Acaba de morir Sabino Ormazabal y siento la necesidad de escribir sobre él antes incluso de que el tiempo empiece a hacer su trabajo sobre la memoria. Porque la memoria personal es frágil: ordena retrospectivamente los acontecimientos, aproxima fechas, establece continuidades que tal vez entonces no percibíamos. No quisiera que eso me ocurriera al recordar a Sabino. Prefiero asumir las imprecisiones y contar simplemente cómo lo recuerdo y por qué su muerte me entristece tanto.
Creo que conocí a Sabino a principios de los años noventa. Y digo "conocí" de una manera un poco particular, porque durante algún tiempo nuestra relación fue exclusivamente telefónica. Él era entonces redactor jefe en Egin y yo participaba activamente en el movimiento de insumisión y era uno de los rostros más visibles de la Coordinadora Gesto por la Paz de Euskal Herria.
No era precisamente el lugar más sencillo desde el que iniciar una relación con alguien que trabajaba en Egin.
Sabino había impulsado en el periódico una sección titulada Ez-Bai, concebida como un espacio de debate. Lo interesante, visto desde hoy, es recordar algunas de las cuestiones que pretendía someter a discusión. Eran asuntos que en aquel momento resultaban especialmente difíciles de plantear dentro del universo político y cultural de la izquierda abertzale, porque apenas se concebían como cuestiones discutibles: entre ellas, la legitimidad de la violencia de ETA o determinadas concepciones del derecho de autodeterminación. Sabino me llamó para proponerme participar en algunos de aquellos debates. Acepté. Todavía conservo en mi despacho de la universidad fotocopias de aquellas páginas.
Casi al mismo tiempo se produjo otra circunstancia que recuerdo ahora inevitablemente unida a aquella. Joseba Macías, también fallecido, dirigía entonces Egin Irratia. A Joseba lo conocía mucho mejor: habíamos sido compañeros en la licenciatura de Sociología en la Universidad de Deusto y mantuvimos una relación que recuerdo con enorme cariño. También él me propuso entrar en un territorio que no era precisamente el mío: participar en las tertulias de la emisora. Y también acepté.
Ninguna de aquellas colaboraciones fue fácil. Yo me movía en un espacio político e ideológico en el que, para muchas personas, era considerado un enemigo. Eran años muy duros. Las fronteras políticas atravesaban también las relaciones personales y con demasiada frecuencia convertían la discrepancia en descalificación y al adversario en alguien moralmente sospechoso.
Por eso recuerdo especialmente a Joseba y a Sabino. Porque ambos me demostraron algo que en aquellos años distaba mucho de ser evidente: que para ellos yo podía ser un adversario, incluso un adversario radical en algunas cuestiones, pero nunca un enemigo al que hubiera que silenciar, excluir o eliminar. Podíamos discutir. Podíamos discrepar profundamente. Pero podíamos hablarnos.
Con el paso de los años fui encontrándome con Sabino en distintas ocasiones. Ya no recuerdo todas ni sabría ordenarlas cronológicamente. Sí recuerdo la sensación que me dejaban aquellos encuentros: cariño personal y una creciente impresión de que, más allá de nuestras procedencias políticas y de las diferencias que hubiéramos podido mantener, compartíamos cada vez más valores y una determinada manera de mirar la realidad.
No me parece casual, visto ahora, que una parte tan importante de su trayectoria estuviera vinculada al ecologismo, el antimilitarismo, la desobediencia civil y la noviolencia. Tampoco que dedicara tantos esfuerzos a recuperar experiencias de resistencia noviolenta y a reivindicar la coherencia entre medios y fines. Sabino entendió muy bien algo que a mí también me ha preocupado siempre: que la manera en que luchamos por aquello que consideramos justo forma parte de la justicia que pretendemos construir. No basta con tener razón en los fines si para alcanzarlos reproducimos aquello contra lo que decimos luchar.
Nuestras vidas volvieron a cruzarse de una manera especialmente paradójica cuando Sabino y otras personas vinculadas a la Fundación Joxemi Zumalabe fueron acusadas en el macroproceso 18/98. La acusación pretendía convertir determinadas prácticas de desobediencia civil en parte de la estrategia de ETA. Yo intervine como perito de la defensa y redacté en su mayor parte el informe pericial correspondiente.
Y aquí aparece una de esas paradojas que explican mejor que muchos tratados lo que fue este país durante tantos años. Mientras colaboraba en esa defensa frente a una acusación que pretendía vincular su actividad con ETA, yo vivía con escolta porque mi nombre había aparecido en la documentación del comando Buruntza de la propia ETA.
Durante mucho tiempo hemos vivido entre contradicciones como aquella. Personas amenazadas por ETA defendiendo los derechos de personas injustamente relacionadas con ETA. Personas procedentes de tradiciones políticas enfrentadas encontrándose en la defensa de los derechos humanos. Personas que habían estado en orillas distintas descubriendo que había puentes que siempre deberían haber permanecido abiertos.
Sabino acabaría siendo absuelto por el Tribunal Supremo en 2009. Pero su preocupación por las víctimas y por las distintas formas de sufrimiento provocadas por la violencia venía de antes y continuó después. Investigó sobre ellas, trabajó para hacer visibles sufrimientos que demasiadas veces cada comunidad política reconocía o ignoraba en función de quién los hubiera causado, participó en espacios de memoria y reconocimiento y siguió defendiendo la noviolencia activa como instrumento de transformación social.
En una sociedad que durante demasiado tiempo construyó relatos incompatibles del sufrimiento, Sabino se empeñó en mirar hacia distintas orillas.
Por eso, al conocer su muerte, he vuelto inmediatamente a aquellas conversaciones telefónicas de principios de los noventa. A aquel hombre de Egin que decidió llamar a alguien de Gesto por la Paz para pedirle que escribiera en las páginas de su periódico precisamente sobre algunas de las cosas que más nos separaban. Ahora comprendo mejor el valor que tenía aquel gesto. No porque nuestras diferencias fueran pequeñas. Precisamente porque eran enormes.
Dialogar no consiste en hablar con quienes piensan como nosotros. Tender puentes tampoco consiste en negar los conflictos ni en borrar las responsabilidades. Consiste en negarse a aceptar que una persona deba quedar reducida a la posición política que ocupa en un momento determinado. Creo que Sabino lo supo muy pronto.
Hace apenas unos meses todavía hablaba públicamente de la necesidad de críticas y autocríticas, de gestos y de puentes. Hay algo profundamente coherente en ese recorrido: desde aquel Ez-Bai que yo conocí hace más de treinta años hasta su trabajo posterior sobre la memoria, las víctimas, la reconciliación y la noviolencia. Fueron cambiando las preguntas, quizá todas y todos fuimos cambiando con los años, pero permaneció una determinada voluntad de abrir espacios donde las certezas cerradas pudieran convertirse en conversación.
Por eso siento especialmente su muerte.
No fuimos amigos íntimos. No compartimos militancia ni pertenecimos al mismo mundo político. Pero cada vez que nos encontramos sentí su cariño y creo que él sintió el mío. Y con los años fui descubriendo que compartíamos algo que para mí ha ido adquiriendo una importancia cada vez mayor: la convicción de que ninguna causa merece que dejemos de reconocer la humanidad de quien tenemos enfrente.
Sabino fue ecologista, antimilitarista, periodista, investigador, desobediente, defensor de los derechos humanos y militante de la noviolencia. Pero hoy, al recordarlo, todas esas palabras me parecen distintas maneras de nombrar una misma cosa. Sabino fue siempre un activista por la vida.
Y así quiero recordarlo.

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