sábado, 28 de marzo de 2026

La tierra de las cosas perdidas

John Connolly
La tierra de las cosas perdidas
Ilustraciones de Riki Blanco
Traducción de Pilar Ramírez Tello
Tusquets, 2025

"Para su padre, el pasado y el presente discurrían juntos, casi siempre en líneas paralelas, pero se tocaban en lugares ancestrales, donde la tierra guardaba los recuerdos al igual que los cementerios guardaban los cadáveres, Esos recuerdos se incrustaban en la tierra y la roca, en el metal y la madera, e inoculaban su esencia en los materiales inanimados. Alrededor de esos lugares se reunían los mitos y las leyendas, y de ellos surgían relatos, libros, historias, de modo que el límite entre lo real y lo irreal se difuminaba cada vez más cuando cada narrador extraía varias capas de significado y añadía nuevas capas propias. Los hechos se volvían borrosos, imprecisos, y así se transformaba el mundo.
Porque, según le contaba su padre, cuando un libro o una historia se contaba por primera vez, la realidad en sí cambiaba. La historia se convertía en parte del mundo, y cualquier persona en la que arraigara, no volvía a ser la misma. Las historias eran una infección benigna, porque algunos libros podían cambiar a las personas a peor. Si vertías el veneno suficiente en un libro o retorcías la verdad lo suficiente en sus páginas, podías transformar una mente débil en una odiosa. Pero cuanto más lee una persona y más amplias son sus lecturas, más se fortalece su mente".


Con este libro el escritor irlandés John Connolly prolonga el eco de una obra anterior, El libro de las cosas perdidas,  pero con una voz más más sombría. No se trata tanto de una secuela como de una revisitación del territorio emocional y simbólico que Connolly ya había explorado con acierto, ese espacio donde los cuentos de hadas se vuelven inquietantes y la infancia deja de ser un refugio seguro.

La historia sigue a Ceres, una madre joven que, enfrentada a la tragedia de acompañar a su hija Phoebe, en coma profundo tras un atropello, se ve arrastrada a un mundo paralelo que parece construido con los restos deformados de los cuentos tradicionales. Este “país de las cosas perdidas” no es un lugar de consuelo, sino de confrontación: cada criatura, cada paisaje, parece reflejar una versión distorsionada de los miedos, traumas y deseos reprimidos. Connolly utiliza este escenario para construir una narrativa que oscila entre la fantasía oscura y el drama psicológico.

Como en toda la obra de Connolly, uno de los mayores logros del libro es su atmósfera. Hay una cualidad onírica en la forma en que se desarrolla la historia, pero siempre atravesada por una tensión latente, como si bajo cada escena hubiera algo más antiguo, más peligroso. En este sentido, Connolly dialoga con la tradición de los cuentos de hadas originales, alejados de sus versiones edulcoradas, donde la crueldad y la enseñanza moral van de la mano.

La novela explora con especial sensibilidad la pérdida y la transformación. No es un libro sobre “recuperar” lo perdido, sino sobre aprender a convivir con su ausencia. En ese sentido, la novela tiene una resonancia emocional notable, especialmente para lectoras adultas que pueden reconocer en Ceres una lucha más universal.

Aunque La tierra de las cosas perdidas se inscribe en la vertiente más fantástica de John Connolly, resulta especialmente interesante leerla a la luz de su obra más conocida: la serie protagonizada por el detective Charlie Parker. A primera vista, ambos universos parecen muy distintos, uno anclado en la fantasía oscura y otro en el thriller criminal, pero en realidad comparten un sustrato temático y tonal sorprendentemente coherente.

En las novelas de Charlie Parker, Connolly construye historias policiales que van mucho más allá del género, con una presencia constante de lo sobrenatural, lo inexplicable, lo que se filtra desde una dimensión moral o espiritual más profunda. Parker no es solo un detective; es un personaje marcado por la pérdida, por la violencia y por una búsqueda de sentido que rara vez encuentra respuestas claras. Esa misma huella emocional se percibe en La tierra de las cosas perdidas, donde el viaje de Ceres también está impulsado por el duelo y la necesidad de comprender lo aparentemente irreparable.

Connolly comparte en ambas líneas narrativas una fascinación por los límites entre el bien y el mal, enfrentándonos a una moralidad compleja, incómoda, lejos de cualquier simplificación. También hay un paralelismo claro en la atmósfera: tanto en los bosques oscuros y deformados de La tierra de las cosas perdidas como en los paisajes desolados y melancólicos de las novelas de Charlie Parker, Connolly demuestra una habilidad excepcional para crear entornos cargados de amenaza y belleza. Esa mezcla de lirismo y oscuridad es una de sus señas de identidad como autor.

Por todo ello, aunque este libro pueda parecer un desvío hacia la fantasía (incluso juvenil), realmente funciona como una extensión del universo emocional que Connolly lleva años explorando en la serie de Charlie Parker. Cambian los escenarios y las formas, pero persiste la misma mirada: una profundamente humana, consciente de la oscuridad, pero también de la necesidad, a veces desesperada, de encontrar significado dentro de ella.

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