viernes, 7 de agosto de 2026

Hijos de Eva

John Connolly
Hijos de Eva
Traducción de María José Díez Pérez
Tusquets, 2026

"Las últimas arañas habían vuelto a sus telas; los insectos, a la penumbra, y la estatuilla de la Gran Diosa descansaba hecha pedazos en el suelo de la tienda de Antonio Elizalde. Elizalde también había dejado de existir. Su dolor había terminado, su espíritu había partido. Al final había sufrido, pero no tanto, pensó Seeley, como lo habría hecho si el cáncer y la profesión médica se hubieran cebado en él. Había menos sangre de la que Seeley había anticipado, aunque había decidido alejarse durante el clímax. Para entonces, Elizalde ya había contado todo lo que sabía. Lo que vino después fue puro castigo.
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Durante un momento, Seeley miró lo que quedaba de Elizalde y los fragmentos de la Gran Diosa, cuya posición subordinada en el panteón de deidades se veía confirmada ahora. Pensó en el dinero que le pagaban y concluyó que no era suficiente para compensar a un hombre por cambiar de manera tan drástica sus convicciones sobre la vida y el universo. por desgracia, era demasiado tarde para echarse atrás, a no ser que quisiera acabar como Antonio Elizalde. pese a todo, tuvo que admitir que sentía cierta curiosidad por lo que estaba por venir.
-Vámonos -dijo su acompañante en español.
Seeley no pudo evitar un escalofrío. Si el polvo hablara, habría sonado así. Confiaba en que la situación actual se resolviera con prontitud, lo que haría que el brazo ejecutor de su patrón regresara al lugar del que había venido. También confiaba en salir de aquello con vida, porque lo cierto es que no quería morir. Antes de aceptar ese trabajo, solo temía el dolor de la muerte; ahora le preocupaba lo que pudiera venir después, Contempló la posibilidad de que su patrón lo fuera solo de nombre y en realidad estuviese trabajando para otro, para esta otra persona.
Lo cual, pensó Seeley, sería una verdadera desgracia".

Recuerdo que cuándo en 2004 leí la primera novela de John Connolly, la insuperable Todo lo que muere, tuve la sensación de haber encontrado a un autor especial. Desde entonces he leído todas las aventuras de Charlie Parker y he ido reseñándolas en este blog. A estas alturas, regresar a una nueva entrega de la serie, nada más y nada menos que la número veintitrés, se parece menos a empezar una novela que a reencontrarse con viejos conocidos. Y, sin embargo, Connolly sigue consiguiendo algo que parecía improbable después de tanto tiempo: sorprender sin traicionarse a sí mismo.

Con el paso de los años también ha cambiado mi forma de leerlo. Al principio me fascinaba, sobre todo, la extraordinaria calidad de sus novelas negras: la construcción de las tramas, la atmósfera, la fuerza de los personajes, el equilibrio entre la violencia y el humor, la escritura siempre elegante. Pero, poco a poco, he ido comprendiendo que el verdadero centro de la obra de Connolly no está ahí., y que lo que convierte la serie de Charlie Parker en algo excepcional es su persistente reflexión sobre el mal. Cada novela es una nueva aproximación a una pregunta tan antigua como inagotable: qué hace posible la crueldad y cómo puede un ser humano seguir viviendo sin resignarse o someterse a ella.

Hijos de Eva vuelve a demostrar que Charlie Parker hace ya mucho tiempo que dejó de ser simplemente un detective privado. El caso que pone en marcha la novela -la desaparición de Wyatt Riggins, antiguo militar vinculado al secuestro de cuatro niños en México, y la investigación emprendida a petición de su pareja, la artista Zetta Nadeauq- conduce a Parker hasta un entramado donde convergen un cártel mexicano, el tráfico de antigüedades y una violencia que hunde sus raíces mucho más allá del crimen organizado.

Como ocurre en las mejores novelas de Connolly, la investigación es sólo la superficie del relato. Lo que realmente le interesa al autor es seguir explorando la persistencia del mal y las distintas formas en que éste se manifiesta en el mundo. Un mal que nunca aparece reducido a una patología individual ni a una simple herramienta para mantener la tensión narrativa, sino que adquiere una dimensión metafísica. En sus novelas, Connolly viene construyendo un universo donde lo criminal y lo sobrenatural se entrelazan sin estridencias, de manera que lo inquietante no es la irrupción de lo fantástico en las tramas, sino la convicción de que existen formas de oscuridad que la explicación racional resulta insuficiente para comprender.

Por eso Charlie Parker ha dejado de ser un detective al uso, y aunque siga siendo un hombre marcado para siempre por el asesinato de su mujer y de su hija, narrado en Todo lo que muere, hace mucho que su búsqueda dejó de responder únicamente a una necesidad de justicia personal. A lo largo de la serie Parker parece haberse convertido en una especie de guardián de las víctimas, alguien incapaz de aceptar que determinadas formas de maldad queden sin respuesta. Sabe que nunca conseguirá erradicar el mal del mundo, pero también sabe que renunciar a combatirlo supondría concederle la victoria. Hay algo profundamente conmovedor en esa obstinación.

Esa es una de las razones por las que sigo leyendo a Connolly después de tantos años. Ya no busco únicamente una buena historia criminal, lo que espero encontrar en cada nueva novela es esa mirada profundamente moral sobre la condición humana. Connolly no escribe desde el cinismo, tan frecuente en buena parte de la novela negra contemporánea; tampoco desde un optimismo ingenuo. Sus libros parten del reconocimiento de que la violencia, el abuso y la crueldad forman parte de nuestra historia. Pero, al mismo tiempo, afirman con igual convicción que existen personas capaces de enfrentarse a ese mal sin convertirse ellas mismas en su reflejo. La amistad, la lealtad, la compasión o el cuidado de los más vulnerables aparecen una y otra vez como formas discretas de resistencia. Pese a estilos y escenarios tan distintos, creo que en esto coincide con las historias de Louise Penny, que también sigo con mucho gusto.

También resulta admirable la fidelidad con la que Connolly mantiene vivos a Angel y Louis. Podrían haberse convertido hace tiempo en simples secundarios carismáticos, pero siguen siendo dos de los personajes más complejos y entrañables de toda la serie. Su mezcla de ironía, violencia, ternura y lealtad continúa proporcionando algunos de los mejores momentos de cada novela. Son, además, un recordatorio de que incluso quienes han vivido durante años en los márgenes de la ley pueden construir una ética basada en la protección mutua y en la defensa de quienes no pueden defenderse solos.

No creo que Hijos de Eva sea la novela más innovadora de la serie, pero es verdad que tampoco necesita serlo. Connolly lleva años haciendo algo mucho más difícil que reinventarse en cada entrega: profundizar en un mismo universo narrativo sin agotarlo, de modo que cada nueva historia añade una capa más a esa larga meditación sobre la culpa, la memoria, la pérdida y la responsabilidad.

Al cerrar el libro me asaltó una sensación extraña. Por un lado, la satisfacción de comprobar que Connolly mantiene intacta su capacidad para emocionar y mantener la tensión narrativa. Por otro, una cierta melancolía. El propio autor ha insinuado en varias ocasiones que el final de la serie comienza a vislumbrarse. Cuesta imaginar que algún día dejaremos de encontrarnos con Charlie Parker, pero seguramente toda gran obra literaria termina produciendo ese efecto: los personajes dejan de ser simples criaturas de ficción para convertirse en compañeras y compañeros de viaje.

Con el paso de los años he descubierto que no leo a John Connolly solo porque escriba una de las mejores novelas negras contemporáneas. Lo leo porque sus libros me obligan a seguir pensando en una cuestión que trasciende cualquier investigación policial: cómo vivir en un mundo donde el mal existe sin dejar que sea el mal quien tenga la última palabra. Y sospecho que esa es también la pregunta que, novela tras novela, continúa persiguiendo al propio Charlie Parker.

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