domingo, 30 de noviembre de 2025

Ruralismo

Vanesa Freixa Riba
Ruralismo: La lucha por una vida mejor
Errata naturae, 2025

"¡Ruralicemos el planeta, ruralicemos la vida! Acerquemos a todas partes este sistema que nos ensaña, nos alimenta y nos sana. Comprendamos, de una forma menos superficial, el funcionamiento de millones de procesos naturales que habíamos dejado de lado. Y entonces el amor y el cariño que se despertarán serán imparables y favorecerán la creación de lazos con el espacio y con sus habitantes. Y llegará eso tan bonito de echar raíces. Y cuando echamos raíces, ejercemos un cuidado. Y cuando cuidamos algo, nos implicamos en un lugar y lo defendemos contra cualquier amenaza. El cambio se inicia con un sentimiento de comunidad más allá de nosotras, en beneficio de todas. es necesario, pues, dar impulso al espíritu rural".


Vanesa Freixa Riba firma un ensayo que se lee como un viaje de regreso a casa, aunque ese “hogar” no sea un lugar exacto en el mapa sino una forma distinta de habitar el mundo. No es un tratado teórico ni un alegato académico; no estamos ante un manifiesto frío ni ante una suma de datos académicos, sino frente a una narración que respira tierra húmeda, conversaciones de cocina y amaneceres que empiezan con el sonido de los gallos. Es un relato tejido con la voz de quienes siguen viviendo donde otras y otros se fueron, con la memoria de los campos trabajados y con el pulso lento, pero obstinado, de la vida rural que se resiste a desaparecer.

La autora nos toma de la mano y nos lleva por pueblos que han sido olvidados por la prisa, por campos que todavía saben decir los nombres antiguos de las cosas y por vidas que no se miden en productividad sino en sentido, por lugares que ya no salen en los mapas mentales del progreso, por cocinas que guardan historias más valiosas que muchos archivos, por tierras que no se dejan domesticar del todo. En sus páginas, lo rural deja de ser paisaje y se vuelve biografía: la de quienes siembran, cuidan, esperan y sostienen sin aplausos. Y a lo largo del libro, “el campo” deja de ser un decorado nostálgico para convertirse en una trinchera viva desde la que resistir al abandono, al silencio impuesto, a la idea de que solo en la ciudad ocurre “lo importante”.

Un campo que no es refugio romántico, sino territorio de lucha cotidiana. Ruralismo no idealiza. Bajo su tono sereno late una crítica clara a un sistema que ha empujado a los pueblos a convertirse en ruinas sentimentales, a decorados turísticos o a simples estadísticas de despoblación. La autora denuncia el vaciamiento de la vida rural (muy especialmente el femenino) con una lucidez que duele, pero no se recrea en la herida. Su mirada no es elegíaca, sino fértil: busca semillas en las grietas:

“Las primeras en marcharse fueron las mujeres, que llevaban años sometidas y explotadas. Huyendo de una vida esclava, invisibilizada y sin reconocimiento alguno, encontraron en las ciudades una dignificación de su trabajo y su cuerpo. Pasaron de ser recolectoras, criadoras, horticultoras, cocineras y cuidadoras de niños y ancianos a responsables de una portería, modistas, peluqueras y señoras de la limpieza de una casa a cambio de una remuneración, labores que les proporcionaban algo más de reconocimiento, además de un salario y la ventaja añadida de una lavadora, que las liberaba de todo ese tiempo arrodilladas a la orilla del río. Esta migración femenina tuvo como consecuencia la masculinización de pueblo enteros y la interrupción de matrimonios más o menos de conveniencia, con el consiguiente descenso de la natalidad. En definitiva, la generación que debía haber sido la heredera de la ruralidad no llegó a nacer nunca.
Ahora creo que el precio que se pagó fue necesario. Los seres humanos somos incapaces de poner fin a nuestros propios errores, así que algo tenía que pasar para evitar que volvieran a forzarse más matrimonios, concepciones, relaciones sexuales o vidas sin amor. En cierto modo, se trató de una de las primeras manifestaciones de liberación de las mujeres de la ruralidad”.

El texto dialoga de forma natural con el ensayo Tierra de mujeres de María Sánchez: ambas obras comparten una misma raíz la defensa del mundo rural como espacio vivo y político. También resuena en la prosa de Ruralismo, como un eco suave, la obra poética de María Sánchez. Hay momentos en los que las frases parecen querer quedarse a vivir en la lectora, como versos que no saben que lo son. La relación con los animales, con los ciclos naturales, con el lenguaje heredado de la infancia y del trabajo en el campo, aparece en ambos universos como una forma de resistencia contra el olvido. Donde la poesía de María Sánchez afila la emoción y la nombra con delicadeza, el ensayo de Vanesa Freixa la despliega como un mapa de rutas posibles hacia otro modo de estar en el mundo.

El tono del libro no es utópico, pero tampoco derrotista. Al contrario, el texto está atravesado por una energía serena y combativa, una convicción honda de que volver al campo -o quedarse en él- es un acto profundamente político, aunque no siempre se nombre así. Cada página insiste, casi sin levantar la voz, en que otra forma de vivir no solo es posible, sino que ya existe, aunque no siempre sepamos mirarla. Leer Ruralismo es confirmar que el progreso, tal y como lo hemos aprendido, no nos está llevando a un lugar mejor. Es sentir que la modernidad no tiene por qué significar ruptura con la tierra, y que la experimentación social puede brotar mejor entre huertos, caminos de barro y cocinas de leña. 

Al cerrarlo, queda una sensación parecida a la de volver de una larga caminata: el cuerpo está cansado, pero la mirada es otra. Este libro no promete soluciones fáciles, pero sí una cosa más valiosa: preguntas nuevas, ganas de escuchar(nos) y la sensación de que el futuro estaba esperando desde hace tiempo en los lugares que aprendimos a llamar “periféricos”.

La Cruz de Occidente

Max Gallo
La Cruz de Occidente
Traducción de Carmen Torres París y Mª Dolores Torres París
Alianza, 2011

"Dudé, Señor. Me acordé de lo que solía decir Michele Spriano: «Las grandes palabras de la religión esconden las ambiciones terrenales de monarcas ávidos de poder, y la astucia de comerciantes y banqueros preocupados por sus ganancias». Me pregunté: ¿Y si el enfrentamiento entre hugonotes y católicos, entre cristianos y musulmanes, no es más que una trampa que el demonio tiende a los hombres para precipitarlos al Mal y empujarlos a matar a los otros, que también son, Dios mío, criaturas tuyas?"


Max Gallo sitúa la trama de esta novela en un siglo XVI desgarrado, un tiempo en que Europa parece caminar a tientas entre la fe y la violencia. Bernard de Thorenc, el protagonista, es un caballero convencido de que lucha por Dios, por la verdad, por la civilización cristiana frente al enemigo musulmán. Pero pronto descubre que la frontera entre el bien y el mal no corre entre religiones ni banderas, sino dentro del corazón humano.

Desde las primeras páginas, Gallo introduce a Bernard en un itinerario espiritual más que militar. Lo envía a las galeras del sultán, lo enfrenta a la brutalidad de las conquistas, lo devuelve a una España donde la Inquisición se convierte en una máquina de hierro, y finalmente lo devuelve a una Francia desgarrada por la guerra entre católicos y hugonotes. Allí, lo que debería ser una lucha por la ortodoxia termina pareciéndose demasiado a una pugna por el poder: príncipes, comerciantes, banqueros, líderes políticos… todos utilizan el lenguaje de la religión para justificar ambiciones que poco tienen que ver con la misericordia o la salvación.

"Pero las cosas son así. Dios, la religión, la Iglesia, para la mayoría de los hombres no son  sino máscaras. Detrás de sus libros santos, sea el Corán, el Antiguo o el Nuevo Testamento, esconden sus libros de de cuentas. No son las cuentas de un rosario que se desgranan, sino un ábaco de mercader lo que manipulan. Los ducados, el oro, los intereses, el comercio de especias, la venta de telas, son sus desvelos".

Y es en ese punto donde Bernard se detiene y duda, preguntándose, con una lucidez dolorosa, si no será que las grandes palabras -Causa, Fe, Verdad- han servido demasiadas veces para camuflar intereses mezquinos. Se pregunta si el demonio no estará precisamente ahí, en el engaño que nos hace creer que matar al otro es servir a Dios. Y esta duda, como una grieta de luz que se abre en medio del fanatismo, hace descubrir a Bernard que su enemigo se parece demasiado a él mismo, que su supuesta superioridad moral no lo salva de caer en la misma barbarie que denuncia.

Gallo consigue que veamos la historia de Occidente no como un relato heroico y lineal, sino como un espejo incómodo. Occidente lleva siglos justificando guerras, conquistas y represiones en nombre de valores sagrados. Y sin embargo, detrás de los estandartes hay ambición, miedo, sed de dominio. Bernard, golpeado por la experiencia, entiende que la cruz no siempre ilumina; a veces ciega. A pesar de su sensibilidad hacia la tradición cristiana, Gallo no idealiza a sus defensores, no los muestra como paladines puros, sino como seres humanos atrapados entre convicciones nobles y pulsiones sombrías. El fanatismo católico, la violencia hugonote, la crueldad musulmana… todo aparece en un mismo plano moral. Lo que importa no es quién tiene la verdad doctrinal, sino quién es capaz de reconocer la humanidad de la otra, del otro. 

"-Los cristianos vencen a los turcos en Lepanto -prosigue María de Segovia- el domingo 7 de octubre de 1571 y aún no había transcurrido un año cuando, otro domingo, el 24 de agosto de 1572, durante la noche de San Bartolomé, se mataron entre sí, aquí, en nombre de Cristo.
Interrumpe su discurso y se queda inmóvil ante mí.
-Nuestro siglo se parece a aquél, -dice-. Se mata ya en nombre de Dios, de Cristo y de Alá".

También consigue (no sé si lo pretende) que veamos en el siglo XVI un antecedente de nuestros dilemas contemporáneos: sociedades fracturadas, amenazas reales o percibidas, el renacer de rivalidades entre comunidades de fe, la tentación de convertir la identidad en arma, la necesidad de definirse contra un “otro”. Hoy seguimos atrapados entre identidades en conflicto: políticas, religiosas, culturales. Seguimos escuchando discursos que prometen seguridad absolviendo cualquier exceso, que señalan culpables externos para evitar mirarnos por dentro. Las redes sociales, la brutalización deshumanizadora y los extremismos han convertido el “ellos contra nosotros” en un hábito. Y Gallo, desde su siglo XVI novelado, parece advertirnos que la mayor trampa es creer que el mal siempre está fuera.

El camino de Bernard en la novela sugiere otra salida: la duda humilde, la capacidad de crítica, la conciencia de que la fe -o la identidad, o los ideales- deben confrontarse siempre con la compasión. Cuando él descubre que su enemigo es también criatura de Dios, todo el edificio de la violencia se derrumba. Ese gesto interior, íntimo, es el corazón de la novela. De ahí que esta no sea solo ni fundamentalmente una narración de guerras antiguas, sino un recordatorio de que la civilización no se construye con victorias sobre el otro, sino con victorias sobre nuestra propia ceguera moral.