión de los carnavales, algo sin precedentes en la historia de la ciudad. Tolosa tiene a gala no haber interrumpido estas fiestas ni siquiera durante los años de la prohibición franquista, una etapa en que la ciudad se inventó las Fiestas de Primavera para continuar celebrando los festejos. "Estos cobardes de ETA quieren cargarse nuestro carnaval, pero no van a conseguir lo que tampoco logró el franquismo", explicó un veterano representante de las compañías.

En protesta por el atentado, sin dejar de tocar varias compañías se concentraron a mediodía de ayer ante la sede de Herri Batasuna. Por la tarde, la práctica totalidad de ellas homenajeó a la víctima en el lugar del atentado y a continuación con un acto en la plaza de toros en el que guardaron un minuto de silencio. Concluido el homenaje, el grupo de Patxi Arratibel abandonó definitivamente la fiesta.[7]

¿Es esta una reacción resiliente (que la vida siga su curso, que no nos quiten la alegría de vivir) o es un ejemplo de esa fuerza normativa de lo fáctico que ordena la realidad sin interpelación de la conciencia?

 

[7] La UNESCO considera analfabeto funcional a la “persona que no puede emprender aquellas actividades en que la alfabetización es necesaria para la actuación eficaz en su grupo o comunidad y que le permitan, asimismo, seguir valiéndose de la lectura, la escritura y la aritmética al servicio de su propio desarrollo y del desarrollo de la comunidad”.[8]

En general no hemos sabido leer la violencia vasca de manera que ayudara a construir la comunidad (me da lo mismo hablar de sociedad) vasca necesaria y posible. En este sentido, hemos sido una sociedad funcionalmente analfabeta. No hemos sabido, querido o podido valernos de la lectura de la realidad de la violencia para ponerla al servicio del desarrollo de nuestra comunidad.

Hemos confundido los géneros literarios. Hemos hecho lecturas exclusivamente políticas de una obra esencialmente moral.

En junio de 1998 escribí:

En menos de un año han sido asesinados seis concejales. Calificar sus muertes de asesinatos políticos produce el efecto de desviar nuestra atención del asesinato a la política, del sustantivo al adjetivo, de lo sustancial a lo accidental. Bueno, podemos pensar, hay muertos por medio, es verdad, pero en realidad se trata de política. Si los asesinados hubiesen sido seis libreros, seis prostitutas, seis fruteros, seis profesoras, seis sacerdotes, seis torneros, hablaríamos de asesinatos en serie. Si hubiesen sido seis magrebíes hablaríamos de crímenes racistas. Si seis vecinos de un pequeño núcleo rural hablaríamos de la horrorosa acción de un desequilibrado[9]. 

La consecuencia de esta lectura exclusivamente política es que hemos hecho lecturas de parte: no solo parciales sino partidarias (y, por ello, necesariamente adversarias). Perspectivas que no dejaban espacio para intentar hacer lecturas compartidas. Cada lectura particular se convirtió en una especie de “religión del libro”,[10] exigiendo disciplina(s) monoteísta(s) a una sociedad estructuralmente plural, aunque no siempre pluralista.[11] Una sociedad de afiliaciones múltiples, de identidades compuestas, con muy escasas barreras del precepto, que mayoritariamente vivía en común, hablaba en común, pero a la que la lectura exclusivamente política de la realidad le impedía leer la violencia en común.

 

[8] Características del analfabetismo funcional según la Wikipedia: “Una persona analfabeta no sabe leer ni escribir. Un analfabeto funcional, en cambio, lo puede hacer hasta un cierto punto (leer y escribir textos en su lenguaje nativo), con un grado variable de corrección y estilo”. La cursiva es mía.

La mayoría de las lecturas de la violencia realizadas en Euskadi han sido propias de analfabetas y analfabetos funcionales. Lecturas nativas, tribales. Lecturas de parte. Lecturas imposibles de compartir

La más evidente es la que ha hecho (y continúa haciendo) la izquierda abertzale. No insistiré en ello.[12]

Pero junto al analfabetismo funcional nativo-abertzale ha existido también (no los comparo ni, mucho menos, los igualo) un analfabetismo funcional nativo-constitucionalista que ha querido imponer una lectura de parte a una sociedad compleja y plural. El storytelling[13] y el poder concebido en forma discursiva[14] como objetivo, en lugar de procurar lecturas compartidas que faciliten la construcción de realidades conversacionales[15], fundamento de las transacciones humanas.

Lo digo en minúsculas y me someto a cuanta crítica fundada pueda recibir por decirlo (puede que me ciegue mi pasado), pero yo diría que la única lectura vocacionalmente no nativa, no tribal, de la violencia vasca que se propuso en aquellos años en Euskadi fue la que hizo Gesto por la Paz. Aquí lo dejo.[16]

 

[9] Apenas hemos hojeado el libro de la violencia porque, en general, hemos ojeado (hemos mirado rápida y superficialmente) la violencia y sus consecuencias.

Pero bueno, afortunadamente ha habido lecturas que encajarían en la definición de Ferrarotti, como la que hizo Batzarre en mayo 2006: “Las gentes de la izquierda vasquista no podemos pasar página sin someter a revisión crítica nuestras posiciones del pasado sobre ETA”, ya que, en primer lugar, esa actitud “ha descansado de forma unilateral en la razón política y ha sido pobre en criterios morales o en valores como los derechos humanos fundamentales”[17]. O la que se recoge en el libro editado por Antonio Duplá y Javier Villanueva Con las víctimas del terrorismo (Donostia, Gakoa, 2009)[18].

Cito estas dos porque me resultan particularmente cercanas, pero sin duda ha habido otras.

Siempre estamos a tiempo de volver a las lecturas que no hicimos en su momento. Todas tenemos nuestros Quijotes, nuestras Ilíadas, libros que no leímos cuando, tal vez, nos tocaba hacerlo, a los que hemos vuelto al cabo de los años, descubriendo su valor. Estamos a tiempo de aprender a leer nuestra violencia vasca.

Pero no es fácil recuperar lecturas en estos tiempos de continua explosión editorial, donde se suceden los best sellers. La lectura ferrarottiana de la violencia vasca no es una actividad agradable, no es una lectura de verano. Al contrario, es una lectura desgarradora que nos despertará del sonambulismo.

“He tratado de prestar atención –escribe Clark en Sonámbulos- al hecho de que las personas, los acontecimientos y las fuerzas descritas en este libro llevaran en ellos las semillas de otros futuros tal vez menos terribles”. Yo también creo que la realidad levemente descrita en estas páginas contiene las semillas de un futuro menos terrible, más luminoso, que nuestro pasado reciente.



[1] Franco Ferrarotti, Leer, leerse, Península, Barcelona, 2002, p. 8.

[2] Willy Uribe, “Allí donde ETA asesinó”, 2010. https://allidonde.wordpress.com/

[4] Christopher Clark, Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2014.

[5] Norbert Lechner, La conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado, CIS/Siglo XXI, Madrid, 1986.

[6] Genoveva Gastaminza, “ETA mata al edil socialista de Orio en vísperas del congreso del PSE”, El País, 22/03/2002. https://elpais.com/diario/2002/03/22/espana/1016751601_850215.html

[7] José Luis Barbería y Aurora Intxausti, “ETA asesina a un mediador en el rescate de Revilla”, El País, 12/02/1997. https://elpais.com/diario/1997/02/12/espana/855702001_850215.html

[8] Juan Jiménez del Castillo, “Redefinición del analfabetismo: el alfabetismo funcional”, Revista de educación, n. 338, 2005, p. 273-294.

[9] Imanol Zubero, “Hablamos de asesinato”, El País, 30/06/1998. https://elpais.com/diario/1998/06/30/paisvasco/899235602_850215.html

[10] Jan Assman, La distinción mosaica o el precio del monoteísmo, Akal, Madrid, 2006.

[11] Imanol Zubero, “Pluralismo en Euskadi”, El País, 10/05/2001. https://elpais.com/diario/2001/05/10/paisvasco/989523616_850215.html

[12] Imanol Zubero, “Infección moral”, 20/06/2009. https://imanol-zubero.blogspot.com/2009/06/infeccion-moral.html

[13] Christian Salmon, Storytelling. La máquina de fabricar historias y formatear las mentes, Península, Barcelona, 2008.

[14] Stewart R. Clegg, “Narrativa, poder y teoría social”, en D. Mumby (comp.), Narrativa y control social. Perspectivas críticas, Amorrortu, Buenos Aires, 1997, pp. 29-67.

[15] John Shotter, Realidades conversacionales. La construcción de la vida a través del lenguaje, Amorrortu, Buenos Aires, 2001.

[16] Imanol Zubero, “Transformaciones en la movilización social en Euskadi. De los movimientos por la paz a los movimientos por la libertad”, Bake Hitzak, n. 45, 2002, pp. 33-49. http://www.gesto.org/archivos/201401/BH45.pdf?1

[17] Batzarre hace un documento de autocrítica de sus actitudes políticas con relación a ETA.  https://www.diariovasco.com/pg060526/prensa/noticias/Politica/200605/26/DVA-POL-310.html

[18] Antonio Duplá, “El descubrimiento de las víctimas. Razones de un cambio personal y político”. http://www.pensamientocritico.org/antdup0311.htm