Hay días en que dos noticias
aparentemente desconectadas parecen buscarse hasta construir por sí solas una
metáfora. El pasado 8 de septiembre fue uno de esos días. La primera contaba que una gigantesca
proliferación de microalgas ha obligado a detener o reducir drásticamente la
actividad de cinco de las seis grandes plantas desalinizadoras de Israel. Las
algas parecen haber llegado desde las costas egipcias, pero especialistas y
organizaciones medioambientales israelíes consideran que su extraordinaria
proliferación ha podido verse alimentada por las enormes cantidades de aguas
residuales que Gaza está vertiendo al Mediterráneo porque su sistema de
saneamiento está devastado. Dos de sus cuatro plantas de tratamiento han sido
destruidas, otra se encuentra en una zona inaccesible bajo control militar
israelí y la única que permanece operativa bombea los residuos directamente al
mar.
La secuencia resulta difícil de mejorar
como parábola de nuestro tiempo: destruyes las infraestructuras de saneamiento del
territorio vecino por lo que sus habitantes, hacinados y privados de medios para tratar sus aguas fecales, las arrojan
al mar; las corrientes marinas hacen su trabajo, los microorganismos encuentran
nutrientes, proliferan y terminan amenazando las desalinizadoras de las que
depende tu propia población. La mierda vuelve.
No es una maldición ni es justicia
divina, ni siquiera sabemos todavía cuál ha sido exactamente el peso de los
vertidos de Gaza en esta proliferación excepcional de algas. Es algo bastante
más elemental: ecología, interdependencia, la obstinada resistencia de la
realidad a aceptar las fronteras políticas que trazamos sobre los mapas. Puedes
levantar un muro entre Israel y Gaza, establecer controles, puestos
fronterizos y zonas militares, decidir quién entra y quién sale, qué alimentos pasan, qué medicamentos llegan, cuánta
agua recibe una población, pero no puedes poner un puesto de control al
Mediterráneo ni ordenar a las corrientes marinas que respeten la frontera. No
puedes bombardear el sistema de saneamiento del vecino y confiar
indefinidamente en que sus aguas fecales comprendan que tienen prohibida la
entrada en Israel.
Tal vez por eso resulta inevitable
recordar una de las narraciones fundacionales del pueblo judío: las plagas de
Egipto. El Éxodo no es una historia sobre la maldad de un pueblo. Es una
historia sobre el poder y su endurecimiento. Su figura central es el faraón, el
gobernante incapaz de escuchar, el poder que contempla el sufrimiento que
provoca y persevera, el dirigente cuya obstinación termina extendiendo la
desgracia hasta alcanzar a la sociedad que gobierna. Y una de aquellas plagas
afectó, precisamente, a las aguas, las del Nilo, convertidas en sangre.
Las antiguas narraciones, las que
traspasan épocas y lugares, sobreviven porque contienen intuiciones sobre la
condición humana que podemos seguir reconociendo muchos siglos después. Una de
ellas es que el daño infligido nunca queda completamente encerrado en el
espacio destinado a quienes deben sufrirlo, que la violencia contamina también
a quien la ejerce. A veces moralmente, a veces políticamente, y algunas veces, como
estamos comprobando estos días en el Mediterráneo oriental, de una manera
sorprendentemente literal.
La segunda noticia, conocida el mismo día, añade a esta
parábola una dimensión todavía más sombría. Una investigación del diario
israelí Haaretz sostiene que Mohamed bin Zayed, presidente
de Emiratos Árabes Unidos, advirtió personalmente a Benjamin Netanyahu de que
Hamás preparaba una operación de gran envergadura unos diez días antes
del 7 de octubre de 2023. Según esta investigación,
Netanyahu no transmitió aquella advertencia a los principales responsables de
la seguridad israelí. Aunque su oficina niega que la conversación se produjera,
el antiguo primer ministro Naftali Bennett ha afirmado que la información es
cierta. Habrá que esclarecer los hechos y determinar las responsabilidades,
pero la noticia vuelve insoportable una duda que Netanyahu y su gobierno llevan
tres años intentando obviar: qué sabían antes del 7 de octubre, qué
advertencias recibió y por qué fueron desatendidas.
Y volvemos así al faraón, porque el
rasgo decisivo del faraón bíblico no es su crueldad, sino su incapacidad para
escuchar. Una y otra vez recibe advertencias, una y otra vez la realidad
contradice sus decisiones, y una y otra vez «endurece su corazón». Resulta
difícil encontrar una imagen más inquietante para pensar el liderazgo de
Netanyahu.
Su promesa histórica ha sido la
seguridad y durante años presentó su brutal política hacia las y los palestinos
como un ejercicio de realismo frente a quienes todavía creían posible una
solución política. Hamás podía ser contenido, Gaza podía ser encerrada, la
cuestión palestina podía administrarse indefinidamente como una colonia, Israel
podía normalizar sus relaciones con los países árabes sin resolverla… Hasta que
llegó el 7 de octubre.
Y desde entonces Netanyahu ha intentado
convertir aquel fracaso gigantesco de su política de seguridad en legitimación
de una guerra sin límites, de un genocidio transmitido en directo ante los ojos
del mundo. La devastación de Gaza debía garantizar que algo semejante nunca
pudiera volver a ocurrir, pero casi tres años después la destrucción vuelve a
Israel de las maneras más inesperadas. Incluso en forma de aguas fecales.
Por eso me atrevo a recurrir a una
expresión deliberadamente desagradable para describir lo que está ocurriendo: a
Netanyahu le está comiendo la mierda. La mierda
física de una Gaza cuyo sistema de saneamiento ha sido destruido y que el
Mediterráneo devuelve ahora hacia las costas israelíes. También, y sobre todo,
la mierda moral acumulada durante estos años: decenas de miles de personas
muertas, ciudades arrasadas, hospitales destruidos, hambre, desplazamientos,
vidas reducidas a mera supervivencia. Y, finalmente, la mierda política de una
estrategia que prometió seguridad y produjo una de las mayores catástrofes de
la historia de Israel, que prometió acabar con Hamás y ha devastado Gaza, que
pretendía separar definitivamente las vidas israelíes de las palestinas y
descubre ahora que hasta las aguas residuales desmienten esa fantasía.
Israel y Palestina pueden separarse
mediante muros, soldados, controles y sistemas jurídicos diferentes, pero ambas
sociedades continúan habitando el mismo pequeño territorio, respirando el mismo
aire, dependiendo de los mismos acuíferos y bañándose en el mismo mar. Ninguna
superioridad militar puede abolir esa realidad y no es posible construir la
seguridad de una sociedad sobre la devastación de la otra.
El relato del Éxodo cuenta que hicieron
falta diez plagas para que el faraón comprendiera algo tan elemental. La
pregunta es cuántas harán falta esta vez.

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