sábado, 29 de febrero de 2020

Que el vasto mundo siga girando

Colum McCann
Que el vasto mundo siga girando
Traducción de Jordi Fibla
RBA, 2010

"Cruzamos el Bronx, pasamos ante tiendas cerradas y perros en los umbrales. Campos de cascotes. Tuberías de acero retorcidas. Muros de ladrillo rotos. Cruzamos vías de ferrocarril y oscuros pasos subterráneos, en la noche punteada de fogatas. Algunas personas se movían pesadamente entre los cubos de basura y los montones de  desechos. Claire se reclinó en el asiento.
- Nueva York -dijo, y exhaló un suspiró. Toda esta gente... ¿Te has preguntado alguna vez qué es lo que nos hace seguir adelante?
Las dos sonreímos. Una ancha sonrisa compartida, porque cada una sabía algo de la otra: que ahora seríamos amigas, que poco era lo que podría impedírnoslo, que avanzábamos juntas por aquel camino".


El 7 de agosto de 1974 el funambulista francés Philipp Petit se paseó durante 45 minutos sobre un cable tendido entre las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, a más de 400 metros de altura sobre las aceras de Manhattan. Sin arnés de seguridad, ayudado tan solo por una pértiga de 8 metros y 25 kilos que le servía de contrapeso. El documental Man on Wire (James Marsh, 2008) y la película The Walk (Robert Zemeckis, 2015) nos permiten compartir la genial, hermosa pero aterradora experiencia.

Nueva York era una ciudad que en aquellos años combinaba el glamour wharholiano de clubs como Studio 54 con la violencia de las bandas, el crack y la miseria de un Bronx convertido en un escenario post-bélico de edificios incendiados y solares arrasados. Durante 45 minutos, decenas de miles de personas detuvieron su actividad cotidiana y alzaron asombradas la mirada hacia lo alto para observar, asombradas, el paseo acrobático de Petit.


La novela de McCann se inicia cuando Philippe Petit se dispone a iniciar su increible aventura:

"Al principio algunos pensaron que se trataba de un fenómeno luminoso, una forma casual debida a la manera en que caían las sombras. Otros imaginaron que era la perfecta broma de la ciudad; detenidos y señalando hacia arriba, los transeúntes se congregaban, alzaban las cabezas, asentían, afirmaban, todos miraban arriba [...]. Él se encontraba en el borde mismo del edificio. Su silueta oscura. chocaba contra el gris de la mañana. Tal vez era un limpiador de ventanas. O un trabajador de la construcción. O alguien que iba a lanzarse al vacío. Allí arriba, a ciento diez pisos de altura, completamente inmóvil, un juguete oscuro contra el cielo nublado".

El prodigioso paseo va pautando el desarrollo del libro. Su preparación y desarrollo, su noticia o su recuerdo, salpimentan una historia compuesta de historias entrecruzadas. Empezando por la de Corrigan, nacido en Dublín, atraído desde muy joven por las personas y los ambientes más empobrecidos, estudiante de teología con los jesuítas, que ejerce como monje heterodoxo seguidor de la Teología de la Liberación en el Bronx:

"Corrigan me dijo una vez que Cristo era muy fácil de entender. Iba adonde tenía que ir. Estaba donde le necesitaban. Llevaba poco o nada consigo, unas sandalias, un trozo de camisa, unos pocos objetos para mantener a raya la soledad. Jamás rechazaba el mundo. De haber hecho tal cosa, habría rechazado el misterio. Y si rechazara el misterio, rechazaría la fe. Lo que Corrigan quería era un Dios plenamente creíble, como sólo se puede encontrar en la mugre de lo cotidiano".

Tirando de Corrigan aparece su hermano mayor, Ciaran, que viaja a Estados Unidos tras la muerte de sus padres y se aloja con él en el Bronx. Y las mujeres que en esa zona ejercen la prostitución, que encuentran siempre abierta la casa de Corrigan para poder descansar, asearse o tomarse una bebida caliente. Dos de ellas adquieren un protagonismo especial: la cuarentona Tillie y su joven hija, Jazzlyn, madre a su vez de dos criaturas. Y Adelita, inmigrante, viuda y madre de un niño y una niña, trabajadora en un hogar para personas ancianas, que mantendrá una hermosa aunque breve historia de amor con Corrigan.

Y está la joven y descentrada pareja formada por Lara y Blaine, que se verá implicada en un accidente de tráfico al chocar con el coche en el que viajan Corrigan y Jazzlyn.

También está Claire, habitante de un lujoso apartamento junto a Central Park, casada con un juez que juzgará a Tillie y a Jazzlyn; que comparte con Janet, Marcia, Jacqueline y Gloria (sobre todo con Gloria, vecina del Bronx) la dramática condición de madres de hijos fallecidos en Vietnam. La misma Gloria que acabará relacionada con los hijos de Jazzlyn y que servirá de mediación para que la hija, Jaslyn, cierre la historia en 2006 en la residencia de una anciana Claire.

En conjunto, una hermosa historia de historias, un patchwork de vivencias, un entrecruzamiento de vidas zarandeadas como un funambulista en su cable a merced del viento.

"Avanzamos tambaleándonos, piensa Jaslyn, traemos un poco de ruido al silencio, encontramos en otros la continuación de nosotros mismos. Casi es suficiente".

Tal vez todas y todos seamos como ese funambulista. Caminando nuestras vidas en la incertidumbre, arrostrando riesgos de los que no siempre somos conscientes, amenazados por la caída que nos estampe contra el suelo. Buscando equilibrios siempre precarios. Equilibrios que, cuando los hallamos, vienen de la mano de otras personas tan frágiles como nosotras.


jueves, 27 de febrero de 2020

Revolucionarios: una revisión de los años sesenta

Joshua Furst
Revolucionarios
Traducción de Alba Montes Sánchez
Impedimenta, 2019

"O a lo mejor quieres que te hable de toda la cocaína que esnifó encima de la mesa cuando se suponía que tenía que estar cuidándome.
O de la vez en que me aderezó el zumo de naranja con ácido.
También está la vez en que intentó esconderme en su maleta para no tener que pagar mi billete a Nicaragua.
O la vez en que me llevó a la azotea del edificio de la Calle 7 para que los dos meáramos por encima de la cornisa sobre los dos agentes de la secreta que montaban guardia delante de nuestra entrada.
O la vez en que me disfrazó de judío jasidi y me exhibió delante de un desfile del KKK.
¿Quieres más? Tengo millones como estas".


El protagonista de esta novela (con trasfondo histórico más que reconocible) es Freedom "Fred" Snyder, hijo del icónico activista contracultural Lenny Snyder, alter ego de Abbie Hoffman (1936-1989).

¿Qué decir de Hoffman? Activista excéntrico ingeniosamente disruptivo, capaz de convocar a miles de personas para hacer levitar el edificio del Pentágono, fundador del Partido Internacional de la Juventud ("Yippies"), autor de libros esenciales para comprender la contracultura estadounidense como Woodstock NationRoba este libro, Soon To Be a Major Motion PictureYippie! Una pasada de revolución Letters from the Underground (con su compañera Anita), anarquista, firmemente comprometido con las luchas por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam (y más tarde contra la intervención americana en Nicaragua), pero también afectado de trastorno bipolar, drogadicto, acusado y encarcelado por tráfico de drogas, viviendo durante unos años en la clandestinidad, fallecido a los 52 años tras ingerir un centenar de píldoras de Fenobarbital combinadas con alcohol...

En la entrevista que le hizo en 1985 otro icono de los sesenta, Dany Cohn-Bendit, para su libro La revolución y nosotros, que la quisimos tanto (Traducción de Joaquín Jordá, Anagrama, 1987), un Hoffman de cuarenta años se definía así:

"Me he convertido en un militante viejo. Ya sabes, al envejecer uno se vuelve más blando, eso está claro. Ahora tengo niños, soy responsable de su bienestar, de su salud, de su educación... Reparto el tiempo entre mis obligaciones personales y mis deberes hacia la comunidad".

Sorprende leer esto. Porque los alegres, libertarios, floridos, contrahegemónicos y experimentales Sixties se tornan más oscuros y complejos cuando los contemplamos con los ojos de un niño, hijo de una pareja que formaba parte de la aristocracia contracultural de la época. Esta es la perspectiva que adopta Furst en su libro.

"Se erigió en pícaro, en sátiro, en el gran dios Pan que danzaba sobre sus patas de cabra a través de la jungla del Lower East Side. Empleó todas sus habilidades organizativas para crear una sociedad nueva. Decía: Nunca te fíes de nadie mayor de treinta años. Decía: Hoy es el primer día del resto de tu vida. Decía: El Flower Power es el poder del pueblo. Libera tu mente y tu mundo seguirá ese mismo camino. La realidad es aquello que tú hagas de ella. La revolución está en tu mente. Sintonízate, colócate y abandónate. Todo debería ser gratis. Y, atraídos por su mensaje, los jóvenes acudían a él sin cesar".

Este es el Snyder/Hoffman visto desde fuera. Muy distinto del que experimenta un niño abandonado toda la noche en un rincón, "derrumbado en un puf en una esquina, temblando", mientras su madre y su padre prolongan una fiesta tras otra; un niño que se siente permanente juzgado por un padre/icono/referente del que nunca logra estar a la altura, que lo desprecia abiertamente cuando es incapaz de robar unos dulces en una tienda; un padre casi siempre ausente.

"Recuerdo que surgía una nueva clase de esperanza en su presencia, un deseo de jugar con él, una corazonada de que quizá a él le apeteciera jugar conmigo. Puede que aquel día tuviéramos planeada una aventura, una excursión al parque o quizá asistir a la fiesta de cumpleaños de alguno de mis amiguitos, aunque no recuerdo haber tenido amigos. Tal vez fuéramos a coger el metro hasta la playa de Brighton, donde me desnudarían y me dejarían libre para jugar con las olas. Un día de celebración organizado en mi honor. [...] La cosa es que no fuimos a la playa, o al parque, o a la fiesta, o adonde fuera que se suponía íbamos a ir".

Tampoco era todo tan alegre para su madre, Suzy, parte de "un matrimonio abierto -del tipo que solo funciona en una dirección".

Por las páginas del libro aparecen innumerables personajes de la época: Herbert Marcuse, Allen Ginsberg, Saul Alinsky, Noam Chomsky, Norman Mailer, Bob Dylan, Marlon Brando... También el, al principio, inseparable colega de Snyder/Hoffman, Jerry Rubin (como Sy Neuman), luego enfrentados, cuando en los setenta Rubin rompió con el yippismo del que, con su libro Do it! fue tanto o más inspirador que Hoffman, para dedicarse con éxito al mundo de los negocios. Y, sobre todo, Phil Ochs, el más explicitamente antimilitarista de las y los cantautores de la época; un personaje dramáticamente ingenuo y bondadoso, maltratado por Snyder, que sin embargo va a ser el único siempre dispuesto a apoyarle, y que va a servirle a Fred casi como el único (aunque frágil) apoyo o referente adulto, además de su madre, en un mundo absolutamente anómico:

"Todos somos unos cabrones de una forma u otra. Phil era algo menos cabrón que la mayoría. Era buena persona. Se mostraba paciente conmigo. Yo no tenía ni idea de lo que era el alcoholismo, Mis padres eran fumetas. Cuando Phil conseguía mantenerse medio sobrio, me llevaba a museos y me hablaba de poesía".

Una mirada agridulce a una época esencial en la que el mundo cambió más de los que podemos imaginar, tal vez porque los seres humanos normalizamos incluso las transformaciones más radicales. Joshua Furst cierra el libro con un apartado de agradecimientos en los que incluye muy destacadamente a "Abbie Hoffman -provocación, inspiración- por haber existido. Ahora más que nunca, necesitamos tu espíritu en el mundo". Pero por favor -añadiría probablemente algún Freedom-, que esa nueva encarnación de Hoffman no sea mi padre o mi madre.


domingo, 23 de febrero de 2020

Uno nuevo en Sierra Salvada

Ayer comida de carnaval: ensalada, manos de cerdo con salsa vizcaína (patas) y tostadas.

 

Hoy, cuaresma anticipada.
A las 8:25 he empezado a caminar tras dejar el coche un kilómetro después de Salmantón (425 m.).
He entrado a Sierra Salvada por el portillo de Atatxa (1.000 m.), desde donde he subido a El Somo (1.170 m.), segunda cima en altura de la Sierra tras el Eskutxi, a la que nunca antes había ascendido., tal vez por encontrarse en el interior. No hay camino claro, pero no tiene pérdida.
Desde El Somo he regresado al portillo de Akatxa para subir a Ungino (1.099 m.) y desde aquí, siguiendo la línea de cortados, pasar por Eskutxi (1.185 m.) y Peña de Aro (1.133 m.), regresando a Salmantón por el portillo de Aro (990 m.). A las 13:00 horas he llegado al coche. Unos 16 kms. en total.
Aunque hacía frío por la mañana (llegando a Arespalditza el termómetro marcaba 1ºC) y he salido de casa con mucha niebla, nada más empezar a caminar el día ha despejado, prácticamente primaveral: de hecho, ha sido la primera ocasión en que he usado pantalón corto.
Ya empiezan a brotar las yemas de árboles y arbustos, las campas se van cubriendo de flores y los trinos de los pájaros son una melodía constante en el bosque. He visto camachuelos, chochines, carboneros y herrerillos.
Una travesía más que recomendable.

Llegando a Salmantón: a la izquierda Ungino, a la derecha Eskutxi,
 Atravesando Salmantón, una pista avanza 1 km. hasta llegar a un cruce señalizado desde donde parte una pista que llega hasta Orduña. Es un buen sitio para dejar el coche.Nada más coger la senda se divisa la proa del Ungino. Se trata de seguir la pista, ancha y con tramos muy embarrados, sin abandonarla hasta llegar a un cruce señalizado (el segundo que encontraremos) justo bajo la mole de Ungino.
 
 
 
 
 
 
 En este punto se deja una barrera a la izquierda y se abandona la pista por la derecha. Hay que seguir la pista, que asciende ganando en desnivel, sin hacer caso de una señal en un pino que nos indica lo contrario.
 
 Con Ungino al frente, se llega a un pequeño plano donde la pista termina y se coge un sendero que sale por la derecha, marcado por algunos hitos.
 
 
 Este sendero, que lleva directamente hasta el portillo de Atatxa, es uno de los caminos más bonitos que podemos recorrer en las montañas vascas.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 Llegando al portillo.
Desde el portillo, hacia la derecha el Ungino.
Al frente, la loma que lleva hasta El Somo.
 
 El camino está coloreado por la flora de montaña.
 
 
 
 
 
Cumbre de El Somo.
 Descendiendo hacia elportillo de Atatxa la proa del Ungino se muestra en todo su esplendor.
 
 El colmillo del Tologorri.
 Desde el portillo toca subir al Ungino, pasando junto a su espectacular ojo.
 
 
 El Somo, desde Ungino.
 Desde la cumbre de Ungino hay que descender hasta el portillo de las Escalerillas y continuar hasta el Eskutxi, siempre cerca de los imponentes farallones de Salvada.
 Portillo de las Escalerillas.
 
 Este no es el Eskutxi.
 Este sí.

 
Hay que continuar hasta Peña de Aro, disfrutando de las vistas del valle de Aiala y pasando junto a otra posible cumbre, cuya denominación desconozco.
 
 
 Peña de Aro. Tanto en el buzón del Eskutxi como en el del Aro he recogido sendas tarjetas de mendizales del Baskonia Mendi Taldea, depositadas en días distintos por dos peronas distintas. Parece que en el Baskonia tienen especial afición por esta zona. No me extraña.
 
 Un vistazo hacia el Eskutxi.
 Gallarraga, Ganekogorta y Pagasarri.
 Eretza.
 Castro Grande y Diente del Ahorcado.
 Urieta, desde Peña de Aro.
 Portillo de Aro, con el monumento dedicado a San Vitores, donde se celebra una concurrida romería el primer sábado de septiembre.

El descenso se realiza siguiendo una amplia pista, asfaltada en algunos tramos.
 
 
 
 
 La vida vuelve a bullir tras el invierno. También he visto lagartijas y mariposas.
 
 
 
 
 Qué lejos se ve el Ungino
En todos los cruces hay que coger dirección a Oletar y/o Orduña.