Zubero
Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
domingo, 18 de octubre de 2026
Eretza
sábado, 17 de octubre de 2026
Donde no hago pie
"Siento cada pregunta como un disparo. No tengo palabras. Quedo inmóvil. Digo frases sueltas, escuetas, mientras mis manos tiemblan".
La escritura acompaña esta experiencia mediante una estructura fragmentaria, compuesta por capítulos breves en los que se alternan recuerdos, conversaciones, reflexiones íntimas y episodios relacionados con el proceso judicial. El lenguaje es directo, contenido, a veces casi seco, y consigue transmitir la angustia, el cansancio y la incertidumbre sin recurrir al sentimentalismo. La autora tampoco construye una imagen heroica de sí misma, reconoce sus dudas, sus miedos, sus contradicciones y su vulnerabilidad. Esa renuncia a presentarse como una víctima ejemplar -justa lo que se espera de una mujer violada cuando comparece ante la justicia- constituye una de las mayores fortalezas del libro, porque permite comprender hasta qué punto las expectativas sociales sobre cómo debe comportarse una mujer que ha sufrido violencia sexual se convierte en otra forma de violencia:
También resulta especialmente relevante la dimensión colectiva que adquiere una experiencia aparentemente íntima. La violencia sufrida por la autora se inscribe en relaciones familiares atravesadas por el poder, el silencio y las lealtades, y su denuncia pone de manifiesto las dificultades que encuentran muchas mujeres cuando deciden romper esos silencios. Frente a la soledad y la desprotección aparecen, sin embargo, las redes de apoyo, las amistades, los vínculos afectivos y la solidaridad feminista, relaciones que permiten sostener un proceso que ninguna persona debería verse obligada a afrontar en soledad.
El título, Donde no hago pie, expresa con enorme precisión esa sensación de encontrarse en un territorio inseguro, sin puntos de apoyo suficientes, expuesta permanentemente a la posibilidad de hundirse, pero también remite a la búsqueda de una manera de mantenerse a flote. Al narrar su experiencia, Belén López Peiró recupera una capacidad de interpretación y de decisión que tanto el abuso como los procedimientos institucionales han amenazado, de manera que su relato introduce una voz propia allí donde otros discursos, especialmente el jurídico, tienden a apropiarse de su experiencia y a traducirla a sus categorías.
El resultado es un libro que invita a reflexionar sobre las limitaciones de una justicia centrada en la comprobación de los hechos y la determinación de responsabilidades penales, pero insuficientemente atenta a las necesidades de reconocimiento, cuidado y reparación de quienes han sufrido violencia machista.
¿Por qué una candidatura conjunta de izquierda al Senado, pero no al Congreso?
La explicación fundamental está en que el sistema electoral español establece dos lógicas muy diferentes para elegir el Congreso y el Senado. Esa diferencia hace que una candidatura conjunta de PSOE y fuerzas situadas a su izquierda pueda tener una justificación electoral especialmente clara en el Senado, mientras que en el Congreso los incentivos para la unidad son más complejos y dependen mucho de cada circunscripción.
Pero hay una segunda cuestión, de naturaleza política, que me parece
igualmente importante, y es la diferencia entre construir una alianza para evitar la
pérdida de representación y construir un proyecto político compartido. La
distinción permite entender por qué puede alcanzarse un acuerdo para el Senado
sin que exista una candidatura común para el Congreso.
1. El Senado: un sistema que incentiva fuertemente la
concentración electoral
En la mayoría de las provincias peninsulares se eligen cuatro senadores o
senadoras mediante un sistema mayoritario de voto limitado. Cada persona electora
puede votar hasta tres candidaturas individuales, y las cuatro personas más
votadas obtienen los escaños.
En la práctica, cuando el voto se concentra en dos grandes bloques, el
resultado habitual es que el bloque más votado obtiene tres escaños y el
segundo consigue uno.
Esto tiene una consecuencia decisiva: la fragmentación entre fuerzas
próximas puede permitir que un bloque obtenga tres escaños, aunque sus
adversarios sumen más votos.
Imaginemos una provincia con estos resultados hipotéticos:
- Derecha: 43 % de los votos.
- PSOE: 35 %.
- Izquierda alternativa: 15 %.
- Otras candidaturas: 7 %.
Si el PSOE y la izquierda alternativa concurren por separado, la derecha
podría conseguir tres escaños y el PSOE uno. En cambio, una candidatura
conjunta que consiguiera reunir el apoyo de ambos electorados podría obtener
los tres escaños mayoritarios.
Ejemplo ilustrativo de reparto de cuatro escaños
·
Izquierda separada: Derecha 3 · PSOE 1
·
Izquierda conjunta: Coalición 3 · Derecha 1
La unidad puede traducirse en un cambio considerable en el reparto de
escaños sin que cambie el número total de personas que votan a las fuerzas
implicadas.
Este mecanismo explica el interés por las candidaturas conjuntas al Senado,
incluso entre partidos que mantienen diferencias políticas importantes.
2. El Congreso: un sistema proporcional, aunque con
importantes distorsiones
En el Congreso la situación es distinta, ya que los 350 escaños se reparten entre
circunscripciones provinciales mediante el sistema D'Hondt, con listas cerradas
y bloqueadas.
Aunque se trata de un sistema proporcional, la existencia de muchas circunscripciones pequeñas introduce efectos mayoritarios. Esto significa que la unión electoral puede tener efectos diferentes según el territorio.
Imaginemos una provincia que reparte cinco escaños y presenta estos
resultados:
|
Candidatura |
Votos |
|
PP |
38 % |
|
PSOE |
32 % |
|
Izquierda alternativa |
12 % |
|
Vox |
12 % |
|
Otras |
6 % |
Aplicando D'Hondt, el reparto sería:
|
Escenario |
PP |
PSOE |
Izq. alternativa |
Vox |
|
Separados |
2 |
2 |
0 |
1 |
|
PSOE + izquierda alternativa |
2 |
3* |
— |
0 |
*Los tres escaños corresponderían a la coalición, no exclusivamente al
PSOE.
En este ejemplo, una candidatura conjunta permite obtener un escaño
adicional.
Es verdad (creo que es la única verdad que se ha dicho desde el espacio
ERC-Podemos) que, en circunscripciones grandes, como Madrid o Barcelona, donde
se reparten muchos escaños, la proporcionalidad es mayor y la unión puede
aportar ventajas más reducidas de modo que aunque dos candidaturas obtengan representación por
separado, su suma puede resultar muy próxima a la que alcanzarían juntas.
De aquí se desprende una diferencia importante: mientras que, en el Senado,
la unidad puede alterar radicalmente la distribución de los escaños, en el
Congreso, su rentabilidad electoral depende del tamaño de la circunscripción y
de la distribución del voto.
Hay, además, un matiz referido al umbral legal del 3 % que, en el caso del Congreso, no debe
confundirse con el porcentaje efectivo necesario para obtener representación. De hecho, en las provincias pequeñas, una candidatura puede superar ampliamente el 3 % y
quedarse sin escaño.
3. ¿Por qué una candidatura conjunta de izquierda al
Senado, pero no al Congreso?
Aquí entramos en el terreno de la estrategia política.
El acuerdo alcanzado ayer, 16 de octubre, entre PSOE y Frente Amplio para
las elecciones del 29 de noviembre se denomina Senado de Progreso. Incluye distintas fuerzas, entre ellas IU,
Movimiento Sumar, Más Madrid, Compromís, Chunta Aragonesista y Batzarre, con
acuerdos territoriales específicos y excepciones. Podemos no forma parte del
acuerdo general.
Creo que hay cuatro factores que ayudan a comprender esta diferencia.
Primero, el Senado facilita un acuerdo instrumental, desde el momento en que las organizaciones
pueden compartir el objetivo de modificar el reparto de escaños sin necesidad
de construir una identidad política común. La alianza puede presentarse como un
compromiso circunscrito a una institución concreta, no como un compromiso programático más o menos cerrado.
Segundo, el Congreso concentra la disputa por el Gobierno ya que, en España, la
investidura y la responsabilidad política del Gobierno dependen del Congreso.
Presentar una candidatura conjunta de PSOE e izquierda alternativa supondría
negociar un programa electoral, una dirección política y una distribución de
puestos mucho más compleja. También difuminaría las diferencias entre partidos
que aspiran a representar electorados parcialmente distintos.
Tercero, las organizaciones situadas a la izquierda del PSOE necesitan
mantener su autonomía política. Su relación con el PSOE combina cooperación y
competencia y una candidatura común al Congreso podría reducir su visibilidad
como alternativa diferenciada y complicar su capacidad para defender propuestas
propias. Naturalmente, también podría facilitar una representación más amplia
en determinadas circunscripciones, pero son efectos que deben valorarse
conjuntamente.
Cuarto, la unidad de la izquierda alternativa tampoco es automática. El
fracaso de las negociaciones entre Frente Amplio y Podemos para el Congreso
muestra que, incluso cuando existe una proximidad ideológica considerable, las
diferencias organizativas y las disputas por la representación pueden impedir
acuerdos. Según la información publicada esta mañana, concurrirán por separado
en buena parte del territorio, aunque existen acuerdos específicos en Canarias
y la Comunidad Valenciana.
4. Una paradoja política especialmente interesante
El acuerdo del Senado permite formular una pregunta que va más allá de los
cálculos electorales. Si el PSOE y varias fuerzas situadas a su izquierda han
podido ponerse de acuerdo para concurrir conjuntamente a una institución, ¿por
qué las organizaciones de la izquierda alternativa no han conseguido un acuerdo
general para el Congreso?
La respuesta no puede reducirse a la fórmula electoral. En el Senado, ya lo hemos dicho, existe un incentivo especialmente poderoso para concentrar el voto, pero ese incentivo no elimina las diferencias políticas ni organizativas. Lo que hace es facilitar que las organizaciones las dejen temporalmente en segundo plano. En el Congreso, las diferencias adquieren más importancia porque están en juego la composición del Gobierno, la capacidad de negociación parlamentaria y la continuidad de los proyectos partidistas.
Hay, además, otra cuestión que merece atención, y es que la unidad electoral
no garantiza por sí sola la transferencia íntegra de los votos porque una parte
del electorado puede rechazar una alianza determinada, abstenerse o apoyar otra
candidatura. Esto vale tanto para el Senado como para el Congreso.
Por tanto, sumar los porcentajes de dos partidos permite ilustrar el
funcionamiento del sistema, pero no basta para calcular el resultado real de
una coalición.
5. ¿Qué nos dice todo esto sobre la unidad de las
izquierdas?
El acuerdo para el Senado demuestra que organizaciones diferentes pueden
establecer una cooperación electoral cuando identifican un objetivo
institucional compartido. La propia plataforma ciudadana Senadoras y Senadorespor la Democracia, impulsora de la iniciativa, ha destacado la importancia de
la movilización social para alcanzar el pacto.
Pero el caso también permite distinguir tres dimensiones que con frecuencia
aparecen confundidas en el debate público:
- Unidad electoral: concurrir bajo una misma candidatura para mejorar la
conversión de votos en escaños.
- Unidad parlamentaria: cooperar después de las elecciones para sostener
determinadas políticas o mayorías.
- Unidad política y social: construir un proyecto reconocible, con
propuestas, prioridades y vínculos con la sociedad organizada.
Las tres pueden relacionarse, pero ninguna garantiza automáticamente las
otras.
El pacto alcanzado para el Senado es una muestra
de cooperación electoral entre organizaciones que mantienen su autonomía y su
existencia demuestra que es posible alcanzar acuerdos parciales sin resolver
todas las diferencias. El fracaso de una candidatura general de la izquierda
alternativa para el Congreso revela, por su parte, las dificultades de
trasladar esa cooperación a una institución donde se juega directamente la
representación política de cada partido.
La cuestión de fondo es hasta qué punto la cooperación
electoral puede contribuir a construir un proyecto político compartido (que es
lo que se buscaba con la unión de la izquierda alternativa para el Congreso), y
hasta qué punto se limita a gestionar las consecuencias de la fragmentación
existente (que es lo que se busca con el acuerdo entre PSOE y Frente Amplio
para el Senado).
Me parece que esa distinción es especialmente pertinente para analizar las
negociaciones de estas últimas semanas, porque una cosa es ponerse de acuerdo
para no perder escaños y otra bastante más complicada, pero también más relevante,
es ponerse de acuerdo sobre qué hacer con ellos. En esto hemos fracasado.
martes, 13 de octubre de 2026
Las izquierdas y la tentación del repliegue territorial
A primera vista, el acuerdo puede
interpretarse como un ejercicio de responsabilidad. Dos organizaciones que
podrían competir por una parte del electorado deciden colaborar, evitando la
dispersión del voto; además, sus protagonistas justifican la decisión apelando
a la necesidad de hacer frente al avance de la extrema derecha. Es un argumento
comprensible, pero, a mi juicio, absolutamente insuficiente, porque la cuestión
no consiste en determinar si dos organizaciones pueden entenderse, sino en
explicar por qué han decidido entenderse entre ellas, justo cuando otras
fuerzas de izquierda están intentando construir una candidatura más amplia.
Se ha destacado la afinidad política
entre Rufián e Irene Montero, su común compromiso antifascista, sus críticas a
determinadas políticas del PSOE y su reivindicación de la movilización social.
Todo ello es cierto, pero difícilmente puede considerarse una explicación
específica del acuerdo ya que esos mismos elementos, con diferencias de
intensidad, lenguaje y trayectoria, caracterizan también a Izquierda Unida, los
Comuns, Más Madrid, Movimiento Sumar y otras organizaciones situadas a la
izquierda del PSOE. Si la afinidad programática y la preocupación por el avance
reaccionario constituyen razones más que suficientes para colaborar, lo que habría
que explicar es por qué esa colaboración se limita a determinados actores y
deja fuera a otros con los que se comparten buena parte de los objetivos
políticos.
La pregunta es, creo, pertinente
porque la unidad de la izquierda no puede medirse exclusivamente por el número
de acuerdos que se anuncian, y un pacto bilateral puede reducir la competencia
entre dos organizaciones al mismo tiempo que dificultar una cooperación más
amplia. En este caso, la renuncia de Podemos a presentar una candidatura propia
en Cataluña no resuelve la división de las izquierdas catalanas, pues los
Comuns mantienen legítimamente su propio espacio electoral y ERC continúa
compitiendo con ellos. Es por ello que las consecuencias electorales no pueden
darse por supuestas, no existiendo ninguna razón para pensar que quienes
hubieran votado a Podemos trasladarán automáticamente su apoyo a ERC: algunas
personas pueden hacerlo, otras pueden preferir a los Comuns o decidir no votar.
Tampoco sabemos si la colaboración entre Rufián e Irene Montero facilitará posteriores
acuerdos con otras organizaciones o si, por el contrario, hará más difíciles
las negociaciones. Lo que sí puede afirmarse es que la decisión introduce un
nuevo elemento de dificultad en un escenario de fragmentación que las propias
organizaciones implicadas reconocen como problemático.
Hay, además, una cuestión
organizativa que no debería pasar inadvertida. Hasta donde alcanza la
información pública disponible, no consta que el acuerdo haya sido sometido a
una consulta específica de las bases de Podemos ni que se haya hecho pública
una resolución de sus órganos colegiados que explique su aprobación. Esto no
demuestra que no haya existido deliberación interna, pero deja sin aclarar cómo
se ha adoptado una decisión que afecta directamente a la estrategia electoral
de la organización en Cataluña y, por extensión, a la configuración de una
alternativa de izquierdas en el conjunto de España.
La cuestión resulta especialmente
relevante tratándose de Podemos, una formación que desde sus orígenes ha
reivindicado la participación de las personas inscritas y la celebración de
primarias como elementos distintivos de su cultura política. Sería importante
conocer qué órgano ha autorizado el pacto, qué papel ha desempeñado la
organización catalana y cómo se ha previsto la participación de las bases en
una decisión que implica renunciar a una candidatura propia y apoyar la de otro
partido. También sería necesario aclarar si el acuerdo contempla la
incorporación de personas vinculadas a Podemos a las listas de ERC y, en tal
caso, mediante qué procedimiento serían seleccionadas.
La ilusión
de la inmunidad democrática
Con todo, el aspecto más
significativo del acuerdo puede encontrarse en una dimensión que trasciende las
relaciones entre Podemos y ERC. Me refiero a la concepción de la lucha contra
la extrema derecha que parece abrirse paso en determinados discursos
soberanistas y que introduce una tensión entre dos estrategias diferentes:
combatir el avance reaccionario en el conjunto del Estado o fortalecer espacios
territoriales desde los que protegerse de sus consecuencias.
La diferencia es fundamental. En el
primer caso, el objetivo consiste en articular una respuesta democrática ampliamente
compartida, capaz de movilizar a las fuerzas sociales y políticas progresistas con
independencia de su implantación territorial o de sus respectivas concepciones
nacionales. En el segundo, la prioridad se desplaza hacia el fortalecimiento de
determinadas comunidades políticas que se consideran especialmente resistentes
al avance de la derecha y la extrema derecha. Ambas estrategias pueden
compartir objetivos inmediatos, pero sus horizontes políticos no son
necesariamente coincidentes. Tampoco sus resultados dinales.
Resulta especialmente revelador que
ERC haya presentado su acuerdo con Podemos afirmando que la legitimidad para
enfrentarse al reaccionarismo estatal pasa por fortalecer a las izquierdas
nacionales y que, en Cataluña, esa fuerza es ERC, una afirmación política que
merece ser discutida. ¿Por qué la condición de izquierda «nacional» (no
española) habría de conferir una legitimidad especial para combatir a la
extrema derecha? ¿Por qué ERC debería representar esa resistencia mejor que
otras organizaciones catalanas que también defienden los derechos sociales, las
libertades democráticas y el autogobierno?
Si bien la implantación electoral,
la trayectoria histórica y la capacidad de movilización son argumentos que
pueden justificar una alianza, considero que la pertenencia a un determinado
proyecto nacional no constituye, por sí misma, una garantía de mayor compromiso
democrático. Al contrario, si se acepta que la lucha contra la extrema derecha
exige fortalecer prioritariamente a las izquierdas nacionales, se estrá
introduciendo un criterio de preferencia política que va más allá de las
coincidencias programáticas y que debería justificarse (y discutirse) abiertamente.
En este contexto adquieren especial
interés las declaraciones de Arnaldo Otegi sobre la capacidad de Euskal Herria
y Cataluña para frenar al fascismo. El dirigente de EH Bildu ha defendido en
distintas ocasiones que la correlación de fuerzas existente en Euskal Herria es
sustancialmente diferente de la que caracteriza al conjunto de España y ha
vinculado esa diferencia con su proyecto independentista. La idea puede resultar
atractiva para quienes contemplan con preocupación el crecimiento de la extrema
derecha española: frente a una España que se derechiza, existirían territorios
capaces de preservar una orientación política diferente.
Hay una parte de verdad en ese diagnóstico,
pues las culturas políticas vasca y catalana presentan características
históricas propias, y la extrema derecha española ha encontrado en determinados
momentos mayores dificultades electorales en esos territorios que en otros
lugares. La existencia de tradiciones políticas y sociales diferenciadas, de
organizaciones sindicales y comunitarias arraigadas y de una memoria histórica
particular puede contribuir a explicar esas diferencias, e ignorarlas sería tan
poco riguroso como negar la diversidad nacional y territorial del Estado.
Pero reconocer esas particularidades
no autoriza a convertirlas en una suerte de inmunidad democrática. En primer
lugar, porque la debilidad electoral de Vox en un territorio no significa que
su sociedad esté libre de racismo, xenofobia, autoritarismo, antifeminismo o
rechazo a las personas consideradas diferentes: ahí están la Aliança Catalana
de ahora mismo y el MLNV orbitante en torno a ETA de hace bien poco. En segundo
lugar, porque tampoco significa que todas esas actitudes reaccionarias adopten
necesariamente la forma de una identificación con la extrema derecha española,
pudiendo manifestarse mediante otros discursos, organizaciones y prácticas
sociales, incluso en ambientes políticos que se consideran progresistas.
Aquí encuentro un salto lógico, y
hasta ético, que conviene advertir, porque de la constatación de una
determinada realidad electoral se pasa a sugerir la existencia de una virtud
política propia y distintiva de la comunidad nacional, y de esa supuesta virtud
se deduce que el fortalecimiento del proyecto soberanista constituye una
respuesta especialmente adecuada frente al avance reaccionario. Ninguna de
estas conclusiones se desprende necesariamente de la anterior. Y alguna de
ellas es realmente inquietante.
Las sociedades vasca y catalana no
están al margen de las transformaciones económicas, culturales y políticas que
favorecen el crecimiento de las derechas radicales en Europa. La precariedad
laboral, la dificultad de acceso a la vivienda, las desigualdades sociales, los
discursos contra la inmigración, la reacción machista y la desconfianza hacia
las instituciones también atraviesan nuestras comunidades. Algunas de estas
dinámicas pueden encontrar expresiones particulares en cada territorio, es
cierto, pero no desaparecen por la existencia de una identidad nacional
diferenciada.
De hecho, la convicción de que una
comunidad es esencialmente más democrática o progresista que otras puede
convertirse en un obstáculo para reconocer sus propias contradicciones ya que,
si el fascismo se identifica exclusivamente con una amenaza exterior,
procedente de España, resulta más difícil prestar atención a las formas de
exclusión, intolerancia o autoritarismo que se desarrollan dentro de la propia
sociedad. La frontera territorial termina funcionando como una frontera moral.
Y esto es eso tan inquietante a lo que me refería. Porque la calidad
democrática es una construcción histórica, sostenida por instituciones,
prácticas sociales y compromisos ciudadanos que necesitan renovarse
constantemente, pero en ningún caso es una propiedad natural de ningún pueblo.
El riesgo
del repliegue territorial
Por eso, deberíamos prestar atención
a la posibilidad de que la respuesta soberanista al avance de la extrema derecha
adopte una lógica de repliegue, de modo que, ante la posibilidad de una España
gobernada por PP y Vox, la prioridad deje de ser impedir o combatir ese
proyecto en el conjunto del Estado para concentrarse en proteger una comunidad
política considerada propia. La perspectiva, entonces, dejaría de ser cómo
contribuir a una democracia común y pasaría a ser cómo salvarse de una España
crecientemente reaccionaria.
Porque existe un riesgo evidente de
deriva particularista cuando la pertenencia territorial comienza a funcionar
como fundamento de una supuesta superioridad política o moral. Ese riesgo
aumenta cuando se contrapone una comunidad propia, presentada como democrática
y solidaria, a un exterior caracterizado de manera general como reaccionario, y
cuando esa distinción deja de describir diferencias políticas concretas y
empieza a establecer una separación entre comunidades que merecerían destinos
diferentes. En ese punto, el soberanismo se aproxima a una lógica de cierre
comunitario, aunque no adopte necesariamente las formas excluyentes del
nativismo, y la solidaridad democrática corre el riesgo de quedar condicionada
por las fronteras del sujeto nacional.
En este caso, ¿qué sucede con las
personas progresistas de Madrid, Andalucía, Castilla, Extremadura o cualquier
otro territorio si las izquierdas soberanistas concluyen que su principal
responsabilidad consiste en proteger sus propias comunidades frente a una
España gobernada por la extrema derecha? ¿Qué lugar ocupan en esa estrategia
quienes, viviendo fuera de Euskadi o Cataluña, comparten las mismas
aspiraciones de igualdad, libertad y justicia social? La pregunta también puede
formularse desde el otro lado. ¿Qué ocurre con las personas que viven en Euskal
Herria o Cataluña y no se identifican con los proyectos soberanistas, pero
participan activamente en la defensa de los derechos sociales y las libertades
democráticas? ¿Por qué su compromiso habría de quedar políticamente subordinado
a organizaciones que se presentan como representantes privilegiadas de una
comunidad nacional?
La lucha contra el autoritarismo
exige reconocer la pluralidad existente dentro de cada territorio y las
solidaridades que atraviesan las fronteras. Por eso, una democracia
plurinacional no debería sustituir el centralismo de una identidad nacional por
la afirmación de otras identidades igualmente cerradas. Su potencial
emancipador reside precisamente en la posibilidad de reconocer distintas
pertenencias sin convertirlas en jerarquías de ciudadanía o de legitimidad
democrática.
Además, la estrategia de protección
territorial presenta limitaciones prácticas que no pueden ignorarse. Un
eventual gobierno de PP y Vox tendría competencias decisivas sobre legislación
laboral, derechos fundamentales, política migratoria, sistema judicial,
fiscalidad, relaciones internacionales y numerosos ámbitos de la vida
colectiva. Las instituciones autonómicas y forales disponen de instrumentos
importantes para desarrollar políticas propias y, en determinados casos,
resistir o amortiguar decisiones estatales, pero su capacidad de protección es
necesariamente parcial.
Tampoco cabe olvidar que las
amenazas actuales a la democracia exceden ampliamente las fronteras estatales.
La crisis climática, el poder de las grandes corporaciones tecnológicas, la
financiarización de la economía, la militarización de las relaciones
internacionales y el debilitamiento de los derechos de las personas migrantes
son procesos que operan a escala transnacional. Ninguna comunidad política, por
fuerte que sea su identidad o por amplias que sean sus competencias, puede
sustraerse por sí sola a sus consecuencias.
La respuesta democrática necesita,
por tanto, articular diferentes escalas de acción y responsabilidad. La
capacidad de autogobierno puede ser un recurso valioso, pero su sentido
político depende de los fines a los que se oriente y de las solidaridades que
contribuya a construir. Puede servir para ampliar derechos y ensayar políticas
que posteriormente se extiendan a otros territorios, o puede utilizarse
prioritariamente como mecanismo de protección de quienes forman parte de una
comunidad determinada.
Y esta tensión afecta poderosamente a
Podemos. Su trayectoria política se ha caracterizado por la defensa de una
concepción plurinacional del Estado y por el reconocimiento del derecho a
decidir. Ambas posiciones pueden integrarse en un proyecto democrático de
alcance general. El problema surge cuando el reconocimiento de la diversidad
nacional se traduce en aceptar que la representación privilegiada de la
izquierda en un territorio corresponde a las organizaciones soberanistas.
La decisión de apoyar a ERC en
Cataluña puede responder a consideraciones electorales perfectamente
comprensibles. Podemos tiene dificultades para mantener allí un espacio
político propio, y una alianza puede permitirle conservar presencia e
influencia. También puede facilitar a su dirección una mayor autonomía respecto
de otras organizaciones de izquierda con las que mantiene diferencias
importantes. Pero si la justificación política del acuerdo consiste en que
combatir al reaccionarismo exige fortalecer a las izquierdas nacionales, la
decisión adquiere un significado que supera el cálculo electoral. En ese caso,
Podemos estaría contribuyendo a legitimar una determinada jerarquía entre las
organizaciones progresistas catalanas, basada en su relación con el proyecto
nacional catalán. Pero resulta difícil explicar por qué una formación que
aspira a transformar el conjunto del Estado debería asumir ese criterio sin una
discusión política explícita.
Cabe otra interpretación, más limitada
pero igualmente sensible, y es que el acuerdo responda fundamentalmente a una
negociación entre organizaciones que buscan preservar o mejorar sus respectivas
posiciones. Desde esta perspectiva, ERC refuerza su candidatura en Cataluña y
Rufián mantiene una proyección estatal; por su parte, Podemos evita competir en
un territorio electoralmente difícil e Irene Montero obtiene un aliado relevante
que permite dibujar una alternativa a la integración de Podemos en el Frente
Amplio o, al menos, una forma de aumentar su capacidad negociadora. Esta
explicación no tiene por qué excluir las motivaciones ideológicas, pues las
alianzas políticas suelen combinar convicciones, intereses organizativos y
cálculos electorales. Pero precisamente por eso sería conveniente que sus
protagonistas explicaran con mayor claridad qué proyecto común pretenden
construir. Como ya he dicho, la apelación al antifascismo no debería
convertirse en una fórmula que dispense de justificar las decisiones concretas,
por qué se establecen unos acuerdos y se descartan otros.
Una
democracia sin fronteras de solidaridad
Hay, finalmente, una cuestión de
mayor alcance que afecta al conjunto de las izquierdas. La posibilidad de un
gobierno de extrema derecha plantea un desafío que no puede reducirse a la
búsqueda de combinaciones electorales. La fragmentación política importa,
especialmente en un sistema electoral en el que la distribución territorial del
voto puede penalizar determinadas candidaturas, pero la unidad necesaria para
hacer frente a las tendencias autoritarias tiene sobre todo una dimensión
social, cultural y democrática.
No bastará con reunir siglas si no
se consigue reconstruir la confianza de amplios sectores de la población en la
capacidad de la política para mejorar sus condiciones de vida. La inseguridad
material, la crisis de la vivienda, el deterioro de los servicios públicos, las
desigualdades y la experiencia cotidiana de desprotección alimentan un malestar
que la extrema derecha intenta orientar contra las personas migrantes, el
feminismo y otros colectivos convertidos en chivos expiatorios. Una respuesta
democrática necesita intervenir sobre esas condiciones y disputar las
interpretaciones que las convierten en resentimiento y exclusión. Ese trabajo
requiere organizaciones políticas, pero también sindicatos, asociaciones
vecinales, movimientos feministas, colectivos antirracistas, entidades sociales
y espacios comunitarios capaces de sostener vínculos y prácticas de
solidaridad. Requiere, asimismo, una ciudadanía dispuesta a asumir
responsabilidades más allá del momento electoral. La defensa de la democracia nunca
podrá delegarse por completo en las direcciones de los partidos, por mucho que
estas alcancen acuerdos de última hora.
Desde esta perspectiva, el debate
sobre el pacto entre Rufián e Irene Montero adquiere un significado más amplio
a partir de la pregunta de qué tipo de comunidad política quieren contribuir a
construir las izquierdas. Porque una comunidad concebida como espacio de
pertenencia y protección de quienes se reconocen en una determinada identidad
puede proporcionar seguridad en tiempos de incertidumbre, pero también puede
reforzar las fronteras que separan a unas personas de otras. Una comunidad
democrática abierta, por el contrario, se define por su capacidad de incorporar
a quienes son diferentes y extender las obligaciones de justicia más allá de
las pertenencias heredadas.
Esta segunda concepción no exige
renunciar a las identidades nacionales ni desconocer las aspiraciones de
autogobierno, pero sí evitar que esas identidades se conviertan en el límite de
la responsabilidad política. Es posible defender mayores cotas de soberanía
para Euskadi o Cataluña y, al mismo tiempo, asumir un compromiso activo con la
democratización del conjunto de España. También es posible defender una
transformación federal o plurinacional del Estado sin exigir a todas las
organizaciones que compartan un mismo horizonte nacional. Lo decisivo es que
las diferencias territoriales no se conviertan en fronteras de solidaridad.
Si Euskal Herria y Cataluña cuentan
con una correlación de fuerzas más favorable a las izquierdas, esa
circunstancia debería entenderse como una oportunidad para contribuir a una
resistencia democrática más amplia. Sus organizaciones sociales y políticas
pueden aportar experiencias, iniciativas, recursos y capacidad de movilización,
pueden desarrollar políticas que sirvan de referencia en otros lugares y
participar en alianzas que reconozcan la diversidad de los sujetos políticos.
Esa sería una manera de poner las particularidades territoriales al servicio de
una responsabilidad compartida. Pero también pueden optar por interpretar esas
diferencias como una razón para concentrar sus esfuerzos en preservar sus
propios espacios de poder y autonomía. Esa estrategia responde a una lógica
política distinta, que puede resultar comprensible desde determinados proyectos
nacionales, pero cuyas consecuencias para la solidaridad democrática deberían
ser discutidas abiertamente.
La sociedad española es
profundamente diversa, también en sus tradiciones democráticas, sus conflictos
sociales y sus expresiones de solidaridad. Del mismo modo que sería incierto
identificar a toda la sociedad vasca o catalana con el soberanismo, sería
profundamente equivocado identificar a la sociedad española con el proyecto
político de PP y Vox. Las personas que se oponen al autoritarismo en Madrid,
Sevilla, Valladolid o Murcia no representan una realidad ajena a quienes hacen
lo mismo en Bilbao, Barcelona o Donostia, forman parte de conflictos
democráticos relacionados y comparten muchos de sus riesgos.
De ahí que resulte sumamente problemático
convertir la perspectiva de una España «voxizada» en argumento para el
repliegue territorial. La expresión puede describir el temor ante una
determinada orientación del Gobierno del Estado, pero no debería terminar
identificando a toda una sociedad con quienes eventualmente la gobiernen.
Hacerlo significaría aceptar, aunque fuera involuntariamente, una de las
operaciones características de los nacionalismos excluyentes: confundir la
pluralidad de una sociedad con una identidad política única. Frente a esa
tentación, la respuesta democrática debería partir de una convicción elemental,
la de que ninguna comunidad está a salvo del autoritarismo por sus supuestas
virtudes históricas o culturales, y ninguna sociedad queda definitivamente
identificada con las fuerzas reaccionarias que consiguen gobernarla.
La democracia depende de relaciones
sociales, instituciones, derechos y prácticas de participación que necesitan
ser defendidas y renovadas. Su protección exige reconocer que nuestras vidas
están vinculadas y que las amenazas que afectan a unas personas terminan
alcanzando a otras. La experiencia histórica ofrece demasiados ejemplos de lo
que sucede cuando una parte de la sociedad confía en poder preservar sus
libertades mientras se deterioran las de quienes viven más allá de sus
fronteras políticas o simbólicas.
Por eso, la reflexión que plantea el
acuerdo entre Rufián e Irene Montero no debería quedar reducida a si permite
obtener algunos escaños adicionales o mejorar la posición negociadora de sus
respectivas organizaciones. Importa mucho conocer qué concepción de la
cooperación política expresa, cómo se ha decidido, qué relaciones establece con
el resto de las izquierdas y qué horizonte democrático propone.
Por supuesto, sería injustificado
afirmar que este pacto supone necesariamente una apuesta por el repliegue
territorial. La información disponible no permite llegar tan lejos. Pero
tampoco sería razonable ignorar que determinadas justificaciones del acuerdo,
especialmente aquellas que atribuyen a las izquierdas nacionales una
legitimidad privilegiada para combatir al reaccionarismo, apuntan hacia una
concepción de la resistencia democrática que merece ser examinada críticamente.
Además de la cuestión estricta de
las alianzas electorales y el reparto de escaños, el movimiento de Rufián e
Irene Montero obliga a las izquierdas, a todas, a plantearse qué significa
exactamente salvar la democracia. ¿Preservar determinados espacios
territoriales de autonomía y poder frente a una amenaza exterior? ¿O construir
las condiciones sociales y políticas para que esa amenaza pueda ser combatida
en todas partes, mediante alianzas que reconozcan las diferencias sin
convertirlas en separaciones insalvables? No hay razón para que el autogobierno
y la solidaridad democrática sean objetivos contrapuestos, pueden reforzarse
mutuamente. Pero esa compatibilidad debe demostrarse mediante decisiones
políticas concretas y no darse por supuesta mediante apelaciones genéricas al
antifascismo.
Ante la posibilidad de una España
gobernada por la extrema derecha, la tentación de salvarse de ella puede
resultar comprensible. El problema es que las fronteras, por sí solas, no
garantizan la libertad, la igualdad ni la justicia, y una izquierda que aspire
a combatir el autoritarismo tendrá que preguntarse hasta dónde está dispuesta a
extender su solidaridad, especialmente cuando hacerlo no reporte beneficios
electorales inmediatos. Porque el alcance del compromiso democrático se revela,
especialmente, en la responsabilidad que asumimos hacia quienes viven fuera de
nuestra comunidad política más próxima. Y esa responsabilidad no desaparece cuando
las fronteras cambian, cuando las mayorías electorales se vuelven adversas o
cuando resulta más sencillo proteger lo propio que defender lo común.













