[1] AUDRE LORDE,
poeta Negra (con N mayúscula, como ella escribía siempre) y lesbiana, es autora
de un breve texto titulado “La transformación del silencio en lenguaje y acción”:
¿Qué palabras no podéis pronunciar aún? ¿Qué necesitáis
decir? ¿A qué tiranías estáis sometidas día tras día, en un intento por hacerlas
vuestras, hasta que lleguéis a enfermar y muráis, todavía en silencio? […]
No dudéis de mi miedo, pues la transformación del silencio en lenguaje y
acción es un acto de autoconocimiento, lo cual siempre resulta amenazante.
Y continua diciendo:
En el origen de nuestro silencio, cada una de nosotras pinta el rostro de
su propio miedo a ser menospreciadas, censuradas, juzgadas, reconocidas,
desafiadas, aniquiladas. Sin embargo, creo que lo que más tememos es la
visibilidad, sin la cual no podemos vivir una vida auténtica. […] Y esa
visibilidad que nos hace más vulnerables es también la fuente de nuestro poder
más grande. Porque la trituradora intentará pulverizarte en cualquier caso, hables
o no. Podemos seguir escondidas en un rincón, eternamente mudas, mientras
nuestras vidas y las de nuestras hermanas son desperdiciadas, mientras se
deforma y se destruye a nuestras hijas e hijos, mientras se envenena nuestra
tierra; podemos permanecer en nuestro espacio seguro, mudas como peces, sin que
por ello tengamos menos miedo.
[2] El silencio no siempre significa
lo mismo. Hay un silencio impuesto que desactiva la conciencia y un silencio
fértil que hace posible la atención, la escucha y la responsabilidad.
Hay silencios que protegen, permiten
escuchar y abren espacio para comprender. Pero también existen silencios que
condenan. Son aquellos que aparecen cuando la injusticia, el sufrimiento o la
desigualdad permanecen sin respuesta. Cuando quienes pueden hablar no lo hacen,
el abandono se normaliza y la opresión encuentra el terreno perfecto para
reproducirse.
[3] Esto no puede entenderse
únicamente como una cuestión de cobardía individual o indiferencia moral.
Muchas veces el silencio no nace de una decisión consciente de ignorar a la
otra, sino de un sistema que debilita nuestra capacidad de atención.
Este es nuestro caso. Lo que nos
enmudece no es el miedo a la represión. Es la desatención.
Vivimos rodeadas de ruido:
información constante, interrupciones permanentes, estímulos que se suceden sin
pausa y que dificultan la reflexión. Todo ocurre demasiado rápido como para
detenerse verdaderamente ante el dolor ajeno. Así, el problema no es solo que
no hablemos, sino que dejamos de escuchar.
Ese ruido permanente funciona como
una forma de silenciamiento. Aunque aparentemente vivimos en sociedades
saturadas de voces, opiniones y mensajes, cada vez resulta más difícil sostener
una atención profunda. La sensibilidad se anestesia y las respuestas se
automatizan. Nos acostumbramos a consumir el sufrimiento como una imagen más
entre miles de imágenes, sin tiempo para transformarlo en conciencia o
responsabilidad. El sistema no necesita prohibirnos hablar; le basta con
mantenernos distraídas, aceleradas y emocionalmente agotadas.
De hecho, puede decirse que el
problema contemporáneo del silencio no consiste únicamente en que las personas
callemos frente a la injusticia, sino en que las condiciones mismas de nuestra
vida social dificultan cada vez más la posibilidad de escuchar, atender y
dejarnos afectar por el mundo y por las demás. En este sentido, el silencio
“malo” y el silencio “bueno” pueden entenderse como dos formas radicalmente
distintas de relación con el mundo.
[4] Hay un sociólogo alemán, uno de
los más recientes miembros de la conocida como Escuela de Frankfurt o Teoría
Crítica de la Sociedad, HARTMUT ROSA, que viene desarrollando desde hace poco
más de una década una de las reflexiones a mi juicio más potentes para entender
nuestros tiempos y para buscar caminos de transformación.
Sostiene Rosa que la modernidad
tardía está organizada en torno a una lógica de aceleración constante. No se
trata solo de que hagamos más cosas en menos tiempo, sino de que toda la
estructura de la vida social se encuentra sometida a una presión permanente de
dinamización: más información, más comunicación, más productividad, más consumo,
más disponibilidad. La aceleración no es simplemente una experiencia subjetiva
de estrés; es el principio estructurador de nuestras sociedades.
En este contexto, el ruido
permanente no es accidental. Constituye una condición funcional del sistema.
Vivimos expuestas a flujos ininterrumpidos de estímulos, mensajes, imágenes y
demandas de atención que fragmentan nuestra experiencia y reducen nuestra
capacidad de detenernos. El resultado es paradójico: cuanto más conectadas
estamos, menos capacidad tenemos de establecer relaciones significativas con
aquello que nos rodea. El exceso de comunicación termina produciendo una forma
profunda de silenciamiento.
Aquí aparece el primer sentido del
“silencio malo”. No es únicamente el silencio de quien decide callar frente a
una injusticia evidente. Es también el silencio producido por una sociedad que
ha debilitado las condiciones necesarias para que algo nos afecte realmente. La
aceleración genera sujetos constantemente ocupados, interrumpidos y dispersos.
Y un sujeto incapaz de sostener la atención difícilmente puede escuchar el
sufrimiento ajeno de manera profunda.
Por eso Rosa habla de alienación. La
alienación no significa simplemente sentirse extraña respecto al trabajo o a la
sociedad, como en ciertas lecturas clásicas, sino experimentar una relación
muda con el mundo. El mundo deja de “hablarnos”. Las personas, las
instituciones, la naturaleza e incluso nuestras propias experiencias aparecen
como objetos distantes, funcionales o intercambiables. Vivimos rodeadas de
cosas y de personas, pero sin verdadera conexión con ellas.
La alienación contemporánea adopta
así una forma silenciosa. No es necesariamente violenta o explícita; muchas
veces se presenta como saturación, indiferencia o agotamiento emocional. El
sufrimiento ajeno se convierte en una noticia más, en una imagen más dentro de
un flujo infinito de contenidos. La capacidad de conmoción disminuye porque el
sistema nos obliga a movernos rápidamente de una experiencia a otra sin
permanecer en ninguna. La atención queda colonizada por la lógica de la
aceleración.
Desde esta perspectiva, el silencio
que condena no siempre es una omisión consciente. Muchas veces es el efecto de
estructuras sociales que producen desconexión afectiva y dispersión perceptiva.
No denunciamos la injusticia porque hemos perdido, parcialmente, la capacidad
de escucharla. O, mejor dicho: porque vivimos en entornos que hacen
extremadamente difícil sostener una relación sensible con el dolor de las otras
y los otros.
[5] En la propuesta de Rosa
encontramos una categoría fundamental, que denomina “resonancia”. La resonancia
describe una forma de relación viva con el mundo, una relación en la que algo
exterior nos afecta, nos interpela y produce una respuesta transformadora. La
resonancia no implica control ni apropiación; implica disponibilidad para ser
tocadas por algo o alguien. Solo hay resonancia cuando dejamos de relacionarnos
con el mundo desde la pura lógica instrumental.
La resonancia es, por tanto, una
relación viva con el mundo. El problema es que las dinámicas de aceleración de
la modernidad tardía dificultan esa posibilidad de relación viva.
Porque alcanzar la resonancia exige
tiempo, atención y apertura. Y precisamente esas son las capacidades
erosionadas por la aceleración contemporánea. Por eso hay un silencio que puede
convertirse en una condición de posibilidad para la resonancia, aquel que
permite recuperar una relación atenta con el mundo, de manera que podemos
volver a escuchar aquello que el ruido social había vuelto inaudible: el
sufrimiento de las otras, nuestra propia fragilidad, la presencia de lo común o
incluso la experiencia del sentido.
En este sentido, la resonancia
transforma el significado de la denuncia. Denunciar no consistiría simplemente
en emitir opiniones o producir más discurso. Primero algo tiene que afectarnos
profundamente; después aparece la necesidad de responder.
Esto es muy importante porque
permite diferenciar entre una reacción automática, inmediata y superficial (muy
típica de las dinámicas aceleradas de redes sociales y opinión permanente), y
una respuesta verdaderamente resonante, que implica atención, implicación y
transformación.
La aceleración favorece la primera:
respuestas rápidas, indignación instantánea, opinión continua. Pero esas
respuestas no transforman nada porque no proceden de una relación profunda con
el problema. Son reacciones integradas dentro del mismo flujo acelerado que
sostiene los sistemas de dominación.
La resonancia, en cambio, exige otro
ritmo. Exige detenerse, escuchar y dejarse afectar. Por eso el silencio bueno
tiene una dimensión política: resiste la lógica social que convierte toda
experiencia en consumo rápido de estímulos.
El gran peligro de las sociedades
aceleradas no es solo la injusticia, sino la pérdida progresiva de nuestra
capacidad de resonar con ella. Cuando nada nos afecta verdaderamente, el
sufrimiento puede expandirse sin encontrar respuesta.
[6] La cuestión, por tanto, no es
únicamente individual. La resonancia no depende solo de nuestra voluntad
personal de escuchar o de detenernos. También necesita condiciones sociales,
culturales e institucionales que la hagan posible. Ninguna persona puede
sostener por sí sola una relación resonante con el mundo cuando vive
permanentemente sometida a ritmos de aceleración, precariedad, miedo o
saturación. Por eso la pregunta decisiva no es cómo recuperamos individualmente
la capacidad de escuchar, sino qué formas de vida colectiva permiten la escucha
y la fortalecen.
En este sentido, la crisis de
resonancia es una crisis política. Las sociedades contemporáneas producen cada
vez más dificultades para construir espacios comunes de atención compartida.
Incluso aquello que tradicionalmente servía para generar vínculos y
experiencias colectivas de sentido -la conversación pública, la educación, la
cultura, los movimientos sociales, la fiesta o el ámbito religioso- queda
subordinado a las lógicas de la velocidad, la productividad y la competencia.
El resultado es una ciudadanía cada vez más conectada técnicamente, pero cada
vez menos disponible para una escucha mutua profunda.
La aceleración no solo coloniza
nuestro tiempo individual; también transforma los espacios públicos y nuestra
manera de habitarlos.
Por eso la resonancia tiene una
dimensión profundamente política. No se trata únicamente de una experiencia
íntima o emocional, sino de la posibilidad de crear formas de convivencia donde
las voces vulneradas puedan ser verdaderamente escuchadas y donde el
sufrimiento no quede absorbido por el ruido social. Una comunidad resonante no
es una comunidad sin conflictos, sino una comunidad capaz de escuchar incluso
aquello que incomoda, interrumpe o cuestiona sus inercias.
Defender espacios de silencio,
atención y escucha compartida constituye hoy una tarea política de primer
orden. Frente a sociedades que nos empujan continuamente hacia la dispersión y
la respuesta automática, necesitamos instituciones, prácticas y formas de
encuentro que permitan sostener la atención sobre aquello que realmente
importa. Escuelas capaces de educar en la escucha y no solo en el rendimiento;
medios de comunicación que no vivan exclusivamente de la alarma permanente; espacios
comunitarios donde la palabra no esté completamente sometida a la lógica de la
velocidad o del espectáculo.
Porque allí donde desaparece la
posibilidad de resonancia colectiva, el sufrimiento corre el riesgo de
convertirse en algo socialmente invisible. Y cuando una sociedad pierde la
capacidad de escuchar a quienes sufren, comienza también a perder la capacidad
de transformarse a sí misma.
[7] Existe también un silencio
“bueno”, un silencio necesario. El silencio bueno no es retirada del mundo,
sino recuperación de la posibilidad de una relación viva con él. Un silencio
que no nos aleja de las demás, sino que nos vuelve nuevamente capaces de
escucharlas.
Ese silencio no consiste en
retirarse del mundo ni en refugiarse en una interioridad aislada. Tampoco es
pasividad. Es una interrupción consciente de los ritmos acelerados que
organizan nuestra vida cotidiana. Una suspensión de los flujos automáticos del
ruido social (la infoxicación de las redes sociales con su banalidad, las fake news, los miedos inducidos, el
alarmismo constante de los medios de comunicación, el soniquete publicitario
que constantemente nos incita a desear lo que ni siquiera necesitamos) para
recuperar la capacidad de mirar, escuchar y pensar. Ese silencio no nos aleja
del mundo: nos devuelve a él de una forma profundamente humana.
Solo desde esa pausa puede aparecer
una verdadera atención hacia las demás. Escuchar el sufrimiento ajeno requiere
detenerse. Reflexionar exige interrumpir, aunque sea temporalmente, la lógica
de la productividad, de la velocidad y de la hiperestimulación. El silencio
puede convertirse en una forma de resistencia frente a sistemas que buscan
individuos permanentemente distraídos y emocionalmente fragmentados.
El “silencio bueno” es una condición
de posibilidad para la resonancia, no porque el silencio tenga valor en sí
mismo, sino porque crea un espacio de disponibilidad. La resonancia requiere apertura,
receptividad y atención, y esas disposiciones solo pueden aparecer cuando se
interrumpen temporalmente las dinámicas de aceleración.
El silencio bueno sería entonces una
pausa que rompe el flujo instrumental del sistema y permite recuperar una
relación sensible con el mundo. Gracias a esa interrupción podemos volver a
escuchar aquello que normalmente queda oculto bajo el ruido:
- el
sufrimiento de las personas y colectividades vulneradas,
- la
fragilidad humana,
- las
necesidades de las otras,
- nuestra
propia interioridad,
- e
incluso dimensiones éticas y políticas de la existencia que la aceleración
vuelve invisibles.
No se trata simplemente de hablar
más o más alto, sino de recuperar las condiciones que hacen posible una palabra
auténtica. Porque únicamente quien ha aprendido a callar de manera consciente
puede escuchar de verdad y, desde ahí, romper el silencio que condena.
Antes de hablar hay que haber sido
afectadas por algo, por alguien. Y para que algo o alguien nos afecte
necesitamos espacios de atención no colonizados por el ruido permanente. Una
sociedad incapaz de guardar silencio difícilmente puede construir solidaridad,
porque la solidaridad requiere una sensibilidad que la aceleración erosiona
continuamente.
El silencio bueno no nos aleja de la
responsabilidad frente al dolor de la otra y del otro; al contrario, es lo que
hace posible que esa responsabilidad aparezca de manera real y no simplemente
automática o superficial. Solo quien logra interrumpir el ruido puede escuchar
aquello que el mundo -y especialmente quienes sufren- todavía intenta decirnos.
[8] Empezábamos
recordando a Audre Lorde y os propongo cerrar esta reflexión volviendo a ella:
Cada una de nosotras está hoy aquí porque de un modo u
otro compartimos un compromiso con la palabra y su poder para recuperar ese
lenguaje que han vuelto en nuestra contra. Para transformar el silencio en lenguaje
y acción es vital que cada una de nosotras determine o analice su papel en esa
transformación y lo asuma como un elemento clave de esa transformación., que
comprendamos que nuestro papel es de vital importancia. […]
En la desesperación de las mujeres que anhelan ser
escuchadas, cada una de nosotras debe reconocer su responsabilidad en la
búsqueda de palabras, en leerlas, compartirlas y analizar su relevancia para
nuestras vidas.
Encuentro en este texto
de Audre Lorde sobre las palabras de las mujeres y nuestra responsabilidad de
escucharlas y compartirlas el espacio para apuntar, aunque solo sea
sucintamente, a una cuestión esencial: hay quienes tienen (tenemos) el
privilegio de hablar, pero también de callar; de ser escuchadas, y de no
escuchar.
"¿Pueden hablar
los subalternos?", pregunta la filósofa india GAYATRI CHAKRAVORTY SPIVAK
en un texto fundamental del pensamiento decolonial. La persona o la
colectividad subalterna no puede “hablar” en el sentido de ser escuchada y
reconocida como sujeto de conocimiento dentro de los regímenes dominantes de
representación. No se trata de que no emita palabras, sino de que su discurso
no logra inscribirse como discurso válido en los marcos epistémicos coloniales,
patriarcales y capitalistas. Porque hablar no es solo enunciar, sino ser
comprendida sin ser traducida, apropiada o anulada por otros. La subalterna
habla, pero no es escuchada como sujeto legítimo.
En nuestra sociedad
patriarcal, colonial y capitalista opera una economía política de la
credibilidad que, como viene analizando la socióloga AMAIA GONZÁLEZ LLAMA,
distribuye muy desigualmente la credibilidad y la propia audibilidad de los
discursos, testimonios, propuestas y protestas, de manera que las voces de
varones, de personas blancas o de personas de clase media o alta siempre
encontrarán más audiencia y más atención que las de las mujeres, las personas
racializadas o las clases bajas. Es el silencing,
el “silenciamiento” sobre el que reflexiona la filósofa EVA MEIJER: “El silencing es más que acallar: no solo
priva a una persona de su posibilidad de hablar, también niega la validez de
sus declaraciones. Quien ha sido silenciado no puede compartir su relato, pues
el relato y el narrador ya han sido descalificados previamente”.
Las consecuencias de
esta economía política de la credibilidad son perfectamente expuestas por RENI
EDDO-LODGE en su ensayo titulado Por qué
no hablo con blancos sobre racismo, donde escribe:
He dejado de hablar con blancos sobre racismo. No con todos ellos, pero sí con la amplia
mayoría que rechaza aceptar la legitimidad del racismo estructural y sus
síntomas. No puedo seguir enfrentándome al abismo de la desconexión emocional
que las personas blancas exhiben
cuando una persona de color articula su experiencia. Su mirada se apaga y se
endurece. Es como si alguien echara melaza en sus oídos y bloqueara sus canales
auditivos. Es como si ya no pudieran oírnos.
Si pasamos desde la
economía colonial de la credibilidad, marco desde el que reflexiona esta
autora, a los marcos patriarcal y capitalista, comprobamos que el planteamiento
de Reni Eddo-Lodge es igualmente aplicable:
- "He dejado de
hablar con
blancos hombres sobre racismo
sexismo. No con todos ellos, pero sí con la amplia mayoría que
rechaza aceptar la legitimidad del racismo sexismo
estructural y sus síntomas. No puedo seguir enfrentándome al abismo de la
desconexión emocional que las personas blancas los hombres exhiben cuando una persona
de color mujer articula su experiencia. Su mirada se apaga y
se endurece. Es como si alguien echara melaza en sus oídos y bloqueara sus
canales auditivos. Es como si ya no pudieran oírnos". - "He dejado de
hablar con
blancos personas acomodados sobre racismo clasismo.
No con todos ellos, pero sí con la amplia mayoría que rechaza aceptar la
legitimidad del racismo clasismo estructural y sus
síntomas. No puedo seguir enfrentándome al abismo de la desconexión emocional
que las personas blancas personas acomodadas exhiben cuando una
persona de color pobre articula su experiencia. Su
mirada se apaga y se endurece. Es como si alguien echara melaza en sus oídos y
bloqueara sus canales auditivos. Es como si ya no pudieran oírnos".
Callar, no escuchar,
silenciar, es también un privilegio. Tengámoslo en cuenta cuando analizamos
nuestra propia posición.
Ahora sí, termino,
volviendo a Audre Lorde:
Nos han educado en respetar el miedo por encima de
nuestra necesidad de un lenguaje que nos defina. Mientras aguardamos en
silencio a que llegue ese lujo definitivo que es la ausencia de miedo, el peso
de ese silencio acabará por ahogarnos.
Que nos encontremos aquí y que yo esté pronunciado estas
palabras constituye un intento por romperse silencio y establecer un puente
entre nuestras diferencias, pues no son estas las que nos paralizan, si no el
silencio. Hay tantos silencios por romper.
El gran problema de
nuestro tiempo, nuestra catástrofe moral, no es la existencia de la injusticia
(esto no es nuevo), sino el debilitamiento de nuestra capacidad de sentirnos
interpeladas por ella. Las sociedades aceleradas no solo producen desigualdad:
producen indiferencia, dispersión y cansancio. Nos acostumbran a pasar
rápidamente de una imagen a otra, de un dolor a otro, sin permanecer lo
suficiente en ninguno como para dejarnos transformar.
Por eso hoy romper el
silencio exige algo más profundo que simplemente hablar. Exige recuperar la
capacidad de escuchar. Escuchar verdaderamente a quienes sufren, a quienes
quedan fuera, a quienes apenas consiguen hacerse oír bajo el ruido permanente
del mundo contemporáneo.
Esta es una de las
tareas políticas y éticas más urgentes de nuestro tiempo: crear espacios de
silencio capaces de devolvernos la atención, la sensibilidad y la resonancia
que la aceleración nos arrebata. Porque solo cuando algo logra afectarnos de
verdad aparece la posibilidad de una palabra auténtica, de una solidaridad real
y de una acción transformadora.
Hay silencios que
condenan. Pero también existen silencios que nos permiten volver a escuchar la
voz del mundo y la voz de las otras. Y es precisamente ahí, en esa escucha
recuperada, donde puede enraizarse y crecer nuestra esperanza.
Foro Krisare, Gasteiz, 8 mayo 2026