lunes, 28 de septiembre de 2026

Doctor Rat

William Kotzwinkle
Doctor Rat
Traducción de Antonio García Maldonado
Navona, 2016

"Oigo gente hablando en el campus; parecen especialmente tranquilos. La humanidad sigue funcionando. Pero ya no hay patitas correteando sobre el césped. Ya no se deslizan las discretas sombras de los felinos. Ni un solo maullido, ni un solo gorjeo, ni un solitario ladrido en toda la creación. Se percibe el vacío: la Solución Final te genera cierta sensación de soledad".


Esta novela nos encierra en un laboratorio y nos obliga a escuchar, durante buena parte del relato, la voz de quien justifica lo que allí sucede. Y esa voz no pertenece a uno de los científicos que experimentan con animales, sino a una rata, ella misma víctima de innumerables experimentos, que ha terminado identificándose de tal manera con sus torturadores que se ha convertido en el más entusiasta defensor del sistema que la destruye.

Publicada en 1976 y ganadora del World Fantasy Award en 1977, Doctor Rat puede leerse en primera instancia como una feroz denuncia de la experimentación con animales. Kotzwinkle describe procedimientos reales o verosímiles con una crudeza que en ocasiones hace difícil continuar leyendo y extiende progresivamente su mirada más allá del laboratorio hacia otras formas de explotación animal. Pero reducir la novela a una reivindicación de los derechos de los animales sería empobrecerla. Lo que verdaderamente la vuelve inquietante es la pregunta que atraviesa toda la narración: ¿cómo consigue un sistema de dominación que su propia violencia aparezca como razonable, necesaria e incluso beneficiosa para quienes la padecen?

El personaje del Doctor Rat es una creación literaria sumamente desasosegante porque no se considera una víctima, al contrario, está orgulloso de su condición, de sus conocimientos y de su cercanía imaginaria al mundo de los científicos. Ha corrido por laberintos, ha sido sometido a experimentos, ha sufrido en su propio cuerpo la violencia del laboratorio (¡ha sido castrado!), pero interpreta todo ello como participación en una empresa superior: el progreso de la humanidad. Mientras las otras ratas (y perros, y gatos, y monos...) sufren y mueren, él explica, tranquiliza, racionaliza. Nada de lo que ocurre carece de sentido porque todo se hace en nombre de la Ciencia. Doctor Rat maneja el lenguaje científico, cita artículos publicados en prestigiosas revistas, clasifica especies, invoca experimentos, subvenciones, protocolos y conocimientos especializados y contempla el sufrimiento con una mezcla delirante de entusiasmo académico y servilismo. Su locura consiste en haber llevado hasta sus últimas consecuencias la racionalidad del laboratorio. No niega lo que ve, simplemente dispone de una explicación que permite justificarlo todo:

"—Compañeras ratas, por favor, si tienen alguna queja legítima, pónganla por escrito y háganla llegar por triplicado al Boletín.
—¡EXIGIMOS NUESTROS DERECHOS!
—Compañeras ratas, la Ley 89-544 del 89º Congreso de Estados Unidos las protege, y cito, a saber: «La Secretaría deberá establecer y promulgar normas que garanticen el trato humano, la atención, el cuidado y el transporte de los animales por parte de los distribuidores y centros de investigación». ¿Lo ven? Están bajo la protección de la gran ley de estos maravillosos Estados Unidos.
—Hoy me han sacado los ojos con una cuchara.
—Para que así veas mejor los hechos científicos, amiga mía. Era esencial.
—Han hecho que me crezca una costra horrible por toda la cara. ¡Pica!
—¡Mi barriga!
—¡Mi columna!
—Mis queridas ratas, no han entendido nada de la sección 13 de la mencionada ley, y cito: «Lo anterior no se interpretará como una prohibición de la Secretaría de las normas para el manejo, cuidado y trato de los animales durante investigaciones o experimentos en curso en centros de investigación que hayan sido promulgadas por dichos centros de investigación». Lo ven, ¿no? En cuanto llegan aquí, al laboratorio, la ley permite a nuestro Sabio Profesor hacer lo que le dé la gana con ustedes. Me alegra informarlas de que la ley contempla formas de imponerse.
—Métase la ley por el culo, Doctor. Queremos leyes humanas. ¡NO A LOS EXPERIMENTOS CON ANIMALES!
—Humanas, humanas, siempre insistiendo con lo de humanas. Compañeras ratas, ¿saben cómo califica la Asociación Americana de Medicina a los que no paran de insistir en lo humano? ¡Humaníacos! Sí, eso es lo que son, ¡humaníacos medio tontos!".

Por eso el personaje puede entenderse como una figura extrema de la interiorización de la dominación. No hace falta que el poder hable permanentemente por sí mismo cuando ha conseguido instalar su lenguaje en quienes lo padecen, el Doctor Rat contempla a los demás animales desde la perspectiva humana y ha asumido incluso la jerarquía ontológica que legitima su propia utilización: la humanidad ocupa la cúspide y las demás especies encuentran su sentido en servirla. Su tragedia no consiste únicamente en haber sido torturado, sino en haber aprendido a interpretar su tortura con las categorías de quienes la infligen.

Kotzwinkle consigue así que la novela desborde muy pronto el problema específico de la experimentación animal convirtiendo el laboratorio en una miniatura de un determinado orden social. Allí existe una institución, una jerarquía, un saber experto y, sobre todo, un lenguaje capaz de transformar el sufrimiento concreto en necesidad abstracta. Lo que visto desde la jaula es dolor, mutilación y muerte puede convertirse, contemplado desde el discurso institucional, en investigación, conocimiento o progreso. La sátira no consiste en negar sin más la ciencia, sino en mostrar la extraordinaria capacidad de las instituciones para producir vocabularios que neutralizan moralmente las consecuencias de sus prácticas. De este modo, más allá de las preocupaciones más evidentes, propias de los años setenta -ecologismo, experimentación animal, crítica de la tecnocracia, su mecanismo crítico resulta mucho más amplio y la pregunta que plantea puede trasladarse a cualquier institución: ¿qué ocurre cuando sus fines terminan justificando automáticamente sus medios? ¿En qué momento el lenguaje técnico deja de ayudarnos a comprender la realidad y empieza a protegernos de aquello que preferimos no ver?

"¿Les parece que observemos el experimento más de cerca? Uno de nuestros asistentes ha estado trabajando en él durante la última hora. Tiene en la mano un mazo para trabajar el cuero crudo. Miren de cerca ahora: el ayudante levanta el mazo y golpea al perro en una pata. Otro asistente lleva la cuenta. Ese es el golpe número 573. El perro recibirá exactamente mil golpes en la pierna, que el el número que la Universidad de Columbia ha establecido como necesario para producir un shock. Estamos muy agradecidos a los Sabios profes de Columbia por esta información". 

Frente a Doctor Rat aparecen los otros animales y aquí la novela cambia progresivamente de escala. Lo que comienza en el espacio claustrofóbico del laboratorio se abre hacia una especie de conciencia animal planetaria y animales de diferentes especies y lugares parecen escuchar una llamada común que les lleva a rebelarse contra el orden humano. La estructura narrativa alterna a partir de ahora la voz frenética de Doctor Rat con otras perspectivas animales hasta convertir una historia inicialmente localizada en una insurrección de dimensiones universales. Este desplazamiento modifica también el registro del libro cuando la sátira grotesca va adquiriendo una dimensión lírica, casi mística. Frente al mundo humano, definido por la clasificación, la explotación y la utilidad, emerge una comunidad de los vivientes basada en una suerte de reconocimiento elemental. La novela invierte radicalmente la mirada antropocéntrica, los seres humanos dejan de ser quienes observan, clasifican y explican a los animales para convertirse en una especie observada desde fuera, y ahora son nuestros comportamientos los que resultan extraños. La domesticación, el matadero, la experimentación o la destrucción de otras especies dejan de aparecer como actividades normales de una civilización avanzada y son contempladas por quienes sufren sus consecuencias.

Hay algo profundamente político en esta inversión porque todo orden de dominación contiene también una distribución de la palabra según la cual alguien describe la realidad y alguien es descrita, alguien clasifica y alguien es clasificada, alguien decide qué sufrimiento resulta necesario y alguien debe soportarlo. Kotzwinkle altera esa distribución, concediendo lenguaje a quienes normalmente aparecen como objetos y convirtiendo en objeto de observación a la especie que se ha reservado históricamente el privilegio de observar.

Pero la genialidad del libro consiste en introducir dentro de esa comunidad sometida una voz disidente, la del Doctor Rat, quien, mientras los demás animales empiezan a reconocerse como víctimas de una misma estructura, insiste en que no existe estructura alguna de dominación, sino únicamente progreso, ciencia y necesidad. Es el colaborador perfecto porque no se siente colaborador, cree sinceramente en aquello que defiende. Por eso provoca simultáneamente risa, repugnancia y compasión. En realidad es también una de las grandes víctimas del libro, ya que los experimentos no solo han actuado sobre su cuerpo, han colonizado su imaginación, le han arrebatado incluso la posibilidad de reconocerse en los otros animales. Cuando estos se rebelan, Doctor Rat no puede acompañarlos porque hacerlo exigiría reinterpretar toda su existencia y admitir que aquello que había presentado como servicio, honor y progreso solo era sufrimiento y sometimiento.

Leída hoy, la novela puede situarse junto a una tradición que va de Rebelión en la granja a determinadas formas contemporáneas de pensamiento ecológico y crítica del antropocentrismo, aunque su operación es distinta de la de Orwell. Los animales de Kotzwinkle no son máscaras detrás de las cuales reconocer grupos humanos, importan en cuanto animales, su sufrimiento no necesita convertirse en metáfora de nuestro sufrimiento para adquirir relevancia moral. Y ese desplazamiento resulta fundamental, ya que la novela nos obliga a preguntarnos si somos capaces de reconocer como sujetos a seres cuya experiencia del mundo nunca podremos conocer plenamente.

No diré cuál es la respuesta humana a la insurrección animal, pero no sorprenderá viniendo de una racionalidad que solo reconoce a los demás seres vivos mientras permanecen bajo control. No estamos ante una fábula edificante en la que la humanidad aprende finalmente una lección moral gracias a la rebelión de sus víctimas. No es una novela cómoda y tampoco pretende serlo, algunas escenas pueden resultar excesivas y la acumulación de sufrimiento llega en determinados momentos a producir saturación. Pero esa desmesura forma parte de la estrategia literaria de Kotzwinkle, tendente a impedir que el sufrimiento pueda convertirse nuevamente en abstracción.

Al cerrar Doctor Rat queda, sobre todo, la voz de su protagonista y la certeza de que la dominación resulta más inquietante cuando no habla con la voz brutal de quien ordena, sino con la voz razonable de quien explica. Doctor Rat ha aprendido a justificar cada encierro, cada golpe, cada mutilación y cada muerte porque todas sirven supuestamente a un fin superior. Deberíamos desconfiar especialmente de aquellos sistemas capaces de explicar tan perfectamente el sufrimiento que producen que terminan por hacerlo invisible. Porque, ¿cuántas veces llamamos necesidad, progreso, revolución o simplemente normalidad a aquello que veríamos de una manera completamente distinta si pudiéramos contemplarlo desde el interior de la jaula?

La tumba de Antígona

María Zambrano
La tumba de Antígona
Introducción de Marifé Santiago Bolaños
Alianza Editorial, 2025 (3ª reimpresión)

"¿Cómo voy a poder yo? ¿Cómo voy a poder hacerlos nacer a todos? Pero sí, yo, yo sí estoy dispuesta. Por mí, sí; por mí, sí. A través de mí".


Publicado en 1967, en este ensayo, en el que filosofía, poesía y literatura son inseparables, María Zambrano parte de la tragedia de Sófocles, pero introduce una modificación decisiva en el relato clásico al negarse a aceptar que Antígona muera cuando el dramaturgo griego decide que debe morir. Encerrada viva por orden de Creonte, la Antígona de María Zambrano dispone todavía de un tiempo para hablar, recordar y comprender. De este modo, su tumba deja así de el lugar de la muerte y se convierte en espacio de revelación.

María Zambrano consideraba que Sófocles había cometido un «inevitable error» al hacer que Antígona se suicidara. Por eso, su Antígona no puede morir todavía porque no ha terminado de nacer, necesita atravesar su propia historia y la de su familia, reencontrarse con Edipo, Ismene, Creonte, Hemón y las demás figuras que la habitan, y descubrir el sentido de aquello que ha hecho. Antígona entierra, acompaña, recuerda, habla y desobedece. Está desarmada, pero no indefensa, carece de los instrumentos del poder, pero conserva algo que Creonte no puede controlar, la capacidad de negarse a reconocer como legítima una orden injusta. La tumba se convierte por ello, paradójicamente, en un espacio de libertad: el poder puede encerrar su cuerpo, pero no determinar el significado de su acción. Y así, frente a un poder que distingue entre cadáveres dignos de honor y cadáveres condenados a la intemperie, Antígona reivindica algo anterior y superior a la misma ley: la pertenencia del muerto a la comunidad humana.

En su relectura, Antígona no es solo la heroína de la desobediencia frente a la ley injusta, sino alguien sobre quien recaen conflictos que no ha creado: hereda la maldición familiar, acompaña a su padre ciego, contempla cómo sus hermanos se matan y carga con las consecuencias de una guerra fratricida. Al enterrar a Polinices, el hermano traidor a la ciudad según Creonte, no pretende prolongar el conflicto, sino impedir que la división continúe después de la muerte, romper el ciclo infernal de la violencia:

"Sí, teníais que morir y que mataros. Los mortales tienen que matar, creen que no son hombres si no matan. Los inician así, primero con los animales y con el tiempo, y con ese grano de pureza que llevan dentro. Y en seguida con otros hombres. Siempre hay enemigos, patria, pretextos.
Creen que matando van a ser los Señores de la muerte. El Rey no lo es si no ha matado, si no mata, si no sigue matando [...].
Y no basta. Hay que matarse por el poder, por el amor. Hay que matarse entre hermanos por amor, por el bien de todos. Por todo. Hay que matar, matarse en uno mismo y en otro. Suicidarse en otro y en sí con la esperanza de ser perdonado por tanto crimen, por tanta muerte expandida.
[...]
Para eso hay tiempo, todo el que haga falta. Para vivir no hay tiempo".

Tras esta figura resulta difícil no reconocer la experiencia española de la Guerra Civil y del exilio. María Zambrano sabía lo que significaba quedar atrapada en una fractura colectiva que divide familias, amistades y comunidades y obliga a quienes sobreviven a cargar durante décadas con una historia que no eligieron. Antígona pertenece a quienes han perdido, pero su verdad no consiste en invertir la lógica de la victoria sino en asumir y atravesar la división sin reproducirla. Antígona no pretende vencer a Creonte ni convertirse en soberana de una nueva ciudad, su resistencia carece de voluntad de dominio, desobedece porque existe algo que ninguna autoridad puede legítimamente exigir, como es renunciar al vínculo con otra persona y aceptar su expulsión de la comunidad humana. 

Y lo que Antígona tiene que decir concierne especialmente a quienes quedan después de una catástrofe. Toda guerra produce sus Polinices, personas muertas cuya memoria se pretende borrar, cadáveres que continúan dividiendo a quienes viven, seres humanos a quienes se niega incluso el derecho a ser llorados. Frente a esa lógica, Antígona encarna la negativa a aceptar que la enemistad política pueda decidir hasta dónde alcanza nuestra obligación hacia otra persona, representa a quienes han sido expulsadas y expulsados de la ciudad y, sin embargo, continúan preguntándose por la posibilidad de otra ciudad; a quienes sufren las consecuencias de decisiones ajenas y cargan con las muertes y las heridas de conflictos que los preceden. 

Enfrentada a un poder masculino que pretende decidir qué puede hacerse, recordarse y llorarse, Antígona no salva a Polinices de la muerte; llega demasiado tarde, pero sí salva su condición humana frente al poder que pretendía arrebatársela. Y al hacerlo preserva también algo de la humanidad de quienes siguen vivos. En esa obstinación por enterrar, recordar y reconocer al otro incluso cuando la ciudad ordena excluirlo reside la fuerza de este breve y extraordinario libro: una reflexión sobre el exilio y la derrota que acaba convirtiéndose en una meditación sobre la resistencia, la memoria y la posibilidad de volver a convivir después de la violencia. 

Y aquí, el texto introductorio de Marifé Santiago Bolaños -que puede leerse íntegramente aquí- alcanza una hondura propia, mereciendo ser mil veces leído y releído. Porque la Antígona de María Zambrano no representa únicamente la desobediencia ante una ley injusta, sino también esa forma de resistencia, tantas veces anónima y tantas veces protagonizada por mujeres, que consiste en seguir sosteniendo la vida allí donde la violencia parece haberlo ocupado todo:

"Cuando entierra a su hermano transgrediendo la ley de la ciudad, Antígona se torna una heroína semejante a tantas personas anónimas que mantienen la vida en medio de la muerte y consiguen sostener la dignidad cuando los hechos se esmeran en destruirla. Permítasenos señalar cuántas veces, de un modo universal, esas personas son mujeres que transforman el mundo porque siguen una ley del corazón, eligen la vida y la dignidad en sus entornos, velan y trabajan para ello sin esperar más triunfo que el de lograr un mundo pacífico, respetuoso, donde no dé miedo o vergüenza vivir, a pesar de que nunca nadie, ninguna historia teóricamente común, contó con ellas para decidirse". 

Enterrar a Polinices significa afirmar que existe una pertenencia humana que ninguna frontera política, ninguna derrota y ninguna declaración de enemistad pueden cancelar por completo. Y significa también recordar que después de la violencia no basta con reconstruir aquello que existía antes de ella, porque fueron las divisiones, exclusiones y formas de dominio de ese mundo anterior las que hicieron posible la catástrofe. Por eso la tumba de Antígona acaba siendo el lugar desde el que imaginar otra ciudad, no la de quienes han vencido frente a quienes han sido derrotados, ni una comunidad reconciliada mediante el olvido, sino un espacio común capaz de acoger también a quienes fueron expulsados de él. Una ciudad en la que ninguna razón de Estado pueda convertir a un ser humano en indigno de sepultura, de memoria o de duelo. De ahí que Marifé Santiago Bolaños pueda llevar la lectura de María Zambrano hasta una última y bellísima contraposición:

"[...] el compromiso cívico, el sueño creador, el delirio zambraniano, reclama soñar y construir la matria de la hermandad solidaria, respetuosa, frente a tantas patrias edificadas con llanto y sangre “sobre los cráneos de los «muertos»".

Esa matria es la que Antígona empieza a construir mientras desciende a su tumba. No un territorio, ni una identidad enfrentada a otras, ni una nueva soberanía que sustituya a la de Creonte, sino una comunidad fundada sobre el reconocimiento de aquello que el poder no debería poder arrebatarnos: el derecho a pertenecer, a ser recordadas, a ser lloradas. Frente a las patrias levantadas sobre los cráneos de los muertos, Antígona nos invita a imaginar una comunidad que comienza cuando nos negamos a abandonar a los muertos, a ninguno de ellos, a la intemperie.

domingo, 27 de septiembre de 2026

Engaño

Adanía Shibli
Engaño
Traducción de Salvador Peña
Penguin Random House, 2026

"Podría decir, por ejemplo, que la paz no llegará gracias a un apoyo material que mejore las condiciones de vida bajo la opresión, sino eliminando la opresión de raíz. O quizá podría decir que la superación de las diferencias en las condiciones de vida entre palestinos e israelíes, dado que una parte vive bajo las imposiciones del colonialismo y la ocupación y la otra practica dicho colonialismo y ocupación, no puede emanar de proyectos culturales, por muy sinceros y bienintencionados que sean en lo anímico y lo intelectual; ya que, en lugar de mirar a la realidad, no son más que el intento de trocar esta por una representación imaginaria construida sobre la ignorancia deliberada de cuáles son la verdadera fuente y la motivación de lo que ocurre. Pero acaso sea este un discurso demasiado teórico, inadecuado para la situación, y, por tanto, no estaría bien que lo pronunciase. Lo más conveniente sería decir que tales proyectos se levantan sobre la omisión de las crueles condiciones bajo las que viven los palestinos, dejando muy claro que la ocupación israelí ha desempeñado durante décadas un papel destacado en la creación y gestión de dichas condiciones, de las que por cierto ha sacado provecho".


Una novela breve, contenida y extrañamente perturbadora, en la que la experiencia palestina aparece no tanto como tema explícito cuanto como la condición que impregna todos los gestos de la vida cotidiana. Adanía Shibli sigue en paralelo a una joven y a un joven palestinos, personajes sin nombre cuyas vidas parecen avanzar sin acontecimientos extraordinarios y que, sin embargo, están constantemente condicionadas por una realidad política que determina dónde pueden estar, cómo pueden desplazarse, qué pueden decir y quiénes pueden llegar a ser. La fuerza de la novela reside en esa renuncia a la espectacularidad. La ocupación no aparece mediante grandes episodios históricos, sino infiltrada en lo cotidiano, en los controles, la universidad, la cárcel, los interrogatorios, los desplazamientos, las conversaciones y también en los silencios. De esta manera, muestra algo más profundo que la violencia directamente visible, como es la lenta reducción del horizonte de posibilidades de una persona, hasta convertirla en alguien cuya propia existencia parece ocupar un lugar secundario.

Hay, además, un tercer personaje que atraviesa silenciosamente todo el libro: la tierra. Mientras las vidas humanas están sometidas a fronteras, expulsiones, encarcelamientos y prohibiciones, las estaciones continúan sucediéndose, brotan las plantas, se mueven los animales y cambia la luz. Esa temporalidad lenta de la naturaleza contrasta con la violencia política y proporciona a la novela algunos de sus momentos más hermosos. No es simplemente paisaje, la relación con la tierra forma parte de aquello que está en disputa, porque desposeer significa también alterar la relación entre las personas, su memoria y el espacio que habitan.

En este sentido, Engaño comparte mucho con su anterior novela, Un detalle menor, ambas comparten la escritura precisa y despojada, la desconfianza hacia cualquier sentimentalismo, la importancia de los silencios y, sobre todo, la capacidad de hacer visible un sistema de dominación a través de detalles aparentemente insignificantes. Pero existe también una diferencia significativa pues, si en Un detalle menor la violencia extrema ocupa el centro de la narración (aunque, fiel a su estilo, Adanía Shibli la contemple con una distancia a ratos insoportable), en Engaño le interesa la violencia menos espectacular, aquella que se sedimenta en la existencia cotidiana y acaba delimitando lo que una persona puede hacer, esperar o imaginar. Si aquella novela reconstruía las huellas persistentes de un crimen, esta parece preguntarse cómo se vive cuando la excepcionalidad de la violencia se ha convertido en normalidad.

También resulta muy característica su forma narrativa. Engaño prescinde de capítulos y de divisiones internas y se presenta como un texto prácticamente continuo, una corriente narrativa que apenas ofrece lugares donde detenerse, lo que convierte su lectura en un ejercicio exigente. No parece una elección puramente formal, ya que esa continuidad produce una peculiar sensación de inmersión y, por momentos, de asfixia: acontecimientos, recuerdos, conversaciones, desplazamientos y observaciones se suceden sin que la página conceda al personaje, ni a quien lee, posibilidad ninguna de salir de ellos. La forma reproduce así algo de la experiencia que la novela quiere contar, y es que allí donde la vida está atravesada de manera permanente por controles, fronteras y restricciones, tampoco la narración ofrece cortes nítidos que permitan separar un tiempo de otro o establecer un afuera. La ausencia de capítulos acaba funcionando como la expresión formal de una vida a la que resulta difícil poner entre paréntesis las condiciones políticas en las que transcurre.

Engaño es, evidentemente, una novela "sobre Palestina", pero habla también de una experiencia más universal: qué ocurre cuando un poder consigue introducirse de tal manera en la vida cotidiana que termina condicionando incluso la relación de las personas consigo mismas. La dominación más profunda no consiste únicamente en ocupar un territorio, sino en reducir las posibilidades de imaginar otra vida. Adanía Shibli consigue contar todo esto sin proclamas y casi sin levantar la voz. Engaño es una novela de silencios, pequeñas humillaciones, esperas y gestos mínimos, pero  esa contención hace que la violencia que recorre sus páginas resulte todavía más perceptible. Frente a una realidad política que convierte a determinadas personas en personajes secundarios de su propia tierra, la literatura realiza aquí un gesto decisivo, volviendo a colocarlas en el centro de la mirada.
 

Sendereando por Arnotegi

Con unas mandarinas y un libro en la mochila. No hace falta nada más para disfrutar de una mañana magnífica.







Un buzón lleno de buenas experiencias y buenos deseos.


Nube de mosquitos.


sábado, 26 de septiembre de 2026

La cruz torcida

Sally Carson
La cruz torcida
Traducción de Jesús González Yumar
Periférica, 2026

"Cuando se celebraron las elecciones se demostró que el partido nazi aún no había ganado mucho terreno. Sin embargo, a lo largo del mandato de Von Schleicher, durante los oscuros días de lluvia otoñal que precedieron a la llegada de la nieve, fue captando cada vez a más simpatizantes, Avanzaba lentamente, sin pausa. Su fuerza no radicaba en el aumento de popularidad que había tenido en los distritos importantes y más poblados: más bien se debía a que estaba calando en lugares periféricos, en los pueblos de montaña, en familias que hasta entonces eran ajenas al papel que tenían que desempeñar en la vida del país.
Durante las Navidades, se produjo un cambio lento y sutil en aquellos que tenían problemas para salir adelante en lugares como Kranach o Lützing. [...]
Era el principio de un cambio para personas como Helmy, para todo el mundo. Algo nuevo parecía abrirse paso dentro de ellos mientras los primeros vientos del este ahuyentaban la lluvia de los sombríos días de diciembre y daban paso a las pequeñas ventiscas de nieve".


Publicada en 1934, cuando el régimen nazi apenas llevaba un año en el poder, esta novela posee una cualidad que la distingue de buena parte de la literatura posterior sobre el nazismo y es el hecho de estar escrita sin conocer el final de la historia, sino mientras la transformación está ocurriendo. Por eso resulta tan perturbadora. 

La acción se sitúa en una pequeña localidad bávara y gira fundamentalmente alrededor de la familia Kluger. No estamos todavía ante el universo concentracionario ni ante la guerra, sino ante una sociedad reconocible, habitada por personas corrientes preocupadas por cuestiones igualmente corrientes, como el trabajo, el matrimonio, las relaciones familiares, las expectativas de futuro. Pero sobre esa vida cotidiana pesa la crisis de la Alemania de comienzos de los años treinta, con el desempleo, el empobrecimiento, la frustración, el miedo al descenso social y una sensación generalizada de que el mundo conocido había dejado de ofrecer seguridad.

Sally Carson, que se encontraba en Alemania en la misma época sobre la que escribe, comprende muy bien que una ideología política no se vuelve socialmente poderosa simplemente porque consiga convencer a muchas personas mediante argumentos, sino cuando logra insertarse en experiencias difusas de frustración, humillación, resentimiento o miedo y es capaz de ofrecerles una interpretación. El nazismo proporciona eso a algunos de los personajes de la novela, una explicación sencilla de por qué sus vidas no funcionan y, al mismo tiempo, una promesa de restitución. A quien se siente pequeño, el movimiento nazi le ofrece pertenecer a algo grande; si se siente humillado, le devuelve orgullo; si carece de perspectivas, le proporciona una misión; si el mundo resulta demasiado complejo, le señala culpables y soluciones sencillas

Este mecanismo aparece encarnado de manera especialmente eficaz en los jóvenes protagonistas de la historia. Sally Carson observa con enorme perspicacia el atractivo que puede ejercer sobre ellos un movimiento que ofrece camaradería, uniformes, acción, disciplina y una identidad inequívoca. No se trata tanto de compartir determinadas ideas políticas cuanto de pertenecer. En una sociedad profundamente desorientada el nazismo proporciona comunidad, y esa dimensión afectiva de la política es una de las intuiciones más interesantes de la novela:

"Moritz era más joven. Durante semanas no comprendió que nada pudiera hacerles más daño del que les había causado la pérdida de su trabajo. También el compartía la misma lucha que otros jóvenes como Helmy y Erich; conocía ese desasosiego cuya energía aguardaba preparada para que una mano firme la encauzara".

Por eso, La cruz torcida puede leerse también como una novela sobre la comunidad. Lo que ocurre en el pequeño pueblo alpino muestra cómo una comunidad puede transformarse cuando la pertenencia deja de construirse mediante relaciones concretas entre personas y comienza a definirse mediante categorías abstractas de inclusión y exclusión, de manera que quienes ayer eran vecinas y vecinos, amistades o personas conocidas empiezan a ser clasificadas según su origen, sus ideas o su supuesta pertenencia racial. Para instalarse y crecer el nazismo no necesita destruir inmediatamente todas las relaciones existentes, comienza modificando su significado. El antisemitismo desempeña aquí un papel decisivo. No irrumpe en la forma del odio abierto, sino como un proceso lento proceso mediante el cual determinadas afirmaciones que antes habrían resultado inadmisibles empiezan a circular con normalidad, y así se repiten tópicos, se aceptan insinuaciones, se introducen distinciones entre quienes pertenecen verdaderamente a la comunidad y quienes solo parecían pertenecer a ella. El lenguaje cambia antes de que cambien  las conductas. Poco a poco, aquello que hace nada habría resultado escandaloso se vuelve discutible, después, aceptable y, finalmente, evidente.

Pero la narración evita presentar este proceso como una conversión súbita. Sus personajes dudan, se adaptan, se contradicen; algunos creen determinadas cosas pero rechazan otras, simpatizan con el movimiento porque esperan que restablezca el orden sin compartir necesariamente todas sus ideas, otros minimizan sus aspectos más violentos y la mayoría consideran exageradas las advertencias de quienes empiezan a preocuparse. De este modo, Sally Carson muestra que la consolidación de un régimen autoritario no exige que toda la población se transforme simultáneamente en fanática, basta con una combinación mucho más compleja de entusiasmo, miedo, oportunismo, conformidad, indiferencia y adaptación. Algunas personas actúan, muchas consienten, la mayoría prefiere no saber demasiado y continúan ocupándose de sus asuntos cotidianos mientras alrededor de ellas cambian las reglas que determinan quién merece protección y quién puede ser abandonado:

"Lexa apenas empezaba a darse cuenta de que se estaba adaptando a la nueva situación. Estaba convirtiéndose en una persona que actuaba casi inconscientemente. En cuanto las decisiones que tomaba se volvían actos conscientes, tenía la habilidad de dejar de reflexionar sobre ellas".

En este sentido, uno de los grandes temas de esta novela es la normalidad. El nazismo no aparece como una interrupción absoluta de la vida ordinaria, sino como algo que va penetrando en ella mientras las personas siguen enamorándose, preocupándose por el dinero, discutiendo en familia y pensando en su futuro. La política entra en esas relaciones y las reorganiza desde dentro. Sally Carson no necesita recurrir a grandes análisis políticos porque observa el fascismo a escala doméstica, mientras la Historia entra en la cocina, en el noviazgo, en las conversaciones familiares, en las amistades y en las expectativas laborales. 

Desde nuestra perspectiva resulta inevitable leer todo esto sabiendo lo que Sally Carson todavía no podía saber plenamente en 1934, y esa diferencia temporal es lo más inquietante de la novela. Quienes la leemos conocemos Auschwitz, la guerra mundial, las deportaciones y el exterminio; los personajes, naturalmente, no, pero tampoco la autora podía conocer en toda su magnitud aquello hacia lo que Alemania se encaminaba. Estamos viendo cómo las personas toman pequeñas decisiones cuyo significado histórico ellas mismas desconocen.

Por eso La cruz torcida pertenece a un conjunto especialmente valioso de testimonios literarios escritos durante el ascenso del fascismo y no después de su derrota. Su interés no reside en anticipar exactamente lo que sucedería, sino en registrar aquello que ya podía verse. Y es sorprendente la manera en que Sally Carson detectó tan tempranamente que estaba ocurriendo algo más profundo que un simple cambio de gobierno, que lo que estaba transformándose era la estructura moral de la convivencia. El título de la novela condensa admirablemente esa transformación. La "cruz torcida" es, evidentemente, la esvástica, pero la expresión permite una lectura más amplia para ver que lo que se tuerce no es únicamente un símbolo sino toda la existencia, las relaciones, las lealtades y los criterios mediante los cuales distinguimos lo aceptable de lo inaceptable. Una sociedad no necesita convertirse de un día para otro en otra completamente distinta, puede ir torciéndose poco a poco.

Y quizá reside, creo, la actualidad más profunda de esta novela. Sería simplista leerla exclusivamente como una reflexión acerca de "los alemanes" y sobre cómo pudieron dejarse seducir por Hitler. En realidad, sobre este telón de fondo Sally Carson plantea una pregunta mucho más profunda: ¿cómo sabemos que una sociedad está atravesando una frontera moral cuando todavía no conoce las consecuencias de haberla atravesado? La novela no ofrece una respuesta, pero sí una advertencia contra la normalización con la que palabras inicialmente extremas empiezan a parecer menos extremas porque se repiten, cuando determinadas personas son deshumanizadas y reducidas a amenaza o lastre del que hay que desprenderse.

Hoy sabemos infinitamente más que Sally Carson sobre aquello que ocurrió después. Su privilegio, su terrible privilegio, fue observar el momento anterior, cuando todavía nada parecía inevitable. Y acaso esa sea la razón fundamental para leer esta novela. Porque si la historia nos permite conocer las catástrofes cuando ya han sucedido, obras como esta nos obligan a mirar ese instante mucho más difícil de reconocer en el presente, cuando la catástrofe todavía forma parte del campo de lo posible y la vida, mientras tanto, continúa pareciendo sorprendentemente normal. Cuando la terminé fui a mi biblioteca y volví a leer el poema "El límite", del poeta austriaco Erich Fried (Cien poemas apátridas, Anagrama, 1978), quien tuvo que huir a Londres con su madre cuando su padre fue asesinado por la Gestapo tras el Anschluss:

Siempre he creído
que el horror tiene un límite
donde detenerse y contemplar desde arriba
cómo se retuerce
o escupe burbujas
o sonríe
o apesta y se pudre ante nuestros ojos

Un límite
que sabemos
que es peligroso
Donde no hay que dar un paso más
ni asomarse
Donde mejor es retirarse uno o dos pasos
Aunque estuviera provisto de pretil
al cual aferrarse
no habría que fiarse de él
Podría estar resquebrajado
y derrumbarse o desmoronarase

Nunca he creído
que fuera un límite consistente
pero lo consideré una especie de aviso
«hasta aquí pero no más» 
o «no llegar hasta el límite»
E incluso en mis pesadillas
que me mostraron cuán engañoso y peligroso puede ser
siempre seguía creyendo
que el horror tiene un límite
No sé por qué lo creía así
pero era un consuelo.


No permitamos que nos empujen hasta el límite. A partir de un punto no hay pretil que nos salve del horror.

viernes, 25 de septiembre de 2026

¿A dónde se desahucia a una persona?

 


Hay palabras cuya normalidad debería escandalizarnos; una de ellas es «lanzamiento». En el lenguaje judicial, «lanzar» significa ejecutar un desahucio, expulsar a alguien de la vivienda que ocupa. Pero, cuando se lanza a una persona fuera de la casa en la que ha vivido durante setenta años, ¿a dónde se la lanza?

El desahucio de Maricarmen Abascal, una mujer de 87 años que llevaba más de siete décadas viviendo en su casa de Madrid, debería permanecer para siempre en nuestra memoria democrática, no porque sea un caso excepcional, sino precisamente porque no lo es. Lo excepcional son sus circunstancias extremas, la edad de Maricarmen, su estado de salud, el tiempo vivido en aquella casa, la imagen insoportable de su salida en camilla camino del hospital, pero detrás de esa imagen hay miles de historias menos visibles atravesadas por el mismo miedo, el de perder la vivienda y descubrir que, una vez traspasado el umbral de la puerta, no hay ningún lugar decente al que ir.

Ese miedo es una de las formas contemporáneas de la desolación. Porque una vivienda nunca es únicamente un inmueble, es una dirección, pero también una biografía, el lugar desde el que una persona se relaciona con el mundo, recibe correspondencia, guarda fotografías, reconoce a sus vecinas y vecinos, compra el pan, sabe dónde está el interruptor cuando se levanta de noche. Habitar significa haber ido depositando vida en un espacio hasta convertirlo en lugar. Por eso expulsar a alguien de su casa no consiste simplemente en trasladarlo de un inmueble a otro, sino que se convierte en una forma contemporánea de destierro.

El caso de Maricarmen resulta especialmente perturbador porque mientras se acercaba la fecha de su desahucio Madrid acogía The District, uno de los grandes encuentros internacionales del capital inmobiliario, reuniendo a lo peor-mejor del rentismo especulativo internacional, como BlackRock, Blackstone, Brookfield y otras grandes compañías de inversión. Isabel Díaz Ayuso, la máxima expresión de la necropolítica sociopática de la derecha, inauguró el encuentro defendiendo su política económica y su concepción del mercado inmobiliario. Son dos imágenes simultáneas de una misma ciudad: en una, responsables públicos reciben al capital inmobiliario internacional y celebran la capacidad de Madrid para atraer inversión; en otra, una mujer de 87 años espera que irrumpa, rodeada de personas armadas, la comisión judicial que va a sacarla de la casa en la que ha vivido toda su vida.

Además de un conjunto de procedimientos, la democracia es, sobre todo, una experiencia de vida que se encarna en la experiencia cotidiana de seguridad que ofrece a quienes viven en ella: la seguridad de saber que enfermar no significará quedar abandonada, que envejecer no significará quedar desprotegida, que perder el empleo no supondrá caer en la indigencia y que ninguna persona será expulsada de su hogar para satisfacer una expectativa de rentabilidad sin que exista una alternativa habitacional digna. Cuando estas seguridades desaparecen, la democracia empieza a vaciarse por dentro al producirse una fractura insoportable entre legalidad y legitimidad. Y la función de la política democrática consiste en impedir que la legalidad termine amparando situaciones incompatibles con la dignidad y la justicia social.

Y aquí convendría volver a leer la Constitución. Pero leerla entera, hasta ese artículo 128 que dice que «Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general», añadiendo que se reconoce la iniciativa pública en la actividad económica y que podrán intervenirse empresas cuando así lo exija el interés general. Por eso, el desahucio de Maricarmen nos obliga también a mirar hacia el Gobierno de España. Pedro Sánchez lo ha calificado de «tragedia social que no podemos aceptar como país» y ha recordado que el decreto sobre vivienda rechazado en el Congreso habría permitido evitar situaciones como esta. También ha señalado las responsabilidades de la Comunidad y del Ayuntamiento de Madrid. Son datos políticamente relevantes, pero no agotan la cuestión. Pedro Sánchez no es un comentarista de la actualidad ni un activista de un sindicato de vivienda, es el presidente del Gobierno de España, y de quien ocupa el máximo poder ejecutivo no esperamos solamente que describa una injusticia, sino que movilice todas las capacidades constitucionales, legislativas, presupuestarias y políticas disponibles para combatirla.

Por eso me parece muy insuficiente que el debate termine convertido en un intercambio entre la «tragedia social» de Maricarmen y el «aticazo» de Ayuso, pese a reconocer que la contradicción entre la adquisición por la Comunidad de Madrid del polémico inmueble de lujo en Chamberí y el desahucio de una mujer de 87 años posee una enorme fuerza simbólica que, en parte, explica que miles de personas se hayan movilizado. Pero el problema es mucho mayor que Ayuso, más sierva que ejecutante del brutalismo capitalista, y mucho mayor que Sánchez, que en esto todavía no se ha despegado de su «abalista», aquel que cuando era ministro de Vivienda dijo que la vivienda «es un derecho pero también es un bien de mercado, que genera actividad económica, que busca seguridad jurídica».

Lo que está en cuestión es una transformación profunda de nuestras sociedades, la creciente conversión de bienes indispensables para la vida en activos financieros sometidos exclusivamente a la lógica de la rentabilidad. La vivienda es su manifestación más dolorosa porque nadie puede dejar de habitar en algún lugar: podemos renunciar a muchos consumos cuando suben los precios, pero no podemos renunciar a tener un techo. Y sobre todo, no deberíamos imaginarnos teniendo que renunciar a ese derecho fundamental. Porque cuando una parte creciente de la población siente que las instituciones pueden proteger contratos pero no vidas, garantizar transacciones pero no hogares, asegurar la circulación del capital pero no la permanencia de las personas en sus barrios, el fundamento de la democracia salta por los aires.

La democracia deja de pensarse y sentirse como algo a defender cuando cumplir todas las reglas (trabajar, pagar, cotizar, pagar durante décadas un alquiler) deja de ofrecer siquiera la expectativa razonable de una vejez segura, cuando descubrimos que podemos ser formalmente ciudadanas y ciudadanos y, al mismo tiempo, vivir permanentemente amenazadas por fuerzas económicas sobre las que nuestra capacidad democrática de decisión parece cada vez menor. Por eso el miedo al desahucio es también miedo político, es el terror a ser expulsadas del lugar propio y descubrir que detrás no existe ninguna red suficientemente fuerte para sostenerte.

«Lanzamiento», dice asépticamente el lenguaje jurídico. Pero una sociedad democrática debería preguntarse siempre, antes de «lanzar» a alguien: ¿hacia dónde? Si la respuesta es hacia ninguna parte, algo esencial ha fracasado, no solo ahora, desde hace décadas. ¿Qué clase de democracia es aquella en la que podemos llegar a considerar jurídicamente normal lo que socialmente reconocemos como insoportable? Y si «toda la riqueza del país» está subordinada al interés general, habrá que preguntarse qué significa esa frase cuando una mujer de 87 años es expulsada por la fuerza de la casa en la que ha vivido durante setenta años. Y hacer algo ya, por fin, para que no vuelva a ocurrir.


Publicado en eldiario.es


domingo, 13 de septiembre de 2026

Haikus (o así) en el Paga

Tarde de otoño.
Un pájaro me mira.
Nada hace falta.

Entre las plumas,
su ojo guarda el mundo.
Calla la tarde.

Nos encontramos.
El pájaro me mira.
Después, el bosque.

Plumas al viento.
En el ojo del pájaro,
quieta la tarde.

Tan cerca el pájaro.
En su pequeño ojo,
qué grande el mundo.