lunes, 12 de octubre de 2026

Un desfile de gente desarmada


Cada 12 de octubre asistimos a la misma representación de la nación: soldados desfilando, armas relucientes, vehículos militares, aviones de combate sobrevolando nuestras cabezas, una exhibición de fuerza que pretende transmitir seguridad y orgullo colectivo. Pero ¿es esa la mejor manera de celebrar nuestra pertenencia a una comunidad política? ¿Es el poder militar lo que mejor representa aquello que merece ser defendido? Yo digo, sin dudarlo, que no.

Me gustaría imaginar otra fiesta, más cívica que nacional, en la que las protagonistas fueran las fuerzas sociales que sostienen cotidianamente nuestras vidas. Un desfile de bibliotecarias que mantienen abiertas las puertas del conocimiento; de maestras que enseñan a pensar y a convivir; de médicas, enfermeras y cuidadoras que protegen nuestra salud; de trabajadoras sociales que acompañan a quienes atraviesan situaciones difíciles; de activistas que defienden los derechos humanos; de personas voluntarias que tejen solidaridad allí donde amenaza con imponerse la indiferencia. También de quienes limpian nuestras calles, cultivan nuestros alimentos, apagan incendios, rescatan vidas o trabajan por la paz.

Son nuestras fuerzas desarmadas y desarmantes. Desarmadas porque su herramienta principal es el cuidado, el conocimiento, la cooperación o la palabra. Desarmantes porque su trabajo cotidiano contribuye a desactivar el miedo, la desconfianza, el abandono y las desigualdades que alimentan tantas formas de violencia.

Vivimos en un mundo atravesado por amenazas reales, conflictos y agresiones, y por eso necesitamos ampliar nuestra idea de seguridad. Una sociedad segura es aquella en la que nadie teme perder su vivienda, enfermar sin recibir atención, envejecer en soledad o sufrir discriminación. Y un mundo más seguro será, necesariamente, un mundo más justo. Porque ninguna frontera, por militarizada que esté, podrá protegernos indefinidamente de las consecuencias de una desigualdad global que condena a millones de personas a la pobreza, el desarraigo y la desesperación.

Hay una imagen que resume obscenamente esta contradicción. Durante este puente de octubre, el aeropuerto de Bilbao tiene programadas 664 operaciones aéreas, una cifra récord para cuatro días. Miles de personas viajaremos por ocio, ejerciendo una libertad de movimiento que consideramos natural. Mientras tanto, otras personas seguirán muriendo en el Mediterráneo o en el Atlántico intentando llegar a Europa. Para unas, viajar es un derecho cotidiano; para otras, una aventura que puede costarles la vida. ¿Qué seguridad estamos celebrando cuando aceptamos que la vida de unas personas valga tan poco frente a la libertad de otras?

Quizá algún día celebremos una fiesta cívica en la que el protagonismo corresponda a quienes hacen posible la vida en común. Una fiesta sin exhibiciones de armamento, abierta a todas las personas que viven aquí, cualquiera que sea su origen o su sentimiento de pertenencia. Una celebración de la seguridad que nace de la justicia, de los derechos compartidos y de la solidaridad.

domingo, 11 de octubre de 2026

Apuko, Ganeroitz y Akatxa

Ya se nota el otoño. Agradable paseíto por la cordillera de Sasiburu, pasando por los buzones de Apuko (o Peñas Blancas), Ganeroitz y Akatxa. Y las primeras setas, galanperna y txanpis, que me han servido para preparar un rico risotto.