Uno se apoya en la mochila. Porque en el momento en que nos quitamos el peso de nuestros hombros no sabemos enderezarnos enseguida; ¡pues resulta que era el peso lo que antes nos daba seguridad y equilibrio! [George Simmel]
martes, 20 de octubre de 2026
NAZA: la banalidad (sionista) del mal
sábado, 12 de septiembre de 2026
Las plagas de Netanyahu
Hay días en que dos noticias
aparentemente desconectadas parecen buscarse hasta construir por sí solas una
metáfora. El pasado 8 de septiembre fue uno de esos días. La primera contaba que una gigantesca
proliferación de microalgas ha obligado a detener o reducir drásticamente la
actividad de cinco de las seis grandes plantas desalinizadoras de Israel. Las
algas parecen haber llegado desde las costas egipcias, pero especialistas y
organizaciones medioambientales israelíes consideran que su extraordinaria
proliferación ha podido verse alimentada por las enormes cantidades de aguas
residuales que Gaza está vertiendo al Mediterráneo porque su sistema de
saneamiento está devastado. Dos de sus cuatro plantas de tratamiento han sido
destruidas, otra se encuentra en una zona inaccesible bajo control militar
israelí y la única que permanece operativa bombea los residuos directamente al
mar.
La secuencia resulta difícil de mejorar
como parábola de nuestro tiempo: destruyes las infraestructuras de saneamiento del
territorio vecino por lo que sus habitantes, hacinados y privados de medios para tratar sus aguas fecales, las arrojan
al mar; las corrientes marinas hacen su trabajo, los microorganismos encuentran
nutrientes, proliferan y terminan amenazando las desalinizadoras de las que
depende tu propia población. La mierda vuelve.
No es una maldición ni es justicia
divina, ni siquiera sabemos todavía cuál ha sido exactamente el peso de los
vertidos de Gaza en esta proliferación excepcional de algas. Es algo bastante
más elemental: ecología, interdependencia, la obstinada resistencia de la
realidad a aceptar las fronteras políticas que trazamos sobre los mapas. Puedes
levantar un muro entre Israel y Gaza, establecer controles, puestos
fronterizos y zonas militares, decidir quién entra y quién sale, qué alimentos pasan, qué medicamentos llegan, cuánta
agua recibe una población, pero no puedes poner un puesto de control al
Mediterráneo ni ordenar a las corrientes marinas que respeten la frontera. No
puedes bombardear el sistema de saneamiento del vecino y confiar
indefinidamente en que sus aguas fecales comprendan que tienen prohibida la
entrada en Israel.
Tal vez por eso resulta inevitable
recordar una de las narraciones fundacionales del pueblo judío: las plagas de
Egipto. El Éxodo no es una historia sobre la maldad de un pueblo. Es una
historia sobre el poder y su endurecimiento. Su figura central es el faraón, el
gobernante incapaz de escuchar, el poder que contempla el sufrimiento que
provoca y persevera, el dirigente cuya obstinación termina extendiendo la
desgracia hasta alcanzar a la sociedad que gobierna. Y una de aquellas plagas
afectó, precisamente, a las aguas, las del Nilo, convertidas en sangre.
Las antiguas narraciones, las que
traspasan épocas y lugares, sobreviven porque contienen intuiciones sobre la
condición humana que podemos seguir reconociendo muchos siglos después. Una de
ellas es que el daño infligido nunca queda completamente encerrado en el
espacio destinado a quienes deben sufrirlo, que la violencia contamina también
a quien la ejerce. A veces moralmente, a veces políticamente, y algunas veces, como
estamos comprobando estos días en el Mediterráneo oriental, de una manera
sorprendentemente literal.
La segunda noticia, conocida el mismo día, añade a esta
parábola una dimensión todavía más sombría. Una investigación del diario
israelí Haaretz sostiene que Mohamed bin Zayed, presidente
de Emiratos Árabes Unidos, advirtió personalmente a Benjamin Netanyahu de que
Hamás preparaba una operación de gran envergadura unos diez días antes
del 7 de octubre de 2023. Según esta investigación,
Netanyahu no transmitió aquella advertencia a los principales responsables de
la seguridad israelí. Aunque su oficina niega que la conversación se produjera,
el antiguo primer ministro Naftali Bennett ha afirmado que la información es
cierta. Habrá que esclarecer los hechos y determinar las responsabilidades,
pero la noticia vuelve insoportable una duda que Netanyahu y su gobierno llevan
tres años intentando obviar: qué sabían antes del 7 de octubre, qué
advertencias recibió y por qué fueron desatendidas.
Y volvemos así al faraón, porque el
rasgo decisivo del faraón bíblico no es su crueldad, sino su incapacidad para
escuchar. Una y otra vez recibe advertencias, una y otra vez la realidad
contradice sus decisiones, y una y otra vez «endurece su corazón». Resulta
difícil encontrar una imagen más inquietante para pensar el liderazgo de
Netanyahu.
Su promesa histórica ha sido la
seguridad y durante años presentó su brutal política hacia las y los palestinos
como un ejercicio de realismo frente a quienes todavía creían posible una
solución política. Hamás podía ser contenido, Gaza podía ser encerrada, la
cuestión palestina podía administrarse indefinidamente como una colonia, Israel
podía normalizar sus relaciones con los países árabes sin resolverla… Hasta que
llegó el 7 de octubre.
Y desde entonces Netanyahu ha intentado
convertir aquel fracaso gigantesco de su política de seguridad en legitimación
de una guerra sin límites, de un genocidio transmitido en directo ante los ojos
del mundo. La devastación de Gaza debía garantizar que algo semejante nunca
pudiera volver a ocurrir, pero casi tres años después la destrucción vuelve a
Israel de las maneras más inesperadas. Incluso en forma de aguas fecales.
Por eso me atrevo a recurrir a una
expresión deliberadamente desagradable para describir lo que está ocurriendo: a
Netanyahu le está comiendo la mierda. La mierda
física de una Gaza cuyo sistema de saneamiento ha sido destruido y que el
Mediterráneo devuelve ahora hacia las costas israelíes. También, y sobre todo,
la mierda moral acumulada durante estos años: decenas de miles de personas
muertas, ciudades arrasadas, hospitales destruidos, hambre, desplazamientos,
vidas reducidas a mera supervivencia. Y, finalmente, la mierda política de una
estrategia que prometió seguridad y produjo una de las mayores catástrofes de
la historia de Israel, que prometió acabar con Hamás y ha devastado Gaza, que
pretendía separar definitivamente las vidas israelíes de las palestinas y
descubre ahora que hasta las aguas residuales desmienten esa fantasía.
Israel y Palestina pueden separarse
mediante muros, soldados, controles y sistemas jurídicos diferentes, pero ambas
sociedades continúan habitando el mismo pequeño territorio, respirando el mismo
aire, dependiendo de los mismos acuíferos y bañándose en el mismo mar. Ninguna
superioridad militar puede abolir esa realidad y no es posible construir la
seguridad de una sociedad sobre la devastación de la otra.
El relato del Éxodo cuenta que hicieron
falta diez plagas para que el faraón comprendiera algo tan elemental. La
pregunta es cuántas harán falta esta vez.
jueves, 9 de octubre de 2025
Todos pájaros
lunes, 15 de septiembre de 2025
jueves, 4 de septiembre de 2025
La morera de Jerusalén
viernes, 29 de agosto de 2025
Dar vuelta a la Vuelta
Y, sin embargo, la Vuelta se celebra como si nada ocurriera. La organización es privada, sí, pero todas y todos sabemos que sin el apoyo público -en seguridad, movilidad, infraestructuras, patrocinios- este espectáculo sería inviable. El Gobierno español ha condenado enfáticamente el genocidio, pero a la vez lo blanquea al sostener con recursos públicos una competición que da cobijo a quienes lo representan. Esa contradicción es insoportable.
Dar vuelta a la Vuelta: ese debería ser el lema. No se trata solo de un juego de palabras, sino de una urgencia ética. No podemos permitir que una fiesta del deporte se convierta en escaparate de la impunidad. No podemos aceptar que municipios como Bilbao abran sus calles sin más para que la carrera parta o termine como si nada sucediera. La ausencia de convocatorias de rechazo, de acciones pacíficas que visibilicen la indignación, convierte al silencio en un gesto demasiado parecido a la complicidad.
Por humanidad, por coherencia, por solidaridad con las víctimas de Gaza, debemos recordar que no todo vale. La Vuelta no puede ser indiferente a la masacre. No lo pueden ser los equipos, ni los corredores, ni los aficionados. Mucho menos las instituciones que con su apoyo logístico y económico permiten que todo siga como si aquí no pasara nada.
En este contexto, resulta imprescindible interpelar directamente al Ayuntamiento de Bilbao y a la Diputación Foral de Bizkaia: no se puede presumir de compromiso con los derechos humanos y, al mismo tiempo, colaborar con un evento que da visibilidad internacional a quienes representan la barbarie. Exijo su boicot y su no colaboración con esta edición de la Vuelta. Y también es necesario dirigirse a los medios de comunicación, tan críticos y firmes en sus editoriales frente al genocidio: no basta con denunciarlo en abstracto. Coherencia significa también no cubrir un acontecimiento que se presta al blanqueo del crimen.
Por eso, este año toca gritar con fuerza:
¡Dar vuelta a la Vuelta!
¡Deporte sí, genocidio no!
¡Ni un kilómetro de silencio ante la barbarie!
¡Las calles no se prestan al blanqueo de la guerra!
¡Bilbao y Bizkaia, no en nuestro nombre!
La verdadera carrera de este año no será la que disputen los ciclistas en la carretera, será la que corra la sociedad civil, la que corran quienes se atrevan a decir “basta” en nombre de quienes no pueden alzar su voz. Y en esa carrera, nadie puede quedarse al margen.
sábado, 9 de agosto de 2025
jueves, 31 de julio de 2025
¿Destruir? Ni Gaza ni Israel
“En todos los ámbitos damos la impresión de haber perdido las nociones esenciales de la inteligencia, las nociones de límite, de medida, de grado, de proporción, de relación, de condición, de vínculo necesario, de conexión entre medios y resultados. Para ocuparse de asuntos humanos, nuestro mundo político está poblado exclusivamente por mitos y monstruos; en él solo conocemos entidades, absolutos”.
Simone Weil, No empecemos de nuevo la guerra de Troya (1937)
La situación en Gaza es insoportable. Asistimos con horror al resultado de una estrategia militar que ha convertido a más de dos millones de personas en rehenes del hambre, del miedo y de la destrucción. El bloqueo impuesto por Israel y la ofensiva sostenida contra la Franja constituyen una violación flagrante del derecho internacional humanitario y un castigo colectivo que no puede ser justificado bajo ningún argumento de defensa. Lo que está ocurriendo en Gaza merece una condena rotunda, sin matices ni dilaciones. Me duele profundamente, me compromete, y por ello, como tantas y tantos, he participado en todas las convocatorias en las que se ha reclamado a Israel que ponga fin, incondicionalmente, a sus operaciones genocidas en Gaza.
Sin embargo, no podemos aceptar sin más el lema bajo el cual se ha convocado la movilización de mañana en Bilbao: "Israel suntsitu", "destruir Israel". Esa consigna, más allá de su rechazo moral, representa una amenaza contra toda una población. Llamar a la destrucción de un Estado (en realidad, de una sociedad) no es una crítica legítima a sus políticas, sino una negación del derecho de su pueblo a existir. Y eso, desde una perspectiva ética, política y humanista, no se puede compartir.
Estar contra la ocupación, contra el apartheid, contra los crímenes de guerra, no significa estar contra un pueblo entero. Del mismo modo que denunciamos el genocidio en Gaza, debemos rechazar cualquier forma de antisemitismo, sea explícito o disfrazado de consigna política. El camino para una paz justa pasa necesariamente por el fin de la ocupación, por el reconocimiento mutuo y por una solución política que garantice la vida, la dignidad y la seguridad tanto del pueblo palestino como del pueblo israelí. Esa solución sigue siendo la de dos Estados, con fronteras seguras y derechos iguales para todas las personas que habitan la región.
Nuestro compromiso debe ser con la vida, no con la destrucción. Por eso, aunque sintamos la urgencia de manifestarnos contra el horror en Gaza, no podemos hacerlo bajo un lema que niega los principios mismos por los que luchamos.
En momentos de horror la palabra se vuelve frágil, pero también más necesaria que nunca. Lo que ocurre hoy en Gaza exige una respuesta moral inmediata: una población entera está siendo sometida a una violencia sistemática, al hambre, al desamparo. No hay justificación posible para este castigo colectivo. La guerra no puede convertirse en un mecanismo para borrar un pueblo, ni el sufrimiento civil puede ser asumido como daño colateral. El bloqueo israelí, la ofensiva militar y la impunidad con que se ejerce esta violencia son incompatibles con cualquier idea de justicia.
Pero hay palabras que, en nombre de esa justicia, traicionan sus propios fundamentos. El lema "Israel suntsitu" nos enfrenta a una de esas paradojas morales. Porque por más que compartamos la necesidad urgente de denunciar el genocidio que se está perpetrando, no podemos aceptar, ni ética ni políticamente, una consigna que implica la aniquilación de otro colectivo humano. Destruir un Estado no es simplemente una consigna contra una estructura de poder: es, en este caso, un llamamiento a borrar la existencia de quienes lo habitan, de quienes lo sienten como parte de su identidad. No se puede combatir un crimen colectivo cometiendo otro en la imaginación política. Llamar a la destrucción de Israel no es una crítica legítima: es una forma de violencia simbólica que prepara el terreno para otras violencias más tangibles. Es la negación del principio de coexistencia, de la dignidad humana compartida, de la paz como horizonte.
La moral, también la moral política, cuando es fiel a su vocación, no elige entre víctimas. Sabe que todo ser humano es portador de un valor irreductible, incluso -y sobre todo- cuando el conflicto parece exigir adhesiones incondicionales. Por eso, la única salida justa sigue siendo aquella que reconozca plenamente a los dos pueblos que habitan esta tierra herida. La solución de dos Estados no es una fórmula diplomática vacía, sino la expresión mínima de una idea de justicia en la que nadie debe ser borrado para que la otra y el otro vivan.
Nuestro deber, hoy, es doble: denunciar con claridad los crímenes de guerra y la política de exterminio en Gaza, y al mismo tiempo mantenernos fieles a los principios éticos que nos sostienen. No podemos luchar contra el odio adoptando sus lenguajes. La palabra justa es la que defiende la vida, incluso cuando todo alrededor se derrumba.
En contextos de violencia extrema, la política tiende a deslizarse hacia una lógica binaria: amigo o enemigo, víctimas o verdugos, legítimos o ilegítimos. Esta simplificación no es casual: permite movilizar pasiones, justificar acciones, identificar bandos. Pero esa polarización, aunque políticamente eficaz, puede volverse éticamente ciega. La ética, a diferencia de la política en su forma más cruda, no opera con identidades colectivas abstractas, sino con vidas concretas. Esa diferencia no invalida la política, pero exige que no se emancipe de su fundamento ético. Cuando una consigna como “destruir Israel” se presenta como una reivindicación política, debemos preguntarnos: ¿desde qué lugar ético se pronuncia? Si la política no se mide por su fidelidad a la dignidad humana, entonces ya no es emancipadora, sino una forma distinta de dominación.
Las palabras no son nunca inocentes. Nombrar no es solo describir: es también intervenir, construir realidad, anticipar lo posible. Las palabras pueden sanar, pero también pueden preparar el terreno para el exterminio. Cuando se lanza una consigna como "Israel suntsitu" se está imaginando un futuro donde un colectivo humano es eliminado. Aunque se pretenda simbólica, esa palabra contiene en sí la semilla del acto. Por eso, el cuidado del lenguaje no es una cuestión de corrección política, sino de responsabilidad moral. No hay justicia que pueda nacer del odio. No hay liberación que se logre borrando a la otra y al otro. Y no hay victoria política que no se vuelva derrota humana si en su nombre se normaliza la violencia verbal contra comunidades enteras.
Es comprensible y justo denunciar con fuerza los crímenes cometidos por el gobierno de Israel. Pero hay una diferencia fundamental entre criticar un régimen político y atribuir responsabilidad colectiva a un pueblo entero. Cuando se difumina esa diferencia, la violencia simbólica se dirige indiscriminadamente a cualquiera que comparta una identidad con el agresor: no ya quien manda las bombas, sino quien nació con el nombre equivocado, la religión equivocada, el pasaporte equivocado. La filosofía moral nos advierte contra esa trampa de las identidades absolutas. El ser humano no es reducible a su grupo étnico, su nacionalidad ni su historia colectiva. La justicia comienza cuando resistimos esa reducción, incluso bajo presión, incluso cuando el dolor nos empuja a simplificar.
En medio de la destrucción, la fidelidad a lo humano debe ser nuestra brújula. No hay compromiso político que valga si exige que traicionemos la igualdad fundamental entre todas las vidas. No hay causa justa que se construya sobre el deseo de borrar a la otra y al otro. Hoy, defender al pueblo palestino significa también rechazar cualquier lenguaje que niegue la humanidad de las y los israelíes. Y denunciar al gobierno de Israel no implica negar el derecho de su pueblo a existir en paz. La justicia, si ha de ser algo más que una consigna, empieza aquí: en la renuncia a toda forma de exterminio, incluso en el plano del lenguaje.
jueves, 21 de noviembre de 2024
Gaza ante la historia / El precio que pagamos
Traverso analiza cómo la memoria histórica es manipulada para justificar las acciones de Israel en Gaza. Según el autor, la instrumentalización de la memoria del Holocausto ha creado una narrativa en la que Israel aparece sistemáticamente como la víctima, incluso cuando despliega una maquinaria bélica devastadora. Esta memoria monopolizada, señala, no permite comprender las raíces del conflicto ni la complejidad de las relaciones entre opresores y oprimidos. Para Traverso, Gaza se ha convertido en un emblema de la resistencia en un mundo marcado por la desigualdad y la violencia estructural. Describe a Gaza como un "laboratorio" de control biopolítico, donde se experimentan nuevas formas de segregación, asedio y castigo colectivo. Este enclave, aislado y devastado, no es solo un escenario de tragedia, sino también un espejo de las desigualdades globales y un recordatorio de los límites de la humanidad.
"El discurso dominante en torno al 7 de octubre hace de esta fecha una especie de Epifanía negativa, la súbita aparición del mal de la que ha surgido una guerra reparadora. El contador se ha puesto a cero, como si esa fecha fuera el único origen de esta tragedia. El 7 de octubre habría rasgado un velo sobre la verdadera naturaleza tanto de Hamás como de Israel: el ejecutor y la víctima. La Franja de Gaza, un territorio habitado por 2,4 millones de personas sometidas a una segregación total durante dieciséis años, se ha convertido en la cuna del mal, donde asesinos despiadados actúan con impunidad, convirtiendo a los civiles en «escudos humanos». En realidad, la destrucción de Gaza es el epílogo de un largo proceso de opresión y desarraigo. [...]
El texto está impregnado de una sensación de urgencia. Traverso escribe "en situación", lo que significa que no aspira a una neutralidad axiológica sino a un compromiso con quienes sufren un auténtico genocidio. Esta elección, aunque poderosa y plenamente justificada por la urgencia real que los acontecimientos demandan (hoy mismo, al menos 66 personas han muerto y más de un centenar han resultado heridas en un bombardeo israelí contra un edificio residencial aledaño al hospital Kamal Adwan, en la ciudad de Beit Lahia, en el norte de Gaza, entre ellas muchas mujeres y niñas), lleva a Traverso a realizar afirmaciones que yo no puedo compartir; como esta reflexión sobre las violaciones como "arma de guerra":
O como esta otra sobre el asesinato de civiles, que no solo no es "el arma de los débiles" sino que lo es, como precisamente estamos comprobando en Gaza, el arma favorita de los fuertes:
viernes, 4 de octubre de 2024
Un detalle menor
domingo, 14 de julio de 2024
Palestina
- Asistimos desde hace décadas a un proceso de deshumanización de la población palestina. Proceso que se ha intensificado desde el 7 de octubre y que busca despojar a los habitantes de Gaza de su humanidad, retratarlos de tal manera que se pueda justificar que familias enteras sean aniquiladas, o bloques enteros de apartamentos sean destruidos. ¿cuáles son las claves de este discurso? ¿Cómo es posible que tenga éxito?
- Palestina podría ser el campo de batalla ético de nuestro tiempo. Asistimos a un fracaso moral sin precedentes que opera bajo la mirada constante de la comunidad internacional. Aun así, la situación continúa deteriorándose de manera corrosiva y horrible. La gente sufre cada día más y hay cada vez menos capacidad de preservar la dignidad. ¿Significa Gaza un cambio de paradigma?
- Recientemente Irene Khan, Relatora Especial de las Naciones Unidas para la promoción y protección del derecho a la libertad de opinión y de expresión alertó de que la crisis de Gaza se está convirtiendo en una crisis global de la libertad de expresión, con previsibles repercusiones a largo plazo. ¿Qué podemos esperar?
- Debilitamiento del sistema internacional y de sus normas: somos testigos de una guerra asimétrica, sin normas, sin distinción de civiles y combatientes, donde la propia asistencia humanitaria se ha convertido en objetivo. Decía la presidenta del Comité de la Cruz Roja recientemente que “la razón por la que se creó la convención de Ginebra es para evitar un guerra en la que se usen todos los medios al alcance. No se puede deshumanizar y destruir completamente al otro sin cuestionar el sistema legal que se creó sobre la base de la experiencia de la II Guerra Mundial” ¿Qué precedentes sienta esta situación para el futuro?
- En 1895, Theodor Herzl [fundador del sionismo] anotaba en sus Diarios que había que hacer algo con los palestinos autóctonos: “Tendremos que hacer desaparecer a la población indigente a través de la frontera buscándole empleo en los países de tránsito, al tiempo que le negamos cualquier empleo en nuestro propio país. Tanto el proceso de expropiación como el de eliminación de los pobres deben realizarse de manera discreta y circunspecta” (Said, p. 63).
- Observaciones de Moshé Dayán en abril de 1969: “Vinimos a este país que ya estaba poblado por árabes, y aquí estamos estableciendo un Estado hebreo, es decir, judío. En considerables zonas del país [el área total era aproximadamente del 6 por ciento] les compramos las tierras a los árabes. Donde había pueblos árabes se construyeron pueblos judíos. Ustedes ni siquiera saben los nombres de aquellos pueblos árabes, y no les culpo, puesto que aquellos libros de geografía ya no existen; no solo no existen los libros, sino que los pueblos árabes tampoco están allí. Nahalal [el propio pueblo de Dayán] surgió en lugar de Mahalul, Gevat en lugar de Jibta, [Kibutz] Sarid en lugar de Haneifs, y Kefar Yehoshua en lugar de Tell Shaman. No hay ni un solo lugar construido en este país que no tuviera una antigua población árabe (Haaretz, 4 de abril de 1969)” (Said, p. 64).
- “La política israelí de contraataques punitivos (o terrorismo de Estado) parece haberse propuesto matar de 50 a 100 árabes por cada víctima judía. La devastación de los campos de refugiados, hospitales, escuelas, mezquitas, iglesias y orfanatos libaneses; las detenciones sumarias, deportaciones, destrucciones de casas, mutilaciones y torturas de palestinos en Gaza y Cisjordania; el empleo de una retórica venenosa y deshumanizadora por parte de los principales políticos, soldados, diplomáticos e intelectuales israelíes para caracterizar todos los actos de resistencia palestinos como terroristas y a los palestinos como inhumanos («cucarachas», «saltamontes», «alimañas de dos patas», etc.); todo esto, junto al número de víctimas palestinas, la magnitud de las pérdidas materiales, las privaciones físicas, políticas y psicológicas, ha excedido en mucho el daño causado por los palestinos a los israelíes” (Said, p. 26-27).
- Entrevista con el general Gur, jefe del Estado Mayor del ejército israelí (Al-Hamishmar, 10 de mayo de 1978):
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