martes, 25 de agosto de 2026

Malentendido en Moscú

Simone de Beauvoir
Malentendido en Moscú
Traducción de Joachim De Nys
Navona, 2020

"Alzó la vista del libro. ¡Qué aburrimiento, todas esas cantilenas sobre la no-comunicación! Si uno se empeña en comunicar, lo consigue mal que bien. No con todo el mundo, de acuerdo, pero con dos o tres personas. Sentado en el asiento de al lado, André leía un ejemplar de la Série Noire. Ella le ocultaba algunos estados de ánimo, pesares o desvelos sin importancia; sin duda, él también debía de tener sus pequeños secretos, pero a grandes rasgos no ignoraban nada el uno del otro. Echó un vistazo a través de la ventanilla: hasta donde alcanzaba la vista, bosques sombríos y praderas claras. ¿Cuántas veces habían surcado el espacio juntos, en tren, en avión, sentados el uno al lado del otro, con un libro en la mano? Todavía se deslizarían a menudo el uno al lado del otro, en silencio sobre el mar, la tierra y el aire. Ese instante tenía la dulzura de un recuerdo y la alegría de una promesa. ¿Tenían treinta años o sesenta? El pelo de André había encanecido temprano: antaño aquello parecía una coquetería, esa nieve que realzaba el frescor mate de su tez. Seguía siendo una coquetería. La piel se había endurecido y se había agrietado -cuero avejentado-, pero la sonrisa de la boca y de los ojos había conservado su resplandor. Pese a los desmentidos del álbum de fotografías, su joven imagen se amoldaba a su rostro actual: Nicole no le conocía edad. Sin duda porque él parecía ignorar que tenía una. Él, a quien antaño tanto le gustaba correr, nadar, trepar y mirarse en los espejos, llevaba sus sesenta y cuatro años con despreocupación. Una larga vida con risas, lágrimas, cóleras, abrazos, confesiones, silencios, arrebatos, y a veces parece que el tiempo no haya pasado. El porvenir se extiende aún, hasta el infinito".


Relato breve en el que Simone de Beauvoir convierte un viaje a la Unión Soviética en una reflexión sobre el envejecimiento, el desgaste del amor y la dificultad creciente de comprender a la persona con quien se ha compartido una vida.

Nicole y André, una pareja francesa de intelectuales ya entrada en la sesentena, viajan a Moscú para visitar a Masha, la hija de él. Ambos conservan sus convicciones políticas, su curiosidad y el deseo de seguir participando en el mundo, pero empiezan a experimentar de manera distinta el paso del tiempo. El viaje hace aflorar pequeñas decepciones, silencios, susceptibilidades y malentendidos que revelan una distancia inesperada entre quienes creían conocerse perfectamente. No ocurre nada verdaderamente dramático y, sin embargo, todo parece estar en juego.

Simone de Beauvoir observa con enorme precisión ese momento en que envejecer deja de ser algo que les sucede a otras personas y empieza a modificar la relación con el propio cuerpo, con el deseo, con el futuro y con quienes se ama. Nicole siente con especial intensidad la pérdida de posibilidades y el temor a dejar de ser mirada; André experimenta de otra manera la continuidad entre quien fue y quien todavía cree ser. La desigual vivencia del envejecimiento introduce entre ambos una soledad que el amor no consigue eliminar por completo.

Es difícil no advertir cierto aire de familia entre Nicole y André y la propia Simone de Beauvoir y Sartre. No se trata de leer el relato como una transposición autobiográfica ni de identificar mecánicamente a sus personajes con quienes los inspiran, pero las semejanzas son demasiado significativas para ignorarlas: una pareja de intelectuales franceses de izquierdas, unida por una larga historia compartida, comprometida con su tiempo y vinculada afectiva y políticamente a la Unión Soviética, que comienza a enfrentarse a la vejez y a revisar las certezas sobre las que había construido su vida. Esa proximidad biográfica dota al relato de una particular intimidad: al explorar los temores de Nicole y André, la autora parece ensayar también una reflexión sobre su propia generación, sobre Sartre y sobre sí misma ante el paso del tiempo.

Por eso, también está presente la política. La mirada sobre la Unión Soviética está atravesada por la tensión entre fidelidad y desencanto: cómo mantener unos ideales cuando la realidad histórica que pretendía encarnarlos se muestra decepcionante. De este modo, el malentendido del título funciona en varios planos: entre Nicole y André, entre generaciones, entre el pasado y el presente, y también entre las esperanzas políticas y aquello en lo que finalmente se convierten.

El resultado es un relato melancólico, lúcido y sorprendentemente delicado sobre la fragilidad de los vínculos, pero también sobre su capacidad para sobrevivir a aquello que no terminamos de entender de la otra persona.

Muerte de un viajero

Didier Fassin
Muerte de un viajero: Una contrainvestigación
Traducción de Francisco Manuel Carballo Rodríguez
Akal, 2024

"La verdad etnográfica es, a diferencia de la verdad judicial, independiente con respecto a las relaciones de saber y poder que vinculan al poder judicial con las fuerzas del orden y sitúan al fiscal bajo la autoridad del ministro de justicia. Por supuesto, tampoco influye en que los acusados sean declarados culpables o inocentes. Pero esta verdad es importante ara aquellos a quienes normalmente se les niega, ya que con ella se restaura parte de su dignidad e incluso les proporciona un atisbo de esperanza en la justicia. Aunque no tiene implicaciones penales, la necesidad de una verdad etnográfica surge de una preocupación ética".


Este ensayo parte de un hecho  trágico: la muerte en 2017 de Angelo Garand, un hombre perteneciente a la comunidad denominada en Francia gens du voyage ("personas viajeras", categoría jurídica con la que se nombra a la comunidad romaní), tiroteado por miembros del Grupo de Intervención de la Gendarmería Nacional, "una unidad de élite creada para intervenir en caso de actos terroristas, de toma de rehenes y en la lucha contra la delincuencia organizada, es decir, en circunstancias muy distintas a las de una simple detención de un delincuente común". Frente a la versión oficial, que presentó la muerte como consecuencia de una reacción legítima ante una amenaza grave, Fassin emprende una minuciosa "contrainvestigación" para reconstruir lo sucedido y, sobre todo, para preguntarse por las condiciones sociales e institucionales que hicieron posible esa muerte y, sobre todo, su posterior justificación.

El interés del libro desborda pronto el caso particular. Fassin muestra cómo la verdad de un acontecimiento no se establece en condiciones de igualdad: la palabra policial posee de entrada una credibilidad de la que carecen las víctimas y sus familias, especialmente cuando pertenecen a grupos históricamente estigmatizados. La investigación judicial, los medios de comunicación y los discursos públicos reproducen en demasiadas ocasiones esa desigual distribución de la credibilidad. No se trata necesariamente de una conspiración ni de una falsificación deliberada, sino de algo más grave: de rutinas institucionales sesgadas y prejuicios sociales que determinan qué relatos parecen verosímiles y cuáles resultan sospechosos.

Esta cuestión conecta directamente con la reflexión de Amaia González Llama en “Un futuro feminista: la justicia testimonial como tarea institucional pendiente”, donde, a partir de la sociología feminista, analiza la desigual distribución social de la credibilidad: determinados prejuicios estructurales hacen que algunas personas sean consideradas de antemano menos fiables y que, por ello, encuentren mayores dificultades para que su experiencia sea reconocida por las instituciones. Amaia González Llama aborda específicamente la violencia contra las mujeres, pero su concepto de "justicia testimonial" permite iluminar también el caso reconstruido por Fassin: la desigualdad no consiste únicamente en recibir un trato diferente, sino también en que unas voces poseen de partida mayor autoridad que otras para establecer qué ha sucedido. La contrainvestigación etnográfica de Fassin puede entenderse, desde esta perspectiva, como un ejercicio de justicia testimonial: una forma de restituir credibilidad a quienes las relaciones sociales e institucionales de poder tienden a privar de ella.

Por eso, el libro de Fassin es un ensayo sobre la desigualdad ante el Estado. La condición de voyageur no constituye un simple dato biográfico, sino una posición social marcada por una larga historia de vigilancia, discriminación y desconfianza. Fassin reconstruye cuidadosamente ese contexto sin convertir a Angelo Garand en un personaje idealizado, ya que una vida no necesita ser ejemplar para merecer protección, justicia y verdad.

Esa combinación de investigación empírica y reflexión moral es lo más valioso del libro. Fassin no se limita a preguntar cómo murió un hombre, pregunta también por qué determinadas muertes resultan socialmente más fáciles de aceptar que otras y por qué algunas vidas encuentran mayores dificultades para ser reconocidas como vidas dignas de duelo y de justicia. Muerte de un viajero es una reflexión breve pero rigurosa sobre la violencia policial, la discriminación y, sobre todo, sobre la desigualdad con la que nuestras sociedades distribuyen algo tan elemental como el derecho a que nuestra versión de los hechos sea, al menos, escuchada.

domingo, 23 de agosto de 2026

Tramasquera y Peña Lusa

Hoy la niebla que entraba y salía sin parar no hacía fácil encontrar la bajada que, desde Peña Lusa, conecta con el sendero que lleva a Bustarejos y a Becerril. En cuanto a los rebecos, solo he podido ver un par de culetes blancos. Pero la zona es una maravilla.
 




 







Peña Lusa desde Tramasquera.
Castro Valnera.


Peña Lusa.

 
 













sábado, 22 de agosto de 2026

Autobiografía

Arthur Koestler
Autobiografía: 1/ Flecha en el azul. 2/ El camino hacia Marx. 3/ Euforia y Utopía. 4/ El destierro. 5/ La escritura invisible
Traducción de J.R. Wilcock 
Emecé Editores / Alianza Editorial, 1973-1974

"Aquí termina el caso históricamente típico de un miembro de la clase media culta europea, nacido en los primeros años del siglo.
[...]
Para un escritor, para un artista, un político, un maestro, que tuviera un mínimo de integridad, era perfectamente normal el tener que escapar de la persecución de Hitler o la de Stalin, o las de ambos a la vez, el verse desterrado y conocer prisiones y campos de concentración. En modo alguno era signo de anormalidad, en ellos, en los años que siguieron a 1930, considerar el fascismo como la amenaza principal y verse atraídos, en distintos grados, por el gran experimento social que tenía del electorado de Francia e Italia, y con un porcentaje aún mucho más elevado entre los intelectuales, considera normal votar por el Partido Comunista. [...]
La conciencia de que estos primeros treinta y cinco años de mi vida eran un ejemplo típico de nuestro tiempo, y el anhelo del cronista de conservar ese ejemplo, fueron las razones principales que me determinaron a escribir estas memorias".


Hay autobiografías cuyo interés principal reside en la personalidad de quien las escribe y otras que acaban convirtiéndose en el retrato de una época. La de Arthur Koestler pertenece a ambas categorías. Su vida parece haber sido diseñada para atravesar algunos de los grandes entusiasmos, conflictos y catástrofes de la primera mitad del siglo XX. Nacido en Budapest en 1905, cuando todavía existía el Imperio austrohúngaro, vivió su desaparición después de la Primera Guerra Mundial; conoció la Viena convulsa de entreguerras; participó en la construcción del proyecto sionista en Palestina; contempló desde Berlín el hundimiento de la República de Weimar y el ascenso del nazismo; recorrió la Unión Soviética durante el estalinismo; participó en las redes antifascistas del Komintern; fue testigo y víctima de la Guerra Civil española; conoció desde dentro las consecuencias de las purgas estalinistas sobre el movimiento comunista europeo; padeció el internamiento en Francia al comienzo de la Segunda Guerra Mundial y asistió al derrumbe francés de 1940. Pocas vidas permiten recorrer de manera tan directa la historia europea de la primera mitad del siglo.

Lo verdaderamente interesante es que Koestler no se limita a contar dónde estuvo o a quién conoció, sino que intenta comprender por qué creyó lo que creyó y cómo fue posible que determinadas ideas llegaran a apoderarse casi completamente de su conciencia, de una vida que siempre había sido "una fantástica persecución en pos de la flecha en el azul, de la causa perfecta, de la imagen de una utopía de ensueño". De ahí que sus memorias sean al mismo tiempo un relato de aventuras, un documento histórico y una especie de autopsia de las grandes pasiones ideológicas del siglo XX.

La autobiografía fue publicada originalmente en dos grandes volúmenes, Arrow in the Blue (1952), que llega hasta su ingreso en el Partido Comunista en 1931, y The Invisible Writing (1954), que continúa el relato hasta 1940. La edición castellana la distribuyó en cinco tomos: Flecha en el azul, El camino hacia Marx, Euforia y utopía, El destierro y La escritura invisible. Esa división resulta particularmente afortunada porque permite distinguir cinco momentos de una trayectoria que podría describirse como una sucesión de pertenencias, entusiasmos, experiencias y rupturas.

Flecha en el azul es, sobre todo, el libro de la formación. Koestler reconstruye su infancia en Budapest, la experiencia de la Primera Guerra Mundial y el hundimiento del universo austrohúngaro en el que había nacido, así como su juventud en la Viena de posguerra. El antisemitismo, la crisis de identidad de la población judía centroeuropea y el atractivo que ejerce sobre él el sionismo lo llevan  a abandonar sus estudios y marcharse a Palestina en 1926, donde entra en contacto directo con uno de los grandes movimientos políticos que transformarían el siglo XX. No contempla el sionismo desde fuera: trabaja, pasa hambre, vive durante un tiempo en un kibutz y se introduce en los ambientes políticos y periodísticos del Yishuv (literalmente "asentamiento" o "comunidad"), término utilizado para designar a la comunidad judía que vivía en Palestina durante el Mandato británico (1920-1948). Koestler descubre muy pronto la distancia que puede existir entre una causa contemplada desde lejos y su realidad concreta. Aparece ya aquí una característica que se repetirá durante toda su vida: es capaz de entregarse apasionadamente a una idea y, al mismo tiempo, conservar una mirada que acabará descubriendo sus contradicciones: "desilusionado por el estrecho chauvinismo y el limitado horizonte de los colonos sionistas [...] ya no creía que ese pequeño y amargo país constituyera una promesa mesiánica, un ejemplo en el que pudiera inspirarse la humanidad en general".

El camino hacia Marx acelera considerablemente el relato cuando Koestler se convierte en periodista profesional y empieza a transformarse en intelectual político. Oriente Próximo, París y sobre todo Berlín forman el escenario de una Europa que se precipita hacia la catástrofe. Trabajando para el poderoso grupo editorial Ullstein, Koestler conoce desde dentro el periodismo de masas de la República de Weimar y participa incluso como corresponsal en el espectacular vuelo polar del Graf Zeppelin de 1931. Pero bajo esa sucesión casi novelesca de episodios va creciendo algo más importante: la sensación de que el mundo liberal y capitalista está condenado. Koestler presencia la Gran Depresión, el desempleo masivo, la radicalización de la política alemana y el irresistible crecimiento del nazismo. El comunismo aparece como la única fuerza que parece disponer simultáneamente de una explicación de la crisis y de una organización capaz de combatir el fascismo y el 31 de diciembre de 1931 ingresa clandestinamente en el Partido Comunista alemán.

Euforia y utopía permite observar desde dentro la intensidad de aquella conversión. En 1932 Koestler viaja a la Unión Soviética para escribir sobre los logros del Primer Plan Quinquenal. Recorre Ucrania, el Cáucaso y Asia Central, llegando hasta Turkmenistán, en un momento en el que la colectivización forzosa, la industrialización acelerada y la represión estalinista están transformando violentamente la sociedad soviética. Lo que Koestler encuentra contradice repetidamente aquello que esperaba encontrar: escasez, hambre, burocracia, miedo y propaganda. Y, sin embargo, no abandona inmediatamente la "fe comunista", mostrando desde dentro los mecanismos mediante los cuales una ideología consigue neutralizar la evidencia que la contradice. El creyente no necesariamente niega lo que ve: puede reinterpretarlo como una dificultad transitoria, justificarlo como el precio inevitable de la transformación revolucionaria o subordinarlo a una verdad histórica superior. 
Tras la llegada de Hitler al poder en 1933, París se convierte en uno de los grandes centros del exilio antifascista europeo. Allí aparece una figura fundamental en la vida de Koestler: Willi Münzenberg, el extraordinario organizador de la propaganda internacional del Komintern. Bajo su dirección participa en campañas antifascistas y entra en un mundo donde política, periodismo, espionaje, literatura y propaganda resultan difícilmente separables. A través de estas redes se cruza con figuras como Bertolt Brecht, el compositor Hanns Eisler o el escritor comunista Johannes R. Becher.

El destierro introduce un tono progresivamente más oscuro, a medida que la utopía empieza a resquebrajarse y Europa se precipita hacia la violencia. Las purgas de Stalin y los procesos de Moscú hacen cada vez más difícil conciliar la fidelidad al comunismo con la evidencia de la represión. La historia deja además de ser para Koestler algo que se contempla desde una redacción o una reunión política. En España llegará literalmente a jugarse la vida. La Guerra Civil española ocupa por ello un lugar excepcional en las memorias. Koestler entra inicialmente en la zona franquista utilizando sus credenciales periodísticas y consigue documentar la presencia de fuerzas alemanas e italianas en apoyo de los sublevados, precisamente cuando Berlín y Roma trataban de mantener formalmente la ficción de la no intervención. Regresa después a la España republicana y, en 1937, se encuentra en Málaga cuando las tropas franquistas e italianas toman la ciudad. Su relato permite contemplar desde dentro el desconcierto, la desorganización y la derrota republicana. Es detenido el 9 de febrero de 1937, pasa por la prisión de Málaga y es trasladado después a Sevilla, donde permanece durante tres meses bajo la amenaza de ser ejecutado. Koestler escucha desde su celda cómo otros prisioneros son sacados durante la noche y vive esperando que llegue su turno, de manera que la política deja de ser una abstracción sobre clases, Estados o procesos históricos para adquirir el rostro irreductible de cada ser humano enfrentado a la muerte.

También la España en guerra multiplica sus encuentros. Conoce al zoólogo británico Peter Chalmers-Mitchell, en cuya casa de Málaga será detenido; coincide con periodistas y corresponsales internacionales y llega a encontrarse con W. H. Auden en Valencia. Su experiencia española forma así parte de aquella extraordinaria concentración de intelectuales -Orwell, Simone Weil, Hemingway, Malraux, Bernanos- para quienes la guerra española se convirtió en el gran laboratorio político y moral de los años treinta, aunque cada cual la viviera desde posiciones muy diferentes.

La escritura invisible, último volumen de la edición castellana, es también el más reflexivo. El abandono definitivo del Partido Comunista se produce en 1938, en el contexto de las purgas, los procesos de Moscú y la creciente imposibilidad de justificar el estalinismo. Pero Koestler no pierde simplemente una afiliación política, pierde una fe secular, y comprender cómo alguien puede sacrificar su juicio moral a una supuesta necesidad histórica se convertirá desde entonces en una de sus grandes obsesiones y desembocará poco después en la que, para mí, es su mejor obra y un libro de lectura imprescindible: El cero y el infinito.

La historia, entretanto, vuelve a alcanzarlo. Tras el pacto germano-soviético de agosto de 1939 y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Francia considera sospechosos a numerosos extranjeros y Koestler es internado en el campo de Le Vernet. Liberado posteriormente, vive el derrumbe francés de 1940 y la caída de París ante el ejército alemán. El antiguo refugiado del nazismo vuelve a convertirse en fugitivo. Durante su huida se cruza con otro exiliado excepcional, Walter Benjamin, que le proporciona una parte de las pastillas de morfina que llevaba consigo para suicidarse si caía en manos de la Gestapo. Benjamin utilizará las suyas en Portbou y morirá; Koestler llegará también a ingerir las suyas al creer cerrada su posibilidad de escapar, pero sobrevivirá.

Finalmente consigue llegar a Gran Bretaña, donde se abre otro mundo intelectual que las memorias apenas empiezan a anunciar: el de George Orwell, que se convertirá en amigo suyo, Cyril Connolly y numerosos escritores e intelectuales británicos y exiliados. Koestler había conocido además a Thomas Mann, y su trayectoria posterior multiplicaría todavía más estos encuentros. Esos nombres permiten comprender hasta qué punto Koestler estuvo situado en algunos de los principales nudos de la cultura política europea de su tiempo. De ahí que la autobiografía pueda leerse como una extraordinaria geografía del siglo XX. Budapest representa el mundo desaparecido de los imperios centroeuropeos; Viena, la crisis de la posguerra; Palestina, el nacimiento del proyecto sionista; Berlín, Weimar y el ascenso del nazismo; Moscú y Asia Central, la utopía soviética transformándose en estalinismo; París, el antifascismo y el exilio; Málaga y Sevilla, la Guerra Civil española; Le Vernet y la Francia de 1940, el hundimiento de Europa ante Hitler; Londres, finalmente, la resistencia y el lugar desde el que Koestler comenzará a reconstruir intelectualmente todo lo vivido.

Esta acumulación de experiencias explica que sus memorias puedan ser leídas como una reflexión encarnada sobre la relación entre experiencia, creencia y responsabilidad, sobre nuestra capacidad para no ver aquello que tenemos delante cuando verlo pondría en peligro el sistema de creencias que organiza nuestra vida. La pregunta que atraviesa El cero y el infinito  -cómo puede una persona inteligente y moralmente comprometida terminar sometiendo su conciencia individual a una supuesta necesidad histórica- es exactamente la pregunta que Koestler se formula sobre sí mismo en su autobiografía. Su crítica del totalitarismo no nace únicamente de una elaboración teórica sino que nace de haber experimentado sucesivamente la seducción de una doctrina, la disciplina de partido, la propaganda, la justificación de lo injustificable y, finalmente, el terror.

Koestler hace un esfuerzo considerable por reconocer sus errores políticos y reconstruir sin demasiada indulgencia las sucesivas cegueras de su juventud. Pero esa extraordinaria capacidad de introspección convive con un egocentrismo evidente y con comportamientos en sus relaciones con las mujeres que hoy resultan aborrecibles. La distancia entre la lucidez con la que analiza las relaciones de dominación política y su mucha menor capacidad para reconocer determinadas relaciones de poder en su propia vida constituye también parte de la experiencia de leerlo, aunque no la más satisfactoria. Él mismo recoge el que denomina "veredicto condenatorio (aunque correcto) de Orwell: «La falla de la coraza de Koestler es su hedonismo»". Tras lo que el autor reconoce sus contradicciones: "Las contradicciones entre sensibilidad y endurecimiento, egomanía y autosacrificio, que aparecen en cada capítulo de este libro, nunca convendrían a un personaje verosímil de una novela; pero como esto no es una novela, la figura del autor tiene que aparecer como realmente fue".

Leídos consecutivamente, los cinco volúmenes adquieren la forma de una larga educación en la desconfianza hacia las certezas absolutas. Flecha en el azul cuenta la búsqueda de una identidad; El camino hacia Marx, la búsqueda de una explicación total; Euforia y utopía, la experiencia de la fe ideológica; El destierro, su progresiva fractura en medio del fascismo y de la Guerra Civil española; y La escritura invisible, el aprendizaje que queda después del derrumbe, mientras Europa misma se derrumba alrededor de su autor. Por eso estas memorias resulten hoy tan fascinantes. Koestler no fue simplemente contemporáneo de la historia: tuvo la extraña fortuna, y la terrible desgracia, de encontrarse una y otra vez allí donde la historia estaba sucediendo. El resultado es el testimonio de una generación de intelectuales europeos que buscó desesperadamente una respuesta a la crisis de su mundo, creyó encontrarla en sistemas políticos que prometían explicarlo todo y tuvo que aprender que ninguna filosofía de la Historia justifica sacrificar a las personas concretas en nombre de quienes todavía no existen. En ese sentido, el verdadero protagonista de estas memorias no es tanto Koestler como un siglo XX atravesando la vida de alguien que, después de haber creído apasionadamente en algunas de sus grandes promesas, dedicó buena parte de su obra a comprender cómo había podido creer en ellas.

La Autobiografía se cierra con una anécdota que se eleva al nivel de categoría. Koestler cuenta que, viviendo ya en Londres, le enviaron un cartel del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) cuyo texto decía:

"1933. En aquellos años ardían hogueras en las ciudades de Alemania. Por orden de Goebbels se arrojaron a las llamas millones de libros.
1952. En estos días nuevas hogueras arden en las ciudades alemanas de la zona soviética; otra vez las llamas destruyen nueve millones de libros".

Bajo la primera frase aparecía una caricatura de Goebbles arrojando un libro a la hoguera mientras Hitler lo contempla. Bajo la segunda Wilhelm Pieck, presidente de la RDA, arroja otro libro al fuego mientras Stalin observa. Ambos libros llevan el nombre de "Köstler" -con esa grafía- en la cubierta. Ante lo cual, Koestler concluye: "que le quemen a uno sus obras dos veces en vida es, después de todo, una rara distinción". Una distinción, en todo caso, muy trabajada.

Fuente: https://library.fes.de/pdf-files/bibliothek/02875.pdf 


jueves, 20 de agosto de 2026

A la sombra del hombre

Jane Goodall
A la sombra del hombre
Traducción de Carmen Criado
Alianza Editorial, 2023

"Sin duda el hombre eclipsa al chimpancé. Y, sin embargo, éste es una criatura de inmensa importancia para la comprensión del ser humano. De la misma forma que nuestra sombra se proyecta sobre el chimpancé, la de este se proyecta sobre los demás animales. Es capaz de resolver problemas muy complejos, puede usar y construir herramientas con fines muy diferentes, su estructura social y sus métodos de comunicación son refinados, e incluso muestra los rudimentos de una conciencia del yo. ¿Quién puede saber qué será el chimpancé dentro de cuarenta millones de años? Debería ser una preocupación para todos nosotros permitir que continúe viviendo y darle al menos la oportunidad de evolucionar".


Publicado por Jane Goodall en 1971, este libro, además de contar una historia fascinante, ha modificado nuestra manera de pensar el lugar que ocupamos los seres humanos en el mundo vivo. Es el relato de los primeros años de investigación de Jane Goodall con los chimpancés de Gombe, en Tanzania, pero es también una reflexión sobre qué significa observar a otros seres vivos y qué ocurre cuando esa observación empieza a desdibujar las fronteras que habíamos trazado entre "ellos" y "nosotros". Fue el primer libro de la investigadora sobre sus investigaciones en Gombe y combina memoria personal, relato de aventuras y divulgación científica.


Jane Goodall llegó a Gombe en 1960, con apenas veintiséis años y sin la formación académica que cabía esperar de quien iba a protagonizar una revolución en la primatología. Pero su mentor, Louis Leakey, había visto una ventaja en esa falta de formación convencional: buscaba una persona capaz de observar sin que las teorías dominantes determinaran de antemano aquello que podía encontrar. Los comienzos fueron frustrantes: los chimpancés huían de ella y durante semanas apenas pudo observarlos a distancia. Hasta que un macho adulto, al que llamó David Greybeard (David Barbagris), comenzó a tolerar su presencia:

"Me pareció increíble cuando, cerca de las diez de la mañana, David Greybeard pasó tranquilamente por delante de mi tienda y trepó a la palmera. Me asomé y pude escuchar sus gruñidos de placer al extraer el primer fruto, de color rojo, de su dura envoltura. Una hora después bajó del árbol, se detuvo para mirar, deliberadamente, al interior de la tienda y desapareció. Después de aquellos primeros meses de desesperación en que los chimpancés huían al verme a quinientos metros de distancia, me encontraba ahora frente a uno que parecía sentirse en nuestro campamento como en su propia casa".

Gracias a esto pudo acercarse progresivamente al grupo y contemplar algo que alteraría profundamente la comprensión científica de nuestra especie: chimpancés utilizando tallos para extraer termitas y modificándolos, quitándoles las hojas, para convertirlos en instrumentos más eficaces. La fabricación de herramientas dejaba así de ser una capacidad exclusivamente humana.

Seguramente lo más revolucionario de la investigación de Jane Goodall no sea ningún descubrimiento aislado, sino la manera de mirar que convierte en método. Frente a una ciencia que tendía a numerar a los animales para evitar cualquier tentación de antropomorfismo, ella les puso nombres: David Greybeard, Goliath, Mike, Flo, Fifi, Flint… Y los nombres importan porque expresan una convicción fundamental: no estaba observando ejemplares intercambiables de una especie, sino individuos con personalidades, historias y relaciones diferentes. La literatura científica de la época recibió con recelo esta práctica, precisamente porque parecía introducir una proximidad emocional incompatible con la objetividad científica. Jane Goodall no llegó a Gombe con un gran aparato experimental destinado a confirmar una hipótesis previamente formulada. Su conocimiento nace de una relación prolongada con un lugar y con los seres que lo habitan: camina, espera, mira, toma notas, vuelve a mirar. Una práctica científica basada en la paciencia y en la disponibilidad ante lo inesperado. Observar bien significa aceptar que la realidad pueda desmentir nuestras categorías.

Leído hoy, sorprende hasta qué punto aquella supuesta debilidad metodológica constituye una de las mayores fortalezas del libro. Jane Goodall observa durante mucho tiempo, compara comportamientos y reconstruye biografías. Descubre así que hay chimpancés audaces y tímidos, dominantes y subordinados, pacientes e irritables; madres extraordinariamente cuidadosas y otras mucho menos atentas; individuos capaces de establecer vínculos intensos y duraderos. Especialmente hermosas son las páginas dedicadas a Flo y su descendencia, que nos permiten seguir cómo las formas de cuidado materno influyen en el desarrollo posterior de las crías. La autora muestra también hasta qué punto la pérdida de la madre puede provocar alteraciones emocionales y físicas devastadoras.


Los chimpancés fabrican y utilizan herramientas, cazan, cooperan, compiten por la posición social, establecen alianzas, cuidan, juegan, abrazan, besan y consuelan. Buena parte de su comunicación gestual presenta sorprendentes semejanzas con la humana, semejanzas que Jane Goodall relaciona con nuestra ascendencia evolutiva común. Cada uno de estos comportamientos erosiona un poco más la frontera nítida con la que tradicionalmente hemos querido separar a la humanidad del resto de los animales.


Todo ello sin idealizar a los chimpancés. La cercanía evolutiva no significa inocencia natural y Jane Goodall documenta la rivalidad, la dominación, la agresión, la caza y la violencia, junto al afecto, el juego, la cooperación o el cuidado. Lo que descubrimos en Gombe es que muchas de las capacidades que solemos considerar específicamente humanas tienen raíces evolutivas mucho más antiguas. Los chimpancés no son seres humanos incompletos, sino otra especie cuya proximidad nos obliga a reconsiderar qué tenemos realmente de excepcional.

Más de medio siglo después de su publicación, algunas de sus conclusiones han sido ampliadas, matizadas o corregidas por décadas de investigación primatológica, pero el gesto intelectual y moral que contiene el libro permanece intacto: mirar a otros animales sin reducirlos de antemano a aquello que creemos saber sobre ellos. Después de leerlo resulta más difícil pensar que somos el centro de la vida y un poco más fácil reconocernos como una rama, extraordinaria sin duda, pero una rama al fin y al cabo, de una historia evolutiva mucho más antigua que nosotras y nosotros.

miércoles, 19 de agosto de 2026

Los diablos

Joe Abercrombie
Los diablos
Traducción de Manu Viciano
Alianza Editorial, 2025

    "-Se ha consultado a los oráculos del Coro Celestial y no dejan lugar a dudas. Vivimos en un mundo sumido en la tiniebla, un mundo en el que nuestra Iglesia es el único punto de luz. La única esperanza de la humanidad. ¿Permitiremos las personas justas que esa luz se extinga?
     Esa pregunta sí que era fácil.
     -Jamás, eminencia -dijo el hermano Díaz, haciendo vigorosas negativas con la cabeza,
     -Y en esa batalla de lo que solo cabe describir como el bien contra lo que solo cabe describir como el mal, la derrota es inconcebible.
     -Jamás, eminencia -dijo el hermano Díaz, haciendo vigorosos asentimientos con la cabeza.
     -Estando en juego la creación de Dios y todas las almas que contiene, la mesura sería una necedad. La mesura sería una cobarde negligencia en nuestro deber sagrado. La mesura sería... un pecado.
     El hermano Díaz tenía la angustiosa sospecha de estar internándose en inestable terreno teológico, igual que un oso torpe persiguiendo a conejos hasta el interior de un lago medio congelado.
     -Hum...
     -Llega un momento en que hay tamaña enormidad en juego que las objeciones morales devienen ellas mismas en inmorales.
     -¿Ah, sí? O sea, ah, sí. Quiero decir: ah, . ¿Sí?
     La cardenal Zikka sonrió. Aquella sonrisa fue, por algún motivo, incluso más inquietante que su ceño fruncido.
     -¿Conocéis la Capilla de la Santa Conveniencia?
     -Hum... no creo que...
     -Es una de las trece capillas que hay dentro del Palacio Celestial. Una de las más antiguas, de hecho. Tan antigua como la misma Iglesia.
     -Tenía entendido que hay doce capillas, una para cada una de las Doce Virtudes.
     -A veces hace falta echar la cortina sobre ciertos hechos lamentables. Pero aquí, en el mismo corazón de la Iglesia, debemos mirar más allá de la mera apariencia de virtud. Debemos lidiar con el mundo tal y como es, valiéndonos de las herramientas disponibles.
     ¿Aquello era algún tipo de prueba? Dios, el hermano Díaz esperaba que sí. Pero, en caso de serlo, no tenía ni la más remota idea de cómo superarla.
     -Eh... Esto...
     -La Iglesia debe, por supuesto, mantenerse fiel a las enseñanzas de nuestra Salvadora. Pero existen tareas que hay que llevar a cabo y métodos empleados para los que las personas fieles e irreprochables... no son adecuadas.
     El hermano Díaz supuso que, apurando mucho el ángulo, podría vérsele el sentido a este argumento, pero él no quería tenerlo ni cerca. Lanzó un vistazo hacia Jakob de Thorn, pero no encontró allí ninguna clase de ayuda. parecía un hombre cuyos métodos eran de lo más reprochables.
     -No estoy seguro de comprender del todo...
     -Esas tareas las lleva a cabo, y esos métodos los emplea, la congregación de la Capilla de la Santa Conveniencia".


Con Los diablos, Joe Abercrombie se interna en un territorio nuevo que, sin embargo, resulta inmediatamente reconocible para quienes hemos leído sus novelas anteriores. Siguen ahí la violencia descarnada, el humor negro, la desconfianza ante cualquier forma de heroísmo demasiado limpio y, sobre todo, esa extraordinaria capacidad para construir personajes que nos obligan a revisar continuamente nuestros juicios sobre ellos. Pero esta es, si cabe, una novela más abiertamente fantástica, disparatada y aventurera, incluso más divertida que buena parte de su obra anterior. 

La historia transcurre en una Europa medieval alternativa, reconocible y al mismo tiempo deformada: iglesias enfrentadas, disputas dinásticas, cruzadas y luchas por el poder conviven con vampiros, licántropos, nigromantes, muertos vivientes y elfos, convertidos en el gran enemigo para la humanidad, en su "Otro" más radical. En ese mundo, el joven hermano Diaz descubre la existencia de la Capilla de la Santa Conveniencia, una organización clandestina mediante la cual la Iglesia hace aquello que necesita hacer pero que no puede reconocer públicamente como propio. La expresión es magnífica: hay principios que se proclaman solemnemente y excepciones que se administran discretamente.

La misión de Diaz consiste en acompañar a Alexia (Alex), una joven habituada a sobrevivir en la calle con inesperados derechos sobre el trono de Troya, hasta el Imperio oriental. Para ello contará con una compañía extraordinaria: un viejo templario casi indestructible, una antigua pirata, un vampiro aristocrático, una licántropa vikinga, una pequeña elfa y un nigromante tan poderoso como vanidoso. Son, literalmente, monstruos puestos al servicio de una institución que oficialmente los condena. Ahí se encuentra la primera gran ironía de la novela: para preservar el bien parecen resultar imprescindibles quienes han sido definidas y definidos como representantes del mal.

La novela adopta la estructura clásica del viaje y Abercrombie se concede permiso para divertirse. Se suceden persecuciones, emboscadas, combates, traiciones y matanzas, con un humor negro que en ocasiones convierte la violencia en algo casi grotesco. Esta exuberancia es uno de los grandes atractivos del libro, aunque también puede convertirse en una de sus debilidades: la sucesión de obstáculos adquiere por momentos un carácter paródico. Pero Abercrombie borda la habilidad para hacer que sus personajes se compliquen ante nuestros ojos: las caricaturas empiezan a mostrar grietas, aparecen historias, heridas, miedos, y aquella colección de monstruos pintorescos comienza a convertirse en una comunidad improbable. 

La pregunta acerca de quiénes son realmente los monstruos atraviesa toda la novela. Quienes integran  la Capilla lo son literalmente, pero alrededor de ellas y ellos encontramos seres perfecta y convencionalmente "humanos" capaces de torturar, asesinar y traicionar en nombre de Dios, del poder o de la estabilidad política. La distinción entre humanidad y monstruosidad deja de coincidir con la diferencia entre humanos y criaturas sobrenaturales. Pero esto no se apoya en una inversión moral simplista. Los "diablos" no son criaturas bondadosas e incomprendidas; siguen siendo violentos, egoístas y, en ocasiones, aterradores. Pero ser un "monstruo" no incapacita para la lealtad, el afecto o el sacrificio, del mismo modo que ser respetable no garantiza ninguna superioridad moral. No encontramos conversiones morales, pero sí aparece la posibilidad de que los vínculos modifiquen nuestra manera de comportarnos. Compartir peligros va creando obligaciones que ya no proceden exclusivamente de la fuerza o del interés, y es entonces cuando surge la posibilidad de que aparezca la ternura, cuando personajes capaces de cometer actos atroces descubren que alguien les importa. La comunidad no los convierte en "buenas personas", pero introduce una fisura en su egoísmo:

"Vigga era despreciable, por supuesto. Una pagana primitiva, nacida en la oscuridad de la ignorancia más allá de la luz de la gracia de la Salvadora. había varias de las Doce Virtudes para las que era una completa desconocida. Pero en lo relativo a varias otras -valentía, sinceridad, lealtad, generosidad-, podría haberles dado lecciones a la mayoría de los clérigos que él conocía. Era despreciable y, aún así, incluso aunque el hermano Díaz no era más que peso muerto para ella, nunca mostraba desprecio por él".

Lo que sí hay en Los diablos es una continuidad que merece señalarse con el conjunto de la obra de Abercrombie: el protagonismo de sus personajes femeninos. Desde Ferro Maljinn y Monza Murcatto hasta Savine dan Glokta, Rikke o, ahora, Alex, Vigga y Baptiste, las mujeres no aparecen como acompañantes de las aventuras masculinas ni como contrapunto moral de hombres violentos. Abercrombie no necesita convertirlas en personajes moralmente superiores para otorgarles centralidad y, en un género que tiende a reservar a los hombres la condición de sujetos de la aventura, esta normalidad del protagonismo femenino resulta especialmente significativa.

Abercrombie no es simplemente un magnífico escritor "de género", y Los diablos merece ser leída más allá de su condición de excelente divertimento. La fantasía no funciona aquí como una forma de evasión de la realidad, sino como una manera de tomar distancia de ella para observarla mejor. Tras vampiros, licántropos, nigromantes y muertos vivientes encontramos preguntas muy reconocibles sobre el poder, la violencia, la religión, la legitimidad, la obediencia, la exclusión y nuestra extraordinaria capacidad para justificar moralmente aquello que nos conviene. Porque la buena literatura fantástica -pensemos en El Señor de los Anillos- hace precisamente eso: construye mundos que no existen para permitirnos pensar de otra manera el mundo que existe. En este sentido, Abercrombie puede ser tan lúcido sobre el funcionamiento del poder, las instituciones o la violencia como el que mas. Que consiga hacerlo mientras nos hace reír, nos inquieta y nos mantiene pendientes de las peripecias de una banda de monstruos no disminuye el valor de su escritura, sino que lo aumenta.

Al comenzar el libro creemos saber perfectamente quiénes son "los diablos". Al terminarla, ya no resulta tan evidente. Conseguir que nos hagamos esa pregunta mientras creemos estar simplemente leyendo una endiablada novela de aventuras es, seguramente, una de las mejores demostraciones de por qué merece la pena leer a Joe Abercrombie.

martes, 18 de agosto de 2026

Reserva de musgo

Robin Wall Kimmerer
Reserva de musgo: Una historia natural y cultural de los musgos
Traducción de David Muñoz Mateos
Capitán Swing, 2023

"Estos patrones de la reciprocidad, la labor con la que el musgo teje una comunidad forestal, nos permiten entrever nuevas posibilidades. Los musgos no toman más de lo que necesitan y dan en abundancia. Su presencia permite la vida de ríos y nubes, árboles, pájaros, algas y salamandras. La nuestra, en cambio, los pone en peligro.. Los sistemas diseñados por el hombre, que toman sin dar a cambio, no se parecen en nada a esta creación constante, a esta forma de generar salud para los ecosistemas. Los claros talados pueden satisfacer los deseos a corto plazo de una única especie, pero sacrifican las necesidades igualmente legítimas de musgos y mérgulos, de salmones y píceas. Me aferro a la idea de que, pronto, alguien encontrará valor en la autocontención, la humildad para vivir como los musgos. Ese día, cuando nos levantemos para dar gracias al bosque, tal vez oigamos un eco, una voz que nos contesta. La del bosque, que da las gracias a la gente".


Hay libros que nos descubren cosas que ignorábamos y otros que nos enseñan a prestar atención a aquello que siempre había estado delante de nuestros ojos sin que fuéramos capaces de verlo. En sus libros Robin Wall Kimmerer es plenamente capaz de hacer ambas cosas. Reserva de musgo no es un tratado científico ni una guía para identificar musgos, sino una sucesión de ensayos entrelazados en los que la botánica, la experiencia autobiográfica, la reflexión ecológica y el conocimiento indígena se van encontrando hasta configurar una determinada manera de estar en el mundo.

El punto de partida resulta aparentemente modesto: los musgos. Esos organismos diminutos que cubren piedras, troncos y suelos, presentes casi por todas partes y, sin embargo, habitualmente ignorados. La autora, botánica especializada en briófitas, nos obliga a detenernos ante ellos y, sobre todo, a cambiar de escala: para conocer el musgo hay que aproximarse, agacharse, mirar despacio, hay que abandonar esa posición erguida desde la que contemplamos el paisaje como si estuviera dispuesto ante nuestra mirada y acercar los ojos a una forma de vida cuyo mundo se desarrolla apenas a unos centímetros del suelo.

Este gesto físico acaba convirtiéndose en una hermosa metáfora epistemológica y moral. Para comprender el mundo no siempre necesitamos ampliar nuestra perspectiva; a veces necesitamos exactamente lo contrario: reducir la escala, acercarnos, demorarnos en aquello que parece insignificante. Los musgos viven en los límites de nuestra percepción ordinaria y precisamente por eso pueden enseñarnos mucho acerca de nuestra manera de mirar. 

No estamos ante una fábula o un relato que convierte a los musgos en simples pretextos para ofrecer pequeñas enseñanzas morales. Robin Wall Kimmerer se toma  muy en serio su condición de científica para explicar cómo los musgos almacenan agua, cómo se reproducen, cómo colonizan determinados espacios, cómo compiten y cooperan, cómo participan en los procesos de sucesión ecológica y cómo establecen relaciones con árboles, insectos, aves y muchos otros seres vivos. Quienes leemos el libro acabamos descubriendo que aquello que parecía una sencilla alfombra verde constituye en realidad un universo extraordinariamente complejo.

Pero la autora nunca acepta que la descripción científica agote el significado de lo observado. Como científica formada en la tradición académica occidental y como integrante de la Citizen Potawatomi Nation, se mueve entre distintas formas de conocimiento sin que una anule a la otra. Los musgos pueden ser simultáneamente objetos de investigación científica y seres con los que establecemos relaciones. Podemos preguntarnos cómo funcionan, pero también qué podemos aprender de ellos. La precisión científica y el asombro no son incompatibles, sino que se enriquecen mutuamente:

"Erizados, achicharrándose en el roble bajo el sol del verano, ¿cuál es el arte de la espera que practican los musgos? Se retraen sobre sí mismos, rizándose, como inmersos en un sueño despierto. Sospecho que, si sueñan, lo hacen con la lluvia".

De ahí que una de las ideas esenciales que construyen el libro sea la crítica de una relación exclusivamente instrumental con la naturaleza. Frente a una cultura acostumbrada a preguntarse para qué sirven las cosas, Robin Wall Kimmerer propone aprender a preguntarnos qué relaciones mantenemos con ellas. De este modo el bosque deja de ser una suma de recursos y aparece como una comunidad de seres interdependientes. El musgo retiene humedad, ofrece refugio, prepara el terreno para otras especies y participa en redes ecológicas cuya complejidad desborda cualquier consideración exclusivamente utilitaria. Nada vive en soledad:

"Cuando los musgos cubren el tronco de los árboles, estos continúan empapados mucho tiempo después de que la lluvia haya cesado, liberando gradualmente el agua que cayó una semana atrás. Si un haz de luz atraviesa el dosel y alumbra un cojín de musgo, puede verse el ascenso del vapor. Las nubes dan las gracias a los musgos".

Esta atención a la interdependencia conduce a otra cuestión central: la reciprocidad. No basta con reconocer todo lo que recibimos del mundo natural, además es necesario preguntarnos qué devolvemos a cambio. Como en sus otros libros, Robin Wall Kimmerer cuestiona la figura moderna de la humanidad como propietaria de la naturaleza. El problema ecológico no procede únicamente de que extraigamos demasiados recursos, sino de haber convertido nuestra relación con los demás seres vivos en una relación fundamentalmente unilateral. Recibimos continuamente -alimentos, agua, materiales, belleza, protección- y hemos llegado a considerar que todo ello nos pertenece por derecho. Los musgos representan lo contrario. Su existencia se caracteriza por la modestia, la adaptación, la paciencia y una extraordinaria capacidad para habitar los límites. No necesitan dominar el espacio para prosperar. Aprovechan pequeñas cantidades de agua, ocupan grietas y superficies aparentemente inhóspitas y crean condiciones que permiten vivir a otros organismos. En una cultura obsesionada con crecer, acumular y competir, resulta difícil no percibir en ellos una silenciosa impugnación de nuestra idea de éxito.

Reserva de musgo es mucho más que un hermoso y sorprendente libro sobre briófitas. Es una reflexión sobre la atención, la humildad y nuestra pertenencia a una comunidad de vida que desborda ampliamente lo humano. Frente a una civilización que identifica el progreso con la aceleración, la expansión y el dominio, Robin Wall Kimmerer nos invita a agacharnos, reducir la velocidad, observar con atención y, desde esa posición humilde, descubrir un mundo inesperadamente inmenso. Los musgos terminan enseñándonos que vivir bien no consiste en ocupar cada vez más espacio, sino en aprender a habitarlo de otra manera: recibiendo sin apropiarnos, dependiendo sin avergonzarnos de nuestra dependencia y dejando, a nuestro paso, condiciones que hagan posible la vida de todos los demás seres.