sábado, 22 de julio de 2017

Ascensión al Eskutxi y cervecita en Maroño

Hacía años que no me acercaba hasta la Sierra Salvada, también llamada Gorobel. Años.Aunque muy humanizada, para facilitar la vida a quienes en la zona siguen viviendo de la ganadería, es de una belleza espectacular. Una pista excelentemente conservada -con la excepción de un par de tramos- permite el acceso de vehículos todoterreno desde los diversos pueblos del Valle de Ayala (Salmantón, Añes, Madaria...) hasta las mismísimas entrañas de la Sierra, a través del Portillo de Aro, a 1.000 metros de altitud.
Yo he salido de Salmantón, por una pista que, la última vez, no estaba tan asfaltada como lo está ahora. En todo caso, observar desde el camino la mole de la Peña de Aro sigue siendo un espectáculo.


Desde el Portillo de Aro he subido directo hasta el Pico de Añes (sin buzón, sólo un montón de piedras).



Desde allí he enfilado hacia el Eskutxi (1.180 mts. según el buzón cimero, 1.985 según Mendikat), siempre caminando cerca del precipicio, para disfrutar de las vistas.



Aunque a ratos conseguimos caminar sobre hierba (¡y lo que se agradece!), el terreno es lapiaz de diaclasas (afloramientos de piedra caliza), fragmentado y lleno de grietas, por lo que hay que prestar atención a nuestros pasos. No sé si lo he contado alguna vez, seguro que sí, pero el caso es que desde siempre me han fascinado las piedras agujereadas por la acción del agua que se encuentran en el monte. Aunque regalo bastantes, tengo cajas: manías. Pues este terreno es pródigo en tales piedras. Dos ejemplares han encontrado hueco en mi mochila. (No los de las fotos, que eran enormes).



Desde la cumbre del Eskutxi, en dirección al Ungino, un inmenso rebajo de ovejas pastaba junto al barranco, en torno a un vértice geodésico. Nunca había visto tamaña concentración ovina por estos lares.

Tras las fotos, tocaba regresar. A la vuelta, he pasado por el Pico de Aro. Desde ahí, los farallones de la Sierra se ven espectaculares.


Vuelta al Portillo, despedida a San Vitores, patrón de los pastores, y camino abajo hasta Salmantón.



Eso sí, antes de enfilar definitivamente hacia casa, parada en el Guzurtegi para tomarme una cerveza fresquita y disfrutar de las vistas que, desde ahí, nos ofrece Salvada.




lunes, 3 de julio de 2017

Ocho lecturas bien diversas, pero con un común denominador: lo salvaje (más o menos)

Guillermo Arriaga, El salvaje, Alfaguara 2017.

Dos historias discurren en paralelo en esta novela-río de 694 páginas: una tiene lugar en México, otra en Alaska.
Una es la historia de Juan Guillermo, un adolescente de 17 años que vive en la colonia Unidad Modelo de Ciudad de México con sus padres y su hermano mayor, Carlos. Trabajadores esforzados y honestos, sus padres les han transmitido un irreprimible amor por los libros: "Cuando Carlos y yo éramos niños, mis padres distribuyeron estratégicamente libros por toda la casa. En el baño, los pasillos, sobre las mesas, junto a la cama. No importaba si los libros se ensuciaban, mojaban, rompían. Si los subrayábamos o doblábamos. Mis padres los consideraban pertrechos de guerra, no inanes artículos de lujo. Mi hermano y yo quedamos contagiados por la glotonería cultural de mis padres. Leer, leer, leer". Y, en efecto, los libros y sus autores son un elemento importante en la historia de Juan Guillermo, como lo son sus amigos el Jaibo, el Agüitas y el Pato, y Chelo, la mujer a la que ama y por cuyo amor compartido sufre. El asesinato de Carlos, traficante sui generis de drogas, por un grupo de ultras católicos (que guardan semejanzas con los "cristeros" de los años Veinte) aliados con la corrupta policía. La muerte de su hermano desencadenará su venganza..
La otra es la historia de Amaruq, cazador nativo dispuesto a arriesgarlo todo por capturar al más grande y feroz de los lobos del Yukón.
Y es, también, la historia de dos lobos: el ya citado Nujuaqtuuq, el gran lobo de Alaska, y Colmillo, un lobo tomado por perro feroz en México y condenado a vivir encadenado.
Una historia, unas historias, tan improbables que, sin embargo, funcionan al sumergirnos en un mundo violento, físico, sensual, en el que las dos historias acaban confluyendo en un relato de redención: la del lobo encadenado que vuelve a la selva, la del vengador obsesionado que se descubre incapaz de asesinar.

Catherine Poulain, Allí, donde se acaba el mundo, Lumen 2017.

Inspirada en su experiencia como pescadora en un barco en Alaska, la novela de Poulain comparte un cierto aire de familia con la de Arriaga. No por su estilo, mucho más contenido, ni por su temática, tan realista que a ratos parece una etnografía de las comunidades pesqueras alaskeñas.
La novela se divide en dos partes. En la primera, titulada "El corazón de los fletanes", acompañamos a la protagonista, Lili, en su aventura a bordo del Rebel, pescando bacalao, fletán y cangrejo en las heladas y agitadas aguas del Golfo de Alaska: agotamiento, dolor, esfuerzo físico, que sin embargo no logran quebrar la voluntad de esta aparentemente frágil francesita -"¡Os he traído de vuelta al pajarito!", grita el patrón- capaz de superar cualquier obstáculo en un mundo "macho" hasta el extremo:
"Terminé olvidando que debía morir aquel día. Me sentía feliz entre ellos. Me seguía doliendo mucho la mano. Los hombres se levantaron y yo me levanté con ellos.
- No hace falta que vengas ahora mismo -me dijo Ian.
- me encuentro estupendamente -le aseguré.
Y regresamos a cubierta. Quería estar con ellos siempre, que pasáramos frío, hambre y sueño juntos. Quería ser un pescador de verdad. Quería estar con ellos siempre".
La segunda parte, titulada "El gran marinero", desarrolla la compleja, sensual, alcohólica relación entre Lili y Jude, uno de los tripulantes del Rebel, enigmático y telúrico. Si en la primera parte la tensión sexual que acompaña la experiencia de una mujer en un mundo masculino hasta el extremo se mantiene en general en un segundo plano, en esta segunda parte se torna central y es narrada sin corrección ninguna, lo que en más de una ocasión me transmitía una incómoda impresión de sumisión:
"He soñado que todo volvía a empezar. De nuevo, el frío, el agua dentro de las botas, las noches de pesca, el mar oscuro y brutal como lava negra, mi rostro embadurnado de sangre, el vientre liso y pálido de los peces que abríamos, el Rebel más negro que la noche, rugiente, sumergiéndose en un terciopelo helado, las tripas esparcidas por la cubierta. Las horas desfilaban, el tiempo carecía de sentido. El gran marinero gritaba, aún de pie y solo frente al océano. Y yo había decidido que todo sería así siempre, que navegaríamos por la tinta la noche y el terciopelo con una estela de aves pálidas y chillonas a la zaga; que no regresaríamos nunca, que no volveríamos a ver tierra firme jamás, y todo ello hasta la extenuación, permanecería junto al hombre que grita para verlo oírlo siempre, y seguirlo en la alocada carrera, pero jamás lo tocaría, tocarlo ni siquiera se me pasaba por la cabeza".
Pero será que es así la vida, allí, donde se acaba el mundo.

Marilynnne Robinson, Lila, Galaxia Gutenberg, 2015.

"Y ella llevaba su propia vida grabada bien a la vista de todos, lo sabía sin tener que mirarse porque así les pasaba a todas las mujeres que conocía. Y no sabía cómo había encontrado al único hombre en la tierra que no lo veía. O a lo mejor lo veía a su modo porque había leído aquella parábola, o poema, o lo que fuese. [...] Así que bien podría ser que él la viera como a alguien salido directamente de la Biblia, alguien que conocía todas esas cosas que pueden pasar y nadie tiene las palabras para contarlas". He subrayado esta frase porque creo que sirve como resumen de la hermosísima historia que nos cuenta este libro.
Lila, es una joven huérfana, criada con un grupo de mujeres y hombres nómadas que, en la mejor tradición de los hobos y trabajadores precarios protagonistas de tantas novelas de Steinbeck, recorre el Medio Oeste norteamericano en los años previos a la Gran Depresión buscándose la vida como pueden. En una época, incluso hubo de trabajar en cierta "casa en San Luis" donde "la Señora", por mor de la respetabilidad, llamaba a sus clientes "caballeros" [...] "y se suponía que las chicas eran las damas".
Por eso, cuando Lila se encuentra con el viejo reverendo John Amesen, viudo, predicador en el pueblo de Gilead, Iowa, y este la convierte en su esposa, su pasado no deja de perseguirla. Pero, para su absoluta sorpresa, lo que encuentra en su esposo es la entrega, la confianza y el agradecimiento más incondicionales:
"- Me parece que me pasa algo, querido. No puedo amarte tanto como te amo. No puedo sentirme tan feliz como me siento.
- Lo sé dijo él-. No creo que sea nada que deba preocuparnos. A mí no me preocupa, de verdad.
- He dejado tantas cosas atrás, una vida.
- Lo sé.
- No se parecía en nada a ésta.
- Lo sé.
- A veces la echo de menos.
Él asintió.
- No somos tan distintos. Yo echo de menos algunas cosas".
La novela transcurre con tanta suavidad que en ocasiones puede resultar desconcertante. Pero si hacemos el esfuerzo de dejarnos tocar por su ritmo pausado descubriremos una maravillosa historia. Interesante esta entrevista a su autora, que nos ayuda a enmarcar el libro.

Jo Nesbo, La sed, Roja y Negra-Penguin Random House, 2017.

Saltamos de género. Hace tiempo que sigo con fruición las andanzas de Harry Hole, comisario de la policía de Oslo ahora ya retirado, pero reclutado de nuevo para investigar los brutales asesinatos de un aterrador imitador de Drácula. No faltan las maniobras del taimado y corrupto jefe de policía Mikael Bellman, ni las complicadas relaciones familiares de Hole. Por cómo termina, queda claro que habrá una nueva historia. De alguna manera, lo anunciaba el autor en una entrevista. Espero que no tarde mucho.


Antonio Manzini, Una primavera de perros, Salamandra, 2016.

Seguimos con la novela policíaca. Esta es la tercera entrega de las novelas protagonizadas por el subjefe de policía Rocco Schiavone, trasladado como castigo de su añorada Roma al, para él, remoto y aburrido Valle de Aosta, donde continúa empezado en su particular e inútil protesta: negarse a cambiar sus elegantes zapatos Clarks, periódicamente destrozados por la lluvia y la nieve de la región, por unas botas de montaña, más apropiadas para el clima alpino. En esta ocasión, la investigación del secuestro de la hija de una rica familia de constructores de la zona le llevará a descubrir un submundo mafioso inesperado en una zona en principio tan pacífica y tranquila.
Publicitado como "el Montalbano de Aosta", la verdad es que hay aspectos tanto del personaje (irascible y enfrentado a la autoridad) como de las tramas que recuerdan demasiado a las geniales historias de Camilleri. Pero se lee muy bien.

Joe Abercrombie, Filos mortales, Alianza Editorial, 2016.

Y de un género, el policíaco, a otro, aunque en esta ocasión habrá quien lo considere más bien un subgénero: el de fantasía. Para entendernos, y por si sirve para "prestigiar" esta faceta oscura de mi librivorismo: el tipo de novelas que firma George R. Martin en su saga Juego de tronos. Es broma esto de disculparme: declaro públicamente que disfruto como un enano (o como un elfo, o una hechicera, o un troll...) con este tipo de literatura, cuando es buena. Y las novelas de Abrecrombie lo son. Hay batallas y hay magia, claro, y guerreros y matanzas a mansalva, pero hay, también, una complejidad en las historias y en los personajes muy destacable. Sólo así se puede entender que una curiosa pareja de lesbianas, formada por una habilísima espadachina y una no menos diestra ladrona, protagonice algunos de los momentos más logrados de este libro.
En una entrevista, dice Abercrombie: "A veces me acusan de traicionar la noble herencia de Tolkien, de ser una especie de doctor Frankenstein obsesionado por ensamblar todo lo bueno que hay en él hasta convertirlo en un monstruo. Pero igual que las películas de Sergio Leone no tratan de corromper el wéstern sino que nacen del amor real por él y del deseo de renovarlo, yo también creo que se deben abrir nuevos caminos".
No es mala presentación.

William E. Bowman, Hasta arriba, Blackie Books, 2016.

Y de la fantasía heroica al humor.
Una expedición británica se aventura a escalar por primera vez el monte Kurda Rarí, "el último baluarte de la Naturaleza contra el espíritu de conquista humano", enclavado en las remotas tierras de Yoguistán. Compuesta por el más estrafalario grupo de personas que cabe imaginar -un experto en orientación que continuamente debe ser rescatado tras extraviarse, un fotógrafo que pierde todos sus instrumentos, un cocinero nativo cuyo nombre, Puag, lo dice todo-, comandados por un jefe de expedición cuya idea de mantener el espíritu de equipo consiste en conversar sobre la situación sentimental de los expedicionarios hasta provocarles el llanto, 3.000 porteadores y una inagotable reserva de champán "con fines medicinales".
No debe extrañar que acaben dando vueltas en círculo en un glaciar a la manera de una conga alpina, en el fondo de una grieta tras una rocambolesca operación de rescate, o cargados a las espaldas de los porteadores yoguistanís mientras estos superan sin esfuerzo cuantos obstáculos aparecen en su camino. Este hilarante fragmento nos da el tono del relato:

Los transistores se hacían a pequeña escala para ahorrar peso y su alcance era, por tanto, limitado. A veces era necesario transmitir los mensajes por medio de uno o dos intermediarios. A tenor de mis experiencias de juventud en fiestas infantiles, decidí que era aconsejable ensayar un poco. Ordené al equipo que formara un corro amplio que abarcase toda la anchura del glaciar, de modo que pudiéramos enviar los mensajes en redondo. En un principio tuve serias dificultades para pensar un mensaje. Tenía la sensación de que se me había congelado el cerebro y por unos minutos me sentí como un necio. Por fin, no sé cómo, conseguí componer el primer mensaje: "Qué sereno está el Kurda Rarí en la alborada".
Cuando lo recibí decía: "Tostón seso frito".
Tras pensarlo brevemente, envíe otro: "Por favor, presten mucha atención al mensaje". Pero también volvió un "Tostón seso frito".
Era absurdo. A modo de experimento transmití entonces: "Tostón seso frito" que volvió como "La voz del líder es música para los oídos de sus acólitos".

Humor británico al estilo de Jerome K. Jerome. Por cierto: "subir alto" y "ponerse ciego" en inglés se dice empleando el mismo término high. Ahora mira de nuevo la portada del libro...


Edward Thomas, Poesía completa, Editorial Pre-textos, 2012.

Y un último giro estilístico nos lleva a la poesía.
Edward Thomas (Inglaterra, 1878 - Francia, 1917) fue un poeta tardío cuya obra completa fue escrita desde apenas tres años antes de que muriera combatiendo en la Primera Guerra Mundial, en la batalla de Arras.
Y aunque la guerra aparece en algunos de sus poemas, como en "Un soldado" o "In memoriam (Pascua, 1915)", el tema central de estos poemas es la naturaleza rural de la campiña inglesa, especialmente de las tierras de Gales, con sus gentes y sus tradiciones. Selecciono dos de sus poemas:

DESHIELO
Sobre el paisaje, moteado por la nieve,
los grajos, conversando en sus nidos, graznaban
y en lo alto de un frágil olmo, contemplaban
lo que nosotros no veíamos: irse el invierno.

LAS VERDES SENDAS
Las verdes sendas que terminan en el bosque
las cubre blancas plumas de gansos este junio
como marcas de alguien que mostrara sus pasos
al interior del bosque, pero no ha regresado.
En cada senda, una cabaña mira al bosque.
Una la cubren las ortigas; otra, las flores.
En una va un anciano solo por entre el bosque; 
de la otra se ve partir tan sólo un niño.
Entre los setos que rodean este bosque,
un tordo canturrea su canción todo el día.

Mención especial merece la minuciosa labor de edición y traducción de Gabriel Insausti.
Un libro para degustar este verano.

viernes, 30 de junio de 2017

Nazis a pie de calle


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Cualquier aproximación al nazismo desde una perspectiva macro resulta tan apabullante como estremecedora: su capacidad de movilizar una poderosa maquinaria bélica y su estrategia de la «guerra relámpago»; el dominio, junto con sus aliados, de un inmenso territorio que, en su momento más álgido, incluía la Europa continental, Escandinavia, los Estados bálticos, Bielorrusia, la mayor parte de Ucrania y grandes extensiones del territorio ruso, además de Libia o Egipto; y, por supuesto, las cifras del asesinato burocratizado, eficiente y racional, sin parangón en esa era de los genocidios (Bernard Bruneteau, El siglo de los genocidios, Alianza Editorial, Madrid, 2006) que ha sido el siglo XX: más de 40.000 campos de concentración y detención, guetos, factorías de trabajos forzados, en los que estuvieron internadas entre 15 y 20 millones de personas, de las que murieron al menos 6 millones, 500 burdeles de prostitución forzada y miles de centros para practicar la eutanasia o forzar abortos (Eric Lichtblau, «The Holocaust Just Got More Shocking», The New York Times, March 1, 2013).

Pero, en mi opinión, lo más relevante del fenómeno nazi, tanto desde un punto de vista científico como desde el simple interés humano, es su dimensión micro: su enraizamiento en la sociedad alemana, la forma en que se extendió conquistando corazones y mentes, su normalización cotidiana… Destacan, desde esta perspectiva, los testimonios autobiográficos de personas que vivieron y sufrieron en primera persona las transformaciones que, al principio de manera sutil, modificaron radicalmente la estructura política, social y moral de la sociedad alemana. Me refiero a libros como los de Sebastian Haffner (Alemania: Jekyll y Hyde, Destino, Barcelona, 2005; Historia de un alemán. Memorias 1914-1933, Destino, Barcelona, 2001), Edgar Feuchtwanger (Hitler, mi vecino, Anagrama, Barcelona, 2014), Joachim Fest (Yo no, Taurus, Madrid, 2007) y, sobre todo, a los minuciosos diarios que Victor Klemperer escribió entre el 14 de enero de 1933 y el 10 de junio de 1945 (Quiero dar testimonio hasta el final, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2003, 2 vols.). Pero también a las obras de historiadoras e historiadores como Peter Fritzsche (Vida y muerte en el Tercer Reich, Crítica, Barcelona, 2009; De alemanes a nazis: 1914-1933, Siglo Veintiuno, Buenos Aires, 2009), Claudia Koonz (La conciencia nazi, Paidós, Barcelona, 2005), Robert Gellatelly (No sólo Hitler. La Alemania nazi entre la coacción y el consenso, Crítica, Barcelona, 2002). O a historias locales como La toma del poder por los nazis, en la que William Sheridan Allen disecciona la penetración y triunfo del proyecto nazi en la pequeña ciudad de Northeim (Ediciones B, Barcelona, 2009), y en la que ofrece una clave esencial para entender el éxito del proyecto nacionalsocialista: «El Führer alcanzó la cúspide de su poder porque sus seguidores tuvieron éxito en el nivel más bajo, en las bases»

Y es en este nivel en el que Jesús Casquete realiza la investigación que ha dado lugar al libro que ahora reseñamos. El autor se centra en las Tropas de Asalto, las famosas SA, «el nacionalsocialismo hecho cuerpo», tal como las calificó uno de sus máximos responsables (p. 21). Nacidas en 1920, el mismo año de la fundación del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP), compuestas en sus inicios por antiguos soldados desmovilizados (los Freikorps), ultranacionalistas, violentamente anticomunistas (Cap. 7) y visceralmente antisemitas (Cap. 6), las SA van a constituir las brigadas de choque del movimiento nacionalsocialista desde mucho antes de que este se hiciera con las riendas del poder en Alemania. 

Como señala el autor ya desde el mismo título, en su libro se despliega una mirada «a pie de calle, a ras de suelo, atenta al detalle y que destaca lo que los miembros de las SA hacían (su praxis) en el día a día» (p. 25). Y lo que hacían, y el libro de Jesús Casquete nos lo muestra con todo detalle, era reventar los actos políticos de sus adversarios, sobre todo de los comunistas, ocupar la calle con su estética y su cultura paramilitar, pero también y sobre todo normalizar discursos, comportamientos, aspiraciones e imaginarios que, con el tiempo, acabarán por constituir el núcleo de la cosmovisión nacionalsocialista. Resultan, en este sentido, particularmente interesantes los capítulos dedicados a la visión sobre la mujer y sus funciones en el proyecto nacionalsocialista (Cap. 5) y al cambio experimentado en los nombres de pila asignados a los recién nacidos, de manera que las referencias a la tradición cristiana (Johann, Matthias, Peter, Agnes, Christine, Therese…) van a ser sustituidas por nombres derivados de la tradición germánica, como Kurt, Sigfried, Ulrich o Waldemar para los varones y Edda, Gudrun o Gerda para las mujeres (Cap. 12). 

Pero, a pesar de esta sustitución de la cosmovisión ligada a la tradición cristiana por la mitología germánica, el libro también analiza la conformación de un «cristianismo alemán», de orientación esencialmente protestante, al servicio de la causa nacionalsocialista (Cap. 9). Siguiendo una línea de investigación en la que el autor es un referente reconocido, una parte central del libro está dedicada a la construcción de todo un imaginario heroico, con sus héroes y sus mártires (Cap. 3), aunque en muchos casos estos tuvieran que ser objeto de un «pulido póstumo» con el fin de adecuar su vida, en ocasiones poco edificante, y hasta su muerte, no siempre ocurrida en situaciones épicas, a las expectativas del citado imaginario (Cap. 11). En relación con esto, el libro analiza también los ritos funerarios con los que se despedía a estos mártires (Cap. 10). 

Por cierto, y en contraste con este imaginario épico y martirial, uno de los capítulos que más me ha sorprendido e interesado es el dedicado a analizar la existencia de un sistema de seguros que permitía a los miembros de las SA asumir con ciertas garantías los riesgos derivados de su práctica violenta y, en sus inicios, ilegal: «Gracias a los seguros de que se dotaron, los nazis pudieron involucrarse en acciones violentas con mayor tranquilidad. […] Para atemperar los efectos paralizantes del miedo, la dirección de las SA diseñó un esquema de seguros para cubrir a los fieles a la causa en casos de percances ocurridos en el ejercicio de sus deberes de militantes. […] La estrategia de brutalidad y terror callejeros para hacer avanzar la «idea» se vio facilitada porque sus principales ejecutores, los hombres de las Tropas de Asalto, estaban cubiertos por un sofisticado sistema de seguros» (pp. 162-163). Una locura, sí, pero con método. 

Construido a partir de un minucioso trabajo de documentación sobre fuentes primarias procedentes de diferentes archivos, bibliotecas y centros de documentación de Alemania, en este libro encontramos multitud de de informaciones que nos invitan a profundizar en la realidad de un micro-nazismo sin cuya existencia, obstinada, tal vez nunca hubiese sido posible el triunfo de Hitler: «Este libro pretende mostrar que, sin la labor de zapa de la democracia practicada por las SA durante la primera experiencia democrática en Alemania, esos genocidas nunca habrían disfrutado de la posibilidad de poner en práctica su proyecto totalitario de ingeniería social» (p. 26). Creo que lo logra.

martes, 13 de junio de 2017

Elecciones, desahucios, Escandinavia, tribus, ciudades (secretas y no), conversación, enseñanza (erótica) y... Enzensberger

Recupero algunas lecturas realizadas hace semanas, que por su diversidad pueden ser de interés para bastantes de las personas que acostumbran acercarse a este blog. Todas son ensayos o trabajos de investigación. De las novelas nos ocuparemos próximamente.


Empezamos con el libro Contra las elecciones. Cómo salvar la democracia (Taurus, Barcelona 2017), del arqueólogo belga David van Reybrouck. Arqueólogo, sí. Y para salvar la democracia de los muchos males que la aquejan (crisis de legitimidad de los responsables políticos, volatilidad electoral, debilitamiento de la capacidad de actuación de las instituciones, etc.), derivados según el autor de su reducción a simple mecanismo de elección periódica de representantes, mira al pasado, concretamente a un sistema como el que se empleaba en la antigua Atenas o en ciudades Estado como Florencia: el sufragio por sorteo, o "demarquía". Aunque, en realidad, su propuesta no es antirrepresentativa, sino "birrepresentativa":
"Hoy en día debemos encaminarnos hacia un modelo birrepresentativo, es decir, una representación popular obtenida tanto por elección como por sorteo. A fin de cuentas ambos sistemas tienen sus cualidades: la experiencia práctica de los políticos profesionales y la libertad de los ciudadanos que no dependen de la reelección. De este modo, el modelo electoral y el aleatorio van de la mano".

El libro esté escrito con un tono ágil, el autor transmite convencimiento y hasta impulsa una iniciativa, denominada G1000, construida en torno a la idea de las "cumbres ciudadanas" como herramienta esencial para redemocratizar la política. Es verdad que el libro peca en ocasiones de simplista: recomiendo leer la atinada reseña crítica de José María Ruiz Soroa publicada en el último número de Revista de Libros. Su crítica de la democracia electoral como mecanismo para salvaguardar a las élites políticas del control popular -fundado sobre el dictum de Montesquieu: "El sufragio por sorteo es propio de la naturaleza de la democracia; el sufragio por elección, de la aristocracia"- será muy aplaudida en estos tiempos de anti-castismo.
Pero más que por sus aciertos y errores desde la perspectiva de la filosofía política, considero que la propuesta de van Reybrouck nos anima a pensar en una democracia que se libere de la tiranía del pensamiento rápido y de la decisión supuestamente definitoria y definitiva, para incorporar lógicas, procedimientos e instituciones que hagan posible la deliberación sosegada y la construcción de propuestas políticas tan complejas, al menos, como las problemáticas a las que deben responder.


Ya desde los trabajos pioneros de la Escuela de Chicago -con sus investigaciones sobre el gueto, los trabajadores nómadas o hobos, los migrantes, las tensiones raciales, la delincuencia juvenil o sobre la vida urbana, en general- en la sociología norteamericana cabe reconocer un estilo muy característico de hacer investigación social: una investigación aplicada, narrativa, que responde a problemas sociales cotidianos y perfectamente observables, con un fuerte sentido normativo y una finalidad práctica.
En esta corriente se incardina el libro de Matthew Desmond Desahuciadas. Pobreza y lucro en la ciudad del siglo XXI (Capitán Swing, Madrid 2017), un estudio de caso de ocho familias empobrecidas afectadas por procesos de desahucio en la ciudad de Milwaukee. Y siguiendo sus vidas, casi siempre trágicas pero también, a ratos, llenas de arrojo y solidaridad, el autor va analizando las políticas públicas que desde los años Ochenta fueron preparando la "cruzada contra la asistencia social" que hoy caracteriza la cultura política de Estados Unidos. Y aquí hay mucho que aprender desde esta Europa (y esta Euskadi) que en ciertas cosas parece tener la tentación de americanizarse, con los discursos sobre el efecto desincentivador de las ayudas sociales y la deriva creciente hacia la activación.
También se esfuerza por vincular la existencia de estas familias pobres con las vidas de los ricos y de las clases medias, pues lo que en el ámbito de la vivienda ha beneficiado a estos, ha perjudicado a los primeros. Dos ejemplos de su reflexión, en este sentido:

"A lo largo de los años, los legisladores de ambos lados del espectro político han reducido la ayuda para vivienda a los pobres y la han incrementado en el caso de los ricos en forma de reducciones fiscales a la compra de vivienda. Hoy en día, el desembolso fiscal para la compra de vivienda supera ampliamente el dedicado a la asistencia para vivienda".

"Si reconocemos que la vivienda es un derecho básico, entonces debemos valorar de otro modo otro derecho: el derecho a lucrarse cuanto sea posible ofreciendo alojamiento a las familias (y especialmente la obtención de beneficios excesivos de los menos afortunados). [...] Explotación. Aquí tenemos una palabra que ha sido eliminada del debate de la pobreza. Es un término que nos habla del hecho de que la pobreza no es solo un producto de los bajos ingresos. Es también un producto de los mercados extractivos".


"El mito de la utopía escandinava". Así se subtitula esta obra de Michael Booth, Gente casi perfecta (Capitán Swing, Madrid 2017). Aunque cualquier persona familiarizada con las novelas de Sjöwall y Wahlöö, Mankell, Nesbo o Indridason, o con series como Bron/Broen, Atrapados y Fortitude, tendrá más que un ligero conocimiento de las muchas sombras que afean las, en tantos sentidos, luminosas sociedades nórdicas, en este libro encontraremos algunas sombras más, no tan horrendas como las que nos presentan la literatura y el cine negros, aunque sí preocupantes: una cierta parálisis del espíritu emprendedor, consecuencia de un complaciente igualitarismo a veces demasiado pequeñoburgués, una altísima huella ecológica, una gran dependencia de las ayudas sociales, la matanza de Utoya (esta sí, horrenda), los partidos anti inmigración...

Sin embargo, lo que se presenta como un libro desmitificador, en realidad se lee casi como un publirreportaje. Alejadas de la perfección, claro que sí, pero bastante atractivas: así son esas gentes y esas sociedades escandinavas. De ahí la conclusión a la que llega Booth:
"En estos momentos, Occidente busca una alternativa al capitalismo desenfrenado que ha asolado nuestras economías, un sistema que quizá evite los extremos del socialismo soviético y el neoliberalismo no regulado estadounidense. En realidad, en lo que a mí respecta, sólo hay un lugar donde fijar la mirada en busca de un modelo ejemplar desde una perspectiva tanto social como económica, y no es Brasil, Rusia ni China. La respuesta la tienen los países escandinavos. Incluso la pequeña Islandia se está recuperando con un crecimiento más alto que el de la mayoría de Europa. Aquí arriba, incluso cuando se equivocan, enseguida descubren cómo enderezar la situación sin que se produzca ningún derramamiento de sangre".

Dan ganas de hacerse islandés.


Triplete de Capitán Swing, una editorial que se ha convertido en pocos años en una referencia esencial para quienes nos movemos en el campo de las ciencias sociales. Se trata de Tribu. Sobre vuelta a casa y pertenencia (Capitán Swing, Madrid 2016), de Sebastian Junger, escritor -es autor de la novela La tormenta perfecta, que inspiró la película del mismo título- y periodista en zonas de conflicto -impresionante su anterior libro, Guerra-.
"¿Cómo te conviertes en adulto en una sociedad que no requiere sacrificios? ¿Cómo te haces un hombre en un mundo que no exige valor?", se pregunta Junger al comienzo del libro. Preguntas incómodas, turbadoras, ambiguas, que estructuran toda su reflexión.
Buscando responder a las mismas el libro nos acerca a la expansión americana hacia el Oeste y al choque de civilizaciones con las sociedades indias, cuya forma de vida atrajo a numerosos occidentales: 
"Algo dice de la naturaleza humana que un sorprendente número de estadounidenses -en su mayoría hombres- acabara uniéndose a la sociedad india en vez de permanecer en la suya propia. Emulaban a los indios, se casaban con ellos, eran adoptados por ellos, y en ocasiones hasta luchaban a su lado. Lo contrario casi nunca ocurrió: los indios casi nunca escapaban para unirse a la sociedad blanca. La emigración siempre pareció ir de lo civilizado a lo tribal, lo que desconcertó a los pensadores occidentales a la hora de explicar semejante rechazo aparente de su sociedad. [...] De entre todas las tentaciones de la vida nativa, una de las más convincentes pudo haber sido su fundamental igualitarismo".

También analiza lo que ocurre en situaciones de combate, o de catástrofe natural, siempre desde el planteamiento de que tales situaciones tienen el potencial de retrotraernos a un momento "tribal", en el que el compromiso colectivo y la identificación de un bien común se vuelven imprescindibles para la supervivencia.
A partir de ahí, Junger aborda el debilitamiento de las relaciones de comunidad, la disminución de los contactos físicos, la disminución de los vínculos, y sus consecuencias, algunas de las cuales resultan de evidente actualidad:
"Los cazadores de subsistencia no son necesariamente más éticos que otra gente; simplemente no pueden mantener comportamientos egoístas porque viven en grupos pequeños donde caso todo está expuesto al escrutinio. Por otro lado, la sociedad moderna es un desorden descontrolado y anónimo donde la gente puede llegar a niveles increíbles de deshonestidad y salirse con la suya sin ser atrapados. Lo que los pueblos tribales considerarían una profunda traición del grupo, la sociedad moderna simplemente lo tilda de fraudeEs de suponer que los cazadores-recolectores tratarían a su versión de banquero deshonesto o estafador de prestaciones sociales con la misma contundencia que a un cobarde. Puede que no le mataran, pero ciertamente se le proscribiría de la comunidad. El hecho de que un grupo de personas pueda costarle a la sociedad estadounidense pérdidas por valor de varios billones de dólares -aproximadamente una cuarta parte del PIB anual- y no sea juzgado por delitos graves demuestra lo completamente des-tribalizado que está el país".

"La belleza y la tragedia del mundo moderno es que elimina muchas situaciones que exigen que la gente demuestre un compromiso con el bien colectivo", lamenta Junger. No dice apenas nada sobre las muchas sombras que la comunidad, la pertenencia y la tribu traen también consigo.  Pero, sin olvidar nada de esto, no esta mal recordarnos también lo que hemos perdido al ganar en autonomía individual.


Cambiamos de editorial y de temática. En La España de las ciudades. El Estado frente a la ciudad urbana (Economía Digital, Barcelona 2017), José María Martí Font nos ofrece un fresco actualizado de la realidad urbana y sus dinámicas disruptivas, que en tantos aspectos superan los límites que acogotan la actuación de los gobiernos estatales y autonómicos:
"Las grandes aglomeraciones urbanas desbordan permanentemente las estructuras de poder jerárquico de las administraciones centrales. Dotarlas de personalidad política e institucional, otorgarles verdaderos mecanismos de autogobierno, concederles capacidad de gestión y autonomía, supondría renunciar a controlarlas".

No se trata sólo, aunque también, de ese "nuevo municipalismo" que en las elecciones locales de 2015 se hizo con las alcaldías de Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza, A Coruña, Santiago y Cádiz, de las que el autor escribe: "Esta entrada de energía, de aire fresco, está provocando que se hagan políticas que nunca se habían hecho, como las de vivienda [...]. También que se revisen procesos que parecían intocables como el de las privatizaciones de los servicios públicos". El libro no se centra en esas ciudades y sus nuevos gobiernos municipales, sino que se aproxima también a otras, como Vigo, Málaga o, con menos detenimiento, Sevilla, Bilbao o Las Palmas, para imaginar las posibilidades de "otro país posible, una Iberia urbana", fundado sobre el autogobierno de las ciudades.

"Si los alcaldes gobernaran el mundo...", reflexiona Benjamin Barber.



No abandonamos la ciudad. Suketu Mehta escribe La vida secreta de las ciudades (Penguin Random House, Barcelona 2017) distinguiendo entre la "ciudad estadística" y la "ciudad impresionista", para invitarnos a acompañarle en un sugerente viaje por esta segunda. El libro es un canto irrestricto al espíritu urbano y las dinámicas sociales, culturales, económicas y políticas -"Las revoluciones de Oriente Próximo se han producido en ciudades, no en pueblos"- que surgen en todas las ciudades del mundo. Dinamismos que explicarían el hecho de que "por primera vez en la historia, viven más seres humanos en las ciudades que en los pueblos. Nos hemos convertido en una especie urbana. En 1900, el 10 por ciento vivíamos en ciudades; en 2010, el 53 por ciento y, para 2050, cuando seamos nueve mil millones de personas en el planeta, el 75 por ciento habitaremos en ciudades".

Por eso, porque "nada atrae más que el éxito", Suketu Mehta sostiene que "en todo el mundo los aldeanos olvidan a Gandhi y se mudan a grandes ciudades", de manera que "hemos dado la espalda a Thoreau, Tolstói y Gandhi. Si tenemos opción, preferimos edificios, multitudes y calles pavimentadas a espacios abiertos, soledad y árboles; a menudo, por el mero hecho de que son grandes". No es preciso que aclare lo que personalmente, thoreauniano confeso, me duele esta afirmación. Pero es verdad que los datos son los datos, y que la urbanización acelerada del mundo es un hecho. Otra cosa es que los procesos que lo explican se sustenten, exclusiva o principalmente, en razones de elección libre. En mi opinión, junto a muchas, muchísimas, salidas del mundo rural elegidas, hay también muchas expulsiones, muchas personas que simplemente se encuentran con que la vida que desearían llevar se vuelve imposible.

Mehta capta y transmite perfectamente las complejidades de la atractividad urbana: "El atractivo de la ciudad es el tiempo flexible. Comes cuando quieres. Sales a bailar cuando te apetece. Puedes trabajar después de la puesta de sol y dormir en época de cosecha. Ni el sol, ni la luna ni Dios pueden decirte cuándo comer, dormir o trabajar. En algún lugar de la gran ciudad alguien tiene una tienda abierta que te venderá lo que deseas en este preciso instante". Una flexibilidad que, en sus procesos más profundos, significa libertad: "Este es un lugar donde tu casta no importa, donde una mujer puede comer sola en un restaurante sin que la acosen y donde puedes intentar casarte con la persona de tu elección. […] En todas las ciudades del mundo se produce un derrocamiento masivo de tabúes. Una elección masiva".  Pero también supone un alarmante aumento de las incertidumbres, las vulnerabilidades y la precariedad existencial:

"Conocí a una niñera india sin papeles de Nueva York que llevaba una década sin ver a sus hijos. Los había dejado a cargo de los suegros mientras su marido y ella se deslomaban en Nueva York para mandarles dinero, con la esperanza de legalizar algún día su situación y traérselos. Hablaba con ellos todos los domingos. Un día alguien le enseñó las fotos de una boda en su pueblo de la India: «¿Quién es esta?», preguntó, señalando a una adolescente. La persona que le mostraba las fotos la miró con sorpresa. «Es tu hija.» La niñera rompió a llorar".

Un libro breve, más narrativo que analítico, pero lleno de reflexiones sugerentes.



Sherry Turckle, psicóloga del Massachusetts Institute of Tecnology (MIT),  lleva toda su vida profesional dedicada a estudiar los efectos que la interacción con internet, las redes sociales y el entorno digital tienen sobre nuestra vidas. En los Ochenta y Noventa publicó dos libros de referencia, The Second Self: Computers and the Human Spirit (1984), y Life on the Screen: Identity in the Age of the Internet (1995; hay edición en castellano en Paidós, 1997), en los que hacía una lectura esencialmente positiva de las posibilidades que estas tecnologías ofrecen para "doblar" nuestras vidas, para vivir plenamente en dos mundos, el online y el offline, el virtual y el real. En 2012 empieza a revisar esta posición en su libro Alone Together. Why We Expect More from Technology and Less from Each Other (puede escucharse al respecto en castellano su conferencia TED), revisión crítica que ahora profundiza en el libro En defensa de la conversación. El poder de la conversación en la era digital (Ático de los Libros, Barcelona 2017).

Aunque la autora se apresura a declarar que su tesis "no es antitecnología [sino] proconversación", su perspectiva se asemeja ahora a la de autores como Nicholas Carr, de quien ya hemos hablado aquí, que nos alerta contra la superficialización de nuestras vidas como efecto de internet. En esta línea, Turkle advierte -¡ahí es nada!- de que "la tecnología está implicada en un ataque contra la empatía", al desacostumbrarnos de hábitos hasta hace poco tan normales como conversar preferentemente cara a cara -"La conversación cara a cara es el acto más humano, y más humanizador, que podemos realizar. Cuando estamos plenamente presentes ante otro, aprendemos a escuchar. Pero hoy en día buscamos formas de evitar la conversación"-, presentarnos en público sin "editar" permanentemente nuestra imagen ideal y, sobre todo, sin estar sometidos a la tiranía de la interrupción permanente: "Olvidamos lo extraño que se ha vuelto esto, que mucha gente joven ha crecido sin haber experimentado ninguna conversación sin interrupciones en la mesa a la hora de cenar ni durante un paseo con sus padres o con amigos. Siempre han tenido sus teléfonos a mano". Y esto no es algo simplemente curioso o anecdótico, sino que tiene consecuencias importantes:
"El efecto que los teléfonos tienen en nuestras conversaciones en persona es un problema. Los estudios demuestran que la mera presencia de un teléfono sobre la mesa (incluso de un teléfono apagado) cambia aquello sobre lo que la gente habla. Si creemos que nos pueden interrumpir, mantenemos una conversación ligera, centrada en temas que generen poca controversia o intrascendentes. Y las conversaciones con teléfonos a la vista impiden la conexión empática". Resuena aquí la poderosa crítica de Nicholas Carr contra la superficialidad que introduce en nuestras vidas internet, de la que ya nos hicimos eco en este blog hace varios años.

Pero la digitalización parece imparable. De entre los muchos ámbitos analizados por Turkle, destaco en este breve comentario su crítica por la fascinación tecnológica que se ha apoderado del mundo educativo: "Si tratases de diseñar un tecnología educativa perfectamente adaptada a la sensibilidad de la hiperatención, probablemente terminarías utilizando los MOOC", escribe. Frente a esta perspectiva, la autora reivindica con vigor el valor de la clase presencial:

"Si preguntas a aquellas personas que han estudiado durante toda su vida de dónde procede su pasión por aprender, generalmente hablan de un profesor que los inspiró y los marco profundamente. El aprendizaje más potente tiene lugar en el marco de una relación. ¿Qué tipo de relación puedes establecer con un profesor que imparte sus conocimientos desde un pequeño rectángulo en la pantalla del sistema de entrega de contenidos del MOOC? [...].
La clase presencial tiene más virtudes. Obliga al profesor a integrar el contenido y su crítica. Enseña a los estudiantes que ninguna información debe separarse de la oportunidad de debatirla y cuestionarla «en directo». Cuando un buen profesor da clases varias veces a la semana, improvisa partes nuevas de su discurso cada vez. Escriben nuevas secciones una semana o un mes o la noche antes. Adaptan sus clases a los sucesos de actualidad para hacerlas más relevantes. En cambio, una vez se ha preparado el guion para una clase en línea, y ya está filmada, editada y colgada, es difícil, aunque no imposible, que se introduzcan cambios de este tipo. Es lógico pensar que «la mejor versión» de esa clase ya está recogida en el vídeo. 
Cuando el consejero delegado de la iniciativa educativa virtual del MIT mencionó la idea de que un buen actor podría ocupar el lugar de un buen profesor, nadie rechazó la sugerencia de plano; al contrario, la idea dio mucho que hablar en internet. Los estudiantes se quejan de que se aburren. Entonces, ¿qué hay de malo en que la presentación del contenido esté en manos de profesionales de la presentación, como por ejemplo Matt Damon? […] Puesto que un aula virtual no es un espacio de conversación, ¿por qué no utilizar a un actor?".

Al libro le sobran bastantes páginas, hay abundantes repeticiones, pero, en su conjunto, es un libro que deberíamos leer y discutir. O conversar...



Y sobre esto, sobre la importancia de la presencia (física, real, esforzada) en la educación versa el libro de Massimo Recalcati, La hora de clase. Por una erótica de la enseñanza (Anagrama, Barcelona 2016).
En una escuela crecientemente dominada por modelos hipercognitivos, ajenos (incluso hostiles) a cualquier preocupación por los valores, donde las "competencias" más instrumentales y aplicadas son la clave de una educación dirigida por el principio de rendimiento, Recalcati reivindica la importancia vertebral de la hora de clase:
"Uno de los problemas de la Escuela hoy en día es que los docentes se ven oprimidos durante la mayor parte del tiempo por tareas que son completamente ajenas a la actividad didáctica, es decir, a la tarea específica del enseñante. La hora de clase, que debe ser el latido del corazón de la Escuela, se ve marginada por actividades que exceden de la enseñanza en sentido estricto, aplastada bajo la prensa de una evaluación cada vez más reducida a medida".

Una hora de clase que, según el autor, "puede cambiar una vida, dar al destino otra dirección, consagrar para siempre lo que sólo estaba débilmente esbozado". Porque la hora de clase es, sobre todo, una oportunidad para el encuentro y, en ese contexto de encuentro, para el surgimiento de lo inesperado. Algo que no puede ocurrir en el espacio aséptico y previsible de la formación virtual:
"En esta época en la que la horizontalidad infinita y al alcance de la mano de la Red parece desbancar la función del maestro ofreciendo un saber aparentemente sin límites, hay que recordar que ésta no puede conocer el arte del tropiezo, no puede encarnar de ninguna manera el saber que pone a disposición, no puede animar la erótica de aprendizaje, puesto que carece de cuerpo. […] Pensar en transmitir el saber sin tener que pasar por una relación con quien lo encarna es una ilusión, porque no existe didáctica más que dentro de una relación humana. Quienes aspiran a reducir el proceso de aprendizaje y de enseñanza a l transmisión tecnológica y aséptica de la información y ponen sus esperanzas en la definición de metodologías eficientes de asimilación, organización y evaluación del conocimiento, pretenden eliminar la intrusión del cuerpo en la relación didáctica y comenten un error obsesivo en sentido clínico. Creen que es posible separar netamente los afectos de la representación y piensan que con esta separación queda garantizado un saber objetivo e inatacable, un saber capaz de ser dueño del ser".



Y acabamos con lo último de un ensayista clásico, un intelectual de los que ya quedan muy pocos: Hans Magnus Enzensberger y su último trabajo publicado en español, Panóptico (Malpaso, Barcelona 2016). Veinte "ensayos fulminantes" en los que cuestiona con humor los dogmas de la microeconomía, el derecho de autodeterminación, las ideas de crisis y normalidad, el debate entre ciencia y religión o las "neosexualidades contemporáneas". Dos fragmentos.

En el ensayo titulado "Malditas manchas", escribe:
"¿Han observado ustedes que es prácticamente imposible beber una taza de café sin que en su borde, el platillo, la servilleta, la cucharita, el mantel, la blusa o la camisa se forme un reguero, salpicón, manchón, charco o churrete? […] ¿Por qué los filósofos han omitido el problema de la mancha-? El mismo Heráclito apenas si tenía en mente su camisa cuando llegó a la conclusión de que tofo fluía. Esto se debe a una razón muy sencilla. Y es que solían ser otros quienes tenían que lidiar con el ensuciamiento. Correr a secar el charco, a enjuagar el platillo, a lavar la casaca... ¿quiénes lo hacían? Adivinen. No, no eran los filósofos; eran las mujeres. Criadas, lavanderas y chicas de la limpieza se ocupaban de esa tarea [...]".

Y en "Milagros normales":
"Uno espera, por ejemplo, en la parada de la esquina y ocurre el milagro. El autobús viene de verdad. Uno entra en el próximo supermercado y la botella de leche fresca está ahí, dispuesta puntualmente. Uno cruza la calle y no se oye fuego de ametralladora. Suena el timbre y nonos visita el KGB ni el BND ni la mafia sino el cartero griego que, como siempre, es un dechado de solvencia y buen humor. Calificamos tal realidad de normal, aunque es todo menos natural, Para comprenderlo basta con un mínimo de conocimientos históricos y geográficos. Al fin y al cabo, en este país el horror absoluto sólo dista unas pocas décadas y, en otras regiones de la Tierra, sigue a la orden del día. Allí la vida a menudo es como la describió el filósofo inglés Thomas Hobbes: «pobre, tosca, embrutecida y breve». Lo que tenemos ante nosotros cuando nos asomamos a la ventana o salimos a la puerta es, por tanto, un fenómeno excepcional: sumamente improbable y difícil de explicar. ¿Cómo puede darse siquiera una «realidad ordenada» -signifique esto lo qué signifique- en una sociedad que, en una parte nada ínfima, consta de pupilos, trileros, secretarios de Estado en excedencia, asesores inversionistas, frikis publicistas, gurúes del lifestyle, presentadores de espectáculos, artistas de la subvención, agentes de seguridad y cabezas rapadas, personajes que se cuidan de fabricar algo útil?"

Siempre se encuentra algo sugerente en los escritos de Enzensberger.

miércoles, 7 de junio de 2017

Repensar el autogobierno

Ponencia de autogobierno


El pasado día 31, a propuesta del grupo Elkarrekin Podemos,  tuve la oportunidad de comparecer ante la "Ponencia para la actualización del autogobierno de Euskadi" del Parlamento Vasco. En la web del Parlamento se recogen las grabaciones en vídeo de las sesiones de la ponencia. Si alguien está interesado en leer el documento íntegro que preparé para sostener mi intervención, puede hacerlo aquí.
También dejo a continuación las notas del power point que utilicé en la presentación.


Se plantean cuatro ideas:
1. La cuestión del derecho de autodeterminación no es en absoluto tan evidente como el término “derecho” parece indicar.
2. La estatalización del derecho a decidir debe dejar de darse por supuesta: es (muy) problemática.
3. Euskadi puede ser una realidad política por construir, pero no por descubrir: hace mucho tiempo que sabemos cómo somos… y lo que esto puede dar de sí.
4. Re-escalar el autogobierno: el nuevo papel de las ciudades.

[1] La cuestión del derecho de autodeterminación no es en absoluto tan evidente como el término “derecho” parece indicar. 
  • Derecho de autodeterminación y derecho a decidir, sinónimos. 
  • Derecho individual, colectivizable por agregación. 
  • No derecho humano fundamental.
Perspectiva de FERRAJOLI:
  • El derecho de los pueblos a la autodeterminación externa entendido como "derecho al Estado" es inconcebible y autodestructivo 
  • Insostenible en una sociedad mundial cada vez más integrada y en sociedades civiles caracterizadas por la mezcla de culturas y nacionalidades. 
  • Contradice su consideración en la Carta de la ONU como supeditado a a la "paz universal", y fundamento de "relaciones pacíficas entre las naciones"
  • Lo que hace imposible su configuración como "derecho fundamental“ es su no universabilidad, es decir la imposibilidad, en contraste con la noción teórica de este tipo de derechos, de que sea reconocido por igual a todos los pueblos.
  • Las profundas tensiones a las que se está viendo sometido el Estado por arriba (globalización de los riesgos y de las oportunidades) y por abajo (subsidiariedad, eficiencia y representatividad), acabarán por modificar sustancialmente la ecología política en la que la constitución de estados nacionales ha sido la estrategia adaptativa más exitosa. 
  • Sustitución por “objetos políticos no identificados” (OPNIS). 
  • Aspirar a la plena clarificación o identificación de los “objetos políticos” a los que aspiramos no puede llevar sino a la expulsión o a la negación de la complejidad, diversidad, provisionalidad, incertidumbre y experimentación que configuran nuestro zeitgeist
  • Evitar la retrotopía de “volver a Hobbes” (Bauman). 
  • Asumir la metamorfosis del mundo: el imperativo de actuar en campos o espacios de acción cosmopolitizados (Beck).
[2] La estatalización del derecho a decidir debe dejar de darse por supuesta: es (muy) problemática.
  • El derecho de autodeterminación no es un mero instrumento neutral.
  • Estrategia de normalización (banalización).
  • Definición de un demos, de un sujeto político soberano, que posteriormente decidirá sobre su estatuto político. 
  • El derecho de autodefinición, es decir, el derecho a definir “quiénes son los miembros que integran en realidad ese pueblo”, paso esencial en cualquier proceso soberanista. 
  • Riesgos que entraña cualquier operación de categorización o definición de una identidad colectiva en el marco de un proceso de construcción nacional. 
  • Ferrajoli y la “esfera de lo indecidible”: en democracia hay principios que deben estar sustraídos a la decisión de la mayoría. 
  • La modificación de la condición de ciudadanía, cuando entraña riesgos de debilitamiento, limitación o exclusión de esta condición, entraría plenamente en esta esfera de lo indecidible.
  • No es más legítimo, ni más moral, ni más racional, ni más democrático, un Estado español que un Estado catalán o vasco. Puede ser más real, pero esto no es más que el resultado de la historia. 
  • Incomodidad ante quienes pretenden convertir situaciones de hecho, fruto de la historia -como que exista un Estado español pero no un Estado catalán-, en realidades morales: nacionalismo cívico vs. nacionalismo étnico, patriotismo vs. Nacionalismo. 
  • Todo Estado se construye sobre la homogeneización y la exclusión de lo que reducido a la condición de lo extraño. 
  • ¿Qué hacer? ¿aceptar sin más el resultado de la historia y su distribución azarosa de la estatalidad? ¿Aceptar como marco de autogobierno el actual Estado español sólo porque existe y renunciar a un Estado vasco sólo por los riesgos de extranjerización que su construcción comporta?

[3] Euskadi puede ser una realidad política por construir, pero no por descubrir: hace mucho tiempo que sabemos cómo somos… y lo que esto puede dar de sí.
  • Un proceso de construcción nacional debe partir de lo existente. 
  • Estabilidad estructural, y estructurante, de la sociedad vasca. 
  • Euskadi puede ser un país (o una sociedad, o una nación) por construir, pero no por descubrir.
“Muchas veces parece que en Euskadi existe una conspiración de la política contra la sociedad, que hay una cierta obstinación en no querer trasladar al ordenamiento político lo que la sociedad vasca viene diciendo desde hace tiempo. Bueno, desde siempre. Si analizamos la evolución y las tendencias desde hace 30 años, observaremos que ha fracasado absolutamente la misión evangélica orientada a desequilibrar el peso porcentual de los bloques” (Aierdi y Retortillo).









[4] Re-escalar el autogobierno: el nuevo papel de las ciudades.

“Ha habido una dinámica de desafección emocional. Para los ciudadanos de Cataluña es más fácil imaginarse una república nueva que transformar España. Lo entiendo. Me parece legítimo. Pero no es mi proyecto. Eso también es deudor de una representación que para los nacionalismos catalán y vasco ha sido muy productiva, que es ««salvo Euskadi y Catalunya todo en España es una inmensa rémora del franquismo y nunca va a cambiar nada». Y eso, sobre todo, se concentraba en una imagen icónica de una Madrid sin madrileños, una ciudad que era la sede del Partido Popular, la Audiencia Nacional, un cuartelillo y la sede de la conferencia episcopal. Una especie de Madrid terrible, Mordor, del cual cualquier persona se querría independizar. Eso se quiebra un poco cuando en Madrid gobierna Manuela” [Errejón].

“Erijamos en entidad política el municipio y la provincia” [Pi i Margall].
  • Superar el imaginario de la matrioska –un Estado que contiene una nación que contiene un pueblo- para abordar desde otras claves la cuestión del autogobierno. 
  • Espacios donde sea posible la máxima eficacia, la máxima justicia, la máxima democracia y la máxima solidaridad. 
  • Espacios donde ninguna riqueza humana se pierda; espacios, por tanto, también culturales. 
  • Espacios en los que podamos participar en la toma de decisiones, donde los procesos políticos, económicos, tecnológicos, no parezcan incontrolados, sino que en todo momento podamos distinguir sus responsabilidades, evaluar sus consecuencias y reprogramar su dirección y ritmo. 
  • Espacios interrelacionados, comunicados, pues habrá solidaridades, participaciones y eficacias posibles en determinados espacios, pero donde otras, sean imposibles.

domingo, 14 de mayo de 2017

Sobre el futuro del PSOE

Desde EL DIARIO VASCO el jueves me hacían llegar dos preguntas sobre la crisis del PSOE y sus posible evolución futura:
1.- ¿La división que existe actualmente en el PSOE pone en riesgo la propia supervivencia del partido?
2.- ¿En estas circunstancias, el partido está en condiciones de ser alternativa de poder y de pelear por la presidencia del Gobierno?


Esta fue mi respuesta:

1-¿La división que existe actualmente pone en riesgo la propia supervivencia del partido?

No tanto la supervivencia electoral, pero sí la supervivencia política. Tal como funciona el sistema electoral español, y teniendo también en cuenta el peso que la tradición socialista aún tiene en algunas comunidades y en algunos grupos sociales, no creo que el PSOE se enfrente en el corto-medio plazo a un escenario como el griego o el francés, de práctica desaparición electoral. Es probable que el PSOE pueda estabilizarse durante un tiempo en torno al 17-22% de los votos en las elecciones generales, más o menos en función de la evolución de Podemos y de su éxito o fracaso a la hora de estabilizar un espacio de izquierda alternativas, cosa que por ahora no está logrando.
Lo que sí puede provocar la actual división es que ese porcentaje de votos se mantenga en términos relativos, pero con una disminución del número absoluto de sufragios. Dado el clima de “guerracivilismo” en el que se están desarrollando las primarias, si gana Susana Díaz, es probable que afiliados que apoyan a Sánchez decidan marcharse del partido y dejar de votarlo, pero no creo que sean muchos. Tampoco creo que, en este caso, Pedro Sánchez pueda liderar un proyecto escindido del PSOE, ni del tipo Mélenchon (ala izquierda del socialismo francés) ni del tipo Macron (ala social-liberal). Sánchez es un producto típico del aparato partidista, tanto como lo es Díaz. ¿Y si ganara Sánchez? Aunque algún barón ha amagado con irse en tal caso, más bien creo que se produciría una situación parecida a la de Corbyn en Gran Bretaña: apoyado por la militancia, denostado por el aparato laborista, este se sentará a esperar a que las sucesivas derrotas electorales le conviertan en un cadáver político, para volver a tomar las riendas del partido.
La vía de agua por la que el PSOE se va a ir vaciando poco a poco no es tanto consecuencia de la división actual, sino de un conjunto de cambios sociales que afectan al programa socialdemócrata en todo el mundo, y también de un cambio generacional que hace que las y los jóvenes dejen de pensar en los partidos socialistas tradicionales como opción de voto. En este escenario, durante los próximos años podemos asistir a la configuración de un “PSOE zombi”, vivo electoralmente hablando, pero muerto o agonizante desde la perspectiva de su capacidad real de hacer políticas progresistas.

2-¿En estas circunstancias el PSOE está en condiciones de pelear por la presidencia del Gobierno, es decir es capaz de ser alternativa de poder?

Evidentemente, no. Pero, insisto, no tanto por la lucha por el liderazgo entre Susana Díaz y Pedro Sánchez, sino por la ausencia de un proyecto alternativo, que sólo puede sostenerse si se construye combinando dos escalas: la europea, articulando un programa progresista que combata la deriva neoliberal y antidemocrática de la Unión Europea; y la escala local, impulsando liderazgos y prácticas pegadas al terreno (locales, municipalistas) que reconecten la política con las preocupaciones y necesidades de las poblaciones.

Hoy sale en el periódico, algo resumida, junto con las opiniones al respecto de María Silvestre, Luis Castells, Antonio Rivera, Alberto López Basaguren, Luisa Etxenike y Felipe Juaristi. Pueden leerse AQUÍ.

Opiniones ante el riesgo de un PSOE 'zombi'

Cierto, no hago ninguna referencia al tercer candidato. Sin acritud...



sábado, 6 de mayo de 2017

¿Macron para hoy y Le Pen para mañana?

En un artículo de 2002, Daniel Cohn-Bendit analizaba el éxito del Frente Nacional, liderado por Le Pen padre, en las elecciones presidenciales celebradas aquel año en Francia, cuando derrotó al candidato y primer ministro socialista, Lionel Jospin; éxito que obligó a muchos votantes de izquierda a apoyar en la segunda vuelta al candidato conservador, Jacques Chirac, para impedir la llegada al Eliseo de la ultraderecha. Esta era la explicación del otrora “Dany el rojo” y por entonces eurodiputado verde: “Una de las razones, entre otras muchas, que explican nuestra derrota, la derrota de la izquierda plural, es que la gente de abajo tiene la impresión de no ser comprendida por la de arriba”. El abandono de la política de defensa práctica de las clases populares por parte de la socialdemocracia ha dejado el terreno libre para los populistas de extrema derecha.
Son muchas las investigaciones y los análisis que permiten sostener la tesis de la correlación entre sentimiento de desamparo (expresado como desasosiego ante el futuro, pérdida de estatus, miedo a perder la capacidad de cuidar de los suyos, sensación de anomia, etc.) y apoyo a los discursos y las organizaciones populistas de extrema derecha; sentimientos de ansiedad que han permitido a estas organizaciones articular un discurso xenófobo que no se apoya ya en el viejo y desprestigiado racismo biológico, facilitando así su “lavado de cara” e incrementando su potencial de penetración social. Estas organizaciones se convierten en refugio de todos esos angry white men que habitan en barrios degradados de antiguas ciudades industriales hoy en declive.
Alimentado por un sentimiento de abandono y por el resentimiento respecto de otros grupos y de sus representantes políticos que obtienen los beneficios del cambio y se desinteresan por la suerte de los perdedores, una de las fuentes del activismo derechista radical as que denominan frustraciones de rango, “esperanzas normativas frustradas” que afectan a determinados grupos que se consideran a sí mismos “desposeídos” como consecuencia del ascenso social de otros colectivos (mujeres, inmigrantes). En el caso francés, mucho del voto al Frente Nacional es una expresión de aquel viejo “poujadisme” que en la década de 1950 movilizó a pequeños comerciantes, artesanos y campesinos que se sentían los perdedores del proceso de modernización económica.
Las transformaciones económicas que vienen experimentando las sociedades más desarrolladas desde los años Ochenta (la transición desde una economía industrial a otra postindustrial, la globalización y fragmentación de los procesos productivos, la desregulación de las dinámicas económicas) ha tenido consecuencias muy distintas sobre los diferentes grupos sociales, generando nuevas dinámicas de ganadores y perdedores que han transformado los sentimientos de privación relativa y, más en general, las “estructuras de comparación social” entre grupos. Estamos hablando de situaciones objetivas de privación o precarización, claro que sí, pero sobre todo estamos hablando de interpretaciones y vivencias subjetivas de esas situaciones. Como se ha dicho con acierto, la acusación de “racismo” es demasiado grave como para asimilarla, sin más, a cualquier expresión de un sentimiento de agravio comparativo en relación a las personas inmigrantes.
Todos los movimientos populistas se declaran defensores de la “gente olvidada” y del “hombre de la calle”; sus líderes se presentan como “uno más” y han sido enormemente hábiles a la hora de presentarse como “campeones de las causas locales” apoyando a la “gente corriente” que habita en barrios degradados, y como partidos que, frente a la forzada corrección política de las grandes fuerzas tradicionales, “hablan claro”, como habla la gente normal. Esta cercanía a los problemas que preocupan y desasosiegan a las poblaciones que se sienten más afectadas por los procesos de cambio social es una de las principales razones de su éxito. Desde esta perspectiva han sido definidos como “buitres que descienden sobre áreas en las que las organizaciones políticas locales han muerto o agonizan” (Wilks-Heeg). La analogía es perfecta: pero el buitre sólo hace lo que sabe, lo que está en su naturaleza. No hay demasiado misterio en su comportamiento. Lo que debemos explicar es el por qué de esa agonía de los lugares sociales por los que transita la mayoría de la sociedad, de su abandono por las fuerzas políticas progresistas.
“¿En qué barrio vive usted? ¿A qué centro educativo van sus hijos? ¿Qué medio de transporte utiliza para moverse en la ciudad? ¿Qué servicios públicos consume?”. Estas son las preguntas que nos van a hacer cuando reivindiquemos la diversidad etnocultural y defendamos la convivencia intercultural. Cuando nos las hagan los populistas profesionales podremos decir con razón que se trata de peguntas tramposas; pero cuando nos las hagan las personas los votan, tendremos que asumirlas como cuestiones a las que debemos responder. Para combatir el auge del populismo, propondría practicar una “democracia del contacto” entre las personas que comparten un mismo territorio, así como entre estas y sus representantes políticos. Volver a localizar la política. Quienes deseen promover la cohesión comunitaria y proteger a las minorías étnicas de la propaganda populista deben, no sólo atender a los miedos y las inseguridades expresados por los sectores sociales potenciales votantes de los partidos populistas, sino compartir con estos sectores los espacios (barrios, escuelas, servicios públicos) donde desarrollan sus vidas. El populismo anti-inmigración se expresa en muchas ocasiones con el lenguaje típico de los movimientos NIMBY (“no en mi patio trasero”). La reacción más habitual frente a los discursos normativos sobre la diversidad y la convivencia es: “¡Llévatelos a tu casa!”.
El populismo encuentra terreno abonado en aquellos países que se han caracterizado históricamente por una promesa fundacional igualitarista que apuntaba a un horizonte de igualdad radical entre todos sus ciudadanos: es el caso de Francia, por supuesto, pero también el de Estados Unidos; lo es también el de los países escandinavos y el de Holanda. Se trata de tradiciones igualitarias distintas, pero en topas ellas encontramos esa promesa originaria tendente a una sociedad sin privilegios de clase. Sólo a modo de hipótesis: ¿puede ser el populismo, o algunas de sus expresiones, consecuencia de una aspiración hacia la igualdad frustrada? Si así fuera, deberíamos ser capaces de volver a poner la igualdad en el centro de la política, reconectándola con las angustias y los miedos de muchas personas en nuestras sociedades.
Macron ha acusado, con razón, a Le Pen de ser “la gran sacerdotisa del miedo”. Pero se equivoca si cree que el miedo que conjura, celebra y cataliza Le Pen es un mero producto de la manipulación política. ¿Será capaz el futuro presidente de Francia de evitar la crisis del paradigma igualitario que el neoliberalismo revanchista viene impulsando desde los años Ochenta, y que se expresa en las principales políticas económicas y sociales de la Unión Europea? Sinceramente, no confío en que un social-liberal como Macron, con su catecismo productivista y meritocrático, se plantee siquiera contener los procesos económicos que alimentan los miedos y las rabias de una parte creciente de la sociedad francesa. Tras Jean-Marie vino Marine; tras Marine ¿será el momento de Marion Maréchal-Le Pen?

Publicado en EL DIARIO NORTE