martes, 20 de octubre de 2026

NAZA: la banalidad (sionista) del mal



El domingo fui a ver NAZA, el documental escrito y dirigido por los cineastas israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor en el que veinticuatro militares y agentes de inteligencia detallan de forma anónima los procedimientos internos utilizados para seleccionar los objetivos de los ataques contra la Franja de Gaza. Sus testimonios son estremecedores. Hablan de lanzar misiles y destruir edificios como quien comenta una partida de videojuego. La distancia entre la acción y sus consecuencias parece haber borrado cualquier conciencia del sufrimiento causado. "¿Sabían que iban a bombardear un lugar donde había niños?", pregunta Abraham a uno de los soldados. "Sí", responde, escuetamente. La certeza de que iban a morir niñas y niños no parece haber alterado el curso de la operación. Órdenes son órdenes.

Quienes participan en los ataques saben que van a matar a niños y niñas y, aun así, continúan. Los operadores de los drones escuchan las conversaciones familiares antes del ataque (se actúa de noche, cuando los "objetivos" se encuentran en su domicilio), y tras este escuchan sus gritos, los alaridos de quienes se abrasan. Interrogados por Yuval Abraham, reconocen haber provocado centenares, hasta miles de muertes, incluso reconocen estar ejecutando un genocidio. Pero la distancia tecnológica y administrativa facilita que quienes deciden sobre la vida y la muerte de otras personas puedan hacerlo sin enfrentarse directamente al sufrimiento que provocan.

Mientras la veía no podía dejar de recordar la banalidad del mal que Hannah Arendt analizó en Eichmann en Jerusalén. La filósofa mostró cómo personas aparentemente normales pueden participar en atrocidades amparándose en la obediencia, la rutina y el cumplimiento de una función dentro de una maquinaria organizada de destrucción. La banalidad no se refiere a la insignificancia del crimen, sino a la ausencia de pensamiento crítico y de juicio moral sobre los propios actos. En NAZA, la violencia aparece sometida a procedimientos administrativos y cálculos técnicos que permiten decidir cuántas vidas civiles pueden sacrificarse en una operación. El propio título del documental, un acrónimo militar hebreo referido a los "daños colaterales", expresa esa deshumanización: las personas asesinadas se convierten en cifras, en variables de un cálculo militar.

Las referencias al "sistema", a la condición de simples piezas o eslabones de una maquinaria que nadie parece controlar, son constantes. Cada cual cumple su función, mientras la responsabilidad se diluye en una cadena de decisiones aparentemente impersonales. Pero el sistema no bombardea por sí solo, hay personas que identifican objetivos, autorizan ataques, obedecen órdenes y ejecutan operaciones. También hay quienes, como muestra algún testimonio, alcanza un límite moral y decide dejar de participar, lo que recuerda que la obediencia nunca puede ser una coartada moral suficiente, por difíciles y costosas que puedan resultar las decisiones de quienes se niegan a seguir colaborando. Hay un testimonio especialmente revelador, cuando uno de los participantes llega a preguntarse cómo puede seguir considerando malvados a los nazis después de reconocer lo que él mismo ha hecho. 

Hannah Arendt insistió en que incluso cuando las instituciones normalizan la barbarie, cada persona conserva la responsabilidad de pensar y juzgar lo que hace. La organización burocrática de la violencia puede explicar cómo se producen las atrocidades, pero no exime de responsabilidad a quienes las cometen. Y esta es, creo, una de las cuestiones más profundas que plantea NAZA: hasta qué punto somos capaces de reconocer el mal cuando se presenta revestido de legalidad, obediencia, eficacia técnica o defensa de los nuestros.

Una obra imprescindible y valiente que espero se mantenga durante mucho tiempo en las salas y las llene. También porque está realizada por una ciudadana y un ciudadano israelíes que se niegan a mirar hacia otro lado y que, frente a la deshumanización de las víctimas y la normalización de su sufrimiento, reivindican con su trabajo algo tan elemental como la responsabilidad de mirar, pensar y juzgar.

lunes, 19 de octubre de 2026

De contar escaños a construir alternativas


 

Llevo tiempo insistiendo en que las izquierdas a la izquierda del PSOE están discutiendo su futuro en el lugar equivocado. Mientras la sociedad afronta amenazas de una gravedad extraordinaria, sus organizaciones parecen incapaces de salir de una conversación interminable sobre candidaturas, liderazgos, siglas, vetos y repartos electorales. Todo se mide en escaños: los que se tienen, los que se pueden conseguir, los que se perderían concurriendo por separado y los que podrían obtenerse mediante esta o aquella alianza. Una aritmética electoral que, siendo imprescindible, amenaza con devorar cualquier reflexión sobre el proyecto político al que debería servir.

Gabriel Rufián contribuyó a situar esta cuestión en el centro del debate público cuando propuso racionalizar la oferta electoral de las izquierdas para evitar que la fragmentación desperdiciara votos y representación parlamentaria. Su propuesta fue recibida en algunos ambientes como una revelación, hasta el punto de convertirlo casi en el esperado salvador de una izquierda desorientada. Sin embargo, la necesidad de evitar la dispersión electoral era conocida desde hacía mucho tiempo. Lo difícil nunca ha sido comprender las consecuencias del sistema electoral, sino construir las condiciones políticas que permitan superarlas.

Y ahora Rufián ha pasado de la aritmética a la patafísica, montando un lío monumental y dejando a muchas gentes de izquierda defraudadas. Se habló de primarias, de participación y de protagonismo ciudadano, pero el resultado ha sido una operación política cuya gestación y cuyos acuerdos siguen siendo difíciles de explicar. Al final, quienes confiaron en aquella propuesta pueden tener la desagradable sensación de haber hecho el primo.

La alianza entre ERC y Podemos -o entre Rufián e Irene Montero, que todavía no está claro cómo ni dónde se ha gestado- ha vuelto a colocar sobre la mesa todos los problemas irresueltos de la izquierda plural. Tampoco sabemos hasta qué punto una decisión de semejante trascendencia ha sido debatida y acordada mediante los procedimientos internos de Podemos. Y esta cuestión importa, porque una de las patologías que aquejan a las organizaciones políticas es la creciente autonomía de sus liderazgos respecto de sus propias bases.

A mi juicio, este acuerdo ha sido determinante para hacer imposible una candidatura común de las izquierdas. Resulta difícil comprender cómo podía esperarse que los Comuns, una de las organizaciones integrantes de Frente Amplio, aceptaran apoyar electoralmente en Cataluña a una fuerza con la que compiten directamente. El pacto con ERC alteraba las condiciones mismas de la negociación, estableciendo de antemano una alianza que excluía a una parte de quienes supuestamente debían construir la unidad. Que después se invitara a Frente Amplio a incorporarse al acuerdo no resolvía la contradicción, equivalía a exigir que las demás organizaciones aceptaran una decisión tomada sin ellas.

El fracaso del intento de construir una candidatura común de ámbito estatal ya es un hecho. Podemos y Frente Amplio concurrirán por separado a las próximas elecciones generales, ofreciéndonos una nueva demostración de hasta qué punto las izquierdas han quedado atrapadas en sus propias lógicas organizativas. Naturalmente, los escaños importan, son necesarios para aprobar leyes, sostener gobiernos, impedir retrocesos y transformar las condiciones materiales de vida. Pero su valor político depende de aquello que permiten hacer y cuando las alianzas se deciden principalmente por su rentabilidad parlamentaria y los liderazgos se convierten en el centro de la conversación, se produce una inversión de prioridades cuyas consecuencias van mucho más allá de una convocatoria electoral.

Esta obsesión por contar escaños -¡tralará!- encuentra un poderoso aliado en toda esa caterva de spin doctors que han convertido la política en una competición por controlar el relato. Su influencia se reconoce en una forma de hacer política en la que importa cada vez más cómo se presenta una decisión que sus consecuencias reales, cómo se distribuyen las responsabilidades que cómo se asumen y cómo se construye una imagen de liderazgo que cómo se construye una organización democrática. Para la izquierda, esta sustitución de la política por la comunicación constituye una forma de rendición ideológica.

Consumada la ruptura, asistiremos a una nueva competición por imponer el relato de lo ocurrido y atribuir la responsabilidad del fracaso a las demás. Pero, una vez hecho el roto, confieso que no tengo ninguna gana de seguir escuchando acusaciones cruzadas. Dejemos esa tarea a los creyentes de parte, que estos días parecen odiar más a la izquierda que no es la suya que a la propia extrema derecha. Bastante daño se ha hecho ya como para prolongarlo con una guerra de reproches que solo servirá para profundizar las divisiones. La unidad no se demuestra proclamándola en una rueda de prensa ni responsabilizando a otras fuerzas de su fracaso, sino mediante decisiones, renuncias y compromisos verificables. Cuando la preocupación por ganar la batalla del relato se impone sobre la voluntad de alcanzar acuerdos, la comunicación partidista se convierte en una coartada para eludir las responsabilidades de la política.

Porque lo más preocupante es que las consecuencias de esta forma de actuar no se limitan a las organizaciones que compiten entre sí, alcanzan a quienes esperan de ellas respuestas a problemas urgentes. Mientras se discute quién encabezará cada candidatura, los alquileres siguen expulsando a miles de personas de sus barrios, la precariedad condiciona la vida de generaciones enteras, los servicios públicos afrontan dificultades y crecen las amenazas contra los derechos de las mujeres, las personas migrantes y otros colectivos vulnerabilizados. Resulta imposible justificar la pequeñez de algunas disputas partidarias ante la gravedad de estos problemas, y es esa distancia la que debería preocupar a unas izquierdas cuya razón de ser es transformar las condiciones de vida de la gente, especialmente de quienes más necesitan de la acción colectiva para defender sus derechos.

El avance de las derechas autoritarias, la normalización de la desigualdad, la xenofobia, la reacción machista y el desprecio hacia la crisis ecológica exigen una respuesta política a la altura de las circunstancias, capaz de generar compromisos duraderos, de ofrecer un horizonte de transformación reconocible y de conectar con las necesidades y aspiraciones de las clases populares. Si se sigue poniendo el proyecto al servicio del escaño, en lugar de poner los escaños al servicio del proyecto, la izquierda corre el riesgo de perder mucho más que unas elecciones.

La unidad electoral para el Congreso ha fracasado y hay motivos de sobra para el enfado, la decepción y hasta la melancolía, pero ninguna de esas emociones debería conducirnos a la resignación. Las organizaciones políticas tendrán que responder por sus decisiones, pero la ciudadanía no puede permitirse renunciar a su propia responsabilidad. La izquierda social es mucho más amplia que las organizaciones que pretenden representarla, y su futuro no puede quedar hipotecado por los errores de sus dirigentes.

Por eso, ante las próximas elecciones, quiero hacer un llamamiento expreso a todas las personas que compartimos la preocupación por el avance de las derechas: que nadie se quede en casa. Que cada cual vote a la candidatura de izquierda que considere más adecuada en su circunscripción, valorando sus convicciones, sus prioridades y las posibilidades reales de contribuir a impedir un gobierno de PP y Vox. Pero que vote. No podemos permitir que la frustración con las organizaciones se convierta en abstención y termine facilitando aquello que queremos evitar. Las organizaciones han tomado sus decisiones; ahora nos corresponde tomar las nuestras. Y después de votar, eso sí, habrá que seguir construyendo alternativas, exigiendo responsabilidades y defendiendo los espacios de organización y movilización colectiva. A ver si para la próxima hemos aprendido algo.

PUBLICADO EN HORDAGO - EL SALTO

domingo, 18 de octubre de 2026

Eretza

En la deliciosa película El inglés que subió una colina pero bajó una montaña, el requisito oficial para que una elevación fuera considerada una montaña era medir al menos 1.000 pies (aproximadamente 305 metros). La colina del pueblo en el que transcurre la historia, llamada Ffynnon Garw, medía 984 pies, por lo que se quedaba corta por 16 pies (unos 5 metros) y los cartógrafos ingleses la clasificaron simplemente como una colina. 
Siempre recuerdo esta película cuando subo a elevaciones que quedan por debajo de los 1.000 metros, como este Eretza.¿Son colinas? ¿Son montañas? Lo seguro es que son, como Fgynnon Garw, lugares llenos de vida.










 

sábado, 17 de octubre de 2026

Donde no hago pie

Belén López Peiró
Donde no hago pie
Lumen, 2022

"Deseo como nunca antes había deseado nada y deseo no haber denunciado, no estar acá frente a ella, no volver a ver nunca más a ACUSADO, no declarar ante un jurado, no tener que ir a juicio.
Pero acá estoy y Luciana me interroga y aprieta más fuerte de lo que yo puedo, y no puedo frenarla y ella tampoco frena".


Este libro continúa el relato autobiográfico iniciado en Por qué volvías cada verano (Las Afueras, 2020), donde la autora narraba los abusos sexuales que sufrió durante su adolescencia por parte de un tío, comisario de policía. Si aquel primer libro se centraba en la experiencia del abuso, en este la autora aborda las consecuencias de haberlo denunciado y el largo, doloroso y desconcertante recorrido por un sistema judicial que, lejos de ofrecer protección y reparación, se convierte en una nueva fuente de sufrimiento.

La narración comienza cuando, después de un prolongado silencio, una llamada de la Fiscalía anuncia que la denuncia que impuso la autora y protagonista llegará finalmente a juicio. A partir de ese momento, Belén López Peiró reconstruye las dificultades para encontrar representación legal, comprender los procedimientos judiciales, preparar su declaración y afrontar la posibilidad de volver a encontrarse con su agresor. Lo que emerge de sus páginas es la terrible experiencia de una mujer obligada a demostrar una y otra vez la veracidad de su sufrimiento, a reconstruir recuerdos dolorosos y a someter su propia vida al escrutinio de instituciones y personas que parecen exigirle una coherencia y una precisión incompatibles con la complejidad de la memoria traumática:

"Siento cada pregunta como un disparo. No tengo palabras. Quedo inmóvil. Digo frases sueltas, escuetas, mientras mis manos tiemblan".

Porque la experiencia vivida no siempre puede organizarse en un relato lineal, completo y libre de contradicciones, como parece exigir el procedimiento judicial, y mucho menos en el caso de una víctima de violación continuada por un familiar en el que se confiaba. Los recuerdos son necesariamente fragmentarios, las emociones interfieren en su reconstrucción y el paso del tiempo modifica la manera de comprender lo sucedido, pero todas esas características de la memoria se convierten en motivos de sospecha hacia quien denuncia. Belén López Peiró muestra así una de las paradojas más crueles de la violencia sexual, que la persona agredida puede terminar siendo examinada con una intensidad que desplaza la atención desde los hechos denunciados hacia su propia credibilidad. Es esta una cuestión esencial para el análisis .crítico feminista, como explica la socióloga Amaia González Llama en su trabajo Un futuro feminista: la justicia testimonial como tarea institucional pendiente.

La escritura acompaña esta experiencia mediante una estructura fragmentaria, compuesta por capítulos breves en los que se alternan recuerdos, conversaciones, reflexiones íntimas y episodios relacionados con el proceso judicial. El lenguaje es directo, contenido, a veces casi seco, y consigue transmitir la angustia, el cansancio y la incertidumbre sin recurrir al sentimentalismo. La autora tampoco construye una imagen heroica de sí misma, reconoce sus dudas, sus miedos, sus contradicciones y su vulnerabilidad. Esa renuncia a presentarse como una víctima ejemplar -justa lo que se espera de una mujer violada cuando comparece ante la justicia- constituye una de las mayores fortalezas del libro, porque permite comprender hasta qué punto las expectativas sociales sobre cómo debe comportarse una mujer que ha sufrido violencia sexual se convierte en otra forma de violencia:

"La buena víctima.
-Muchas veces pasa que después de muchos años la víctima se presenta empoderada y eso no sirve. El jurado te tiene que ver como la nena inocente de 13 años.
[...] que solo sepan que soy una buena víctima, que yo no deseo, no cojo, no salgo, no bailo, no pido, no debo, no marcho, no grito, no muerdo".

También resulta especialmente relevante la dimensión colectiva que adquiere una experiencia aparentemente íntima. La violencia sufrida por la autora se inscribe en relaciones familiares atravesadas por el poder, el silencio y las lealtades, y su denuncia pone de manifiesto las dificultades que encuentran muchas mujeres cuando deciden romper esos silencios. Frente a la soledad y la desprotección aparecen, sin embargo, las redes de apoyo, las amistades, los vínculos afectivos y la solidaridad feminista, relaciones que permiten sostener un proceso que ninguna persona debería verse obligada a afrontar en soledad.

El título, Donde no hago pie, expresa con enorme precisión esa sensación de encontrarse en un territorio inseguro, sin puntos de apoyo suficientes, expuesta permanentemente a la posibilidad de hundirse, pero también remite a la búsqueda de una manera de mantenerse a flote. Al narrar su experiencia, Belén López Peiró recupera una capacidad de interpretación y de decisión que tanto el abuso como los procedimientos institucionales han amenazado, de manera que su relato introduce una voz propia allí donde otros discursos, especialmente el jurídico, tienden a apropiarse de su experiencia y a traducirla a sus categorías.

El resultado es un libro que invita a reflexionar sobre las limitaciones de una justicia centrada en la comprobación de los hechos y la determinación de responsabilidades penales, pero insuficientemente atenta a las necesidades de reconocimiento, cuidado y reparación de quienes han sufrido violencia machista. 

¿Por qué una candidatura conjunta de izquierda al Senado, pero no al Congreso?

 


La explicación fundamental está en que el sistema electoral español establece dos lógicas muy diferentes para elegir el Congreso y el Senado. Esa diferencia hace que una candidatura conjunta de PSOE y fuerzas situadas a su izquierda pueda tener una justificación electoral especialmente clara en el Senado, mientras que en el Congreso los incentivos para la unidad son más complejos y dependen mucho de cada circunscripción.

Pero hay una segunda cuestión, de naturaleza política, que me parece igualmente importante, y es la diferencia entre construir una alianza para evitar la pérdida de representación y construir un proyecto político compartido. La distinción permite entender por qué puede alcanzarse un acuerdo para el Senado sin que exista una candidatura común para el Congreso.

1. El Senado: un sistema que incentiva fuertemente la concentración electoral

En la mayoría de las provincias peninsulares se eligen cuatro senadores o senadoras mediante un sistema mayoritario de voto limitado. Cada persona electora puede votar hasta tres candidaturas individuales, y las cuatro personas más votadas obtienen los escaños.

En la práctica, cuando el voto se concentra en dos grandes bloques, el resultado habitual es que el bloque más votado obtiene tres escaños y el segundo consigue uno.

Esto tiene una consecuencia decisiva: la fragmentación entre fuerzas próximas puede permitir que un bloque obtenga tres escaños, aunque sus adversarios sumen más votos.

Imaginemos una provincia con estos resultados hipotéticos:

  • Derecha: 43 % de los votos.
  • PSOE: 35 %.
  • Izquierda alternativa: 15 %.
  • Otras candidaturas: 7 %.

Si el PSOE y la izquierda alternativa concurren por separado, la derecha podría conseguir tres escaños y el PSOE uno. En cambio, una candidatura conjunta que consiguiera reunir el apoyo de ambos electorados podría obtener los tres escaños mayoritarios.


Ejemplo ilustrativo de reparto de cuatro escaños

·      Izquierda separada: Derecha 3 · PSOE 1

·      Izquierda conjunta: Coalición 3 · Derecha 1


La unidad puede traducirse en un cambio considerable en el reparto de escaños sin que cambie el número total de personas que votan a las fuerzas implicadas.

Este mecanismo explica el interés por las candidaturas conjuntas al Senado, incluso entre partidos que mantienen diferencias políticas importantes.

2. El Congreso: un sistema proporcional, aunque con importantes distorsiones

En el Congreso la situación es distinta, ya que los 350 escaños se reparten entre circunscripciones provinciales mediante el sistema D'Hondt, con listas cerradas y bloqueadas.

Aunque se trata de un sistema proporcional, la existencia de muchas circunscripciones pequeñas introduce efectos mayoritarios. Esto significa que la unión electoral puede tener efectos diferentes según el territorio.

Imaginemos una provincia que reparte cinco escaños y presenta estos resultados:

 

Candidatura

Votos

PP

38 %

PSOE

32 %

Izquierda alternativa

12 %

Vox

12 %

Otras

6 %

 

Aplicando D'Hondt, el reparto sería:

 

Escenario

PP

PSOE

Izq. alternativa

Vox

Separados

2

2

0

1

PSOE + izquierda alternativa

2

3*

—

0

*Los tres escaños corresponderían a la coalición, no exclusivamente al PSOE.

 

En este ejemplo, una candidatura conjunta permite obtener un escaño adicional.

Es verdad (creo que es la única verdad que se ha dicho desde el espacio ERC-Podemos) que, en circunscripciones grandes, como Madrid o Barcelona, donde se reparten muchos escaños, la proporcionalidad es mayor y la unión puede aportar ventajas más reducidas de modo que aunque dos candidaturas obtengan representación por separado, su suma puede resultar muy próxima a la que alcanzarían juntas.

De aquí se desprende una diferencia importante: mientras que, en el Senado, la unidad puede alterar radicalmente la distribución de los escaños, en el Congreso, su rentabilidad electoral depende del tamaño de la circunscripción y de la distribución del voto.

Hay, además, un matiz referido al umbral legal del 3 % que, en el caso del Congreso, no debe confundirse con el porcentaje efectivo necesario para obtener representación. De hecho, en las provincias pequeñas, una candidatura puede superar ampliamente el 3 % y quedarse sin escaño.

3. ¿Por qué una candidatura conjunta de izquierda al Senado, pero no al Congreso?

Aquí entramos en el terreno de la estrategia política.

El acuerdo alcanzado ayer, 16 de octubre, entre PSOE y Frente Amplio para las elecciones del 29 de noviembre se denomina Senado de Progreso. Incluye distintas fuerzas, entre ellas IU, Movimiento Sumar, Más Madrid, Compromís, Chunta Aragonesista y Batzarre, con acuerdos territoriales específicos y excepciones. Podemos no forma parte del acuerdo general.

Creo que hay cuatro factores que ayudan a comprender esta diferencia.

Primero, el Senado facilita un acuerdo instrumental, desde el momento en que las organizaciones pueden compartir el objetivo de modificar el reparto de escaños sin necesidad de construir una identidad política común. La alianza puede presentarse como un compromiso circunscrito a una institución concreta, no como un compromiso programático más o menos cerrado.

Segundo, el Congreso concentra la disputa por el Gobierno ya que, en España, la investidura y la responsabilidad política del Gobierno dependen del Congreso. Presentar una candidatura conjunta de PSOE e izquierda alternativa supondría negociar un programa electoral, una dirección política y una distribución de puestos mucho más compleja. También difuminaría las diferencias entre partidos que aspiran a representar electorados parcialmente distintos.

Tercero, las organizaciones situadas a la izquierda del PSOE necesitan mantener su autonomía política. Su relación con el PSOE combina cooperación y competencia y una candidatura común al Congreso podría reducir su visibilidad como alternativa diferenciada y complicar su capacidad para defender propuestas propias. Naturalmente, también podría facilitar una representación más amplia en determinadas circunscripciones, pero son efectos que deben valorarse conjuntamente.

Cuarto, la unidad de la izquierda alternativa tampoco es automática. El fracaso de las negociaciones entre Frente Amplio y Podemos para el Congreso muestra que, incluso cuando existe una proximidad ideológica considerable, las diferencias organizativas y las disputas por la representación pueden impedir acuerdos. Según la información publicada esta mañana, concurrirán por separado en buena parte del territorio, aunque existen acuerdos específicos en Canarias y la Comunidad Valenciana.

4. Una paradoja política especialmente interesante

El acuerdo del Senado permite formular una pregunta que va más allá de los cálculos electorales. Si el PSOE y varias fuerzas situadas a su izquierda han podido ponerse de acuerdo para concurrir conjuntamente a una institución, ¿por qué las organizaciones de la izquierda alternativa no han conseguido un acuerdo general para el Congreso?

La respuesta no puede reducirse a la fórmula electoral. En el Senado, ya lo hemos dicho, existe un incentivo especialmente poderoso para concentrar el voto, pero ese incentivo no elimina las diferencias políticas ni organizativas. Lo que hace es facilitar que las organizaciones las dejen temporalmente en segundo plano. En el Congreso, las diferencias adquieren más importancia porque están en juego la composición del Gobierno, la capacidad de negociación parlamentaria y la continuidad de los proyectos partidistas.

Hay, además, otra cuestión que merece atención, y es que la unidad electoral no garantiza por sí sola la transferencia íntegra de los votos porque una parte del electorado puede rechazar una alianza determinada, abstenerse o apoyar otra candidatura. Esto vale tanto para el Senado como para el Congreso.

Por tanto, sumar los porcentajes de dos partidos permite ilustrar el funcionamiento del sistema, pero no basta para calcular el resultado real de una coalición.

5. ¿Qué nos dice todo esto sobre la unidad de las izquierdas?

El acuerdo para el Senado demuestra que organizaciones diferentes pueden establecer una cooperación electoral cuando identifican un objetivo institucional compartido. La propia plataforma ciudadana Senadoras y Senadorespor la Democracia, impulsora de la iniciativa, ha destacado la importancia de la movilización social para alcanzar el pacto.

Pero el caso también permite distinguir tres dimensiones que con frecuencia aparecen confundidas en el debate público:

  • Unidad electoral: concurrir bajo una misma candidatura para mejorar la conversión de votos en escaños.
  • Unidad parlamentaria: cooperar después de las elecciones para sostener determinadas políticas o mayorías.
  • Unidad política y social: construir un proyecto reconocible, con propuestas, prioridades y vínculos con la sociedad organizada.

Las tres pueden relacionarse, pero ninguna garantiza automáticamente las otras.

El pacto alcanzado para el Senado es una muestra de cooperación electoral entre organizaciones que mantienen su autonomía y su existencia demuestra que es posible alcanzar acuerdos parciales sin resolver todas las diferencias. El fracaso de una candidatura general de la izquierda alternativa para el Congreso revela, por su parte, las dificultades de trasladar esa cooperación a una institución donde se juega directamente la representación política de cada partido.

La cuestión de fondo es hasta qué punto la cooperación electoral puede contribuir a construir un proyecto político compartido (que es lo que se buscaba con la unión de la izquierda alternativa para el Congreso), y hasta qué punto se limita a gestionar las consecuencias de la fragmentación existente (que es lo que se busca con el acuerdo entre PSOE y Frente Amplio para el Senado).

Me parece que esa distinción es especialmente pertinente para analizar las negociaciones de estas últimas semanas, porque una cosa es ponerse de acuerdo para no perder escaños y otra bastante más complicada, pero también más relevante, es ponerse de acuerdo sobre qué hacer con ellos. En esto hemos fracasado.