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jueves, 21 de noviembre de 2024

Gaza ante la historia / El precio que pagamos

Que la DANA no nos haga olvidar Gaza. Comparto aquí la lectura de dos libros que recomiendo, con los que mantengo acuerdos y desacuerdos en distintos sentidos, pero son dos libros cuya lectura me ha hecho pensar y repensar las múltiples dimensiones de una realidad dramática.


El primero de ellos es Gaza ante la historia, de Enzo Traverso, publicado por Akal (2024) con traducción de Valentina Olalla Salvador.

Traverso es un destacado historiador bien conocido por su análisis crítico de las ideologías, la memoria histórica y los conflictos del siglo XX. Situado en el cruce entre el análisis histórico y el compromiso ético, en este ensayo plantea una crítica implacable a las narrativas dominantes que justifican la violencia contra las y los palestinos. En su prefacio el autor deja claro que no pretende ser un especialista en Oriente Medio ni un cronista de la guerra. En cambio, ofrece una reflexión crítica sobre cómo se interpreta y utiliza la historia en el presente, destacando las formas en que las narrativas occidentales moldean la percepción del conflicto. El autor se presenta abiertamente como una voz discordante frente al consenso mediático y político de Occidente, que, según él, utiliza la memoria histórica, especialmente la del Holocausto, para justificar el apoyo a Israel, a menudo a expensas de cualquier consideración por el sufrimiento palestino.

"La memoria del Holocausto se celebra ritualmente como religión civil de la democracia y los derechos humanos en la Unión Europea. Hoy, sin embargo, esta «religión civil» tiende a abandonar su vocación original y a identificarse cada vez más con la defensa de Israel y la lucha contra el antisionismo, considerado una forma de antisemitismo. Angela Merkel y Olaf Scholz han declarado en repetidas ocasiones que el apoyo incondicional a Israel tiene fuerza de «razón de Estado» (Staatsraison) para Alemania. Desde el 7 de octubre, el Gobierno del canciller Scholz, con el apoyo de los medios de comunicación, ha creado en el país un ambiente de caza de brujas contra cualquier forma de solidaridad con Palestina. Muchos jóvenes alemanes han acabado en comisaría por manifestarse con una bandera palestina (entre ellos varios ciudadanos de origen palestino), hasta el punto de producir la protesta de personalidades judías que dirigen importantes instituciones culturales alemanas. Pero, incluso en este caso, Alemania es solo la expresión paroxística de una tendencia más amplia. Esto explica por qué en muchos países, especialmente en Francia y Estados Unidos, muchos judíos han alzado la voz para decir «no en mi nombre»".

Traverso analiza cómo la memoria histórica es manipulada para justificar las acciones de Israel en Gaza. Según el autor, la instrumentalización de la memoria del Holocausto ha creado una narrativa en la que Israel aparece sistemáticamente como la víctima, incluso cuando despliega una maquinaria bélica devastadora. Esta memoria monopolizada, señala, no permite comprender las raíces del conflicto ni la complejidad de las relaciones entre opresores y oprimidos. Para Traverso, Gaza se ha convertido en un emblema de la resistencia en un mundo marcado por la desigualdad y la violencia estructural. Describe a Gaza como un "laboratorio" de control biopolítico, donde se experimentan nuevas formas de segregación, asedio y castigo colectivo. Este enclave, aislado y devastado, no es solo un escenario de tragedia, sino también un espejo de las desigualdades globales y un recordatorio de los límites de la humanidad.

"El discurso dominante en torno al 7 de octubre hace de esta fecha una especie de Epifanía negativa, la súbita aparición del mal de la que ha surgido una guerra reparadora. El contador se ha puesto a cero, como si esa fecha fuera el único origen de esta tragedia. El 7 de octubre habría rasgado un velo sobre la verdadera naturaleza tanto de Hamás como de Israel: el ejecutor y la víctima. La Franja de Gaza, un territorio habitado por 2,4 millones de personas sometidas a una segregación total durante dieciséis años, se ha convertido en la cuna del mal, donde asesinos despiadados actúan con impunidad, convirtiendo a los civiles en «escudos humanos». En realidad, la destrucción de Gaza es el epílogo de un largo proceso de opresión y desarraigo. [...]
El 7 de octubre no es un estallido repentino de odio, tiene una larga genealogía. Es una tragedia metódicamente preparada por quienes hoy querrían vestirse de víctimas. Es una tragedia que continúa; por eso es importante no invertir los bandos. Un simple vistazo a la cronología permite comprender cómo se llegó al «pogromo» del 7 de octubre. Desde la retirada de Israel en 2005, la Franja de Gaza ha sufrido continuos ataques por parte del Tzahal [Fuerzas de Defensa de Israel] que se han saldado con miles de muertos: 1.400 en 2008 (frente a 13 israelíes), 170 en 2012, 2.200 en 2014. El 30 de marzo de 2018, una gran manifestación pacífica contra el bloqueo de la Franja acabó en masacre: 189 muertos y 6.000 heridos. En 2023, entre el 1 de enero y el 6 de octubre, el Tzahal ya había matado a 248 palestinos en los territorios ocupados y detenido a 5.200. Entre 2008 y el 6 de octubre de 2023, el Tzahal mató a más de 6.400 palestinos, de ellos más de 5.000 en Gaza, e hirió a 158.440, mientras que las víctimas israelíes de las acciones de Hamás y otros grupos islamistas fueron 310 y los heridos 6.460. En Gaza, los refugiados palestinos son cerca de un millón y medio, más de la mitad de la población. La tasa de desempleo es del 50% y el 80% de la población vive en condiciones de pobreza. El PIB no ha dejado de disminuir en los últimos años, lo que convierte la intervención humanitaria de la UNRWA (suspendida desde hace unos meses por varios países de la UE) en una cuestión de supervivencia. El 75% de la población tiene menos de veinticinco años y ha vivido prácticamente segregada desde su nacimiento. A pocos kilómetros, más allá de la barrera electrificada, protegidos por la «Cúpula de Hierro» (Iron Dome), el escudo antimisiles que intercepta los cohetes, los israelíes viven como en Europa. Tel Aviv es tan cosmopolita, moderna, feminista y gay friendly como Berlín. Su industria cultural exporta series de televisión a todo el mundo y en los últimos años su gastronomía se ha vuelto muy apreciada. Este es el telón de fondo del 7 de octubre"

Traverso critica duramente la actitud de los gobiernos y medios de comunicación occidentales, que condenan ciertas violencias mientras justifican otras en nombre de la autodefensa o la lucha contra el terrorismo. Señala que este doble estándar profundiza la desconexión entre las élites políticas occidentales y sus propias sociedades, muchas de las cuales expresan solidaridad con los palestinos. A través de comparaciones históricas, el autor problematiza los intentos de Israel por presentarse como víctima única y legítima y establece paralelismos provocativos entre la represión en Gaza y episodios históricos como los bombardeos masivos en la Segunda Guerra Mundial o el colonialismo europeo. Aunque reconoce las diferencias, utiliza estas analogías para destacar las dinámicas de poder y las justificaciones ideológicas que subyacen a la violencia.

El texto está impregnado de una sensación de urgencia. Traverso escribe "en situación", lo que significa que no aspira a una neutralidad axiológica sino a un compromiso con quienes sufren un auténtico genocidio. Esta elección, aunque poderosa y plenamente justificada por la urgencia real que los acontecimientos demandan (hoy mismo, al menos 66 personas han muerto y más de un centenar han resultado heridas en un bombardeo israelí contra un edificio residencial aledaño al hospital Kamal Adwan, en la ciudad de Beit Lahia, en el norte de Gaza, entre ellas muchas mujeres y niñas), lleva a Traverso a realizar afirmaciones que yo no puedo compartir; como esta reflexión sobre las violaciones como "arma de guerra":

"La violación ha sido siempre un arma de guerra especialmente despreciable, utilizada por prácticamente todos los ejércitos, incluidos los que libran guerras justas. En los últimos años, ha ocurrido en Afganistán, Iraq, Nigeria y Ucrania. En mayo de 1945, la entrada del Ejército Rojo en Berlín fue una pesadilla para decenas de miles de mujeres alemanas. Las octavillas del Ejército Rojo instaban a los soldados a tratarlas como botín de guerra. Hoy día, según diversos testimonios, tanto los combatientes de Hamás como los soldados israelíes han cometido violaciones (no se han encontrado pruebas porque, tras difundir los rumores más fantasiosos sobre las atrocidades de Hamás, el Estado Mayor del Tzahal impide cualquier investigación al respecto). Según Pramila Patten, responsable del organismo de la ONU creado para tratar la cuestión de la violencia sexual durante los conflictos, muchos testimonios coincidentes indican que dichas violaciones tuvieron lugar. Sin embargo, no se sabe si fueron planeadas por Hamás o alentadas por el Tzahal, sobre todo durante los interrogatorios que tuvieron lugar después del 7 de octubre. Lo cierto es que la violencia sexual de los combatientes palestinos recibió mucha más cobertura mediática que la de Israel, como han señalado muchas feministas árabes. ¿Podemos distinguir entre soldados y «terroristas» en este marco? El furor mediático en torno a las violaciones coincidió con una censura reveladora. Un detalle menor, la novela de la escritora palestina Adania Shibli, cuya ceremonia de entrega del premio LiBeraturpreis fue cancelada en la Feria del Libro de Frankfurt en octubre de 2023 por censores con altísimos principios morales, narra la violación y asesinato de una joven palestina por soldados israelíes durante la Nakba de 1949".
O como esta otra sobre el asesinato de civiles, que no solo no es "el arma de los débiles" sino que lo es, como precisamente estamos comprobando en Gaza, el arma favorita de los fuertes:

"El asesinato de civiles, por lamentable que sea, siempre ha sido el arma de los débiles en las guerras asimétricas, utilizado por el FLN argelino, por la OLP antes de Oslo, por el CNA de Nelson Mandela, por el FNL vietnamita que atacaba burdeles en Saigón llenos de soldados estadounidenses, e incluso por los terroristas del Irgun, ya mencionados, que ponían bombas contra los británicos antes del nacimiento de Israel (el atentado contra el Hotel King David de Jerusalén en julio de 1946 causó 91 muertos y 46 heridos, no solo británicos sino también árabes y judíos). Esto también vale, aunque tendemos a olvidarlo, para los movimientos de resistencia europeos durante la Segunda Guerra Mundial".

En cualquier caso, esta obra es un llamado a reconocer la dimensión humana y política del sufrimiento palestino y a repensar las narrativas históricas en función de un presente marcado por profundas desigualdades. Con su estilo incisivo y su perspectiva crítica logra captar la tragedia y la resistencia de Gaza en un mundo donde las narrativas dominantes a menudo ocultan más de lo que revelan.


El segundo libro es El precio que pagamos, de David Grossman (Penguin Random House, 2024), con traducción de Ana María Bejarano. Un autor que ya ha pasado por este blog y que durante décadas ha sido una de las voces más críticas con las derivas autoritarias y belicistas de los gobiernos israelíes. Encontramos aquí una recopilación de discursos y artículos de opinión que van desde 2017 a 2024 y que se abren y enfocan a partir de un texto publicado el 10 de octubre de 2023, tres días después de la masacre provocada por Hamas, en el que entre otras cosas dice lo siguiente:

"Lo que está sucediendo hoy es la concreción del precio que Israel tiene que pagar por haberse dejado arrastrar durante años por un liderazgo corrupto que lo ha llevado hacia el abismo destrozando las instituciones judiciales y su misma integridad, las fuerzas armadas y el sistema educativo; un liderazgo dispuesto a poner al país en peligro existencial solo por salvar a su primer ministro de ir a la cárcel.
Horroriza pensar que hemos colaborado durante años con todo ello. Pensar en la enorme energía, la actividad y dinero que hemos dilapidado mientras mirábamos pasmados a la familia Netanyahu y sus calamidades a lo Ceaușescu.
Durante los últimos nueve meses salieron a las calles todas las semanas, como sabido es, millones de israelíes para manifestarse contra el Gobierno y la persona que lo encabeza. Se trataba de un movimiento de una importancia sin precedentes que pretendía devolver a Israel a sus orígenes, a la sublime gran idea de los cimientos de su existencia: crear un país que fuera un hogar para el pueblo judío. Y no simplemente un hogar: millones de israelíes querían crear un país liberal, democrático, en paz, pluralista, que respete las creencias de todas las personas. Pero, en lugar de escuchar lo que ese movimiento de protesta proponía, Netanyahu decidió afearlo, tratarlo de traidor, incitar contra él y hacer más profundo el odio entre las dos partes.
Y al mismo tiempo, una y otra vez y en todo momento, Netanyahu declaraba lo fuerte que Israel era, lo estable y, sobre todo, lo preparado que estaba para afrontar cualquier peligro.
Cuéntele eso hoy a los padres rotos por el dolor, a los bebés arrojados a la cuneta. Cuénteselo a los secuestrados, a los que son repartidos ahora como si de caramelos humanos se tratara entre las distintas organizaciones. Cuénteselo a las personas que le votaron. Cuénteselo a las ochenta brechas en la valla más sofisticada del mundo.
Pero no nos confundamos ni nos equivoquemos, porque a pesar de toda la ira que podamos sentir contra Netanyahu, contra los suyos y su proceder, el horror de estos días no lo ha provocado Israel, sino que el artífice ha sido Hamás. Porque, aunque la ocupación sea un crimen, perseguir a cientos de civiles, a niños, a sus padres, a ancianos y enfermos, yendo a por ellos de uno en uno para dispararles a sangre fría, es un crimen todavía más atroz. La perversidad también tiene su jerarquía. En la infamia hay grados de gravedad que cualquier mente recta y naturalmente sensible es capaz de discernir. Y así, cuando observamos el campo de la matanza de la Fiesta Nova por la Paz, a los terroristas de Hamás persiguiendo con las motos a esos jóvenes que, en parte, seguían bailando sin entender lo que sucedía, cuando vemos cómo los rodean para cazarlos como a presas y asesinarlos entre gritos de júbilo, no sé si llamar a los perpetradores bestias humanas, porque de humanos no tienen nada.
Andamos como sonámbulos estos días, con sus noches. Intentamos no dejarnos llevar por la tentación de ver los vídeos del horror o hacer caso de los rumores. Sentimos los estremecimientos de miedo de los que por primera vez desde hace cincuenta años, desde la guerra de Yom Kipur, son conscientes de la ansiedad que experimenta el que ve la primera marca del arañazo de una posible derrota".

Es sobre este trasfondo cuando Grossman se plantea algunas preguntas esenciales: "¿Quiénes seremos? ¿Qué clase de personas seremos tras estos días, después de haber visto lo que hemos visto? ¿Desde qué punto se podrá empezar de nuevo tras la destrucción y la aniquilación de tantas y tantas cosas en las que creíamos y de las que estábamos seguros?". La respuesta es ominosa aunque, desgraciadamente, muy certera: 

"Predicción: el Israel de después de la guerra será mucho más de derechas, militante y racista. La guerra que le ha sido impuesta ha grabado en su conciencia los estereotipos y los prejuicios más radicales y odiosos que dictan, y ahora lo harán con mayor ahínco, los rasgos de la identidad israelí. Una identidad que incluirá a partir de ahora el trauma del mes de octubre de 2023 y el carácter de la política de Israel sumida en la polarización y la fractura interna".

Leer El precio que pagamos es aproximarse a la reflexión angustiada de un ciudadano de Israel que ha militado siempre por la paz y la coexistencia mediante la fórmula de los dos estados y que ahora se muestra sumido en el pesimismo, como señalaba en una entrevista en El País el pasado 28 de mayo:

"En el campo de la paz en Israel, y yo como parte de él, creíamos demasiado en la lógica y demasiado poco en el poder del fanatismo religioso. Y nuestras relaciones con el pueblo palestino no van de lógica. Van a veces de odio, a veces de amor no correspondido, a veces de traición, a veces de voluntad de venganza… Este conflicto es muy emocional y psicológico. Si los palestinos no tienen hogar y sensación de hogar, nosotros tampoco. Así funciona la física humana. Si más y más palestinos entienden y se convencen de que estamos aquí para quedarnos, que no somos como los cruzados, como colonialistas, sino que en la Tierra de Israel nacimos como pueblo, como cultura, como religión, como lengua. No somos extranjeros. Vinimos aquí porque de aquí procedemos. Cuando acepten interiorizarlo, daremos el primer paso hacia la paz. No sé si sucederá en uno, en 30 años o nunca. Solo sé que lograr la paz es ahora un interés superior de Israel, porque mientras no suceda estaremos expuestos a desastres como los que hemos visto este último año. Y sola Israel no es capaz de vencer guerras contra todo el mundo árabe"

Sorprende esta incapacidad para reconocer la naturaleza colonial, yo creo que objetivamente colonial, cuestión clave a la hora de interpretar la realidad del conflicto y, sobre todo, de buscar salidas razonables y humanas al mismo. Más aún cuando el propio Grossman se plantea si "un país que hace ya cincuenta años que tiene ocupado a otro pueblo negándole la libertad y limitando las libertades de los que se oponen a ello" puede ser considerado un país democrático, si es realmente posible pensar en una "democracia ocupante". Sorprende, porque para él está claro que esto es imposible, aunque seguramente tenga que ver con la profunda experiencia de inseguridad existencial ("una sensación de que su hogar nacional -y es posible que muy pronto también su hogar particular- está en llamas") que desde el 7 de octubre se ha adueñado de la sociedad israelí que Traverso pone en duda, con una "resignificación" del eslogan From the river to the sea, Palestine wil be free que no sirve para proporcionar seguridad:

"En 1988, el periodista israelí Yehuda Elkana, testigo de diversas atrocidades durante la guerra del Líbano seis años antes, atribuyó esta propensión a un «profundo miedo existencial» que tiende a hacer del pueblo judío la eterna víctima de un mundo hostil. Esta convicción, que evidentemente no ha desaparecido cuarenta años después, fue la «trágica y paradójica victoria de Hitler». Tras constatar que el nazismo no había dejado de influir y modelar el imaginario israelí, Elkana descubrió las virtudes del olvido: «El yugo de la memoria histórica», escribió con desconsuelo, «debe ser extirpado de nuestras vidas».
Frente a una memoria tan distorsionada, sería mejor olvidar el pasado. Incluso antes de Elkana, tras la masacre de Sabra y Shatila en Líbano, Primo Levi había concedido una entrevista a Repubblica en la que reconocía este «profundo miedo existencial», pero no aceptaba convertirlo en una excusa: «Sé muy bien que Israel ha sido fundado por gente como yo, pero menos afortunada que yo. Hombres con el número de Auschwitz tatuado en el brazo, sin hogar ni patria, que escaparon de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, que encontraron allí un hogar y una patria. Sé todo esto. Pero también sé que este es el argumento favorito de Begin. Y niego validez a un argumento tal».
Según Primo Levi, la Shoah no otorga a Israel un estatus de inocencia ontológica. A sus ojos, no había duda de que Begin era un «fascista»; de hecho, pensaba que el propio Begin habría aceptado de buen grado esta definición. Ahora, comparado con Netanyahu, Begin parecería un moderado.
No estoy seguro de que cuarenta años después, es decir, tras dos generaciones, el diagnóstico de Elkana y Levi sobre el imaginario israelí siga siendo válido"

Dos lecturas incómodas, por distintas razones, pero muy necesarias.

jueves, 29 de febrero de 2024

El Faro de La Abadía: Imanol Zubero y María Goiricelaya

 


Con ocasión del estreno de 'Altsasu' en el Teatro de La Abadía, el pasado 9 de enero tuvo lugar otro encuentro en el ciclo El Faro de La Abadía entre su autora y directora, María Goiricelaya, y el  sociólogo y profesor universitario Imanol Zubero, con el título “Memoria y justicia”.

jueves, 6 de abril de 2023

Las sepultureras

Taina Tervonen
Las sepultureras
Traducción de Iballa López Hernández
Errata Naturae, 2023

"Mientras camino hacia Šejkovača esta mañana, un pensamiento se concreta de pronto en mi mente al acordarme de todos esos veraneantes cerca de la morgue llena de huesos: los muertos y los vivos no forman parte de dos mundos distintos, pertenecen al mismo grupo, el de los humanos. A base de colocar huesos y reunir gotas de sangre, Senem y Darija vuelven a tejer pacientemente ese vínculo que se rompe cuando se despoja a los muertos de su dignidad, cuando se niega a los vivos la despedida que les permitirá seguir viviendo. Mientras haya personas que hagan ese trabajo, que reparen lo que se ha destruido y pisoteado, se estará preservando una parte de nuestra humanidad".


Senem es antropóloga forense, Su trabajo consiste en exhumar los restos mortales de personas que fueron enterradas, hace años, en fosas comunes que, primero, hay que localizar y excavar. Casi siempre trabaja con huesos entremezclados, procedentes de distintos cuerpos, que debe reconstruir como quien monta un puzle. El trabajo resulta especialmente difícil cundo se trata de "fosas secundarias", es decir, de enterramientos a los que se han trasladado los cadáveres previamente sepultados en otros lugares:

"Hacia el final de la guerra, los autores de los crímenes empezaron a desplazar los cadáveres para ocultar las pruebas. Quince años después, eso dificulta considerablemente las labores de identificación, ya que casi nunca están completos".

La guerra es (fue) la de Bosnia-Herzegovina, la más terrible, si es que el horror de una guerra puede graduarse, de las guerras que sacudieron a la antigua Yugoslavia entre 1991 y 2001. Fue la guerra del sitio de Sarajevo y la Avenida de los Francotiradores, de la masacre de Srebrenica, de las violaciones masivas a mujeres bosnias.

Este es también el contexto histórico que da sentido al trabajo de Darija, que visita a las familias de personas desaparecidas durante la guerra para recoger sus historias y recolectar muestras de su ADN con las que poder identificar a los cuerpos desenterrados, rescatándolos de su anonimato. Si Senem se enfrenta al reto de recomponer restos óseos fragmentados y a veces dispersos entre distintos enterramientos, el puzzle de Darija consiste en recabar información sobre las desapariciones en unas poblaciones en las que impera el silencio:

"En esta región de mayoría serbia, todo el mundo calla. nadie menciona lo que sucedió, ni los verdugos ni las víctimas. Es como si el silencio fuera el precio que hay que pagar para vivir juntos de nuevo. Las asociaciones de supervivientes se las ven y se las desean para existir y hacerse oír".

La autora del libro, Taina Tervonen, viajó a Bosnia en numerosas ocasiones a lo largo de una década, acompañando a Senem y a Darija, unidas en una estrechísima y profunda amistad a pesar de haber coincidido las tres en una sola ocasión. Tres mujeres fuertes comprometidas en la tarea, cada una a su manera, de revincular lo que la guerra rompió. De esta experiencia tan compleja, de vida y muerte, amistad y odio civil, surgen este extraordinario libro y el documental de 2020 Talking with the Dead / Parler avec les morts

jueves, 23 de junio de 2022

Víctimas e ilesos: Ensayo sobre la resistencia ética

Olga Belmonte García
Víctimas e ilesos. Ensayo sobre la resistencia ética
Herder, 2022


"Es necesario mirar al pasado y analizar hasta qué punto se podría haber hecho algo por evitar el horror, detectar cuáles eran las posibilidades de cambio y mostrar 'que se podría haber hecho algo distinto, que se podría haber tomado otra decisión, que alguien podría haber intervenido, que alguien podría haber renunciado' [C. Emcke].
[...] Una decisión distinta en la vida cotidiana hubiera traído algo diferente. Las situaciones de barbarie no llegan repentinamente, hay un ambiente que las prepara. hay, como hemos dicho, una agricultura del odio que lo siembra en la sociedad, en el inconsciente colectivo".


En el prólogo de este libro Graciela Fainstein recuerda y reivindica la reflexión de Walter Benjamin sobre las y los Feurmelder, avisadoras y avisadores del fuego, esas personas que tienen la capacidad de leer los signos del tiempo que les ha tocado vivir, sus mares de fondo, sus derivas potencialmente catastróficas, que se esfuerzan por avisar del incendio antes de que el fuego se propague, por "cortar la mecha encendida antes de que la chispa llegue a la dinamita" (W. Benjamin, Dirección única, Alfaguara, 1987; traducción de Juan J. del Solar y Mercedes Allendesalazar). Es esta la reflexión que más me ha interpelado del libro de Olga Belmonte García.

Están las víctimas, por supuesto, y la autora mira y nos hace "mirar de cara un sufrimiento que no siempre queremos ver": el sinsentido de la injusticia radical que sufrieron, la escucha reverencial que su verdad nos exige, su rescate desde la invisibilización en el "reino de la nada" y su retorno a la comunidad de la que fue expulsada, la no banalización de la idea de perdón, son algunas de las cuestiones que aborda Olga Belmonte, con profundidad teórica y sensibilidad ética, componiendo un texto de bella lectura.

Están también los victimarios -verdugos y torturadores, fundamentalistas y fanáticos- que deshumanizan a la víctima reduciéndola a categoría gestionable (usable, trasladable, ocultable, expulsable, eliminable) a partir de una "lógica de la barbarie [que] crea un sistema en el que no cabe lo diferente", preguntándose y haciéndonos preguntarnos si se trata de una cuestión de banalidad (Arendt) o de sadismo (Améry).

Es aquí cuando, junto a la víctima y al victimario, la autora incorpora a los "ilesos", a quienes no siendo víctimas sí han sido testigos del sufrimiento de estas. Esta es la condición mayoritaria en las sociedades en las que la barbarie ha dinamitado la convivencia; pocos verdugos, bastantes víctimas, muchas ilesas: esta es la aritmética de la barbarie. Siempre son más las personas ilesas (espectadoras silentes): ¿cuál es su responsabilidad?

A pesar de su reducida extensión, en este libro Olga Belmonte recoge y relaciona algunas de las cuestiones esenciales de la reflexión ética sobre las víctimas. Quienes ya estemos familiarizadas con las conversaciones en torno a esta temática puede que no encontremos contenidos realmente novedosos, pero sí reconoceremos una mirada y una voz propias que nos animarán a seguir conversando. Quienes quieran empezar a caminar por el territorio de las víctimas tienen en este libro la mejor de las guías para hacerlo.

domingo, 17 de octubre de 2021

El dinosaurio ausente

 

 
Cuando ETA cesó definitivamente en su actividad terrorista, todos los problemas de Euskadi todavía estaban allí. No se me ocurre representación más absurdamente trágica de la historia de ETA, de ese dinosaurio pesadillesco que hace diez años desapareció de nuestras vidas.

Aquel 20 de octubre de 2011 en el que ETA anunció su disolución Euskadi seguía teniendo los mismos problemas que un año o una década antes. Si pensamos en los grandes objetivos que pretendían justificar su existencia, la independencia y el socialismo, aquel 20 de octubre Euskadi estaba tan cerca o tan lejos de ser un Estado socialista como lo estaba 52 años antes, cuando ETA nació. Durante medio siglo nada (nada sustancial, nada a mejor) cambió con la existencia de ETA; pero tras su disolución, todo cambió. Cuando despertamos, el dinosaurio ya no estaba allí, y con él empezaban a desaparecer las miradas a los bajos de los coches, las despedidas mañaneras como si fueran la última, la emigración forzada, las nucas guardaespaldadas, la ocultación de las convicciones y las militancias políticas, las geografías urbanas prohibidas…

Cuando ETA desapareció, hace diez años, desapareció EL PROBLEMA VASCO (así, con mayúsculas) porque, en realidad, ETA era nuestro problema mayúsculo. Su mera existencia generaba una perversa profecía autocumplida: si hay personas dispuestas a matar y a morir, ¿cómo no va a ser grave la situación política que sufre Euskal Herria? Tanto las personas que lo practican como las que lo apoyan, pero también muchas que lo analizan, se aproximan al terrorismo desde una perspectiva estratégica o de acción racional: como una forma de acción que tal vez no se sostenga en la teoría, pero que funciona en la práctica; yo creo, más bien, que el terrorismo no funciona en la práctica, pero sí en la teoría. Es el efecto-marco de la violencia terrorista: “si no queda otra salida que recurrir a la violencia armada” por algo será...

Pero el caso es que ETA desapareció y todos los problemas mayúsculos que supuestamente justificaban su existencia se convirtieron en lo que realmente eran y siguen siendo, en problemas políticos con minúsculas, susceptibles de ser abordados como cualquier problema político: reflexionando con inteligencia, diagnosticando con acierto, proponiendo alternativas, convenciendo, acumulando fuerza democrática…

En julio de 1997, tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco, recurrí a otro microrrelato de Augusto Monterroso, el titulado “El rayo que cayó dos veces en el mismo sitio”, para denunciar la estéril violencia de ETA: “Hubo una vez un Rayo –escribe Monterroso- que cayó dos veces en el mismo sitio; pero encontró que ya la primera había hecho suficiente daño, que ya no era necesario, y se deprimió mucho”. Desgraciadamente ETA no se deprimió la segunda, ni la tercera, ni la cuarta vez que hizo daño. Cuarenta y tres años de asesinatos, más de 850 víctimas mortales… ¿para qué? Una historia de navegación sin rumbo que solo podía acabar en derrota. Fue hace diez años. Demasiado tarde.
 
 

sábado, 3 de julio de 2021

Lecturas de la violencia vasca: algunas reflexiones abusando de una metáfora

 Lecturas de la violencia vasca:

algunas reflexiones abusando de una metáfora

Imanol Zubero

 

 “Violencia política, nacionalización y Estado: teoría social e historia”

XXVII Simposio del Instituto Universitario de Historia Social Valentín de Foronda

Curso de Verano de la UPV/EHU

Vitoria-Gasteiz, 1-2 julio 2021

https://www.uik.eus/es/violencia-politica-nacionalizacion-y-estado-teoria-social-e-historia

 

 

“La violencia nos ha robado la energía para decir que lo que no es justo no es justo. La sociedad vasca, sin embargo, no ha aceptado que el mal es de naturaleza moral, porque tiene miedo a mirarse en el espejo y decir: estoy enferma. No hemos aprendido a poner la política bajo la lámpara de la moral por eso, nuestro conflicto actual es moral, no político” (Anjel Lertxundi en Hasier Etxeberria, Cinco escritores vascos, Alberdania, 2002).

 

[1] Si, como escribe Franco Ferrarotti, “leer quiere decir salir de sí solo para volver; volver enriquecido, sacudido, tal vez arrancado para siempre al torpor inmóvil y estancado, despierto del sonambulismo de lo cotidiano”[1], cabe dudar de que haya existido, siquiera, algo parecido a una lectura de la violencia vasca. Al menos desde luego, no una lectura compartida, mayoritaria, generalizada.

Si leer es salir del ensimismamiento cotidiano, si leer es provocar un pensamiento atento que nos despierte del sonambulismo, cabría proponer, como hipótesis, que en Euskadi hemos padecido una suerte de analfabetismo funcional colectivo en referencia a la violencia ejercida por ETA. El mismo que ha padecido, por cierto, el conjunto de la sociedad española.

 

[2] Padecido o disfrutado… Porque el sonambulismo (me limito a continuar con la metáfora de Ferrarotti, soy consciente de los problemas que acarrea a muchas personas este trastorno del sueño) tiene algo de bendición. Es lo que nos ha permitido a la inmensa mayoría de la sociedad pasear o ir de compras por las calles de una ciudad donde unas ciudadanas y ciudadanos se concentraban en silencio reclamando “la paz” sin dedicarles más que una breve mirada. Reivindicar la paz, aquí… ¿a quién se le ocurre?

 

https://www.deia.eus/actualidad/politica/2017/04/16/genuinos-artesanos-paz/569435.html

 

[3] También nos ha permitido transitar durante años por los lugares “allí donde ETA asesinó” -como recuerda el valioso pero demasiado poco valorado proyecto memorialístico de Willy Uribe[2]- sin recordar lo que ocurrió, haciendo del sonambulismo condición necesaria para la práctica del funambulismo. La mayoría de la sociedad vasca y española hemos caminando sobre el alambre de la indiferencia moral, evitando el vértigo que produce mirar a las víctimas de la violencia y el terrorismo.

Por cierto, como ocurre con el sonambulismo, tampoco cabe abusar de la metáfora en el caso del funambulismo.

Resulta que el 16 de septiembre de 1991 ETA asesinó en Mutxamel (Alicante) a Francisco Cebrián, propietario de la grúa municipal, y a los policías locales José Luis Jiménez Vargas y Víctor Puerta, al estallar un coche bomba que trasladaban a un depósito de vehículos y con el que ETA había querido atentar contra el cuartel de la Guardia Civil. Para hacer memoria del hecho, en 2017 el Ayuntamiento de la localidad convocó un concurso de murales urbanos, resultando premiado el titulado “La paz funambulista”, inspirado en Banksy, con el mensaje de que “la paz hace equilibrios y todos tenemos que hacer que no caiga”[3].

 

https://www.informacion.es/alacanti/2017/01/05/pintura-paz-mercado-mutxamel-6005731.html

 

Valoro la intención de las y los promotores del homenaje. Pero mi experiencia y mi reflexión me advierten de que en contextos de violencia el compromiso con la paz exige pasar de las musas al teatro, bajar a tierra, pisar suelo y, por ello, arriesgarse a tropezar, a caer, a darse de bruces con la realidad. Nuestro equilibrismo ha tenido como objetivo no la paz, sino la tranquilidad

Así que mantengo mi primera impresión: la sociedad vasca, como cuerpo colectivo, ha sido sonámbula y funámbula.

 

[4] Hablando de lecturas, la literatura universal ha recurrido muchas veces a la figura del sonambulismo. Está, por supuesto, el conocidísimo poema de Federico García Lorca titulado “Romance del sonámbulo”, aunque es probable que todas lo conozcamos por su primer verso: “Verde que te quiero verde”. Pero, más que sonámbulo, humildemente creo que debería titularse “Romance noctámbulo”. Su contenido no encaja en la reflexión que propongo.

Sí lo hace la denominada Trilogía de los sonámbulos, de Hermann Broch (conformada por las novelas Pasenow o el romanticismo, Esch o la anarquía y Huguenau o el realismo), un recorrido por treinta años de la historia de Europa, desde 1888 hasta 1918, los años en los que Alemania fue gobernada por el káiser Guillermo II; la misma época analizada por el historiador Christopher Clark en su obra Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914.[4]

Leemos en Pasenow: “Mientras ruedan los trenes y trabajan las máquinas, dos personas se enfrentan y se disparan”. Sonambulismo de lo cotidiano. Mientras los trenes rodaban, las máquinas trabajaban, los comercios anunciaban rebajas, los restaurantes se llenaban, en las aulas se enseñaba… una persona asesinaba a otra.

 

[5] Cierto es que no hay sonambulismo más difícil de combatir que el “sonambulismo de lo cotidiano”. Es mucho más fácil reaccionar ante acontecimientos extraordinarios que ante hechos repetidos, ordinarios. También cuando hablamos de violencia. Por cada acontecimiento relacionado con la violencia vasca que podemos recordar hay decenas de hechos que han pasado desapercibidos. Por cada asesinato que recordamos hay muchos que hemos olvidado.

El politólogo Norbert Lechner escribe: “[..] el poder se instala y se desarrolla de manera subcutánea. Trabaja sobre el comportamiento cotidiano (en caso extremo sobre el cuerpo). La fuerza normativa de lo fáctico radica en eso: un ordenamiento de la realidad sin interpelación de la conciencia”[5].

La violencia repetida, rutinizada, tiene el efecto de convertirse en un hecho fáctico ante el que nos adaptamos. ¡Qué remedio!

 

https://www.msn.com/es-mx/noticias/photos/siria-la-vida-cotidiana-en-un-pa%c3%ads-azotado-por-la-guerra/ss-BBDTUPS?li=AAggxAT&ocid=UP97DHP#image=9

 

[6] Es cierto: hay una diferencia importante. Cuando las víctimas continúan con la cotidianidad es un acto que podemos calificar hasta como de resistencia: no vas a conseguir que me vaya de aquí, no me vas a callar, no me voy a ocultar… Seguir haciendo “vida normal” tras la amenaza ha sido el objetivo de muchas víctimas de ETA. Para muchas de ellas, esta ha sido, precisamente, la causa última de su muerte. Fue el caso del concejal socialista de Orio Juan Priede, asesinado mientras tomaba café en la barra de un bar próximo a su casa. “El concejal había bajado al bar sin esperar a los dos escoltas que tenía asignado desde que la Ertzaintza tuvo constancia de que era un objetivo inminente del comando Buruntza, el grupo más sanguinario del llamado complejo Donosti, cuando lo desarticuló en agosto pasado”[6].

Pero, ¿qué decir de la normalidad con la que el conjunto de la sociedad vuelve a la cotidianidad pocas horas después de un asesinato, o cuando ni siquiera se ve afectada?

Cuando el 11 de febrero de 1997 ETA asesinó a Patxi Arratibel en plenos carnavales de Tolosa, José Luis Barbería y Aurora Intxausti narraban así la reacción de la sociedad tolosarra:

Al conocer la noticia del asesinato, las compañías festeras enmudecieron inicialmente, pero luego decidieron seguir, pese a que la corporación municipal llegó a proponerles la suspensión de los carnavales, algo sin precedentes en la historia de la ciudad. Tolosa tiene a gala no haber interrumpido estas fiestas ni siquiera durante los años de la prohibición franquista, una etapa en que la ciudad se inventó las Fiestas de Primavera para continuar celebrando los festejos. "Estos cobardes de ETA quieren cargarse nuestro carnaval, pero no van a conseguir lo que tampoco logró el franquismo", explicó un veterano representante de las compañías.

En protesta por el atentado, sin dejar de tocar varias compañías se concentraron a mediodía de ayer ante la sede de Herri Batasuna. Por la tarde, la práctica totalidad de ellas homenajeó a la víctima en el lugar del atentado y a continuación con un acto en la plaza de toros en el que guardaron un minuto de silencio. Concluido el homenaje, el grupo de Patxi Arratibel abandonó definitivamente la fiesta.[7]

¿Es esta una reacción resiliente (que la vida siga su curso, que no nos quiten la alegría de vivir) o es un ejemplo de esa fuerza normativa de lo fáctico que ordena la realidad sin interpelación de la conciencia?

 

[7] La UNESCO considera analfabeto funcional a la “persona que no puede emprender aquellas actividades en que la alfabetización es necesaria para la actuación eficaz en su grupo o comunidad y que le permitan, asimismo, seguir valiéndose de la lectura, la escritura y la aritmética al servicio de su propio desarrollo y del desarrollo de la comunidad”.[8]

En general no hemos sabido leer la violencia vasca de manera que ayudara a construir la comunidad (me da lo mismo hablar de sociedad) vasca necesaria y posible. En este sentido, hemos sido una sociedad funcionalmente analfabeta. No hemos sabido, querido o podido valernos de la lectura de la realidad de la violencia para ponerla al servicio del desarrollo de nuestra comunidad.

Hemos confundido los géneros literarios. Hemos hecho lecturas exclusivamente políticas de una obra esencialmente moral.

En junio de 1998 escribí:

En menos de un año han sido asesinados seis concejales. Calificar sus muertes de asesinatos políticos produce el efecto de desviar nuestra atención del asesinato a la política, del sustantivo al adjetivo, de lo sustancial a lo accidental. Bueno, podemos pensar, hay muertos por medio, es verdad, pero en realidad se trata de política. Si los asesinados hubiesen sido seis libreros, seis prostitutas, seis fruteros, seis profesoras, seis sacerdotes, seis torneros, hablaríamos de asesinatos en serie. Si hubiesen sido seis magrebíes hablaríamos de crímenes racistas. Si seis vecinos de un pequeño núcleo rural hablaríamos de la horrorosa acción de un desequilibrado[9]. 

La consecuencia de esta lectura exclusivamente política es que hemos hecho lecturas de parte: no solo parciales sino partidarias (y, por ello, necesariamente adversarias). Perspectivas que no dejaban espacio para intentar hacer lecturas compartidas. Cada lectura particular se convirtió en una especie de “religión del libro”,[10] exigiendo disciplina(s) monoteísta(s) a una sociedad estructuralmente plural, aunque no siempre pluralista.[11] Una sociedad de afiliaciones múltiples, de identidades compuestas, con muy escasas barreras del precepto, que mayoritariamente vivía en común, hablaba en común, pero a la que la lectura exclusivamente política de la realidad le impedía leer la violencia en común.

 

[8] Características del analfabetismo funcional según la Wikipedia: “Una persona analfabeta no sabe leer ni escribir. Un analfabeto funcional, en cambio, lo puede hacer hasta un cierto punto (leer y escribir textos en su lenguaje nativo), con un grado variable de corrección y estilo”. La cursiva es mía.

La mayoría de las lecturas de la violencia realizadas en Euskadi han sido propias de analfabetas y analfabetos funcionales. Lecturas nativas, tribales. Lecturas de parte. Lecturas imposibles de compartir

La más evidente es la que ha hecho (y continúa haciendo) la izquierda abertzale. No insistiré en ello.[12]

Pero junto al analfabetismo funcional nativo-abertzale ha existido también (no los comparo ni, mucho menos, los igualo) un analfabetismo funcional nativo-constitucionalista que ha querido imponer una lectura de parte a una sociedad compleja y plural. El storytelling[13] y el poder concebido en forma discursiva[14] como objetivo, en lugar de procurar lecturas compartidas que faciliten la construcción de realidades conversacionales[15], fundamento de las transacciones humanas.

Lo digo en minúsculas y me someto a cuanta crítica fundada pueda recibir por decirlo (puede que me ciegue mi pasado), pero yo diría que la única lectura vocacionalmente no nativa, no tribal, de la violencia vasca que se propuso en aquellos años en Euskadi fue la que hizo Gesto por la Paz. Aquí lo dejo.[16]

 

[9] Apenas hemos hojeado el libro de la violencia porque, en general, hemos ojeado (hemos mirado rápida y superficialmente) la violencia y sus consecuencias.

Pero bueno, afortunadamente ha habido lecturas que encajarían en la definición de Ferrarotti, como la que hizo Batzarre en mayo 2006: “Las gentes de la izquierda vasquista no podemos pasar página sin someter a revisión crítica nuestras posiciones del pasado sobre ETA”, ya que, en primer lugar, esa actitud “ha descansado de forma unilateral en la razón política y ha sido pobre en criterios morales o en valores como los derechos humanos fundamentales”[17]. O la que se recoge en el libro editado por Antonio Duplá y Javier Villanueva Con las víctimas del terrorismo (Donostia, Gakoa, 2009)[18].

Cito estas dos porque me resultan particularmente cercanas, pero sin duda ha habido otras.

Siempre estamos a tiempo de volver a las lecturas que no hicimos en su momento. Todas tenemos nuestros Quijotes, nuestras Ilíadas, libros que no leímos cuando, tal vez, nos tocaba hacerlo, a los que hemos vuelto al cabo de los años, descubriendo su valor. Estamos a tiempo de aprender a leer nuestra violencia vasca.

Pero no es fácil recuperar lecturas en estos tiempos de continua explosión editorial, donde se suceden los best sellers. La lectura ferrarottiana de la violencia vasca no es una actividad agradable, no es una lectura de verano. Al contrario, es una lectura desgarradora que nos despertará del sonambulismo.

“He tratado de prestar atención –escribe Clark en Sonámbulos- al hecho de que las personas, los acontecimientos y las fuerzas descritas en este libro llevaran en ellos las semillas de otros futuros tal vez menos terribles”. Yo también creo que la realidad levemente descrita en estas páginas contiene las semillas de un futuro menos terrible, más luminoso, que nuestro pasado reciente.



[1] Franco Ferrarotti, Leer, leerse, Península, Barcelona, 2002, p. 8.

[2] Willy Uribe, “Allí donde ETA asesinó”, 2010. https://allidonde.wordpress.com/

[4] Christopher Clark, Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2014.

[5] Norbert Lechner, La conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado, CIS/Siglo XXI, Madrid, 1986.

[6] Genoveva Gastaminza, “ETA mata al edil socialista de Orio en vísperas del congreso del PSE”, El País, 22/03/2002. https://elpais.com/diario/2002/03/22/espana/1016751601_850215.html

[7] José Luis Barbería y Aurora Intxausti, “ETA asesina a un mediador en el rescate de Revilla”, El País, 12/02/1997. https://elpais.com/diario/1997/02/12/espana/855702001_850215.html

[8] Juan Jiménez del Castillo, “Redefinición del analfabetismo: el alfabetismo funcional”, Revista de educación, n. 338, 2005, p. 273-294.

[9] Imanol Zubero, “Hablamos de asesinato”, El País, 30/06/1998. https://elpais.com/diario/1998/06/30/paisvasco/899235602_850215.html

[10] Jan Assman, La distinción mosaica o el precio del monoteísmo, Akal, Madrid, 2006.

[11] Imanol Zubero, “Pluralismo en Euskadi”, El País, 10/05/2001. https://elpais.com/diario/2001/05/10/paisvasco/989523616_850215.html

[12] Imanol Zubero, “Infección moral”, 20/06/2009. https://imanol-zubero.blogspot.com/2009/06/infeccion-moral.html

[13] Christian Salmon, Storytelling. La máquina de fabricar historias y formatear las mentes, Península, Barcelona, 2008.

[14] Stewart R. Clegg, “Narrativa, poder y teoría social”, en D. Mumby (comp.), Narrativa y control social. Perspectivas críticas, Amorrortu, Buenos Aires, 1997, pp. 29-67.

[15] John Shotter, Realidades conversacionales. La construcción de la vida a través del lenguaje, Amorrortu, Buenos Aires, 2001.

[16] Imanol Zubero, “Transformaciones en la movilización social en Euskadi. De los movimientos por la paz a los movimientos por la libertad”, Bake Hitzak, n. 45, 2002, pp. 33-49. http://www.gesto.org/archivos/201401/BH45.pdf?1

[17] Batzarre hace un documento de autocrítica de sus actitudes políticas con relación a ETA.  https://www.diariovasco.com/pg060526/prensa/noticias/Politica/200605/26/DVA-POL-310.html

[18] Antonio Duplá, “El descubrimiento de las víctimas. Razones de un cambio personal y político”. http://www.pensamientocritico.org/antdup0311.htm