viernes, 6 de noviembre de 2026

Yo era MA. En recuerdo de Txaber Gaztelu


No creo equivocarme si afirmo que una gran mayoría de las chavalas y chavales de Alonsotegi nacidos en los años sesenta del pasado siglo sabríamos responder, sin dudar demasiado, si alguien nos preguntara si éramos del CRO, del MA o del ÑON. No eran las siglas de ninguno de los muchos grupúsculos políticos que proliferaron durante la Transición. Era la peculiar manera en que Txaber, don Javier, nos distribuía por voces en la coral Gure Ametsa.

La clasificación procedía de uno de nuestros mayores éxitos, dicho esto con una buena dosis de humor: la canción El hombre de Cromañón, cuyo estribillo interpretábamos divididos en tres grupos, desde las voces más agudas hasta las más graves: «¡Hombre de crooooo! ¡Hombre de maaaa! ¡Hombre de ñooooon!». Por cierto, yo era MA.

He recordado aquella clasificación al conocer la muerte de Javier Gaztelu, Txaber, a los 90 años. Y con ella han regresado muchos otros recuerdos de una infancia y una adolescencia en las que su presencia tuvo una importancia que seguramente entonces no éramos capaces de valorar.

Txaber fue uno de aquellos curas que contribuyeron a remover la vida de nuestros pueblos durante los últimos años del franquismo y los primeros de la democracia. Al menos en mi caso, no recuerdo que lo hiciera mediante grandes discursos teológicos. De hecho, no sabría reproducir una sola de sus homilías. Lo que recuerdo es su extraordinaria capacidad para conectar con la gente, especialmente con quienes éramos más jóvenes, a través de la música, la cultura, el euskera, el monte y la convivencia.

Era euskaldun, melómano y montañero. Con él subí mi primer dosmil, el San Lorenzo, en Ezcaray, una de esas pequeñas grandes conquistas que permanecen en la memoria de quienes hemos seguido frecuentando las montañas. Y con él cantamos mucho, ensayamos y compartimos experiencias que, sin que entonces fuéramos conscientes de ello, también nos estaban educando.

La coral Gure Ametsa fue bastante más que una agrupación musical. Fue un espacio de encuentro, de aprendizaje y de pertenencia. Una forma de hacer pueblo, de reunir a distintas generaciones y de descubrir que podíamos hacer cosas juntas. En 2017, cuando el Ayuntamiento de Alonsotegi reconoció públicamente su trayectoria, destacó precisamente esa capacidad para unir a jóvenes y mayores en torno a la música. Quienes participamos en aquella experiencia sabemos bien de qué hablaban.

Después continuó desarrollando esa misma actividad en otros lugares, donde también dejó una profunda huella comunitaria. Parece que allí, como antes en Alonsotegi, entendió que una parroquia podía ser un lugar abierto a la vida cultural y social de su entorno.

He leído que su familia recuerda dos palabras que repetía con frecuencia: askatasuna eta maitasuna, libertad y amor. No sé si entonces llegué a escuchárselas, pero me parece que describen bastante bien lo que yo conservo de su paso por Alonsotegi. Una manera de relacionarse con la gente desde la cercanía, la alegría y el deseo de compartir aquello que le apasionaba.

Naturalmente, cada persona tendrá su propia experiencia y sus propios recuerdos de Txaber. Así ocurre con cualquiera que haya formado parte de la vida de una comunidad durante tantos años. Los míos son felices y agradecidos. Y están asociados a canciones, excursiones, amistades y descubrimientos que forman parte de lo mejor de aquellos años.

Hoy, tantos años después, sigo siendo MA. Y me gusta pensar que, si nos reuniéramos de nuevo quienes formamos aquella coral, todavía sabríamos cuándo nos toca entrar en el estribillo.

Un abrazo, Txaber. Eskerrik asko.

domingo, 1 de noviembre de 2026

De las calles a las urnas: la lección serbia

 


El 1 de noviembre de 2024, el derrumbe de una marquesina de la estación ferroviaria de la localidad de Novi Sad, recientemente reformada, provocó la muerte de dieciséis personas. Lo que inicialmente podía parecer una tragedia causada por deficiencias constructivas se convirtió en el símbolo de un sistema político atravesado por la corrupción, el clientelismo y la impunidad. La indignación ciudadana encontró en el movimiento estudiantil una forma de organización y de expresión que, durante casi dos años, ha mantenido viva una movilización democrática de extraordinaria amplitud. Este 25 de octubre de 2026, esa movilización ha culminado en una victoria electoral histórica.

La Lista Estudiantil (Studentska lista – Studenti pobeđuju, «Lista Estudiantil – Los estudiantes vencen») ha obtenido, según los resultados provisionales, el 52,65 % de los votos, frente al 39,22 % de la coalición Serbia Unida, encabezada por Aleksandar Vučić, cuyo partido, el Partido Progresista Serbio (SNS), ha dominado la política serbia desde 2012. Pero en estas elecciones más de 2,2 millones de personas han respaldado una candidatura nacida de las protestas, con una participación cercana al 69 %, aproximadamente diez puntos superior a la registrada en las anteriores elecciones legislativas. La diferencia de más de medio millón de votos y la mayoría absoluta parlamentaria que se perfila (alrededor de 140 escaños en un Parlamento de 250) expresan la magnitud de una transformación política que nadie habría imaginado cuando comenzaron las primeras concentraciones estudiantiles.

La experiencia serbia merece nuestra atención por lo que enseña acerca de las posibilidades de la acción colectiva en sociedades formalmente democráticas cuyas instituciones han sufrido un prolongado deterioro. Durante años, Vučić consolidó un sistema de poder apoyado en el control de importantes recursos institucionales, el clientelismo y una posición dominante en el espacio mediático. Por su parte la oposición, dividida y desacreditada ante amplios sectores de la ciudadanía, había sido incapaz de construir una alternativa suficientemente sólida. Fueron las y los estudiantes quienes consiguieron alterar esa situación.

Su fuerza procedía, en buena medida, de una forma de organización nada habitual en la política institucional. Las asambleas universitarias, conocidas como plenums, se convirtieron en espacios de deliberación y decisión colectiva y la ausencia de un liderazgo personal reconocible dificultó la estrategia gubernamental de desacreditar o neutralizar a quienes encabezaban las protestas. La organización descentralizada permitió sostener movilizaciones, coordinar acciones y extender progresivamente el movimiento más allá de las universidades. Con el paso del tiempo profesionales, agricultores, docentes y personas de muy distintas edades y condiciones sociales fueron incorporándose a una protesta que dejó de ser exclusivamente estudiantil para convertirse en una impugnación general de la corrupción y de la degradación democrática. De este modo, la reivindicación inicial de responsabilidades por las muertes de Novi Sad fue ampliándose hasta cuestionar la subordinación de las instituciones a los intereses del poder político.

También resulta fundamental destacar el carácter mayoritariamente noviolento de la movilización. La noviolencia ha sido una práctica organizada que ha contribuido a preservar la legitimidad del movimiento, incluso frente a las provocaciones, las campañas de descalificación y los episodios de represión. Su importancia va más allá de la ausencia de enfrentamientos violentos y se ha expresado en un repertorio sostenido de acciones de resistencia civil, desde los bloqueos universitarios y las ocupaciones de espacios públicos hasta las marchas multitudinarias, los minutos de silencio por las víctimas de Novi Sad y las iniciativas de desobediencia civil. Esta orientación ha facilitado la incorporación de sectores sociales muy diversos, al reducir los costes y riesgos de participación, y ha dificultado los intentos gubernamentales de presentar las protestas como una amenaza para el orden público. La persistencia de la movilización ha permitido transformar la indignación inicial en una capacidad organizada de resistencia y presión política, y su eficacia recuerda una enseñanza fundamental de las investigaciones sobre resistencia civil: que la fuerza de la acción noviolenta se basa en su capacidad para ampliar la participación, mantener la cohesión y erosionar los apoyos sociales e institucionales del poder al que se enfrenta.

Una de las acciones más expresivas del movimiento fue la convocatoria «¡Detente, Serbia!» (Zastani, Srbijo!). A las 11:52, la hora exacta del derrumbe de la estación de Novi Sad, inicialmente los viernes y luego a diario, miles de personas interrumpían sus actividades y permanecían inmóviles durante dieciséis minutos, uno por cada víctima. Se detenía el tráfico, las calles quedaban en silencio y la vida cotidiana se suspendía brevemente para recordar unas muertes cuyas responsabilidades seguían siendo objeto de exigencia pública. Aquel silencio compartido convirtió el duelo en una forma de desobediencia civil y mantuvo viva, semana tras semana, la reclamación de justicia. Su fuerza residía también en su sencillez, de manera que cualquier persona podía participar. La noviolencia adquiría así una dimensión colectiva, visible y profundamente perturbadora para la normalidad de un poder al que se exigían responsabilidades.

Este gesto convirtió el duelo en una práctica cotidiana de resistencia y permitió que participaran personas que difícilmente se habrían incorporado a formas más confrontativas de protesta. La experiencia serbia se incorpora así a una historia de resistencias civiles que han demostrado la capacidad de la acción colectiva para erosionar poderes aparentemente consolidados. Su eficacia depende de condiciones concretas: la amplitud social de la movilización, su persistencia, la capacidad organizativa, la construcción de alianzas y las oportunidades políticas existentes. En Serbia, esas condiciones han permitido que una protesta sostenida durante casi dos años se transformara finalmente en una mayoría electoral.

Pero quizá lo más interesante sea la manera en que el movimiento ha abordado el tránsito desde la movilización social hasta la representación política. La Lista Estudiantil ha promovido una candidatura integrada principalmente por personas procedentes de distintos ámbitos profesionales y sociales, evitando convertir a quienes habían protagonizado las protestas en una nueva élite política. Su legitimidad se ha construido desde abajo, mediante una experiencia compartida de organización y resistencia, y este proceso cuestiona la idea de que los partidos tradicionales poseen el monopolio de la iniciativa política y de que los movimientos sociales están condenados a limitarse a la protesta o a ejercer presión sobre quienes gobiernan. La sociedad civil puede convertirse en sujeto de transformación institucional cuando consigue articular sus demandas, sostener la movilización y construir instrumentos capaces de disputar el poder.

Hay, es cierto, una diferencia decisiva entre construir una mayoría contra un Gobierno y disponer de un proyecto compartido para gobernar. La Lista Estudiantil reúne sensibilidades ideológicas diversas, desde posiciones progresistas y europeístas hasta sectores conservadores y nacionalistas, y si bien su programa ha conseguido un amplio consenso alrededor de la lucha contra la corrupción, la independencia judicial, la transparencia y la recuperación del Estado de derecho, ha evitado definiciones concluyentes sobre cuestiones particularmente conflictivas, como Kosovo o las relaciones con Rusia y la Unión Europea. Esa heterogeneidad ha facilitado la construcción de una mayoría social transversal, pero plantea interrogantes sobre su capacidad para afrontar las decisiones económicas, sociales y territoriales que exige el ejercicio del Gobierno.

También será necesario comprobar hasta qué punto las formas de participación que dieron fuerza al movimiento encuentran continuidad en las nuevas instituciones. La organización asamblearia, la deliberación colectiva y la rendición de cuentas no pueden trasladarse mecánicamente al funcionamiento de un Estado, pero tampoco deberían desaparecer una vez conquistado el poder. Buena parte del significado democrático de esta victoria dependerá de que la ciudadanía conserve capacidad de iniciativa, vigilancia y control sobre quienes ahora van a representarla.

La lección serbia tiene especial interés en un momento en que tantas sociedades europeas parecen atrapadas entre el crecimiento de las fuerzas autoritarias, el desgaste de los partidos tradicionales y una desafección política que con frecuencia desemboca en la resignación o la abstención. El movimiento estudiantil serbio ha demostrado que esa desafección puede encontrar otro recorrido, y que la indignación ante la injusticia puede alimentar procesos de organización, reconstruir vínculos colectivos y devolver a la ciudadanía la confianza en su capacidad de intervenir sobre el curso de los acontecimientos. También han mostrado que la movilización social y la participación electoral pueden reforzarse mutuamente. Durante casi dos años, las calles, las plazas y las universidades fueron espacios de construcción de una alternativa democrática que finalmente encontró expresión en las urnas. La victoria electoral no se comprendería sin aquella movilización previa, y esta habría tenido un alcance político distinto si no hubiera conseguido disputar las instituciones.

Sería prematuro presentar el resultado serbio como la culminación de una revolución democrática, pues, si bien la alternancia en el Gobierno constituye una conquista importante, la transformación de las estructuras de poder, la recuperación de la independencia institucional y la construcción de una democracia más participativa siguen siendo tareas pendientes. La historia ofrece demasiados ejemplos de movimientos que, después de alcanzar el poder, terminaron reproduciendo algunas de las prácticas que habían combatido. Pero por ahora, Serbia nos deja una enseñanza, y es que incluso frente a sistemas de poder profundamente arraigados, la ciudadanía organizada puede abrir posibilidades políticas que parecían clausuradas. Durante casi dos años, miles de estudiantes y cientos de miles de personas sostuvieron una movilización cuyo desenlace nadie podía garantizar. Han conseguido cambiar el Gobierno y aunque queda por ver hasta dónde conseguirán cambiar la manera de gobernar, hoy toca celebrar.


PUBLICADO EN EL SALTO / HORDAGO, 4 noviembre

Eskoritas y Bagatza

Eskoritas o Eskorieta (642 m) y Bagatza o Pico de los Asnos (563 m) son dos cimas humildes situadas del Valle de Ayala (Aiaraldea), con excelentes vistas a la Sierra Sálvada (Gorobel), ideales para un paseo otoñal.


















viernes, 30 de octubre de 2026

Ceremonia

Leslie Marmon Silko
Ceremonia
Traducción de Noelia González Barrancos
Capitán Swing, 2025

"Hubo un tiempo en que bastaban las ceremonias tal y como se habían hecho hasta entonces para el mundo de ese momento. Pero una vez llegaron los blancos, los elementos de este mundo comenzaron a cambiar y fue necesario crear ceremonias nuevas, He hecho cambios en los rituales. esto genera una enorme desconfianza en la gente, pero solo este crecimiento mantiene fuertes las ceremonias".


Leslie Marmon Silko es una novelista, poeta y ensayista estadounidense, considerada una de las figuras fundamentales del renacimiento literario y artístico de los pueblos indígenas norteamericanos iniciado a finales de la década de 1960. De ascendencia mixta -laguna pueblo, mexicana y angloamericana-, creció en un entorno marcado por la convivencia de distintas tradiciones culturales. Su obra, profundamente vinculada a sus raíces indígenas, recupera los mitos, la memoria y las tradiciones orales del pueblo laguna, que reelabora literariamente para abordar cuestiones relacionadas con la identidad, la pertenencia cultural y la experiencia histórica de las comunidades indígenas.

Publicada originalmente en 1977, Ceremonia es una novela sobre las heridas que deja la violencia, la pérdida de las raíces culturales y la posibilidad de reconstruir una vida cuando el mundo al que pertenecíamos parece haberse desmoronado, pero también una profunda reflexión sobre nuestra relación con la naturaleza, sobre la memoria colectiva y sobre la necesidad de encontrar formas de resistencia que permitan interrumpir la reproducción del sufrimiento y la destrucción.

Su protagonista, Tayo, es un joven de ascendencia mixta, indígena y blanca, que regresa a su comunidad de Laguna Pueblo, en Nuevo México, después de combatir en la Segunda Guerra Mundial. Vuelve traumatizado por la experiencia bélica, atormentado por la muerte de su primo Rocky y por recuerdos que no consigue ordenar, pero su sufrimiento tiene raíces más profundas, más allá de su experiencia en la guerra, pues Tayo vive desgarrado entre dos mundos, marcado por el desprecio racial y la desposesión cultural. Todo ello ha terminado por hacerle perder cualquier sentimiento de pertenencia.

La medicina convencional "blanca" apenas consigue aliviarlo y su recuperación solo comenzará cuando entre en contacto con una sabiduría ancestral que entiende la enfermedad como una ruptura de los vínculos que sostienen la existencia. A través de una ceremonia de sanación, Tayo emprende un recorrido que le permitirá reconstruir, dolorosamente, su relación con la comunidad, con la tierra y con su propia historia. Como le enseña Betonie, el curandero navajo que lo acompaña en este proceso, lo que Tayo necesita no es recuperar intactas unas tradiciones supuestamente inmutables sino transformadas, porque también el mundo cambia.

Este es uno de los aspectos más característicos y sugerentes de la novela. Leslie Marmon Silko rechaza una concepción folclórica de las culturas indígenas, como si fueran reliquias de un pasado condenado a desaparecer, y presenta la tradición como una sabiduría viva, capaz de incorporar nuevas experiencias y de ofrecer respuestas a sufrimientos contemporáneos. Del mismo modo, la identidad deja de entenderse como una pertenencia cerrada y homogénea y la propia condición mestiza de Tayo, inicialmente vivida como una fuente de vergüenza y extrañamiento, se convierte en una posibilidad de reconciliación.

La estructura narrativa del libro responde a esta misma concepción del mundo, de modo que la autora entrelaza tiempos, recuerdos, relatos míticos, poemas y acontecimientos cotidianos, rompiendo la linealidad de la narración occidental convencional. Las historias tradicionales del pueblo laguna dialogan con la experiencia de Tayo, mostrando que el pasado continúa actuando sobre el presente y que las vidas individuales forman parte de una trama colectiva mucho más amplia. Esta forma de narrar exige una lectura atenta, pero constituye una de las mayores riquezas literarias de la obra.



Hay también en la novela una poderosa dimensión política y ecológica. La guerra, el colonialismo, el racismo y la destrucción de la naturaleza aparecen relacionados por una misma lógica de dominación, alimentada por la separación entre los seres humanos y el mundo del que forman parte. Frente a ella, Leslie Marmon Silko propone una ética de la interdependencia, en la que sanar significa recuperar la conciencia de nuestra responsabilidad hacia las demás personas, los animales, las plantas y la tierra. Por ello, la sanación individual de Tayo resulta inseparable de una reparación colectiva que afecta a la memoria, a la cultura y a la relación con el territorio y la historia de su pueblo. 

En uno de los momentos decisivos de la novela, cuando se enfrenta a la posibilidad de responder violentamente a la crueldad que presencia, Tayo comprende que hacerlo significaría completar el círculo de destrucción del que intenta escapar. Su negativa a reproducir la violencia no supone resignarse ante la injusticia, sino cuestionar la lógica que permite perpetuarla; porque la violencia tiene una extraordinaria capacidad para reproducirse, porque consigue que quienes han sido sus víctimas terminen adoptando la lógica de quienes la ejercen. Su decisión de contenerse constituye un acto de resistencia que exige reconocer la violencia, enfrentarse a sus consecuencias y negarse a prolongar su dominio sobre nuestras vidas. En este sentido, la ceremonia a la que se somete Tayo puede leerse también como una práctica de noviolencia, como un proceso mediante el cual alguien que ha sido profundamente herido recupera la capacidad de actuar sin dejarse gobernar por el odio. Interrumpir la violencia significa impedir que el daño recibido determine inevitablemente el daño que causaremos.

Por todo lo dicho Ceremonia es una novela exigente, a veces desconcertante, pero de una extraordinaria belleza, cuya lectura nos sitúa ante una pregunta que trasciende la experiencia histórica de los pueblos indígenas norteamericanos: ¿cómo podemos reparar un mundo herido sin recurrir a las mismas formas de violencia que lo han destruido? Leslie Marmon Silko encuentra una respuesta en la memoria, en el cuidado de los vínculos, en la interrupción de la destrucción como una manera de comenzar a reparar el mundo y en la capacidad de las comunidades para seguir contando historias que hagan posible la vida.

jueves, 29 de octubre de 2026

Lorca en la Biblioteca Central de la UPV/EHU

Otra de esas "delicatessen" que nos regalan las trabajadoras de la Biblioteca Central de la UPV/EHU en Leioa. En esta ocasión, recordando a Lorca. Merece la pena una visita.










martes, 27 de octubre de 2026

El hombre que caminó a la luna

Howard McCord
El hombre que caminó a la luna
Traducción de Blanca Gago
Volcano, 2022

"Los días que pasé en Islandia solo, vagando por la región central, fueron los más felices de mi vida, repletos del sabor que brinda la omnipresente luz del verano ártico y los vientos como sólidas geometrías. Creo, también, que llegué a amar tanto ese lugar porque no necesitaba ir armado. Con el cuchillo de Manchuria me apañaba para las tareas de acampada, y me gustaba no llevar encima nada que pudiera explotar. Es cierto que estoy enamorado de las armas, pero también que estas me esclavizan a causa de mi pasado, del rumbo que ha tomado mi vida. Me he metido en una espiral de violencia que no supe anticipar hasta que ya se había vuelto una costumbre. No soy un hombre pacífico, y lo lamento mucho. Pero en Islandia sí llegué a liberarme del dominio de la violencia por un tiempo y, por eso, ahora, lo recuerdo tan nítidamente como las vistas".


Habiendo leído ya tantas obras publicadas por la desgraciadamente desaparecida editorial Volcano, cuando la compré y cuando empecé su lectura no esperaba encontrarme con una novela tan extraña y perturbadora, que comienza como un relato de soledad y supervivencia en la naturaleza para convertirse progresivamente en una inquietante exploración de los límites de la condición humana. 

Su protagonista, William Gasper vive apartado del mundo, en las montañas de Nevada, donde recorre obsesivamente un territorio inhóspito conocido como la Luna. Es un caminante experimentado, un observador minucioso de la naturaleza y un hombre culto, capaz de alternar reflexiones filosóficas con consideraciones sobre las exigencias físicas de la montaña. Pero su pasado esconde una violencia extrema que iremos descubriendo a medida que avanza el relato, cuando la aparición de una amenaza que parece perseguirlo introduce una tensión creciente en una narración dominada inicialmente por el silencio y la introspección.

Uno de los mayores logros de McCord es su extraordinaria capacidad para describir el paisaje. La montaña aparece con toda su materialidad: las rocas, el frío, el cansancio, los desniveles, la exigencia de cada paso. Sin embargo, estamos muy lejos de una visión romántica de la naturaleza como espacio de reconciliación espiritual y el mundo natural de McCord es hermoso y despiadado, ajeno a cualquier consideración moral. La montaña no juzga, no castiga ni perdona, simplemente existe, está, y esa indiferencia de la naturaleza encuentra una inquietante correspondencia en la personalidad de Gasper. 

Su soledad podría interpretarse inicialmente como una búsqueda radical de libertad, como el intento de escapar de las convenciones y obligaciones de la vida social, pero, a medida que vamos conociendo su historia, esa libertad adquiere un significado mucho más oscuro. Gasper parece haber llevado hasta sus últimas consecuencias la pretensión de vivir sin deber nada a nadie, de convertirse en el único juez de sus actos, con una desconcertante ausencia de responsabilidad moral. Aquí reside, a mi juicio, el núcleo más perturbador de la novela. La soledad elegida de Gasper es una forma extrema de desvinculación. 

McCord construye y presenta un personaje que desafía nuestra tendencia a asociar la lucidez intelectual con la sensibilidad moral. Gasper comprende muchas cosas, observa con extraordinaria precisión y reflexiona con agudeza, pero nada de ello parece conducirlo hacia el reconocimiento de los demás. Su caso nos recuerda que la inteligencia puede convivir perfectamente con la crueldad y que la autonomía, cuando se desprende de toda responsabilidad, puede terminar convertida en una forma de dominio.

La novela incorpora además una dimensión mitológica con la presencia cada vez más relevante de la diosa galesa Cerridwen, que vuelve todavía más desconcertante la experiencia de lectura. La frontera entre realidad, recuerdo y delirio se hace por momentos incierta, mientras el paisaje adquiere una presencia que parece exceder su condición de escenario.

En definitiva, una novela inquietante, protagonizada por un personaje cuya inteligencia y capacidad de observación fascinan, pero cuyo comportamiento resulta moralmente insoportable. Gasper parece querer vivir con la misma indiferencia hacia el bien y el mal que encuentra en la naturaleza, pero lo que resulta posible para una montaña no lo es para un ser humano.