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jueves, 29 de febrero de 2024

El Faro de La Abadía: Imanol Zubero y María Goiricelaya

 


Con ocasión del estreno de 'Altsasu' en el Teatro de La Abadía, el pasado 9 de enero tuvo lugar otro encuentro en el ciclo El Faro de La Abadía entre su autora y directora, María Goiricelaya, y el  sociólogo y profesor universitario Imanol Zubero, con el título “Memoria y justicia”.

martes, 19 de octubre de 2021

Mi más sentido pésame

Puedo equivocarme, aunque mi memoria me devuelve el recuerdo como un hecho indubitable. Se trata de un coloquio en la televisión vasca tras el atentado de Hipercor; José Antonio Osaba, histórico protagonista de la huelga de Bandas, visiblemente molesto con la aproximación fría, taxidérmica, que uno de los participantes, vinculado al mundo de la izquierda abertzale, mostraba hacia las víctimas, le espeta: ¿pero qué pasa, que se les cayó el techo encima?

Leo el punto 3 de la denominada “Declaración del Dieciocho de Octubre” y detecto el mismo distanciamiento, la misma operación de desvinculación. Se habla de un dolor que “nunca debió haberse producido”, se dice que a nadie puede satisfacer que “todo aquello sucediera” ni que “se hubiera prolongado tanto en el tiempo”. Pero ¿se hubiera prolongado tanto en el tiempo de no haber sido por el apoyo y la justificación que la izquierda abertzale dio a la violencia de ETA? ¿Y por qué se produjo “todo aquello”, por qué sucedió lo que sucedió? ¿Fue la consecuencia lamentable (hoy) pero explicable e inevitable (hasta hoy) de un enquistado conflicto histórico, verdadera causa de todo ese dolor y sufrimiento padecido?   

En las palabras pronunciadas por Otegi no echo en falta términos como “perdón” o “condena”; lo que me gustaría es saber qué piensa y dice de lo que había antes de la violencia: esa mentalidad totalitaria que limitaba la identidad vasca a una sola forma de ser, esa incapacidad para admitir de y gozar con la pluralidad constitutiva de nuestra sociedad, esa abstracción de la persona humana real para reducirla a etiqueta, a función, a caricatura…

Tal vez se buscaba la solemnidad, pero el estilo declarativo tiene el riesgo de caer en el terreno de lo impostado. Ocurre como con las disculpas por twitter: no hay duda de que se gana en rapidez, pero se pierde en profundidad. Un poco como dar el pésame en el funeral de una persona con la que no hemos tenido mucha relación. Y esto es lo más doloroso de todo: que entre las víctimas del terrorismo y la izquierda independentista vasca sí había relación. No se les cayó el techo encima.

domingo, 17 de octubre de 2021

El dinosaurio ausente

 

 
Cuando ETA cesó definitivamente en su actividad terrorista, todos los problemas de Euskadi todavía estaban allí. No se me ocurre representación más absurdamente trágica de la historia de ETA, de ese dinosaurio pesadillesco que hace diez años desapareció de nuestras vidas.

Aquel 20 de octubre de 2011 en el que ETA anunció su disolución Euskadi seguía teniendo los mismos problemas que un año o una década antes. Si pensamos en los grandes objetivos que pretendían justificar su existencia, la independencia y el socialismo, aquel 20 de octubre Euskadi estaba tan cerca o tan lejos de ser un Estado socialista como lo estaba 52 años antes, cuando ETA nació. Durante medio siglo nada (nada sustancial, nada a mejor) cambió con la existencia de ETA; pero tras su disolución, todo cambió. Cuando despertamos, el dinosaurio ya no estaba allí, y con él empezaban a desaparecer las miradas a los bajos de los coches, las despedidas mañaneras como si fueran la última, la emigración forzada, las nucas guardaespaldadas, la ocultación de las convicciones y las militancias políticas, las geografías urbanas prohibidas…

Cuando ETA desapareció, hace diez años, desapareció EL PROBLEMA VASCO (así, con mayúsculas) porque, en realidad, ETA era nuestro problema mayúsculo. Su mera existencia generaba una perversa profecía autocumplida: si hay personas dispuestas a matar y a morir, ¿cómo no va a ser grave la situación política que sufre Euskal Herria? Tanto las personas que lo practican como las que lo apoyan, pero también muchas que lo analizan, se aproximan al terrorismo desde una perspectiva estratégica o de acción racional: como una forma de acción que tal vez no se sostenga en la teoría, pero que funciona en la práctica; yo creo, más bien, que el terrorismo no funciona en la práctica, pero sí en la teoría. Es el efecto-marco de la violencia terrorista: “si no queda otra salida que recurrir a la violencia armada” por algo será...

Pero el caso es que ETA desapareció y todos los problemas mayúsculos que supuestamente justificaban su existencia se convirtieron en lo que realmente eran y siguen siendo, en problemas políticos con minúsculas, susceptibles de ser abordados como cualquier problema político: reflexionando con inteligencia, diagnosticando con acierto, proponiendo alternativas, convenciendo, acumulando fuerza democrática…

En julio de 1997, tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco, recurrí a otro microrrelato de Augusto Monterroso, el titulado “El rayo que cayó dos veces en el mismo sitio”, para denunciar la estéril violencia de ETA: “Hubo una vez un Rayo –escribe Monterroso- que cayó dos veces en el mismo sitio; pero encontró que ya la primera había hecho suficiente daño, que ya no era necesario, y se deprimió mucho”. Desgraciadamente ETA no se deprimió la segunda, ni la tercera, ni la cuarta vez que hizo daño. Cuarenta y tres años de asesinatos, más de 850 víctimas mortales… ¿para qué? Una historia de navegación sin rumbo que solo podía acabar en derrota. Fue hace diez años. Demasiado tarde.
 
 

jueves, 1 de julio de 2021

La ballena y el zulo

Publicado el 8 de julio de 1997 en la edición de El País para el País Vasco. El lunes 1 de julio José Antonio Ortega Lara había sido liberado tras permanecer 532 días secuestrado por ETA en un zulo cuyas condiciones nos impresionaron a todos. Dos días después una gran ballena apareció varada en la playa de La Arena, muy cerca de Bilbao. El contraste entre la frialdad de los secuestradores ante la suerte de su víctima y el entusiasmo de las personas que se volcaron en devolver al cetáceo al mar (similar al que mostraron miles y miles de personas movilizadas todos y cada uno de los días que duro el calvario de Ortega Lara) es lo que motivó este artículo.
 
*-*-*-*-*
 
El pasado miércoles, una ballena quedó varada en la playa de La Arena. Podemos imaginarnos al asustado animal en su agonía solitaria, incapaz de comprender su situación, muriendo no por asfixia, sino aplastado por el peso de su propio corpachón. Fue descubierta en la madrugada y durante varias horas decenas de voluntarios trabajaron hasta devolverla finalmente al mar (a pesar de la sugerencia de dos biólogos, que se inclinaban por dejarla morir ante la innegable dificultad de la operación de rescate). Dicen que las ballenas no pueden gritar fuera del agua, pero su sola presencia sufriente, su ir acabándose lentamente, su agonizar a la vista de todos, fue más que suficiente para mover los corazones de quienes se empeñaron, tozudamente, en volverla al mar.

“Ojos que no ven, corazón que no siente”. Lo dice la sabiduría popular y es cierto. De ahí que tantas veces nos resistamos a mirar, para así no tener que ver. Una vez visto el sufrimiento, resulta sumamente difícil acallar las demandas del corazón. Cabe mirar hacia otro lado para no ver, cabe tomar distancia, pero resulta físicamente insoportable la presencia como espectador pasivo. Despertarse, comer, leer, besar a una hija, abrazar a un amigo, acudir al dentista, preparar las vacaciones, dormir, tal vez soñar, y hacerlo mientras la ballena agoniza, día tras día, junto a nuestra ventana, mientras el sol reseca su piel y sus pulmones se van aplastando poco a poco... ¿Quién podría soportarlo?

Pero, ¿y cuando los ojos ven, el cerebro maquina, las manos ejecutan y, sin embargo, el corazón no siente? Despertarse, comer, leer, besar a una hija, abrazar a un amigo..., todo ello después de arponear personalmente a la ballena, de arrastrarla malherida hasta la playa, de abandonarla a su solitaria agonía; ¿es tal cosa posible? Parece que sí lo es: es el caso de quien tortura, de quien viola, de quien ha exportado fraudulentamente carne afectada por el mal de las vacas locas a Rusia y Egipto. En tal caso es preciso un esfuerzo sobrehumano por lo que tiene de inhumano. Un esfuerzo consciente.

¿Por qué se suicidan las ballenas? En 1979 Ramón J. Sender se hacía esta pregunta, a cuya respuesta dedicaba un libro con el mismo título. Su conclusión era que los ocasionales suicidios colectivos de estos cetáceos tenían que ver con su capacidad de percibir intuitivamente los peligros a los que la actividad humana está empujando al planeta y con el sufrimiento que tal cosa provoca. En opinión de Sender, los suicidios de esos animales serían una desesperada llamada de atención, un gesto de vida ante tanta muerte y destrucción causadas por los hombres.

La física moderna nos habla de un universo continuo, configurado como un vasto conglomerado de correspondencias, donde todo está relacionado con todo. Descendemos tanto de los monos y las bacterias como de las estrellas y las galaxias. Los elementos que componen nuestros cuerpos son los que antaño fundaron el universo. Como las ballenas, llevamos el universo entero en nuestro sistema nervioso.

Tal vez la ballena varada en la playa de La Arena, apenas un día después de los 532 días de tortura en un zulo, quiso advertirnos de un peligro: el peligro de la indiferencia ante el sufrimiento, el riesgo del distanciamiento deshumanizador. Tal vez fuera una prueba. Tal vez ayudarla a volver al mar haya sido el día 533 de la solidaridad y el Uno de la esperanza.

viernes, 13 de marzo de 2020

Nunca hubo dos bandos: violencia política en el País Vasco (1975-2011)

Antonio Rivera (ed.)
José Mª Ruiz Soroa, Antonio Rivera, Luis Castells, Fernando Molina Aparicio, Raúl López Romo, María Jiménez Ramos, Joseba Arregi
Nunca hubo dos bandos. Violencia política en el País Vasco 1975-2011
Comares, 2019

“Mientras los jóvenes parados cruzan coches en las calles donostiarras y desahogan en la guerra santa su demasiado justificada frustración social, entre carreras y pelotazos de la policía, releo con agobio una de las mejores novelas históricas de nuestra literatura: Paz en la guerra de Unamuno. No hay libro preferible para quien quiera iniciarse en el llamado problema vasco; ni tampoco más desolador: ¿hasta cuándo seguiremos padeciendo en Euskalherría los arrechuchos cíclicos de la carlistada? ¿hasta cuándo los tibios intentos de racionalización democrática del estado español seguirán tropezando contra ese escollo oscuro, ayer comunión tradicionalista y hoy nacional-leninismo no menos eucarístico?”.
Fernando Savater, "Guerra en la Paz", El País 1/08/1986


Este libro coral se propone revisar críticamente un conjunto de ideas que conforma un marco analítico o frame que ha caracterizado una cierta manera de aproximarse a la historia del País Vasco y, específicamente, a la época durante la que ETA mantuvo su actividad terrorista:

“Desde hace décadas hay un empeño por significar la historia contemporánea vasca a partir de la existencia de tres factores articuladores: 1. un Pueblo Vasco histórico y perenne, 2. un conflicto histórico entre este y los Estados español y francés, y 3. unos individuos y unos grupos que en todo ese tiempo constituirían el epítome de esa comunidad, con la paralela invisibilización de quienes, al enfrentarse a estos, evidenciarían la división interna y la progresiva conformación de la vasca como una sociedad plural”.

La y los autores tienen a bien limitar esa “constante” histórica a la primera guerra carlista. Podían haberse remontado, como hace la mitología nacionalista, a "tiempos inmemoriables" o, más recatadamente, a las luchas por el reino de Navarra en los siglos XV-XVI. Afortunadamente, como historiadora e historiadores que son, no lo hacen.

Pero lo cierto es que aquella primera carlistada posee una característica que tal vez podría considerarse como un cuarto factor articulador de la perspectiva de los dos bandos, y que como tal se ha prolongado hasta el presente: la “idea de transacción después de la contienda”, expresada en su momento mediante el denominado "abrazo de Vergara". De este episodio histórico o, más bien, de una cierta lectura contemporánea del mismo, podría deducirse la empecinada y muy generalizada convicción de que un (así definido) conflicto histórico de naturaleza política entre el bando vasco y el bando español solo puede tener una solución... negociada. Incluso, y esto sería lo más cuestionable, cuando en nombre de tal conflicto se ha aterrorizado, violentado y asesinado.

A la explicación y cuestionamiento de este transaccionismo historicista se consagra buena parte del libro, que explicitamente se propone “desterrar el imaginario dialéctico que ha condicionado el análisis de la violencia política en el País Vasco” y que “ha triunfado en sectores políticos, intelectuales y mediáticos que no son nacionalistas vascos”, y cuyas claves son: 1. considerar la violencia etarra como “resultado de un «problema» de naturaleza histórica”; 2. identificar en esta violencia la objetivación más evidente de la existencia de "un «contencioso» histórico entre dos actores”; 3.asunción de la imposibilidad de extirpar la violencia terrorista si no es mediante una estrategia de “puerta abierta” orientada a la “negociación”.

Esta fue la estrategia (tan alabada) aplicada a la disolución-reinserción de los PMs, fundada según la tesis sostenida en este libro en la impunidad de los victimarios reinsertados: las víctimas “quedaron excluidas de la justicia y la reparación”. Estrategia repetida en Argel, alimentando así el imaginario de la guerra entre dos bandos al reconocer a ETA como “contrapoder”, de manera que “el Estado confirió a ETA el mismo simbolismo que sus militantes y simpatizantes le había dispensado como manifestación de un «problema histórico»".

Pero, ¿cómo puede sostenerse el marco de los dos bandos cuando todos y cada uno de los acontecimientos armados que han afectado al País Vasco (las guerras carlistas, la Guerra Civil, ETA) han sido, también, conflictos entre vascos? Mediante distintas versiones de lo que en ciertas épocas se denominaron "antivascongados" o "vascongados bastardos", es decir, mediante la negación del pluralismo vasco.

La idea de los dos bandos ha sido y es funcional a la cosmovisión nacionalista vasca de la Historia y la realidad y su objetivo, se nos dice en el prólogo del libro, no sería otro que el de desviar la atención de la “enfermedad moral vasca”.

¿Por qué se rechaza cualquier fundamento para esa idea de los dos bandos? Las razones esgrimidas son: (1) ETA provocó el 92% de todas las muertes, las distintas violencias parapoliciales el 8%. (2) La violencia de ETA posee rasgos específicos de los que carecen las otras violencias: busca provocar terror social como medio para lograr sus objetivos, busca modificar el statu quo (teleología política), las víctimas son provocadas para transmitir su mensaje y lograr sus objetivos políticos (son víctimas vicarias). (3) La violencia de ETA es intencional, racional y fría, la otra era una violencia de respuesta, visceral, necia, buscada/provocada por la primera. (4) Mientras que la violencia de ETA contó con "un entorno social nucleado políticamente en torno a la coalición HB, que apoyó o justificó su práctica, nunca existió algo similar en los GAL” o en otros grupos e extrema derecha.

Porque sí, claro que sí: la de ETA no ha sido la única violencia en nuestra historia más inmediata. En el libro se investiga con rigor el “contraterrorismo ilegítimo" que operó en Euskadi entre 1975 y 1982, apoyado en una “red laxa de complicidades y solidaridad” entre FSE, ejército, extrema derecha y servicios de información, cuyo menor volumen de asesinatos “no merma la gravedad de sus acciones; todo lo contrario, lo aumenta por el apoyo que desde ámbitos del estado se le prestaba”. No existieron dos bandos, pero sí “diferentes y opuestas violencias [...] si bien de muy distinta entidad y trayectoria”.

Pero el más inapelable argumento contra la idea de los dos bandos en conflicto lo encontramos en la realidad de la víctimas de ETA: “Responder al terror con métodos pacíficos no solo las ha convertido en referentes morales, sino que ha contribuido a que una de las premisas fundamentales de la narrativa del conflicto –la existencia de dos bandos que ejercen la violencia de forma simétrica y, como consecuencia, que provocan víctimas equiparables porque las une el sufrimiento- quede desacreditada por la fuerza de los hechos”.

A pesar de todo, como decíamos más arriba, la autora y los autores de este libro lamentan que una influyente narrativa construida en torno a categorías como "problema vasco", "contencioso vasco" o, sobre todo, "conflicto vasco", inventada a principios de los 90 por el MLNV para actualizar y sostener una representación de la violencia como “el (inevitable) producto de una confrontación histórica entre dos bandos: el «pueblo vasco» y el Estado español”.

Según el libro, el éxito de la categoría del "conflicto" (inventada a principios de los 90 por el MLNV) ha contribuido ha debilitar nuestra capacidad para entender, primero, y combatir, después, la violencia de ETA. La teoría del conflicto ha sido el último constructo intelectual mediante el cual se ha sostenido el antagonismo Nosotros vasco-Otro español y, en consecuencia, se ha justificado el terrorismo. “Por eso es tan importante que en este momento las políticas públicas de memoria se soporten en el cuestionamiento de la teoría del conflicto”.

Esta es la cuestión abordada por el libro en la que más me cuesta reconocerme. ¿De verdad ha supuesto tanto lastre adoptar la perspectiva del conflicto? ¿No existe un conflicto (específicamente) vasco, distinto de otros conflictos también vascos, propios de cualquier sociedad compleja? ¿no existe en Euskadi un conflicto “nacional(ista)”? ¿O todo depende del contenido que demos a ese significante? ¿Es distinto hablar de conflicto vasco o de “conflicto en Euskadi”, como hizo Juan José Linz en su famoso libro de 1986? O Alfonso Pérez Agote en La reproducción del nacionalismo (CIS 1984): “Se trata, en el caso vasco, de un conflicto sobre el nosotros. Por una parte el nosotros propuesto por el Estado y, por la otra, el nosotros propuesto por el colectivo parcial (parcial desde el punto de vista del orden político vigente)”. O como usa tal concepto Fernando Savater en su debate al respecto con Javier Sádaba (Euskadi: Pensar el conflicto, Ediciones Libertarias 1987). O como lo planteó Gesto por la Paz en el transcurso de las denominadas "conversaciones de Maroño".

No parece que el recurso (eso sí: según cómo) a la narrativa del conflicto vasco sea incompatible con la resistencia activa frente al terrorismo etarra y contra determinadas expresiones no armadas del historicismo nacionalista

En todo caso, se trata de un libro serio y reflexionado cuya lectura nos obligará, también a repensar nuestras ideas sobre nuestro reciente pasado. O a conocerlo sin mitomanías, en el caso de que no lo hayamos vivido.