sábado, 27 de junio de 2026

Ocho osos

Gloria Dickie
Ocho osos
Traducción de Silvia Moreno Parrado
Errata naturae, 2026

"Si no conseguimos hacerles sitio, estaremos consolidando un futuro en el que muchos osos existirán únicamente detrás de un cristal. Perderlos implicaría perder una relación bella y compleja que ha discurrido en paralelo a nuestro propio tránsito por este mundo. Perderíamos a un abuelo, un tío, una madre, un curandero y un maestro. Y, en algunos aspectos, perderíamos una parte de nuestro propio carácter salvaje. Sin los osos, los bosques y nuestras historias estarán vacíos".


Esta reflexión resume el corazón de este libro. Porque el ensayo de Gloria Dickie no trata únicamente de los osos, sino de la manera en que los seres humanos nos relacionamos con el resto de la vida. A través de las ocho especies de osos que aún sobreviven en el planeta, la periodista canadiense se plantea una cuestión de enorme alcance: si seremos capaces de convivir con la naturaleza sin condenarla a desaparecer bajo el peso de nuestra propia expansión.

Las ocho especies de osos que sobreviven en la actualidad, y que estructuran el recorrido del libro, son: el oso andino (Tremarctos ornatus), llamado oso de anteojos por las manchas claras que rodean sus ojos y el único oso nativo de Sudamérica; el oso perezoso o bezudo (Melursus ursinus), habitante de las selvas de India, Nepal y Sri Lanka, que, pese a alimentarse sobre todo de termitas y hormigas, es la especie de úrsido que más víctimas humanas causa; el panda gigante (Ailuropoda melanoleuca), endémico de China y gran símbolo mundial de la conservación de la biodiversidad; el oso malayo (Helarctos malayanus), el más pequeño de todos los osos, que vive en las selvas tropicales del sudeste asiático y está seriamente amenazado por la deforestación y el tráfico ilegal de fauna; el oso negro asiático (Ursus thibetanus), una de las especies más afectadas por la extracción de bilis para la medicina tradicional; el oso negro americano (Ursus americanus), la especie más abundante de Norteamérica, muy adaptable a bosques e incluso a áreas próximas a núcleos urbanos; el oso pardo (Ursus arctos), la especie con mayor distribución geográfica, que incluye poblaciones tan conocidas como el grizzly norteamericano o el oso pardo cantábrico y es el oso más presente en la historia y la mitología de Europa; el oso polar (Ursus maritimus), el mayor carnívoro terrestre, cuyo futuro está estrechamente ligado al deshielo provocado por el cambio climático.

Sin embargo, el libro no es una guía zoológica, sino que cada especie de oso se convierte en una puerta de entrada a un problema distinto: el cambio climático (oso polar), la destrucción de las selvas (oso malayo), el comercio de fauna y la extracción de bilis (oso negro asiático), los conflictos entre conservación y actividades humanas (grizzly y oso negro americano), la convivencia con comunidades rurales (oso perezoso y oso de anteojos) o el éxito, siempre frágil, de los programas de protección (panda). El resultado es una reflexión sobre cómo distintas culturas se relacionan con la vida salvaje y sobre el reto de compartir el planeta con otras especies en el siglo XXI.

Con un estilo que combina el rigor del periodismo de investigación con la narración de viajes y la divulgación científica, Gloria Dickie recorre los territorios donde habitan estos animales, conversa con investigadoras e investigadores, conservacionistas y comunidades locales, y reconstruye la larga historia compartida entre osos y seres humanos. El libro muestra que el mayor peligro para los osos no procede de un enemigo concreto, sino de nuestra forma de ocupar el planeta: la destrucción de los bosques, el cambio climático, la expansión de las infraestructuras, la agricultura intensiva o el comercio ilegal de fauna. Incluso los éxitos de la conservación plantean nuevos desafíos, al obligarnos a aprender qué significa convivir con animales salvajes en territorios cada vez más humanizados.

Ocho osos es un ensayo tan hermoso como inquietante. Nos recuerda que proteger a los osos no consiste únicamente en evitar su extinción, sino en preservar una relación que forma parte de nuestra propia historia. Porque, como sugiere la autora, si algún día desaparecen, no sólo los bosques serán un lugar más pobre, también la humanidad habrá perdido una parte de lo que nos ha constituido como especie, tanto en nuestra dimensión natural como cultural.

Redención

Hilary Mantel
Redención
Traducción de Albert Vitó i Godina
Destino, 2026

"La señorita Dempsey asintió. Fludd está rezando en su habitación, por supuesto. Philomena está en el convento, por supuesto, barriendo el pasillo de la cocina bajo la supervisión de la hermana Anthony. Todo el mundo está donde debería estar; o podemos conspirar y fingir que así es. ¿Y Dios está en el cielo? No me extrañaría nada, pensó el padre Agwin".


Una novela breve y extraña, ambientada en un pequeño pueblo inglés en los años cincuenta, en una comunidad católica cerrada sobre sí misma, gobernada por la rutina, las convenciones y una religiosidad más cercana a la costumbre que a la experiencia espiritual.

La llegada de un misterioso hombre llamado Fludd altera ese equilibrio. Se supone que es un enviado del obispo, pero nadie sabe realmente quién es ni de dónde viene, y su mera presencia parece despertar preguntas dormidas y abrir grietas en las certezas de quienes le rodean. Entre estas personas destaca sor Philomena, una religiosa que atraviesa una profunda crisis de fe y que encuentra en el extraño visitante un interlocutor inesperado para sus dudas.

Hilary Mantel construye una historia que oscila continuamente entre la sátira, la fábula y la reflexión espiritual. Su mirada hacia la Iglesia es crítica, a veces mordaz, especialmente cuando retrata el peso de las convenciones, el miedo al cambio o las formas vacías de autoridad. Sin embargo, la novela está lejos de ser una caricatura anticlerical. Lo que le interesa no es ridiculizar la fe, sino distinguirla de las estructuras que a menudo la sofocan. Uno de los mayores aciertos del libro es precisamente esa ambigüedad: nunca queda claro si Fludd es un embaucador, un ángel salvador, un demonio embaucador o simplemente alguien capaz de hacer ver la realidad de otro modo. La autora evita las explicaciones claras y deja que el misterio actúe como un catalizador de transformaciones personales.

"En mi antiguo oficio -explicó el vicario-, un oficio que creo haber olvidado o, como mínimo, en el que he perdido destreza, había un proceso que se llamaba nigredo, y que consistía en ennegrecer, en corromper, en mortificar, en descomponer. Luego hay un proceso que se llama albedo, que es un blanqueamiento... ¿sabe? [...]
[H]ay momentos en la vida en los que hay que matar el pasado. Cortar por lo sano con tu antigua naturaleza. dejar atrás el mundo que conoces. Es duro, muy doloroso, pero es mejor hacerlo que mantener el alma atrapada en circunstancias que uno ya no puede soportar, Puede que viviéramos de un modo que nos parecía satisfactorio, pero el caso es que ya no nos lo parece; o que tuviéramos un sueño que se ha agriado por haberlo postergado demasiado tiempo, o que un placer se haya convertido en un simple hábito. Las expectativas caducas, hermana, son como una jaula en la que el alma se pudre como una fiera mal cuidada en un circo".

El resultado es una novela singular, divertida y melancólica a la vez, en la que Hilary Mantel no ofrece respuestas definitivas, dejándonos con la sensación de que algunas dudas pueden ser más fecundas que muchas certezas.

lunes, 22 de junio de 2026

60 grados norte

Mallachy Tallack 
60 grados norte. Un viaje en busca de mi hogar
Traducción de María Fernández Ruíz
Volcano, 2018

"Vivimos en una era de mucha desunión y alienación, en la que las redes sociales fingen ser una alternativa viable o un sustituto de la comunidad, cuando no son más que una parodia de ella. Reconocer la dependencia recíproca de las personas que comparten un lugar es el acto comunitario fundamental. Hoy en día, es un acto radical, una implicación deliberada y voluntariosa que ignora los cantos de sirena de la libertad solitaria. Desde mi punto de vista, los lugares donde aún predomina este modo de vida son lugares que alimentan la esperanza. No la esperanza de que involucionemos e intentemos vivir como nuestros abuelos, sino la esperanza de que lo que se ha visto menoscabado en el siglo pasado, la sabiduría y la cercanía de la vida en comunidad, no se haya perdido por completo".


¡Qué pena que Volcano se haya extinguido! Con el excelente catálogo que venían construyendo...

Esta es otra prueba. Un ensayo que tiene algo de relato de viajes, algo de ensayo y algo de memoria personal, pero ninguna de esas categorías logra definirlo por completo. Malachy Tallack utiliza un recorrido por el paralelo sesenta Norte -es decir, el paralelo situado 60 grados al norte del plano ecuatorial de la Tierra- como hilo conductor para abordar una cuestión mucho más profunda: qué significa pertenecer a un lugar y de qué manera construimos la idea de hogar.

El punto de partida es su propia biografía. Criado en las islas Shetland, Tallack mantiene con aquel territorio una relación marcada por el afecto, la distancia y la duda. La muerte temprana de su padre y una persistente sensación de desarraigo alimentan una pregunta que le acompaña desde hace años: por qué algunos lugares llegan a formar parte de nosotras y nosotros mientras otros permanecen siempre como escenarios de paso.

Para intentar responderla emprende un viaje que le lleva a recorrer algunos de los territorios situados en torno a los sesenta grados de latitud norte: Groenlandia, Canadá, Alaska, Siberia o Escandinavia. Aunque todos comparten una misma posición geográfica, sus paisajes, culturas e historias son extraordinariamente diversos. Pronto queda claro que la verdadera unidad del libro no la proporciona la cartografía, sino la búsqueda personal que sostiene el viaje.

El autor enlaza observaciones sobre la geografía, la historia o la ecología con recuerdos y preguntas personales, logrando que cada etapa del viaje amplíe el sentido de la anterior. El resultado es un libro que se lee con la sensación de estar acompañando a alguien que piensa mientras camina, que mira mientras intenta comprender.

El norte no aparece retratado como un refugio mítico ni como una frontera heroica. Sus lugares están construidos por comunidades concretas, historias locales y personas que han aprendido a vivir en entornos a menudo enormemente exigentes. La naturaleza ocupa un lugar central, pero nunca eclipsa la presencia humana ni las complejas relaciones que las sociedades mantienen con el territorio.

A lo largo de sus páginas emerge una idea particularmente sugerente: los lugares no son simples coordenadas en un mapa, sino espacios tejidos por la memoria, los afectos, las experiencias compartidas y las narraciones que construimos sobre ellos. El sentimiento de pertenencia no depende únicamente de dónde vivimos, sino de la calidad de los vínculos que establecemos con un territorio y con quienes lo habitan.

Como señala en el texto que he escogido para ilustrar este comentario, Tallack no propone una vuelta a "los tiempos de antes". Desde luego, si hay algo que merece ser recuperado de aquellas formas de vida no es el mundo de nuestros "abuelos" con "o", con sus jerarquías rígidas, sus desigualdades de género, sus silencios impuestos y sus estrechos márgenes de libertad, pero sí algunas de las prácticas comunitarias que, en gran medida, fueron sostenidas por nuestras abuelas.

La dependencia recíproca de la que habla Tallack no era, ni es hoy, una abstracción; tenía rostro, tiempo y trabajo esencialmente feminizados. Era la red de cuidados que permitía criar a las hijas y a los hijos, atender a las personas enfermas, acompañar a quienes atravesaban dificultades, intercambiar favores, compartir alimentos o simplemente estar pendientes unas de otras. Y buena parte de ese trabajo comunitario descansaba sobre las mujeres, casi siempre invisibilizado y raramente reconocido.

Las abuelas sabían algo que nuestra cultura hiperindividualista parece olvidar constantemente: que la autonomía nunca es completa y que la vulnerabilidad compartida no es una anomalía, sino la condición ordinaria de la existencia humana. Sabían que nadie sale adelante soloa, que la vida cotidiana depende de una infinidad de pequeños gestos de cooperación y que la libertad no consiste únicamente en no depender de nadie, sino también en poder depender de otras y otros sin humillación ni miedo.

El desafío contemporáneo no pasa por elegir entre comunidad o libertad, sino por aprender a construir comunidades de personas libres, compatibles con la igualdad, la diversidad y la autonomía personal. Comunidades que conserven la sabiduría relacional de nuestras abuelas sin exigir a nadie el precio que ellas tuvieron que pagar para sostenerlas.

Una preciosa meditación sobre la identidad, la pérdida y el arraigo, que sugiere que el hogar no siempre es el lugar perfecto que buscamos, sino aquel con el que, tras un largo proceso de exploración y reconocimiento, conseguimos finalmente reconciliarnos. Y con el que nos comprometemos. Que igual por eso el turismo industrializado, la movilidad febril y la pérdida de referencias van hoy tan de la mano...



Cinco meses de invierno

James Kestrel
Cinco meses de invierno
Traducción de Jofre Homedes Beutnagel
Salamandra, 2025

"Ella se marchó un momento y él se apoyó en la baranda y se quedó mirando las luces de la ciudad. Se había vuelto un gran experto en no pensar en nada, y para eso iba muy bien apoyarse en una baranda y mirar luces".


Una novela que utiliza la estructura de un thriller para contar cómo sobrevive una persona cuando la Historia (con mayúscula) irrumpe violentamente en su vida y la obliga a vivir durante años en la incertidumbre, la pérdida y la espera.

La historia (con minúscula) comienza en Honolulu, en diciembre de 1941. Joe McGrady, detective de policía, investiga un asesinato especialmente brutal, pero lo que parece un caso criminal complejo, pero previsible, acaba convirtiéndose en una travesía que atraviesa la guerra del Pacífico y acompaña al protagonista durante cinco años decisivos. Cinco diciembres, como indica el título original (Five Decembers). La novela se mueve entre la novela negra, la aventura, el relato bélico y la(s) historia(s) de amor sin perder nunca el equilibrio ni la tensión narrativa.

El propio título (original) encierra una de las claves de la obra. Los cinco diciembres son, literalmente, los cinco meses de diciembre transcurridos entre 1941 y 1945, pero simbolizan también cinco años de espera. Diciembre suele asociarse al regreso, al hogar y al reencuentro; para McGrady, cada diciembre marca una nueva etapa de una larga fidelidad sostenida contra todas las adversidades. La novela es, en gran medida, la historia de esa espera.

Por eso uno de sus grandes temas no es la acción, sino el tiempo. McGrady es un tipo obstinado, leal y resistente, pero también profundamente vulnerable. La guerra, el cautiverio, las pérdidas y la distancia van dejando huellas en él. La frase que abre este comentario parece anecdótica, pero resume admirablemente la experiencia del personaje. No se trata de una actitud contemplativa ni de una búsqueda de serenidad, e una técnica de supervivencia. Cuando la realidad duele demasiado y el futuro permanece bloqueado, a veces lo único posible es aprender a soportar el tiempo sin dejarse destruir por él.

Ahí reside buena parte de la fuerza de la novela. Kestrel no se interesa tanto por las batallas o las estrategias militares como por las vidas que quedan suspendidas dentro de ellas. La guerra aparece siempre a través de sus consecuencias humanas: los vínculos interrumpidos, las promesas aplazadas, la nostalgia, la lealtad y la esperanza. Incluso el misterio criminal que pone en marcha la historia termina ocupando un lugar secundario frente a la experiencia vital de los personajes.

El resultado es una novela absorbente, escrita con elegancia y ambición narrativa. Cuando se cierra el libro, lo que permanece en la memoria no es tanto la resolución del caso inicial como la figura de una persona empeñada en mantenerse fiel a aquello que ama mientras atraviesa, uno tras otro, cinco largos diciembres.

domingo, 21 de junio de 2026

Goikogane, Mugarriluze y Kamaraka

Repito la misma ruta que hice en julio del año pasado: de Arrankudiaga a Bilbao por la Senda de los Contrabandistas, pasando antes por los buzones de Goikogane, Mugarriluze y Kamaraka (el Gazteluzar lo he bordeado). Aunque por la línea de cumbres corría un airecillo muy agradable, a partir del collado Kurtziaga y hasta regresar a Bilbao el calor ha sido muy intenso. Hoy llevaba en la mochila el libro A la sombra del hombre, en el que Jane Goodall narra sus primeras y revolucionarias investigaciones documentando la actividad de la comunidad de chimpancés de Gombe, en Tanzania, y en el viaje en tren desde Bilbao a Arrankudiaga justo he leído estas líneas:

"Me habían dicho que las lluvias acabarían en el mes de abril, pero aquel año siguió lloviendo en junio, aunque con menos frecuencia, En aquellos días grises, la selva parecía un inmenso invernadero tropical. El sol absorbía la humedad que quedaba atrapada entre los tallos de la hierba. Subir por aquellas pendientes llegó a convertirse, con frecuencia, en una pesadilla. A veces tenía que trepar a un árbol sólo para poder respirar y, una vez allí, me preguntaba por qué nuestros antepasados habían decidido bajar al suelo alguna vez".

[Jane Goodall, A la sombra del hombre, Alianza, 2023. Traducción de Carmen Criado].

Me he acordado mucho de este párrafo.

Afortunadamente, el airecillo de las cumbres, la fresquísima agua de la fuente del Espino o de Altxisketa y una cerveza en el refugio del Paga, han sido de gran ayuda.

Goikogane desde Arrankudiaga.


Goikogane. Al fondo la mole del Ganekogorta, que hay que atravesar a media altura para llegar hasta el Pagasarrii. 


Mugarriluze.
Kamaraka.
Todavía queda un buen trecho hasta el collado Kurtziaga.

Fuente del Espino.
Pobrecillo topete.

Refugio Biderdi.