miércoles, 20 de enero de 2021

El cielo de medianoche

Lily Brooks-Dalton
El cielo de medianoche
Traducción de Carles Andreu 
Blackie Books, 2020

"De repente ardía con la determinación de encontrar otra voz. En el fondo de su mente siempre había contemplado la posibilidad de que hubiera supervivientes pero, aunque le hubieran importado lo suficiente como para buscarlos, el aislamiento del observatorio hacía que cualquier contacto de esa índole resultara logísticamente imposible. Aun en el caso de que lograra encontrar un reducto de humanidad, no tendría forma de llegar hasta allí. Y, sin embargo, de pronto lo que parecía importante era justamente la conexión. Era consciente de que tenía muy pocos números: lo más probable era que no encontrara nada, o casi nada. Sabía que nadie acudiría a rescatarlos ni a descubrirlos. Y, no obstante, notaba el impulso de aquella nueva sensación, aquel inaudito sentido del deber, la determinación de encontrar otra voz".


Augustine es un astrónomo anciano y enfermo que ha decidido quedarse en el observatorio del Ártico canadiense en el que se encuentra destinado para su última misión científica. Todo el personal de la base había sido evacuado un año antes, pero él no ha querido hacer lo mismo, asumiendo que su decisión de quedarse era definitiva, que nadie volvería a buscarle: "La verdad era que Augustine no tenía a nadie junto a quien regresar. Y allí, por lo menos, no había nada que se lo recordara". Por cierto, la evacuación tiene que ver con "algo catastrófico [que] estaba sucediendo en el mundo exterior", pero la autora no nos dará más detalles. Lo que sí sabemos es que no hay forma de comunicar por radio con el exterior: "Era como si, de pronto, no hubiera transmisores de radio en el mundo, o tal vez no quedara nadie capaz de usarlos".
 
Iris es una niña de unos ocho años, silenciosa y observadora, que aparece en el observatorio uno o dos días después de la evacuación. ¿Será que alguien se la olvidó allí en el ajetreo del desalojo de la base, como si de una suerte de Solo en casa ártico se tratara? El caso es que nadie regresará a recogerla, de manera que Augustine tendrá que cuidar de ella "como si fuera un animal doméstico (no sabía hacerlo de otra manera), con una bondad torpe, pero si fuera de otra especie".

Sully es una de las seis tripulantes de la nave espacial Aether, la primera que ha consegido llegar hasta Júpiter y sus lunas. Un exigente viaje de dos años de duración, separados de sus familias. En el vuelo de regreso a la Tierra se han encontrado, repentinamente, con que han perdido la comunicación con el centro de control de la misión: "Los receptores seguían recibendo los murmullos espaciales de costumbre, procedentes de los cuerpos celestes situados a millones de años luz. La única que no decía nada era la Tierra".

Son los tres personajes principales de una historia emocionante que reflexiona sobre la incomunicación y las relaciones afectivas, sobre la necesidad del contacto y sus costes personales. Dos peripecias vitales (la de Augustine y la de Sully) que discurren en paralelo durante la mayor parte del relato para adoptar al final una forma asintótica en la Iris resulta sorprendentemente esencial.

Un final abierto para una obra que me enganchó desde la primera página. Cosa que no ha ocurrido con su versión cinematográfica, de la que desconecté en los primeros minutos. Tendré que concederme una segunda oportunidad.


miércoles, 13 de enero de 2021

A la deriva: setenta y seis días perdido en el mar

Steven Callahan
A la deriva: setenta y seis días perdido en el mar
Traducción de Miguel Marqués
Capitán Swing, 2019
 
"Cruzar a la deriva medio océano Atlántico y aprender a vivir como un cavernícola acuático me demostró una y otra vez que soy no tanto un individuo como parte de un todo, de un continuo del que forman parte  todas las cosas, y que soy conducido por estas, sin un control de los caminos que tomo".

 
Como un cavernícola acuático... No hay mejor imagen que esta para representarnos la terrible situación a la que se enfrentó el autor y protagonista de esta historia real. 
 
Estamos en 1982, en la noche del 4 al 5 de febrero. Tras naufragar en mitad de una tormenta frente a las islas Canarias mientras participaba en una carrera de veleros en solitario a través del Atlántico, el autor logra ponerse a salvo en la balsa de salvamento. Mientras el pecio se mantiene a duras penas sobre la superficie de un mar terriblemente agitado, Callahan se arriesga a revisar sus restos con el fin de rescatar el máximo de material posible: alimentos, agua, herramientas, saco de dormir... Esa balsa de goma, cuyo diámetro interior era de un metro y setenta centímeros, sera su frágil refugio durante setenta y seis interminables días.

Durante este tiempo cada jornada será una prueba extrema, un juego de vida o muerte: reparando agujeros y desgarrones por los que se filtra el agua, capturando y secando para su conserva los peces de los que se alimenta manteniéndose apenas por encima de la inanición ("Mis glúteos han desaparecido. Donde antes estaba mi culo, solo hay dos concavidades recubiertas de carne y enmarcadas por los huesos de la pelvis"), destilando trabajosamente agua de mar por evaporación y condensación para conseguir unas gotas de imprescindible agua dulce, protegiéndose de lo ocasionales ataques de tiburones...

Y tal vez lo más aterrador de todo: al menos ocho barcos navegarán no muy lejos de su diminuta balsa y pasarán de largo sin verle: "¿Cuántos barcos más me pasarán así de cerca? Lo más probable es que ninguno. ¿Cuántos habrán pasado sin yo verlos? ¿Cuántos más dejarán de verme? En nuestro siglo no hay tantos ojos ya mirando más allá de la borda"

Al leer esta reflexión recordé un texto de Julian Barnes en la novela Una historia del mundo en diez capítulos y medio (traducción de Maribel de Juan, Anagrama 1994) que he utilizado en bastantes ocasiones (también aquí) como una suerte de metáfora de la crisis moral de nuestro tiempo:
 
"Se acordó de una cosa terrible que había leído una vez en un periódico sobre la vida en un superpetrolero. Hoy en día los barcos se habían ido haciendo más grandes, mientras las tripulaciones se volvían cada vez más pequeñas, y todo se manejaba por tecnología. Programaban un ordenador en el Golfo o donde fuera y el buque prácticamente se gobernaba solo hasta Londres o Sydney. Era mucho mejor para los armadores, que se ahorraban un montón de dinero, y mucho mejor para la tripulación, que sólo tenían que preocuparse por el aburrimiento.
[...] aquel artículo [decía] que en los viejos tiempos siempre había alguien arriba en la torre de vigía o en el puente, vigilando. Pero hoy en día en los buques grandes ya no había vigía, o por lo menos el vigía era un hombre que miraba de cuando en cuando una pantalla llena de puntos luminosos móviles. En los viejos tiempos si estabas perdido en el mar en una balsa o un bote de goma o algo así, y un barco pasaba cerca, tenían muchas posibilidades de que te rescataran. Agitabas los brazos y gritabas y disparabas cualquier cohete que tuvieras; ponías tu camisa en lo alto del mástil y siempre había gente vigilando y atenta a localizarte. Ahora puedes estar semanas a la deriva en el océano, y al final se acerca un superpetrolero y pasa de largo. El radar no te detecta, porque eres demasiado pequeño, y es pura suerte si hay alguien inclinado sobre la barandilla vomitando.
Había habido muchos casos de náufragos que en otros tiempos habrían sido salvados y a los que ahora nadie recogió; e incluso incidentes de personas a las que atropellaron los barcos que ellos creían que venían a rescatarlos. Trató de imaginar lo espantoso que sería la terrible espera y luego la sensación cuando el barco pasa de largo y no puedes hacer nada, todos los gritos quedan ahogados por el ruido de los motores. Eso es lo malo que le pasa al mundo, pensó. Hemos renunciado a los vigías. No pensamos en salvar a otras personas, navegamos hacia adelante confiando en nuestras máquinas"
.

Setenta y seis días después del naufragio, el 21 de abril, Callahan fue rescatado por unos pescadores de la isla de Marigalante, en las Antillas Menores, poniendo final feliz a una peripecia real cuya lectura nos recuerda a la mejor literatura de aventura. 
 
Fuente: https://www.askaprepper.com/survived-76-days-adrift-and-lived/
 

domingo, 10 de enero de 2021

Ganekogorta nevado

Con todas la precauciones, bien equipado, no he podido resistirme a la llamada del Ganeko.
He salido a las 8:20 desde el aparcamiento junto al albergue Mendizain (muy recomendable), me he dirigido hacia Zamaia, he subido al Gongeda (9:20 h.), he continuado hasta el Ganekogorta (10:50 h.) y he regresado por el mismo camino. He llegado al Mendizain a las 12:15 h.
Mucha nieve, mucha niebla, mucho frío y mucha gente; la que estaba en la cumbre del Ganeko bien equipada, en general.
 
Mina Antón, en Zamaia.
Gongeda, primer buzón de hoy.
Vistazo desde el Gongeda hacia Zamaia.
Y ahora, hacia el Ganeko, cubierto por la niebla.
Cumbre del Ganekogorta.
 
Tanto en el ascenso como en el descenso, la sensación era la de estar metido en una cámara totalmente blanca. No era fácil ubicarse. Mientras bajaba, alguna persona que subía me preguntaba  qué cota o en que zona se encontraba.

Gongeda y Zamaia.
Una experiencia montañera plenamente invernal.


viernes, 8 de enero de 2021

El banquete anual de la Cofradía de Sepultureros

Mathias Enard 
El banquete anual de la Cofradía de Sepultureros
Traducción de Robert Juan-Cantavella
Penguin Random House, 2020

"Un último latido del corazón vació de su sangre casi al instante al hermoso jabalí, derramándola en el suelo de metal abollado; y abismó en la muerte al porcino que había sido el padre Largeau, que había sido una rana, una nutria y luego un barquero salvaje en la umbría marisma; aquel que había gozado media hora cabalgando a su jabalina, que había gruñido en el crepúsculo del verano, nadado hasta no poder más, jugado con las luciérnagas, escuchado el canto líquido de la barca en su avance, el glugluteo de su espadilla; aquel que había revoloteado entre las ruinas, en otros tiempos bello cuervo, asaltador de caminos, monje, campesino, roble invencible, guijarro recogido por un peregrino e incluso una vez tempestad, furiosa tempestad arrancadora de árboles, aquel que había deseado a muerte a Mathilde y yacía, agonizante, sobre el suelo ondulado de un automóvil, aquel a quien aún le queda ser hombre de los bosques, guerrero moro, siervo cubierto de barro, perro de pastor, zorro hambriento, sauce llorón, abogado, rico comerciante pero siempre él mismo, a merced del mérito que su alma ciega fuera ganando, igual que centelleamos todos en la noche infinita, por un tiempo, antes de ser arrojados de nuevo a la Rueda, una vez más y para siempre al sufrimiento, que está en la Tierra y en ninguna otra parte".

 
 
El protagonista de esta novela, David Mazon, es un etnógrafo parisino que se instala en el pequeño pueblo de La Pierre-Saint-Christophe (nombre ficticio), ubicado en las cercanías del parque natural de la marisma de Poitou (marais poitevin), en el Litoral Atlántico francés, en el triángulo formado por las ciudades de Nantes, Tours y Angulema. Su intención es realizar unos meses de trabajo de campo para elaborar su tesis doctoral sobre "lo que significa hoy en día vivir en el campo". Su aterrizaje en la Francia rural no es fácil y los avances en su investigación muy limitados. La primera parte del libro (hasta la página 98) es una especie de versión literaria de El antropólogo inocente: desternillante.

"Son las dos de la mañana, el silencio y la soledad me angustian, imposible dormir. Oigo bichos y tengo la sensación de que se me van a echar encima en plena noche. Demasiado tarde para volver a llamar a Lara (cuando le he dicho que en adelante mis aposentos se iban a llamar El Pensamiento Salvaje se ha reído), en el chat no hay nadie en línea. Además, para leer no dispongo más que de Los argonautas del Pacífico Occidental, el Diario de Malinowski y Noventa y tres de Victor Hugo, para pasar el rato no es precisamente lo más adecuado. (¿Por qué me he traído Noventa y tres? Sin duda porque tenía la vaga impresión de que pasaba por aquí.) Tengo un poco de frío, mañana me va a tocar ir a hablar con Mathilde para que me preste una estufa. ¿Y ahora? A jugar al Tetris, eso me relajará.
[...]
He salido del Pensamiento Salvaje a eso de las diez, tras advertir que no estaba solo en mis aposentos de etnógrafo: la fauna es abundante. Sin duda, el sapo se ve atraído por los numerosos insectos y los gatos por el sapo. En el baño, precisamente entre la ducha y el sanitario, he descubierto una colonia de gusanos rojos, o mejor dicho de filamentos vivientes de color rojo que parecen gusanos. Si no los pisas son muy bonitos. Se desplazan tranquilamente hacia la puerta, así que antes de lavarse hay que apartarlos hacia el desagüe con un chorro de agua. He sabido manejar mi asco sin problemas, y eso, de cara a mi capacidad para afrontar las dificultades del trabajo de campo, me tranquiliza. A fin de cuentas, hasta Malinowski señala que los principales obstáculos de la etnología son los insectos y los reptiles. (Puesto que nadie va a leer este diario, puedo admitir que tener gusanos en el cuarto de baño me ha parecido bastante inmundo y que he tardado un cuarto de hora en atreverme a meterme en la ducha.) También hay un buen montón de caracoles enanos, pero son bastante inofensivos. Supongo que el hecho de estar a pie de campo tiene mucho que ver, eso y la humedad. En fin, a lo que iba, hacia las diez he salido del Pensamiento Salvaje para ir a ver a mi casera la señora Mathilde y preguntarle si había alguna forma de llegar a la ciudad para llenar la despensa, ella ha puesto cara de sorpresa, Eh, bah, no sé nada; no tenía ni idea de si había algún autobús que parase en el pueblo. (Hoy he descubierto que de buena mañana podría coger el autobús del colegio y el instituto, pero me van a tomar por un sátiro y además, como sale tan pronto, me iba a tocar esperarme dos horas a que abrieran el supermercado, a tener en cuenta para el capítulo Transporte.) Lo que ella me ha aconsejado, así directamente, es que me compre un coche. Que en La Pierre-Saint-Christophe no hay más que un café con productos de primera necesidad, es decir, anzuelos, cigarrillos y permisos de pesca. Pero vaya, al final no voy a tener que pescar el almuerzo yo mismo: la señora Mathilde (más bien su marido, Gary, ansioso por entrevistarlo) ha tenido la amabilidad de prestarme un viejo ciclomotor, propiedad de uno de sus hijos (a tener en cuenta para el capítulo Transporte) y un viejo casco negro sin visera con la espuma hecha trizas y unas cuantas pegatinas vintage (una rana sacando la lengua, el logo de AC/DC). Así que ya dispongo de un medio de locomoción, bastante precario pero eficaz. Hacia el mediodía he ido al supermercado en la capital de cantón, Coulonges-sur-l’Autize (bonito nombre), he comprado un montón de cosas sin darme cuenta de que llevarlo todo en el ciclomotor no iba a ser tarea fácil: latas de atún, sardinas, pizzas congeladas, café y algo dulce (chocolate)"
[Estos y otros fragmentos pueden leerse aquí].
 
Pero a partir de la página 101 el tono de la novela cambia por completo. También la forma en que está escrita. En las siguientes trescientas páginas desaparece el protagonismo de David Mazon (salvo en una docena de breves apuntes, en los que el etnólogo pierde el carácter de narrador para convertirse en observado, no reaparecerá hasta el último capítulo del libro, a partir de la página 403, transitando desde el rol de investigador-observador participante al de nativo) y aparece un narrador omnisciente que nos introduce a empujones en la realidad más profunda del pueblo y de sus habitantes, en su presente y en su pasado, de las violencias y las miserias en las que hunden sus raíces. El relato se vuelve oscuro, duro, a ratos pesadillesco: "Jérémie blandió su paquete maldito, le había quitado la tela, la bolsa olía a sangre y abominación, Jérémie blandía la maldición pura, y en el mismo instante en que Lucie perdía el equilibrio, en el segundo preciso en que se deslizaba bajo el peso del horror, Jérémie lanzó aquella cosa inmunda y hedionda, la muerte, Jéremie le tiró encima la muerte, la muerte aún envelta en la matriz, toda ella sangre pegajosa, la placenta negra en descomposición [...]".

Parece increíble que Enard sea capaz de manejar con tanta maestría registros tan distintos en una misma novela. Pero lo hace, admirablemente bien.
 
En esas trescientas páginas durante las que Mazon pierde su papel de observador-narrador para convertirse en un personaje más observado-narrado, conoceremos muchas historias. Como la de Marcel Gendreau, nombrado maestro del pueblo tras la Segunda Guerra Mundial, amante de la cultura y la vida campesinas, autor de un libro autoeditado con el que pretendía homenajear a las buenas y sencillas gentes de Pierre-Saint-Christophe, pero que se volverá en su contra por su condición de forastero ("originario de Échiré, tanto como decir de otro mundo aunque distante unos quince kilómetros") hasta verse obligado a abandonar el pueblo. En estas páginas la gran protagonista es la Rueda, un ciclo de reencarnaciones que afecta a todos los habitantes de la aldea de manera que cada existencia humana actual se nos muestra vinculada a una sucesión de existencias anteriores, tanto humanas como animales, vegetales, minerales o hasta meterorológicas (ver el fragmento con el que se abre este comentario).
 
En una entrevista, Enard explica así el sentido de esta : "Intento retratar como a través de un lugar muy pequeño se puede llegar a lo universal, de forma muy concreta, no abstracta, historias personales que conforman el gran tapiz de la historia y de la vida. Siempre se dice que en los pueblos no pasa nada, que están fuera de la historia. Pero yo creo que, al contrario, todos los destinos están vinculados unos con los otros, que todos los seres humanos tenemos un destino único y la historia es una [...] Lo consigo haciendo que todos los personajes se vayan reencarnando de una forma casi budista, un mecanismo literario con el que consigo traspasar las fronteras de ceñirme a una historia temporalmente”. Y concluye: “este concepto de que nuestra alma viaje en una infinita rueda me apasiona porque refuerza la idea de que todo lo que hacemos tiene consecuencias en el mundo y en todos nosotros, el famoso efecto mariposa. En los últimos tiempos tenemos más pruebas que nunca de que eso es verdad, pero todavía no hemos asumido las consecuencias”.
 
Pero sí la Rueda le roba el protagonismo al antropólogo Mazon entre las páginas 101-403, desde la página 241 hasta la 315 el protagonismo lo asume "El banquete anual de la Cofradía de Sepultureros", título del cuarto capítulo y de la novela. Un relato en sí mismo. Como todos los años, la Cofradía ("fundada por Saladino después de su toma de Jerusalén, para enterrar igualmente a cristianos, judíos y musulmanes, y confirmada por Ricardo Corazón de León después de la batalla de Jaffa, cuando la Cofradía enterró sin distinción a caballeros y sarracenos") se junta durante tres días para comer, beber y discursear, tres días durante los cuales la Muerte descansa y por ello la Rueda se detiene. Este año el banquede se celebra en el pueblo de La Pierre-Saint-Christophe, donde entre los 99 sepultureros convocados se encontrarán Mojagua y Cojonarca, Verruguián y Grangargajo, Pollaúd, Vendepié y Bertheleau, todos varones, a pesar del intento de Secaverga de abrir la Cofradía a las mujeres. Es este un banquete pantagruélico, excesivo, goliardo, una grande bouffe multiplicada por diez, todo ello narrado con un lenguaje riquísimo, exuberante (hay que escubrirse ante la pericia del traductor, Robert Juan-Cantavella), un auténtico gozo para la lectora o el lector:

"Los noventa y nueve comensales finiquitaban el caldo viendo cómo les traían los volovanes, tan etéreos que se dirían espumados. ¡Ah, maese Cuaresma no les hubiera dicho que no!, pensó Secaverga, que era un sibarita. Imaginaba las lechecillas, la crema, las morillas; puede que hasta la trufa de primavera, tan ligera, tan afrutada que magnificaba el sabor de la carne de las colas de cangrejo; de lejos, Secaverga no podía adivinar el contenido de las crostadas, mar, tierra, o incluso tierra y mar; circulaban potes de vino blanco: un chenin bien graso, pajizo y sin embargo mineral, el vino perfecto, con su lejano amargor, como el recuerdo mismo de la vida, pensó Secaverga; el condumio lo volvía filósofo. Era una gloria ver y oír a la gran comensalía: los había aún ocupados en el consomé, que en su boca lo vertían, directamente, sosteniendo el plato con las dos manos: el vapor del caldo lo despedían como dragones, por las fosas nasales, sin el menor lamento. Otros seguían deleitándose con las terrinas o con los huevos del aperitivo; varios de ellos, como Secaverga, esperaban con impaciencia el próximo parlamento".
 
Una novela excepcional. Bon appétit.

lunes, 4 de enero de 2021

Naturaleza es nombre de mujer

Abi Andrews
Naturaleza es nombre de mujer
Traducción de Paula Zumalacárregui Martínez
Volcano, 2020 

"Así fue como ocurrió: yo estaba viendo una película sobre un fugitivo llamado Chris McCandless, que renunció a su vida de niño rico de universidad privada para cruzar los Estados Unidos y vivir el sueño de Jack London en Alaska, donde comió unas semillas venenosas y se murió. Fue en 1992, un año antes de que yo naciera. Lloré y me prometí que abriría una cuenta de ahorros para costearme un viaje a Alaska, donde yo también viviría en plena naturaleza en la más absoluta soledad. Después, repasé la película de cabo a rabo y analicé de qué manera la cosa podría haber sido diferente si el tío hubiera sido mujer. Lo cierto es que habría sido una película radicalmente distinta"

 

Este es un libro maravillosamente extraño. Presentado como una novela, su densidad lo convierte en un ensayo sociológico y su realismo en un relato autobiográfico. Este realismo es tan poderoso que durante su lectura tenía que recordarme a mí mismo que no se trataba de una historia "real", al estilo de otras que ya he comentado aquí, aquí o aquí.

En una entrevista publicada en The Adroit Journal, Abi Andrews aclara las circunstancias en las que ideó y escribió el libro, muy alejadas de las que refleja en su contenido:

"Empecé a escribir el libro cuando todavía estaba en la universidad de Londres, sintiéndome sofocada por la ciudad y anhelando un viaje como el de Erin. [...] Quería que el libro fuera un ejercicio intelectual en el sentido de que trata sobre las ideas que tenemos de los lugares en lugar de los lugares en sí. Cuando me gradué y todavía estaba escribiendo el libro, fui de excursión a Nepal. El viaje fue muy diferente al de Erin, y no estaba sola, pero hubo algunas contingencias emocionales en las montañas que quizás surgieron más adelante en el libro. No había estado en Norteamérica hasta hace dos años, poco después de la publicación del libro".

Y en otra entrevista profundiza en las razones de haber optado por esta perspectiva mockumentary, como si de un falso documental se tratara:

"Evité escribir sobre algún lugar basado en la experiencia a propósito. Podría ser acusada de no ser auténtica. Pero me preocupaba una línea particular de escritura de viajes: esta tradición masculina de escribir como conquista, y realmente quería evitar eso de la manera más literal. No quería escribir sobre un lugar en el que había estado antes, atraparlo de esa manera. Estaba pensando más en las ideas que tenemos de los lugares, que en los lugares en sí. Las historias que nos contamos sobre ellos. ¿Cuál es el imaginario de Alaska? Así que leí mucho sobre Alaska y los otros lugares a los que va Erin. Vi muchos documentales y películas".

De manera que la protagonista de esta novela-ensayo o de este ensayo-novelado es Erin, una joven británica de 19 años que decide grabar un documental a partir de una base -"una mujer sola en plena naturaleza"- generalmente ausente de las aproximaciones filosóficas, literarias o cinematográficas a la relación entre las personas y la naturaleza.

Es cierto que podemos encontrar referencias de mujeres viajeras como Rebecca West (Cordero negro, halcón gris, traducción de Luis Murillo Fort, Ediciones B, 2000) o Annemarie Schwarzenbach (Todos los caminos están abiertos, traducción de María Esperanza Romero, Minúscula, 2008), que a finales de los años treinta del siglo XX recorrieron Yugoslavia, la primera, y los Balcanes, Turquía, Irán y Afganistán, la segunda. También están el más reciente relato de Cheryl Strayed sobre su aventura recorriendo el Sendero del Macizo del Pacífico (Salvaje, traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla, Roca Editorial, 2013) y la excelente novela de Catherine Poulain, Allí, donde se acaba el mundo (traducción de Iballa López Hernández, Lumen 2017), inspirada en su experiencia como pescadora en un barco en Alaska. También es verdad que en los últimos años, gracias a la editorial Errata naturae, hemos podido acceder a los escritos de mujeres tan maravillosas como Annie Dillard, Terry Tempest Williams, Sue Hubbell, Sy Montgomery, Nan Shepherd y, por supuesto, Rachel Carson.

Pero los relatos mainstream sobre aventura y naturaleza se mueven en el territorio perimetrado por la reflexión filosófica de Henry David Thoreau y la acción aventurera de Jack London. Del cine, mejor ni hablamos, por más que no pueda dejar de confesar mi veneración por la excepcional Jeremiah Johnson de Sydney Pollack (1972).
 
"Se utiliza la palabra «Hombre» para referirse a la Humanidad al completo. Cuando se habla del «Hombre» que se enfrenta con la Naturaleza en una dinámica de conquista, se suele hablar de la Naturaleza en términos femeninos. Que una mujer dé muestras de tener una naturaleza salvaje no es sinónimo de autonomía y libertad, sino que, por el contrario, se considera una fiebre irracional. Al mismo tiempo, en términos supervivencialistas somos el sexo débil y no podemos prosperar solas más allá de la esfera social o sin la protección de un hombre viril. A las mujeres se las excluye de la naturaleza y, a la vez, se las destierra a ella".
 
Con el objetivo de demostrar que es posible ser una mujer de montaña sin verse reducida a mero "apéndice del hombre [de montaña], igual que la barba, la pipa y la escopeta", Erin emprende un viaje que la llevará del Reino Unido a Islandia, de aquí a Groenlandia, de Groenlandia a Canadá para acabar en Alaska. 
 
En un carguero, en un barco de pesca comercial, en autobús o haciendo autostop, trabajando en un albergue, Erin irá filmando paisajes y gentes, grabando conversaciones y reflexiones, conocerá a otras mujeres y a algunos hombres con los que compartirá diversas experiencias, no todas buenas. Durante el viaje conoceremos no solo a la Erin actual, sino también a la joven mujer que unos años antes fue descubriendo el feminismo y era ya una apasionada de la naturaleza, la incomprensión de sus padres al anunciarles su proyecto ("Los jóvenes siempre se marchan. Al menos los machos jóvenes de la especie. Si yo hubiera sido varón, mi marcha habría sido un destierro, un rito de iniciación. Cuando se marcha una mujer siempre se habla de abandono"). 
 
En esta su primera novela Abi Andrews demuestra maestría describiendo paisajes salvajes y construyendo personajes complejos, al tiempo que desarrolla sugerentes observaciones sobre la trágica expedición a la Antártida de Scott y las misiones espaciales, sobre el "colectivismo innato" de los cetáceos y las culturas indígenas del hemisferio norte, o dialoga de tú a tú con las obras de Rachel Carson, de Thoreau, de Lynn Margulis y con los escritos de Ted Kaczysky, conocido como "Unabomber". El resultado es un libro para degustar a sorbos, en el que la mezcla de formas literarias utilizadas a veces desconcierta, pero siempre alimenta el interés por seguir leyendo una historia que nos invita a relacionaros con el mundo, natural y humano, de otra manera:

"El alpinista Edmund Hillary subió al Everest porque la montaña estaba ahí. Cuando le preguntaron al astronauta Gene Cernan, de los apolos 10 y 17, por qué creia que habíamos ido a la Luna, respondió que porque estaba ahí. Cuando alcanzó la cumbre del Everest, el sherpa Tenzing Norgay se puso de rodillas, enterró unas galletas a modo de ofrenda y rezó a la diosa de la montaña por haberla molestado. Tendríamos que haber ido a la Luna como Tenzing Norgay".

Podemos llamarlo ecofeminismo.

sábado, 2 de enero de 2021

Nuestra enfermedad: lecciones de libertad en un diario de hospital

Timothy Snyder
Nuestra enfermedad. Lecciones de libertad en un diario de hospital
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia
Galaxia Gutenberg, 2020
 
"La salud es nuestra vulnerabilidad común y nuestra oportunidad compartida de ser más libres juntos. Curar nuestra enfermedad enriquecería la vida, extendería la libertad y nos permitiría buscar la felicidad, solos y juntos, en soledad y en solidaridad. Para ser libres necesitamos estar sanos, y para estar sanos nos necesitamos unos a otros".
 

El 29 de diciembre de 2019, el historiador Timothy Snyder cayó gravemente enfermo. Unos días antes, el 3 de diciembre, mientras impartía una conferencia en Munich, empezó a sentirse mal: él no lo sabía, pero su apéndice había reventado y la infección empezaba a afectar a todo su organismo.

A lo largo de tres meses, entre diciembre de 2019 y marzo de 2020, mientras pasaba por cinco hospitales distintos, fue tomando notas en las que reflexionaba sobre las conexiones entre la salud y la libertad. Su relato de su último ingreso, en un hospital de New Haven, en Connecticut, es un cuento de terror. "Dos semanas antes me habían operado de apendicitis en el mismo hospital, pero no parecía que nadie de urgencias tuviera ganas de ver mi historial informatizado". Tampoco leyeron los informes impresos que llevaba consigo, ni se demoraron unos minutos para hablar con el paciente: "Si hubieran hablado conmigo un poco más, yo les habría podido mostrar mi historial médico de Florida, que indicaba un volumen elevado de enzimas hepáticas, un indicio importante de lo que estaba pasando. Yo había rodeado incluso con un círculo los resultados pertinentes en el papel, pero no conseguí que nadie les prestara atención". Mientras esperaba durante horas en un cubículo, la septicemia iba conquistando su organismo hasta empujarlo al borde mismo de la muerte. Horas de angustia y dos dolorosas e innecesarias punciones lumbares para descartar que se tratara de una meningitis después, finalmente fue intervenido para drenarle el hígado infectado, lo que salvó su vida.

A pesar de todo, Snyder no culpa a las y los sanitarios que le (mal)atendieron. Una noche de sábado en un hospital de urgencias en EEUU es una locura. Pero además, y sobre todo, considera que el problema no está en el comportamiento de las personas concretas sino en un "sistema que hace que los médicos estén siempre agobiados y cometan errores". Su profundo conocimiento de las sociedades europeas, fruto de sus prolongadas estancias en Francia, Austria, Alemania o Inglaterra, le facultan para juzgar muy criticamente el sistema sanitario estadounidense:

"El comienzo de la vida en Estados Unidos es aterrador y lleno de incertidumbres. la atención a las embarazadas es increiblemente desigual y deficiente. Es frecuente que las mujeres negras mueran en el parto, igual que sus bebés. La tasa de mortalidad de los recién nacidos de madres afroamericanas es mayos que la de Albania, Kazajistán, China y otros setenta países. [...] Morimos más jóvenes que en veintitrés países europeos; morimos más jóvenes que en varios países de Asia [...]. En 1980, cuando yo tenía diez años, los estadounidenses vivían por término medio un año menos que los habitantes de otros países de riqueza similar. En 2020, a mis cincuenta años, la diferencia en la esperanza de vida ha pasado a ser de cuatro años. No es que otros países sepan más o tengan mejores médicos. Es que poseen mejores sistemas".

Un sistema de salud víctima de los mismos procesos de mercantilización y neoliberalización que el conjunto de instituciones sociales en EEUU: la pequeña agricultura, la educación, el Estado del Bienestar en su conjunto. "La salud y la vida son valores humanos, no económicos; un mercado no regulado en el sector de la salud de nuestros cuerpos produce enfermedades rentables, más que personas sanas", denuncia Snyder. De ahí su firme y militante defensa de un sistema sanitario público y universal:

"Cuando me dieron el alta en el hospital de New Haven, oí decir a algunos colegas que se asombraban de que mi esposa y yo no hubiéramos pedido ayuda a amigos poderosos cuando estaba en urgencias. Ni se nos hubiera ocurrido. Si es así como funciona el sistema, mal hecho. Si algunos estadounidenses tienen acceso a la asistencia sanitaria gracias al dinero o a la gente que conocen, estarán contentos porque a ellos se les incluye y a otros no. Y ese sentimiento convierte una preocupación humana por la salud en una desigualdad callada pero profunda que debilita la democracia. Cuando todos tienen acceso a una asistencia sanitaria digna a un coste mínimo, como ocurre en casi todo el mundo desarrollado, es más fácil considerar iguales a otros ciudadanos".

Todo esto ha empeorado con la pandemia de coronavirus, a la que dedica la tercera parte del libro. "Un virus no es humano, pero es una forma de medir la humanidad", señala con gran acierto. Desde esta perspectiva, la evaluación del desempeño de EEUU frente a la Covid-19 es, en su opinión, desastrosa. ¿Solo en EEUU? 

Reconocido experto en la historia reciente de Europa, especialmente sobre el Holocausto, la Segunda Guerra Mundial y los regímenes totalitarios, Snyder se eleva sobre su propia experiencia para ofrecernos una profunda reflexión en defensa de los fundamentos institucionales, sociales y morales de las sociedades libres, hoy amenazadas por preocupantes derivas antidemocráticas, y nos invita a recuperar y fortalecer el principio de fraternidad (solidaridad, mutualismo, comunidad, ciudadanía común, interdependencia, reciprocidad) sin el cual ni la igualdad ni la libertad son realmente posibles:

"La paradoja de la libertad es que nadie es libre sin ayuda, La libertad puede ser solitaria, pero exige solidaridad. Un adulto que ha aprendido a ser libre en soledad gozó de solidaridad cuando era niño. Es decir, la libertad es una deuda que se paga y se devuelve durante generaciones".

Una excelente lectura para fortalecernos de cara a este nuevo año.

viernes, 1 de enero de 2021

Año de nieves... Ganekogorta, Arrabatxu y Pagero para empezar el año.

El 2 de enero del 2020 pisaba nieve subiendo al Coto Blanco (2.004 m.), en la Montaña Palentina. Hoy solo he tenido que subir al Ganekogorta, sin moverme de Alonsotegi. No recuerdo si el invierno pasado nevó aquí por estas fechas. Espero que no, porque si nevó el refrán se va al carajo. El de "Año de nieves, año de bienes"... Espero y deseo que este 2021 sea mayoritariamente un año de bienes. A ver...

Empezaba a clarear cuando esta mañana me he dirigido hacia el Ganekogorta. Chispeaba y hacía frío (2º), pero al no hacer viento se aguantaba bien.

Abajo queda el Gongeda, salpicado de nieve.
Ahí, entre la cellisca, está la cumbre.
El Pagero desde el collado de Arrabatxu, bien cargado de nieve.
Vistazo hacia Bilbao y el Abra.
Sierra Salvada.
Llegando a la cumbre.
Vuelvo sobre mis pasos y me dirijo hacia Arrabatxu.

Atrás queda el Ganeko.
La nieve forma cornisas que conviene evitar pisar.
 
 
 
 Cumbre del Arrabatxu.
 
 
 
Continuo hacia el Pagero. En algunos puntos la nieve cubre hasta por encima de las rodillas.
 

 
 
 
 Cumbre del Pagero.
 
 
 Arrabatxu y Ganeko, desde el Pagero.
Bilbao.
Sierra Salvada.
Objetivo cumplido. Una preciosa mañana de año nuevo. Para abajo.
Gongeda ha perdido su tamizado de nieve.
Vistazo al Ganeko y al Pagero.
Y para no fiarlo todo a las nieves, bajo las peñas de Zamaia recojo un poquito de muérdago, símbolo de buena suerte. A ver, 2021, a ver...
 
 Y para la primera comida del año he preparado un sabroso arroz, que parece ha quedado rico.
 
Arroz, símbolo en muchos países asiáticos de prosperidad, protección y buena fortuna.
¡Jolines! Nieve, muérdago y arroz... 
Yo creo que ya he hecho lo mío para que el 2021 sea un buen año. 
Ahora solo queda confiar...