domingo, 17 de junio de 2018

Tres novelas

EL BANQUETE DE LAS BARRICADAS
Pauline Dreyfus
Anagrama, 2018
Traducción de Javier Albiñana

El 22 de mayo de 1968, mientras la huelga general paraliza París y las manifestaciones callejeras dibujan un escenario pre-revolucionario, un extravagante grupo humano recala en el señorial Hotel Meurice, donde se va a celebrar el banquete protocolario con motivo de la entrega del premio literario Roger-Nimier. Las habitaciones que hospedaron en otros tiempos al rey Alfonso XIII, al sultán de Zanzibar, al príncipe de Grecia o al maharajá de Kapurtala, el mismo hotel donde se alojó el estado mayor nazi durante la ocupación, acoge ahora a la millonaria Florence Gould, mecenas del premio, a su amigo y también millonario J. Paul Getty, a Salvador Dalí, a Gala y a su ocelote, así como a varios escritores ya añejos y con un pasado sospechosamente colaboracionista. Por cierto, el galardonado es Patrick Modiano, por su primera novela, La Place de l'Étoile (publicada en castellano como El lugar de la estrella).
Pero, contagiados por el Mayo rebelde, el personal del Meurice ha decidido hacerse cargo de la gestión del hotel, destituyendo al director, que deambula por las estancias del hotel como alma en pena. Para demostrar que la autogestión funciona, deciden seguir adelante con el banquete: "A nadie se le había ocurrido que la autogestión lo convirtiera a uno tanto en prisionero como en persona libre". Y así, mientras en las calles se alzan barricadas y la policía reprime las manifestaciones, en el hotel se va desarrollando una historia en la que los últimos días de la ocupación nazi se entremezclan con la revuelta de Mayo, y la anécdota del Meurice condensa lo que en 1968 vivía la sociedad francesa.
En varias ocasiones a lo largo del libro, a modo de estribillo, se hace referencia a las fiestas de locos medievales, ese día en el que el orden de las cosas se invierte y "cada cual se endosa la ropa de otro e interpreta un papel". Eso sí, al día siguiente "cada cual vuelve a ocupar su puesto, como liberado de las quimeras por ese paréntesis festivo". Bien pudiera ser la tesis de este libro, por otra parte sumamente entretenido.

UN DOMINGO EN EL CAMPO
Pierre Bost
Errata naturae, 2018
Traducción de Regina López Muñoz

El septuagenario señor Ladmiral, pintor antaño reconocido, tras enviudar vive en una casa de campo no muy lejos de París. Como cada domingo, espera la visita de su hijo Gonzague, acompañado de su esposa y sus dos vástagos. Durante la comida y a lo largo de la tarde irán aflorando tensiones familiares; nada particularmente grave, pequeños agravios y malentendidos, expectativas frustradas... Hasta que, inesperadamente, aparece Irène, la hermana de Gonzague y favorita de Ladmiral...
Una historia cotidiana, pausada, delicada: impresionista, ciertamente, como la pintura que aparece en la portada.

HÉROES DE LA FRONTERA
Dave Eggers
Penguin Random House, 2017
Traducción de Cruz Rodríguez Juiz

Una madre cuarentona, separada de un marido infantiloide e inútil, alquila una vieja autocaravana y para viajar con sus dos hijos hasta Alaska. En una aventura que tiene tanto de huida como de búsqueda, se reencontrará consigo misma y con sus hijos, y se enfrentará a situaciones complicadas en las que no faltarán encuentros sorprendentes con personas ambiguas, pero esencialmente decentes.
"Josie se permitió un momento de duda. Cabía la posibilidad, admitió, de que no debieran haber viajada nunca a aquel estado en llamas. Pero la duda no duró. En cambio, en ese instante, Josie pensó que acertaba en todo.
En que podemos marcharnos.
En que tenemos derecho a marcharnos.
En que a menudo debemos marcharnos.
En que sólo marchándose sus hijos y ella lograrían acercarse a lo sublime, que sin movimiento no hay lucha y sin lucha no hay propósito, y que sin propósito no hay nada de nada. Quería decirles a todas las madres y a todos los padres: El movimiento tiene sentido".
Pero el final es sorprendentemente abierto...





lunes, 28 de mayo de 2018

Nacionalista eres tú, yo sólo tengo que convivir contigo

Las palabras esenciales del “nacionalismo banal”, recuerda Michael Billig, suelen ser las más pequeñas: “nosotros”, “esto” y “aquí”. A estas podríamos añadir otras como “lo nuestro”, “lo propio”, “lo de aquí”… Palabras pequeñas y cercanas, familiares, cálidas, cómodas: autoevidentes. Palabras prosaicas y automáticas que dan por sentada la existencia de las naciones y, sobre todo, de esta nación: la nuestra, la de aquí. Palabras-masaje, palabras-bálsamo, que naturalizan realidades políticas “en realidad” imaginadas, construidas, artificiales. “Permanencias inventadas”, como las denomina Billig (Nacionalismo banal, Capitán Swing, 2014).

PNV y EH Bildu han acordado un texto que sirva como preámbulo de un posible futuro "Estatus Político" que actualice el autogobierno de Euskadi. Es un texto lleno de palabras pequeñas, prosaicas, cotidianas pero, por lo mismo, cargadas de sentido común, irrechazables, autoevidentes: somos un pueblo, tenemos derecho, sentimos la necesidad, queremos decidir… Es un texto escrito desde y para el nacionalismo vasco. No lo digo como reproche, sino como constatación. Un texto escrito por nacionalistas, para nacionalistas, con el fin de hacer más banal (más natural, más irreflexiva) la construcción nacional vasca. Insisto: nada que reprochar, es lo que se espera del nacionalismo, de cualquier nacionalismo.

PNV y EH Bildu apoyan también la movilización convocada para el 10 de junio por Gure esku dago a favor del derecho a decidir. “A nadie tiene que extrañar que el PNV se manifieste por el derecho a decidir”, advierte en una entrevista en El Correo Itxaso Atutxa, presidenta del PNV bizkaino. Pues no, claro que no. Es lógico (banalmente lógico) que los nacionalistas apoyen una movilización nacionalista, que pretende sumar (y contar) apoyos para el proyecto político del nacionalismo vasco.

¿Se puede defender el derecho a decidir sin ser nacionalista? Sí. Pero no porque se trate de un derecho puramente (banalmente) democrático, como se dice desde el nacionalismo. Tampoco porque sea lo único que puede hacer una persona que quiera actuar democráticamente. Resulta descorazonador tener que recordarlo, pero hay derechos a decidir según qué cosas que sólo pueden ser combatidos social y políticamente.

El derecho de autodeterminación no es un mero instrumento neutral, sin contenido, poco más que un procedimiento democrático de decisión. La estrategia de normalización -de banalización- de este derecho, en la que juega un papel importante su traducción como derecho a decidir, me parece un peligroso error –si es fruto de la irreflexión- o un inaceptable engaño –si responde a una estrategia-. “¿Qué hay más democrático que decidir?”, se dice, como si de una evidencia (banal) se tratara. Pues según… El derecho de autodeterminación es, antes que nada, la definición de un demos, de un sujeto político soberano, que posteriormente decidirá sobre su estatuto político. De ahí que el derecho de autodefinición, es decir, el derecho a definir “quiénes son los miembros que integran en realidad ese pueblo”, sea el paso esencial en cualquier proceso soberanista. Y aquí me remito a Luigi Ferrajoli y a su exigente reflexión sobre la que denomina “esfera de lo indecidible”: en democracia hay principios que deben estar sustraídos a la decisión de la mayoría. Y a mi modo de ver, la modificación de la condición de ciudadanía, cuando esta modificación puede entrañar riesgos de debilitamiento, limitación o exclusión de esta condición, entraría plenamente en esta esfera de lo indecidible.

Como señalara el politólogo estadounidense Walker Connor en los años Setenta, la aspiración más característica de los movimientos nacionalistas minoritarios en el seno de un Estado nación es a la “etnocracia”, es decir, al gobierno de “los suyos”; el autogobierno al que aspira el nacionalismo es, siempre, “etnogobierno”, el gobierno de “los nuestros”, de “los de aquí”. Nada más banal, ¿no es cierto? ¿Quién puede estar en contra de que “lo nuestro” lo decidamos “los de aquí”? Connor señalaba que esta aspiración etnocrática podía ser perfectamente compatible con distintas institucionalizaciones políticas, desde la autonomía hasta la independencia; y personalmente consideraba que “el ciudadano típico de una minoría nacional en un estado democrático moderno desea la etnocracia, pero no la independencia”. Es esta una idea muy repetida por estos lares, donde la influencia de Connor ha sido más que notable en el entorno académico. Idea que yo no comparto: la aspiración etnocrática del nacionalismo sólo puede conocer una moderación táctica o instrumental de su programa político máximo, en realidad único, y que no es otro que la constitución de un Estado propio. Algo tan simple, banal y natural como esto. Lo explica así Joseba Sarrionandia en ¿Somos como moros en la niebla?: “Los vascos no reclaman nada original. Es como si un caribú de grandes cuernos considerara absolutamente infundado, improcedente e incluso malicioso que a otro caribú le crecieran las astas. Los vascos, con exiguos medios y una pasmosa falta de imaginación, no plantean, ni siquiera los más radicales, sino una cosa tan común que ya la tienen españoles y franceses: una mera nación-estado propia”.

Volvemos, entonces, a la cuestión planteada más arriba: ¿se puede defender el derecho a decidir sin ser nacionalista? Se puede y, cuando esta reivindicación es abiertamente planteada en una sociedad democrática, también se debe defender el derecho a decidir aún sin ser nacionalista; o mejor: se debe aceptar la legitimidad de esta reivindicación, y se deben buscar cauces legales para su deliberación y, en su caso, para decidir democráticamente sobre la misma. Y en este sentido, me sigue pareciendo esencial el ejemplo canadiense, expresado así en palabras de Stéphane Dion: “Si en Canadá aceptamos la secesión como una posibilidad, no es porque nos empuje a ello el derecho internacional. En realidad, la secesión no es un derecho en democracia. Sólo lo es para los pueblos en situación colonial o en caso de violación extrema de los derechos de la persona. […] Si aceptamos la secesión como una posibilidad es porque sabemos que nuestro país no sería el mismo si no se fundase en la adhesión voluntaria de todos sus componentes. No conozco un solo partido político importante de Quebec ni de otros lugares de Canadá que quiera retenernos contra nuestra voluntad”.

En los próximos meses la reivindicación nacionalista vasca va a experimentar un importante acelerón. El final del terrorismo no es ajeno a esta circunstancia. No pasa nada: es normal. Y habrá que tener la inteligencia, la generosidad y la honradez de buscar la manera de garantizar que tal reivindicación pueda no sólo discutirse sino, en su caso, realizarse. Pero sería muy conveniente que la ciudadanía vasca no nacionalista no nos dejemos capturar por el nacionalismo banal. El nacionalista eres tú, yo sólo tengo que convivir contigo. Y porque tengo que hacerlo, no me queda otra que aprestarme a constituir contigo un ámbito de deliberación que, desde el respeto y la honestidad, nos permita encontrar una solución convivencial que no está prefijada, pero que podría incluso llegar hasta la secesión. Cuando tú, nacionalista, tengas clara tu propuesta, debes saber que contarás con mi mejor disposición para discutirla. Pero eres tú quien debe construirla.

Publicado en EL DIARIO.
 

lunes, 21 de mayo de 2018

La edad de la participación: la participación no tiene edad

Un año más, esta tarde volveré a compartir un buen rato de conversación con las personas que participan en el Instituto de la Experiencia de Durangaldea. Dejo aquí la presentación con la que iniciaremos la conversación:
















sábado, 19 de mayo de 2018

Tierras con alma

Añadir leyenda
La televisión actual es un buen ejemplo de que la competencia no siempre mejora la calidad de los productos que se nos ofrecen. Siempre se nos dice que los mercados competitivos permiten que aumenten y se diversifiquen las ofertas, y que esta diversificación acaba siempre jugando a favor de las personas consumidoras; pero yo, sinceramente, cada vez me lo creo menos. Cada vez tenemos más compañías de teléfono móvil, más operadores de internet, más marcas de ordenador, pero no sé si todo esto significa mejor servicio. 
Lo mismo pasa con la televisión: sin caer en ninguna añoranza de aquellos tiempos de la televisión única (bueno, de las dos únicas cadenas de mi infancia: TVE1 y TVE2), tiempos de blanco y negro, de lo tomas o lo dejas, lo cierto es que hoy en día, cuando la oferta de canales es infinita, escucho a muchísimas personas quejarse de la baja calidad de los contenidos que nos ofrecen, con unos mismos productos repetidos hasta la saciedad: tertulias a grito pelado, telebasura, concursos más o menos ingeniosos, anuncios a tutiplén…

Pero a veces hay programas que me reconcilian con la televisión y su función pública y formativa. No pude verlo en el momento de su estreno, ni siquiera sabía de su existencia, pero hace unos meses, por casualidad, puede ver la reemisión de un hermoso documental titulado “Las Hurdes, tierra con alma”. Estrenado en La 2 en agosto de 2016, el documental recorre el mismo territorio que en 1933 recorrió el director de cine aragonés Luis Buñuel, y que dio lugar a su impactante cortometraje “Las Hurdes, tierra sin pan”. El mismo territorio, la misma hermosa geografía rural, montañosa, aislada, pero un paisaje humano totalmente transformado.
En el documental puede escucharse la voz de mujeres y hombres mayores, algunas de ochenta y noventa años (una de las personas entrevistadas era una niña cuando Buñuel pasó por allí), que cuentan cómo ha sido su vida, y las dificultades a las que han tenido que enfrentarse para subsistir y sacar adelante a sus familias. Pero también la voz de las nuevas generaciones de hurdanas y hurdanos, muchos de los cuales desean construir su futuro en esas tierras. A pesar de todas las dificultades para hacerlo, que son muchas. Esta comarca cacereña, formada por seis pueblos y 44 alquerías, contaba en 2015 con una población total de sólo 6.338 habitantes repartidos en una superficie de casi 500 kilómetros cuadrados, ha perdido en los últimos 50 años el 43,15 por ciento de su población, frente al 11'25 por ciento que perdió la provincia de Cáceres.
El documental “Las Hurdes, tierra con alma”, puede verse AQUÍ. Merece la pena, de verdad. Ni los sueños ni los relatos cambian por sí mismos la realidad; pero nos permiten mirar de otra manera el presente y el futuro.
Publicado en SEMENTERA, nº 346, Mayo 2018

sábado, 5 de mayo de 2018

Mediadores y otros amigos

[1] Vine Deloria Jr. (1933-2005), escritor y activista de origen sioux, es autor de uno de los libros más interesantes para comprender la realidad de los Indios Americanos y su trágica historia: El General Custer murió por vuestros pecados. En uno de sus capítulos, titulado “Los antropólogos y otros amigos”, Deloria ironiza sobre la fijación de la antropología académica con las comunidades nativas y sus consecuencias para estas mismas comunidades. “Los indios han sido los más malditos de todos en la historia. Los indios tienen antropólogos”, lamenta. Aterrizando durante unas semanas en las reservas, cuando regresan a sus facultades los antropólogos se dedican a producir escritos que explican el “problema indio”.

Lo que ocurre es que, la mayoría de las veces, “ni tan siquiera los indios pueden ver la relación que hay entre ellos y el tipo de criatura que, según los antropólogos, es el indio «real»”. ¿De verdad somos así?, se preguntan al principio con incomodidad. Pues será que somos así, acaban pensando a medida que las “evidencias” se acumulan. De esta manera, “la gente india empieza a sentir que son meras sombras de un super-indio mitológico”. Surge entonces un “sentimiento de inadecuación”: aunque no se reconozcan en las caracterizaciones que hacen de ellas, las comunidades indias acaban por pensarse a sí mismas desde el imaginario que difunden los analistas.
Analistas que, por cierto, funcionan más por deducción que por inducción: “Puede que sintáis curiosidad por saber por qué el antropólogo nunca tiene un instrumento con que escribir. No toma notas porque YA SABE lo que encontrará. No necesita apuntar más que los gastos diarios para el contable, pues el antropólogo ya encontró la respuesta el invierno pasado en los libros que leyó. No, el antropólogo sólo se encuentra en las reservas para VERIFICAR lo que sospecha desde hace tiempo: que los indios son una gente extraña que aguantan que les observen”.
De ahí la amarga conclusión a la que llega Deloria: “Si las tribus hubieran podido escoger el enemigo contra quien luchar, la caballería o los antropólogos, poca duda cabe de a quien hubieran escogido. En toda situación de crisis, los hombres siempre atacan la mayor amenaza a su existencia. Un guerrero muerto en la batalla siempre puede irse a los Felices Parques de Caza. En cambio ¿dónde va un indio tumbado por un antropólogo? ¿A la biblioteca?”.

[2] ¿Dónde va un vasco pacificado por un mediador internacional? Hace ya varios años que, a partir de esta pregunta, comencé a escribir estas líneas. Concretamente, desde que en 2011 leí el artículo “Elegir la paz en el País Vasco”, publicado por Brian Currin en Le Monde Diplomatique. Fue entonces cuando recordé el libro de Vine Deloria. Ahí estaba nuestro particular antropólogo sudafricano, al frente de un autodenominado Grupo Internacional de Contacto que se presentaban como “los nuevos interlocutores en este conflicto”; unos interlocutores supuestamente “imparciales, [que] sólo tienen como objetivo la paz y la normalización política”. Convencidos de esta imparcialidad, Currin se mostraba sorprendido por “la hostilidad que su participación suscita en el proceso entre numerosos constitucionalistas españoles”. Pero, en lugar de reflexionar sobre las posibles limitaciones de su supuesta imparcialidad, el mediador se mostraba convencido de que “la única explicación posible es el temor a una democracia global en el País Vasco, en la cual participaría el conjunto de los nacionalistas favorables a la autodeterminación”. Como el antropólogo en las reservas indias, el mediador venía a Euskadi a VERIFICAR lo que ya sabía: que “lo que estructura el conflicto político vasco” es la oposición entre autodeterministas y constitucionalistas, “y no la violencia de la ETA”. Y quienes peor lo estaban haciendo eran… los constitucionalistas.
Siete años después, en su último aterrizaje en la reserva vasca, los mediadores han confirmado todas sus ideas sobre el problema vasco. Pero ahora, además, nos dejan tarea para el futuro: “Por encima de todo, lo que tenemos por delante es un proceso de reconciliación”, dice la Declaración de Arnaga; porque no lo estamos, según parece. Y para alcanzar ese estado de reconciliación “todas las partes [habrán de ser] honestas sobre el pasado”; porque no lo hemos sido, nos ha faltado honestidad. “Y hará falta un espíritu de generosidad para curar las heridas y reconstruir una comunidad compartida”: ¿porque no hemos sido suficientemente generosos? “Aún queda mucho por realizar por todas las partes”, concluyen. Porque, tal y como declararon en Aiete en 2011 (¡pero qué listos son estos antropólogos, perdón, mediadores!), “la paz no es un juego de suma cero, sino un asunto de voluntad política, donde ambas partes se ponen de acuerdo para alcanzar sus objetivos de forma pacífica, a través de medios políticos y democráticos”. O sea que… ¿aún tenemos que construir la paz?
Los mediadores se han ido. Y este pobre nativo no es capaz de ver la relación que existe entre su propia experiencia y la explicación del “problema vasco” que el Grupo Internacional de Contacto ha querido convertir en relato canónico. No acaba de ver cuáles han sido sus déficits de generosidad, sus faltas de honestidad, su carencia de voluntad reconciliadora. Será que la sombra del “super-vasco mitológico” es muy espesa. Será que nunca he estado a la altura de lo que se esperaba de un vasco: no he sido generoso, ni honesto, ni he hecho lo suficiente para reconstruir una comunidad compartida.
Vine Deloria lamentaba que “muchas de las ideas que pasan por el pensamiento indio son en realidad teorías presentadas originalmente por los antropólogos y que los indios han repetido como un eco en un intento de expresar la situación real”. ¿No será que Deloria era, al igual que yo, un mal indio? Los buenos vascos, los vascos que coinciden milimétricamente con la teorización de los mediadores, ya se han puesto manos a la obra: unos pintan en las paredes su agradecimiento a ETA; otros recuerdan, como indios bien aplicados, la existencia de “un conflicto político anterior a ETA y a Iparretarrak, que se va a mantener después del acto de hoy". Una futura generación, representada en Cambo-les-Bains por una imparcial Irati Agorria Cuevas, se prepara para un futuro luminoso. Pero, ¿a dónde iremos las vascas y los vascos tumbadas por los mediadores?


sábado, 28 de abril de 2018

Conversando con Joan Coscubiela

El pasado día 26, organizado por CCOO de Euskadi, conversé con Joan Coscubiela a propósito de su libro Empantanados: Una alternativa federal al sóviet carlista (Península, Barcelona 2018).
Recojo aquí las cuestiones a partir de las cuales me pareció interesante orientar la conversación. No puedo recoger las respuestas de Joan, y es una pena. Pero creo que con ellas es posible hacerse una idea de la riqueza de contenidos del libro, que va mucho más allá de la ya cuestión del proceso independentista en Cataluña.


A continuación, propongo algunas cuestiones para la conversación. Como se trata de eso, de una conversación, tanto los contenidos como el ritmo de la misma pueden variar. Preferiría fijarme en cuestiones que van más allá de la peripecia concreta del procés, para fijarme en cuestiones de fondo. En todo caso, que Joan se sienta plenamente libre para incorporar cuantas cuestiones considere relevantes o necesarias.

1. Creo que puede ser conveniente comenzar la conversación recordando la vigorosa intervención de Joan en el pleno del Parlament del 7 de septiembre. Una intervención a la que se refiere levemente en el libro (pp. 62-67), pero cuyo contenido literal no se recoge. Además de haberla escuchado en su momento, haber leído su reflejo en la prensa, he vuelto a leerla íntegramente en el diario de sesiones del Parlament (pp. 68-72). Me gustaría que Joan recuerde el contexto en el que tal intervención tiene lugar, los motivos que le impulsan a hacerla…

2. A partir de esta intervención, en la que se incluyen algunas referencias a la historia personal de Joan, me gustaría entrar en algunos aspectos de su biografía política, sin los cuales no se puede entender su posicionamiento ante el procés. En concreto, su militancia en el PSUC y en CCOO. Respecto de la primera, en las pp. 258-259 recuerda que la idea de “Catalunya, un sol poble”, entendiendo por tal la reivindicación de un proyecto de catalanismo popular e inclusivo. Esta cultura política a favor de una identidad incluyente y no etnicista, permitió la incorporación de la migración interior a Cataluña entre 1950 y 1975. En p. 20 reivindica la aportación de CCOO en este mismo sentido, “apostando por la cohesión de la sociedad, situando el conflicto social como eje vertebrador de la política” En el caso de CCOO, ha mantenido este objetivo también durante el procés, buscando mantener “la unidad civil de Cataluña”.

3. Cataluña como indicio de procesos más globales (p. 20): “una globalización económica sin reglas ni contrapoderes, que está erosionando todas las estructuras sociales e institucionales de la sociedad industrialista y del Estado nación” (p. 27). El independentismo como “intento de recuperar la soberanía para la ciudadanía” (29). “Asistimos a la reacción de la sociedad catalana frente a una crisis de época provocada por el impacto de una globalización sin reglas, sin contrapoderes sociales y con una gran capacidad de generar desigualdades sociales” (210). “Quizá el conflicto entre Cataluña y España esté anticipando lo que puede ser en el futuro –ya existen indicios en este sentido- una generalizada crisis de los Estados nación europeos” (217-218). “El movimiento independentista ocupa un espacio social, el de la respuesta a las consecuencias de una crisis de época, que la ciudadanía no va a dejar vacío” (246). La independencia como única “utopía disponible” (221), citando a la socióloga Marina Subirats. Sería muy interesante que pudiera desarrollar esta cuestión. ¿Qué reflexión cabe hacer desde la izquierda política y sindical?

4. No vamos a destripar el libro, un libro que hay que leer no sólo por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta. Formalmente, literariamente muy bien escrito. Pero hay una temática que me parece relevante, no tanto mirando al pasado reciente que relata Joan, sino a la propuesta de futuro que también plantea en el libro. Me refiero al papel jugado por la que denomina “Galaxia de los Comunes” (96). La verdad es que los Comunes no salen demasiado bien parados: habla de “tacticismo” (96, 184), “indefinición” (97), “equidistancia” (113), del “alma «cupera» de una buena parte del equipo de Ada Colau” (184). Cuestiona el llamamiento de los Comunes a participar en la votación del 1 de octubre, llamamiento que “ayudó a consolidar el relato de que había sido un referéndum” y con el que se expresó “la gran debilidad de la izquierda catalana […], haber asumido constantemente el marco mental del independentismo y su hegemonía ideológica” (98). También en Euskadi sabemos de las dificultades de construir un discurso de izquierda no nacionalista, pero sí vasquista. Lo intentó Euskadiko Ezkerra, Ezker Batua: sin éxito.
En su opinión, en Cataluña hay que “elegir entre la victoria o la solución. […] Imprescindible hacer emerger un tercer bloque, que hoy existe en Cataluña, pero que está sepultado por el conflicto maniqueo entre independentistas y constitucionalistas” (275). Pero yo pienso que también habría que hacer surgir un tercer bloque en el nivel estatal: “La actual crisis del Estado español es una oportunidad para hacer de nuevo la reflexión de cuál es el ámbito político territorial más adecuado para regular cada una de las realidades económicas y sociales” (301). Propone un horizonte federal (310-312). ¿Quién puede hacer ese papel de tercer bloque en el Estado? ¿Por qué no lo han conseguido los Comunes en Cataluña?

5. Citando a Lluís Rabell: “desde el equipo de Ada, se pretendía hacer política catalana sin implicarse en ella, desde la ciudad-Estado de Barcelona” (187). También quiso hacerlo Maragall, sin éxito. Compartiendo la dificultad de la tarea, a mí sin embargo sí me parece que las ciudades pueden ser el espacio para superar los cierres nacionalistas. Hace unos meses, cuando a propuesta de Elkarrekin-Podemos intervine en la Comisión de Autogobierno del Parlamento Vasco, entre otras cosas yo decía esto:

No se trata de cantar las alabanzas de la ciudad sin más matices: obviamente, la referencia no es una ciudad-Estado como Singapur. Ni tampoco el referéndum independentista de la región del Véneto de 2014 para separarse de Italia. No se trata de reducir la escala de las fronteras, sino de gestionar su complejidad con voluntad de inclusión.
Pensemos en las “ciudades santuario” en Estados Unidos, en la red europea de “ciudades refugio”, de las que Barcelona es pionera, en la red C40 (Cities Climate Leadership Group) de ciudades contra el cambio climático, o en todas esas iniciativas locales de transición que llevan años experimentando alternativas de participación, producción, consumo, lucha contra la exclusión, construcción de la comunidad, etc., haciendo posible lo que los gobiernos estatales nos dicen que es imposible.
Porque lo cierto es que en este mundo en proceso de metamorfosis, caótico y complejo, las ciudades son el lugar donde se producen acontecimientos tan improbables como que a la alcaldía de Yakarta, capital de Indonesia, llegue con un amplísimo apoyo una persona como Basuki Tjahaja Purnama, conocido como Ahok, cristiano y de origen chino, es decir, miembro de dos minorías más que rechazadas en el conjunto de Indonesia. (Aunque ahora juzgado por un supuesto delito de blasfemia y ofensa al Corán, en un juicio alentado por grupos radicales islamistas contrarios a que un no musulmán gobierne la ciudad). También podemos recordar los casos, afortunadamente más pacíficos, del actual alcalde de Londres, Sadiq Khan, musulmán hijo de inmigrantes paquistanís, o de Bill de Blasio, alcalde de Nueva York, y su familia multirracial.
Las ciudades permiten liderazgos políticos que no reproducen miméticamente los estereotipos nacionales, como si ocurre con los gobiernos estatales y hasta autonómicos. Recordemos las abominables declaraciones de Marta Ferrusola hacia el presidente de la Generalitat, José Montilla, al que definió como "un andaluz que tiene el nombre en castellano". La imagen, personalidad y trayectoria de Ada Colau está a años-luz de la imagen de President a la que nos ha acostumbrado la tradición institucional catalana (un varón, catalá de soca-rel, de pura cepa, profesional de la política y bien relacionado con todos los poderes de la comunidad), pero es lo más parecido que podemos soñar a esa ciudadanía abierta, mestiza, crítica, que caracteriza a la ciudad de Barcelona.


6. En el último capítulo del libro recurres a la distinción del politólogo Víctor Lapuente entre chamanes (que ofrecen soluciones simplistas) y exploradores (comprometidos en la búsqueda de soluciones parciales pero factibles y útiles), y te identificas con los segundos frente a los primeros (299). Compartiendo tu elección, sin embargo yo he apuntado en el libro si no serán necesarios, también y sobre todo, tejedoras y tejedores, más Penélopes que Ulises. Porque detectas y señalas rupturas en los afectos y en la confianza muy graves: 1) En el seno de Cataluña: “El procés ha significado la destrucción del capital político del catalanismo popular y su capacidad de inclusión. Y la aparición de síntomas de fractura en la unidad civil catalana” (261); 2) En el conjunto de España: “cultura del agravio comparativo” (312); hooliganismo anti catalán o antiespañol alimentado por las “Brigadas Mediáticas Brunete e Ítaca” (247-254); la “actitud de desprecio a España” generada por el independentismo (243); la “derechización del electorado” español (263). ¿Quién puede hacer esa tarea de recoser los afectos rotos?


viernes, 27 de abril de 2018

Matriarcadia



Hoy he recordado un fragmento de la novela utópica Herland, de la escritora y activista feminista Charlotte Perkins Gilman (1869-1935). Publicada este mismo año por la editorial Akal con el título de Matriarcadia, traducida por Celia Merino Redondo, con un estudio preliminar de Ramón Cotarelo, un fragmento del cual puede leerse AQUÍ.

     Entonces, a la vuelta de una esquina, llegamos a un amplio espacio pavimentado y vimos ante nosotros a un grupo considerable de mujeres juntas, en orden armónico, que, evidentemente, estaban esperándonos.
     Nos detuvimos un momento y miramos hacia atrás. La calle a nuestra espalda estaba cerrada por otro grupo de mujeres que avanzaban con paso regular hombro con hombro. Seguimos adelante, pues no había otro modo de proceder, y enseguida nos encontramos completamente rodeados por esta multitud tupida, todas mujeres, pero . . .
     No eran jóvenes. No eran mayores. Tampoco eran hermosas en el sentido en que lo eran las muchachas. No parecían feroces. […] No eran ancianas. Todas estaban en pleno florecimiento de una salud excelente, erguidas, serenas, a pie firme y ágiles como boxeadores. No llevaban armas como nosotros, aunque no teníamos intención de disparar.
     - Si por lo menos fueran jóvenes. ¿Qué diantres puede uno decir a un regimiento de coronelas como este?
     En todos nuestros debates y especulaciones, siempre habíamos supuesto inconscientemente que, al margen de otros asuntos, las mujeres serían jóvenes. Supongo que la mayoría de los hombres piensa así.
     La mujer en abstracto es joven y, se supone, encantadora. A medida que se hace mayor abandona el escenario y, por así decirlo, pasa a ser propiedad privada en general o lo abandona por entero. Pero aquellas buenas señoras estaban en el escena­rio y cualquiera de ellas podría ser abuela.
     Pensamos que estarían nerviosas. Nada de eso. 
     Quizá aterrorizadas. Menos.
     Quizá estuvieran incómodas, sintieran curiosidad o estuvieran excitadas, pero todo lo que vimos fue lo que podía ser un comité de vigilancia de doctoras, tan frías como pepinos y evidentemente decididas a pedirnos cuentas de nuestra presencia allí.
     Seis de ellas se adelantaron una a cada lado de nosotros y nos indicaron que las acompañáramos. Pensamos que lo mejor era acceder, al menos al principio, y seguimos caminando cada uno con una mujer codo con codo, y las demás, en masa compacta por delante, por detrás y a ambos lados.
     Ante nosotros se erguía un gran edificio, un lugar impresionante de gruesos muros, enorme y antiguo, de piedra gris y nada parecido al resto de la ciudad.
     - Así, no -nos dijo Terry rápidamente-. No podemos dejar que nos encierren ahí, chicos. Los tres juntos ahora...
     Nos detuvimos en seco y empezamos a explicar, haciendo señales que apuntaban al bosque e indicando que queríamos volver a él de inmediato.
     Sabiendo cuanto sé ahora, me río al pensar en nosotros, tres muchachos y nada más. Tres muchachos audaces e impertinentes metidos en un país desconocido sin ningún tipo de protección o defensa. Parecíamos pensar que, si hubiera hombres, combatiríamos con ellos, y si sólo hubiera mujeres ..., no serían obstáculo alguno.
     Jeff con sus nociones románticas y anticuadas acerca de las mujeres como plantas trepadoras. Terry con sus claras y decididas teorías prácticas de que hay dos tipos de mujeres: las que le gustaban y las que no le gustaban. Mujeres deseables o no deseables, tal era su diferenciación. Las últimas eran un grupo muy numeroso, pero prescindible, y nunca se había ocupado de ellas. Pero ahora estaban allí, en grandes cantidades, evidentemente indiferentes respecto a lo que él pudiera pensar y evidentemente también decididas a cumplir el propósito que se habían hecho respecto a él, y aparentemente muy capacitadas para llevarlo a cabo.
     Reflexionamos sobre la situación. No parecía buena táctica poner objeciones a acompañarlas, incluso aunque hubiéramos podido. Nuestra única posibilidad era mostrarnos amistosos, esperar que ambas partes tuviéramos una actitud civilizada.
     Pero una vez dentro del edificio no había modo de determinar qué pudieran hacer con nosotros aquellas decididas damas. No aceptábamos una detención pacífica y, si la llamábamos «prisión», todavía menos.
     Nos plantamos, tratando de hacerles comprender que preferíamos estar al aire libre. […]
     De nuevo nos indicaron que avanzáramos, mientras ellas se concentraban tan cerradamente en torno a la puerta que sólo quedaba un camino recto despejado. Formaban una masa compacta alrededor y detrás de nosotros. No había nada que hacer, salvo seguir de frente... o luchar.
     Deliberamos un momento.
     - No he peleado jamás con mujeres -dijo Terry, muy alterado-, pero no voy a dejar que me encierren, como si fuéramos ganado.
     - No podemos luchar con ellas, desde luego -sostuvo Jeff-. Son mujeres, a pesar de sus vestimentas extrañas, y mujeres agradables, además, de rasgos nobles, fuertes, sensibles. Sospecho que debemos entrar.
     - Puede que no salgamos si lo hacemos -les dije-. Fuertes y sensibles, sí, pero no estoy tan seguro respecto a su bondad. Mirad sus rostros.
     Se habían diseminado, esperando mientras conferenciábamos, pero sin aminorar la vigilancia. […]
     Nunca en mi vida había visto mujeres de este tipo. Las pescaderas y las vendedoras del mercado podían mostrar similar fortaleza, pero ruda y pesada. Estas, en cambio, eran figuras atléticas, ligeras y poderosas. Las profesoras universitarias, las maestras, las escritoras, muchas mujeres prueban una inteligencia análoga pero a menudo dan muestras de un temperamento nervioso, mientras que estas eran tan tranquilas como las vacas, aunque dotadas de un intelecto evidente.
     Nos mantuvimos estrechamente unidos porque los tres sabíamos que se trataba de un momento crucial.
     La dirigente pronunció una orden, nos hizo una seña y la masa en nuestro entorno avanzó un paso más.
     - Hemos de tomar una decisión rápidamente -dijo Terry.
     - Voto por entrar -dijo Jeff. Pero éramos dos contra él y se plegó lealmente a nuestro propósito.  Solicitamos de nuevo que nos dejaran ir, con insistencia, pero sin implorar. Vano empeño.
     - ¡Vamos allá, muchachos! -dijo Terry-. Y si no rompemos el cerco, dispararé al aire.
     Nos encontramos entonces en una posición similar a la de las sufragistas, que trataban de entrar en el edificio del Parlamento atravesando un triple cordón de policías londinenses.
     La fortaleza de aquellas mujeres era algo asombroso. Terry se dio cuenta de que no tenía posibilidades, se zafó por un instante, sacó el revólver y disparó hacia arriba. Cuando se le abalanzaron de nuevo, volvió a disparar, oímos un grito...
     Al instante cada uno de nosotros quedó inmovilizado por cinco mujeres que nos sujetaban por los brazos, las piernas y la cabeza. Nos alzaron como si fuéramos niños, niños indefensos que se resistían y avanzaron mientras nosotros nos retorcíamos, aunque sin ningún efecto.