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lunes, 19 de octubre de 2026

De contar escaños a construir alternativas


 

Llevo tiempo insistiendo en que las izquierdas a la izquierda del PSOE están discutiendo su futuro en el lugar equivocado. Mientras la sociedad afronta amenazas de una gravedad extraordinaria, sus organizaciones parecen incapaces de salir de una conversación interminable sobre candidaturas, liderazgos, siglas, vetos y repartos electorales. Todo se mide en escaños: los que se tienen, los que se pueden conseguir, los que se perderían concurriendo por separado y los que podrían obtenerse mediante esta o aquella alianza. Una aritmética electoral que, siendo imprescindible, amenaza con devorar cualquier reflexión sobre el proyecto político al que debería servir.

Gabriel Rufián contribuyó a situar esta cuestión en el centro del debate público cuando propuso racionalizar la oferta electoral de las izquierdas para evitar que la fragmentación desperdiciara votos y representación parlamentaria. Su propuesta fue recibida en algunos ambientes como una revelación, hasta el punto de convertirlo casi en el esperado salvador de una izquierda desorientada. Sin embargo, la necesidad de evitar la dispersión electoral era conocida desde hacía mucho tiempo. Lo difícil nunca ha sido comprender las consecuencias del sistema electoral, sino construir las condiciones políticas que permitan superarlas.

Y ahora Rufián ha pasado de la aritmética a la patafísica, montando un lío monumental y dejando a muchas gentes de izquierda defraudadas. Se habló de primarias, de participación y de protagonismo ciudadano, pero el resultado ha sido una operación política cuya gestación y cuyos acuerdos siguen siendo difíciles de explicar. Al final, quienes confiaron en aquella propuesta pueden tener la desagradable sensación de haber hecho el primo.

La alianza entre ERC y Podemos -o entre Rufián e Irene Montero, que todavía no está claro cómo ni dónde se ha gestado- ha vuelto a colocar sobre la mesa todos los problemas irresueltos de la izquierda plural. Tampoco sabemos hasta qué punto una decisión de semejante trascendencia ha sido debatida y acordada mediante los procedimientos internos de Podemos. Y esta cuestión importa, porque una de las patologías que aquejan a las organizaciones políticas es la creciente autonomía de sus liderazgos respecto de sus propias bases.

A mi juicio, este acuerdo ha sido determinante para hacer imposible una candidatura común de las izquierdas. Resulta difícil comprender cómo podía esperarse que los Comuns, una de las organizaciones integrantes de Frente Amplio, aceptaran apoyar electoralmente en Cataluña a una fuerza con la que compiten directamente. El pacto con ERC alteraba las condiciones mismas de la negociación, estableciendo de antemano una alianza que excluía a una parte de quienes supuestamente debían construir la unidad. Que después se invitara a Frente Amplio a incorporarse al acuerdo no resolvía la contradicción, equivalía a exigir que las demás organizaciones aceptaran una decisión tomada sin ellas.

El fracaso del intento de construir una candidatura común de ámbito estatal ya es un hecho. Podemos y Frente Amplio concurrirán por separado a las próximas elecciones generales, ofreciéndonos una nueva demostración de hasta qué punto las izquierdas han quedado atrapadas en sus propias lógicas organizativas. Naturalmente, los escaños importan, son necesarios para aprobar leyes, sostener gobiernos, impedir retrocesos y transformar las condiciones materiales de vida. Pero su valor político depende de aquello que permiten hacer y cuando las alianzas se deciden principalmente por su rentabilidad parlamentaria y los liderazgos se convierten en el centro de la conversación, se produce una inversión de prioridades cuyas consecuencias van mucho más allá de una convocatoria electoral.

Esta obsesión por contar escaños -¡tralará!- encuentra un poderoso aliado en toda esa caterva de spin doctors que han convertido la política en una competición por controlar el relato. Su influencia se reconoce en una forma de hacer política en la que importa cada vez más cómo se presenta una decisión que sus consecuencias reales, cómo se distribuyen las responsabilidades que cómo se asumen y cómo se construye una imagen de liderazgo que cómo se construye una organización democrática. Para la izquierda, esta sustitución de la política por la comunicación constituye una forma de rendición ideológica.

Consumada la ruptura, asistiremos a una nueva competición por imponer el relato de lo ocurrido y atribuir la responsabilidad del fracaso a las demás. Pero, una vez hecho el roto, confieso que no tengo ninguna gana de seguir escuchando acusaciones cruzadas. Dejemos esa tarea a los creyentes de parte, que estos días parecen odiar más a la izquierda que no es la suya que a la propia extrema derecha. Bastante daño se ha hecho ya como para prolongarlo con una guerra de reproches que solo servirá para profundizar las divisiones. La unidad no se demuestra proclamándola en una rueda de prensa ni responsabilizando a otras fuerzas de su fracaso, sino mediante decisiones, renuncias y compromisos verificables. Cuando la preocupación por ganar la batalla del relato se impone sobre la voluntad de alcanzar acuerdos, la comunicación partidista se convierte en una coartada para eludir las responsabilidades de la política.

Porque lo más preocupante es que las consecuencias de esta forma de actuar no se limitan a las organizaciones que compiten entre sí, alcanzan a quienes esperan de ellas respuestas a problemas urgentes. Mientras se discute quién encabezará cada candidatura, los alquileres siguen expulsando a miles de personas de sus barrios, la precariedad condiciona la vida de generaciones enteras, los servicios públicos afrontan dificultades y crecen las amenazas contra los derechos de las mujeres, las personas migrantes y otros colectivos vulnerabilizados. Resulta imposible justificar la pequeñez de algunas disputas partidarias ante la gravedad de estos problemas, y es esa distancia la que debería preocupar a unas izquierdas cuya razón de ser es transformar las condiciones de vida de la gente, especialmente de quienes más necesitan de la acción colectiva para defender sus derechos.

El avance de las derechas autoritarias, la normalización de la desigualdad, la xenofobia, la reacción machista y el desprecio hacia la crisis ecológica exigen una respuesta política a la altura de las circunstancias, capaz de generar compromisos duraderos, de ofrecer un horizonte de transformación reconocible y de conectar con las necesidades y aspiraciones de las clases populares. Si se sigue poniendo el proyecto al servicio del escaño, en lugar de poner los escaños al servicio del proyecto, la izquierda corre el riesgo de perder mucho más que unas elecciones.

La unidad electoral para el Congreso ha fracasado y hay motivos de sobra para el enfado, la decepción y hasta la melancolía, pero ninguna de esas emociones debería conducirnos a la resignación. Las organizaciones políticas tendrán que responder por sus decisiones, pero la ciudadanía no puede permitirse renunciar a su propia responsabilidad. La izquierda social es mucho más amplia que las organizaciones que pretenden representarla, y su futuro no puede quedar hipotecado por los errores de sus dirigentes.

Por eso, ante las próximas elecciones, quiero hacer un llamamiento expreso a todas las personas que compartimos la preocupación por el avance de las derechas: que nadie se quede en casa. Que cada cual vote a la candidatura de izquierda que considere más adecuada en su circunscripción, valorando sus convicciones, sus prioridades y las posibilidades reales de contribuir a impedir un gobierno de PP y Vox. Pero que vote. No podemos permitir que la frustración con las organizaciones se convierta en abstención y termine facilitando aquello que queremos evitar. Las organizaciones han tomado sus decisiones; ahora nos corresponde tomar las nuestras. Y después de votar, eso sí, habrá que seguir construyendo alternativas, exigiendo responsabilidades y defendiendo los espacios de organización y movilización colectiva. A ver si para la próxima hemos aprendido algo.

PUBLICADO EN HORDAGO - EL SALTO

lunes, 12 de octubre de 2026

Dos exigencias ante unas elecciones históricas



Sin abusar del calificativo, pocas veces se habrá podido decir con tanta razón que unas elecciones van a ser históricas. En un mundo que normaliza la inhumanidad y la brutalidad, España no quedará al margen de un ciclo político que ya ha transformado Estados Unidos, buena parte de América del Sur y numerosos países europeos.

Cuando digo España me refiero también a todas sus realidades políticas interiores, se piensen a sí mismas como nación, nacionalidad, comunidad autónoma o región. La desigualdad desatada, la xenofobia, la reacción machista, la crisis climática o el poder creciente de las grandes corporaciones tecnológicas no se detendrán ante ninguna frontera nacional. Ningún territorio dispone de una inmunidad democrática que le permita desentenderse de lo que sucede a su alrededor.

En este escenario, lo que necesitamos de cara a las próximas elecciones generales es bastante sencillo de exponer, aunque seguramente mucho más difícil de conseguir. Son dos exigencias: la primera responde a la ética; la segunda, a la lógica electoral.

La primera es una sociedad civil plenamente movilizada. En las calles, en las organizaciones sociales, en los sindicatos, en los barrios, pero también en las urnas. La democracia necesita una ciudadanía organizada, capaz de defender sus derechos y de exigir responsabilidades a quienes gobiernan y las elecciones constituyen un momento especialmente importante de esa responsabilidad colectiva.

Comprendo el hartazgo de quienes han perdido la confianza en la democracia electoral, si es que alguna vez la tuvieron. Comprendo el cansancio ante las interminables peleítas entre las izquierdas, sus personalismos y sus disputas por espacios de poder cada vez más pequeños. Hay motivos sobrados para la decepción. Pero también hay una pregunta que deberíamos hacernos antes de decidir que votar ya no merece la pena: ¿quiénes van a pagar las consecuencias de nuestras decisiones?

Pensemos en las personas que dependen de unos servicios públicos accesibles, en quienes no pueden pagar un alquiler, en las familias amenazadas por un desahucio, en las mujeres amenazadas por la violencia machista, en las personas migrantes y refugiadas cuyos derechos son cuestionados, en quienes sobreviven gracias a unas prestaciones sociales siempre insuficientes. Pensemos en quienes tienen menos recursos para protegerse de las decisiones políticas que afectan a sus vidas. 

La abstención puede expresar una protesta legítima, pero sus consecuencias no se distribuyen por igual. Quienes disponemos de patrimonio, contactos y recursos siempre encontraremos más posibilidades de protegernos. Las personas más vulneradas, bastante menos. Por eso creo que, incluso desde la decepción más profunda, merece la pena preguntarse por la responsabilidad que tenemos hacia quienes seguro sufrirán un retroceso de sus derechos y condiciones materiales de vida si gobiernan PP y Vox. La ética política empieza ahí, en la conciencia de que nuestras decisiones, incluida la de quedarnos en casa, afectan a otras personas.

La segunda exigencia se dirige a las organizaciones políticas. Si se pretende que la participación electoral tenga una traducción institucional eficaz, hay que afrontar el problema de la dispersión de candidaturas. Ya que, en un sistema electoral como el español, la división entre opciones próximas se traduce en una importante pérdida de representación. Es una cuestión conocida, pero parece que nunca suficientemente aprendida.

Ya hay pequeñas formaciones, tan impolutas como históricamente impotentes, que han anunciado a bombo y platillo su voluntad de concurrir a las elecciones con sus propias siglas, aunque sus posibilidades de obtener representación sean nulas. No quisiera despreciar a nadie, pero me resulta difícil disimular el hartazgo ante una fragmentación que parece reproducirse indefinidamente. Pero las principales fuerzas de la izquierda a la izquierda del PSOE todavía tienen margen para buscar acuerdos amplios, aunque este margen es ya mínimo.

¿Son importantes los liderazgos, las caras que representen ese proyecto compartido? Sin duda, pues vivimos en democracias profundamente mediatizadas, en las que la imagen y la comunicación condicionan la percepción pública de la política. Pero resulta desolador que las conversaciones sobre la unidad de las izquierdas acaben reducidas a quién encabeza una candidatura, quién ocupa cada puesto o qué organización consigue mayor visibilidad.

 

Las primarias pueden contribuir a democratizar estas decisiones, aunque tampoco conviene idealizarlas ya que con frecuencia terminan funcionando como mecanismos de selección entre élites previamente constituidas, mientras las cuestiones de fondo quedan relegadas. La participación democrática en los partidos debería abarcar bastante más que elegir nombres en una papeleta. En esto se recuerda poco a Julio Anguita: «Programa, programa, programa». Y, sin embargo, pocas cosas resultan hoy tan necesarias como recuperar aquella exigencia. Porque lo verdaderamente importante para construir una unidad reconocible y capaz de suscitar ilusión es acordar qué se quiere hacer, con quién y frente a qué intereses. 

Necesitamos un programa de confrontación democrática. Sí, de confrontación. Porque hay conflictos sociales reales que ninguna apelación abstracta al consenso puede resolver. No se puede garantizar el derecho a la vivienda sin intervenir sobre los intereses que hacen de ella un negocio especulativo. No se pueden defender unos servicios públicos universales mientras se tolera su deterioro y se favorece su privatización. No se puede combatir la desigualdad sin una fiscalidad que redistribuya efectivamente la riqueza. Ni afrontar la crisis ecológica dejando intactos los privilegios de quienes más contribuyen a provocarla.

Ese programa debería ofrecer compromisos concretos y verificables. Vivienda asequible, salarios y pensiones dignas, reducción de la precariedad, servicios públicos fortalecidos, una transición ecológica socialmente justa, derechos efectivos para todas las personas con independencia de su origen. Y también una política internacional comprometida con la paz, los derechos humanos y el derecho internacional, en un momento en que la militarización amenaza con absorber recursos y energías que necesitamos para sostener la vida.

Nada de esto será sencillo. Habrá resistencias poderosas, límites institucionales y desacuerdos legítimos sobre las medidas más adecuadas. Precisamente por eso necesitamos una izquierda capaz de explicar sus propuestas, reconocer las dificultades y construir mayorías sociales que permitan llevarlas adelante. Una izquierda que vuelva a hablar de los problemas cotidianos de la gente y que sea capaz de relacionarlos con las estructuras económicas y políticas que los producen.

La unidad electoral es necesaria, pero solo un proyecto compartido puede darle sentido y continuidad. Y ese proyecto deberá construirse escuchando a los movimientos sociales, a las organizaciones sindicales, a las iniciativas comunitarias y a tantas personas que llevan años defendiendo derechos y sosteniendo la vida colectiva.

Ante unas elecciones que pueden tener consecuencias duraderas, la ciudadanía tiene derecho a exigir esa responsabilidad a sus representantes, y las organizaciones políticas tienen motivos de sobra para tomársela en serio. La democracia merece ser defendida, pero también necesita ser transformada para que sus promesas de igualdad, libertad y justicia alcancen a todas las personas. Esa es la tarea, y el tiempo para afrontarla no es ilimitado.


Publicado en El Salto - Hordago 

miércoles, 7 de octubre de 2026

Buenas, soy la gente

 


Ya tenemos elecciones. Durante las próximas semanas quienes aspiran a gobernarnos nos explicarán quiénes son, qué prometen y por qué deberíamos confiarles nuestro voto. «Buenas, soy…», podrían comenzar sus vídeos electorales. Como si no supiéramos quiénes son y qué ha hecho cada cual. Por eso, esta vez convendría invertir la presentación.

Buenas, soy la gente. Soy quien se levanta temprano para ir a trabajar o busca un empleo que no encuentra, quien paga un alquiler que se come una parte insoportable de su sueldo y hace cuentas antes de llenar la cesta de la compra. Quien cuida a sus criaturas y a sus mayores, quien necesita una residencia, una beca, una médica que atienda sin prisas o un autobús que comunique su pueblo con el hospital. Soy quien ha nacido aquí y quien llegó desde lejos, quien vive acompañada y quien vive sola, quien estudia sin saber si podrá emanciparse. Soy gente distinta en biografías e identidades, pero unida por una evidencia elemental: nadie puede construir una vida digna por sí sola.

De eso deberían ir las elecciones. No de quién gobernará, de estrategias, coaliciones, vetos y liderazgos, sino de qué debemos proteger entre todas y todos para vivir decentemente. Necesitamos vivienda, salarios suficientes y empleos compatibles con la vida; tiempo para cuidar y ser cuidadas; educación y sanidad públicas de calidad, pensiones dignas, barrios habitables y transporte público; aire limpio, agua y un territorio que podamos entregar a quienes vengan después sin pedirles perdón por haberlo devastado. Necesitamos seguridad, sí, pero nada proporciona tanta como saber que perder el empleo no significa perder la casa, que enfermar no conlleva arruinarse o que nacer en una familia pobre no determina toda una vida. Todo eso tiene un nombre, bien común, y una expresión concreta: bienes comunes, aquello que todas necesitamos pero nadie puede garantizarse individualmente. Cosas demasiado importantes para dejarlas en manos del mercado.

Entramos, además, en una época temible de guerras, emergencia climática, machismo, desigualdades obscenas, desplazamientos forzados, discursos de odio y proyectos políticos que prometen seguridad a condición de señalar a alguien como amenaza. Se extiende una concepción brutal de la sociedad según la cual, para que unas personas vivan mejor, otras deben vivir peor, con vidas que cuentan y vidas que no, vidas protegidas y vidas expuestas, vidas cuya pérdida conmueve y otras que ni siquiera son consideradas «llorables».

Frente a esa lógica hay que defender algo aparentemente ingenuo y, por ello, profundamente político: este mundo podría ser de y para la gente. No porque imaginemos una sociedad sin conflictos ni porque baste con apelar a la bondad, sino porque buena parte del sufrimiento que aceptamos como inevitable está socialmente producido. La pobreza, el racismo, el machismo, la explotación laboral, la exclusión residencial o la destrucción de la naturaleza no son fenómenos meteorológicos; existen decisiones, instituciones y relaciones de poder que los producen, y lo construido socialmente puede ser transformado políticamente.

Y para eso está la política: para decidir qué tenemos en común, establecer límites al poder del dinero y distribuir recursos, oportunidades y responsabilidades. Para garantizar derechos, proteger a quien se encuentra en una posición más vulnerable y hacer posible que personas diferentes puedan compartir un mismo mundo. No me importa parecer ingenuo, me preocupa mucho más el cinismo de quien dice que nada puede cambiar, que todo el mundo actúa por interés propio y que lo sensato es proteger cada cual lo suyo. Pocas ideas resultan más útiles para quienes desean que las cosas sigan como están.

Pero tampoco podemos exigirlo todo a «la política», como si esta fuese algo que hacen otras personas. Somos la gente y eso también obliga. Obliga a preguntarnos qué estamos dispuestas y dispuestos a compartir; a qué privilegios renunciaríamos para que otras personas puedan ejercer sus derechos; cómo tratamos a quien llega de otro país; cómo cuidamos y qué estamos dispuestas a hacer por nuestro barrio, nuestra comunidad o nuestro planeta. Porque no hay bien común sin personas comuneras trabajando para construirlo.

Estas elecciones deberían servir no para preguntar a quienes se presentan qué piensan hacer por nosotras y nosotros, sino para preguntarnos qué estamos dispuestas y dispuestos a hacer en común. Votar, por supuesto, pero también organizarnos, cuidar, protestar, deliberar, asociarnos, escuchar a quien piensa diferente y hacernos responsables de aquello que compartimos.

Dentro de unas semanas nos pedirán la confianza y el voto; nos dirán quiénes son, aunque ya lo sabemos. Escuchemos. Pero antes convendría que nos presentemos: buenas, soy la gente. Necesito una casa, un empleo digno, tiempo para vivir, igualdad, cuidados cuando los necesite, una escuela y una sanidad que funcionen, un planeta habitable y una sociedad en la que nadie tenga que hundirse para que otras personas puedan mantenerse a flote. Sé que nada de esto será posible sin política. Pero también sé que nada de eso será posible sin mí.


Publicado en EL CORREO, 7 de octubre de 2026


domingo, 4 de octubre de 2026

La fría utilidad de las elecciones



Hay dos formas opuestas de equivocarse con las elecciones: tomárselas demasiado en serio, atribuyéndoles una capacidad casi taumatúrgica para transformar la sociedad, o no tomárselas suficientemente en serio, suponiendo que, puesto que no pueden alterar por sí solas las relaciones de poder, las desigualdades y los intereses que la estructuran, apenas importan. Entre el fetichismo electoral y el desprecio por las urnas existe una tercera posibilidad: considerarlas como lo que son, un instrumento político limitado pero capaz, en determinadas circunstancias, de producir consecuencias muy importantes.

Frédéric Lordon planteaba hace dos años esta cuestión con una crudeza saludable en un artículo significativamente titulado «Tragarse el sapo de las elecciones».  Su propuesta consiste en considerar el sufragio «con frialdad», como un instrumento cuya utilidad debe evaluarse en cada momento atendiendo a la situación concreta, para decidir si existen más ventajas que inconvenientes en utilizarlo. Nada de providencia, salvación o promesas de que todo estará bien al día siguiente, pero tampoco la comodidad de una perezosa pureza que permite desentenderse de las consecuencias de aquello que ocurra. Votar, cuando haya razones para hacerlo, no porque creamos demasiado en las elecciones, sino precisamente porque sabemos lo que pueden y lo que no pueden hacer.

La situación española no es la francesa que motivó la reflexión de Lordon, pero algunas de las preguntas que plantea resultan especialmente pertinentes ante el ciclo electoral que se abre en España: el desencanto de una parte de la izquierda con los límites de la acción gubernamental, la fragmentación del espacio situado a la izquierda del PSOE, el crecimiento de Vox y la posibilidad de que distintas combinaciones parlamentarias tengan consecuencias muy diferentes sobre políticas y derechos. Todo ello invita a desplazar por un momento las discusiones sobre siglas, liderazgos, coaliciones y candidaturas para formular una pregunta previa: ¿para qué sirven unas elecciones en una coyuntura determinada?

La respuesta parece obvia, pero no lo es. Las elecciones no sirven para expresar exhaustivamente quiénes somos (una papeleta no es una autobiografía política), tampoco para señalar cuál sería nuestra sociedad ideal ni para declarar nuestra adhesión incondicional a una organización, un programa o un liderazgo. Sirven, de manera mucho más modesta, para intervenir en una determinada correlación de fuerzas y contribuir a decidir quién dispondrá de capacidad institucional para gobernar, legislar, bloquear determinadas decisiones o favorecer otras. Y, paradójicamente, aunque su función es limitada, sus consecuencias pueden ser enormes.

Deberíamos distinguir, en este sentido, entre votar por identificación y votar por situación. Nos hemos acostumbrado a pensar el voto mediante la primera lógica: busco una candidatura que me represente, comparo sus posiciones con las mías y decido hasta qué punto puedo reconocerme en ella. Y es perfectamente razonable hacerlo así, pero los problemas comienzan cuando convertimos esa identificación en condición necesaria del voto, porque entonces exigimos a una papeleta algo que difícilmente puede proporcionarnos: que contenga nuestra identidad política completa, nuestras convicciones, nuestras aspiraciones e incluso nuestros afectos. Votar por situación significa hacerse otra pregunta, no «¿quién me representa perfectamente?», sino «¿qué consecuencias previsibles puede tener, en las circunstancias actuales, una determinada distribución de la representación política?». La diferencia no es menor y, si en el primer caso el centro de la decisión soy yo, mi identidad y mis intereses, en el segundo lo es la situación y sus posibles desarrollos. No desaparecen los principios ni las convicciones, pero dejan de funcionar exclusivamente como criterios de identificación para convertirse también en criterios con los que valorar consecuencias.

Aquí adquiere especial importancia la reflexión de Lordon sobre la necesidad de imaginar, cualidad de la que, a su juicio, carecen algunas de las corrientes que conforman la extrema izquierda (no solo en Francia). Con «imaginar» no se refiere a fantasear ni a alimentar escenarios apocalípticos, sino a desarrollar la capacidad de anticipar aquello que puede suceder, intentar colocar ante nuestros ojos las consecuencias plausibles de nuestras decisiones antes de que ocurran, en lugar de descubrirlas cuando ya se han producido y lamentar entonces que no hubiéramos sabido o querido preverlas: «Tenemos que hacer aparecer ante nuestros ojos todas esas imágenes, vívidamente representadas, para adentrarnos en el ejercicio frío, estratégico y utilitario de saber qué hacer con las próximas elecciones», escribe Lordon.

¿Quién paga el precio?

Y este ejercicio de imaginación, añado yo, no puede girar exclusivamente en torno a qué ocurrirá con nosotras, con nuestros proyectos políticos o con las organizaciones con las que nos sentimos más o menos identificadas, sino que debe llevarnos a preguntarnos qué puede ocurrirles a quienes tienen menos posibilidades de protegerse de esas consecuencias. Por eso, imaginar políticamente exige practicar el descentramiento. No basta con preguntarme qué estoy dispuesta a soportar -a tragar- sin afectar a la pureza de mis convicciones, sino qué consecuencias puede tener esa decisión para quienes carecen de los recursos económicos, culturales, relacionales o jurídicos de los que yo dispongo.

Porque tampoco en las izquierdas contemplamos las elecciones desde el mismo lugar. Hay personas para las que un cambio de mayoría parlamentaria puede significar una decepción política, la paralización de determinadas reformas o la llegada al gobierno de fuerzas que les resultan profundamente desagradables, pero hay otras para quienes determinadas decisiones posteriores van a afectar gravemente a sus condiciones materiales de existencia: a la posibilidad de pagar un alquiler, conservar una prestación, recibir atención sanitaria, acceder a determinados servicios sociales, regularizar su situación administrativa, mantener un empleo protegido por determinadas garantías, ejercer libremente su identidad sexual o de género, interrumpir un embarazo, encontrar protección frente a la violencia machista o confiar en que las instituciones no conviertan su origen, su pobreza o su diferencia en motivos añadidos de vulnerabilidad.

Este problema resulta particularmente agudo para una determinada izquierda social y culturalmente acomodada, ese mundo que alguna vez se ha descrito como «BoBo», burgués y bohemio, capaz de sostener teóricamente posiciones radicales precisamente porque dispone de suficientes recursos para amortiguar personalmente las consecuencias de su eventual fracaso, convirtiendo la propia seguridad en una variable invisible pero muy influyente de su razonamiento político. Puedo permitirme considerar insignificante una diferencia entre dos escenarios políticos cuando esa diferencia apenas alterará mi vida, pero quizá no pueda hacerlo con la misma ligereza si intento mirar esa diferencia desde la experiencia de quienes dependen mucho más intensamente que yo de una política pública, una prestación, una regulación laboral o una garantía jurídica. Aquí cobra especial sentido aquella advertencia de Terry Eagleton en Por qué Marx tenía razón contra cierto radicalismo que consigue permanecer «tan impoluto como impotente». Existe, en efecto, una forma de pureza política que obtiene buena parte de su atractivo de no tener que hacerse responsable de las consecuencias que su acción o su inacción tienen sobre otras personas.

Esto no significa que la vulnerabilidad deba utilizarse como argumento para clausurar cualquier discusión estratégica, justificar cualquier alianza o exigir el voto a una determinada opción, mucho menos que las personas vulneradas constituyan un sujeto homogéneo cuyos intereses puedan ser definidos paternalmente desde fuera. Significa algo más elemental y, al mismo tiempo, más exigente: que las consecuencias sobre quienes se encuentran en posiciones sociales de mayor fragilidad deben formar parte del cálculo político. Si queremos considerar el voto con la frialdad instrumental que propone Lordon, esa frialdad no puede confundirse con indiferencia moral, sino que exige ampliar el campo de aquello que incorporamos al cálculo. Votar por situación no consiste en preguntarme «¿qué escenario político prefiero?», sino, sobre todo, en imaginar quién pagará el precio de cada uno de los escenarios posibles.

Desde esta perspectiva, «tragarse el sapo» no se refiere únicamente al hecho de aceptar una opción que no nos entusiasma porque estratégicamente pueda resultar conveniente, sino a reconocer que tenemos una responsabilidad hacia quienes no pueden permitirse determinados experimentos políticos con la misma tranquilidad con la que podemos permitírnoslos quienes estamos relativamente a salvo. Puede que el sapo siga sabiendo igual de mal, que tengamos excelentes razones para detestarlo, pero antes de decidir que preferimos no tragárnoslo convendría preguntarnos quién sufrirá las consecuencias de nuestra exquisitez. Aplicado al próximo ciclo electoral español, este ejercicio debería ser extraordinariamente concreto y podríamos preguntarnos qué cambios producirán distintas mayorías parlamentarias en materias como vivienda, relaciones laborales, pensiones, fiscalidad, servicios públicos, inmigración, igualdad de género, derechos de las personas LGTBIQ+, transición ecológica, memoria democrática o libertades civiles.

Esta consideración no elimina los dilemas de la izquierda ni resuelve automáticamente qué hacer ante unas elecciones, pero modifica el punto de vista desde el que los afrontamos. Frente a una política concebida como expresión de nuestra identidad, introduce una ética de la responsabilidad; frente a la satisfacción de conservar intactas nuestras convicciones, obliga a considerar las consecuencias previsibles de nuestras decisiones; y frente a una imaginación política centrada en nosotras mismas, nos exige intentar mirar el día después desde el lugar de quienes llegarán a él con menos recursos para defenderse. Y así, tal vez la lectura instrumental de las elecciones pueda introducir una saludable dosis de frialdad en los debates de la izquierda. Porque si una candidatura es un instrumento, entonces no necesitamos enamorarnos de ella; del mismo modo, si una coalición es un instrumento, participar en ella no significa borrar la historia de las relaciones entre quienes la integran; y si votar es un instrumento, hacerlo por una determinada opción no supone absolverla de sus errores ni renunciar a criticarla al día siguiente. Una papeleta no es una absolución, una coalición no es una reconciliación y una candidatura común no tiene por qué convertirse en una comunidad afectiva: bastará con que sea efectiva.

El día después

Pero esta consideración instrumental debe aplicarse en las dos direcciones y la unidad electoral tampoco puede convertirse en un fetiche. Decir «hay que ir juntas» no resuelve la cuestión de para qué, con qué programa, mediante qué procedimientos, con qué relación entre las organizaciones y con qué vínculo con los movimientos sociales y la ciudadanía organizada. Si el argumento para la unidad consiste exclusivamente en que concurriendo por separado se obtienen menos escaños, podremos tener una razón electoral poderosa, pero todavía no tendremos un proyecto político. Tan equivocado sería sacrificar cualquier posibilidad de cooperación en nombre de la identidad propia como suponer que la suma aritmética de organizaciones produce automáticamente una alternativa política.

Por eso, la cuestión decisiva no es la unidad, sino el lugar que concedemos a la unidad. Necesitamos mucha más unidad en la definición de los bienes comunes que queremos proteger y ampliar, en la defensa de los servicios públicos, en la lucha contra la desigualdad, en la democratización de la economía, en el acceso a la vivienda, en la lucha contra la violencia machista, en la transición ecosocial, en la defensa de los derechos de las personas migradas y refugiadas, en la construcción de una sociedad capaz de ofrecer seguridad material sin convertir el miedo en exclusión. Necesitamos también espacios de cooperación social mucho más amplios que los que pueden ofrecer las organizaciones políticas. Y, a partir de ahí, habrá que determinar qué instrumentos electorales permiten trasladar mejor esa fuerza social al ámbito institucional.

Por eso resulta tan importante pensar en el día después, porque las elecciones pueden impedir algunas cosas y facilitar otras, modificar las relaciones de fuerza, abrir posibilidades o cerrarlas, proteger conquistas o hacerlas más vulnerables, pero ninguna victoria electoral elimina la necesidad de organización social, movilización, sindicalismo, asociaciones, movimientos, comunidades y espacios de deliberación capaces de sostener los cambios en el tiempo. Y ninguna derrota electoral debería significar la desaparición de esas capacidades.

Necesitamos aprender a votar sin fe, no porque las elecciones carezcan de importancia, sino porque tienen una importancia determinada y limitada, de modo que no debemos pedir a una papeleta que exprese todo lo que somos, convertir una coalición electoral en una comunidad de destino ni esperar de las urnas la transformación que solo puede producir una sociedad organizada. Pero tampoco podemos refugiarnos en una pureza que nos permita contemplar desde fuera las consecuencias de aquello que colectivamente decidamos o dejemos de decidir. Al contrario, afrontar las elecciones con frialdad significa tomarse muy en serio esas consecuencias, contemplar las alternativas existentes e imaginar qué puede ocurrir bajo unas u otras correlaciones de fuerzas, sabiendo que al día siguiente habrá que seguir haciendo política y, sobre todo, que no todas las personas llegaremos a ese día después en las mismas condiciones.

Por eso, de aquí a las próximas elecciones la pregunta decisiva no debería ser quién consigue representarnos mejor, ni siquiera qué opción se aproxima más a nuestras convicciones, sino quiénes quedarán más expuestas a las consecuencias de aquello que decidamos. Tragarse el sapo seguirá siendo desagradable, sin duda, pero antes de negarnos a hacerlo convendría mirar alrededor y preguntarnos quién puede acabar pagando el precio de que conservemos intacto el paladar.


lunes, 22 de abril de 2024

Tener y no tener

Tenemos, se dice, un parlamento nacionalista, y así es: 54 de 75 escaños, el 72 por ciento. Pero va a ser el parlamento vasco que menos soberanismo se proponga impulsar. Salvo el soberanism as usual que constituye la base de ese “nacionalismo banal” (Billig) que va formateando a una sociedad vasca satisfecha que no parece dispuesta a embarcarse en nada parecido a un “prozesua” pero que sí corre el riesgo de consolidar rasgos nativistas que ya van generando demasiadas heridas, sobre todo a los sectores sociales económica y culturalmente más vulnerables.
 
PNV y EHB son dos poderes que, hoy por hoy, se anulan mutuamente: el PNV no puede competir en soberanismo con Bildu mientras que Bildu debe competir en institucionalismo gestor con el PNV si quiere seguir penetrando en su electorado. Es seguro que en la sala de máquinas del PNV alguien se estará preguntando si conviene marcar perfil soberanista para recuperar electorado, pero sería un error: los muy cafeteros, esos que en anoche gritaban “Independentzia!” como si se hubieran equivocado de ciclo, ya tienen a Bildu, y aquí el PNV tiene poco que rascar. Su fuerza de ayer y su debilidad de hoy están en la gestión eficaz de lo cotidiano, de la economía y de los servicios públicos, no en su superación. La apelación del candidato Pradales a “no poner en riesgo todo lo construido” es la mejor explicitación de su modelo político de construcción nacional.    

Anoche la militancia de Bildu gritaba “Independentzia” como un pueblo (por fin) elegido que  se asomaba a la tierra prometida. ¿Aguantará cuatro años conteniendo esta pulsión constitutiva, haciendo oposición social a lo Matute no en Madrid, donde tan fácil resulta y tantos beneficios políticos reporta, sino en “esta parte del país”, como se he dedicado Otxandiano a calificar a la Euskadi estatutaria durante toda la campaña? Pues habrá que verlo. El sirimiri ya se ha convertido en lluvia, lo que supone un indudable éxito estratégico de Bildu. Pero es más fácil aguantar el sirimiri que la lluvia, que querrá convertirse en aguacero para ser, cuanto antes, mar. Porque la cosa no es esperar cuatro años para convertirse en mar al quinto, con seguridad, sino aguantar cuatro sabiendo que igual hay que volver a aguantar otros cuatro… cantando bajo la lluvia.

También se dice que tenemos un parlamento mayoritariamente de “izquierdas”: 40 de 75 escaños, el 53 por ciento. Pero también en esto la aritmética y la política van cada una por su lado. Habrá coincidencias puntuales entre EHB, PSE y Sumar, pero nada más. Nunca hubo opción de un gobierno formado por Bildu y PSE. A pesar de que todos los medios de comunicación han alimentado la expectativa, unos para movilizar el voto derechoso, otros supongo que para llenar páginas y ocupar minutos de tertulia dando pábulo a una posibilidad sólo un poco menos creíble que lo del Monstruo del Lago Ness. No sé si la habrá algún día, cuando pasen los ciclos, pero el momento no es ahora.

Y hablando de izquierdas, está lo de Sumar y Podemos. Una derrota por incomparecencia, que es la peor de las derrotas. El quinto espacio es un territorio que no presenta secretos sobre su caracterización: unas decenas de miles de mujeres y hombres (muchas menos que las 316.441 que votaron Podemos en las generales de 2015 pero muchas más que las 58.771 que ayer votamos a Sumar o a Podemos) que quieren una izquierda sobre todo callejera, ciudadana, que luche por estar en las instituciones, pero sin que este sea el objetivo fundamental; una izquierda más “civitante” que militante, más gramsciana y luxemburguista que leninista, comprometida con el cambio cultural desde la base, desde la presencia comprometida en las organizaciones de la sociedad civil; una izquierda cotidianamente feminista, antirracista, anticapitalista; y una izquierda federalista, que se niega a jugar en el campo de los nacionalismos si no es para cuestionarlos. Porque la izquierda nacionalista es siempre más nacional que izquierda, más etnocrática que democrática. Me asombra que Podemos y Sumar sólo hayan coincidido en equivocarse al proponer, ambas dos, un gobierno con Bildu. 

Tras la Copa Histórica el Empate Histórico. En el libro Condiciones de la libertad Ernest Gellner cuestiona con tanto acierto como ironía la práctica de la «sobresacralización de lo inmanente» característica del comunismo soviético. Sacralizando todos los aspectos de la vida social -desde una cosecha récord hasta un parto múltiple-, se privaba  a las personas de un refugio al que recurrir en los periodos de entusiasmo disminuido. Periodos así son inevitables ya que muy pocos individuos (y ninguna colectividad) pueden permanecer en un estado de permanente exaltación. Y concluye: «Al sacralizar este mundo privó a los hombres de ese contraste necesario entre lo elevado y lo terreno, y de la posibilidad de escaparse a lo terreno cuando lo elevado se encuentra en animación suspendida. El mundo no puede soportar el peso de tanta santidad», concluía. Y eso es tan cierto en aquella Rusia como en esta Euskadi.

Ahora toca gobernar (a unas) y oposicionar (a otras). Ojalá unas y otras lo hagan poniendo en práctica una política profana y descreída como la que elogiaba Daniel Bensaïd. Al servicio de la gente. Aquí lo dejo por hoy, que tengo que presentar un libro sobre La utilización política de la Biblia. Hablando de sacralización de lo inmanente…

lunes, 15 de abril de 2024

¿Elecciones históricas?


Ganar un partido de fútbol por penaltis tiene tanto o más de suerte que de mérito, es resultado del acierto propio, pero también, y mucho, de los errores del equipo contrario. Permítaseme este desahogo que, en todo caso, no me parece inapropiado en el contexto de una reflexión sobre las elecciones del próximo 21 de abril. Unas elecciones que no parecen plantear un escenario electoral incierto: al contrario, todas las encuestas coinciden en estimar el triunfo de EHBildu sobre un PNV que, en todo caso, volverá a gobernar en coalición con el PSE-PSOE (habrá que ver si con mayoría absoluta), el mantenimiento electoral de este y del PP y el hundimiento del espacio “Elkarrekin” como consecuencia de la incapacidad de Sumar y Podemos para concurrir juntas a las elecciones. 

Es verdad que se está hablando de un alto porcentaje de personas “indecisas” que podrían mover el tablero, pero no creo que su efecto modifique cualitativamente el escenario descrito. Las tendencias son consistentes: ciclo ascendente de EHB, estancamiento del PNV, estabilización de PSE y PP y derrumbe catastrófico del espacio Podemos-Sumar. Todas estas tendencias responden a factores bastante evidentes, que ya han sido analizados por diversas fuentes. La única novedad que cabría esperar es que la indecisión se resuelva de tal forma que empuje hacia arriba el voto al PNV reduciendo su distancia o incluso empatando con EHB. Pero esta posibilidad carece de toda relevancia política, más allá de la pugna por la hegemonía entre nacionalistas. 

Que EHB supere por primera vez al PNV en escaños y/o en votos es, no cabe duda, una posibilidad que tiene mucho de acontecimiento. La llamada izquierda abertzale surgió con el objetivo explícito de “matar al padre” y ahora parece haber llegado el momento. Este hecho está siendo leído por bastantes analistas en términos de cambio de ciclo político, como el principio del fin de la hegemonía de un partido que parecía atornillado a la institucionalidad vasca, identificándose con esta de tal manera que, recurriendo a la famosa cita atribuida a Friedric Jameson, era más fácil imaginar un fin al mundo que un fin al PNV en Ajuria Enea. No cabe duda de que tiene morbo, pero ¿tiene enjundia?

Volviendo a las tendencias de fondo: ahí están, y empujan con viento favorable las velas de EHB (posmemoria, podemización formal, crisis de los servicios públicos, radicalismo de las clases medias) a la vez que zarandean la nave del PNV, parcialmente desarbolada, que recurre a un remero para reencontrar su rumbo en una operación de sustitución de liderazgos que parece diseñada por sus enemigos. Pero las tendencias son contexto, no destino, deben ser correctamente gobernadas y, en sociedades cada vez más líquidas, lo que hoy empuja en una dirección mañana puede convertirse en fuerza en contra. Por eso, más que en la proyección final de votos y escaños a mí me parece muy relevante reflexionar sobre fidelidades y trasferencias de votos a partir de encuestas como las del CIS o la de 40dB.

Desde esta perspectiva, lo primero que destaca es lo poco que ha tenido que hacer EHB para asegurarse tan excelentes resultados. Con un porcentaje cercano al 90 por ciento, la práctica totalidad de quienes les votaron en el año 2020 muestran su disposición para volver a hacerlo. La comodidad y seguridad que concede este punto de partida es muy grande: se trata de sentarse y ver crecer lo plantado, para lo que resulta idóneo un candidato “musiliano”, reflejo de un momento político dulce para la organización, en lugar de optar por una personalidad con marcados atributos propios. El resto de sus votos, los que le permitirían superar al PNV, los va a recibir de nuevas y nuevos votantes (alrededor del 28 por ciento, es decir, unos 21.000 nuevos apoyos) y de muchas personas que en 2020 votaron a Elkarrekin Podemos: alrededor de 20.000, más de una de cada cuatro que en las anteriores elecciones votaron morado. Lo dicho: sentarse, cuidar lo ya plantado y recoger lo sembrado por otras. 

Este último dato nos advierte contra la tentación de leer como ciclo nuevo lo que tiene mucho de eterno retorno, el de la incapacidad del “quinto espacio” para perimetrar un territorio identificable desde el que hacer política alternativa fuera y dentro del parlamento. Si la unidad en este espacio se hubiera concretado la situación sería muy distinta y el supuesto cambio de ciclo no llegaría a “sorpasito”, más simbólico que otra cosa.

Pero las cosas son como son y a partir del próximo domingo tendremos el parlamento más nacionalista y la mayor competencia entre nacionalistas, el menos plural y la mayor necesidad de acuerdos transversales. Y tendremos, porque la tenemos ya ahora, una sociedad cada vez más crítica con el funcionamiento de la política vasca. A ver qué hacemos. Dentro y fuera del parlamento...


lunes, 13 de julio de 2020

Todo muy extraño, como es normal

Algunas notas, a vuelapluma, tras las elecciones de ayer. Tiempo habrá (a ver si también hay ganas) para profundizar en cuestiones como las transferencias de voto, la dirección del voto nuevo o la forma en que la abstención ha podido afectar a cada partido.

[1] Casi la mitad del electorado potencial, que ascendía a 1.718.318 personas, se ha abstenido: siete puntos más que en 2016. Una parte de esta abstención se explica, seguro, por el miedo a los repuntes de la COVID-19, y es probable que haya afectado especialmente la población de más edad que vota PNV y PSE. Otra, con la decepción del electorado de izquierda no nacionalista, particularmente de edades medias. En todo caso, sobre el telón de fondo de esta enorme abstención, la representatividad de los partidos ganadores sufre un feroz mordisco, que no afecta para nada a su legitimidad formal pero sí debería obligar a un ejercicio de auténtica humildad: el PNV representa a solo el 20 % del total del electorado vasco, y EHB al 14 %. De hecho, con casi 49.000 votos menos que en 2016 el PNV ha obtenido tres escaños más que entonces.

[2] Tenemos un parlamento de izquierda (EHB, PSE y ElkPod suman 38 escaños, mayoría absoluta) que va a elegir un gobierno cuya promesa es la estabilidad: que todo siga igual para que nada cambie. La ficción del tripartito de izquierdas ha sido desde el principio eso, nada más que una ficción sin otra base que la aritmética. Pero la aritmética y la política no son lo mismo, en muchas ocasiones hasta van en direcciones distintas. Ya estoy escuchando la explicación fácil de esta situación: que, en realidad, el PSE no es un partido de izquierdas. Me parece una explicación perezosa, que nos impide entrar en el fondo de la cuestión: qué significa hoy la etiqueta política de la izquierda y cómo se construye y se organiza ese espacio ideológico, especialmente en sociedades ricas pero desiguales y con identidad nacional compleja.

[3] ElkPod ha obtenido 85.575 votos menos que en 2016. Todo indica que el grueso de esos votos perdidos se ha quedado en casa. Aunque la noche electoral no es el momento para hacer grandes análisis, esta hemorragia electoral no se soluciona con la promesa de cuatro años de ilusión y trabajo duro, como ha hecho su candidata. Parece innegable que la sustitución de la dirección encabezada por Lander Martínez (realizada con los modos en que los leones se hacen con el control de una nueva manada, acabando con la descendencia del antiguo líder) explica en parte el fracaso de una fuerza política que llegó a ganar al PNV incluso en Bilbao. Pero el cainismo con el que resuelven sus disputas internas no es la única ni la fundamental explicación de su debacle. Me remito a lo dicho en el punto anterior.

[4] Tenemos un parlamento abertzale (PNV y EHB suman 53 escaños) que va a impulsar un gobierno transversal PNV-PSE en cuya hoja de ruta la reforma del Estatuto de Gernika va a pasar a un segundo plano, como si de un “desacuerdo pactado” se tratara. La co-gobernanza, fórmula más o menos vacía acuñada durante la pandemia (José A. Estévez publicó en la revista Mientras tanto un recomendable artículo titulado “Que no te den gobernanza por democracia”), sustituirá por un tiempo a la co-soberanía. La cara de palo de Joseba Egibar en tercera fila tras unos exultantes Andoni Ortuzar e Iñigo Urkullu (bueno, exultante a su manera) lo decía todo: un parlamento claramente soberanista (PNV y EHB suman el 71 % de los escaños) consagrado durante los próximos cuatro años al autonomismo.

[5] EHB ha obtenido unos resultados que ninguna encuesta preelectoral había pronosticado: 23.516 votos más que en 2016 le han reportado cuatro escaños más, a poco más de 4.000 votos el escaño. Ahora bien: ¿qué EHB es el que ha triunfado? Haría falta un tratado de sociología política con varios anexos de neurobiología para entender algo que ahora nos parece de lo más normal: ver a una izquierda abertzale cómodamente instalada en el que antaño fuera el “parlamento vascongado” y apoyando la gobernabilidad en Madrid. Recordemos al carismático pero predecible Jon Idigoras tronando desde la tribuna del Congreso de los Diputados y comparémoslo con la actitud que mantienen Oskar Matute o Mertxe Aizpurua. Las famosas dos almas del PNV se quedan en nada si las comparamos con las que hoy conviven en EHB.

EHB está recogiendo parte del voto que en 2015 y 2016 fue a Podemos, pero lo está recibiendo después de que esa fuerza lo hubo digerido. Se trata de un voto que es más de izquierda que abertzale, un voto que busca identificarse con opciones que reivindiquen la libre determinación de las sociedades, sí, pero sobre todo la agenda feminista, ecologista, solidaria, antifascista… Ya veremos cómo gestiona EHB está tensión. Como primera fuerza de la posición en el Parlamento Vasco, ¿quién va a ser su adversario principal en el Gobierno, el PNV nacionalista conservador o el PSE social pero españolista?

En una entrevista publicada el 15 de marzo de 2017 Arnaldo Otegi advertía: “Tengo la impresión de que últimamente ha habido un cierto despiste: el motor del proceso de liberación de este país es la cuestión nacional. Otra cosa diferente es que, desde el punto de vista social, queramos construir un estado y que este sea un estado socialista, pero no podemos perder el punto de vista esencial que es el motor de lo que ha sido la lucha de este país, que es la cuestión nacional. Si perdemos el pulso ahí, nos vamos a perder en el camino”. Y con el fin de animar al PNV a emprender el camino del procés catalán hacía una sorprendente declaración: “Si conquistáramos un estado independiente, a nosotros nos daría igual que el hegemónico fuera el PNV durante los siguientes veinte años”. Todo indica que para que el PNV siga siendo hegemónico en el futuro no le va a hacer falta el apoyo de EHB, más bien al contrario: cuanto más PNV de Urkullu/Esteban sea y más se aleje del incierto y agónico procesismo mejor le irá. Y todo indica, también, que si la cuestión nacional se pone por delante de la cuestión social, EHB tendrá muchas dificultades para recoger votos en un caladero sociológico radicalmente transformado desde 2011.  

[6] Lo dicho: tiempo habrá para seguir analizando los resultados y el escenario político que dibujan. Tiempo habrá, incluso, para equivocarnos en nuestro análisis.