Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
lunes, 28 de septiembre de 2026
La tumba de Antígona
jueves, 8 de enero de 2026
Los Estados Unidos de Trump: la doble brutalización
1. La
violencia exterior como pedagogía del poder
En el plano internacional -por
ejemplo, en la política hacia Venezuela-
la administración Trump ha reforzado una lógica de castigo, asfixia y escarmiento. No se trata solo de sanciones económicas,
sino de un discurso que deshumaniza al adversario político, presenta la coerción
como moralmente necesaria y normaliza el sufrimiento civil como “daño colateral
aceptable”.
Esta forma de ejercer hegemonía
tiene un rasgo clave: el poder deja de
justificarse por normas compartidas y se justifica solo por su capacidad de
imponerse. La ley internacional, los organismos multilaterales o los
derechos humanos pasan a ser obstáculos, no marcos. Pero esa “pedagogía” no se
queda fuera. Vuelve a casa.
El asesinato de una mujer
estadounidense en Minneapolis
durante un operativo migratorio es brutal precisamente porque rompe la ficción
de que la violencia del Estado “solo” se ejerce contra otros. Aquí el
“otro” ya no es extranjero, es cualquiera que quede fuera del relato de orden.
2. La
importación de la lógica del enemigo al espacio interno
Cuando un Estado se acostumbra a
tratar a otros pueblos como amenazas abstractas, termina aplicando el mismo
esquema a sectores de su propia población.
En el ámbito interno, esa lógica se
manifiesta en la militarización de la
seguridad, la expansión de agencias como la Immigration and Customs Enforcement (ICE, Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) o la
idea de que ciertos cuerpos (migrantes, pobres, disidentes, racializadas) son riesgos a neutralizar, no ciudadanas y
ciudadanos a proteger.
Un agente del ICE a asesinado a Renee Nicole Good, de 37 años y madre de tres criaturas, durante una operación
de control migratorio federal en la que participaban unos 2.000. Vídeos tomados por testigos
muestran a agentes del ICE fuertemente armados rodeando del vehículo de la
mujer, quien, tras un aparente intento de avanzar con su vehículo, es tiroteada quemarropa.
La
administración del presidente Trump y el Departamento de Seguridad Nacional
(DHS) se han
apresurado a afirmar que el agente actuó en defensa propia y han calificado los hechos cmo algo similar a un
“acto de terrorismo doméstico”. El vicepresidente Vance también ha dicho que el
agente autor de los disparos “está protegido por inmunidad absoluta” y ha
acusado a la fallecida de ser una activista “víctima de la ideología de
izquierda” que trató de atropellar al oficial con su vehículo.
Por el contrario, autoridades locales y estatales,
incluyendo el alcalde de Minneapolis y el gobernador de Minnesota, han rechazado esa narrativa,
denunciando el uso excesivo de la fuerza y exigiendo investigaciones claras y
participación estatal en las mismas.
3. El hilo
común: deshumanización y excepcionalidad permanente
El vínculo entre lo externo y lo
interno no es retórico, es estructural. Ambos descansan en dos pilares. El
primero, la deshumanización: cuando
el lenguaje del poder convierte personas en categorías (“ilegales”, “amenazas”,
“enemigos”), la violencia se vuelve técnica, administrativa, casi automática; ya
no se mata a alguien, se “neutraliza un riesgo”. El segundo pilar es la excepcionalidad: se gobierna como si el
país estuviera siempre al borde del colapso. En ese clima, todo vale: fuera,
bloqueos, injerencias, castigos colectivos; dentro, uso letal de la fuerza,
opacidad, impunidad federal. La excepción se vuelve norma, y la norma deja de
proteger.
4. El
retorno de la violencia imperial
Hay algo histórico en esto. Los
imperios siempre acaban reimportando a
casa las técnicas de dominación que ensayan fuera; estos nunca consiguen
confinar la violencia a sus márgenes, a sus periferias. Las técnicas que
ensayan lejos, sobre poblaciones convertidas en objetos de administración o
castigo, terminan regresando al centro; la frontera exterior se disuelve y reaparece en las calles,
en los cuerpos, en las instituciones.
Ya lo advirtieron pensadoras como Hannah
Arendt y pensadores como Aimé Césaire: la dominación colonial no solo destruye a los
dominados, también corroe moral
e institucionalmente a la metrópolis. La violencia que se
justifica “fuera” vuelve hacia “dentro” transformada en método de gobierno. La
brutalidad interna es el precio de una hegemonía que ha aprendido a gobernar instalada
en la excepción. El imperio, incapaz de contener su violencia en el exterior,
acaba aplicándose a sí mismo las herramientas que creó para dominar a otras y otros.
En el caso estadounidense, este “efecto boomerang”
se manifiesta de manera muy concreta. Las doctrinas de contrainsurgencia,
desarrolladas para gestionar poblaciones consideradas hostiles en escenarios
externos, han ido impregnando progresivamente la concepción de la seguridad
interna. La ciudadana y el ciudadano dejan de ser un sujeto de derechos y pasan
a ser un factor de riesgo
en unas ciudades convertidas en teatro de operaciones.
No se trata ya de perseguir delitos, sino de controlar territorios y conductas.
A esta transformación
doctrinal se suma una traducción material inequívoca: la militarización de la policía.
Equipos diseñados para la guerra (vehículos blindados, armamento táctico,
dispositivos de vigilancia) pasan de los frentes exteriores a las calles. El
mensaje es claro: el orden interno se mantiene con lógicas de guerra, no de
convivencia democrática. Cuando la estética, el entrenamiento y el lenguaje son
militares, la respuesta tiende a ser militar, incluso ante conflictos civiles.
El tercer canal del
retorno es la vigilancia.
Las herramientas creadas en nombre de la “guerra contra el terrorismo” (recolección
masiva de datos, centros de fusión de inteligencia, cooperación opaca entre
agencias) se integran en la gestión cotidiana del Estado. El resultado es una
relación invertida entre poder y sociedad: la ciudadanía se vuelve transparente
para el Estado, mientras el Estado se vuelve totalmente opaco para esta.
5. La frontera como laboratorio
El laboratorio más revelador de esta lógica
sea la frontera. Allí se
normalizan prácticas de excepción: detenciones prolongadas, uso intensivo de la
fuerza, ambigüedad legal, deshumanización del “otro”. Cuando agencias como la ICE
trasladan esa lógica al interior del país, la frontera deja de ser un lugar y
se convierte en una condición: aparece en barrios, carreteras, domicilios, y
el “enemigo externo” se reconfigura como amenaza interna.
En este contexto, lo
verdaderamente inquietante no es solo el acto violento en sí, sino su normalización discursiva.
Cada episodio sigue un guion reconocible: se invoca la autodefensa, se
amplifica la noción de amenaza, se activa el cierre de filas institucional y se
desplaza el caso a circuitos de investigación que reducen la transparencia.
Nombrar el hecho como “crimen” se vuelve casi imposible, porque el lenguaje
disponible es el de la seguridad, no el de la justicia. Cuando el Estado pierde
la capacidad de sentir vergüenza ante su propia violencia, ya no estamos ante
una democracia tensionada, sino ante una democracia degradada.
Aquí se produce el punto de inflexión más
grave. Una democracia puede soportar tensiones, incluso episodios de violencia.
Lo que no puede soportar es la pérdida de vergüenza ante esa violencia. Cuando el Estado
ya no siente la necesidad de justificarse moralmente, cuando basta con invocar
“orden”, “seguridad” o “terrorismo” para clausurar el debate, la degradación
democrática está en marcha.
6. Las resistencias a la brutalización: límites,
fisuras y posibilidades
La buena noticia es que esta deriva
autoritaria no avanza en un vacío. Incluso en un contexto de fuerte
recentralización del poder bajo Donald
Trump, Estados Unidos sigue siendo un sistema fragmentado, y esa fragmentación es precisamente el terreno donde
surgen las resistencias.
Resistencias
institucionales: frágiles pero reales
Uno de los principales focos de
resistencia proviene de gobiernos
estatales y municipales, especialmente en estados gobernados por
demócratas. Ciudades como Minneapolis
o estados como California han
limitado la cooperación con la ICE,
como durante la anterior presidencia de Trump se constituyeron como “santuarios”
frente a la política anti inmigración. Tras episodios de violencia
federal, alcaldes y gobernadores han exigido investigaciones estatales,
rompiendo el monopolio narrativo del gobierno federal. El problema es que estas
resistencias dependen de competencias legales restringidas, por lo que el poder
coercitivo último sigue siendo federal.
También el sistema judicial
estadounidense sigue siendo un campo de disputa. Juezas y jueces federales y
estatales han bloqueado órdenes ejecutivas, deportaciones colectivas y usos
expansivos de la fuerza. Por otra parte, demandas civiles y constitucionales
intentan repolitizar la legalidad,
obligando al Estado a justificar sus actuaciones. También esta resistencia
tiene un límite: la
judicialización es lenta, técnica y fácilmente presentada como “elitista” o
“antidemocrática” por el discurso trumpista.
Resistencias
sociales: fragmentadas pero persistentes
Movimientos
civiles y comunitarios, organizaciones
de derechos civiles, redes vecinales y colectivos migrantes actúan como infraestructuras de contención frente a la
brutalización: monitorean redadas, documentan abusos, ofrecen apoyo
legal y material a las personas perseguidas y violentadas. Cada muerte, cada
abuso visible, reactiva ciclos de protesta, no siempre masivos, pero
constantes. La calle sigue siendo un espacio de disputa simbólica y la
violencia estatal ya no puede ocultarse del todo gracias a registros
ciudadanos. El problema es que esta protesta es fácilmente encuadrada como
amenaza al orden, justificando más represión. Es una resistencia necesaria pero
vulnerable. ¿Su límite? Desgaste, criminalización y desigualdad de recursos
frente al Estado.
Resistencias
dentro del propio Estado
Esta dimensión suele pasarse por
alto, pero es crucial. Muchas funcionarias y funcionarios, fiscales locales,
agentes y burócratas no comparten esta
deriva brutalista y autoritaria, lo que se concreta en filtraciones,
dimisiones, resistencias pasivas y desacuerdos internos que erosionan la
eficacia total del aparato represor. Incluso dentro de agencias federales
existen fracturas entre mandos politizados y profesionales que aún se reconocen
en una ética de servicio público. De nuevo, hay un evidente límite en esta
forma de resistencia: estas resistencias son silenciosas, individuales y rara
vez visibles; no construyen por sí solas una alternativa política.
Resistencias
culturales y narrativas
Aquí se libra una batalla decisiva.
Hablamos del periodismo de investigación, las universidades, la producción
cultural o las acciones y reivindicaciones de memoria histórica, que siguen
disputando el relato de lo que es “normal” o “aceptable”. Nombrar un asesinato
como asesinato y no como “incidente” es ya una forma de resistencia. Mantener
el lenguaje moral vivo es una forma de frenar la deshumanización. Su limitación;
saturación informativa, polarización y desconfianza generalizada en la idea
misma de “verdad”.
El rasgo común de todas estas
resistencias es que existen,
pero no convergen. Son
defensivas, reactivas y sectoriales. Lo que falta no es indignación ni valor,
sino un marco común, un proyecto político articulado y una
narrativa capaz de disputar la idea de seguridad, soberanía y orden sin caer en
la lógica del miedo. Mientras la brutalización se presenta como “decisión
fuerte”, la resistencia aparece como “obstáculo”.
7. Una conclusión
provisional
La pregunta decisiva no es si hay
resistencias, que las hay, sino si pueden dejar de resistir para empezar a gobernar el sentido del poder en el país.
Hoy, en EE. UU., la brutalización avanza no porque no encuentre oposición, sino
porque no encuentra todavía una
alternativa creíble que la sustituya
El triunfo de Zohran Kwame Mamdani en Nueva
York no constituye una solución al problema de fondo que venímos analizando,
pero sí funciona como una señal. No altera el equilibrio nacional del poder ni
frena por sí mismo la dinámica de brutalización, pero ofrece algo escaso hoy en
Estados Unidos (y en el mundo): una intuición práctica de cómo podría construirse una
alternativa creíble.
Lo interesante del
caso Mamdani no reside únicamente en su programa, sino en la forma en que concibe la política.
No se presenta como una figura de resistencia exclusivamente moral frente a un
poder desbocado, sino como alguien que aspira a gobernar el sentido mismo del poder político.
Su discurso no se organiza en torno al miedo, la amenaza o la excepcionalidad,
sino alrededor de derechos materiales concretos: vivienda, transporte,
alimentación, servicios públicos. En lugar de responder a la lógica securitaria
con una versión “progresista” de la seguridad, desplaza el eje del debate: el
problema central no es el desorden social, sino la inseguridad material estructural que
atraviesa la vida cotidiana.
En ese desplazamiento
hay una enseñanza clave: la brutalización del poder se legitima prometiendo
orden frente al caos; Mamdani, en cambio, redefine la agenda mostrando que la
verdadera estabilidad proviene de condiciones de vida previsibles y dignas. No
se limita a denunciar la violencia del Estado o la injusticia del sistema, sino
que propone cómo debe
funcionar el poder para producir bienestar. Eso le permite
interpelar no solo a los sectores militantes, sino a amplias capas de población
que no se reconocen en una identidad política radical, pero sí como inquilinas,
usuarias del transporte público, trabajadoras o vecinas.
Su victoria también
muestra que es posible pasar, al menos en determinadas escalas, de la protesta
defensiva a una hegemonía
parcial. Es verdad que Nueva York ofrece condiciones
específicas tales como densidad organizativa, sindicatos aún influyentes,
tradición de políticas redistributivas, pero la lección no es replicar
mecánicamente ese contexto, sino aprender que la hegemonía no se construye solo
denunciando el poder existente, sino ejercitando otro modo de gobernar allí donde sea posible.
Hay, además, un
aspecto particularmente relevante frente a la lógica de la brutalización:
Mamdani evita deliberadamente la construcción del enemigo. No responde a la
política del miedo señalando nuevos culpables ni reforzando la centralidad de
la policía como solución universal. Su discurso no gira en torno a quién debe
ser castigado, sino a qué condiciones deben garantizarse para que la violencia deje
de ser el lenguaje dominante del Estado. En ese sentido, no disputa quién es la
amenaza, sino si es necesario gobernar a través de amenazas.
El proyecto que
encarna Mamdani sigue siendo local, depende de coaliciones frágiles y no controla los
grandes aparatos coercitivos ni el marco federal. Existe el riesgo de que este
tipo de experiencias queden confinadas como “excepciones urbanas”: toleradas,
contenidas o absorbidas sin capacidad de transformación estructural. La
historia, también la estadounidense, está llena de islas de buen gobierno
rodeadas por un océano de políticas regresivas.
Aun así, la enseñanza
más relevante no es electoral, sino conceptual. La alternativa a la
brutalización no pasa por una política simplemente “más ética” o “menos
violenta” (con ser esto relevante), sino por una política materialmente eficaz para producir seguridad colectiva
sin recurrir a la coerción y a la violencia. Mamdani sostiene que la seguridad
puede pensarse como vivienda estable, la paz como acceso garantizado a servicios
y el orden como previsibilidad vital. En esa redefinición, el poder deja de ser
la capacidad de imponer y pasa a ser la capacidad de hacer innecesaria la imposición.
Su triunfo no constituye una alternativa sistémica, pero sí algo imprescindible para que esta llegue a existir: una gramática distinta del poder. En un contexto donde la brutalización avanza no porque no encuentre oposición, sino porque no encuentra un reemplazo creíble, experiencias como esta señalan que el problema no es solo frenar la deriva autoritaria, sino imaginar y practicar otra forma de gobernar. Toda nueva hegemonía empieza ahí, cambiando el lenguaje con el que se concibe y practica el poder.
domingo, 14 de diciembre de 2025
Una a una en la oscuridad
miércoles, 20 de agosto de 2025
Sed de sangre
[...] En este sentido, la guerra no es el infierno y el soldado que empuña una bayoneta no es una bestia enloquecida. En la guerra los actos de matar íntimos los comenten sujetos históricos provistos de lenguaje, emoción y deseo. Matar en tiempos de guerra es inseparable de cuestiones sociales y culturales más amplias. El combate no acaba con las relaciones sociales, sino que, más bien, las reestructura. Inevitablemente la fantasía permea todas las narraciones. El propósito de este libro es examinar la forma en que los hombres experimentan el matar, entender cómo la sociedad lo organiza e investigar las maneras en que se ha incrustado dentro de la imaginación y la cultura del siglo XX".
Joanna Bourke escarba en la textura psicológica de la violencia, desmontando el estereotipo del combatiente traumatizado como única consecuencia posible; al contrario, para muchos el acto de matar, torturar o violar se vivió como una intensificación radical de la existencia. La adrenalina, la camaradería y la sensación de dominio absoluto sobre la vida de otra persona forman una mezcla que puede ser adictiva. Lo inquietante, subraya la autora, es que estos hombres no eran monstruos previos a la guerra, sino ciudadanos corrientes a los que la maquinaria bélica moldeó para matar con eficacia… y disfrutarlo.
Como lectura, Sed de sangre incomoda y obliga a mirar de frente una verdad perturbadora: la capacidad humana para encontrar sentido y hasta goce en la destrucción de sus semejantes. Su riqueza documental, la fuerza de su prosa y la audacia de su enfoque la convierten en una pieza clave para repensar la guerra desde un ángulo raras veces admitido. Al cerrar el libro, te quedas con una sensación amarga: que la barbarie no siempre es un accidente ajeno sino algo que puede florecer, con aterradora naturalidad, en cualquiera de nosotros. La guerra y la cultura de la muerte y la brutalidad que son su fundamento son una construcción social. Como dice la autora en la introducción, "Matar en tiempos de guerra es inseparable de cuestiones sociales y culturales más amplias. El combate no acaba con las relaciones sociales, sino que, más bien, las reestructura". De ahí la urgencia de seguir trabajando por una cultura y unas relaciones sociales que se lo pongan difícil a la sed de sangre.
sábado, 9 de agosto de 2025
Lo que el día debe a la noche
La historia es la de Younes, un joven argelino separado de su familia campesina tras la ruina económica de su padre y criado por unos tíos en Orán, primero, y luego en la ciudad de Río Salado, una colonia agrícola francesa en el oeste argelino. Younes vive entre dos mundos: el del colonizado y el del colono, sin pertenecer del todo a ninguno. Rebautizado como Jonas, se educa en el idioma francés, se integra con un grupo de amigos europeos, pero nunca deja de ser un “otro” silencioso. Su identidad es, desde el principio, una grieta por donde se filtran todas las contradicciones de una Argelia colonial al borde del abismo. Estas contradicciones, que son políticas, son también íntimas, y se reflejan en el amor imposible entre Jonas y Émilie, la hija de un colono francés, una relación marcada por la renuncia, por los malentendidos y por la pesada carga de un tiempo histórico que no permite la inocencia, reflejo de una generación desgarrada entre la memoria, la traición y la necesidad de sobrevivir. Su encuentro en una librería buscando La Peste, de Albert Camus, condensa en una breve escena la intensidad trágica de aquella época.
Khadra no escribe desde el resentimiento ni desde el panfleto y describe con sensibilidad las luces y las sombras de la amistad, la melancolía del amor no consumado y la belleza de una tierra que se convierte en campo de batalla físico y moral. La novela dibuja así un fresco histórico -la Argelia colonial, la lucha por la independencia, la fractura sangrienta entre comunidades- sin renunciar al lirismo ni a la complejidad de sus personajes. No hay maniqueísmo en su narración: los colonos no son simplemente opresores, los argelinos no son simplemente víctimas. Hay amor, odio, dignidad y miseria en ambos lados y esa complejidad moral, tan presente desde su Trilogía de Argel, las primeras e imprescindibles novelas de Khadra, es, quizás, la mayor virtud de este libro.
martes, 29 de julio de 2025
Hacer la guerra
En el segundo ensayo, "La Ilíada o el poema de la fuerza", Simone Weil sostiene que el verdadero héroe del poema de Homero es la fuerza misma: aquella que somete, que arrastra, que desfigura tanto al oprimido como al ejecutor del poder. Desde las primeras líneas, afirma que cualquier individuo bajo el dominio de la fuerza se convierte en una cosa, a veces incluso en cadáver. La autora analiza cómo la violencia no solo destruye cuerpos, sino que intoxica al agresor, anulando la razón y la piedad. Describe a Aquiles, Agamenón y otros héroes como víctimas de la fuerza que ellos mismos creen controlar. Solo la moderación y la compasión ofrecen una posible salida del ciclo de degradación que provoca la violencia desatada.
En el ensayo "La agonía de una civilización vista a través de un poema épico" Simone Weil plantea una comparación inesperada entre la Ilíada de Homero y un poema medieval poco conocido, la Chanson de la croisade contre les Albigois (Cantar de la cruzada contra los albigenses) para componer un relato filosófico sobre el derrumbe de las civilizaciones: en uno, ve reflejada la grandeza y la tragedia de un mundo antiguo que, incluso en medio de la guerra, conserva algo de equilibrio, de justicia elemental; en el otro se le revela un paisaje devastado por una violencia absoluta, donde no queda ni siquiera la esperanza.
Aunque la Ilíada sea una epopeya de la fuerza que aplasta a los hombres, que los transforma en cosas antes incluso de matarlos, Homero aún logra mirar a todos los personajes con una especie de compasión imparcial. Nadie es enteramente bueno o malo y la guerra, aunque feroz, parece regida por una ley ancestral, una medida que equilibra la pérdida y el honor. Pero cuando la autora vuelve la vista hacia el Cantar, lo que encuentra es muy distinto: el poema no canta simplemente una guerra religiosa, documenta la aniquilación metódica de una cultura entera, la occitana, durante la cruzada albigense del siglo XIII. Aquí, la violencia ya no se presenta como tragedia compartida, sino como imposición brutal, como victoria sin medida ni misericordia, sin lugar para la piedad: el vencedor no solo derrota, borra al enemigo, su lengua, su arte, su memoria. Entre la antigua Grecia y el medievo occitano, Simone Weil traza así un relato de pérdida: el tránsito de una civilización que aún reconoce límites en la guerra, hacia otra en la que el poder se ejerce como violencia pura, sin rostro ni remordimiento. Y en ese relato, la poesía épica se convierte en testigo silencioso de la historia, en una tumba de palabras que aún conserva la dignidad de los vencidos. Aquí es, en su caso, donde podemos encontrar un atisbo de esperanza, de conexión con la violencia "moral" de la Iliada:
El cuarto ensayo, "¿En qué consiste la inspiración occitana?", dialoga con el anterior y se adentra en esa forma de resistencia que es la inspiración cultural y poética que puede surgir en medio del conflicto. Se pregunta cómo ciertas formas artísticas del sur de Francia -el mundo occitano- ofrecieron durante siglos una vía diferente, una poética de la libertad frente a la opresión, reflexiona sobre cómo ese legado puede iluminar la acción política y ética hoy: tal vez no toda lucha es guerra y halla formas no violentas de resistencia que brotan desde la raíz cultural y simbólica.
Este conjunto de ensayos sigue siendo profundamente actual. Su mirada cuestiona las lógicas de legitimación de cualquier conflicto, nos obliga a reconocer que usar la fuerza degrada tanto al oprimido como al opresor y, de este modo, actúa como una advertencia moral para repensar nuestras respuestas ante la violencia colectiva y el conflicto. Simone Weil no ofrece soluciones fáciles, pero sí una mirada inquieta y exigente para explorar la naturaleza de la violencia.
jueves, 21 de noviembre de 2024
Gaza ante la historia / El precio que pagamos
Traverso analiza cómo la memoria histórica es manipulada para justificar las acciones de Israel en Gaza. Según el autor, la instrumentalización de la memoria del Holocausto ha creado una narrativa en la que Israel aparece sistemáticamente como la víctima, incluso cuando despliega una maquinaria bélica devastadora. Esta memoria monopolizada, señala, no permite comprender las raíces del conflicto ni la complejidad de las relaciones entre opresores y oprimidos. Para Traverso, Gaza se ha convertido en un emblema de la resistencia en un mundo marcado por la desigualdad y la violencia estructural. Describe a Gaza como un "laboratorio" de control biopolítico, donde se experimentan nuevas formas de segregación, asedio y castigo colectivo. Este enclave, aislado y devastado, no es solo un escenario de tragedia, sino también un espejo de las desigualdades globales y un recordatorio de los límites de la humanidad.
"El discurso dominante en torno al 7 de octubre hace de esta fecha una especie de Epifanía negativa, la súbita aparición del mal de la que ha surgido una guerra reparadora. El contador se ha puesto a cero, como si esa fecha fuera el único origen de esta tragedia. El 7 de octubre habría rasgado un velo sobre la verdadera naturaleza tanto de Hamás como de Israel: el ejecutor y la víctima. La Franja de Gaza, un territorio habitado por 2,4 millones de personas sometidas a una segregación total durante dieciséis años, se ha convertido en la cuna del mal, donde asesinos despiadados actúan con impunidad, convirtiendo a los civiles en «escudos humanos». En realidad, la destrucción de Gaza es el epílogo de un largo proceso de opresión y desarraigo. [...]
El texto está impregnado de una sensación de urgencia. Traverso escribe "en situación", lo que significa que no aspira a una neutralidad axiológica sino a un compromiso con quienes sufren un auténtico genocidio. Esta elección, aunque poderosa y plenamente justificada por la urgencia real que los acontecimientos demandan (hoy mismo, al menos 66 personas han muerto y más de un centenar han resultado heridas en un bombardeo israelí contra un edificio residencial aledaño al hospital Kamal Adwan, en la ciudad de Beit Lahia, en el norte de Gaza, entre ellas muchas mujeres y niñas), lleva a Traverso a realizar afirmaciones que yo no puedo compartir; como esta reflexión sobre las violaciones como "arma de guerra":
O como esta otra sobre el asesinato de civiles, que no solo no es "el arma de los débiles" sino que lo es, como precisamente estamos comprobando en Gaza, el arma favorita de los fuertes:







