Mostrando entradas con la etiqueta memoria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta memoria. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de julio de 2026

M. El fin y el principio

Antonio Scurati
M. El fin y el principio
Traducción de Carlos Gumpert
Alfaguara, 2026

"Y entonces, volverá. Podréis cortar esa soga, pero el cadáver permanecerá colgado para siempre e la marquesina de esa gasolinera, inacabado, listo para su uso, maldecido y maldiciente. Volverá con cada mala cosecha, en la canícula irrespirable de agosto, en la tristeza del sol en su ocaso por occidente, en la melancolía de un nuevo siglo que nada promete y, precisamente por eso, cumple su promesa.
Volverá en los patéticos bustos de bronce, transmitidos de padres a hijos, exhibidos con melindrosa jactancia en los salones burgueses, pero, sobre todo, volverá en los estratos bajos de la vida, reducida a sus humores -rencor, resentimiento, traición- y en su mayor pasión, el miedo. Volverá cada vez que invoquéis al hombre fuerte que no sois ni seréis jamás, al Jefe capaz de guiaros, permaneciendo a  vuestras espaldas, avivando vuestro descontento, cada vez que al borde de las tinieblas lloriqueéis pidiendo que os cuenten un cuento para dormir: uno más, papaíto, uno más, por favor. Volverá y os repetirá siempre la misma cantilena: yo soy el pueblo, el pueblo soy yo, y al diablo con todo lo demás; el mal no existe, solo existen los hombres malvados con sus maleficios; la realidad no es compleja, es simple, es infantil la realidad, todos los problemas se reducen a uno solo, ese problema a un enemigo, el enemigo a un extranjero, el extranjero a un invasor. Y al enemigo extranjero invasor se le puede matar, se le debe matar, de un tiro en la cabeza y de otro en el corazón".


Este  último volumen de la imprescindible pentalogía de Scurati es una inmersión en la fase más oscura del fascismo italiano. Si los primeros volúmenes de la serie relataban el ascenso de Mussolini y la consolidación de su régimen, y los siguientes mostraban su desgaste progresivo, este último nos introduce en los aproximadamente seiscientos días que transcurren entre la creación de la República Social Italiana o República de Saló en septiembre de 1943 y la muerte del dictador en abril de 1945. Con un Mussolini en absoluto declive, el foco del libro ya no recae exclusivamente sobre "el hijo del siglo", sino sobre la violencia en todas sus manifestaciones: como forma de gobierno, como lógica de la guerra civil, como instrumento de la ocupación nazi y como legado que perdura más allá del derrumbe del régimen.

El líder seguro de sí mismo que dominaba los primeros volúmenes ha dejado paso a un hombre física y políticamente vencido, reducido a depender de Hitler y del fanatismo de un reducido grupo de seguidores. Esa decadencia podría invitar a una lectura compasiva, pero Scurati rehúye cualquier forma de indulgencia: el Mussolini de estos últimos meses aparece como un personaje cada vez más debilitado, pero nunca desvinculado de la responsabilidad por la espiral de violencia que acompañó el ocaso del fascismo italiano, cuando, en su fase terminal, el régimen mostrará sus expresiones más brutales, al menos hacia el interior de Italia, pues en Etiopía y en Libia ya había practicado sin control ninguno la masacre  y la tortura.

Uno de los mayores aciertos del libro consiste en desplazar la mirada hacia la República de Salò, un episodio que durante mucho tiempo permaneció en un segundo plano dentro de la memoria pública italiana. Frente a la imagen del fascismo asociada al consenso de los años treinta o a la escenografía propagandística del régimen, Scurati sitúa en primer plano los meses marcados por la colaboración con la ocupación alemana, la guerra entre italianos, las represalias, las ejecuciones y la persecución sistemática de toda forma de resistencia. El autor sugiere así que la verdadera naturaleza del fascismo no solo se manifiesta cuando conquista el poder, sino también cuando, incapaz de conservarlo mediante el consentimiento, recurre exclusivamente al terror para prolongar su existencia.

"Por otro lado, en esta primavera sangrienta, todo Milán se ha convertido en una ciudad de torturadores. Los de la Muti no son los únicos, en efecto, que practican sistemáticamente este preludio gratuito a la muerte.  Cada una de las diversas fuerzas policiales, más o menos legales, tiene su propio sótano enlodado de sangre y sus propias escuadras de sádicos. [...] Desde sus sótanos se alzan día y noche los gritos desgarradores de hombres y mujeres atormentados con sopletes, duchas hirvientes, garrotes de acero, violados con porras, látigos y nudos malayos. Los gritos de dolor se mezclan con los de placer: las carcajadas de los borrachos, con las gargantas destrozadas por el licor de marca, roncos por la cocaína".

Desde esta perspectiva, la novela rebasa el interés puramente histórico. No se limita a contar cómo termina un régimen, sino que reflexiona sobre aquello que permanece después de su caída. El propio título apunta en esa dirección: el final contiene ya el germen de un nuevo comienzo. La desaparición del fascismo no elimina las fracturas sociales, las memorias enfrentadas ni determinadas culturas políticas que seguirán condicionando la vida italiana durante décadas. La exhibición del cadáver de Mussolini en Piazzale Loreto simboliza el cierre de una etapa, pero en absoluto supone la erradicación de aquello que el fascismo había sembrado.


Esa lectura del título encuentra una confirmación especialmente elocuente en los dos apartados con los que Scurati cierra el libro: "Las muertes" y "Una vida". El primero ofrece un breve recorrido por el destino de numerosos dirigentes y colaboradores del régimen. Aunque algunos fueron ejecutados o murieron en los últimos compases de la guerra, otros muchos lograron escapar, reintegrarse en la vida pública o incluso encontrar acomodo en las nuevas estructuras políticas, económicas (como el caso de Pirelli) y de inteligencia de la posguerra, incluidas la CIA y el propio Estado italiano; y no podemos olvidar que el Movimiento Social Italiano, partido de inspiración abiertamente fascista, fue fundado ¡en diciembre de 1946! El segundo se centra en la figura de Liliana Segre, superviviente de Auschwitz y posteriormente una de las voces más importantes de la memoria del Holocausto en Italia. En ese contraste entre las supervivencias del fascismo y la supervivencia de quien padeció sus consecuencias más extremas se condensa el sentido profundo de El fin y el principio: toda conclusión histórica abre simultáneamente procesos distintos y contrapuestos. Termina un régimen, pero comienza la larga disputa por su memoria, por sus herencias y por el significado que ese pasado tendrá para el futuro. Me parece, además, que hay un elemento especialmente brillante en la estructura elegida por Scurati. El libro no concluye con la muerte de Mussolini, que sería el final previsible de una biografía del dictador, tampoco termina con el balance de los jerarcas fascistas. Decide cerrar con la vida de Liliana Segre, y esta es, creo, una elección de enorme fuerza simbólica: el último nombre de la pentalogía no es el del verdugo, sino el de una víctima que sobrevivió para dar testimonio. Después de miles de páginas dedicadas a explicar cómo se construyó y cómo cayó el fascismo, la última palabra no pertenece al poder totalitario, sino a la memoria resistente. Esa decisión narrativa transforma el sentido del conjunto de la obra: la historia de Mussolini termina, pero la responsabilidad de recordar apenas comienza, como advierte el autor al inicio del libro:

"Hoy, más que cuando di comienzo a este relato, un número consistente y creciente de italianos, europeos y estadounidenses tienden a ignorar, a negar e incluso a añorar esta terrible historia. De esta manera, se preparan para repetirla bajo nuevas formas. Hoy, más que nunca, se hace necesario seguir contándola. Asumir la responsabilidad. Frente al pasado, al presente y, por encima de todo, al futuro".

Scurati mantiene el procedimiento narrativo que ha caracterizado toda la saga y que la ha convertido en una de las propuestas literarias más singulares de los últimos años, de modo que su obra no puede entenderse ni como una novela histórica convencional ni como un ensayo en sentido estricto. Se trata de una reconstrucción literaria sustentada en un trabajo documental extraordinariamente amplio, donde los hechos, los discursos y los personajes remiten constantemente a fuentes históricas. La aportación del escritor reside en su portentosa capacidad para articular ese inmenso caudal documental en un relato continuo, dotando de profundidad psicológica a sus protagonistas y ofreciendo una interpretación coherente de un periodo especialmente complejo.

Leída en su conjunto, la serie M. representa una extraordinaria contribución tanto a la literatura como a la comprensión pública del fascismo. Sin pretender sustituir el trabajo de la historiografía, consigue acercarnos a la experiencia humana del poder totalitario sin atenuar en ningún momento la responsabilidad de quienes lo ejercieron. Esa combinación entre rigor documental y ambición narrativa permite comprender que los procesos históricos más destructivos no son fruto de personajes excepcionales o monstruosos, sino de individuos reconocibles capaces de transformar el resentimiento, el miedo y la violencia en instrumentos de dominación política.

Por ello la lectura termina interpelando más al presente que al pasado. El libro no solo reconstruye el derrumbe del fascismo italiano, también invita a reflexionar sobre la fragilidad de las democracias y sobre los mecanismos mediante los cuales pueden erosionarse desde su interior. Su desenlace no funciona únicamente como el cierre de una biografía política, sino como un recordatorio de que ninguna sociedad puede considerar definitivamente superada la amenaza del autoritarismo.

"A todos los que aún creen
en la democracia.
Que se preparen para
luchar".
 

sábado, 11 de julio de 2026

Cincuenta años de la Asamblea General de Barcelona

 


50 años desde la Asamblea General de Barcelona.
Para que venga ahora Feijoó hablando del "cáncer del absentismo" y Argüello de "paguitas".
Cambiando todo lo que sea necesario, menos lo fundamental, no habrá alternativa a la necronomía capitalista sin sindicalismo de clase con vocación de movimiento sociopolítico.

"En el pasado, la existencia de CCOO ha sido decisiva para sacar a los trabajadores del reflujo de la derrota y ponerlos en pie, a la ofensiva, [...] CCOO desde su existencia ha dado más del 90 % del total de los presos por motivaciones laboral-sindicales y de los despedidos. Los sumarios 1001, de El Ferrol, del Besós, del Bajo Llobregat, etc. Los despedidos de Standard, Pegaso, Seat y otros, son de CCOO" [Marcelino Camacho, en la introducción a sus charlas].

"Os recuerdo en Montserrat, abrazo con Xirinacs en huelga de hambre, ¡quinta, sexta?; Ruiz Giménez musitando con ceceo: vuelvo de Carabanchel cada vez más recuperado, hay que ver a Marcelino; y el padre Llanos me decía: si entro en un partido será donde esté Marcelino Camacho, allí me reconozco [...]. Marcelino, lo repito. Sois el pobre que resuelve el mundo. Tú y tu clase. Sois el pobre que resuelve el mundo. En una palabra, un socialista de la nueva época" [Alfonso Carlos Comín, "Carta abierta a Marcelino Camacho"].

lunes, 29 de junio de 2026

Al norte

Unai Sordo
Al norte
Hoja de lata, 2026

"«En el bote salvavidas».
Esta es la idea. Esta es la metáfora. Tenemos que gestionar el espacio público lo suficientemente mal como para que nadie pueda sentirse muy concernido, muy protegido o muy vinculado por ese espacio público, por lo común. La sensación tiene que ser la de peregrinar en un bote salvavidas. Si hacemos esto bien, lejos de ser sancionados por la ciudadanía, conseguimos que no esperen demasiado de nosotros y eso nos deja las manos libres para hacer y deshacer en lo que algunos llaman políticas materiales. […] Porque el pasajero de un bote salvavidas ya no se mueve en la lógica de salvar el barco que se fue a pique y con él el concepto de sociedad, sino que se siente apelado por la lógica de la supervivencia. Se trata de que solo se sientan apelados por lo común y lo identitario, en aquellos marcos abstractos en los que somos fuertes, y ya se sienten ajenos a aquello que un día los vinculó, pero fuimos capaces de desactivar. […] Hemos construido un nuevo consenso".


Esta es una novela escrita desde un profundo conocimiento del mundo del trabajo asalariado, lo que, viniendo de quien viene, no es de extrañar. No pretende ser un ensayo disfrazado de ficción, pero Unai Sordo utiliza la literatura para explorar aquello que las estadísticas y los discursos públicos apenas consiguen transmitir: el desgaste íntimo que provoca el empleo, el desarraigo que provoca la necesidad de emigrar y las huellas que la explotación deja en los cuerpos y en la memoria.

Quienes hayan leído su anterior libro de ficción, Cuentos de oficio, se sentirán desde las primeras páginas en un territorio conocido, ya que Al norte comparte con aquel mucho algunos personajes, escenarios y conflictos, pero, sobre todo, comparte una mirada, una forma de acercarse al mundo del trabajo desde las vidas concretas de quienes rara vez ocupan el centro del relato, haciendo visibles las historias que se esconden tras las categorías económicas. 

No estamos, sin embargo, ante una continuación en sentido estricto, ya que Unai Sordo no retoma los mismos personajes para prolongar sus peripecias sino que recupera en parte relatos que habían quedado esbozados o que crecieron paralelamente a Cuentos de oficio, hasta encontrar la estructura capaz de convertirlos en una novela. Ahora esas piezas dejan de ser islas para integrarse en una narración coral, sostenida por una eficaz trama de thriller que va enlazando personajes, tiempos y conflictos hasta revelar la profunda conexión que existía entre ellos.

Porque Al norte es un thriller, sí: ya lo veréis. Si en la mirada se reconoce al sindicalista que ha vivido y pensado con profundidad la condición de quienes no tienen otra opción que vender su fuerza de trabajo para vivir, en la arquitectura de la novela se descubre otra faceta menos conocida. La construcción de una trama compleja, en la que varias historias aparentemente inconexas terminan revelando un sentido común, pone de manifiesto un notable oficio narrativo. El autor administra la información con inteligencia, dosifica las revelaciones y mantiene la tensión sin artificios. Y lo hace con ese ligero punto de observador omnisciente que aparece cuando conviene, permitiendo a la lectora o al lector situarse un paso por delante o por detrás de los personajes. Un recurso clásico, que exige mucha precisión para no romper el equilibrio del relato, y que aquí funciona con naturalidad y eficacia, hasta el punto de hacernos olvidar que estamos leyendo la primera novela de un autor debutante.

La historia entrelaza distintas generaciones y distintos desplazamientos. Las y los protagonistas de la emigración interior hacia el País Vasco durante los años del desarrollismo dialogan, a varias décadas de distancia, con personas obligadas a marcharse a los gigantescos centros logísticos del norte de Europa, donde ya no es un capataz quien organiza el trabajo, sino un algoritmo. Cambian los escenarios y las tecnologías, pero persiste una misma experiencia: la de quienes siempre tienen que ir "al norte" porque en su lugar de origen las oportunidades escasean.

Lo que al principio parecen relatos apenas conectados va adquiriendo una lógica interna que mantiene la tensión narrativa, como el hilo invisible que cose el conjunto y demuestra que detrás de las trayectorias individuales existen estructuras compartidas y responsabilidades que rara vez son casuales. La condición obrera no termina cuando acaba la jornada laboral, continúa en las enfermedades profesionales, en el amianto que mata incluso a quienes nunca entraron en una fábrica, en las familias que sostienen silenciosamente el coste de la producción y en las comunidades que sobreviven gracias a la solidaridad cuando el empleo desaparece. La novela devuelve rostro y nombre a quienes, con demasiada frecuencia, quedan reducidas y reducidos a meras cifras.

Por eso, en este libro hay también una reivindicación de la memoria, de una memoria consciente, pero orgullosa y limpia. Frente a cierta nostalgia idealizada de los años setenta y ochenta, el autor recupera la pobreza, la precariedad y las redes de apoyo mutuo que marcaron la vida cotidiana de tantos barrios obreros. No hay idealización del pasado, sino la convicción de que olvidarlo empobrece nuestra comprensión del presente. Y así, lo que parecía un conjunto de historias dispersas acaba revelándose como un único paisaje humano: el de quienes sostienen la sociedad desde trabajos muchas veces invisibles, pagan en sus cuerpos el coste de la producción y encuentran en los vínculos comunitarios la mejor forma de resistir. 

Al norte es una demostración de que la literatura puede hablar, hoy también, del trabajo sin caer en el panfleto y abordar cuestiones sociales sin sacrificar la ambición narrativa. La novela recuerda que el empleo no es únicamente una actividad económica, sino el lugar donde se juegan la dignidad, la salud, los vínculos y la memoria. Y lo hace a través de una historia que, además de invitar a pensar sobre todo esto, consigue que la lectora o el lector quiera seguir pasando páginas hasta el final. Un final que, ya veréis, os sorprenderá.

viernes, 7 de noviembre de 2025

Nada humano nos es ajeno


Reconstruyo y reelaboro, con un poco más de sosiego, las notas que había esbozado para mi intervención hoy en el Día de la Memoria, particularmente dedicado a recordar a los movimientos pacifistas.


“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. Mientras preparaba esta reflexión continuamente me venía a la mente el inicio de Historia de dos ciudades, de Dickens. Cuarenta años después de aquel primer “gesto por la paz” esta frase, tan antigua y tan vigente, parece escrita para nosotras: habla de la paradoja humana, de la coexistencia del horror y la esperanza, de la miseria y la dignidad que pueden convivir en una misma época, en un mismo pueblo, incluso en una misma persona.

El 26 de noviembre de 1985, dos centenares de personas se reunieron en silencio durante quince minutos en la Plaza Circular de Bilbao. La convocatoria había surgido del grupo Itaka-Escolapios. No había discursos ni altavoces, solo una pancarta blanca con letras negras que decía: “Han matado a un hombre. ¿Por qué no la paz?”. Era una pregunta sencilla, casi ingenua, pero cargada de verdad.
Aquel día, el silencio habló. En realidad, el día anterior ETA había asesinado no a uno, sino a tres hombres: en Donostia, al cabo Rafael Melchor García y al soldado José Manuel Ibarzabal Luque; en Pasaia, al guardia civil Isidoro Díez Ratón. Tres nombres concretos, tres biografías truncadas, tres ausencias que se sumaban a una lista ya insoportable. Sin embargo, la respuesta de la sociedad no fue la rabia ni la venganza, sino el silencio compartido, el gesto sereno de quienes decidieron decir "basta" sin gritar. Ese día nació, sin saberlo todavía, la semilla de la Coordinadora Gesto por la Paz, que se constituiría formalmente en mayo de 1986.

Desde 1968 hasta ese momento, las distintas ramas de ETA habían asesinado a cerca de 470 personas. Los grupos de extrema derecha y parapoliciales habían matado a otras 66. Una veintena más había perdido la vida bajo custodia o por torturas, y decenas de miembros de ETA habían muerto en enfrentamientos armados o al manipular explosivos. Eran años oscuros, años en que el miedo se había instalado en la vida cotidiana. Como escribió Ruiz Olabuénaga en 1985, “no debería haber la mínima duda de que esta sociedad vive marcada por el dosel del miedo”. Pero el miedo, aunque real, no es la emoción que, creo, protagonizaba aquellos gestos. Ni siquiera la superación del miedo. Porque el gesto de aquel noviembre no fue un acto de héroes, sino de ciudadanas y ciudadanos. No fue una heroicidad épica, sino una afirmación moral: que la vida humana vale más que cualquier causa, que la decencia no tiene bandos.

Antes de Gesto por la Paz ya había habido movilizaciones. En 1978, la manifestación “Por una Euskadi libre y en paz” había reunido a miles de personas; hubo protestas contra el secuestro y asesinato de José María Ryan en 1981, de Alberto Martín Barrios en 1983, de Enrique Casas en 1984; los Artesanos por la Paz, los Colectivos Vascos por la Paz y el Desarme… Pero lo que aportó Gesto por la Paz fue continuidad, coherencia y una ética nueva: la destribalización del dolor.

La protesta no dependía de quién fuera la víctima. No se trataba de “uno de los nuestros”, sino, simplemente, de una persona. El mensaje era universal y profundamente humano: han matado a un ser humano, y eso es suficiente. Esa fue la ruptura más importante: el rechazo a la lógica del enfrentamiento, el paso de la identidad a la humanidad.

Quienes participábamos en aquellos silencios no lo hacíamos por ser potenciales víctimas, ni por tener un vínculo personal con quienes habían sido asesinados. Podíamos no haber estado allí. Pero estuvimos. Lo hicimos porque sentíamos, de algún modo, que todo sufrimiento humano nos pertenecía. Porque sentíamos aquello que escribió Pablo Neruda en Los versos del capitán“¿Quiénes son los que sufren? No sé, pero son míos”.

Esa fue la raíz moral de Gesto por la Paz. La afirmación callada de que cada vida humana nos concierne, de que el sufrimiento ajeno nos compromete aunque no nos toque directamente. Fue una forma de resistencia moral frente a la anestesia del miedo y, sobre todo, de la indiferencia.

En aquellos silencios se gestó una pedagogía cívica: la de la empatía activa, la del reconocimiento mutuo, la de una ciudadanía que se sabía responsable del clima moral de su tiempo. No hubo consignas, pero hubo significado. No hubo líderes, pero hubo referentes éticos. No hubo espectáculo, pero sí ejemplo.

Si Hannah Arendt habló de la “banalidad del mal” para describir cómo personas comunes podían participar en atrocidades por mera obediencia o rutina, Gesto por la Paz nos permitió vislumbrar su reverso: la banalidad del bien. También aquí eran personas corrientes, vecinas, trabajadoras, estudiantes, quienes asumieron una responsabilidad moral elemental: decir no a la violencia.

Desde su fundación, Gesto por la Paz encarnó una forma de acción prepolítica, profundamente ética, que devolvía al espacio público una sencillez desarmante: el gesto silencioso, la presencia colectiva, la constancia diaria. Su fuerza no residía en el poder ni en la ideología, sino en la decisión individual y colectiva de no mirar hacia otro lado.

Ese modo coral y humilde de actuar hizo posible que miles de personas “normales” se convirtieran en protagonistas morales de su tiempo. La ciudadanía de a pie, sin buscar heroísmos, sostuvo un movimiento cívico que transformó el paisaje ético y político del País Vasco.

Frente a la banalidad del mal, Gesto por la Paz nos recordó que el bien también puede ser cotidiano, repetido, y compartido: un acto simple, reiterado y profundamente humano que, precisamente por su sencillez, se vuelve revolucionario.

Y ese ejemplo nos sigue interpelando hoy. Porque vivimos de nuevo un tiempo de crispación, de deshumanización, de brutalismo. Un tiempo en que la palabra se degrada y la empatía se erosiona. Un tiempo en que los discursos se endurecen, las redes se convierten en trincheras y el otro -quien piensa distinto, quien viene de otro lugar, quien vota diferente- vuelve a ser percibido como una amenaza.
Frente a ese clima, recordar el origen moral de Gesto por la Paz no es un ejercicio de nostalgia, sino una tarea de presente. Su legado nos recuerda que la convivencia no se construye solo con leyes o instituciones, sino con actitudes éticas y gestos cotidianos. Que la paz no es un estado, sino una práctica ("No hay caminos para la paz, la paz es el camino"). Que la dignidad humana, cuando se defiende sin adjetivos, es la forma más profunda de compromiso.

Hubo un tiempo -el mejor y el peor de los tiempos- en que el silencio público, tenaz y acuerpado de unas pocas personas sirvió para que la sociedad comenzara a mirarse de otra manera.

Hoy, cuando el mundo parece volver a endurecerse, cuando el ruido, el miedo y la deshumanización vuelven a levantar muros, recordar esa raíz se hace imprescindible. Aquella ética del reconocimiento que afirmaba la humanidad común frente a cualquier causa o bandera sigue siendo una brújula moral para nuestro tiempo. Hoy, cuando el mundo parece retroceder hacia nuevas formas de brutalización, aquel lema de 1985 conserva toda su fuerza: “Han matado a una persona. ¿Por qué no la paz?”

Tal vez nuestra tarea, cuarenta años después, sea sostener esa pregunta sin cansarnos de responderla.
Recordar que cada víctima, cada injusticia, cada dolor ajeno nos pertenece. Y entender, de una vez por todas, que la paz no empieza en los acuerdos, sino en el corazón de quienes se niegan a dejar de reconocer al otro como humano.

Porque también hoy, como entonces, es el mejor y el peor de los tiempos.

Y quizás, como entonces, el gesto más revolucionario sea el más simple: mantener viva la ternura cívica, el coraje silencioso, la humanidad compartida que hizo posible, en medio de la violencia, un espacio de paz. Y quizá la tarea que nos toca sea sostener la memoria de quienes eligieron el silencio frente al odio y seguir afirmando, una y otra vez, que nada humano nos es ajeno.



jueves, 9 de octubre de 2025

Todos pájaros

Wajdi Mouawad
Todos pájaros
Traducción de Coto Adánez
La Uña Rota, 2020

“La Operación Nube de Granizo adquiere una magnitud sin precedentes con la intervención de cuatro mil soldados desplegados en el conjunto de los territorios palestinos, apoyados por carros de asalto, cazas y destructores de la Armada. El ministro de defensa ha declarado que el Gobierno debe prepararse para una escalada de violencia y el primer ministro ha indicado que Israel «tomará las medidas necesarias para erradicar, de una vez por todas, las organizaciones terroristas palestinas»”


Wajdi Mouawad nació en 1968 en la localidad de Deir el Qamar, una pequeña población del sur del Líbano. En 1977 su familia salió del país huyendo de la guerra para refugiarse en París, de donde fueron expulsados en 1983, asentándose definitivamente en Quebec. Pero la guerra civil libanesa lo ha acompañado como trasfondo de todas sus obras. En todas ellas, una suerte de perversa e inapelable maquinaria de la sangre relaciona inextricablemente pasado y presente, convirtiendo a sus protagonistas en actrices y actores de un drama eterno. Así ocurría en su impresionante novela Ánima (Destino, 2014; traducción de Pablo Martín Sánchez):

"Yo nací hace tiempo de una masacre, mi familia fue degollada contra el muro de nuestro jardín, y hoy, años después, a miles de kilómetros de allí, la maquinaria de la sangre parece haberse puesto de nuevo en marcha. De Léonie a Janice, de Janice a Chuck y su desgraciado perro, y de Chuck a Rooney, revivo, uno por uno, todos los muertos que me vieron nacer. Es como un juego de pistas macabro que se practica sobre la tierra de América y en el que otros antes que yo, indios, colonos, nordistas o sudistas, sufrieron las mismas carnicerías, y sólo ahora empiezo a entenderlo. No se ha acabado porque sigue aullando y parece que me llama cada vez con mayor insistencia, parece que me nombra por mi propio nombre".

La historia que narra en Todos los pájaros comienza en una biblioteca de Nueva York, un espacio neutro, aparentemente ajeno a los conflictos del mundo. Allí, dos jóvenes se encuentran: Eitan, un científico alemán de origen israelí, y Wahida, una estudiante norteamericana con raíces árabes. El amor surge como un relámpago, luminoso, inesperado, casi puro. Pero esa chispa inicial no tarda en verse rodeada por las sombras del pasado, por las memorias que cada una, cada uno, lleva inscritas en la piel, incluso sin saberlo. El viaje de ambos hacia los territorios de Israel y Palestina marca un giro brusco: en el paso de Allenby (Al-Karamé para las y los palestinos), entre Israel y Jordania, un atentado terrorista deja a Eitan en coma. A partir de ese momento, el amor se convierte en silencio y el silencio en escenario donde emergen las tensiones familiares, los secretos no dichos, las historias que laten bajo la superficie: la memoria colectiva infiltrándose en la intimidad. Los padres callan, los abuelos ocultan, los hijos descubren demasiado tarde. Las verdades enterradas actúan como minas bajo el suelo familiar. Cada revelación estalla y transforma las relaciones, los cuerpos, las lenguas.

Ya no se trata solo de una historia de amor, sino de una disección brutal de la identidad, de los silencios familiares, de los secretos que generaciones enteras prefieren no nombrar. Alrededor de la cama de Eitan, mientras su vida pende de un hilo, se cruzan las voces de su padre, David, su madre, Norah, su abuela materna, Leah, y la de Wahida, cada una arrastrando culpas, miedos, resentimientos. El amor entre ambos se convierte en una herida que revela viejas fracturas: la del conflicto israelí-palestino, la de la herencia judía tras la Shoah, la de una memoria árabe desplazada y silenciada. Estas fracturas se encarnan en otros tres personajes fundamentales: Etgar, abuelo paterno de Eitan; Eden, mujer soldado israelí; y Hasan Ibn Muhammad Al-Wazzan, conocido en Occidente como León el Africano, cuya figura investiga Wahida.

El tiempo dramático en Mouawad no es lineal, el relato avanza y retrocede, se abre como un abanico de recuerdos, sueños, flashbacks y presencias fantasmales. La obra avanza como una espiral, cada escena no solo revela una capa del presente, sino que arrastra consigo siglos de historia, mitos, traiciones, genealogías. El autor recurre a la metáfora del pájaro anfibio -un pájaro que sueña con nadar entre los peces- para hablar de quienes no pertenecen del todo a un lugar ni a otro, de quienes viven entre mundos y terminan pagando el precio de su ambigüedad. Así son los personajes de esta obra: desajustados, "herederos de dos pueblos que se hacen pedazos", obligados a ser pájaro o pez cuando en realidad son ambos.

Mouawad se caracteriza por ser una voz que explora con crudeza y poesía las fracturas del siglo: las guerras, los silencios familiares, la violencia heredada, la memoria y la imposibilidad de olvidar. En Todos pájaros vuelve a introducirnos en un universo donde lo íntimo y lo histórico se entrelazan con la misma intensidad. ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Qué lugar ocupan mis antepasados en mi destino? ¿Puedo amar más allá de las fronteras de mi identidad? ¿Qué identidad elegimos cuando todas nos dividen? ¿Cómo vivir con los fantasmas del pasado? ¿Qué herencia aceptar, cuál transformar, cuál olvidar? Mouawad no ofrece respuestas fáciles y la obra termina dejando más preguntas que certezas. Pero en ese espacio abierto, en ese territorio de ambigüedad, late la esperanza de que, pese a todo, tal vez podamos seguir buscándonos como pájaros errantes que sueñan con volar y nadar al mismo tiempo.

“Ni todo Auschwitz al completo afectó al más mínimo gen, al más ínfimo ADN de mi abuelo. Escúchame: cuando en 1966, la simiente de tu padre fecundó a tu madre, ¡no llevaba dentro ningún campo de concentración! No te vayas, siéntate, ¡vas a escucharme! La transmisión, tal y como tú la concibes, no existe, la única transmisión que existe es genética y la genética es sorda y ciega a cualquier afecto, a cualquier dolor. ¡No está en la sangre ni en la carne! ¡Está en la cabeza! ¡No es más que psicología de mierda! Una educación culpabilizadora porque todavía no hemos encontrado la forma de contar el pasado a los niños sin darles el coñazo y, si les traumatizamos, es porque queremos que estén traumatizados, ¡no aceptaríamos que lo superasen! Así que se inventó esa palabra, «transmisión» y no «asesinato» porque eso no se dice, se les dice «memoria, el peso de los antepasados, responsabilidad hacia el pasado» ¡y se les mata! Porque sentimos pena, una pena negra infinita. ¿Cómo explicar si no que no aprendamos nada, que, generación tras generación, volvamos a empezar? Si los traumas marcasen algo en los genes que transmitimos a nuestros hijos, ¿crees que nuestro pueblo, hoy, haría padecer a otro la opresión que él mismo padeció?”.

Impresiona leer este libro mientras Gaza es sistemáticamente destruida y, con ella cualquier posibilidad de hibridación entre peces y pájaros .

miércoles, 4 de junio de 2025

M. La hora del destino

Antonio Scurati
M. La hora del destino
Traducción de Carlos Gumpert
Alfaguara, 2024

"El sacrificio idiota es el único horizonte, habrá que prolongar la defensa a ultranza, hasta la última gota de sangre. Veinte años de retórica fascista así lo imponen".


Cuando el telón cae sobre los imperios, lo hace con estrépito, pero también con una inercia que los vuelve espectrales antes de desaparecer del todo. En M. La hora del destino, Antonio Scurati nos sitúa precisamente en ese crepúsculo del fascismo italiano, en los años que van de 1940 a 1943: la entrada de Italia en la Segunda Guerra Mundial, las derrotas militares, el aislamiento progresivo de Mussolini y, finalmente, su caída humillante a manos de sus conmilitones del Gran Consejo Fascista.

Este cuarto volumen nos aproxima al final del proyecto novelístico más ambicioso de la literatura italiana contemporánea: la reconstrucción narrativa del ascenso y caída de Benito Mussolini como figura histórica, mito nacional y tragedia ideológica. Pero, como en los libros anteriores de la serie, Scurati escribe una novela documental en la que el relato se ve acompañado de documentos reales -discursos, cartas, notas de prensa- para ofrecernos un relato histórico profundamente vívido.

Italia entra en guerra en junio de 1940, cuando Francia está ya vencida y Hitler parece invencible. Mussolini no quiere quedarse atrás. Busca una victoria rápida y una silla en la mesa de la victoria alemana. Pero pronto la realidad se impone: las campañas en Grecia, en África, en los Balcanes y en Rusia acaban en desastre tras desastre. El ejército italiano, mal equipado, mal dirigido, expuesto al clima y al desánimo, no resiste. El país comienza a pagar el precio del sueño imperialista. Alrededor del Duce, Scurati construye un mundo que se desmorona. No hay héroes, solo oportunistas, cómplices, familiares confundidos y un puñado de patéticos fanáticos:

"Barrigones, ajados o bien engominados, repletos los unos y los otros de lentejuelas y grecas. Estos son los hombres de quienes depende el destino de Italia en la nueva guerra del mundo".

A estas alturas, Mussolini ha dejado de ser el líder carismático del primer volumen. Ahora se muestra envejecido, paranoico, cada vez más encerrado en su mundo de retórica hueca y gestos vacíos; es un hombre que sigue hablando como si todavía tuviera el control de Italia, pero cuyos discursos y decisiones, más allá de su cada vez más reducido círculo de incondicionales, ya no despiertan entusiasmo, sino una mezcla de escepticismo y sospecha:

"Después de interrogarlo un buen rato con la mirada, Enno von Rintelen [agregado militar de la embajada nazi en Roma] se ve obligado a comprender: no se haya ante una monstruosa muestra de cinismo ni ante un repugnante episodio de narcisismo. Se trata, más trivialmente, de incompetencia. Benito Mussolini no es el tirano sediento de sangre dispuesto a enviar a sus soldados a morir mal armados por sus propios cálculos abyectos; no es el dictador obnubilado, a pesar de todo, por el culto personal que esos hombres le rinden. Mucho más simplemente, el Duce no está en condiciones de hacer una valoración técnica del equipamiento de sus ejércitos. Y ello no le causa preocupación. Este hombre es el orgulloso, audaz y beligerante jefe de una nación en armas, pero no conoce las armas".

En este entorno, Scurati muestra su enorme talento para reconstruir una atmósfera psicológica desde los pliegues de la historia. La corte fascista es ya un velorio en cámara lenta y la presión de la derrota y la descomposición moral de un régimen que ya no cree en sí mismo empujan la narración hacia un destino inevitable: la reunión del Gran Consejo del Fascismo en julio de 1943 y el arresto de Mussolini por orden del rey Víctor Manuel III:

"Al cabo de veinte años, ha caído el fascismo, pero en esa demolición no participa un solo antifascista en la Sala del Papagayo. Son las 2.30 horas de la noche del 25 de julio de mil novecientos cuarenta y tres. Se levanta la sesión".

La hora del destino no cierra la historia de Mussolini (aún quedan por relatar la República de Saló y su muerte), pero sí cierra un periodo esencial: el paso del fascismo triunfante al fascismo derrotado. Scurati no escribe para redimir ni para condenar, sino para recordar que una nación puede perderse en su propio delirio, que el fascismo no fue solo una anomalía del pasado sino una posibilidad siempre latente. Y en estos tiempos donde los discursos autoritarios resurgen con otras máscaras, su voz resuena como advertencia y como memoria.

lunes, 8 de julio de 2024

Los árboles no huyen

Verena Stössinger
Los árboles no huyen
Traducción de Jorge Seca
Periférica, 2024

"Está cansado. No sólo físicamente. Por el momento sólo quiere dormir. Le ha pedido a su mujer que deje de preguntarle cómo se encuentra y qué le ha a aportado el viaje. Él mismo no lo sabe con exactitud. Le parece bien haberlo hecho. Pero también está contento de que se haya terminado ya".


Tras la Segunda Guerra Mundial varios millones de personas de etnia alemana fueron obligadas a abandonar los territorios de Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Serbia o Lituania, en los que durante siglos se había asentado una migración germana que había conformado una influyente minoría en esos países. El régimen nazi utilizó la presencia de estas minorías como un argumento más para justificar su expansionismo territorial. Finalizada la guerra, las potencias vencedoras acordaron el desplazamiento forzado a las dos Alemanias de todas esas personas (entre 12 y 14 millones) como un medio para erradicar cualquier tentación expansionista futura. Alrededor de 600.000 murieron durante la operación, víctimas del hambre y la violencia.

Jürgen Ramm, el protagonista de este relato, tenía trece años cuando fue desplazado. Huérfano de padre, vio morir de hambre a su madre, a la que enterró antes de ser trasladado a Berlín "en el otoño de 1947, en un tren lleno de niños". Cincuenta años después, acompañado de su esposa, decide emprender un viaje en coche por los lugares en los que vivió hasta su expulsión. Han cambiado los nombres ("Braunsberg, su ciudad natal, a orillas del mar Báltico, se llama en la actualidad Braniewo y se encuentra en Polonia"), pero reconoce paisajes, olores y comidas. Sin embargo su memoria está llena de lagunas ("Él no recuerda lecciones políticas ni de adoctrinamiento, [...] no recuerda ni consignas, ni presiones de las Juventudes Hitlerianas, ni romanticismo de antorchas y hogueras de campamento, ni camisas pardas") y al intentar llenarlas es consciente de que tendrá que arriesgarse a descender "a la zona oscura". Y así, buscando consuelo se encontrará con incómodas preguntas: ¿qué hizo su padre antes de que estallará la guerra, a qué se dedicaba? ¿cuáles fueron las circunstancias de su muerte, en 1939? ¿estaba su padre "de alguna manera en el ajo"?

“¿Cómo podemos representar las migraciones forzadas que vivieron los alemanes sin dejar ninguna duda sobre nuestra culpabilidad en el genocidio de los judíos?”, se pregunta Gundula Bavendamm, directora de la Fundación para el Exilio, la Expulsión y la Reconciliación, impulsora de un museo en el que se rememoran las expulsiones de las minorías de origen alemán que vivían en los territorios devueltos a Polonia, Checoslovaquia, Hungría, la URSS o Rumanía tras la derrota del Reich nazi en 1945. Es la terrible ambigüedad de la memoria.

La misma ambigüedad que acaba por lamentar el protagonista de este libro: "¿Por qué durante el viaje no me limité a contemplar sin más el paisaje? ¿Por qué no cerré por fin esa vieja historia, tan vieja como yo, sin cuestionarla?". ¿Por qué?

miércoles, 15 de mayo de 2024

La frecuente oscuridad de nuestros días

Rebecca Donner
La frecuente oscuridad de nuestros días. Una estadounidense en la resistencia alemana contra Hitler
Traducción de Francisco J. Ramos Mena
Libros del Asteroide, 2023

"Ella es Mildred Harnack. A veces es Mildred Fish-Harnack. Otras es Mildred Harnack-Fish.
Es mujer.
Es esposa.
Es estadounidense.
A veces es la líder estadounidense de un grupo de resistencia alemán. A veces es la esposa estadounidense de un alemán de la resistencia. A veces es la esposa estadounidense de un nazi.
Antes Mildred podía reconocerse a sí misma. Ahora ya no".


Esta es la historia del mayor grupo de resistencia clandestina de Berlín contra el poder nazi, el "Círculo", que la Gestapo llamó la Orquesta Roja (Rote Kapelle). Entre 1932 y 1942 sus componentes harán todo lo posible por combatir al régimen nacionalsocialista desde el interior mismo de Alemania, con el riesgo que esto suponía. Como explica Rebecca Donner, "todos los vecindarios tienen un Blockleiter, un 'vigilante de barrio' nazi. [...] Los vigilantes de barrio son los ojos y oídos de la Gestapo. En este momento hay más de doscientos mil, una cifra que pronto aumentará a dos millones".

Uno de los puntales de este grupo era Mildred Elizabeth Fish, una joven estadounidense nacida en 1902 que en 1926, mientras estudiaba literatura alemana en la Milwaukee State Normal School, conoció al jurista Arvid Harnack, becario Rockefeller, con quien se casó y se mudó a Alemania. Gracias a sus cartas y diarios tenemos conocimiento de la extensión del nazismo ("Alemania está viviendo horas muy oscuras. Todos perciben la amenaza, pero muchos esconden la cabeza en la arena") y basándose tanto en estas como en otra abundante documentación, Rebecca Donner nos introduce vívidamente en el día a día de la transformación aparentemente imparable de toda una sociedad en un régimen totalitario:

"Mildred ve esvásticas en paquetes de tabaco, latas de café, moldes para pasteles... Día tras día la propaganda nazi difunde desinformación y falsas promesas. Día tras día, Hitler va ganando cada vez más adeptos en Alemania.
¡Y todo está sucediendo tan rápido...!".

Contratada por la Universidad de Berlín para impartir clases de historia de la literatura norteamericana, Mildred traslada a sus alumnas y alumnos las obras que abordan la problemática de las personas empobrecidas, de las y los agricultores, obreros fabriles o inmigrantes que sufren las penurias de aquel capitalismo del primer tercio del siglo XX en Estados Unidos. Despedida en 1932 por no ocultar sus opiniones políticas ni sus críticas por el auge del Partido Nazi, fue en el  Berliner Abend Gymnasiums (BAG), un centro nocturno dirigido a la educación de la clase trabajadora, donde conseguirá conectar con personas dispuestas a resistir la expansión del nazismo:

"Las lecturas que recomienda son una mezcla de literatura, filosofía y teoría política, amenizada de vez en cuando con algún poema humorístico o alguna fábula. Cuando está en el atril, Mildred pretende inspirar a sus alumnos, mostrarles una forma diferente de ver el mundo; desea llegar a esos hombres y mujeres de un modo que resulte novedoso. Así que les habla de Ralph Waldo Emerson y los principios del trascendentalismo, haciendo hincapié en la importancia de la autosuficiencia y la valerosa independencia en el pensamiento y la acción; habla del heroísmo de Mahatma Gandhi, y de las traiciones de la monarquía tal como se dramatizan en las novelas de Charles Dickens y las tragedias de William Shakespeare; habla de la tiranía de la mayoría analizada en los escritos filosóficos de John Stuart Mill, destacando cómo un pequeño grupo puede ser víctima de un grupo mayor, y animando a sus alumnos a reflexionar sobre los paralelismos que en ese momento exhibe Alemania. Una y otra vez, Mildred vuelve a sus temas centrales: la difícil situación de los pobres y la necesidad urgente de un cambio político".

Tanto en el BAG como en reuniones en cafeterías, en excursiones aparentemente lúdicas o en su propia casa, las y los miembros del Círculo elaborarán y distribuirán octavillas y periódicos clandestinos antinazis, informarán de la situación en Alemania a las embajadas extranjeras y llegarán a trabajar para el espionaje soviético (Stalin ignorará sus advertencias relativas a la preparación de una invasión del territorio ruso: "Sorprendentemente, la única persona en la que confía el dictador ruso es en el dictador alemán. Los pactos de no agresión y de comercio han reforzado el vínculo entre ambos, y Stalin no puede creer que Hitler quiera romperlo"). El compañero de Mildred, Arvid, logrará infiltrarse en las más altas esferas del régimen, convertido en un "nazi Rindersteak ('bistec') [e]s decir, marrón nazi por fuera, rojo izquierdista por dentro". Y Mildred facilitará la huida de varias personas judías gracias a sus relaciones con la embajada estadounidense.

El coste de su compromiso será muy elevado. Varios miembros del Círculo fueron detenidos, torturados y encarcelados, y algunos se suicidarán tras sufrir los brutales interrogatorios en el cuartel general de la Gestapo. Algunas mujeres sufrirán vejaciones sexuales y violaciones. Muchas acabarán en el campo de Ravensbrück donde, perversión suprema, fueron violadas cuando el Ejército Rojo entró en abril de 1945.  

El 16 de febrero de 1943 Mildred Harnack fue guillotinada. En su celda, horas antes, Mildred traducía al inglés los poemas de Goethe:

"De la frecuente oscuridad de nuestros días
nos dio un Dios compensación -loado sea-
en el deber de alzar al cielo la mirada,
en el sol y la virtud y la belleza".

Un libro imprescindible.

martes, 14 de mayo de 2024

La fábrica de mi padre

LA FÁBRICA DE MI PADRE supone una mirada justa y necesaria a la Bizkaia industrial de la segunda mitad del siglo XX, esa que fundamentalmente se basó en el trabajo duro y generoso de miles de personas que trajeron con su sudor y sus afanes gran parte de la riqueza que hoy disfrutamos en este Territorio Histórico.

Más allá de la nostalgia y de la evocación curiosa de aquellos paisajes y aquellas formas de vida, este documental y su potencia evocadora nos obligan a repensarnos mejor en este inicio del siglo XXI, desde la reflexión de lo que fuimos y la proyección coherente y solidaria con lo que seremos y serán quienes vengan después.

Es una reivindicación histórica de la clase trabajadora que forma parte de la historia invisibilizada porque que sin ellos y ellas difícilmente puede explicarse el presente y el futuro.

Ni olvido, ni mitificación nostálgica del pasado. Por el contrario, con propuestas como esta proyectamos una mirada honesta hacia el pasado y a la vez hacia el futuro, agradeciendo y reconociendo tanto trabajo y tanta lucha. Porque con memoria sí hay rumbo cierto.


sábado, 27 de abril de 2024

Osebol: Voces de un pueblo sueco

Marit Kapla
Osebol: Voces de un pueblo sueco
Traducción de Carmen Montes Cano
Capitán Swing, 2023

"Cuando una era joven
y había un montón de gente a la que preguntar
no me interesaba mucho.
Ahora que he empezado a pensar
un poco en mis antepasados...
ya no queda nadie a quien preguntar".


Osebol es un diminuto pueblo de apenas 100 habitantes, situado en el medio oeste de Suecia, en la frontera con Noruega. Nacida allí en 1970, Marit Kapla da voz a una Suecia vaciada que envejece, se despuebla y muere. Antes de que sea demasiado tarde. Para ello, entre 2016 y 2017 se dedicó a entrevistar a casi una cincuentena de sus habitantes, la mayoría originarios de la localidad, algunos procedentes de otros lugares, también del extranjero. 

El resultado es una sucesión de voces que se expresan sin que la autora se deje notar de ninguna forma, cada una aportando su propia reflexión. Voces de mujeres y hombres, voces jóvenes y ancianas, voces que, en algunos casos, abandonaron el mundo al poco de participar en el proyecto. Voces que hablan de comunidad ("Si vas a cualquier otro sitio no te conoce nadie") y ayuda mutua ("Nada funciona si nadie arrima el hombro y ayuda"), de silencio ("Había un silencio absoluto") y naturaleza ("Siempre estoy deseando que llegue el otoño que es cuando puedo recoger bayas"), de la guerra ("Una noche los rusos se llevaron a mi padre porque creían que había escondido armas").

También de temas que parecen universales cuando escuchamos las voces del mundo rural, lo mismo en Suecia que en España: del lobo ("No soy ningún fanático pero no quiero lobos"), del recelo hacia la inmigración de los países árabes ("Lee el volumen siete de Carl Grimberg sobre las migraciones y comprenderás lo que va a pasar aquí. Los musulmanes no encajan con los cristianos") y hacia el turismo urbanita ("Al utilizarla como casa de vacaciones en realidad estás fomentando la despoblación"), sobre la soledad de las personas mayores ("Lunes, miércoles y viernes tenemos entrega de comida. Es para los que no pueden hacerse la comida"), sobre el feminismo ("Los hombres salen perdiendo con la igualdad en mi opinión"), sobre la falta en empleo ("Aquí no hay trabajo. No hay muchas opciones") y la pérdida de servicios públicos ("La cuestión es cuántos años más seguirá aquí el colegio")...
 
Cada entrevista se presenta con una forma tal que hace que parezcan poemas y, de alguna manera, a medida que se avanza en el libro el ritmo de lectura se vuelve más propio de la poesía que de la prosa:
 
"Lees en los periódicos
lo de los barcos que cruzan el Mediterráneo
y todo lo que pasa
pero no llegas a asimilarlo
a pesar de todo no lo entiendes.
 
Y de pronto te ves sentada
enfrente de una madre que ha estado ahí
y que de verdad ha tenido que agarrar
a su hijo de dos años
para que no cayera al agua.
 
Entonces se convierte en una realidad"

 
"Yo siempre iba a su casa en Nochebuena
desde que me quedé solo.
 
Él venía y me decía
esta noche te vienes 
a cenar con nosotros.
 
La Navidad pasada no tuve fuerzas
porque iba doblado.
 
Me dolía una barbaridad.
 
Y tenía escalofríos.
 
Me quedé sentado delante de la lumbre.
 
Los gatos me miraban
preguntándose qué era lo que pasaba.
 
Temblaba como una hoja de álamo".

sábado, 30 de marzo de 2024

Fantasía alemana

Philippe Claudel
Fantasía alemana
Traducción de José Antonio Soriano Marco
Salamandra, 2023

"Aunque se redactaron en momentos y circunstancias diversos, todos estos textos se articulan alrededor de temas que son importantes para mí desde hace mucho tiempo: en primer lugar, la incongruencia de la historia y de los papeles que os seres humanos desempeñan en ella, o más bien creen desempeñar. También la idea de pueblo, nación o grupo humano, sobre la que albergo las mayores reticencias, pues más bien veo a cada individuo como un grano de arena en el interior de un gran montículo -compacto o quebradizo según el momento- al que una paletada puede hacer ocupar un lugar que ni siquiera habría imaginado".


Claudel es uno de los fijos de este blog. Su obra combina magistralmente literatura con mayúsculas y profundidad filosófica, abordando algunas de las cuestiones mayores de la existencia individual y colectiva: la violencia colectiva, la culpa, el sufrimiento de las víctimas, la memoria. En este caso Claudel nos presenta cinco historias que remiten a sus dos obras a mi juicio más impresionantes, Almas grises y El informe de Brodeck. Cinco relatos que son uno, entrelazados sutilmente.

En el primer relato un soldado alemán huye a través de un bosque helado. Cabe deducir que el nazismo ha caído y él, que ha servido como guardia en un campo de exterminio, intenta escapar de los vencedores. Mientras avanza, hambriento y herido, reflexiona sobre su vida, por primera vez en años:  
"Había vivido los últimos años sin hacerse preguntas. Gracias al advenimiento del nuevo orden, había obtenido un estatus y un respeto que siempre le habían sido negados. En poco tiempo lo habían arrancado de su mediocridad, de la masa de los demás, hombres, lo habían asignado un rango y una función. Lo habían mecanizado. Lo habían convertido en una herramienta eficaz. Le daban órdenes y él las ejecutaba. No había visto llegar el caos. La gran maquinaria se había descompuesto.
¿Era él culpable? ¿Culpable de haber obedecido? ¿O culpable de no haber desobedecido?".
 
En el segundo relato un nonagenario, huérfano de un padre muerto en la guerra, rememora momentos de su vida, en los que la música y su primera experiencia sexual con una desconocida mujer morena: "El tercer movimiento de la sinfonía nos acompaña hacia el terciopelo extendido de los grandes tilos. Ya no avanzamos por la vida. Nos movemos en un sueño. Y la música da a ese sueño una profundidad algodonosa. Durante milenios los seres humanos creyeron que a veces los dioses gozaban de las mujeres mortales o que algunos hombres se unían a diosas. Esa noche de mayo experimento mi propia mitología".
 
La tercera historia nos sitúa en la Alemania recientemente reunificada. Una joven es contratada en una residencia para cuidar del padre del alcalde de la localidad en la que vive, en la antigua Alemania Oriental: "Ya verás -le dice la directora-, el padre del alcalde no es difícil. Si de vez en cuando lo oyes canturrear canciones militares, no te extrañes. Déjalo, no le hace daño a nadie. La guerra lo marcó. Y, después de todo, ya pagó. Todo el mundo cometió errores. Sobre todo en esa época. Tiene derecho a una vejez feliz". Pero la joven no entiende nada de lo que la están diciendo y, además, no soporta a ese viejo senil.

El siguiente relato comienza con el anuncio de la subasta de los dibujos de un artista reconocido como uno de los más destacados de la primera mitad del siglo XX, victima en 1940 del programa de depuración racial conocido como Aktion T4. Pero un historiador sostiene que, en realidad, el citado pintor murió en 1916, combatiendo en la Primera Guerra Mundial. Un magistral ejemplo de lo difícil que resulta a veces afirmar la verdad histórica y de cómo el negacionismo puede hacerse un hueco en este contexto.

El último relato, profundamente conmovedor, nos devuelve al principio del libro y tiene mucho de redentor. Una niña huérfana es cuidada por una mujer en una relación de la que no sabemos nada: "La guerra, que es la encarnación más vulgar del azar, las había hecho rodar la una hacia la otra". Un día, en uno de sus vagabundeos por el bosque, encuentra un cadáver, que visita a diario y con el que mantiene silenciosas conversaciones: "El hombre muerto, que ya no parecía un hombre, no podría oír lo que la pequeña quería decirle"; pero esta "estaba segura de que el hombre podía [coger sus palabras], oírlas y utilizarlas para seguir viviendo en su muerte a través de ella".
 
En El informe de Brodeck, escribe Claudel: "Qué extraña es la vida... Quiero decir, las corrientes de la vida, que nos arrastran, más que nos llevan, y tras un curioso recorrido nos dejan en una orilla, la de la derecha o la de la izquierda".  Son esas las corrientes impredecibles que configuran este libro.

jueves, 29 de febrero de 2024

El Faro de La Abadía: Imanol Zubero y María Goiricelaya

 


Con ocasión del estreno de 'Altsasu' en el Teatro de La Abadía, el pasado 9 de enero tuvo lugar otro encuentro en el ciclo El Faro de La Abadía entre su autora y directora, María Goiricelaya, y el  sociólogo y profesor universitario Imanol Zubero, con el título “Memoria y justicia”.

lunes, 8 de enero de 2024

Tres encuentros con Mario

 


TRES ENCUENTROS CON MARIO

Imanol Zubero



[I] Cuando Alberto me propuso colaborar en este número de Grand Place dedicado a recordar a Mario respondí inmediata y agradecidamente que sí. Porque Mario ha sido el aventurero cuerdo que encarnó (con todas sus contradicciones, sus muchísimas luces y sus algunas sombras) aquella aventura loca que fue Euskadiko Ezkerra, de la que formé parte y que explica en gran parte el tipo de recorrido sociopolítico que he hecho a lo largo de mi vida.

Pero, a la hora de ponerme a escribir, me he dado cuenta de que la tarea no iba a ser sencilla. Porque ha pasado mucho tiempo y en ese tiempo han ocurrido muchas cosas, claro. Pero, sobre todo, porque Mario era para mí, antes de conocerlo, “un ser de otro mundo, un animal de galaxia”, como canta Silvio Rodríguez. Lo era por la influencia de quienes me introdujeron en EE: mis primos Iñaki y José Mari, y sus amigos Eusebio y Carmelo; todos habían militado en EIA y para todos ellos Mario, a quien conocían personalmente, era su referencia política esencial.

A falta de ese conocimiento personal, mi primer Mario fueron sus escritos, especialmente el Arnasa número 7 titulado "La lucha de clases en Euskadi (1939-1980)”, publicado posteriormente por la editorial Hordago. Lo leí cuando empezaba la carrera de Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad de Deusto. Es cierto que lo que en este escrito se decía sobre “las dos ETAs” me incomodaba (el 23 de octubre de 1979 yo había publicado en Deia una carta al director criticando la posición de HB ante la violencia) pero en el análisis que hacía Mario descubrí una mirada a la política vasca que se diferenciaba de los discursos habituales.

Lo que quiero compartir aquí son tres de mis encuentros con Mario. Los tres tuvieron lugar en Vitoria-Gasteiz y en los tres se manifiesta, creo, esa personalidad de aventurero cuerdo que, tal vez, se vio superado por unas aventuras demasiado locas.



[II] El primer encuentro tuvo lugar en el Salón de Grados de la Facultad de Filología de la UPV/EHU en Gasteiz, el 9 de mayo de 1992. Se trataba de una reunión del Biltzar Ttipia, del que yo formaba parte. En el IV Congreso de Leioa, en febrero de 1991, me había vinculado a la ponencia impulsada por Javier Olaverri con el maravilloso título de “No hay remedio mágico contra la calvicie”. La evidencia de que tanto los grupos de compañeras y compañeros organizados en torno a las ponencias “Renovación Democrática” y “Auñamendi” daban por amortizado el proyecto autónomo de EE y de que el primer grupo, triunfador del Congreso, daba pasos acelerados hacia la convergencia con el PSE-PSOE, nos había movilizado a muchas y muchos impulsando distintas iniciativas -reuniones de debate, recogida de firmas, artículos en prensa y, por supuesto, mucha actividad interna- desde la convicción de que el proyecto de EE seguía teniendo sentido.

En esa reunión del BT presenté una propuesta de resolución apoyada por las firmas de 172 afiliadas y afiliados de Bizkaia en la que solicitábamos detener el proceso de convergencia y fortalecer la imagen autónoma y crítica de EE. Poco antes se había publicado el estudio Euskalerria en la Encuesta Europea de Valores ¿son los vascos diferentes?, coordinado por Javier Elzo, y en mi intervención utilicé abundantemente datos del libro que permitían constatar las diferencias entre los valores, creencias y orientaciones de las personas que votaban a EE y al PSE-PSOE, lo que hacía imposible una auténtica confluencia. La respuesta de Mario, en la línea de lo que unos días después escribió en un artículo en El Correo, fue que “cuánto más próximos se hallan dos partidos políticos en el terreno ideológico y más colindantes los sectores sociales a los que orientan su mensaje electoral, mayor es el odio mutuo y más problemáticas las relaciones entre ambos”. ¿Cómo que colindantes, cómo que cercanos? ¡Pero si los datos indicaban que ambos sectores habitaban mundos cosmovisionales, si no antagónicos, sí muy alejados entre sí! Al volver a su silla me guiño un ojo. Nuestra propuesta fue rechazada.


[III] El segundo encuentro tuvo lugar en algún momento del otoño de 1993, tras el VI Congreso de Eibar en febrero de 1993 que certificó la desaparición de EE como proyecto político autónomo y el Congreso de fusión en Bilbao el 27 de marzo de 1993. Mario ocupaba un despacho en la sede del PSE-EE (PSOE) en Gasteiz y allí fuimos Txema Urkijo y yo, que por aquel entonces estábamos participando como representantes de Gesto por la Paz en el proceso de conversaciones entre organizaciones sociales que trabajaban en relación al llamado “conflicto político”, tanto las que se movían en el entorno de la izquierda abertzale (la recién surgida Elkarri, Gestoras Pro Amnistía, Gernika Batzordea, Herria 2000 Eliza y Senideak) como las posicionadas claramente en contra del terrorismo y las violencias (Gesto por la Paz, Denon Artean y Bakea Orain). A Mario le interesaba muchísimo conversar sobre las relaciones existentes entre Gesto y Elkarri, organización con la que ya se había reunido en varias ocasiones. Y es que en aquel momento, con el apoyo (no sé si muy entusiasta o un punto resignado) de Ramón Jáuregui, Mario estaba agitando el campo sociopolítico vasco intentando tender puentes entre el PSE-EE (PSOE) y el mundo del euskera, con la cultura vasca en general y hasta con la izquierda abertzale.

El 12 de septiembre de 1993 la revista Argia había publicado una entrevista con Mario, a la sazón vicepresidente de la organización surgida de la convergencia, titulada “Egunkariarekin astakeria egin da, beharrezkoa da betoa berehala jasotzea”. Como advertía la periodista que lo entrevistaba, “PSE-EEko lehendakaritzaordera iritsi zenetik etengabe ibili da guztien ahotan”, desde que asumió la vicepresidencia del PSE-EE no ha dejado de estar en boca de todos. El movimiento más destacado en este sentido fue el acercamiento hacia Euskaldunon Egunkaria, acercamiento que resultaba incomodísimo para un PNV que unos meses antes había sostenido por boca de uno de sus dirigentes, incluso en sede judicial, que ETA había intervenido en la designación del director del diario, y para un Gobierno Vasco que por entonces no subvencionaba al único diario en euskera. Pero que también resultaba incómodo para las y los socialistas: “Nire alderdiaren baitan gauzak ez dira horrela ikusten”, dentro de mi partido las cosas no se ven así, reconocía en la entrevista.

Fue entonces cuando le escuché decir una frase que, desde entonces, he recordado y repetido muchas veces: “Cuando alguien contrata un mariachi es para que cante rancheras”.

[IV] La tercera y última vez que me encontré con Mario fue el 9 de diciembre de 2002, en el acto de presentación del segundo número de la revista El valor de la palabra/Hitzaren balioa, editada por la Fundación Fernando Buesa Blanco. Antes y después de la presentación estuvimos conversando sobre las tesis defendidas en su libro La construcción de la nación española, publicado unos meses antes. Por lo visto, un amigo común le había comentado que yo no compartía algunas de sus afirmaciones y Mario tenía mucho interés en conversar sobre ello. En realidad, mi desacuerdo no tenía que ver con lo que decía en su libro, sino con lo que no decía.

Compartía entonces y comparto ahora esto que escribía Mario: “La diferenciación entre nación política y nación cultural o concepción culturalista o política de nación está bien si los consideramos dos tipos ideales procedentes de Tönnies, pero como tales son «patológicos», no hay nación política que no comparta una cultura que la cohesione ni existe tampoco un proyecto de nación cultural que carezca de una vertiente política, generalmente autoritaria o despótica”. En efecto, sólo como tipos ideales cabe hablar de nación y de nacionalismo político (o cívico) y de nación y nacionalismo cultural (o étnico). En la práctica hay más continuidad de la que se quiere reconocer entre el patriotismo y el nacionalismo, entre el nacionalismo cívico y el nacionalismo étnico, entre la inclusión constitucional y la exclusión etnonacional. El problema del nacionalismo vasco es que no sabe pensar la nación cívica sin pasar por la nación étnica, y en este punto, la crítica ha de ser frontal y unánime. Sin embargo, hay un problema paralelo que apenas ningún crítico del nacionalismo vasco se anima a desvelar, pero que Mario reconocía: el riesgo de que una nación cívica como quiere ser la España constitucional se vea anegada por los residuos de nacionalismo que siempre quedan en las oscuras bodegas de la patria, de toda patria.

Estando de acuerdo en esto, como lo estábamos, ¿por qué Mario no advertía en su libro de esta peligrosa deriva del nacionalismo español, tan evidente en aquellos años del último gobierno de Aznar? Creo que porque en esa obra existía un interés performativo, una voluntad de contribuir a imaginar la posibilidad de una nación española netamente republicana, una España tan “posnacionalista” como la Euskadi por la que trabajó (pues la una sin la otra serían imposibles).


[V] Heterodoxo, librepensador, taumaturgo, visionario, independiente, mariachi impenitente, aventurero cuerdo, tal vez demasiado, para una realidad demasiado loca. Pienso que a Mario le importaba mucho la realidad, pero no exactamente la realidad “real”. Imaginó una Euskadi y una España auténticamente cívicas y puso todo su empeño en impulsarlas; soñó con tender puentes entre identidades, culturas, territorios y tradiciones políticas de izquierda. Lo hizo, seguramente, en el peor escenario para lograrlo: en los tiempos del penoso final del ciclo de Felipe González; en la época de la estrategia Oldartzen y su criminal corolario de la “socialización del sufrimiento”; en la época de Lizarra y el abrazo del Kursaal; en la de la aznaridad.

Mario era un “reaidealista”, un gramsciano plenamente convencido (o así lo creo) de que en la tensión entre el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad la segunda podía vencer a la primera. Seguramente es algo que él mismo comprobó en muchas ocasiones a lo largo de su vida. Tal vez de ahí su pasión por el cine pues, como cantaba Aute: “Recuerdo bien / aquellos cuatrocientos golpes de Truffaut / y el travelling con el pequeño desertor, Antoine Doinel / playa a través / buscando un mar que parecía más un paredón / Y el happy-end / que la censura travestida en voz en off / sobrepusiera al pesimismo del autor / nos hizo ver / que un mundo cruel / se salva con una homilía fuera del guión”.

miércoles, 29 de noviembre de 2023

Hierba

Keum Suk Gendry-Kim 
Hierba
Traducción de Joo Hasu,
Reservoir Books (Penguin Random House), 2022

"A ella, a Lee Ok-sun, que fue una buena hija, una madre devota, una vecina amable, pero sobre todo una mujer fuerte, así como a todas las supervivientes de la explotación sexual del Ejército japonés, las que fallecieron y las que aún siguen con vida, dedico esta obra. Gracias".

 
En su libro El holocausto asiático (Crítica 2009; traducción de Ferran Esteve), en el que se analizan los crímenes cometidos por el ejército japonés durante la segunda guerra mundial, el historiador Laurence Rees dedica algunas páginas (muy pocas, teniendo en cuenta la magnitud del crimen) a las denominadas "mujeres de asueto" (o "de consuelo", como son más comúnmente conocidas), mujeres chinas y coreanas, pero también malayas o indonesias, que fueron forzadas a ejercer la prostitución al servicio de los soldados. Recogiendo la historia de una de ellas, Rees escribe lo siguiente:
 
"Como mujer de asueto, Sol Shinto era una bestia a la que los soldados del Ejército Imperial podían tratar a su antojo. Conocidas como los 'retretes públicos' , las mujeres de asueto estaban a menudo expuestas a sufrir un trato físico brutal. [...]
No existen datos de la cifra exacta de mujeres de asueto (aunque sería más acertado hablar de 'víctimas de violaciones forzadas') que fueron empleadas y de las que así abusaron los japoneses. Las estimaciones van de las 80.000 a las 100.000. Sin embargo, la magnitud del crimen es evidente, como también lo es la complicidad del Ejército Imperial y del gobierno japonés de la época. En palabras del profesor Yuki Tanaka, que ha estudiado con especial atención las políticas japonesas hacia las mujeres de asueto, 'el caso de las mujeres de asueto podría no tener precedentes históricos como ejemplo de actividad criminal controlada por el Estado que implicara la explotación sexual de las mujeres'".
 
Este cómic recoge la historia real de una de esas mujeres brutalmente explotadas, la coreana Lee Ok-sun. Su historia, una historia terrible, pero también la historia de sus encuentros con la autora. No hará falta que aclare que la historia de Lee Ok-sun es atroz, pero Keum Suk Gendry-Kim la narra y la dibuja con una enorme sensibilidad, presentándonos a una mujer víctima de una violencia machista extrema, sí, pero sobre todo una mujer resistente y superviviente, a la que no pudieron privar de su alegría.

Un libro que conmueve y emociona. Un hermoso ejercicio de memoria.