[1] La situación de
la democracia en el mundo hoy no es tranquilizadora. El diagnóstico más
aceptado entre analistas es este: llevamos más de tres décadas de retroceso democrático
sostenido. Más países empeoran que mejoran en términos democráticos. Se habla
de una “recesión democrática” global. Las democracias liberales consolidadas
también muestran signos de desgaste.
No es tanto que
desaparezcan las democracias, sino que se vacían por dentro:
· Erosión
institucional: debilitamiento de tribunales, parlamentos y controles al poder.
· Líderes electos con
tendencias autoritarias (lo que algunos llaman “autoritarismo competitivo”).
· Crisis de los
partidos políticos à Ferrajoli: “poderes
salvajes”.
· Polarización extrema
que bloquea el funcionamiento político.
· Desinformación y
manipulación digital.
· Desafección
ciudadana: baja confianza en partidos, gobiernos y medios.
Europa y
Norteamérica: siguen siendo mayoritariamente democráticas, pero con tensiones
(polarización, populismo, crisis de representación).
América Latina:
democracias formales, pero con fragilidad institucional y desconfianza
ciudadana.
África: avances
puntuales, pero mucha inestabilidad política.
Asia y Oriente Medio:
fuerte presencia de regímenes autoritarios (China y Singapur como “modelos de
éxito”).
Menos de la mitad de
la población mundial vive en democracias. Solo una minoría vive en “democracias
plenas”.
También hay señales
en sentido contrario:
· Movilizaciones sociales
en defensa de derechos
· Alternancias
democráticas reales en algunos países
· Mayor conciencia
ciudadana sobre abusos de poder
Más que una crisis
puntual, estamos ante algo más profundo: la democracia no se cuestiona tanto
como principio, pero sí se debilita en la práctica cotidiana.
El problema principal
no es la falta de elecciones o parlamentos, sino la pérdida de calidad
democrática.
El gran desafío hoy
es pasar de democracias formales a democracias sustantivas.
[2] Una persona
nacida en torno a 1960 en Europa occidental, Estados Unidos, Japón o Australia
nace en un momento muy particular de la historia: cuando parece que la promesa
democrática ha alcanzado su forma más completa.
à
Estamos hablando en términos generales, matizar en función de análisis
interseccional, en esta época sobre todo sexo/género, también clase social.
Siguiendo a T. H.
Marshall, esa generación accede a una ciudadanía que integra (o aspira a
integrar):
· derechos civiles
(libertades individuales)
· derechos políticos (participación)
· derechos sociales
(protección, bienestar)
No es solo democracia
formal, sino una democracia con base material.
à
Ken Loach, El espíritu del 45 https://www.documaniatv.com/historia/el-espiritu-del-45-video_6bebac235.html
Quienes nacen en ese
momento:
· crecen con
instituciones relativamente estables
· experimentan
movilidad social
· asumen derechos como
algo dado
La democracia tiende
a vivirse como una normalidad garantizada, casi naturalizada.
Sus progenitores (nuestras
madres y padres) crecieron en:
· crisis económicas
profundas
· guerras o posguerras
· regímenes
autoritarios o democracias frágiles
La democracia no era
un punto de partida, sino una aspiración o una conquista frágil, siempre
amenazada.
Sus descendientes
(nuestras hijas e hijos), en cambio, crecen en:
· precariedad laboral
· debilitamiento del
Estado social
· crisis de
representación
· saturación
informativa y polarización (brutalización).
La democracia ya no
es ni conquista épica ni normalidad estable, sino más bien una promesa incierta
o incumplida, cada vez más percibida como insuficiente.
[3] Vivimos el
espejismo de los Treinta Gloriosos (aprox. 1945–1975). Esas tres décadas tras
la segunda guerra mundial en la que la política controló, al menos en parte, a
los mercados, consiguiendo un razonable equilibrio entre crecimiento económico
y democracia, es verdad que solo en la mayoría de los países del Norte global.
Fue una excepción
histórica potente, que luego se universalizó como si fuera la norma.
Tras la Segunda
Guerra Mundial:
· Alto crecimiento
económico
· Empleo relativamente
estable
· Expansión del Estado
del bienestar
· Fuerte regulación de
los mercados
· Sindicatos con
capacidad real de negociación
La política “embridó”
parcialmente al mercado en Europa occidental, Norteamérica y Japón.
Se apoyó en
condiciones muy específicas:
· reconstrucción tras
la guerra
· hegemonía de EE.UU.
· energía barata
· crecimiento
demográfico
· externalización de
costes al Sur global
Porque se dio una
combinación difícil de repetir:
· Capitalismo
productivo (industrial, fordista)
· Estados fuertes y
fiscalidad progresiva
· Compromiso político
(pacto capital–trabajo)
· Miedo sistémico al
bloque soviético, que incentivaba concesiones sociales
A partir de los 70
ese equilibrio empieza a romperse, giro neoliberal.
· Crisis del petróleo
· Estancamiento +
inflación (estanflación)
· Crisis del modelo
industrial
· Globalización
financiera
El “espejismo” no es
que no existiera ese periodo, sino creer que era universal (nunca lo fue, gran
parte del mundo quedó fuera), creer que era permanente (dependía de condiciones
históricas muy concretas).
La democracia
contemporánea mantiene formas políticas, pero pierde parte de las bases
materiales que tuvo en ese periodo. Resultado:
· frustración
· desafección
· sensación de promesa
incumplida
[4] La “expansión
democrática” (Huntington) de los 90 se produce ya dentro de un nuevo marco que
erosiona sus bases sociales.
Apertura política
(elecciones, libertades formales) y caída de dictaduras (Europa del sur,
América Latina, Europa del Este).
Con Margaret Thatcher
y Ronald Reagan se consolida un nuevo paradigma neoliberal:
· Reducción del papel
del Estado
· Desregulación
económica
· Privatizaciones
· Debilitamiento de
sindicatos
· Menor fiscalidad
progresiva
· “Fin de la Historia”
(Fukuyama) y pérdida del miedo del capitalismo a la alternativa comunista
(Hobsbawm).
Esto afecta
directamente a los pilares materiales de la democracia.
La tensión de fondo:
democracia vs. economía capitalista. Lógicas antagónicas: expansión de derechos
(dersmercantilización) vs. mercantilización creciente de la existencia.
La democracia
necesita cierto nivel de igualdad y seguridad para sostenerse.
El neoliberalismo
tiende a generar más desigualdad, más inseguridad vital, menos capacidad del
Estado para corregirlas.
Consecuencia: erosión
de la legitimidad. Durante un tiempo (años 80–90), esto no estalla porque:
· hay crecimiento
económico
· se amplían libertades
· existe expectativa de
progreso
Pero a medio plazo
aparecen:
· precarización del
trabajo
· aumento de
desigualdades
· debilitamiento de lo
público
· sensación de pérdida
de control del futuro
Esto desemboca en lo
que vemos hoy:
· desafección
· populismos
· polarización - brutalización
Se ganó la forma
democrática, pero se debilitó su sustancia.
La democracia no se
vacía solo por ataques políticos autoritarios, sino también cuando pierde las
condiciones materiales que hacen posible que la ciudadanía participe de verdad.
[5] Hay mucha y muy
buena teorización al respecto:
Tony Judt, Sobre
el olvidado siglo XX: “Gracias a medio siglo de prosperidad y
estabilidad, en Occidente hemos olvidado el trauma social y político que
representa la inseguridad económica de las masas, y en consecuencia no
recordamos las razones que llevaron en primer término a la creación de los
Estados del bienestar de los que hoy disfrutamos”.
Judt define a los
Estados de bienestar surgidos tras la IIGM como estados profilácticos, una garantía de aseguramiento
colectivo que actuara como “barrera contra el regreso del pasado: contra la
depresión económica y su violento resultado polarizador en las políticas
desesperadas del fascismo y del comunismo”. Esa profilaxis de la seguridad
solidaria y cooperativa es la que hoy está en crisis. Y en su ausencia, se
multiplica el riesgo de expansión de las patologías sociales del miedo, la
insolidaridad, la exclusión y el resentimiento.
Tony Judt, Algo
va mal: “Si podemos tener democracia, la tendremos. Pero, sobre todo,
queremos seguridad. A medida que aumentan las amenazas globales, el orden
ganará en atractivo”.
R.H. Tawney, Igualdad
(1931): “Que la combinación de
democracia y desigualdad económica extrema forman un compuesto inestable
no es ninguna cosa nueva. Era ya un lugar común de la ciencia política cuatro
siglos antes de nuestra era. No obstante, aunque sea una perogrullada
venerable, sigue siendo una perogrullada importante que se olvida periódicamente y que periódicamente, por tanto, es necesario volver a descubrir”.
[6] Hay bastante
evidencia comparada de que una parte de los hombres jóvenes muestra hoy
actitudes menos favorables que las mujeres jóvenes hacia valores como igualdad
de género, diversidad o apertura cultural. Pero conviene no simplificar: no es
un fenómeno uniforme ni mayoritario en todos los contextos; es una brecha
creciente y significativa dentro de la juventud.
à
¿Hombres jóvenes cabreados? https://www.researchgate.net/publication/389901892_Hombres_jovenes_cabreados
· Las mujeres jóvenes
son, de forma consistente, más favorables a igualdad de género, derechos LGTBI,
políticas de inclusión.
· Entre los hombres
jóvenes: mayor proporción expresa escepticismo hacia el feminismo, mayor
tolerancia a discursos de “mano dura” o liderazgos fuertes
· Aumenta el porcentaje
de varones jóvenes que cree que “la igualdad ya está conseguida”, crece la
reacción antifeminista (minoritaria, pero visible).
· Paralelamente, las
mujeres jóvenes presentan niveles muy altos de conciencia feminista.
· Brecha de género en
percepciones sobre igualdad y violencia. Los hombres jóvenes tienden más a minimizar
desigualdades y percibir como excesivas algunas políticas de igualdad.
¿Qué está pasando?
a) Cambio en los
roles de género. Las mujeres jóvenes han experimentado una expansión clara de
oportunidades y conciencia. Algunos hombres jóvenes viven esto como pérdida de
estatus relativo, desorientación sobre su papel. No es tanto una
“radicalización”, sino en muchos casos una reacción defensiva.
b) Fractura entre
expectativas y realidad. Se les socializó en la idea de empleo estable y autonomía,
pero encuentran precariedad e incertidumbre. Esto genera frustración que puede
canalizarse hacia rechazo a élites o hacia discursos que señalan “culpables”
(feminismo, inmigración, etc.).
c) Socialización
digital. Redes y plataformas amplifican discursos polarizados y generan
comunidades cerradas. Aparición de subculturas online masculinas: “machosfera”,
influencers antifeministas.
d) Déficit de
referentes y relato. El discurso de igualdad ha avanzado mucho, pero no siempre
ha ofrecido modelos positivos de masculinidad (igualdad real) de encaje en el
nuevo contexto. Algunos quedan en un vacío interpretativo.
No “los hombres
jóvenes” en bloque, no una mayoría radicalizada, no un fenómeno exclusivamente
ideológico. Es más bien una minoría activa + una mayoría ambivalente.
¿Qué implica para la
democracia? La democracia necesita tolerancia, reconocimiento del otro, aceptación
de la diversidad.
Si una parte de la
juventud percibe esos valores como amenaza o los vive como imposición se
debilita la cultura democrática, no solo las instituciones.
No estamos solo ante
un problema de valores, sino ante una dificultad para habitar los cambios
sociales.
[7] Si no se
introduce la dimensión material, el fenómeno queda como un problema “de
valores”; cuando se incorpora, aparece como una experiencia social situada.
En buena parte de
Europa (y claramente en España):
· Empleo más precario
que generaciones anteriores
· Dificultad de acceso
a la vivienda (edad de emancipación alta)
· Trayectorias vitales
inestables
Resultado: sensación
de bloqueo biográfico (no poder construir una vida autónoma.)
Esto afecta a las
mujeres y a los hombres jóvenes, pero no se procesa igual.
Para muchas mujeres
jóvenes la precariedad se suma a una conciencia clara de desigualdad. Se
interpreta en clave estructural, colectiva. Lo que genera más movilización y politización
igualitaria.
Para una parte de los
hombres jóvenes la precariedad entra en conflicto con expectativas heredadas: proveedor,
autonomía temprana, reconocimiento social. Cuando esas expectativas fallan no
siempre hay un marco claro para reinterpretarlo, y aparece una sensación difusa
de pérdida de posición, desplazamiento
Aquí ocurre algo
decisivo. La frustración material puede traducirse en dos direcciones:
a)
Politización
estructural (más minoritaria entre chicos): cuestionar desigualdad, criticar
modelo económico.
b)
Desplazamiento
cultural (más visible): rechazo a políticas de igualdad, discurso de “exceso”
de derechos, búsqueda de chivos expiatorios.
No porque la causa
sea cultural, sino porque lo material no encuentra una traducción política
clara.
Las condiciones materiales
crean malestar, pero las redes sociales le dan forma y lo canalizan hacia identidad,
agravio, confrontación.
Es más fácil explicar
la frustración en términos de “me están quitando algo” que en términos de “el
sistema está fallando”.
La precariedad no
produce automáticamente conciencia crítica. Necesita marcos de interpretación. Y
cuando esos marcos fallan, el malestar se desplaza.
¿Qué implica para la
democracia?
· Si las condiciones
materiales empeoran aumenta la frustración.
· Si no hay canales de
elaboración, crece la polarización.
· Si el conflicto se
desplaza se debilitan valores como tolerancia, pluralismo, reconocimiento.
No es solo crisis
económica, es una crisis de traducción entre lo material y lo político.
[8] Si
el diagnóstico es correcto, la respuesta no puede limitarse a reformas
institucionales ni a apelaciones abstractas a los valores. La crisis de la
democracia que estamos viviendo tiene raíces materiales, culturales y
experienciales. Por eso, requiere intervenciones en varios planos a la vez.
1. Reanclar la democracia en condiciones materiales de vida. La democracia
difícilmente puede sostenerse si no garantiza condiciones mínimas de
estabilidad y autonomía. Esto implica:
· políticas decididas
de acceso a la vivienda
· reducción de la
precariedad laboral
· refuerzo de los
sistemas de protección social
· fiscalidad con
capacidad redistributiva real
No se trata solo de
justicia social, sino de sostenibilidad
democrática. Sin seguridad material, la democracia pierde credibilidad
como forma de organizar la vida en común à Balibar: égaliberté,
“igual-libertad”
2. Reconectar lo material con lo político. No es solo la precariedad, sino la dificultad
para interpretarla colectivamente. Es necesario:
· generar marcos que
permitan entender los problemas como estructurales
y compartidos
· evitar su
desplazamiento hacia conflictos identitarios simplificados
· fortalecer espacios
de deliberación pública no polarizada, integrativa à
Nancy Fraser: reconocimiento/redistribución/representación
3. Trabajar específicamente con los hombres jóvenes. La brecha de género
en actitudes democráticas no se resolverá ignorándola ni moralizándola. Es
necesario:
· ofrecer referentes positivos de masculinidad
compatibles con la igualdad (pero ojo con la banalización de las “nuevas
masculinidades”; se trata más de desmasculinizar)
· generar espacios de
conversación donde se puedan elaborar frustraciones sin estigmatización, pero
con exigencia y reconocimiento (y renuncia) de privilegios
4. Regular y responsabilizar el entorno digital. Las redes no crean el
malestar, pero lo amplifican y lo orientan. Es necesario:
· limitar la difusión
de desinformación
· aumentar la
transparencia de algoritmos
· promover
alfabetización mediática crítica
· reforzar espacios
digitales que favorezcan la reflexión, no el eco autoconfirmatorio
5. Reforzar instituciones, pero también experiencias democráticas. La democracia no se
sostiene solo en normas, sino en prácticas vividas. Es necesario:
· abrir espacios reales
de participación (no solo formales)
· acercar la política a
problemas concretos de la vida cotidiana
· fomentar experiencias
de corresponsabilidad y acción colectiva
6. Recuperar un horizonte compartido. Quizá el desafío más profundo es reconstruir
un sentido de proyecto común. Sin horizonte compartido, la democracia se reduce
a procedimiento. Esto implica:
· superar la lógica de
la pura gestión
· reintroducir
preguntas normativas (qué sociedad queremos)
· articular propuestas
que conecten libertad, igualdad y pertenencia
En última instancia,
la tarea no es solo política, sino también cultural y moral. Porque la
democracia no se pierde de un día para otro. Se desgasta cuando dejamos de
sostenerla en la vida cotidiana.
à
La
democracia como práctica moral y conversación cívica https://www.eldiario.es/euskadi/blogs/viento-del-norte/democracia-practica-moral-conversacion-civica_132_12913986.html
[9] Relevancia del
espacio local. A pesar de que los procesos sean globales, sus efectos son
locales, acaban impactando en el aquí: en este barrio, esta calle, esta región,
esta ciudad, este paisaje, esta comunidad…
Xavier Rubert de
Ventós, analiza los orígenes del Estado moderno a partir de la reforma política
de Clístenes (año 508 a. C.), que consistió en sustituir la pertenencia
genética (de la gens o linaje) por la
pertenencia democrática (del démos)
como principio organizador de la ciudad. Escribe, a este respecto: “La primera
formulación de la igualdad democrática consiste en decir que cada uno es de
donde está, de su barrio, y no de donde es o procede -del clan o culto
doméstico al que pertenencia. Democracia no significa pues el gobierno del
pueblo (entonces su nombre sería laiocracia),
sino el de estas agrupaciones intermedias que están entre el individuo y el
poder, pero que remiten a un lugar a un domicilio más que a un culto u origen
ancestral”. Se trata de una auténtica barriocracia.
Reforzar lo colectivo
frente a lo meramente conectivo.
