No creo equivocarme si afirmo que una gran mayoría de las chavalas y chavales de Alonsotegi nacidos en los años sesenta del pasado siglo sabríamos responder, sin dudar demasiado, si alguien nos preguntara si éramos del CRO, del MA o del ÑON. No eran las siglas de ninguno de los muchos grupúsculos políticos que proliferaron durante la Transición. Era la peculiar manera en que Txaber, don Javier, nos distribuía por voces en la coral Gure Ametsa.
La clasificación procedía de uno de nuestros mayores éxitos, dicho esto con una buena dosis de humor: la canción El hombre de Cromañón, cuyo estribillo interpretábamos divididos en tres grupos, desde las voces más agudas hasta las más graves: «¡Hombre de crooooo! ¡Hombre de maaaa! ¡Hombre de ñooooon!». Por cierto, yo era MA.
He recordado aquella clasificación al conocer la muerte de Javier Gaztelu, Txaber, a los 90 años. Y con ella han regresado muchos otros recuerdos de una infancia y una adolescencia en las que su presencia tuvo una importancia que seguramente entonces no éramos capaces de valorar.
Txaber fue uno de aquellos curas que contribuyeron a remover la vida de nuestros pueblos durante los últimos años del franquismo y los primeros de la democracia. Al menos en mi caso, no recuerdo que lo hiciera mediante grandes discursos teológicos. De hecho, no sabría reproducir una sola de sus homilías. Lo que recuerdo es su extraordinaria capacidad para conectar con la gente, especialmente con quienes éramos más jóvenes, a través de la música, la cultura, el euskera, el monte y la convivencia.
Era euskaldun, melómano y montañero. Con él subí mi primer dosmil, el San Lorenzo, en Ezcaray, una de esas pequeñas grandes conquistas que permanecen en la memoria de quienes hemos seguido frecuentando las montañas. Y con él cantamos mucho, ensayamos y compartimos experiencias que, sin que entonces fuéramos conscientes de ello, también nos estaban educando.
La coral Gure Ametsa fue bastante más que una agrupación musical. Fue un espacio de encuentro, de aprendizaje y de pertenencia. Una forma de hacer pueblo, de reunir a distintas generaciones y de descubrir que podíamos hacer cosas juntas. En 2017, cuando el Ayuntamiento de Alonsotegi reconoció públicamente su trayectoria, destacó precisamente esa capacidad para unir a jóvenes y mayores en torno a la música. Quienes participamos en aquella experiencia sabemos bien de qué hablaban.
Después continuó desarrollando esa misma actividad en otros lugares, donde también dejó una profunda huella comunitaria. Parece que allí, como antes en Alonsotegi, entendió que una parroquia podía ser un lugar abierto a la vida cultural y social de su entorno.
He leído que su familia recuerda dos palabras que repetía con frecuencia: askatasuna eta maitasuna, libertad y amor. No sé si entonces llegué a escuchárselas, pero me parece que describen bastante bien lo que yo conservo de su paso por Alonsotegi. Una manera de relacionarse con la gente desde la cercanía, la alegría y el deseo de compartir aquello que le apasionaba.
Naturalmente, cada persona tendrá su propia experiencia y sus propios recuerdos de Txaber. Así ocurre con cualquiera que haya formado parte de la vida de una comunidad durante tantos años. Los míos son felices y agradecidos. Y están asociados a canciones, excursiones, amistades y descubrimientos que forman parte de lo mejor de aquellos años.
Hoy, tantos años después, sigo siendo MA. Y me gusta pensar que, si nos reuniéramos de nuevo quienes formamos aquella coral, todavía sabríamos cuándo nos toca entrar en el estribillo.
Un abrazo, Txaber. Eskerrik asko.

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