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sábado, 27 de septiembre de 2025

El futuro de la revolución

Matthew T. Huber
El futuro de la revolución: El cambio climático y la búsqueda de una insurrección climática global
Traducción de Silvia Moreno Parrado
Errata naturae, 2024 

"Cuando nos centramos en el ámbito del intercambio, damos por hecho que la crisis climática es una mera aberración de un sistema de mercado eficaz y racional por definición. Cuando nos adentramos en los «lugares ocultos de la producción», descubrimos que en la raíz de la crisis climática se hallan unas relaciones de clase antagónicas. En vez de centrarnos en las opciones que nos ofrece el mercado a los consumidores, vemos a una clase de productores que controlan ingentes caudales de energía, recursos y, en efecto, emisiones; todo ello, dirigido hacia un único objetivo: el beneficio (D-M-D’). Solo si dejamos de concentrarnos en el ámbito del intercambio daremos con la auténtica causa de la crisis climática: una pequeña minoría de propietarios que controla y se beneficia de la producción de la energía, los alimentos, los materiales y las infraestructuras que la sociedad necesita para funcionar. Solo si analizamos las relaciones de producción (o sea, el poder de la clase), descubriremos que la lucha por el clima no consiste en arreglar el mecanismo de precios, sino en hacerle frente a esa pequeña minoría de propietarios”.
 
 
La crisis climática ha sido interpretada de múltiples maneras: como un problema científico, como una cuestión ética, como un reto tecnológico o como un desafío de gobernanza global. Sin embargo, en El futuro de la revolución (el cambio del título original, Climate Change as Class War, no es afortunado), Matthew T. Huber propone situar el calentamiento global en el terreno de la lucha de clases. En lugar de culpabilizar a los individuos por sus consumos o confiar en las promesas de los mercados de carbono, Huber sostiene que la raíz del problema es estructural: quién posee y controla la producción de energía. Desde esta perspectiva el cambio climático no es un fallo moral de la humanidad en abstracto, sino el resultado lógico de un sistema económico en el que una élite concentra el poder productivo mientras la mayoría trabajadora permanece desorganizada. El problema, como plantea Jason Moore, no es el Antropoceno sino el Capitaloceno. Huber cuestiona lo que él califica de ambientalismo moral -esa corriente que reduce la acción climática a decisiones individuales tales como usar bicicleta, consumir local, reciclar, evitar vuelos-, prácticas que, si bien no son inútiles, sí son irrelevantes frente a la magnitud del problema. La narrativa moral individualiza la culpa y despolitiza la acción. Mientras millones de personas sienten ansiedad climática por no estar “haciendo lo suficiente”, las grandes corporaciones energéticas siguen acumulando beneficios y expandiendo infraestructuras fósiles. El resultado es un doble fracaso: ni se reducen significativamente las emisiones ni se construye poder político colectivo.

"Las políticas del cambio climático tienen muy integrado que, cuando nos metemos en el coche y arrancamos el motor, las emisiones son nuestras y solo nuestras. Según la creencia popular, por eso es tan difícil mitigar el cambio climático, porque la responsabilidad con respecto a este está, fundamentalmente, dispersa. Así, para resolver el problema hay que poner en marcha una revolución colosal en el comportamiento individual. ¿Cómo se pueden cambiar miles de millones de decisiones individuales?".

Su respuesta es que solo una fuerza política de clase, organizada desde abajo, podrá revertir el rumbo de la catástrofe. Huber introduce aquí la idea de una "ecología proletaria", inspirada en la teoría marxista de la alienación. En el capitalismo, explica, los y las trabajadoras no controlan ni su trabajo ni el producto de su trabajo. Pero tampoco controlan la relación metabólica con la naturaleza: la energía, los materiales, los flujos de producción que condicionan la vida cotidiana. De esta forma, las emisiones de carbono no pueden entenderse como una suma de elecciones personales, sino como el resultado directo de una estructura productiva dominada por el capital. La trabajadora o el trabajador que conduce al empleo en coche, que enciende la calefacción de gas o que compra en un supermercado, no es libre de elegir otra cosa: actúa dentro de un sistema diseñado para maximizar la acumulación privada de energía y recursos.

Si el problema está en la organización de la producción, la solución también debe estar ahí: en el poder de la clase trabajadora. Huber dedica buena parte del libro a argumentar que, históricamente, las transformaciones profundas se han producido cuando los trabajadores organizados han presionado colectivamente para redistribuir riqueza y poder. El autor recuerda ejemplos como el New Deal en EE. UU., conquistado bajo la presión de sindicatos insurgentes en los años treinta. Su mensaje es que las victorias climáticas solo serán posibles si se articulan luchas laborales capaces de desafiar a la élite energética.

En este punto, Huber afina su estrategia: apuesta por colocar al sector eléctrico en el centro de la movilización. ¿Por qué? Porque es un nodo esencial de la economía moderna, uno de los mayores emisores de gases de efecto invernadero y, al mismo tiempo, un sector con tradición sindical y con capacidad de huelga estratégica. Si las trabajadoras y los trabajadores de la electricidad -desde ingenieras e ingenieros hasta operarias y operarios- decidieran organizarse en clave ecológica, podrían forzar una transición energética real: descarbonizar la producción eléctrica para descarbonizar el conjunto de la economía. Esta hipótesis convierte a los sindicatos eléctricos en actores potencialmente revolucionarios en la lucha climática.

Esta tensión también se refleja en su propuesta de un Green New Deal socialista. En su versión más divulgada (Alexandria Ocasio-Cortez, Bernie Sanders), suele leerse como un programa reformista de Estado, una especie de pacto social verde para compatibilizar capitalismo y sostenibilidad. Eso, de entrada, parecería incompatible con una perspectiva de lucha de clases radical. Sin embargo, Huber lo utiliza de otra manera: como horizonte de transición. Para él, el Green New Deal no es tanto una política tecnocrática sino un vehículo de organización popular. La clave está en quién lo impulsa: si es un proyecto top-down de élites progresistas, reproduce las limitaciones del reformismo verde; si es una conquista de la clase trabajadora organizada (particularmente en energía, transporte, vivienda), puede convertirse en un paso hacia la socialización de la producción.

Huber no idealiza al Estado como garante neutral del bien común; lo entiende como un terreno de disputa de clases. Por eso defiende una intervención estatal masiva en infraestructuras energéticas, pero no como un fin en sí mismo, sino como medio para desplazar el poder del capital hacia lo público y lo colectivo. En ese sentido, su Green New Deal sería parecido al New Deal de los años treinta: un programa reformista arrancado bajo presión sindical y popular, que abrió brechas en la hegemonía empresarial. Huber lo ve como ejemplo de cómo una movilización de masas puede forzar al Estado a actuar contra los intereses del capital.

El título original del libro no es una metáfora ligera: Huber insiste en que el cambio climático es una guerra de clases. Una guerra desigual, porque el capital fósil concentra recursos, instituciones y discursos. Pero también una guerra abierta, donde la clase trabajadora todavía puede constituirse en sujeto político con capacidad de victoria. El texto deja una sensación de urgencia y esperanza. Urgencia, porque el reloj climático avanza; esperanza, porque aún existen las condiciones para construir un movimiento ecosocialista de masas. Huber lo imagina a partir de sindicatos, redes energéticas públicas y un proyecto internacionalista que supere la impotencia del activismo fragmentado.

Aquí se abre un diálogo potente con otras corrientes del marxismo ecológico. Su énfasis en la lucha de clases conecta con la teoría de la fractura metabólica de John Bellamy Foster, que interpreta la crisis climática como expresión de una ruptura estructural entre sociedad y naturaleza bajo el capitalismo. También resuena aquí Andreas Malm, que identifica al capital fósil como enemigo estratégico. Se aparta, en cambio, de Kohei Saito y su propuesta de un comunismo explícitamente decrecentista. Huber parece confíar en una socialización expansiva de la energía, más cercana al imaginario de “soviets y electrificación” que a la reducción deliberada de la escala material de la economía. Este contraste lleva a una crítica clave: ¿hasta qué punto un “ecologismo proletario” centrado en la producción corre el riesgo de reproducir el viejo productivismo comunista? Si la clase trabajadora se constituye únicamente como sujeto de poder en el terreno productivo, pero sin una estrategia de reducción del metabolismo social, podría darse la paradoja de una transición socialista que siga tensionando los límites planetarios. Huber tiende a absolver a las trabajadoras y trabajadores de su papel en el sostenimiento del consumo masivo, y tiene razón al subrayar que sus decisiones están estructuralmente condicionadas. Sin embargo, al relegar el problema del consumo a un plano secundario deja sin resolver cómo articular una lucha de clases que sea, al mismo tiempo, decrecentista. Sin esa dimensión, el riesgo es que la “ecología proletaria” se quede en una socialización del productivismo en vez de una superación de él.

Su énfasis en la estructura termina debilitando la cuestión de la agencia. Es cierto que el cambio climático es un problema sistémico -como recuerda Jorge Riechmann, el cambio climático es el síntoma, pero la enfermedad es el capitalismo productivista-. Pero de ahí no se sigue que las clases trabajadoras y populares carezcan de capacidad de acción en el plano cotidiano. El sistema no obliga coercitivamente a consumir de cierta manera: más bien seduce, construye deseos, organiza imaginarios; se trata de un capitalismo libidinal. Pero aunque esas lógicas de deseo están socialmente producidas, no son un engaño total: sabemos que el consumo masivo tiene costes ecológicos, que no es inocuo. En ese sentido, dejar de lado por completo la responsabilidad individual y la agencia personal es, a mi juicio, un error.

La discusión recuerda a las tensiones históricas del movimiento obrero. Conviene mucho recuperar la obra en tres volúmenes de François Chatelet, Evalyne Pisier-Kouchner y Jean-Marie Vincent, Los marxistas y la política (Taurus, Madrid 1977), donde podemos leer las actas del VII Congreso Internacional Socialista de Stuttgart, en 1907, que recogen intervenciones como esta: "El Congreso, tras comprobar que por lo general se exagera grandemente -sobre todo de cara a la clase obrera- la utilidad o necesidad de las colonias, no condena en principio y para siempre toda política colonial, que -bajo régimen socialista-podría llegar a ser una obra civilizadora"; el representante de Holanda propugnó entonces la creación de una "polí­tica colonial socialista". Bien es cierto que también podemos leer en dichas actas intervenciones tan vigorosas como la de Kautsky: "Bernstein ha tratado de hacernos creer que esa política de conquista ha sido una necesidad natural. Mucho me ha extrañado que defendiese aquí esa teoría según la cual existen dos grupos de pueblos, los unos destinados a dominar, y los otros a ser dominados; y que haya pueblos incapaces de gobernarse y administrarse por sí mismos, pueblos de noños grandes. Eso no es más que una variante de la vieja frase que constituye la justificación de todos los despotismos, y con arreglo a la cual unos nacen con espuelas en los pies, y otros con una albarda en las espaldas, con el fin de permitirles a los primeros considerar a los segundos como monturas pro­pias". Pero la proclamación de Kautsky, fuertemente aplaudida, y que se plasmará es los textos del Congreso sirviendo en años posteriores de referencia teórica y moral para oponerse al imperialismo, chocó en la práctica con una realidad tozuda, cual era la funcionalidad del colonialismo para el desarrollo de las metrópolis industriales; esta realidad práctica quedará expuesta en Stuttgart en una intervención del holandés Van Kol respondiendo a Ledebour, delegado alemán anticolonialista: "Me limito a preguntar a Ledebour si, bajo el régimen actual, tiene el coraje de renunciar a las colonias. Ya me dirá enton­ces qué será de la superpoblación europea; en qué país la gente que quiere emigrar podrá encontrar con qué vivir si no es en las colonias [...] ¿Qué haría Ledebour con el creciente de producción de la industria europea si no encuentra nuevos mercados en las colonias?". La teoría y la ética internacionalistas chocaban fron­talmente contra los intereses de las sociedades desarrolladas, y, en su seno, contra los intereses de unas clases trabajadoras que subsidiariamente se beneficiaban de la política colonial. ¿Cómo hubiera evolucionado la cuestión colonial dentro del movimiento obrero europeo? Nunca sabremos si hubieran triunfa­do las posturas antiimperialistas de Kautsky y Ledebour o las del "colonialismo socialista" de Bernstein y Van Kol. La primera guerra mundial truncó los debates, pero no lo hizo de manera neutral. El internacionalismo obrero, cuestionado por la problemática colonial, será también cuestionado por la guerra en Europa. Y esta vez el fiel de la balanza se inclinó sin ningún género de dudas.

En la Internacional, hubo delegados que defendían la posibilidad de un “colonialismo socialista”: aprovechar los mecanismos coloniales para fines emancipatorios. Hoy, algo parecido ocurre con el consumo: si se absuelve sin más a las clases trabajadoras de toda responsabilidad en su reproducción, se corre el riesgo de imaginar un “consumismo socialista” que perpetúe el metabolismo expansivo. Es muy significativo, en este sentido, lo que escribe sobre los viajes en avión, "práctica que adquiere una especial relevancia en mi actividad profesional académica, donde los viajes a centros de investigación, congresos y talleres son una parte normal del trabajo". Su crítica a las campañas contra el uso del avión en el mundo académico suena más a autojustificación que a otra cosa. Reconocer agencia no significa caer en el moralismo individualista que Huber critica, sino abrir la pregunta por cómo las prácticas cotidianas pueden anticipar, desde ya, otros modos de vida más sobrios y solidarios.

El futuro de la revolución se lee como un manifiesto político, escrito con la urgencia de quien sabe que el tiempo se agota. Su valor no está solo en el diagnóstico -que el clima es inseparable de las relaciones de clase-, sino en la estrategia: apostar por el poder sindical en sectores clave de la energía. ¿Es suficiente? Quizás no. Pero el libro tiene la virtud de recordarnos que la ecología no es un asunto de consumo responsable sino de poder político, conflicto social y transformación estructural. En ese sentido, es una obra que obliga a elegir bando: o se defiende el statu quo del capital fósil, o se construye una fuerza colectiva capaz de enfrentarlo. En tiempos donde la catástrofe climática se acerca con paso firme, esa claridad narrativa convierte al texto de Huber en una lectura indispensable para sindicalistas y para activistas climáticas, así como para cualquiera que entienda que el futuro no está escrito, pero sí está en disputa.

jueves, 29 de mayo de 2025

Con todas sus fuerzas


Gretchen Wilson
Con todas sus fuerzas: Gertrude Harding, militante sufragista
Traducción de Maite Mujika
Txalaparta, 1999

"Nosotras las mujeres sufragistas tenemos una gran misión, la más grande misión que haya conocido el mundo. Consiste en liberar a la mitad dela raza humana, y a través de esa libertad salvar al resto". 
[Emmeline Pankhurst,1912]
 
 
Esta biografía de Gertrude Harding, escrita por su sobrina-nieta Gretchen Wilson, es uno de los escasos libros en castellano a los que podemos recurrir para conocer el movimiento sufragista. La autora combina en esta obra elementos de biografía y autobiografía, utilizando escritos personales de Gertrude Harding, dibujos, caricaturas políticas y fotografías para ofrecer una visión íntima y detallada de su vida y de sus luchas. 

Gertrude Harding nació en 1889 en Welsford, New Brunswick, Canadá, siendo la menor de siete hermanos. Su infancia transcurrió en una granja, en un entorno rural y tradicional. Debido a una afección cardíaca menor, fue enviada a Honolulu para vivir con su hermana mayor, donde experimentó una vida más acomodada pero también una dependencia económica de sus familiares masculinos. Esta experiencia de dependencia y control sobre su vida la motivó a buscar independencia y justicia social.

En 1912, durante su primer viaje a Londres, Harding presenció una manifestación de mujeres de la Unión Social y Política de Mujeres (Women's Social and Political Union, WSPU) que portaban carteles exigiendo el derecho al voto: "Los transeúntes se paraban a contemplar a aquellas mujeres, y algunos les vociferaban improperios, mientras ellas continuaban su marcha sin prestar atención a lo que sucedía a su alrededor. Aquella escena me hizo sentir molesta por alguna razón, pero curiosa y emocionada al mismo tiempo".


Impactada por la determinación de estas mujeres, se unió rápidamente al movimiento sufragista, comenzando como mensajera para uno de los grupos más militantes. Su compromiso la llevó a participar en acciones directas, como el ataque al invernadero de orquídeas en Kew Gardens, y a enfrentar el rechazo de su familia por su activismo. Con el tiempo Gertrude Harding llego a ser secretaria privada de Christabel Pankhurst y posteriormente se convirtió en editora del periódico del movimiento, The Suffragette. Durante la Primera Guerra Mundial se dedicó al trabajo social con mujeres empleadas en fábricas de municiones en Inglaterra y, más tarde, continuó su labor social en Nueva Jersey, Estados Unidos. Falleció en 1977, dejando un legado de lucha por los derechos de las mujeres y la justicia social.

Ante la creciente violencia contra las sufragistas, estas organizaron una unidad de mujeres entrenadas en jiu-jitsu, cuya misión era proteger a las líderes del movimiento. Armadas con garrotes, estas mujeres estaban preparadas para enfrentarse físicamente a la policía, demostrando una valentía y determinación excepcionales. De esto va el excelente cómic Jiujitsufragistas. Y es esta cuestión del uso de la violencia una de las más destacadas en el libro. 

Su decisión para arrostrar la violencia policial sin reaccionar con más violencia y su disposición a infringir públicamente la ley y exponerse a ser encarceladas las convierte en auténticas pioneras de la desobediencia civil. No obedecieron leyes que consideraban injustas, interrumpían reuniones políticas, se negaban a pagar impuestos o a ser registradas en los censos, se encadenaban a las verjas del Parlamento, desafiando con su presencia los espacios de poder que les estaban vedados. No buscaban el caos, sino el simbolismo: mostraban que el orden establecido era, en realidad, profundamente injusto. 
Su rebeldía no era secreta ni escondida. Al contrario: era pública, consciente y desafiante. Las sufragistas estaban dispuestas a asumir las consecuencias legales de sus actos. Cuando eran encarceladas, muchas comenzaban huelgas de hambre. Y cuando el Estado respondió con alimentación forzada -un acto brutal disfrazado de cuidado-, la imagen de estas mujeres maltratadas por el sistema despertó la indignación social. Sufrían, sí, pero hacían del sufrimiento una herramienta política, una forma de apelar a la conciencia moral del país. Ahí es donde también entra en juego la resistencia no violenta. Aunque el movimiento sufragista, especialmente el ala más radical, adoptó tácticas de destrucción de propiedades privadas, nunca dirigió su violencia hacia las personas. Su objetivo era llamar la atención, sacudir conciencias, romper la indiferencia:

"No se asombren entonces si decidimos prepararnos para hacer más de lo que normalmente hacemos, y comprendan que nos esforzamos por hallar una vía que no provoque pérdida de vidas humanas o mutilación de seres humanos, porque las mujeres se preocupan más por la vida humana que los hombres, y creo que es natural que lo hagamos, porque sabemos el precio de la vida humana. Nosotras arriesgamos nuestra propia vida para dar vida a los hombres" [Emmeline Pankhurst].

En este sentido, su lucha se sitúa en una línea intermedia, compleja pero profundamente inspiradora, entre la desobediencia civil teorizada por Thoreau y la resistencia no violenta practicada por Gandhi años después. No fue una copia de esos modelos, sino una versión adaptada a su tiempo y a su causa, impulsada por el coraje de mujeres que sabían que cambiar la historia implicaba, a menudo, desafiarla primero.

Otro de los contenidos más interesantes (y actuales) del libro es el profundo debate planteado en el seno del movimiento sufragista británico sobre la necesidad o no de suspender sus reivindicaciones como medida de apoyo al esfuerzo de guerra de Inglaterra, debate que supuso la división del movimiento (ye de la familia Pankhurst):

"El sorprendente anunció de la señora Pankhurst de la circular del 13 de agosto [de 1914] surgió de la creencia de que no tenía sentido luchar por el voto si el país sucumbía. [...] Durante la primera semana de septiembre Christabel Pankhurst regresó a Inglaterra y manifestó a un periodista del Daily Telegraph que Alemania debía ser derrotada, y que las sufragistas sentían que Gran Bretaña era un país limpio desde el punto de vista moral. Muchas sufragistas comenzaron a sentirse traicionadas por Christabel. Ellas no podía reemplazar el anhelo de lograr el voto por el sentimiento patriótico, y no siquiera todas las que querían contribuir a la guerra querían abandonar simultáneamente la batalla por el sufragio. [...]
La decisión de la señora Pankhurst y Christabel de apoyar plenamente los esfuerzos bélicos resultó decisiva para la WSPU. Una gran facción de feministas apoyaba fuertemente otras tres causas: el socialismo, el pacifismo y, aunque en menor grado, los derechos de la flora y la fauna. [...] Sylvia Pankhurst y la federación de East End habían sido expulsadas de la WSPU en febrero de 1914, en parte por su vínculo continuado con el Partido Laborista. Durante la guerra, Sylvia luchó contra el Gobierno reclamando entre otras cosas el sufragio universal, mejores condiciones de trabajo y mejor salario para las mujeres que formaban parte de la fuerza de trabajo, y clemencia con los enemigos extranjeros y los pacifistas; su madre y su hermana consideraban poco patrióticas tales reclamaciones. Emmeline Pethick-Lawrence, que había sido la segunda en la jerarquía de la WSPU, inició el Movimiento Internacional Femenino por la Paz, que dio lugar a la Conferencia Femenina por la Paz en La Haya, en abril de 1915".


La historia de las sufragistas no solo es la historia de la conquista del voto. Es también la historia de cómo la justicia puede abrirse paso a través del desacato, del coraje y de la resistencia, incluso cuando quienes luchan por ella son vistas como una amenaza al orden y no como las portadoras de un nuevo y más justo futuro. Una lectura esencial para quienes deseen comprender la historia del sufragio femenino, del movimiento feminista y el papel de mujeres valientes como Gertrude Harding en la lucha por la igualdad de derechos.

domingo, 26 de abril de 2020

Hacer de la necesidad virtud... pero de verdad

Acabo de recibir BASURTU GURE AUZOA, boletín de la Asociación Vecinal de Basurto, en el que participo con una breve reflexión sobre la posibilidad de que la pandemia cambie nuestras vidas.
Un placer colaborar con el movimiento vecinal de Bilbao.


jueves, 26 de marzo de 2020

La dulce militancia

Andrés García Inda
La dulce militancia. Crítica de la razón indignada
Ediciones Mensajero, 2020

"Una educación moral basada fundamentalmente en la cultura de la queja obtura nuestra capacidad de agradecimiento y embota nuestro sentido de la responsabilidad".



Andrés García Inda es profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad de Zaragoza pero, sobre todo, es un intelectual y un ciudadano comprometido con la realidad local y global, implicado en la investigación y en la transformación de estas realidades. No es un mero observador académico, sino un activista reflexivo. Sabe de lo que escribe porque lo vive. En esta combinación de compromiso y reflexión estriba el principal valor y acierto de este libro. 

Partiendo de una valoración radicalmente positiva de la indignación como emoción moral básica ("La indignación es la reacción -más o menos airada, más o menos vehemente- a la percepción de una injusticia, de la vulneración de los derechos propios o ajenos")y, por ello, "condición del compromiso y de la acción", el autor construye su argumentación a partir una idea central:

"Es verdad que la indignación es una reacción airada a la percepción de una injusticia, pero eso no significa que la injusticia sea real. Por eso, en ocasiones, consentir o alimentar la indignación no contribuye a la transformación social, sino a la victimización y al resentimiento".

Por eso, una vez sentida o experimentada como emoción, la indignación debe ser reflexionada y educada. e alguna manera, la propuesta de García Inda es pasar de una razón indignada (algo así como "tengo razón porque me indigno, y punto") a una indignación razonada. ¿Razonada, para qué? Para no caer en la indignación autocomplaciente, en el simplismo maniqueo, en el voluntarismo ingenuo ("todo es cuestión de voluntad política"), en el infantilismo moral, en la subjetividad sobreestimulada ("bulimia emocional"), para que la persona activista no acabe reducida a la condición de "profesional de la queja" (en aytivista, con permiso de Andrés).


Compartiendo lo esencial de su análisis, discrepo de alguna de sus apreciaciones, como la valoración de la perspectiva de Hans Rosling y su énfasis en los datos como desdramatizadores de nuestras ideas sobre la situación del mundo, o su cuestionamiento de la persona (porque, mientras no se demuestre lo contrario, sigue siendo una persona, no solo un personaje) de Greta Thunberg. Pero preferiría conversar esas discrepancias en diálogo con Andrés, pues estoy seguro de que en el transcurso del mismo llegaríamos a ponernos de acuerdo en lo esencial.

Un libro escrito desde el conocimiento intelectual y cordial, que pretende (y consigue) hacerse entender. Escrito con un estilo elegante y cuidado: "A veces la indignación no conduce a nada; las emociones también pueden ser como fuegos artificiales: llamativos, ensordecedores, aparatosos e incluso bellos, pero que tras de sí no dejan más que un rastro de humo; se agotan en su estruendo y su fulgor, sin llegar a iluminar nada ni apuntar a ninguna dirección". Un libro necesario, que interesará a cualquiera que se preocupe y se ocupe de intentar transformar la realidad que tenemos evitando los callejones sin salida a los que la razón indignada tantas veces nos lleva.

Felicidades y gracias, Andrés.

domingo, 5 de mayo de 2019

El abrazo de los pueblos - Herrien Arteko Besarkada

Respondiendo a la iniciativa mundial 5M EL ABRAZO DE LOS PUEBLOS nos hemos encontrado hoy en Durango.









Defender los derechos humanos para todas las personas
Por Juana Aranguren, Juanjo Álvarez, Adela Asua, Bernardo Atxaga, Joxerramon Bengoetxea, Garbiñe Biurrun, Marian Diez, Gorka Espiau, Helena Franco, Daniel Innerarity, Maixabel Lasa, Anjel Lertxundi, Irantzu Mendia, Zelai Nicolas, Lourdes Oñederra, Edurne Portela, Ramón Saizarbitoria, Pello Salaburu, Kirmen Uribe, Ramon Zallo, Mario Zubiaga, Iban Zaldua, Gemma Zabaleta, Imanol Zubero y Joseba Sarrionandia
Domingo, 21 de Abril de 2019 

ESTE es el panorama de la Europa democrática: 35.597 personas muertas, desde 1993, intentando acceder a Europa por carecer de vías y procedimientos de acceso seguro y garantizado, el Mare Nostrum se ha convertido en el Mare Mortum, el mar de los ahogados; no se han reubicado los miles de personas que llevan meses y años hacinadas en pésimas condiciones -en auténticos campos de concentración- en los países del sur de Europa; son permanentes las agresiones sexuales que sufren las mujeres en el tránsito y el secuestro de muchas por las redes de trata.

La UE -que iba a suprimir las fronteras- ha creado en los últimos años más vallas en y entre sus propios países, que todo el resto del mundo, Trump incluido. La nueva guardia europea de fronteras, se ocupa de las fronteras interiores mermando la soberanía de los Estados y, en los países de origen de las personas migrantes (África, Asia), entrenando a sus policías/milicias para obstaculizar los movimientos de las personas desplazadas a la fuerza. Una pregunta: ¿cuánto dinero público, que podría ser empleado en mejorar las condiciones de vida de europeas y migrantes, va a ser utilizado en la construcción de campos de detención/concentración en Marruecos o Turquía?

En los últimos tiempos, los gobiernos europeos están ya decididamente asumiendo estas políticas de sistemático rechazo y exclusión de personas inmigrantes y refugiadas. Un conjunto de intereses económicos y del mercado de trabajo marcan estas decisiones, pero lo que resulta especialmente grave es la creciente presencia de las fuerzas de extrema derecha, neofascistas, tanto en los procesos de gobernanza europeos como, también, en importantes sectores de la población.

Estas fuerzas están arrojando olas de odio sobre las personas migrantes y refugiadas, a las que culpan de todos los males de nuestras sociedades, del desempleo, de los bajos salarios, de la crisis social y económica, del aumento de la delincuencia y del machismo. Esas fuerzas extremistas, demasiadas veces apoyadas por fuerzas políticas que se autodenominan democráticas, utilizan esos discursos que contribuyen a incrementar las injustas políticas migratorias existentes, como -reiteramos- las expulsiones masivas y el cierre de fronteras, arrojando a la muerte a decenas de miles de personas en las aguas del Mediterráneo, en los desiertos de África y en otros lugares sin nombre, negándoles derechos humanos básicos, la vida y el derecho a migrar.

La política neofascista se asienta y alimenta en la defensa de una sociedad jerárquica basada en el individualismo, la competición y la desigualdad. De una sociedad autoritaria y patriarcal basada en el odio y la exclusión de las personas vulnerables, empobrecidas, excluidas, diferentes, migrantes. De una sociedad donde quienes son diferentes, quienes soportan y también rechazan la desigualdad y la jerarquía -personas pobres, emigrantes, precarias, mujeres insumisas, disidentes en general- deben ser marginadas y aun expulsadas.

El crecimiento de estas fuerzas políticas neofascistas y la facilidad con la que están buscando alianzas en otros partidos y fuerzas de derecha -tenemos ejemplos muy cercanos- empieza a hacer desgraciadamente posible una estrategia que, siendo ahora las personas emigrantes y refugiadas las primeras víctimas, incluiría, si crecen más, no dentro de mucho tiempo, represión y sometimiento a todas las otras personas arrojadas fuera del sistema. Sobre todo a quienes desde la diferencia lo rechazan. Estas fuerzas de derecha buscarán marginar el pensamiento y la acción política y social que lucha por establecer una sociedad de iguales en derechos y libertades, regida por los valores y prácticas de dignidad, respeto, solidaridad, inclusión y democracia, en definitiva en valores de humanidad.

Es necesario revertir este proceso. Es necesario, en este sentido, luchar y movilizarse a favor del respeto radical de los derechos humanos de personas inmigrantes y refugiadas. Sobre todo su derecho a la libertad de circulación. De hecho, en los últimos meses, en Europa resultan continuas las manifestaciones, algunas de ellas masivas, que con distinto signo, tienen todas un mismo objetivo: la lucha contra la represión a las personas más débiles. Ya hay múltiples oportunidades de apoyo. Un ejemplo que destacamos es la iniciativa del 5 de Mayo en un conjunto de ciudades europeas. Se hará precisamente antes de las elecciones europeas para visibilizar que son muchas personas quienes piensan que las mismas deben invertir la tendencia y expresar la deslegitimación de la extrema derecha. 


Por supuesto, también aquí. En Durango. El 5 de mayo a las 12. Una llamada a un acto público, representado con una abrazada colectiva. Un símbolo de la solidaridad y búsqueda de igualdad entre diferentes, frente al establecimiento de la sociedad jerárquica, dividida y desigual… de ellos. Ahí estaremos.

lunes, 21 de mayo de 2018

La edad de la participación: la participación no tiene edad

Un año más, esta tarde volveré a compartir un buen rato de conversación con las personas que participan en el Instituto de la Experiencia de Durangaldea. Dejo aquí la presentación con la que iniciaremos la conversación: