jueves, 29 de octubre de 2020

Hermanos migrantes

Patrick Chamoiseau
Hermanos migrantes
Traducción de Adalber Salas Hernández
Pre-Textos, 2020

"¡Hey! ¡Que las muertes masivas en el Mediterráneo nos descosan la mirada! ¡Que nos permitan distinguir las pequeñas muertes cotidianas, el desastre diseminado en la espuma de nuestros días, la catástrofe innominada cuya sombra molida pesa a fondo entre nosotros, con todo su imposible!".


Quizás sea hoy, precisamente hoy, estremecido por el atentado terrorista que ha provocado la muerte de tres personas en Niza, el mejor día para reseñar este pequeño libro. Nacido en Martinica, hijo del colonialismo, Patrick Chamoiseau construye un discurso ajeno al odio, alejado incluso de la exigencia decolonial, que tanto nos incomoda a las sociedades coloniales. Con un lenguaje apasionado, frente al mundialismo economicista, frente a los "muros en nuestras cabezas [que] nos imponen sus horizontes [y] nos vuelven ciegos a montones de perspectivas", defiende una mundialidad de la apertura, la acogida, la diversidad, de la bondad, la responsabilidad y la Humanidad:

"Pero, aunque muchos países pobres reciban, bien que mal, migraciones masivas, los estados nación de Europa prefieren decir a la vida que no podría pasar. Ellos, que tanto han migrado, que tantas fronteras han roto, que tanto han conquistado, dominado y que aún dominan, quieren mutilar en residencias miserias, terrores y pobrezas humanas. Pretenden que el mundo más allá de sus fronteras no tenga nada que ver con el mundo de adentro. Que no es producto de sus obras y que no tienen para con él deber alguno. [...] Aducen identidades amenazadas por hordas disolventes. Dicen que mantenerse fuera de alcance es la única respuesta posible [...].
¡Europa concebida como soledad en el mundo!
¡Europa amputada de su propia memoria, viéndose nacida de sí misma, alimentándose de sí misma, culminada en sí misma, sin necesidad de lo Humano...!".

Defensor de la Relación que nos constituye como personas, de las solidaridades que nos construyen como sociedades, de los servicios públicos que sostienen nuestra ciudadanía, nos regala al final una Declaración de los poetas cuyo decimotercero punto dice así:

"Los poetas declaran que el Mediterráneo es, a partir de ahora, el Lugar de un homenaje a quienes han muerto en él, que alce al pie de sus costas un arco celebratorio, abierto a los vientos y abierto a las más ínfimas luces, que deletree todas las letras de la palabra ACOGIDA, en todas las lenguas, en todos los cantos, y que esta palabra constituya sin cambio alguno la ética del vivir-mundo".

Que así sea.

martes, 27 de octubre de 2020

La guerra de los pobres

Éric Vuillard
La guerra de los pobres
Traducción de Javier Albiñana
Tusquets, 2020

"Las palabras quedan dichas de nuevo: ni mediante el dinero ni mediante el poder de los príncipes, esas mismas palabritas que cambian de forma, de tono, pero no de objetivo, y que, cuando retornan al mundo, siempre pugnan contra el dinero, la fuerza y el poder. Esas palabras van a ser poco a poco las nuestras".


Repite Vuillard en este libro la sugerente fórmula que ya utilizó en su anterior obra titulada 14 de julio: si en aquella novela recreaba el alzamiento del 14 de julio de 1789 que inició la Revolución Francesa, en esta recuerda los levantamientos campesinos que, inspirados en el radicalismo evangélico de Thomas Müntzer, en 1524 y 1525 hicieron temblar el poder de los príncipes y nobles del centro de Alemania, de Austria y Suiza, enfréntándose incluso al mismo Lutero, a quien acusaba publicamente por su vida lujosa y regalada.

"Son los propios señores quienes provocan que el hombre pobre sea su enemigo", clamaba Müntzer. "Si no quieren eliminar las causas de la rebelión, ¿qué arreglo tiene esto a la larga? ¡Ah!, caros señores, ¡cuán hermoso sería ver al Señor golpear los viejos jarrones con vara de hierro! Decir esto me convierte en un rebelde. ¡Vamos allá!".

En pocas páginas, con un lenguaje directo, en ocasiones declamativo y profético, Vuillard nos sumerge en la sangrienta rebelión de las campesinas y los campesinos contra los privilegios de condes, duques y principes, contra la represión de alguaciles y burgomaestres, contra "la servidumbre, los feudos, los diezmos, el decreto de manos muertas, el arriendo, la tala, el viatico, la recogida de la paja, el derecho de pernada, las narices cortadas, los ojos reventados, los cuerpos quemados, apaleados, atenaceados"

Y rememora también las raíces de ese levantamiento en siglos anteriores: en la proclamación de John Wyclif de la relación directa entre el hombre y Dios, sin necesidad de mediación ninguna, y su exaltación de la pobreza evangélica como fundamento de una humanidad nueva (Inglaterra, 1320-1384); en su discípulo John Ball y en el campesino Wat Tyler, líderes de la revuelta campesina inglesa de 1381; en la demanda de los municipios pobres de Kent impulsada en 1450 por Jack Cade, que firma como "Juan Pide-Todo"; en la predicación del checo Jan Hus (Bohemia, 1370-1415) exigiendo la reforma de una Iglesia corrupta.

La prosa de Éric Vuillard vuelve a brillar narrando la historia con minúscula de mujeres y hombres comunes que se alzaron contra el privilegio y la injusticia. Una historia truncada por la violencia, pero nunca derrotada: "El martirio es una trampa para los oprimidos, sólo es deseable la victoria". Una hermosa lectura.

lunes, 26 de octubre de 2020

No digas nada

Patrick Radden Keefe
No digas nada
Traducción de Ariel Font Prades
Reservoir Books (Penguin Random House), 2020

"Jean McConville apenas si dejó rastro. Desapareció en una época muy caótica, y los hijos que dejó eran tan pequeños que muchos de ellos no habían elaborado todavía un catálogo de recuerdos".

 

Esta es la historia de una sociedad rota, la de Irlanda del Norte, a través de las vidas cruzadas de dos mujeres irlandesas, Jean McConville y Dolours Price.

Jean, de soltera apellidada Murray, nacida en el seno de una familia protestante de East Belfast, entró a trabajar como criada, a la edad de catorce años, en la casa de una viuda católica, Mary McConville, de cuyo único hijo se enamoró y acabó casándose. El hijo, Arthur, tenía doce años más que Jean y era militar del ejército británico.

"Cuando Jean y Arthur se enamoraron, el hecho de que procedieran de diferentes vertientes de la divisoria religiosa no pasó desapercibido a sus respectivas familias. En los años cincuenta las tensiones eran, en este sentido, menos pronunciadas de lo que lo habían sido anteriormente y lo serían más adelante, pero aún así una pareja 'mestiza' era poco habitual. Y esto no solo por razones de solidaridad tribal, sino porque protestantes y católicos solían vivir en mundos restringidos: residían en vecindarios diferentes, iban a colegios e institutos diferentes, tenían empleos diferentes, frecuentaban pubs diferentes".

Pero en 1969 estallaron The Troubles, una sangrienta agudización del conflicto histórico que supuso el final de la estrategia de reivindicación no violenta (inspirada en el movimiento pro derechos civiles estadounidense liderado por Martin Luther King) impulsada hasta entonces por el republicanismo, el renacimiento de un IRA "prácticamente fenecido", así como la ruptura de cualquier atisbo de coexistencia, mucho menos de "mestizaje", entre católicos y protestantes. De manera que Jean y Arthur, que vivían con su extensa prole en un barrio protestante, se vieron forzados a marcharse y acabaron alojándose en la pesadilla lecorbusierana de Divis Flats, con una población mayoritariamente católica comprometida activamente con la lucha armada:

"Una vez instalados en su nueva vivienda, los McConville conocieron lo que los residentes llamaban 'la cadena'. Cuando la policía  o el ejército llamaban a la puerta de un piso en busca de armas de fuego, alguien asomaba la cabeza por la ventana de atrás y le pasaba elarma a un vecino o vecina asomados a su propia ventana en el piso contiguo. El arma era entregada a un vecino del otro lado, quien a su vez se la pasaba a alguien de un piso más alejado todavía, y así sucesivamente".

En enero de 1972 Arthur McConville falleció a consecuencia de un cáncer de pulmón. Subsistiendo gracias a una exigua pensión, con treinta y ocho años, Jean se convirtió en viuda y madre de diez hijas e hijos con edades comprendidas entre los veinte y los seis años.  

Una noche, ese mismo año de 1972, tras escucharse disparos en el exterior de su domicilio la familia McConville oyó a alguien que pedía ayuda desesperadamente. Era un joven soldado británico, malherido. Jean salió de la casa e intentó consolarlo apoyando la cabeza del militar en su regazo y rezando. Ante las advertencias de su hijo mayor ("Así solo te estás buscando problemas") entró en casa. A la mañana siguiente el soldado no estaba, pero alguien había pintado en su puerta: "FOLLASOLDADOS"

Jean McConville fue sacada por la fuerza de su hogar el 7 de diciembre de 1972. Dos de los secuestradores no iban enmascarados y su hijo Michael, que entonces tenía once años, "se dio cuenta, con horror, de que las personas que se llevaban a su madre no eran gente desconocida: eran vecinos suyos"

En claro contraste con Jean, Dolours Price pertenecía a "la realeza republicana". De ahí sus profundas convicciones republicanas. "Cuando Dolours Price era apenas una niña, sus santos preferidos eran mártires. Una tía suya por parte de padre, muy católica ella, solía decir: 'Por Dios y por Irlanda'. Para el resto de la familia, lo primero era Irlanda". En su familia, "como en general en toda Irlanda del Norte- la gente era propensa a hablar de las calamidades del pasado como si hubiera ocurrido hacía solo una semana". Su padre había formado parte del IRA en los años treinta, había puesto bombas en Inglaterra y se había fugado de la cárcel de Derry. No era el único: "Todos los miembros de la familia, o casi, habían estado entre rejas"

Así y todo, en su adolescencia desarrolló un pensamiento propio y crítico, incluso con la tradición republicana católica y armada. Feminista, universitaria, socialista, consideraba que el cisma sectario entre católicos y protestantes no podía encubrir la realidad común de explotación que vivían las familias trabajadoras de una o de otra confesión. Sin embargo, los Troubles hicieron tambalear tanto su visión de una Irlanda socialista unida por encima de las divisiones religiosas como su confianza en la resistencia no violenta como forma de lucha, y en 1971 tanto ella como su hermana, Marian, se incorporaron al IRA. "Tras haberse apartado, de joven, de las formes convicciones que imperaban en su familia, Dolours acabaría considerando el momento de ingresar en el IRA como un 'regreso', una especie de vuelta a casa". Ambas formaron parte del comando que en 1972 colocó cuatro bombas en Londres, el primer ataque en la metrópoli del IRA Provisional. Detenidas, encarceladas, sostuvieron una prolongada huelga de hambre que puso en grave riesgo sus vidas y finalmente fueron puestas en libertad. En 1983, Dolours se casó en la catedral de San Patricio en Armagh con el conocido actor Stephen Rea.

Entrecruzando la vida de esas dos mujeres este excelente libro, una rigurosa investigación periodística que se lee como un thriller apasionante, nos introduce de lleno en el dantesco escenario del conflicto norirlandés. Cuatro años de investigación, más de cien entrevistas, 68 páginas de notas le sirven al autor para profundizar en las operaciones de contrainsurgencia del ejército británico, dirigidas por militares formados en la represión contra la revuelta de los Mau Mau en Kenia o la guerrilla comunista de Malasia, últimos y sangrientos coletazos del Imperio Británico; en las disputas en el seno del republicanismo (Gerry Addams no sale precisamente bien parado); en la compleja evolución del conflicto hacia el Acuerdo de Viernes Santo; en las heridas abiertas, las memorias dañadas y los silencios cómplices; y, sí, también, en el esclarecimiento (relativo, nadie ha sido juzgado por ello) de lo que le ocurrió a la desdichada Jean McConville. Un emocionante ejercicio de memoria.


sábado, 24 de octubre de 2020

A la sombra del Gorbeia: Gatzarrieta, Artalarra, , Aldabe y Arrabakoatxa

Como para mañana anuncian mal tiempo, hoy me he acercado hasta la zona del Gorbeia con la intención de disfrutar de una corta pero preciosa travesía por cuatro de las cimas que, a la sombra del gigante, bordean la campa de Arraba. Es un paseo sencillo pero muy hermoso, y que nos libra de la masificación insoportable del Gorbeia en los últimos años.

A las 8:30 he salido del aparcamiento de Pagomakurre, ya casi completamente ocupado. Por la pista que lleva a Arraba he dejado atrás a una treintena de personas, entre ellas dos grandes grupos compuestos por diez o doce personas cada uno.

Aldamin y Gorbeia desde Arrabako Atea, a donde he llegado a las 9:00.

 

En este cruce cojo el ramal de la derecha hacia el refugio de la Federación. También se puede continuar hacia Gorbea/Gorbeia y antes del paso de Aldabe subir hacia el Gatzarrieta, pero hacía mucho tiempo que no me acercaba por el refugio.
Gatzarrieta y Artalarra desde el ramal que lleva al refugio.

Fuente Elorri.
Subiendo hacia el collado Gatzarrieta.

Desde el collado (9:20 h.), hacia la derecha queda Artalarra.

A la izquierda Gatzarrieta, primera cumbre de hoy.

Desde aquí y hasta regresar de nuevo a Arraba, muchísimo viento, y bastante frío.
Cumbre de Gatzarrieta (1.182 m. / 9:30 h.). 
No sé por qué dicen que la cabra siempre tira al monte...
Descenso hasta el collado Gatzarrieta para subir a la cercana cima de Artalarra.
Buzón de Artalarra (1.163 m. / 9:40 h.).
 Aldamin y Gorbeia desde Artalarra.
En dirección a Aldabe el terreno kárstico ofrece un aspecto fantástico. No es para menos: estamos en las puertas de Itxina.
Aldabe, sin buzón (1.176 m. / 9:50 h.).
Arrabakoatxa o Arrabatza (1.177 m. / 10:10 h.). La placa del buzón recuerda a un socio del club Baskonia, que falleció al sufrir un infarto cuando ascendía al Espigüete.
Lekanda desde Arrabakoatxa.

Zoom a la cruz del Gorbeia. Se aprecia que hay mucha gente.

Gatzarrieta.
Anboto.
He dudado si continuar hacia Gorosteta y Arranoatx, pero el fuerte viento hacía el camino muy desagradable. Así que las dejo para otro día y he regresado a Arraba por el bonito paso de Mandobide.



Vistazo hacia atrás al paso de Mandobide.
Mesa de orientación a la entrada de Arraba.
Al llegar a Arrabako Atea (10:45 h.) para descender hasta Pagomakurre he visto que llegaban decenas de personas. Me he puesto a contarlas y en los 2,5 km. que median entre Arraba y Pagomakurre me he cruzado con 142 personas.
He llegado a Pagomakurre a las 11:10 h. Había centenares de coches aparcados a lo largo de la pista que lleva hasta Areatza, estrechando el paso de tal manera que era imposible cruzarse con los muchos coches que todavía seguían subiendo. Quien tenga la competencia y la responsabilidad, Diputación Foral o Gobierno Vasco, va a tener que ponerse manos a la obra y plantearse algún mecanismo de gestión de los accesos, ya sea con límites horarios o con sanciones al aparcamiento fuera de los lugares previstos para ello, porque la verdad es que esta mañana aquello parecía una autovía en hora punta.