sábado, 30 de mayo de 2026

Valer la pena

Juan Gelman
Valer la pena
Visor, 2008

"Leía libros antiguos porque
todo horizonte viene de otro 
atrás".


Un libro atravesado por el duelo, la memoria y la devastación histórica, pero también por una obstinada búsqueda de amor, belleza y ternura en medio de la pérdida. El propio título encierra la clave fundamental del poemario: la palabra “pena” nombra simultáneamente el sufrimiento y aquello que merece ser vivido, de modo que el libro se mueve constantemente entre el dolor y la afirmación de la vida.

La pregunta que atraviesa muchos poemas es si la palabra puede todavía nombrar la ausencia, la muerte y la violencia sin traicionarlas ni convertirlas en una simple representación estética. Sin embargo, junto a la memoria desgarrada palpita una corriente persistente de amor y de asombro. La poesía intenta rescatar fragmentos de humanidad allí donde la historia ha dejado ruinas. "Bailamos contra / clausuras en la sombra", escribe en el poema Don Luis, dedicado a Luis Cernuda; y en El baile

"[...] Así
verá la raíz incompleta 
de la belleza, su felicidad animal,
su verdad incierta como gente
bailando en la plaza donde el mundo
se amujera y él mismo aparta sombras
con manos que no tiene".

Formalmente, el libro despliega los rasgos más característicos de Gelman: una sintaxis quebrada, la invención de palabras, el desplazamiento constante de los significados, el diálogo con otras tradiciones poéticas y una intensa musicalidad construida desde la fragmentación. Su lenguaje parece buscar una lengua nueva, herida y precaria, de manera que esa escritura entrecortada no es un artificio estilístico, sino la huella misma de una realidad fracturada.

Hay en Valer la pena una convicción profundamente ética: incluso después del horror, cuando la historia parece haber destruido toda posibilidad de sentido, la poesía sigue siendo un lugar desde el que recordar, nombrar y amar. Por eso el libro no desemboca en la desesperación, sino en una forma de esperanza frágil, consciente de las pérdidas irreparables, pero incapaz de renunciar a la dignidad de la palabra, desde la certeza de que la memoria y el amor pueden seguir iluminando, aunque sea tenuemente, la oscuridad del mundo.

[...] ¿Nunca
escribieron la palabra bondad
en el libro del mundo?
Quisiera quedarme en mi conciencia
como hacen los perros, espantar
a la desdicha continua,
los sueños flacos, los pavores,
su idiota irrealidad,
y amar a la vida en un hotel de provinmcia,
todo lo que no es".

Diecinueve garras y un pájaro oscuro

Agustina Bazterrica
Diecinueve garras y un pájaro oscuro
Alfaguara, 2026

"Prendió un cigarro y buscó el cenicero. Lo vio en la mesa. Se detuvo. Siempre lo hacía cuando localizaba algún objeto inmutable, pero vivo. Nadie podía asegurar con absoluta certeza que ese pedazo de cerámica con forma oval no estuviera vivo. Había algo, pequeños detalles, que siempre le hacían dudar. Le horrorizaban los rasgos monstruosos de lo cotidiano. Esas cosas que miramos, pero no vemos, de las cuales no conocemos la verdadera esencia".


Como ya vimos con su novela Cadáver exquisito, en estos relatos Agustina Bazterrica construye un universo narrativo marcado por la incomodidad, la inquietud y una violencia que parece acechar en cada página. Unos relatos que exploran aspectos aparentemente familiares de la experiencia humana para revelar las grietas por las que asoma aquello que preferimos no ver. Lo extraordinario no surge aquí como una ruptura radical de la realidad, sino como una prolongación oscura y ominosa de ella.

Con una escritura sobria y afilada, de gran eficacia narrativa, los cuentos se desarrollan en escenarios donde, como decimos, las fronteras entre lo normal y lo perturbador se vuelven difusas, y lo extraño acaba imponiéndose con una naturalidad inquietante. Desfilan por estas páginas personajes atrapados en obsesiones, relaciones marcadas por la crueldad, cuerpos vulnerables o transformados y situaciones que oscilan entre la pesadilla y la cotidianeidad. Sin embargo, el conjunto evita cualquier tono grandilocuente gracias a una sutil veta de ironía y humor negro que acompaña muchas de las historias.

En estos diecinueve relatos Agustina Bazterrica explora algunos de los territorios más inquietantes de la experiencia humana: la soledad, el duelo, el deseo, la infancia, las relaciones afectivas, la locura, la muerte y las múltiples formas de extrañeza que atraviesan la vida cotidiana. El libro reúne historias de registros muy diversos. Algunas recurren al humor negro y al absurdo para abordar rupturas amorosas, obsesiones, celos o conflictos familiares; otras se adentran en experiencias marcadas por la pérdida, el miedo, la desesperación o el aislamiento. Aparecen niñas enfrentadas a realidades incomprensibles, personajes atrapados en sus fantasías o delirios, individuos que observan el mundo desde perspectivas radicalmente desajustadas y seres que experimentan formas extremas de vulnerabilidad.

La autora adopta voces infantiles, monólogos obsesivos, instrucciones, segundas personas o perspectivas desplazadas que contribuyen a desestabilizar nuestra mirada lectora. El resultado es una colección de relatos donde lo cotidiano aparece constantemente atravesado por una inquietud latente, como si bajo la superficie de la normalidad se ocultara siempre algo amenazante, monstruoso o inexplicable.

"Le dije a papá que mamá lo extraña. Me tocó la cabeza y me dijo que ella está en el cielo con los angelitos y que está muy feliz.  No me gustó que me tocara la cabeza, porque lo hizo sin mirar y me despeinó. Entonces le dije enojado, no, mamá grita y llora porque está sola en la luna y tiene frío y quiere que vayas. Me miró con cara rara. Se sentó en el sillón y se puso a tomar. Parecía que quería llorar, pero no podía porque le faltaba tomar más. Miró una foto de mamá que estaba en la mesa y ahí me di cuenta de que papá tiene miedo de ir a la luna, entonces fui a buscar el cuchillo para cortar la carne".

Diecinueve garras y un pájaro oscuro puede leerse como una magnífica exploración literaria de lo que Freud denominó Das Unheimliche (lo siniestro), aquello que resulta inquietante no porque sea completamente extraño, sino porque emerge desde el interior de lo familiar. Lo siniestro aparece cuando algo que debería permanecer oculto sale a la luz, cuando lo cotidiano revela una dimensión perturbadora que siempre estuvo ahí, aunque no la percibiéramos. Eso es precisamente lo que ocurre en muchos de los relatos de Bazterrica. El desasosiego nace de espacios reconocibles -la familia, el hogar, el cuerpo, las relaciones afectivas, la infancia- que poco a poco se vuelven extraños sin dejar de ser familiares. Quien los lee tiene la sensación de encontrarse en terreno conocido, pero algo se ha desplazado ligeramente, y ese pequeño desplazamiento basta para que todo adquiera una tonalidad amenazante.

Si lo siniestro surge cuando se desdibujan fronteras que damos por seguras: entre lo vivo y lo muerto, entre la realidad y la fantasía, entre el yo y el otro, entre lo humano y lo no humano, los cuentos de Agustina Bazterrica exploran esos límites inciertos. Por eso inquietan tanto: porque no nos enfrentan a una alteridad radical, sino a la sospecha de que aquello que consideramos normal contiene siempre, en su interior, una semilla de monstruosidad.

viernes, 29 de mayo de 2026

La edad experimental

Erri de Luca / Inès de la Fressange
La edad experimental
Traducción de Carlos Gumpert
Seix Barral, 2026

"La historia empieza conmigo, quien desde hace unos años me adentro en el altiplano de los setenta, avanzando a tientas con experimentos de estimulación.
Inès no tiene en absoluto la extravagante edad del título, pero tiene la mirada jardinera que escamonda, poda, injerta y se centra en lo esencial de la forma.
Hemos llevado vidas dispares y, por lo tanto, predispuestas a un interés por la escucha recíproca.
Antes de estas escrituras, hubo conversaciones, visitas, lugares, hospitalidades.
Cuando se está a la par como impares, sientes que no tienes nada que demostrar.
La regla de la aritmética, la suma de dos números impares da como resultado un número par, aplicada a la vida a veces da buenos resultados.
Aquí sumamos dos escrituras impares".


Erri De Luca e Inès de la Fressange construyen un breve y delicado diálogo sobre la vejez, entendida no como una etapa de repliegue o simple balance vital, sino como una condición nueva en la historia humana. Nunca antes tantas personas habían llegado a edades avanzadas disfrutando de niveles de salud, autonomía y esperanza de vida semejantes, lo que convierte esta fase de la existencia en una auténtica experiencia colectiva de exploración.

Fiel a su estilo, De Luca aporta una voz sobria y poética, poblada de montañas, bosques y horizontes abiertos. A través de esas imágenes sugiere que el paso de los años no tiene por qué estrechar el mundo, sino que puede ensanchar la capacidad de observarlo y comprenderlo. Lejos de ignorar la fragilidad física o la proximidad de la muerte, propone una manera distinta de habitar el tiempo: menos sometida a la prisa y más atenta a aquello que verdaderamente importa. La contribución de Inès de la Fressange introduce una perspectiva más cercana a la experiencia cotidiana, celebrando la amistad, la autenticidad, el intercambio entre generaciones y la posibilidad de seguir viviendo con curiosidad y gusto por el presente.

El resultado es un libro ligero en sus formas, pero sugerente en sus planteamientos. Bajo la apariencia de una conversación sencilla late una pregunta de fondo: cómo aprender a envejecer cuando ya no disponemos de modelos heredados capaces de orientarnos. Más que ofrecer recetas o certezas, La edad experimental invita a contemplar la vejez como un espacio abierto a nuevos descubrimientos, aprendizajes y deseos. Un libro sereno, luminoso y lleno de humanidad, ideal para acompañar la espera -ojalá que sea breve- hasta la próxima obra de Erri De Luca.

El ancho ancho mar

Hampton Sides
El ancho ancho mar
Traducción de Amado Diéguez
Capitán Swing, 2025

"Pero hoy los viajes de Cook están en entredicho y sometidos a acalorados debates sobre todo en la Polinesia, porque fueron, a decir de muchos, el comienzo del sistemático desmantelamiento de culturas isleñas tradicionales en los que se ha dado en llamar «el impacto fatal», la celebrada expresión de Alan Moorehead. Este historiador se interesó sobre todo por ese «fatídico momento en que alguien fuerza la entrada de una cápsula social», y no tenía ninguna duda de que las expediciones de Cook son un ejemplo perfecto de este fenómeno. Vistos en su conjunto, los viajes de James Cook constituyen una crónica moralmente compleja de la que, desde el punto de vista de las sensibilidades modernas, queda mucho que esclarecer y censurar. Eurocentrismo, patriarcado, cultura del privilegio, masculinidad tóxica, apropiación cultural, el papel de la raza invasora en la destrucción de la biodiversidad insular: los viajes de Cook contienen las semillas históricas de estos y muchos otros debates hoy candentes".


En este ensayo el historiador y periodista Hampton Sides regresa a uno de los grandes relatos fundacionales de la modernidad occidental: el último viaje del capitán James Cook por el Pacífico.  Con un extraordinario pulso narrativo, Sides reconstruye la tercera expedición de Cook, la que culminaría con su muerte en Hawái en 1779, para mostrar las luces y sombras de la expansión europea: el deseo de conocimiento y, al mismo tiempo, la violencia que acompañó al despliegue imperial.

El ensayo avanza con la intensidad de una novela de aventuras: tormentas, hielos árticos, enfermedades, tensiones a bordo, navegación extrema y encuentros entre mundos que apenas comienzan a descubrirse mutuamente. Sides convierte la documentación histórica en relato vivo, pero el libro no es una simple exaltación de la aventura marítima o de la exploración heroica y toda la narración está atravesada por la ambivalencia moral. Cook -"el Cristóbal Colón del Pacífico"-  aparece como un navegante brillante, disciplinado y relativamente respetuoso con los pueblos indígenas para los estándares de su época, aunque inseparable de la maquinaria colonial que abrió el Pacífico a la dominación europea.

El autor presta especial atención al deterioro físico y psicológico de Cook durante esta última travesía. El gran explorador ilustrado empieza a mostrar signos de agotamiento, irritabilidad y pérdida de juicio. El viaje se transforma así en una suerte de crónica del desgaste de un hombre de una cierta "inocencia ilustrada". Porque aquellos primeros contactos, más allá de las intenciones personales de Cook, acabarían resultando devastadores para las poblaciones indígenas del Pacífico. Con los barcos y los marinos europeos llegaron enfermedades desconocidas, alteraciones profundas de las formas de vida locales y la incorporación forzada de esos territorios a circuitos imperiales, comerciales y misioneros que transformarían radicalmente sus sociedades, hasta la extinción física en algunos casos:

“La Tierra de Van Diemen sería el único lugar donde la expedición de Cook no propagaría las espiroquetas de la enfermedad venérea. Los palawa, por el momento, estaban a salvo, pero pronto sufrirían el violento choque con la «civilización». Los tasmanos no eran inmunes a patógenos frecuentes en Europa –eran, como hoy diría la ciencia, «epidemiológicamente inocentes»-. Una violencia sanguinaria acabaría con aquellos con los que no había acabado la enfermedad. Los colonos ingleses cazarían a los palawa como a animales, matándolos de un disparo a veces solo por diversión. Transcurrido un siglo de la llegada de Cook, eran prácticamente una raza extinta. Parece ser que la última persona con sangre exclusivamente aborigen de Tasmania fue una anciana llamada Truganini nacida en Lunawann-alonnah. Falleció en 1876”.

Ahí reside una de las grandes virtudes del libro. Sides muestra cómo exploración científica y dominación colonial avanzaron siempre de la mano. Las expediciones de Cook llevaban astrónomos, cartógrafos y naturalistas; pero cartografiar también era preparar el territorio para futuras formas de control. Nombrar islas, medir costas y abrir rutas marítimas significaba hacer gobernable y explotable el mundo descubierto. Más que juzgar retrospectivamente a Cook, Hampton Sides busca comprender cómo se entrelazaron curiosidad científica, ambición imperial y choque civilizatorio en el nacimiento del mundo moderno. Y lo hace con una escritura amplia, cinematográfica y profundamente absorbente, capaz de convertir el océano Pacífico en el verdadero protagonista del libro: un espacio inmenso donde se cruzan el deseo de conocimiento, el afán de poder y la tragedia histórica.

Más allá de las cualidades personales de Cook .su curiosidad científica, su relativa capacidad diplomática o incluso ciertos gestos de contención respecto a otros navegantes europeos-, aquellos “primeros contactos” abrieron procesos devastadores para las poblaciones indígenas del Pacífico. La catástrofe no fue solo militar o política, sino también biológica, cultural y temporal. Con los barcos llegaron enfermedades frente a las que las poblaciones locales no tenían defensas inmunológicas: viruela, gripe, tuberculosis, enfermedades venéreas. En muchos lugares, el impacto demográfico fue brutal en apenas unas décadas. A ello se añadió la incorporación forzada de esos territorios a circuitos globales que destruyeron formas de vida, sistemas de autoridad, cosmologías y equilibrios ecológicos.

Durante mucho tiempo a muerte de Cook en Hawái fue narrada como el asesinato trágico de un gran explorador civilizador. Hoy puede leerse como el momento en que la resistencia indígena irrumpe dentro de una historia que durante siglos había sido contada únicamente desde el punto de vista europeo. Es la otra cara del viaje de Cook: la experiencia de quienes veían llegar barcos que, aunque todavía no lo supieran, empezaban a sentir que transformarían radicalmente su mundo.

domingo, 24 de mayo de 2026

Kurtzegan, Kolometa, Beluzaran, Ubixeta y Oderiaga

Preciosa travesía por los montes de Arno a la que vuelvo desde hace tiempo al menos una vez cada año.

Kurtzegan (863 m).

El recorrido hasta Oderiaga, desde Kurtzegan.

Menhir de Kurtzegan.


Kolometa (1.006 m).



Beluzaran (1,029 m), sin buzón. El siguiente es el Ubixeta.
Ubixeta (1.117 m).
Oderiaga desde Ubixeta. Todavía queda un buen trecho.



Oderiaga ( 1.244 m).





En Pirineos y Alpes se dice que la ascensión no termina hasta que regresas al refugio. En el Himalaya hasta que no vuelves al campo base. En estos montes tan ganaderos, hasta que dos o tres días después compruebas fehacientemente que no has bajado a casa ninguna garrapata 😅

domingo, 17 de mayo de 2026

En el silencio

Wade Davis
En el silencio. La Gran Guerra, Mallory y la conquista del Everest
Traducción de Núria Molines Galarza
Pre-Textos, 2017

“[E]s una montaña infernal, fría y traicionera. Francamente, la presa no es lo suficientemente buena: los riesgos de que te atrape son demasiado grandes; el margen de fuerzas que puede tener un hombre a esas altitudes es muy pequeño. Puede que sea una auténtica majadería volver a subir. Pero cómo voy a quedarme al margen de esta partida de caza […] Parece más una guerra que un deporte, y quizá lo sea”.


Este libro monumental, con sus más de mil páginas, es mucho más que una historia sobre el Everest. Es una inmensa elegía sobre una civilización herida, una generación devastada por la guerra y la necesidad humana de encontrar sentido allí donde la historia parece haber dejado únicamente ruinas. En ese marco, el Everest aparece menos como un desafío deportivo que como un símbolo espiritual, político y existencial.

Wade Davis parte de un episodio ya mítico: la desaparición de George Mallory y Andrew Irvine durante el intento británico de alcanzar la cima en 1924. La pregunta legendaria -si lograron o no hacer cumbre antes de morir- sobrevuela toda la obra, aunque el autor deja claro muy pronto que esa no es la cuestión esencial. Lo verdaderamente importante no es si llegaron arriba, sino por qué necesitaban hacerlo.

A partir de ahí, el libro se despliega como una vastísima reconstrucción del mundo británico de entreguerras: el imperialismo victoriano, las élites formadas en Eton y Cambridge, el culto al honor y al sacrificio, la masculinidad heroica (y tóxica) heredada del siglo XIX y, sobre todo, el trauma colectivo provocado por la Primera Guerra Mundial. El libro termina convirtiéndose así en una gran arqueología moral de una civilización que intentaba sobrevivir espiritualmente después de haberse destruido a sí misma en las trincheras europeas.

Davis muestra con enorme sensibilidad cómo las expediciones al Everest fueron, en gran medida, una prolongación simbólica de la guerra. Muchos de aquellos hombres habían sobrevivido a Verdún, al Somme o a Ypres; habían visto desaparecer a toda una generación entre el barro, los gases y la muerte industrializada. Inglaterra había ganado la guerra, pero moral y espiritualmente estaba exhausta. En ese contexto, el Everest se convirtió en una empresa redentora, en una posibilidad de recuperar grandeza, cohesión y sentido. La montaña ofrecía algo que la guerra había destruido: una experiencia de riesgo todavía vinculada a la nobleza, la elección y la trascendencia. Allí donde las trincheras habían producido una muerte absurda y mecánica, el alpinismo parecía devolver a la existencia una cierta claridad moral.

Las páginas dedicadas a la guerra son de las más impresionantes del libro. Davis describe con enorme precisión histórica y emocional la devastación física y psicológica de la Gran Guerra: paisajes pulverizados, juventudes aniquiladas, cuerpos mutilados y hombres incapaces de expresar el trauma vivido. Muchos de quienes más tarde intentarían conquistar el Everest habían atravesado ese infierno; algunos habían perdido allí a sus mejores amigos, otros apenas habían sobrevivido. La ascensión aparece entonces como un intento de metabolizar el horror y encontrar, en el límite físico y espiritual de la montaña, una forma de reconciliación con el mundo.

"En octubre, Mallory fue ascendido a teniente y le destinaron a Francia. En Bélgica, la batalla de Passchendaele proseguía con furia desde finales de julio. Después de tres meses de incesante bombardeo, todo el universo del ejército británico había quedado reducido a un vertedero anegado de barro revuelto, envenenado por el gas y contaminado por los desperdicios de la guerra; caballos y mulas muertas, cadáveres sin cabeza, trozos y partes de cuerpos, cuadrillas de artilleros enteras que saltaron por los aires y quedaron clavados de cabeza en el barro al caer a tierra. La única manera de evitar que aquel atolladero te engullera era agarrarse a las pasarelas, senderos de madera colocados sobre el fango. Rápidamente convertidas en el blanco de los enemigos, se extendían como hilos entre los hoyos que habían dejando los proyectiles y eran cadenas de abastecimiento vitales que sólo podían usarse de noche. A medida que los hombres avanzaban -a ciegas, agarrados a las cuerdas de salvamento que se enhebraban  a lo largo de los tablones de madera- podían oír cómo emergían en la oscuridad los gemidos y lamentos de los heridos, los gritos de desesperación que proferían los hombres mientras se arrastraban por aquellos hoyos, sólo para que se los tragara el insondable barro".

Este pasaje de Passchendaele parece casi una prefiguración infernal de la montaña. O quizá, más exactamente, la montaña aparece después como una tentativa de reescribir aquella experiencia del límite en otra clave: ya no la del sinsentido industrial de la guerra, sino la del riesgo asumido, la disciplina y la trascendencia. Las analogías son impresionantes: las pasarelas de madera suspendidas sobre el barro recuerdan inevitablemente las estrechas rutas de hielo y nieve que atraviesan los alpinistas en el Everest; las cuerdas de salvamento tensadas en la oscuridad evocan las cuerdas fijas que permiten avanzar sobre precipicios y grietas; los hombres que desaparecen tragados por el barro anticipan los cuerpos engullidos por avalanchas, grietas o tormentas. Incluso la experiencia sensorial parece similar: avanzar casi a ciegas, en silencio roto por gritos lejanos, en medio de un paisaje deshumanizado donde la naturaleza y la muerte se confunden. Tanto en Passchendaele como en el Everest el cuerpo humano queda reducido a una fragilidad extrema frente a una materialidad implacable. El barro y la nieve funcionan casi como equivalentes simbólicos: ambos son paisajes blancos o grises, indiferenciados, absorbentes, donde desaparecen las formas, las referencias y finalmente las personas mismas; el barro “traga”, la nieve también. Y en ambos casos las cuerdas son literalmente líneas de supervivencia: vínculos mínimos que permiten seguir avanzando hacia ninguna parte visible. De hecho, leyendo ese fragmento, uno tiene la sensación de que el Everest pudo ofrecer a hombres como Mallory una especie de inversión moral de la experiencia de la guerra. En las trincheras, las cuerdas y pasarelas conducían al absurdo, a la muerte mecánica y anónima. En la montaña, esos mismos gestos -encordarse, abrir huella, avanzar sobre el vacío- podían recuperar un sentido distinto: comunidad, propósito, dignidad, incluso belleza. La técnica corporal era parecida; lo que cambiaba era el horizonte simbólico.

En ese contexto emerge la figura de George Mallory, una de las últimas encarnaciones del héroe clásico occidental. Davis desmonta la lectura superficial de su célebre respuesta -“Porque está ahí”- y nos muestra a un hombre mucho más complejo: sensible, culto, vulnerable, profundamente marcado por la guerra y por una búsqueda casi desesperada de intensidad y significado. Mallory no escala únicamente por ambición deportiva. Escala porque necesita encontrar un lugar donde todavía sea posible experimentar plenitud, verdad o trascendencia.

Para Mallory y sus compañeros, la montaña tenía una dimensión casi metafísica. Había en ellos una mezcla profundamente romántica de disciplina imperial, fascinación por el límite y anhelo de absoluto. Aunque pertenecían a una sociedad progresivamente secularizada, Davis muestra cómo el Everest funcionaba como sustituto de la trascendencia tradicional. La ascensión adquiría la forma de un rito sacrificial, una peregrinación o una prueba espiritual. El vacío dejado por el derrumbe de las antiguas certezas encontraba en el Himalaya una nueva gramática de lo absoluto. Tras la Primera Guerra Mundial, las viejas certezas religiosas y morales habían comenzado a resquebrajarse, pero seguía intacta la necesidad humana de encontrar experiencias capaces de conferir densidad y trascendencia a la existencia. El Everest funcionó entonces como una especie de sustituto secular de la experiencia espiritual.

"Todo este movimiento se alimentaba de una búsqueda ulterior, que las gentes exhaustas abrazaban de buena gana, para mostrar que la vida y la muerte de un individuo podía tener sentido todavía, que la guerra no había enterrado todo heroísmo e inspiración. La imagen del noble montañero subiendo a las alturas, escalando entre la muerte, de manera literal, para llegar al paraíso celestial, mucho más arriba de la realidad sórdida del mundo moderno [...]".

Una de las grandes virtudes del libro es que evita cualquier idealización ingenua. Davis mantiene siempre juntas la admiración y la crítica. El mundo que produjo a Mallory era también el del imperialismo británico, el elitismo social y la arrogancia colonial. Las expediciones fueron posibles gracias a las estructuras del Imperio y a una visión profundamente jerárquica del mundo. Sin embargo, el autor intenta comprender a aquellos hombres desde dentro, reconstruyendo la lógica emocional y cultural que daba sentido a sus vidas. Y esa capacidad para tomarse en serio mundos humanos muy distintos del nuestro es precisamente una de las razones que hacen tan extraordinario el libro.

En el silencio tiene algo de gran novela decimonónica y de ensayo histórico total. El libro avanza como una gran corriente histórica en la que todo se conecta: la geopolítica imperial británica, la exploración colonial del Tíbet, la cultura de las escuelas privadas inglesas, las innovaciones técnicas del alpinismo, las relaciones entre los expedicionarios y la devastación moral dejada por la guerra. Davis escribe con una paciencia narrativa inhabitual, se detiene en biografías, contextos y detalles aparentemente secundarios hasta construir una obra inmensa, envolvente y a veces incluso excesiva. Pero justamente ahí reside su singularidad: al adentrarnos en sus páginas sentimos que no estamos leyendo únicamente la historia de una mítica expedición, sino el retrato crepuscular de toda una civilización. Mallory y sus compañeros aparecen como figuras liminares: hombres todavía formados por valores victorianos, pero arrojados ya al vacío moral y existencial del siglo XX. El “silencio” hacia el que avanzan no es únicamente el de las cimas nevadas; es también el silencio posterior a la catástrofe histórica: el de los muertos de la guerra, el de una generación incapaz de verbalizar el trauma, el de un imperio que empieza a intuir su decadencia y, finalmente, el silencio radical de la montaña, indiferente a todas las aspiraciones humanas. 

El siglo de Hannah Arendt

Mariana Dimópulos
El siglo de Hannah Arendt. Cómo las mujeres revolucionaron el pensamiento político
Paidós, 2025

"La relación entre estas pensadoras no es solo de carácter conceptual, es decir, no se articula únicamente en torno al problema común del sujeto político y sus diversas manifestaciones. Hay, además, una red de referencias subyacentes a todas ellas. Este entramado resulta evidente al menos en dos sentidos: han leído y criticado a los mismos autores, mayormente de la tradición filosófica alemana y francesa, y se han leído entre sí. [...] Con la excepción obvia de Rosa Luxemburgo por ser cronológicamente la primera, la red de referencias las abarca también a ellas mismas. Los cruces teóricos, sumamente significativos, muestran la importancia de la figura de Arendt para las que escribieron a partir del último cuarto del siglo XX, es decir, para Heller y Butler. Y también resulta crucial la figura de Simone de Beauvoir. Murdoch leyó a Beauvoir con pasión de novelista y más tarde se sumergiría en los cuadernos y libros de Simone Weil. Arendt y Weil leyeron con atención a Rosa Luxemburgo. Estos cruces, por último, son históricos y biográficos y se dan sobre todo por coincidencias temporales y espaciales de París y Nueva York. Hannah Arendt y Simone Weil, además, aguardaron en Marsella, como tantos otros en 1940, la primera oportunidad para salir del continente europeo a raíz del avance del ejército alemán en Francia. Simone de Beauvoir y Simone Weil se encontraron en los pasillos de la universidad y dialogaron una vez, pero sus caminos no se volvieron a cruzar. Murdoch vio en una ocasión a Beauvoir en un café de París, aunque no se atrevió a hablarle".


Aunque por su título este libro parece anunciar una figura central, Hannah Arendt, en realidad despliega un gesto más ambicioso: descentrarla sin restarle importancia, situarla en el seno de una constelación de mujeres que pensaron el siglo XX desde lugares a menudo invisibilizados, y que, sin embargo, transformaron profundamente el modo en que entendemos la política. No es una biografía de autoras, ni una historia sistemática de las ideas; es, más bien, un ensayo que avanza por aproximaciones, por afinidades, por resonancias. Mariana Dimópulos no construye un relato lineal ni pretende ofrecer una cartografía exhaustiva, sino que abre un espacio de lectura y pensamiento en el que Hannah Arendt aparece acompañada y a veces tensionada por otras mujeres que escribieron, pensaron, discutieron y vivieron en un siglo atravesado por guerras, totalitarismos, exilios y transformaciones radicales.

El punto de partida es claro: el siglo XX no puede comprenderse sin atender a esas voces, tantas veces desoídas. Pero el ensayo no se limita a reivindicar su presencia, ni cae en una lógica de recuperación tardía o compensatoria, sino que propone mostrar cómo esas mujeres no solo participaron en el pensamiento político, sino que lo desplazaron, lo desbordaron, lo obligaron a abrirse a preguntas que no siempre estaban en su horizonte.

En ese sentido, Arendt funciona como una figura bisagra. Su reflexión sobre la acción, la pluralidad, el espacio público o la banalidad del mal sirve como eje, pero también como punto de partida para pensar más allá de ella. Mariana Dimópulos la lee con atención, sin sacralizarla, la sitúa en relación, la pone en diálogo, la inscribe en una red. Y es en esa red donde el libro adquiere su verdadera fuerza. Porque lo que aparece no es solo una serie de nombres, sino una forma distinta de pensar. Una forma que no separa la vida del pensamiento, que no entiende la política como un sistema abstracto de conceptos, sino como algo encarnado, vivido, atravesado por la experiencia. Muchas de estas mujeres escribieron desde el exilio, desde la marginalidad, desde posiciones no institucionales. Y eso se nota en su manera de pensar: menos sistemática, quizá, pero más atenta a lo concreto, a lo frágil, a lo contingente.

Uno de los hilos más interesantes del libro es cómo estas pensadoras reconfiguraron nociones centrales de la tradición política: la libertad, la autoridad, la responsabilidad, la comunidad. No lo hicieron desde un programa común ni desde una identidad compartida, sino desde trayectorias singulares que, sin embargo, convergen en una cierta manera de mirar el mundo, una mirada que desconfía de las abstracciones excesivas, que se resiste a los sistemas cerrados, que insiste en la importancia de lo plural frente a las hipóstasis totalizantes (y totalitarias).

De este modo, al leer este “siglo de Arendt” a través de otras mujeres, lo que se transforma no es solo nuestra imagen del pasado, sino también nuestra manera de entender qué es pensar políticamente. La política deja de aparecer como un ámbito reservado a grandes sistemas teóricos o a figuras canónicas, y se revela como un espacio atravesado por voces diversas, por experiencias situadas, por formas de pensamiento y escritura que no siempre encajan en los moldes tradicionales. Al final, lo que queda no es solo un conjunto de nombres recuperados, sino una invitación a leer la realidad de otro modo, a atender a las voces que han quedado en los márgenes, a pensar la política no solo como teoría, sino como experiencia compartida, como práctica situada, como algo que ocurre entre las personas.

Por eso el libro resulta especialmente sugerente hoy, en un momento en que la política vuelve a oscilar entre la abstracción teórica desencarnada y la simplificación extrema. En estos tiempos, volver a estas otras formas de pensamiento -atentas, plurales, encarnadas- abre un campo de posibilidades distinto, un espacio en el que pensar no es solo elaborar conceptos, sino también hacerse cargo del mundo.

"En suma, ellos se revolvían contra el orden burgués y la revolución significaba, simplemente, una forma de huir de sí mismos; Weil juzgaba que, si tal era el objetivo, era más fácil entregarse al juego o a la bebida, o suicidarse. Su posición, claro está, era la contraria: no se puede ser un revolucionario sin amar la vida".