sábado, 22 de agosto de 2026

Autobiografía

Arthur Koestler
Autobiografía: 1/ Flecha en el azul. 2/ El camino hacia Marx. 3/ Euforia y Utopía. 4/ El destierro. 5/ La escritura invisible
Traducción de J.R. Wilcock 
Emecé Editores / Alianza Editorial, 1973-1974

"Aquí termina el caso históricamente típico de un miembro de la clase media culta europea, nacido en los primeros años del siglo.
[...]
Para un escritor, para un artista, un político, un maestro, que tuviera un mínimo de integridad, era perfectamente normal el tener que escapar de la persecución de Hitler o la de Stalin, o las de ambos a la vez, el verse desterrado y conocer prisiones y campos de concentración. En modo alguno era signo de anormalidad, en ellos, en los años que siguieron a 1930, considerar el fascismo como la amenaza principal y verse atraídos, en distintos grados, por el gran experimento social que tenía del electorado de Francia e Italia, y con un porcentaje aún mucho más elevado entre los intelectuales, considera normal votar por el Partido Comunista. [...]
La conciencia de que estos primeros treinta y cinco años de mi vida eran un ejemplo típico de nuestro tiempo, y el anhelo del cronista de conservar ese ejemplo, fueron las razones principales que me determinaron a escribir estas memorias".


Hay autobiografías cuyo interés principal reside en la personalidad de quien las escribe y otras que acaban convirtiéndose en el retrato de una época. La de Arthur Koestler pertenece a ambas categorías. Su vida parece haber sido diseñada para atravesar algunos de los grandes entusiasmos, conflictos y catástrofes de la primera mitad del siglo XX. Nacido en Budapest en 1905, cuando todavía existía el Imperio austrohúngaro, vivió su desaparición después de la Primera Guerra Mundial; conoció la Viena convulsa de entreguerras; participó en la construcción del proyecto sionista en Palestina; contempló desde Berlín el hundimiento de la República de Weimar y el ascenso del nazismo; recorrió la Unión Soviética durante el estalinismo; participó en las redes antifascistas del Komintern; fue testigo y víctima de la Guerra Civil española; conoció desde dentro las consecuencias de las purgas estalinistas sobre el movimiento comunista europeo; padeció el internamiento en Francia al comienzo de la Segunda Guerra Mundial y asistió al derrumbe francés de 1940. Pocas vidas permiten recorrer de manera tan directa la historia europea de la primera mitad del siglo.

Lo verdaderamente interesante es que Koestler no se limita a contar dónde estuvo o a quién conoció, sino que intenta comprender por qué creyó lo que creyó y cómo fue posible que determinadas ideas llegaran a apoderarse casi completamente de su conciencia, de una vida que siempre había sido "una fantástica persecución en pos de la flecha en el azul, de la causa perfecta, de la imagen de una utopía de ensueño". De ahí que sus memorias sean al mismo tiempo un relato de aventuras, un documento histórico y una especie de autopsia de las grandes pasiones ideológicas del siglo XX.

La autobiografía fue publicada originalmente en dos grandes volúmenes, Arrow in the Blue (1952), que llega hasta su ingreso en el Partido Comunista en 1931, y The Invisible Writing (1954), que continúa el relato hasta 1940. La edición castellana la distribuyó en cinco tomos: Flecha en el azul, El camino hacia Marx, Euforia y utopía, El destierro y La escritura invisible. Esa división resulta particularmente afortunada porque permite distinguir cinco momentos de una trayectoria que podría describirse como una sucesión de pertenencias, entusiasmos, experiencias y rupturas.

Flecha en el azul es, sobre todo, el libro de la formación. Koestler reconstruye su infancia en Budapest, la experiencia de la Primera Guerra Mundial y el hundimiento del universo austrohúngaro en el que había nacido, así como su juventud en la Viena de posguerra. El antisemitismo, la crisis de identidad de la población judía centroeuropea y el atractivo que ejerce sobre él el sionismo lo llevan  a abandonar sus estudios y marcharse a Palestina en 1926, donde entra en contacto directo con uno de los grandes movimientos políticos que transformarían el siglo XX. No contempla el sionismo desde fuera: trabaja, pasa hambre, vive durante un tiempo en un kibutz y se introduce en los ambientes políticos y periodísticos del Yishuv (literalmente "asentamiento" o "comunidad"), término utilizado para designar a la comunidad judía que vivía en Palestina durante el Mandato británico (1920-1948). Koestler descubre muy pronto la distancia que puede existir entre una causa contemplada desde lejos y su realidad concreta. Aparece ya aquí una característica que se repetirá durante toda su vida: es capaz de entregarse apasionadamente a una idea y, al mismo tiempo, conservar una mirada que acabará descubriendo sus contradicciones: "desilusionado por el estrecho chauvinismo y el limitado horizonte de los colonos sionistas [...] ya no creía que ese pequeño y amargo país constituyera una promesa mesiánica, un ejemplo en el que pudiera inspirarse la humanidad en general".

El camino hacia Marx acelera considerablemente el relato cuando Koestler se convierte en periodista profesional y empieza a transformarse en intelectual político. Oriente Próximo, París y sobre todo Berlín forman el escenario de una Europa que se precipita hacia la catástrofe. Trabajando para el poderoso grupo editorial Ullstein, Koestler conoce desde dentro el periodismo de masas de la República de Weimar y participa incluso como corresponsal en el espectacular vuelo polar del Graf Zeppelin de 1931. Pero bajo esa sucesión casi novelesca de episodios va creciendo algo más importante: la sensación de que el mundo liberal y capitalista está condenado. Koestler presencia la Gran Depresión, el desempleo masivo, la radicalización de la política alemana y el irresistible crecimiento del nazismo. El comunismo aparece como la única fuerza que parece disponer simultáneamente de una explicación de la crisis y de una organización capaz de combatir el fascismo y el 31 de diciembre de 1931 ingresa clandestinamente en el Partido Comunista alemán.

Euforia y utopía permite observar desde dentro la intensidad de aquella conversión. En 1932 Koestler viaja a la Unión Soviética para escribir sobre los logros del Primer Plan Quinquenal. Recorre Ucrania, el Cáucaso y Asia Central, llegando hasta Turkmenistán, en un momento en el que la colectivización forzosa, la industrialización acelerada y la represión estalinista están transformando violentamente la sociedad soviética. Lo que Koestler encuentra contradice repetidamente aquello que esperaba encontrar: escasez, hambre, burocracia, miedo y propaganda. Y, sin embargo, no abandona inmediatamente la "fe comunista", mostrando desde dentro los mecanismos mediante los cuales una ideología consigue neutralizar la evidencia que la contradice. El creyente no necesariamente niega lo que ve: puede reinterpretarlo como una dificultad transitoria, justificarlo como el precio inevitable de la transformación revolucionaria o subordinarlo a una verdad histórica superior. 
Tras la llegada de Hitler al poder en 1933, París se convierte en uno de los grandes centros del exilio antifascista europeo. Allí aparece una figura fundamental en la vida de Koestler: Willi Münzenberg, el extraordinario organizador de la propaganda internacional del Komintern. Bajo su dirección participa en campañas antifascistas y entra en un mundo donde política, periodismo, espionaje, literatura y propaganda resultan difícilmente separables. A través de estas redes se cruza con figuras como Bertolt Brecht, el compositor Hanns Eisler o el escritor comunista Johannes R. Becher.

El destierro introduce un tono progresivamente más oscuro, a medida que la utopía empieza a resquebrajarse y Europa se precipita hacia la violencia. Las purgas de Stalin y los procesos de Moscú hacen cada vez más difícil conciliar la fidelidad al comunismo con la evidencia de la represión. La historia deja además de ser para Koestler algo que se contempla desde una redacción o una reunión política. En España llegará literalmente a jugarse la vida. La Guerra Civil española ocupa por ello un lugar excepcional en las memorias. Koestler entra inicialmente en la zona franquista utilizando sus credenciales periodísticas y consigue documentar la presencia de fuerzas alemanas e italianas en apoyo de los sublevados, precisamente cuando Berlín y Roma trataban de mantener formalmente la ficción de la no intervención. Regresa después a la España republicana y, en 1937, se encuentra en Málaga cuando las tropas franquistas e italianas toman la ciudad. Su relato permite contemplar desde dentro el desconcierto, la desorganización y la derrota republicana. Es detenido el 9 de febrero de 1937, pasa por la prisión de Málaga y es trasladado después a Sevilla, donde permanece durante tres meses bajo la amenaza de ser ejecutado. Koestler escucha desde su celda cómo otros prisioneros son sacados durante la noche y vive esperando que llegue su turno, de manera que la política deja de ser una abstracción sobre clases, Estados o procesos históricos para adquirir el rostro irreductible de cada ser humano enfrentado a la muerte.

También la España en guerra multiplica sus encuentros. Conoce al zoólogo británico Peter Chalmers-Mitchell, en cuya casa de Málaga será detenido; coincide con periodistas y corresponsales internacionales y llega a encontrarse con W. H. Auden en Valencia. Su experiencia española forma así parte de aquella extraordinaria concentración de intelectuales -Orwell, Simone Weil, Hemingway, Malraux, Bernanos- para quienes la guerra española se convirtió en el gran laboratorio político y moral de los años treinta, aunque cada cual la viviera desde posiciones muy diferentes.

La escritura invisible, último volumen de la edición castellana, es también el más reflexivo. El abandono definitivo del Partido Comunista se produce en 1938, en el contexto de las purgas, los procesos de Moscú y la creciente imposibilidad de justificar el estalinismo. Pero Koestler no pierde simplemente una afiliación política, pierde una fe secular, y comprender cómo alguien puede sacrificar su juicio moral a una supuesta necesidad histórica se convertirá desde entonces en una de sus grandes obsesiones y desembocará poco después en la que, para mí, es su mejor obra y un libro de lectura imprescindible: El cero y el infinito.

La historia, entretanto, vuelve a alcanzarlo. Tras el pacto germano-soviético de agosto de 1939 y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Francia considera sospechosos a numerosos extranjeros y Koestler es internado en el campo de Le Vernet. Liberado posteriormente, vive el derrumbe francés de 1940 y la caída de París ante el ejército alemán. El antiguo refugiado del nazismo vuelve a convertirse en fugitivo. Durante su huida se cruza con otro exiliado excepcional, Walter Benjamin, que le proporciona una parte de las pastillas de morfina que llevaba consigo para suicidarse si caía en manos de la Gestapo. Benjamin utilizará las suyas en Portbou y morirá; Koestler llegará también a ingerir las suyas al creer cerrada su posibilidad de escapar, pero sobrevivirá.

Finalmente consigue llegar a Gran Bretaña, donde se abre otro mundo intelectual que las memorias apenas empiezan a anunciar: el de George Orwell, que se convertirá en amigo suyo, Cyril Connolly y numerosos escritores e intelectuales británicos y exiliados. Koestler había conocido además a Thomas Mann, y su trayectoria posterior multiplicaría todavía más estos encuentros. Esos nombres permiten comprender hasta qué punto Koestler estuvo situado en algunos de los principales nudos de la cultura política europea de su tiempo. De ahí que la autobiografía pueda leerse como una extraordinaria geografía del siglo XX. Budapest representa el mundo desaparecido de los imperios centroeuropeos; Viena, la crisis de la posguerra; Palestina, el nacimiento del proyecto sionista; Berlín, Weimar y el ascenso del nazismo; Moscú y Asia Central, la utopía soviética transformándose en estalinismo; París, el antifascismo y el exilio; Málaga y Sevilla, la Guerra Civil española; Le Vernet y la Francia de 1940, el hundimiento de Europa ante Hitler; Londres, finalmente, la resistencia y el lugar desde el que Koestler comenzará a reconstruir intelectualmente todo lo vivido.

Esta acumulación de experiencias explica que sus memorias puedan ser leídas como una reflexión encarnada sobre la relación entre experiencia, creencia y responsabilidad, sobre nuestra capacidad para no ver aquello que tenemos delante cuando verlo pondría en peligro el sistema de creencias que organiza nuestra vida. La pregunta que atraviesa El cero y el infinito  -cómo puede una persona inteligente y moralmente comprometida terminar sometiendo su conciencia individual a una supuesta necesidad histórica- es exactamente la pregunta que Koestler se formula sobre sí mismo en su autobiografía. Su crítica del totalitarismo no nace únicamente de una elaboración teórica sino que nace de haber experimentado sucesivamente la seducción de una doctrina, la disciplina de partido, la propaganda, la justificación de lo injustificable y, finalmente, el terror.

Koestler hace un esfuerzo considerable por reconocer sus errores políticos y reconstruir sin demasiada indulgencia las sucesivas cegueras de su juventud. Pero esa extraordinaria capacidad de introspección convive con un egocentrismo evidente y con comportamientos en sus relaciones con las mujeres que hoy resultan aborrecibles. La distancia entre la lucidez con la que analiza las relaciones de dominación política y su mucha menor capacidad para reconocer determinadas relaciones de poder en su propia vida constituye también parte de la experiencia de leerlo, aunque no la más satisfactoria. Él mismo recoge el que denomina "veredicto condenatorio (aunque correcto) de Orwell: «La falla de la coraza de Koestler es su hedonismo»". Tras lo que el autor reconoce sus contradicciones: "Las contradicciones entre sensibilidad y endurecimiento, egomanía y autosacrificio, que aparecen en cada capítulo de este libro, nunca convendrían a un personaje verosímil de una novela; pero como esto no es una novela, la figura del autor tiene que aparecer como realmente fue".

Leídos consecutivamente, los cinco volúmenes adquieren la forma de una larga educación en la desconfianza hacia las certezas absolutas. Flecha en el azul cuenta la búsqueda de una identidad; El camino hacia Marx, la búsqueda de una explicación total; Euforia y utopía, la experiencia de la fe ideológica; El destierro, su progresiva fractura en medio del fascismo y de la Guerra Civil española; y La escritura invisible, el aprendizaje que queda después del derrumbe, mientras Europa misma se derrumba alrededor de su autor. Por eso estas memorias resulten hoy tan fascinantes. Koestler no fue simplemente contemporáneo de la historia: tuvo la extraña fortuna, y la terrible desgracia, de encontrarse una y otra vez allí donde la historia estaba sucediendo. El resultado es el testimonio de una generación de intelectuales europeos que buscó desesperadamente una respuesta a la crisis de su mundo, creyó encontrarla en sistemas políticos que prometían explicarlo todo y tuvo que aprender que ninguna filosofía de la Historia justifica sacrificar a las personas concretas en nombre de quienes todavía no existen. En ese sentido, el verdadero protagonista de estas memorias no es tanto Koestler como un siglo XX atravesando la vida de alguien que, después de haber creído apasionadamente en algunas de sus grandes promesas, dedicó buena parte de su obra a comprender cómo había podido creer en ellas.

La Autobiografía se cierra con una anécdota que se eleva al nivel de categoría. Koestler cuenta que, viviendo ya en Londres, le enviaron un cartel del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) cuyo texto decía:

"1933. En aquellos años ardían hogueras en las ciudades de Alemania. Por orden de Goebbels se arrojaron a las llamas millones de libros.
1952. En estos días nuevas hogueras arden en las ciudades alemanas de la zona soviética; otra vez las llamas destruyen nueve millones de libros".

Bajo la primera frase aparecía una caricatura de Goebbles arrojando un libro a la hoguera mientras Hitler lo contempla. Bajo la segunda Wilhelm Pieck, presidente de la RDA, arroja otro libro al fuego mientras Stalin observa. Ambos libros llevan el nombre de "Köstler" -con esa grafía- en la cubierta. Ante lo cual, Koestler concluye: "que le quemen a uno sus obras dos veces en vida es, después de todo, una rara distinción". Una distinción, en todo caso, muy trabajada.

Fuente: https://library.fes.de/pdf-files/bibliothek/02875.pdf 


jueves, 20 de agosto de 2026

A la sombra del hombre

Jane Goodall
A la sombra del hombre
Traducción de Carmen Criado
Alianza Editorial, 2023

"Sin duda el hombre eclipsa al chimpancé. Y, sin embargo, éste es una criatura de inmensa importancia para la comprensión del ser humano. De la misma forma que nuestra sombra se proyecta sobre el chimpancé, la de este se proyecta sobre los demás animales. Es capaz de resolver problemas muy complejos, puede usar y construir herramientas con fines muy diferentes, su estructura social y sus métodos de comunicación son refinados, e incluso muestra los rudimentos de una conciencia del yo. ¿Quién puede saber qué será el chimpancé dentro de cuarenta millones de años? Debería ser una preocupación para todos nosotros permitir que continúe viviendo y darle al menos la oportunidad de evolucionar".


Publicado por Jane Goodall en 1971, este libro, además de contar una historia fascinante, ha modificado nuestra manera de pensar el lugar que ocupamos los seres humanos en el mundo vivo. Es el relato de los primeros años de investigación de Jane Goodall con los chimpancés de Gombe, en Tanzania, pero es también una reflexión sobre qué significa observar a otros seres vivos y qué ocurre cuando esa observación empieza a desdibujar las fronteras que habíamos trazado entre "ellos" y "nosotros". Fue el primer libro de la investigadora sobre sus investigaciones en Gombe y combina memoria personal, relato de aventuras y divulgación científica.


Jane Goodall llegó a Gombe en 1960, con apenas veintiséis años y sin la formación académica que cabía esperar de quien iba a protagonizar una revolución en la primatología. Pero su mentor, Louis Leakey, había visto una ventaja en esa falta de formación convencional: buscaba una persona capaz de observar sin que las teorías dominantes determinaran de antemano aquello que podía encontrar. Los comienzos fueron frustrantes: los chimpancés huían de ella y durante semanas apenas pudo observarlos a distancia. Hasta que un macho adulto, al que llamó David Greybeard (David Barbagris), comenzó a tolerar su presencia:

"Me pareció increíble cuando, cerca de las diez de la mañana, David Greybeard pasó tranquilamente por delante de mi tienda y trepó a la palmera. Me asomé y pude escuchar sus gruñidos de placer al extraer el primer fruto, de color rojo, de su dura envoltura. Una hora después bajó del árbol, se detuvo para mirar, deliberadamente, al interior de la tienda y desapareció. Después de aquellos primeros meses de desesperación en que los chimpancés huían al verme a quinientos metros de distancia, me encontraba ahora frente a uno que parecía sentirse en nuestro campamento como en su propia casa".

Gracias a esto pudo acercarse progresivamente al grupo y contemplar algo que alteraría profundamente la comprensión científica de nuestra especie: chimpancés utilizando tallos para extraer termitas y modificándolos, quitándoles las hojas, para convertirlos en instrumentos más eficaces. La fabricación de herramientas dejaba así de ser una capacidad exclusivamente humana.

Seguramente lo más revolucionario de la investigación de Jane Goodall no sea ningún descubrimiento aislado, sino la manera de mirar que convierte en método. Frente a una ciencia que tendía a numerar a los animales para evitar cualquier tentación de antropomorfismo, ella les puso nombres: David Greybeard, Goliath, Mike, Flo, Fifi, Flint… Y los nombres importan porque expresan una convicción fundamental: no estaba observando ejemplares intercambiables de una especie, sino individuos con personalidades, historias y relaciones diferentes. La literatura científica de la época recibió con recelo esta práctica, precisamente porque parecía introducir una proximidad emocional incompatible con la objetividad científica. Jane Goodall no llegó a Gombe con un gran aparato experimental destinado a confirmar una hipótesis previamente formulada. Su conocimiento nace de una relación prolongada con un lugar y con los seres que lo habitan: camina, espera, mira, toma notas, vuelve a mirar. Una práctica científica basada en la paciencia y en la disponibilidad ante lo inesperado. Observar bien significa aceptar que la realidad pueda desmentir nuestras categorías.

Leído hoy, sorprende hasta qué punto aquella supuesta debilidad metodológica constituye una de las mayores fortalezas del libro. Jane Goodall observa durante mucho tiempo, compara comportamientos y reconstruye biografías. Descubre así que hay chimpancés audaces y tímidos, dominantes y subordinados, pacientes e irritables; madres extraordinariamente cuidadosas y otras mucho menos atentas; individuos capaces de establecer vínculos intensos y duraderos. Especialmente hermosas son las páginas dedicadas a Flo y su descendencia, que nos permiten seguir cómo las formas de cuidado materno influyen en el desarrollo posterior de las crías. La autora muestra también hasta qué punto la pérdida de la madre puede provocar alteraciones emocionales y físicas devastadoras.


Los chimpancés fabrican y utilizan herramientas, cazan, cooperan, compiten por la posición social, establecen alianzas, cuidan, juegan, abrazan, besan y consuelan. Buena parte de su comunicación gestual presenta sorprendentes semejanzas con la humana, semejanzas que Jane Goodall relaciona con nuestra ascendencia evolutiva común. Cada uno de estos comportamientos erosiona un poco más la frontera nítida con la que tradicionalmente hemos querido separar a la humanidad del resto de los animales.


Todo ello sin idealizar a los chimpancés. La cercanía evolutiva no significa inocencia natural y Jane Goodall documenta la rivalidad, la dominación, la agresión, la caza y la violencia, junto al afecto, el juego, la cooperación o el cuidado. Lo que descubrimos en Gombe es que muchas de las capacidades que solemos considerar específicamente humanas tienen raíces evolutivas mucho más antiguas. Los chimpancés no son seres humanos incompletos, sino otra especie cuya proximidad nos obliga a reconsiderar qué tenemos realmente de excepcional.

Más de medio siglo después de su publicación, algunas de sus conclusiones han sido ampliadas, matizadas o corregidas por décadas de investigación primatológica, pero el gesto intelectual y moral que contiene el libro permanece intacto: mirar a otros animales sin reducirlos de antemano a aquello que creemos saber sobre ellos. Después de leerlo resulta más difícil pensar que somos el centro de la vida y un poco más fácil reconocernos como una rama, extraordinaria sin duda, pero una rama al fin y al cabo, de una historia evolutiva mucho más antigua que nosotras y nosotros.

miércoles, 19 de agosto de 2026

Los diablos

Joe Abercrombie
Los diablos
Traducción de Manu Viciano
Alianza Editorial, 2025

    "-Se ha consultado a los oráculos del Coro Celestial y no dejan lugar a dudas. Vivimos en un mundo sumido en la tiniebla, un mundo en el que nuestra Iglesia es el único punto de luz. La única esperanza de la humanidad. ¿Permitiremos las personas justas que esa luz se extinga?
     Esa pregunta sí que era fácil.
     -Jamás, eminencia -dijo el hermano Díaz, haciendo vigorosas negativas con la cabeza,
     -Y en esa batalla de lo que solo cabe describir como el bien contra lo que solo cabe describir como el mal, la derrota es inconcebible.
     -Jamás, eminencia -dijo el hermano Díaz, haciendo vigorosos asentimientos con la cabeza.
     -Estando en juego la creación de Dios y todas las almas que contiene, la mesura sería una necedad. La mesura sería una cobarde negligencia en nuestro deber sagrado. La mesura sería... un pecado.
     El hermano Díaz tenía la angustiosa sospecha de estar internándose en inestable terreno teológico, igual que un oso torpe persiguiendo a conejos hasta el interior de un lago medio congelado.
     -Hum...
     -Llega un momento en que hay tamaña enormidad en juego que las objeciones morales devienen ellas mismas en inmorales.
     -¿Ah, sí? O sea, ah, sí. Quiero decir: ah, . ¿Sí?
     La cardenal Zikka sonrió. Aquella sonrisa fue, por algún motivo, incluso más inquietante que su ceño fruncido.
     -¿Conocéis la Capilla de la Santa Conveniencia?
     -Hum... no creo que...
     -Es una de las trece capillas que hay dentro del Palacio Celestial. Una de las más antiguas, de hecho. Tan antigua como la misma Iglesia.
     -Tenía entendido que hay doce capillas, una para cada una de las Doce Virtudes.
     -A veces hace falta echar la cortina sobre ciertos hechos lamentables. Pero aquí, en el mismo corazón de la Iglesia, debemos mirar más allá de la mera apariencia de virtud. Debemos lidiar con el mundo tal y como es, valiéndonos de las herramientas disponibles.
     ¿Aquello era algún tipo de prueba? Dios, el hermano Díaz esperaba que sí. Pero, en caso de serlo, no tenía ni la más remota idea de cómo superarla.
     -Eh... Esto...
     -La Iglesia debe, por supuesto, mantenerse fiel a las enseñanzas de nuestra Salvadora. Pero existen tareas que hay que llevar a cabo y métodos empleados para los que las personas fieles e irreprochables... no son adecuadas.
     El hermano Díaz supuso que, apurando mucho el ángulo, podría vérsele el sentido a este argumento, pero él no quería tenerlo ni cerca. Lanzó un vistazo hacia Jakob de Thorn, pero no encontró allí ninguna clase de ayuda. parecía un hombre cuyos métodos eran de lo más reprochables.
     -No estoy seguro de comprender del todo...
     -Esas tareas las lleva a cabo, y esos métodos los emplea, la congregación de la Capilla de la Santa Conveniencia".


Con Los diablos, Joe Abercrombie se interna en un territorio nuevo que, sin embargo, resulta inmediatamente reconocible para quienes hemos leído sus novelas anteriores. Siguen ahí la violencia descarnada, el humor negro, la desconfianza ante cualquier forma de heroísmo demasiado limpio y, sobre todo, esa extraordinaria capacidad para construir personajes que nos obligan a revisar continuamente nuestros juicios sobre ellos. Pero esta es, si cabe, una novela más abiertamente fantástica, disparatada y aventurera, incluso más divertida que buena parte de su obra anterior. 

La historia transcurre en una Europa medieval alternativa, reconocible y al mismo tiempo deformada: iglesias enfrentadas, disputas dinásticas, cruzadas y luchas por el poder conviven con vampiros, licántropos, nigromantes, muertos vivientes y elfos, convertidos en el gran enemigo para la humanidad, en su "Otro" más radical. En ese mundo, el joven hermano Diaz descubre la existencia de la Capilla de la Santa Conveniencia, una organización clandestina mediante la cual la Iglesia hace aquello que necesita hacer pero que no puede reconocer públicamente como propio. La expresión es magnífica: hay principios que se proclaman solemnemente y excepciones que se administran discretamente.

La misión de Diaz consiste en acompañar a Alexia (Alex), una joven habituada a sobrevivir en la calle con inesperados derechos sobre el trono de Troya, hasta el Imperio oriental. Para ello contará con una compañía extraordinaria: un viejo templario casi indestructible, una antigua pirata, un vampiro aristocrático, una licántropa vikinga, una pequeña elfa y un nigromante tan poderoso como vanidoso. Son, literalmente, monstruos puestos al servicio de una institución que oficialmente los condena. Ahí se encuentra la primera gran ironía de la novela: para preservar el bien parecen resultar imprescindibles quienes han sido definidas y definidos como representantes del mal.

La novela adopta la estructura clásica del viaje y Abercrombie se concede permiso para divertirse. Se suceden persecuciones, emboscadas, combates, traiciones y matanzas, con un humor negro que en ocasiones convierte la violencia en algo casi grotesco. Esta exuberancia es uno de los grandes atractivos del libro, aunque también puede convertirse en una de sus debilidades: la sucesión de obstáculos adquiere por momentos un carácter paródico. Pero Abercrombie borda la habilidad para hacer que sus personajes se compliquen ante nuestros ojos: las caricaturas empiezan a mostrar grietas, aparecen historias, heridas, miedos, y aquella colección de monstruos pintorescos comienza a convertirse en una comunidad improbable. 

La pregunta acerca de quiénes son realmente los monstruos atraviesa toda la novela. Quienes integran  la Capilla lo son literalmente, pero alrededor de ellas y ellos encontramos seres perfecta y convencionalmente "humanos" capaces de torturar, asesinar y traicionar en nombre de Dios, del poder o de la estabilidad política. La distinción entre humanidad y monstruosidad deja de coincidir con la diferencia entre humanos y criaturas sobrenaturales. Pero esto no se apoya en una inversión moral simplista. Los "diablos" no son criaturas bondadosas e incomprendidas; siguen siendo violentos, egoístas y, en ocasiones, aterradores. Pero ser un "monstruo" no incapacita para la lealtad, el afecto o el sacrificio, del mismo modo que ser respetable no garantiza ninguna superioridad moral. No encontramos conversiones morales, pero sí aparece la posibilidad de que los vínculos modifiquen nuestra manera de comportarnos. Compartir peligros va creando obligaciones que ya no proceden exclusivamente de la fuerza o del interés, y es entonces cuando surge la posibilidad de que aparezca la ternura, cuando personajes capaces de cometer actos atroces descubren que alguien les importa. La comunidad no los convierte en "buenas personas", pero introduce una fisura en su egoísmo:

"Vigga era despreciable, por supuesto. Una pagana primitiva, nacida en la oscuridad de la ignorancia más allá de la luz de la gracia de la Salvadora. había varias de las Doce Virtudes para las que era una completa desconocida. Pero en lo relativo a varias otras -valentía, sinceridad, lealtad, generosidad-, podría haberles dado lecciones a la mayoría de los clérigos que él conocía. Era despreciable y, aún así, incluso aunque el hermano Díaz no era más que peso muerto para ella, nunca mostraba desprecio por él".

Lo que sí hay en Los diablos es una continuidad que merece señalarse con el conjunto de la obra de Abercrombie: el protagonismo de sus personajes femeninos. Desde Ferro Maljinn y Monza Murcatto hasta Savine dan Glokta, Rikke o, ahora, Alex, Vigga y Baptiste, las mujeres no aparecen como acompañantes de las aventuras masculinas ni como contrapunto moral de hombres violentos. Abercrombie no necesita convertirlas en personajes moralmente superiores para otorgarles centralidad y, en un género que tiende a reservar a los hombres la condición de sujetos de la aventura, esta normalidad del protagonismo femenino resulta especialmente significativa.

Abercrombie no es simplemente un magnífico escritor "de género", y Los diablos merece ser leída más allá de su condición de excelente divertimento. La fantasía no funciona aquí como una forma de evasión de la realidad, sino como una manera de tomar distancia de ella para observarla mejor. Tras vampiros, licántropos, nigromantes y muertos vivientes encontramos preguntas muy reconocibles sobre el poder, la violencia, la religión, la legitimidad, la obediencia, la exclusión y nuestra extraordinaria capacidad para justificar moralmente aquello que nos conviene. Porque la buena literatura fantástica -pensemos en El Señor de los Anillos- hace precisamente eso: construye mundos que no existen para permitirnos pensar de otra manera el mundo que existe. En este sentido, Abercrombie puede ser tan lúcido sobre el funcionamiento del poder, las instituciones o la violencia como el que mas. Que consiga hacerlo mientras nos hace reír, nos inquieta y nos mantiene pendientes de las peripecias de una banda de monstruos no disminuye el valor de su escritura, sino que lo aumenta.

Al comenzar el libro creemos saber perfectamente quiénes son "los diablos". Al terminarla, ya no resulta tan evidente. Conseguir que nos hagamos esa pregunta mientras creemos estar simplemente leyendo una endiablada novela de aventuras es, seguramente, una de las mejores demostraciones de por qué merece la pena leer a Joe Abercrombie.

martes, 18 de agosto de 2026

Reserva de musgo

Robin Wall Kimmerer
Reserva de musgo: Una historia natural y cultural de los musgos
Traducción de David Muñoz Mateos
Capitán Swing, 2023

"Estos patrones de la reciprocidad, la labor con la que el musgo teje una comunidad forestal, nos permiten entrever nuevas posibilidades. Los musgos no toman más de lo que necesitan y dan en abundancia. Su presencia permite la vida de ríos y nubes, árboles, pájaros, algas y salamandras. La nuestra, en cambio, los pone en peligro.. Los sistemas diseñados por el hombre, que toman sin dar a cambio, no se parecen en nada a esta creación constante, a esta forma de generar salud para los ecosistemas. Los claros talados pueden satisfacer los deseos a corto plazo de una única especie, pero sacrifican las necesidades igualmente legítimas de musgos y mérgulos, de salmones y píceas. Me aferro a la idea de que, pronto, alguien encontrará valor en la autocontención, la humildad para vivir como los musgos. Ese día, cuando nos levantemos para dar gracias al bosque, tal vez oigamos un eco, una voz que nos contesta. La del bosque, que da las gracias a la gente".


Hay libros que nos descubren cosas que ignorábamos y otros que nos enseñan a prestar atención a aquello que siempre había estado delante de nuestros ojos sin que fuéramos capaces de verlo. En sus libros Robin Wall Kimmerer es plenamente capaz de hacer ambas cosas. Reserva de musgo no es un tratado científico ni una guía para identificar musgos, sino una sucesión de ensayos entrelazados en los que la botánica, la experiencia autobiográfica, la reflexión ecológica y el conocimiento indígena se van encontrando hasta configurar una determinada manera de estar en el mundo.

El punto de partida resulta aparentemente modesto: los musgos. Esos organismos diminutos que cubren piedras, troncos y suelos, presentes casi por todas partes y, sin embargo, habitualmente ignorados. La autora, botánica especializada en briófitas, nos obliga a detenernos ante ellos y, sobre todo, a cambiar de escala: para conocer el musgo hay que aproximarse, agacharse, mirar despacio, hay que abandonar esa posición erguida desde la que contemplamos el paisaje como si estuviera dispuesto ante nuestra mirada y acercar los ojos a una forma de vida cuyo mundo se desarrolla apenas a unos centímetros del suelo.

Este gesto físico acaba convirtiéndose en una hermosa metáfora epistemológica y moral. Para comprender el mundo no siempre necesitamos ampliar nuestra perspectiva; a veces necesitamos exactamente lo contrario: reducir la escala, acercarnos, demorarnos en aquello que parece insignificante. Los musgos viven en los límites de nuestra percepción ordinaria y precisamente por eso pueden enseñarnos mucho acerca de nuestra manera de mirar. 

No estamos ante una fábula o un relato que convierte a los musgos en simples pretextos para ofrecer pequeñas enseñanzas morales. Robin Wall Kimmerer se toma  muy en serio su condición de científica para explicar cómo los musgos almacenan agua, cómo se reproducen, cómo colonizan determinados espacios, cómo compiten y cooperan, cómo participan en los procesos de sucesión ecológica y cómo establecen relaciones con árboles, insectos, aves y muchos otros seres vivos. Quienes leemos el libro acabamos descubriendo que aquello que parecía una sencilla alfombra verde constituye en realidad un universo extraordinariamente complejo.

Pero la autora nunca acepta que la descripción científica agote el significado de lo observado. Como científica formada en la tradición académica occidental y como integrante de la Citizen Potawatomi Nation, se mueve entre distintas formas de conocimiento sin que una anule a la otra. Los musgos pueden ser simultáneamente objetos de investigación científica y seres con los que establecemos relaciones. Podemos preguntarnos cómo funcionan, pero también qué podemos aprender de ellos. La precisión científica y el asombro no son incompatibles, sino que se enriquecen mutuamente:

"Erizados, achicharrándose en el roble bajo el sol del verano, ¿cuál es el arte de la espera que practican los musgos? Se retraen sobre sí mismos, rizándose, como inmersos en un sueño despierto. Sospecho que, si sueñan, lo hacen con la lluvia".

De ahí que una de las ideas esenciales que construyen el libro sea la crítica de una relación exclusivamente instrumental con la naturaleza. Frente a una cultura acostumbrada a preguntarse para qué sirven las cosas, Robin Wall Kimmerer propone aprender a preguntarnos qué relaciones mantenemos con ellas. De este modo el bosque deja de ser una suma de recursos y aparece como una comunidad de seres interdependientes. El musgo retiene humedad, ofrece refugio, prepara el terreno para otras especies y participa en redes ecológicas cuya complejidad desborda cualquier consideración exclusivamente utilitaria. Nada vive en soledad:

"Cuando los musgos cubren el tronco de los árboles, estos continúan empapados mucho tiempo después de que la lluvia haya cesado, liberando gradualmente el agua que cayó una semana atrás. Si un haz de luz atraviesa el dosel y alumbra un cojín de musgo, puede verse el ascenso del vapor. Las nubes dan las gracias a los musgos".

Esta atención a la interdependencia conduce a otra cuestión central: la reciprocidad. No basta con reconocer todo lo que recibimos del mundo natural, además es necesario preguntarnos qué devolvemos a cambio. Como en sus otros libros, Robin Wall Kimmerer cuestiona la figura moderna de la humanidad como propietaria de la naturaleza. El problema ecológico no procede únicamente de que extraigamos demasiados recursos, sino de haber convertido nuestra relación con los demás seres vivos en una relación fundamentalmente unilateral. Recibimos continuamente -alimentos, agua, materiales, belleza, protección- y hemos llegado a considerar que todo ello nos pertenece por derecho. Los musgos representan lo contrario. Su existencia se caracteriza por la modestia, la adaptación, la paciencia y una extraordinaria capacidad para habitar los límites. No necesitan dominar el espacio para prosperar. Aprovechan pequeñas cantidades de agua, ocupan grietas y superficies aparentemente inhóspitas y crean condiciones que permiten vivir a otros organismos. En una cultura obsesionada con crecer, acumular y competir, resulta difícil no percibir en ellos una silenciosa impugnación de nuestra idea de éxito.

Reserva de musgo es mucho más que un hermoso y sorprendente libro sobre briófitas. Es una reflexión sobre la atención, la humildad y nuestra pertenencia a una comunidad de vida que desborda ampliamente lo humano. Frente a una civilización que identifica el progreso con la aceleración, la expansión y el dominio, Robin Wall Kimmerer nos invita a agacharnos, reducir la velocidad, observar con atención y, desde esa posición humilde, descubrir un mundo inesperadamente inmenso. Los musgos terminan enseñándonos que vivir bien no consiste en ocupar cada vez más espacio, sino en aprender a habitarlo de otra manera: recibiendo sin apropiarnos, dependiendo sin avergonzarnos de nuestra dependencia y dejando, a nuestro paso, condiciones que hagan posible la vida de todos los demás seres.

lunes, 17 de agosto de 2026

En memoria de Sabino Ormazabal

 

Acaba de morir Sabino Ormazabal y siento la necesidad de escribir sobre él antes incluso de que el tiempo empiece a hacer su trabajo sobre la memoria. Porque la memoria personal es frágil: ordena retrospectivamente los acontecimientos, aproxima fechas, establece continuidades que tal vez entonces no percibíamos. No quisiera que eso me ocurriera al recordar a Sabino. Prefiero asumir las imprecisiones y contar simplemente cómo lo recuerdo y por qué su muerte me entristece tanto.

Creo que conocí a Sabino a principios de los años noventa. Y digo "conocí" de una manera un poco particular, porque durante algún tiempo nuestra relación fue exclusivamente telefónica. Él era entonces redactor jefe en Egin y yo participaba activamente en el movimiento de insumisión y era uno de los rostros más visibles de la Coordinadora Gesto por la Paz de Euskal Herria.

No era precisamente el lugar más sencillo desde el que iniciar una relación con alguien que trabajaba en Egin.

Sabino había impulsado en el periódico una sección titulada Ez-Bai, concebida como un espacio de debate. Lo interesante, visto desde hoy, es recordar algunas de las cuestiones que pretendía someter a discusión. Eran asuntos que en aquel momento resultaban especialmente difíciles de plantear dentro del universo político y cultural de la izquierda abertzale, porque apenas se concebían como cuestiones discutibles: entre ellas, la legitimidad de la violencia de ETA o determinadas concepciones del derecho de autodeterminación. Sabino me llamó para proponerme participar en algunos de aquellos debates. Acepté. Todavía conservo en mi despacho de la universidad fotocopias de aquellas páginas.

Casi al mismo tiempo se produjo otra circunstancia que recuerdo ahora inevitablemente unida a aquella. Joseba Macías, también fallecido, dirigía entonces Egin Irratia. A Joseba lo conocía mucho mejor: habíamos sido compañeros en la licenciatura de Sociología en la Universidad de Deusto y mantuvimos una relación que recuerdo con enorme cariño. También él me propuso entrar en un territorio que no era precisamente el mío: participar en las tertulias de la emisora. Y también acepté.

Ninguna de aquellas colaboraciones fue fácil. Yo me movía en un espacio político e ideológico en el que, para muchas personas, era considerado un enemigo. Eran años muy duros. Las fronteras políticas atravesaban también las relaciones personales y con demasiada frecuencia convertían la discrepancia en descalificación y al adversario en alguien moralmente sospechoso.

Por eso recuerdo especialmente a Joseba y a Sabino. Porque ambos me demostraron algo que en aquellos años distaba mucho de ser evidente: que para ellos yo podía ser un adversario, incluso un adversario radical en algunas cuestiones, pero nunca un enemigo al que hubiera que silenciar, excluir o eliminar. Podíamos discutir. Podíamos discrepar profundamente. Pero podíamos hablarnos.

Con el paso de los años fui encontrándome con Sabino en distintas ocasiones. Ya no recuerdo todas ni sabría ordenarlas cronológicamente. Sí recuerdo la sensación que me dejaban aquellos encuentros: cariño personal y una creciente impresión de que, más allá de nuestras procedencias políticas y de las diferencias que hubiéramos podido mantener, compartíamos cada vez más valores y una determinada manera de mirar la realidad.

No me parece casual, visto ahora, que una parte tan importante de su trayectoria estuviera vinculada al ecologismo, el antimilitarismo, la desobediencia civil y la noviolencia. Tampoco que dedicara tantos esfuerzos a recuperar experiencias de resistencia noviolenta y a reivindicar la coherencia entre medios y fines. Sabino entendió muy bien algo que a mí también me ha preocupado siempre: que la manera en que luchamos por aquello que consideramos justo forma parte de la justicia que pretendemos construir. No basta con tener razón en los fines si para alcanzarlos reproducimos aquello contra lo que decimos luchar.

Nuestras vidas volvieron a cruzarse de una manera especialmente paradójica cuando Sabino y otras personas vinculadas a la Fundación Joxemi Zumalabe fueron acusadas en el macroproceso 18/98. La acusación pretendía convertir determinadas prácticas de desobediencia civil en parte de la estrategia de ETA. Yo intervine como perito de la defensa y redacté en su mayor parte el informe pericial correspondiente.

Y aquí aparece una de esas paradojas que explican mejor que muchos tratados lo que fue este país durante tantos años. Mientras colaboraba en esa defensa frente a una acusación que pretendía vincular su actividad con ETA, yo vivía con escolta porque mi nombre había aparecido en la documentación del comando Buruntza de la propia ETA.

Durante mucho tiempo hemos vivido entre contradicciones como aquella. Personas amenazadas por ETA defendiendo los derechos de personas injustamente relacionadas con ETA. Personas procedentes de tradiciones políticas enfrentadas encontrándose en la defensa de los derechos humanos. Personas que habían estado en orillas distintas descubriendo que había puentes que siempre deberían haber permanecido abiertos.

Sabino acabaría siendo absuelto por el Tribunal Supremo en 2009. Pero su preocupación por las víctimas y por las distintas formas de sufrimiento provocadas por la violencia venía de antes y continuó después. Investigó sobre ellas, trabajó para hacer visibles sufrimientos que demasiadas veces cada comunidad política reconocía o ignoraba en función de quién los hubiera causado, participó en espacios de memoria y reconocimiento y siguió defendiendo la noviolencia activa como instrumento de transformación social.

En una sociedad que durante demasiado tiempo construyó relatos incompatibles del sufrimiento, Sabino se empeñó en mirar hacia distintas orillas.

Por eso, al conocer su muerte, he vuelto inmediatamente a aquellas conversaciones telefónicas de principios de los noventa. A aquel hombre de Egin que decidió llamar a alguien de Gesto por la Paz para pedirle que escribiera en las páginas de su periódico precisamente sobre algunas de las cosas que más nos separaban. Ahora comprendo mejor el valor que tenía aquel gesto. No porque nuestras diferencias fueran pequeñas. Precisamente porque eran enormes.

Dialogar no consiste en hablar con quienes piensan como nosotros. Tender puentes tampoco consiste en negar los conflictos ni en borrar las responsabilidades. Consiste en negarse a aceptar que una persona deba quedar reducida a la posición política que ocupa en un momento determinado. Creo que Sabino lo supo muy pronto.

Hace apenas unos meses todavía hablaba públicamente de la necesidad de críticas y autocríticas, de gestos y de puentes. Hay algo profundamente coherente en ese recorrido: desde aquel Ez-Bai que yo conocí hace más de treinta años hasta su trabajo posterior sobre la memoria, las víctimas, la reconciliación y la noviolencia. Fueron cambiando las preguntas, quizá todas y todos fuimos cambiando con los años, pero permaneció una determinada voluntad de abrir espacios donde las certezas cerradas pudieran convertirse en conversación.

Por eso siento especialmente su muerte.

No fuimos amigos íntimos. No compartimos militancia ni pertenecimos al mismo mundo político. Pero cada vez que nos encontramos sentí su cariño y creo que él sintió el mío. Y con los años fui descubriendo que compartíamos algo que para mí ha ido adquiriendo una importancia cada vez mayor: la convicción de que ninguna causa merece que dejemos de reconocer la humanidad de quien tenemos enfrente.

Sabino fue ecologista, antimilitarista, periodista, investigador, desobediente, defensor de los derechos humanos y militante de la noviolencia. Pero hoy, al recordarlo, todas esas palabras me parecen distintas maneras de nombrar una misma cosa. Sabino fue siempre un activista por la vida.

Y así quiero recordarlo.


Publicado en Hordago - El Salto, 17 agosto 2026

Felicity

Mary Oliver
Felicity
Traducción de Nieves García Prados
Valparaíso, 2016

EL REGALO

Estate, mi alma, tranquila y firme.
La tierra y el cielo todavía observan
aunque el tiempo se escurra del reloj
y tu paso, que era seguro y rápido,
se haya convertido en lento.

Así que, sé lenta si tienes que serlo, pero deja
que el corazón interprete su verdad.
Ama todavía como una vez amaste, profundamente
y sin paciencia. Deja que Dios y el mundo
sepan que estás agradecida.
Ese es el regalo que te han dado.


Si Devociones era una antología concebida por la propia Mary Oliver como una suerte de legado poético, Felicity puede leerse como su libro más íntimo y luminoso. Es un poemario atravesado por el amor, pero no por el amor idealizado o sentimental, sino por esa experiencia que, cuando ha alcanzado la madurez, transforma la mirada sobre el mundo. En ese sentido, ambos libros dialogan estrechamente: en Devociones encontramos el recorrido completo de una poeta que hizo de la atención a la naturaleza una forma de espiritualidad; en Felicity esa misma atención permanece, pero ahora gravita alrededor de la presencia de la persona amada.

El libro nace de una circunstancia biográfica muy concreta. Mary Oliver había compartido más de cuarenta años de vida con la fotógrafa Molly Malone Cook. Tras la muerte de esta en 2005, Oliver escribió algunos de sus poemas más conmovedores sobre el duelo, como "Deberíamos estar bien preparados" (Whe should be well prepared)

La manera en que los chorlitos gritan adiós.
La manera en que el zorro muerto sigue mirando hacia abajo en la colina con un ojo abierto.
La manera en que caen las hojas, y luego la larga espera.
La manera en que alguien dice: no nos veremos más.
La manera en que el moho mancha el pastel.
La manera en que la acidez se apodera de la crema.
la manera en que corre el agua del río para no volcer.
La manera en que los días se van para no volver.
La manera en que alguien regresa, mas solo en un sueño.

Felicity, publicado diez años después, no es ya el libro de la pérdida, sino el de la gratitud. No intenta reconstruir el dolor, sino celebrar el milagro de haber amado. De ahí que el título resulte tan preciso: "felicity" no significa únicamente felicidad, sino también dicha, plenitud, una forma de alegría serena que parece reconciliar al ser humano con la existencia. Hay algo profundamente liberador en la manera en que Mary Oliver concibe ese amor. No es posesión, dependencia ni fusión; tampoco responde a los modelos convencionales de la poesía amorosa. Se parece más a una ampliación de la capacidad de asombro. Amar significa aprender a mirar mejor, descubrir una intensidad nueva en las cosas ordinarias, comprender que la belleza del mundo aumenta cuando puede ser compartida. En este sentido, el amor y la contemplación forman parte de una misma experiencia espiritual.

Mary Oliver decidió incluir en Devociones once de los treinta y ocho poemas que componen el poemario Felicity, entre ellos uno de los más hermosos de todos los escritos por la autora, el titulado "El mundo en el que vivo" (The world I live in)

Me he negado a vivir
encerrada en la casa ordenada de
      las razones y evidencias.
El mundo en el que vivo y en el que creo
es más amplio que eso. Y, de todos modos,
      ¿qué tiene de malo el quizás?

No creerías lo que he visto
una o dos veces. Voy a 
      decirte algo:
sólo si hay ángeles en tu cabeza podrás
      algún día, posiblemente, ver alguno.

Creo que, por encima de todo, Felicity es una luminosa reflexión sobre la gratitud. Mary Oliver escribe desde la conciencia de la finitud, sabiendo que toda dicha es frágil y que precisamente esa fragilidad la hace preciosa. La muerte no desaparece del horizonte; al contrario, está siempre presente como aquello que otorga intensidad a la vida. Pero el tono no es elegíaco y predomina una aceptación serena, casi agradecida, que recuerda la mejor tradición contemplativa. Sirvan como ejemplo estas dos maravillas, "Rosas" (Roses) y "Una voz desde no sé dónde" (A voice from I don't know where):

ROSAS

Todo el mundo se hace de vez en cuando
esas preguntas para las que no existe
respuesta: el origen del mundo, la existencia de Dios,
qué sucede cuando se baja el telón
y nada lo detiene, ya no habrá besos,
ni Súper Bowl, ni visitas al centro comercial.

"Rosas salvajes", les dije una mañana.
"¿Tenéis las respuestas? Y si las tenéis,
¿me las daríais?"

Las rosas sonrieron dulcemente. "Perdónanos",
respondieron. "Pero como puedes ver,
justamente ahora estamos totalmente
      ocupadas siendo rosas".


UNA VOZ DESDE NO SÉ DÓNDE

Parece que amas este mundo.
      "Sí", dije, "Este precioso mundo".

¿Y no te importa la mente, que te mantiene
      ocupada todo el tiempo con sus oscuras
      y brillantes preguntas?
      "No, estoy bastante acostumbrada. Ocupada, ocupada
      todo el tiempo".

¿Y no te importa vivir con aquellas preguntas,
      me refiero a las difíciles, a las que nadie puede
      responder?
      "En realidad, son las más interesantes".

¿Y tienes alguna persona en tu vida cuya mano
      quieras apretar?
     "Sí, la tengo".

Seguramente entonces debes de ser muy feliz allí abajoy
      en tu corazón.
      "Sí", dije, "Lo soy".


Un libro pequeño en extensión, pero extraordinariamente coherente y depurado, donde cada poema parece escrito desde la convicción de que la felicidad no consiste en escapar de la vulnerabilidad, sino en haber encontrado, aunque solo sea durante un tiempo, a alguien con quien compartir el asombro de estar vivas.

Las almas feroces

Marie Vingtras
Las almas feroces
Traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego
Nórdica, 2026

"El informe completo de Sommers era escueto y carente de emoción. La causa de la muerte había sido un fuerte golpe en la base del cráneo, el cuerpo no presentaba ninguna herida, no había sufrido ningún abuso, seguía siendo virgen y el forense no había podido evitar añadir a mano «lo que resulta muy sorprendente en una joven estadounidense de su edad». Lo había muerto unas doce horas antes de que Donegan la encontrase y sólo habían aparecido en la orilla algunas huellas parciales, poco aprovechables por culpa del fango que en parte se había vuelto a formar encima, y otras huellas en el talud que subía hacia la carretera".


Después de Ventisca, Marie Vingtras vuelve a demostrar que el suspense puede ser mucho más que un mecanismo para atrapar a quien abre un libro. En esta novela parte de un crimen, pero muy pronto queda claro que el verdadero interés de la novela no reside tanto en descubrir al culpable como en explorar las relaciones, las emociones y las zonas de sombra que atraviesan a una comunidad aparentemente tranquila. La investigación policial actúa como hilo conductor, pero nunca monopoliza el relato. Cada nuevo avance en la búsqueda de la verdad sirve para iluminar aspectos distintos de los personajes, de sus vínculos y de sus contradicciones. El crimen funciona, en realidad, como un detonante que descompone la imagen de normalidad sobre la que descansaba toda una comunidad.

La autora reparte la narración entre varios personajes, cada uno de los cuales ofrece una mirada parcial sobre los hechos. Ninguna voz posee una perspectiva privilegiada y ninguna resulta completamente fiable. Todas recuerdan, interpretan o callan según sus propios intereses, sus miedos o sus limitaciones. De ese modo, nos obliga a recomponer la historia a partir de fragmentos, comprendiendo que la verdad nunca aparece de forma inmediata, sino que se construye lentamente a partir de perspectivas necesariamente incompletas. A medida que avanza la investigación, resulta evidente que cada personaje necesita dar sentido a lo ocurrido elaborando una explicación que, en buena medida, también justifica su propia posición en el mundo. La novela muestra así hasta qué punto la memoria, la percepción y el juicio moral están condicionados por la experiencia personal y por las relaciones de poder que atraviesan cualquier grupo humano. A lo largo de la lectura iremos, seguro, modificando nuestras hipótesis sobre quién es la persona que ha asesinado a Leo y sus motivaciones.

Marie Vingtras demuestra también una notable sensibilidad para describir la vida en una pequeña localidad donde la cercanía entre sus habitantes no siempre genera confianza. Al contrario, la convivencia prolongada alimenta prejuicios, rumores y certezas apresuradas. Todas creen conocer a las demás porque comparten los mismos espacios y las mismas rutinas, pero la muerte de la joven revela hasta qué punto esas seguridades descansaban sobre una profunda ignorancia mutua. La comunidad aparece  como un entramado de relaciones en el que conviven la solidaridad y el recelo, la intimidad y el aislamiento.

En comparación con Ventisca, donde el paisaje desempeñaba un papel protagonista, esta novela concentra su atención en la geografía interior de los personajes. El entorno sigue teniendo importancia, pero ya no es la naturaleza la que amenaza a los seres humanos, sino sus propias decisiones, sus deseos, sus frustraciones y su incapacidad para comunicarse. La violencia no aparece como una irrupción extraordinaria, sino como el desenlace posible de conflictos larvados que llevaban mucho tiempo incubándose.

La escritura de Marie Vingtras se caracteriza por una notable economía expresiva. Evita las largas explicaciones psicológicas y prefiere sugerir antes que explicar: un gesto, una conversación aparentemente intrascendente o un pequeño detalle bastan para modificar la percepción que podemos tener de un personaje. Esa contención dota al relato de una tensión constante, sostenida más por aquello que permanece implícito que por los giros espectaculares propios del género negro. Su interés no se limita a construir una intriga eficaz, sino que utiliza las herramientas del thriller para plantear preguntas más amplias sobre la culpa, la responsabilidad, la memoria y la dificultad de conocer realmente a quienes creemos tener más cerca. El resultado es una obra de lectura absorbente que, una vez resuelto el misterio, sigue invitando a pensar en la complejidad de las personas y en la inquietante facilidad con la que una comunidad puede ocultar aquello que no quiere ver.