domingo, 21 de octubre de 2018

Cumbres, setas, crocus y disparos

Mañana de paseo rápido por Zamaia y Gongeda, cumbres menores a la sombra del Ganekogorta y el Gallaraga. Menores en altura, pero no en belleza. Es una maravilla poder disfrutar de lugares como estos, a tiro de piedra de una conurbación tan poblada como el Gran Bilbao.
Tenía intención de bajar pronto, pero no tan pronto como al final ha ocurrido. La zona estaba llena de cazadores con sus perros y los disparos sonaban por doquier. Convivencia complicada que, me parece, no está correctamente regulada por estos lares. No he tenido ningún problema y los cazadores con los que me he cruzado parecían gente seria, no escopeteros; pero había bastante gente caminando por las pistas y caminos, y ninguna señal que advirtiera de que se estaba realizando una batida, como suele hacerse en otros lugares (Burgos, Palencia). Los cazadores tampoco vestían ropa particularmente visible.
Pero bueno: he disfrutado de una mañana luminosa y cálida, y he vuelto con algunos champiñones y las primeras lanpernas de la temporada, para el risoto de esta noche. Poco más se puede pedir.






 
 
 
 
 
 








Hacer memoria... ¿en qué dirección?


La pretensión del Gobierno Vasco de llevar a los institutos la reflexión sobre la historia de ETA en el marco del programa Herenegun ha vuelto a desatar una intensa polémica. Baste indicar que todas las asociaciones y colectivos de víctimas del terrorismo han reclamado su retirada, por considerarlo sesgado. Es esta una enmienda a la totalidad que, sumada a la desafortunada reacción del secretario general de Derechos Humanos, Convivencia y Cooperación del Gobierno Vasco (en la mejor tradición del frío racionalismo de Setién), condena el proyecto al fracaso.

¿Necesitamos historiografiar nuestro reciente pasado de violencias y terrorismo? Sí, como cualquier otro acontecimiento o conjunto de aciontecimientos históricos. Ya se está haciendo: destaca, en este sentido el trabajo desarrollado por el Instituto de Historia Social Valentín de Foronda y el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo; también la izquierda abertzale cuenta con su propia historiografía. ¿Puede esta historia (o estas historias) convertirse en memoria formalizada como propuesta educativa para las generaciones más jóvenes? No lo veo.

Ya he abordado estas cuestiones en otras ocasiones (aquí, aquí, aquí o aquí), la última en abril de este año, con motivo de mi comparecencia ante la Ponencia sobre Memoria y Convivencia del Parlamento Vasco. Hoy me limito a recordar lo que escribe Barry López en Sueños árticos (Capitán Swing, 2019):

"El hecho de haber visto algo no significa que uno sea capaz de explicarlo. Siempre habrá abundante diversidad de interpretaciones, aunque mentes inteligentes se apliquen a reflexionar sobre ello. El núcleo de información indiscutible constituye sólo un punto en el espacio; las interpretaciones surgen del deseo de convertir este punto en una línea, de darle una dirección. Las direcciones en que puede proyectarse, las aplicaciones que pueden dársele en sociedades cultural, profesional y geográficamente diversas casi no tienen límite".

Supongamos que fuera posible recoger en unos materiales didácticos "el núcleo de información indiscutible" sobre ETA, su historia y el contexto sociopolítico en que esta historia se desarrollo (algo que en sí mismo es una cuestión sumamente disputada). ¿Cuál sería la dirección que querríamos dar a ese "punto en el espacio"? Basta con que nos planteemos esta pregunta para que retornen los viejos debates sobre la naturaleza de la violencia de ETA (¿decisión autónoma o reacción antirepresiva?, ¿terrorismo o terrorismo nacionalista?), sobre el papel jugado por los distintos actores sociales y políticos, sobre los aprendizajes que deberíamos sacar de la experiencia del terrorismo (¿renunciar a fines soberanistas o sólo a medios violentos?), etc.

Debates que también debemos afrontar. Pero no en los centros de enseñanza.

jueves, 18 de octubre de 2018

Ecotonos y barrios diversos

Leyendo el maravilloso Sueños árticos, de Barry López (Capitán Swing, 2017), descubro el concepto de ecotonos. Observando la vida natural que se desarrolla en los bordes helados del mar glacial, escribe:

"Esta es una particular zona de encuentro, como la frontera de un bosque junto a un claro, o el área de confluencia de las aguas dulces de un estuario con las corrientes salinas del mar, o la margen de un río. La coexistencia de animales pertenecientes a ecosistemas diversos confiere a estas zonas limítrofes un fuerte potencial evolutivo. Aquí, en la rada del Almirantazgo, las criaturas voladoras caminan sobre el hielo. Rompen la superficie del agua al zambullirse para alimentarse. Y los mamíferos marinos la cruzan en sentido contrario cuando salen a respirar. [...] En biología, estas zonas de transición entre dos comunidades distintas reciben el nombre de ecotonos".

Tras la conversación del martes en la Escuela de la Diversidad de Barakaldo, me planteo que los barrios con alta diversidad pueden estar funcionando como una suerte de "sociotonos": imprescindibles zonas de transición entre comunidades humanas diferentes, que se entrecruzan en unos mismos espacios sociales. Hábitats urbanos tan delicados y amenazados como el Ártico, y tan necesitados de reconocimiento y protección como este.
Puede consultarse AQUÍ la presentación que he utilizado.


sábado, 6 de octubre de 2018

Gurdieta y Castro Grande

Hoy me había propuesto subir al Castro Grande (1.094 mts.) desde Santa Olaja, por el Portillo de Egaña, pasando antes por el Gurdieta (1.122 mts.). Ambas cumbres se encuentran en la burgalesa Sierra de la Carbonilla, que en el Puerto de Angulo se hermana con su gemela, la Sierra Salvada.

Fuente: http://descendedor.blogspot.com/2010/10/gurdieta-sierra-carbonilla-burgos.html

Salgo desde Santa Olaja a las 9:10. Desde ahí parte una ancha senda que nos permite observar el lejano Castro Grande y adivinar el lugar donde se abre el Portillo de Egaña.


 
 

Pronto se entra en un espeso bosque, con gran variedad de arboles y arbustos: hayas, pinos, acebos, enebros, rosales silvestres... El sendero es agradable y a medida que ganamos altura observamos a nuestros pies el pequeño núcleo de Santa Olaja. Si elevamos la vista y miramos hacia el horizonte, se aprecian las cumbres de Amboto y Gorbea, asi como las de Ganegokorta-Gallarraga y Eretza.

 
 
 
 
 
 


Llego al Portillo de la Egaña a las 9:35. Desde aquí se contempla el amplio valle de Relloso, y el pueblo que lleva su nombre. También se tiene una buena vista de los Montes de la Peña, con sus cumbres más conocidas: Tres Dedos y Peñalva.

 

Desde el portillo hay que afrontar, sin sendero claro, la empinada cuesta que queda a nuestra izquierda. Superada esta, toca avanzar hacia el Gurdieta por un terreno incómodo, que ni los hermosos crocus consiguen hacer más amable. En la cumbre, que apenas sobresale de la meseta que hemos recorrido y continúa hacia el Puesto de Angulo, hay un buzón muy deteriorado. Hora de llegada: 10:13. Desde el Gurdieta se aprecia el Portillo de Aro, puerta de acceso a los primeros montes de la Sierra Salvada: Aro y Eskutxi.

 
 
 
 


De regreso al Portillo de Egaña se aprecia la distancia que nos queda por recorrer antes de coronar el Castro Grande. Otra vez hay que pisar con cuidado entre las hierbas y el lapiaz, para evitar una torcedura. Así y todo, la imagen de los bosques de Relloso tocando la falda de los Montes de la Peña no deja de llamar mi atención.
 


Ahora hay que volver al Portillo de Egaña. Desde ahí, no hay pérdida hasta el Castro Grande, a donde llego a las 11:43.

 


Una mirada al Gurdieta, otra al burro que corona la cúspide del Diente del Ahorcado, y para abajo. La idea era bajar por la amplia pista que lleva a Relloso hasta el Túnel de la Complacera, atravesarlo y, desde ahí, retornar a Santa Olaja.

 

 
 
 
 
 
 

Al túnel he llegado y lo he atravesado. Ahí han empezado los problemas. He encarado el descenso, entretenido y bien marcado, atento a dar con la desviación que, en algún lugar a mi derecha, me permitiría regresar a Santa Olaja. Pero me la he pasado. Luego, en casa, he leído: "casi al lado del túnel, hay un desvió a la derecha que casi pasa desapercibido". ¿Casi?
 
 
 
 

Pues eso, que todo lo bajado he tenido que recuperarlo bordeando las peñas, entre bosques, sin camino. He visto hongos, que no he recogido. Y sin tenerlas todas conmigo, no he llegado a Santa Olaja hasta las 15:15. Una matada de lo más tonta. La han sufrido mis piernas, por dentro y por fuera. Pero es lo que hay. A repetir otro día.