sábado, 28 de septiembre de 2019

Donde viven los caracoles

Emilio Barco
Donde viven los caracoles. De campesinos, paisajes y pueblos
Pepitas de Calabaza, 2019


... algo que está en el centro de los próximos cincuenta años: cómo vivir placenteramente sin joder al prójimo en el peor sentido de la palabra; cómo vivir barato produciendo lo imprescindible y socialmente útil, consumiendo lo que produzcamos sin mandar, sin que te manden. ¡Ah! Y cantando muchas jotas.

Mario Gaviria, El buen salvaje (De urbanitas, campesinos y ecologistas varios), El Viejo Topo, 1981


Emilio Barco se confiesa víctima de un desarraigo producto del amor y de la esperanza en brindarle un futuro mejor:

Terminé la escuela a los catorce años y la alianza del maestro, el cura y mi madre torcieron el surco. Decidieron que yo no iba a ser campesino, sino "letrado", en los términos que escribe Raúl Iturra. Comenzó el proceso de desarraigo. Cuanto más sabía de complementos directos, declinaciones del rosa-rosae y de ecuaciones de primer grado, menos sabía de podar, sembrar y esparrar.

Pero aunque su juventud de estudiante transcurrió a caballo (en realidad, "a tren") entre su pueblo y Alfaro, primero, y Zaragoza, después, su madurez laboral entre su pueblo y Logroño, y aunque se considere a sí mismo un re-arraigado no pleno -"Volví a las ciruelas, a las viñas, a los olivos. Empecé a arraigarme de nuevo. Pero yo ya no era un campesino como mi padre, era un letrado"-, su libro es el fruto cultivado de una profunda sensibilidad hacia unos pueblos y unas gentes, unas tareas y unos conocimientos, que el capitalismo urbano ha condenado a la desaparición.

Hay capítulos que se leen como un breve y delicioso relato etnográfico -"La vara de fresno", "La era de mi abuelo", "Jacinto Sagarna, el pastor del Gorbea", "¿A cómo cuentas?". Hay también atinados análisis sobre (contra) la Política Agraria Común y la empresarialización de la agricultura. También encontramos sentidas descripciones de la vida en el medio rural: de sus transformaciones durante los años cincuenta, sesenta y setenta -"Cuando nos quedamos sin cabras y sin curas", "De la boina a la visera de propaganda"-, del papel fundamental de las mujeres campesinas -"La Teresa"-, de la vendimia tradicional -"El sexto sentido", "¡Chiquitos, cortádmelas por lo marrón!"- y de la otra -"La otra cara de la vendimia", "Lo pequeño es hermoso"-...

Un libro surgido desde las entrañas, sentido y trabajado como un campo de cultivo. Un libro a ratos airado, pero siempre sensible y encarnado, pleno de sentido:

¿Cómo se puede entender que estos días los agricultores estén tirando los melocotones en las graveras, que el Estado les pague por hacerlo y que una gran parte de la población no coma fruta porque sus medios económicos no se lo permiten al precio que está en el mercado?

Espero que sea un libro muy leído.



viernes, 27 de septiembre de 2019

Muros: ¿son las fronteras necesarias para el surgimiento y mantenimiento de sociedades civilizadas?

David Frye
Muros. La civilización a través de sus fronteras
Traducción de Eduardo Jordá
Turner, 2019


¿Quienes son los constructores de murallas?
Nosotros somos los constructores de murallas.
Y lo hemos sido desde el principio.

Este es un libro tan interesante como provocador. Es interesante por el tema que aborda -"la correlación que hay en casi todo el mundo entre la civilización y la murallas"- y por cómo está escrito: con un derroche de conocimiento, un excelente pulso narrativo y algunos toques de humor inteligente a lo "Concostrina":

  • En cierta ocasión, al construir una ciudad que tenía que parecerse a Antioquía, Cosroes la llamó "La ciudad de Cosroes que es mucho mejor que Antioquía", un nombre que por fortuna no prosperó.
  • Las murallas persas, como las romanas, tienen una historia muy breve. Es una especie de comedia negra, en la que los muros erigidos para resistir la invasión de un enemigo conocido se terminan de construir justo antes de que un nuevo enemigo llegue amenazando desde otra dirección.

Es provocador por la tesis explícita que defiende: que las murallas han sido las parteras de todas las grandes civilizaciones, como la china, las mesopotámicas, la de Grecia o la de Egipto. ¿Por qué?

La historia ha demostrado que la seguridad proporcionada por las murallas consiguió liberar a una gran cantidad de varones de las exigencias de convertirse en guerreros. Las murallas les permitieron dedicarse a actividades propias de la vida civil -hacer cosas, construir cosas, pensar, crear-, con independencia de que al final llegaran a autorrealizarse. Al permitir que los varones se dedicaran a las tareas agrícolas, las murallas también liberaron a las mujeres de ser las únicas responsables de la producción  de alimentos.

Mientras que en el interior de las murallas se desarrollaba una vida civil cada vez más compleja, con actividades económicas, artísticas, políticas, culturales, fuera de estas dominaban los guerreros, expertos en la violencia, dedicados al nomadismo y al pillaje, conformando las temibles hordas de las estepas, "lo más parecido a una bomba atómica que pudieron inventar los pueblos premodernos".

Frye nos nos introduce magistralmente en una historia de miles de años confrontación entre estas dos formas de vida, la de los constructores de murallas y la de quienes se desplazaban por las amplias extensiones fuera de ellas. Entre civilizados y bárbaros, por decirlo de forma tan sintética como discutible. Confrontación que en una escala temporal tan amplia derivó en conclusiones muy diversas: a veces las murallas resistieron el empuje de las hordas, en otras sucumbieron a sus ataques, otras veces los habitantes tras las murallas recurrieron a otros bárbaros para que los defendieran de quienes los asediaban; también hubo pueblos bárbaros que acabaron construyendo murallas y "civilizándose"...

En la actualidad, cuando asistimos a un preocupante  resurgimiento de los muros en el siglo XXI, la reflexión de Frye resuena inquietante: "Donde no hay murallas fronterizas habrá a la fuerza murallas protegiendo las ciudades, y si no hay murallas protegiendo a las ciudades, habrá muros divisorios entre los barrios de la ciudad; y si no existen esos muros divisorios, habrá seguro otros muros más pequeños".


La seguridad artificial que parecen ofrecer las murallas, advierte Frye, tenía algunas consecuencias: "Los constructores de murallas tuvieron que sacrificar algo de sí mismos para alcanzar todas estas libertades. En primer lugar, ya nunca volvieron a poseer la insensibilidad al miedo".

Como nos recuerda Wendy Brown, “Los muros no pueden bloquear lo exterior sin cerrar lo interior, no pueden dar seguridad sin hacer del ansia por la seguridad una forma de vida, un reaccionario nosotros” (Estados amurallados, soberanía en declive, Herder 2015). ¿Cómo lograr el imprescindible equilibrio entre esa seguridad que posibilita el ejercicio de la libertad, pero sin sucumbir al miedo y al cierre reaccionario?

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Barrionalismo

Luis de la Cruz Salanova
Barrionalismo
Editorial Decordel, 2018


El barrio, ¿por qué? Básicamente porque en tiempos de disolución de los lazos comunitarios, en estos momentos en los que vamos perdiendo, uno encuentra en la idea bien entendida de barrio algunos elementos para reagruparse. Porque, rascando el firme, puedes encontrar los restos arqueológicos necesarios para llevar a cabo la reconstrucción de otra memoria común de los de abajo. También porque, de hecho, ha funcionado y sigue haciéndolo como espacio de resistencias.

El autor de este recomendable libro reconoce que la mayoría de los textos que lo componen han tenido su origen en algún paseo por su Madrid natal. Tras su lectura, me parece que hay capítulos (los dedicados a la fiesta, al conflicto, a la memoria, a las arquitecturas efímeras) más "caminados" que otros (los que abordan la gentrificación, la securitización o la aspiración a ser clase media), más "leídos". Pero en todos ellos palpita una enorme sensibilidad hacia la ciudad habitada, hacia las interacciones sociales ordinarias (callejeo) y extraordinarias (fiesta, lucha) que la constituyen.

Sociología urbana de la buena. De la pensada y de la vivida. Escucha atenta de los ritmos del barrio. Sin sentimentalismos -El barrio puede ser una mierda, como atestigua el viejo anhelo de superación vertido en la frase salir del barrio- pero con una voluntad expresa de compartir presente y futuro con aquellas personas con las que comparte vecindad.

martes, 24 de septiembre de 2019

Recursos inhumanos

Pierre Lemaitre
Recursos inhumanos
Traducción de Juan Carlos Durán Romero
Debolsillo, 2018
Penguin Random House, 2017


Me llamo Alain Delambre y tengo cincuenta y siete años. Soy un directivo en paro.
Llevo cuatro años en paro. Hará cuatro años en mayo (el 24 de mayo, me acuerdo bien de la fecha).
Como este empleo no basta para llegar a fin de mes, adonde llegamos a veces bastante apurados, me dedico a otras cosillas aquí y allá. Transportar cajas, embalar con plástico de burbujas, repartir publicidad… También algunos trabajos de temporada. Hace dos años que hago de Papá Noel en Trouv’tout, un supermercado especializado en electrodomésticos de ocasión. No siempre le cuento a Nicole lo que hago, porque le dolería. Multiplico las excusas para justificar mis ausencias. Como es más difícil cuando se trata de un trabajo nocturno, me he sacado de la nada una pandilla de amigos en paro con los que se supone que me reúno para jugar a las cartas. A Nicole le digo que necesito relajarme.
Antes era director de recursos humanos en una empresa de casi doscientos empleados. Era responsable del personal, de la formación, controlaba los salarios y representaba a la dirección ante el comité de empresa. Trabajaba en Bercaud, una empresa de bisutería. Diecisiete años viviendo de perlas.
En cuatro años, a medida que mis ingresos se volatilizaban, mi estado de ánimo pasó de la incredulidad a la duda, después a la culpabilidad y, por fin, a una sensación de injusticia. Hoy lo que siento es cólera
.

Nos despertamos cuando suena el despertador y nos disponemos a iniciar un nuevo día de trabajo. Organizamos todo nuestro tiempo, personal y social, en torno al trabajo. Si nos preguntan “¿qué eres?” no respondemos “soy una buena persona” o “soy muy aficionado a la montaña” sino “soy profesora” o “soy albañil”. Consideramos población activa tan sólo a aquella en disposición de trabajar y población ocupada tan sólo a aquellas personas que tienen un empleo.

La Revolución francesa y su ambiciosa declaración de los derechos del ciudadano se convertirá en símbolo de un novedoso proyecto de vinculación social mediante el reconocimiento político: las sociedades modernas son concebidas como constituidas por la asociación de todos los ciudadanos que componen la nación, todos iguales, libres y fraternos. La Revolución industrial y la generalización de las relaciones sociales capitalistas va a proponer una forma de vinculación social mucho más prosaica y, tal vez por eso, más exitosa: la asociación de individuos que persiguen su propio interés, que necesitan a otros y son necesitados por otros.
De este modo se desarrolla una ética del trabajo que, con el paso del tiempo, va a teñir con sus principios la cultura moral de Occidente, sin distinción ideológica alguna, constituyendo una norma de vida basada en un principio fundamental: el trabajo es la vía normalizada para participar en esta sociedad basada en el quid pro quo. A través de nuestro trabajo nos mostramos útiles a los demás, conquistando así nuestro derecho a recibir de los demás aquello que necesitamos pero de lo que no podemos proveernos por nosotros mismos. El trabajo nos incorpora a esta inmensa red de intercambios que es la sociedad moderna. Eso sí: “Sólo el trabajo cuyo valor es reconocido por los demás (trabajo por el que hay que pagar salarios o jornales, que puede venderse y está en condiciones de ser comprado) tiene el valor moral consagrado por la ética del trabajo” (Bauman). El trabajo se ve reducido a lo que llamamos empleo.
El vínculo ciudadano, el vínculo de los derechos y las responsabilidades desarrollado entre todos los miembros de una comunidad moral, fue sustituido por el vínculo de las actividades productivas, por el trabajo para el mercado. El empleo se ha convertido así en el principal mecanismo de inclusión en las sociedades de mercado. La inmensa mayoría de los ciudadanos somos lo que trabajamos; más aún, somos porque trabajamos. De ahí el miedo que provoca la posibilidad de perderlo o de no encontrarlo. Junto con el empleo no sólo se nos va la fuente socialmente normalizada para participar en la riqueza. Cuando el paro entra por la puerta, la ciudadanía sale por la ventana.
La crisis de la sociedad salarial ha convertido en realidad cotidiana aquella que Hannah Arendt consideraba la peor de las situaciones que cabría imaginar: la perspectiva de una sociedad de trabajo sin trabajo. Los trabajadores sin trabajo se convierten así en ciudadanos sin ciudadanía, en “inútiles para el mundo”.

Pierre Lemaitre novela magistralmente las devastadoras consecuencias personales y familiares de esta crisis de la sociedad salarial y de la ética del trabajo sobre la que se asienta. Construida como un thriller pero angustiosamente realista, a medida que avanza la lectura asistimos al proceso de anulación de una persona que puso toda su confianza en el sistema de empresa y descubre que se trata de un sistema amañado. 

En el desenlace jugará un papel esencial un personaje presentado en las primeras páginas de la novela como un ser completamente derrotado por la vida:

...Charles. Curioso nombre para un hombre sin techo. Tiene un año menos que yo, es delgado como un fideo y bebe como un cosaco. Lo de sin techo es por simplificar, porque de hecho sí tiene techo. Y completamente cubierto. Vive en su coche, que lleva cinco años sin moverse. Él lo llama su «inmóvil home». A Charles le gustan este tipo de chistes. Lleva un reloj sumergible del tamaño de un plato con un montón de esferas y un brazalete verde fosforito. No tengo ni idea de dónde viene ni de qué le ha llevado a esa situación extrema, pero Charles tiene su lado curioso. Por ejemplo, no sabe cuánto tiempo estuvo inscrito en las listas de espera para obtener un piso de protección oficial, pero calcula con precisión el que ha pasado desde que renunció a renovar su solicitud. En el último recuento, cinco años, siete meses y diecisiete días. Lo que calcula Charles es el tiempo que ha pasado desde que perdió la esperanza de ser realojado. «La esperanza —dice levantando el índice— es una abyección inventada por Lucifer para que los hombres acepten su condición con paciencia». La frase no es suya, yo ya la había oído en otra parte. He buscado la cita, pero no la he encontrado. De todas formas, eso demuestra que, a pesar de esa pinta de borracho, Charles tiene cultura.

Pero tal vez por eso, por carecer de cualquier esperanza relacionada con el sistema económico y sus promesas, su papel en la historia va a ser tan importante... 

domingo, 22 de septiembre de 2019

Vivir con los dioses

Neil MacGregor
Vivir con los dioses
Traducción de Francisco J. Ramos Mena
Debate - Penguin Random House, 2019


Al elegir cómo convivimos con nuestros dioses, también elegimos cómo convivimos entre nosotros.

Neil MacGregor es historiador del arte y a lo largo de casi tres décadas ha dirigido, consecutivamente, la National Gallery de Londres y el Museo Británico. Como señala el autor desde las primeras líneas del libro, se trata de una aproximación laica y reflexionada a un fenómeno universal, que se ha mantenido a lo largo del tiempo y sin cuya presencia resulta imposible comprender, incluso hoy, la estructura moral de las sociedades humanas:

Este libro no es en absoluto una historia de las religiones, ni un alegato a favor de la fe, y aún menos una justificación de cualquier sistema de creencias concreto. Antes bien, se propone investigar, a lo largo de la historia y en toda la extensión del globo, una serie de objetos, lugares y actividades humanas para tratar de entender el posible significado de las creencias religiosas compartidas en la vida pública de una comunidad o nación, cómo estas configuran la relación entre el individuo y el Estado y cómo se han convertido en un factor decisivo a la hora de definir quiénes somos.


A partir de una selección de objetos custodiados por el Museo (esculturas, pinturas, monedas, cerámicas, maquetas...), MacGregor nos guía en un viaje fascinante a través de las creencias que, desde hace cuarenta mil años, han configurado un marco de relación entre las comunidades humanas y el sentido de trascendencia, de manera que "la creencia se halla estrechamente vinculada con la pertenencia". Desde el Hombre león de Ulm hasta las cruces que Francesco Tuccio, carpintero de Lampedusa, construye con las maderas de los restos de barcos de migrantes naufragados:

Tuccio la[s] concibió como un alegato a favor de la idea de que nuestra concepción de comunidad debería abarcar no solo a quienes comparten nuestras creencias, sino a todos aquellos que comparten nuestro mundo.



Un libro hermoso de ver (por sus numerosas fotografías de obras de arte) y de leer. Un libro para pensar(nos), con un mensaje final cargado de esperanza:

Todas las tradiciones que hemos examinado afirman que la vida del individuo se puede vivir mejor en comunidad y todas ellas ofrecen formas de hacer realidad esa afirmación. Jean-Paul Sartre observaba, en una frase hoy célebre, que "el infierno son los otros". Los relatos y las prácticas que hemos observado en este libro sostienen justo lo contrario: que vivir adecuadamente con otros, convivir con el rójimo, es lo más cerca que podemos estar del cielo.