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domingo, 14 de septiembre de 2025

No nos fijemos en las y los jóvenes que dejan el empleo, sino en los empleos que dejan estas personas jóvenes

En los últimos años, numerosos titulares han puesto el foco en las generaciones más jóvenes, sobre todo en la llamada generación Z, destacando su tendencia a abandonar con rapidez los puestos de trabajo. Se suele presentar este fenómeno como una anomalía generacional, fruto de la impaciencia o de una supuesta fragilidad de carácter -esa etiqueta simplista de “generación de cristal”-. Sin embargo, si miramos los datos con un poco más de atención, lo que se revela no es una crisis de las y los jóvenes, sino de los empleos que se les ofrecen.

Según el informe Claves laborales de la Generación Z: Visión a futuro y dinamismo, cuatro de cada diez trabajadoras y trabajadores de entre 18 y 25 años abandonan su empleo en menos de un año. El motivo principal es tan antiguo como evidente: salarios demasiado bajos. Un 40% lo señala como la razón central, mientras que un 13% aduce falta de flexibilidad y un 11% valores empresariales no compartidos. Es decir, no se trata de un mero rechazo irracional al trabajo, sino de la constatación de que muchos de los puestos disponibles no permiten construir una vida plena, ni material ni emocionalmente. El contraste es significativo: mientras el salario medio en España ronda los 28.000 euros anuales, las y los menores de 25 apenas superan los 14.000.

Podemos, entonces, darle la vuelta a la pregunta: ¿qué nos dicen estos abandonos sobre la calidad de los empleos? La Organización Internacional del Trabajo habla desde hace tiempo de la necesidad de “trabajo decente”, definido como aquel que ofrece “oportunidades para que mujeres y hombres puedan conseguir un trabajo productivo, con un ingreso justo, seguridad en el lugar de trabajo y protección social para sus familias”. Lo que ocurre es que eso que debería ser la norma se ha convertido en la excepción. Lo que falta no es compromiso de las nuevas generaciones, sino empleos dignos.

El problema, además, no es exclusivo de la juventud. En Estados Unidos, la llamada Great Resignation -o “gran dimisión”- puso de manifiesto que millones de personas trabajadoras de todas las edades abandonaban sus puestos en masa tras la pandemia. Según la Oficina de Estadísticas Laborales de ese país, solo en 2021 renunciaron a sus empleos más de 47 millones de personas. Las razones no diferían mucho de las señaladas por las y los jóvenes: salarios insuficientes, ausencia de reconocimiento, cargas de trabajo inasumibles. En el contexto europeo, la aspiración muy extendida a jubilarse anticipadamente, incluso en sectores considerados vocacionales o estables como la universidad pública, es otro síntoma del mismo malestar estructural: demasiados empleos no se viven como espacios de realización, sino como desgaste continuo del que se busca escapar lo antes posible.

Distintas voces críticas han tratado de pensar este fenómeno en clave más profunda. David Graeber, en su ensayo de 2013 On the Phenomenon of Bullshit Jobs: A Work Rantdescribía la proliferación de “trabajos de mierda”: ocupaciones que ni quienes las desempeñan consideran útiles, pero que sostienen un engranaje productivo burocrático y alienante. Mucho antes, las sociólogas y economistas feministas (como María Ángeles Durán, Cristina Carrasco, Teresa Torns, Nancy Fraser o Silvia Federici), llevaban décadas advirtiendo de la obsesión productivista que invisibiliza el trabajo de cuidados, hace imposible la conciliación y coloca la vida al servicio del mercado, en lugar de lo contrario. Otras corrientes apuntan proponen desmercantilizar amplias esferas de nuestra existencia y reducir el peso del trabajo asalariado mediante políticas de renta básica universal o explorando horizontes de decrecimiento que permitan valorar más el tiempo libre, la cooperación comunitaria y el bienestar colectivo.

Ahora bien, no se trata solo de reclamar empleos más dignos en términos salariales o de conciliación, sino de cuestionar la naturaleza misma de los trabajos que organizan nuestras sociedades. ¿Qué sentido tiene sostener actividades laborales que, para justificarse, dependen del consumo masivo e insostenible de bienes de corta vida útil? ¿Qué futuro podemos esperar de sectores que prosperan a costa de la degradación ecológica, del agotamiento de recursos y de la aceleración de la crisis climática? Necesitamos empleos que respondan a necesidades humanas reales, que fortalezcan el tejido social y comunitario, y que lo hagan sin exigir para su mantenimiento el consumismo desaforado ni hipotecar el planeta.

Todo ello apunta, necesariamente, a un horizonte distinto: la reducción significativa del tiempo dedicado al empleo asalariado, acompañado de una redistribución de las horas de trabajo socialmente necesarias. Liberar tiempo para dedicarlo a actividades cívicas, voluntarias, de cuidado mutuo, o simplemente a prácticas autotélicas (es decir, realizadas por el valor intrínseco de hacerlas, como el arte, el aprendizaje o el deporte), no es una utopía inalcanzable, sino una condición de posibilidad para sociedades más justas y sostenibles. Solo un modelo económico que combine sostenibilidad ecológica con una reorganización radical del tiempo puede abrir paso a formas de vida menos alienadas y más plenas.

Desde esta perspectiva, la alta rotación laboral de la generación Z no debería interpretarse como un defecto moral, sino como un síntoma que nos alerta. Son las condiciones estructurales del mercado de trabajo las que fallan, no las personas que se niegan a adaptarse a ellas. El reto no está en “aguantar” empleos precarios y alienantes, sino en transformar el marco en el que se producen: salarios justos, flexibilidad real, cultura corporativa basada en el cuidado, el respeto y el desarrollo humano. Dicho de otro modo, el debate no es generacional, es estructural y político.

En lugar de culpabilizar a quienes se marchan, como hacen las patronales con su cantinela sobre el "absentismo", deberíamos agradecer que visibilicen con su decisión lo que tantas veces se naturaliza: que millones de empleos actuales no ofrecen un horizonte vital deseable. Y que lo que necesitamos, más que nunca, es reimaginar el empleo, no como obligación sacrificada al engranaje económico, sino como parte de un proyecto social que permita a las personas vivir con dignidad, seguridad y sentido.

viernes, 1 de noviembre de 2024

Estuve aquí y me acordé de nosotros

Anna Pacheco
Estuve aquí y me acordé de nosotros: Una historia sobre turismo, trabajo y clase
Anagrama, 2024

"Lo radical es, pues, pensar que las limitaciones ecológicas nos llevarán a otro tipo de descanso que pasa inevitablemente por movernos menos. Si no queremos que nos hagan la utopía de la multinacional (ni la utopía turística, que es exactamente la misma), tenemos que empezar a pensar cómo trabajamos menos para estar menos cansados y qué otras cosas podemos hacer cuando no estamos trabajando. Construir, en definitiva, alternativas a un consumo desesperado, de evasión".

 
Anna Pacheco firma una investigación sobre las condiciones laborales y sociales de las personas que trabajan en hoteles de lujo y semilujo, explorando la brecha que existe entre lo que estos establecimientos ofrecen a sus clientes y las realidades de quienes los sostienen con su trabajo diario. Una crítica profunda sobre cómo el turismo de lujo, en lugar de ser una vía de prosperidad, genera un sistema de explotación laboral que perpetúa las desigualdades y encierra a muchos trabajadores en la precariedad. El turismo como encarnación perfecta de lo peor del capitalismo.

Mediante entrevistas, observaciones y análisis de las estructuras de poder en la industria hotelera, la autora documenta la vida de camareras, cocineros, recepcionistas y otros trabajadores invisibilizados, quienes, a pesar de las exigencias del sector y de sus entornos de trabajo opulentos, experimentan largas jornadas, contratos temporales y bajos salarios. La autora destaca cómo el bienestar y los caprichos de los turistas contrastan con la precariedad de quienes, en muchos casos, no pueden disfrutar de los beneficios de una vida digna en los mismos destinos que enriquecen con su esfuerzo.

La investigación de Anna Pacheco revela también cómo esta realidad no solo afecta la economía de los trabajadores, sino también su identidad y sus relaciones, donde el turismo de lujo redefine sus barrios y su acceso a los espacios públicos. Esto pone de relieve una desigualdad estructural que limita el acceso de las clases trabajadoras a los beneficios del desarrollo turístico en su propio territorio. La autora logra equilibrar una rigurosa etnografía con una narrativa empática y accesible, que permite al lector acercarse a la realidad de los trabajadores sin romantizar su situación, sino mostrando los efectos y contradicciones de un sistema que, mientras promete exclusividad a sus clientes, se sustenta en condiciones laborales desiguales. Pero que también coloniza los deseos de todas y de todos, que llevamos la marca del turismo grabada a fuego en nuestra identidad: "explotados explotando una vez al año".

Estuve aquí y me acordé de nosotros es un trabajo valioso y necesario para comprender las consecuencias del turismo de lujo en las vidas de las clases trabajadoras. Anna Pacheco no solo documenta las condiciones de explotación en el sector, sino que también abre un espacio de reflexión sobre las políticas turísticas y sus implicaciones sociales. Su obra es una contribución significativa al análisis crítico de la industria turística y una llamada a visibilizar y dignificar el trabajo que sostiene este modelo. Y que deja, tras su lectura, "la impertinente pregunta: y tú, ¿qué harás las próximas vacaciones?".

viernes, 31 de diciembre de 2021

No puedo más: Cómo se convirtieron los millenials en la generación quemada

Anne Helen Petersen
No puedo más: Cómo se convirtieron los millenials en la generación quemada
Traducción de Lucía Barahona
Capitán Swing, 2021 

"Reconocer el agotamiento es muchas veces reconocer que las cosas con las que uno llena su día -con las que llena su vida- resultan irreconocibles frentte al tipo de vida que en verdad se quiere vivir y el significado que se le quiere dar. Por eso el problema de estar quemados va mucho más allá que el mero hecho de ser adictos al trabajo. Es una alienación del yo y del deseo. Si sustraemos nuestra capacidad de trabajo, ¿quiénes somos? ¿Hay un yo que desenterrar? ¿Sabemos lo que nos gusta y lo que no cuando nadie nos mira, cuando no existe un agotamiento que nos obligue  a elegir el camino que ofrezca una menor resistencia? ¿sabemos movernos sin desplazanos siempre hacia delante?".


Este es un libro en el que se reconocerán muchas, muchísimas personas jóvenes, "acondicionad[a]s para la precariedad". No solo las y los millennials a los que se refiere la autora y cuya experiencia, que es la suya, constituye el tema del libro. Se considera que forman parte de la generación millennial las personas nacidas entre 1981 y 1993 a 1997, según versiones; son las hijas e hijos de la generación boomer.  Son esas personas de las que se dice que, excelentemente formadas, vivirán peor que sus madres y padres. Evidentemente, manejamos un concepto de generación que tiene mucho de generalización: hay millennials como Marta Ortega, nacida en 1984, que leerían el libro de Anne Helen Petersen como una obra de ficción.

Para Petersen, las y los milleninials como ella comparten una experiencia vital de desgaste que va más allá del mero agotamiento: "Agotamiento significa llegar al punto de no poder seguir; desgaste significa alcanzar ese punto y obligarte a continuar, ya sea durante días, semanas o años". Socializadas en una cultura del mérito, el potencial individual, la competencia y el emprendimiento, sufren una insoportable gestión por estrés; sometidas a una doctrina del shock personalizada, corporeizada, la totalidad de su existencia se ve secuestrada por la voracidad de un capitalismo 24/7 que desprecia todas las vidas y toda la vida que no pueda reducirse a mercancía.
 
Pero la precariedad como nueva normalidad laboral y vital viene de lejos. No es algo que sucedió, como escribe la autora, "a finales de la década de 2010". Llevo años recomendando en mis clases la lectura del libro del economista David Anisi Creadores de escasez: del bienestar al miedo (Alianza editorial, 1995), con su magistral e iluminador inicio:

"Debo comenzar recordándome a mi mismo, y también a ti lector occidental, que en el caso de que el que lea estas páginas tenga alrededor de veinte años su memoria personal sólo podrá referirse a tiempos de crisis.
Ese lector estará acostumbrado a convivir con el desempleo, con la marginación y la pobreza. Un trabajo fijo será para él una meta imposible, y probablemente ya habrá trabajado por cuenta ajena sin ningún tipo de contrato legal. Sabrá que conseguir una vivienda es algo que de momento no puede plantearse, y no se extrañará cuando vea cómo se privatiza la educación y la sanidad. Estará tan acostumbrado a los 'vigilantes jurados' que no verá en ellos la privatización, también, de parte de lo que fue un importante servicio público.
No se escandalizará cuando se hable de 'flexibilizar el mercado de trabajo', puesto que él ya se encuentra suficientemente 'flexibilizado' desde que tiene uso de razón. Y cuando oiga hablar de los problemas de las pensiones de jubilación le parecerá simplemente que el tema no va con él.
Voy a tratar de contar aquí, a ese lector que las cosas no fueron así siempre. Que, como saben aquellos otros lectores que estén en los cuarenta, hubo una época en la que no se tenía miedo al paro ni miedo tampoco a no cobrar en su momento la jubilación, ni a que los hijos no tuvieran acceso a la educación o a la sanidad"
.

Escrito hace veintiseis años, Anisi nos invitaba a retroceder veinte años más, hasta el inicio de la década de los ochenta, para fechar el inicio de la gran trasformación que destruyó la norma social de empleo de posguerra, dando paso a la era de la precarización (aquí, aquí, aquí y aquí).

Además de su escritura ágil y encarnada, destaco dos grandes virtudes del libro de Anne Helen Petersen. La primera, su perspectiva de cambio, su mirada esperanzada; es posible dar la vuelta a la situación:
 
"Muchas de nuestras mejores intenciones, de nuestro yo más curioso, creativo y compasivo, están ahí, bajo la superficie de nuestras vidas, más cerca de lo que pensamos. Para hacerlas realidad solo necesitamos espacio, tiempo y descanso".

La segunda, su denuncia de la falacia de las soluciones individuales y su énfasis en las estrategiuas colectivas, entre las que la autora destaca la relevancia de las organizaciones sindicales: 

"A pesar de lo mucho que pueda intimidarnos, debemos recordar que cualquier truco vital de fácil implementación o cualquier libro que prometan ayudarnos a solucionar nuestra vida son solo formas de prolongar el problema. La única manera de avanzar es crear un vocabulario y un contexto que nos permitan vernos con claridad a nosotros mismos y ver los sistemas que han contribuido a nuestro desgaste".

Porque sí, millennial: no eres tú, es el sistema.

jueves, 7 de octubre de 2021

Por un salario mínimo holgado

El pasado 11 de septiembre el diario El País publicaba una entrevista con Denis Pennel, Director General de la Confederación Mundial del Empleo, organización heredera de la anterior Confederación Mundial de Empresas de Trabajo Temporal. En el transcurso de la entrevista, Pennel señalaba lo siguiente: “Debe haber un salario mínimo justo que permita al trabajador vivir de él. Si con él ni siquiera puede alquilarse un piso eso genera un problema social. Pero al mismo tiempo hay que tener cuidado, porque si el salario mínimo es muy alto muchas compañías pueden verse ante la situación de no poder seguir adelante y que se destruya empleo. Hay que encontrar un equilibrio entre estas dos situaciones”.

Esta es la formulación canónica mediante la que el mundo empresarial y una parte muy relevante de la ciencia económica plantea su posición ante el salario mínimo: “Si, pero”. Una posición similar es la que expresó el por entonces ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, José Luis Ábalos, cuando dijo aquello de que “siempre he defendido que [la vivienda] es un derecho, pero no ignoro que es un bien de mercado también”. El problema es la jerarquía de bienes, la prelación entre una y otra cosa. Y suele ocurrir que la conjunción adversativa “pero” actúa como fiel de balanza, de manera que lo que la precede tiene mucho menos peso que lo que la sucede (como en la frase “yo no soy racista, pero…”).

En el caso del salario mínimo lo que ese “pero” encubre y conviene explicitar es lo siguiente: que si para que una empresa pueda crear o mantener los empleos necesarios para funcionar tiene que ofertar salarios que no permitan a la trabajadora o al trabajador vivir de ellos, habrá que asumirlo. ¿Por qué no decirlo así? Venga, anímense los defensores del salario mínimo condicionado a la viabilidad de las empresas: afirmen sin tapujos que, si hay que pagar salarios que no permiten a las trabajadoras y a los trabajadores vivir de ellos para que una empresa funcione, habrá que asumirlo. ¿De verdad?

Me niego a aceptar el marco que esta formulación canónica pretende hacer pasar por natural. La actividad económica puede y debe supeditarse a los derechos humanos (recordemos el artículo 23.3 de la Declaración Universal), pero ningún derecho humano debería supeditarse a las exigencias económicas.

Economía política de la esclavitud

Perdices de Blas y Ramos Gorostiza firman un interesante artículo en el que analizan el debate económico sobre la esclavitud planteado en Europa en el siglo XIX. “Evidentemente –aclaran-, examinar la esclavitud desde un punto de vista estrictamente económico equivale a discutir aspectos tales como su coste relativo frente al trabajo libre, su eficiencia, su impacto en el modelo productivo, la innovación y las posibilidades de especialización, o su posible relación con políticas comerciales concretas”. Evidentemente. Cada mirada sobre la realidad presenta sus sesgos y puntos ciegos e impone su propia y limitada lógica, y esto es especialmente cierto cuando esa mirada se presenta como “estricta”, es decir, como única mirada. De igual manera podría decirse que examinar la esclavitud desde un punto de vista “estrictamente securitario”, desde la lógica del control de la población esclava y la evitación de conflictos y revueltas, equivale a discutir aspectos tales como el uso más eficiente de la violencia, la oportunidad de los castigos ejemplares, el nivel de temor que conviene inocular en la población esclava para evitar que se rebele, etc.

Pero volvamos al artículo. Resulta que los economistas de los siglos XVIII y XIX apenas prestaron atención a la esclavitud, a pesar de su importancia en las sociedades europeas y en sus colonias, “tal vez porque se consideraba que ello no valía la pena: el sentido común parecía sugerir que –dadas las hondas raíces históricas de dicha institución y lo lucrativo del tráfico negrero- debía tratarse, en todo caso, de una opción productiva evidentemente beneficiosa para quien la adoptaba”. La propia normalización social de la institución esclavista inhibía su evaluación económica, lo que nos indica la profunda interconexión que existe entre el análisis económico y las circunstancias sociales en las que se realiza. Y resulta, también, que cuando algunos economistas empezaron a estudiar la esclavitud y, como consecuencia de sus investigaciones, se acumulaban las pruebas de la falta de sentido económico de la misma, siguió habiendo economistas que defendían su continuidad porque, aun aceptando en términos generales su ineficiencia en comparación con el trabajo libre, “sí podía resultar rentable para los propietarios individuales”.

Aunque no oculto una cierta intención provocadora, no pretendo establecer analogía ninguna entre la esclavitud y la oposición al salario mínimo o a su mejora. Pero sí me permito llamar la atención sobre tres características estructurantes del pensamiento económico que, a la manera de las retóricas de la intransigencia magistralmente desveladas por Albert O. Hirschmann, pueden identificarse tanto en aquel debate sobre la institución esclavista como en la actual discusión sobre la conveniencia o no de un salario mínimo que, sencillamente, permita a quienes lo reciben evitar la pobreza: la aproximación “estrictamente” económica, olvidando que la economía es una ciencia social, que el mercado de trabajo es una institución social (Solow) y que ningún economista es solo economista (Samuel Bentolilla ha reflexionado a este respecto); la preocupación por el objeto de debate solo cuando se propone una mejora en las condiciones del mismo; la búsqueda de casos particulares que puedan justificar el mantenimiento de la situación, su no mejora.

Economía política del salario mínimo

En un libro ya clásico, titulado precisamente Economía política de la esclavitud, Eugene D. Genovese distinguía entre la perspectiva de la “economía política de la esclavitud” y la que se ocupa de estudiar “los aspectos económicos de la esclavitud” para afirmar que la primera no se limitaba a tomar en consideración la economía o la historia económica del esclavismo (como hace la segunda perspectiva), sino que se fijaba en la dimensión “civilizatoria” que una institución, en este caso la esclavitud, puede tener sobre una determinada sociedad, en su potencial configurador, definidor de la totalidad social. En sus palabras: “La esclavitud dio al Sur un modo de vida especial por cuanto estableció las bases indispensables para asentar un orden social regional en el cual el sistema de trabajo esclavista pudo dominar a todos los demás”.

Aceptar que centenares de miles de trabajadoras, sobre todo, y trabajadores, tengan retribuciones iguales o inferiores al SMI, tiene un potencial configurador que debería preocuparnos, ya que convierte en normal la precariedad laboral. Hablamos de una de cada cuatro mujeres empleadas y del 11 por ciento de los hombres (según la Encuesta Anual de Estructura Salarial del año 2019). Debería preocuparnos porque, en realidad, el llamado salario mínimo es un salario ínfimo, insuficiente para que una persona pueda llevar una vida desahogada. A este respecto sorprende que, por más complicaciones metodológicas que plantee, no dispongamos de una aproximación consensuada que nos permita responder a la pregunta de cuánto cuesta vivir en España.

Sí sabemos, gracias al Àrea Metropolitana de Barcelona, que en 2020 una persona que habitara en Barcelona o en su conurbación necesitaba ingresar, de media, 1.322,52 euros al mes para cubrir sus necesidades básicas (y que una de cada tres personas que la habitan tenían un sueldo inferior a esa cantidad). También sabemos, según una encuesta a más de 1,7 millones de personas de 164 países realizada en 2018, que los ingresos considerados necesarios para disfrutar de bienestar emocional se movían en un intervalo de entre 49.000 y 61.200 euros por persona al año. Cifras muy dispares que, en cualquier caso, son sensiblemente superiores al actual SMI mileurista.

¿Podemos seguir discutiendo sobre el SMI sin acordar, previamente, cuál es el coste económico de una vida decente (es decir, de una vida sin humillaciones institucionales) en España?

De la suficiencia a la holgura

He dicho que el salario mínimo debería permitirnos llevar una vida desahogada, sí. En un libro imprescindible, Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir demuestran que los problemas de escasez (de dinero o de tiempo) no se resuelven con estrategias de “mínimos” ni en el marco de la mera  “suficiencia”. La escasez, vivir con poco, con lo justo, vivir al día, “tener menos de lo que se percibe como necesario”, tiene efectos demoledores sobre la mente humana, sobre nuestra forma de pensar y de actuar; captura nuestra atención, altera nuestra experiencia. La escasez de un determinado recurso reduce nuestra capacidad cognitiva haciendo que nuestro cerebro se enfoque de manera casi obsesiva en una sola cosa: aquella de la cual carecemos. Este mecanismo es denominado “efecto túnel”: la mente se orienta de manera automática y poderosa hacia las necesidades insatisfechas. En concreto, estos investigadores comprobaron que aumentar las preocupaciones financieras de las personas perjudicaba su desempeño cognitivo incluso más que los estados de privación de sueño; las personas pobres eran más impulsivas y tomaban peores decisiones que aquellas que no se encontraban en escenarios de carencia. Los efectos observados correspondían a entre 13 y 14 puntos del coeficiente intelectual, comparables a dejar de dormir una noche o a los efectos del exceso de alcohol.

Evitar la trampa de la escasez -advierten Mullainathan y Shafir- requiere más que abundancia, requiere de holgura: “Requiere suficiente abundancia de modo que, incluso después de gastar demasiado o dejar los asuntos para más tarde, sigamos teniendo suficiente holgura para poder administrar la mayoría de las crisis; suficiente abundancia para que incluso después de dejar para más tarde muchas tareas tengamos todavía suficiente tiempo para cumplir con una fecha limite inesperada. Mantenerse fuera de la trampa de la escasez requiere suficiente holgura para tratar con las crisis que trae el mundo y los problemas que nosotros mismos nos imponemos”.


De manera que sí, por supuesto, sin duda: estoy a favor de incrementar el SMI y de continuar aumentándolo hasta que garantice a sus perceptoras y perceptores no solo suficiencia, sino holgura.


Publicado en el boletín de "Noticias de Política Económica", nº 33, septiembre 2021.



jueves, 6 de mayo de 2021

«El empleo de hoy se parece más a Uber que a los Altos Hornos»

«El empleo de hoy se parece más a Uber que a los Altos Hornos»

El experto en movimientos sociales analizará la precariedad del mercado laboral esta tarde en el Aula San Pablo de la Diócesis

 

Zubero considera que, aunque hay propuestas para terminar con la precariedad sobre la mesa, no hay voluntad de llevarlas a cabo. / PEDRO URRESTI
 
JUDITH ROMERO

El doctor en Sociología y profesor titular de la UPV/EHU Imanol Zubero (Alonsotegi, 1961) es experto en movimientos sociales, sindicalismo, voluntariado, violencia y política. Exsenador socialista en Bizkaia y promotor de Gesto por la Paz, este miércoles a las 19.00 reflexionará sobre el ámbito laboral en la charla 'Precariedad y propuestas de futuro', organizada por la Hermandad Obrera de Acción Católica de Vitoria. El encuentro tendrá lugar en el Aula San Pablo de la Diócesis y también podrá seguirse online previa inscripción.

–¿Ha acentuado la pandemia la precariedad del empleo?

–Sí, pero la reflexión debe ser a largo plazo. También nos preocupamos mucho con la gran recesión de 2008, pero el empleo como mecanismo de integración viene debilitándose desde los 80. Se pasó de su concepción como una actividad estable a algo precario y flexible. Cuando a un cuerpo frágil lo golpea una gripe, el impacto sobre su salud es aún mayor.

–¿Qué provocó ese cambio?

–La reducción de costes creció con modelos como el toyotismo o el 'just in time'. Los almacenes llenos de stock dejaron de existir, pero el coste humano seguía siendo más difícil de modificar. Se empezó a gestionar el trabajo humano como los tornillos. La gran huelga general del 88 de los sindicatos contra Felipe González se produjo por un plan de empleo juvenil que buscaba flexibilizar sus condiciones de contratación, algo inaceptable en ese momento. A partir de ahí se ha ido a modelos más flexibles y se ha debilitado la capacidad de defensa y resistencia de sindicatos y trabajadores.

–¿Se ha acostumbrado la sociedad a estas nuevas condiciones?

–Absolutamente, hemos normalizado la precariedad. Cuando preguntas a un joven sobre su futuro laboral lo ve incierto. Antes hacías algo que te gustaba por vocación y eso configuraba una carrera profesional. Si te mantenías en el tiempo mejorabas tu estatus laboral. Pero hoy las carreras son fragmentarias, la gente estudia asumiendo que tal vez tenga que trabajar en otra cosa. La gente nacida a partir de los 90 ha tenido que asumir una vivencia laboral flexible y precaria.

–¿Qué consecuencias tendrá su situación laboral en el futuro?

–El modelo laboral tradicional tenía sus elementos oscuros. Era masculino, patriarcal, lesivo para el medio ambiente, hacía que las mujeres se retiraran del empleo... pero permitía mantener a toda la casa con un único sueldo industrial. No era la panacea pero los tiempos de ocio y trabajo estaban pautados y se podían configurar familias, consumos e ideologías. El trabajo era un perchero estable del que colgar lo demás, pero hoy no se puede colgar nada en él. El trabajo precario precariza la vida y cada vez existe una menor afección a quienes gestionan lo público. Se considera que no pueden garantizar los derechos básicos de la gente. Los empleos estables, que la gente tenga una vida que vivir con cierta tranquilidad, son vacunas contra el extremismo, pero estamos viviendo un retroceso a épocas que ya estaban superadas.

– Un gran porcentaje del salario se destina a la vivienda. ¿Es el momento de regular el alquiler?

–Entre los 50 y los 80, en los años gloriosos, el salario garantizaba la vivienda, los estudios y la salud. Hoy los sueldos son más escasos y muchas personas trabajan como autónomos cobrando por proyectos. Si el salario directo no es suficiente para el acceso a la vivienda habrá que recuperar prestaciones sociales y políticas públicas que lo permitan. Sin ingresos estables tampoco hay derechos de jubilación.¿Qué va a ser del futuro cuando las pensiones sean tan malas? En Euskadi ya lo estamos viendo con la RGI. Es escandaloso que tanta gente la cobre como complemento a la jubilación y que el 20%de quienes la perciben esté trabajando pero se encuentre por debajo del umbral de la pobreza.

–¿Pasa la solución por incrementar los impuestos a las empresas?

–El economista Thomas Piketty lo explica bien. Donde mejor funcionó la economía entre los 50 y 80 fue donde los impuestos eran altísimos y las empresas estaban localizadas, como en Estados Unidos.Lejos de un hándicap al emprendimiento supuso construir políticas públicas potentes. Pero la revolución neoliberal de los 80 nos ha cambiado el marco.

–¿Cómo desprecarizar el trabajo entonces?

–Hay que legislar a favor del empleo y apretar las tuercas al capital especulativo que desequilibra las cifras, como los fondos de inversión o tecnológicas como Amazon o Google. ¿Por qué no se nos ocurrió utilizar los ERTE en crisis anteriores? También están las medidas de reparto del trabajo, como la propuesta de Más País para semanas laborales de cuatro días, o medidas como la Renta Básica Universal. Hay cantidad de propuestas sobre la mesa pero falta voluntad y, al final, el empleo de hoy es precario y se parece más a Uber que a Altos Hornos.

viernes, 13 de noviembre de 2020

País nómada: supervivientes del siglo XXI

Jessica Bruder
País nómada: supervivientes del siglo XXI
Traducción de Mireia Bofill Abelló
Capitán Swing, 2020

"En la brecha cada vez más ancha que separa el debe del haber se perfila una pregunta: ¿A qué partes de nuestra vida estamos dispuestos a renunciar para poder seguir viviendo? [...] Este mes, ¿te saltarás alguna comida? ¿Irás a urgencias en vez de a tu médico? ¿Aplazarás el pago de la deuda acumulada en tu tarjeta de crédito con la esperanza de que no la pasen a cobro ejecutivo? ¿Dejarás de pagar las facturas del gas y la electricidad, cruzando los dedos para que no te corten la luz y no quedarte sin calefacción? ¿Dejarás que se acumulen los intereses de tu crédito estudiantil y sobre los plazos del coche con la esperanza de encontrar más adelante la manera de ponerte al día? Estas indignidades ponen de relieve una pregunta más significativa: ¿A partir de qué momento unas alternativas imposibles comienzan a destruir a las personas y a una sociedad?".

 

Dos males contemporáneos, la precariedad y temporalidad en el empleo, y la cada vez mayor dificultad para sostener el coste de alquilar o comprar una vivienda, confluyen para provocar una estrategia de supervivencia que ejemplifica a la perfección la exigencia de buscar "soluciones biográficas a contradicciones sistémicas" (Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim, La individualización. El individualismo institucionalizado y sus consecuencias sociales y políticas, Traducción de Bernardo Moreno, Paidós, 2003, p. 31). Si el acceso a una vivienda es imposible y los únicos empleos que se ofertan son temporales, ¿podría ser una solución cambiar el hogar por una caravana, con la que perseguir los empleos de temporada a lo largo y ancho del país?

La periodista Jessica Bruder ha investigado durante tres años un fenómeno nuevo, por ahora exclusivamente estadounidense, pero que permite visibilizar procesos de fondo que configuran un horizonte común para todas las sociedades capitalistas: la normalización de la precariedad laboral y vital.

"Vistas de lejos, en muchos casos sería fácil confundirlas con despreocupadas o despreocupados caravanistas jubilados. Cuando ocasionalmente se regalan una sesión de cineo una cena, no estacan entre el resto de comensales. Por su aspecto y sus ideas, son mayoritariamente gente de clase media. Lavan la roma en lavanderías de autoservicio y se apuntan a gimnasios para poder usar las duchas. En muchos casos, se lanzaron a la carretera cuando la gran recesión consumió sus ahorros. Para llenar el estómago y el depósito de gasolina, trabajan duramente largas jornadas en pesadas tareas manuales. En una época de salarios estancados y aumento del coste de la vivienda, se han liberado de los grilletes del alquiler y las hipotecas como una estrategia para ir tirando. Son supervivientes".

Vistas de lejos, tal vez. Pero vistas de cerca, como hace Bruder, nos encontramos con mujeres y hombres de más de sesenta años y hasta de más de ochenta, que ya deberían gozar de una merecida jubilación tras haber trabajo toda su vida en una sucesión de empleos de lo más variados (camarera, profesor de química en un instituto, acupuntora, minero, cartera, contratista de obras, empleada del servicio de atención telefónica de la Agencia Tributaria, cuidadora en un centro de tratamiento de lesiones cerebrales traumáticas o taxista), empleos que nunca les han aportado un mínimo de seguridad económica. En ocasiones, una enfermadad grave o un divorcio han sido la puntilla. Working poors, pobres con trabajo que han acabado deambulando por las carreteras "al ver que apenas ganaban lo suficiente para cubrir el coste de alquiler o los plazos de una hipoteca después de trabajar jornadas agotadoras en empleos sin aliciente que consumían todo su tiempo, sin ninguna perspectiva de mejora a largo plazo ni la esperanza de poder llegar a jubilarse algún día". En su diversidad, cada una y cada uno con su propia historia, la autora los percibe "como un microcosmos de una catástrofe nacional", como "una muestra de todos los desastres económicos que han afectado a la población estadounidense en los últimos decenios".

Amazon, una de las principales empresas beneficiarias de este ejército laboral de reserva sobre ruedas, tiene incluso un programa denominado CamperForce para reclutar trabajadoras y trabajadores itinerantes. La propaganda es luminosa, dan ganas de apuntarse y convertirse en "workcamper". Pero la realidad es bien distinta:

"El personal trabaja en turnos de 10 horas o más, durante las cuales puede llegar a recorrer más de 20 kilómetros sobre suelos de cemento mientras se acuclilla, se agacha, se inclina, alarga el brazo o se encarama para identificar, seleccionar y colocar en cajas las mercancías. Pasadas las Navidades, cuando cesa la avalancha de pedidos y Amazon ya no necesita al equipo de campistas, les rescinde sus contratos. Los trabajadores y trabajadoras temporales se marchan, formando lo que los directivos de la empresa describen jovialmente como un 'desfile de faros traseros'".

Pesadas jornadas de trabajo soportadas solo gracias al continuo consumo de analgésicos y antiinflamatorios como el ibuprofeno: "Me tomo cuatro por la mañana antes de salir para el trabajo y otros cuatro cuando regreso por la noche", confiesa una de las personas entrevistadas por Bruder. Y si se les terminan las reservas, no hay problema: "Amazon tenía dispensadores automáticos adosados a las paredes del almacén, donde podían obtener gratuitamente analgésicos de venta libre sin receta".

También son una mano de obra imprescindible para la recolección de frambuesas en Vermont, de manzanas en Washington y de arándonos en Kentucky; para controlar los accesos en los circuitos de carreras de NASCAR o para atender puestos de franquicias en los espectáculos de rodeo o en la Super Bowl; como vigilantes durante el verano de las zonas de acampada de los parque nacionales más visitados o como personal de las atracciones turísticas más destacadas del país; o para detectar fugas en las conducciones de gas. Son la perfecta mano de obra precaria para unas empresas que solo quieren personal estacional; su permanente movilidad, además, las imposibilita para organizarse sindicalmente.

Aunque algunas de estas personas intentan, y a veces consiguen, construir comunidades nómadas, encuentros temporales, con los que construyen y mantienen redes de apoyo mutuo, compartiendo conocimientos sobre técnicas de reparación de automóviles, montaje de placas solares y tuneo de furgonetas, o información sobre ofertas de empleo o lugares propicios para acampar. También se sirven de internet para mantener la conexión. Incluso han llegado a desarrollar un discurso y una identidad como "objetores de conciencia frente a un orden social corrupto en descomposición".

Pero, en general, predomina una imagen de inestabilidad vital, de explotación laboral, de creciente exclusión social.

"Pronto llegará el invierno y comenzarán los despidos habituales en los empleos de temporada. Las y los nómadas desmontarán el campamento y regresarán a su verdadero hogar: la carretera. Volverán a circular como góbulos sanguíneos por las venas y las arterias del país. Se pondrán en marcha en busca de amistades o familiares, o simplemente de un lugar donde no haga frío. En algunos casos, cruzarán todo el continente. Todas y todos contarán los kilómetros que se irán desplegando como un rollo de película. Cantinas de comida rápida y centros comerciales. Campos dormidos bajo la escarcha. Concesionarios de automóviles, megaiglesias y cantinas abiertas toda la noche. llanuras uniformes. Corrales de engorde, fábricas desocupadas, arcelaciones y grandes bloques de almacenes. Montañas nevadas. Los paisajes  que flanquean la carretera se van sucediendo a lo largo del día y mientars cae la noche, hasta que les vence la fatiga. Con ojos soñolientos, buscan un lugar donde detenerse a descansar. En los aparcamientos de los grandes hipermercados Walmart. En las calles tranquilas de los barrios del extrarradio. En las áreas de descanso para camiones, acunados por el ronroneo de motores ociosos. Luego, de madrugada -antes de que nadie advierta su presencia-, vuelven a la carretera. Siguen adelante, reconfortados por una certeza. Un aparcamiento es el único espacio libre y gratuito que aún queda en Estados Unidos".

Podría haberlo escrito Steinbeck. Un libro impresionante, cuya lectura recomiendo sin dudar.

El libro le ha servido a la directora Chloé Zhao para realizar su película Nomadland, galardonada con el León de Oro en el Festival de cine de Venecia de este año y protagonizada por esa excepcional actriz que es Frances McDormand. 

martes, 24 de septiembre de 2019

Recursos inhumanos

Pierre Lemaitre
Recursos inhumanos
Traducción de Juan Carlos Durán Romero
Debolsillo, 2018
Penguin Random House, 2017


Me llamo Alain Delambre y tengo cincuenta y siete años. Soy un directivo en paro.
Llevo cuatro años en paro. Hará cuatro años en mayo (el 24 de mayo, me acuerdo bien de la fecha).
Como este empleo no basta para llegar a fin de mes, adonde llegamos a veces bastante apurados, me dedico a otras cosillas aquí y allá. Transportar cajas, embalar con plástico de burbujas, repartir publicidad… También algunos trabajos de temporada. Hace dos años que hago de Papá Noel en Trouv’tout, un supermercado especializado en electrodomésticos de ocasión. No siempre le cuento a Nicole lo que hago, porque le dolería. Multiplico las excusas para justificar mis ausencias. Como es más difícil cuando se trata de un trabajo nocturno, me he sacado de la nada una pandilla de amigos en paro con los que se supone que me reúno para jugar a las cartas. A Nicole le digo que necesito relajarme.
Antes era director de recursos humanos en una empresa de casi doscientos empleados. Era responsable del personal, de la formación, controlaba los salarios y representaba a la dirección ante el comité de empresa. Trabajaba en Bercaud, una empresa de bisutería. Diecisiete años viviendo de perlas.
En cuatro años, a medida que mis ingresos se volatilizaban, mi estado de ánimo pasó de la incredulidad a la duda, después a la culpabilidad y, por fin, a una sensación de injusticia. Hoy lo que siento es cólera
.

Nos despertamos cuando suena el despertador y nos disponemos a iniciar un nuevo día de trabajo. Organizamos todo nuestro tiempo, personal y social, en torno al trabajo. Si nos preguntan “¿qué eres?” no respondemos “soy una buena persona” o “soy muy aficionado a la montaña” sino “soy profesora” o “soy albañil”. Consideramos población activa tan sólo a aquella en disposición de trabajar y población ocupada tan sólo a aquellas personas que tienen un empleo.

La Revolución francesa y su ambiciosa declaración de los derechos del ciudadano se convertirá en símbolo de un novedoso proyecto de vinculación social mediante el reconocimiento político: las sociedades modernas son concebidas como constituidas por la asociación de todos los ciudadanos que componen la nación, todos iguales, libres y fraternos. La Revolución industrial y la generalización de las relaciones sociales capitalistas va a proponer una forma de vinculación social mucho más prosaica y, tal vez por eso, más exitosa: la asociación de individuos que persiguen su propio interés, que necesitan a otros y son necesitados por otros.
De este modo se desarrolla una ética del trabajo que, con el paso del tiempo, va a teñir con sus principios la cultura moral de Occidente, sin distinción ideológica alguna, constituyendo una norma de vida basada en un principio fundamental: el trabajo es la vía normalizada para participar en esta sociedad basada en el quid pro quo. A través de nuestro trabajo nos mostramos útiles a los demás, conquistando así nuestro derecho a recibir de los demás aquello que necesitamos pero de lo que no podemos proveernos por nosotros mismos. El trabajo nos incorpora a esta inmensa red de intercambios que es la sociedad moderna. Eso sí: “Sólo el trabajo cuyo valor es reconocido por los demás (trabajo por el que hay que pagar salarios o jornales, que puede venderse y está en condiciones de ser comprado) tiene el valor moral consagrado por la ética del trabajo” (Bauman). El trabajo se ve reducido a lo que llamamos empleo.
El vínculo ciudadano, el vínculo de los derechos y las responsabilidades desarrollado entre todos los miembros de una comunidad moral, fue sustituido por el vínculo de las actividades productivas, por el trabajo para el mercado. El empleo se ha convertido así en el principal mecanismo de inclusión en las sociedades de mercado. La inmensa mayoría de los ciudadanos somos lo que trabajamos; más aún, somos porque trabajamos. De ahí el miedo que provoca la posibilidad de perderlo o de no encontrarlo. Junto con el empleo no sólo se nos va la fuente socialmente normalizada para participar en la riqueza. Cuando el paro entra por la puerta, la ciudadanía sale por la ventana.
La crisis de la sociedad salarial ha convertido en realidad cotidiana aquella que Hannah Arendt consideraba la peor de las situaciones que cabría imaginar: la perspectiva de una sociedad de trabajo sin trabajo. Los trabajadores sin trabajo se convierten así en ciudadanos sin ciudadanía, en “inútiles para el mundo”.

Pierre Lemaitre novela magistralmente las devastadoras consecuencias personales y familiares de esta crisis de la sociedad salarial y de la ética del trabajo sobre la que se asienta. Construida como un thriller pero angustiosamente realista, a medida que avanza la lectura asistimos al proceso de anulación de una persona que puso toda su confianza en el sistema de empresa y descubre que se trata de un sistema amañado. 

En el desenlace jugará un papel esencial un personaje presentado en las primeras páginas de la novela como un ser completamente derrotado por la vida:

...Charles. Curioso nombre para un hombre sin techo. Tiene un año menos que yo, es delgado como un fideo y bebe como un cosaco. Lo de sin techo es por simplificar, porque de hecho sí tiene techo. Y completamente cubierto. Vive en su coche, que lleva cinco años sin moverse. Él lo llama su «inmóvil home». A Charles le gustan este tipo de chistes. Lleva un reloj sumergible del tamaño de un plato con un montón de esferas y un brazalete verde fosforito. No tengo ni idea de dónde viene ni de qué le ha llevado a esa situación extrema, pero Charles tiene su lado curioso. Por ejemplo, no sabe cuánto tiempo estuvo inscrito en las listas de espera para obtener un piso de protección oficial, pero calcula con precisión el que ha pasado desde que renunció a renovar su solicitud. En el último recuento, cinco años, siete meses y diecisiete días. Lo que calcula Charles es el tiempo que ha pasado desde que perdió la esperanza de ser realojado. «La esperanza —dice levantando el índice— es una abyección inventada por Lucifer para que los hombres acepten su condición con paciencia». La frase no es suya, yo ya la había oído en otra parte. He buscado la cita, pero no la he encontrado. De todas formas, eso demuestra que, a pesar de esa pinta de borracho, Charles tiene cultura.

Pero tal vez por eso, por carecer de cualquier esperanza relacionada con el sistema económico y sus promesas, su papel en la historia va a ser tan importante... 

viernes, 1 de marzo de 2019

¿Trabajo Garantizado o Renta Básica?



REFLEXIÓN DE ENORME CALADO. Hasta Forocoches... No digo qué es lo que prefieren, para no influir en la valoración. 😀

AGRADECER LA PROPUESTA DE IU. Dio lugar a debates interesantísimos entre rentas mínimas, RBU y trabajo garantizado hasta la precampaña de 2015.

NO PLANTEARLAS COMO MEDIDAS PARA COMBATIR LA POBREZA. Unas políticas o unos servicios- sociales para pobres acaban siendo unos pobres servidos y unas pobres políticas. Se trata de medidas que deberían permitir la reconstrucción de derechos sociales y la desmercantilización creciente del mundo de la vida.

ARGUMENTOS QUE DEBEMOS DESCARTAR
La posibilidad de que la RBU pueda formar parte de un programa político de derechas o económico capitalista. Juan Torres: “La renta básica no es exclusivamente de izquierdas”; "La renta básica universal es anticapitalista pero también puede hacer másequitativo al capitalismo”. Lo mismo el TG. O pensemos en el "lepenismo deizquierdas".
Que la RBU no resuelve otros muchos problemas: brechas de género, desigualdad económica, consumismo, diferencia  norte-sur, etc.
Tampoco el TG.

No mezclar deseabilidad y factibilidad.
Esta es una cuestión que ya podemos despejar en este diálogo, pues Eduardo ya ha ya reconocido que se trata de "una medida potente, factible y muy efectiva para combatir la pobreza".
En la simulación para Gipuzkoa, un tipo único del 40,52% permite financiar la RB a 590.927 personas adultas y a 118.680 jóvenes, garantizando la recaudación del IRPF previa. Resulta un 62,6% de personas declarantes ganadoras: pagan más pero se ven compensadas por la transferencia de RB. Las personas ganadoras aumentan hasta el 74,7% cuando se añaden las que están a su cargo en la declaración, puesto que la RB es una transferencia individual.
è 7.902,0€ anuales (658,5 mees) / 1.580,4€ anuales las/os menores de 18 años (131,6 mes).

·         Todas las personas declarantes de las cuatro primeras decilas, las más pobres, son ganadoras.
·         La 5ª y 6ª decila (renta media de 20.142€ y 24.085€) contienen un 86% y 69% de personas declarantes ganadoras y un 14% y 31% de perdedoras.
·         En la 7ª decila (renta media de 28.653€), las personas perdedoras superan   las ganadoras, aunque pérdidas y ganancias son equivalentes (total y per cápita)
·         En la 8ª decila (renta media de 34.146€, las personas declarantes perdedoras son muy superiores.
·         En las dos últimas decilas (9ª y 10ª; renta media 41.553€ y 77.146€), las más ricas, todas son perdedoras.


EL DESAFÍO AL QUE NOS ENFRENTAMOS
Un endiablado círculo vicioso: crisis de la capacidad del empleo como integrador universal / crisis ecosistémica.
Lo planteaba El Roto: "La solución a la crisis es sencillísima: sólo hay que consumir más para reactivar la economía y consumir menos para no cargarnos el planeta".

ENTENDER LA CRISIS A LA QUE SE ENFRENTA EL EMPLEO:
·         Normalización de la precarización: norma social de empleo precario.
·         Proliferación de trabajos inútiles: bullshit jobs, trabajos de mierda según David Graeber.
·         Mercantilización de esferas originariamente cooperativas: uberización.
·         Salarización de todas las actividades humanas: sólo el necio confunde valor y precio (Machado).

MIS PRINCIPALES DIFERENCIAS CON LA PROPUESTA DEL TG
La idea de convertir en empleos (salarizar, mercantilizar) cantidad de trabajos que hoy no lo son: cuidado, reproductivos, voluntarios, cívicos, políticos... Tiene consecuencias. Cuando la lógica monetaria coloniza ámbitos. regidos por lógicas no mercantiles... Ésta cuestión es perfectamente analizada por André Gorz en Metamosfosis del trabajo, pp. 177-229.
Su fundamento "activador". Se trata de facilitar un empleo para toda aquella persona que quiera y pueda trabajar:
·         Seguirá habiendo personas que no puedan, con lo que habrá que mantener alguna política de garantía de rentas (con sus problemas de comprobación, seguimiento, revisión, fraude, sanción...). Porque habrá quienes digan que no pueden, pero la administración entenderá que en realidad no quieren.
·         Más importante: ¿qué hacemos con quienes efectivamente "no quieren"? Cuando se proponen sanciones para evitar "que los trabajadores menos cumplidores transiten entre el Trabajo Garantizado y las prestaciones por desempleo como si fueran esferas puramente intercambiables", incluyendo la posibilidad de excluir a esas personas del "derecho a percibir cualquier prestación económica" (A. Garzón y A. Guamán, coords., El trabajo garantizado, Akal, Madrid 2015, p. 134), ¿no estamos adentrándonos peligrosamente en formas de condicionalidad extremas? ¿Hay que merecer el derecho a vivir?
¿Y qué hay de los derechos laborales de las personas que desarrollen su actividad laboral en los programas de trabajo garantizado? Recordemos que uno de los argumentos normativos fundamentales para optar por el TG frente a la RBU es que "no tiene sentido que mantengamos inactivas a personas que pueden y desean trabajar mientras las necesidades de nuestros conciudadanos no estén cubiertas". No hablamos de empleos para producir bienes y servicios cubiertos por el mercado, más cerca de satisfacer deseos que necesidades. Se trata de trabajo socialmente útiles. ¿Y si entran en colisión los derechos laborales (p.e., huelga) y la cobertura de esas necesidades?
En el mismo sentido, ¿qué ocurre con las actividades del programa de trabajo garantizado cuando el sector privado reclama más empleados? ¿Simplemente dejarían de realizarse?

POR QUÉ APOYO LA RBU
Por su inclusividad: no excluye a nadie (más allá de la terrible exclusión que supone la membresía nacional).
Por su simplicidad: control mínimo, por tanto, arbitrariedad mínima.
Por su potencial desmercantilizador: derecho de ciudadanía, exactamente igual que el derecho a la salud, a la educación o al voto.
Por su conexión con procesos culturales de fondo de carácter anticapitalista: suficiencia, autocontención, colaboración, rechazo del productivismo...
Por su contenido autogestionario.
Porque en nuestro país tiene un recorrido largo, con multitud de aportaciones teóricas y aterrizajes empíricos (aunque por ahora sólo en el terreno de las simulaciones).
Por su cercanía con políticas conocidas y legitimadas: garantía de ingresos, becas, ayudas a familias numerosas... Pero no sólo eso: prácticamente la totalidad de las personas recibimos ayudas o complementos económicos habitualmente, otra cosa es que no las veamos así: exenciones fiscales variadas, planes Renove o Pive para cambiar de coche; en la UPV(EHU, reducción de matrícula para mi hija. ¿Por qué nos pasan desapercibidas? ¡Porque quienes más nos beneficiamos de ellas somos las personas que estamos en mejores posiciones económicas!
Porque ha sido un éxito en Finlandia. Sí, ya sé que todas hemos leído que "el sueño del dinerogratis” ha fracasado. Yo lo considero un éxito, a la luz de los resultados del mismo:
·         “According to the analysis of the register data, basic income recipients were no better or worse at finding employment than those in the control group during the first year of the experiment, and in this respect there are no statistically significant differences between the groups”.
·         “According to the analysis of the survey data, the wellbeing of the basic income recipients was clearly better than that of the control group. Those in the test group experienced significantly fewer problems related to health, stress and ability to concentrate than those in the control group. According to the results, those in the test group were also considerably more confident in their own future and their ability to influence societal issues than the control group”.
Es decir, que las personas perceptoras de esa renta no se activaron más laboralmente (¿por qué habían de hacerlo? Esta es la trampa, supeditar la RBU al empleo), pero tampoco menos que quienes no la percibieron.
Pero las personas que la percibieron mejoraron significativamente en su salud, redujeron su estrés, aumentaron su capacidad de concentración y ganaron en confianza respecto a su futuro.
¡Y todo eso por 560 euros mensuales, por un tiempo limitado, en un país donde el sueldo mensual medio después de impuestos ronda los 2.200€!     

DE LA ESCASEZ A LA SUFICIENCIA
Seguimos alimentando una cultura de la escasez. Y la escasez genera una mentalidad que reduce nuestro ancho de banda y produce el efecto de visión de túnel mirada a medio-largo plazo, la distinción entre lo urgente y lo necesario, y nos encierra psicológicamente en escenarios competitivos de suma negativa. De esta manera, las amenazas materiales acaban alimentando las amenazas normativas y el mundo se llena de enemigos que sólo aspiran a privarnos de lo nuestro: de nuestros empleos, de nuestra soberanía, de nuestra lengua, de nuestras costumbres, de nuestras hijas e hijos, de nuestro país... ¿Cómo evitar o superar este círculo vicioso de la ansiedad material y la amenaza normativa? No es fácil. "Mantenerse fuera de la trampa de la escasez -advierten Mullainathan y Shafir- requiere más que abundancia, requiere disfrutar de holgura":
“Requiere suficiente abundancia de modo que, incluso después de gastar demasiado o dejar los asuntos para más tarde, sigamos teniendo suficiente holgura para poder administrar la mayoría de las crisis; suficiente abundancia para que incluso después de dejar para más tarde muchas tareas tengamos todavía suficiente tiempo para cumplir con una fecha limite inesperada. Mantenerse fuera de la trampa de la escasez requiere suficiente holgura para tratar con las crisis que trae el mundo y los problemas que nosotros mismos nos imponemos” (S. Mullainathan y E. Shafir, Escasez. ¿Por qué tener poco significa tanto? Fondo de Cultura Económica, México 2016, p. 176).
Según algunas opiniones, en España se da actualmente una situación de inflación punitiva, expresión extrema de un modelo neoliberal de gestión de la marginalidad que los años de crisis habrían contribuido a impulsar y que concibe la pobreza como un delito o, cuando menos, como consecuencia de fallas actitudinales o morales, sin ninguna razón de índole estructural. Ver, a este respecto, los trabajos de E. Bayona publicados en CTXT: "La inflación punitiva: más presos con menosdelitos", 5/10/2016; "¿Criminales o pobres?", 26/10/2016.
En este contexto, sin llegar a los extremos analizados por Löic Wacquant para el caso estadounidense (aquí y aquí), se va consolidando en la opinión pública un creciente rechazo o, cuando menos, una creciente exigencia, hacia las ayudas sociales destinadas a las personas y los colectivos más empobrecidos. Según la Encuesta Social Europea (8ª oleada, 2016), casi el 42% de las personas encuestadas comparte la opinión de que estas ayudas y los servicios sociales vuelven perezosas a las personas que los reciben, mientras que sólo el 34,5% muestran su desacuerdo. Como dato positivo, en España el nivel de desacuerdo es considerablemente mayor (46,5%), y el de acuerdo bastante menor (34%).
En un escenario prolongado de escasez (recordemos que 8 de cada 10 personas creen que España sufrirá nueva crisis en los próximos cinco años), el potencial de conflicto entre grupos sociales por el acceso a los recursos públicos se dispara; con el agravante de que aquellas distinciones de trazo grueso pero absolutamente claras que tanto éxito tuvieron en los primeros años de la crisis -los de arriba contra los de abajo, el pueblo contra la casta, el 99% contra el 1%- se han ido complicando y emborronando, hasta dibujar un escenario de brechas y frentes múltiples muy complicado de gestionar: jóvenes frente a mayores, personas autóctonas frente a inmigrantes, estables frente a precarias y precarios, clases medias y trabajadoras frente a nuevas clases medias profesionales y técnicas (esa Brahmin Left, élites educadas y cosmopolitas, en términos de Piketty). Así las cosas, la distinción entre personas "productivas" y "gorronas" y su principal derivada, la diferenciación entre quienes merecen o no ayuda pública o protección social, se convierte en un elemento clave en la configuración de los imaginarios y de las instituciones sociales. Como señala Richard Sennett, "la ideología del parasitismo social es una potente herramienta disciplinaria".
La RBU acabaría con el paradigma del parasitismo.