sábado, 20 de julio de 2019

Érase una vez la taberna de Swan

Diane Setterfield
Érase una vez la taberna de Swan
Traducción de Ana Mata Buil
Lumen, 2019


El lugar: la taberna de Swan, en la población de Radcot, junto al Támesis.

La época: finales del siglo XIX. Al comienzo del libro nos sitúan quinientos años despues de la batalla del puente de Radcot, ocurrida en 1387. Más que mediado el relato, uno de los clientes de la taberna explica la teoría de Darwin para hilaridad de todos los presentes: "Pues hay un tipo que piensa, sí, sí, piensa, os lo aseguro, que los humanos, como vosotros y como yo, ¡son un tipo de mono!". Como es sabido, El origen de las especies se publicó en 1859.

Así pues, érase una vez la taberna de Swan, un día entre 1859 y 1887, más cerca de la primera fecha que de la segunda, en la noche del soslsticio, la más larga del año: "Es una época propicia para la magia. Y cuando los límites entre el día y la noche se estiran tanto que se vuelven casi imperceptibles, también lo hacen los límites entre los mundos. Los sueños y los relatos se funden con las experiencias vividas, los vivos y los muertos se rozan en sus idas y venidas, y el pasado y el presente se tocan y se superponen. Pueden ocurrir cosas inesperadas". [Aquí pueden leerse las siete primeras páginas del libro, maravillosas, que nos situan en el escenario de la historia].

La especialidad de Swan no es la cerveza, aunque se consuman pintas sin parar. Tampoco el pato o la trucha recién pescada. La especialidad de la taberna de Swan son las historias que allí se relatan con una técnica tan depurada que no está al alcance de cualquiera. Para contar una buena historia en Swan no basta con tener una historia, por más cierta que esta sea:  
"-¡Sí que lo hizo! ¡Yo estaba allí! ¡La vi con mis propios ojos!
-Sí, bueno, a lo mejor sí ocurrió, pero no lo puedes contar así.
-¿No lo puedo contar tal como pasó? Eso no tiene ni pies no cabeza. Empiezo a arrepentirme de haberme decidido a contar la historia. Nunca habría dicho que contar algo podría ser tan difícil.
-Es todo un arte -comentó Albright con tono apaciguador-. Ya le cogerás el truco".

Pues bien: la noche de solsticio en cuestión, mientras los clientes habituales (excavadores de grava, recolectores de berros, barqueros...) beben y fuman y van contando y escuchando las historias de siempre como si fueran nuevas,precisamente cuando el propietario de la taberna, el mejor narrador de historias del lugar, toma la palabra para dar inicio a uno de sus esperados relatos -"Érase una vez..."- irrumpe en el local un hombre empapado y ensangrentado llevando en brazos lo que al principio toman por una grotesca marioneta, pero que acaba siendo una niñita de unos cuatro años aparentemente muerta.



¿Quién es esa niña? Tres familias creen que puede ser su familiar desaparecido: una madre está segura de reconocer a su hija, secuestrada dos años antes y nunca devuelta; un padre cree que puede ser su nieta, fruto de una relación de su irresponsable hijo adoptivo; una pobre mujer espera que sea su hermana pequeña, de cuya muerte la acusa su brutal y siniestro hermano. ¿Es Alice? ¿es Amelia? ¿es Ann? A partir de aquí la historia central fluye poderosa como un río, diseminándose también en otras historias (de pérdida y duelo, de amor y rectitud, de miedos y ambiciones), como arroyos y afluentes que, al cabo, terminarán confluyendo.


El Támesis es protagonista principal de este libro: "Al timón del Colodión, mientras surcaba las aguas, Daunt tuvo que reconocer que el río era algo demasiado inmenso para quedar contenido en un libro. Majestuoso, fuerte, desconocido, se doblega con tolerancia a los quehaceres de los humanos hasta que decide no hacerlo más, y entonces, cualquier cosa puede ocurrir. Un día el río se presta a darle vueltas a la rueda para moler la cebada, al día siguiente ahoga la cosecha". Un cauce de agua que actúa como un ser vivo y que aloja a Silencioso, el fantasmal barquero que aparece cuando alguien se encuentra en apuros en las aguas, que guía a algunas personas hasta la orilla para que puedan vivir un día más, pero que lleva a otras "a una orilla completamente distinta", de la que jamás regresan.[Para conocer el Támesis Diane Setterfield recomienda la web Where Thames Smooth Waters, y ciertamente es una auténtica "Thamespedia"].

Siendo una historia que transcurre en derredor y en el interior mismo de una humeante taberna, las mujeres son tan protagonistas como el río mismo: "Mientras el agua permanecía imperturbable e indiferente alrededor de la taberna, las mujeres del Swan se ocupaban de las labores humanas de nacer y morir. A un lado de la pared, Xxxxxx se esforzaba por traer a su hijo al mundo. Al otro lado, Xxx se esforzaba por abandonarlo. Las Pequeñas Margot ayudaban en todo lo que hacía falta, para que la vida pudiera comenzar y terminar. Llevaban agua y paños limpios, llenaban cestos de leña y avivaban el fuego, encendían velas, preparaban platos de comida que todos comían sin rechistar por buena educación pese a que nadie tenía apetito, y mientras tanto, también lloraban y animaban y calmaban y consolaban".

No cuento más, para no desvelar nada esencial de una trama compleja como el mecanismo de un reloj de cuco. Una historia que hay que leer con atención, a ratos dejándose llevar, otras veces remando contra la corriente. Una historia de historias, fantásticamente real:

"¿Qué había ocurrido esa noche en realidad? La palabra que había utilizado Jonathan había sido 'milagro', y ambos la saborearon lentamente en la lengua. Estaban acostumbrados a leerla en la Biblia, donde significaba cosas imposibles que habían ocurrido en un tiempo inmemorial en lugares tan remotos que bien podían no haber existido jamás. Aquí, en la taberna, el término se refería  a la posibilidad, tan improbable que daba risa, de que Beszant, el reparador de barcos, llegase a pagar alguna vez al contado lo que había bebido: eso sí que sería un buen milagro. Pero esa noche, durante el soslticio de invierno en el Swan de Radcot, la palabra había adquirido un cariz muy diferente".

Pero, como dice alguien, "Sólo porque algo sea imposible, no significa que no pueda ocurrir".

Un verano con Homero

Sylvain Tesson
Un verano con Homero
Traducción de Robert Juan-Cantavella
Taurus, 2019


"Yo estaría dispuesto a militar por el regreso a las lecturas declamadas de viva voz en la plaza pública. La señora Hidalgo [alcaldesa de París], genio del Olimpo, inventaría una de esas noches en blanco cuyos secretos bien conoce. Llamaríamos al evento 'Todas y todos en toga', y vocearíamos la Ilíada a voz en grito en el ágora parisina".

Sylvain Tesson es conocido por sus relatos de viajes. Ya he citado aquí y aquí su recomendable e inspirador libro La vida simple, y aquí el amigo Txetxu, anteriormente conocido como "el caminante" 😁, lo refiere profusa y oportunamente.

Ahora se entrega a releer y reflexionar el relato de viajes por excelencia; la Odisea, precedido de la Iliada, pues sin la guerra de Troya Ulises (Odiseo) jamás hubiera abandonado Ítaca.

"¿Cómo explicar que un relato de dos mil quinientos años resuene hoy con un brillo nuevo, con el centelleo de las aguas de una pequeña cala? ¿Por qué estos versos de inmortal juventud siguen iluminando el enigma de nuestro futuro?". Tesson sostiene que la razón de esta permanencia tiene que ver con la estabilidad de fondo de la naturaleza humana: "El poema homérico es imperecedero, porque el hombre, si acaso, cambió de vestimenta, pero sigue siendo el mismo personaje, igual de miserable o de grandioso, igual de mediocre o de sublime, ya vaya ataviado como un guerrero en la llanura de Troya o espere el autobús bajo una marquesina del siglo XXI".

De ahí que a lo largo del libro la reproducción de los inmortales versos de Homero se entreveren con reflexiones actuales sobre las fronteras, la emigración, el cambio climático, el individualismo, las religiones, la comunidad, la guerra, las redes sociales, la soberanía, los límites ecológicos o el progreso.

Tesson añora un tiempo más heróico: "En el siglo XXI, el heroísmo occidental consiste en publicar la debilidad propia". Le ocurre lo mismo que a Sebastian Junger. No es lo mismo leer la Ilíada en una luminosa terraza blanca en las Cícladas que protagonizarla en la ensangrentada llanura de Troya; como es muy distinto sufrir el atormentado viaje de Ulises que cruzar el Atlántico en un avión con aire acondicionado y servicio de cabina. Hay aquí algo de impostura. Pero se trata de un libro poliédrico, y a cada vuelta de página encontraremos una imagen, una escena, un verso, una actitud en la que detenernos, con la que deleitarnos y de la que aprender. 


"Mañana habrá drones vigilando un cielo intoxicado de deóxido de carbono, robots controlando nuestras identidades biométricas, y estará prohibido reivindicar una identidad cultural. Mañana, diez mil millones de seres humanos conectados unos a otros podrán espiarse en tiempo real. Las multinacionales nos ofrecerán la posibilidad de vivir unas cuántas décadas más por medio de operaciones de cirugía genética. Homero, viejo compañero del presente, puede conjurar esa pesadilla poshumanista. Nos propone una actitud: la de un hombre abierto a un mundo iridiscente y no criado en un planeta menguado".


martes, 16 de julio de 2019

El tiempo regalado

Andrea Köhler
El tiempo regalado. Un ensayo sobre la espera
Traducción de Cristina García Ohlrich
Libros del Asteroide, 2018

"Los invernaderos y la globalización se ocupan hoy de que ni los productos de la agricultura ni las estaciones del año tengan ya ese aroma especial que una vez ligó un sabor particular a un mes. Hoy tenemos mazapanes en agosto. Es propio del progreso que cada ganancia entrañe una pérdida y que el sudor del verano ya no llegue hasta nuestra memoria por medio de nuestras papilas gustativas, como el recuerdo instigado por la madalena de Proust. Tal es el precio que pagamos por que nos inunden las fresas entre mayo y diciembre, fresas que no huelen ya a nada y a nada nos recuerdan. Hoy es un anacronismo en muchos ámbitos de la vida esperar  a que algo madure, y casi ni nos importa. Y eso que la necesidad de plegarse a ciertas cosas tenía también una vertiente muy confortable. No éramos entonces responsables de la aceleración de las cosas".

Este sosegado ensayo reflexiona sobre una modernidad caracterizada por el "acortamiento en los tiempos de espera". Esperar nos desespera. Lo queremos todo y lo queremos ahora.
Hemos sustituido la parsimoniosa carta por la inmediatez del whatsapp, el umbral por el acceso inmediato, la reflexión por la reacción automática...

Pero la aceleración no atempera nuestra impaciencia, al contrario, la incrementa. Tanto nos hemos desacostumbrado a esperar que la espera más nimia se nos vuelve insoportable. La impaciencia y, con ella, la disminución del umbral de tolerancia hacia la lentitud, aumentan con cada incremento de la velocidad. "Oye, que no me has respondido, y te he mandado un mensaje hace ya tres minutos...".

El ácido Joseph Heller, autor de la celebrada Trampa 22, nos ofrece el siguiente diálogo en una obra posterior (La hora del recuerdo, Planeta, 1995):
"– Podemos darte un avión –prometió Wintergreen– que lo hará ayer.
¡Shhhh! – dijo Milo.
– ¿El ¡Shhhh!? –dijo el experto en nomenclatura militar–. Es un nombre perfecto para un bombardero
silencioso.
– Entonces el ¡Shhhh! es el nombre de nuestro avión. Va a mayor velocidad que el sonido.
– Supera la velocidad de la luz.
– Puedes bombardear a alguien antes de decidirlo. Decídelo hoy, ya está hecho ayer"
.

¿Seremos capaces de recuperar "la renuncia a la simultaneidad de deseo y cumplimiento"?

sábado, 13 de julio de 2019

Paseo por la sierra de Aramotz: Mugarra, Artatxagan y Leungana

Como para esta noche y para mañana por la mañana anuncian algo de lluvia, he decidido aprovechar la mañana del sábado para volver a una zona que siempre merece la pena: la sierra de Aramotz y, concretamente, su cima más emblemática, el Mugarra. Al final, han sido tres las cumbres por las que he pasado: Mugarra (964 m.), Artatxagan (998 m.) y Leungane (1009 m.).

A las 8:20 he salido desde un pequeño parking junto al polideportivo de Mañaria. Tras cruzar un puente de madera sobre el río Erleabeko un poste señalizador me indica la dirección y la distancia que tengo que recorrer en la primera etapa del día.



El ascenso desde aquí no tiene pérdida y el Mugarra enseguida asoma sobre los pinares.

La pendiente, eso sí, es fuerte desde el principio, por lo que se gana altura con rapidez. A la izquierda, Artatzagana, a la derecha, Mugarra. Entre ambos, el collado de Mugarrikolanda. Allá voy.

Giro a la derecha a la altura del caserío Agirre, perfectamente señalizado. Aquí abandono la pista asfaltada para continuar por otra de cemento al principio y de tierra y grijo más adelante.

Nueva desviación, esta vez sin señalizar. Hay que ir a la izquierda.


Los pinares quedan abajo y el paisaje empieza a ofrecer estampas más bellas.




En la impresionante pared sur del Mugarra anidan los buitres. Un cartel advierte de la prohibición de escalar entre enero y agosto, precisamente por ser época de nidificación de estas aves. Sin embargo, llegando a Mugarrikolanda había gente escalando...


Cada vez más cerca del collado.
Mirando hacia atrás, Udalaitz (con txapela de nubes), Untzillatx y tras este, tapados por la niebla, Alluitz y Anboto.




Llegando al collado, un alimoche me sobrevuela.


Collado de Mugarrikolanda: 780 m. bien sudados.


Rodeo la peña para subir por su vertiente Norte. Tras ascender una empinada campa, el terreno cambia: roca caliza y sendero estrecho entre encinas (encinas, sí) aferradas a las peñas como si les fuera la vida en ello... lo que seguramente es así.





Salgo a la cresta y llego al Mugarra, con sus dos buzones.


Como otras veces, dedico unos minutos a recordar a Igor, fallecido en este monte, con quien compartí buenos ratos cuando él estaba haciendo su tesis doctoral en el departamento de Sociología de la UPV/EHU.


Alli abajo, Mañaria.

A la altura de los mismos buitres...
 
 
 

Las vistas desde aquí son espectaculares: Gorbea y Lekanda...

... Gran Bilbao y el Abra...
... Ganekogorta...
... Udalaitz...
... Sierra Salvada...
... Gorbea y Aldamin...
... Urdaibai...
Ahí asoma Anboto.

Como aún era pronto, ha regresado al collado de Mugarrikolanda para llegarme hasta Leungane.




De nuevo el terreno cambia sustancialmente. Ahora parece que estuviera en Itxina: hayas, karst, musgo, colchones de hojas, dolinas. Siguiendo las marcas blanqui-amarillas de la PR no hay pérdida.







Como quiero pasar primero por Artxagan, me salgo de la ruta y voy subiendo hasta coger la cresta que me lleva hasta la cósmica cima.

Desde la cumbre del Artxagan se ve perfectamente el Leungane, mi siguiente y último objetivo de esta mañana.

Caballos, bajando del Artatxagan.
 
 
Mugarri en el collado entre Artatxagan y Leungane.


Cumbre del Leungane. 
 
Al fondo, Mugarra.

Haciendo zoom se aprecia el buzón de Artatxagan y gente en la cumbre del Mugarra.

Vuelvo a segir el PR y me introduzco de nuevo en el bosque, de regreso hacia Mugarrikolanda






Una breve parada en la cuidada Fuente de Mugarrikolanda.


Y desde el collado, vertiginosa bajada hasta Mañaria.