Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
jueves, 6 de agosto de 2026
Hiroshima
sábado, 28 de marzo de 2026
Si vis pacem, para pacem
El
rearme como nuevo sentido común europeo
En nuestras
sociedades la defensa militar se ha convertido en un supuesto incuestionado. Se
da por hecho que la seguridad depende de disponer de ejércitos capaces de
disuadir mediante la amenaza de la fuerza. Este planteamiento suele presentarse
como realismo político, como una respuesta técnica a un mundo peligroso. Sin
embargo, en realidad es una opción histórica y cultural muy concreta,
profundamente ideológica, que rara vez se somete a discusión ética o política.
Cuando se debate
sobre defensa nunca se cuestiona ese supuesto básico. Las discusiones se
limitan a aspectos secundarios: cuánto gastar en defensa, qué alianzas mantener
o dónde desplegar tropas. Pero la premisa de fondo (que la seguridad solo puede
garantizarse mediante la capacidad de infligir violencia) permanece intacta.
Bajo ese marco, imaginar formas alternativas de seguridad se considera ingenuo
o irresponsable.
El contexto
geopolítico reciente ha reforzado esta lógica. En la Unión Europea se ha
abierto paso un nuevo consenso: la idea de que Europa debe convertirse en una
potencia militar más autónoma. La Comisión Europea impulsa instrumentos
financieros para fortalecer la industria de defensa y fomentar la compra
conjunta de armamento, mientras Emmanuel Macron, defiende una Europa capaz de
ejercer plenamente su poder militar, incluida la dimensión nuclear.
En España el
debate ha adoptado un tono aparentemente pragmático y el Gobierno sostiene que
es posible aumentar el gasto militar sin sacrificar el Estado del bienestar.
Según esta lógica, si el presupuesto de defensa puede ampliarse sin recortes en
sanidad, educación o políticas sociales, el dilema entre “cañones o
mantequilla” quedaría resuelto. Pero ese razonamiento evita la pregunta
fundamental: incluso si podemos pagarlo, ¿es realmente la vía adecuada para
garantizar nuestra seguridad?
El gasto en defensa
no es neutral. No se limita a cubrir una necesidad técnica, sino que orienta la
economía, fortalece determinadas industrias, condiciona la política exterior y,
sobre todo, formatea las mentalidades, configurando una auténtica economía
política de la seguridad armada. Por eso el debate democrático no debería
limitarse a la aritmética presupuestaria, sino abordar cuestiones más
profundas: qué amenazas consideramos prioritarias, qué tipo de defensa queremos
y qué papel debe tener la fuerza militar dentro de una concepción más amplia de
seguridad humana, social y ecológica.
Esa reflexión
exige también preguntarse qué significa exactamente “defender nuestro modo de
vida”. Con frecuencia esta expresión funciona como un eslogan que agrupa
prosperidad, libertades políticas y estabilidad institucional. Sin embargo,
rara vez se reconoce que el modelo de vida europeo se ha construido
históricamente sobre relaciones económicas coloniales y patrones de consumo que
dependen de la explotación de recursos y trabajo en otras partes del mundo. Es
lo que Nancy Fraser ha llamado “capitalismo caníbal”. Defender ese modo de vida
sin cuestionarlo significa, en realidad, proteger militarmente una posición
privilegiada en la jerarquía global.
La
defensa que destruye lo que dice proteger
Por otro lado, la
forma en que se libran las guerras contemporáneas obliga a revisar seriamente
la supuesta capacidad protectora de la defensa militar. Hoy los conflictos se
desarrollan principalmente en ciudades densamente pobladas y en estos escenarios
el uso de artillería pesada, misiles o bombardeos aéreos tiene consecuencias
devastadoras para la población civil. Según informes de Naciones Unidas, hasta
el 90 % de las víctimas en zonas urbanas son civiles.
Además, el coste
humano de la guerra va mucho más allá de las muertes directas en combate. La
antropóloga Stephanie Savell muestra que las guerras posteriores al 11 de
septiembre de 2001 han tenido un impacto humano mucho mayor del que suele
reconocerse. En las guerras de Afganistán, Irak, Pakistán, Siria, Yemen y
regiones relacionadas, se estima que el total de muertes asociadas a los
conflictos podría situarse entre 4,5 y 4,7 millones de personas, de las que 3,6
millones corresponden a muertes indirectas, es decir, personas que no murieron
por violencia directa en el campo de batalla, sino por las consecuencias
estructurales de la guerra: colapso de servicios de salud, malnutrición,
enfermedades prevenibles, falta de agua potable y desplazamientos forzados. Casos actuales como Ucrania, Gaza o Irán muestran
con crudeza que la guerra contemporánea convierte a la sociedad civil en su
principal víctima.
En este contexto
resulta imposible sostener la idea de que la guerra sirve para proteger la
vida. La defensa armada se legitima como respuesta frente a una amenaza
absoluta, pero los datos muestran que su funcionamiento real implica la
destrucción masiva de vidas e infraestructuras civiles. Como ha señalado Judith
Butler, las guerras también se libran en el terreno simbólico: determinan qué
vidas son reconocidas como valiosas y cuáles pueden ser reducidas a cifras
estadísticas o daños colaterales.
Existe además una
ilusión persistente sobre la guerra que también hay que cuestionar: la creencia
de que en ella se dirimen valores como la justicia o la libertad. En la
práctica, sin embargo, las guerras las ganan quienes disponen de mayor
capacidad destructiva y más recursos materiales. La guerra premia la
superioridad de la fuerza, no la legitimidad moral. Y esa acumulación de poder
militar nunca es neutral: tiende a reproducir y ampliar las desigualdades
existentes entre países y dentro de las propias sociedades.
Aquí resulta
especialmente pertinente recordar la advertencia de Audre Lorde cuando afirma que “las herramientas del amo nunca desmantelarán la casa del amo”.
La violencia, las armas, los ejércitos son precisamente esas herramientas.
Pretender construir un mundo más justo, más seguro o más humano mediante una
intensificación de la fuerza armada equivale a reforzar el mismo principio que
genera la opresión: la imposición del
más fuerte sobre el más débil.
La gravedad del
momento histórico también queda reflejada en un símbolo conocido: el Reloj del Juicio Final (Doomsday Clock)
del Bulletin of the Atomic Scientists.
Este indicador, creado tras la Segunda Guerra Mundial por científicos
vinculados al Proyecto Manhattan, utiliza la metáfora de un reloj para
representar la proximidad de la humanidad a una catástrofe global. En la
actualidad el reloj marca apenas 85
segundos antes de la medianoche, una advertencia que refleja el aumento
simultáneo de riesgos nucleares, crisis climática y tensiones tecnológicas. El
mensaje es claro: el rumbo actual del sistema internacional es profundamente
inestable y exige respuestas cooperativas a escala global.
Reconocer estos
límites no implica negar la existencia de agresiones reales ni ignorar
situaciones en las que la resistencia armada ha sido comprensible. La derrota
del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial es el ejemplo más claro. Sin
embargo, incluso esa victoria no eliminó la lógica de la fuerza en el sistema
internacional; al contrario, inauguró un orden basado en la disuasión nuclear y
la amenaza permanente de destrucción mutua. Se trata de una dinámica
estructural del sistema internacional conocida como el “dilema de la defensa”.
Cuando los Estados se arman para protegerse generan inseguridad en otros, que
responden armándose también. De este modo se desencadenan carreras
armamentísticas que refuerzan la percepción de amenaza. Este proceso se ve
intensificado por el peso económico del complejo militar-industrial, que
convierte la producción de armamento en un sector con poderosos incentivos para
su expansión.
Si para ser más
fuerte que el amo tengo que convertirme en amo…
La pregunta de si “merece la pena” defenderse violentamente cuando eso
exige volverse más fuerte e incluso más despiadado que el agresor nos sitúa
ante uno de los dilemas más antiguos y perturbadores de la política: ¿en qué
estamos dispuestos a convertirnos para sobrevivir? La cuestión no es
simplemente estratégica, es moral. No se trata solo de ganar una guerra, sino
de preguntarse qué tipo de sociedad y qué futuro emergen de esa victoria.
Cuando una comunidad decide defenderse, el objetivo declarado es
preservar su forma de vida frente a una amenaza. Sin embargo, en el curso de
esa defensa se introducen como “medidas excepcionales” prácticas que erosionan
precisamente aquello que pretende proteger: limitación de libertades,
concentración de poder, normalización de la mentira como herramienta política,
deshumanización del adversario y, por extensión, del disidente interno. La
historia muestra que las excepciones tienden a volverse permanentes y que la
guerra, que comienza como reacción a una agresión externa, termina transformando el régimen desde dentro.
Si para derrotar a un régimen autoritario hubiera que adoptar sus métodos
(represión sistemática, propaganda omnipresente, desprecio por el derecho
internacional) la victoria sería más que ambigua: podría lograrse una
superioridad militar, pero al precio de vaciar el proyecto político original.
De forma análoga, si una democracia respondiera a un entorno internacional crecientemente
iliberal imitándolo, “trumpizándose” o endureciendo sus propias reglas hasta
diluir los contrapesos institucionales, podría obtener fortaleza a corto plazo,
pero a largo plazo estaría debilitando su legitimidad y su estabilidad.
El problema no es solo moral; es también práctico. La crueldad tiende a
producir efectos secundarios estratégicamente costosos. Alimenta ciclos de
represalia, dificulta la construcción de alianzas, erosiona el apoyo
internacional y fractura la cohesión interna. Una sociedad que adopta métodos
despiadados necesita reforzar el control interno para sostenerlos. Y ese
refuerzo (más vigilancia, menos transparencia, menor pluralismo) transforma la
naturaleza misma del régimen: no hay más que mirar a los Estados Unidos de Trump
y a la Rusia de Putin.
Pensar
la seguridad más allá de las armas
Frente a este
paradigma, deberíamos explorar seriamente la defensa civil noviolenta. Este
enfoque parte de una premisa sencilla: ningún régimen puede sostenerse
únicamente mediante la coerción. Incluso los poderes más represivos dependen de
la cooperación cotidiana de la población. Si esa cooperación se retira mediante
huelgas, boicots, desobediencia civil o creación de instituciones alternativas,
el poder puede quedar paralizado.
La historia ofrece
múltiples ejemplos de resistencia civil, de no cooperación, de retirada de
legitimidad, de desobediencia organizada que ha erosionado regímenes violentos
sin recurrir a la guerra. No son caminos fáciles ni exentos de costes, pero
tampoco lo es la militarización permanente del mundo. La diferencia crucial es
que la defensa civil noviolenta no
convierte la violencia en principio, ni hace de la muerte del otro una
condición de posibilidad para la propia supervivencia. Como proclamó Manuel
Sacristán, “el pacifismo no consiste en no querer morir, sino en no querer
matar”.
Cuestionar la
supuesta bondad o inevitabilidad de la defensa militar no es negar los
conflictos ni idealizar la paz. Es reconocer que el modelo dominante de
seguridad ha fracasado, especialmente para quienes más sufren, y que insistir
en él solo profundiza las dinámicas que nos han traído hasta aquí. Reivindicar
la defensa civil noviolenta es apostar por una noción de seguridad que no se
mida por la capacidad de matar, sino por la capacidad de cuidar, resistir y transformar sin
renunciar a la dignidad humana.
El poder no reside en las armas, sino
en la obediencia cotidiana. Cuando esa obediencia se retira de forma sostenida
y colectiva, incluso los regímenes más violentos se ven debilitados, porque pierden la capacidad práctica de gobernar.
La resistencia civil noviolenta no derrota al adversario destruyéndolo, sino dejándolo sin suelo.
Este enfoque
permite, además, introducir una reflexión crucial sobre quién puede resistir.
La violencia armada es radicalmente
excluyente. Se trata de una
herramienta profundamente machista, pero también edadista y capacitista. Su uso “eficiente” está pensado para
cuerpos muy concretos: varones jóvenes, en excelentes condiciones físicas,
entrenados para soportar dolor, miedo extremo y estrés prolongado. Todo lo
demás (mujeres, personas mayores, personas con diversidad funcional, cuerpos no
normativos) queda relegado al papel de víctimas pasivas o de daños colaterales.
Más aún: la
violencia no solo exige unas condiciones físicas específicas, sino también unas
disposiciones morales muy particulares.
Acechar, engañar, herir, mutilar o matar de forma sistemática requiere
suspender, al menos temporalmente, rasgos éticos básicos como la empatía, el
cuidado de la otra y el otro o el reconocimiento de la dignidad ajena. No es
casual que los ejércitos inviertan enormes recursos en procesos de
deshumanización del enemigo: sin ellos, la mayoría de las personas no podría
matar. La violencia organizada se apoya en disposiciones psicológicas más
cercanas a la sociopatía funcional que a una ética compartida de la vida.
Por eso, y esto es
importante subrayarlo, la violencia es
una herramienta al alcance de una minoría. No porque el resto de la población sea cobarde o incapaz, sino
porque, afortunadamente, la mayoría de los seres humanos no está hecha para matar. El militarismo convierte esa limitación
ética en un defecto; la defensa civil noviolenta, en cambio, la reconoce como
fortaleza.
El problema es que
estas alternativas suelen plantearse cuando la guerra ya ha comenzado, cuando
la lógica militar domina la opinión pública y las decisiones políticas. Por eso
la defensa civil noviolenta solo puede convertirse en una opción creíble si se
construye con antelación, como una política pública organizada en tiempos de
paz.
La vieja máxima
romana afirmaba: si vis pacem, para bellum, si quieres la paz, prepárate
para la guerra. Ha llegado el momento de invertir esa lógica. Si queremos
realmente la paz, debemos comprometernos firmemente desde ahora en prepararla.
jueves, 19 de marzo de 2026
A 85 segundos de la medianoche: geopolítica, recursos y vulnerabilidad del sistema global
El Reloj del Juicio Final (Doomsday Clock) es una metáfora creada en 1947 por la organización
científica Bulletin of the Atomic Scientists, fundada por investigadores que
habían participado en el Proyecto Manhattan. El objetivo era representar de
forma visual lo cerca que la humanidad podría estar de una catástrofe global
causada por sus propias tecnologías. En ese lenguaje simbólico, la medianoche representa
el desastre. Su valor real no está en la precisión científica, que es limitada,
sino en su capacidad para condensar debates complejos sobre seguridad
internacional en una imagen sencilla que obliga a preguntarse hasta qué punto
nuestras capacidades tecnológicas superan nuestra capacidad colectiva para
gestionarlas.
Cada cierto tiempo un comité del Bulletin decide si las
manecillas deben moverse. La decisión no se basa en una fórmula matemática ni
en un modelo estadístico que produzca probabilidades exactas, más bien es un
juicio experto colectivo que evalúa tendencias en tres grandes áreas de riesgo
global: las armas nucleares, el cambio climático y las tecnologías emergentes,
desde la biotecnología hasta la inteligencia artificial militar o la desinformación
digital.
De Hiroshima a la
actualidad: la evolución del reloj
En su primera aparición se fijó en 7 minutos para la
medianoche, reflejando la inquietud de sus creadores tras la era inaugurada por
los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Pronto el reloj empezó a moverse con la
dinámica de la Guerra Fría: en 1949 avanzó a 3 minutos cuando la URSS probó su
primera bomba atómica, y en 1953 alcanzó los 2 minutos para la medianoche tras
el desarrollo de las bombas de hidrógeno por EEUU y la URSS. En los años
sesenta se situó a 10 minutos con la creación del Tratado de No Proliferación
Nuclear, pero la tensión volvió a aumentar y en 1984 avanzó hasta los 3
minutos, reflejando el deterioro de relaciones entre las superpotencias. El
momento más optimista llegó en 1991, cuando la firma del tratado START I
retrasó el reloj hasta los 17 minutos, pero a partir de los años 2000 el reloj
empezó a incorporar nuevas amenazas globales además del riesgo nuclear,
especialmente el cambio climático y las tecnologías emergentes. Así, en 2007 se
situó en 5 minutos, en 2018 volvió a 2, nivel comparable a los momentos más
tensos de la Guerra Fría, y en 2023 se situó a 90 segundos debido a la
combinación de tensiones nucleares agravadas por la Invasión rusa de Ucrania en
2022, el debilitamiento de acuerdos de control armamentístico, el agravamiento
de la crisis climática y los riesgos asociados a nuevas tecnologías. El 27 de
enero de 2026 el Reloj del Juicio Final se fijó en 85 segundos, la posición más
cercana a la medianoche que jamás haya alcanzado en su historia.
Decir que el reloj está a 85 segundos de la medianoche no
significa que exista una probabilidad calculada de catástrofe inminente, pero
sí que la combinación de riesgos globales es especialmente preocupante. No es
un instrumento predictivo ni cuantitativo, no calcula probabilidades reales de
guerra nuclear o colapso climático, pero refleja bastante bien qué preocupa a
la comunidad científica y a las personas expertas en riesgos existenciales.
El trasfondo material
de la crisis global
Durante crisis como la de los misiles de Cuba en 1962, en
pleno enfrentamiento directo entre EEUU y la URSS, el riesgo de guerra nuclear
era probablemente mayor que hoy y varios episodios documentados de errores
técnicos o malas interpretaciones estuvieron peligrosamente cerca de provocar
un lanzamiento accidental. Lo que ocurre ahora es distinto. El riesgo nuclear
sigue existiendo, pero se combina con otros riesgos globales que antes no
formaban parte del análisis. La lógica dominante no parece ser “Washington,
Moscú y Beijing se preparan para chocar frontalmente”, sino más bien una mezcla
de disuasión nuclear, competencia económica-tecnológica, guerras por
delegación, control de rutas energéticas y presión sobre zonas grises del orden
internacional. Eso no hace imposible una guerra entre ellas, pero sí la vuelve
muy costosa y menos racional como opción directa, así que la rivalidad se
desplaza a escalones por debajo del enfrentamiento abierto. Reuters resumía la
actitud de Rusia y China ante Irán como un “cálculo frío”: “intervenir cuando
Irán se enfrenta a Israel y EEUU acarrearía altos costos, beneficios limitados
y riesgos impredecibles, cargas que ninguna de las dos potencias parece
dispuesta a asumir”.
Moscú gana si la atención occidental se dispersa entre
Ucrania, Oriente Medio y la rivalidad con China. Una fuente rusa citada por
Reuters dijo explícitamente que la escalada en torno a Irán ya estaba desviando
la atención de la guerra en Ucrania. Lo
del alivio parcial de sanciones al petróleo ruso es muy revelador. Washington
ha relajado temporalmente restricciones sobre petróleo ruso transportado por
mar con el objetivo de contener la subida del crudo provocada por la guerra con
Irán. Rusia podría acabar ingresando alrededor de 10.000 millones de dólares
adicionales al mes como resultado de esta decisión.
Beijing, por su parte, condenó los ataques contra Irán y
pidió alto el fuego, pero evitó comprometerse militarmente, lo que encaja con
su estilo. A diferencia de otras potencias que recurren con mayor frecuencia a
la intervención militar directa, China tiende a priorizar la estabilidad del
entorno internacional porque su ascenso económico y tecnológico depende en gran
medida de un sistema global relativamente abierto y funcional. Uno de sus
intereses más inmediatos es la seguridad energética: China es el mayor
importador de petróleo del mundo y una parte sustancial de ese suministro
procede del Golfo Pérsico, por lo que cualquier crisis que afecte a esta región
representa un riesgo directo para su economía. La diminuta isla de Kharg, que
acaba de ser bombardeada por EEUU, maneja alrededor del 90% del crudo exportado
por Irán, y cerca de 20 millones de barriles diarios, aproximadamente una
quinta parte de la oferta mundial de petróleo, circula por el estrecho de Ormuz.
Evitar una guerra que interrumpa ese flujo es, por tanto, una prioridad
estratégica.
China mantiene una competencia estratégica de largo plazo con
Estados Unidos, pero intenta gestionarla evitando una confrontación militar
directa. Su enfoque consiste más bien en acumular ventajas en ámbitos como la
tecnología, la industria avanzada, las infraestructuras globales o las finanzas
internacionales. El modelo de desarrollo chino sigue profundamente vinculado a
las exportaciones, a las cadenas internacionales de suministro y a las rutas
marítimas que conectan Asia con Europa, África y América. Grandes proyectos
geoeconómicos como la Iniciativa de la Franja y la Ruta (Belt and Road
Initiative), también conocida como la Nueva Ruta de la Seda, cuyo propósito es
mejorar la conectividad internacional mediante la construcción de corredores
terrestres y marítimos que faciliten el comercio, la inversión y la cooperación
global, dependen precisamente de que esas redes comerciales funcionen sin
grandes interrupciones. Una escalada militar entre potencias o un cierre
prolongado de rutas energéticas y comerciales afectaría directamente a ese
entramado y podría frenar el crecimiento económico que sustenta su proyección
de poder. De ahí la importancia que concede a la estabilidad del comercio
global.
Al mismo tiempo, las crisis internacionales también pueden
abrir oportunidades. Cuando EEUU se ve implicado simultáneamente en varios
frentes de tensión, China puede ampliar su influencia económica y diplomática
en regiones como Asia, África, Oriente Medio o América Latina mediante
inversión, comercio o financiación de infraestructuras. Su prioridad no es
provocar cambios abruptos mediante la fuerza, sino mantener un entorno
internacional suficientemente estable para seguir acumulando poder económico,
tecnológico y político a largo plazo. En ese sentido, la estrategia china
podría resumirse como una apuesta por ganar influencia estructural dentro del
sistema global, más que por desestabilizarlo mediante confrontaciones directas
que podrían resultar contraproducentes.
Cuando seguridad y
economía se confunden
En este contexto, la aceleración del rearme es a la vez
militar y económica. Militar, porque en Europa la guerra de Ucrania ha
destruido la ilusión de seguridad compartida en el marco de la OTAN; económica,
porque la defensa se está usando como política industrial para reconstruir
cadenas de suministro, reducir dependencia de EEUU, impulsar sectores de alta
tecnología. El gasto de defensa de la UE subió a unos 343.000 millones de euros
en 2024 y probablemente a 381.000 millones en 2025, mientras SIPRI calculó que
el gasto militar global alcanzó 2,7 billones de dólares en 2024, con Europa
como principal motor del aumento. Eso no significa que el rearme sea un mero
teatro económico: significa que la frontera entre seguridad y economía se ha
vuelto borrosa.
En el trasfondo de muchas de estas tensiones aparece un
problema más estructural: el sistema económico mundial depende de flujos
masivos de energía, materias primas y trabajo que circulan a través de cadenas
de suministro profundamente desiguales. Gran parte del consumo material de las
economías más ricas se sostiene sobre la extracción intensiva de recursos en
otras regiones del planeta y sobre la externalización de costes ecológicos y
sociales hacia territorios periféricos. Este patrón es un sistema de
intercambio ecológico desigual.
En el fondo, lo que está en juego no es solo la posibilidad
de una guerra mundial inmediata, sino algo más estructural: la estabilidad de
un sistema económico que depende de una distribución profundamente desigual de
energía, recursos naturales y poder político. Lo conflictos contemporáneos se
desarrollan sobre un trasfondo de crisis ecológica, competencia por recursos y
tensiones derivadas de un modelo de desarrollo de imposible universalización a escala
planetaria. La aceleración del rearme refleja también esta transformación: el
aumento del gasto militar se vincula cada vez más a la política industrial y
tecnológica. La industria de defensa se utiliza para reconstruir cadenas de
suministro, impulsar sectores de alta tecnología y asegurar el acceso a
recursos y capacidades estratégicas.
Desde esta perspectiva, el Doomsday Clock señala la
fragilidad de un sistema mundial basado en flujos materiales cada vez más
tensos, en límites ecológicos cada vez más visibles y en una competencia
creciente por sostener modos de vida que descansan sobre una extracción
intensiva de recursos y sobre profundas desigualdades globales. La cercanía
actual del reloj a la medianoche refleja esa vulnerabilidad estructural: un
mundo en el que las tensiones geopolíticas, las crisis ecológicas y las
desigualdades materiales se entrelazan de forma cada vez más difícil de
gestionar.
Y esa preocupación por los flujos del petróleo y su impacto sobre las economías ha hecho que, desde el primer minuto, queden amortizadas las muertes de las 160 niñas asesinadas en una escuela de Teherán en los primeros ataques de EEUU, del mismo modo que han quedado amortizadas las decenas de miles de víctimas en Gaza, Ucrania o Líbano. Para todas estas víctimas la medianoche ya ha llegado. En un sistema internacional cada vez más condicionado por la estabilidad de los mercados energéticos y las cadenas globales de suministro, el sufrimiento humano corre el riesgo de convertirse en una variable secundaria frente a la continuidad de los flujos económicos. Ya no se trata de salvar al soldado Ryan, símbolo de la guerra industrial del siglo XX, sino de salvar al turista Ryan, figura de una economía global cuya prioridad es que nada interrumpa la circulación de energía, mercancías y consumo. Y en esa guerra insidiosa de la economía global las poblaciones de las sociedades del Norte ya no somos meros espectadores: nuestros modos de vida, sostenidos por esos mismos flujos de energía y recursos, forman parte del dispositivo que la mantiene en marcha.
sábado, 3 de enero de 2026
Por una democracia global de la humanidad
Vivimos desde hace décadas en un tiempo de “desecho internacional”: naciones hundidas, pueblos sacrificados, “desechos humanos”, vidas humanas convertidas en residuos políticos. No es una crisis coyuntural, sino el resultado de un vaciamiento progresivo del orden nacido tras la Segunda Guerra Mundial. Un sistema que proclamó la universalidad de los derechos humanos y la primacía del derecho sobre la fuerza, pero que nunca resolvió su contradicción constitutiva: normas universales combinadas con excepciones permanentes para los poderosos.
El orden construido entre 1945 y 1948 nació con una promesa histórica —impedir la repetición de la catástrofe—, pero también con un límite decisivo: fue un orden interestatal, no verdaderamente humano ni democrático. Regulaba relaciones entre Estados, no la dignidad efectiva de las personas ni la protección real de los pueblos frente al abuso del poder. Hoy, tras Corea, Vietnam, las guerras africanas, las dictaduras del Cono Sur, Nicaragua, Afganistán, Irak y Gaza, y ahora Venezuela, podemos afirmarlo con claridad: estamos de nuevo donde estábamos en 1945–1948, ante la evidencia de que el orden existente no protege a la humanidad frente a sí misma.
La erosión comenzó pronto. Corea marcó el momento en que el sistema dejó de aspirar seriamente a contener la guerra y pasó a administrarla según correlaciones de poder. Vietnam quebró su autoridad moral. Las décadas siguientes consolidaron un universalismo selectivo: los derechos humanos existen, pero no para todos; obligan a los débiles, no a los fuertes.
En el periodo más reciente, esta lógica entra en una fase abiertamente nihilista. Afganistán normaliza la guerra indefinida. Irak consagra la guerra preventiva y la destrucción deliberada de un Estado sin consecuencias jurídicas. Gaza representa el estadio extremo: la devastación sistemática de una población civil ante la mirada impotente —o cómplice— de la legalidad internacional. El ataque contra Venezuela se inscribe en esta misma secuencia: la demostración de que ningún país está a salvo si se interpone en los intereses de una potencia hegemónica. El sistema no colapsa: se vacía. La norma persiste como retórica; la fuerza gobierna la realidad.
Si esto no se detiene, ese será el futuro: un mundo en el que las potencias deciden unilateralmente quién gobierna, quién merece vivir en paz y quién puede ser castigado colectivamente; un mundo donde la intervención, el asedio, el castigo económico o la violencia directa se convierten en herramientas ordinarias de gobierno global. Venezuela no es solo una víctima más: es un aviso.
Ante este agotamiento histórico, no basta con “reformar” el orden internacional existente. Lo que se requiere es un nuevo punto de partida, comparable en radicalidad al de la posguerra, pero más lúcido. No un orden meramente internacional —es decir, interestatal— sino un orden de cooperación y democracia global, fundado directamente en la comunidad humana y no en la fuerza relativa de los Estados.
Volver a las raíces
Para pensar ese nuevo comienzo, es imprescindible volver a dos voces que escribieron precisamente desde el umbral de 1945–1948: Albert Camus y Simone Weil. Ambos comprendieron que el problema central no era técnico ni institucional, sino moral y político a la vez.
En Ni víctimas ni verdugos (1946), Camus parte de una constatación que hoy resulta casi profética: “Hoy sabemos que ya no quedan islas y que las fronteras son inútiles”. En un mundo interdependiente, afirma, estamos obligados “a la solidaridad o a la complicidad”. No existe ya sufrimiento aislado: “no había, como ya no hay, un solo sufrimiento, aislado, una sola tortura en este mundo que no repercutiera en nuestra vida de todos los días”. Desde esta constatación, Camus llega a una conclusión decisiva: el nuevo orden no puede ser nacional, ni continental, ni de bloques; debe ser universal.
Pero Camus va más lejos. Advierte que una legalidad internacional producida únicamente por los gobiernos equivale a una dictadura internacional. Si la ley está por debajo de los Estados, no hay derecho, solo fuerza organizada. Por eso formula una idea que sigue siendo explosiva hoy: “La única forma de evadirnos de ella consiste en poner a la ley internacional por encima de los gobiernos […] y por lo tanto constituir ese parlamento mediante elecciones mundiales en las que participarían todos los pueblos”.
Camus no propone un ideal ingenuo, sino una exigencia mínima: sin democracia global, no hay justicia global. “Y como no tenemos ese parlamento, el único medio es resistir a esa dictadura internacional en un plano internacional y con medios que no contradigan el fin perseguido”. Resistir, resistir y resistir a la dictadura internacional, pero –y esto es esencial- hacerlo con medios que no entren en contradicción con los fines proclamados y perseguidos,
Por su parte Simone Weil, en su fundamental Estudio para una declaración de las obligaciones respecto al ser humano (1942-1943) introduce una profundidad aún mayor. Frente a la centralidad moderna de los “derechos”, Weil sitúa el fundamento ético en las obligaciones. Todo ser humano, afirma, está ligado por una exigencia absoluta de bien, anterior a cualquier institución o contrato. De ese vínculo nace el respeto universal: “Considera a todo ser humano sin ninguna excepción como algo sagrado ante lo que está obligado a testimoniar respeto”.
Para Simone Weil, la legitimidad política no depende de la soberanía ni de la fuerza, sino de la capacidad real de un orden para remediar las privaciones del alma y del cuerpo. Cuando la vida humana es destruida o mutilada por acción u omisión deliberada, se produce un sacrilegio. Por eso su juicio es implacable: “Un Estado cuya doctrina oficial constituye toda ella una provocación hacia ese crimen se ha colocado él mismo por completo en el crimen. No le queda ninguna huella de legitimidad”.
Weil formula así un criterio radical para juzgar instituciones, leyes y sistemas internacionales: frente a la centralidad moderna de los “derechos”, sitúa en el centro las obligaciones. Todo ser humano está ligado por una exigencia absoluta de bien, anterior a cualquier institución. Cuando la vida humana es destruida o mutilada por acción u omisión deliberada —ya sea Vietnam, en Gaza, en Irak o mediante la asfixia de un país entero como Venezuela o antes Cuba— se comete un sacrilegio político. Por eso su juicio es implacable: cualquier Estado, institución o sistema cuyo funcionamiento normal produzca seres humanos sacrificables es ilegítimo y debe ser transformado o abolido.
Leídas juntas, Albert Camus y Simone Weil ofrecen el esbozo de un nuevo comienzo histórico. Camus aporta la exigencia política de una democracia mundial capaz de someter el poder a la ley común de la humanidad. Weil aporta el fundamento ético: una civilización centrada no en derechos abstractos, sino en la obligación efectiva de cuidar las necesidades humanas, materiales y espirituales, sin excepción.
Si hoy estamos de nuevo en un punto comparable al de 1945–1948, la lección es clara. No se trata de restaurar un orden internacional agotado, sino de reimaginar una comunidad humana global, donde ninguna vida sea tratada como desecho, donde no haya víctimas necesarias ni verdugos legítimos. Camus nos recuerda que no podemos aceptar la complicidad; Weil, que ningún poder es legítimo si no se somete a la obligación hacia todas y todos.
Ese es el nuevo punto de partida imprescindible: no un mundo perfectamente justo, sino un mundo que, al menos, renuncie a organizar el crimen como sistema y vuelva a reconocer, en cada ser humano, algo que no puede ser sacrificado sin que todo el orden pierda su razón de ser.
domingo, 30 de noviembre de 2025
La Cruz de Occidente
miércoles, 20 de agosto de 2025
Sed de sangre
[...] En este sentido, la guerra no es el infierno y el soldado que empuña una bayoneta no es una bestia enloquecida. En la guerra los actos de matar íntimos los comenten sujetos históricos provistos de lenguaje, emoción y deseo. Matar en tiempos de guerra es inseparable de cuestiones sociales y culturales más amplias. El combate no acaba con las relaciones sociales, sino que, más bien, las reestructura. Inevitablemente la fantasía permea todas las narraciones. El propósito de este libro es examinar la forma en que los hombres experimentan el matar, entender cómo la sociedad lo organiza e investigar las maneras en que se ha incrustado dentro de la imaginación y la cultura del siglo XX".
Joanna Bourke escarba en la textura psicológica de la violencia, desmontando el estereotipo del combatiente traumatizado como única consecuencia posible; al contrario, para muchos el acto de matar, torturar o violar se vivió como una intensificación radical de la existencia. La adrenalina, la camaradería y la sensación de dominio absoluto sobre la vida de otra persona forman una mezcla que puede ser adictiva. Lo inquietante, subraya la autora, es que estos hombres no eran monstruos previos a la guerra, sino ciudadanos corrientes a los que la maquinaria bélica moldeó para matar con eficacia… y disfrutarlo.
Como lectura, Sed de sangre incomoda y obliga a mirar de frente una verdad perturbadora: la capacidad humana para encontrar sentido y hasta goce en la destrucción de sus semejantes. Su riqueza documental, la fuerza de su prosa y la audacia de su enfoque la convierten en una pieza clave para repensar la guerra desde un ángulo raras veces admitido. Al cerrar el libro, te quedas con una sensación amarga: que la barbarie no siempre es un accidente ajeno sino algo que puede florecer, con aterradora naturalidad, en cualquiera de nosotros. La guerra y la cultura de la muerte y la brutalidad que son su fundamento son una construcción social. Como dice la autora en la introducción, "Matar en tiempos de guerra es inseparable de cuestiones sociales y culturales más amplias. El combate no acaba con las relaciones sociales, sino que, más bien, las reestructura". De ahí la urgencia de seguir trabajando por una cultura y unas relaciones sociales que se lo pongan difícil a la sed de sangre.
martes, 29 de julio de 2025
Hacer la guerra
En el segundo ensayo, "La Ilíada o el poema de la fuerza", Simone Weil sostiene que el verdadero héroe del poema de Homero es la fuerza misma: aquella que somete, que arrastra, que desfigura tanto al oprimido como al ejecutor del poder. Desde las primeras líneas, afirma que cualquier individuo bajo el dominio de la fuerza se convierte en una cosa, a veces incluso en cadáver. La autora analiza cómo la violencia no solo destruye cuerpos, sino que intoxica al agresor, anulando la razón y la piedad. Describe a Aquiles, Agamenón y otros héroes como víctimas de la fuerza que ellos mismos creen controlar. Solo la moderación y la compasión ofrecen una posible salida del ciclo de degradación que provoca la violencia desatada.
En el ensayo "La agonía de una civilización vista a través de un poema épico" Simone Weil plantea una comparación inesperada entre la Ilíada de Homero y un poema medieval poco conocido, la Chanson de la croisade contre les Albigois (Cantar de la cruzada contra los albigenses) para componer un relato filosófico sobre el derrumbe de las civilizaciones: en uno, ve reflejada la grandeza y la tragedia de un mundo antiguo que, incluso en medio de la guerra, conserva algo de equilibrio, de justicia elemental; en el otro se le revela un paisaje devastado por una violencia absoluta, donde no queda ni siquiera la esperanza.
Aunque la Ilíada sea una epopeya de la fuerza que aplasta a los hombres, que los transforma en cosas antes incluso de matarlos, Homero aún logra mirar a todos los personajes con una especie de compasión imparcial. Nadie es enteramente bueno o malo y la guerra, aunque feroz, parece regida por una ley ancestral, una medida que equilibra la pérdida y el honor. Pero cuando la autora vuelve la vista hacia el Cantar, lo que encuentra es muy distinto: el poema no canta simplemente una guerra religiosa, documenta la aniquilación metódica de una cultura entera, la occitana, durante la cruzada albigense del siglo XIII. Aquí, la violencia ya no se presenta como tragedia compartida, sino como imposición brutal, como victoria sin medida ni misericordia, sin lugar para la piedad: el vencedor no solo derrota, borra al enemigo, su lengua, su arte, su memoria. Entre la antigua Grecia y el medievo occitano, Simone Weil traza así un relato de pérdida: el tránsito de una civilización que aún reconoce límites en la guerra, hacia otra en la que el poder se ejerce como violencia pura, sin rostro ni remordimiento. Y en ese relato, la poesía épica se convierte en testigo silencioso de la historia, en una tumba de palabras que aún conserva la dignidad de los vencidos. Aquí es, en su caso, donde podemos encontrar un atisbo de esperanza, de conexión con la violencia "moral" de la Iliada:
El cuarto ensayo, "¿En qué consiste la inspiración occitana?", dialoga con el anterior y se adentra en esa forma de resistencia que es la inspiración cultural y poética que puede surgir en medio del conflicto. Se pregunta cómo ciertas formas artísticas del sur de Francia -el mundo occitano- ofrecieron durante siglos una vía diferente, una poética de la libertad frente a la opresión, reflexiona sobre cómo ese legado puede iluminar la acción política y ética hoy: tal vez no toda lucha es guerra y halla formas no violentas de resistencia que brotan desde la raíz cultural y simbólica.
Este conjunto de ensayos sigue siendo profundamente actual. Su mirada cuestiona las lógicas de legitimación de cualquier conflicto, nos obliga a reconocer que usar la fuerza degrada tanto al oprimido como al opresor y, de este modo, actúa como una advertencia moral para repensar nuestras respuestas ante la violencia colectiva y el conflicto. Simone Weil no ofrece soluciones fáciles, pero sí una mirada inquieta y exigente para explorar la naturaleza de la violencia.
domingo, 27 de julio de 2025
El laberinto
Karnezis, que nació en Grecia y escribe en inglés, construye su historia como una fábula oscura, donde el sinsentido de la guerra se mezcla con momentos oníricos. La narración no se preocupa tanto por el avance de la trama como por explorar la psique de sus personajes y el corazón de la novela late en su simbolismo: este ejército sin nombre, liderado por un adicto a la morfina obsesionado con descubrir al autor de unos pasquines justificando "por qué la guerra era una empresa imperialista y por qué el gobierno era enteramente responsable del apuro en que se hallaba la brigada", en el que un sacerdote traumatizado debe velar por las almas de los soldados, se convierte en metáfora del extravío moral de toda una civilización.
Karnezis no escribe sobre la historia oficial, sino sobre sus resacas. Si bien los hechos se inspiran en la conocida Catástrofe de Asia Menor -cuando las tropas griegas fueron expulsadas de Anatolia tras intentar conquistar Esmirna-, El laberinto da la espalda a la épica para habitar las ruinas y las sombras.






