En el silencio. La Gran Guerra, Mallory y la conquista del Everest
Traducción de Núria Molines Galarza
Pre-Textos, 2017
“[E]s una montaña infernal, fría y traicionera. Francamente, la presa no es lo suficientemente buena: los riesgos de que te atrape son demasiado grandes; el margen de fuerzas que puede tener un hombre a esas altitudes es muy pequeño. Puede que sea una auténtica majadería volver a subir. Pero cómo voy a quedarme al margen de esta partida de caza […] Parece más una guerra que un deporte, y quizá lo sea”.
Este libro monumental, con sus más de mil páginas, es mucho más que una historia sobre el Everest. Es una inmensa elegía sobre una civilización herida, una generación devastada por la guerra y la necesidad humana de encontrar sentido allí donde la historia parece haber dejado únicamente ruinas. En ese marco, el Everest aparece menos como un desafío deportivo que como un símbolo espiritual, político y existencial.
Wade Davis parte de un episodio ya mítico: la desaparición de George Mallory y Andrew Irvine durante el intento británico de alcanzar la cima en 1924. La pregunta legendaria -si lograron o no hacer cumbre antes de morir- sobrevuela toda la obra, aunque el autor deja claro muy pronto que esa no es la cuestión esencial. Lo verdaderamente importante no es si llegaron arriba, sino por qué necesitaban hacerlo.
A partir de ahí, el libro se despliega como una vastísima reconstrucción del mundo británico de entreguerras: el imperialismo victoriano, las élites formadas en Eton y Cambridge, el culto al honor y al sacrificio, la masculinidad heroica (y tóxica) heredada del siglo XIX y, sobre todo, el trauma colectivo provocado por la Primera Guerra Mundial. El libro termina convirtiéndose así en una gran arqueología moral de una civilización que intentaba sobrevivir espiritualmente después de haberse destruido a sí misma en las trincheras europeas.
Davis muestra con enorme sensibilidad cómo las expediciones al Everest fueron, en gran medida, una prolongación simbólica de la guerra. Muchos de aquellos hombres habían sobrevivido a Verdún, al Somme o a Ypres; habían visto desaparecer a toda una generación entre el barro, los gases y la muerte industrializada. Inglaterra había ganado la guerra, pero moral y espiritualmente estaba exhausta. En ese contexto, el Everest se convirtió en una empresa redentora, en una posibilidad de recuperar grandeza, cohesión y sentido. La montaña ofrecía algo que la guerra había destruido: una experiencia de riesgo todavía vinculada a la nobleza, la elección y la trascendencia. Allí donde las trincheras habían producido una muerte absurda y mecánica, el alpinismo parecía devolver a la existencia una cierta claridad moral.
Las páginas dedicadas a la guerra son de las más impresionantes del libro. Davis describe con enorme precisión histórica y emocional la devastación física y psicológica de la Gran Guerra: paisajes pulverizados, juventudes aniquiladas, cuerpos mutilados y hombres incapaces de expresar el trauma vivido. Muchos de quienes más tarde intentarían conquistar el Everest habían atravesado ese infierno; algunos habían perdido allí a sus mejores amigos, otros apenas habían sobrevivido. La ascensión aparece entonces como un intento de metabolizar el horror y encontrar, en el límite físico y espiritual de la montaña, una forma de reconciliación con el mundo.
"En octubre, Mallory fue ascendido a teniente y le destinaron a Francia. En Bélgica, la batalla de Passchendaele proseguía con furia desde finales de julio. Después de tres meses de incesante bombardeo, todo el universo del ejército británico había quedado reducido a un vertedero anegado de barro revuelto, envenenado por el gas y contaminado por los desperdicios de la guerra; caballos y mulas muertas, cadáveres sin cabeza, trozos y partes de cuerpos, cuadrillas de artilleros enteras que saltaron por los aires y quedaron clavados de cabeza en el barro al caer a tierra. La única manera de evitar que aquel atolladero te engullera era agarrarse a las pasarelas, senderos de madera colocados sobre el fango. Rápidamente convertidas en el blanco de los enemigos, se extendían como hilos entre los hoyos que habían dejando los proyectiles y eran cadenas de abastecimiento vitales que sólo podían usarse de noche. A medida que los hombres avanzaban -a ciegas, agarrados a las cuerdas de salvamento que se enhebraban a lo largo de los tablones de madera- podían oír cómo emergían en la oscuridad los gemidos y lamentos de los heridos, los gritos de desesperación que proferían los hombres mientras se arrastraban por aquellos hoyos, sólo para que se los tragara el insondable barro".
Este pasaje de Passchendaele parece casi una prefiguración infernal de la montaña. O quizá, más exactamente, la montaña aparece después como una tentativa de reescribir aquella experiencia del límite en otra clave: ya no la del sinsentido industrial de la guerra, sino la del riesgo asumido, la disciplina y la trascendencia. Las analogías son impresionantes: las pasarelas de madera suspendidas sobre el barro recuerdan inevitablemente las estrechas rutas de hielo y nieve que atraviesan los alpinistas en el Everest; las cuerdas de salvamento tensadas en la oscuridad evocan las cuerdas fijas que permiten avanzar sobre precipicios y grietas; los hombres que desaparecen tragados por el barro anticipan los cuerpos engullidos por avalanchas, grietas o tormentas. Incluso la experiencia sensorial parece similar: avanzar casi a ciegas, en silencio roto por gritos lejanos, en medio de un paisaje deshumanizado donde la naturaleza y la muerte se confunden. Tanto en Passchendaele como en el Everest el cuerpo humano queda reducido a una fragilidad extrema frente a una materialidad implacable. El barro y la nieve funcionan casi como equivalentes simbólicos: ambos son paisajes blancos o grises, indiferenciados, absorbentes, donde desaparecen las formas, las referencias y finalmente las personas mismas; el barro “traga”, la nieve también. Y en ambos casos las cuerdas son literalmente líneas de supervivencia: vínculos mínimos que permiten seguir avanzando hacia ninguna parte visible. De hecho, leyendo ese fragmento, uno tiene la sensación de que el Everest pudo ofrecer a hombres como Mallory una especie de inversión moral de la experiencia de la guerra. En las trincheras, las cuerdas y pasarelas conducían al absurdo, a la muerte mecánica y anónima. En la montaña, esos mismos gestos -encordarse, abrir huella, avanzar sobre el vacío- podían recuperar un sentido distinto: comunidad, propósito, dignidad, incluso belleza. La técnica corporal era parecida; lo que cambiaba era el horizonte simbólico.
En ese contexto emerge la figura de George Mallory, una de las últimas encarnaciones del héroe clásico occidental. Davis desmonta la lectura superficial de su célebre respuesta -“Porque está ahí”- y nos muestra a un hombre mucho más complejo: sensible, culto, vulnerable, profundamente marcado por la guerra y por una búsqueda casi desesperada de intensidad y significado. Mallory no escala únicamente por ambición deportiva. Escala porque necesita encontrar un lugar donde todavía sea posible experimentar plenitud, verdad o trascendencia.
Para Mallory y sus compañeros, la montaña tenía una dimensión casi metafísica. Había en ellos una mezcla profundamente romántica de disciplina imperial, fascinación por el límite y anhelo de absoluto. Aunque pertenecían a una sociedad progresivamente secularizada, Davis muestra cómo el Everest funcionaba como sustituto de la trascendencia tradicional. La ascensión adquiría la forma de un rito sacrificial, una peregrinación o una prueba espiritual. El vacío dejado por el derrumbe de las antiguas certezas encontraba en el Himalaya una nueva gramática de lo absoluto. Tras la Primera Guerra Mundial, las viejas certezas religiosas y morales habían comenzado a resquebrajarse, pero seguía intacta la necesidad humana de encontrar experiencias capaces de conferir densidad y trascendencia a la existencia. El Everest funcionó entonces como una especie de sustituto secular de la experiencia espiritual.
"Todo este movimiento se alimentaba de una búsqueda ulterior, que las gentes exhaustas abrazaban de buena gana, para mostrar que la vida y la muerte de un individuo podía tener sentido todavía, que la guerra no había enterrado todo heroísmo e inspiración. La imagen del noble montañero subiendo a las alturas, escalando entre la muerte, de manera literal, para llegar al paraíso celestial, mucho más arriba de la realidad sórdida del mundo moderno [...]".
Una de las grandes virtudes del libro es que evita cualquier idealización ingenua. Davis mantiene siempre juntas la admiración y la crítica. El mundo que produjo a Mallory era también el del imperialismo británico, el elitismo social y la arrogancia colonial. Las expediciones fueron posibles gracias a las estructuras del Imperio y a una visión profundamente jerárquica del mundo. Sin embargo, el autor intenta comprender a aquellos hombres desde dentro, reconstruyendo la lógica emocional y cultural que daba sentido a sus vidas. Y esa capacidad para tomarse en serio mundos humanos muy distintos del nuestro es precisamente una de las razones que hacen tan extraordinario el libro.
En el silencio tiene algo de gran novela decimonónica y de ensayo histórico total. El libro avanza como una gran corriente histórica en la que todo se conecta: la geopolítica imperial británica, la exploración colonial del Tíbet, la cultura de las escuelas privadas inglesas, las innovaciones técnicas del alpinismo, las relaciones entre los expedicionarios y la devastación moral dejada por la guerra. Davis escribe con una paciencia narrativa inhabitual, se detiene en biografías, contextos y detalles aparentemente secundarios hasta construir una obra inmensa, envolvente y a veces incluso excesiva. Pero justamente ahí reside su singularidad: al adentrarnos en sus páginas sentimos que no estamos leyendo únicamente la historia de una mítica expedición, sino el retrato crepuscular de toda una civilización. Mallory y sus compañeros aparecen como figuras liminares: hombres todavía formados por valores victorianos, pero arrojados ya al vacío moral y existencial del siglo XX. El “silencio” hacia el que avanzan no es únicamente el de las cimas nevadas; es también el silencio posterior a la catástrofe histórica: el de los muertos de la guerra, el de una generación incapaz de verbalizar el trauma, el de un imperio que empieza a intuir su decadencia y, finalmente, el silencio radical de la montaña, indiferente a todas las aspiraciones humanas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario