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martes, 17 de diciembre de 2024

La irrevolución / Calle del Proletario Rojo

Dos libros recuperados gracias a la magia de las librerías de lance (me encanta este término) o de viejo. Publicados en la segunda mitad de los 70 del pasado siglo, ambos comparten una mirada crítica a dos de los referentes revolucionarios del siglo XX: mayo del 68 y la Revolución de Octubre o, más concretamente, a la posterior evolución de la URSS hacia un "socialismo burocratizado" (Vázquez Montalbán, prólogo a la edición castellana de Calle del Proletario Rojo). 
 
 
Pascal Lainé
La irrevolución
Traducción de Jordi Marfà
Planeta, 1975
 
“Ese es mi defecto; y tal vez, como se dice, el «mal del siglo»; es la irrevolución: es el movimiento contradictorio de una inquietud y de una crítica tan profundas, tal vez tan totales, que ellas mismas no escapan de su propio ácido, y se disuelven en su reflexión de sí mismas, se borran”.
 

En La irrevolución Pascal Lainé presenta un retrato agudo y desencantado de los años posteriores a las revueltas de mayo del 68 en Francia, centrándose en la experiencia de un joven profesor de filosofía que, lejos de la euforia revolucionaria de París, se instala en una pequeña y gris ciudad provinciana:

"[...] el aburrimiento crece como la mala hierba sobre las aceras de tierra batida; y realiza sobre los tejados una procesión de antenas, todas rectas, desgarbadas. El aburrimiento es la última lluvia, estancada en un hueco de la calzada; son las paredes que se manchan. es la ropa que cuelga en el balcón y que el viento flagela. El aburrimiento es esa mirada que aparta un pesado párpado de cortina, que mi mirada, al encontrársela por casualidad, hace retornar a la sombra".

El protagonista, un idealista marcado por los acontecimientos de mayo del 68, llega a esta ciudad de provincias con la intención de inspirar al alumnado de un liceo técnico ("muy limpios, muy educados y convenientes"), antesala de la fábrica, donde espera poder encontrar "jóvenes rebeldes [con] más motivo para serlo que nosotros, los estudiantes burgueses", esperando a alguien como él, "que les enseñara el arte y la forma de llevar a cabo su insurrección"

Sin embargo, pronto se encuentra atrapado entre el escepticismo de la comunidad local, las tensiones de su entorno laboral y sus propias contradicciones internas. A medida que se desarrolla la narrativa, se hace evidente la distancia entre los sueños revolucionarios y las limitaciones prácticas del mundo real, también del mundo real de las clases trabajadoras:

"Sí, el liceo técnico es un instrumento perfecto. En manos de la burguesía. Se enseña el amor por el orden, por el trabajo silencioso, se selecciona la élite del proletariado, se la educa; se le enseña la obediencia a base de minúsculas satisfacciones; se le enseña a no mirar demasiado lejos ni demasiado alto. El liceo técnico es la nodriza de los buenos chicos del proletariado".

A través de los ojos del protagonista, Lainé describe la pérdida de la energía transformadora de los movimientos de mayo del 68, que, al trasladarse a contextos más pequeños y conservadores, pierden su fuerza y relevancia. La novela explora cómo el idealismo filosófico del joven profesor choca con la apatía y el conformismo de la sociedad que lo rodea, llevándolo a una profunda crisis de identidad: "Yo que hablo de la Revolución; ellos que toman en notas la Revolución, obstinándose en creer que tienen que aprender todo lo que digo. ¡Qué farsa!".

Con una prosa precisa y cargada de ironía, la narrativa adopta un tono introspectivo, permitiéndonos entrar en el mundo interior del profesor, lleno de dudas, reflexiones y frustraciones. Un libro desilusionado y hasta desilusionante, pero también una meditación profunda y sincera sobre el legado de los movimientos revolucionarios y sobre la fragilidad de las utopías frente a las resistencias del mundo real.

"¡La revolución!, no tengo otra idea en la cabeza, al parecer. Pero, ¿qué revolución? ¿Qué revolución voy a hacer? Lo ignoro, y me abstengo de hacerla. ¡Qué se creen!, es algo muy complicado. Eso es la irrevolución: es la revolución cuando se convierte en algo complicado. Vean lo que es solamente reflexionar sobre ella. Por tanto, hacerla... Y , además, ¿para qué hacerla, quién me pide que la haga? Nadie. He ahí algo de lo que, por lo menos, estoy seguro; de lo que Sottenville me ha convencido totalmente. Por tanto, no hago nada; al igual que no hice nada en mayo del 68. Hablé; hablé mucho. Y no por no decir nada; sino por no hacer nada. Puesto que lo importante es no hacer nada.
No soy el único de mi especie. La irrevolución la vivimos todos así, en mayo del 68. Hicimos la irrevolución, no la revolución, porque ninguno de los que debían hacerla, la revolución, ni ninguno de nosotros esperaba encontrar en ella verdaderamente su satisfacción. Teníamos tal vez con qué cambiar el mundo; pero habríamos seguido siendo los mismos, los mismos seres sedientos en ese mundo nuevo, con la misma angustia de no haber hecho bastante".

Una reflexión sobre el impacto limitado de las grandes utopías colectivas cuando estas se enfrentan a las pequeñas realidades de la vida cotidiana. Aunque la novela se sitúa en un contexto histórico específico, sus temas universales sobre el desencanto, la alienación y la brecha entre ideales y realidad siguen siendo vigentes. La irrevolución resuena especialmente en momentos históricos como el actual, cuando las promesas de cambio parecen desmoronarse ante la inercia y la coerción sorda de las estructuras sociales.
 
 
 
Nina y Jean Kéhayan
Calle del Proletario Rojo
Traducción de Graziella Baravalle
Blume, 1979

"Ese día comprendimos por qué Kafka no se encuentra en ninguna librería".

 
Nacido en 1944 en Marsella de padres armenios que sobrevivieron al genocidio de 1915, Jean Kéhayan se afilió al Partido Comunista Francés en 1960. Durante un viaje a la URSS organizado por las juventudes comunistas conoció a la que luego sería su esposa, Nina, intérprete y profesora de ruso, hija de judíos de Europa del Este. En 1972, ya casados y con dos hijos pequeños, viajaron a la Unión Soviética encargados por el comité central del PCF de trabajar para en cuestiones de propaganda destinada a los países francófonos. Por elección personal, la pareja decidió no vivir en un alojamiento destinado a turistas extranjeros sino en un apartamento normal, para así poder experimentar la vida cotidiana de los y las ciudadanas soviéticas. Publicada originalmente en 1978, Calle del Proletario Rojo es la crónica de esa experiencia, que se prolongó entre septiembre de 1972 y septiembre de 1974. 

Con un prólogo y un capítulo final escrito a dos manos, el resto de los capítulos están firmados, alternativamente, por Nina o por Jean, y ofrecen un relato testimonial que combina observaciones cotidianas, entrevistas con ciudadanas y ciudadanos soviéticos y reflexiones políticas, describiendo diversos aspectos de la vida bajo el régimen comunista: la vida en los apartamentos comunales, el sistema de producción y distribución de bienes, la educación, los medios de comunicación, el sistema sanitario, el trabajo y las relaciones sociales.

En lugar de la utopía igualitaria que esperaban encontrar, los Kéhayan descubrieron una sociedad pasiva y cínica, marcada por la desigualdad, la corrupción, la burocracia y el control estatal sobre todos los aspectos de la vida, reduciendo al individuo al "estado permanente de simple ejecutante", ya que "a partir del momento en que el Estado y el Partido afirman detentar las riendas del progreso y aseguran que han sido tomadas las medidas necesarias para realizar los cambios, al ciudadano solo le queda esperar pasivamente lo que venga"
 
Calle del Proletario Rojo es una crónica sobre la pérdida de las ilusiones respecto al sistema soviético, pero sin caer en una condena absoluta: "Hoy, hemos decidido decir nuestra parcela de verdad", escriben. "No condenar a muerte a un país sobre el que se nos había hecho soñar, sino quebrar ese sueño, relatar lo cotidiano soviético tal como lo hemos vivido y no tal como nos lo habían inventado". Empeñada y empeñado en seguir militando en el comunismo, desde el convencimiento de que "toda transformación revolucionaria en [Francia] pasa por el Partido comunista y de que, por más doloroso que sea, el proceso de desovietización es ineluctable", Nina y Jean logran mostrar matices, reflejando tanto los problemas como los logros del sistema, y muestran empatía hacia las personas con las que convivieron, quienes enfrentaban las dificultades del sistema con ingenio.

En un mundo donde las tensiones entre los ideales políticos y su realización práctica siguen vigentes, la obra de Nina y Jean Kéhayan sigue ofreciendo lecciones valiosas sobre las limitaciones de los sistemas ideológicos totalizantes, que tan fácilmente derivan en totalitarios.

"Un tren corre y atraviesa la URSSS. Bruscamente se detiene. El mecánico, enloquecido, se asoma a un vagón: «Camarada Vladimir Illitch, los blancos han cortado las vías férreas, el tren ya no puede avanzar. ¿Qué hacemos?».
Lenin mantiene su sangre fría, se arremanga y dice: «Vamos camaradas, todos al trabajo, armémonos de palas y de picos y reconstruyamos todos juntos la vía férrea: que los blancos sepan que no les dejaremos hacer».
Cada uno toma sus herramientas, se pone a trabajar cantando y, poco después, el tren vuelve a partir.
Corre a través de la planicie rusa, días y noches, luego se detiene de nuevo, lejos de toda estación. El mecánico, pálido, acude: «Camarada Josep Vissarionovich, la vía férrea está cortada, los contrarrevolucionarios han pasado por ahí. ¿Qué hacer?».
Stalin no duda: «Hay traidores entre nosotros: fusilen inmediatamente a la mitad de los pasajeros; en cuanto a los otros, que se pongan la camisa rayada y a trabajar hasta que la vía férrea esté reconstruida. Poco importan los medios».
Así se hace inmediatamente.
El tren retoma su marcha, atraviesa los bosques de abedules bajo la nieve, la taiga, y nuevamente el mecánico ve los rieles cortados ante sí. Esta vez, piensa, mis minutos están contados, pero qué hacer, es necesario advertir; y goteando fríos sudores se presenta en el vagón: «Camarada Nikita Sergueievich, los enemigos de la Revolución no están todos muertos, la vía ha sido nuevamente saboteada, no podemos seguir nuestra ruta.
«No es nada, camarada mecánico. Tomemos los rieles que se encuentran detrás nuestro, coloquémoslos delante y así enseguida podremos por lo menos avanzar».
Y a lo largo de los kilómetros, los rieles son levantados, colocados, y el tren sigue.
Pero era demasiado bueno para durar. Poco tiempo después, el mecánico frena con un chirrido terrible: helado de miedo se presenta en un vagón: «Camarada Leónidas Illitch, Ud. no va a creerme pero, sin embargo, yo se lo aseguro, es cierto; los antisoviéticos y los imperialistas han cortado la vía una vez más. ¿Qué hacer?.
«Es muy molesto, responde Brejnev, pero podremos salir de esta. Que bajen las cortinas de todos los compartimentos y sacudan de vez en cuando los vagones para que todo el mundo tenga la impresión de que avanzamos…».

jueves, 27 de febrero de 2020

Revolucionarios: una revisión de los años sesenta

Joshua Furst
Revolucionarios
Traducción de Alba Montes Sánchez
Impedimenta, 2019

"O a lo mejor quieres que te hable de toda la cocaína que esnifó encima de la mesa cuando se suponía que tenía que estar cuidándome.
O de la vez en que me aderezó el zumo de naranja con ácido.
También está la vez en que intentó esconderme en su maleta para no tener que pagar mi billete a Nicaragua.
O la vez en que me llevó a la azotea del edificio de la Calle 7 para que los dos meáramos por encima de la cornisa sobre los dos agentes de la secreta que montaban guardia delante de nuestra entrada.
O la vez en que me disfrazó de judío jasidi y me exhibió delante de un desfile del KKK.
¿Quieres más? Tengo millones como estas".


El protagonista de esta novela (con trasfondo histórico más que reconocible) es Freedom "Fred" Snyder, hijo del icónico activista contracultural Lenny Snyder, alter ego de Abbie Hoffman (1936-1989).

¿Qué decir de Hoffman? Activista excéntrico ingeniosamente disruptivo, capaz de convocar a miles de personas para hacer levitar el edificio del Pentágono, fundador del Partido Internacional de la Juventud ("Yippies"), autor de libros esenciales para comprender la contracultura estadounidense como Woodstock NationRoba este libro, Soon To Be a Major Motion PictureYippie! Una pasada de revolución Letters from the Underground (con su compañera Anita), anarquista, firmemente comprometido con las luchas por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam (y más tarde contra la intervención americana en Nicaragua), pero también afectado de trastorno bipolar, drogadicto, acusado y encarcelado por tráfico de drogas, viviendo durante unos años en la clandestinidad, fallecido a los 52 años tras ingerir un centenar de píldoras de Fenobarbital combinadas con alcohol...

En la entrevista que le hizo en 1985 otro icono de los sesenta, Dany Cohn-Bendit, para su libro La revolución y nosotros, que la quisimos tanto (Traducción de Joaquín Jordá, Anagrama, 1987), un Hoffman de cuarenta años se definía así:

"Me he convertido en un militante viejo. Ya sabes, al envejecer uno se vuelve más blando, eso está claro. Ahora tengo niños, soy responsable de su bienestar, de su salud, de su educación... Reparto el tiempo entre mis obligaciones personales y mis deberes hacia la comunidad".

Sorprende leer esto. Porque los alegres, libertarios, floridos, contrahegemónicos y experimentales Sixties se tornan más oscuros y complejos cuando los contemplamos con los ojos de un niño, hijo de una pareja que formaba parte de la aristocracia contracultural de la época. Esta es la perspectiva que adopta Furst en su libro.

"Se erigió en pícaro, en sátiro, en el gran dios Pan que danzaba sobre sus patas de cabra a través de la jungla del Lower East Side. Empleó todas sus habilidades organizativas para crear una sociedad nueva. Decía: Nunca te fíes de nadie mayor de treinta años. Decía: Hoy es el primer día del resto de tu vida. Decía: El Flower Power es el poder del pueblo. Libera tu mente y tu mundo seguirá ese mismo camino. La realidad es aquello que tú hagas de ella. La revolución está en tu mente. Sintonízate, colócate y abandónate. Todo debería ser gratis. Y, atraídos por su mensaje, los jóvenes acudían a él sin cesar".

Este es el Snyder/Hoffman visto desde fuera. Muy distinto del que experimenta un niño abandonado toda la noche en un rincón, "derrumbado en un puf en una esquina, temblando", mientras su madre y su padre prolongan una fiesta tras otra; un niño que se siente permanente juzgado por un padre/icono/referente del que nunca logra estar a la altura, que lo desprecia abiertamente cuando es incapaz de robar unos dulces en una tienda; un padre casi siempre ausente.

"Recuerdo que surgía una nueva clase de esperanza en su presencia, un deseo de jugar con él, una corazonada de que quizá a él le apeteciera jugar conmigo. Puede que aquel día tuviéramos planeada una aventura, una excursión al parque o quizá asistir a la fiesta de cumpleaños de alguno de mis amiguitos, aunque no recuerdo haber tenido amigos. Tal vez fuéramos a coger el metro hasta la playa de Brighton, donde me desnudarían y me dejarían libre para jugar con las olas. Un día de celebración organizado en mi honor. [...] La cosa es que no fuimos a la playa, o al parque, o a la fiesta, o adonde fuera que se suponía íbamos a ir".

Tampoco era todo tan alegre para su madre, Suzy, parte de "un matrimonio abierto -del tipo que solo funciona en una dirección".

Por las páginas del libro aparecen innumerables personajes de la época: Herbert Marcuse, Allen Ginsberg, Saul Alinsky, Noam Chomsky, Norman Mailer, Bob Dylan, Marlon Brando... También el, al principio, inseparable colega de Snyder/Hoffman, Jerry Rubin (como Sy Neuman), luego enfrentados, cuando en los setenta Rubin rompió con el yippismo del que, con su libro Do it! fue tanto o más inspirador que Hoffman, para dedicarse con éxito al mundo de los negocios. Y, sobre todo, Phil Ochs, el más explicitamente antimilitarista de las y los cantautores de la época; un personaje dramáticamente ingenuo y bondadoso, maltratado por Snyder, que sin embargo va a ser el único siempre dispuesto a apoyarle, y que va a servirle a Fred casi como el único (aunque frágil) apoyo o referente adulto, además de su madre, en un mundo absolutamente anómico:

"Todos somos unos cabrones de una forma u otra. Phil era algo menos cabrón que la mayoría. Era buena persona. Se mostraba paciente conmigo. Yo no tenía ni idea de lo que era el alcoholismo, Mis padres eran fumetas. Cuando Phil conseguía mantenerse medio sobrio, me llevaba a museos y me hablaba de poesía".

Una mirada agridulce a una época esencial en la que el mundo cambió más de los que podemos imaginar, tal vez porque los seres humanos normalizamos incluso las transformaciones más radicales. Joshua Furst cierra el libro con un apartado de agradecimientos en los que incluye muy destacadamente a "Abbie Hoffman -provocación, inspiración- por haber existido. Ahora más que nunca, necesitamos tu espíritu en el mundo". Pero por favor -añadiría probablemente algún Freedom-, que esa nueva encarnación de Hoffman no sea mi padre o mi madre.


domingo, 6 de enero de 2013

La memoria de los vencidos

"Basta con unos pocos para que la memoria de los vencidos no se hunda en la nada".

Lo tenía entre mis "reservas" desde hace más de un año; creo recordar que fue una de mis últimas compras en La buena vida. Lecturas más recientes, más urgentes o más fáciles iban relegándolo, hasta que en estos días he podido disponer del tiempo y la calma necesarios para acometer su lectura.
Publicado por primera vez en Francia en 1990, en La memoria de los vencidos acompañamos a su protagonista, Alfred Barthélemy, entre los años 1899 y 1985. Huérfano, niño de la calle, acogido por una joven comunidad de militantes anarcosindicalistas, educado a través de las lecturas realizadas en una vieja librería de la Rue Monsieur-le-Prince (su primer libro será Los Miserables), por sus páginas transitan Lenin, Trotsky, Bujarin y Stalin, Alexandra Kollontai y La Pasionaria, Kropotkin, Durruti, Andreu Nin y Federica Montseny, Jaurès y Sorel. Pero también Péguy, Gorki, Berdiaev, Aragon y Malraux.

Siguiendo los pasos de Fred asistiremos en primera persona a la Revolución Rusa y a la Guerra Civil española, escenario de una lucha feroz entre dos maneras de concebir y practicar la revolución: el comunismo y el anarquismo.La victoria de los primeros significará la derrota de los segundos, esos vencidos a cuya memoria se consagra la novela de Michel Ragon; y significará, sobre todo, la derrota de la posibilidad misma de una revolución libertaria en Europa. Fred será testigo de esta derrota y cronista temprano de la deriva saturniana del bolchevismo soviético, cáncer del proyecto emancipador:
"Ahora, cada noche, una vez acostada Mariette, Fred ponía un cuaderno en un rincón de la mesa y escribía; describía todo lo que había vivido en Rusia, el entusiasmo de los primeros años de la revolución, el desencanto que le sucedió, la instalación del habitual aparato de Estado, la burocratización, la militarización, el universo carcelario, las rivalidades entre los jefes del Politburó, la marginación de la oposición... Recordaba lo que  Vergniaud, el líder de los girondinos, había dicho de la Revolución Francesa cuando llegó el Terror: 'Saturno devorando a sus hijos'. Quería titular así su libro. La revolución rusa también era como Saturno  devorando a sus hijos. El ogro bolchevique, después de haber engullido voraz a todos sus adversarios, devoraba ahora a quienes le habían hecho ogro. El ogro se devoraba a sí mismo".

La novela contiene una segunda línea argumental, una historia de amor fou que vincula a lo largo de todos los años en los que transcurre el relato a Fred y a Flora.
Y contiene, también, un mensaje de esperanza que surge entre tanta derrota y tanta traición a los ideales revolucionarios: "Habría que esperar todavía mucho para que naciera una nouvelle gauche, una nueva izquierda en los años 60, pero ahí estaba la brecha".

Recomiendo su lectura. No es una lectura sencilla, pero se trata de un ejercicio de memoria que une, a su calidad literaria, una reivindicación apasionada de la libertad y la moral como señas de identidad de cualquier proyecto de transformación de la realidad.  


La memoria de los vencidos, de Michel Ragon

lunes, 14 de marzo de 2011

¿Nos perderemos otra revolución?

En El refugio de la memoria Tony Judt cuestiona la realidad revolucionaria protagonizada por quienes, como él mismo, estuvieron "allí" -en las calles de las ciudades de Europa occidental- dando forma a aquel mítico Mayo de 1968, completamente ajenos a lo que en ese mismo momento estaba ocurriendo al otro lado del Muro, en la Europa del Este.

"Volviendo la vista atrás -confiesa Judt- no puedo evitar pensar que perdimos una oportunidad. ¿Marxistas? Entonces, ¿por qué no estábamos en Varsovia debatiendo los últimos restos del revisionismo comunista con el gran Leszek Kolakowski y sus alumnos? ¿Rebeldes? ¿De qué causa? ¿A qué precio? Incluso los pocos valientes conocidos míos que tuvieron la mala suerte de pasar una noche presos estuvieron por lo general de vuelta en casa para la hora de comer. ¿Qué sabíamos nosotros del valor que hacía falta para aguantar semanas de interrogatorios en las cárceles de Varsovia, seguidos de sentencias de prisión de uno, dos o tres años a estudiantes que se habían atrevido a pedir las cosas que nosotros dábamos por descontadas?
A pesar de todas nuestras grandilocuentes teorías sobre la historia, no fuimos capaces de darnos cuenta entonces de que nos hallábamos ante uno de sus momentos cruciales".

La revolución, piensa Judt, no se libraba sobre los adoquines de Paris, sino contra los tanques en Praga. Pero fue el primer mayo el que perdura en nuestra memoria, y no la marchitada primavera centroeuropea.

"Nadie debiera sentirse culpable por haber nacido en el lugar adecuado en el momento oportuno. En Occidente fuimos una generación afortunada. No cambiamos el mundo; más bien el mundo, servicialmente, cambio para nosotros. Todo parecía posible: a diferencia de los jóvenes de hoy, nunca dudamos de que tendríamos un trabajo interesante, así que no sentimos la necesidad de desperdiciar nuestro tiempo en algo tan degradante como una 'escuela de negocios?. Muchos de nosotros acabamos trabajando en la educación o en el servicio público. Dedicamos nuestras energías a hablar de lo que no funcionaba en el mundo y cómo cambiarlo. Protestamos contra las cosas que no nos gustaban, y estuvo bien que lo hiciéramos. Al menos desde nuestro punto de vista fuimos una generación revolucionaria. La lástima es que nos perdimos la revolución".

¿Nos estamos perdiendo de nuevo otra revolución?
Me sorprende el escaso interés práctico que las actuales revoluciones árabes han generado entre los movimientos progresistas y transformadores en Occidente.
No hay manifestaciones de solidaridad con las víctimas de la represión en Libia; no ha habido concentraciones en las plazas de nuestras ciudades en comunión con los concentrados en la plaza Tahrir de El Cairo.
¿Será que no sabemos cómo interpretar la revolución árabe?
¿Será que lo que exigen -democracia representativa, libertad de expresión, monarquía parlamentaria, ciudadanía...- nos parecen cosas que damos por descontadas?