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sábado, 30 de noviembre de 2024

Tierra quemada

Jonathan Crary
Tierra quemada: Hacia un mundo poscapitalista
Traducción de Beatriz Ruiz Jara
Ariel, 2022
 
"La civilización industrial moderna está a punto de prenderle fuego al mundo. La erradicación de las formaciones sociales y las comunidades está íntimamente ligada a la extinción del sistema terrestre vivo del que depende la comunidad humana. Estamos experimentando ahora el capitalismo en su fase terminal de tierra quemada. [...] El capitalismo de tierra quemada destruye cualquier cosa que permita a grupos y comunidades buscar modos de subsistencia autosuficiente, de autogobierno o de apoyo mutuo".
 
Profesor de teoría del arte y autor reconocido por sus críticas incisivas al capitalismo y la cultura tecnológica, como en su anterior 24/7, ahora nos presenta una reflexión urgente y devastadora sobre las crisis contemporáneas. En este ensayo, Crary traza un recorrido que va más allá de las tecnologías digitales y las estructuras capitalistas, hacia una visión crítica de los mecanismos que perpetúan la explotación, la desigualdad y la devastación ambiental.
 
Escrito en el contexto de una crisis global que abarca desde el cambio climático hasta la alienación social, Crary presenta una obra breve pero contundente que desafía las narrativas optimistas sobre el progreso tecnológico. Se distancia de las visiones que ven en la tecnología digital una salvación o un simple instrumento neutral, y en cambio, señala cómo las plataformas digitales están profundamente entrelazadas con el colapso socioeconómico y ecológico:
 
"Pero la idea de que internet podría funcionar de manera independiente de las catastróficas operaciones del capitalismo global es una de las falacias más pasmosas de este momento. Están estructuralmente entreveradas, y la disolución del capitalismo, cuando se produzca, marcará el fin de un mundo dominado por los mercados y que han moldeado las actuales tecnologías interconectadas. Por supuesto, habrá medios de comunicación en un mundo poscapitalista, como siempre los ha habido en todas las sociedades, pero guardarán pocas semejanzas con las redes financiarizadas y militarizadas en las que hoy en día nos vemos enredados".

Crary advierte que no podemos enfrentar los problemas actuales sin cuestionar el sistema que los alimenta: el capitalismo en su fase tardía y depredadora, en cuyo seno el auge de las tecnologías digitales no ha sido una liberación, como prometieron sus defensores, sino un mecanismo de control y explotación. Según el autor, estas herramientas perpetúan formas de vigilancia masiva y consumismo desenfrenado, erosionando la capacidad de los individuos para imaginar alternativas al sistema dominante:
 
"Las distracciones digitales ilimitadas supusieron un freno al auge de movimientos antisistema masivos. Parte de esta entusiasta recepción a internet fue la expectativa de que sería una herramienta organizativa indispensable para los movimientos políticos alejados de las corrientes dominantes, lo que favorecería el impacto de formas de oposición más pequeñas y marginales. En realidad, internet se ha revelado como todo un conjunto de configuraciones que evitan o bloquean  incluso la tentativa de surgimiento de la organización y la acción antisistema sostenida. Sin duda, internet puede cumplir la función instrumental de transmitir información a elevadas cifras de receptores, por ejemplo, en beneficio de la movilización a corto plazo por causas individuales, a menudo relacionadas con la política identitaria, las 'revoluciones de colores' o efímeras expresiones de indignación. Por otra parte, convendría no olvidar que en las décadas de los sesenta y los setenta se lograron movilizaciones de grupos radicales con una amplia base y otros movimientos mucho mayores sin necesidad de mitificar los medios materiales que se emplearon para su organización".

Frente a este utopismo digital, el autor considera que la digitalización, lejos de ser un progreso neutral, está vinculada a la aceleración de la desigualdad y al aislamiento social y sostiene que nuestras interacciones digitales no son solo un sustituto de las relaciones humanas directas, sino un terreno diseñado para optimizar la extracción de datos y ganancias privadas. Pero lo primero es lo más relevante: la creciente "celularización el espacio público" acaba provocando la "desintegración [...] del andamiaje moral de a vida cotidiana".

Crary establece una conexión directa entre el capitalismo y la crisis climática, argumentando que el sistema económico global se basa en la explotación insostenible de los recursos naturales y humanos. Describe al capitalismo como un sistema de "tierra quemada", que arrasa con todo a su paso en busca de beneficios a corto plazo, sin consideración por el futuro del planeta. El autor denuncia que incluso las soluciones "verdes" propuestas por las grandes corporaciones y gobiernos -como la transición a energías renovables o las "ciudades inteligentes"- son insuficientes porque no abordan las raíces del problema: la lógica misma del crecimiento perpetuo y la acumulación: no hay solución que no pase por "desescalar radicalmente la necesidad de energía 24/7 sin límites y también de todos los productos y servicios desechables, innecesarios, que pervierten nuestras vidas y envenenan la tierra".

A pesar de todo, Crary no abandona por completo la esperanza. Insiste en la importancia de imaginar y construir un mundo más allá del capitalismo y de las tecnologías que lo sostienen y nos invita a considerar alternativas radicales que prioricen la equidad, la comunidad y la sostenibilidad, a imaginar un futuro en el que las relaciones humanas y con la naturaleza no estén mediadas por el lucro ni por tecnologías diseñadas para controlar y explotar.

En un mundo cada vez más dominado por la desesperanza, Crary nos recuerda que el primer paso para el cambio es reconocer la magnitud del problema y atreverse a imaginar algo diferente.

lunes, 21 de noviembre de 2022

Enseñar pensamiento crítico

bell hooks
Enseñar pensamiento crítico
Traducción de Víctos Sabaté
Rayo Verde, 2021
 
"Cuando los estudiantes llegan a las aulas universitarias, la mayoría tienen miedo de pensar. Y los que carecen de ese temor, a menudo van a clase asumiendo que no será necesario pensar, que todo lo que tendrán que hacer es procesar información y vomitarla en los momentos adecuados".


bell hooks (1952-2021) es una relevante pensadora que ya ha aparecido por aquí. Seguidora de Freire, comprometida con la educación como práctica de la libertad, en este recomendable libro comparte treinta y dos "enseñanzas" sobre la enseñanza, en realidad treinta y dos experiencias y aprendizajes propios que hooks comparte con sus lectoras y lectores. 
 
En el marco de una explícita pedagogía del compromiso (de nuevo Freire), la autora se propone como objetivo "que los estudiantes recuperen las ganas de pensar, así como su voluntad de alcanzar una autorrealización total" de manera que el alumnado pueda "pensar críticamente". Como docente, me identifico plenamente con sus reflexiones sobre el aula como una comunidad de aprendizaje, en absoluto propiedad o patrimonio de la profesora o el profesor, así como con su abierta defensa de una "enseñanza con amor". Es verdad que no somos "terapeutas", como dice hooks, ni "una ONG", como me recuerdan a veces algunas compañeras y compañeros; no lo somos, pero a veces no tenemos más opción que actuar como si lo fuéramos y, en cualquier caso, lo que no podemos es pensar que nuestras alumnas y alumnos son simple "fuerza de estudio". Lo explica perfectamente otro educador y autor, Daniel Pennac, en Mal de escuela, otra obra que debería ser lectura obligatoria para quien se dedique a la docencia:

"Nuestros «malos alumnos» (de los que se dice que no tienen porvenir) nunca van solos a la escuela. Lo que entra en clase es una cebolla: unas capas de pesadumbre, de miedo, de inquietud, de rencor, de cólera, de deseos insatisfechos, de furiosas renuncias acumuladas sobre un fondo de vergonzoso pasado, de presente amenazador, de futuro condenado. Miradlos, aquí llegan, con el cuerpo a medio hacer y su familia a cuestas en la mochila. En realidad, la clase solo puede empezar cuando dejan el fardo en el suelo y la cebolla ha sido pelada. Es difícil de explicar, pero a menudo solo basta una mirada, una palabra amable, una frase de adulto confiado, claro y estable, para disolver esos pesares, aliviar esos espíritus, instalarlos en un presente rigurosamente indicativo".

Y esto es algo aplicable no solo a los "malos" alumnos, ni a quienes estén "a medio hacer": todas, todos, entran (entramos) en el aula con una mochila a cuestas. Una pesada mochila de (no solo, pero también) inseguridades, miedos, debilidades, malestares, preocupaciones, dolores, vulberabilidades a los que no podemos dejar de atender como mejor sepamos. Podemos mirar hacia otro lado, refugiarnos en la idea de que solo somos enseñantes (ni siquiera educadoras o formadoras), pero la mochila seguirá ahí cuando despertemos.

Como ella misma dice, la relevancia que la temática del amor tiene en su obra y, más allá de esto, la forma "amorosa" (que no blandita, ñoña o acrítica) con la que hooks aborda incluso los temas más duros, pudiera llevarnos  a pensar que se trata de una pensadora no "tan radical ni tan militante" como otras. En absoluto y es precisamente esta característica de bell hooks, su radicalidad amorosa, la que la convierte en tan sugerente. El amor, sostiene, "es el único camino que nos permite crear un mundo que la dominación y los dominadores no pueden destruir" ya que "cuando nos dedicamos a amar, nos estamos dedicando también a terminar con la dominación".
 
El libro de bell hooks contiene, además, un poderoso capítulo (la enseñanza 18, "Aprender a superar el odio"), en el que reflexiona sobre "la importancia de que [las y los estudiantes] lean obras de autores que puedan ser racistas, machistas, homófobos o clasistas", como es el caso de uno de los escritores favoritos para hooks, William Faulkner. 

Un libro provocador que nos ayudará a reflexionar no solo sobre la forma en que enseñamos y aprendemos sino, en general, sobre la forma en que nos relacionamos y vivimos.

lunes, 3 de octubre de 2022

Greenwashing en Euskadi

Hoy en EL CORREO aparecen anunciadas, a página completa, dos actividades sobre turismo y movilidad sostenibles, una en Vitoria-Gasteiz, otra en Bilbao. Con amplia presencia de grandes empresas y apoyo explícito del Gobierno Vasco.

 
Tenemos claro que es mentira, ¿no? Que no hay turismo sostenible (¡si hasta lo decía el propio diario en su suplemento XL SEMANAL!) y que si por movilidad o infraestructuras sostenibles entendemos lo que la Diputación Foral de Bizkaia está haciendo en Bolintxu para seguir alimentando el transporte privado, apaga y vámonos.
 

Se llama greenwashing o, en román paladino, ecoblanqueo. Utilizar falazmente conceptos del ecologismo para reventar desde dentro su capacidad critica. Lo mismo que la idiota ocurrencia de la casa Balenciaga montando su desfile de moda en París en un escenario embarrado. ¿Reflexión sobre el lujo? ¿blasfemia? ¿provocación? Socialwashing, greenwhashing... idiotismo moral. Habrá que preguntar a las mujeres que han tenido que limpiar el escenario tras el show...

martes, 29 de octubre de 2019

El crepúsculo de la cultura americana

Morris Berman
El crepúsculo de la cultura americana
Traducción de Eduardo Rabasa
Sexto Piso 2011 (4º ed.)

"Éste es, entonces, un libro para personas excéntricas, para hombres y mujeres que viven  como expatriados en su propio país".


Publicado originalmente en el año 2000, el crítico e historiador de la cultura Morris Berman recurre a la comparación entre la fase final del Imperio Romano y la situación contemporánea de Estados Unidos para diagnosticar lo que, a su juicio, es una situación de profundo declive:

"Factores como la brecha creciente entre ricos y pobres, el creciente clima de apatía, cinismo y corrupción, y las dramáticas caídas en los niveles de alfabetización y conciencia intelectual en general [...] -que componen lo que colectivamente se denomina 'barbarismo interno'- fueron cruciales para el colapso de Roma y, creo, están también en el corazón de la crisis americana".

Berman analiza con detenimiento, particularmente en sus derivas culturales posmodernas, anti intelectuales o simplemente kitsch, que son objeto de críticas inmisericordes: "Vivimos en una continua descarga de adrenalina colectiva, un mundo de mierda promocional/comercial interminable que enmascara un profundo vacío sistémico, el equivalente espiritual del asma".

Aunque no deja de valorar las mediaciones institucionales y las acciones colectivas, se confiesa escéptico respecto al impacto real de las mismas, mostrándose "mucho más optimista respecto al impacto a largo plazo del compromiso individual".

Su propuesta para afrontar esta situación, que no para resolverla -pues considera que el declive forma parte del proceso mismo de civilización- es la que denomina opción monástica:

"No estoy hablando de ascetismo  o práctica religiosa, y sin duda tampoco de la organización en órdenes monásticas. Pero sí estoy hablando de renuncia. El 'monje' de hoy está decidido a resistir el movimiento y lo hiperbólico del orden mundial corporativo global; él o ella conoce la diferencia entre realidad y parques temáticos, integridad y publicidad comercial. [...] El nuevo monje es un humanista sacro/secular, dedicado no a los eslóganes ni a los dialectos posmodernistas en boga, sino a los valores de la Ilustración que se hallan en el corazón de nuestra civilización: la búsqueda desinteresada de la verdad, el cultivo del arte, la dedicación al pensamiento crítico, entre otras cosas".

Su objetivo sería "asegurar que lo que es valioso en esta civilización puede ser preservado y transmitido con la esperanza de generar renovación cultural en un momento posterior". Entre estos tesoros a preservar está también la tradición socialista: "Si la desigualdad social está en aumento, entonces el intento por cerrar a brecha entre ricos y pobres -la tradición socialista- es uno de nuestros grandes tesoros".

Un análisis frankfurtiano -Berman titula uno de los capítulos "Dialéctica de la Ilustración"- de un tiempo histórico ciertamente desolador en muchas de sus expresiones. Discutible pero provocador, lleno de sabiduría y excelentemente escrito (y traducido).





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miércoles, 23 de enero de 2019

Economías alternativas

Economías alternativas… ¿a qué?

El Diccionario de la Real Academia Española define la economía como la “administración eficaz y razonable de los bienes”. También como “ciencia que estudia los métodos más eficaces para satisfacer las necesidades humanas materiales, mediante el empleo de bienes escasos”. Así entendida, como administración razonable y eficaz dirigida a satisfacer necesidades materiales en entornos de escasez, parece evidente que las economías alternativas no pueden pensarse como alternativas… a la economía. Recordemos, en este sentido, que en el libro de 1974 titulado El antieconómico (Labor, 1976) sus autores, Jacques Attali y Marc Guillaume, terminan proponiendo una “teoría económica de la utopía” basada en la autogestión, al margen tanto del capitalismo monopolista como del socialismo burocrático.

Otra cosa es que la economía necesaria deba ser esta economía: capitalista, neoliberal, de mercado… podemos denominarla de distintas maneras, pero en el marco de esta reflexión yo prefiero hablar de economía desincrustada.

Karl Polanyi describió la gran transformación que significó el surgimiento del capitalismo en el siglo XIX como un proceso mediante el cual el sistema económico se separó institucionalmente del resto de la sociedad. A partir de ese momento, una economía que había funcionado siempre “incrustada” en la sociedad (sometida a normas comunitarias, políticas o religiosas), pasará a ser concebida como “un sistema autorregulador de mercados, regido por sus propias leyes, las así llamadas leyes de la oferta y la demanda, que se basan en dos simples motivos: el temor al hambre y el deseo de ganancia” (Polanyi, El sustento del hombre, Mondadori, 1994, p. 121). Desde esta perspectiva Polanyi considera que, más allá del significado formal del término economía (como elección entre distintos usos de unos medios escasos para alcanzar ciertos fines), este posee un significado substantivo que “nace de la patente dependencia del hombre de la naturaleza y de sus semejantes para lograr su sustento, porque el hombre sobrevive mediante una interacción institucionalizada entre él mismo y su ambiente natural” (Ibid., p. 92).

A partir de esta aproximación sustantiva a la economía se dibuja un espacio donde pueden enraizar y desarrollarse las llamadas economías alternativas.

Economías alternativas… ¿pero cuánto?


En esta reflexión, que quiere ser eminentemente aplicada, vamos a considerar que el campo de las economías alternativas viene configurado por la ubicación de los distintos programas o proyectos en dos ejes: a) el eje mercantilización-desmercantilización y b) el eje externalización-internalización. En relación al primer eje, de lo que se trata es de analizar si estos proyectos se conciben más bien desde una lógica mercantil o desde una lógica de los derechos. En cuanto al segundo eje, lo que tenemos en cuenta es si estos proyectos tienen o no en cuenta nuestra dimensión social y ecológica, y hasta qué punto incorporan (internalización) o no (externalización) los costes derivados de nuestra dependencia de la naturaleza y de otras personas.

Utilizando estas claves como plantilla de análisis, cabe imaginar un esquema en el que no resulta difícil ubicar los proyectos que podemos considerar más antagónicos: la economía neoliberal, caracterizada por su máxima mercantilización y externalización, y su opuesto, la propuesta decrecentista; en los términos de Serge Latouche, “el pensamiento creativo contra la economía del absurdo” (Decrecimiento y posdesarrollo, El Viejo Topo, 2009). 


Lo que no resulta tan fácil es ubicar en este esquema el conjunto de las llamadas economías alternativas, que buscan incorporar en grados muy distintos los costes ecológicos y sociales de la actividad económica, confiando más o menos en la capacidad del mercado para lograr esta internalización.

A modo de ejemplo, si nos fijamos en las propuestas económicas que pretenden resolver los problemas de externalización ecológica provocados por la insostenible economía neoliberal, no son iguales la economía azul (Gunter Pauli) o la economía circular (David Pearce y Kerry Turner), propuestas que confían en la capacidad del mercado y las empresas para afrontar la crisis medioambiental, o la economía ecológica (José Manuel Naredo, Joan Martínez Alier) y la bioeconomía (René Passet), que se ubican más claramente en el cuadrante internalización/desmercantilización.

Lo mismo cabe decir respecto de las propuestas que se confrontan con los problemas de externalización social (precariedad, exclusión, pobreza, insolidaridad, inequidad): mientras que la economía del bien común (Jean Tirole, Christian Felber) o la economía colaborativa (Ray Algar, Rachel Botsman y Roo Rogers) se sitúan en el espacio pro-mercado, la economía social y solidaria (Jean-Louis Laville, REAS, Willem Hoogendyk) o la economía del procomún (Elinor Ostrom, Yochai Benkler) supeditan la lógica mercantil a lógicas comunitarias o institucionales más amplias. Las mismas diferencias se dan en el campo de las economías feministas, donde podemos encontrar propuestas más (Sheryl Sandberg, Ann Cudd) o menos (Nancy Fraser, Silvia Federici, Amaia Pérez Orozco) compatibles con el capitalismo.


Economías alternativas e inéditos viables


Tal vez con la excepción de la denominada economía participativa o ParEcon de Michel Albert y Robin Hahnel, vinculada a una perspectiva sociopolítica libertaria, pero que hoy por hoy no pasa de ser una sugerente propuesta teórica, el conjunto de las llamadas economías solidarias, al menos aquellas que cuentan con algún desarrollo empírico, no pasan de ser economías complementarias de la economía dominante: no constituyen un proyecto alternativo capaz de competir en una escala apreciable con esta. Incluso los proyectos de Freeconomy, de vida “libre de economía”, como el popularizado por Mark Boyle en su libro Vivir sin dinero (Capitán Swing, 2016), no dejan de ser experiencias limitadas que, además, dependen en gran medida de aprovechar (reutilizar o reciclar) el derroche generado por la economía dominante.

El problema fundamental al que se enfrentan las economías alternativas es el de su escalabilidad o extensión, tanto en el espacio como en los distintos ámbitos del sistema social: la mayoría de las experiencias no superan el espacio local, o se limitan a aplicarse en un ámbito social concreto (consumo, cuidado, uso común, tiempo compartido…).

En la línea de la economía participativa (o libertaria, tal como la formulara en los 90 Abraham Guillén), las cooperativas integrales son la experiencia aplicada que más lejos ha llegado en su vocación de integralidad y alternatividad, como se muestra en esta definición de las mismas: “La Cooperativa Integral es un proyecto de autogestión en red que pretende paulatinamente juntar todos los elementos básicos de una economía como son producción, consumo, financiación y moneda propia e integrar todos los sectores de actividad necesarios para vivir al margen del sistema capitalista” (http://www.decrecimiento.info/2010/09/que-es-una-cooperativa-integral.html). Sin embargo, su extensión real, en participantes y en territorios, es reducida.

Sin embargo, el hecho de que, hoy por hoy, la alternatividad (en un sentido pleno) de estas propuestas o estas prácticas sea discutible, no las priva de valor. En su libro Construyendo utopías reales (Akal, 2014), Erik Olin Wright escribe lo siguiente: “Lo que necesitamos, por tanto, son relatos de casos empíricos que no sean ingenuos ni cínicos, sino que traten de reconocer por entero la complejidad y los dilemas así como las posibilidades reales de los esfuerzos prácticos a favor de la habilitación social”. En la versión original Wright habla de social empowerment, de “empoderamiento social”, reafirmando un concepto demasiado banalizado en su uso común.

Porque de eso es de lo que se trata: de contar con prácticas sociales cercanas y reales, orientadas por fuertes principios normativos, pero que no se queden en la mera afirmación ideológica. Prácticas de colaboración, de cooperación, de comunión, de solidaridad, de simplicidad, de autocontención, que desmientan el discurso hoy hegemónico del amoral y asocial homo economicus. Este es el reto y el valor de las economías alternativas: constituirse en inéditos viables, en “soluciones practicables no percibidas” (Paolo Freire, Pedagogía del oprimido, Siglo Veintiuno, 1980) que nos permitan visualizar, ya y aquí, ese otro mundo posible que todavía no es.

PUBLICADO EN DOCUMENTACIÓN SOCIAL

domingo, 13 de diciembre de 2015

El extremo centro, los bordes de la red y una calle que sigue siendo nuestra... pero no solo: reivindicación del compromiso.

EL EXTREMO CENTRO

En 1969 el escritor y activista anglo-paquistaní Tariq Ali publicaba el libro New Revolutionaires, editado dos años más tarde en español por la editorial mejicana Grijalbo con el título de Los nuevos revolucionarios: la oposición de izquierda. Recogiendo textos de autores todavía hoy tan reconocibles como Fidel Castro, Ernesto Guevara, Malcolm X, Ernest Mandel, Rudi Dutschke, Daniel Cohn-Bendit o Regis Debray, junto con otros seguramente ya olvidados, Ali escribe en un contexto de crisis económica y política que, no sólo desde la izquierda extraparlamentaria en la que se encuadra el autor, sino también desde instituciones ultrasistémicas como la Comisión Trilateral, es definida en términos de potencial crisis terminal del capitalismo. Su diagnóstico contiene, entre otros, los siguientes elementos:
  • La confianza de los trabajadores en el sistema ha sido destruida  y, en el caso de Francia, sólo la socialdemocratización del Partido Comunista ha permitido contener la protesta de la clase obrera.
  • En toda Europa existe una "tendencia hacia el gobierno consensual", desdibujándose las fronteras entre  la derecha y la izquierda institucional.
  • En Inglaterra, las "iniquidades del gobierno laborista" y  la "sumisión de los sindicatos" no tienen otro objetivo que "salvar al capitalismo inglés".
  • Las protestas contra la guerra de Vietnam (no las de "carácter pacifista", organizadas por la izquierda tradicional), la lucha del propio pueblo vietnamita, la Larga Marcha, la revolución cubana, las rebeliones estudiantiles, el movimiento del poder negro... son realidades que alumbran "un movimiento anticapitalista total".
En este contexto, Tariq Ali considera que la ausencia de una verdadera alternativa de izquierdas "alimenta un ambiente de cinismo y de desesperanza" en el que la población se divide entre quienes desean volver al "powellismo" (de Enoch Powell) "y, tratando de enfrentarse a los problemas reales, acusan de todo a los negros" (hoy diríamos a los inmigrantes), y entre quienes "están simplemente asqueados con la sofocante jerga parlamentaria". Para romper este clima, propone la creación de un "Partido Revolucionario Socialista Unido" que, en esencia, sería "similar al Partido Bolchevique de Lenin" y que debería agrupar "las distintas tendencias y facciones revolucionarias" para superar las diferencias sectarias y constituir una "Oposición Extraparlamentaria" capaz de plantear una lucha exitosa "contra el imperialismo en el extranjero" y "contra el capitalismo aquí". Año 1969...


Año 2015. Tariq Ali publica un nuevo libro que es casi el mismo libro que aquel de hace 46 años. Se titula El extremo centro. El "extremo centro" está compuesto por esos "políticos timoratos y dóciles que hacen funcionar el sistema" y que se sitúan tanto en la derecha neoliberal como en la izquierda socialdemocrática:
"Los sucesores de Reagan y Thatcher fueron y siguen siendo políticos de laboratorio: Blair, Cameron, Obama, Renzi, Valls, etcétera, comparten un autoritarismo que coloca al capital por encima de las necesidades de los ciudadanos, y defienden el poder de las grandes empresas con el marchamo de los Parlamentos elegidos democráticamente".
Su exposición de la caída de los líderes del Nuevo Laborismo, con Blair encabezando la alegre comitiva, en "el comedero" que la industria privada tiene montado para enriquecer a ministros y secretarios de Estado a la vez que estos mercadean con los contactos e influencias logrados durante su etapa de servicio público es tan inapelable como indignante, y recuerda demasiado la vergonzosa tradición española de las puertas giratorias, practicada con entusiasmo por todos los políticos que pueden permitírselo, de izquierdas, de derechas y nacionalistas de todo pelaje, con muy pocas excepciones: que yo sepa, en estos momentos, el único que tras su paso por un gobierno no ha saltado a la empresa privada es Rodríguez Zapatero.
Su conclusión reafirma la idea de "gobierno consensual" de 1969: "Desde la década de 1990 [¿no era antes?], la democracia ha adoptado en Occidente la forma de un extremo centro, donde el centro-izquierda y el centro-derecha se han compinchado para mantener el statu quo; una dictadura del capital que ha reducido los partidos políticos a la condición de muertos vivientes", de manera que "el sistema bipartidista se ha metamorfoseado en un gobierno de unidad nacional a todos los efectos".

Cuando Ali se plantea la cuestión de las alternativas -pero, ¿puede haberlas si, como escribe, "el consumismo lo ha conquistado todo. Se manipulan nuestras necesidades"?-, los hackers, el bolivarianismo, Syriza y Podemnos toman el relevo de Mao, Castro, el Black Power, el 68 o Vietnam. Sus esperanzas siguen puestas en el potencial crítico y transformador de los movimientos populares:
"Los movimientos surgidos desde abajo son un punto de partida imprescindible para cualquier cambio. Es la acción, la experiencia en la lucha, las victorias parciales, las derrotas, saber superarlas (a menudo de una forma impredecible), y los triunfos grandes y pequeños los que hacen cristalizar  las ideas, sobre todo las ideas radicales, que habitualmente están sumergidas bajo el peso del presente, en tiempos de un conservadurismo normal o de reacción violenta. Los movimientos de masas barren de un plumazo los límites de la conciencia existente, y reavivan o recrean la política radical".
De 1969 a 2015: algo menos Lenin y más Holloway; menos futurismo rupturista y más presentismo intersticial.

Es relativamente fácil -y para los actuales dirigentes del PSOE en pugna con Podemos puede ser tentador- hacer hasta chistes con estas cosas que escribían y escriben izquierdistas irredentos como Tariq Ali (en el caso de que lean, por supuesto; de esta pulla queda excluido por méritos propios José Andrés Torres Mora). Pero sería una equivocación.
Ciertamente, su aproximación al nacionalismo escocés me parece tan acrítica e ingenua como la de quienes asumen que el "derecho a decidir" es parte indiscutible de todo ideario de izquierdas; incluso parte esencial, condición no suficiente pero sí imprescindible para cambiar la realidad. Si, como escribe, "Ya NO existen diferencias fundamentales entre los partidos de centro-derecha y los partidos de centro-izquierda", ¿por qué razón "una Escocia independiente podría ser mucho más internacionalista y autónoma"? Es lo mismo que cuando se dice que una Cataluña independiente será más social, más solidaria, más justa, más ecológica, menos corrupta... ¡Ay, la etnopolítica...!
Lo mismo cabe decir de la autocoimplaciente mirada sobre su propia tradición política, el trotstkismo y sus muchos avatares. Sostener que sus fracasos se explican fundamentalmente por el hecho de que "un laborismo en avanzado estado de descomposición ... lleva un siglo paralizando a la izquierda, primero a los comunistas oficiales, y posteriormente a sus retoños trotskistas", es confundir casualidad con causalidad. Cada tradición, corriente, espacio, familia, clan, grupúsculo o secta de las izquierdas debería buscar explicaciones a la parálisis de la izquierda tanto en el contexto general en el que se desenvuelve la política como en las particulares peripecias de cada sector, pero no escudarse en la supuesta descomposición de otros para justificar la parálisis propia.

Pero el hecho de que, con algunos cambios en conceptos y protagonistas, el diagnóstico de Ali en 1969 y en 2015 sea tan parecido resulta una tragedia, sí, pero no sólo para la socialdemocracia, sino también para las izquierdas a la izquierda de esta.
Si cepillamos y limamos su diagnóstico y lo limpiamos de las muchas rebabas que deja en cualquier análisis el constitutivo aristocratismo de un ultraizquierdismo "tan impoluto como impotente" (Terry Eagleton), creo que, en lo fundamental, lo que entonces y ahora denuncia Ali sobre la deriva de la socialdemocracia tiene mucho de cierto. Otra cosa son las soluciones que propone.

LOS BORDES DE LA RED

Futuro perfecto
Qué distintas son las culturas políticas europea y norteamericana: más ideológica la primera, mucho más pragmática la segunda. Desde Estados Unidos escribe Steven Johnson, conocido sobre todo por su anterior libro, titulado Sistemas emergentes, publicado originalmente en el año 2000, y donde escribía lo siguiente:
"Es casi imposible pensar en algún otro movimiento político que haya generado tanta atención pública sin que surgiera de él ningún líder verdadero -un Jesse Jackson o un César Chávez- aunque solo fuera para beneficio de las cámaras de televisión. [...] Lo que vemos una y otra vez en esta nueva ola son imágenes de grupos distintos: marionetas satíricas, anarquistas vestidos de negro, sentadas y acciones de performance artística. Pero no vemos líderes. Para los progresistas de la vieja escuela los manifestantes parecen descabezados, fuera de control, una multitud de pequeñas  causas sin un principio organizativo. [...] Pero lo que no han sabido reconocer es que una  multitud puede ser poderosa e inteligente, y que si lo que intentas es plantar cara a una red distribuida, como es el capitalismo, harás bien en convertirte tú mismo también en una red distribuida".

Como el propio Johnson recuerda en su más reciente libro, Futuro perfecto. Sobre el progreso en la era de las redes, este párrafo fue escrito mucho antes de Occupy Wall Street y de los movimientos de indignados; lo que el autor tenía a la vista eran las protestas contra la OMC en Seattle en 1999. A partir de esa idea, en este libro propone una nueva política liderada por "peer progresives, pares progresistas", que caracteriza así: "Ser una par progresista significa creer en que la clave del progreso sostenido está en construir redes de pares, en tantos ámbitos de la vida moderna como sea posible: en la educación, en la sanidad, en la gestión de los ayuntamientos, las empresas privadas y los organismos estatales. Cuando surge una necesidad social para la que no hay respuesta, el primer impulso debería ser el de construir una red de pares que solucione el problema".
Y a esto se dedica el libro: a proponer distintas maneras de reconstruir algunas de nuestras instituciones más fundamentales de manera que dejen de ser redes centralizadas y puedan convertirse, no simplemente en redes descentralizadas, sino en redes diversificadas, instituciones donde "la tarea de identificar y resolver los problemas de la comunidad se desplazaría hacia los bordes de la red, alejándose de quienes hacen la planificación central".

Desde una perspectiva esencialmente aplicada y con un lenguaje que se hace extraño para los oídos del izquierdista europeo, el libro de Johnson ofrece sin embargo mucho material para la reflexión.

LA CALLE ES NUESTRA... PERO NO SOLO

Fruto del empeño de Mikel Toral, a partir del blog "La Transición", acaba de publicarse el libro La calle es nuestra. La transición en el país Vasco (1973-1982). Un libro que ve la luz en un momento político más que oportuno; un tiempo donde vuelve a hablarse de traiciones, de tradiciones y de transiciones, de rupturas y de asaltos, de emergencias y de insurgencias, de novedades y repeticiones, de posibilidades y de límites. Un libro para repensarnos desde la izquierda que fue y que, en muchos sentido, sigue siendo: con sus riquezas y sus debilidades, con sus claridades y sus contradicciones.

Del texto que abre el libro, escrito por Mikel Toral, recojo esta reflexión:

"Muchos de los que con más ahínco empujábamos en la calle -combatividad, lo llamábamos- soñábamos con ir más lejos, con aquella ruptura democrática. Nosotros también queríamos tomar el cielo por asalto.
Pero, como bien dice Antonio Rivera en el prologo, no estábamos solos. ¡Menos mal! Porque, como en innumerables ocasiones hemos comentado entre viejos excombatientes, miedo da si llegamos a ganar. [...] Y es que, la ambición de aquel sueño de cambio, con objetivos tan extremos y absolutos, lo habría convertido, de ganar, en una pesadilla.
Pero, ya es sabido, nuestro liderazgo en la calle no se tradujo en éxito en las urnas. Con todo, es innegable nuestra contribución a las luchas populares que dieron paso a las instituciones democráticas y a sus posteriores frutos: las leyes. Leyes que recogían gran parte de nuestras reivindicaciones y que a su vez nos desmovilizaron progresivamente, llevándonos a la desaparición o a la irrelevancia política. Eso era la democracia, pero nosotros no lo sabíamos. Entonces lo veíamos con pesar, hoy con cierto orgullo, no exento de crítica, más que de nostalgia. Porque, ¿de qué sirve la lucha en la calle si no se materializa en derechos y conquistas sociales?
Podemos decir, para lo bueno y lo malo, que nosotros estuvimos allí.
[...] Éramos, o nos creíamos, revolucionarios. Los sosegados análisis historiográficos, basados en datos objetivos y en un análisis distante, atemperan ese aserto. Pero nosotros éramos, sobre todo, militantes antifascistas. Lo demás era un añadido. Y por eso, aunque defendíamos en nuestros programas de máximos mundos perfectos, acabados y cerrados, o incluso la violencia revolucionaria, aquello de que el poder nace de la punta del fusil, nuestra lucha fue sobre todo pacifica y destinada a sumar más y más voluntades libres"
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Y del texto que lo cierra, firmado por Santi Burutxaga, inoxidable Hombre de hierro, esta otra:

"Los años 80 pusieron las utopías en su sitio; es decir, en el sitio donde no queríamos que estuviesen.[...]
Nos desconcertó. Resultaba que la democracia era eso, y no la nacionalización de la banca, la gestión compartida de empresas y universidades y la igualdad social. Era verdad que muchas de nuestras banderas: un cierto feminismo, una ecología, un prudente antiautoritarismo y pacifismo, se iban institucionalizado y formaban ya parte de la corrección política. Pero el conjunto, no por más permeable lo sentíamos menos opresivo. Le hicimos frente durante mucho tiempo con ironía, con gracia, pero el trasfondo era amargo. [...]
La juventud antifranquista de la Transición, la combativa, fue extraordinariamente generosa, se entregó por ideales universales y logró más de lo que se le suele reconocer. Pero lo hicimos con muy pocas y malas herramientas. Teníamos tan mal conocimiento de la realidad que podíamos fácilmente ser sugestionados por alucinaciones colectivas. Conocíamos la realidad solo por lo que habíamos leído. El pueblo, la clase obrera y la revolución eran conceptos literarios, y las representaciones míticas hacían de pantalla que impedía ver lo que realmente ocurría a nuestro alrededor. El voluntarismo sin límites, la convicción sin contraste de que se poseía la verdad y un nulo sentido y respeto de la complejidad democrática, hacían que en nombre de la lucha contra el sistema cualquier cosa fuese justificable. Muchos se quemaron en su propia hoguera, y otros mirábamos el holocausto.
A principios de los 80 descubrimos que no todo era posible; incluso algunas cosas ni deseables. Épater le bourgeois era más fácil que derrocarle. Nos hicimos adultos, seguimos acumulando contiendas y tejiendo y destejiendo anhelos, como hacía Penélope con su tejido, aunque sabíamos que no vendría Ulises y que no había ni Ítaca, ni épica, ni iluminaciones, ni playa bajo los adoquines; tan solo ideas y el coraje y la voluntad de defender democráticamente lo que se creía justo"
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REIVINDICACIÓN DEL COMPROMISO

Todo este recorrido a partir de lecturas recientes concluye en una última reflexión, que tomo prestada de uno de los sociólogos más interesantes del momento, François Dubet, tal y como la recoge en su libro titulado ¿Para qué sirve realmente un sociólogo?. Es una reflexión en la que diferencia entre la crítica y el compromiso, y considero que ofrece algunas claves para comprender mejor lo expuesto hasta ahora:

"Siento cierta irritación frente a la pose crítica [...]. Muy a menudo sucede que el punto de vista crítico postula una alienación universal de los actores sociales y de los individuos. En sociedades percibidas como puros mecanismos de dominación, como máquinas de desarrollar ilusiones y falsas ideas, se percibe a los individuos como a clones, peones, engranajes y, para decirlo sin vueltas, como imbéciles a menudo felices de serlo. [...] Si la alienación es general, ¿mediante qué movimiento de la voluntad puedo escapar de ella? [...] Si la hegemonía es tan absoluta como el punto de vista crítico suele afirmar, ¿gracias a qué milagro puede el pensador crítico desprenderse de ella?
Prefiero la noción de compromiso [...]. El compromiso es asunto de arbitraje entre principios normativos contradictorios unos con otros. En este punto estoy más del lado de Camus que del lado de Sartre [...]. Mientras la crítica se sitúa ´fuera del mundo´, al postular un horizonte donde se difuminarían las contradicciones -la abolición del capitalismo anularía todas las formas de dominación e instalaría el reinado de la libertad personal y de la armonía universal-, el compromiso requiere que aceptemos el carácter trágico de las alternativas morales que se nos imponen. Por decirlo en modo sencillo: es poco verosímil que ganemos alguna vez en todos los frentes. Y entonces tenemos que lidiar con el `trabajo sucio` de hacer que la vida social sea menos injusta y menos insoportable".

Por una cierta manera de entender el compromiso, en estas elecciones volveré a votar socialdemócrata. Pero, porque soy mucho más de Corbyn que de Valls, será la última vez que lo haga gratis.