miércoles, 7 de octubre de 2026

Buenas, soy la gente

 


Ya tenemos elecciones. Durante las próximas semanas quienes aspiran a gobernarnos nos explicarán quiénes son, qué prometen y por qué deberíamos confiarles nuestro voto. «Buenas, soy…», podrían comenzar sus vídeos electorales. Como si no supiéramos quiénes son y qué ha hecho cada cual. Por eso, esta vez convendría invertir la presentación.

Buenas, soy la gente. Soy quien se levanta temprano para ir a trabajar o busca un empleo que no encuentra, quien paga un alquiler que se come una parte insoportable de su sueldo y hace cuentas antes de llenar la cesta de la compra. Quien cuida a sus criaturas y a sus mayores, quien necesita una residencia, una beca, una médica que atienda sin prisas o un autobús que comunique su pueblo con el hospital. Soy quien ha nacido aquí y quien llegó desde lejos, quien vive acompañada y quien vive sola, quien estudia sin saber si podrá emanciparse. Soy gente distinta en biografías e identidades, pero unida por una evidencia elemental: nadie puede construir una vida digna por sí sola.

De eso deberían ir las elecciones. No de quién gobernará, de estrategias, coaliciones, vetos y liderazgos, sino de qué debemos proteger entre todas y todos para vivir decentemente. Necesitamos vivienda, salarios suficientes y empleos compatibles con la vida; tiempo para cuidar y ser cuidadas; educación y sanidad públicas de calidad, pensiones dignas, barrios habitables y transporte público; aire limpio, agua y un territorio que podamos entregar a quienes vengan después sin pedirles perdón por haberlo devastado. Necesitamos seguridad, sí, pero nada proporciona tanta como saber que perder el empleo no significa perder la casa, que enfermar no conlleva arruinarse o que nacer en una familia pobre no determina toda una vida. Todo eso tiene un nombre, bien común, y una expresión concreta: bienes comunes, aquello que todas necesitamos pero nadie puede garantizarse individualmente. Cosas demasiado importantes para dejarlas en manos del mercado.

Entramos, además, en una época temible de guerras, emergencia climática, machismo, desigualdades obscenas, desplazamientos forzados, discursos de odio y proyectos políticos que prometen seguridad a condición de señalar a alguien como amenaza. Se extiende una concepción brutal de la sociedad según la cual, para que unas personas vivan mejor, otras deben vivir peor, con vidas que cuentan y vidas que no, vidas protegidas y vidas expuestas, vidas cuya pérdida conmueve y otras que ni siquiera son consideradas «llorables».

Frente a esa lógica hay que defender algo aparentemente ingenuo y, por ello, profundamente político: este mundo podría ser de y para la gente. No porque imaginemos una sociedad sin conflictos ni porque baste con apelar a la bondad, sino porque buena parte del sufrimiento que aceptamos como inevitable está socialmente producido. La pobreza, el racismo, el machismo, la explotación laboral, la exclusión residencial o la destrucción de la naturaleza no son fenómenos meteorológicos; existen decisiones, instituciones y relaciones de poder que los producen, y lo construido socialmente puede ser transformado políticamente.

Y para eso está la política: para decidir qué tenemos en común, establecer límites al poder del dinero y distribuir recursos, oportunidades y responsabilidades. Para garantizar derechos, proteger a quien se encuentra en una posición más vulnerable y hacer posible que personas diferentes puedan compartir un mismo mundo. No me importa parecer ingenuo, me preocupa mucho más el cinismo de quien dice que nada puede cambiar, que todo el mundo actúa por interés propio y que lo sensato es proteger cada cual lo suyo. Pocas ideas resultan más útiles para quienes desean que las cosas sigan como están.

Pero tampoco podemos exigirlo todo a «la política», como si esta fuese algo que hacen otras personas. Somos la gente y eso también obliga. Obliga a preguntarnos qué estamos dispuestas y dispuestos a compartir; a qué privilegios renunciaríamos para que otras personas puedan ejercer sus derechos; cómo tratamos a quien llega de otro país; cómo cuidamos y qué estamos dispuestas a hacer por nuestro barrio, nuestra comunidad o nuestro planeta. Porque no hay bien común sin personas comuneras trabajando para construirlo.

Estas elecciones deberían servir no para preguntar a quienes se presentan qué piensan hacer por nosotras y nosotros, sino para preguntarnos qué estamos dispuestas y dispuestos a hacer en común. Votar, por supuesto, pero también organizarnos, cuidar, protestar, deliberar, asociarnos, escuchar a quien piensa diferente y hacernos responsables de aquello que compartimos.

Dentro de unas semanas nos pedirán la confianza y el voto; nos dirán quiénes son, aunque ya lo sabemos. Escuchemos. Pero antes convendría que nos presentemos: buenas, soy la gente. Necesito una casa, un empleo digno, tiempo para vivir, igualdad, cuidados cuando los necesite, una escuela y una sanidad que funcionen, un planeta habitable y una sociedad en la que nadie tenga que hundirse para que otras personas puedan mantenerse a flote. Sé que nada de esto será posible sin política. Pero también sé que nada de eso será posible sin mí.


Publicado en EL CORREO, 7 de octubre de 2026


La casa en el árbol

Kathleen Jamie
La casa en el árbol y otros poemas
Traducción de Antonio Rivero Taravillo
Tierra de Sueños, 2021

Durante años he recorrido monte y páramo
casi teniendo que buscar el camino
serpenteando hacia el país de las hadas
donde el herrero tenía una fragua

que ponía al rojo vivo los arrastrados eslabones
que me unían al pasado,
luego, con un martillazo tremendo
liberarme al fin.

Más vieja hoy, sé que ni bestia
ni yunque rompe esas cadenas
y que las sendas salvajes que creemos recorrer
tan solo nos traen aquí de nuevo.


La de Kathleen Jamie es una una forma de mirar el mundo que parece especialmente amenazada en nuestro tiempo: la de quien se detiene ante las cosas sin necesidad de apropiarse de ellas, explicarlas por completo o convertirlas en metáforas de sí mismo. Este libro nos permite aproximarnos a una de las voces más singulares de la literatura escocesa contemporánea a través de una selección de poemas procedentes de varios de sus libros, publicados entre 2004 y 2015.

La naturaleza ocupa un lugar central en su poesía. Sus pájaros, árboles, insectos, paisajes costeros y cielos cambiantes tienen una existencia propia, independiente de los sentimientos humanos, observado por la autora con una atención extraordinaria, consciente de que nuestra relación con el mundo natural está hecha tanto de proximidad como de extrañeza. Hay belleza en sus poemas, pero también fragilidad, descomposición y muerte. La vida aparece como una realidad compartida por innumerables seres, de los que apenas alcanzamos a conocer una pequeña parte.

Los paisajes que describe no son escenarios intactos, ajenos a la historia o a la intervención humana. En ellos se advierten las huellas del trabajo, de las formas de habitar el territorio y de las transformaciones que experimentan las comunidades. Esta dimensión resulta particularmente sugerente porque permite leer sus poemas desde una sensibilidad ecológica que reconoce nuestra pertenencia al mundo natural sin olvidar las responsabilidades que tenemos hacia él.

De nuestros jardines ha desaparecido el tordo,
ahora es gravilla; aves zancudas viran en lo alto
chillando ¿adónde? ¿adónde? y el pobre pato
se aturulla en la cuneta con sus alas recortadas.

-Supón que desesperados nos reuniéramos
con las manos vacías en el límite del pueblo y llamáramos
a cada pájaro por su nombre, ¿aún podríamos persuadir
a chochín, rascón, el diminuto reyezuelo

a permanecer dentro de nuestra conciencia en este mundo,
el único que hay? No existe el paraíso,
hemos humillado a las criaturas vivas [...].

La de Kathleen Jamie es una poesía contenida, de imágenes precisas y silencios significativos, que concede mucha importancia a lo que queda sin decir. La presencia de expresiones en lengua escocesa añade una profunda dimensión territorial y cultural a su escritura: "Daur we, ma jo, / dae lih thae selchs [...]". La lengua forma parte del paisaje que habita, de su memoria y de las relaciones sociales que lo han configurado. Leerla en traducción supone, inevitablemente, perder algunos de esos matices, aunque permanece la fuerza de su mirada.

En una cultura que nos acostumbra a considerar el mundo como un conjunto de recursos disponibles para nuestro uso, Kathleen Jamie nos invita a reconocer la existencia de otras vidas y otros ritmos, que prestar atención puede ser una forma de cuidado y que aquello que apenas percibimos también merece ser tenido en cuenta. Su poesía amplía nuestra percepción de lo que significa vivir en un mundo compartido. Al terminar sus poemas, los pájaros, los árboles, las piedras o la luz siguen siendo los mismos, pero nuestra disposición a mirarlos ha cambiado. Y ese desplazamiento de la mirada tiene mucho de regalo y descubrimiento.

domingo, 4 de octubre de 2026

La fría utilidad de las elecciones



Hay dos formas opuestas de equivocarse con las elecciones: tomárselas demasiado en serio, atribuyéndoles una capacidad casi taumatúrgica para transformar la sociedad, o no tomárselas suficientemente en serio, suponiendo que, puesto que no pueden alterar por sí solas las relaciones de poder, las desigualdades y los intereses que la estructuran, apenas importan. Entre el fetichismo electoral y el desprecio por las urnas existe una tercera posibilidad: considerarlas como lo que son, un instrumento político limitado pero capaz, en determinadas circunstancias, de producir consecuencias muy importantes.

Frédéric Lordon planteaba hace dos años esta cuestión con una crudeza saludable en un artículo significativamente titulado «Tragarse el sapo de las elecciones».  Su propuesta consiste en considerar el sufragio «con frialdad», como un instrumento cuya utilidad debe evaluarse en cada momento atendiendo a la situación concreta, para decidir si existen más ventajas que inconvenientes en utilizarlo. Nada de providencia, salvación o promesas de que todo estará bien al día siguiente, pero tampoco la comodidad de una perezosa pureza que permite desentenderse de las consecuencias de aquello que ocurra. Votar, cuando haya razones para hacerlo, no porque creamos demasiado en las elecciones, sino precisamente porque sabemos lo que pueden y lo que no pueden hacer.

La situación española no es la francesa que motivó la reflexión de Lordon, pero algunas de las preguntas que plantea resultan especialmente pertinentes ante el ciclo electoral que se abre en España: el desencanto de una parte de la izquierda con los límites de la acción gubernamental, la fragmentación del espacio situado a la izquierda del PSOE, el crecimiento de Vox y la posibilidad de que distintas combinaciones parlamentarias tengan consecuencias muy diferentes sobre políticas y derechos. Todo ello invita a desplazar por un momento las discusiones sobre siglas, liderazgos, coaliciones y candidaturas para formular una pregunta previa: ¿para qué sirven unas elecciones en una coyuntura determinada?

La respuesta parece obvia, pero no lo es. Las elecciones no sirven para expresar exhaustivamente quiénes somos (una papeleta no es una autobiografía política), tampoco para señalar cuál sería nuestra sociedad ideal ni para declarar nuestra adhesión incondicional a una organización, un programa o un liderazgo. Sirven, de manera mucho más modesta, para intervenir en una determinada correlación de fuerzas y contribuir a decidir quién dispondrá de capacidad institucional para gobernar, legislar, bloquear determinadas decisiones o favorecer otras. Y, paradójicamente, aunque su función es limitada, sus consecuencias pueden ser enormes.

Deberíamos distinguir, en este sentido, entre votar por identificación y votar por situación. Nos hemos acostumbrado a pensar el voto mediante la primera lógica: busco una candidatura que me represente, comparo sus posiciones con las mías y decido hasta qué punto puedo reconocerme en ella. Y es perfectamente razonable hacerlo así, pero los problemas comienzan cuando convertimos esa identificación en condición necesaria del voto, porque entonces exigimos a una papeleta algo que difícilmente puede proporcionarnos: que contenga nuestra identidad política completa, nuestras convicciones, nuestras aspiraciones e incluso nuestros afectos. Votar por situación significa hacerse otra pregunta, no «¿quién me representa perfectamente?», sino «¿qué consecuencias previsibles puede tener, en las circunstancias actuales, una determinada distribución de la representación política?». La diferencia no es menor y, si en el primer caso el centro de la decisión soy yo, mi identidad y mis intereses, en el segundo lo es la situación y sus posibles desarrollos. No desaparecen los principios ni las convicciones, pero dejan de funcionar exclusivamente como criterios de identificación para convertirse también en criterios con los que valorar consecuencias.

Aquí adquiere especial importancia la reflexión de Lordon sobre la necesidad de imaginar, cualidad de la que, a su juicio, carecen algunas de las corrientes que conforman la extrema izquierda (no solo en Francia). Con «imaginar» no se refiere a fantasear ni a alimentar escenarios apocalípticos, sino a desarrollar la capacidad de anticipar aquello que puede suceder, intentar colocar ante nuestros ojos las consecuencias plausibles de nuestras decisiones antes de que ocurran, en lugar de descubrirlas cuando ya se han producido y lamentar entonces que no hubiéramos sabido o querido preverlas: «Tenemos que hacer aparecer ante nuestros ojos todas esas imágenes, vívidamente representadas, para adentrarnos en el ejercicio frío, estratégico y utilitario de saber qué hacer con las próximas elecciones», escribe Lordon.

¿Quién paga el precio?

Y este ejercicio de imaginación, añado yo, no puede girar exclusivamente en torno a qué ocurrirá con nosotras, con nuestros proyectos políticos o con las organizaciones con las que nos sentimos más o menos identificadas, sino que debe llevarnos a preguntarnos qué puede ocurrirles a quienes tienen menos posibilidades de protegerse de esas consecuencias. Por eso, imaginar políticamente exige practicar el descentramiento. No basta con preguntarme qué estoy dispuesta a soportar -a tragar- sin afectar a la pureza de mis convicciones, sino qué consecuencias puede tener esa decisión para quienes carecen de los recursos económicos, culturales, relacionales o jurídicos de los que yo dispongo.

Porque tampoco en las izquierdas contemplamos las elecciones desde el mismo lugar. Hay personas para las que un cambio de mayoría parlamentaria puede significar una decepción política, la paralización de determinadas reformas o la llegada al gobierno de fuerzas que les resultan profundamente desagradables, pero hay otras para quienes determinadas decisiones posteriores van a afectar gravemente a sus condiciones materiales de existencia: a la posibilidad de pagar un alquiler, conservar una prestación, recibir atención sanitaria, acceder a determinados servicios sociales, regularizar su situación administrativa, mantener un empleo protegido por determinadas garantías, ejercer libremente su identidad sexual o de género, interrumpir un embarazo, encontrar protección frente a la violencia machista o confiar en que las instituciones no conviertan su origen, su pobreza o su diferencia en motivos añadidos de vulnerabilidad.

Este problema resulta particularmente agudo para una determinada izquierda social y culturalmente acomodada, ese mundo que alguna vez se ha descrito como «BoBo», burgués y bohemio, capaz de sostener teóricamente posiciones radicales precisamente porque dispone de suficientes recursos para amortiguar personalmente las consecuencias de su eventual fracaso, convirtiendo la propia seguridad en una variable invisible pero muy influyente de su razonamiento político. Puedo permitirme considerar insignificante una diferencia entre dos escenarios políticos cuando esa diferencia apenas alterará mi vida, pero quizá no pueda hacerlo con la misma ligereza si intento mirar esa diferencia desde la experiencia de quienes dependen mucho más intensamente que yo de una política pública, una prestación, una regulación laboral o una garantía jurídica. Aquí cobra especial sentido aquella advertencia de Terry Eagleton en Por qué Marx tenía razón contra cierto radicalismo que consigue permanecer «tan impoluto como impotente». Existe, en efecto, una forma de pureza política que obtiene buena parte de su atractivo de no tener que hacerse responsable de las consecuencias que su acción o su inacción tienen sobre otras personas.

Esto no significa que la vulnerabilidad deba utilizarse como argumento para clausurar cualquier discusión estratégica, justificar cualquier alianza o exigir el voto a una determinada opción, mucho menos que las personas vulneradas constituyan un sujeto homogéneo cuyos intereses puedan ser definidos paternalmente desde fuera. Significa algo más elemental y, al mismo tiempo, más exigente: que las consecuencias sobre quienes se encuentran en posiciones sociales de mayor fragilidad deben formar parte del cálculo político. Si queremos considerar el voto con la frialdad instrumental que propone Lordon, esa frialdad no puede confundirse con indiferencia moral, sino que exige ampliar el campo de aquello que incorporamos al cálculo. Votar por situación no consiste en preguntarme «¿qué escenario político prefiero?», sino, sobre todo, en imaginar quién pagará el precio de cada uno de los escenarios posibles.

Desde esta perspectiva, «tragarse el sapo» no se refiere únicamente al hecho de aceptar una opción que no nos entusiasma porque estratégicamente pueda resultar conveniente, sino a reconocer que tenemos una responsabilidad hacia quienes no pueden permitirse determinados experimentos políticos con la misma tranquilidad con la que podemos permitírnoslos quienes estamos relativamente a salvo. Puede que el sapo siga sabiendo igual de mal, que tengamos excelentes razones para detestarlo, pero antes de decidir que preferimos no tragárnoslo convendría preguntarnos quién sufrirá las consecuencias de nuestra exquisitez. Aplicado al próximo ciclo electoral español, este ejercicio debería ser extraordinariamente concreto y podríamos preguntarnos qué cambios producirán distintas mayorías parlamentarias en materias como vivienda, relaciones laborales, pensiones, fiscalidad, servicios públicos, inmigración, igualdad de género, derechos de las personas LGTBIQ+, transición ecológica, memoria democrática o libertades civiles.

Esta consideración no elimina los dilemas de la izquierda ni resuelve automáticamente qué hacer ante unas elecciones, pero modifica el punto de vista desde el que los afrontamos. Frente a una política concebida como expresión de nuestra identidad, introduce una ética de la responsabilidad; frente a la satisfacción de conservar intactas nuestras convicciones, obliga a considerar las consecuencias previsibles de nuestras decisiones; y frente a una imaginación política centrada en nosotras mismas, nos exige intentar mirar el día después desde el lugar de quienes llegarán a él con menos recursos para defenderse. Y así, tal vez la lectura instrumental de las elecciones pueda introducir una saludable dosis de frialdad en los debates de la izquierda. Porque si una candidatura es un instrumento, entonces no necesitamos enamorarnos de ella; del mismo modo, si una coalición es un instrumento, participar en ella no significa borrar la historia de las relaciones entre quienes la integran; y si votar es un instrumento, hacerlo por una determinada opción no supone absolverla de sus errores ni renunciar a criticarla al día siguiente. Una papeleta no es una absolución, una coalición no es una reconciliación y una candidatura común no tiene por qué convertirse en una comunidad afectiva: bastará con que sea efectiva.

El día después

Pero esta consideración instrumental debe aplicarse en las dos direcciones y la unidad electoral tampoco puede convertirse en un fetiche. Decir «hay que ir juntas» no resuelve la cuestión de para qué, con qué programa, mediante qué procedimientos, con qué relación entre las organizaciones y con qué vínculo con los movimientos sociales y la ciudadanía organizada. Si el argumento para la unidad consiste exclusivamente en que concurriendo por separado se obtienen menos escaños, podremos tener una razón electoral poderosa, pero todavía no tendremos un proyecto político. Tan equivocado sería sacrificar cualquier posibilidad de cooperación en nombre de la identidad propia como suponer que la suma aritmética de organizaciones produce automáticamente una alternativa política.

Por eso, la cuestión decisiva no es la unidad, sino el lugar que concedemos a la unidad. Necesitamos mucha más unidad en la definición de los bienes comunes que queremos proteger y ampliar, en la defensa de los servicios públicos, en la lucha contra la desigualdad, en la democratización de la economía, en el acceso a la vivienda, en la lucha contra la violencia machista, en la transición ecosocial, en la defensa de los derechos de las personas migradas y refugiadas, en la construcción de una sociedad capaz de ofrecer seguridad material sin convertir el miedo en exclusión. Necesitamos también espacios de cooperación social mucho más amplios que los que pueden ofrecer las organizaciones políticas. Y, a partir de ahí, habrá que determinar qué instrumentos electorales permiten trasladar mejor esa fuerza social al ámbito institucional.

Por eso resulta tan importante pensar en el día después, porque las elecciones pueden impedir algunas cosas y facilitar otras, modificar las relaciones de fuerza, abrir posibilidades o cerrarlas, proteger conquistas o hacerlas más vulnerables, pero ninguna victoria electoral elimina la necesidad de organización social, movilización, sindicalismo, asociaciones, movimientos, comunidades y espacios de deliberación capaces de sostener los cambios en el tiempo. Y ninguna derrota electoral debería significar la desaparición de esas capacidades.

Necesitamos aprender a votar sin fe, no porque las elecciones carezcan de importancia, sino porque tienen una importancia determinada y limitada, de modo que no debemos pedir a una papeleta que exprese todo lo que somos, convertir una coalición electoral en una comunidad de destino ni esperar de las urnas la transformación que solo puede producir una sociedad organizada. Pero tampoco podemos refugiarnos en una pureza que nos permita contemplar desde fuera las consecuencias de aquello que colectivamente decidamos o dejemos de decidir. Al contrario, afrontar las elecciones con frialdad significa tomarse muy en serio esas consecuencias, contemplar las alternativas existentes e imaginar qué puede ocurrir bajo unas u otras correlaciones de fuerzas, sabiendo que al día siguiente habrá que seguir haciendo política y, sobre todo, que no todas las personas llegaremos a ese día después en las mismas condiciones.

Por eso, de aquí a las próximas elecciones la pregunta decisiva no debería ser quién consigue representarnos mejor, ni siquiera qué opción se aproxima más a nuestras convicciones, sino quiénes quedarán más expuestas a las consecuencias de aquello que decidamos. Tragarse el sapo seguirá siendo desagradable, sin duda, pero antes de negarnos a hacerlo convendría mirar alrededor y preguntarnos quién puede acabar pagando el precio de que conservemos intacto el paladar.


Sasiburu, Tellitu y Arroletza






¡¡¡Cu-cu!!! 













Lo que para unas es mierda, para otras es vida. La importancia del lugar de enunciación.

Me encanta la forma en que las raíces se entrecruzan.

No sé la razón de este corte, pero espero que no sea una matarrasa.




sábado, 3 de octubre de 2026

El sheriff reticente

Chris Offutt
El sheriff reticente
Traducción de Javier Lucini
Sajalín, 2026

"La ley de los cerros era una carga, un peso terrible, como un collar de cuero para una mula de trabajo. Él se mantenía leal a un modo de conducta que era irrelevante, que quizá siempre lo había sido. A los cerros les daba igual y a él no le importaba demasiado. Quizá había llegado la hora de echar el freno".


Después de varias novelas de Chris Offutt, siguen atrapándome tanto sus historias como los lugares en las que estas transcurren. Por supuesto, están las tramas criminales, los asesinatos, las investigaciones y esa violencia que nunca se encuentra demasiado lejos de sus personajes; pero también están los cerros del este de Kentucky y las personas que los habitan. Leer a Offutt es volver allí.

El sheriff reticente nos devuelve una vez más a Mick Hardin, antiguo investigador criminal del ejército y definitivamente incapaz de encontrar el lugar en el que instalarse. Mientras su hermana Linda, sheriff del condado, se recupera de las heridas recibidas en acto de servicio, Mick debe sustituirla temporalmente a pesar de que no quiere ser sheriff, como tampoco parece querer demasiadas de las cosas que la vida termina imponiéndole. Su jubilación debía permitirle abandonar Kentucky, pero vuelve a encontrarse atrapado en Rocksalt, conduciendo el coche de su hermana, viviendo en la casa familiar y ocupando un puesto que nunca ha deseado. Esta condición de sheriff a su pesar resulta especialmente adecuada para Mick Hardin porque una de las cosas más interesantes del personaje es que nunca parece ocupar del todo el lugar en el que se encuentra. Ha pertenecido al ejército pero ya no pertenece a él, conoce perfectamente los cerros pero quiere abandonarlos, está divorciado pero sigue vinculado emocionalmente a Peggy, desea retirarse pero continúa investigando. Mick Hardin parece vivir permanentemente entre la marcha y el regreso.

Y, naturalmente, pronto aparece un cadáver. El propietario de un bar es asesinado a tiros y todas las sospechas recaen sobre un hombre que había discutido públicamente con él pocas horas antes. El problema para Hardin es que ese hombre es el actual marido de Peggy, su exmujer, y padre de sus criaturas. Cuando Peggy le pide ayuda porque está convencida de que Zack es inocente, la investigación policial se convierte inevitablemente en algo personal. La posterior aparición de otros cadáveres irá complicando un caso cuya aparente sencillez empieza pronto a desmoronarse. Y no conviene contar mucho más. 

Offutt escribe sobre una sociedad rural sin idealizarla, pero también sin contemplarla desde la superioridad de quien llega desde fuera. Sus personajes pueden ser violentos, desconfiados, excéntricos o testarudos, pero poseen conocimientos, códigos y formas de interpretar el mundo que resultan perfectamente racionales dentro del medio en el que viven. Lo verdaderamente atractivo es la manera en que la investigación permite entrar en una comunidad donde todo el mundo parece conocerse y donde las relaciones familiares, las enemistades, las lealtades, las deudas y los recuerdos forman una red tan intrincada como los propios caminos de los cerros, que son una presencia permanente. Naturaleza y comunidad forman un mismo paisaje moral, un mundo duro, donde la violencia forma parte de la memoria familiar y colectiva, pero donde siguen existiendo obligaciones de ayuda y reciprocidad que ninguna institución ha creado y que ninguna ley escrita termina de explicar.

El sheriff reticente introduce, sin embargo, una novedad respecto de anteriores entregas ya que una parte de la novela se desarrolla a miles de kilómetros, en Córcega. Allí se encuentra Johnny Boy Tolliver, antiguo ayudante de Linda, enviado por Mick después de la experiencia traumática sufrida en la novela anterior. Acogido por Sebastian, un misterioso conocido de Mick, Johnny Boy intenta recuperarse trabajando, aprendiendo francés y acostumbrándose a un mundo que inicialmente le resulta completamente extraño. Tampoco diré más.

Más allá de cada investigación concreta, las novelas de Mick Hardin hablan del regreso, de la dificultad de abandonar el lugar del que procedemos y de la no menor dificultad de volver a pertenecer a él después de habernos marchado. En esta cuarta entrega quizá la trama criminal resulte algo más dispersa que en las anteriores, pero incluso cuando la trama se desborda permanece intacto eso que hace especial la literatura de Offutt, su escritura seca y precisa, el oído para los diálogos, el humor que aparece en los momentos menos esperados, la capacidad para caracterizar a alguien mediante dos o tres gestos y, sobre todo, esa extraordinaria comprensión del vínculo entre las personas y los lugares que habitan.

¿Están vivos los ríos?

Robert Macfarlane
¿Están vivos los ríos?
Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera
Penguin Random House, 2026

“Y ahí, en ese momento, en esta extraña agua brillante, veo clarísimo que decir que los ríos están vivos no es una afirmación antropomórfica. Un río no es una persona humana, ni viceversa. Nos separamos el uno del otro de formas diferentes. Decir que un río está vivo no es personificarlo, sino ensanchar y hacer más profunda la categoría «vida», y al hacerlo así… ¿cómo lo expreso George Eliot? «Aumenta el alcance que uno se imagina de sí mismo»”.


Si el objetivo de este libro fuera responder a la pregunta que le da título, su contenido sería muy breve pues, desde el inicio, la respuesta del autor es inequívoca: sí. Pero las casi cuatrocientas páginas que siguen sirven para mostrar hasta qué punto ese monosílabo obliga a revisar muchas de las categorías con las que las sociedades modernas han aprendido a relacionarse con la naturaleza. Porque preguntarse si un río está vivo no significa solamente discutir qué entendemos por vida, significa preguntarse qué es un río, qué somos quienes habitamos el mundo respecto de él y, sobre todo, qué consecuencias deberían derivarse de reconocerlo no como una cosa que poseemos o utilizamos, sino como una realidad que existe por sí misma y de la que, además, dependemos.

Macfarlane lleva años escribiendo sobre nuestra relación con el mundo natural. En Las montañas de la mente, Las viejas sendas, Bajotierra o Los hechizos perdidos ha explorado montañas, caminos y mundos subterráneos, pero también las palabras, historias y formas de imaginación mediante las cuales hacemos inteligibles esos espacios. En ¿Están vivos los ríos? no se limita a preguntarse cómo miramos la naturaleza, sino que cuestiona la posición desde la que la miramos, construida desde la separación aparentemente evidente entre un sujeto humano que observa y un mundo natural convertido en objeto de conocimiento, apropiación y uso.

El libro discurre, apropiadamente, como un río y sus principales corrientes son tres grandes viajes. Macfarlane se adentra primero en el bosque nuboso de Los Cedros, en Ecuador, amenazado por la minería pese a la constitucionalización en 2008 de los derechos de la naturaleza; se desplaza después hasta Chennai, en el sur de India, donde ríos, arroyos y humedales han sufrido las consecuencias devastadoras de la contaminación, la urbanización y la industrialización; y finalmente recorre en canoa el Mutehekau Shipu, en Quebec, amenazado por proyectos hidroeléctricos y reconocido como persona jurídica en 2021. Entre estos grandes recorridos reaparece otro río mucho más pequeño, el arroyo próximo a su casa, en Inglaterra, que introduce en el relato una dimensión íntima y familiar.

Esta combinación de miradas convierte a ¿Están vivos los ríos?, simultáneamente, en libro de viajes, ensayo ecológico, investigación política, reflexión filosófica y escritura autobiográfica. Macfarlane no construye una teoría sobre los ríos desde la distancia sino que camina por los territorios que atraviesan, se introduce en ellos, navega por sus aguas, habla con quienes viven a su lado y escucha a quienes luchan por defenderlos. Su pensamiento nace del encuentro con lugares concretos y con personas concretas: integrantes de comunidades indígenas, representantes del mundo científico y jurídico, activistas y artistas. El conocimiento que propone es, en ese sentido, un conocimiento situado y profundamente corporal.

Pero el verdadero protagonista nunca deja de ser el río, transformado gracias al intento de Macfarlane de modificar nuestra mirada modificando nuestro lenguaje. De este modo, un río deja de ser únicamente una determinada cantidad de agua que discurre por un cauce para convertirse en un ser que nace, crece, se transforma, alimenta y es alimentado, modifica aquello que encuentra a su paso, alberga innumerables formas de vida y puede también enfermar y morir. Lo que denominamos "río" es, en realidad, una trama extraordinariamente compleja de relaciones entre agua, roca, peces, microorganismos, plantas, animales, sedimentos, lluvias y comunidades humanas.

Por eso la pregunta del título acaba revelándose mucho menos ingenua de lo que parecía. Nuestra cultura jurídica y económica ha desarrollado una sorprendente facilidad para reconocer personalidad a entidades abstractas como sociedades mercantiles, fundaciones o corporaciones, mientras considera los ríos fundamentalmente como recursos de los que podemos extraer agua, energía y minerales, represarlos, desviarlos, contaminarlos o transformar sus riberas. La naturaleza aparece así como un inmenso depósito de "cosas" plenamente disponibles para las necesidades y los intereses humanos.

Frente a esta concepción se ha ido desarrollando durante las últimas décadas el movimiento por los Derechos de la Naturaleza, que constituye una de las grandes corrientes que atraviesan el libro. Ecuador incorporó los derechos de la naturaleza a su Constitución en 2008, el Whanganui, en Nueva Zelanda, obtuvo reconocimiento jurídico en 2017, y experiencias semejantes se han extendido posteriormente por distintos lugares del mundo. Macfarlane no presenta estos procesos como una simple innovación técnica del derecho ambiental; para él, lo que está en juego es algo mucho más profundo, pasar de proteger la naturaleza porque resulta útil para las sociedades humanas a reconocer que determinados ecosistemas poseen un valor y unos intereses propios.

Es aquí donde la lectura de Macfarlane adquiere una resonancia especialmente cercana. Mientras leía el libro pensaba en la iniciativa Urdaibai Bada Nor, que propone reconocer a la marisma de Urdaibai como persona jurídica y titular de derechos. La iniciativa pretende impulsar una Iniciativa Legislativa Popular que reconozca expresamente derechos como existir como ecosistema, conservar su integridad ecológica, ser protegido frente a actividades que lo pongan en riesgo, recibir una conservación activa y ser restaurado integralmente cuando resulte dañado. La coincidencia con el universo de Macfarlane resulta particularmente sugerente porque Urdaibai obliga además a ensanchar la pregunta del libro y plantear: ¿está viva una marisma? ¿dónde empieza y dónde termina? La marisma permite comprender algo que atraviesa todo el ensayo, que un ecosistema no es una colección de objetos naturales independientes, sino una comunidad de relaciones. En Urdaibai, el río Oka, las mareas, los sedimentos, los carrizales, las aves migratorias, los encinares, la costa y las poblaciones humanas forman un sistema imposible de comprender adecuadamente si se fragmenta en unidades aisladas.

Reconocer personalidad jurídica a Urdaibai no significa, por supuesto, imaginar ingenuamente que una marisma pueda acudir a los tribunales o expresar por sí misma su voluntad, pero sí crear mecanismos humanos mediante los cuales sus intereses puedan ser representados jurídicamente. Y, sobre todo, supone introducir una modificación decisiva en la pregunta que precede a nuestras actuaciones para, en lugar de preguntarnos únicamente qué podemos hacer con Urdaibai, preguntarnos qué debemos hacer para Urdaibai y qué obligaciones nacen de nuestra pertenencia a esa comunidad ecológica.

Macfarlane no esquiva la extrañeza que provoca hablar de "derechos" de los ríos ni la paradoja de intentar proteger mediante una categoría jurídica humana aquello cuya alteridad precisamente queremos reconocer. Él mismo se pregunta si los Derechos de la Naturaleza pueden convertirse en un sueño excesivamente encantado y reconoce lo difícil que resulta, para quienes hemos sido educadas y educados dentro del racionalismo occidental, imaginar que un río esté vivo en un sentido que exceda la suma de los organismos que contiene.

Esa dificultad, sin embargo, es lo más interesante. Tal vez no sea imprescindible resolver ontológicamente si un río "está vivo" para comprender la transformación moral que produce comportarnos como si su existencia importara por sí misma. Un río no necesita parecerse a una persona para merecer protección, y quizá exista siempre alguna violencia conceptual en traducir la complejidad de un ecosistema al lenguaje humano de la personalidad y los derechos, pero también es cierto que el derecho está lleno de ficciones que utilizamos para hacer visibles determinadas realidades y atribuirles consecuencias. La pregunta relevante es, entonces, si esta nueva ficción jurídica puede ayudarnos a corregir otra ficción mucho más antigua y destructiva: la idea de que la naturaleza es una "cosa" exterior a nuestra existencia y puesta a nuestra entera disposición.

Ahí reside, en último término, la fuerza de este ensayo. Macfarlane no pretende simplemente convencernos de una tesis, intenta modificar nuestra imaginación. Porque antes de cambiar las leyes quizá tengamos que cambiar las palabras, las metáforas y las historias mediante las cuales decidimos qué merece consideración y qué puede ser utilizado sin límite. Y así,  después de leer este libro debería resultar más difícil contemplar un río como antes.  Porque un río está vivo cuando deja de aparecer ante nuestros ojos como paisaje, recurso o decorado y empezamos a percibirlo como una presencia con la que compartimos mundo. Desde esa perspectiva, reconocer derechos a un río, a una marisma o a un ecosistema como Urdaibai deja de parecer una extravagancia jurídica y se convierte en una pregunta política extraordinariamente concreta: ¿qué cambiaría en nuestra manera de habitar un territorio si aceptáramos que no todo lo que hay en él existe para nosotros y nosotras?

PS: Una nota para la editorial, por si hay nuevas ediciones del libro: "el escritor escocés Nan Sepherd" al que se hace referencia en la página 29 es, en realidad, una escritora, la autora del maravilloso libro La montaña viva. Que conste.