sábado, 28 de marzo de 2026

La magia (antidemocrática) del relato

En febrero de 2017 Deutsche Welle (DW), el servicio internacional de radiodifusión pública de Alemania publicó un artículo titulado «El mundo recurre a Hannah Arendt para explicar a Trump». El 20 de enero de 2017 Donald Trump había tomado posesión como 45º presidente de Estados Unidos. ¿Por qué esa referencia a Hannah Arendt?

Las reflexiones de Hannah Arendt sobre la verdad, la mentira y la política constituyen una de las aportaciones más penetrantes del siglo XX para comprender la fragilidad del espacio público democrático. Lejos de tratar la mentira como un simple vicio moral, Arendt la analiza como un fenómeno estructural que puede alterar las condiciones mismas de posibilidad de la acción política.

En Verdad y política (1964) Arendt distingue entre distintos tipos de verdad. Por un lado, la verdad racional o filosófica, propia del ámbito especulativo; por otro, la verdad factual, que se refiere a hechos concretos y contingentes: quién hizo qué, cuándo y cómo. Es esta segunda la que resulta especialmente vulnerable en la esfera política. Los hechos no son interpretaciones libres, y dependen de testigos, documentos, pruebas. Sin embargo, al ser contingentes y estar insertos en conflictos de intereses, pueden ser negados, silenciados o reinterpretados estratégicamente. Para Arendt, la política siempre ha tenido una relación tensa con la verdad, porque el poder busca persuadir y construir relatos, mientras que la verdad factual introduce límites a esta construcción.

En La mentira en política (1971), escrito tras el escándalo provocado por la publicación de los Papeles del Pentágono (un informe secreto del Departamento de Defensa que revelaba que la administración estadounidense había prolongado la guerra de Vietnam mientras ocultaba al público su verdadero alcance y sus dudas internas), Arendt sostiene que esa manipulación sistemática de la información no fue simplemente una sucesión de engaños puntuales, sino la manifestación de una forma de gobierno centrada en la «creación de imagen». En este modelo, gestionar la percepción pública se convierte en una prioridad superior a describir la realidad. El peligro no radica solo en que se difunda una falsedad concreta, sino en que la reiteración de distorsiones erosione el sentido común compartido.

Porque cuando todo el mundo miente constantemente, el resultado no es que la mentira sea aceptada como verdad, sino que ya nadie cree en nada, y cuando se pierde la confianza en la existencia de un mundo común de hechos, la capacidad de juicio se debilita. Sin juicio, la ciudadanía no puede deliberar ni decidir con responsabilidad y la democracia, que presupone ciudadanas y ciudadanos capaces de evaluar información y asignar responsabilidades, se vacía desde dentro.

Con Trump estas reflexiones han adquirido renovada actualidad. La proliferación de narrativas «alternativas» y la deslegitimación sistemática de medios y personas expertas han puesto en cuestión la idea de una realidad compartida. La política se ha transformado en una disputa permanente por el relato, donde la fidelidad a los hechos compite con la eficacia emocional del mensaje. Las redes sociales, con su lógica algorítmica, amplifican contenidos polarizadores y dificultan la verificación sosegada. En este contexto, la advertencia arendtiana sobre la destrucción del sentido común resulta especialmente pertinente.

También en Europa, el espacio público atraviesa tensiones profundas que no pueden atribuirse únicamente a la complejidad institucional. Construida sobre una arquitectura multinivel que exige altos niveles de confianza, la Unión Europea ha gestionado las crisis de la última década desde la opacidad, la tecnocratización y la priorización de intereses económicos sobre la deliberación democrática, imponiendo decisiones basadas en relatos públicos que negaban alternativas o presentaban como inevitables opciones profundamente ideológicas. El problema no es el desacuerdo, consustancial a toda democracia, sino la percepción ciudadana de quedar relegada a espectadora de decisiones alejadas del control público.

En varios países europeos ganan fuerza movimientos que cuestionan abiertamente estadísticas oficiales, consensos científicos o decisiones judiciales. El debate sobre la migración, el cambio climático o la violencia machista se ha visto contaminado por datos selectivos y afirmaciones sin base empírica, que erosionan la distinción entre hecho y opinión. Cuando todo se percibe como narración interesada, el terreno para la conversación común desaparece. También en España la política institucional parece haberse reducido a la batalla por el relato, y la identificación ideológica de muchos medios refuerza la percepción de que cada actor ofrece «su» versión de los hechos.

La normalización de la comunicación puramente instrumental, la manipulación sistemática o la difusión deliberada de falsedades no destruyen de inmediato las instituciones, pero corroen lentamente la base factual sobre la que se construye el consentimiento democrático. La respuesta no puede ser una ilusión de neutralidad absoluta ni la negación del conflicto. Arendt sabía que la política implica interpretación y disputa, pero insistía en que los hechos deben constituir un suelo común, aunque su significado sea objeto de debate. Proteger ese suelo exige transparencia institucional, independencia judicial, periodismo riguroso y educación cívica orientada al discernimiento crítico.

El acrónimo MAGA, marca pública del movimiento sociopolítico en torno a Trump, bien puede leerse simbólicamente como la promesa de una restauración ilusionista o taumatúrgica: «hacer América grande de nuevo» sin atravesar la complejidad institucional, económica y social que toda transformación democrática exige. En ese sentido metafórico, la dimensión «mágica» no sería inocente, sino problemática. Remite a una política que sustituye la deliberación por la consigna, la argumentación por la repetición, la conversación democrática por la adhesión emocional. La magia, entendida como pensamiento que busca producir efectos mediante palabras performativas y simplificaciones extremas, encaja bien con la lógica de la posverdad: no importa tanto la verificación empírica como la eficacia simbólica del enunciado.

Desde esta perspectiva, el riesgo no es solo la falsedad puntual, sino la renuncia al esfuerzo reflexivo que exige la democracia: contrastar datos, aceptar la pluralidad, distinguir entre hechos y opiniones, asumir la complejidad de los problemas públicos. Cuando la política se reduce a eslóganes que prometen soluciones inmediatas y restauraciones míticas, se empobrece el espacio público y se debilita la cultura cívica. La «magia» política, en su versión más peligrosa, no consiste en creer en lo imposible, sino en desactivar el pensamiento crítico.

La democracia arendtiana es exigente: no descansa solo en procedimientos formales, sino en la existencia de un mundo compartido que permita a la ciudadanía orientarse. Si ese mundo se fragmenta en burbujas narrativas inconmensurables, la libertad política pierde su sustento. Estados Unidos, Europa y España afrontan hoy ese desafío. Recordar a Hannah Arendt no es un ejercicio académico, sino una invitación a reconstruir la confianza en la verdad factual como bien público indispensable. 


Publicado en Noticias Obreras el 16 de marzo de 2026

No hay comentarios: