Los diablos
Traducción de Manu Viciano
Alianza Editorial, 2025
"-Se ha consultado a los oráculos del Coro Celestial y no dejan lugar a dudas. Vivimos en un mundo sumido en la tiniebla, un mundo en el que nuestra Iglesia es el único punto de luz. La única esperanza de la humanidad. ¿Permitiremos las personas justas que esa luz se extinga?
Esa pregunta sí que era fácil.
-Jamás, eminencia -dijo el hermano Díaz, haciendo vigorosas negativas con la cabeza,
-Y en esa batalla de lo que solo cabe describir como el bien contra lo que solo cabe describir como el mal, la derrota es inconcebible.
-Jamás, eminencia -dijo el hermano Díaz, haciendo vigorosos asentimientos con la cabeza.
-Estando en juego la creación de Dios y todas las almas que contiene, la mesura sería una necedad. La mesura sería una cobarde negligencia en nuestro deber sagrado. La mesura sería... un pecado.
El hermano Díaz tenía la angustiosa sospecha de estar internándose en inestable terreno teológico, igual que un oso torpe persiguiendo a conejos hasta el interior de un lago medio congelado.
-Hum...
-Llega un momento en que hay tamaña enormidad en juego que las objeciones morales devienen ellas mismas en inmorales.
-¿Ah, sí? O sea, ah, sí. Quiero decir: ah, sí. ¿Sí?
La cardenal Zikka sonrió. Aquella sonrisa fue, por algún motivo, incluso más inquietante que su ceño fruncido.
-¿Conocéis la Capilla de la Santa Conveniencia?
-Hum... no creo que...
-Es una de las trece capillas que hay dentro del Palacio Celestial. Una de las más antiguas, de hecho. Tan antigua como la misma Iglesia.
-Tenía entendido que hay doce capillas, una para cada una de las Doce Virtudes.
-A veces hace falta echar la cortina sobre ciertos hechos lamentables. Pero aquí, en el mismo corazón de la Iglesia, debemos mirar más allá de la mera apariencia de virtud. Debemos lidiar con el mundo tal y como es, valiéndonos de las herramientas disponibles.
¿Aquello era algún tipo de prueba? Dios, el hermano Díaz esperaba que sí. Pero, en caso de serlo, no tenía ni la más remota idea de cómo superarla.
-Eh... Esto...
-La Iglesia debe, por supuesto, mantenerse fiel a las enseñanzas de nuestra Salvadora. Pero existen tareas que hay que llevar a cabo y métodos empleados para los que las personas fieles e irreprochables... no son adecuadas.
El hermano Díaz supuso que, apurando mucho el ángulo, podría vérsele el sentido a este argumento, pero él no quería tenerlo ni cerca. Lanzó un vistazo hacia Jakob de Thorn, pero no encontró allí ninguna clase de ayuda. parecía un hombre cuyos métodos eran de lo más reprochables.
-No estoy seguro de comprender del todo...
-Esas tareas las lleva a cabo, y esos métodos los emplea, la congregación de la Capilla de la Santa Conveniencia".
Con Los diablos, Joe Abercrombie se interna en un territorio nuevo que, sin embargo, resulta inmediatamente reconocible para quienes hemos leído sus novelas anteriores. Siguen ahí la violencia descarnada, el humor negro, la desconfianza ante cualquier forma de heroísmo demasiado limpio y, sobre todo, esa extraordinaria capacidad para construir personajes que nos obligan a revisar continuamente nuestros juicios sobre ellos. Pero esta es, si cabe, una novela más abiertamente fantástica, disparatada y aventurera, incluso más divertida que buena parte de su obra anterior.
La historia transcurre en una Europa medieval alternativa, reconocible y al mismo tiempo deformada: iglesias enfrentadas, disputas dinásticas, cruzadas y luchas por el poder conviven con vampiros, licántropos, nigromantes, muertos vivientes y elfos, convertidos en el gran enemigo para la humanidad, en su "Otro" más radical. En ese mundo, el joven hermano Diaz descubre la existencia de la Capilla de la Santa Conveniencia, una organización clandestina mediante la cual la Iglesia hace aquello que necesita hacer pero que no puede reconocer públicamente como propio. La expresión es magnífica: hay principios que se proclaman solemnemente y excepciones que se administran discretamente.
La misión de Diaz consiste en acompañar a Alexia (Alex), una joven habituada a sobrevivir en la calle con inesperados derechos sobre el trono de Troya, hasta el Imperio oriental. Para ello contará con una compañía extraordinaria: un viejo templario casi indestructible, una antigua pirata, un vampiro aristocrático, una licántropa vikinga, una pequeña elfa y un nigromante tan poderoso como vanidoso. Son, literalmente, monstruos puestos al servicio de una institución que oficialmente los condena. Ahí se encuentra la primera gran ironía de la novela: para preservar el bien parecen resultar imprescindibles quienes han sido definidas y definidos como representantes del mal.
La novela adopta la estructura clásica del viaje y Abercrombie se concede permiso para divertirse. Se suceden persecuciones, emboscadas, combates, traiciones y matanzas, con un humor negro que en ocasiones convierte la violencia en algo casi grotesco. Esta exuberancia es uno de los grandes atractivos del libro, aunque también puede convertirse en una de sus debilidades: la sucesión de obstáculos adquiere por momentos un carácter paródico. Pero Abercrombie borda la habilidad para hacer que sus personajes se compliquen ante nuestros ojos: las caricaturas empiezan a mostrar grietas, aparecen historias, heridas, miedos, y aquella colección de monstruos pintorescos comienza a convertirse en una comunidad improbable.
La pregunta acerca de quiénes son realmente los monstruos atraviesa toda la novela. Quienes integran la Capilla lo son literalmente, pero alrededor de ellas y ellos encontramos seres perfecta y convencionalmente "humanos" capaces de torturar, asesinar y traicionar en nombre de Dios, del poder o de la estabilidad política. La distinción entre humanidad y monstruosidad deja de coincidir con la diferencia entre humanos y criaturas sobrenaturales. Pero esto no se apoya en una inversión moral simplista. Los "diablos" no son criaturas bondadosas e incomprendidas; siguen siendo violentos, egoístas y, en ocasiones, aterradores. Pero ser un "monstruo" no incapacita para la lealtad, el afecto o el sacrificio, del mismo modo que ser respetable no garantiza ninguna superioridad moral. No encontramos conversiones morales, pero sí aparece la posibilidad de que los vínculos modifiquen nuestra manera de comportarnos. Compartir peligros va creando obligaciones que ya no proceden exclusivamente de la fuerza o del interés, y es entonces cuando surge la posibilidad de que aparezca la ternura, cuando personajes capaces de cometer actos atroces descubren que alguien les importa. La comunidad no los convierte en "buenas personas", pero introduce una fisura en su egoísmo:
"Vigga era despreciable, por supuesto. Una pagana primitiva, nacida en la oscuridad de la ignorancia más allá de la luz de la gracia de la Salvadora. había varias de las Doce Virtudes para las que era una completa desconocida. Pero en lo relativo a varias otras -valentía, sinceridad, lealtad, generosidad-, podría haberles dado lecciones a la mayoría de los clérigos que él conocía. Era despreciable y, aún así, incluso aunque el hermano Díaz no era más que peso muerto para ella, nunca mostraba desprecio por él".
Lo que sí hay en Los diablos es una continuidad que merece señalarse con el conjunto de la obra de Abercrombie: el protagonismo de sus personajes femeninos. Desde Ferro Maljinn y Monza Murcatto hasta Savine dan Glokta, Rikke o, ahora, Alex, Vigga y Baptiste, las mujeres no aparecen como acompañantes de las aventuras masculinas ni como contrapunto moral de hombres violentos. Abercrombie no necesita convertirlas en personajes moralmente superiores para otorgarles centralidad y, en un género que tiende a reservar a los hombres la condición de sujetos de la aventura, esta normalidad del protagonismo femenino resulta especialmente significativa.
Abercrombie no es simplemente un magnífico escritor "de género", y Los diablos merece ser leída más allá de su condición de excelente divertimento. La fantasía no funciona aquí como una forma de evasión de la realidad, sino como una manera de tomar distancia de ella para observarla mejor. Tras vampiros, licántropos, nigromantes y muertos vivientes encontramos preguntas muy reconocibles sobre el poder, la violencia, la religión, la legitimidad, la obediencia, la exclusión y nuestra extraordinaria capacidad para justificar moralmente aquello que nos conviene. Porque la buena literatura fantástica -pensemos en El Señor de los Anillos- hace precisamente eso: construye mundos que no existen para permitirnos pensar de otra manera el mundo que existe. En este sentido, Abercrombie puede ser tan lúcido sobre el funcionamiento del poder, las instituciones o la violencia como el que mas. Que consiga hacerlo mientras nos hace reír, nos inquieta y nos mantiene pendientes de las peripecias de una banda de monstruos no disminuye el valor de su escritura, sino que lo aumenta.
Al comenzar el libro creemos saber perfectamente quiénes son "los diablos". Al terminarla, ya no resulta tan evidente. Conseguir que nos hagamos esa pregunta mientras creemos estar simplemente leyendo una endiablada novela de aventuras es, seguramente, una de las mejores demostraciones de por qué merece la pena leer a Joe Abercrombie.

No hay comentarios:
Publicar un comentario