El Reloj del Juicio Final (Doomsday Clock) es una metáfora creada en 1947 por la organización
científica Bulletin of the Atomic Scientists, fundada por investigadores que
habían participado en el Proyecto Manhattan. El objetivo era representar de
forma visual lo cerca que la humanidad podría estar de una catástrofe global
causada por sus propias tecnologías. En ese lenguaje simbólico, la medianoche representa
el desastre. Su valor real no está en la precisión científica, que es limitada,
sino en su capacidad para condensar debates complejos sobre seguridad
internacional en una imagen sencilla que obliga a preguntarse hasta qué punto
nuestras capacidades tecnológicas superan nuestra capacidad colectiva para
gestionarlas.
Cada cierto tiempo un comité del Bulletin decide si las
manecillas deben moverse. La decisión no se basa en una fórmula matemática ni
en un modelo estadístico que produzca probabilidades exactas, más bien es un
juicio experto colectivo que evalúa tendencias en tres grandes áreas de riesgo
global: las armas nucleares, el cambio climático y las tecnologías emergentes,
desde la biotecnología hasta la inteligencia artificial militar o la desinformación
digital.
De Hiroshima a la
actualidad: la evolución del reloj
En su primera aparición se fijó en 7 minutos para la
medianoche, reflejando la inquietud de sus creadores tras la era inaugurada por
los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki. Pronto el reloj empezó a moverse con la
dinámica de la Guerra Fría: en 1949 avanzó a 3 minutos cuando la URSS probó su
primera bomba atómica, y en 1953 alcanzó los 2 minutos para la medianoche tras
el desarrollo de las bombas de hidrógeno por EEUU y la URSS. En los años
sesenta se situó a 10 minutos con la creación del Tratado de No Proliferación
Nuclear, pero la tensión volvió a aumentar y en 1984 avanzó hasta los 3
minutos, reflejando el deterioro de relaciones entre las superpotencias. El
momento más optimista llegó en 1991, cuando la firma del tratado START I
retrasó el reloj hasta los 17 minutos, pero a partir de los años 2000 el reloj
empezó a incorporar nuevas amenazas globales además del riesgo nuclear,
especialmente el cambio climático y las tecnologías emergentes. Así, en 2007 se
situó en 5 minutos, en 2018 volvió a 2, nivel comparable a los momentos más
tensos de la Guerra Fría, y en 2023 se situó a 90 segundos debido a la
combinación de tensiones nucleares agravadas por la Invasión rusa de Ucrania en
2022, el debilitamiento de acuerdos de control armamentístico, el agravamiento
de la crisis climática y los riesgos asociados a nuevas tecnologías. El 27 de
enero de 2026 el Reloj del Juicio Final se fijó en 85 segundos, la posición más
cercana a la medianoche que jamás haya alcanzado en su historia.
Decir que el reloj está a 85 segundos de la medianoche no
significa que exista una probabilidad calculada de catástrofe inminente, pero
sí que la combinación de riesgos globales es especialmente preocupante. No es
un instrumento predictivo ni cuantitativo, no calcula probabilidades reales de
guerra nuclear o colapso climático, pero refleja bastante bien qué preocupa a
la comunidad científica y a las personas expertas en riesgos existenciales.
El trasfondo material
de la crisis global
Durante crisis como la de los misiles de Cuba en 1962, en
pleno enfrentamiento directo entre EEUU y la URSS, el riesgo de guerra nuclear
era probablemente mayor que hoy y varios episodios documentados de errores
técnicos o malas interpretaciones estuvieron peligrosamente cerca de provocar
un lanzamiento accidental. Lo que ocurre ahora es distinto. El riesgo nuclear
sigue existiendo, pero se combina con otros riesgos globales que antes no
formaban parte del análisis. La lógica dominante no parece ser “Washington,
Moscú y Beijing se preparan para chocar frontalmente”, sino más bien una mezcla
de disuasión nuclear, competencia económica-tecnológica, guerras por
delegación, control de rutas energéticas y presión sobre zonas grises del orden
internacional. Eso no hace imposible una guerra entre ellas, pero sí la vuelve
muy costosa y menos racional como opción directa, así que la rivalidad se
desplaza a escalones por debajo del enfrentamiento abierto. Reuters resumía la
actitud de Rusia y China ante Irán como un “cálculo frío”: “intervenir cuando
Irán se enfrenta a Israel y EEUU acarrearía altos costos, beneficios limitados
y riesgos impredecibles, cargas que ninguna de las dos potencias parece
dispuesta a asumir”.
Moscú gana si la atención occidental se dispersa entre
Ucrania, Oriente Medio y la rivalidad con China. Una fuente rusa citada por
Reuters dijo explícitamente que la escalada en torno a Irán ya estaba desviando
la atención de la guerra en Ucrania. Lo
del alivio parcial de sanciones al petróleo ruso es muy revelador. Washington
ha relajado temporalmente restricciones sobre petróleo ruso transportado por
mar con el objetivo de contener la subida del crudo provocada por la guerra con
Irán. Rusia podría acabar ingresando alrededor de 10.000 millones de dólares
adicionales al mes como resultado de esta decisión.
Beijing, por su parte, condenó los ataques contra Irán y
pidió alto el fuego, pero evitó comprometerse militarmente, lo que encaja con
su estilo. A diferencia de otras potencias que recurren con mayor frecuencia a
la intervención militar directa, China tiende a priorizar la estabilidad del
entorno internacional porque su ascenso económico y tecnológico depende en gran
medida de un sistema global relativamente abierto y funcional. Uno de sus
intereses más inmediatos es la seguridad energética: China es el mayor
importador de petróleo del mundo y una parte sustancial de ese suministro
procede del Golfo Pérsico, por lo que cualquier crisis que afecte a esta región
representa un riesgo directo para su economía. La diminuta isla de Kharg, que
acaba de ser bombardeada por EEUU, maneja alrededor del 90% del crudo exportado
por Irán, y cerca de 20 millones de barriles diarios, aproximadamente una
quinta parte de la oferta mundial de petróleo, circula por el estrecho de Ormuz.
Evitar una guerra que interrumpa ese flujo es, por tanto, una prioridad
estratégica.
China mantiene una competencia estratégica de largo plazo con
Estados Unidos, pero intenta gestionarla evitando una confrontación militar
directa. Su enfoque consiste más bien en acumular ventajas en ámbitos como la
tecnología, la industria avanzada, las infraestructuras globales o las finanzas
internacionales. El modelo de desarrollo chino sigue profundamente vinculado a
las exportaciones, a las cadenas internacionales de suministro y a las rutas
marítimas que conectan Asia con Europa, África y América. Grandes proyectos
geoeconómicos como la Iniciativa de la Franja y la Ruta (Belt and Road
Initiative), también conocida como la Nueva Ruta de la Seda, cuyo propósito es
mejorar la conectividad internacional mediante la construcción de corredores
terrestres y marítimos que faciliten el comercio, la inversión y la cooperación
global, dependen precisamente de que esas redes comerciales funcionen sin
grandes interrupciones. Una escalada militar entre potencias o un cierre
prolongado de rutas energéticas y comerciales afectaría directamente a ese
entramado y podría frenar el crecimiento económico que sustenta su proyección
de poder. De ahí la importancia que concede a la estabilidad del comercio
global.
Al mismo tiempo, las crisis internacionales también pueden
abrir oportunidades. Cuando EEUU se ve implicado simultáneamente en varios
frentes de tensión, China puede ampliar su influencia económica y diplomática
en regiones como Asia, África, Oriente Medio o América Latina mediante
inversión, comercio o financiación de infraestructuras. Su prioridad no es
provocar cambios abruptos mediante la fuerza, sino mantener un entorno
internacional suficientemente estable para seguir acumulando poder económico,
tecnológico y político a largo plazo. En ese sentido, la estrategia china
podría resumirse como una apuesta por ganar influencia estructural dentro del
sistema global, más que por desestabilizarlo mediante confrontaciones directas
que podrían resultar contraproducentes.
Cuando seguridad y
economía se confunden
En este contexto, la aceleración del rearme es a la vez
militar y económica. Militar, porque en Europa la guerra de Ucrania ha
destruido la ilusión de seguridad compartida en el marco de la OTAN; económica,
porque la defensa se está usando como política industrial para reconstruir
cadenas de suministro, reducir dependencia de EEUU, impulsar sectores de alta
tecnología. El gasto de defensa de la UE subió a unos 343.000 millones de euros
en 2024 y probablemente a 381.000 millones en 2025, mientras SIPRI calculó que
el gasto militar global alcanzó 2,7 billones de dólares en 2024, con Europa
como principal motor del aumento. Eso no significa que el rearme sea un mero
teatro económico: significa que la frontera entre seguridad y economía se ha
vuelto borrosa.
En el trasfondo de muchas de estas tensiones aparece un
problema más estructural: el sistema económico mundial depende de flujos
masivos de energía, materias primas y trabajo que circulan a través de cadenas
de suministro profundamente desiguales. Gran parte del consumo material de las
economías más ricas se sostiene sobre la extracción intensiva de recursos en
otras regiones del planeta y sobre la externalización de costes ecológicos y
sociales hacia territorios periféricos. Este patrón es un sistema de
intercambio ecológico desigual.
En el fondo, lo que está en juego no es solo la posibilidad
de una guerra mundial inmediata, sino algo más estructural: la estabilidad de
un sistema económico que depende de una distribución profundamente desigual de
energía, recursos naturales y poder político. Lo conflictos contemporáneos se
desarrollan sobre un trasfondo de crisis ecológica, competencia por recursos y
tensiones derivadas de un modelo de desarrollo de imposible universalización a escala
planetaria. La aceleración del rearme refleja también esta transformación: el
aumento del gasto militar se vincula cada vez más a la política industrial y
tecnológica. La industria de defensa se utiliza para reconstruir cadenas de
suministro, impulsar sectores de alta tecnología y asegurar el acceso a
recursos y capacidades estratégicas.
Desde esta perspectiva, el Doomsday Clock señala la
fragilidad de un sistema mundial basado en flujos materiales cada vez más
tensos, en límites ecológicos cada vez más visibles y en una competencia
creciente por sostener modos de vida que descansan sobre una extracción
intensiva de recursos y sobre profundas desigualdades globales. La cercanía
actual del reloj a la medianoche refleja esa vulnerabilidad estructural: un
mundo en el que las tensiones geopolíticas, las crisis ecológicas y las
desigualdades materiales se entrelazan de forma cada vez más difícil de
gestionar.
Y esa preocupación por los flujos del petróleo y su impacto sobre las economías ha hecho que, desde el primer minuto, queden amortizadas las muertes de las 160 niñas asesinadas en una escuela de Teherán en los primeros ataques de EEUU, del mismo modo que han quedado amortizadas las decenas de miles de víctimas en Gaza, Ucrania o Líbano. Para todas estas víctimas la medianoche ya ha llegado. En un sistema internacional cada vez más condicionado por la estabilidad de los mercados energéticos y las cadenas globales de suministro, el sufrimiento humano corre el riesgo de convertirse en una variable secundaria frente a la continuidad de los flujos económicos. Ya no se trata de salvar al soldado Ryan, símbolo de la guerra industrial del siglo XX, sino de salvar al turista Ryan, figura de una economía global cuya prioridad es que nada interrumpa la circulación de energía, mercancías y consumo. Y en esa guerra insidiosa de la economía global las poblaciones de las sociedades del Norte ya no somos meros espectadores: nuestros modos de vida, sostenidos por esos mismos flujos de energía y recursos, forman parte del dispositivo que la mantiene en marcha.

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