Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
lunes, 29 de junio de 2026
Al norte
domingo, 14 de septiembre de 2025
No nos fijemos en las y los jóvenes que dejan el empleo, sino en los empleos que dejan estas personas jóvenes
En los últimos años, numerosos titulares han puesto el foco en las generaciones más jóvenes, sobre todo en la llamada generación Z, destacando su tendencia a abandonar con rapidez los puestos de trabajo. Se suele presentar este fenómeno como una anomalía generacional, fruto de la impaciencia o de una supuesta fragilidad de carácter -esa etiqueta simplista de “generación de cristal”-. Sin embargo, si miramos los datos con un poco más de atención, lo que se revela no es una crisis de las y los jóvenes, sino de los empleos que se les ofrecen.
Según el informe Claves laborales de la Generación Z: Visión a futuro y dinamismo, cuatro de cada diez trabajadoras y trabajadores de entre 18 y 25 años abandonan su empleo en menos de un año. El motivo principal es tan antiguo como evidente: salarios demasiado bajos. Un 40% lo señala como la razón central, mientras que un 13% aduce falta de flexibilidad y un 11% valores empresariales no compartidos. Es decir, no se trata de un mero rechazo irracional al trabajo, sino de la constatación de que muchos de los puestos disponibles no permiten construir una vida plena, ni material ni emocionalmente. El contraste es significativo: mientras el salario medio en España ronda los 28.000 euros anuales, las y los menores de 25 apenas superan los 14.000.
Podemos, entonces, darle la vuelta a la pregunta: ¿qué nos dicen estos abandonos sobre la calidad de los empleos? La Organización Internacional del Trabajo habla desde hace tiempo de la necesidad de “trabajo decente”, definido como aquel que ofrece “oportunidades para que mujeres y hombres puedan conseguir un trabajo productivo, con un ingreso justo, seguridad en el lugar de trabajo y protección social para sus familias”. Lo que ocurre es que eso que debería ser la norma se ha convertido en la excepción. Lo que falta no es compromiso de las nuevas generaciones, sino empleos dignos.
El problema, además, no es exclusivo de la juventud. En Estados Unidos, la llamada Great Resignation -o “gran dimisión”- puso de manifiesto que millones de personas trabajadoras de todas las edades abandonaban sus puestos en masa tras la pandemia. Según la Oficina de Estadísticas Laborales de ese país, solo en 2021 renunciaron a sus empleos más de 47 millones de personas. Las razones no diferían mucho de las señaladas por las y los jóvenes: salarios insuficientes, ausencia de reconocimiento, cargas de trabajo inasumibles. En el contexto europeo, la aspiración muy extendida a jubilarse anticipadamente, incluso en sectores considerados vocacionales o estables como la universidad pública, es otro síntoma del mismo malestar estructural: demasiados empleos no se viven como espacios de realización, sino como desgaste continuo del que se busca escapar lo antes posible.
Distintas voces críticas han tratado de pensar este fenómeno en clave más profunda. David Graeber, en su ensayo de 2013 On the Phenomenon of Bullshit Jobs: A Work Rant, describía la proliferación de “trabajos de mierda”: ocupaciones que ni quienes las desempeñan consideran útiles, pero que sostienen un engranaje productivo burocrático y alienante. Mucho antes, las sociólogas y economistas feministas (como María Ángeles Durán, Cristina Carrasco, Teresa Torns, Nancy Fraser o Silvia Federici), llevaban décadas advirtiendo de la obsesión productivista que invisibiliza el trabajo de cuidados, hace imposible la conciliación y coloca la vida al servicio del mercado, en lugar de lo contrario. Otras corrientes apuntan proponen desmercantilizar amplias esferas de nuestra existencia y reducir el peso del trabajo asalariado mediante políticas de renta básica universal o explorando horizontes de decrecimiento que permitan valorar más el tiempo libre, la cooperación comunitaria y el bienestar colectivo.
Ahora bien, no se trata solo de reclamar empleos más dignos en términos salariales o de conciliación, sino de cuestionar la naturaleza misma de los trabajos que organizan nuestras sociedades. ¿Qué sentido tiene sostener actividades laborales que, para justificarse, dependen del consumo masivo e insostenible de bienes de corta vida útil? ¿Qué futuro podemos esperar de sectores que prosperan a costa de la degradación ecológica, del agotamiento de recursos y de la aceleración de la crisis climática? Necesitamos empleos que respondan a necesidades humanas reales, que fortalezcan el tejido social y comunitario, y que lo hagan sin exigir para su mantenimiento el consumismo desaforado ni hipotecar el planeta.
Todo ello apunta, necesariamente, a un horizonte distinto: la reducción significativa del tiempo dedicado al empleo asalariado, acompañado de una redistribución de las horas de trabajo socialmente necesarias. Liberar tiempo para dedicarlo a actividades cívicas, voluntarias, de cuidado mutuo, o simplemente a prácticas autotélicas (es decir, realizadas por el valor intrínseco de hacerlas, como el arte, el aprendizaje o el deporte), no es una utopía inalcanzable, sino una condición de posibilidad para sociedades más justas y sostenibles. Solo un modelo económico que combine sostenibilidad ecológica con una reorganización radical del tiempo puede abrir paso a formas de vida menos alienadas y más plenas.
Desde esta perspectiva, la alta rotación laboral de la generación Z no debería interpretarse como un defecto moral, sino como un síntoma que nos alerta. Son las condiciones estructurales del mercado de trabajo las que fallan, no las personas que se niegan a adaptarse a ellas. El reto no está en “aguantar” empleos precarios y alienantes, sino en transformar el marco en el que se producen: salarios justos, flexibilidad real, cultura corporativa basada en el cuidado, el respeto y el desarrollo humano. Dicho de otro modo, el debate no es generacional, es estructural y político.En lugar de culpabilizar a quienes se marchan, como hacen las patronales con su cantinela sobre el "absentismo", deberíamos agradecer que visibilicen con su decisión lo que tantas veces se naturaliza: que millones de empleos actuales no ofrecen un horizonte vital deseable. Y que lo que necesitamos, más que nunca, es reimaginar el empleo, no como obligación sacrificada al engranaje económico, sino como parte de un proyecto social que permita a las personas vivir con dignidad, seguridad y sentido.
viernes, 1 de noviembre de 2024
Estuve aquí y me acordé de nosotros
Mediante entrevistas, observaciones y análisis de las estructuras de poder en la industria hotelera, la autora documenta la vida de camareras, cocineros, recepcionistas y otros trabajadores invisibilizados, quienes, a pesar de las exigencias del sector y de sus entornos de trabajo opulentos, experimentan largas jornadas, contratos temporales y bajos salarios. La autora destaca cómo el bienestar y los caprichos de los turistas contrastan con la precariedad de quienes, en muchos casos, no pueden disfrutar de los beneficios de una vida digna en los mismos destinos que enriquecen con su esfuerzo.
La investigación de Anna Pacheco revela también cómo esta realidad no solo afecta la economía de los trabajadores, sino también su identidad y sus relaciones, donde el turismo de lujo redefine sus barrios y su acceso a los espacios públicos. Esto pone de relieve una desigualdad estructural que limita el acceso de las clases trabajadoras a los beneficios del desarrollo turístico en su propio territorio. La autora logra equilibrar una rigurosa etnografía con una narrativa empática y accesible, que permite al lector acercarse a la realidad de los trabajadores sin romantizar su situación, sino mostrando los efectos y contradicciones de un sistema que, mientras promete exclusividad a sus clientes, se sustenta en condiciones laborales desiguales. Pero que también coloniza los deseos de todas y de todos, que llevamos la marca del turismo grabada a fuego en nuestra identidad: "explotados explotando una vez al año".
Estuve aquí y me acordé de nosotros es un trabajo valioso y necesario para comprender las consecuencias del turismo de lujo en las vidas de las clases trabajadoras. Anna Pacheco no solo documenta las condiciones de explotación en el sector, sino que también abre un espacio de reflexión sobre las políticas turísticas y sus implicaciones sociales. Su obra es una contribución significativa al análisis crítico de la industria turística y una llamada a visibilizar y dignificar el trabajo que sostiene este modelo. Y que deja, tras su lectura, "la impertinente pregunta: y tú, ¿qué harás las próximas vacaciones?".
martes, 15 de noviembre de 2022
Los robots y la inteligencia artificial. El futuro laboral
viernes, 31 de diciembre de 2021
No puedo más: Cómo se convirtieron los millenials en la generación quemada
Ese lector estará acostumbrado a convivir con el desempleo, con la marginación y la pobreza. Un trabajo fijo será para él una meta imposible, y probablemente ya habrá trabajado por cuenta ajena sin ningún tipo de contrato legal. Sabrá que conseguir una vivienda es algo que de momento no puede plantearse, y no se extrañará cuando vea cómo se privatiza la educación y la sanidad. Estará tan acostumbrado a los 'vigilantes jurados' que no verá en ellos la privatización, también, de parte de lo que fue un importante servicio público.
No se escandalizará cuando se hable de 'flexibilizar el mercado de trabajo', puesto que él ya se encuentra suficientemente 'flexibilizado' desde que tiene uso de razón. Y cuando oiga hablar de los problemas de las pensiones de jubilación le parecerá simplemente que el tema no va con él.
Voy a tratar de contar aquí, a ese lector que las cosas no fueron así siempre. Que, como saben aquellos otros lectores que estén en los cuarenta, hubo una época en la que no se tenía miedo al paro ni miedo tampoco a no cobrar en su momento la jubilación, ni a que los hijos no tuvieran acceso a la educación o a la sanidad".
jueves, 7 de octubre de 2021
Por un salario mínimo holgado
El pasado 11 de septiembre el diario El País publicaba una entrevista con Denis Pennel, Director General de la Confederación Mundial del Empleo, organización heredera de la anterior Confederación Mundial de Empresas de Trabajo Temporal. En el transcurso de la entrevista, Pennel señalaba lo siguiente: “Debe haber un salario mínimo justo que permita al trabajador vivir de él. Si con él ni siquiera puede alquilarse un piso eso genera un problema social. Pero al mismo tiempo hay que tener cuidado, porque si el salario mínimo es muy alto muchas compañías pueden verse ante la situación de no poder seguir adelante y que se destruya empleo. Hay que encontrar un equilibrio entre estas dos situaciones”.
Esta es la formulación canónica mediante la que el
mundo empresarial y una parte muy relevante de la ciencia económica plantea su
posición ante el salario mínimo: “Si, pero”. Una posición similar es la que
expresó el por entonces ministro de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana, José Luis Ábalos, cuando dijo aquello de que “siempre he defendido que [la vivienda] es
un derecho, pero no ignoro que es un bien de mercado también”. El problema es
la jerarquía de bienes, la prelación entre una y otra cosa. Y suele ocurrir que
la conjunción adversativa “pero” actúa como fiel de balanza, de manera que lo
que la precede tiene mucho menos peso que lo que la sucede (como en la frase
“yo no soy racista, pero…”).
En el caso del salario mínimo lo que ese “pero”
encubre y conviene explicitar es lo siguiente: que si para que una empresa
pueda crear o mantener los empleos necesarios para funcionar tiene que ofertar
salarios que no permitan a la trabajadora o al trabajador vivir de ellos, habrá
que asumirlo. ¿Por qué no decirlo así? Venga, anímense los defensores del
salario mínimo condicionado a la viabilidad de las empresas: afirmen sin
tapujos que, si hay que pagar salarios que no permiten a las trabajadoras y a
los trabajadores vivir de ellos para que una empresa funcione, habrá que asumirlo.
¿De verdad?
Me niego a aceptar el marco que esta formulación
canónica pretende hacer pasar por natural. La actividad económica puede y debe
supeditarse a los derechos humanos (recordemos el artículo
23.3 de la Declaración Universal),
pero ningún derecho humano debería supeditarse a las exigencias económicas.
Economía
política de la esclavitud
Perdices de Blas y Ramos Gorostiza firman un interesante artículo en el que analizan el
debate económico sobre la esclavitud planteado en Europa en el siglo XIX.
“Evidentemente –aclaran-, examinar la esclavitud desde un punto de vista
estrictamente económico equivale a discutir aspectos tales como su coste
relativo frente al trabajo libre, su eficiencia, su impacto en el modelo
productivo, la innovación y las posibilidades de especialización, o su posible
relación con políticas comerciales concretas”. Evidentemente. Cada mirada sobre
la realidad presenta sus sesgos y puntos ciegos e impone su propia y limitada
lógica, y esto es especialmente cierto cuando esa mirada se presenta como
“estricta”, es decir, como única mirada. De igual manera podría decirse que
examinar la esclavitud desde un punto de vista “estrictamente securitario”,
desde la lógica del control de la población esclava y la evitación de
conflictos y revueltas, equivale a discutir aspectos tales como el uso más
eficiente de la violencia, la oportunidad de los castigos ejemplares, el nivel
de temor que conviene inocular en la población esclava para evitar que se
rebele, etc.
Pero volvamos al artículo. Resulta que los economistas
de los siglos XVIII y XIX apenas prestaron atención a la esclavitud, a pesar de
su importancia en las sociedades europeas y en sus colonias, “tal vez porque se
consideraba que ello no valía la pena: el sentido común parecía sugerir que
–dadas las hondas raíces históricas de dicha institución y lo lucrativo del
tráfico negrero- debía tratarse, en todo caso, de una opción productiva evidentemente beneficiosa para quien la
adoptaba”. La propia normalización social de la institución esclavista inhibía
su evaluación económica, lo que nos indica la profunda interconexión que existe
entre el análisis económico y las circunstancias sociales en las que se realiza.
Y resulta, también, que cuando algunos economistas empezaron a estudiar la
esclavitud y, como consecuencia de sus investigaciones, se acumulaban las
pruebas de la falta de sentido económico de la misma, siguió habiendo
economistas que defendían su continuidad porque, aun aceptando en términos
generales su ineficiencia en comparación con el trabajo libre, “sí podía
resultar rentable para los propietarios individuales”.
Aunque no oculto una cierta intención provocadora, no
pretendo establecer analogía ninguna entre la esclavitud y la oposición al
salario mínimo o a su mejora. Pero sí me permito llamar la atención sobre tres
características estructurantes del pensamiento económico que, a la manera de
las retóricas de la intransigencia
magistralmente desveladas por Albert O. Hirschmann, pueden identificarse tanto en aquel debate sobre la institución
esclavista como en la actual discusión sobre la conveniencia o no de un salario
mínimo que, sencillamente, permita a quienes lo reciben evitar la pobreza: la
aproximación “estrictamente” económica, olvidando que la economía es una ciencia social, que el mercado de
trabajo es una institución social (Solow)
y que ningún economista es solo economista (Samuel Bentolilla ha reflexionado a este respecto); la preocupación por el objeto de
debate solo cuando se propone una mejora en las condiciones del mismo; la
búsqueda de casos particulares que puedan justificar el mantenimiento de la
situación, su no mejora.
Economía
política del salario mínimo
En un libro ya clásico, titulado precisamente Economía política de la esclavitud,
Eugene D. Genovese distinguía entre la perspectiva de la “economía política de
la esclavitud” y la que se ocupa de estudiar “los aspectos económicos de la
esclavitud” para afirmar que la primera no se limitaba a tomar en consideración
la economía o la historia económica del esclavismo (como hace la segunda
perspectiva), sino que se fijaba en la dimensión “civilizatoria” que una
institución, en este caso la esclavitud, puede tener sobre una determinada
sociedad, en su potencial configurador, definidor de la totalidad social. En
sus palabras: “La esclavitud dio al Sur un modo de vida especial por cuanto
estableció las bases indispensables para asentar un orden social regional en el
cual el sistema de trabajo esclavista pudo dominar a todos los demás”.
Aceptar que centenares de miles de trabajadoras, sobre
todo, y trabajadores, tengan retribuciones iguales o inferiores al SMI, tiene
un potencial configurador que debería preocuparnos, ya que convierte en normal
la precariedad laboral. Hablamos de una de cada cuatro mujeres empleadas y del
11 por ciento de los hombres (según la Encuesta Anual de Estructura Salarial del año 2019). Debería preocuparnos porque, en realidad, el
llamado salario mínimo es un salario ínfimo,
insuficiente para que una persona pueda llevar una vida desahogada. A este
respecto sorprende que, por más complicaciones metodológicas que plantee, no
dispongamos de una aproximación consensuada que nos permita responder a la
pregunta de cuánto cuesta vivir en España.
Sí sabemos, gracias al Àrea Metropolitana de Barcelona, que en 2020 una persona que habitara en Barcelona o
en su conurbación necesitaba ingresar, de media, 1.322,52 euros al mes para cubrir
sus necesidades básicas (y que una de cada tres personas que la habitan tenían
un sueldo inferior a esa cantidad). También sabemos, según una encuesta a
más de 1,7 millones de personas de 164 países realizada en 2018, que los ingresos
considerados necesarios para disfrutar de bienestar emocional se movían en un
intervalo de entre 49.000 y 61.200 euros por persona al año. Cifras muy
dispares que, en cualquier caso, son sensiblemente superiores al actual SMI
mileurista.
¿Podemos seguir discutiendo sobre el SMI sin acordar,
previamente, cuál es el coste económico de una vida decente
(es decir, de una vida sin humillaciones institucionales) en España?
De la
suficiencia a la holgura
He dicho que el salario mínimo debería permitirnos
llevar una vida desahogada, sí. En un
libro imprescindible, Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir demuestran que los problemas de escasez (de dinero o
de tiempo) no se resuelven con estrategias de “mínimos” ni en el marco de la
mera “suficiencia”. La escasez, vivir
con poco, con lo justo, vivir al día, “tener menos de lo que se percibe como
necesario”, tiene efectos demoledores sobre la mente humana, sobre nuestra
forma de pensar y de actuar; captura nuestra atención, altera nuestra
experiencia. La escasez de un determinado recurso reduce nuestra capacidad
cognitiva haciendo que nuestro cerebro se enfoque de manera casi obsesiva en
una sola cosa: aquella de la cual carecemos. Este mecanismo es denominado
“efecto túnel”: la mente se orienta de manera automática y poderosa hacia las
necesidades insatisfechas. En concreto,
estos investigadores comprobaron que aumentar las preocupaciones financieras de
las personas perjudicaba su desempeño cognitivo incluso más que los estados de
privación de sueño; las personas pobres eran más impulsivas y tomaban peores
decisiones que aquellas que no se encontraban en escenarios de carencia. Los
efectos observados correspondían a entre 13 y 14 puntos del coeficiente
intelectual, comparables a dejar de dormir una noche o a los efectos del exceso
de alcohol.
Evitar la trampa de la escasez -advierten Mullainathan
y Shafir- requiere más que abundancia, requiere de holgura: “Requiere
suficiente abundancia de modo que, incluso después de gastar demasiado o dejar
los asuntos para más tarde, sigamos teniendo suficiente holgura para poder
administrar la mayoría de las crisis; suficiente abundancia para que incluso
después de dejar para más tarde muchas tareas tengamos todavía suficiente
tiempo para cumplir con una fecha limite inesperada. Mantenerse fuera de la
trampa de la escasez requiere suficiente holgura para tratar con las crisis que
trae el mundo y los problemas que nosotros mismos nos imponemos”.
jueves, 6 de mayo de 2021
«El empleo de hoy se parece más a Uber que a los Altos Hornos»
«El empleo de hoy se parece más a Uber que a los Altos Hornos»
IMANOL ZUBERO | DOCTOR EN SOCIOLOGÍA Y PROFESOR UPV/EHU
El experto en movimientos sociales analizará la precariedad del mercado laboral esta tarde en el Aula San Pablo de la Diócesis
El doctor en Sociología y profesor titular de la UPV/EHU Imanol Zubero (Alonsotegi, 1961) es experto en movimientos sociales, sindicalismo, voluntariado, violencia y política. Exsenador socialista en Bizkaia y promotor de Gesto por la Paz, este miércoles a las 19.00 reflexionará sobre el ámbito laboral en la charla 'Precariedad y propuestas de futuro', organizada por la Hermandad Obrera de Acción Católica de Vitoria. El encuentro tendrá lugar en el Aula San Pablo de la Diócesis y también podrá seguirse online previa inscripción.
–¿Ha acentuado la pandemia la precariedad del empleo?
–Sí, pero la reflexión debe ser a largo plazo. También nos preocupamos mucho con la gran recesión de 2008, pero el empleo como mecanismo de integración viene debilitándose desde los 80. Se pasó de su concepción como una actividad estable a algo precario y flexible. Cuando a un cuerpo frágil lo golpea una gripe, el impacto sobre su salud es aún mayor.
–¿Qué provocó ese cambio?
–La reducción de costes creció con modelos como el toyotismo o el 'just in time'. Los almacenes llenos de stock dejaron de existir, pero el coste humano seguía siendo más difícil de modificar. Se empezó a gestionar el trabajo humano como los tornillos. La gran huelga general del 88 de los sindicatos contra Felipe González se produjo por un plan de empleo juvenil que buscaba flexibilizar sus condiciones de contratación, algo inaceptable en ese momento. A partir de ahí se ha ido a modelos más flexibles y se ha debilitado la capacidad de defensa y resistencia de sindicatos y trabajadores.
–¿Se ha acostumbrado la sociedad a estas nuevas condiciones?
–Absolutamente, hemos normalizado la precariedad. Cuando preguntas a un joven sobre su futuro laboral lo ve incierto. Antes hacías algo que te gustaba por vocación y eso configuraba una carrera profesional. Si te mantenías en el tiempo mejorabas tu estatus laboral. Pero hoy las carreras son fragmentarias, la gente estudia asumiendo que tal vez tenga que trabajar en otra cosa. La gente nacida a partir de los 90 ha tenido que asumir una vivencia laboral flexible y precaria.
–¿Qué consecuencias tendrá su situación laboral en el futuro?
–El modelo laboral tradicional tenía sus elementos oscuros. Era masculino, patriarcal, lesivo para el medio ambiente, hacía que las mujeres se retiraran del empleo... pero permitía mantener a toda la casa con un único sueldo industrial. No era la panacea pero los tiempos de ocio y trabajo estaban pautados y se podían configurar familias, consumos e ideologías. El trabajo era un perchero estable del que colgar lo demás, pero hoy no se puede colgar nada en él. El trabajo precario precariza la vida y cada vez existe una menor afección a quienes gestionan lo público. Se considera que no pueden garantizar los derechos básicos de la gente. Los empleos estables, que la gente tenga una vida que vivir con cierta tranquilidad, son vacunas contra el extremismo, pero estamos viviendo un retroceso a épocas que ya estaban superadas.
– Un gran porcentaje del salario se destina a la vivienda. ¿Es el momento de regular el alquiler?
–Entre los 50 y los 80, en los años gloriosos, el salario garantizaba la vivienda, los estudios y la salud. Hoy los sueldos son más escasos y muchas personas trabajan como autónomos cobrando por proyectos. Si el salario directo no es suficiente para el acceso a la vivienda habrá que recuperar prestaciones sociales y políticas públicas que lo permitan. Sin ingresos estables tampoco hay derechos de jubilación.¿Qué va a ser del futuro cuando las pensiones sean tan malas? En Euskadi ya lo estamos viendo con la RGI. Es escandaloso que tanta gente la cobre como complemento a la jubilación y que el 20%de quienes la perciben esté trabajando pero se encuentre por debajo del umbral de la pobreza.
–¿Pasa la solución por incrementar los impuestos a las empresas?
–El economista Thomas Piketty lo explica bien. Donde mejor funcionó la economía entre los 50 y 80 fue donde los impuestos eran altísimos y las empresas estaban localizadas, como en Estados Unidos.Lejos de un hándicap al emprendimiento supuso construir políticas públicas potentes. Pero la revolución neoliberal de los 80 nos ha cambiado el marco.
–¿Cómo desprecarizar el trabajo entonces?
–Hay que legislar a favor del empleo y apretar las tuercas al capital especulativo que desequilibra las cifras, como los fondos de inversión o tecnológicas como Amazon o Google. ¿Por qué no se nos ocurrió utilizar los ERTE en crisis anteriores? También están las medidas de reparto del trabajo, como la propuesta de Más País para semanas laborales de cuatro días, o medidas como la Renta Básica Universal. Hay cantidad de propuestas sobre la mesa pero falta voluntad y, al final, el empleo de hoy es precario y se parece más a Uber que a Altos Hornos.
viernes, 13 de noviembre de 2020
País nómada: supervivientes del siglo XXI

Jessica Bruder
País nómada: supervivientes del siglo XXI
Traducción de Mireia Bofill Abelló
Capitán Swing, 2020
"En la brecha cada vez más ancha que separa el debe del haber se perfila una pregunta: ¿A qué partes de nuestra vida estamos dispuestos a renunciar para poder seguir viviendo? [...] Este mes, ¿te saltarás alguna comida? ¿Irás a urgencias en vez de a tu médico? ¿Aplazarás el pago de la deuda acumulada en tu tarjeta de crédito con la esperanza de que no la pasen a cobro ejecutivo? ¿Dejarás de pagar las facturas del gas y la electricidad, cruzando los dedos para que no te corten la luz y no quedarte sin calefacción? ¿Dejarás que se acumulen los intereses de tu crédito estudiantil y sobre los plazos del coche con la esperanza de encontrar más adelante la manera de ponerte al día? Estas indignidades ponen de relieve una pregunta más significativa: ¿A partir de qué momento unas alternativas imposibles comienzan a destruir a las personas y a una sociedad?".
Dos males contemporáneos, la precariedad y temporalidad en el empleo, y la cada vez mayor dificultad para sostener el coste de alquilar o comprar una vivienda, confluyen para provocar una estrategia de supervivencia que ejemplifica a la perfección la exigencia de buscar "soluciones biográficas a contradicciones sistémicas" (Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim, La individualización. El individualismo institucionalizado y sus consecuencias sociales y políticas, Traducción de Bernardo Moreno, Paidós, 2003, p. 31). Si el acceso a una vivienda es imposible y los únicos empleos que se ofertan son temporales, ¿podría ser una solución cambiar el hogar por una caravana, con la que perseguir los empleos de temporada a lo largo y ancho del país?
La periodista Jessica Bruder ha investigado durante tres años un fenómeno nuevo, por ahora exclusivamente estadounidense, pero que permite visibilizar procesos de fondo que configuran un horizonte común para todas las sociedades capitalistas: la normalización de la precariedad laboral y vital.
"Vistas de lejos, en muchos casos sería fácil confundirlas con despreocupadas o despreocupados caravanistas jubilados. Cuando ocasionalmente se regalan una sesión de cineo una cena, no estacan entre el resto de comensales. Por su aspecto y sus ideas, son mayoritariamente gente de clase media. Lavan la roma en lavanderías de autoservicio y se apuntan a gimnasios para poder usar las duchas. En muchos casos, se lanzaron a la carretera cuando la gran recesión consumió sus ahorros. Para llenar el estómago y el depósito de gasolina, trabajan duramente largas jornadas en pesadas tareas manuales. En una época de salarios estancados y aumento del coste de la vivienda, se han liberado de los grilletes del alquiler y las hipotecas como una estrategia para ir tirando. Son supervivientes".
Vistas de lejos, tal vez. Pero vistas de cerca, como hace Bruder, nos encontramos con mujeres y hombres de más de sesenta años y hasta de más de ochenta, que ya deberían gozar de una merecida jubilación tras haber trabajo toda su vida en una sucesión de empleos de lo más variados (camarera, profesor de química en un instituto, acupuntora, minero, cartera, contratista de obras, empleada del servicio de atención telefónica de la Agencia Tributaria, cuidadora en un centro de tratamiento de lesiones cerebrales traumáticas o taxista), empleos que nunca les han aportado un mínimo de seguridad económica. En ocasiones, una enfermadad grave o un divorcio han sido la puntilla. Working poors, pobres con trabajo que han acabado deambulando por las carreteras "al
ver que apenas ganaban lo suficiente para cubrir el coste de alquiler o
los plazos de una hipoteca después de trabajar jornadas agotadoras en
empleos sin aliciente que consumían todo su tiempo, sin ninguna
perspectiva de mejora a largo plazo ni la esperanza de poder llegar a
jubilarse algún día". En su diversidad, cada una y cada uno con su propia historia, la autora los percibe "como un microcosmos de una catástrofe nacional", como "una muestra de todos los desastres económicos que han afectado a la población estadounidense en los últimos decenios".
Amazon, una de las principales empresas beneficiarias de este ejército laboral de reserva sobre ruedas, tiene incluso un programa denominado CamperForce para reclutar trabajadoras y trabajadores itinerantes. La propaganda es luminosa, dan ganas de apuntarse y convertirse en "workcamper". Pero la realidad es bien distinta:
"El personal trabaja en turnos de 10 horas o más, durante las cuales puede llegar a recorrer más de 20 kilómetros sobre suelos de cemento mientras se acuclilla, se agacha, se inclina, alarga el brazo o se encarama para identificar, seleccionar y colocar en cajas las mercancías. Pasadas las Navidades, cuando cesa la avalancha de pedidos y Amazon ya no necesita al equipo de campistas, les rescinde sus contratos. Los trabajadores y trabajadoras temporales se marchan, formando lo que los directivos de la empresa describen jovialmente como un 'desfile de faros traseros'".
Pesadas jornadas de trabajo soportadas solo gracias al continuo consumo de analgésicos y antiinflamatorios como el ibuprofeno: "Me tomo cuatro por la mañana antes de salir para el trabajo y otros cuatro cuando regreso por la noche", confiesa una de las personas entrevistadas por Bruder. Y si se les terminan las reservas, no hay problema: "Amazon tenía dispensadores automáticos adosados a las paredes del almacén, donde podían obtener gratuitamente analgésicos de venta libre sin receta".
También son una mano de obra imprescindible para la recolección de frambuesas en Vermont, de manzanas en Washington y de arándonos en Kentucky; para controlar los accesos en los circuitos de carreras de NASCAR o para atender puestos de franquicias en los espectáculos de rodeo o en la Super Bowl; como vigilantes durante el verano de las zonas de acampada de los parque nacionales más visitados o como personal de las atracciones turísticas más destacadas del país; o para detectar fugas en las conducciones de gas. Son la perfecta mano de obra precaria para unas empresas que solo quieren personal estacional; su permanente movilidad, además, las imposibilita para organizarse sindicalmente.
Aunque algunas de estas personas intentan, y a veces consiguen, construir comunidades nómadas, encuentros temporales, con los que construyen y mantienen redes de apoyo mutuo, compartiendo conocimientos sobre técnicas de reparación de automóviles, montaje de placas solares y tuneo de furgonetas, o información sobre ofertas de empleo o lugares propicios para acampar. También se sirven de internet para mantener la conexión. Incluso han llegado a desarrollar un discurso y una identidad como "objetores de conciencia frente a un orden social corrupto en descomposición".
Pero, en general, predomina una imagen de inestabilidad vital, de explotación laboral, de creciente exclusión social.
"Pronto llegará el invierno y comenzarán los despidos habituales en los empleos de temporada. Las y los nómadas desmontarán el campamento y regresarán a su verdadero hogar: la carretera. Volverán a circular como góbulos sanguíneos por las venas y las arterias del país. Se pondrán en marcha en busca de amistades o familiares, o simplemente de un lugar donde no haga frío. En algunos casos, cruzarán todo el continente. Todas y todos contarán los kilómetros que se irán desplegando como un rollo de película. Cantinas de comida rápida y centros comerciales. Campos dormidos bajo la escarcha. Concesionarios de automóviles, megaiglesias y cantinas abiertas toda la noche. llanuras uniformes. Corrales de engorde, fábricas desocupadas, arcelaciones y grandes bloques de almacenes. Montañas nevadas. Los paisajes que flanquean la carretera se van sucediendo a lo largo del día y mientars cae la noche, hasta que les vence la fatiga. Con ojos soñolientos, buscan un lugar donde detenerse a descansar. En los aparcamientos de los grandes hipermercados Walmart. En las calles tranquilas de los barrios del extrarradio. En las áreas de descanso para camiones, acunados por el ronroneo de motores ociosos. Luego, de madrugada -antes de que nadie advierta su presencia-, vuelven a la carretera. Siguen adelante, reconfortados por una certeza. Un aparcamiento es el único espacio libre y gratuito que aún queda en Estados Unidos".
Podría haberlo escrito Steinbeck. Un libro impresionante, cuya lectura recomiendo sin dudar.
El libro le ha servido a la directora Chloé Zhao para realizar su película Nomadland, galardonada con el León de Oro en el Festival de cine de Venecia de este año y protagonizada por esa excepcional actriz que es Frances McDormand.
martes, 24 de septiembre de 2019
Recursos inhumanos
Recursos inhumanos
Traducción de Juan Carlos Durán Romero
Debolsillo, 2018
Penguin Random House, 2017
Me llamo Alain Delambre y tengo cincuenta y siete años. Soy un directivo en paro.
Llevo cuatro años en paro. Hará cuatro años en mayo (el 24 de mayo, me acuerdo bien de la fecha).
Como este empleo no basta para llegar a fin de mes, adonde llegamos a veces bastante apurados, me dedico a otras cosillas aquí y allá. Transportar cajas, embalar con plástico de burbujas, repartir publicidad… También algunos trabajos de temporada. Hace dos años que hago de Papá Noel en Trouv’tout, un supermercado especializado en electrodomésticos de ocasión. No siempre le cuento a Nicole lo que hago, porque le dolería. Multiplico las excusas para justificar mis ausencias. Como es más difícil cuando se trata de un trabajo nocturno, me he sacado de la nada una pandilla de amigos en paro con los que se supone que me reúno para jugar a las cartas. A Nicole le digo que necesito relajarme.
Antes era director de recursos humanos en una empresa de casi doscientos empleados. Era responsable del personal, de la formación, controlaba los salarios y representaba a la dirección ante el comité de empresa. Trabajaba en Bercaud, una empresa de bisutería. Diecisiete años viviendo de perlas.
En cuatro años, a medida que mis ingresos se volatilizaban, mi estado de ánimo pasó de la incredulidad a la duda, después a la culpabilidad y, por fin, a una sensación de injusticia. Hoy lo que siento es cólera.
viernes, 1 de marzo de 2019
¿Trabajo Garantizado o Renta Básica?
- ¿Renta MínimaGarantizada? ¿Renta Básica? ¿Trabajo Garantizado?
- Por una renta mínimagarantizada. Completar las redes de protección social, una necesidad.
- Eduardo Garzón. "Trabajo garantizado: que no haya empleo no quiere decir que no hayatrabajo". El Diario, 06/12/2014.
- Eduardo Garzón. "Siete argumentos contra la Renta Básica Universal y a favor del Trabajo Garantizado". La Marea, 13/08/2014.
- Daniel Raventós, Jordi Arcarons, Lluís Torrens: "¿Siete argumentos en contra de la Renta Básica?No exactamente". Sin Permiso, 24/08/2014
- Jordi Arcarons, Daniel Raventós, Lluís Torrens. "La renta básica incondicional y cómo se puedefinanciar. Comentarios a los amigos y enemigos de la propuesta".










