Agua negra
Traducción de Montserrat Serra Ramoneda
Fiordo, 2025
"Por qué no se atrevió a decir que se habían perdido, por qué no le dijo a él que diera media vuelta con el coche para regresar a su punto de partida, ¡oh, por favor!, pero no se quiso arriesgar a ofenderle.
Aquella agua negra era por culpa de ella, lo sabía. Sucede que una no desea ofenderles. Precisamente a quienes son simpáticos".
Leer a Joyce Carol Oates es dejarse penetrar por la experiencia de lo Unheimlich, de esa dimensión siniestra de lo cotidiano, de lo familiar. En este caso, la novela nos hace literalmente entrar en un accidente del que no se sale ya que la historia está escrita desde el interior mismo de la catástrofe, en ese instante suspendido donde la vida aún no ha terminado, pero ya no pertenece del todo al mundo de los vivos.
La novela arranca con una escena aparentemente trivial: una joven, Kelly Kelleher, sube al coche de un hombre poderoso, seductor, habituado a moverse en los círculos donde se decide el mundo. Hay en ella fascinación, deseo de ser elegida, una forma de expectativa que no es solo personal, sino también social. Él representa acceso, validación, futuro. El coche avanza en la noche a toda velocidad hasta que sufre un accidente y el vehículo se precipita al agua. Él logra salir. Ella queda atrapada.
Bajo la ficción late el incidente de Chappaquiddick, en el que el senador Ted Kennedy sobrevivió a un accidente en el que murió la joven Mary Jo Kopechne. Pero Joyce Carol Oates no escribe una novela política en sentido estricto. Lo que le interesa no es tanto el hecho como la estructura que lo hace posible: una red de relaciones donde el poder protege a unos y expone a otras. Y ahí entra una dimensión decisiva: la estructura patriarcal de género.
La identidad de Kelly está, en gran medida, mediada por la mirada masculina. Este fragmento lo condensa con brutal claridad: "Mientras su amante la quiso ella fue hermosa. Mientras ella fue hermosa su amante la quiso. Una proposición bien sencilla y aparentemente tautológica, que sin embargo se resistía a ser comprendida del todo". La aparente tautología encierra una trampa. No es una simple equivalencia: es un círculo de dependencia. Kelly es hermosa porque es deseada, y es deseada porque es hermosa. Pero esa “hermosura” no es autónoma: depende de la validación de otro. Él elige. Ella es elegida. Y esa asimetría no desaparece en el momento del accidente; al contrario, se revela en toda su crudeza. Cuando el coche cae al agua, la lógica que ha sostenido la relación se invierte de forma brutal: quien tenía el poder de elegir a Kelly tiene también el poder de (elegir) abandonarla.
Mientras el agua sube, Kelly piensa, recuerda, intuye, y en ese flujo de conciencia sigue actuando la interiorización de esa jerarquía: la necesidad de agradar, la dificultad para interpretar las señales, la tendencia a seguir confiando en quien encarna autoridad masculina:
"Aunque se había zambullido en el agua negra para rescatarla, él se encontraba lejos, y todo estaba tan oscuro, tan impenetrable... Y ella comprendió que le había ofendido y que el insulto era irreparable. [...] ¡Qué vergüenza, aquella desesperación con que se había agarrado al hombre, a la pernera de su pantalón, a su zapato! Mientras él daba patadas para liberarse, y le dejaba en la mano el zapato empapado".
Joyce Carol Oates construye una prosa fragmentaria, obsesiva, que reproduce el pensamiento en estado de shock. Pero también muestra cómo esa conciencia está atravesada por años de aprendizaje implícito: cómo comportarse, cómo ser deseada, cómo no incomodar. Incluso en el momento final, hay algo de esa lógica que persiste: una incredulidad ante el abandono, como si no encajara del todo en el relato que Kelly tenía de sí misma y del mundo. Y que esa lógica -la de ser elegida, la de confiar, la de quedar atrapada- sigue operando.

No hay comentarios:
Publicar un comentario