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sábado, 17 de enero de 2026

La democracia como práctica moral y conversación cívica


 

Llevamos demasiado tiempo aceptando una idea empobrecida de la democracia. La hemos reducido al momento electoral, al recuento periódico de votos, a la competencia entre élites políticas cada vez más desconectadas de la sociedad a la que dicen representar. Pero una democracia que se limita a eso no solo se vacía por dentro: se vuelve objetivamente antidemocrática.

Porque la democracia no se sostiene sobre procedimientos, por más relevantes que estos sean. Depende de la existencia de una minoría suficiente de demócratas activas y responsables; no una élite ilustrada ni un grupo de notables, sino un número mínimo de ciudadanas y ciudadanos comprometidas con lo público, dispuestas a participar, a deliberar, a hacerse cargo de las decisiones colectivas. Sin esa base cultural y práctica, las instituciones democráticas se convierten en una carcasa formal, vulnerable a cualquier deriva autoritaria. Hoy asistimos precisamente a ese riesgo.

La reducción de la democracia a un procedimiento electoral ha ido de la mano de una transformación profunda de los partidos políticos: si en su origen fueron herramientas de organización, movilización y socialización democrática, hoy se han convertido en grupos privados de poder, escasamente democráticos en su funcionamiento interno, separados de sus bases sociales y progresivamente identificados con las propias instituciones representativas, de las que se han adueñado.

Cuando los partidos dejan de ser mediadores entre sociedad e instituciones y pasan a ocuparlas literalmente, la participación ciudadana se empobrece, la deliberación desaparece y la política se convierte en un espectáculo de adhesiones y rechazos inmediatos. En ese terreno fértil crecen los liderazgos autoritarios que dicen hablar “en nombre del pueblo” mientras vacían de contenido los controles, las garantías y los derechos.

No es casualidad que en este contexto emerjan figuras como Viktor Orbán o Donald Trump, ni que prosperen políticas que, bajo un lenguaje de libertad y eficiencia, desmantelan servicios públicos y derechos sociales, como ocurre con la mercantilización de la sanidad o la educación impulsada por Isabel Díaz Ayuso. No se trata de anomalías: son síntomas de una democracia reducida a mercado político.

Participar no es consumir política

Frente a esta deriva, conviene recordar una idea elemental: la participación no es un adorno de la democracia, es su fundamento. No solo porque sea un derecho -que debe ser reconocido y protegido-, sino porque es fuente de derechos. Es mediante la participación como se incorporan nuevos problemas a la agenda pública, como se construyen mayorías sociales, como se defienden y amplían conquistas democráticas.

Pero participar no es simplemente opinar, ni reaccionar en tiempo real, ni elegir entre opciones cerradas. Una democracia entendida como mera agregación de preferencias individuales -el modelo liberal-procedimental dominante- parte de una concepción empobrecida del ser humano: individuos aislados, egoístas racionales, cuyas preferencias se consideran dadas e inmutables. 

El resultado es una ciudadanía desmovilizada, que percibe la participación como una carga y delega lo esencial en profesionales de la política. Una ciudadanía que se limita a votar y a consumir mensajes políticos como quien consume productos.

Existe otra tradición democrática, hoy arrinconada pero más necesaria que nunca: la tradición republicana y deliberativa. Desde esta perspectiva, la democracia no se limita a producir decisiones legítimas; aspira a producir mejores ciudadanas y ciudadanos. Su virtud reside en su capacidad para transformar preferencias privadas en preferencias públicas, para convertir intereses egoístas en juicios orientados al bien común.

La democracia, en este sentido, es una conversación colectiva. Un proceso lento, exigente, a veces conflictivo, mediante el cual las personas revisan sus posiciones, escuchan razones ajenas, modifican sus puntos de vista y construyen acuerdos. En este modelo la razón de ser del Estado democrático no es solo proteger derechos individuales, sino salvaguardar un proceso inclusivo de formación de la opinión y de la voluntad común.

Votar no desaparece en este modelo. Pero el voto deja de ser el principio y el final de la democracia para convertirse en la culminación de un proceso deliberativo. Cuando la votación sustituye al debate, cuando la rapidez sustituye a la reflexión, cuando la política se rige por la lógica del impacto inmediato, la democracia se degrada.

Ese vaciamiento moral de la democracia no se ha producido de forma abrupta ni por una súbita desafección ciudadana. Es el resultado de un proceso largo y persistente que ha ido erosionando las condiciones sociales, materiales y simbólicas que hacen posible una ciudadanía activa. Cuando amplios sectores de la población experimentan que su participación no cambia nada sustantivo, que las decisiones relevantes se toman lejos y sin ellas, o que la política se limita a gestionar lo inevitable, la democracia deja de percibirse como un espacio propio y compartido. No es que la ciudadanía “abandone” la democracia republicana: es que esta se va retirando de su vida cotidiana.

A ello se suma una transformación profunda de las condiciones de vida. La precarización del trabajo, la inseguridad residencial, la mercantilización del tiempo y la intensificación de las exigencias vitales reducen drásticamente la disponibilidad (material y emocional) para participar, deliberar y comprometerse. La democracia republicana exige tiempo, atención y confianza mutua; pero vivimos en sociedades que producen cansancio, competencia y aislamiento. En ese contexto, la participación aparece como un lujo, la deliberación como una pérdida de tiempo y el compromiso cívico como una carga más. El resultado no es apatía pura, sino una retirada defensiva hacia lo privado, que deja el espacio público cada vez más expuesto a su colonización por actores con más recursos, más voz y menos escrúpulos democráticos.

Recuperar el tiempo y el espacio de la democracia

La democracia exige tiempo. Tiempo para hablar, para escuchar, para disentir, para cambiar de opinión. La obsesión contemporánea por la velocidad -alimentada por medios, redes y sondeos permanentes- produce una ilusión de participación que en realidad elimina la reflexión. Se opina sobre opiniones, se reacciona antes de comprender, se confunde ruido con deliberación.

Esta “democracia en tiempo real” es el caldo de cultivo perfecto para nuevas formas de autoritarismo: no ya el Estado fuerte y represivo, sino la desinstitucionalización, la apelación directa y emocional a un “pueblo” homogéneo, la eliminación de mediaciones, controles y garantías. Un autoritarismo que habla el lenguaje de la democracia radical mientras vacía su contenido pluralista.

Este vaciamiento moral de la democracia va acompañado de otro proceso igual de corrosivo: la separación entre libertad e igualdad. La libertad entendida solo como ausencia de interferencia (la libertad negativa) resulta perfectamente compatible con sociedades profundamente desiguales. Se puede ser “libre” para dormir bajo un puente y estar condenado a hacerlo.

La libertad democrática real es libertad positiva: la capacidad efectiva de decidir y llevar adelante un proyecto de vida digno. Y esa libertad requiere condiciones materiales: educación, salud, vivienda, trabajo, seguridad económica. No hay participación democrática posible cuando amplios sectores de la población viven en la precariedad, la dependencia o la exclusión.

Por eso la privatización, la desregulación y la mercantilización de los servicios esenciales no son solo políticas económicas: son ataques directos a la democracia. Socavan la igualdad, erosionan la autonomía y reducen la ciudadanía a un estatus formal vacío.

Recuperar la democracia hoy exige algo más que defender procedimientos. Exige recuperar su dimensión moral: la idea de que gobernarnos juntas implica responsabilidad, cuidado de lo común, disposición a la crítica y a la autocrítica. Exige reconstruir espacios de participación real, fortalecer instituciones deliberativas y asumir que sin igualdad material no hay libertad política.

Final del formulario

No partimos de cero, ni estamos condenadas a esta sombra de democracia. Basta con levantar la vista y mirar a nuestro alrededor para comprobar que, lejos de haberse extinguido, la democracia como práctica moral sigue viva en múltiples iniciativas sociales, políticas y sindicales que atraviesan nuestra vida cotidiana. En los barrios, en los centros educativos, en los lugares de trabajo, en asociaciones vecinales, plataformas ciudadanas, colectivos feministas, ecologistas, culturales o de apoyo mutuo, se sigue deliberando, organizando y cuidando lo común. Ahí, donde no hay focos ni titulares, la democracia recupera su sentido más profundo: el de una conversación sostenida entre iguales para transformar problemas compartidos en respuestas colectivas.

Reconstruir la democracia no pasa solo por reformar leyes o perfeccionar procedimientos, aunque también, sino por volver a vincularnos. Por reconocernos como parte de tramas sociales vivas y asumir la responsabilidad de habitarlas. Una democracia con pies de barro, frágil y expuesta a cualquier embate autoritario, solo puede reconstruirse apostando decididamente por una democracia con pies de barrio: arraigada, próxima, plural, lenta cuando hace falta y conflictiva cuando es necesario. Una democracia que no se limita a ser votada, sino que se practica cada día. Porque solo así la democracia dejará de ser una fórmula abstracta y volverá a convertirse en una experiencia compartida.

 

elDiario.es, 17 enero 2026 


miércoles, 23 de noviembre de 2022

Los años ochenta y la heroína en Gipuzkoa. Entre la emergencia sociosanitaria y el pánico moral

Amaia Izaola Argüeso (coord.)
Los años ochenta y la heroína en Gipuzkoa. Entre la emergencia sociosanitaria y el pánico moral
Catarata, 2022


El 19 de septiembre de 1917, tras una noche de consumo de morfina, cocaína y alcohol, fallecía en la Casa de Socorro de San Sebastián Joaquín Santiago-Concha y Tineo, cuarto conde de Villanueva del Soto, con 21 años de edad. Lo cuenta en un interesantísimo artículo el historiador Juan Carlos Usó Arnal, quien nos introduce con una narración tan vívida como informada, en el ambiente de una ciudad convertida en un elitista centro de veraneo, repleta de lujosos hoteles, exquisitos restaurantes y animados locales de ocio nocturno, donde sustancias como el opio, el láudano, la morfina, la heroína, la cocaína o el hachís se adquirían sin problemas en farmacias, herboristerías o tiendas de ultramarinos. Fue en uno de esos locales nocturnos donde el joven aristócrata encontró la muerte. Pese a no ser la primera muerte por sobredosis reportada por la prensa de la época, en este caso los periódicos, especialmente los donostiarras, impulsaron una fuerte campaña de denuncia de este hecho, reclamando de las autoridades medidas para evitar que se repitiera. Como señala Usó, “San Sebastián no podía permitirse el lujo de tomarse a la ligera un suceso que pusiera en riesgo su presente y futuro como centro de veraneo para personas privilegiadas”.

Seis décadas después de estos hechos Donostia, al igual que otras localidades de Gipuzkoa y del resto de Euskadi, se vieron brutalmente sacudidas por una epidemia que se llevó por delante la salud y la vida de miles de personas jóvenes, dejando además en sus familias y entornos sociales una herida imposible de cicatrizar. Esta es la parte más oscura de una historia que, como sociedad, no deberíamos olvidar. Porque si bien es cierto que en el consumo de drogas, como cualquier comportamiento humano, juegan un papel importante factores personales, se trata de una realidad que no se entiende sin ponerla en relación con elementos estructurales, con procesos culturales, económicos y políticos que constituyen el contexto sin el que tales comportamientos personales, en la forma en que se realizaron en los años ochenta, hubieran sido imposibles.

“El proceso de transformación social que se pone en marcha [en España a partir de los años sesenta] está directamente relacionado con el incremento en el consumo de drogas”, escribía a mediados de los ochenta el sociólogo Enrique Laraña. Las personas que en los ochenta cabalgaron el caballo de la heroína fueron, en más de un sentido, víctimas de su tiempo. Así lo indicaban, con exquisita sensibilidad, en la Memoria de Proyecto Hombre de 1986: "En Proyecto Hombre hemos elegido este campo porque la droga es el timbre de alarma que suena en estos tiempos. Hablamos de un sector de la juventud sumido en la desesperación".

Un tiempo de crisis política, económica, cultural y moral; una época de profundas transformaciones que arrojaban sobre las generaciones más jóvenes un horizonte de incertidumbre y desasosiego: “No future”, como cantaban los Sex Pistols en su icónica canción de 1977:

Cuando no hay futuro,
¿cómo puede haber pecado?
Somos las flores en la basura,
somos el veneno en tu máquina humana,
somos el futuro, tu futuro.
No hay futuro, no hay futuro,
no hay futuro para ti.
No hay futuro, no hay futuro,
no hay futuro para mí.

Pero también es importante hacer memoria de las luces que se prendieron en medio de tanta oscuridad, de todas esas “pequeñas grandes historias” que, como recuerdan Ion Burgi y Xabier Arana al escribir sobre el Taller (en realidad, Centro de Iniciación Profesional) de Askagintza en Altza. Fueron muchas, muchísimas, las iniciativas sociales e institucionales que reaccionaron frente a la tragedia colectiva que fue la expansión de la heroína en Gipuzkoa y en Euskadi durante los años ochenta. También de esto hay que hacer memoria.

Esto era lo que pretendíamos cuando, a comienzos del año 2020, empezamos a imaginar este proyecto de investigación en diálogo con la Fundación Ramón Rubial y el Departamento de Cultura, Cooperación, Juventud y Deporte de la Diputación Foral de Gipuzkoa. La pandemia de COVID-19 nos obligó a modificar el proyecto inicial, limitando su alcance. Esperamos, en todo caso, que lo expuesto en este pequeño libro contribuya a impulsar ese ejercicio de memoria.


[Texto de Imanol Zubero: "A modo de conclusión", pp. 131-134]

viernes, 24 de septiembre de 2021

Lectura crítica de la Carta Social Europea

 SEMINARIO ONLINE: “POLÍTICAS EUROPEAS Y ESTRATEGIAS DE LUCHA CONTRA LA POBREZA”

EAPN - ES

24/09/2021

https://www.eapn.es/actividades/159

 

Panel: “El potencial para los derechos sociales de la Carta Social Europea revisada”

 

 

[I] No soy jurista y hasta hace unos días, cuando empecé a preparar esta intervención, no me había preocupado por conocer nada de esta Carta Social Europea. Carmen Salcedo sabe mucho más que yo de esto. He leído con mucho interés sus artículos “La Constitución Social de Europa (Carta Social Europea): realidad y efectividad de la defensa de los derechos” y “La Carta Social Europea y el protocolo de reclamaciones colectivas: fortalecimiento de los derechos sociales y sus garantías”, publicado en Gaceta Sindical, la revista del sindicato en el que milito desde hace treinta años.

Pero, como decía Mario Onaindia, si contratas a un mariachi es para que cante rancheras. Así que yo voy a cantar sociología. Y lo haré utilizando como pórtico dos reflexiones:

ü  El jurista italiano Pietro Barcellona denunciaba hace años la conversión del derecho en una mera técnica de control social y lamentaba que “cada vez más, esta sociedad necesita ser regulada jurídicamente; y cada vez más, la justicia aparece lejana e indecible”. Es decir, que producción jurídica y justicia real no van necesariamente unidas.

ü  El activista comunitario Saul Alinsky dijo en alguna ocasión, confrontándose con el maximalismo de los Black Panther, que es un terrible error estratégico proclamar que el poder está en la boca del fúsil cuando es el adversario el que tiene todos los fusiles. Lo mismo ocurre con el derecho.

 

[II] En el webinario 'La Carta Social Europea revisada, más y mejores derechos sociales", organizada por el CERMI y EAPN-ES el pasado mes de julio, el Secretario de Estado de Empleo y Economía Social del Ministerio de Trabajo y Economía Social, Joaquín Pérez, calificaba la Carta Social Europea revisada como el tratado social “más importante para el reconocimiento de los derechos sociales”.

Unos meses antes, Confederación Europea de Sindicatos hacía pública una resolución sobre el 60º Aniversario de la Carta Social Europea del Consejo de Europa y del 25º Aniversario de la Carta Social Europea Revisada, en la que señalaba lo siguiente:

Las Cartas Sociales Europeas del Consejo de Europa son las piedras angulares de la protección de los derechos sociales fundamentales en Europa. […] Sin embargo, los derechos sociales fundamentales siguen considerándose en Europa como derechos humanos de "segunda clase". Los derechos sindicales, laborales y sociales fundamentales siguen siendo socavados, en particular en tiempos de crisis económica, financiera y ahora de pandemia. La efectividad de los derechos sociales fundamentales no es suficiente. El número de casos de disconformidad sigue siendo elevado, en particular en ámbitos sensibles como el derecho a la libertad de asociación, la negociación colectiva y la acción colectiva. Además, problemas que a veces han sido criticados durante décadas siguen sin ser resueltos por las respectivas Partes Contratantes debido a la mera falta de voluntad política.

¿Con qué nos quedamos?

 

[III] Valoro enormemente contar con textos políticos y jurídicos creados con la intención de proteger los derechos fundamentales: no renuncio en absoluto a la Declaración de Filadelfia adoptada por la OIT en 1944, ni a la Declaración Universal de Derechos del 48, ni el Pacto internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales del 66, ni a la Constitución del 78. Pero no las mitifico.

Por cierto: no se me ocurre decir que la Carta Social Europea sea más relevante que ninguno de estos tratados desde la perspectiva del reconocimiento y defensa de los derechos sociales.

Pero no deberíamos caer en el espejismo constitucionalista.

“La socialdemocracia –escribía Habermas (1993)– se ha visto sorprendida por la específica lógica sistémica del poder estatal, del que creyó poder servirse como un instrumento neutral, para imponer, en términos de estado social, la universalización de los derechos ciudadanos. No es el estado social el que se ha revelado como una ilusión, sino la expectativa de poder poner en marcha con medios administrativos formas emancipadas de vida”.

Como señala Gray (1998), “una de las principales flaquezas del pensamiento socialdemócrata está en su espejismo constitucionalista: creer que simplemente por instaurar instituciones jurídicas deja de ser necesario proseguir con la negociación del equilibrio entre los intereses en conflicto y con la definición política del modus vivendi entre las distintas comunidades. El verdadero quehacer político consiste, más allá de las reformas constitucionales, en buscar el esquivo hilo de la convivencia en el laberinto de unos intereses y de unos ideales irremediablemente opuestos”.

 

[IV] El objetivo de la carta no es comprometer y asegurar derechos sino establecer las condiciones en que puedan hacerse efectivos los derechos (¿o principios? No es lo mismo, en absoluto). Se trata, por tanto, de derechos condicionados. Y acepto desde el realismo más prosaico que, en la práctica, hasta los derechos fundamentales acaban por verse condicionados. Pero el problema es: ¿condicionados a qué o por qué?

Un ejemplo: el derecho (o principio) 4: “Todos los trabajadores tienen derecho a una remuneración suficiente que les proporcione a ellos y a sus familias un nivel de vida decoroso”. Dejo a un lado el lenguaje sexista que atraviesa todo el texto y la sospechosa vaguedad del término “decoroso” (aunque hay formas que dicen todo del fondo). Vamos al debate sobre la subida del SMI: la CEOE lo rechaza “por la situación delicada de las empresas”. Confrontadas la situación delicada de las empresas y la situación delicada de las familias trabajadoras para sostener un nivel de vida decoroso, ¿qué hacemos en el marco de esta Carta?

Y si vamos a la Parte III, la que indica las OBLIGACIONES de los estados que la ratifiquen, el escepticismo se apodera de mí:

Art. A.1a) [Cada una de las Partes se compromete] a considerar la parte I de la presente Carta como una declaración de los objetivos que tratará de alcanzar por todos los medios adecuados […].

1b) a considerarse obligada por al menos seis de los nueve artículos siguientes de la Parte II de la Carta: artículos 1, 5, 6, 7, 12, 13, 16, 19 y 20.

è Quedan fuera, me gustaría saber por qué, el 31 (derecho a la vivienda), el 30 (derecho a protección contra la pobreza y la exclusión social), 27 (conciliación familiar-laboral), 26 (derecho a la dignidad en el trabajo), 23 (protección social de las personas de edad avanzada) o el mencionado 4 (derecho a una remuneración suficiente).

Que se vuelven “adicionales” u opcionales, y entre los que los Estados firmantes tendrán que escoger al menos 10 artículos, para sumar 16.

De verdad que me resulta moralmente insoportable encontrar este lenguaje de mercadeo en un texto que, supuestamente, pretende garantizar derechos fundamentales.

 

[V] Los derechos económicos, sociales y culturales deben abandonar definitivamente el ámbito de las declaraciones y convertirse en efectivas obligaciones de las comunidades políticas.

è Siguen sin ser derechos exigibles, a diferencia de los civiles y políticos

 

è Seguimos entrampadas en la tensión entre las famosas dos libertades de Berlin: negativas y positivas, libertad de y libertad para.

 

è Es imprescindible pensar en términos de égaliberté (Balibar), de igual-libertad.No hay ejemplos de restricción o de supresión de las libertades sin que se produzcan desigualdades sociales; ni desigualdades sin restricción o supresión de las libertades, incluso cuando se puede hablar de grados, tensiones secundarias, fases de equilibrio inestables, situaciones comprometidas en las cuales la explotación y la dominación no se distribuyen de manera homogénea sobre todos los individuos. Étienne Balibar (1992). Les frontières de la démocratie. Paris: La Découverte, p. 137.

Entre otras cosas, esto sólo será posible si pasamos de una simple política de reivindicación de derechos sociales a una nueva política de construcción de poderes sociales. Las políticas de conquista o defensa de derechos sociales muestran en nuestros días toda su fragilidad.

Un “derecho social” no es más que la atribución al Estado de la tarea de gestionar determinados intereses expresados por la ciudadanía. Pero la gestión de los derechos sociales por el Estado se ha visto zarandeada por el impulso del globalismo capitalista, que rechaza tales derechos como obstáculos para el desarrollo económico.

Por eso, no podemos limitarnos a adoptar una estrategia de simple “conquista de derechos”, sino de constitución de poderes sociales para que sean las ciudadanas quienes participen en la definición de las políticas de solidaridad.

è Construcción social de las políticas públicas.

 

[VI] En cuanto al Protocolo Adicional a la Carta Social Europea en el que se establece un sistema de reclamaciones colectivas. A través de este mecanismo, las organizaciones sindicales, empresariales y sociales pueden acudir ante el Comité Europeo, sin necesidad de agotar las vías judiciales internas, para presentar reclamaciones colectivas por vulneración de los derechos contenidos en la Carta. Las organizaciones autorizadas son, por ejemplo, aquellas organizaciones no gubernamentales con estatuto consultativo en el Consejo de Europa o las organizaciones de empleadores y sindicatos que actúen en el Estado en cuestión.

 

Riesgo de bascular cada vez más del activismo ciudadano al lobismo, debilitando en última instancia la democracia social y política que queremos defender. Y riesgo de deslegitimación de esas organizaciones sindicales y sociales que, con la mejor voluntad, jueguen solo en ese terreno. Por sus magros resultados. ¿No hemos aprendido nada desde la crisis de 2008?

No es nuestro campo de juego, aunque haya que jugar en él. En esto del lobismo nos gana de largo Iberdrola, entidad que, por cierto, aspira a meter una cuchara de 30.000 millones en los fondos europeos de la Next Generation. Desconozco a qué cantidad aspira el tercer sector de acción social.

Y hablando de fondos europeos. Reviso el listado de proyectos presentados por el Gobierno Vasco   para el fondo europeo Next Generation -Mecanismo de Recuperación y Resiliencia y me lleno de dudas (y sospechas). Por ejemplo, en el apartado “Hábitat urbano” aparecen estos dos proyectos: Plan "Zero Plana". Descarbonización y digitalización del parque público de alquiler del Gobierno vasco y Electrificación renovable nuevo parque de vivienda social en alquiler CAPV. No tengo nada contra la descarbonización, la digitalización o la electrificación renovable, pero, ¿de verdad está garantizado el derecho a la vivienda en Euskadi como para priorizar este tipo de proyectos? ¿no sería más adecuado, desde una perspectiva de recuperación y resiliencia, disponer de un parque suficiente de vivienda pública para garantizar el derecho número 31 de la Carta Social Europea? Porque el próximo día 13 está previsto el desahucio en Atxuri de Pilar y Ramón

 

Por tanto. A pesar de mi escepticismo, no renunciar a ninguna herramienta. Al contrario, usarlas todas, también esta. Pero no caer en el espejismo constitucionalista ni en el lobismo aristocrático. Nosotras, con nuestra organización y nuestra lucha, somos el mejor instrumento para asegurar los derechos sociales y económicos de todas y de todos.

jueves, 8 de octubre de 2020

Bilbao, la gente

Por fin pudimos presentar el libro BILBAO, LA GENTE públicamente. 

Lo hicimos ayer, en La Terminal de ZWAP. Un espacio impresionante, atractivo, absolutamente recomendable. Y un ejemplo material de que la ciudad la hace la gente.

Gran asistencia de amigas y amigos, seguridad absoluta y excelente ambiente.

Dejo aquí el texto de mi intervención en el acto:

No lo hemos hablado, pero estoy seguro de que a Mikel Toral, alma mater, pater y frater de este proyecto, le hubiera gustado más titular el libro “Bilbao, el pueblo”, o incluso “Bilbao, el pueblo trabajador, de barrio y con conciencia de clase”, pero la edad lo ha dulcificado y optó por un título que, desde la perspectiva sociológica, no está exento de polémica.

La gente… ¿Qué es eso de la gente? En estos largos meses de pandemia hemos escuchado a diario expresiones en las que “la gente” aparecía como sinónimo de esas otras y otros que no cumplen con las normas de distanciamiento físico o que no usan mascarilla. La gente, como el infierno de Sartre, siempre son “los otros”. ¡Es que la gente es la leche! La gente como descalificación.

Lo pensé, pero no le dije nada a Mikel para no agobiarle… y porque siempre se cabrea con la intelectualidad universitaria, que según él sólo sabe enredar las cosas.

Así que opté por no plantear problemas filológicos y volcarme en la tarea de hacer que la universidad colaborara a que el proyecto saliera adelante. Y algo hemos hecho.

Este libro es el primer producto oficial de una colaboración entre la asociación Cultura Abierta y el grupo de investigación CIVERSITY, de la Universidad del País Vasco. No será el único ni el último, ya que una seña de identidad fundamental de una universidad pública tiene que ser la de conectar activamente con iniciativas de investigación participativa y construcción de memoria como esta.

Víctor Urrutia, cuya presencia en el libro es evidente, fue siempre un buen ejemplo de esta conexión entre la universidad y la calle. Seguimos su ejemplo.  

En todo caso, permitidme volver a las cuestiones de lenguaje, ya que la idea de titular el libro “Bilbao, la gente” no anda tan desencaminada como mi primera reflexión ha podido dar a entender.

El Diccionario de la RAE define el concepto “gente” de tres maneras: 1. Pluralidad de personas. 2. Con respecto a quien manda, conjunto de quienes dependen de él. 3. Cada una de las clases que pueden distinguirse en la sociedad, a saber, gente del pueblo y gente rica o de dinero.

No sé si Mikel consultó el diccionario antes de decidir el título –me da que no- pero lo cierto es que lo clavó. Como todas las ciudades, Bilbao es el producto del trabajo y la lucha de un conjunto plural de personas, gentes del pueblo, que sin tener mando en plaza ni dinero han sido capaces de dejar su impronta en la ciudad, haciéndola más democrática, más diversa, más culta, más hermosa, más solidaria, más amable…

Lo describe maravillosamente Javier Pérez Andújar en Paseos con mi madre: “La democracia la fueron conquistando estos hombres y mujeres calle por calle, árbol por árbol. Esa es la democracia que hicieron realidad estas gentes encerrándose en los locales de sus asociaciones de vecinos, encadenándose a verjas, cortando el tráfico, protestando en la calle, luchando. La democracia es algo que se ve y se toca, y donde no se percibe es que no la hay”.

La gente, el pueblo, la ciudadanía, la sociedad civil, las gentes… Distintas formas de hablar de lo mismo. De la auténtica energía de una ciudad, de su mejor y más precioso recurso. El que ha construido el Bilbao de hoy y el que construirá el Bilbao del mañana.

Sirva este libro como reconocimiento, pero también, y sobre todo, como recordatorio. Bilbao es y será su gente.