domingo, 29 de marzo de 2026

Solo tierra, solo lluvia, solo barro

Montse Albets
Solo tierra, solo lluvia, solo barro
Traducción de Natàlia Cerezo
Hoja de Lata, 2025

"No paran de surgirle dudas que no puede preguntar a nadir, porque ahora ya no hay ningún médico que le describa qué es lo que puede esperar, que resuelva las preguntas que la atormentan antes de que ella llegue a formularlas. Mientras estaban en el hospital fue así, intentaban prepararla poco a poco, acompañarla en su dolor. Pero era inútil, porque estaba sola tras una pared invisible que no podía atravesar nadie. Cierra el arcón procurando no hacer ruido, como si no quisiera despertar al niño, y vuelve a sentarse junto a su madre.
La pared de los retratos se desconcha; como la fachada, estropeada por el sol de pleno verano y la humedad del invierno".


En esta novela, orgánica como su título, Montse Albets construye una mirada de la maternidad que se aleja radicalmente de cualquier idealización. La historia parte de una experiencia límite para situar a su protagonista, Maria, en un territorio de suspensión, donde ser madre deja de ser una realidad concreta para convertirse en una identidad interrumpida, difícil de nombrar y aún más difícil de habitar.
 
Desde este punto de partida, la maternidad aparece como una herida abierta. No hay aquí vínculo ni aprendizaje, sino la conciencia dolorosa de lo que no ha llegado a ser. Maria no puede ejercer como madre, pero tampoco puede dejar de serlo,  atrapada en un espacio ambiguo, donde la maternidad se define por la ausencia. Esta tensión atraviesa toda la novela y convierte el duelo en una experiencia no solo emocional, sino también profundamente corporal. El cuerpo, que había empezado a transformarse para acoger la vida, se convierte ahora en un recordatorio constante de la pérdida, mientras la mente se fragmenta y el tiempo parece detenerse.

En este contexto de ruptura, la protagonista se repliega en la casa familiar, un espacio que funciona tanto como refugio como prisión. Es allí donde emerge otra dimensión fundamental de la maternidad: su carácter transgeneracional. A través de recuerdos, objetos y evocaciones, Maria reconstruye la presencia de su madre y su abuela, estableciendo con ellas un diálogo íntimo que desborda el tiempo. La maternidad deja de ser una experiencia individual para inscribirse en una cadena de mujeres, donde el dolor, la memoria y la resistencia se transmiten de unas a otras. Ser madre implica también haber sido hija, y en esa doble condición se articula una identidad compleja, hecha de herencias visibles e invisibles.

Este proceso no ocurre en un vacío. El entorno rural en el que se sitúa la historia introduce la mirada de la comunidad, que observa, comenta y, en ocasiones, acompaña. Pero no existen palabras suficientes ni espacios adecuados para acompañar este tipo de dolor. No hay superación definitiva, el dolor no desaparece, pero se insinúa la posibilidad de seguir adelante con esa ausencia radical, integrándola en una nueva forma de estar en el mundo.

El título condensa, de forma muy poética, el núcleo emocional y simbólico de la novela. En el contexto de la maternidad atravesada por la pérdida, puede leerse como una metáfora del descenso a lo esencial, despojado de cualquier idealización. La tríada “tierra, lluvia, barro” remite a lo primario, lo material, lo corporal. La maternidad, que a menudo se representa como experiencia luminosa o trascendente, aparece aquí reducida a sus elementos más básicos: el cuerpo, la biología, la materia. La tierra puede evocar tanto el origen de la vida como su final; la lluvia, aquello que fecunda pero también lo que cae sin control; y el barro, resultado de la mezcla de ambas, se convierte en una imagen ambigua, ligada tanto a la creación como a la degradación. Es una materia que ensucia, que pesa, que dificulta el movimiento. Puede leerse como imagen del duelo, un estado en el que avanzar cuesta, en el que todo se vuelve más lento y espeso. Pero también es una sustancia moldeable, lo que abre una lectura más ambivalente: en medio de la destrucción, existe la posibilidad, aunque frágil, de recomposición.

El uso insistente de “solo” (només) introduce una sensación de limitación y clausura. No hay consuelo, ni lenguaje suficiente, ni relato que ordene la experiencia. Para Maria, todo se reduce a ese paisaje emocional mínimo, casi inhóspito, donde el duelo lo ocupa todo. El mundo se simplifica hasta quedar reducido a elementos naturales que, lejos de ofrecer refugio, intensifican la sensación de aislamiento. El paisaje se convierte en una extensión del duelo.

"Hoy se me ha caído un vaso al suelo y me he quedado pasmada, mirando la mano vacía y los cristales desperdigados. Y no entendía cómo era posible que un segundo antes tuviera el vaso intacto y lleno de agua en la mano. Un segundo, solamente. Y ya no podía hacerse nada. Esto es lo que soy, mamá: un vaso roto, hecha añicos tan rápido que todavía no entiendo de dónde ha venido el golpe. Y ahora todo está roto y el agua se ha derramado por el suelo. ¿Te lo puedes creer? ¿Y qué se supone que tengo que hacer yo ahora?, dime. Quizá solo es eso, que no puede hacerse nada y que después de ciertas cosas hay que regresar a casa".

A través de la pérdida, la memoria y la genealogía femenina, la novela dibuja el recorrido de una mujer que, enfrentada a la fractura de su identidad, intenta recomponerse sin renunciar a lo que ha perdido. En conjunto, el título puede entenderse como una síntesis de la propuesta de la novela: una exploración de la maternidad despojada de mitos, reducida a materia, a dolor y a un proceso lento de reconstrucción en el que, como el barro, todo es inestable, pero también, tal vez, potencialmente transformable.


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