Hiroshima
Traducción de Juan Gabriel Vásquez
Penguin Random House, 2025 (11ª)
"Ahora podía enfrentarse a Hisoshima, porque un fénix chabacano se había levantado del ruinoso desierto de 1945: una ciudad sorprendentemente bella de más de un millón de habitantes -de los cuales sólo uno de cada diez era hibakusha- con edificios altos y modernos sobre avenidas anchas, flanqueadas por árboles y repletas de coches japoneses que parecían nuevos y llevaban letras inglesas; una ciudad de sibaritas y gente esforzada, con setecientas cincuenta y tres librerías y dos mil trescientos cincuenta y seis bares. Aunque sus memorias del pasado regresaban de vez en cuando, el doctor Sasaki había llegado a ser capaz de vivir con un amargo arrepentimiento: que durante los primeros días después de la bomba no hubiera sido posible, más allá de cierto punto, establecer, entre los destrozos del hospital de la Cruz Roja, la identidad de aquellos cuyos cuerpos fueron llevados a cremaciones masivas, con el resultado de que almas anónimas podían estar aún flotando por ahí, después de todos estos años, desatendidas e insatisfechas".
Considerado como uno de los textos fundamentales del periodismo del siglo XX y, al mismo tiempo, una de las reflexiones más poderosas jamás escritas sobre las consecuencias humanas de la guerra moderna, Hiroshima fue publicado originalmente en The New Yorker el 31 de agosto de 1946 y editado poco después como libro, representando un punto de inflexión en la manera de narrar los conflictos bélicos. Hasta entonces, la bomba atómica arrojada por Estados Unidos sobre la indefensa ciudad el 6 de agosto de 1945 había sido presentada como un logro científico, una victoria militar o un acontecimiento geopolítico, pero Hersey desplazó radicalmente el foco: en lugar de hablar del arma, habló de las personas sobre las que cayó.
John Hersey reconstruye el bombardeo atómico de Hiroshima a través de las experiencias de seis supervivientes: una oficinista, un médico, un sacerdote jesuita alemán, un pastor metodista, un joven cirujano y una viuda con tres hijos. Ninguno de ellos posee una relevancia histórica extraordinaria. Precisamente por eso su elección resulta tan eficaz. Frente a las estadísticas, las decisiones estratégicas o los grandes discursos políticos, Hersey devuelve el protagonismo a personas corrientes cuya vida queda quebrada en un instante. La explosión no aparece descrita desde el cielo ni desde los despachos donde se tomó la decisión de lanzarla, sino desde las calles, las casas, los hospitales y los cuerpos de quienes la padecieron.
Uno de los mayores logros del libro reside en su extraordinaria sobriedad narrativa. Hersey apenas introduce comentarios ni hace juicios explícitos, dejando que sean los hechos los que hablen por sí mismos. Esa contención convierte el relato en algo aún más perturbador, ya que asistimos a escenas de destrucción absoluta descritas con un lenguaje casi clínico, que evita cualquier sentimentalismo. Pero esta ausencia de retórica no atenúa el horror sino que, al contrario, lo hace más insoportable.
El ensayo muestra que la bomba atómica llevó al extremo una forma brutal de violencia bélica, que ya había sido experimentada con los bombardeos sobre ciudades como Gernika en la guerra de España y, sobre todo, en el tramo europeo de la Segunda Guerra Mundial. La destrucción ya no distingue entre combatientes y población civil, la ciudad entera se convierte en objetivo militar y, en el caso de Hiroshima, en pocos segundos desaparecen viviendas, escuelas, hospitales, lugares de culto y redes de cuidado. Las personas supervivientes -las y los hibakusha, literalmente "personas afectadas por una explosión"- vagan entre incendios, cadáveres y otras personas gravemente heridas sin comprender todavía qué ha ocurrido. Muchas morirán días o semanas después por los efectos entonces desconocidos de la radiación. La guerra deja de ser un enfrentamiento entre ejércitos para convertirse en una agresión indiscriminada contra una sociedad entera.
Especialmente significativa resulta la atención que en su relato Hersey presta a los gestos cotidianos de solidaridad. En medio del caos aparecen médicos y enfermeras que continúan atendiendo personas heridas aun estando ellos mismos lesionados, vecinas y vecinos que rescatan a personas desconocidas que piden ayuda bajo los escombros, religiosos que improvisan refugios y, en general, personas que comparten el agua o el alimento disponible. Sin idealizar nada, el autor muestra cómo incluso en las circunstancias más extremas persisten formas de ayuda mutua y responsabilidad hacia las demás. Y esta dimensión ética constituye uno de los contrapuntos más poderosos frente a la lógica deshumanizadora de la guerra.
Otro aspecto destacable es la forma en que el libro prolonga el acontecimiento más allá del instante de la explosión. La historia no concluye ese 6 de agosto de 1945. Las secuelas físicas, psicológicas y sociales acompañarán durante años a las personas supervivientes, convertidas en hibakusha, una categoría marcada durante por la enfermedad, la discriminación y el estigma. La bomba no mata únicamente en el momento de caer; continúa haciéndolo mucho después a través de sus efectos sobre los cuerpos y las biografías. Más aún, cuarenta años después del primer reportaje, convertido en activista contra las armas nucleares, Hershey retornó a Japón para volver a hablar con las mismas personas, incorporando un precioso quinto capítulo a su relato original.
Leído desde el presente, Hiroshima conserva una vigencia extraordinaria. En un tiempo en el que las guerras vuelven a afectar masivamente a la población civil y en el que la amenaza nuclear no ha desaparecido, el libro recuerda que toda reflexión sobre la estrategia, la seguridad o la disuasión resulta moralmente insuficiente si pierde de vista a quienes soportan realmente las consecuencias de la violencia. La gran aportación de Hersey consiste en obligarnos a contemplar la guerra desde abajo, desde la experiencia concreta de las víctimas, cuestionando cualquier discurso que reduzca la guerra a un problema técnico o geopolítico. Su fuerza no procede de la denuncia explícita, sino de una decisión narrativa profundamente ética, como es la de poner nombre, rostro e historia a quienes la lógica militar había convertido en simples daños colaterales: Toshiko Sasaki, Hatsuyo Nakamura, Masakazu Fujii, Wilhelm Kleinsorge, Terufumi Sasaki, Kiyoshi Tanimoto. Esa elección convierte el libro en un alegato de enorme potencia contra la deshumanización inherente a la guerra y en una defensa radical de la dignidad de toda vida humana.

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