martes, 20 de octubre de 2026

NAZA: la banalidad (sionista) del mal



El domingo fui a ver NAZA, el documental escrito y dirigido por los cineastas israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor en el que veinticuatro militares y agentes de inteligencia detallan de forma anónima los procedimientos internos utilizados para seleccionar los objetivos de los ataques contra la Franja de Gaza. Sus testimonios son estremecedores. Hablan de lanzar misiles y destruir edificios como quien comenta una partida de videojuego. La distancia entre la acción y sus consecuencias parece haber borrado cualquier conciencia del sufrimiento causado. "¿Sabían que iban a bombardear un lugar donde había niños?", pregunta Abraham a uno de los soldados. "Sí", responde, escuetamente. La certeza de que iban a morir niñas y niños no parece haber alterado el curso de la operación. Órdenes son órdenes.

Quienes participan en los ataques saben que van a matar a niños y niñas y, aun así, continúan. Los operadores de los drones escuchan las conversaciones familiares antes del ataque (se actúa de noche, cuando los "objetivos" se encuentran en su domicilio), y tras este escuchan sus gritos, los alaridos de quienes se abrasan. Interrogados por Yuval Abraham, reconocen haber provocado centenares, hasta miles de muertes, incluso reconocen estar ejecutando un genocidio. Pero la distancia tecnológica y administrativa facilita que quienes deciden sobre la vida y la muerte de otras personas puedan hacerlo sin enfrentarse directamente al sufrimiento que provocan.

Mientras la veía no podía dejar de recordar la banalidad del mal que Hannah Arendt analizó en Eichmann en Jerusalén. La filósofa mostró cómo personas aparentemente normales pueden participar en atrocidades amparándose en la obediencia, la rutina y el cumplimiento de una función dentro de una maquinaria organizada de destrucción. La banalidad no se refiere a la insignificancia del crimen, sino a la ausencia de pensamiento crítico y de juicio moral sobre los propios actos. En NAZA, la violencia aparece sometida a procedimientos administrativos y cálculos técnicos que permiten decidir cuántas vidas civiles pueden sacrificarse en una operación. El propio título del documental, un acrónimo militar hebreo referido a los "daños colaterales", expresa esa deshumanización: las personas asesinadas se convierten en cifras, en variables de un cálculo militar.

Las referencias al "sistema", a la condición de simples piezas o eslabones de una maquinaria que nadie parece controlar, son constantes. Cada cual cumple su función, mientras la responsabilidad se diluye en una cadena de decisiones aparentemente impersonales. Pero el sistema no bombardea por sí solo, hay personas que identifican objetivos, autorizan ataques, obedecen órdenes y ejecutan operaciones. También hay quienes, como muestra algún testimonio, alcanza un límite moral y decide dejar de participar, lo que recuerda que la obediencia nunca puede ser una coartada moral suficiente, por difíciles y costosas que puedan resultar las decisiones de quienes se niegan a seguir colaborando. Hay un testimonio especialmente revelador, cuando uno de los participantes llega a preguntarse cómo puede seguir considerando malvados a los nazis después de reconocer lo que él mismo ha hecho. 

Hannah Arendt insistió en que incluso cuando las instituciones normalizan la barbarie, cada persona conserva la responsabilidad de pensar y juzgar lo que hace. La organización burocrática de la violencia puede explicar cómo se producen las atrocidades, pero no exime de responsabilidad a quienes las cometen. Y esta es, creo, una de las cuestiones más profundas que plantea NAZA: hasta qué punto somos capaces de reconocer el mal cuando se presenta revestido de legalidad, obediencia, eficacia técnica o defensa de los nuestros.

Una obra imprescindible y valiente que espero se mantenga durante mucho tiempo en las salas y las llene. También porque está realizada por una ciudadana y un ciudadano israelíes que se niegan a mirar hacia otro lado y que, frente a la deshumanización de las víctimas y la normalización de su sufrimiento, reivindican con su trabajo algo tan elemental como la responsabilidad de mirar, pensar y juzgar.

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