domingo, 17 de mayo de 2026

El siglo de Hannah Arendt

Mariana Dimópulos
El siglo de Hannah Arendt. Cómo las mujeres revolucionaron el pensamiento político
Paidós, 2025

"La relación entre estas pensadoras no es solo de carácter conceptual, es decir, no se articula únicamente en torno al problema común del sujeto político y sus diversas manifestaciones. Hay, además, una red de referencias subyacentes a todas ellas. Este entramado resulta evidente al menos en dos sentidos: han leído y criticado a los mismos autores, mayormente de la tradición filosófica alemana y francesa, y se han leído entre sí. [...] Con la excepción obvia de Rosa Luxemburgo por ser cronológicamente la primera, la red de referencias las abarca también a ellas mismas. Los cruces teóricos, sumamente significativos, muestran la importancia de la figura de Arendt para las que escribieron a partir del último cuarto del siglo XX, es decir, para Heller y Butler. Y también resulta crucial la figura de Simone de Beauvoir. Murdoch leyó a Beauvoir con pasión de novelista y más tarde se sumergiría en los cuadernos y libros de Simone Weil. Arendt y Weil leyeron con atención a Rosa Luxemburgo. Estos cruces, por último, son históricos y biográficos y se dan sobre todo por coincidencias temporales y espaciales de París y Nueva York. Hannah Arendt y Simone Weil, además, aguardaron en Marsella, como tantos otros en 1940, la primera oportunidad para salir del continente europeo a raíz del avance del ejército alemán en Francia. Simone de Beauvoir y Simone Weil se encontraron en los pasillos de la universidad y dialogaron una vez, pero sus caminos no se volvieron a cruzar. Murdoch vio en una ocasión a Beauvoir en un café de París, aunque no se atrevió a hablarle".


Aunque por su título este libro parece anunciar una figura central, Hannah Arendt, en realidad despliega un gesto más ambicioso: descentrarla sin restarle importancia, situarla en el seno de una constelación de mujeres que pensaron el siglo XX desde lugares a menudo invisibilizados, y que, sin embargo, transformaron profundamente el modo en que entendemos la política. No es una biografía de autoras, ni una historia sistemática de las ideas; es, más bien, un ensayo que avanza por aproximaciones, por afinidades, por resonancias. Mariana Dimópulos no construye un relato lineal ni pretende ofrecer una cartografía exhaustiva, sino que abre un espacio de lectura y pensamiento en el que Hannah Arendt aparece acompañada y a veces tensionada por otras mujeres que escribieron, pensaron, discutieron y vivieron en un siglo atravesado por guerras, totalitarismos, exilios y transformaciones radicales.

El punto de partida es claro: el siglo XX no puede comprenderse sin atender a esas voces, tantas veces desoídas. Pero el ensayo no se limita a reivindicar su presencia, ni cae en una lógica de recuperación tardía o compensatoria, sino que propone mostrar cómo esas mujeres no solo participaron en el pensamiento político, sino que lo desplazaron, lo desbordaron, lo obligaron a abrirse a preguntas que no siempre estaban en su horizonte.

En ese sentido, Arendt funciona como una figura bisagra. Su reflexión sobre la acción, la pluralidad, el espacio público o la banalidad del mal sirve como eje, pero también como punto de partida para pensar más allá de ella. Mariana Dimópulos la lee con atención, sin sacralizarla, la sitúa en relación, la pone en diálogo, la inscribe en una red. Y es en esa red donde el libro adquiere su verdadera fuerza. Porque lo que aparece no es solo una serie de nombres, sino una forma distinta de pensar. Una forma que no separa la vida del pensamiento, que no entiende la política como un sistema abstracto de conceptos, sino como algo encarnado, vivido, atravesado por la experiencia. Muchas de estas mujeres escribieron desde el exilio, desde la marginalidad, desde posiciones no institucionales. Y eso se nota en su manera de pensar: menos sistemática, quizá, pero más atenta a lo concreto, a lo frágil, a lo contingente.

Uno de los hilos más interesantes del libro es cómo estas pensadoras reconfiguraron nociones centrales de la tradición política: la libertad, la autoridad, la responsabilidad, la comunidad. No lo hicieron desde un programa común ni desde una identidad compartida, sino desde trayectorias singulares que, sin embargo, convergen en una cierta manera de mirar el mundo, una mirada que desconfía de las abstracciones excesivas, que se resiste a los sistemas cerrados, que insiste en la importancia de lo plural frente a las hipóstasis totalizantes (y totalitarias).

De este modo, al leer este “siglo de Arendt” a través de otras mujeres, lo que se transforma no es solo nuestra imagen del pasado, sino también nuestra manera de entender qué es pensar políticamente. La política deja de aparecer como un ámbito reservado a grandes sistemas teóricos o a figuras canónicas, y se revela como un espacio atravesado por voces diversas, por experiencias situadas, por formas de pensamiento y escritura que no siempre encajan en los moldes tradicionales. Al final, lo que queda no es solo un conjunto de nombres recuperados, sino una invitación a leer la realidad de otro modo, a atender a las voces que han quedado en los márgenes, a pensar la política no solo como teoría, sino como experiencia compartida, como práctica situada, como algo que ocurre entre las personas.

Por eso el libro resulta especialmente sugerente hoy, en un momento en que la política vuelve a oscilar entre la abstracción teórica desencarnada y la simplificación extrema. En estos tiempos, volver a estas otras formas de pensamiento -atentas, plurales, encarnadas- abre un campo de posibilidades distinto, un espacio en el que pensar no es solo elaborar conceptos, sino también hacerse cargo del mundo.

"En suma, ellos se revolvían contra el orden burgués y la revolución significaba, simplemente, una forma de huir de sí mismos; Weil juzgaba que, si tal era el objetivo, era más fácil entregarse al juego o a la bebida, o suicidarse. Su posición, claro está, era la contraria: no se puede ser un revolucionario sin amar la vida".

Sendereando Ganeroitz

Mañana sendereando por Ganeroitz, uno de mis paisajes más familiares, pero que siempre ofrece alguna novedad.











En Aneto derriban y colocan cruces, por aquí llaman a la resistencia contra el islam...



¿Para cuándo una limitación real de la circulación de motos por estas montañas? Yo pediría directamente su prohibición, pero al menos que se haga cumplir lo que dice la Diputación.