domingo, 31 de mayo de 2026

Pentecostés como interrupción: Habitar las tensiones de la experiencia laical cristiana en tiempos de brutalización


 

0. INTRODUCCIÓN: LA EXPERIENCIA CRISTIANA COMO TENSIÓN CONSTITUTIVA

-       La experiencia cristiana -y particularmente laical- no vive fuera de las contradicciones del mundo.

-       No se trata de contradicciones accidentales, sino de polaridades fecundas.

-       La vocación laical consiste en habitar esas tensiones sin clausurarlas.

I. LAS GRANDES TENSIONES CONSTITUTIVAS DE LA EXPERIENCIA LAICAL CRISTIANA

Presentación panorámica:

ü  Estar en el mundo sin ser del mundo

ü  El “ya, pero todavía no” escatológico

ü  Contemplación y compromiso

ü  Gracia y responsabilidad

ü  Esperanza y lucidez trágica

ü  Universalismo y encarnación concreta

ü  Igual dignidad y opción preferencial

ü  Libertad y obediencia

ü  Secularidad y trascendencia

ü  Fragilidad y promesa

ü  Memoria y novedad

ü  Comunidad y crítica profética

ü  Hospitalidad y arraigo

ü  Silencio y palabra

ü  Desapropiación y responsabilidad histórica

ü  Fe y duda

ü  Denuncia y reconciliación

Las tensiones no deben resolverse suprimiendo uno de sus polos.

II. CINCO TENSIONES ESPECIALMENTE SIGNIFICATIVAS HOY

1. Estar en el mundo sin ser del mundo.

  • Participar plenamente en la realidad histórica.
  • Sin absolutizar éxito, competitividad, consumo, aceleración, miedo político.
  • Riesgos: fuga espiritualista / adaptación total al orden existente.
  • Propuesta: una “extranjería interior”.

2. El “ya, pero todavía no” escatológico.

-       El Reino ya está presente, pero todavía no se ha consumado.
-       Protege frente al triunfalismo y la desesperación.

-       Consecuencias: actuar históricamente sin esperar paraísos definitivos / mantener esperanza sin ingenuidad.

3. Gracia y responsabilidad.

-       Todo es don. Pero nada dispensa de actuar.

-       Crítica simultánea a ilusión prometeica (“todo depende de nosotros”) y quietismo (“Dios lo resolverá”).

-       La experiencia creyente: gratitud, tarea, compromiso no absolutizado.

4. Contemplación y compromiso.

  • -       Conexión con Metz: “mística de ojos abiertos”.
  •        Riesgos: activismo ansioso / espiritualidad evasiva (“espiriyoalidad”).
  • -       Propuesta: contemplar para comprometerse mejor, comprometerse para evitar la evasión

5. Libertad y obediencia.

  • -       La conciencia como lugar último de discernimiento.
  • -       Pero abierta a la tradición, la comunidad, la alteridad.
  • -       Riesgos: autoritarismo institucional / narcisismo individualista.
  • -       Propuesta: fidelidad crítica, pertenencia no servil (fe adulta), libertad no autosuficiente.

III. DEL HORIZONTE POSTCOVID A LA BRUTALIZACIÓN DEL MUNDO

  • -       El documento Hacia un renovado Pentecostés reflejaba: vulnerabilidad compartida, cultura del cuidado, interdependencia, fraternidad.
  • -       Pero leído hoy: guerras, Gaza, endurecimiento de fronteras, desigualdad descarnada.
  • -       La pandemia no produjo automáticamente aprendizaje moral.
  • -       Fue un revelador ambivalente: mostró solidaridad, pero también desigualdad; mostró cuidado, pero también lógicas sacrificiales.

IV. REPENSAR EL COMPROMISO CRISTIANO EN EL MUNDO

  • -       Cambio de pregunta: No solo “¿Cómo construir un mundo mejor?”, sino “¿Cómo impedir que la brutalización colonice nuestra capacidad de mirar y sentir?”.
  • -       La esperanza pasa a entenderse como esperanza trágica, resistencia antropológica, negativa a aceptar que la violencia tenga la última palabra.

V. PENTECOSTÉS COMO INTERRUPCIÓN

  • -       Inspiración: Johann Baptist Metz
  • -       Interrumpir la normalización de la muerte, el descarte, la indiferencia, la adaptación a lo intolerable.
  • -       El Espíritu no aparece como energía disponible, sino como capacidad de resistencia y fuerza de transformación antropológica.

VI. REINO DE DIOS E INTERRUPCIONES HUMANIZADORAS

  • -       El Reino: ya presente, todavía no consumado.
  • -       Los milagros: signos parciales del Reino, acontecimientos liberadores, interrupciones significativas.
  • -       Ejemplos: alimentar, cuidar, hospedar, acompañar, sanar (Mt 25,31–46).

VII. CONCLUSIÓN: UNA MÍSTICA DE OJOS ABIERTOS

  • -       La tarea cristiana hoy no consiste en recuperar centralidad cultural.
  • -       Consiste en situarse junto a quienes resisten la lógica del descarte.
  • -       El núcleo del compromiso cristiano: impedir que la habituación a la injusticia venza del todo.
  • -       Pentecostés no elimina el conflicto ni la violencia del mundo; introduce la posibilidad de una palabra distinta dentro de ellos: hospitalidad donde se levantan muros, cuidado donde domina la lógica sacrificial y memoria de las víctimas donde el sistema necesita olvido.
  • -       Depende de nosotras y nosotros que la esperanza no mienta en el mundo (Péguy).

                                                                          

[0] INTRODUCCIÓN: LA EXPERIENCIA CRISTIANA COMO TENSIÓN CONSTITUTIVA

La experiencia cristiana, muy especialmente la experiencia laical cristiana, está atravesada constitutivamente por tensiones que no pueden resolverse del todo sin desnaturalizarla. No son contradicciones accidentales, sino polaridades fecundas que obligan a habitar simultáneamente fidelidades distintas. Algunas son muy clásicas, otras se muestran particularmente agudas en la actualidad.

 

[I] LAS GRANDES TENSIONES CONSTITUTIVAS DE LA EXPERIENCIA LAICAL CRISTIANA

Estas tensiones podrían formularse así:

ü  Estar en el mundo sin ser del mundo. Participar plenamente en la historia, la cultura, la política, el trabajo y los afectos, sin absolutizar ninguno de esos ámbitos ni dejarse absorber completamente por sus lógicas dominantes à Secularidad y trascendencia. Asumir plenamente la autonomía del mundo moderno sin reducir toda la realidad a lo inmanente, productivo o calculable.

ü  El “ya, pero todavía no” escatológico. El Reino de Dios está ya presente en nuestra realidad histórica como promesa actuante, pero todavía no consumado. Esto impide tanto el triunfalismo como la desesperación à Esperanza y lucidez trágica. Esperanza radical sin ingenuidad histórica. Saber que el sufrimiento, el fracaso y el mal no desaparecen mágicamente de la historia, y así y todo saber que nada de eso prevalecerá.

ü  Contemplación y compromiso. Silencio, escucha, oración y discernimiento, pero también intervención histórica, conflicto y responsabilidad pública à Silencio y palabra. Recuperar el silencio como espacio de escucha y resonancia, pero romper el silencio cuando este encubre sufrimiento o injusticia.

ü  Gracia y responsabilidad. Todo es don de Dios, pero nada nos dispensa de actuar. La salvación no es autoproducción moral, pero tampoco pasividad.

ü  Universalismo y encarnación concreta. La fraternidad humana universal solo puede vivirse desde vínculos concretos, comunidades concretas y rostros concretos, pero sin encerrarnos en ellos à Hospitalidad y arraigo. Amar una comunidad concreta, una cultura y unas pertenencias sin convertirlas en exclusión identitaria ni en absoluto moral.

ü  Igual dignidad y opción preferencial por los pobres. Todas las personas poseen igual dignidad, pero la mirada cristiana se descentra hacia las víctimas, las personas empobrecidas y las personas excluidas. Este es el lugar histórico desde el que vivir nuestra condición laical à Denuncia y reconciliación. Nombrar el conflicto, la injusticia y las víctimas sin quedar atrapado definitivamente en la lógica del enemigo.

ü  Libertad y obediencia. La conciencia personal como lugar último de discernimiento, pero abierta a una tradición, una comunidad y una alteridad que la desbordan y la enmarcan à Comunidad y conciencia crítica. Pertenecer a una Iglesia concreta sin renunciar a la crítica profética frente a sus inercias, silencios o formas de poder.

ü  Fragilidad y promesa. La experiencia de límite, la vulnerabilidad y el fracaso no anula la posibilidad de sentido; por el contrario, la revela.

ü  Memoria y novedad. Fidelidad a una tradición recibida y, al mismo tiempo, apertura al acontecimiento, a lo inesperado, al Espíritu que desborda toda institucionalización.

La vocación laical cristiana consiste en habitar sin clausurar las tensiones entre Reino e historia, trascendencia y mundo, crítica y pertenencia, esperanza y límite. Vivir reconciliadamente en una condición de no reconciliación plena. Porque el laicado cristiano no vive fuera de las contradicciones del mundo, sino dentro de ellas, intentando impedir que las lógicas dominantes tengan la última palabra.

La condición laical cristiana no consiste en escapar de las contradicciones del mundo, sino en habitarlas de una manera no absolutizadora. El laicado vive inmerso en las dinámicas ordinarias de la existencia y precisamente ahí está llamado a discernir, resistir y cuidar. Por eso, su experiencia espiritual adopta muchas veces la forma de una tensión permanente: no la tranquilidad de quien posee respuestas definitivas, sino la fidelidad frágil de quien intenta mantener abiertas dimensiones de la existencia que el mundo tiende a clausurar. La fe no elimina la ambivalencia de la historia, sino que obliga a vivirla de otro modo.

 

[II] CINCO TENSIONES ESPECIALMENTE SIGNIFICATIVAS HOY

Selecciono cinco de estas tensiones para profundizar un poco más en cada una de ellas:

a)      Estar en el mundo sin ser del mundo.

b)      El “ya, pero todavía no” escatológico.

c)       Gracia y responsabilidad.

d)      Contemplación y compromiso.

e)      Libertad y obediencia.

a) Estar en el mundo sin ser del mundo

La expresión evangélica no remite al rechazo del mundo, sino a la negativa a absolutizar sus lógicas dominantes. El laicado cristiano no vive fuera de la sociedad, ni en espacios protegidos de pureza espiritual; vive dentro de los mercados, las instituciones, las familias, los medios de comunicación, las burocracias, las organizaciones y las tensiones políticas. Participa plenamente en la construcción histórica de la realidad. Por eso está constantemente expuesto a la tentación de naturalizar aquello que existe: el éxito como criterio último de valor, la competitividad como norma antropológica, el consumo como forma de identidad, la aceleración como modo inevitable de vida o el miedo como principio organizador de la política.

La tensión consiste en implicarse sin dejarse absorber: en trabajar sin convertir el trabajo en absoluto; en participar políticamente sin idolatrar el poder; en habitar la economía sin aceptar que toda relación humana pueda reducirse a cálculo, rendimiento o utilidad. Se trata de amar el mundo sin confundirlo con el Reino. El riesgo al que nos enfrentamos es doble: o la fuga espiritualista que abandona la historia a sus propias inercias, o la total identificación con el orden existente hasta perder toda capacidad crítica.

Por eso el laicado cristiano está llamado a vivir una especie de extranjería interior: plenamente dentro de la sociedad, pero manteniendo una distancia crítica respecto de sus idolatrías. No una distancia de desprecio, sino de discernimiento. Una forma de presencia que intenta impedir que las lógicas dominantes tengan la última palabra.

b) El “ya, pero todavía no” escatológico

La experiencia cristiana está atravesada por una temporalidad paradójica. El Reino ya está presente (como promesa, anticipación, experiencia de fraternidad, justicia, cuidado y reconciliación), pero todavía no se ha consumado plenamente. Esa tensión escatológica protege simultáneamente de dos peligros opuestos: el triunfalismo y la desesperación.

Protege del triunfalismo porque ninguna realización histórica puede identificarse plenamente con el Reino. Ningún proyecto político, ninguna institución eclesial, ninguna comunidad concreta puede absolutizarse como cumplimiento definitivo de la promesa. Toda realización histórica es parcial, ambigua y vulnerable. La historia permanece abierta.

Pero esa misma tensión protege también de la desesperación. Porque el mal, la injusticia o el sufrimiento no poseen la última palabra sobre la realidad. La esperanza cristiana no nace de un cálculo optimista sobre la evolución del mundo, sino de la convicción de que incluso en medio de la fragilidad y del fracaso pueden aparecer signos de vida nueva.

El laicado cristiano vive así en una condición de inacabamiento permanente: trabaja por la justicia sabiendo que ninguna justicia histórica será perfecta; construye comunidad sabiendo que toda comunidad humana es frágil; se compromete políticamente sin esperar salvaciones definitivas de la política. Y, al mismo tiempo, se niega a aceptar que la violencia, el cinismo o la desigualdad constituyan el horizonte definitivo de la historia.

c) Gracia y responsabilidad

Todo es don: la existencia, la fe, el amor, el mundo, la posibilidad misma de responder éticamente. El cristianismo desactiva radicalmente la fantasía moderna de autosuficiencia moral: nadie se salva a sí misma, nadie se fundamenta completamente a sí mismo. La vida se recibe antes de construirse. Pero esa conciencia del don no conduce a la pasividad, sino a la responsabilidad agradecida.

La gracia no sustituye la acción, la hace posible. La experiencia de sentirse sostenida por algo que no depende del propio mérito nos libera tanto de la soberbia como de la desesperación. El sujeto no necesita salvarse mediante rendimiento infinito, perfección moral o acumulación de méritos. Pero tampoco puede desentenderse del sufrimiento del mundo refugiándose en una espiritualidad intimista.

La tensión aparece porque el cristianismo rechaza simultáneamente dos ilusiones muy presentes en la modernidad tardía. Por un lado, la ilusión prometeica de que todo depende exclusivamente de nuestra capacidad de intervención y control. Por otro, la tentación quietista de esperar pasivamente que Dios resuelva aquello que pertenece a nuestra responsabilidad histórica.

El laicado cristiano vive así entre gratitud y tarea. Actúa sabiendo que nunca controla completamente los frutos de su acción; se compromete sin absolutizar sus propias capacidades transformadoras; trabaja por la justicia, pero sin convertir el activismo en religión sustitutiva; y asume, a veces dolorosamente, que no todo depende de su eficacia.

d) Contemplación y compromiso

La tradición cristiana conoce bien el peligro de una espiritualidad desencarnada, pero también el riesgo contrario: un activismo incapaz de escuchar, discernir o dejarse afectar profundamente por la realidad. Por eso contemplación y compromiso no constituyen dimensiones opuestas, sino mutuamente necesarias.

La contemplación no significa retirada narcisista del mundo, sino aprender a mirar la realidad de una manera no instrumental: detenerse, escuchar, dejar que algo o alguien nos afecte antes de reaccionar automáticamente. Sin contemplación, el compromiso corre el riesgo de convertirse en hiperactividad ansiosa, indignación superficial o agotamiento moral. Pero sin compromiso, la contemplación degenera fácilmente en refugio espiritual privado o indiferencia sofisticada. En “espiriYOalidad”.

La tensión es especialmente intensa para el laicado, porque su lugar natural no son espacios protegidos de retiro, sino las realidades ordinarias de la vida social. Su espiritualidad se juega en medio del ruido del mundo: en el trabajo, los cuidados, el conflicto político, el consumo, las instituciones o la fragilidad cotidiana. De ahí la importancia de crear espacios de silencio, oración y discernimiento que permitan sostener una acción verdaderamente humana y no puramente reactiva.

Contemplar para comprometerse mejor. Comprometerse para que la contemplación no se vuelva evasión.

e) Libertad y obediencia

La modernidad ha afirmado con fuerza la autonomía de la conciencia personal, y el cristianismo contemporáneo no puede renunciar a esa conquista. La conciencia constituye el lugar último del discernimiento moral. Nadie puede creer, decidir o responder éticamente por otra persona. Pero la experiencia cristiana introduce aquí una tensión decisiva: la conciencia no es una instancia autosuficiente ni cerrada sobre sí misma.

La libertad cristiana no consiste en pura autodeterminación soberana, sino en apertura a una verdad, una tradición, una comunidad y una alteridad que desbordan al individuo. La obediencia, entendida en sentido profundo, no es sometimiento servil, sino disposición a escuchar. De hecho, etimológicamente obedecer remite precisamente a escuchar atentamente.

El problema aparece porque tanto la institución religiosa como el sujeto moderno pueden deformar esta tensión. La institución puede convertir la obediencia en disciplina autoritaria, anulando la conciencia crítica y la responsabilidad personal. Pero el individuo moderno puede convertir la libertad en pura autoafirmación narcisista, incapaz de reconocer límites, herencia o interdependencia.

El laicado cristiano vive precisamente en medio de esa tensión. Pertenece a una tradición sin quedar absorbido completamente por ella. Reconoce la autoridad de una comunidad creyente, pero sabe que toda institución humana, también la eclesial, es histórica, vulnerable y necesitada de crítica profética. La fidelidad no consiste entonces en obediencia ciega ni en autonomía absoluta, sino en un discernimiento siempre inacabado entre pertenencia y conciencia.

Tal vez ahí resida una de las experiencias más específicamente laicales del cristianismo contemporáneo: aprender a habitar una fidelidad crítica, una pertenencia no servil y una libertad no autosuficiente.

 

[III] DEL HORIZONTE POSTCOVID A LA BRUTALIZACIÓN DEL MUNDO

Esas son las tensiones que nos constituyen ineludiblemente como laicas y laicos cristianos. No cambian. Lo que si cambia es el mundo en el estamos destinadas y destinados a vivirlas.

Desde la Comisión Episcopal para los Laicos, Familia y Vida y el Consejo Asesor de Laicos se ofreció la Guía de Trabajo para el Poscongreso de Laicos “Hacia un renovado Pentecostés”. https://www.archiburgos.es/wp-content/uploads/2023/12/5--guia-de-trabajo-post-congreso-de-laicos.pdf

Un doble diagnóstico del marco social:

1) Tono cultural/espiritual:

ü  Una sociedad, en la que predomina una cultura secular y pluralista.

ü  Las creencias religiosas son vistas como opciones subjetivas y en la vida pública cada día se silencia más el tema sobre Dios y cualquier referencia religiosa.

ü  Hay una excesiva y mal entendida exaltación de la libertad, del bienestar material, que da lugar fácilmente al subjetivismo y el relativismo. Parece que ya no existen los valores absolutos, ni puede haber juicios universales y estables.

ü  En esta situación, los gustos y deseos personales se han convertido en el criterio moral decisivo.

ü  Esta “dictadura del relativismo” ha sacado a la luz también un debate antropológico en torno a la educación, la corporalidad y la sexualidad, ante el que la Iglesia, los fieles laicos no podemos permanecer indiferentes.

2) Contexto social (cultural, económico, político):

ü  El Covid-19 nos ha sorprendido, paralizado y ha cuestionado muchas rutinas y formas de vivir.

ü  En estos últimos meses hemos sido testigos de la muerte de una gran cantidad de personas, muchas de ellas mayores; del sufrimiento y de la soledad de otros; de las penurias económicas y laborales derivadas de la crisis económica en la que hemos entrado de golpe.

ü  También hemos visto a muchas personas trabajar generosamente por el bienestar y la salud de los demás, hemos sido testigos de gestos hermosos de solidaridad y de compasión, ha crecido la conciencia que lleva a afirmar que nos necesitamos todos, así como el afianzamiento de una cultura del cuidado y el avance de la apuesta por una ecología integral. Nos necesitamos todos y en el mundo todo está conectado (Cfr. LS 15).

ü  Los cristianos, a través de su compromiso personal o en distintas instituciones eclesiales, han sido un motivo de esperanza en una situación tan dolorosa.

ü  La experiencia vivida durante este tiempo de pandemia tendría que ayudarnos a descubrir que hemos de cambiar nuestra forma de pensar y de actuar en las relaciones sociales y, especialmente, con los mayores.

ü  Tomar en consideración las palabras de la Pontificia Academia para la Vida: “[…] debe tenerse siempre presente que la decisión no se puede basar en una diferencia en el valor de la vida humana y la dignidad de cada persona, que siempre son iguales y valiosísimas. […] La edad no puede ser considerada como el único y automático criterio de elección, ya que si fuera así se podría caer en un comportamiento discriminatorio hacia los ancianos y los más frágiles”.

ü  Vivimos un tiempo de encrucijada. No está claro si volveremos a los problemas de siempre o se producirán cambios importantes; si en el mundo del postcovid habrá más diálogo o quizás más confusión; más muros o más puentes; más autorreferencialidad o más servicio generoso; más cultura del descarte o más integración en un nuevo estilo de vida.

ü  Hemos visto cómo la globalización de la economía y del estilo de vida han contribuido muy rápidamente a la expansión del virus en todo el planeta a la vez que, en sentido contrario, han provocado una inmediata movilización común para combatir al virus y sus consecuencias, provocando abundantes gestos de solidaridad y fraternidad.

ü  Hemos aprendido a aceptar el confinamiento no sólo como medio para evitar nuestro propio contagio sino también el de las personas a las que queremos e, incluso, el de aquellas otras a las que no conocemos.

ü  Hemos sido capaces como sociedad de valorar el esfuerzo y la generosidad de personas, no pocas de ellas insuficientemente pagadas y con malas condiciones de trabajo, por mantener y cuidar la vida de los demás y el funcionamiento de la sociedad.

ü  Hemos podido observar cómo la inspiración del Espíritu está presente también en muchas personas que aún no se han encontrado con Cristo.

ü  La pandemia del Covid-19 que estamos viviendo hace que resuenen con fuerza las palabras del Papa Francisco en la encíclica Laudato Si´: “¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?”.

ü  Los cristianos tenemos mucho que aportar y es importante tomar conciencia de ello. Todo depende de los caminos que tomemos, a nivel personal y comunitario, para ser, como Iglesia, sacramento de salvación en este mundo azotado por la pandemia del Covid, que está buscando ser iluminado. Somos poseedores de una profecía pastoral que nace de la Pascua y no podemos olvidar que el misterio de la Pascua habla de vida.

El texto de “Hacia un renovado Pentecostés” refleja un clima espiritual y pastoral muy característico de los primeros meses de la pandemia: la percepción de estar viviendo una interrupción histórica capaz de abrir posibilidades inéditas de transformación ética, social y comunitaria. La experiencia compartida de vulnerabilidad parecía haber resquebrajado, al menos momentáneamente, algunas certezas del individualismo contemporáneo: la autosuficiencia, la aceleración permanente, la lógica utilitarista, la invisibilización de los cuidados. El documento habla de “cultura del cuidado”, de fraternidad, de ecología integral, de redescubrimiento de la interdependencia humana.

Sin embargo, leído hoy, después de Gaza, de la normalización de la guerra, de la brutalización creciente del espacio público, del endurecimiento de las fronteras, del avance de las extremas derechas y de un capitalismo cada vez más descarnado, resulta difícil no percibir en aquel horizonte una cierta ingenuidad histórica. No porque aquellas intuiciones fueran falsas, sino porque probablemente subestimaban la profundidad estructural de las dinámicas de dominación contemporáneas y sobrestimaban la capacidad de las catástrofes para producir automáticamente aprendizaje moral.

La pandemia no inauguró una nueva fraternidad global. Más bien actuó como un revelador ambivalente. Hizo visibles tanto la interdependencia humana como las enormes desigualdades sobre las que se sostiene el mundo. Mostró simultáneamente la potencia del cuidado y la ferocidad de la lógica sacrificial. Durante unos meses pareció posible imaginar otra organización social; poco después, gran parte del sistema regresó aceleradamente a sus inercias previas, e incluso las radicalizó. La lógica de descarte que el documento menciona no disminuyó: se intensificó. Hoy asistimos a formas extremas de deshumanización que se exhiben públicamente con una mezcla de indiferencia, cinismo y saturación emocional. Gaza constituye quizá el símbolo más insoportable de esta deriva: la normalización de la destrucción masiva de vidas humanas bajo narrativas de seguridad, inevitabilidad o razón de Estado.

 

[IV] REPENSAR EL COMPROMISO CRISTIANO EN EL MUNDO

Eso obliga a replantear profundamente el marco del compromiso cristiano. Ya no basta con hablar genéricamente de diálogo, fraternidad o esperanza, como si el problema fundamental fuera un déficit ético o espiritual corregible mediante mayor sensibilidad moral. El desafío contemporáneo exige reconocer que vivimos dentro de estructuras históricas de brutalización que atraviesan la economía, la política, la tecnología, las fronteras, el lenguaje y también las subjetividades. El capitalismo contemporáneo no produce únicamente desigualdad: produce insensibilización. Produce fatiga moral, fragmentación de la atención, miedo, repliegue defensivo y normalización cotidiana de la violencia distante. La cuestión no es solo que exista sufrimiento, sino que aprendemos socialmente a convivir con él sin que altere decisivamente nuestras formas de vida.

En ese contexto, quizá el cristianismo no deba pensarse prioritariamente como una oferta de optimismo histórico, sino como una práctica de resistencia antropológica y espiritual frente a la deshumanización. El problema no es simplemente “cómo construir un mundo mejor”, sino cómo impedir que la lógica de la brutalización colonice completamente nuestra capacidad de mirar, sentir, vincularnos y actuar.

Eso desplaza también el sentido de categorías clásicas como esperanza, fraternidad o Pascua. La esperanza cristiana no puede entenderse hoy como expectativa lineal de mejora histórica. Más bien se aproxima a la capacidad de sostener humanidad en condiciones históricas adversas. No una esperanza ingenua, sino una esperanza trágica, consciente de la posibilidad real del desastre, de la derrota y de la barbarie. Una esperanza que no nace de la confianza en el progreso, sino de la negativa a aceptar que la violencia tenga la última palabra sobre el sentido de lo humano.

En ese marco, el compromiso cristiano adquiere rasgos distintos.

Por un lado, exige una radicalización de la mirada. Frente a las dinámicas contemporáneas de invisibilización, saturación y anestesia, el cristianismo tendría que recuperar su dimensión de interrupción: interrumpir la normalización de la muerte, del descarte y de la indiferencia. Interrumpir el lenguaje que convierte a las víctimas en daños colaterales, amenazas o cifras. Interrumpir la adaptación subjetiva a un mundo crecientemente inhabitable. Hay aquí una profunda afinidad entre la tradición profética bíblica y muchas críticas contemporáneas de la deshumanización: el primer acto político y espiritual consiste en negarse a llamar normal a lo intolerable.

Por otro lado, el compromiso cristiano necesita abandonar definitivamente cualquier pretensión de centralidad cultural o de restauración civilizatoria. La situación actual no permite imaginar a la Iglesia como “guía” de la sociedad desde una posición de superioridad moral. Más bien la sitúa -o debería situarla- junto a quienes resisten la lógica del descarte: víctimas de las guerras, personas migrantes, sectores precarizados, defensores de derechos humanos, movimientos feministas, ecologistas, experiencias comunitarias de cuidado y solidaridad. No para instrumentalizarlos ni absorberlos, sino para reconocerse aprendiendo con ellos.

Quizá una de las intuiciones más valiosas del texto siga siendo precisamente la referencia a la interdependencia: “nos necesitamos todos y en el mundo todo está conectado”. Pero hoy esa intuición debe formularse de manera mucho más conflictiva y menos idealizada. Todo está conectado, sí: también nuestras formas de consumo con la devastación ecológica, nuestras seguridades con las fronteras mortales, nuestra comodidad con cadenas globales de explotación, nuestras democracias con dispositivos crecientes de exclusión y violencia. La cuestión cristiana ya no puede ser únicamente cómo “ayudar” al mundo, sino cómo vivir sin colaborar dócilmente con esas estructuras de brutalización.

Tal vez ahí el lenguaje de Pentecostés pueda adquirir un sentido nuevo. No como promesa de armonía inmediata ni como entusiasmo espiritual deshistorizado, sino como reconstrucción de vínculos humanos en medio de un mundo fracturado. Pentecostés no elimina el conflicto ni la violencia del mundo; introduce la posibilidad de una palabra distinta dentro de ellos. Una palabra capaz de crear comunidad donde domina el miedo, hospitalidad donde se levantan muros, cuidado donde se impone la lógica sacrificial, verdad donde prolifera la manipulación y memoria de las víctimas allí donde el sistema necesita olvido.

Porque el gran riesgo espiritual y social de nuestro tiempo no es solo la injusticia, sino la habituación a ella. Y el núcleo del compromiso cristiano hoy consiste en impedir que esa habituación venza del todo. Consiste en interrumpirla.

 

[V] PENTECOSTÉS COMO INTERRUPCIÓN

Me inspiro en la reflexión de Johann Baptist Metz: “Valor para interrumpir. Tesis pentecostales”, en Por una mística de ojos abiertos, Herrder, 2013, pp. 118-122.

Según este teólogo alemán, Pentecostés puede entenderse, en su sentido más profundo, como una experiencia de interrupción. El Espíritu no aparece como una fuerza disponible a voluntad ni como una energía psicológica latente en el ser humano, sino como aquello que irrumpe en el curso normal de las cosas, cuestiona las evidencias establecidas y abre la posibilidad de vivir de otra manera. La gracia consiste precisamente en esa capacidad de detenerse, de romper inercias y de afrontar el sufrimiento y la incertidumbre que toda verdadera interrupción conlleva.

Desde sus orígenes, el acontecimiento pentecostal tuvo un carácter profundamente subversivo. Supuso una ruptura con los marcos religiosos, políticos y culturales dominantes de su tiempo: con la religión oficial, con las lógicas del poder imperial y con la confianza absoluta en una razón autosuficiente. Por eso el mensaje cristiano fue percibido como escándalo por unos y como insensatez por otros. Su fuerza no residía en adaptarse al orden existente, sino en cuestionarlo.

La tradición bíblica identifica esta capacidad de interrupción con una palabra hoy casi ausente del lenguaje político: el amor. Un amor que no es sentimentalismo, sino una fuerza capaz de alterar las dinámicas establecidas y de abrir caminos nuevos allí donde todo parece condenado a repetirse.

Esta perspectiva adquiere una relevancia especial en el contexto actual. La humanidad afronta transformaciones de enorme alcance vinculadas a la desigualdad global, la crisis ecológica o la construcción de la paz en un mundo interdependiente. Afrontar estos desafíos sin cargar sus costes sobre los más vulnerables exige algo más que reformas técnicas: requiere una profunda transformación de nuestros modos de vida, de nuestros deseos y de nuestras formas de entender el bienestar.

Se trata de una auténtica revolución antropológica. A diferencia de las revoluciones modernas, que buscaban liberar de la escasez, esta nueva transformación exige liberarnos de una riqueza superflua, de un consumo que termina consumiéndonos, de la lógica expansiva de nuestros deseos y de la cómoda ilusión de inocencia desde la que solemos contemplar las injusticias del mundo. Más que una liberación de la impotencia, se trata de una liberación de la indiferencia, la apatía y las formas de privilegio que sostienen el orden existente.

Para la tradición cristiana, el Espíritu y la gracia nombran precisamente esa posibilidad de resistencia. Son la fuerza que permite detener la reproducción automática de comportamientos, intereses y estructuras cuando estas conducen a la degradación humana y social. Allí donde la presión colectiva invita a aceptar que todo continúe igual, el Espíritu impulsa a interrumpir, a reconsiderar y a comenzar de nuevo.

También la Iglesia está llamada a vivir esta lógica. Más que ofrecer seguridades institucionales o refugios frente a la incertidumbre, el Espíritu de Cristo impulsa experiencias comunitarias capaces de despertar la responsabilidad, la creatividad y el compromiso. Su función no es garantizar la conservación de lo existente, sino impedir que nos convirtamos en espectadores pasivos de procesos destructivos cuya deriva conocemos de antemano. Pentecostés recuerda así que la fe cristiana es, antes que nada, una invitación permanente a la interrupción transformadora.

è Reproduzco a continuación el texto original de Metz, cuya lectura y reflexión recomiendo encarecidamente:

La definición más breve del espíritu pentecostal es: interrupción. Y el don de este espíritu, que los cristianos llamamos gracia, es también y ante todo esto: capacidad para la interrupción y valentía para soportar las experiencias de dolor e impotencia de tales interrupciones.

Pentecostés, envío del Espíritu. Fue una gran historia de dolorosa interrupción frente a la sinagoga de entonces y frente a su praxis religiosa; frente a Roma y su cesarista religión política del dominio; frente a Atenas y al incuestionado primado de su logos. A partir de entonces, los que estaban animados por este espíritu pentecostal pregonan «escándalos para los judíos y necedades para los gentiles» (1 Cor 1,23).

Para que nos entendamos bien y no nos quedemos conformes antes de tiempo a costa de una decepción semántica, conviene dejar claro que el espíritu que capacita para esta interrupción, que empuja para esta historia de resistencia, no es una energía psíquica que discurra por debajo de la razón dominante y en cierta medida pertenezca a la constante definición del ser humano o del colectivo humano. Pentecostés no es la clave para la invocación de una fuente de energía disponible a discreción. […]

Por lo demás, existe otra palabra que, según la Biblia, goza de favor tanto en el cielo como en la tierra y que significa precisamente esta interrupción. Es el amor, una palabra que (al igual que otra palabra de interrupción: pecado) hace tiempo que parece no existir en nuestro vocabulario político al uso. […]

Resulta difícil dudar de que hoy estamos sufriendo unas «grandes transformaciones». Piénsese, por ejemplo, en los cambios que se deben abordar a la vista de la pobreza mundial, de la problemática ecológica y de la configuración de la paz en un mundo cada vez más globalizado.

Si no queremos hacer valer estas exigencias a espaldas de los más pobres y desvalidos, se impone un cambio profundo en nosotros mismos, un vuelco en todo nuestro mundo de necesidades. En cierta ocasión yo llamé esto con el nombre de «revolución antropológica», una nueva formación de la identidad social que no esté simplemente garantizada por los patrones de identidad burguesa al uso.

Esta revolución antropológica no tiene parangón en la historia de las revoluciones modernas. La podríamos denominar como el proceso de formación de una nueva índole de sujeto. […]

Esta revolución antropológica consiste en una liberación no de la pobreza y la miseria sino de una riqueza y un bienestar cada vez más superfluos; se trata de una liberación no de nuestras carencias sino de nuestro consumo, en el que acabamos consumiéndonos a nosotros mismos; se trata de una liberación no de nuestra situación de oprimidos sino de la praxis inmutada de nuestros deseos; se trata de una liberación no de nuestra impotencia sino de nuestra particular prepotencia; se trata de una liberación no de nuestra situación de seres dominados sino de nuestra apatía; se trata en fin de una liberación no de nuestra culpa sino de nuestra inocencia o, mejor, de esa ilusión de inocencia que amenaza con convertirse en el fundamento de nuestra conciencia cotidiana. […]

Para denominar esto los cristianos tenemos unas palabras fundamentales: espíritu y gracia, las cuales nos animan siempre a emprender esta clase de interrupción. Asimismo, enseñan a nuestros corazones la manera de detenerse y dar media vuelta allí donde el Adán natural siempre quiere seguir haciendo lo mismo. Se manifiestan como una fuerza viva para la resistencia allí donde la presión general de las reproducciones sociales no quiere permitir resistencia alguna, aunque la catástrofe consista posiblemente en que «todo siga igual». ¿Existe semejante clase de «revolución» también en el seno de la Iglesia? […]

Son irrenunciables unas nuevas experiencias comunitarias que animen a actuar a imitación del espíritu de Cristo. […] A quienes estén interesados en un recuerdo de la vida eclesial con este espíritu pentecostal y dispuestos a pagar el precio necesario por él les será dicho una vez más: el espíritu de Cristo no actúa como una medida de seguridad personal desde el punto de vista organizativo-sociológico de la institución eclesial sino como un estímulo para la interrupción de los acontecimientos que puedan convertirnos en espectadores apáticos de una ruina calculable.

 

[VI] REINO DE DIOS E INTERRUPCIONES HUMANIZADORAS

El Reino de Dios constituye el centro de la predicación de Jesús; el Reino es “la última voluntad de Dios para este mundo” (Jon Sobrino). Proclama Jesús desde el inicio de su predicación: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 14-15). Sus destinatarios primarios son las víctimas, los sujetos frágiles, todas aquellas personas a las que el presente excluye: “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis” (Lc 6, 20-21). Suyo es el futuro, suyo; de todas aquellas personas a las que el control de su presente les ha sido expropiado. Dios las acogerá en sus amorosas manos y serán sujetos principales en su Reino.

Un Reino que ya es aun cuando todavía no lo sea en plenitud, que ya está aquí y ahora, aunque todavía no. “Sin acontecimientos históricos liberadores no hay crecimiento del reino”, escribe Gustavo Gutiérrez. Sólo en la medida en que se producen hechos concretos de liberación –personas ciegas que recuperan la vista, personas paralíticas que vuelven a caminar, personas con lepra que son curadas, poseídas por el demonio que son liberadas, hambrientas que son alimentadas...- el Reino, a la vez promesa y realidad, se vuelve parcial pero suficientemente inteligible a las personas. Como señala Jon Sobrino:

Formalmente los milagros son signos de que el reino de Dios se acerca con poder, “clamores del reino”, como se les ha llamado. No son por lo tanto el reino en su totalidad ni presentan una solución totalizante a los males que el reino debe remediar. En cuanto signos del reino los milagros son ante todo salvación, realidades benéficas y realidades liberadoras en presencia de la opresión. De ahí que los milagros generan gozo por lo benéfico y generan esperanza por lo liberador (...) Los milagros no son sólo salvación sino estricta liberación.

Los milagros son signos del Reino, interrupciones significativas que nos permiten romper las dinámicas de unos sistemas de dominación que, como denuncia proféticamente el Papa Francisco en Evangelli gaudium, excluyen, descartan, matan.

Interrupciones que humanizan, que dan esperanza y que, a pesar de su aparente pequeñez, serán las que podremos hacer valer” cuando venga en si gloria el Hijo del hombre” (Mt 25, 31-46): dar de comer a la persona hambrienta, de beber a la sedienta, hospedar a la persona forastera, vestir a quien esté desnuda, visitar a la persona enferma, acompañar a la que está encarcelada.

 

[VII] CONCLUSIÓN: UNA MÍSTICA DE OJOS ABIERTOS

En el contexto actual, la tarea del cristianismo no pasa por recuperar una supuesta centralidad cultural perdida ni por aspirar a reconstruir formas de influencia social propias de otros tiempos. Su desafío es más humilde y, al mismo tiempo, más exigente: situarse junto a quienes padecen las consecuencias de un mundo organizado cada vez más por la lógica del descarte, acompañando las resistencias que nacen allí donde la dignidad humana es amenazada.

Desde esta perspectiva, el núcleo del compromiso laical consiste en impedir que la injusticia se vuelva normal. Buena parte de los mecanismos de dominación actuales se sostienen no solo por la fuerza o la desigualdad, sino también por la costumbre, por la capacidad que tenemos de acostumbrarnos al sufrimiento ajeno hasta dejar de verlo. La fe cristiana está llamada a mantener despierta la sensibilidad frente al daño, a resistir la indiferencia y a negarse a aceptar como inevitable aquello que degrada la vida de las personas y de los pueblos.

Pentecostés no inaugura un mundo sin conflictos ni elimina la violencia que atraviesa la historia. Lo que introduce es la posibilidad de una palabra y una práctica diferentes en medio de esa realidad. Allí donde se levantan fronteras y muros, hace posible la hospitalidad; allí donde prevalece la lógica sacrificial que considera a unos seres humanos prescindibles para beneficio de otros, suscita el cuidado; allí donde los sistemas de poder necesitan el olvido para perpetuarse, mantiene viva la memoria de las víctimas y de las vencidas y vencidos, pero que Dios no quiere derrotadas.

Por eso la esperanza cristiana no puede entenderse como optimismo ingenuo ni como espera pasiva. Es una tarea. Como recordaba el poeta Charles Péguy, depende de nosotras y nosotros que la esperanza no mienta en el mundo. Depende de nuestras palabras, nuestras decisiones y nuestras formas concretas de vivir que la promesa de una humanidad reconciliada encuentre algún reflejo en la historia. Una mística de ojos abiertos es aquella que no aparta la mirada del sufrimiento, pero tampoco renuncia a actuar para que este no tenga la última palabra. Esta es la mística del laicado cristiano.

è Mensaje del Papa Francisco al Congreso de Laicos 2020:

“Los animo a que vivan su propia vocación inmersos en el mundo, escuchando, con Dios y con la Iglesia, los latidos de sus contemporáneos, del pueblo (…) No tengan miedo de patear las calles, de entrar en cada rincón de la sociedad, de llegar hasta los límites de la ciudad, de tocar las heridas de nuestra gente… esta es la Iglesia de Dios, que se arremanga para salir al encuentro del otro, sin juzgarlo, sin condenarlo, sino tendiéndole la mano, para sostenerlo, animarlo o, simplemente, para acompañarlo en su vida. Que el mandato del Señor resuene siempre en ustedes: “Vayan y prediquen el Evangelio”.