Mostrando entradas con la etiqueta precariedad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta precariedad. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de septiembre de 2025

No nos fijemos en las y los jóvenes que dejan el empleo, sino en los empleos que dejan estas personas jóvenes

En los últimos años, numerosos titulares han puesto el foco en las generaciones más jóvenes, sobre todo en la llamada generación Z, destacando su tendencia a abandonar con rapidez los puestos de trabajo. Se suele presentar este fenómeno como una anomalía generacional, fruto de la impaciencia o de una supuesta fragilidad de carácter -esa etiqueta simplista de “generación de cristal”-. Sin embargo, si miramos los datos con un poco más de atención, lo que se revela no es una crisis de las y los jóvenes, sino de los empleos que se les ofrecen.

Según el informe Claves laborales de la Generación Z: Visión a futuro y dinamismo, cuatro de cada diez trabajadoras y trabajadores de entre 18 y 25 años abandonan su empleo en menos de un año. El motivo principal es tan antiguo como evidente: salarios demasiado bajos. Un 40% lo señala como la razón central, mientras que un 13% aduce falta de flexibilidad y un 11% valores empresariales no compartidos. Es decir, no se trata de un mero rechazo irracional al trabajo, sino de la constatación de que muchos de los puestos disponibles no permiten construir una vida plena, ni material ni emocionalmente. El contraste es significativo: mientras el salario medio en España ronda los 28.000 euros anuales, las y los menores de 25 apenas superan los 14.000.

Podemos, entonces, darle la vuelta a la pregunta: ¿qué nos dicen estos abandonos sobre la calidad de los empleos? La Organización Internacional del Trabajo habla desde hace tiempo de la necesidad de “trabajo decente”, definido como aquel que ofrece “oportunidades para que mujeres y hombres puedan conseguir un trabajo productivo, con un ingreso justo, seguridad en el lugar de trabajo y protección social para sus familias”. Lo que ocurre es que eso que debería ser la norma se ha convertido en la excepción. Lo que falta no es compromiso de las nuevas generaciones, sino empleos dignos.

El problema, además, no es exclusivo de la juventud. En Estados Unidos, la llamada Great Resignation -o “gran dimisión”- puso de manifiesto que millones de personas trabajadoras de todas las edades abandonaban sus puestos en masa tras la pandemia. Según la Oficina de Estadísticas Laborales de ese país, solo en 2021 renunciaron a sus empleos más de 47 millones de personas. Las razones no diferían mucho de las señaladas por las y los jóvenes: salarios insuficientes, ausencia de reconocimiento, cargas de trabajo inasumibles. En el contexto europeo, la aspiración muy extendida a jubilarse anticipadamente, incluso en sectores considerados vocacionales o estables como la universidad pública, es otro síntoma del mismo malestar estructural: demasiados empleos no se viven como espacios de realización, sino como desgaste continuo del que se busca escapar lo antes posible.

Distintas voces críticas han tratado de pensar este fenómeno en clave más profunda. David Graeber, en su ensayo de 2013 On the Phenomenon of Bullshit Jobs: A Work Rantdescribía la proliferación de “trabajos de mierda”: ocupaciones que ni quienes las desempeñan consideran útiles, pero que sostienen un engranaje productivo burocrático y alienante. Mucho antes, las sociólogas y economistas feministas (como María Ángeles Durán, Cristina Carrasco, Teresa Torns, Nancy Fraser o Silvia Federici), llevaban décadas advirtiendo de la obsesión productivista que invisibiliza el trabajo de cuidados, hace imposible la conciliación y coloca la vida al servicio del mercado, en lugar de lo contrario. Otras corrientes apuntan proponen desmercantilizar amplias esferas de nuestra existencia y reducir el peso del trabajo asalariado mediante políticas de renta básica universal o explorando horizontes de decrecimiento que permitan valorar más el tiempo libre, la cooperación comunitaria y el bienestar colectivo.

Ahora bien, no se trata solo de reclamar empleos más dignos en términos salariales o de conciliación, sino de cuestionar la naturaleza misma de los trabajos que organizan nuestras sociedades. ¿Qué sentido tiene sostener actividades laborales que, para justificarse, dependen del consumo masivo e insostenible de bienes de corta vida útil? ¿Qué futuro podemos esperar de sectores que prosperan a costa de la degradación ecológica, del agotamiento de recursos y de la aceleración de la crisis climática? Necesitamos empleos que respondan a necesidades humanas reales, que fortalezcan el tejido social y comunitario, y que lo hagan sin exigir para su mantenimiento el consumismo desaforado ni hipotecar el planeta.

Todo ello apunta, necesariamente, a un horizonte distinto: la reducción significativa del tiempo dedicado al empleo asalariado, acompañado de una redistribución de las horas de trabajo socialmente necesarias. Liberar tiempo para dedicarlo a actividades cívicas, voluntarias, de cuidado mutuo, o simplemente a prácticas autotélicas (es decir, realizadas por el valor intrínseco de hacerlas, como el arte, el aprendizaje o el deporte), no es una utopía inalcanzable, sino una condición de posibilidad para sociedades más justas y sostenibles. Solo un modelo económico que combine sostenibilidad ecológica con una reorganización radical del tiempo puede abrir paso a formas de vida menos alienadas y más plenas.

Desde esta perspectiva, la alta rotación laboral de la generación Z no debería interpretarse como un defecto moral, sino como un síntoma que nos alerta. Son las condiciones estructurales del mercado de trabajo las que fallan, no las personas que se niegan a adaptarse a ellas. El reto no está en “aguantar” empleos precarios y alienantes, sino en transformar el marco en el que se producen: salarios justos, flexibilidad real, cultura corporativa basada en el cuidado, el respeto y el desarrollo humano. Dicho de otro modo, el debate no es generacional, es estructural y político.

En lugar de culpabilizar a quienes se marchan, como hacen las patronales con su cantinela sobre el "absentismo", deberíamos agradecer que visibilicen con su decisión lo que tantas veces se naturaliza: que millones de empleos actuales no ofrecen un horizonte vital deseable. Y que lo que necesitamos, más que nunca, es reimaginar el empleo, no como obligación sacrificada al engranaje económico, sino como parte de un proyecto social que permita a las personas vivir con dignidad, seguridad y sentido.

miércoles, 30 de noviembre de 2022

Estados Unidos de Amazon

Alec MacGillis
Estados Unidos de Amazon. La historia del futuro que nos espera
Traducción de Ana Camallonga
Península, 2022 

"Amazon era un marco ideal para entender el país y aquello en lo que el país se estaba convirtiendo, teniendo en cuenta la cantidad de fuerzas contemporáneas que representaba y ayudaba a explicar. Estaba la desigualdad de la riqueza llevada al extremo, encapsulada en la disparatada fortuna personal de su fundador y en los humildes sueldos de la gran mayoría de sus empleados. Estaba la naturaleza del trabajo que realizaban muchos de ellos: rudimentario y aislado, en lugares situados en las afueras, a menudo en turnos y horas que iban variando. Estaba la enorme influencia de la empresa sobre el Gobierno del país, tanto en los distintos estados como en Washington, donde se había introducido en la estructura de poder de la capital de la nación. Estaba la desintegración del tejido cívico al que contribuía la compañía al socavar la actividad comercial presencial y la base tributaria de infinidad de comunidades. Al cambiar de forma tan drástica el modo en que consumimos -la manera en la que buscábamos satisfacción- había rediseñado la vida diaria en su nivel más elemental".


No es este el primer análisis crítico sobre Amazon que referencio en este blog: en 2013 ya me hice eco de la investigación del periodista Jean-Baptiste Malet titulada En los dominios de Amazon, resultado del tiempo que el autor pasó trabajando en el almacén que la megadistribuidora tiene en la localidad de de Montelimar; y en 2020, comentando y recomendando el libro de otra periodista, Jessica Bruder, País nómada: supervivientes del siglo XXI, impresionante etnografía sobre la forma en que Amazon, entre otras grandes compañías, se aprovecha de la precarización laboral y vital que ella misma contribuye a generar.

En este caso MacGillis, utiliza magistralmente el modelo de negocio de Amazon para analizar algunos de los principales procesos sociales que están configurando la realidad de Estados Unidos, al igual que el de el resto de las sociedades del Norte global: la obscena concentración de riqueza, la desigualdad creciente y la degradación de las condiciones de empleo de cada vez más personas; la destrucción del tejido económico local, con su consecuencia de vaciamiento demográfico de amplias zonas de la América rural y la creciente divisoria social y política entre estas zonas y las grandes ciudades; la crisis del Partido Demócrata y el crecimiento de un republicanismo trumpista impulsado por los vientos del resentimiento de las clases populares frente a unas élites progresistas urbanas y modernas; el impacto de Amazon sobre el mercado inmobiliario, su influencia sobre la política y su manejo de la elusión fiscal como una de sus principales fuentes de ingresos...

Un libro bien documentado y excelentemente escrito. Una suerte de Los algoritmos de la ira. El relato de un mundo que ya está siendo y que anticipa un futuro de trabajadoras y trabajadores amazombis. En la portada del libro se recoge un fragmento de una reseña en The Atlantic en la que se dice que tras leerlo "resultará imposible seguir comprando en Amazon de la misma manera". ¿Seguir comprando? Es como decir que tras conocer que en la construcción de las infraestructuras para el Mundial en Qatar han muerto 6.500 trabajadores inmigrantes resultará imposible seguir viendo los partidos de fútbol de la misma manera. Porque de dejar de verlos, de boicotear a la FIFA-mafia ni hablamos, ¿no? Ni de boicotear a Amazon. Pero bueno, si resulta que este libro, tan crítico con Amazon, puede adquirirse en la web de la mega-chunga-compañía...

domingo, 5 de junio de 2022

Existiríamos el mar

Belén Gopegui
Existiríamos el mar
Penguin Random House, 2021
 
"En Martín de Vargas no hemos llegado a ningún sitio. Nuestros trabajos nos tragan, no tenerlos también. Ramiro y Camelia siguen haciendo cosas que mucha gente desprecia porque les parecen trasnochadas. Les dicen que pelearse para mejorar un poco las condiciones de trabajo es inútil, que en breve se van a destruir muchos más empleos de los que se destruyeron con la pandemia. O que sus organizaciones dejan mucho que desear. ¡Como si ellos no lo supieran! Yo no desprecio lo que hacen, cómo podría si ni siquiera he conseguido que en mi empresa se hagan elecciones sindicales. Encima, ellos hacen más cosas: estudian, discuten, tratan de ver qué medidas pueden tomarse para que no acaben enfrentándose las empresas térmicas y las del automóvil, con las de los cuidados y la energía verde".


Lena, Ramiro, Camelia, Hugo y Jara: en sus primeros cuarenta, comparten piso de alquiler en Madrid, empleos precarios, relaciones sentimentales frágiles, futuros inciertos, pero también una amistad preciosa, construida sobre el cuidado y el apoyo mutuo. Personajes sólidos en su labilidad protagonizan sus propias historias -cada una la suya, única, irreductible en sus sombras y sus luces- que, al entrecruzarse y asentarse en un zeitgeist, en un espíritu de la época muy identificable, se convierten en símbolos de este tiempo que nos ha tocado vivir. Un tiempo de vidas a la intemperie, sometidas a tensiones que las estresan hasta averiarlas, hasta reducirlas, muchas veces, a pecios desarbolados, varados en los islotes desiertos de nuestras ciudades:
 
Y tanta gente solitaria que desde su rincón sigue diciendo: "No puedo más", pero nunca a la vez, ¿por qué no logramos decirlo a la vez?
 
Con estos mimbres Belén Gopegui va tejiendo una historia (una historia de historias) delicadísima, de un realismo duro pero también luminoso o, cuando menos, iluminado por la mirada de la autora, que no se deja/no nos deja caer en el desánimo y el derrotismo
 
"Y parece que no avanzan, pero un día te sobresaltará su gesto de huracán, tan cerca".
 
Ojalá seamos muchas, muchísimas, las personas que nos encontremos con este libro de Belén Gopegui, un "Martín de Vargas" literario en el que edificar el refugio imprescindible donde coger fuerzas para seguir viviendo y, tal vez, para cambiar la vida: no mi vida, no de vida, la vida.


jueves, 31 de marzo de 2022

Sobre la posibilidad de vida en las ruinas capitalistas

Anna Lowenhaupt Tsing
La seta del fin del mundo. Sobre la posibilidad de vida en las ruinas capitalistas
Traducción de Francisco J. Ramos Mena
Capitán Swing, 2021

"Diariamente oímos hablar de la precariedad en las noticias. La gente pierde sus puestos de trabajo o se enfurece ante la imposibilidad de llegar siquiera a tenerlo. Los gorilas y las marsopas se hallan al borde de la extinción. El aumento del nivel del mar inunda islas enteras en el Pacífico. Pero la mayoría de las veces imaginamos que esa precariedad es una excepción a cómo funciona el mundo; es lo que 'se sale' del sistema. Pero ¿y si -como yo sugiero- la precariedad es en realidad la condición de nuestro tiempo?; o, por decirlo de otra forma, ¿y si nuestro tiempo constituye el momento idóneo para percibir la precariedad? ¿Y si la precariedad, la indeterminación y todo lo que concebimos como trivial constituyen el centro de la sistematicidad que buscamos?".


Considerado el hongo más valioso del mundo y particularmente apreciado en Japón, el matsutake (Tricholoma matsutake) es un hongo micorriza que crece en bosques de coníferas de Asia, Europa y América del Norte. Pariente de setas tan apreciadas por aquí como el perretxiko o la susa, se trata de un tesoro que, paradójicamente, prospera en algunos de los hábitats naturales más degradados: "Como las ratas, los mapaches y las cucarachas, están dispuestos a resistir algunos de los desastres medioambientales que han creado los humanos". A esta cualidad de superviviente el matsutake añade otra aún más destacable, como es su capacidad para ayudar a los bosques a recuperarse en dichos hábitats gracias a los nutrientes que proporcionan a los árboles.
 
A partir de estas dos características, su condición de valioso producto gastronómico y su potencial para sobrevivir en paisajes devastados y contribuir a su recuperación, la autora de este fascinante libro reflexiona sobre "los medios de subsistencia precarios y los entornos precarios" que definen nuestra condición global. Para ello analiza con detenimiento los procesos de recolección, distribución, comercio y consumo de esta preciada seta; cada uno de estos procesos muestra las "grietas existentes en la economía política mundial", ya que todos ellos combinan dinámicas explícitamente capitalistas con economías morales precapitalistas: modos de vida recolectores asociados a minorías éticas, a culturas indígenas o a grupos de personas refugiadas, economías forestales de subsistencia, economías del don (el matsutake como obsequio exquisito), bienes comunales... Escenarios que poco tienen que ver con el capitalismo descrito por Marx.

Pero hay otra precariedad, la que se deriva de la "condición de ser vulnerables a otros", lo que abre una ventana de incertidumbre de la que no podemos escapar. La supervivencia es siempre azarosa y es siempre colectiva. La vida es entrecruzamiento, mutualismo, codesarrollo, simbiosis, microrriza. Los minúsculos y subterráneos hongos sostienen a los gigantescos árboles, y estos los alimentan mediante sus raíces. David y Goliat compartiendo espacio y recursos.

El matsutake es capaz de habitar en un tipo de terreno en el que la mayoría de las plantas y de otros hongos no pueden progresar. Paisajes degradados, deforestados, alterados por la acción humana o por fenómenos naturales como las erupciones volcánicas. Paisajes en ruinas, empobrecidos, "donde las indeterminaciones propias del encuentro cobran especial relevancia". Lugares precarios, inseguros, donde sus antiguos pobladores tienen que acomodarse a nuevas coordenadas vitales y donde nuevas vidas, como la de los hongos, tantean la posibilidad de encontrar acogida. 

"Hoy los paisajes globales están plagados de este tipo de ruinas. Sin embargo, pese a la proclamación de su muerte, dichos lugares pueden bullir de vida; los campos de activos abandonados a veces producen una nueva vida multiespecífica y multicultural. En un estado de precariedad global no tenemos otra opción que buscar la vida en esas ruinas".

Una mixtura fascinante de ecología, antropología, economía, micología.

Adelante, ¡que broten cien setas!... pero de verdad.


viernes, 31 de diciembre de 2021

No puedo más: Cómo se convirtieron los millenials en la generación quemada

Anne Helen Petersen
No puedo más: Cómo se convirtieron los millenials en la generación quemada
Traducción de Lucía Barahona
Capitán Swing, 2021 

"Reconocer el agotamiento es muchas veces reconocer que las cosas con las que uno llena su día -con las que llena su vida- resultan irreconocibles frentte al tipo de vida que en verdad se quiere vivir y el significado que se le quiere dar. Por eso el problema de estar quemados va mucho más allá que el mero hecho de ser adictos al trabajo. Es una alienación del yo y del deseo. Si sustraemos nuestra capacidad de trabajo, ¿quiénes somos? ¿Hay un yo que desenterrar? ¿Sabemos lo que nos gusta y lo que no cuando nadie nos mira, cuando no existe un agotamiento que nos obligue  a elegir el camino que ofrezca una menor resistencia? ¿sabemos movernos sin desplazanos siempre hacia delante?".


Este es un libro en el que se reconocerán muchas, muchísimas personas jóvenes, "acondicionad[a]s para la precariedad". No solo las y los millennials a los que se refiere la autora y cuya experiencia, que es la suya, constituye el tema del libro. Se considera que forman parte de la generación millennial las personas nacidas entre 1981 y 1993 a 1997, según versiones; son las hijas e hijos de la generación boomer.  Son esas personas de las que se dice que, excelentemente formadas, vivirán peor que sus madres y padres. Evidentemente, manejamos un concepto de generación que tiene mucho de generalización: hay millennials como Marta Ortega, nacida en 1984, que leerían el libro de Anne Helen Petersen como una obra de ficción.

Para Petersen, las y los milleninials como ella comparten una experiencia vital de desgaste que va más allá del mero agotamiento: "Agotamiento significa llegar al punto de no poder seguir; desgaste significa alcanzar ese punto y obligarte a continuar, ya sea durante días, semanas o años". Socializadas en una cultura del mérito, el potencial individual, la competencia y el emprendimiento, sufren una insoportable gestión por estrés; sometidas a una doctrina del shock personalizada, corporeizada, la totalidad de su existencia se ve secuestrada por la voracidad de un capitalismo 24/7 que desprecia todas las vidas y toda la vida que no pueda reducirse a mercancía.
 
Pero la precariedad como nueva normalidad laboral y vital viene de lejos. No es algo que sucedió, como escribe la autora, "a finales de la década de 2010". Llevo años recomendando en mis clases la lectura del libro del economista David Anisi Creadores de escasez: del bienestar al miedo (Alianza editorial, 1995), con su magistral e iluminador inicio:

"Debo comenzar recordándome a mi mismo, y también a ti lector occidental, que en el caso de que el que lea estas páginas tenga alrededor de veinte años su memoria personal sólo podrá referirse a tiempos de crisis.
Ese lector estará acostumbrado a convivir con el desempleo, con la marginación y la pobreza. Un trabajo fijo será para él una meta imposible, y probablemente ya habrá trabajado por cuenta ajena sin ningún tipo de contrato legal. Sabrá que conseguir una vivienda es algo que de momento no puede plantearse, y no se extrañará cuando vea cómo se privatiza la educación y la sanidad. Estará tan acostumbrado a los 'vigilantes jurados' que no verá en ellos la privatización, también, de parte de lo que fue un importante servicio público.
No se escandalizará cuando se hable de 'flexibilizar el mercado de trabajo', puesto que él ya se encuentra suficientemente 'flexibilizado' desde que tiene uso de razón. Y cuando oiga hablar de los problemas de las pensiones de jubilación le parecerá simplemente que el tema no va con él.
Voy a tratar de contar aquí, a ese lector que las cosas no fueron así siempre. Que, como saben aquellos otros lectores que estén en los cuarenta, hubo una época en la que no se tenía miedo al paro ni miedo tampoco a no cobrar en su momento la jubilación, ni a que los hijos no tuvieran acceso a la educación o a la sanidad"
.

Escrito hace veintiseis años, Anisi nos invitaba a retroceder veinte años más, hasta el inicio de la década de los ochenta, para fechar el inicio de la gran trasformación que destruyó la norma social de empleo de posguerra, dando paso a la era de la precarización (aquí, aquí, aquí y aquí).

Además de su escritura ágil y encarnada, destaco dos grandes virtudes del libro de Anne Helen Petersen. La primera, su perspectiva de cambio, su mirada esperanzada; es posible dar la vuelta a la situación:
 
"Muchas de nuestras mejores intenciones, de nuestro yo más curioso, creativo y compasivo, están ahí, bajo la superficie de nuestras vidas, más cerca de lo que pensamos. Para hacerlas realidad solo necesitamos espacio, tiempo y descanso".

La segunda, su denuncia de la falacia de las soluciones individuales y su énfasis en las estrategiuas colectivas, entre las que la autora destaca la relevancia de las organizaciones sindicales: 

"A pesar de lo mucho que pueda intimidarnos, debemos recordar que cualquier truco vital de fácil implementación o cualquier libro que prometan ayudarnos a solucionar nuestra vida son solo formas de prolongar el problema. La única manera de avanzar es crear un vocabulario y un contexto que nos permitan vernos con claridad a nosotros mismos y ver los sistemas que han contribuido a nuestro desgaste".

Porque sí, millennial: no eres tú, es el sistema.

martes, 16 de noviembre de 2021

Criada: Trabajo duro, sueldos bajos y la voluntad de supervivencia de una madre

Stephanie Land
Criada: Trabajo duro, sueldos bajos y la voluntad de supervivencia de una madre
Traducción de Mireia Bofill Abelló
Capitán Swing, 2021

"Una de las grandes ventajas de estar dispuesta a ponerte de rodillas para fregar un váter es que nunca tendrás problemas para encontrar trabajo".


A sus veintiocho años Stephanie Land se ve obligada a cambiar una vida de clase media, razonablemente resguardada por el manto de la seguridad económica de sus padres, por la de una joven madre enredada en una separación conflictiva y a ratos violenta, afrontando una vida de crianza en solitario y de precariedad económica. Una pobre con trabajo, un empleo mal pagado, físicamente muy exigente, incompatible con el cuidado de su hija y de sí misma:

"Trabajaba aunque estuviera enferma y llevaba a mi hija a la guardería cuando debería haberse quedado en casa. Mis condiciones laborales no incluían bajas por enfermedad, ni vacaciones pagadas, ni la previsión de un posible aumento salarial y, sin embargo, a pesar de todo, yo suplicaba que me dieran más trabajo. Raras veces conseguía recuperar los ingresos perdidos si alguna vez faltaba el trabajo, y si faltaba demasiado a menudo, corría el riesgo de ser despedida. Era vital que no me fallara el coche, pues un conducto roto, un fallo del termostato o incluso un pinchazo podía desequilibrar nuestro presupuesto, hacernos retroceder  y precipitarnos hacia el abismo, de vuelta al refugio para personas sin hogar. Vivíamos, sobrevivíamos, en un mesurado desequilibrio. Esa era mi existencia ignorada, mientras sacaba lustre a la de otras personas para que pareciera perfecta".

Un mundo de análisis de orina aleatorios en las viviendas protegidas para personas con bajos ingresos ("La persona alojada está informada de que este es un refugio para situaciones de emergencia; NO es su domicilio"); de controles permanentes nacidos de la sospecha de que las personas pobres lo son por algún tipo de tara que les impide poner un cierto orden en sus vidas (como si la entropía que las amenaza de forma permanente no fuera un fenómeno estructural, en absoluto una falla en su carácter); una vida marcada por el estigma de tener que comprar con cupones de ayuda, la sospecha de aprovecharse de los impuestos de otras y de otros; un aluvión de burocracia como consecuencia de precisar de "siete modalidades distintas de ayuda pública para poder sobrevivir" (lo que no ocurriría con una Renta Básica); 

"[D]ecidí no prestar atención a los comentarios o a los medios de comunicación que denostaban a las personas que recibían ayudas públicas. 'La asistencia pública no existe', habría querido decirles. El apoyo que ellas y ellos imaginaban no existía. Yo no podía entrar  en una oficina gubernamental y decirles que necesitaba recibir una cantidad suficiente para compensar el exiguo salario con el que tenía que pagar una vivienda. Si pasaba hambre, podría recibir un par de centenares de dólares al mes para comprar comida o acudir a un banco de alimentos. Pero no obtener lo necesario para completar mis ingresos hasta alcanzar la suma que en realidad necesitaba para sobrevivir".

Una existencia de invisibilidad y anonimato a pesar de pasar varias horas en sus casas, con muy contadas excepciones en alguna clienta o cliente que la mira y la trata "como a un ser humano". Un sistema (supuestamente) de protección social que en realidad se configura y funciona como un mecanismo de control y castigo que convierte el hecho de ser pobre en algo demasiado parecido a "estar en libertad condicional".
 
Un relato característicamente estadounidense, es cierto, pero que presenta desasosegantes similitudes (¿anticipaciones?) con procesos de precarización del empleo y culpabilización de las personas pobres cada vez más comunes en nuestra sociedad (los hemos analizado aquí, aquí, aquí, aquí, aquí o aquí).

jueves, 6 de mayo de 2021

«El empleo de hoy se parece más a Uber que a los Altos Hornos»

«El empleo de hoy se parece más a Uber que a los Altos Hornos»

El experto en movimientos sociales analizará la precariedad del mercado laboral esta tarde en el Aula San Pablo de la Diócesis

 

Zubero considera que, aunque hay propuestas para terminar con la precariedad sobre la mesa, no hay voluntad de llevarlas a cabo. / PEDRO URRESTI
 
JUDITH ROMERO

El doctor en Sociología y profesor titular de la UPV/EHU Imanol Zubero (Alonsotegi, 1961) es experto en movimientos sociales, sindicalismo, voluntariado, violencia y política. Exsenador socialista en Bizkaia y promotor de Gesto por la Paz, este miércoles a las 19.00 reflexionará sobre el ámbito laboral en la charla 'Precariedad y propuestas de futuro', organizada por la Hermandad Obrera de Acción Católica de Vitoria. El encuentro tendrá lugar en el Aula San Pablo de la Diócesis y también podrá seguirse online previa inscripción.

–¿Ha acentuado la pandemia la precariedad del empleo?

–Sí, pero la reflexión debe ser a largo plazo. También nos preocupamos mucho con la gran recesión de 2008, pero el empleo como mecanismo de integración viene debilitándose desde los 80. Se pasó de su concepción como una actividad estable a algo precario y flexible. Cuando a un cuerpo frágil lo golpea una gripe, el impacto sobre su salud es aún mayor.

–¿Qué provocó ese cambio?

–La reducción de costes creció con modelos como el toyotismo o el 'just in time'. Los almacenes llenos de stock dejaron de existir, pero el coste humano seguía siendo más difícil de modificar. Se empezó a gestionar el trabajo humano como los tornillos. La gran huelga general del 88 de los sindicatos contra Felipe González se produjo por un plan de empleo juvenil que buscaba flexibilizar sus condiciones de contratación, algo inaceptable en ese momento. A partir de ahí se ha ido a modelos más flexibles y se ha debilitado la capacidad de defensa y resistencia de sindicatos y trabajadores.

–¿Se ha acostumbrado la sociedad a estas nuevas condiciones?

–Absolutamente, hemos normalizado la precariedad. Cuando preguntas a un joven sobre su futuro laboral lo ve incierto. Antes hacías algo que te gustaba por vocación y eso configuraba una carrera profesional. Si te mantenías en el tiempo mejorabas tu estatus laboral. Pero hoy las carreras son fragmentarias, la gente estudia asumiendo que tal vez tenga que trabajar en otra cosa. La gente nacida a partir de los 90 ha tenido que asumir una vivencia laboral flexible y precaria.

–¿Qué consecuencias tendrá su situación laboral en el futuro?

–El modelo laboral tradicional tenía sus elementos oscuros. Era masculino, patriarcal, lesivo para el medio ambiente, hacía que las mujeres se retiraran del empleo... pero permitía mantener a toda la casa con un único sueldo industrial. No era la panacea pero los tiempos de ocio y trabajo estaban pautados y se podían configurar familias, consumos e ideologías. El trabajo era un perchero estable del que colgar lo demás, pero hoy no se puede colgar nada en él. El trabajo precario precariza la vida y cada vez existe una menor afección a quienes gestionan lo público. Se considera que no pueden garantizar los derechos básicos de la gente. Los empleos estables, que la gente tenga una vida que vivir con cierta tranquilidad, son vacunas contra el extremismo, pero estamos viviendo un retroceso a épocas que ya estaban superadas.

– Un gran porcentaje del salario se destina a la vivienda. ¿Es el momento de regular el alquiler?

–Entre los 50 y los 80, en los años gloriosos, el salario garantizaba la vivienda, los estudios y la salud. Hoy los sueldos son más escasos y muchas personas trabajan como autónomos cobrando por proyectos. Si el salario directo no es suficiente para el acceso a la vivienda habrá que recuperar prestaciones sociales y políticas públicas que lo permitan. Sin ingresos estables tampoco hay derechos de jubilación.¿Qué va a ser del futuro cuando las pensiones sean tan malas? En Euskadi ya lo estamos viendo con la RGI. Es escandaloso que tanta gente la cobre como complemento a la jubilación y que el 20%de quienes la perciben esté trabajando pero se encuentre por debajo del umbral de la pobreza.

–¿Pasa la solución por incrementar los impuestos a las empresas?

–El economista Thomas Piketty lo explica bien. Donde mejor funcionó la economía entre los 50 y 80 fue donde los impuestos eran altísimos y las empresas estaban localizadas, como en Estados Unidos.Lejos de un hándicap al emprendimiento supuso construir políticas públicas potentes. Pero la revolución neoliberal de los 80 nos ha cambiado el marco.

–¿Cómo desprecarizar el trabajo entonces?

–Hay que legislar a favor del empleo y apretar las tuercas al capital especulativo que desequilibra las cifras, como los fondos de inversión o tecnológicas como Amazon o Google. ¿Por qué no se nos ocurrió utilizar los ERTE en crisis anteriores? También están las medidas de reparto del trabajo, como la propuesta de Más País para semanas laborales de cuatro días, o medidas como la Renta Básica Universal. Hay cantidad de propuestas sobre la mesa pero falta voluntad y, al final, el empleo de hoy es precario y se parece más a Uber que a Altos Hornos.

viernes, 13 de noviembre de 2020

País nómada: supervivientes del siglo XXI

Jessica Bruder
País nómada: supervivientes del siglo XXI
Traducción de Mireia Bofill Abelló
Capitán Swing, 2020

"En la brecha cada vez más ancha que separa el debe del haber se perfila una pregunta: ¿A qué partes de nuestra vida estamos dispuestos a renunciar para poder seguir viviendo? [...] Este mes, ¿te saltarás alguna comida? ¿Irás a urgencias en vez de a tu médico? ¿Aplazarás el pago de la deuda acumulada en tu tarjeta de crédito con la esperanza de que no la pasen a cobro ejecutivo? ¿Dejarás de pagar las facturas del gas y la electricidad, cruzando los dedos para que no te corten la luz y no quedarte sin calefacción? ¿Dejarás que se acumulen los intereses de tu crédito estudiantil y sobre los plazos del coche con la esperanza de encontrar más adelante la manera de ponerte al día? Estas indignidades ponen de relieve una pregunta más significativa: ¿A partir de qué momento unas alternativas imposibles comienzan a destruir a las personas y a una sociedad?".

 

Dos males contemporáneos, la precariedad y temporalidad en el empleo, y la cada vez mayor dificultad para sostener el coste de alquilar o comprar una vivienda, confluyen para provocar una estrategia de supervivencia que ejemplifica a la perfección la exigencia de buscar "soluciones biográficas a contradicciones sistémicas" (Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim, La individualización. El individualismo institucionalizado y sus consecuencias sociales y políticas, Traducción de Bernardo Moreno, Paidós, 2003, p. 31). Si el acceso a una vivienda es imposible y los únicos empleos que se ofertan son temporales, ¿podría ser una solución cambiar el hogar por una caravana, con la que perseguir los empleos de temporada a lo largo y ancho del país?

La periodista Jessica Bruder ha investigado durante tres años un fenómeno nuevo, por ahora exclusivamente estadounidense, pero que permite visibilizar procesos de fondo que configuran un horizonte común para todas las sociedades capitalistas: la normalización de la precariedad laboral y vital.

"Vistas de lejos, en muchos casos sería fácil confundirlas con despreocupadas o despreocupados caravanistas jubilados. Cuando ocasionalmente se regalan una sesión de cineo una cena, no estacan entre el resto de comensales. Por su aspecto y sus ideas, son mayoritariamente gente de clase media. Lavan la roma en lavanderías de autoservicio y se apuntan a gimnasios para poder usar las duchas. En muchos casos, se lanzaron a la carretera cuando la gran recesión consumió sus ahorros. Para llenar el estómago y el depósito de gasolina, trabajan duramente largas jornadas en pesadas tareas manuales. En una época de salarios estancados y aumento del coste de la vivienda, se han liberado de los grilletes del alquiler y las hipotecas como una estrategia para ir tirando. Son supervivientes".

Vistas de lejos, tal vez. Pero vistas de cerca, como hace Bruder, nos encontramos con mujeres y hombres de más de sesenta años y hasta de más de ochenta, que ya deberían gozar de una merecida jubilación tras haber trabajo toda su vida en una sucesión de empleos de lo más variados (camarera, profesor de química en un instituto, acupuntora, minero, cartera, contratista de obras, empleada del servicio de atención telefónica de la Agencia Tributaria, cuidadora en un centro de tratamiento de lesiones cerebrales traumáticas o taxista), empleos que nunca les han aportado un mínimo de seguridad económica. En ocasiones, una enfermadad grave o un divorcio han sido la puntilla. Working poors, pobres con trabajo que han acabado deambulando por las carreteras "al ver que apenas ganaban lo suficiente para cubrir el coste de alquiler o los plazos de una hipoteca después de trabajar jornadas agotadoras en empleos sin aliciente que consumían todo su tiempo, sin ninguna perspectiva de mejora a largo plazo ni la esperanza de poder llegar a jubilarse algún día". En su diversidad, cada una y cada uno con su propia historia, la autora los percibe "como un microcosmos de una catástrofe nacional", como "una muestra de todos los desastres económicos que han afectado a la población estadounidense en los últimos decenios".

Amazon, una de las principales empresas beneficiarias de este ejército laboral de reserva sobre ruedas, tiene incluso un programa denominado CamperForce para reclutar trabajadoras y trabajadores itinerantes. La propaganda es luminosa, dan ganas de apuntarse y convertirse en "workcamper". Pero la realidad es bien distinta:

"El personal trabaja en turnos de 10 horas o más, durante las cuales puede llegar a recorrer más de 20 kilómetros sobre suelos de cemento mientras se acuclilla, se agacha, se inclina, alarga el brazo o se encarama para identificar, seleccionar y colocar en cajas las mercancías. Pasadas las Navidades, cuando cesa la avalancha de pedidos y Amazon ya no necesita al equipo de campistas, les rescinde sus contratos. Los trabajadores y trabajadoras temporales se marchan, formando lo que los directivos de la empresa describen jovialmente como un 'desfile de faros traseros'".

Pesadas jornadas de trabajo soportadas solo gracias al continuo consumo de analgésicos y antiinflamatorios como el ibuprofeno: "Me tomo cuatro por la mañana antes de salir para el trabajo y otros cuatro cuando regreso por la noche", confiesa una de las personas entrevistadas por Bruder. Y si se les terminan las reservas, no hay problema: "Amazon tenía dispensadores automáticos adosados a las paredes del almacén, donde podían obtener gratuitamente analgésicos de venta libre sin receta".

También son una mano de obra imprescindible para la recolección de frambuesas en Vermont, de manzanas en Washington y de arándonos en Kentucky; para controlar los accesos en los circuitos de carreras de NASCAR o para atender puestos de franquicias en los espectáculos de rodeo o en la Super Bowl; como vigilantes durante el verano de las zonas de acampada de los parque nacionales más visitados o como personal de las atracciones turísticas más destacadas del país; o para detectar fugas en las conducciones de gas. Son la perfecta mano de obra precaria para unas empresas que solo quieren personal estacional; su permanente movilidad, además, las imposibilita para organizarse sindicalmente.

Aunque algunas de estas personas intentan, y a veces consiguen, construir comunidades nómadas, encuentros temporales, con los que construyen y mantienen redes de apoyo mutuo, compartiendo conocimientos sobre técnicas de reparación de automóviles, montaje de placas solares y tuneo de furgonetas, o información sobre ofertas de empleo o lugares propicios para acampar. También se sirven de internet para mantener la conexión. Incluso han llegado a desarrollar un discurso y una identidad como "objetores de conciencia frente a un orden social corrupto en descomposición".

Pero, en general, predomina una imagen de inestabilidad vital, de explotación laboral, de creciente exclusión social.

"Pronto llegará el invierno y comenzarán los despidos habituales en los empleos de temporada. Las y los nómadas desmontarán el campamento y regresarán a su verdadero hogar: la carretera. Volverán a circular como góbulos sanguíneos por las venas y las arterias del país. Se pondrán en marcha en busca de amistades o familiares, o simplemente de un lugar donde no haga frío. En algunos casos, cruzarán todo el continente. Todas y todos contarán los kilómetros que se irán desplegando como un rollo de película. Cantinas de comida rápida y centros comerciales. Campos dormidos bajo la escarcha. Concesionarios de automóviles, megaiglesias y cantinas abiertas toda la noche. llanuras uniformes. Corrales de engorde, fábricas desocupadas, arcelaciones y grandes bloques de almacenes. Montañas nevadas. Los paisajes  que flanquean la carretera se van sucediendo a lo largo del día y mientars cae la noche, hasta que les vence la fatiga. Con ojos soñolientos, buscan un lugar donde detenerse a descansar. En los aparcamientos de los grandes hipermercados Walmart. En las calles tranquilas de los barrios del extrarradio. En las áreas de descanso para camiones, acunados por el ronroneo de motores ociosos. Luego, de madrugada -antes de que nadie advierta su presencia-, vuelven a la carretera. Siguen adelante, reconfortados por una certeza. Un aparcamiento es el único espacio libre y gratuito que aún queda en Estados Unidos".

Podría haberlo escrito Steinbeck. Un libro impresionante, cuya lectura recomiendo sin dudar.

El libro le ha servido a la directora Chloé Zhao para realizar su película Nomadland, galardonada con el León de Oro en el Festival de cine de Venecia de este año y protagonizada por esa excepcional actriz que es Frances McDormand.