La era está pariendo un corazón,
no puede más, se muere de dolor
y hay que acudir corriendo
pues se cae el porvenir
en cualquier selva del mundo,
en cualquier calle.
Debo dejar la casa y el sillón,
la madre vive hasta que muere el sol,
y hay que quemar el cielo
si es preciso, por vivir.
Por cualquier hombre del mundo,
por cualquier casa.
“Debo dejar la casa y el sillón”. Pocas veces una canción ha formulado con
tanta claridad una exigencia moral. En La era está pariendo un corazón,
Silvio Rodríguez no solo canta al dolor de una época, sino a la responsabilidad
individual ante ese dolor. La era, nuestro tiempo, está dando a luz algo, pero
ese nacimiento no es inocente ni está asegurado. Puede ser un corazón. O puede
ser otra cosa. Hoy, más que nunca, esa disyuntiva es real.
Cuba en el momento
decisivo
Cuba afronta uno
de los momentos más delicados de su existencia como país soberano. A la crisis
interna, marcada por el desgaste de un sistema político cada vez más cerrado,
se suma una presión externa que no puede ser ignorada. Las declaraciones de
Donald Trump afirmando que puede hacer “lo que quiera” con la isla no son una
simple excentricidad retórica: condensan una forma de entender el poder que
convierte a los países y a sus poblaciones en meros objetos disponibles.
Condenar esas
amenazas no implica, ni mucho menos, cerrar los ojos ante la deriva autoritaria
y nepotista del castrismo. Esa falsa dicotomía -o estás con el régimen o con su
asfixia- es una trampa intelectual. La misma que se reproduce en otros
contextos, como Irán o Venezuela. La posición honesta es más compleja, más incómoda,
pero mucho más justa y adecuada: rechazar simultáneamente la opresión interna y
la agresión externa.
En este punto, conviene
detenerse en un hecho que a menudo se diluye en el ruido político: las
sanciones económicas no son abstractas. Tienen consecuencias concretas,
medibles y, en muchos casos, letales. El artículo “The Health Toll of Economic Sanctions”
(El impacto de las sanciones económicas en la salud), publicado en The Lancet Global Health, documenta
precisamente ese impacto. Las sanciones, lejos de afectar exclusivamente a las
élites gobernantes, deterioran los sistemas sanitarios, limitan el acceso a
medicamentos y alimentos, y aumentan la mortalidad en poblaciones vulnerables. No
se trata de una opinión ideológica, sino de una constatación empírica: las
sanciones económicas matan.
Las sanciones
económicas impuestas por Estados Unidos o la Unión Europea entre 1971 y 2021 se
asocian con 564.258 muertes anuales, una cifra superior al número anual de
bajas relacionadas con combates (106.000 muertes). Aplicado al caso cubano,
esto significa que el bloqueo sostenido durante décadas no es solo una
herramienta de presión política, sino también un factor de sufrimiento
cotidiano para millones de personas. Reclamar su levantamiento inmediato no
equivale a legitimar al gobierno cubano sino a reconocer que no es aceptable
castigar a una población entera en nombre de un cambio político incierto.
El mundo que se
está gestando
“Hay que acudir
corriendo, pues se cae el porvenir”. No hay neutralidad posible cuando lo que
está en juego es la dignidad humana. Esto no implica empuñar un arma ni
alinearse ciegamente con un bloque geopolítico. Significa rechazar la comodidad
de las posiciones simplistas, asumir que la defensa de la vida y de la dignidad
exige denunciar tanto la represión interna como las políticas externas que agravan
el sufrimiento. Es una ética de la incomodidad.
Porque lo que está
en juego no es solo Cuba. Es el tipo de mundo que estamos construyendo. Cuando
líderes como Trump, Netanyahu o Putin normalizan el uso de la fuerza como
instrumento político central, cuando el lenguaje de la ley cede ante el
lenguaje de la imposición, lo que emerge no es un orden más justo, sino más
brutal. Porque, si no lo evitamos, lo que la era está pariendo no es un corazón
sino una bota, esa bota aplastando un rostro humano incesantemente que
anunciaba Orwell en 1984. Esa es la
alternativa real al corazón que imaginaba Silvio.
En este contexto,
la figura del poeta adquiere un significado particular. La historia recuerda
casos como el de Edward Thomas, que murió en el
frente durante la Primera Guerra Mundial. Su destino simboliza la fusión entre
creación y combate, entre palabra y violencia. Fueron muchos los poetas que combatieron y murieron en aquellas
trincheras. “Los periódicos no dicen la verdad de la guerra”, escribió Thomas
al poco de llegar al frente.
La tarea del poeta
no debería ser empuñar un fusil de asalto, sino resistirse a su lógica. Silvio
Rodríguez no necesita un arma para intervenir en la realidad: su canción ya es
una forma de intervención. Una que apela a la conciencia, no a la destrucción. Si
no hacemos nada, si aceptamos como inevitables las políticas que provocan
sufrimiento masivo, si normalizamos la lógica de la fuerza, entonces lo que
nacerá no será un corazón, será una bota.
Evitarlo exige lo
que la canción propone: abandonar la comodidad, rechazar las simplificaciones y
defender, por cualquier persona del mundo, por cualquier casa, un futuro que no
premie proyectos exterministas ni convierta el dolor en herramienta política.
La era está
pariendo, pero todavía podemos decidir qué será lo que nazca.
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