jueves, 19 de marzo de 2026

A 85 segundos de la medianoche: geopolítica, recursos y vulnerabilidad del sistema global


 

El Reloj del Juicio Final (Doomsday Clock) es una metáfora creada en 1947 por la organización científica Bulletin of the Atomic Scientists, fundada por investigadores que habían participado en el Proyecto Manhattan. El objetivo era representar de forma visual lo cerca que la humanidad podría estar de una catástrofe global causada por sus propias tecnologías. En ese lenguaje simbólico, la medianoche representa el desastre. Su valor real no está en la precisión científica, que es limitada, sino en su capacidad para condensar debates complejos sobre seguridad internacional en una imagen sencilla que obliga a preguntarse hasta qué punto nuestras capacidades tecnológicas superan nuestra capacidad colectiva para gestionarlas.

Cada cierto tiempo un comité del Bulletin decide si las manecillas deben moverse. La decisión no se basa en una fórmula matemática ni en un modelo estadístico que produzca probabilidades exactas, más bien es un juicio experto colectivo que evalúa tendencias en tres grandes áreas de riesgo global: las armas nucleares, el cambio climático y las tecnologías emergentes, desde la biotecnología hasta la inteligencia artificial militar o la desinformación digital.

De Hiroshima a la actualidad: la evolución del reloj

En su primera aparición se fijó en 7 minutos para la medianoche, reflejando la inquietud de sus creadores tras la era inaugurada por los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Pronto el reloj empezó a moverse con la dinámica de la Guerra Fría: en 1949 avanzó a 3 minutos cuando la URSS probó su primera bomba atómica, y en 1953 alcanzó los 2 minutos para la medianoche tras el desarrollo de las bombas de hidrógeno por EEUU y la URSS. En los años sesenta se situó a 10 minutos con la creación del Tratado de No Proliferación Nuclear, pero la tensión volvió a aumentar y en 1984 avanzó hasta los 3 minutos, reflejando el deterioro de relaciones entre las superpotencias. El momento más optimista llegó en 1991, cuando la firma del tratado START I retrasó el reloj hasta los 17 minutos, pero a partir de los años 2000 el reloj empezó a incorporar nuevas amenazas globales además del riesgo nuclear, especialmente el cambio climático y las tecnologías emergentes. Así, en 2007 se situó en 5 minutos, en 2018 volvió a 2, nivel comparable a los momentos más tensos de la Guerra Fría, y en 2023 se situó a 90 segundos debido a la combinación de tensiones nucleares agravadas por la Invasión rusa de Ucrania en 2022, el debilitamiento de acuerdos de control armamentístico, el agravamiento de la crisis climática y los riesgos asociados a nuevas tecnologías. El 27 de enero de 2026 el Reloj del Juicio Final se fijó en 85 segundos, la posición más cercana a la medianoche que jamás haya alcanzado en su historia.

Decir que el reloj está a 85 segundos de la medianoche no significa que exista una probabilidad calculada de catástrofe inminente, pero sí que la combinación de riesgos globales es especialmente preocupante. No es un instrumento predictivo ni cuantitativo, no calcula probabilidades reales de guerra nuclear o colapso climático, pero refleja bastante bien qué preocupa a la comunidad científica y a las personas expertas en riesgos existenciales.

El trasfondo material de la crisis global

Durante crisis como la de los misiles de Cuba en 1962, en pleno enfrentamiento directo entre EEUU y la URSS, el riesgo de guerra nuclear era probablemente mayor que hoy y varios episodios documentados de errores técnicos o malas interpretaciones estuvieron peligrosamente cerca de provocar un lanzamiento accidental. Lo que ocurre ahora es distinto. El riesgo nuclear sigue existiendo, pero se combina con otros riesgos globales que antes no formaban parte del análisis. La lógica dominante no parece ser “Washington, Moscú y Beijing se preparan para chocar frontalmente”, sino más bien una mezcla de disuasión nuclear, competencia económica-tecnológica, guerras por delegación, control de rutas energéticas y presión sobre zonas grises del orden internacional. Eso no hace imposible una guerra entre ellas, pero sí la vuelve muy costosa y menos racional como opción directa, así que la rivalidad se desplaza a escalones por debajo del enfrentamiento abierto. Reuters resumía la actitud de Rusia y China ante Irán como un “cálculo frío”: “intervenir cuando Irán se enfrenta a Israel y EEUU acarrearía altos costos, beneficios limitados y riesgos impredecibles, cargas que ninguna de las dos potencias parece dispuesta a asumir”.

Moscú gana si la atención occidental se dispersa entre Ucrania, Oriente Medio y la rivalidad con China. Una fuente rusa citada por Reuters dijo explícitamente que la escalada en torno a Irán ya estaba desviando la atención de la guerra en Ucrania.  Lo del alivio parcial de sanciones al petróleo ruso es muy revelador. Washington ha relajado temporalmente restricciones sobre petróleo ruso transportado por mar con el objetivo de contener la subida del crudo provocada por la guerra con Irán. Rusia podría acabar ingresando alrededor de 10.000 millones de dólares adicionales al mes como resultado de esta decisión.

Beijing, por su parte, condenó los ataques contra Irán y pidió alto el fuego, pero evitó comprometerse militarmente, lo que encaja con su estilo. A diferencia de otras potencias que recurren con mayor frecuencia a la intervención militar directa, China tiende a priorizar la estabilidad del entorno internacional porque su ascenso económico y tecnológico depende en gran medida de un sistema global relativamente abierto y funcional. Uno de sus intereses más inmediatos es la seguridad energética: China es el mayor importador de petróleo del mundo y una parte sustancial de ese suministro procede del Golfo Pérsico, por lo que cualquier crisis que afecte a esta región representa un riesgo directo para su economía. La diminuta isla de Kharg, que acaba de ser bombardeada por EEUU, maneja alrededor del 90% del crudo exportado por Irán, y cerca de 20 millones de barriles diarios, aproximadamente una quinta parte de la oferta mundial de petróleo, circula por el estrecho de Ormuz. Evitar una guerra que interrumpa ese flujo es, por tanto, una prioridad estratégica.

China mantiene una competencia estratégica de largo plazo con Estados Unidos, pero intenta gestionarla evitando una confrontación militar directa. Su enfoque consiste más bien en acumular ventajas en ámbitos como la tecnología, la industria avanzada, las infraestructuras globales o las finanzas internacionales. El modelo de desarrollo chino sigue profundamente vinculado a las exportaciones, a las cadenas internacionales de suministro y a las rutas marítimas que conectan Asia con Europa, África y América. Grandes proyectos geoeconómicos como la Iniciativa de la Franja y la Ruta (Belt and Road Initiative), también conocida como la Nueva Ruta de la Seda, cuyo propósito es mejorar la conectividad internacional mediante la construcción de corredores terrestres y marítimos que faciliten el comercio, la inversión y la cooperación global, dependen precisamente de que esas redes comerciales funcionen sin grandes interrupciones. Una escalada militar entre potencias o un cierre prolongado de rutas energéticas y comerciales afectaría directamente a ese entramado y podría frenar el crecimiento económico que sustenta su proyección de poder. De ahí la importancia que concede a la estabilidad del comercio global.

Al mismo tiempo, las crisis internacionales también pueden abrir oportunidades. Cuando EEUU se ve implicado simultáneamente en varios frentes de tensión, China puede ampliar su influencia económica y diplomática en regiones como Asia, África, Oriente Medio o América Latina mediante inversión, comercio o financiación de infraestructuras. Su prioridad no es provocar cambios abruptos mediante la fuerza, sino mantener un entorno internacional suficientemente estable para seguir acumulando poder económico, tecnológico y político a largo plazo. En ese sentido, la estrategia china podría resumirse como una apuesta por ganar influencia estructural dentro del sistema global, más que por desestabilizarlo mediante confrontaciones directas que podrían resultar contraproducentes.

Cuando seguridad y economía se confunden

En este contexto, la aceleración del rearme es a la vez militar y económica. Militar, porque en Europa la guerra de Ucrania ha destruido la ilusión de seguridad compartida en el marco de la OTAN; económica, porque la defensa se está usando como política industrial para reconstruir cadenas de suministro, reducir dependencia de EEUU, impulsar sectores de alta tecnología. El gasto de defensa de la UE subió a unos 343.000 millones de euros en 2024 y probablemente a 381.000 millones en 2025, mientras SIPRI calculó que el gasto militar global alcanzó 2,7 billones de dólares en 2024, con Europa como principal motor del aumento. Eso no significa que el rearme sea un mero teatro económico: significa que la frontera entre seguridad y economía se ha vuelto borrosa.

En el trasfondo de muchas de estas tensiones aparece un problema más estructural: el sistema económico mundial depende de flujos masivos de energía, materias primas y trabajo que circulan a través de cadenas de suministro profundamente desiguales. Gran parte del consumo material de las economías más ricas se sostiene sobre la extracción intensiva de recursos en otras regiones del planeta y sobre la externalización de costes ecológicos y sociales hacia territorios periféricos. Este patrón es un sistema de intercambio ecológico desigual.

En el fondo, lo que está en juego no es solo la posibilidad de una guerra mundial inmediata, sino algo más estructural: la estabilidad de un sistema económico que depende de una distribución profundamente desigual de energía, recursos naturales y poder político. Lo conflictos contemporáneos se desarrollan sobre un trasfondo de crisis ecológica, competencia por recursos y tensiones derivadas de un modelo de desarrollo de imposible universalización a escala planetaria. La aceleración del rearme refleja también esta transformación: el aumento del gasto militar se vincula cada vez más a la política industrial y tecnológica. La industria de defensa se utiliza para reconstruir cadenas de suministro, impulsar sectores de alta tecnología y asegurar el acceso a recursos y capacidades estratégicas.

Desde esta perspectiva, el Doomsday Clock señala la fragilidad de un sistema mundial basado en flujos materiales cada vez más tensos, en límites ecológicos cada vez más visibles y en una competencia creciente por sostener modos de vida que descansan sobre una extracción intensiva de recursos y sobre profundas desigualdades globales. La cercanía actual del reloj a la medianoche refleja esa vulnerabilidad estructural: un mundo en el que las tensiones geopolíticas, las crisis ecológicas y las desigualdades materiales se entrelazan de forma cada vez más difícil de gestionar.

Y esa preocupación por los flujos del petróleo y su impacto sobre las economías ha hecho que, desde el primer minuto, queden amortizadas las muertes de las 160 niñas asesinadas en una escuela de Teherán en los primeros ataques de EEUU, del mismo modo que han quedado amortizadas las decenas de miles de víctimas en Gaza, Ucrania o Líbano. Para todas estas víctimas la medianoche ya ha llegado. En un sistema internacional cada vez más condicionado por la estabilidad de los mercados energéticos y las cadenas globales de suministro, el sufrimiento humano corre el riesgo de convertirse en una variable secundaria frente a la continuidad de los flujos económicos. Ya no se trata de salvar al soldado Ryan, símbolo de la guerra industrial del siglo XX, sino de salvar al turista Ryan, figura de una economía global cuya prioridad es que nada interrumpa la circulación de energía, mercancías y consumo. Y en esa guerra insidiosa de la economía global las poblaciones de las sociedades del Norte ya no somos meros espectadores: nuestros modos de vida, sostenidos por esos mismos flujos de energía y recursos, forman parte del dispositivo que la mantiene en marcha.

No hay comentarios: