lunes, 31 de agosto de 2026

Un hermoso día

Mollie Panter-Downes
Un hermoso día
Traducción de Itziar Hernández Rodilla
Gatopardo ediciones, 2026

"Ojalá, pensó Laura, estuviese aquí Stephen, contemplando la vista a mi lado. Si estuviese con ella le diría... ¿Qué le diría? No lo sabía, pero había algo que decir, algo que tenía a menudo en la punta de la lengua, pero que la  eludía en los apresurados momentos del desayuno, por las noches cuando él estaba cansado y ella también. Pero si estuviese allí junto a ella, tendido en la hierba contemplando Inglaterra, se le ocurriría.. Se sentó entrelazando las manos alrededor de las rodillas, su arañada y enrojecida mano izquierda por encima, con la delgada alianza de oro de aspecto brillante y sorprendido. Por allí estaba el mar, una raya neblinosa claramente perfilada por una ancha cinta satinada de luz blanca. El frío mar inglés, lo siguió en su imaginación, hoy todo azul por una vez, acariciando despacio la costa, sorbiendo los bloques de hormigón que habían estado jugando a Canuto con el invasor, dibujando una arruga de seda sobre las lenguas de arena en las que niños de piececitos rosados corrían blandiendo estrellas por un áspero brazo rosa, bañando de un índigo y un violeta más profundo, más meridional, las negras rocas de St. Pol, luego remontando los melancólicos estuarios rondados por gaviotas y las ruinas del castillo sobre el punto gris, alrededor de las islas solitarias y más lejanas con nombres como de poesía silvestre, subiendo en suaves olitas sobre guijarros por encima de los que las casas de estilo regencia necesitadas de pintura volvían sus peladas fachadas hacia la gran masa de tierra de Europa, suspirando contra los acantilados de creta y, por fin, ciñendo la cintura verde de la isla con ese nudo de satinada cinta ancha. Había una virtud llena de misterio en la visión de aquella raya neblinosa".


Publicada en 1947 y ambientada en un único día del verano de 1946, esta novela acompaña a Laura Marshall en sus quehaceres cotidianos en Wealding, un pueblo de la campiña inglesa. La guerra ha terminado, su marido Stephen ha regresado y la familia vuelve a estar reunida con su hija Victoria, por lo que en apariencia, bastaría con retomar la vida interrumpida años atrás. Pero eso es precisamente lo que ya no resulta posible. La casa familiar expresa mejor que cualquier acontecimiento dramático esa transformación: es demasiado grande, requiere cuidados constantes y ya no cuenta con el ejército casi invisible de mujeres que antes garantizaba su funcionamiento. El servicio doméstico ha desaparecido en buena medida porque quienes lo realizaban, sobre todo las mujeres, han descubierto durante la guerra otras posibilidades de vida. Es por eso que la casa se deteriora, el jardín se desborda y Laura se agota intentando mantener una forma de existencia cuya infraestructura social ha desaparecido. Bajo esa superficie deliberadamente ordinaria discurre una transformación histórica mucho más profunda: la desaparición de una forma de vida inglesa que la guerra ha vuelto definitivamente insostenible.

Mollie Panter-Downes consigue narrar una transformación histórica a través de los detalles más pequeños: quién limpia, quién cocina, quién mantiene una casa, quién dispone de tiempo propio o quién puede negarse a servir a otras personas son cuestiones domésticas que revelan cambios profundos en las relaciones de clase y de género. La novela contempla con melancolía el mundo perdido de la clase media alta inglesa, pero no lo idealiza, dejando claro que su elegancia descansaba sobre una enorme cantidad de trabajo ajeno, generalmente femenino e invisible.

También el matrimonio de Laura y Stephen pertenece a ese mundo que ya no puede sencillamente reconstruirse. Él ha vuelto de la guerra, pero Laura tampoco es la misma mujer que despidió a su marido años atrás. Ha tenido que organizar sola su vida, tomar decisiones y adquirir una autonomía que modifica inevitablemente su relación. La novela refleja muy bien el hecho de que las guerras no terminan cuando cesan los combates sino que continúan en las personas que regresan y en quienes las esperaron, porque unas y otras han cambiado durante la separación. Quienes regresan no son exactamente quienes se marcharon y quienes esperaron tampoco permanecieron inmóviles. La paz exige algo más difícil que recuperar las antiguas costumbres, obliga a inventar una nueva convivencia entre personas transformadas por experiencias diferentes.

Sin embargo, Un hermoso día no es una novela triste o, al menos, no es solamente una historia triste. Laura, la protagonista, posee una extraordinaria capacidad para experimentar la belleza del mundo: el campo, la luz, los caminos, los animales, un paisaje contemplado desde una colina. Junto a la casa, cargada con el peso del pasado y de las obligaciones, la naturaleza le ofrece una experiencia momentánea de libertad. Hay algo profundamente reconciliador en esa capacidad para descubrir que la pérdida de un mundo puede contener también la posibilidad de otro. Por eso me parece tan adecuado el título. Es, simplemente, un buen día, un día hermoso, uno cualquiera, en el que no ocurre nada excepcional, y en esa normalidad Mollie Panter-Downes consigue mostrar el alcance personal de una transformación histórica. La vida continúa, y continuar significa no volver atrás.

Esa es, para mí, la delicada sabiduría de esta novela: algunas rupturas históricas y personales (las que son de verdad significativas, no toda esa lista de acontecimientos "históricos", desde un eclipse de sol hasta un mundial de fútbol, con la que nos despistan a diario) hacen imposible regresar al lugar del que partimos. Podemos empeñarnos en reconstruir la vieja casa, ordenar nuevamente el jardín y recuperar las antiguas costumbres, pero algo ha desaparecido definitivamente. Entonces queda otra posibilidad, la de aceptar la pérdida y aprender a vivir de otra manera. Esta novela habla de ese instante preciso en el que la nostalgia empieza, muy lentamente, a convertirse en futuro.

domingo, 30 de agosto de 2026

Peña de Aro

La idea era seguir hasta Eskutxi y echar la mañana disfrutando de la siempre sorprendente Sierra Salvada. Pero a partir de Peña de Aro la sierra era un inmenso rebaño de ovejas que se concentraba precisamente en torno al Eskutxi. No escuchaba ningún ladrido de advertencia, como siempre he escuchado por estos lares de los mastines que guardan los rebaños. He silbado, he cantado, he dado palmas, pero nada. Sin ladridos lo lógico es que no hubiera perros, pero... Los mastines bien enseñados para la guarda avisan a distancia y marcan el terreno. Pero en el mundo ganadero, como en el montañero, hay de todo, y hay quienes entrenan y cuidan bien a sus animales, y quienes no. Así que no era cosa de pasar por mitad de un rebaño para llegar a una montaña que mañana va a seguir ahí.
 




 


El vértice geodésico de Eskutxi, rodeado de ovejas.







martes, 25 de agosto de 2026

Malentendido en Moscú

Simone de Beauvoir
Malentendido en Moscú
Traducción de Joachim De Nys
Navona, 2020

"Alzó la vista del libro. ¡Qué aburrimiento, todas esas cantilenas sobre la no-comunicación! Si uno se empeña en comunicar, lo consigue mal que bien. No con todo el mundo, de acuerdo, pero con dos o tres personas. Sentado en el asiento de al lado, André leía un ejemplar de la Série Noire. Ella le ocultaba algunos estados de ánimo, pesares o desvelos sin importancia; sin duda, él también debía de tener sus pequeños secretos, pero a grandes rasgos no ignoraban nada el uno del otro. Echó un vistazo a través de la ventanilla: hasta donde alcanzaba la vista, bosques sombríos y praderas claras. ¿Cuántas veces habían surcado el espacio juntos, en tren, en avión, sentados el uno al lado del otro, con un libro en la mano? Todavía se deslizarían a menudo el uno al lado del otro, en silencio sobre el mar, la tierra y el aire. Ese instante tenía la dulzura de un recuerdo y la alegría de una promesa. ¿Tenían treinta años o sesenta? El pelo de André había encanecido temprano: antaño aquello parecía una coquetería, esa nieve que realzaba el frescor mate de su tez. Seguía siendo una coquetería. La piel se había endurecido y se había agrietado -cuero avejentado-, pero la sonrisa de la boca y de los ojos había conservado su resplandor. Pese a los desmentidos del álbum de fotografías, su joven imagen se amoldaba a su rostro actual: Nicole no le conocía edad. Sin duda porque él parecía ignorar que tenía una. Él, a quien antaño tanto le gustaba correr, nadar, trepar y mirarse en los espejos, llevaba sus sesenta y cuatro años con despreocupación. Una larga vida con risas, lágrimas, cóleras, abrazos, confesiones, silencios, arrebatos, y a veces parece que el tiempo no haya pasado. El porvenir se extiende aún, hasta el infinito".


Relato breve en el que Simone de Beauvoir convierte un viaje a la Unión Soviética en una reflexión sobre el envejecimiento, el desgaste del amor y la dificultad creciente de comprender a la persona con quien se ha compartido una vida.

Nicole y André, una pareja francesa de intelectuales ya entrada en la sesentena, viajan a Moscú para visitar a Masha, la hija de él. Ambos conservan sus convicciones políticas, su curiosidad y el deseo de seguir participando en el mundo, pero empiezan a experimentar de manera distinta el paso del tiempo. El viaje hace aflorar pequeñas decepciones, silencios, susceptibilidades y malentendidos que revelan una distancia inesperada entre quienes creían conocerse perfectamente. No ocurre nada verdaderamente dramático y, sin embargo, todo parece estar en juego.

Simone de Beauvoir observa con enorme precisión ese momento en que envejecer deja de ser algo que les sucede a otras personas y empieza a modificar la relación con el propio cuerpo, con el deseo, con el futuro y con quienes se ama. Nicole siente con especial intensidad la pérdida de posibilidades y el temor a dejar de ser mirada; André experimenta de otra manera la continuidad entre quien fue y quien todavía cree ser. La desigual vivencia del envejecimiento introduce entre ambos una soledad que el amor no consigue eliminar por completo.

Es difícil no advertir cierto aire de familia entre Nicole y André y la propia Simone de Beauvoir y Sartre. No se trata de leer el relato como una transposición autobiográfica ni de identificar mecánicamente a sus personajes con quienes los inspiran, pero las semejanzas son demasiado significativas para ignorarlas: una pareja de intelectuales franceses de izquierdas, unida por una larga historia compartida, comprometida con su tiempo y vinculada afectiva y políticamente a la Unión Soviética, que comienza a enfrentarse a la vejez y a revisar las certezas sobre las que había construido su vida. Esa proximidad biográfica dota al relato de una particular intimidad: al explorar los temores de Nicole y André, la autora parece ensayar también una reflexión sobre su propia generación, sobre Sartre y sobre sí misma ante el paso del tiempo.

Por eso, también está presente la política. La mirada sobre la Unión Soviética está atravesada por la tensión entre fidelidad y desencanto: cómo mantener unos ideales cuando la realidad histórica que pretendía encarnarlos se muestra decepcionante. De este modo, el malentendido del título funciona en varios planos: entre Nicole y André, entre generaciones, entre el pasado y el presente, y también entre las esperanzas políticas y aquello en lo que finalmente se convierten.

El resultado es un relato melancólico, lúcido y sorprendentemente delicado sobre la fragilidad de los vínculos, pero también sobre su capacidad para sobrevivir a aquello que no terminamos de entender de la otra persona.

Muerte de un viajero

Didier Fassin
Muerte de un viajero: Una contrainvestigación
Traducción de Francisco Manuel Carballo Rodríguez
Akal, 2024

"La verdad etnográfica es, a diferencia de la verdad judicial, independiente con respecto a las relaciones de saber y poder que vinculan al poder judicial con las fuerzas del orden y sitúan al fiscal bajo la autoridad del ministro de justicia. Por supuesto, tampoco influye en que los acusados sean declarados culpables o inocentes. Pero esta verdad es importante ara aquellos a quienes normalmente se les niega, ya que con ella se restaura parte de su dignidad e incluso les proporciona un atisbo de esperanza en la justicia. Aunque no tiene implicaciones penales, la necesidad de una verdad etnográfica surge de una preocupación ética".


Este ensayo parte de un hecho  trágico: la muerte en 2017 de Angelo Garand, un hombre perteneciente a la comunidad denominada en Francia gens du voyage ("personas viajeras", categoría jurídica con la que se nombra a la comunidad romaní), tiroteado por miembros del Grupo de Intervención de la Gendarmería Nacional, "una unidad de élite creada para intervenir en caso de actos terroristas, de toma de rehenes y en la lucha contra la delincuencia organizada, es decir, en circunstancias muy distintas a las de una simple detención de un delincuente común". Frente a la versión oficial, que presentó la muerte como consecuencia de una reacción legítima ante una amenaza grave, Fassin emprende una minuciosa "contrainvestigación" para reconstruir lo sucedido y, sobre todo, para preguntarse por las condiciones sociales e institucionales que hicieron posible esa muerte y, sobre todo, su posterior justificación.

El interés del libro desborda pronto el caso particular. Fassin muestra cómo la verdad de un acontecimiento no se establece en condiciones de igualdad: la palabra policial posee de entrada una credibilidad de la que carecen las víctimas y sus familias, especialmente cuando pertenecen a grupos históricamente estigmatizados. La investigación judicial, los medios de comunicación y los discursos públicos reproducen en demasiadas ocasiones esa desigual distribución de la credibilidad. No se trata necesariamente de una conspiración ni de una falsificación deliberada, sino de algo más grave: de rutinas institucionales sesgadas y prejuicios sociales que determinan qué relatos parecen verosímiles y cuáles resultan sospechosos.

Esta cuestión conecta directamente con la reflexión de Amaia González Llama en “Un futuro feminista: la justicia testimonial como tarea institucional pendiente”, donde, a partir de la sociología feminista, analiza la desigual distribución social de la credibilidad: determinados prejuicios estructurales hacen que algunas personas sean consideradas de antemano menos fiables y que, por ello, encuentren mayores dificultades para que su experiencia sea reconocida por las instituciones. Amaia González Llama aborda específicamente la violencia contra las mujeres, pero su concepto de "justicia testimonial" permite iluminar también el caso reconstruido por Fassin: la desigualdad no consiste únicamente en recibir un trato diferente, sino también en que unas voces poseen de partida mayor autoridad que otras para establecer qué ha sucedido. La contrainvestigación etnográfica de Fassin puede entenderse, desde esta perspectiva, como un ejercicio de justicia testimonial: una forma de restituir credibilidad a quienes las relaciones sociales e institucionales de poder tienden a privar de ella.

Por eso, el libro de Fassin es un ensayo sobre la desigualdad ante el Estado. La condición de voyageur no constituye un simple dato biográfico, sino una posición social marcada por una larga historia de vigilancia, discriminación y desconfianza. Fassin reconstruye cuidadosamente ese contexto sin convertir a Angelo Garand en un personaje idealizado, ya que una vida no necesita ser ejemplar para merecer protección, justicia y verdad.

Esa combinación de investigación empírica y reflexión moral es lo más valioso del libro. Fassin no se limita a preguntar cómo murió un hombre, pregunta también por qué determinadas muertes resultan socialmente más fáciles de aceptar que otras y por qué algunas vidas encuentran mayores dificultades para ser reconocidas como vidas dignas de duelo y de justicia. Muerte de un viajero es una reflexión breve pero rigurosa sobre la violencia policial, la discriminación y, sobre todo, sobre la desigualdad con la que nuestras sociedades distribuyen algo tan elemental como el derecho a que nuestra versión de los hechos sea, al menos, escuchada.

domingo, 23 de agosto de 2026

Tramasquera y Peña Lusa

Hoy la niebla que entraba y salía sin parar no hacía fácil encontrar la bajada que, desde Peña Lusa, conecta con el sendero que lleva a Bustarejos y a Becerril. En cuanto a los rebecos, solo he podido ver un par de culetes blancos. Pero la zona es una maravilla.
 




 







Peña Lusa desde Tramasquera.
Castro Valnera.


Peña Lusa.