Zubero
Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
domingo, 19 de abril de 2026
viernes, 10 de abril de 2026
Las esposas de Los Álamos
jueves, 9 de abril de 2026
Carcoma
Carcoma
La casa, siempre la casa, es un cuerpo, una memoria, una herida que no cicatriza. Sus paredes rezuman historia, no una historia ordenada o perfectamente narrable, sino una sedimentación de injusticias, de violencias, de silencios, de vidas atrapadas. Hay algo que persiste, algo que no se deja enterrar, y que atraviesa a las mujeres que la habitan como si fueran parte del mismo material que la sostiene:
La novela se articula en dos voces que se alternan: una más inmediata, más cruda, más pegada al presente; otra que arrastra un tono casi espectral, como si hablara desde un tiempo que no termina de pasar. No se trata exactamente de generaciones distintas, aunque lo sean, sino de capas de una misma experiencia. Lo que ocurrió antes no está detrás, no es solo pasado, sigue ocurriendo.
Layla Martínez construye así una genealogía de la violencia que no precisa de largos desarrollos ni contextualizaciones explícitas. La novela avanza por acumulación, por insistencia, por repetición de gestos y situaciones que acaban revelando un patrón: el de un mundo donde las relaciones están atravesadas por el abuso, la dominación y la imposibilidad de escapar. El lenguaje acompaña esta atmósfera con una prosa seca, cortante, que no busca embellecer nada. Hay frases que parecen dichas desde dentro de la rabia, otras desde un cansancio profundo, casi mineral. No hay concesiones, tampoco hay consuelo:
En ese sentido, Carcoma es, ciertamente, una historia de fantasmas, pero no en el sentido convencional. Aquí lo espectral no es una irrupción extraordinaria, sino una forma de persistencia cotidiana:
miércoles, 8 de abril de 2026
La cara oculta de las misiones espaciales
Se habla de
instalar bases permanentes en la Luna, como si la expansión fuera un destino
inevitable de la humanidad, mientras en la Tierra seguimos siendo incapaces de
garantizar algo tan básico como el acceso universal a una vivienda digna. La
promesa de habitar otros mundos contrasta brutalmente con nuestra incapacidad
para vivir justamente en este. Se nos habla también de explotar recursos
lunares, proyectando más allá de la atmósfera una larga historia de
extractivismo. La Luna aparece, así, como una nueva frontera disponible, una
extensión del mismo impulso que ha devastado territorios y comunidades en la
Tierra para sostener modos de vida claramente insostenibles.
Hay,
además, un elemento que rara vez se enuncia con claridad: el retorno de la
lógica de bloques y de competencia entre potencias al terreno espacial. Estados
Unidos, China o Rusia no solo compiten por el prestigio científico, sino por
posiciones estratégicas en lo que ya empieza a perfilarse como un nuevo tablero
geopolítico. La historia de la carrera espacial durante la Guerra Fría confirma
que estos procesos nunca son ajenos a intereses militares, y no faltan indicios
de que el espacio puede convertirse en un ámbito de proyección de poder,
vigilancia e incluso eventual conflicto.
En
paralelo, emerge una cuestión menos visible pero igualmente decisiva: el
desigual reparto de costes y beneficios. Buena parte de estas misiones se
financian con recursos públicos, movilizando enormes inversiones estatales en
nombre del progreso colectivo. Sin embargo, los beneficios derivados de las
mismas -tecnológicos, comerciales o, en su caso, extractivos- se concentran en
actores privados, especialmente en grandes corporaciones aeroespaciales y
tecnológicas. Se perfila así una dinámica conocida: socialización de los
costes, privatización de los beneficios.
Y, en un registro
más bajo, casi susurrado, asoma otra posibilidad inquietante: la de que esta
expansión no sea tanto un proyecto colectivo como una vía de escape para las
élites tecnofeudales. La hipótesis formulada por Bruno Latour en Donde
aterrizar resuena aquí con fuerza: la construcción de hábitats radicalmente
“off-shore”, desconectados de cualquier obligación común, desde los que
continuar aplicando dinámicas de acumulación por desposesión. Un capitalismo caníbal
que, llevado al límite, fantasea con sobrevivir a la devastación que él mismo
ha contribuido a generar.
Sería
intelectualmente deshonesto ignorar los argumentos en sentido contrario.
Quienes defienden estas misiones apelan al valor del conocimiento científico,
al desarrollo tecnológico derivado y a la necesidad de ampliar el horizonte de
la especie ante riesgos existenciales. También señalan que la exploración
espacial ha sido, en ocasiones, un terreno de cooperación internacional y un
motor de innovación con efectos indirectos positivos en la vida cotidiana. Pero
incluso concediendo parte de razón a estas defensas, la cuestión de fondo
permanece intacta: ¿desde qué prioridades y bajo qué lógica se organiza esa
expansión? Porque ninguna exploración es neutra, y ninguna tecnología es
inocente respecto a los fines que sirve.
El problema no es
que miremos hacia la Luna, sino cómo y
desde dónde lo hacemos. Si la mirada está guiada por los mismos procesos
que han producido la crisis ecológica y social actual, entonces la expansión no
será una salida, sino una prolongación del problema en otro escenario. Y aquí
es donde la vieja fascinación se resquebraja definitivamente. No porque hayamos
dejado de admirar la capacidad humana para ir más allá, sino porque resulta
evidente que no hay “más allá” que pueda sustituir la tarea pendiente de
habitar con justicia los límites de este mundo.
Cotolorno, Rebanal, Alto de los Valles, Alto de los Llanos
Peña Redonda (iquierda) y Cotolorno (derecha),
Al fondo todas las grandes cumbres de la Montaña Palentina, desde el Espigüete hasta el Curavacas.
Rebanal desde Cotolorno.
Espigüete desde el Alto de los Valles.
Rebanal y Cotolorno desde el Alto de los Llanos.
martes, 7 de abril de 2026
Puertas cerradas, no abiertas
El PP de Vitoria-Gasteiz vuelve a insistir en una idea
tan recurrente como problemática: que el aumento de la delincuencia está
directamente relacionado con una supuesta política de “puertas abiertas” a la
inmigración. A partir de datos policiales, su portavoz y futuro candidato a la
Alcaldía, Iñaki García Calvo, construye un relato que, aunque pueda resultar
intuitivo para muchas personas, simplifica una realidad compleja y, lo que es
más grave, contribuye a estigmatizar a una parte muy vulnerable de la
población.
Porque el problema no son las “puertas abiertas”, sino
las muchas puertas cerradas con las que chocan las personas migrantes que
llegan a España buscando una vida más libre y segura.
España, como el conjunto de Europa, dista mucho de ser
un territorio de libre acceso para quienes buscan una vida mejor. Las vías
legales y seguras para migrar son escasas, lentas y, en muchos casos,
inaccesibles para quienes huyen de contextos de pobreza, violencia o falta de
oportunidades. Lejos de un modelo permisivo, lo que existe es un entramado
burocrático y legal que empuja a miles de personas a la irregularidad desde el
primer momento en que pisan suelo europeo. Y esa irregularidad no es una
elección libre, es una consecuencia.
La
irregularidad como producto del sistema
Decir que la irregularidad administrativa es una
elección implica asumir que las personas migrantes disponen de alternativas
reales para hacer las cosas “bien” desde el inicio. Pero esa premisa no se
sostiene en la práctica. Para la mayoría de quienes llegan a España, no existe
una vía accesible, rápida y segura que les permita entrar, residir y trabajar
de forma regular desde el primer momento. Los visados están limitados,
condicionados a requisitos difíciles de cumplir, como contar previamente con un
contrato de trabajo, y muchas veces desconectados de la realidad de quienes
migran.
A esto se suma un hecho determinante: el propio
sistema legal genera irregularidad sobrevenida. Personas que entraron
legalmente con un visado pueden perder su situación regular al no poder renovarlo
a tiempo, al quedarse sin empleo o al no cumplir condiciones administrativas
extremadamente rígidas. No hablamos, por tanto, únicamente de quienes cruzan
fronteras sin autorización, sino también de quienes, aun habiendo seguido las
reglas, acaban fuera del sistema por la imposibilidad material de sostener su
estatus.
El resultado es un callejón sin salida: para acceder a
un permiso de residencia se exige un contrato de trabajo, pero para conseguir
ese contrato es necesario tener ya el permiso. Este tipo de requisitos no solo
no ordenan la migración, sino que empujan a muchas personas hacia la economía
informal, donde la precariedad y la desprotección son la norma.
En ese contexto, la irregularidad deja de ser una
decisión individual para convertirse en el producto de un diseño institucional
que excluye. No es que las personas elijan estar al margen de la ley, sino que
la ley, tal y como está configurada, las sitúa en ese margen. Y una vez ahí,
salir no es sencillo: los procesos de regularización son largos, inciertos y,
en muchos casos, inaccesibles.
El
actual proceso de regularización extraordinaria es, en sí mismo, una evidencia
de las disfunciones del sistema. Si hoy se plantea la necesidad de regularizar
a decenas de miles de personas es precisamente porque durante años se ha
permitido, cuando no provocado, que vivan y trabajen en la irregularidad. No se
trata de una anomalía puntual, sino de un fenómeno estructural: personas que ya
forman parte de nuestras ciudades, que sostienen sectores enteros de la economía
en condiciones de enorme precariedad, pero a las que se les niega durante
largos periodos el reconocimiento legal más básico. En lugar de facilitar
itinerarios de incorporación progresiva a la ciudadanía, el Estado acumula
situaciones de exclusión que después intenta resolver de manera extraordinaria
y tardía. Y, sin embargo, esas personas llevan tiempo demostrando, con su
trabajo y su arraigo, su voluntad de ser una más y uno más entre nosotras. La
paradoja es evidente: se exige integración mientras se bloquean los mecanismos
que la hacen posible.
Por
eso, cuando se habla de “inmigración ilegal” como si fuera una categoría moral
o una opción deliberada, se está ignorando que nuestras propias políticas
migratorias producen la irregularidad que luego se denuncia. En ese contexto,
hablar de “puertas abiertas” resulta una exageración interesada.
Seguridad, estigmatización y convivencia
Es cierto que los datos policiales pueden mostrar una
sobrerrepresentación de personas extranjeras en determinados delitos. Pero
interpretar esos datos sin atender al contexto social es irresponsable. La
criminología lleva décadas señalando que los factores determinantes de la
delincuencia no son el origen o la nacionalidad, sino variables como la
exclusión social, la precariedad económica o la falta de redes de apoyo. Dicho
de otro modo: no delinque alguien por ser extranjero, sino por encontrarse en
situaciones de vulnerabilidad que, no casualmente, afectan con mayor intensidad
a quienes han sido empujados a los márgenes del sistema.
Además, conviene recordar que los propios datos pueden
estar sesgados. Las personas migrantes, especialmente aquellas en situación
irregular, están más expuestas a la vigilancia policial y tienen menos
capacidad para defender sus derechos, lo que incrementa la probabilidad de
detenciones y registros. No es solo una cuestión de quién delinque, sino
también de quién es controlado. En este sentido, resulta indignante que
responsables públicos utilicen cifras parciales para reforzar un discurso que
asocia inmigración y delincuencia. No solo porque es una simplificación
engañosa, sino porque alimenta el miedo y la desconfianza, erosionando la
convivencia.
Frente a ese enfoque, conviene reivindicar algo que el portavoz del PP rechaza como “buenismo”: la idea de que ningún ser humano es ilegal. No se trata de negar la existencia de leyes ni de ignorar los retos que plantea la gestión migratoria, sino de recordar que detrás de cada expediente hay una persona con derechos, dignidad y una historia que merece ser escuchada. Defender esto no es ingenuidad; es, de hecho, una posición profundamente realista. La seguridad no se construye levantando muros ni cerrando puertas, sino ampliando oportunidades, garantizando derechos y facilitando la integración. Regularizar, incluir, acompañar, respetar: esas son las verdaderas políticas eficaces.
Lo contrario -mantener a miles de personas en un limbo legal, sin acceso pleno a derechos ni posibilidades reales de integración- no reduce la inseguridad, la alimenta. Por eso, la cuestión no debería ser cuántas “puertas abiertas” hay, sino cuántas seguimos manteniendo cerradas. Si de lo que se trata es de abrir una conversación seria, claro; otra cosa es que las declaraciones del portavoz del PP no vayan de eso.
jueves, 2 de abril de 2026
Libros recomendados en marzo
- Los vigías - https://imanol-zubero.blogspot.com/2026/03/los-vigias.html
- Agua negra - https://imanol-zubero.blogspot.com/2026/03/agua-negra.html
- Una extraña derrota – https://imanol-zubero.blogspot.com/2026/03/una-extrana-derrota.html
- El guillomo – https://imanol-zubero.blogspot.com/2026/03/el-guillomo.html
- La tierra de las cosas perdidas – https://imanol-zubero.blogspot.com/2026/03/la-tierra-de-las-cosas-perdidas.html
- Solo tierra, solo lluvia, solo barro – https://imanol-zubero.blogspot.com/2026/03/solo-tierra-solo-lluvia-solo-barro.html









































