0. INTRODUCCIÓN: LA EXPERIENCIA CRISTIANA COMO TENSIÓN CONSTITUTIVA
-
La
experiencia cristiana -y particularmente laical- no vive fuera de las
contradicciones del mundo.
-
No se trata
de contradicciones accidentales, sino de polaridades fecundas.
- La vocación laical consiste en habitar esas tensiones sin clausurarlas.
I. LAS GRANDES TENSIONES CONSTITUTIVAS DE LA EXPERIENCIA LAICAL CRISTIANA
Presentación panorámica:
ü Estar en el mundo sin ser del mundo
ü El “ya, pero todavía no” escatológico
ü Contemplación y compromiso
ü Gracia y responsabilidad
ü Esperanza y lucidez trágica
ü Universalismo y encarnación concreta
ü Igual dignidad y opción preferencial
ü Libertad y obediencia
ü Secularidad y trascendencia
ü Fragilidad y promesa
ü Memoria y novedad
ü Comunidad y crítica profética
ü Hospitalidad y arraigo
ü Silencio y palabra
ü Desapropiación y responsabilidad histórica
ü Fe y duda
ü Denuncia y reconciliación
Las tensiones no deben resolverse suprimiendo uno de sus polos.
II. CINCO TENSIONES ESPECIALMENTE SIGNIFICATIVAS HOY
1. Estar en el mundo sin ser del mundo.
- Participar plenamente en la realidad histórica.
- Sin absolutizar éxito, competitividad, consumo, aceleración, miedo político.
- Riesgos: fuga espiritualista / adaptación total al orden existente.
- Propuesta: una “extranjería interior”.
2. El “ya,
pero todavía no” escatológico.
-
El Reino ya
está presente, pero todavía no se ha consumado.
-
Protege
frente al triunfalismo y la desesperación.
-
Consecuencias:
actuar históricamente sin esperar paraísos definitivos / mantener esperanza sin
ingenuidad.
3. Gracia y
responsabilidad.
-
Todo es don.
Pero nada dispensa de actuar.
-
Crítica
simultánea a ilusión prometeica (“todo depende de nosotros”) y quietismo (“Dios
lo resolverá”).
-
La
experiencia creyente: gratitud, tarea, compromiso no absolutizado.
4.
Contemplación y compromiso.
- - Conexión con Metz: “mística de ojos abiertos”.
- Riesgos: activismo ansioso / espiritualidad evasiva (“espiriyoalidad”).
- -
Propuesta:
contemplar para comprometerse mejor, comprometerse para evitar la evasión
5. Libertad
y obediencia.
- -
La
conciencia como lugar último de discernimiento.
- -
Pero abierta
a la tradición, la comunidad, la alteridad.
- -
Riesgos:
autoritarismo institucional / narcisismo individualista.
- - Propuesta: fidelidad crítica, pertenencia no servil (fe adulta), libertad no autosuficiente.
III. DEL HORIZONTE POSTCOVID A LA BRUTALIZACIÓN DEL MUNDO
- -
El documento
Hacia un renovado Pentecostés reflejaba: vulnerabilidad compartida,
cultura del cuidado, interdependencia, fraternidad.
- -
Pero leído
hoy: guerras, Gaza, endurecimiento de fronteras, desigualdad descarnada.
- -
La pandemia
no produjo automáticamente aprendizaje moral.
- -
Fue un
revelador ambivalente: mostró solidaridad, pero también desigualdad; mostró
cuidado, pero también lógicas sacrificiales.
IV. REPENSAR EL COMPROMISO CRISTIANO EN EL MUNDO
- -
Cambio de
pregunta: No solo “¿Cómo construir un mundo mejor?”, sino “¿Cómo impedir que la
brutalización colonice nuestra capacidad de mirar y sentir?”.
- - La esperanza pasa a entenderse como esperanza trágica, resistencia antropológica, negativa a aceptar que la violencia tenga la última palabra.
V. PENTECOSTÉS COMO INTERRUPCIÓN
- -
Inspiración:
Johann Baptist Metz
- -
Interrumpir
la normalización de la muerte, el descarte, la indiferencia, la adaptación a lo
intolerable.
- - El Espíritu no aparece como energía disponible, sino como capacidad de resistencia y fuerza de transformación antropológica.
VI. REINO DE DIOS E INTERRUPCIONES HUMANIZADORAS
- -
El Reino: ya
presente, todavía no consumado.
- -
Los
milagros: signos parciales del Reino, acontecimientos liberadores,
interrupciones significativas.
- - Ejemplos: alimentar, cuidar, hospedar, acompañar, sanar (Mt 25,31–46).
VII. CONCLUSIÓN: UNA MÍSTICA DE OJOS ABIERTOS
- -
La tarea
cristiana hoy no consiste en recuperar centralidad cultural.
- -
Consiste en
situarse junto a quienes resisten la lógica del descarte.
- -
El núcleo
del compromiso cristiano: impedir que la habituación a la injusticia venza del
todo.
- -
Pentecostés
no elimina el conflicto ni la violencia del mundo; introduce la posibilidad de
una palabra distinta dentro de ellos: hospitalidad donde se levantan muros,
cuidado donde domina la lógica sacrificial y memoria de las víctimas donde el
sistema necesita olvido.
- -
Depende de
nosotras y nosotros que la esperanza no mienta en el mundo (Péguy).
[0] INTRODUCCIÓN: LA EXPERIENCIA CRISTIANA COMO TENSIÓN CONSTITUTIVA
La experiencia cristiana, muy
especialmente la experiencia laical cristiana, está atravesada
constitutivamente por tensiones que no pueden resolverse del todo sin
desnaturalizarla. No son contradicciones accidentales, sino polaridades
fecundas que obligan a habitar simultáneamente fidelidades distintas. Algunas son
muy clásicas, otras se muestran particularmente agudas en la actualidad.
[I] LAS GRANDES TENSIONES CONSTITUTIVAS DE LA EXPERIENCIA LAICAL
CRISTIANA
Estas tensiones podrían formularse
así:
ü
Estar en
el mundo sin ser del mundo. Participar plenamente en la historia, la cultura, la
política, el trabajo y los afectos, sin absolutizar ninguno de esos ámbitos ni
dejarse absorber completamente por sus lógicas dominantes à Secularidad
y trascendencia. Asumir
plenamente la autonomía del mundo moderno sin reducir toda la realidad a lo
inmanente, productivo o calculable.
ü
El “ya,
pero todavía no” escatológico. El Reino de Dios está ya presente en
nuestra realidad histórica como promesa actuante, pero todavía no consumado.
Esto impide tanto el triunfalismo como la desesperación à Esperanza
y lucidez trágica. Esperanza
radical sin ingenuidad histórica. Saber que el sufrimiento, el fracaso y el mal
no desaparecen mágicamente de la historia, y así y todo saber que nada de eso
prevalecerá.
ü
Contemplación
y compromiso. Silencio,
escucha, oración y discernimiento, pero también intervención histórica, conflicto
y responsabilidad pública à Silencio y palabra. Recuperar el silencio como espacio
de escucha y resonancia, pero romper el silencio cuando este encubre
sufrimiento o injusticia.
ü
Gracia y
responsabilidad. Todo es don
de Dios, pero nada nos dispensa de actuar. La salvación no es autoproducción
moral, pero tampoco pasividad.
ü
Universalismo
y encarnación concreta. La fraternidad humana universal solo puede vivirse
desde vínculos concretos, comunidades concretas y rostros concretos, pero sin
encerrarnos en ellos à Hospitalidad y arraigo. Amar una comunidad concreta, una
cultura y unas pertenencias sin convertirlas en exclusión identitaria ni en
absoluto moral.
ü
Igual
dignidad y opción preferencial por los pobres. Todas las personas poseen igual
dignidad, pero la mirada cristiana se descentra hacia las víctimas, las
personas empobrecidas y las personas excluidas. Este es el lugar histórico
desde el que vivir nuestra condición laical à Denuncia y reconciliación. Nombrar el conflicto, la injusticia
y las víctimas sin quedar atrapado definitivamente en la lógica del enemigo.
ü
Libertad y
obediencia. La
conciencia personal como lugar último de discernimiento, pero abierta a una
tradición, una comunidad y una alteridad que la desbordan y la enmarcan à Comunidad
y conciencia crítica. Pertenecer
a una Iglesia concreta sin renunciar a la crítica profética frente a sus
inercias, silencios o formas de poder.
ü
Fragilidad
y promesa. La
experiencia de límite, la vulnerabilidad y el fracaso no anula la posibilidad
de sentido; por el contrario, la revela.
ü
Memoria y
novedad. Fidelidad a
una tradición recibida y, al mismo tiempo, apertura al acontecimiento, a lo
inesperado, al Espíritu que desborda toda institucionalización.
La vocación laical cristiana
consiste en habitar sin clausurar las tensiones entre Reino e historia,
trascendencia y mundo, crítica y pertenencia, esperanza y límite. Vivir
reconciliadamente en una condición de no reconciliación plena. Porque el
laicado cristiano no vive fuera de las contradicciones del mundo, sino dentro
de ellas, intentando impedir que las lógicas dominantes tengan la última
palabra.
La condición laical cristiana no
consiste en escapar de las contradicciones del mundo, sino en habitarlas de una
manera no absolutizadora. El laicado vive inmerso en las dinámicas ordinarias
de la existencia y precisamente ahí está llamado a discernir, resistir y
cuidar. Por eso, su experiencia espiritual adopta muchas veces la forma de una
tensión permanente: no la tranquilidad de quien posee respuestas definitivas,
sino la fidelidad frágil de quien intenta mantener abiertas dimensiones de la
existencia que el mundo tiende a clausurar. La fe no elimina la ambivalencia de
la historia, sino que obliga a vivirla de otro modo.
[II] CINCO TENSIONES ESPECIALMENTE SIGNIFICATIVAS HOY
Selecciono cinco de estas tensiones
para profundizar un poco más en cada una de ellas:
a)
Estar en el mundo sin ser del mundo.
b)
El “ya, pero todavía no” escatológico.
c)
Gracia y responsabilidad.
d)
Contemplación y compromiso.
e)
Libertad y obediencia.
a) Estar en el mundo sin ser del
mundo
La expresión evangélica no remite al
rechazo del mundo, sino a la negativa a absolutizar sus lógicas dominantes. El
laicado cristiano no vive fuera de la sociedad, ni en espacios protegidos de
pureza espiritual; vive dentro de los mercados, las instituciones, las
familias, los medios de comunicación, las burocracias, las organizaciones y las
tensiones políticas. Participa plenamente en la construcción histórica de la realidad.
Por eso está constantemente expuesto a la tentación de naturalizar aquello que
existe: el éxito como criterio último de valor, la competitividad como norma
antropológica, el consumo como forma de identidad, la aceleración como modo
inevitable de vida o el miedo como principio organizador de la política.
La tensión consiste en implicarse
sin dejarse absorber: en trabajar sin convertir el trabajo en absoluto; en participar
políticamente sin idolatrar el poder; en habitar la economía sin aceptar que toda
relación humana pueda reducirse a cálculo, rendimiento o utilidad. Se trata de
amar el mundo sin confundirlo con el Reino. El riesgo al que nos enfrentamos es
doble: o la fuga espiritualista que abandona la historia a sus propias
inercias, o la total identificación con el orden existente hasta perder toda
capacidad crítica.
Por eso el laicado cristiano está
llamado a vivir una especie de extranjería interior: plenamente dentro de la
sociedad, pero manteniendo una distancia crítica respecto de sus idolatrías. No
una distancia de desprecio, sino de discernimiento. Una forma de presencia que
intenta impedir que las lógicas dominantes tengan la última palabra.
b) El “ya, pero todavía no”
escatológico
La experiencia cristiana está
atravesada por una temporalidad paradójica. El Reino ya está presente (como
promesa, anticipación, experiencia de fraternidad, justicia, cuidado y
reconciliación), pero todavía no se ha consumado plenamente. Esa tensión
escatológica protege simultáneamente de dos peligros opuestos: el triunfalismo
y la desesperación.
Protege del triunfalismo porque
ninguna realización histórica puede identificarse plenamente con el Reino.
Ningún proyecto político, ninguna institución eclesial, ninguna comunidad
concreta puede absolutizarse como cumplimiento definitivo de la promesa. Toda
realización histórica es parcial, ambigua y vulnerable. La historia permanece
abierta.
Pero esa misma tensión protege
también de la desesperación. Porque el mal, la injusticia o el sufrimiento no
poseen la última palabra sobre la realidad. La esperanza cristiana no nace de
un cálculo optimista sobre la evolución del mundo, sino de la convicción de que
incluso en medio de la fragilidad y del fracaso pueden aparecer signos de vida
nueva.
El laicado cristiano vive así en una
condición de inacabamiento permanente: trabaja por la justicia sabiendo que
ninguna justicia histórica será perfecta; construye comunidad sabiendo que toda
comunidad humana es frágil; se compromete políticamente sin esperar salvaciones
definitivas de la política. Y, al mismo tiempo, se niega a aceptar que la
violencia, el cinismo o la desigualdad constituyan el horizonte definitivo de
la historia.
c) Gracia y responsabilidad
Todo es don: la existencia, la fe,
el amor, el mundo, la posibilidad misma de responder éticamente. El
cristianismo desactiva radicalmente la fantasía moderna de autosuficiencia moral:
nadie se salva a sí misma, nadie se fundamenta completamente a sí mismo. La
vida se recibe antes de construirse. Pero esa conciencia del don no conduce a
la pasividad, sino a la responsabilidad agradecida.
La gracia no sustituye la acción, la
hace posible. La experiencia de sentirse sostenida por algo que no depende del
propio mérito nos libera tanto de la soberbia como de la desesperación. El
sujeto no necesita salvarse mediante rendimiento infinito, perfección moral o
acumulación de méritos. Pero tampoco puede desentenderse del sufrimiento del
mundo refugiándose en una espiritualidad intimista.
La tensión aparece porque el
cristianismo rechaza simultáneamente dos ilusiones muy presentes en la
modernidad tardía. Por un lado, la ilusión prometeica de que todo depende
exclusivamente de nuestra capacidad de intervención y control. Por otro, la
tentación quietista de esperar pasivamente que Dios resuelva aquello que
pertenece a nuestra responsabilidad histórica.
El laicado cristiano vive así entre
gratitud y tarea. Actúa sabiendo que nunca controla completamente los frutos de
su acción; se compromete sin absolutizar sus propias capacidades
transformadoras; trabaja por la justicia, pero sin convertir el activismo en
religión sustitutiva; y asume, a veces dolorosamente, que no todo depende de su
eficacia.
d) Contemplación y compromiso
La tradición cristiana conoce bien
el peligro de una espiritualidad desencarnada, pero también el riesgo
contrario: un activismo incapaz de escuchar, discernir o dejarse afectar
profundamente por la realidad. Por eso contemplación y compromiso no
constituyen dimensiones opuestas, sino mutuamente necesarias.
La contemplación no significa
retirada narcisista del mundo, sino aprender a mirar la realidad de una manera
no instrumental: detenerse, escuchar, dejar que algo o alguien nos afecte antes
de reaccionar automáticamente. Sin contemplación, el compromiso corre el riesgo
de convertirse en hiperactividad ansiosa, indignación superficial o agotamiento
moral. Pero sin compromiso, la contemplación degenera fácilmente en refugio
espiritual privado o indiferencia sofisticada. En “espiriYOalidad”.
La tensión es especialmente intensa
para el laicado, porque su lugar natural no son espacios protegidos de retiro,
sino las realidades ordinarias de la vida social. Su espiritualidad se juega en
medio del ruido del mundo: en el trabajo, los cuidados, el conflicto político,
el consumo, las instituciones o la fragilidad cotidiana. De ahí la importancia
de crear espacios de silencio, oración y discernimiento que permitan sostener
una acción verdaderamente humana y no puramente reactiva.
Contemplar para comprometerse mejor.
Comprometerse para que la contemplación no se vuelva evasión.
e) Libertad y obediencia
La modernidad ha afirmado con fuerza
la autonomía de la conciencia personal, y el cristianismo contemporáneo no
puede renunciar a esa conquista. La conciencia constituye el lugar último del
discernimiento moral. Nadie puede creer, decidir o responder éticamente por
otra persona. Pero la experiencia cristiana introduce aquí una tensión
decisiva: la conciencia no es una instancia autosuficiente ni cerrada sobre sí
misma.
La libertad cristiana no consiste en
pura autodeterminación soberana, sino en apertura a una verdad, una tradición,
una comunidad y una alteridad que desbordan al individuo. La obediencia,
entendida en sentido profundo, no es sometimiento servil, sino disposición a
escuchar. De hecho, etimológicamente obedecer remite precisamente a escuchar
atentamente.
El problema aparece porque tanto la
institución religiosa como el sujeto moderno pueden deformar esta tensión. La
institución puede convertir la obediencia en disciplina autoritaria, anulando
la conciencia crítica y la responsabilidad personal. Pero el individuo moderno
puede convertir la libertad en pura autoafirmación narcisista, incapaz de
reconocer límites, herencia o interdependencia.
El laicado cristiano vive
precisamente en medio de esa tensión. Pertenece a una tradición sin quedar
absorbido completamente por ella. Reconoce la autoridad de una comunidad
creyente, pero sabe que toda institución humana, también la eclesial, es
histórica, vulnerable y necesitada de crítica profética. La fidelidad no
consiste entonces en obediencia ciega ni en autonomía absoluta, sino en un
discernimiento siempre inacabado entre pertenencia y conciencia.
Tal vez ahí resida una de las experiencias
más específicamente laicales del cristianismo contemporáneo: aprender a habitar
una fidelidad crítica, una pertenencia no servil y una libertad no
autosuficiente.
[III] DEL HORIZONTE POSTCOVID A LA BRUTALIZACIÓN DEL MUNDO
Esas son las tensiones
que nos constituyen ineludiblemente como laicas y laicos cristianos. No
cambian. Lo que si cambia es el mundo en el estamos destinadas y destinados a
vivirlas.
Desde la Comisión
Episcopal para los Laicos, Familia y Vida y el Consejo Asesor de Laicos se ofreció
la Guía de Trabajo para el Poscongreso de Laicos “Hacia un renovado
Pentecostés”. https://www.archiburgos.es/wp-content/uploads/2023/12/5--guia-de-trabajo-post-congreso-de-laicos.pdf
Un doble diagnóstico
del marco social:
1) Tono
cultural/espiritual:
ü Una sociedad, en la
que predomina una cultura secular y pluralista.
ü Las creencias
religiosas son vistas como opciones subjetivas y en la vida pública cada día se
silencia más el tema sobre Dios y cualquier referencia religiosa.
ü Hay una excesiva y
mal entendida exaltación de la libertad, del bienestar material, que da lugar
fácilmente al subjetivismo y el relativismo. Parece que ya no existen los
valores absolutos, ni puede haber juicios universales y estables.
ü En esta situación,
los gustos y deseos personales se han convertido en el criterio moral decisivo.
ü Esta “dictadura del
relativismo” ha sacado a la luz también un debate antropológico en torno a la
educación, la corporalidad y la sexualidad, ante el que la Iglesia, los fieles
laicos no podemos permanecer indiferentes.
2) Contexto social
(cultural, económico, político):
ü El Covid-19 nos ha
sorprendido, paralizado y ha cuestionado muchas rutinas y formas de vivir.
ü En estos últimos
meses hemos sido testigos de la muerte de una gran cantidad de personas, muchas
de ellas mayores; del sufrimiento y de la soledad de otros; de las penurias
económicas y laborales derivadas de la crisis económica en la que hemos entrado
de golpe.
ü También hemos visto a
muchas personas trabajar generosamente por el bienestar y la salud de los
demás, hemos sido testigos de gestos hermosos de solidaridad y de compasión, ha
crecido la conciencia que lleva a afirmar que nos necesitamos todos, así como
el afianzamiento de una cultura del cuidado y el avance de la apuesta por una
ecología integral. Nos necesitamos todos y en el mundo todo está conectado
(Cfr. LS 15).
ü Los cristianos, a
través de su compromiso personal o en distintas instituciones eclesiales, han
sido un motivo de esperanza en una situación tan dolorosa.
ü La experiencia vivida
durante este tiempo de pandemia tendría que ayudarnos a descubrir que hemos de
cambiar nuestra forma de pensar y de actuar en las relaciones sociales y,
especialmente, con los mayores.
ü Tomar en
consideración las palabras de la Pontificia Academia para la Vida: “[…] debe
tenerse siempre presente que la decisión no se puede basar en una diferencia en
el valor de la vida humana y la dignidad de cada persona, que siempre son
iguales y valiosísimas. […] La edad no puede ser considerada como el único y
automático criterio de elección, ya que si fuera así se podría caer en un
comportamiento discriminatorio hacia los ancianos y los más frágiles”.
ü Vivimos un tiempo de
encrucijada. No está claro si volveremos a los problemas de siempre o se
producirán cambios importantes; si en el mundo del postcovid habrá más diálogo
o quizás más confusión; más muros o más puentes; más autorreferencialidad o más
servicio generoso; más cultura del descarte o más integración en un nuevo
estilo de vida.
ü Hemos visto cómo la
globalización de la economía y del estilo de vida han contribuido muy
rápidamente a la expansión del virus en todo el planeta a la vez que, en sentido
contrario, han provocado una inmediata movilización común para combatir al
virus y sus consecuencias, provocando abundantes gestos de solidaridad y
fraternidad.
ü Hemos aprendido a
aceptar el confinamiento no sólo como medio para evitar nuestro propio contagio
sino también el de las personas a las que queremos e, incluso, el de aquellas
otras a las que no conocemos.
ü Hemos sido capaces
como sociedad de valorar el esfuerzo y la generosidad de personas, no pocas de
ellas insuficientemente pagadas y con malas condiciones de trabajo, por
mantener y cuidar la vida de los demás y el funcionamiento de la sociedad.
ü Hemos podido observar
cómo la inspiración del Espíritu está presente también en muchas personas que
aún no se han encontrado con Cristo.
ü La pandemia del
Covid-19 que estamos viviendo hace que resuenen con fuerza las palabras del
Papa Francisco en la encíclica Laudato Si´: “¿Qué tipo de mundo queremos dejar
a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?”.
ü Los cristianos
tenemos mucho que aportar y es importante tomar conciencia de ello. Todo
depende de los caminos que tomemos, a nivel personal y comunitario, para ser,
como Iglesia, sacramento de salvación en este mundo azotado por la pandemia del
Covid, que está buscando ser iluminado. Somos poseedores de una profecía
pastoral que nace de la Pascua y no podemos olvidar que el misterio de la
Pascua habla de vida.
El
texto de “Hacia un renovado Pentecostés” refleja un clima espiritual y pastoral
muy característico de los primeros meses de la pandemia: la percepción de estar
viviendo una interrupción histórica capaz de abrir posibilidades inéditas de
transformación ética, social y comunitaria. La experiencia compartida de
vulnerabilidad parecía haber resquebrajado, al menos momentáneamente, algunas
certezas del individualismo contemporáneo: la autosuficiencia, la aceleración
permanente, la lógica utilitarista, la invisibilización de los cuidados. El
documento habla de “cultura del cuidado”, de fraternidad, de ecología integral,
de redescubrimiento de la interdependencia humana.
Sin
embargo, leído hoy, después de Gaza, de la normalización de la guerra, de la
brutalización creciente del espacio público, del endurecimiento de las
fronteras, del avance de las extremas derechas y de un capitalismo cada vez más
descarnado, resulta difícil no percibir en aquel horizonte una cierta
ingenuidad histórica. No porque aquellas intuiciones fueran falsas, sino porque
probablemente subestimaban la profundidad estructural de las dinámicas de
dominación contemporáneas y sobrestimaban la capacidad de las catástrofes para
producir automáticamente aprendizaje moral.
La
pandemia no inauguró una nueva fraternidad global. Más bien actuó como un
revelador ambivalente. Hizo visibles tanto la interdependencia humana como las
enormes desigualdades sobre las que se sostiene el mundo. Mostró
simultáneamente la potencia del cuidado y la ferocidad de la lógica
sacrificial. Durante unos meses pareció posible imaginar otra organización
social; poco después, gran parte del sistema regresó aceleradamente a sus
inercias previas, e incluso las radicalizó. La lógica de descarte que el
documento menciona no disminuyó: se intensificó. Hoy asistimos a formas
extremas de deshumanización que se exhiben públicamente con una mezcla de
indiferencia, cinismo y saturación emocional. Gaza constituye quizá el símbolo
más insoportable de esta deriva: la normalización de la destrucción masiva de
vidas humanas bajo narrativas de seguridad, inevitabilidad o razón de Estado.
[IV] REPENSAR EL COMPROMISO CRISTIANO EN EL MUNDO
Eso
obliga a replantear profundamente el marco del compromiso cristiano. Ya no
basta con hablar genéricamente de diálogo, fraternidad o esperanza, como si el
problema fundamental fuera un déficit ético o espiritual corregible mediante mayor
sensibilidad moral. El desafío contemporáneo exige reconocer que vivimos dentro
de estructuras históricas de brutalización que atraviesan la economía, la
política, la tecnología, las fronteras, el lenguaje y también las
subjetividades. El capitalismo contemporáneo no produce únicamente desigualdad:
produce insensibilización. Produce fatiga moral, fragmentación de la atención,
miedo, repliegue defensivo y normalización cotidiana de la violencia distante.
La cuestión no es solo que exista sufrimiento, sino que aprendemos socialmente
a convivir con él sin que altere decisivamente nuestras formas de vida.
En
ese contexto, quizá el cristianismo no deba pensarse prioritariamente como una
oferta de optimismo histórico, sino como una práctica de resistencia antropológica
y espiritual frente a la deshumanización. El problema no es simplemente “cómo
construir un mundo mejor”, sino cómo impedir que la lógica de la brutalización
colonice completamente nuestra capacidad de mirar, sentir, vincularnos y
actuar.
Eso
desplaza también el sentido de categorías clásicas como esperanza, fraternidad
o Pascua. La esperanza cristiana no puede entenderse hoy como expectativa
lineal de mejora histórica. Más bien se aproxima a la capacidad de sostener
humanidad en condiciones históricas adversas. No una esperanza ingenua, sino
una esperanza trágica, consciente de la posibilidad real del desastre, de la
derrota y de la barbarie. Una esperanza que no nace de la confianza en el
progreso, sino de la negativa a aceptar que la violencia tenga la última
palabra sobre el sentido de lo humano.
En
ese marco, el compromiso cristiano adquiere rasgos distintos.
Por
un lado, exige una radicalización de la mirada. Frente a las dinámicas
contemporáneas de invisibilización, saturación y anestesia, el cristianismo
tendría que recuperar su dimensión de interrupción: interrumpir la
normalización de la muerte, del descarte y de la indiferencia. Interrumpir el
lenguaje que convierte a las víctimas en daños colaterales, amenazas o cifras.
Interrumpir la adaptación subjetiva a un mundo crecientemente inhabitable. Hay
aquí una profunda afinidad entre la tradición profética bíblica y muchas
críticas contemporáneas de la deshumanización: el primer acto político y
espiritual consiste en negarse a llamar normal a lo intolerable.
Por
otro lado, el compromiso cristiano necesita abandonar definitivamente cualquier
pretensión de centralidad cultural o de restauración civilizatoria. La
situación actual no permite imaginar a la Iglesia como “guía” de la sociedad
desde una posición de superioridad moral. Más bien la sitúa -o debería situarla-
junto a quienes resisten la lógica del descarte: víctimas de las guerras,
personas migrantes, sectores precarizados, defensores de derechos humanos,
movimientos feministas, ecologistas, experiencias comunitarias de cuidado y
solidaridad. No para instrumentalizarlos ni absorberlos, sino para reconocerse
aprendiendo con ellos.
Quizá
una de las intuiciones más valiosas del texto siga siendo precisamente la
referencia a la interdependencia: “nos necesitamos todos y en el mundo todo
está conectado”. Pero hoy esa intuición debe formularse de manera mucho más
conflictiva y menos idealizada. Todo está conectado, sí: también nuestras
formas de consumo con la devastación ecológica, nuestras seguridades con las
fronteras mortales, nuestra comodidad con cadenas globales de explotación,
nuestras democracias con dispositivos crecientes de exclusión y violencia. La
cuestión cristiana ya no puede ser únicamente cómo “ayudar” al mundo, sino cómo
vivir sin colaborar dócilmente con esas estructuras de brutalización.
Tal
vez ahí el lenguaje de Pentecostés pueda adquirir un sentido nuevo. No como
promesa de armonía inmediata ni como entusiasmo espiritual deshistorizado, sino
como reconstrucción de vínculos humanos en medio de un mundo fracturado.
Pentecostés no elimina el conflicto ni la violencia del mundo; introduce la
posibilidad de una palabra distinta dentro de ellos. Una palabra capaz de crear
comunidad donde domina el miedo, hospitalidad donde se levantan muros, cuidado
donde se impone la lógica sacrificial, verdad donde prolifera la manipulación y
memoria de las víctimas allí donde el sistema necesita olvido.
Porque
el gran riesgo espiritual y social de nuestro tiempo no es solo la injusticia,
sino la habituación a ella. Y el núcleo del compromiso cristiano hoy consiste
en impedir que esa habituación venza del todo. Consiste en interrumpirla.
[V] PENTECOSTÉS COMO INTERRUPCIÓN
Me inspiro en la
reflexión de Johann Baptist Metz: “Valor para interrumpir. Tesis
pentecostales”, en Por una mística de
ojos abiertos, Herrder, 2013, pp. 118-122.
Según este teólogo
alemán, Pentecostés puede entenderse, en su sentido más profundo, como una
experiencia de interrupción. El Espíritu no aparece como una fuerza disponible
a voluntad ni como una energía psicológica latente en el ser humano, sino como
aquello que irrumpe en el curso normal de las cosas, cuestiona las evidencias
establecidas y abre la posibilidad de vivir de otra manera. La gracia consiste
precisamente en esa capacidad de detenerse, de romper inercias y de afrontar el
sufrimiento y la incertidumbre que toda verdadera interrupción conlleva.
Desde sus orígenes,
el acontecimiento pentecostal tuvo un carácter profundamente subversivo. Supuso
una ruptura con los marcos religiosos, políticos y culturales dominantes de su
tiempo: con la religión oficial, con las lógicas del poder imperial y con la
confianza absoluta en una razón autosuficiente. Por eso el mensaje cristiano
fue percibido como escándalo por unos y como insensatez por otros. Su fuerza no
residía en adaptarse al orden existente, sino en cuestionarlo.
La tradición bíblica
identifica esta capacidad de interrupción con una palabra hoy casi ausente del
lenguaje político: el amor. Un amor que no es sentimentalismo, sino una fuerza
capaz de alterar las dinámicas establecidas y de abrir caminos nuevos allí
donde todo parece condenado a repetirse.
Esta perspectiva
adquiere una relevancia especial en el contexto actual. La humanidad afronta
transformaciones de enorme alcance vinculadas a la desigualdad global, la
crisis ecológica o la construcción de la paz en un mundo interdependiente.
Afrontar estos desafíos sin cargar sus costes sobre los más vulnerables exige
algo más que reformas técnicas: requiere una profunda transformación de
nuestros modos de vida, de nuestros deseos y de nuestras formas de entender el
bienestar.
Se trata de una
auténtica revolución antropológica. A diferencia de las revoluciones modernas,
que buscaban liberar de la escasez, esta nueva transformación exige liberarnos
de una riqueza superflua, de un consumo que termina consumiéndonos, de la
lógica expansiva de nuestros deseos y de la cómoda ilusión de inocencia desde
la que solemos contemplar las injusticias del mundo. Más que una liberación de
la impotencia, se trata de una liberación de la indiferencia, la apatía y las
formas de privilegio que sostienen el orden existente.
Para la tradición
cristiana, el Espíritu y la gracia nombran precisamente esa posibilidad de
resistencia. Son la fuerza que permite detener la reproducción automática de
comportamientos, intereses y estructuras cuando estas conducen a la degradación
humana y social. Allí donde la presión colectiva invita a aceptar que todo
continúe igual, el Espíritu impulsa a interrumpir, a reconsiderar y a comenzar
de nuevo.
También la Iglesia
está llamada a vivir esta lógica. Más que ofrecer seguridades institucionales o
refugios frente a la incertidumbre, el Espíritu de Cristo impulsa experiencias
comunitarias capaces de despertar la responsabilidad, la creatividad y el
compromiso. Su función no es garantizar la conservación de lo existente, sino
impedir que nos convirtamos en espectadores pasivos de procesos destructivos
cuya deriva conocemos de antemano. Pentecostés recuerda así que la fe cristiana
es, antes que nada, una invitación permanente a la interrupción transformadora.
è Reproduzco a
continuación el texto original de Metz, cuya lectura y reflexión recomiendo
encarecidamente:
La definición más breve del espíritu pentecostal es:
interrupción. Y el don de este espíritu, que los cristianos llamamos gracia, es
también y ante todo esto: capacidad para la interrupción y valentía para
soportar las experiencias de dolor e impotencia de tales interrupciones.
Pentecostés, envío del Espíritu. Fue una gran historia de
dolorosa interrupción frente a la sinagoga de entonces y frente a su praxis
religiosa; frente a Roma y su cesarista religión política del dominio; frente a
Atenas y al incuestionado primado de su logos. A partir de entonces, los que
estaban animados por este espíritu pentecostal pregonan «escándalos para los
judíos y necedades para los gentiles» (1 Cor 1,23).
Para que nos entendamos bien y no nos quedemos conformes
antes de tiempo a costa de una decepción semántica, conviene dejar claro que el
espíritu que capacita para esta interrupción, que empuja para esta historia de
resistencia, no es una energía psíquica que discurra por debajo de la razón
dominante y en cierta medida pertenezca a la constante definición del ser
humano o del colectivo humano. Pentecostés no es la clave para la invocación de
una fuente de energía disponible a discreción. […]
Por lo demás, existe otra palabra que, según la Biblia,
goza de favor tanto en el cielo como en la tierra y que significa precisamente
esta interrupción. Es el amor, una palabra que (al igual que otra palabra de
interrupción: pecado) hace tiempo que parece no existir en nuestro vocabulario
político al uso. […]
Resulta difícil dudar de que hoy estamos sufriendo unas
«grandes transformaciones». Piénsese, por ejemplo, en los cambios que se deben
abordar a la vista de la pobreza mundial, de la problemática ecológica y de la
configuración de la paz en un mundo cada vez más globalizado.
Si no queremos hacer valer estas exigencias a espaldas de
los más pobres y desvalidos, se impone un cambio profundo en nosotros mismos,
un vuelco en todo nuestro mundo de necesidades. En cierta ocasión yo llamé esto
con el nombre de «revolución antropológica», una nueva formación de la
identidad social que no esté simplemente garantizada por los patrones de
identidad burguesa al uso.
Esta revolución antropológica no tiene parangón en la
historia de las revoluciones modernas. La podríamos denominar como el proceso
de formación de una nueva índole de sujeto. […]
Esta revolución antropológica consiste en una liberación
no de la pobreza y la miseria sino de una riqueza y un bienestar cada vez más
superfluos; se trata de una liberación no de nuestras carencias sino de nuestro
consumo, en el que acabamos consumiéndonos a nosotros mismos; se trata de una
liberación no de nuestra situación de oprimidos sino de la praxis inmutada de
nuestros deseos; se trata de una liberación no de nuestra impotencia sino de
nuestra particular prepotencia; se trata de una liberación no de nuestra
situación de seres dominados sino de nuestra apatía; se trata en fin de una
liberación no de nuestra culpa sino de nuestra inocencia o, mejor, de esa
ilusión de inocencia que amenaza con convertirse en el fundamento de nuestra
conciencia cotidiana. […]
Para denominar esto los cristianos tenemos unas palabras
fundamentales: espíritu y gracia, las cuales nos animan siempre a emprender
esta clase de interrupción. Asimismo, enseñan a nuestros corazones la manera de
detenerse y dar media vuelta allí donde el Adán natural siempre quiere seguir
haciendo lo mismo. Se manifiestan como una fuerza viva para la resistencia allí
donde la presión general de las reproducciones sociales no quiere permitir
resistencia alguna, aunque la catástrofe consista posiblemente en que «todo
siga igual». ¿Existe semejante clase de «revolución» también en el seno de la
Iglesia? […]
Son irrenunciables unas nuevas experiencias comunitarias
que animen a actuar a imitación del espíritu de Cristo. […] A quienes estén
interesados en un recuerdo de la vida eclesial con este espíritu pentecostal y
dispuestos a pagar el precio necesario por él les será dicho una vez más: el
espíritu de Cristo no actúa como una medida de seguridad personal desde el
punto de vista organizativo-sociológico de la institución eclesial sino como un
estímulo para la interrupción de los acontecimientos que puedan convertirnos en
espectadores apáticos de una ruina calculable.
[VI] REINO DE DIOS E INTERRUPCIONES HUMANIZADORAS
El Reino de Dios
constituye el centro de la predicación de Jesús; el Reino es “la última
voluntad de Dios para este mundo” (Jon Sobrino). Proclama Jesús desde el inicio
de su predicación: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca;
convertíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 14-15). Sus destinatarios
primarios son las víctimas, los sujetos frágiles, todas aquellas personas a las
que el presente excluye: “Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el
Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis
saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis” (Lc 6, 20-21).
Suyo es el futuro, suyo; de todas aquellas personas a las que el control de su
presente les ha sido expropiado. Dios las acogerá en sus amorosas manos y serán
sujetos principales en su Reino.
Un Reino que ya es
aun cuando todavía no lo sea en plenitud, que ya está aquí y ahora, aunque
todavía no. “Sin acontecimientos históricos liberadores no hay crecimiento del
reino”, escribe Gustavo Gutiérrez. Sólo en la medida en que se producen hechos
concretos de liberación –personas ciegas que recuperan la vista, personas
paralíticas que vuelven a caminar, personas con lepra que son curadas, poseídas
por el demonio que son liberadas, hambrientas que son alimentadas...- el Reino,
a la vez promesa y realidad, se vuelve parcial pero suficientemente inteligible
a las personas. Como señala Jon Sobrino:
Formalmente los milagros son signos de que el reino de
Dios se acerca con poder, “clamores del reino”, como se les ha llamado. No son
por lo tanto el reino en su totalidad ni presentan una solución totalizante a
los males que el reino debe remediar. En cuanto signos del reino los milagros
son ante todo salvación, realidades benéficas y realidades liberadoras en
presencia de la opresión. De ahí que los milagros generan gozo por lo benéfico
y generan esperanza por lo liberador (...) Los milagros no son sólo salvación
sino estricta liberación.
Los milagros son
signos del Reino, interrupciones significativas que nos permiten romper las
dinámicas de unos sistemas de dominación que, como denuncia proféticamente el
Papa Francisco en Evangelli gaudium,
excluyen, descartan, matan.
Interrupciones que
humanizan, que dan esperanza y que, a pesar de su aparente pequeñez, serán las
que podremos hacer valer” cuando venga en si gloria el Hijo del hombre” (Mt 25,
31-46): dar de comer a la persona hambrienta, de beber a la sedienta, hospedar
a la persona forastera, vestir a quien esté desnuda, visitar a la persona
enferma, acompañar a la que está encarcelada.
[VII] CONCLUSIÓN: UNA MÍSTICA DE OJOS ABIERTOS
En el contexto
actual, la tarea del cristianismo no pasa por recuperar una supuesta
centralidad cultural perdida ni por aspirar a reconstruir formas de influencia
social propias de otros tiempos. Su desafío es más humilde y, al mismo tiempo,
más exigente: situarse junto a quienes padecen las consecuencias de un mundo
organizado cada vez más por la lógica del descarte, acompañando las
resistencias que nacen allí donde la dignidad humana es amenazada.
Desde esta
perspectiva, el núcleo del compromiso laical consiste en impedir que la
injusticia se vuelva normal. Buena parte de los mecanismos de dominación
actuales se sostienen no solo por la fuerza o la desigualdad, sino también por
la costumbre, por la capacidad que tenemos de acostumbrarnos al sufrimiento
ajeno hasta dejar de verlo. La fe cristiana está llamada a mantener despierta
la sensibilidad frente al daño, a resistir la indiferencia y a negarse a
aceptar como inevitable aquello que degrada la vida de las personas y de los
pueblos.
Pentecostés no
inaugura un mundo sin conflictos ni elimina la violencia que atraviesa la
historia. Lo que introduce es la posibilidad de una palabra y una práctica
diferentes en medio de esa realidad. Allí donde se levantan fronteras y muros,
hace posible la hospitalidad; allí donde prevalece la lógica sacrificial que
considera a unos seres humanos prescindibles para beneficio de otros, suscita
el cuidado; allí donde los sistemas de poder necesitan el olvido para perpetuarse,
mantiene viva la memoria de las víctimas y de las vencidas y vencidos, pero que
Dios no quiere derrotadas.
Por eso la esperanza
cristiana no puede entenderse como optimismo ingenuo ni como espera pasiva. Es
una tarea. Como recordaba el poeta Charles Péguy, depende de nosotras y
nosotros que la esperanza no mienta en el mundo. Depende de nuestras palabras,
nuestras decisiones y nuestras formas concretas de vivir que la promesa de una
humanidad reconciliada encuentre algún reflejo en la historia. Una mística de
ojos abiertos es aquella que no aparta la mirada del sufrimiento, pero tampoco
renuncia a actuar para que este no tenga la última palabra. Esta es la mística
del laicado cristiano.
è Mensaje del Papa
Francisco al Congreso de Laicos 2020:
“Los animo a que
vivan su propia vocación inmersos en el mundo, escuchando, con Dios y con la
Iglesia, los latidos de sus contemporáneos, del pueblo (…) No tengan miedo de
patear las calles, de entrar en cada rincón de la sociedad, de llegar hasta los
límites de la ciudad, de tocar las heridas de nuestra gente… esta es la Iglesia
de Dios, que se arremanga para salir al encuentro del otro, sin juzgarlo, sin
condenarlo, sino tendiéndole la mano, para sostenerlo, animarlo o, simplemente,
para acompañarlo en su vida. Que el mandato del Señor resuene siempre en
ustedes: “Vayan y prediquen el Evangelio”.
