Una extraña derrota: Cómo el mundo consintió la aniquilación de Gaza
Traducción de Agustina Blanco y Luciano Padilla Lópoez
Siglo Veintiuno, 2026
"Como escribe el jurista israelí Chaim Gans, «no fueron los palestinos quienes sostuvieron una ininterrumpida persecución de los judíos por toda Europa durante el segundo milenio, y no fue dentro de su sociedad donde la emancipación de los judíos fracasó trágicamente en los siglos XIX y XX». Esto lo lleva a preguntar: «¿Cómo justificar que se les haga pagar a ellos este precio?». Probablemente sea esta la clave interpretativa última sobre el consentimiento de los países occidentales para aplastar Gaza: expiar por vía de terceros su participación en la destrucción de los judíos de Europa, aunque más no sea permitiendo la consumación de una segunda Nakba contra una población cuyo sacrificio el mundo ya había aceptado".
En este ensayo Didier Fassin retoma deliberadamente el título del texto que el historiador Marc Bloch escribió tras la caída de Francia en 1940. Pero si Bloch analizaba una derrota militar, Fassin se enfrenta a otra más profunda, a una derrota moral visible en la reacción -más bien, en la ausencia de reacción- ante la devastación de Gaza.
El ensayo no es una crónica de los hechos, ni una reconstrucción detallada del conflicto (aunque también hay algo de ello), sino una interrogación sobre las categorías morales que estructuran nuestras sociedades: ¿Cómo es posible que ciertos niveles de violencia resulten tolerables? ¿Qué mecanismos permiten justificar, minimizar o invisibilizar la muerte masiva de civiles? Citando a Judith Butler. ¿Por qué unas vidas merecen ser lloradas y otras no? El libro muestra cómo la empatía no es universal, sino selectiva, de manera que algunas vidas suscitan duelo mientras que otras apenas generan reacción. Algunas muertes son tragedias, otras se diluyen en el lenguaje técnico de los “daños colaterales”. Esa asimetría no es accidental, responde a una jerarquía implícita del valor de las vidas.
"Sin lugar a duda, el dato real que acuciará las memorias con más persistencia, ciertamente hasta en Israel, es que en la escena de Gaza la desigualdad de las vidas ha quedado en el candelero, ignorada por unos y legitimada por otros".
Fassin sitúa el foco en las democracias occidentales, en sus gobiernos, en sus medios de comunicación, pero también en su ciudadanía. Lo que le interesa no es solo lo que se hace, sino lo que se dice y lo que no se dice, la forma en que se nombran los acontecimientos, las palabras que se eligen o se evitan: todo eso forma parte de una economía moral que construye y distribuye la indignación de manera absolutamente desigual. El concepto de “extraña derrota” adquiere aquí todo su peso. No se trata de una derrota frente a un enemigo externo, sino de una renuncia interna, de la incapacidad, o la negativa, para aplicar los principios morales proclamados cuando resultan incómodos. Las mismas sociedades que reivindican los derechos humanos como fundamento de su legitimidad se permiten suspenderlos cuando entran en conflicto con sus alianzas o intereses.
El ensayo se convierte, así, en la disección forense de ese desajuste moral. Fassin no recurre a la denuncia enfática, su estilo es sobrio, casi clínico, pero precisamente por eso resulta más demoledor, al dar cuenta de cómo se construye una forma de normalización de lo intolerable. La pregunta que lo atraviesa no es quién tiene razón en el conflicto, sino qué dice de nosotras y nosotros la manera en que reaccionamos ante él.
Hay algunas consideraciones de Fassin que no comparto -especialmente algunas afirmaciones sobre el recursos a la violencia en situaciones de opresión que, poco matizadas, acaban alimentando un instrumentalismo burdo-, pero en conjunto el libro es una lectura imprescindible, de un autor profundamente comprometido con la defensa de la dignidad de todas las vidas. Ojalá sea cierto eso que dice al cerrar el libro, y la historia, que en la actualidad está siendo escrita por los vencedores, sea finalmente escrita por las víctimas. Ecos de Metz y su memoria passionis.

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