domingo, 12 de julio de 2026

Las tres Burbonas

Agradable paseo circular empezando y terminando en el Parketxe de Sarria, pasando por los tres buzones de las tres Burbonas. Con la protección de la impresionante cobertura vegetal del bosque de Altube y con el agradable airecillo que corría entre la Burbona oriental y la central, sólo al final del recorrido se ha dejado notar el bochorno.


Burbona oriental (928 m).

Burbona central (935 m).

Burbona occidental (934 m).





Y hoy otro topete muerto, sin ninguna herida aparente. 


sábado, 11 de julio de 2026

Cincuenta años de la Asamblea General de Barcelona

 


50 años desde la Asamblea General de Barcelona.
Para que venga ahora Feijoó hablando del "cáncer del absentismo" y Argüello de "paguitas".
Cambiando todo lo que sea necesario, menos lo fundamental, no habrá alternativa a la necronomía capitalista sin sindicalismo de clase con vocación de movimiento sociopolítico.

"En el pasado, la existencia de CCOO ha sido decisiva para sacar a los trabajadores del reflujo de la derrota y ponerlos en pie, a la ofensiva, [...] CCOO desde su existencia ha dado más del 90 % del total de los presos por motivaciones laboral-sindicales y de los despedidos. Los sumarios 1001, de El Ferrol, del Besós, del Bajo Llobregat, etc. Los despedidos de Standard, Pegaso, Seat y otros, son de CCOO" [Marcelino Camacho, en la introducción a sus charlas].

"Os recuerdo en Montserrat, abrazo con Xirinacs en huelga de hambre, ¡quinta, sexta?; Ruiz Giménez musitando con ceceo: vuelvo de Carabanchel cada vez más recuperado, hay que ver a Marcelino; y el padre Llanos me decía: si entro en un partido será donde esté Marcelino Camacho, allí me reconozco [...]. Marcelino, lo repito. Sois el pobre que resuelve el mundo. Tú y tu clase. Sois el pobre que resuelve el mundo. En una palabra, un socialista de la nueva época" [Alfonso Carlos Comín, "Carta abierta a Marcelino Camacho"].

viernes, 10 de julio de 2026

¿Quién habla cuando habla un obispo?

 

Fue mi ama la primera que me informó ayer de las declaraciones del presidente de la Conferencia Episcopal. Tiene 93 años, es una mujer creyente, católica de toda la vida. Ha conocido varios papas, la posguerra nacionalcatólica, el Concilio Vaticano II, la Transición democrática y los profundos cambios vividos por la Iglesia y por la sociedad vasca y española. No me lo contó para comentar una noticia de la actualidad política, como tantas otras veces (siempre ha sido una persona comprometida y preocupada por la política, y sigue siéndolo), sino porque se sentía escandalizada por lo que había escuchado. Al escucharla pensé que, cuando una mujer que ha vivido casi un siglo dentro de la Iglesia, que ha procurado vivir el Evangelio con sencillez y fidelidad, experimenta escándalo al escuchar al presidente de la Conferencia Episcopal, el problema no resida únicamente en la dureza de unas palabras o en su mayor o menor fundamento, sino en la relación entre la autoridad eclesial y el modo de ejercerla.

Escribo estas líneas como creyente. No desde la distancia, ni desde el resentimiento, ni desde la hostilidad hacia la Iglesia. Precisamente porque me siento parte de ella creo que también tengo la responsabilidad de expresar una preocupación que pueden compartir muchas personas católicas.

Hay una frase que he utilizado en diversas ocasiones, incluso en alguna conversación con relevantes figuras del Episcopado español: todas y todos tenemos pájaros en la cabeza, la diferencia es que, en demasiadas ocasiones, los obispos creen que son el Espíritu Santo.

Todas y todos interpretamos la realidad desde una determinada biografía, una tradición cultural, unas opciones políticas, unos intereses, unos miedos, unos prejuicios y unas ignorancias. Nadie habla desde un lugar completamente puro o neutral. Tampoco las personas creyentes, ni las consagradas. La fe no elimina nuestra condición humana; debería hacernos más conscientes de ella. Reflexionar sobre nuestro lugar de enunciación es imprescindible. Por eso me inquietan especialmente determinadas intervenciones públicas de algunos obispos. No porque entren en cuestiones políticas: sería absurdo pretender que la Iglesia no tuviera nada que decir sobre la vida pública, la doctrina social de la Iglesia afirma precisamente lo contrario. El seguimiento de Jesús tiene consecuencias sociales y políticas ineludibles, y es por ello que la defensa de la dignidad humana, la justicia, la paz, los pobres o la creación exige tomar la palabra. ¡Acabamos de tener a un Papa hablando en el Congreso!

El problema no es que los obispos hablen de política. El problema es cómo hablan y, sobre todo, desde dónde hablan. Cuando el presidente de la Conferencia Episcopal afirma que “cuando un Estado olvida la ética se convierte en una banda de ladrones, y a las pruebas me remito”, no está hablando simplemente como un ciudadano, un intelectual o un comentarista político. Habla revestido de un ministerio que representa institucionalmente a la Iglesia católica y esa circunstancia exige una responsabilidad extraordinaria. Porque el ministerio episcopal no concede un privilegio epistemológico. La ordenación sacramental no convierte a nadie en un mejor economista, sociólogo, jurista o analista político. Un obispo continúa siendo un hombre de su tiempo, con una determinada sensibilidad cultural, unas lecturas, una historia personal, unos afectos, unos intereses y unos sesgos. La gracia del ministerio no elimina esa condición, al contrario, debería hacer todavía más consciente a quien lo ejerce de la necesidad permanente de discernir críticamente su propia mirada.

La tradición cristiana conoce muy bien este problema. Si existe el discernimiento es precisamente porque no toda convicción procede del Espíritu. También nuestras ideologías, nuestros prejuicios, nuestros miedos o nuestras preferencias pueden revestirse, incluso para nosotros mismos, de apariencia de evidencia moral. Nadie está inmunizado frente a esa confusión. Antes de hablar en nombre de la Iglesia, un obispo debería preguntarse cuánto hay en su análisis de Evangelio y cuánto de ideología, cuánto de escucha y cuánto de reacción, cuánto de tradición eclesial y cuánto de clima cultural, cuánto de esperanza y cuánto de miedo. Esa depuración constituye una parte esencial del propio ministerio.

Por eso resulta especialmente problemática la apelación a san Agustín. Su afirmación Remota itaque iustitia, quid sunt regna nisi magna latrocinia? (“Suprimida, pues, la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes latrocinios?”) no fue formulada para descalificar a un gobierno concreto ni para alimentar la confrontación política de su tiempo. Agustín estaba desarrollando una reflexión de enorme profundidad sobre la legitimidad del poder: todo poder, cualquiera que sea su signo, pierde su fundamento cuando se separa de la justicia. Su crítica es universal, se dirige a todos los poderes, no solo a aquellos con los que uno discrepa. Convertir esa intuición teológica en una insinuación sobre un gobierno determinado supone manipular maliciosamente su alcance. San Agustín deja de interpelar críticamente a cualquier forma de dominación para convertirse en un argumento de autoridad al servicio de una posición política concreta.

Y eso debería preocupar especialmente a quienes tienen la responsabilidad de custodiar la tradición de la Iglesia. El Concilio Vaticano II, en uno de sus textos más luminosos, recuerda que las cuestiones temporales admiten con frecuencia diversas respuestas compatibles con la fidelidad al Evangelio. Gaudium et spes afirma: “Muchas veces sucederá que la propia concepción cristiana de la vida les inclinará en ciertos casos a elegir una determinada solución. Pero podrá suceder, como sucede frecuentemente y con todo derecho, que otros fieles, guiados por una no menor sinceridad, juzguen del mismo asunto de distinta manera”. Y añade una advertencia que conserva hoy toda su vigencia: “En estos casos de soluciones divergentes aun al margen de la intención de ambas partes, muchos tienen fácilmente a vincular su solución con el mensaje evangélico. Entiendan todos que en tales casos a nadie le está permitido reivindicar en exclusiva a favor de su parecer la autoridad de la Iglesia. Procuren siempre hacerse luz mutuamente con un diálogo sincero, guardando la mutua caridad y la solicitud primordial pro el bien común”.

No se trata de una llamada al relativismo. Al contrario, es una invitación a distinguir cuidadosamente entre la certeza de la fe y la inevitable provisionalidad de nuestros juicios prudenciales sobre la realidad histórica. Y es aquí donde las declaraciones del presidente de la Conferencia Episcopal, como las de otros obispos antes que él, muestran una tentación particularmente peligrosa: el clericalismo intelectual. Solemos asociar el clericalismo al abuso de poder o al autoritarismo, pero también existe cuando se presupone que el ministerio episcopal otorga una autoridad especial para interpretar la realidad política. No es así. Los obispos no reciben con la ordenación un carisma de infalibilidad sociológica, ni siquiera ética, y por ello su misión no puede consistir en sustituir el discernimiento de las y los fieles, sino en hacerlo posible, no en clausurar el debate entre ellas y ellos, sino en iluminarlo desde el Evangelio.

Algo semejante sucede con otras expresiones utilizadas en esa misma intervención. Hablar de “paguitas” para referirse a las políticas sociales significa adoptar un lenguaje cargado de connotaciones partidistas que no puede identificarse con el estilo propio de la doctrina social de la Iglesia. Esta ha sido siempre muy crítica con cualquier forma de paternalismo o de dependencia que menoscabe la dignidad de las personas, pero jamás ha necesitado recurrir al sarcasmo o a la descalificación para expresarlo. Del mismo modo, las afirmaciones sobre el Orgullo, las personas LGTBI y las llamadas “terapias de conversión” suscitan en muchas personas creyentes una profunda incomodidad y, al menos en mi caso, una crítica abierta. De nuevo, no porque cuestionen la posibilidad de un discernimiento moral desde la fe, sino porque transmiten una forma de hablar que se percibe antes como condena que como acompañamiento. Y una Iglesia que afirma ser sacramento de la misericordia no puede dejar de preguntarse qué experimentan quienes escuchan sus palabras, en si el modo de expresarlas transparenta o no el respeto, la compasión y la cercanía que caracterizan al Evangelio.

La autoridad de un obispo no debería medirse por la contundencia de sus afirmaciones, sino por la calidad de su discernimiento. Y discernir comienza precisamente por reconocer la posibilidad del autoengaño. Solo quien acepta que puede confundirse está verdaderamente disponible para escuchar al Espíritu. Por eso lo que más me preocupa de estas declaraciones no es su contenido político, sino el escándalo que provocan en muchas personas creyentes. Y utilizo deliberadamente esta palabra en su sentido evangélico. El escándalo no es simplemente aquello que irrita o molesta, es aquello que hace tropezar en la fe. Jesús reservó algunas de sus palabras más severas para quienes escandalizan a los pequeños. Cuando una mujer creyente de 93 años, que ha permanecido fiel a la Iglesia durante toda su vida, escucha al presidente de la Conferencia Episcopal y siente que esas palabras no le ayudan a reconocer el rostro de la Iglesia que ama, estamos ante un problema pastoral antes que político. Ese escándalo merece ser escuchado. No porque mi madre tenga razón por el hecho de ser mi madre, ni por su edad, sino porque representa a tantos y tantas creyentes sencillas cuya fidelidad ha sostenido la vida de nuestras comunidades.

Los obispos tienen el derecho y el deber de intervenir en los debates públicos. Pero ese derecho exige una responsabilidad proporcional: no confundir nunca sus convicciones personales con la voz misma de Dios o de la Iglesia. La misión de la Iglesia no consiste en canonizar análisis políticos, sino en ofrecer criterios evangélicos para discernirlos. Por eso, creo que la primera reflexión que un obispo debería hacerse antes de pronunciar determinadas palabras no es si serán aplaudidas por unos o criticadas por otros. La pregunta debería ser mucho más sencilla y mucho más exigente: ¿ayudará esto a que las y los creyentes reconozcan un poco mejor el rostro de Cristo y el de su Iglesia? Si la respuesta no es clara, quizá convenga guardar silencio durante un tiempo y seguir discerniendo. Porque también el silencio, cuando nace de la humildad, puede ser una forma de obediencia al Espíritu. Tal vez ahí resida hoy una de las tareas más urgentes del ministerio episcopal: recordar que el Espíritu Santo nunca coincide automáticamente con nuestras propias certezas. También las de un obispo necesitan ser permanentemente discernidas, corregidas y convertidas.


domingo, 5 de julio de 2026

Pagomakurre, Arraba, Lekanda, Pagozabal, Igalirrintza, Arranobaltza, Asparreta, Atxulo/Ojo Atxular, Pagomakurre

Al menos una vez al año. Una travesía preciosa, excelente para una mañanera de las que hay que estar pronto de vuelta, que hoy tocaba comida de cuadrilla.

Lekanda desde Arrabako Atea.
Arraba, Aldamin y Gorbea al fondo.



Lekanda.





Igalirrintza desde Lekanda.
Pagozabal.
Igalirrintza.

Llegando a Arranobaltza.

















lunes, 29 de junio de 2026

Caída de las nubes

Violaine Bérot
Caída de las nubes
Traducción de Concha Sánchez santos y Pablo Martín Sánchez
Las afueras, 2025

"el símbolo de la mujer embarazada, su representación, lo que a ojos de todo el mundo certifica su estado es la redondez del vientre, ahora bien eso es justo lo que ellas se prohíben de manera inconsciente, fíjese qué extraordinaria es la capacidad de lo físico para adaptarse a lo psíquico, ya sean deportistas o no, sea cual sea su constitución, la musculatura abdominal de esas mujeres bloquea el útero para que no pueda traspasar la barrera, impidiéndole bascular hacia delante, como ocurre en todo embarazo normal, obligándolo a buscar otra solución, y entonces se desarrolla  hacia arriba, a lo largo, forzando al feto a crecer en paralelo a la columna vertebral, con sigilo, verticalmente, y gracias a tan ingenioso método nadie sospechará nada, pues el vientre permanecerá sorprendentemente liso"


Caída de las nubes es una novela sobre un embarazo inesperado… y mucho más. Es un relato sobre el desconcierto, sobre ese instante en que la realidad se quiebra y obliga a quienes la viven, pero también a quienes la observan, a revisar todas sus certezas. Marion, una joven ganadera que vive con su compañero en una pequeña explotación de montaña, da a luz sin haber sabido que estaba embarazada. Podría ser el punto de partida de un relato construido sobre el asombro o el escándalo. Pero Violaine Bérot elige otro camino y convierte ese acontecimiento extraordinario en una indagación sobre la dificultad de comprender a la otra, al otro. 

La historia avanza a través de las voces de vecinos, familiares, amigos y profesionales que intentan dar sentido a lo sucedido. Cada uno aporta una perspectiva parcial, nadie posee la verdad completa. Poco a poco, descubrimos que el verdadero tema de la novela no es el embarazo oculto, sino la fragilidad de nuestras explicaciones y la facilidad con que creemos entender vidas que apenas conocemos.

Quienes hayan leído Como bestias reconocerán enseguida el territorio literario de esta autora. De nuevo encontramos un paisaje rural donde la naturaleza, los animales y el ritmo de las estaciones no son un mero escenario, sino una forma de estar en el mundo. Y, de nuevo, un hecho excepcional altera la vida de una pequeña comunidad y pone a prueba su capacidad para mirar más allá de los prejuicios. En ambas novelas la autora evita el sensacionalismo y se resiste a convertir el misterio en un enigma que deba resolverse. Lo que le interesa no es descubrir un culpable ni ofrecer una explicación definitiva, sino observar cómo las personas interpretan aquello que desborda sus categorías habituales.

Hay en su literatura una profunda confianza en la escucha. Violaine Bérot escribe con una sobriedad admirable, sin excesos psicológicos ni grandes discursos. Deja que hablen las voces, los silencios y los gestos cotidianos. Esa contención otorga a sus novelas una intensidad poco común y convierte la lectura en una experiencia de atención más que de consumo de una trama.

En una época tan acostumbrada a emitir juicios instantáneos, Violaine Bérot reivindica la lentitud de la comprensión. Nos recuerda que las personas conservan siempre una parte inaccesible y que la verdadera inteligencia consiste menos en explicarlo todo que en aprender a convivir con aquello que nunca terminaremos de entender. Como ocurría en Como bestias, el misterio no es un problema que haya que resolver, sino una dimensión constitutiva de la condición humana que debemos reconocer, acoger y celebrar.

"tenía la sensación de estar preparando el pesebre del niño Jesús, creo que el cansancio se me había subido a la cabeza, mi mente no paraba de divagar, pensaba Marionouchette es la Virgen María al revés, con ella no hay problema para explicar la concepción, no, eso es fácil, todo el mundo sabe la respuesta, pero mientras que María es capaz de entender las palabras del ángel, Marionoune no oye nada, María tiene un problema de sexo inaccesible, Marion una sordera de autista, y yo me dedicaba a reescribir los Evangelios mientras Dédé estrechaba la mano a todo el mundo y husmeaba en las camionetas para ver qué habíamos llevado, tengo más herramientas en casa si queréis les decía a los muchachos, y en un momento dado se me acercó, me agarró del brazo para alejarme de los demás y me dijo Tony deberías echarle un vistazo al cuarto de baño debe estar hecho un asco habría que limpiarlo antes de que vuelvan, y yo me dije Dédé es exactamente eso, un campesino grandullón y huraño lo bastante fuerte para tumbar a una vaca, pero con la delicadeza suficiente para pensar en detalles como estos, si me hubieran proclamado jefe de los Evangelios con gusto le habría dado el papel del ángel anunciador, y a la mierda si su jeta no acaba de encajar con el perfil del puesto"