Zubero
Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
martes, 20 de octubre de 2026
NAZA: la banalidad (sionista) del mal
lunes, 19 de octubre de 2026
De contar escaños a construir alternativas
Llevo tiempo insistiendo en que las izquierdas a la izquierda del PSOE están discutiendo su futuro en el lugar equivocado. Mientras la sociedad afronta amenazas de una gravedad extraordinaria, sus organizaciones parecen incapaces de salir de una conversación interminable sobre candidaturas, liderazgos, siglas, vetos y repartos electorales. Todo se mide en escaños: los que se tienen, los que se pueden conseguir, los que se perderían concurriendo por separado y los que podrían obtenerse mediante esta o aquella alianza. Una aritmética electoral que, siendo imprescindible, amenaza con devorar cualquier reflexión sobre el proyecto político al que debería servir.
Gabriel Rufián contribuyó a situar esta cuestión en el centro del debate público cuando propuso racionalizar la oferta electoral de las izquierdas para evitar que la fragmentación desperdiciara votos y representación parlamentaria. Su propuesta fue recibida en algunos ambientes como una revelación, hasta el punto de convertirlo casi en el esperado salvador de una izquierda desorientada. Sin embargo, la necesidad de evitar la dispersión electoral era conocida desde hacía mucho tiempo. Lo difícil nunca ha sido comprender las consecuencias del sistema electoral, sino construir las condiciones políticas que permitan superarlas.
Y ahora Rufián ha pasado de la aritmética a la patafísica, montando un lío monumental y dejando a muchas gentes de izquierda defraudadas. Se habló de primarias, de participación y de protagonismo ciudadano, pero el resultado ha sido una operación política cuya gestación y cuyos acuerdos siguen siendo difíciles de explicar. Al final, quienes confiaron en aquella propuesta pueden tener la desagradable sensación de haber hecho el primo.
La alianza entre ERC y Podemos -o entre Rufián e Irene Montero, que todavía no está claro cómo ni dónde se ha gestado- ha vuelto a colocar sobre la mesa todos los problemas irresueltos de la izquierda plural. Tampoco sabemos hasta qué punto una decisión de semejante trascendencia ha sido debatida y acordada mediante los procedimientos internos de Podemos. Y esta cuestión importa, porque una de las patologías que aquejan a las organizaciones políticas es la creciente autonomía de sus liderazgos respecto de sus propias bases.
A mi juicio, este acuerdo ha sido determinante para hacer imposible una candidatura común de las izquierdas. Resulta difícil comprender cómo podía esperarse que los Comuns, una de las organizaciones integrantes de Frente Amplio, aceptaran apoyar electoralmente en Cataluña a una fuerza con la que compiten directamente. El pacto con ERC alteraba las condiciones mismas de la negociación, estableciendo de antemano una alianza que excluía a una parte de quienes supuestamente debían construir la unidad. Que después se invitara a Frente Amplio a incorporarse al acuerdo no resolvía la contradicción, equivalía a exigir que las demás organizaciones aceptaran una decisión tomada sin ellas.
El fracaso del intento de construir una candidatura común de ámbito estatal ya es un hecho. Podemos y Frente Amplio concurrirán por separado a las próximas elecciones generales, ofreciéndonos una nueva demostración de hasta qué punto las izquierdas han quedado atrapadas en sus propias lógicas organizativas. Naturalmente, los escaños importan, son necesarios para aprobar leyes, sostener gobiernos, impedir retrocesos y transformar las condiciones materiales de vida. Pero su valor político depende de aquello que permiten hacer y cuando las alianzas se deciden principalmente por su rentabilidad parlamentaria y los liderazgos se convierten en el centro de la conversación, se produce una inversión de prioridades cuyas consecuencias van mucho más allá de una convocatoria electoral.
Esta obsesión por contar escaños -¡tralará!- encuentra un poderoso aliado en toda esa caterva de spin doctors que han convertido la política en una competición por controlar el relato. Su influencia se reconoce en una forma de hacer política en la que importa cada vez más cómo se presenta una decisión que sus consecuencias reales, cómo se distribuyen las responsabilidades que cómo se asumen y cómo se construye una imagen de liderazgo que cómo se construye una organización democrática. Para la izquierda, esta sustitución de la política por la comunicación constituye una forma de rendición ideológica.
Consumada la ruptura, asistiremos a una nueva competición por imponer el relato de lo ocurrido y atribuir la responsabilidad del fracaso a las demás. Pero, una vez hecho el roto, confieso que no tengo ninguna gana de seguir escuchando acusaciones cruzadas. Dejemos esa tarea a los creyentes de parte, que estos días parecen odiar más a la izquierda que no es la suya que a la propia extrema derecha. Bastante daño se ha hecho ya como para prolongarlo con una guerra de reproches que solo servirá para profundizar las divisiones. La unidad no se demuestra proclamándola en una rueda de prensa ni responsabilizando a otras fuerzas de su fracaso, sino mediante decisiones, renuncias y compromisos verificables. Cuando la preocupación por ganar la batalla del relato se impone sobre la voluntad de alcanzar acuerdos, la comunicación partidista se convierte en una coartada para eludir las responsabilidades de la política.
Porque lo más preocupante es que las consecuencias de esta forma de actuar no se limitan a las organizaciones que compiten entre sí, alcanzan a quienes esperan de ellas respuestas a problemas urgentes. Mientras se discute quién encabezará cada candidatura, los alquileres siguen expulsando a miles de personas de sus barrios, la precariedad condiciona la vida de generaciones enteras, los servicios públicos afrontan dificultades y crecen las amenazas contra los derechos de las mujeres, las personas migrantes y otros colectivos vulnerabilizados. Resulta imposible justificar la pequeñez de algunas disputas partidarias ante la gravedad de estos problemas, y es esa distancia la que debería preocupar a unas izquierdas cuya razón de ser es transformar las condiciones de vida de la gente, especialmente de quienes más necesitan de la acción colectiva para defender sus derechos.
El avance de las derechas autoritarias, la normalización de la desigualdad, la xenofobia, la reacción machista y el desprecio hacia la crisis ecológica exigen una respuesta política a la altura de las circunstancias, capaz de generar compromisos duraderos, de ofrecer un horizonte de transformación reconocible y de conectar con las necesidades y aspiraciones de las clases populares. Si se sigue poniendo el proyecto al servicio del escaño, en lugar de poner los escaños al servicio del proyecto, la izquierda corre el riesgo de perder mucho más que unas elecciones.
La unidad electoral para el Congreso ha fracasado y hay motivos de sobra para el enfado, la decepción y hasta la melancolía, pero ninguna de esas emociones debería conducirnos a la resignación. Las organizaciones políticas tendrán que responder por sus decisiones, pero la ciudadanía no puede permitirse renunciar a su propia responsabilidad. La izquierda social es mucho más amplia que las organizaciones que pretenden representarla, y su futuro no puede quedar hipotecado por los errores de sus dirigentes.
Por eso, ante las próximas elecciones, quiero hacer un llamamiento expreso a todas las personas que compartimos la preocupación por el avance de las derechas: que nadie se quede en casa. Que cada cual vote a la candidatura de izquierda que considere más adecuada en su circunscripción, valorando sus convicciones, sus prioridades y las posibilidades reales de contribuir a impedir un gobierno de PP y Vox. Pero que vote. No podemos permitir que la frustración con las organizaciones se convierta en abstención y termine facilitando aquello que queremos evitar. Las organizaciones han tomado sus decisiones; ahora nos corresponde tomar las nuestras. Y después de votar, eso sí, habrá que seguir construyendo alternativas, exigiendo responsabilidades y defendiendo los espacios de organización y movilización colectiva. A ver si para la próxima hemos aprendido algo.
domingo, 18 de octubre de 2026
Eretza
sábado, 17 de octubre de 2026
Donde no hago pie
"Siento cada pregunta como un disparo. No tengo palabras. Quedo inmóvil. Digo frases sueltas, escuetas, mientras mis manos tiemblan".
La escritura acompaña esta experiencia mediante una estructura fragmentaria, compuesta por capítulos breves en los que se alternan recuerdos, conversaciones, reflexiones íntimas y episodios relacionados con el proceso judicial. El lenguaje es directo, contenido, a veces casi seco, y consigue transmitir la angustia, el cansancio y la incertidumbre sin recurrir al sentimentalismo. La autora tampoco construye una imagen heroica de sí misma, reconoce sus dudas, sus miedos, sus contradicciones y su vulnerabilidad. Esa renuncia a presentarse como una víctima ejemplar -justa lo que se espera de una mujer violada cuando comparece ante la justicia- constituye una de las mayores fortalezas del libro, porque permite comprender hasta qué punto las expectativas sociales sobre cómo debe comportarse una mujer que ha sufrido violencia sexual se convierte en otra forma de violencia:
También resulta especialmente relevante la dimensión colectiva que adquiere una experiencia aparentemente íntima. La violencia sufrida por la autora se inscribe en relaciones familiares atravesadas por el poder, el silencio y las lealtades, y su denuncia pone de manifiesto las dificultades que encuentran muchas mujeres cuando deciden romper esos silencios. Frente a la soledad y la desprotección aparecen, sin embargo, las redes de apoyo, las amistades, los vínculos afectivos y la solidaridad feminista, relaciones que permiten sostener un proceso que ninguna persona debería verse obligada a afrontar en soledad.
El título, Donde no hago pie, expresa con enorme precisión esa sensación de encontrarse en un territorio inseguro, sin puntos de apoyo suficientes, expuesta permanentemente a la posibilidad de hundirse, pero también remite a la búsqueda de una manera de mantenerse a flote. Al narrar su experiencia, Belén López Peiró recupera una capacidad de interpretación y de decisión que tanto el abuso como los procedimientos institucionales han amenazado, de manera que su relato introduce una voz propia allí donde otros discursos, especialmente el jurídico, tienden a apropiarse de su experiencia y a traducirla a sus categorías.
El resultado es un libro que invita a reflexionar sobre las limitaciones de una justicia centrada en la comprobación de los hechos y la determinación de responsabilidades penales, pero insuficientemente atenta a las necesidades de reconocimiento, cuidado y reparación de quienes han sufrido violencia machista.
¿Por qué una candidatura conjunta de izquierda al Senado, pero no al Congreso?
La explicación fundamental está en que el sistema electoral español establece dos lógicas muy diferentes para elegir el Congreso y el Senado. Esa diferencia hace que una candidatura conjunta de PSOE y fuerzas situadas a su izquierda pueda tener una justificación electoral especialmente clara en el Senado, mientras que en el Congreso los incentivos para la unidad son más complejos y dependen mucho de cada circunscripción.
Pero hay una segunda cuestión, de naturaleza política, que me parece
igualmente importante, y es la diferencia entre construir una alianza para evitar la
pérdida de representación y construir un proyecto político compartido. La
distinción permite entender por qué puede alcanzarse un acuerdo para el Senado
sin que exista una candidatura común para el Congreso.
1. El Senado: un sistema que incentiva fuertemente la
concentración electoral
En la mayoría de las provincias peninsulares se eligen cuatro senadores o
senadoras mediante un sistema mayoritario de voto limitado. Cada persona electora
puede votar hasta tres candidaturas individuales, y las cuatro personas más
votadas obtienen los escaños.
En la práctica, cuando el voto se concentra en dos grandes bloques, el
resultado habitual es que el bloque más votado obtiene tres escaños y el
segundo consigue uno.
Esto tiene una consecuencia decisiva: la fragmentación entre fuerzas
próximas puede permitir que un bloque obtenga tres escaños, aunque sus
adversarios sumen más votos.
Imaginemos una provincia con estos resultados hipotéticos:
- Derecha: 43 % de los votos.
- PSOE: 35 %.
- Izquierda alternativa: 15 %.
- Otras candidaturas: 7 %.
Si el PSOE y la izquierda alternativa concurren por separado, la derecha
podría conseguir tres escaños y el PSOE uno. En cambio, una candidatura
conjunta que consiguiera reunir el apoyo de ambos electorados podría obtener
los tres escaños mayoritarios.
Ejemplo ilustrativo de reparto de cuatro escaños
·
Izquierda separada: Derecha 3 · PSOE 1
·
Izquierda conjunta: Coalición 3 · Derecha 1
La unidad puede traducirse en un cambio considerable en el reparto de
escaños sin que cambie el número total de personas que votan a las fuerzas
implicadas.
Este mecanismo explica el interés por las candidaturas conjuntas al Senado,
incluso entre partidos que mantienen diferencias políticas importantes.
2. El Congreso: un sistema proporcional, aunque con
importantes distorsiones
En el Congreso la situación es distinta, ya que los 350 escaños se reparten entre
circunscripciones provinciales mediante el sistema D'Hondt, con listas cerradas
y bloqueadas.
Aunque se trata de un sistema proporcional, la existencia de muchas circunscripciones pequeñas introduce efectos mayoritarios. Esto significa que la unión electoral puede tener efectos diferentes según el territorio.
Imaginemos una provincia que reparte cinco escaños y presenta estos
resultados:
|
Candidatura |
Votos |
|
PP |
38 % |
|
PSOE |
32 % |
|
Izquierda alternativa |
12 % |
|
Vox |
12 % |
|
Otras |
6 % |
Aplicando D'Hondt, el reparto sería:
|
Escenario |
PP |
PSOE |
Izq. alternativa |
Vox |
|
Separados |
2 |
2 |
0 |
1 |
|
PSOE + izquierda alternativa |
2 |
3* |
— |
0 |
*Los tres escaños corresponderían a la coalición, no exclusivamente al
PSOE.
En este ejemplo, una candidatura conjunta permite obtener un escaño
adicional.
Es verdad (creo que es la única verdad que se ha dicho desde el espacio
ERC-Podemos) que, en circunscripciones grandes, como Madrid o Barcelona, donde
se reparten muchos escaños, la proporcionalidad es mayor y la unión puede
aportar ventajas más reducidas de modo que aunque dos candidaturas obtengan representación por
separado, su suma puede resultar muy próxima a la que alcanzarían juntas.
De aquí se desprende una diferencia importante: mientras que, en el Senado,
la unidad puede alterar radicalmente la distribución de los escaños, en el
Congreso, su rentabilidad electoral depende del tamaño de la circunscripción y
de la distribución del voto.
Hay, además, un matiz referido al umbral legal del 3 % que, en el caso del Congreso, no debe
confundirse con el porcentaje efectivo necesario para obtener representación. De hecho, en las provincias pequeñas, una candidatura puede superar ampliamente el 3 % y
quedarse sin escaño.
3. ¿Por qué una candidatura conjunta de izquierda al
Senado, pero no al Congreso?
Aquí entramos en el terreno de la estrategia política.
El acuerdo alcanzado ayer, 16 de octubre, entre PSOE y Frente Amplio para
las elecciones del 29 de noviembre se denomina Senado de Progreso. Incluye distintas fuerzas, entre ellas IU,
Movimiento Sumar, Más Madrid, Compromís, Chunta Aragonesista y Batzarre, con
acuerdos territoriales específicos y excepciones. Podemos no forma parte del
acuerdo general.
Creo que hay cuatro factores que ayudan a comprender esta diferencia.
Primero, el Senado facilita un acuerdo instrumental, desde el momento en que las organizaciones
pueden compartir el objetivo de modificar el reparto de escaños sin necesidad
de construir una identidad política común. La alianza puede presentarse como un
compromiso circunscrito a una institución concreta, no como un compromiso programático más o menos cerrado.
Segundo, el Congreso concentra la disputa por el Gobierno ya que, en España, la
investidura y la responsabilidad política del Gobierno dependen del Congreso.
Presentar una candidatura conjunta de PSOE e izquierda alternativa supondría
negociar un programa electoral, una dirección política y una distribución de
puestos mucho más compleja. También difuminaría las diferencias entre partidos
que aspiran a representar electorados parcialmente distintos.
Tercero, las organizaciones situadas a la izquierda del PSOE necesitan
mantener su autonomía política. Su relación con el PSOE combina cooperación y
competencia y una candidatura común al Congreso podría reducir su visibilidad
como alternativa diferenciada y complicar su capacidad para defender propuestas
propias. Naturalmente, también podría facilitar una representación más amplia
en determinadas circunscripciones, pero son efectos que deben valorarse
conjuntamente.
Cuarto, la unidad de la izquierda alternativa tampoco es automática. El
fracaso de las negociaciones entre Frente Amplio y Podemos para el Congreso
muestra que, incluso cuando existe una proximidad ideológica considerable, las
diferencias organizativas y las disputas por la representación pueden impedir
acuerdos. Según la información publicada esta mañana, concurrirán por separado
en buena parte del territorio, aunque existen acuerdos específicos en Canarias
y la Comunidad Valenciana.
4. Una paradoja política especialmente interesante
El acuerdo del Senado permite formular una pregunta que va más allá de los
cálculos electorales. Si el PSOE y varias fuerzas situadas a su izquierda han
podido ponerse de acuerdo para concurrir conjuntamente a una institución, ¿por
qué las organizaciones de la izquierda alternativa no han conseguido un acuerdo
general para el Congreso?
La respuesta no puede reducirse a la fórmula electoral. En el Senado, ya lo hemos dicho, existe un incentivo especialmente poderoso para concentrar el voto, pero ese incentivo no elimina las diferencias políticas ni organizativas. Lo que hace es facilitar que las organizaciones las dejen temporalmente en segundo plano. En el Congreso, las diferencias adquieren más importancia porque están en juego la composición del Gobierno, la capacidad de negociación parlamentaria y la continuidad de los proyectos partidistas.
Hay, además, otra cuestión que merece atención, y es que la unidad electoral
no garantiza por sí sola la transferencia íntegra de los votos porque una parte
del electorado puede rechazar una alianza determinada, abstenerse o apoyar otra
candidatura. Esto vale tanto para el Senado como para el Congreso.
Por tanto, sumar los porcentajes de dos partidos permite ilustrar el
funcionamiento del sistema, pero no basta para calcular el resultado real de
una coalición.
5. ¿Qué nos dice todo esto sobre la unidad de las
izquierdas?
El acuerdo para el Senado demuestra que organizaciones diferentes pueden
establecer una cooperación electoral cuando identifican un objetivo
institucional compartido. La propia plataforma ciudadana Senadoras y Senadorespor la Democracia, impulsora de la iniciativa, ha destacado la importancia de
la movilización social para alcanzar el pacto.
Pero el caso también permite distinguir tres dimensiones que con frecuencia
aparecen confundidas en el debate público:
- Unidad electoral: concurrir bajo una misma candidatura para mejorar la
conversión de votos en escaños.
- Unidad parlamentaria: cooperar después de las elecciones para sostener
determinadas políticas o mayorías.
- Unidad política y social: construir un proyecto reconocible, con
propuestas, prioridades y vínculos con la sociedad organizada.
Las tres pueden relacionarse, pero ninguna garantiza automáticamente las
otras.
El pacto alcanzado para el Senado es una muestra
de cooperación electoral entre organizaciones que mantienen su autonomía y su
existencia demuestra que es posible alcanzar acuerdos parciales sin resolver
todas las diferencias. El fracaso de una candidatura general de la izquierda
alternativa para el Congreso revela, por su parte, las dificultades de
trasladar esa cooperación a una institución donde se juega directamente la
representación política de cada partido.
La cuestión de fondo es hasta qué punto la cooperación
electoral puede contribuir a construir un proyecto político compartido (que es
lo que se buscaba con la unión de la izquierda alternativa para el Congreso), y
hasta qué punto se limita a gestionar las consecuencias de la fragmentación
existente (que es lo que se busca con el acuerdo entre PSOE y Frente Amplio
para el Senado).
Me parece que esa distinción es especialmente pertinente para analizar las
negociaciones de estas últimas semanas, porque una cosa es ponerse de acuerdo
para no perder escaños y otra bastante más complicada, pero también más relevante,
es ponerse de acuerdo sobre qué hacer con ellos. En esto hemos fracasado.
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