La idea era seguir hasta Eskutxi y echar la mañana disfrutando de la siempre sorprendente Sierra Salvada. Pero a partir de Peña de Aro la sierra era un inmenso rebaño de ovejas que se concentraba precisamente en torno al Eskutxi. No escuchaba ningún ladrido de advertencia, como siempre he escuchado por estos lares de los mastines que guardan los rebaños. He silbado, he cantado, he dado palmas, pero nada. Sin ladridos lo lógico es que no hubiera perros, pero... Los mastines bien enseñados para la guarda avisan a distancia y marcan el terreno. Pero en el mundo ganadero, como en el montañero, hay de todo, y hay quienes entrenan y cuidan bien a sus animales, y quienes no. Así que no era cosa de pasar por mitad de un rebaño para llegar a una montaña que mañana va a seguir ahí.
Zubero
Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
domingo, 30 de agosto de 2026
martes, 25 de agosto de 2026
Malentendido en Moscú
Malentendido en Moscú
Traducción de Joachim De Nys
Navona, 2020
"Alzó la vista del libro. ¡Qué aburrimiento, todas esas cantilenas sobre la no-comunicación! Si uno se empeña en comunicar, lo consigue mal que bien. No con todo el mundo, de acuerdo, pero con dos o tres personas. Sentado en el asiento de al lado, André leía un ejemplar de la Série Noire. Ella le ocultaba algunos estados de ánimo, pesares o desvelos sin importancia; sin duda, él también debía de tener sus pequeños secretos, pero a grandes rasgos no ignoraban nada el uno del otro. Echó un vistazo a través de la ventanilla: hasta donde alcanzaba la vista, bosques sombríos y praderas claras. ¿Cuántas veces habían surcado el espacio juntos, en tren, en avión, sentados el uno al lado del otro, con un libro en la mano? Todavía se deslizarían a menudo el uno al lado del otro, en silencio sobre el mar, la tierra y el aire. Ese instante tenía la dulzura de un recuerdo y la alegría de una promesa. ¿Tenían treinta años o sesenta? El pelo de André había encanecido temprano: antaño aquello parecía una coquetería, esa nieve que realzaba el frescor mate de su tez. Seguía siendo una coquetería. La piel se había endurecido y se había agrietado -cuero avejentado-, pero la sonrisa de la boca y de los ojos había conservado su resplandor. Pese a los desmentidos del álbum de fotografías, su joven imagen se amoldaba a su rostro actual: Nicole no le conocía edad. Sin duda porque él parecía ignorar que tenía una. Él, a quien antaño tanto le gustaba correr, nadar, trepar y mirarse en los espejos, llevaba sus sesenta y cuatro años con despreocupación. Una larga vida con risas, lágrimas, cóleras, abrazos, confesiones, silencios, arrebatos, y a veces parece que el tiempo no haya pasado. El porvenir se extiende aún, hasta el infinito".
Relato breve en el que Simone de Beauvoir convierte un viaje a la Unión Soviética en una reflexión sobre el envejecimiento, el desgaste del amor y la dificultad creciente de comprender a la persona con quien se ha compartido una vida.
Nicole y André, una pareja francesa de intelectuales ya entrada en la sesentena, viajan a Moscú para visitar a Masha, la hija de él. Ambos conservan sus convicciones políticas, su curiosidad y el deseo de seguir participando en el mundo, pero empiezan a experimentar de manera distinta el paso del tiempo. El viaje hace aflorar pequeñas decepciones, silencios, susceptibilidades y malentendidos que revelan una distancia inesperada entre quienes creían conocerse perfectamente. No ocurre nada verdaderamente dramático y, sin embargo, todo parece estar en juego.
Simone de Beauvoir observa con enorme precisión ese momento en que envejecer deja de ser algo que les sucede a otras personas y empieza a modificar la relación con el propio cuerpo, con el deseo, con el futuro y con quienes se ama. Nicole siente con especial intensidad la pérdida de posibilidades y el temor a dejar de ser mirada; André experimenta de otra manera la continuidad entre quien fue y quien todavía cree ser. La desigual vivencia del envejecimiento introduce entre ambos una soledad que el amor no consigue eliminar por completo.
Es difícil no advertir cierto aire de familia entre Nicole y André y la propia Simone de Beauvoir y Sartre. No se trata de leer el relato como una transposición autobiográfica ni de identificar mecánicamente a sus personajes con quienes los inspiran, pero las semejanzas son demasiado significativas para ignorarlas: una pareja de intelectuales franceses de izquierdas, unida por una larga historia compartida, comprometida con su tiempo y vinculada afectiva y políticamente a la Unión Soviética, que comienza a enfrentarse a la vejez y a revisar las certezas sobre las que había construido su vida. Esa proximidad biográfica dota al relato de una particular intimidad: al explorar los temores de Nicole y André, la autora parece ensayar también una reflexión sobre su propia generación, sobre Sartre y sobre sí misma ante el paso del tiempo.
Por eso, también está presente la política. La mirada sobre la Unión Soviética está atravesada por la tensión entre fidelidad y desencanto: cómo mantener unos ideales cuando la realidad histórica que pretendía encarnarlos se muestra decepcionante. De este modo, el malentendido del título funciona en varios planos: entre Nicole y André, entre generaciones, entre el pasado y el presente, y también entre las esperanzas políticas y aquello en lo que finalmente se convierten.
El resultado es un relato melancólico, lúcido y sorprendentemente delicado sobre la fragilidad de los vínculos, pero también sobre su capacidad para sobrevivir a aquello que no terminamos de entender de la otra persona.
Muerte de un viajero
Muerte de un viajero: Una contrainvestigación
Traducción de Francisco Manuel Carballo Rodríguez
Akal, 2024
"La verdad etnográfica es, a diferencia de la verdad judicial, independiente con respecto a las relaciones de saber y poder que vinculan al poder judicial con las fuerzas del orden y sitúan al fiscal bajo la autoridad del ministro de justicia. Por supuesto, tampoco influye en que los acusados sean declarados culpables o inocentes. Pero esta verdad es importante ara aquellos a quienes normalmente se les niega, ya que con ella se restaura parte de su dignidad e incluso les proporciona un atisbo de esperanza en la justicia. Aunque no tiene implicaciones penales, la necesidad de una verdad etnográfica surge de una preocupación ética".
Este ensayo parte de un hecho trágico: la muerte en 2017 de Angelo Garand, un hombre perteneciente a la comunidad denominada en Francia gens du voyage ("personas viajeras", categoría jurídica con la que se nombra a la comunidad romaní), tiroteado por miembros del Grupo de Intervención de la Gendarmería Nacional, "una unidad de élite creada para intervenir en caso de actos terroristas, de toma de rehenes y en la lucha contra la delincuencia organizada, es decir, en circunstancias muy distintas a las de una simple detención de un delincuente común". Frente a la versión oficial, que presentó la muerte como consecuencia de una reacción legítima ante una amenaza grave, Fassin emprende una minuciosa "contrainvestigación" para reconstruir lo sucedido y, sobre todo, para preguntarse por las condiciones sociales e institucionales que hicieron posible esa muerte y, sobre todo, su posterior justificación.
El interés del libro desborda pronto el caso particular. Fassin muestra cómo la verdad de un acontecimiento no se establece en condiciones de igualdad: la palabra policial posee de entrada una credibilidad de la que carecen las víctimas y sus familias, especialmente cuando pertenecen a grupos históricamente estigmatizados. La investigación judicial, los medios de comunicación y los discursos públicos reproducen en demasiadas ocasiones esa desigual distribución de la credibilidad. No se trata necesariamente de una conspiración ni de una falsificación deliberada, sino de algo más grave: de rutinas institucionales sesgadas y prejuicios sociales que determinan qué relatos parecen verosímiles y cuáles resultan sospechosos.
Esta cuestión conecta directamente con la reflexión de Amaia González Llama en “Un futuro feminista: la justicia testimonial como tarea institucional pendiente”, donde, a partir de la sociología feminista, analiza la desigual distribución social de la credibilidad: determinados prejuicios estructurales hacen que algunas personas sean consideradas de antemano menos fiables y que, por ello, encuentren mayores dificultades para que su experiencia sea reconocida por las instituciones. Amaia González Llama aborda específicamente la violencia contra las mujeres, pero su concepto de "justicia testimonial" permite iluminar también el caso reconstruido por Fassin: la desigualdad no consiste únicamente en recibir un trato diferente, sino también en que unas voces poseen de partida mayor autoridad que otras para establecer qué ha sucedido. La contrainvestigación etnográfica de Fassin puede entenderse, desde esta perspectiva, como un ejercicio de justicia testimonial: una forma de restituir credibilidad a quienes las relaciones sociales e institucionales de poder tienden a privar de ella.
Por eso, el libro de Fassin es un ensayo sobre la desigualdad ante el Estado. La condición de voyageur no constituye un simple dato biográfico, sino una posición social marcada por una larga historia de vigilancia, discriminación y desconfianza. Fassin reconstruye cuidadosamente ese contexto sin convertir a Angelo Garand en un personaje idealizado, ya que una vida no necesita ser ejemplar para merecer protección, justicia y verdad.
Esa combinación de investigación empírica y reflexión moral es lo más valioso del libro. Fassin no se limita a preguntar cómo murió un hombre, pregunta también por qué determinadas muertes resultan socialmente más fáciles de aceptar que otras y por qué algunas vidas encuentran mayores dificultades para ser reconocidas como vidas dignas de duelo y de justicia. Muerte de un viajero es una reflexión breve pero rigurosa sobre la violencia policial, la discriminación y, sobre todo, sobre la desigualdad con la que nuestras sociedades distribuyen algo tan elemental como el derecho a que nuestra versión de los hechos sea, al menos, escuchada.
domingo, 23 de agosto de 2026
Tramasquera y Peña Lusa
Hoy la niebla que entraba y salía sin parar no hacía fácil encontrar la bajada que, desde Peña Lusa, conecta con el sendero que lleva a Bustarejos y a Becerril. En cuanto a los rebecos, solo he podido ver un par de culetes blancos. Pero la zona es una maravilla.
Peña Lusa desde Tramasquera.Castro Valnera.
Peña Lusa.
sábado, 22 de agosto de 2026
Autobiografía
Autobiografía: 1/ Flecha en el azul. 2/ El camino hacia Marx. 3/ Euforia y Utopía. 4/ El destierro. 5/ La escritura invisible
Traducción de J.R. Wilcock
Emecé Editores / Alianza Editorial, 1973-1974
"Aquí termina el caso históricamente típico de un miembro de la clase media culta europea, nacido en los primeros años del siglo.
[...]
Para un escritor, para un artista, un político, un maestro, que tuviera un mínimo de integridad, era perfectamente normal el tener que escapar de la persecución de Hitler o la de Stalin, o las de ambos a la vez, el verse desterrado y conocer prisiones y campos de concentración. En modo alguno era signo de anormalidad, en ellos, en los años que siguieron a 1930, considerar el fascismo como la amenaza principal y verse atraídos, en distintos grados, por el gran experimento social que tenía del electorado de Francia e Italia, y con un porcentaje aún mucho más elevado entre los intelectuales, considera normal votar por el Partido Comunista. [...]
La conciencia de que estos primeros treinta y cinco años de mi vida eran un ejemplo típico de nuestro tiempo, y el anhelo del cronista de conservar ese ejemplo, fueron las razones principales que me determinaron a escribir estas memorias".
Hay autobiografías cuyo interés principal reside en la personalidad de quien las escribe y otras que acaban convirtiéndose en el retrato de una época. La de Arthur Koestler pertenece a ambas categorías. Su vida parece haber sido diseñada para atravesar algunos de los grandes entusiasmos, conflictos y catástrofes de la primera mitad del siglo XX. Nacido en Budapest en 1905, cuando todavía existía el Imperio austrohúngaro, vivió su desaparición después de la Primera Guerra Mundial; conoció la Viena convulsa de entreguerras; participó en la construcción del proyecto sionista en Palestina; contempló desde Berlín el hundimiento de la República de Weimar y el ascenso del nazismo; recorrió la Unión Soviética durante el estalinismo; participó en las redes antifascistas del Komintern; fue testigo y víctima de la Guerra Civil española; conoció desde dentro las consecuencias de las purgas estalinistas sobre el movimiento comunista europeo; padeció el internamiento en Francia al comienzo de la Segunda Guerra Mundial y asistió al derrumbe francés de 1940. Pocas vidas permiten recorrer de manera tan directa la historia europea de la primera mitad del siglo.
Lo verdaderamente interesante es que Koestler no se limita a contar dónde estuvo o a quién conoció, sino que intenta comprender por qué creyó lo que creyó y cómo fue posible que determinadas ideas llegaran a apoderarse casi completamente de su conciencia, de una vida que siempre había sido "una fantástica persecución en pos de la flecha en el azul, de la causa perfecta, de la imagen de una utopía de ensueño". De ahí que sus memorias sean al mismo tiempo un relato de aventuras, un documento histórico y una especie de autopsia de las grandes pasiones ideológicas del siglo XX.
La autobiografía fue publicada originalmente en dos grandes volúmenes, Arrow in the Blue (1952), que llega hasta su ingreso en el Partido Comunista en 1931, y The Invisible Writing (1954), que continúa el relato hasta 1940. La edición castellana la distribuyó en cinco tomos: Flecha en el azul, El camino hacia Marx, Euforia y utopía, El destierro y La escritura invisible. Esa división resulta particularmente afortunada porque permite distinguir cinco momentos de una trayectoria que podría describirse como una sucesión de pertenencias, entusiasmos, experiencias y rupturas.
Flecha en el azul es, sobre todo, el libro de la formación. Koestler reconstruye su infancia en Budapest, la experiencia de la Primera Guerra Mundial y el hundimiento del universo austrohúngaro en el que había nacido, así como su juventud en la Viena de posguerra. El antisemitismo, la crisis de identidad de la población judía centroeuropea y el atractivo que ejerce sobre él el sionismo lo llevan a abandonar sus estudios y marcharse a Palestina en 1926, donde entra en contacto directo con uno de los grandes movimientos políticos que transformarían el siglo XX. No contempla el sionismo desde fuera: trabaja, pasa hambre, vive durante un tiempo en un kibutz y se introduce en los ambientes políticos y periodísticos del Yishuv (literalmente "asentamiento" o "comunidad"), término utilizado para designar a la comunidad judía que vivía en Palestina durante el Mandato británico (1920-1948). Koestler descubre muy pronto la distancia que puede existir entre una causa contemplada desde lejos y su realidad concreta. Aparece ya aquí una característica que se repetirá durante toda su vida: es capaz de entregarse apasionadamente a una idea y, al mismo tiempo, conservar una mirada que acabará descubriendo sus contradicciones: "desilusionado por el estrecho chauvinismo y el limitado horizonte de los colonos sionistas [...] ya no creía que ese pequeño y amargo país constituyera una promesa mesiánica, un ejemplo en el que pudiera inspirarse la humanidad en general".
El camino hacia Marx acelera considerablemente el relato cuando Koestler se convierte en periodista profesional y empieza a transformarse en intelectual político. Oriente Próximo, París y sobre todo Berlín forman el escenario de una Europa que se precipita hacia la catástrofe. Trabajando para el poderoso grupo editorial Ullstein, Koestler conoce desde dentro el periodismo de masas de la República de Weimar y participa incluso como corresponsal en el espectacular vuelo polar del Graf Zeppelin de 1931. Pero bajo esa sucesión casi novelesca de episodios va creciendo algo más importante: la sensación de que el mundo liberal y capitalista está condenado. Koestler presencia la Gran Depresión, el desempleo masivo, la radicalización de la política alemana y el irresistible crecimiento del nazismo. El comunismo aparece como la única fuerza que parece disponer simultáneamente de una explicación de la crisis y de una organización capaz de combatir el fascismo y el 31 de diciembre de 1931 ingresa clandestinamente en el Partido Comunista alemán.
Euforia y utopía permite observar desde dentro la intensidad de aquella conversión. En 1932 Koestler viaja a la Unión Soviética para escribir sobre los logros del Primer Plan Quinquenal. Recorre Ucrania, el Cáucaso y Asia Central, llegando hasta Turkmenistán, en un momento en el que la colectivización forzosa, la industrialización acelerada y la represión estalinista están transformando violentamente la sociedad soviética. Lo que Koestler encuentra contradice repetidamente aquello que esperaba encontrar: escasez, hambre, burocracia, miedo y propaganda. Y, sin embargo, no abandona inmediatamente la "fe comunista", mostrando desde dentro los mecanismos mediante los cuales una ideología consigue neutralizar la evidencia que la contradice. El creyente no necesariamente niega lo que ve: puede reinterpretarlo como una dificultad transitoria, justificarlo como el precio inevitable de la transformación revolucionaria o subordinarlo a una verdad histórica superior.
Tras la llegada de Hitler al poder en 1933, París se convierte en uno de los grandes centros del exilio antifascista europeo. Allí aparece una figura fundamental en la vida de Koestler: Willi Münzenberg, el extraordinario organizador de la propaganda internacional del Komintern. Bajo su dirección participa en campañas antifascistas y entra en un mundo donde política, periodismo, espionaje, literatura y propaganda resultan difícilmente separables. A través de estas redes se cruza con figuras como Bertolt Brecht, el compositor Hanns Eisler o el escritor comunista Johannes R. Becher.
El destierro introduce un tono progresivamente más oscuro, a medida que la utopía empieza a resquebrajarse y Europa se precipita hacia la violencia. Las purgas de Stalin y los procesos de Moscú hacen cada vez más difícil conciliar la fidelidad al comunismo con la evidencia de la represión. La historia deja además de ser para Koestler algo que se contempla desde una redacción o una reunión política. En España llegará literalmente a jugarse la vida. La Guerra Civil española ocupa por ello un lugar excepcional en las memorias. Koestler entra inicialmente en la zona franquista utilizando sus credenciales periodísticas y consigue documentar la presencia de fuerzas alemanas e italianas en apoyo de los sublevados, precisamente cuando Berlín y Roma trataban de mantener formalmente la ficción de la no intervención. Regresa después a la España republicana y, en 1937, se encuentra en Málaga cuando las tropas franquistas e italianas toman la ciudad. Su relato permite contemplar desde dentro el desconcierto, la desorganización y la derrota republicana. Es detenido el 9 de febrero de 1937, pasa por la prisión de Málaga y es trasladado después a Sevilla, donde permanece durante tres meses bajo la amenaza de ser ejecutado. Koestler escucha desde su celda cómo otros prisioneros son sacados durante la noche y vive esperando que llegue su turno, de manera que la política deja de ser una abstracción sobre clases, Estados o procesos históricos para adquirir el rostro irreductible de cada ser humano enfrentado a la muerte.
También la España en guerra multiplica sus encuentros. Conoce al zoólogo británico Peter Chalmers-Mitchell, en cuya casa de Málaga será detenido; coincide con periodistas y corresponsales internacionales y llega a encontrarse con W. H. Auden en Valencia. Su experiencia española forma así parte de aquella extraordinaria concentración de intelectuales -Orwell, Simone Weil, Hemingway, Malraux, Bernanos- para quienes la guerra española se convirtió en el gran laboratorio político y moral de los años treinta, aunque cada cual la viviera desde posiciones muy diferentes.
La escritura invisible, último volumen de la edición castellana, es también el más reflexivo. El abandono definitivo del Partido Comunista se produce en 1938, en el contexto de las purgas, los procesos de Moscú y la creciente imposibilidad de justificar el estalinismo. Pero Koestler no pierde simplemente una afiliación política, pierde una fe secular, y comprender cómo alguien puede sacrificar su juicio moral a una supuesta necesidad histórica se convertirá desde entonces en una de sus grandes obsesiones y desembocará poco después en la que, para mí, es su mejor obra y un libro de lectura imprescindible: El cero y el infinito.
La historia, entretanto, vuelve a alcanzarlo. Tras el pacto germano-soviético de agosto de 1939 y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Francia considera sospechosos a numerosos extranjeros y Koestler es internado en el campo de Le Vernet. Liberado posteriormente, vive el derrumbe francés de 1940 y la caída de París ante el ejército alemán. El antiguo refugiado del nazismo vuelve a convertirse en fugitivo. Durante su huida se cruza con otro exiliado excepcional, Walter Benjamin, que le proporciona una parte de las pastillas de morfina que llevaba consigo para suicidarse si caía en manos de la Gestapo. Benjamin utilizará las suyas en Portbou y morirá; Koestler llegará también a ingerir las suyas al creer cerrada su posibilidad de escapar, pero sobrevivirá.
Finalmente consigue llegar a Gran Bretaña, donde se abre otro mundo intelectual que las memorias apenas empiezan a anunciar: el de George Orwell, que se convertirá en amigo suyo, Cyril Connolly y numerosos escritores e intelectuales británicos y exiliados. Koestler había conocido además a Thomas Mann, y su trayectoria posterior multiplicaría todavía más estos encuentros. Esos nombres permiten comprender hasta qué punto Koestler estuvo situado en algunos de los principales nudos de la cultura política europea de su tiempo. De ahí que la autobiografía pueda leerse como una extraordinaria geografía del siglo XX. Budapest representa el mundo desaparecido de los imperios centroeuropeos; Viena, la crisis de la posguerra; Palestina, el nacimiento del proyecto sionista; Berlín, Weimar y el ascenso del nazismo; Moscú y Asia Central, la utopía soviética transformándose en estalinismo; París, el antifascismo y el exilio; Málaga y Sevilla, la Guerra Civil española; Le Vernet y la Francia de 1940, el hundimiento de Europa ante Hitler; Londres, finalmente, la resistencia y el lugar desde el que Koestler comenzará a reconstruir intelectualmente todo lo vivido.
Esta acumulación de experiencias explica que sus memorias puedan ser leídas como una reflexión encarnada sobre la relación entre experiencia, creencia y responsabilidad, sobre nuestra capacidad para no ver aquello que tenemos delante cuando verlo pondría en peligro el sistema de creencias que organiza nuestra vida. La pregunta que atraviesa El cero y el infinito -cómo puede una persona inteligente y moralmente comprometida terminar sometiendo su conciencia individual a una supuesta necesidad histórica- es exactamente la pregunta que Koestler se formula sobre sí mismo en su autobiografía. Su crítica del totalitarismo no nace únicamente de una elaboración teórica sino que nace de haber experimentado sucesivamente la seducción de una doctrina, la disciplina de partido, la propaganda, la justificación de lo injustificable y, finalmente, el terror.
Koestler hace un esfuerzo considerable por reconocer sus errores políticos y reconstruir sin demasiada indulgencia las sucesivas cegueras de su juventud. Pero esa extraordinaria capacidad de introspección convive con un egocentrismo evidente y con comportamientos en sus relaciones con las mujeres que hoy resultan aborrecibles. La distancia entre la lucidez con la que analiza las relaciones de dominación política y su mucha menor capacidad para reconocer determinadas relaciones de poder en su propia vida constituye también parte de la experiencia de leerlo, aunque no la más satisfactoria. Él mismo recoge el que denomina "veredicto condenatorio (aunque correcto) de Orwell: «La falla de la coraza de Koestler es su hedonismo»". Tras lo que el autor reconoce sus contradicciones: "Las contradicciones entre sensibilidad y endurecimiento, egomanía y autosacrificio, que aparecen en cada capítulo de este libro, nunca convendrían a un personaje verosímil de una novela; pero como esto no es una novela, la figura del autor tiene que aparecer como realmente fue".
Leídos consecutivamente, los cinco volúmenes adquieren la forma de una larga educación en la desconfianza hacia las certezas absolutas. Flecha en el azul cuenta la búsqueda de una identidad; El camino hacia Marx, la búsqueda de una explicación total; Euforia y utopía, la experiencia de la fe ideológica; El destierro, su progresiva fractura en medio del fascismo y de la Guerra Civil española; y La escritura invisible, el aprendizaje que queda después del derrumbe, mientras Europa misma se derrumba alrededor de su autor. Por eso estas memorias resulten hoy tan fascinantes. Koestler no fue simplemente contemporáneo de la historia: tuvo la extraña fortuna, y la terrible desgracia, de encontrarse una y otra vez allí donde la historia estaba sucediendo. El resultado es el testimonio de una generación de intelectuales europeos que buscó desesperadamente una respuesta a la crisis de su mundo, creyó encontrarla en sistemas políticos que prometían explicarlo todo y tuvo que aprender que ninguna filosofía de la Historia justifica sacrificar a las personas concretas en nombre de quienes todavía no existen. En ese sentido, el verdadero protagonista de estas memorias no es tanto Koestler como un siglo XX atravesando la vida de alguien que, después de haber creído apasionadamente en algunas de sus grandes promesas, dedicó buena parte de su obra a comprender cómo había podido creer en ellas.
La Autobiografía se cierra con una anécdota que se eleva al nivel de categoría. Koestler cuenta que, viviendo ya en Londres, le enviaron un cartel del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) cuyo texto decía:
"1933. En aquellos años ardían hogueras en las ciudades de Alemania. Por orden de Goebbels se arrojaron a las llamas millones de libros.
1952. En estos días nuevas hogueras arden en las ciudades alemanas de la zona soviética; otra vez las llamas destruyen nueve millones de libros".
Bajo la primera frase aparecía una caricatura de Goebbles arrojando un libro a la hoguera mientras Hitler lo contempla. Bajo la segunda Wilhelm Pieck, presidente de la RDA, arroja otro libro al fuego mientras Stalin observa. Ambos libros llevan el nombre de "Köstler" -con esa grafía- en la cubierta. Ante lo cual, Koestler concluye: "que le quemen a uno sus obras dos veces en vida es, después de todo, una rara distinción". Una distinción, en todo caso, muy trabajada.
Fuente: https://library.fes.de/pdf-files/bibliothek/02875.pdf
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