A la sombra del hombre
Traducción de Carmen Criado
Alianza Editorial, 2023
"Sin duda el hombre eclipsa al chimpancé. Y, sin embargo, éste es una criatura de inmensa importancia para la comprensión del ser humano. De la misma forma que nuestra sombra se proyecta sobre el chimpancé, la de este se proyecta sobre los demás animales. Es capaz de resolver problemas muy complejos, puede usar y construir herramientas con fines muy diferentes, su estructura social y sus métodos de comunicación son refinados, e incluso muestra los rudimentos de una conciencia del yo. ¿Quién puede saber qué será el chimpancé dentro de cuarenta millones de años? Debería ser una preocupación para todos nosotros permitir que continúe viviendo y darle al menos la oportunidad de evolucionar".
Publicado por Jane Goodall en 1971, este libro, además de contar una historia fascinante, ha modificado nuestra manera de pensar el lugar que ocupamos los seres humanos en el mundo vivo. Es el relato de los primeros años de investigación de Jane Goodall con los chimpancés de Gombe, en Tanzania, pero es también una reflexión sobre qué significa observar a otros seres vivos y qué ocurre cuando esa observación empieza a desdibujar las fronteras que habíamos trazado entre "ellos" y "nosotros". Fue el primer libro de la investigadora sobre sus investigaciones en Gombe y combina memoria personal, relato de aventuras y divulgación científica.
Jane Goodall llegó a Gombe en 1960, con apenas veintiséis años y sin la formación académica que cabía esperar de quien iba a protagonizar una revolución en la primatología. Pero su mentor, Louis Leakey, había visto una ventaja en esa falta de formación convencional: buscaba una persona capaz de observar sin que las teorías dominantes determinaran de antemano aquello que podía encontrar. Los comienzos fueron frustrantes: los chimpancés huían de ella y durante semanas apenas pudo observarlos a distancia. Hasta que un macho adulto, al que llamó David Greybeard (David Barbagris), comenzó a tolerar su presencia:
"Me pareció increíble cuando, cerca de las diez de la mañana, David Greybeard pasó tranquilamente por delante de mi tienda y trepó a la palmera. Me asomé y pude escuchar sus gruñidos de placer al extraer el primer fruto, de color rojo, de su dura envoltura. Una hora después bajó del árbol, se detuvo para mirar, deliberadamente, al interior de la tienda y desapareció. Después de aquellos primeros meses de desesperación en que los chimpancés huían al verme a quinientos metros de distancia, me encontraba ahora frente a uno que parecía sentirse en nuestro campamento como en su propia casa".
Gracias a esto pudo acercarse progresivamente al grupo y contemplar algo que alteraría profundamente la comprensión científica de nuestra especie: chimpancés utilizando tallos para extraer termitas y modificándolos, quitándoles las hojas, para convertirlos en instrumentos más eficaces. La fabricación de herramientas dejaba así de ser una capacidad exclusivamente humana.
Seguramente lo más revolucionario de la investigación de Jane Goodall no sea ningún descubrimiento aislado, sino la manera de mirar que convierte en método. Frente a una ciencia que tendía a numerar a los animales para evitar cualquier tentación de antropomorfismo, ella les puso nombres: David Greybeard, Goliath, Mike, Flo, Fifi, Flint… Y los nombres importan porque expresan una convicción fundamental: no estaba observando ejemplares intercambiables de una especie, sino individuos con personalidades, historias y relaciones diferentes. La literatura científica de la época recibió con recelo esta práctica, precisamente porque parecía introducir una proximidad emocional incompatible con la objetividad científica. Jane Goodall no llegó a Gombe con un gran aparato experimental destinado a confirmar una hipótesis previamente formulada. Su conocimiento nace de una relación prolongada con un lugar y con los seres que lo habitan: camina, espera, mira, toma notas, vuelve a mirar. Una práctica científica basada en la paciencia y en la disponibilidad ante lo inesperado. Observar bien significa aceptar que la realidad pueda desmentir nuestras categorías.
Leído hoy, sorprende hasta qué punto aquella supuesta debilidad metodológica constituye una de las mayores fortalezas del libro. Jane Goodall observa durante mucho tiempo, compara comportamientos y reconstruye biografías. Descubre así que hay chimpancés audaces y tímidos, dominantes y subordinados, pacientes e irritables; madres extraordinariamente cuidadosas y otras mucho menos atentas; individuos capaces de establecer vínculos intensos y duraderos. Especialmente hermosas son las páginas dedicadas a Flo y su descendencia, que nos permiten seguir cómo las formas de cuidado materno influyen en el desarrollo posterior de las crías. La autora muestra también hasta qué punto la pérdida de la madre puede provocar alteraciones emocionales y físicas devastadoras.
Los chimpancés fabrican y utilizan herramientas, cazan, cooperan, compiten por la posición social, establecen alianzas, cuidan, juegan, abrazan, besan y consuelan. Buena parte de su comunicación gestual presenta sorprendentes semejanzas con la humana, semejanzas que Jane Goodall relaciona con nuestra ascendencia evolutiva común. Cada uno de estos comportamientos erosiona un poco más la frontera nítida con la que tradicionalmente hemos querido separar a la humanidad del resto de los animales.
Todo ello sin idealizar a los chimpancés. La cercanía evolutiva no significa inocencia natural y Jane Goodall documenta la rivalidad, la dominación, la agresión, la caza y la violencia, junto al afecto, el juego, la cooperación o el cuidado. Lo que descubrimos en Gombe es que muchas de las capacidades que solemos considerar específicamente humanas tienen raíces evolutivas mucho más antiguas. Los chimpancés no son seres humanos incompletos, sino otra especie cuya proximidad nos obliga a reconsiderar qué tenemos realmente de excepcional.
Más de medio siglo después de su publicación, algunas de sus conclusiones han sido ampliadas, matizadas o corregidas por décadas de investigación primatológica, pero el gesto intelectual y moral que contiene el libro permanece intacto: mirar a otros animales sin reducirlos de antemano a aquello que creemos saber sobre ellos. Después de leerlo resulta más difícil pensar que somos el centro de la vida y un poco más fácil reconocernos como una rama, extraordinaria sin duda, pero una rama al fin y al cabo, de una historia evolutiva mucho más antigua que nosotras y nosotros.




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