lunes, 22 de junio de 2026

60 grados norte

Mallachy Tallack 
60 grados norte. Un viaje en busca de mi hogar
Traducción de María Fernández Ruíz
Volcano, 2018

"Vivimos en una era de mucha desunión y alienación, en la que las redes sociales fingen ser una alternativa viable o un sustituto de la comunidad, cuando no son más que una parodia de ella. Reconocer la dependencia recíproca de las personas que comparten un lugar es el acto comunitario fundamental. Hoy en día, es un acto radical, una implicación deliberada y voluntariosa que ignora los cantos de sirena de la libertad solitaria. Desde mi punto de vista, los lugares donde aún predomina este modo de vida son lugares que alimentan la esperanza. No la esperanza de que involucionemos e intentemos vivir como nuestros abuelos, sino la esperanza de que lo que se ha visto menoscabado en el siglo pasado, la sabiduría y la cercanía de la vida en comunidad, no se haya perdido por completo".


¡Qué pena que Volcano se haya extinguido! Con el excelente catálogo que venían construyendo...

Esta es otra prueba. Un ensayo que tiene algo de relato de viajes, algo de ensayo y algo de memoria personal, pero ninguna de esas categorías logra definirlo por completo. Malachy Tallack utiliza un recorrido por el paralelo sesenta Norte -es decir, el paralelo situado 60 grados al norte del plano ecuatorial de la Tierra- como hilo conductor para abordar una cuestión mucho más profunda: qué significa pertenecer a un lugar y de qué manera construimos la idea de hogar.

El punto de partida es su propia biografía. Criado en las islas Shetland, Tallack mantiene con aquel territorio una relación marcada por el afecto, la distancia y la duda. La muerte temprana de su padre y una persistente sensación de desarraigo alimentan una pregunta que le acompaña desde hace años: por qué algunos lugares llegan a formar parte de nosotras y nosotros mientras otros permanecen siempre como escenarios de paso.

Para intentar responderla emprende un viaje que le lleva a recorrer algunos de los territorios situados en torno a los sesenta grados de latitud norte: Groenlandia, Canadá, Alaska, Siberia o Escandinavia. Aunque todos comparten una misma posición geográfica, sus paisajes, culturas e historias son extraordinariamente diversos. Pronto queda claro que la verdadera unidad del libro no la proporciona la cartografía, sino la búsqueda personal que sostiene el viaje.

El autor enlaza observaciones sobre la geografía, la historia o la ecología con recuerdos y preguntas personales, logrando que cada etapa del viaje amplíe el sentido de la anterior. El resultado es un libro que se lee con la sensación de estar acompañando a alguien que piensa mientras camina, que mira mientras intenta comprender.

El norte no aparece retratado como un refugio mítico ni como una frontera heroica. Sus lugares están construidos por comunidades concretas, historias locales y personas que han aprendido a vivir en entornos a menudo enormemente exigentes. La naturaleza ocupa un lugar central, pero nunca eclipsa la presencia humana ni las complejas relaciones que las sociedades mantienen con el territorio.

A lo largo de sus páginas emerge una idea particularmente sugerente: los lugares no son simples coordenadas en un mapa, sino espacios tejidos por la memoria, los afectos, las experiencias compartidas y las narraciones que construimos sobre ellos. El sentimiento de pertenencia no depende únicamente de dónde vivimos, sino de la calidad de los vínculos que establecemos con un territorio y con quienes lo habitan.

Como señala en el texto que he escogido para ilustrar este comentario, Tallack no propone una vuelta a "los tiempos de antes". Desde luego, si hay algo que merece ser recuperado de aquellas formas de vida no es el mundo de nuestros "abuelos" con "o", con sus jerarquías rígidas, sus desigualdades de género, sus silencios impuestos y sus estrechos márgenes de libertad, pero sí algunas de las prácticas comunitarias que, en gran medida, fueron sostenidas por nuestras abuelas.

La dependencia recíproca de la que habla Tallack no era, ni es hoy, una abstracción; tenía rostro, tiempo y trabajo esencialmente feminizados. Era la red de cuidados que permitía criar a las hijas y a los hijos, atender a las personas enfermas, acompañar a quienes atravesaban dificultades, intercambiar favores, compartir alimentos o simplemente estar pendientes unas de otras. Y buena parte de ese trabajo comunitario descansaba sobre las mujeres, casi siempre invisibilizado y raramente reconocido.

Las abuelas sabían algo que nuestra cultura hiperindividualista parece olvidar constantemente: que la autonomía nunca es completa y que la vulnerabilidad compartida no es una anomalía, sino la condición ordinaria de la existencia humana. Sabían que nadie sale adelante soloa, que la vida cotidiana depende de una infinidad de pequeños gestos de cooperación y que la libertad no consiste únicamente en no depender de nadie, sino también en poder depender de otras y otros sin humillación ni miedo.

El desafío contemporáneo no pasa por elegir entre comunidad o libertad, sino por aprender a construir comunidades de personas libres, compatibles con la igualdad, la diversidad y la autonomía personal. Comunidades que conserven la sabiduría relacional de nuestras abuelas sin exigir a nadie el precio que ellas tuvieron que pagar para sostenerlas.

Una preciosa meditación sobre la identidad, la pérdida y el arraigo, que sugiere que el hogar no siempre es el lugar perfecto que buscamos, sino aquel con el que, tras un largo proceso de exploración y reconocimiento, conseguimos finalmente reconciliarnos. Y con el que nos comprometemos. Que igual por eso el turismo industrializado, la movilidad febril y la pérdida de referencias van hoy tan de la mano...



No hay comentarios: