sábado, 26 de septiembre de 2026

La cruz torcida

Sally Carson
La cruz torcida
Traducción de Jesús González Yumar
Periférica, 2026

"Cuando se celebraron las elecciones se demostró que el partido nazi aún no había ganado mucho terreno. Sin embargo, a lo largo del mandato de Von Schleicher, durante los oscuros días de lluvia otoñal que precedieron a la llegada de la nieve, fue captando cada vez a más simpatizantes, Avanzaba lentamente, sin pausa. Su fuerza no radicaba en el aumento de popularidad que había tenido en los distritos importantes y más poblados: más bien se debía a que estaba calando en lugares periféricos, en los pueblos de montaña, en familias que hasta entonces eran ajenas al papel que tenían que desempeñar en la vida del país.
Durante las Navidades, se produjo un cambio lento y sutil en aquellos que tenían problemas para salir adelante en lugares como Kranach o Lützing. [...]
Era el principio de un cambio para personas como Helmy, para todo el mundo. Algo nuevo parecía abrirse paso dentro de ellos mientras los primeros vientos del este ahuyentaban la lluvia de los sombríos días de diciembre y daban paso a las pequeñas ventiscas de nieve".


Publicada en 1934, cuando el régimen nazi apenas llevaba un año en el poder, esta novela posee una cualidad que la distingue de buena parte de la literatura posterior sobre el nazismo y es el hecho de estar escrita sin conocer el final de la historia, sino mientras la transformación está ocurriendo. Por eso resulta tan perturbadora. 

La acción se sitúa en una pequeña localidad bávara y gira fundamentalmente alrededor de la familia Kluger. No estamos todavía ante el universo concentracionario ni ante la guerra, sino ante una sociedad reconocible, habitada por personas corrientes preocupadas por cuestiones igualmente corrientes, como el trabajo, el matrimonio, las relaciones familiares, las expectativas de futuro. Pero sobre esa vida cotidiana pesa la crisis de la Alemania de comienzos de los años treinta, con el desempleo, el empobrecimiento, la frustración, el miedo al descenso social y una sensación generalizada de que el mundo conocido había dejado de ofrecer seguridad.

Sally Carson, que se encontraba en Alemania en la misma época sobre la que escribe, comprende muy bien que una ideología política no se vuelve socialmente poderosa simplemente porque consiga convencer a muchas personas mediante argumentos, sino cuando logra insertarse en experiencias difusas de frustración, humillación, resentimiento o miedo y es capaz de ofrecerles una interpretación. El nazismo proporciona eso a algunos de los personajes de la novela, una explicación sencilla de por qué sus vidas no funcionan y, al mismo tiempo, una promesa de restitución. A quien se siente pequeño, el movimiento nazi le ofrece pertenecer a algo grande; si se siente humillado, le devuelve orgullo; si carece de perspectivas, le proporciona una misión; si el mundo resulta demasiado complejo, le señala culpables y soluciones sencillas

Este mecanismo aparece encarnado de manera especialmente eficaz en los jóvenes protagonistas de la historia. Sally Carson observa con enorme perspicacia el atractivo que puede ejercer sobre ellos un movimiento que ofrece camaradería, uniformes, acción, disciplina y una identidad inequívoca. No se trata tanto de compartir determinadas ideas políticas cuanto de pertenecer. En una sociedad profundamente desorientada el nazismo proporciona comunidad, y esa dimensión afectiva de la política es una de las intuiciones más interesantes de la novela:

"Moritz era más joven. Durante semanas no comprendió que nada pudiera hacerles más daño del que les había causado la pérdida de su trabajo. También el compartía la misma lucha que otros jóvenes como Helmy y Erich; conocía ese desasosiego cuya energía aguardaba preparada para que una mano firme la encauzara".

Por eso, La cruz torcida puede leerse también como una novela sobre la comunidad. Lo que ocurre en el pequeño pueblo alpino muestra cómo una comunidad puede transformarse cuando la pertenencia deja de construirse mediante relaciones concretas entre personas y comienza a definirse mediante categorías abstractas de inclusión y exclusión, de manera que quienes ayer eran vecinas y vecinos, amistades o personas conocidas empiezan a ser clasificadas según su origen, sus ideas o su supuesta pertenencia racial. Para instalarse y crecer el nazismo no necesita destruir inmediatamente todas las relaciones existentes, comienza modificando su significado. El antisemitismo desempeña aquí un papel decisivo. No irrumpe en la forma del odio abierto, sino como un proceso lento proceso mediante el cual determinadas afirmaciones que antes habrían resultado inadmisibles empiezan a circular con normalidad, y así se repiten tópicos, se aceptan insinuaciones, se introducen distinciones entre quienes pertenecen verdaderamente a la comunidad y quienes solo parecían pertenecer a ella. El lenguaje cambia antes de que cambien  las conductas. Poco a poco, aquello que hace nada habría resultado escandaloso se vuelve discutible, después, aceptable y, finalmente, evidente.

Pero la narración evita presentar este proceso como una conversión súbita. Sus personajes dudan, se adaptan, se contradicen; algunos creen determinadas cosas pero rechazan otras, simpatizan con el movimiento porque esperan que restablezca el orden sin compartir necesariamente todas sus ideas, otros minimizan sus aspectos más violentos y la mayoría consideran exageradas las advertencias de quienes empiezan a preocuparse. De este modo, Sally Carson muestra que la consolidación de un régimen autoritario no exige que toda la población se transforme simultáneamente en fanática, basta con una combinación mucho más compleja de entusiasmo, miedo, oportunismo, conformidad, indiferencia y adaptación. Algunas personas actúan, muchas consienten, la mayoría prefiere no saber demasiado y continúan ocupándose de sus asuntos cotidianos mientras alrededor de ellas cambian las reglas que determinan quién merece protección y quién puede ser abandonado:

"Lexa apenas empezaba a darse cuenta de que se estaba adaptando a la nueva situación. Estaba convirtiéndose en una persona que actuaba casi inconscientemente. En cuanto las decisiones que tomaba se volvían actos conscientes, tenía la habilidad de dejar de reflexionar sobre ellas".

En este sentido, uno de los grandes temas de esta novela es la normalidad. El nazismo no aparece como una interrupción absoluta de la vida ordinaria, sino como algo que va penetrando en ella mientras las personas siguen enamorándose, preocupándose por el dinero, discutiendo en familia y pensando en su futuro. La política entra en esas relaciones y las reorganiza desde dentro. Sally Carson no necesita recurrir a grandes análisis políticos porque observa el fascismo a escala doméstica, mientras la Historia entra en la cocina, en el noviazgo, en las conversaciones familiares, en las amistades y en las expectativas laborales. 

Desde nuestra perspectiva resulta inevitable leer todo esto sabiendo lo que Sally Carson todavía no podía saber plenamente en 1934, y esa diferencia temporal es lo más inquietante de la novela. Quienes la leemos conocemos Auschwitz, la guerra mundial, las deportaciones y el exterminio; los personajes, naturalmente, no, pero tampoco la autora podía conocer en toda su magnitud aquello hacia lo que Alemania se encaminaba. Estamos viendo cómo las personas toman pequeñas decisiones cuyo significado histórico ellas mismas desconocen.

Por eso La cruz torcida pertenece a un conjunto especialmente valioso de testimonios literarios escritos durante el ascenso del fascismo y no después de su derrota. Su interés no reside en anticipar exactamente lo que sucedería, sino en registrar aquello que ya podía verse. Y es sorprendente la manera en que Sally Carson detectó tan tempranamente que estaba ocurriendo algo más profundo que un simple cambio de gobierno, que lo que estaba transformándose era la estructura moral de la convivencia. El título de la novela condensa admirablemente esa transformación. La "cruz torcida" es, evidentemente, la esvástica, pero la expresión permite una lectura más amplia para ver que lo que se tuerce no es únicamente un símbolo sino toda la existencia, las relaciones, las lealtades y los criterios mediante los cuales distinguimos lo aceptable de lo inaceptable. Una sociedad no necesita convertirse de un día para otro en otra completamente distinta, puede ir torciéndose poco a poco.

Y quizá reside, creo, la actualidad más profunda de esta novela. Sería simplista leerla exclusivamente como una reflexión acerca de "los alemanes" y sobre cómo pudieron dejarse seducir por Hitler. En realidad, sobre este telón de fondo Sally Carson plantea una pregunta mucho más profunda: ¿cómo sabemos que una sociedad está atravesando una frontera moral cuando todavía no conoce las consecuencias de haberla atravesado? La novela no ofrece una respuesta, pero sí una advertencia contra la normalización con la que palabras inicialmente extremas empiezan a parecer menos extremas porque se repiten, cuando determinadas personas son deshumanizadas y reducidas a amenaza o lastre del que hay que desprenderse.

Hoy sabemos infinitamente más que Sally Carson sobre aquello que ocurrió después. Su privilegio, su terrible privilegio, fue observar el momento anterior, cuando todavía nada parecía inevitable. Y acaso esa sea la razón fundamental para leer esta novela. Porque si la historia nos permite conocer las catástrofes cuando ya han sucedido, obras como esta nos obligan a mirar ese instante mucho más difícil de reconocer en el presente, cuando la catástrofe todavía forma parte del campo de lo posible y la vida, mientras tanto, continúa pareciendo sorprendentemente normal. Cuando la terminé fui a mi biblioteca y volví a leer el poema "El límite", del poeta austriaco Erich Fried (Cien poemas apátridas, Anagrama, 1978), quien tuvo que huir a Londres con su madre cuando su padre fue asesinado por la Gestapo tras el Anschluss:

Siempre he creído
que el horror tiene un límite
donde detenerse y contemplar desde arriba
cómo se retuerce
o escupe burbujas
o sonríe
o apesta y se pudre ante nuestros ojos

Un límite
que sabemos
que es peligroso
Donde no hay que dar un paso más
ni asomarse
Donde mejor es retirarse uno o dos pasos
Aunque estuviera provisto de pretil
al cual aferrarse
no habría que fiarse de él
Podría estar resquebrajado
y derrumbarse o desmoronarase

Nunca he creído
que fuera un límite consistente
pero lo consideré una especie de aviso
«hasta aquí pero no más» 
o «no llegar hasta el límite»
E incluso en mis pesadillas
que me mostraron cuán engañoso y peligroso puede ser
siempre seguía creyendo
que el horror tiene un límite
No sé por qué lo creía así
pero era un consuelo.


No permitamos que nos empujen hasta el límite. A partir de un punto no hay pretil que nos salve del horror.

viernes, 25 de septiembre de 2026

¿A dónde se desahucia a una persona?

 


Hay palabras cuya normalidad debería escandalizarnos; una de ellas es «lanzamiento». En el lenguaje judicial, «lanzar» significa ejecutar un desahucio, expulsar a alguien de la vivienda que ocupa. Pero, cuando se lanza a una persona fuera de la casa en la que ha vivido durante setenta años, ¿a dónde se la lanza?

El desahucio de Maricarmen Abascal, una mujer de 87 años que llevaba más de siete décadas viviendo en su casa de Madrid, debería permanecer para siempre en nuestra memoria democrática, no porque sea un caso excepcional, sino precisamente porque no lo es. Lo excepcional son sus circunstancias extremas, la edad de Maricarmen, su estado de salud, el tiempo vivido en aquella casa, la imagen insoportable de su salida en camilla camino del hospital, pero detrás de esa imagen hay miles de historias menos visibles atravesadas por el mismo miedo, el de perder la vivienda y descubrir que, una vez traspasado el umbral de la puerta, no hay ningún lugar decente al que ir.

Ese miedo es una de las formas contemporáneas de la desolación. Porque una vivienda nunca es únicamente un inmueble, es una dirección, pero también una biografía, el lugar desde el que una persona se relaciona con el mundo, recibe correspondencia, guarda fotografías, reconoce a sus vecinas y vecinos, compra el pan, sabe dónde está el interruptor cuando se levanta de noche. Habitar significa haber ido depositando vida en un espacio hasta convertirlo en lugar. Por eso expulsar a alguien de su casa no consiste simplemente en trasladarlo de un inmueble a otro, sino que se convierte en una forma contemporánea de destierro.

El caso de Maricarmen resulta especialmente perturbador porque mientras se acercaba la fecha de su desahucio Madrid acogía The District, uno de los grandes encuentros internacionales del capital inmobiliario, reuniendo a lo peor-mejor del rentismo especulativo internacional, como BlackRock, Blackstone, Brookfield y otras grandes compañías de inversión. Isabel Díaz Ayuso, la máxima expresión de la necropolítica sociopática de la derecha, inauguró el encuentro defendiendo su política económica y su concepción del mercado inmobiliario. Son dos imágenes simultáneas de una misma ciudad: en una, responsables públicos reciben al capital inmobiliario internacional y celebran la capacidad de Madrid para atraer inversión; en otra, una mujer de 87 años espera que irrumpa, rodeada de personas armadas, la comisión judicial que va a sacarla de la casa en la que ha vivido toda su vida.

Además de un conjunto de procedimientos, la democracia es, sobre todo, una experiencia de vida que se encarna en la experiencia cotidiana de seguridad que ofrece a quienes viven en ella: la seguridad de saber que enfermar no significará quedar abandonada, que envejecer no significará quedar desprotegida, que perder el empleo no supondrá caer en la indigencia y que ninguna persona será expulsada de su hogar para satisfacer una expectativa de rentabilidad sin que exista una alternativa habitacional digna. Cuando estas seguridades desaparecen, la democracia empieza a vaciarse por dentro al producirse una fractura insoportable entre legalidad y legitimidad. Y la función de la política democrática consiste en impedir que la legalidad termine amparando situaciones incompatibles con la dignidad y la justicia social.

Y aquí convendría volver a leer la Constitución. Pero leerla entera, hasta ese artículo 128 que dice que «Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general», añadiendo que se reconoce la iniciativa pública en la actividad económica y que podrán intervenirse empresas cuando así lo exija el interés general. Por eso, el desahucio de Maricarmen nos obliga también a mirar hacia el Gobierno de España. Pedro Sánchez lo ha calificado de «tragedia social que no podemos aceptar como país» y ha recordado que el decreto sobre vivienda rechazado en el Congreso habría permitido evitar situaciones como esta. También ha señalado las responsabilidades de la Comunidad y del Ayuntamiento de Madrid. Son datos políticamente relevantes, pero no agotan la cuestión. Pedro Sánchez no es un comentarista de la actualidad ni un activista de un sindicato de vivienda, es el presidente del Gobierno de España, y de quien ocupa el máximo poder ejecutivo no esperamos solamente que describa una injusticia, sino que movilice todas las capacidades constitucionales, legislativas, presupuestarias y políticas disponibles para combatirla.

Por eso me parece muy insuficiente que el debate termine convertido en un intercambio entre la «tragedia social» de Maricarmen y el «aticazo» de Ayuso, pese a reconocer que la contradicción entre la adquisición por la Comunidad de Madrid del polémico inmueble de lujo en Chamberí y el desahucio de una mujer de 87 años posee una enorme fuerza simbólica que, en parte, explica que miles de personas se hayan movilizado. Pero el problema es mucho mayor que Ayuso, más sierva que ejecutante del brutalismo capitalista, y mucho mayor que Sánchez, que en esto todavía no se ha despegado de su «abalista», aquel que cuando era ministro de Vivienda dijo que la vivienda «es un derecho pero también es un bien de mercado, que genera actividad económica, que busca seguridad jurídica».

Lo que está en cuestión es una transformación profunda de nuestras sociedades, la creciente conversión de bienes indispensables para la vida en activos financieros sometidos exclusivamente a la lógica de la rentabilidad. La vivienda es su manifestación más dolorosa porque nadie puede dejar de habitar en algún lugar: podemos renunciar a muchos consumos cuando suben los precios, pero no podemos renunciar a tener un techo. Y sobre todo, no deberíamos imaginarnos teniendo que renunciar a ese derecho fundamental. Porque cuando una parte creciente de la población siente que las instituciones pueden proteger contratos pero no vidas, garantizar transacciones pero no hogares, asegurar la circulación del capital pero no la permanencia de las personas en sus barrios, el fundamento de la democracia salta por los aires.

La democracia deja de pensarse y sentirse como algo a defender cuando cumplir todas las reglas (trabajar, pagar, cotizar, pagar durante décadas un alquiler) deja de ofrecer siquiera la expectativa razonable de una vejez segura, cuando descubrimos que podemos ser formalmente ciudadanas y ciudadanos y, al mismo tiempo, vivir permanentemente amenazadas por fuerzas económicas sobre las que nuestra capacidad democrática de decisión parece cada vez menor. Por eso el miedo al desahucio es también miedo político, es el terror a ser expulsadas del lugar propio y descubrir que detrás no existe ninguna red suficientemente fuerte para sostenerte.

«Lanzamiento», dice asépticamente el lenguaje jurídico. Pero una sociedad democrática debería preguntarse siempre, antes de «lanzar» a alguien: ¿hacia dónde? Si la respuesta es hacia ninguna parte, algo esencial ha fracasado, no solo ahora, desde hace décadas. ¿Qué clase de democracia es aquella en la que podemos llegar a considerar jurídicamente normal lo que socialmente reconocemos como insoportable? Y si «toda la riqueza del país» está subordinada al interés general, habrá que preguntarse qué significa esa frase cuando una mujer de 87 años es expulsada por la fuerza de la casa en la que ha vivido durante setenta años. Y hacer algo ya, por fin, para que no vuelva a ocurrir.


Publicado en eldiario.es