sábado, 7 de noviembre de 2026

Reivindicación de la militancia alegre



Las recientes victorias electorales de la Lista Estudiantil en Serbia, de Lula da Silva en Brasil y del Partido Demócrata en las elecciones de medio mandato estadounidenses me animan a plantear una reflexión que quiere ir más allá de los resultados de cada país. En un escenario internacional marcado por el ascenso de las derechas radicales, la brutalización política y el deterioro de la confianza ciudadana en las instituciones, creo que estos acontecimientos plantean una pregunta fundamental: ¿en qué condiciones puede transformarse el descontento social en una fuerza democrática capaz de modificar las relaciones de poder?

Es cierto que los tres procesos responden a circunstancias diferentes, por lo que sería equivocado presentarlos como manifestaciones de una misma corriente ideológica; tampoco cabe deducir de ellos que estemos asistiendo a un cambio de ciclo, al retroceso generalizado de las fuerzas autoritarias. Pero, considerados conjuntamente, considero que nos permiten explorar algunas claves sobre la relación entre malestar social, movilización ciudadana y participación electoral.

Serbia: cuando la protesta construye una alternativa

El caso serbio es, seguramente, el más singular de los tres. La victoria de la Lista Estudiantil es la culminación de un proceso de movilización iniciado tras el derrumbe, en noviembre de 2024, de la marquesina de la estación ferroviaria de Novi Sad, que provocó dieciséis muertes. Aquella tragedia se convirtió en símbolo de la corrupción, la opacidad institucional y la ausencia de responsabilidades políticas características de la política serbia y así, lo que comenzó como una exigencia de justicia por unas víctimas concretas, terminó cuestionando el funcionamiento del sistema político.

Las movilizaciones estudiantiles de protesta consiguieron extenderse mucho más allá de las universidades y profesorado, profesionales sanitarios, agricultores, trabajadores y trabajadoras de distintos sectores, así como personas de diferentes generaciones, fueron incorporándose a un movimiento que encontró en la exigencia de responsabilidad democrática un motivo compartido de participación.

La noviolencia desempeñó un papel fundamental en el desarrollo del movimiento. Las movilizaciones combinaron manifestaciones multitudinarias con formas sostenidas de no cooperación y desobediencia civil, como ocupaciones y bloqueos de facultades universitarias, interrupciones deliberadas del tráfico, cortes prolongados de importantes vías de comunicación y jornadas de paralización de actividades laborales y comerciales. Especial fuerza simbólica adquirieron los dieciséis minutos de silencio a las 11:52, hora del derrumbe de Novi Sad, durante los cuales se detenía la circulación en calles y plazas. Aquellas interrupciones convirtieron el recuerdo de las víctimas en una exigencia cotidiana de responsabilidades. La continuidad de estas acciones, su organización asamblearia y su carácter mayoritariamente noviolento contribuyeron a ampliar la participación social y a mantener la presión sobre las instituciones.

Pero lo más interesante fue su capacidad para construir una organización política desde abajo. Las asambleas universitarias, las redes de apoyo y la incorporación de personas procedentes de distintos ámbitos profesionales permitieron transformar una movilización de protesta en una alternativa electoral, de modo que la Lista Estudiantil consiguió trasladar a las urnas una energía social que había nacido fuera de las instituciones.

Desde la perspectiva de los movimientos sociales, estamos ante una experiencia especialmente sugerente de capacidad instituyente, ejemplificando la posibilidad de que la acción colectiva genere nuevas formas de organización y representación política. Queda por comprobar si esa capacidad podrá mantenerse cuando llegue el momento de gobernar, negociar y afrontar las contradicciones propias del ejercicio del poder.

Brasil: una mayoría estrecha frente a una sociedad dividida

La victoria de Lula presenta características muy diferentes, pues aquí encontramos a un presidente en ejercicio, respaldado por una organización política consolidada y por una potente trayectoria históricamente asociada a la reducción de la pobreza, la protección social y la ampliación de derechos. Su reelección, con el 51,79 % de los votos frente al 48,21 % de Flávio Bolsonaro, pone de manifiesto la persistencia de una importante base social vinculada al lulismo, pero también la extraordinaria fortaleza electoral del bolsonarismo. En la segunda vuelta, que permitió recomponer una mayoría ajustada después de que Bolsonaro hubiera superado a Lula en la primera, la movilización adicional y la capacidad de atraer apoyos más allá del electorado propio resultaron decisivas.

Por lo que he podido ver, en este resultado confluyen causas diversas. Si para una parte de la ciudadanía, Lula encarna una experiencia de mejora de las condiciones materiales de vida y una expectativa de protección frente a la inseguridad económica, para otra su candidatura ha constituido la única opción frente a las propuestas políticas del bolsonarismo. Aunque ambas motivaciones han podido coincidir en las urnas, es necesario reconocer que la polarización brasileña tiene raíces sociales, territoriales, culturales y religiosas que desbordan cualquier explicación sencilla y, sobre todo, nos obligan a mantener cautela en cuanto al futuro. Porque el ajustadísimo resultado revela los límites de la victoria electoral: la sociedad brasileña continúa profundamente dividida y la continuidad del Gobierno de Lula no implica que hayan desaparecido las condiciones que alimentan a la derecha radical.

En todo caso, Brasil muestra la capacidad de una fuerza política institucionalizada para reunir una coalición electoral mayoritaria en un contexto de intensa polarización, pero también las dificultades que supone transformar una victoria ajustada en un proyecto de país ampliamente compartido.

Estados Unidos: recuperar los contrapesos al poder

Las elecciones de medio mandato estadounidenses, que suelen funcionar como una evaluación de la presidencia y ofrecen al electorado la posibilidad de modificar los equilibrios de poder en el Congreso sin cambiar a quien ocupa la Casa Blanca, responden a una lógica institucional distinta. El avance del Partido Demócrata debe interpretarse, seguro, teniendo en cuenta el habitual desgaste del partido presidencial, pero también las circunstancias específicas del segundo mandato de Trump. Las preocupaciones por el coste de la vida, las controversias sobre muchas decisiones gubernamentales y el rechazo a una concentración excesiva del poder presidencial forman parte esencial del contexto en el que se ha desarrollado la elección.

Hay otro aspecto de las elecciones estadounidenses que merece especial atención: la emergencia de nuevos liderazgos demócratas que están modificando el perfil social y político del partido. El fenómeno venía manifestándose desde la llegada de Zohran Mamdani a la alcaldía de Nueva York y encuentra nuevas expresiones en candidaturas como la de Abdul El-Sayed en Michigan, médico de ascendencia egipcia y defensor de la sanidad universal, o en las victorias en Nuevo México de Deb Haaland, integrante del pueblo Laguna Pueblo y primera mujer indígena elegida gobernadora de un estado, y de Gina Hinojosa, primera gobernadora latina de Texas. Estas y otras figuras reflejan una ampliación de los perfiles sociales que acceden a posiciones de representación institucional, acompañadas de una agenda económica centrada en las dificultades cotidianas de las clases populares y de una crítica explícita a las estructuras tradicionales del poder político y económico.

Resulta especialmente significativo que algunas de estas candidaturas hayan conseguido movilizar a sectores desencantados con el Partido Demócrata, apoyándose en redes de activismo comunitario, organizaciones sindicales y movimientos sociales. La cuestión va más allá de la renovación de los nombres o de la diversidad de sus orígenes, y apunta (como en Serbia) a la posibilidad de reconstruir vínculos entre la representación política y experiencias sociales que durante demasiado tiempo han encontrado escasos cauces de expresión institucional, disputando los espacios institucionales tradicionalmente ocupados por las élites partidarias.

De la indignación a la militancia alegre

¿Qué pueden tener en común estas tres experiencias? Una primera respuesta apunta a la posibilidad de romper la resignación política. En sociedades donde muchas personas perciben que las decisiones fundamentales escapan a su control, la participación puede recuperar sentido cuando existen oportunidades reales de modificar las relaciones de poder. La conocida distinción de Albert O. Hirschman entre la salida, la voz y la lealtad como respuestas posibles ante el deterioro de las organizaciones y las instituciones, puede ayudarnos a comprender por qué, ante situaciones de descontento, unas personas optan por retirarse, desentenderse de la política o abstenerse, mientras otras deciden intervenir para cambiar las cosas.

Serbia ofrece un ejemplo especialmente claro de transformación de la indignación en acción colectiva sostenida; Brasil muestra la importancia de las organizaciones políticas y sociales capaces de movilizar electorados diversos; y Estados Unidos permite observar cómo el malestar puede canalizarse hacia mecanismos institucionales de control del poder. En los tres casos resulta necesario preguntarnos qué convierte una experiencia individual de agravio en una disposición colectiva a participar. Las desigualdades, la inseguridad vital, la sensación de abandono o la percepción de que las instituciones protegen determinados privilegios pueden generar resentimiento, retraimiento o protesta, y su traducción política depende de los marcos de interpretación disponibles, de las organizaciones que consiguen articular esas experiencias y de las expectativas de cambio que logran suscitar. Por eso el descontento no tiene una orientación ideológica predeterminada, pudiendo alimentar respuestas autoritarias, movimientos de protesta sin continuidad o proyectos de transformación democrática. La cuestión fundamental es cómo se organiza ese descontento y qué horizonte político se le ofrece.

Las tres elecciones permiten también recuperar una dimensión de la democracia que habitualmente queda oscurecida por su reducción a los procedimientos electorales, y es que la democracia necesita instituciones, garantías jurídicas y mecanismos de representación, pero su vitalidad depende sobre todo de la existencia de una ciudadanía capaz de actuar colectivamente. Como escribió R.H.S. Crossman en su clásica Biografía del Estado moderno: “El éxito de las instituciones democráticas depende de que exista una minoría suficiente de demócratas activos y responsables que las mueva”. Aunque no es posible presentar estas victorias como expresión de una misma oleada global de izquierda (solo Lula pertenece a una tradición política reconociblemente vinculada a ella), las tres comparten un mismo trasfondo progresista al mostrar la capacidad de la ciudadanía para intervenir democráticamente en situaciones de malestar, disputar el poder y modificar los equilibrios políticos mediante la acción colectiva y la participación electoral.

Pero, a mi juicio, la enseñanza más interesante de estas experiencias es que la esperanza política puede surgir de la propia movilización, que no es necesario tener garantías de que las cosas cambiarán para comenzar a actuar. Estas tres historias en concreto y la historia en general nos muestran que es la experiencia compartida de la acción, el descubrimiento de otras personas con preocupaciones semejantes y la comprobación de que el poder depende de nuestra cooperación lo que permite recuperar la confianza en las posibilidades de transformación de la acción colectiva.

En su ensayo Joyful Militancy: Building Thriving Resistance in Toxic Times (Militancia alegre: construir resistencias que florezcan en tiempos tóxicos), Carla Bergman y Nick Montgomery recuperan la concepción spinoziana de la alegría como aumento de nuestra potencia de actuar para defender una militancia capaz de generar vínculos de confianza, cooperación y responsabilidad compartida. Su reflexión resulta particularmente sugerente en estos tiempos en los que la actividad política parece dominada por el miedo, el resentimiento y la desconfianza, sentimientos que también pueden instalarse en el interior de los movimientos emancipadores, alimentando lo que los autores denominan “radicalismo rígido”: una cultura de sospecha, competencia y pureza ideológica que termina debilitando la capacidad de acción colectiva. Frente a estas dinámicas, la experiencia de participar con otras personas en la construcción de alternativas puede convertirse en una fuente de alegría política, entendida como el descubrimiento de capacidades que individualmente parecían inalcanzables.

Las victorias de Serbia, Brasil y Estados Unidos no anuncian por sí mismas una nueva etapa democrática. Como he apuntado, sus causas son diversas y sus consecuencias permanecen abiertas, pero nos permiten recordar algo que la resignación política tiende a ocultar, que los equilibrios de poder pueden cambiar cuando la ciudadanía encuentra motivos y espacios para organizarse, participar y disputar democráticamente las decisiones que afectan a su vida.

Las movilizaciones estudiantiles serbias, las redes comunitarias que sostienen nuevas candidaturas progresistas y las experiencias de cooperación entre sectores social y políticamente diversos muestran la importancia de recuperar la experiencia de descubrir, en la acción compartida, capacidades que individualmente parecían inalcanzables. La brutalización y el miedo solo pueden ser combatidos activando la militancia alegre, una alegría que puede y debe convivir con la indignación, el esfuerzo y la incertidumbre, y que nace de los vínculos de confianza, reconocimiento y solidaridad construidos en la propia movilización. Porque la participación social y política debe ser una experiencia anticipada de la sociedad que aspiramos a construir, una forma de vivir en el presente relaciones más libres, igualitarias y solidarias.

Ahí reside la clave de la revitalización democrática que necesitamos en estos tiempos de oscuridad: conseguir que la esperanza encuentre sustento en la experiencia cotidiana de actuar con otras personas, incluso cuando los resultados sean inciertos. La tarea de la transformación del mundo comienza mucho antes de acudir a las urnas y continúa después de conocer sus resultados; exige construir organizaciones, vínculos sociales y proyectos compartidos capaces de transformar el malestar en participación y las victorias electorales en cambios duraderos. Y, sobre todo, recuperar una política en la que participar merezca la pena por lo que podemos conseguir colectivamente y por lo que, al hacerlo, somos capaces de construir entre todas y todos.

Nunca como hoy resulta tan necesario recordar lo que, hace ya siete décadas, planteaba Hannah Arendt en el prefacio de Hombres en tiempos de oscuridad: “Que aun en los tiempos más oscuros tenemos el derecho a esperar cierta iluminación, y que dicha iluminación puede provenir menos de las teorías y conceptos que de la luz incierta, titilante y a menudo débil que algunos hombres y mujeres reflejarán en sus trabajos y sus vidas bajo casi cualquier circunstancia y sobre la época que les tocó vivir en la tierra […] Ojos tan acostumbrados a la oscuridad como los nuestros apenas podrán distinguir si su luz fue la luz de una vela o la de un sol brillante. Pero para mí, una evaluación tan objetiva es más una cuestión de importancia secundaria que puede ser dejada para la posteridad”.

Sigamos prendiendo luces, también nosotras.

Publicado en elDiario.es (7 noviembre)

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