domingo, 1 de noviembre de 2026

De las calles a las urnas: la lección serbia

 


El 1 de noviembre de 2024, el derrumbe de una marquesina de la estación ferroviaria de la localidad de Novi Sad, recientemente reformada, provocó la muerte de dieciséis personas. Lo que inicialmente podía parecer una tragedia causada por deficiencias constructivas se convirtió en el símbolo de un sistema político atravesado por la corrupción, el clientelismo y la impunidad. La indignación ciudadana encontró en el movimiento estudiantil una forma de organización y de expresión que, durante casi dos años, ha mantenido viva una movilización democrática de extraordinaria amplitud. Este 25 de octubre de 2026, esa movilización ha culminado en una victoria electoral histórica.

La Lista Estudiantil (Studentska lista – Studenti pobeđuju, «Lista Estudiantil – Los estudiantes vencen») ha obtenido, según los resultados provisionales, el 52,65 % de los votos, frente al 39,22 % de la coalición Serbia Unida, encabezada por Aleksandar Vučić, cuyo partido, el Partido Progresista Serbio (SNS), ha dominado la política serbia desde 2012. Pero en estas elecciones más de 2,2 millones de personas han respaldado una candidatura nacida de las protestas, con una participación cercana al 69 %, aproximadamente diez puntos superior a la registrada en las anteriores elecciones legislativas. La diferencia de más de medio millón de votos y la mayoría absoluta parlamentaria que se perfila (alrededor de 140 escaños en un Parlamento de 250) expresan la magnitud de una transformación política que nadie habría imaginado cuando comenzaron las primeras concentraciones estudiantiles.

La experiencia serbia merece nuestra atención por lo que enseña acerca de las posibilidades de la acción colectiva en sociedades formalmente democráticas cuyas instituciones han sufrido un prolongado deterioro. Durante años, Vučić consolidó un sistema de poder apoyado en el control de importantes recursos institucionales, el clientelismo y una posición dominante en el espacio mediático. Por su parte la oposición, dividida y desacreditada ante amplios sectores de la ciudadanía, había sido incapaz de construir una alternativa suficientemente sólida. Fueron las y los estudiantes quienes consiguieron alterar esa situación.

Su fuerza procedía, en buena medida, de una forma de organización nada habitual en la política institucional. Las asambleas universitarias, conocidas como plenums, se convirtieron en espacios de deliberación y decisión colectiva y la ausencia de un liderazgo personal reconocible dificultó la estrategia gubernamental de desacreditar o neutralizar a quienes encabezaban las protestas. La organización descentralizada permitió sostener movilizaciones, coordinar acciones y extender progresivamente el movimiento más allá de las universidades. Con el paso del tiempo profesionales, agricultores, docentes y personas de muy distintas edades y condiciones sociales fueron incorporándose a una protesta que dejó de ser exclusivamente estudiantil para convertirse en una impugnación general de la corrupción y de la degradación democrática. De este modo, la reivindicación inicial de responsabilidades por las muertes de Novi Sad fue ampliándose hasta cuestionar la subordinación de las instituciones a los intereses del poder político.

También resulta fundamental destacar el carácter mayoritariamente noviolento de la movilización. La noviolencia ha sido una práctica organizada que ha contribuido a preservar la legitimidad del movimiento, incluso frente a las provocaciones, las campañas de descalificación y los episodios de represión. Su importancia va más allá de la ausencia de enfrentamientos violentos y se ha expresado en un repertorio sostenido de acciones de resistencia civil, desde los bloqueos universitarios y las ocupaciones de espacios públicos hasta las marchas multitudinarias, los minutos de silencio por las víctimas de Novi Sad y las iniciativas de desobediencia civil. Esta orientación ha facilitado la incorporación de sectores sociales muy diversos, al reducir los costes y riesgos de participación, y ha dificultado los intentos gubernamentales de presentar las protestas como una amenaza para el orden público. La persistencia de la movilización ha permitido transformar la indignación inicial en una capacidad organizada de resistencia y presión política, y su eficacia recuerda una enseñanza fundamental de las investigaciones sobre resistencia civil: que la fuerza de la acción noviolenta se basa en su capacidad para ampliar la participación, mantener la cohesión y erosionar los apoyos sociales e institucionales del poder al que se enfrenta.

Una de las acciones más expresivas del movimiento fue la convocatoria «¡Detente, Serbia!» (Zastani, Srbijo!). A las 11:52, la hora exacta del derrumbe de la estación de Novi Sad, inicialmente los viernes y luego a diario, miles de personas interrumpían sus actividades y permanecían inmóviles durante dieciséis minutos, uno por cada víctima. Se detenía el tráfico, las calles quedaban en silencio y la vida cotidiana se suspendía brevemente para recordar unas muertes cuyas responsabilidades seguían siendo objeto de exigencia pública. Aquel silencio compartido convirtió el duelo en una forma de desobediencia civil y mantuvo viva, semana tras semana, la reclamación de justicia. Su fuerza residía también en su sencillez, de manera que cualquier persona podía participar. La noviolencia adquiría así una dimensión colectiva, visible y profundamente perturbadora para la normalidad de un poder al que se exigían responsabilidades.

Este gesto convirtió el duelo en una práctica cotidiana de resistencia y permitió que participaran personas que difícilmente se habrían incorporado a formas más confrontativas de protesta. La experiencia serbia se incorpora así a una historia de resistencias civiles que han demostrado la capacidad de la acción colectiva para erosionar poderes aparentemente consolidados. Su eficacia depende de condiciones concretas: la amplitud social de la movilización, su persistencia, la capacidad organizativa, la construcción de alianzas y las oportunidades políticas existentes. En Serbia, esas condiciones han permitido que una protesta sostenida durante casi dos años se transformara finalmente en una mayoría electoral.

Pero quizá lo más interesante sea la manera en que el movimiento ha abordado el tránsito desde la movilización social hasta la representación política. La Lista Estudiantil ha promovido una candidatura integrada principalmente por personas procedentes de distintos ámbitos profesionales y sociales, evitando convertir a quienes habían protagonizado las protestas en una nueva élite política. Su legitimidad se ha construido desde abajo, mediante una experiencia compartida de organización y resistencia, y este proceso cuestiona la idea de que los partidos tradicionales poseen el monopolio de la iniciativa política y de que los movimientos sociales están condenados a limitarse a la protesta o a ejercer presión sobre quienes gobiernan. La sociedad civil puede convertirse en sujeto de transformación institucional cuando consigue articular sus demandas, sostener la movilización y construir instrumentos capaces de disputar el poder.

Hay, es cierto, una diferencia decisiva entre construir una mayoría contra un Gobierno y disponer de un proyecto compartido para gobernar. La Lista Estudiantil reúne sensibilidades ideológicas diversas, desde posiciones progresistas y europeístas hasta sectores conservadores y nacionalistas, y si bien su programa ha conseguido un amplio consenso alrededor de la lucha contra la corrupción, la independencia judicial, la transparencia y la recuperación del Estado de derecho, ha evitado definiciones concluyentes sobre cuestiones particularmente conflictivas, como Kosovo o las relaciones con Rusia y la Unión Europea. Esa heterogeneidad ha facilitado la construcción de una mayoría social transversal, pero plantea interrogantes sobre su capacidad para afrontar las decisiones económicas, sociales y territoriales que exige el ejercicio del Gobierno.

También será necesario comprobar hasta qué punto las formas de participación que dieron fuerza al movimiento encuentran continuidad en las nuevas instituciones. La organización asamblearia, la deliberación colectiva y la rendición de cuentas no pueden trasladarse mecánicamente al funcionamiento de un Estado, pero tampoco deberían desaparecer una vez conquistado el poder. Buena parte del significado democrático de esta victoria dependerá de que la ciudadanía conserve capacidad de iniciativa, vigilancia y control sobre quienes ahora van a representarla.

La lección serbia tiene especial interés en un momento en que tantas sociedades europeas parecen atrapadas entre el crecimiento de las fuerzas autoritarias, el desgaste de los partidos tradicionales y una desafección política que con frecuencia desemboca en la resignación o la abstención. El movimiento estudiantil serbio ha demostrado que esa desafección puede encontrar otro recorrido, y que la indignación ante la injusticia puede alimentar procesos de organización, reconstruir vínculos colectivos y devolver a la ciudadanía la confianza en su capacidad de intervenir sobre el curso de los acontecimientos. También han mostrado que la movilización social y la participación electoral pueden reforzarse mutuamente. Durante casi dos años, las calles, las plazas y las universidades fueron espacios de construcción de una alternativa democrática que finalmente encontró expresión en las urnas. La victoria electoral no se comprendería sin aquella movilización previa, y esta habría tenido un alcance político distinto si no hubiera conseguido disputar las instituciones.

Sería prematuro presentar el resultado serbio como la culminación de una revolución democrática, pues, si bien la alternancia en el Gobierno constituye una conquista importante, la transformación de las estructuras de poder, la recuperación de la independencia institucional y la construcción de una democracia más participativa siguen siendo tareas pendientes. La historia ofrece demasiados ejemplos de movimientos que, después de alcanzar el poder, terminaron reproduciendo algunas de las prácticas que habían combatido. Pero por ahora, Serbia nos deja una enseñanza, y es que incluso frente a sistemas de poder profundamente arraigados, la ciudadanía organizada puede abrir posibilidades políticas que parecían clausuradas. Durante casi dos años, miles de estudiantes y cientos de miles de personas sostuvieron una movilización cuyo desenlace nadie podía garantizar. Han conseguido cambiar el Gobierno y aunque queda por ver hasta dónde conseguirán cambiar la manera de gobernar, hoy toca celebrar.

Eskoritas y Bagatza

Eskoritas o Eskorieta (642 m) y Bagatza o Pico de los Asnos (563 m) son dos cimas humildes situadas del Valle de Ayala (Aiaraldea), con excelentes vistas a la Sierra Sálvada (Gorobel), ideales para un paseo otoñal.