viernes, 10 de abril de 2026

Las esposas de Los Álamos

TaraShea Nesbit
Las esposas de Los Álamos
Traducción de Ismael Attrache
Turner, 2014

"Al amanecer, Ingrid señaló con el dedo y susurró ¡Mirad! A lo lejos distinguimos los árboles de la colina, aunque no había salido el sol. Daba la impresión de que tras esas colinas hubiera una bombilla parpadeante. ¿Se apagaría? La nube que nuestros maridos habían creado llegó hasta las nubes naturales del cielo del alba. ¿Hasta dónde llegaría? la explosión la percibimos con la vista pero no con el oído. Las que dormían cerca de nosotras no tenían ni la menor idea de lo que estaba pasando. Hasta entonces el paisaje estaba oscuro, pero ahora se había iluminado, y supimos que nuestro pueblo había creado algo tan potente y tan brillante como el sol.
Nos quedamos de pie, dándonos las manos. Respiramos profundamente. Contuvimos la respiración. Gritamos. Aquello nos pareció espantoso, o un triunfo, o algo hermoso, o todo lo anterior. En aquel lugar que una enorme erupción volcánica había formado millones de años antes, nuestros maridos acababan de crear la suya propia. No pudimos ver lo que ustedes sí han visto, a nuestros maridos muy agitados, con gafas de soldador, dando vueltas de un lado a otro diciendo ¡Ahora sí lo hemos conseguido, joder!".


Esta novela nos sitúa en un lugar insólito de la historia, no en el centro donde se toman las decisiones y se hacen las cosas relevantes, sino sus márgenes, en ese territorio silencioso de la cotidianidad donde la vida continúa con una apariencia de normalidad mientras, a poca distancia, se está gestando algo capaz de alterar el mundo para siempre. ¿Quién le hacía la cena a Oppenheimer?, podemos preguntarnos de la mano de TaraShea Nesbit, autora de esta inteligente novela de periferias que revela que lo importante también ocurre ahí, en las casas, en sus cocinas y salas de estar, en los gestos repetidos, en las conversaciones aparentemente banales. En Los Álamos, mientras los hombres trabajan en algo que no puede ser dicho, la vida se sostiene en otro registro, más bajo, más tenue, pero no por ello menos decisivo, protagonizado por las esposas de los científicos.

Con una mezcla de imaginación y atención al detalle cotidiano la novela reconstruye la experiencia de las mujeres que acompañaron a sus maridos al desierto de Nuevo México durante el Proyecto Manhattan. Lo hace evitando deliberadamente aquello que la narrativa convencional suele buscar: una protagonista, una historia individual, un arco narrativo reconocible. Aquí no hay una figura central que organice el relato, no hay un personaje que concentre la mirada. En su lugar, TaraSheaNesbit introduce una voz que desconcierta y, al mismo tiempo, hipnotiza: un “nosotras” sostenido, persistente, una primera persona del plural que no suma individualidades, sino que las diluye en una conciencia compartida:

"A veces nos molestaba que nuestros maridos nos pidieran que saliéramos de la habitación, en nuestra propia casa, para poder charlar con sus amigos hasta la madrugada. Y algunas de nosotras nos dedicábamos a espiar y oíamos cosas, y otras jamás escuchábamos a escondidas aunque nos moríamos de ganas, y a algunas ni se nos ocurría prestar atención a lo que decían nuestros maridos y sus amigos porque ya estábamos bastante atareadas con nuestras preocupaciones".

Aunque hay algunos nombres propios, no estamos ante personajes delineados con precisión, sino ante una textura de vida compartida. Una comunidad que se forma en el aislamiento, en la repetición de los días, en la necesidad de llenar de sentido un tiempo que no puede explicarse del todo. Se mudan, se instalan, decoran casas provisionales, organizan encuentros, tienen hijas e hijos, se hacen amigas. No sabemos exactamente quién habla en cada momento, sentimos que hablan todas, o que habla una experiencia común que las atraviesa a todas. Ese “nosotras” no es solo un recurso formal, es el modo en que la novela se desenvuelve y se piensa, es su forma de respirar. Porque estas mujeres viven en un espacio donde no pueden saber, donde no pueden preguntar, donde el silencio no es solo una circunstancia, sino una estructura; y en ese contexto, lo que se construye no es tanto una identidad individual cuanto una identidad colectiva, hecha de intuiciones, rumores, sospechas, relaciones y, también, nuevos silencios:

"Solas no formábamos una pandilla, ni un coro, ni una brigada. Juntas, sin embargo, éramos una turba de mujeres armada con biberones y artículos enlatados, que exigía un economato más grande, y lo conseguimos. Éramos más que Yo, éramos Nosotras. Éramos Nosotras pese a nuestras aspiraciones de singularidad. Éramos las Nosotras que organizaron el consejo municipal y que nombraron portavoz a Starla. Sabíamos que Katherine quería ese cargo pero, por mucho que apreciáramos sus entretenidas historias, nos dimos cuenta, cuando la valoramos para ese cargo, de que no acabábamos de fiarnos de ella".

La novela no pretende explicar el Proyecto Manhattan ni ofrecer una reconstrucción histórica exhaustiva del proceso que llevó a la creación (y uso) de la bomba atómica. Más bien desplaza la mirada hacia aquello que los relatos oficiales han dejado en sombra, como una forma de reescribir la historia desde sus bordes, de atender a las vidas que no aparecen en los archivos principales, pero sin las cuales la historia tampoco habría sido posible. La voz plural, la acumulación de escenas, la ausencia de una trama tradicional construyen una lectura que nos lleva a habitar un ambiente que es más atmosférico que narrativo, más evocador que dramático.

Las esposas de Los Álamos no diseñan la bomba, no toman las decisiones, pero viven allí, habitan ese espacio y, sobre todo, sostienen la vida que hace posible todo lo demás. Y en esa proximidad sin participación directa se abre una zona moral ambigua, entre la vida cotidiana y la historia, entre el cuidado y la destrucción, entre lo que se sabe y lo que no. Y en esa zona gris es en la que la novela permite una reflexión sobre nuestra propia condición: la de quienes vivimos en sistemas cuyas consecuencias no controlamos del todo, la de quienes participamos en procesos que nos exceden, la de quienes, de algún modo, habitamos con relativa normalidad una casa o una ciudad mientras algo ominoso se prepara o se desarrolla en otra habitación, en otra calle, en otro barrio. 

jueves, 9 de abril de 2026

Carcoma

Layla Martínez
Carcoma 
Amor de Madre, 2021

"Cuando entré de nuevo en la casa oí a la vieja en la cámara. Por el sonido debía estar moviendo las ollas de la matanza. Estaban medio podridas de no usarlas pero nos resistimos a vendérselas al chatarrero porque quién sabe cuándo se puede necesitar una olla en la que cabe un cuerpito como de lado. Además ahí se le esconden a la vieja los difuntos que vienen perdidos y temblando y a ella le da pena quitarles las ollas y que no tengan sitio donde meterse. Llegan a la casa después de andar por el monte llenos de barro y de mugre y de sangre todo temblores y miedo porque a saber lo que han visto y cuánto han tenido que escarbar en esas fosas y a ella le da pena que no tengan ni una olla para esconderse hasta que se les pase la angustia".


Una novela extraordinaria, breve y áspera, pero de una densidad impresionante. Se lee como quien entra en una casa cerrada durante años: al principio parece que lo que pesa es el aire viciado, la oscuridad, la suciedad acumulada, pero pronto se entiende que lo verdaderamente opresivo no es el espacio, sino lo que ha ocurrido dentro y fuera de él.

La casa, siempre la casa, es un cuerpo, una memoria, una herida que no cicatriza. Sus paredes rezuman historia, no una historia ordenada o perfectamente narrable, sino una sedimentación de injusticias, de violencias, de silencios, de vidas atrapadas. Hay algo que persiste, algo que no se deja enterrar, y que atraviesa a las mujeres que la habitan como si fueran parte del mismo material que la sostiene:

"Si mi madre había pensado que era mejor que las demás, mi padre le bajó la soberbia a golpes. [...] Mi padre no le había regalado aquella casa, la había condenado a vivir en ella. Se había construido sobre el cuerpo de aquellas mujeres y se mantenía sobre el de mi madre. Sobre su dolor y su miedo. No era un refalo, era una maldición".

La novela se articula en dos voces que se alternan: una más inmediata, más cruda, más pegada al presente; otra que arrastra un tono casi espectral, como si hablara desde un tiempo que no termina de pasar. No se trata exactamente de generaciones distintas, aunque lo sean, sino de capas de una misma experiencia. Lo que ocurrió antes no está detrás, no es solo pasado, sigue ocurriendo.

Layla Martínez construye así una genealogía de la violencia que no precisa de largos desarrollos ni contextualizaciones explícitas. La novela avanza por acumulación, por insistencia, por repetición de gestos y situaciones que acaban revelando un patrón: el de un mundo donde las relaciones están atravesadas por el abuso, la dominación y la imposibilidad de escapar. El lenguaje acompaña esta atmósfera con una prosa seca, cortante, que no busca embellecer nada. Hay frases que parecen dichas desde dentro de la rabia, otras desde un cansancio profundo, casi mineral. No hay concesiones, tampoco hay consuelo: 

"Tarde o temprano se paga todo".

En ese sentido, Carcoma es, ciertamente, una historia de fantasmas, pero no en el sentido convencional. Aquí lo espectral no es una irrupción extraordinaria, sino una forma de persistencia cotidiana: 

"También veo las sombras aquí. Las veo arrastrarse por las escaleras y los pasillos, reptar por el techo, acechar detrás de las puertas. la casa está llenita de ellas".

Los muertos ("las sombras") no se van porque lo que los produjo sigue ahí. La violencia no pertenece al pasado porque no ha sido interrumpida. Sin embargo, la novela no se limita a registrar la opresión y la violencia. En su interior late una forma de resistencia que no pasa por la redención ni por una salida limpia, sino por su persistencia misma, por la negativa a desaparecer del todo. 

Precisamente por eso, la novela deja una impresión duradera, al obligarnos a mirar allí donde normalmente no se mira. Porque no permite separar lo íntimo de lo estructural, la violencia machista de la violencia de los vencedores de la guerra. Carcoma no trata solo de una casa ni de una familia, trata de aquello que se hereda sin palabras, de lo que se transmite como una sombra, de lo que sigue vivo incluso cuando parece haber sido olvidado, porque así se ha intentado desde los poderes.

La autora no ofrece respuestas ni resoluciones claras. No hay cierre, no hay reparación, no hay redención, lo que hay es una exposición descarnada de cómo las violencias pueden incrustarse en los cuerpos, en las casas, en las relaciones, hasta volverse casi indistinguibles de la vida misma. Como la carcoma: silenciosa, persistente, invisible durante mucho tiempo… hasta que la estructura empieza a ceder. 

La he leído de un tirón, sin poder despegarme de ella.

miércoles, 8 de abril de 2026

La cara oculta de las misiones espaciales

Confieso que escribir sobre la actual expedición a la cara oculta de la Luna me obliga a atravesar una biografía entera marcada por la fascinación. Desde aquel 20 de julio de 1969, cuando la misión Apolo 11 llevó a Neil Armstrong a pisar nuestro satélite, he participado, como tantas otras personas, de una auténtica “astronautofilia”, alimentada por novelas, películas y reportajes que celebraban la llamada “conquista del espacio”. Sin embargo, hoy siento una incomodidad creciente que se convierte en rechazo abierto de esta nueva carrera lunar.

Se habla de instalar bases permanentes en la Luna, como si la expansión fuera un destino inevitable de la humanidad, mientras en la Tierra seguimos siendo incapaces de garantizar algo tan básico como el acceso universal a una vivienda digna. La promesa de habitar otros mundos contrasta brutalmente con nuestra incapacidad para vivir justamente en este. Se nos habla también de explotar recursos lunares, proyectando más allá de la atmósfera una larga historia de extractivismo. La Luna aparece, así, como una nueva frontera disponible, una extensión del mismo impulso que ha devastado territorios y comunidades en la Tierra para sostener modos de vida claramente insostenibles.

Hay, además, un elemento que rara vez se enuncia con claridad: el retorno de la lógica de bloques y de competencia entre potencias al terreno espacial. Estados Unidos, China o Rusia no solo compiten por el prestigio científico, sino por posiciones estratégicas en lo que ya empieza a perfilarse como un nuevo tablero geopolítico. La historia de la carrera espacial durante la Guerra Fría confirma que estos procesos nunca son ajenos a intereses militares, y no faltan indicios de que el espacio puede convertirse en un ámbito de proyección de poder, vigilancia e incluso eventual conflicto.

En paralelo, emerge una cuestión menos visible pero igualmente decisiva: el desigual reparto de costes y beneficios. Buena parte de estas misiones se financian con recursos públicos, movilizando enormes inversiones estatales en nombre del progreso colectivo. Sin embargo, los beneficios derivados de las mismas -tecnológicos, comerciales o, en su caso, extractivos- se concentran en actores privados, especialmente en grandes corporaciones aeroespaciales y tecnológicas. Se perfila así una dinámica conocida: socialización de los costes, privatización de los beneficios.

Y, en un registro más bajo, casi susurrado, asoma otra posibilidad inquietante: la de que esta expansión no sea tanto un proyecto colectivo como una vía de escape para las élites tecnofeudales. La hipótesis formulada por Bruno Latour en Donde aterrizar resuena aquí con fuerza: la construcción de hábitats radicalmente “off-shore”, desconectados de cualquier obligación común, desde los que continuar aplicando dinámicas de acumulación por desposesión. Un capitalismo caníbal que, llevado al límite, fantasea con sobrevivir a la devastación que él mismo ha contribuido a generar.

Sería intelectualmente deshonesto ignorar los argumentos en sentido contrario. Quienes defienden estas misiones apelan al valor del conocimiento científico, al desarrollo tecnológico derivado y a la necesidad de ampliar el horizonte de la especie ante riesgos existenciales. También señalan que la exploración espacial ha sido, en ocasiones, un terreno de cooperación internacional y un motor de innovación con efectos indirectos positivos en la vida cotidiana. Pero incluso concediendo parte de razón a estas defensas, la cuestión de fondo permanece intacta: ¿desde qué prioridades y bajo qué lógica se organiza esa expansión? Porque ninguna exploración es neutra, y ninguna tecnología es inocente respecto a los fines que sirve.

El problema no es que miremos hacia la Luna, sino cómo y desde dónde lo hacemos. Si la mirada está guiada por los mismos procesos que han producido la crisis ecológica y social actual, entonces la expansión no será una salida, sino una prolongación del problema en otro escenario. Y aquí es donde la vieja fascinación se resquebraja definitivamente. No porque hayamos dejado de admirar la capacidad humana para ir más allá, sino porque resulta evidente que no hay “más allá” que pueda sustituir la tarea pendiente de habitar con justicia los límites de este mundo.


Publicado en El Salto / Hordago el 8 de abril de 2026

Cotolorno, Rebanal, Alto de los Valles, Alto de los Llanos

Un par de días, noche mediante, caminando por las alturas del valle de Miranda, siempre con el Espigüete como vigía.






Peña Redonda (iquierda) y Cotolorno (derecha),
Al fondo todas las grandes cumbres de la Montaña Palentina, desde el Espigüete hasta el Curavacas.
Rebanal desde Cotolorno.





Espigüete desde el Alto de los Valles.

Rebanal y Cotolorno desde el Alto de los Llanos.




martes, 7 de abril de 2026

Puertas cerradas, no abiertas

El PP de Vitoria-Gasteiz vuelve a insistir en una idea tan recurrente como problemática: que el aumento de la delincuencia está directamente relacionado con una supuesta política de “puertas abiertas” a la inmigración. A partir de datos policiales, su portavoz y futuro candidato a la Alcaldía, Iñaki García Calvo, construye un relato que, aunque pueda resultar intuitivo para muchas personas, simplifica una realidad compleja y, lo que es más grave, contribuye a estigmatizar a una parte muy vulnerable de la población.

Porque el problema no son las “puertas abiertas”, sino las muchas puertas cerradas con las que chocan las personas migrantes que llegan a España buscando una vida más libre y segura.

España, como el conjunto de Europa, dista mucho de ser un territorio de libre acceso para quienes buscan una vida mejor. Las vías legales y seguras para migrar son escasas, lentas y, en muchos casos, inaccesibles para quienes huyen de contextos de pobreza, violencia o falta de oportunidades. Lejos de un modelo permisivo, lo que existe es un entramado burocrático y legal que empuja a miles de personas a la irregularidad desde el primer momento en que pisan suelo europeo. Y esa irregularidad no es una elección libre, es una consecuencia.

La irregularidad como producto del sistema

Decir que la irregularidad administrativa es una elección implica asumir que las personas migrantes disponen de alternativas reales para hacer las cosas “bien” desde el inicio. Pero esa premisa no se sostiene en la práctica. Para la mayoría de quienes llegan a España, no existe una vía accesible, rápida y segura que les permita entrar, residir y trabajar de forma regular desde el primer momento. Los visados están limitados, condicionados a requisitos difíciles de cumplir, como contar previamente con un contrato de trabajo, y muchas veces desconectados de la realidad de quienes migran.

A esto se suma un hecho determinante: el propio sistema legal genera irregularidad sobrevenida. Personas que entraron legalmente con un visado pueden perder su situación regular al no poder renovarlo a tiempo, al quedarse sin empleo o al no cumplir condiciones administrativas extremadamente rígidas. No hablamos, por tanto, únicamente de quienes cruzan fronteras sin autorización, sino también de quienes, aun habiendo seguido las reglas, acaban fuera del sistema por la imposibilidad material de sostener su estatus.

El resultado es un callejón sin salida: para acceder a un permiso de residencia se exige un contrato de trabajo, pero para conseguir ese contrato es necesario tener ya el permiso. Este tipo de requisitos no solo no ordenan la migración, sino que empujan a muchas personas hacia la economía informal, donde la precariedad y la desprotección son la norma.

En ese contexto, la irregularidad deja de ser una decisión individual para convertirse en el producto de un diseño institucional que excluye. No es que las personas elijan estar al margen de la ley, sino que la ley, tal y como está configurada, las sitúa en ese margen. Y una vez ahí, salir no es sencillo: los procesos de regularización son largos, inciertos y, en muchos casos, inaccesibles.

El actual proceso de regularización extraordinaria es, en sí mismo, una evidencia de las disfunciones del sistema. Si hoy se plantea la necesidad de regularizar a decenas de miles de personas es precisamente porque durante años se ha permitido, cuando no provocado, que vivan y trabajen en la irregularidad. No se trata de una anomalía puntual, sino de un fenómeno estructural: personas que ya forman parte de nuestras ciudades, que sostienen sectores enteros de la economía en condiciones de enorme precariedad, pero a las que se les niega durante largos periodos el reconocimiento legal más básico. En lugar de facilitar itinerarios de incorporación progresiva a la ciudadanía, el Estado acumula situaciones de exclusión que después intenta resolver de manera extraordinaria y tardía. Y, sin embargo, esas personas llevan tiempo demostrando, con su trabajo y su arraigo, su voluntad de ser una más y uno más entre nosotras. La paradoja es evidente: se exige integración mientras se bloquean los mecanismos que la hacen posible.

Por eso, cuando se habla de “inmigración ilegal” como si fuera una categoría moral o una opción deliberada, se está ignorando que nuestras propias políticas migratorias producen la irregularidad que luego se denuncia. En ese contexto, hablar de “puertas abiertas” resulta una exageración interesada.

Seguridad, estigmatización y convivencia

Es cierto que los datos policiales pueden mostrar una sobrerrepresentación de personas extranjeras en determinados delitos. Pero interpretar esos datos sin atender al contexto social es irresponsable. La criminología lleva décadas señalando que los factores determinantes de la delincuencia no son el origen o la nacionalidad, sino variables como la exclusión social, la precariedad económica o la falta de redes de apoyo. Dicho de otro modo: no delinque alguien por ser extranjero, sino por encontrarse en situaciones de vulnerabilidad que, no casualmente, afectan con mayor intensidad a quienes han sido empujados a los márgenes del sistema.

Además, conviene recordar que los propios datos pueden estar sesgados. Las personas migrantes, especialmente aquellas en situación irregular, están más expuestas a la vigilancia policial y tienen menos capacidad para defender sus derechos, lo que incrementa la probabilidad de detenciones y registros. No es solo una cuestión de quién delinque, sino también de quién es controlado. En este sentido, resulta indignante que responsables públicos utilicen cifras parciales para reforzar un discurso que asocia inmigración y delincuencia. No solo porque es una simplificación engañosa, sino porque alimenta el miedo y la desconfianza, erosionando la convivencia.

Frente a ese enfoque, conviene reivindicar algo que el portavoz del PP rechaza como “buenismo”: la idea de que ningún ser humano es ilegal. No se trata de negar la existencia de leyes ni de ignorar los retos que plantea la gestión migratoria, sino de recordar que detrás de cada expediente hay una persona con derechos, dignidad y una historia que merece ser escuchada. Defender esto no es ingenuidad; es, de hecho, una posición profundamente realista. La seguridad no se construye levantando muros ni cerrando puertas, sino ampliando oportunidades, garantizando derechos y facilitando la integración. Regularizar, incluir, acompañar, respetar: esas son las verdaderas políticas eficaces.

Lo contrario -mantener a miles de personas en un limbo legal, sin acceso pleno a derechos ni posibilidades reales de integración- no reduce la inseguridad, la alimenta. Por eso, la cuestión no debería ser cuántas “puertas abiertas” hay, sino cuántas seguimos manteniendo cerradas. Si de lo que se trata es de abrir una conversación seria, claro; otra cosa es que las declaraciones del portavoz del PP no vayan de eso. 


Publicado en eldiario.es, 3 de abril de 2026

jueves, 2 de abril de 2026

Libros recomendados en marzo


  • Los vigías -  https://imanol-zubero.blogspot.com/2026/03/los-vigias.html
  • Agua negra - https://imanol-zubero.blogspot.com/2026/03/agua-negra.html
  • Una extraña derrota – https://imanol-zubero.blogspot.com/2026/03/una-extrana-derrota.html 
  • El guillomo – https://imanol-zubero.blogspot.com/2026/03/el-guillomo.html 
  • La tierra de las cosas perdidas – https://imanol-zubero.blogspot.com/2026/03/la-tierra-de-las-cosas-perdidas.html 
  • Solo tierra, solo lluvia, solo barro – https://imanol-zubero.blogspot.com/2026/03/solo-tierra-solo-lluvia-solo-barro.html