sábado, 28 de noviembre de 2020

El país entre nosotros

Carolyn Forché
El país entre nosotros
Traducción de Andrea Rivas
Valparaíso Ediciones, 2016


"Era simple. Ella había venido
para encarnar la memoria de una poeta
cuyo cuerpo nunca fue encontrado"
.

 
Descubrí a Carolyn Forché gracias a su  libro autobiográfico Todo lo que han oído es cierto (Traducción de Martín Schifino y María Luz Nóchez, Capitán Swing, 2020), en el que relata sus estancias en El Salvador entre enero de 1978 y marzo de 1980, cuando empezaban a sentirse los primeros zarpazos de la terrible guerra civil que entre 1979 y 1990 provocó alrededor de 75.000 muertos, un millón de personas desplazadas y otro millón de emigrantes, todo ello en un diminuto país que en 1980 no llegaba a los 5 millones de habitantes. Un libro que me impresionó.

Luego vinieron sus primeros poemas recogidos en el libro Juntemos las tribus (Traducción de Claribel Alegría y Lillian Levy, Visor, 2017), en los que brillan ya las características de su escritura, expresión de su mirada sobre la realidad: el compromiso, la corporalidad, el protagonismo de la mujer, la empatía, la memoria de las víctimas. Ahora he leído su segundo libro de poemas, con el que, me temo, se acaba su obra publicada en castellano. A ver si alguna editorial se anima a publicar el resto de sus trabajos. El país entre nosotros se divide en tres partes. La primera, dedicada "a la memoria de Monseñor Óscar Romero", recoge ocho poemas y un brutal texto corto ("El coronel") a partir de su experiencia en El Salvador:

"Es un país pequeño.
No hay nada que un hombre no le haría a otro"
.

La segunda parte, titulada "Reunión", incluye trece poemas que nos llevan hasta Belgrado y Praga ("A los veintiocho / soy viejo, recordando botellas / que llenamos con gasolina / y encorchamos con harapos de vestidos / de nuestras madres, y que la sosegada / palabra soviética se pronuncia / entre escupitajos") y nos devuelven a su Detroit natal, para acabar en Mallorca, donde Forché pasó un verano con la poetisa nicaraguense-salvadoreña Claribel Alegría, exiliada, traduciendo sus poemas al inglés.

La tercera parte está dedicada a su amigo Terrence Des Press (no Terence, como por error se indica en el libro), y se compone de un solo poema, "Nosotros mismos o nada". Des Pres, autor del libro The Survivor: An Anatomy of Life in the Death Camps ("El sobreviviente: anatomía de la vida en los campos de la muerte"), escrito a partir de los testimonios de setenta y siete supervivientes de campos de la muerte nazis y soviéticos, se ahorcó en 1987. Carolyn Forché dedica un emocionante recuerdo a su amigo desaparecido, con quien compartía pasión por hacer memoria de las víctimas:

"Ve tras eso que está perdido
y las fosas comunes de los muertos del siglo
se abrirán en las horas de tu amanecer:
Belsen, Dachau, Saigon, Phnom Penh
y aquel significativo Bridge of Ravens,
Sao paulo, Armagh, Calcuta, El Salvador,
aunque estos no son los mismos"
.

En una entrevista de 2017, oportunamente titulada "Una inagotable responsabilidad por el otro", Carolyn Forché cuenta que El país entre nosotros pudo publicarse, después de ser rechazado por varias editoriales, gracias al interés que suscitó en Margaret Atwood, quien la animó a ponerlo en manos de un agente conocido suyo. En esta entrevista profundiza en su idea de la poesía del testimonio ("Poetry of Witness"). Una poesía política, pero no en el sentido estrecho del término, como indicaba en otra entrevista:

"Estamos acostumbrados a categorías demasiado simples: distinguimos entre poemas 'personales' y 'políticos'. Esta distinción concede al ámbito político demasiado y a la vez muy poco alcance; al mismo tiempo, hace que lo personal sea demasiado importante y no lo suficientemente importante. Si renunciamos a la dimensión de lo personal, corremos el riesgo de renunciar a uno de los lugares de resistencia más poderosos. La celebración de lo personal, sin embargo, puede indicar una miopía, una incapacidad para ver cómo las estructuras más amplias de la economía y el Estado circunscriben, si no determinan, el frágil ámbito del individuo".

Poesía que conmueve hacia adentro, que emociona por su lirismo, pero que también busca con-movernos hacia afuera, ponernos en movimiento. Así nos lo recuerda en uno de los poemas de este libro:

"No es tu derecho sentirte impotente".


lunes, 23 de noviembre de 2020

Secretos a voces

Alice Munro
Secretos a voces
Traducción de Flora Casas
Debolsillo, 2016 (RBA, 2010)

"Pero no me sentía abatida. Había hecho un cambio drástico en mi vida, y a pesar de los remordimientos que experimentaba a diario, me sentía orgullosa. Como si al fin hubiera salido al mundo, con una piel distinta. Sentada a la mesa, prolongaba una taza de café o una sopa una hora, aferrándola con las manos mientras mantenía algo de calor. Leía, pero sin ningún objetivo concreto. Frases sueltas de los libros que siempre había querido leer. A veces, esas frases me resultaban tan gratas, o tan esquivas o maravillosas, que abandonaba el resto de las palabras y me sumía en un estado de ánimo especial. Despierta y somnolienta, aislada de la gente pero al mismo tiempo consciente de la ciudad en sí misma, que se me antojaba un lugar extraño".

Ocho relatos de la Nobel canadiense Alice Munro. Ocho inmersiones en otras tantas historias protagonizadas por mujeres en contextos temporales y geográficos diversos, pero siempre complicados. Mujeres que sufren, pero que Munro no describe como víctimas. 

Una bibliotecaria soltera que es testigo de las tragedias de las y los habitantes del pequeño pueblo de Carstairs, durante los años finales de la Primera Guerra Mundial y en plena epidemia de "gripe española", esperando el regreso de un vecino del pueblo a quien no conoce, convaleciente en un hospital militar, con el que inicia una improbable relación epistolar. Una joven campesina grandullona, independiente y salvaje, que nunca había pensado en el matrimonio y a quien sus amigas y vecinas jamás hubieran imaginado casada ve como en su vida se cruza un rico forastero que le declara su amor (otra relación improbable) y acaba casándose por la presión de sus amigas, residiendo en Australia con su marido y viviendo un sin fin de aventuras:

"'He engordado tanto que ni la reina de Tonga', escribió Dorrie desde Australia, años más tarde. En una fotografía se veía que no exageraba. Tenía el pelo blanco, la piel morena, como si se le hubieran disparado todas las pecas y después se le hubiesen juntado. Llevaba un vestido enorme, con colores como de flores tropicales. Con la llegada de la guerra se acabó la posibilidad de viajar, y cuando terminó, Wilkie se estaba muriendo. Dorrie se quedó en Queensland, en una finca enorme en la que cultivaba caña de azúcar y piñas, algodón, cacahuetes, tabaco. A pesar del volumen que tenía, montaba a caballo, y había aprendido a pilotar aviones. Realizó viajes ella sola por aquella parte del mundo, había cazado cocodrilos. Murió en los años cincuenta, en Nueva Zelanda, mientras escalaba una montaña para ver un volcán".

Más historias. Una mujer norteamericana que viaja sola por Europa es atacada mientras atraviesa en compañía de un guía las salvajes montañas de Albania, se recuperará en un inhóspito poblado y se adaptará a la vida de sus habitantes hasta el punto de romper con su vida anterior. Una chica desaparecida entre sospechas que apuntan a un vecino. Una mujer a quien su pareja abandona por otra mucho más joven, con la que emigra a Australia, decide unos meses después vender todas sus pertenencias e instalarse cerca de la casa de su exmarido, con quien empieza a cartearse. También se narra mediante un intercambio de cartas la historia de una muchacha casada por encargo -"En Navidad, mi hermano me dijo que pensaba que la casa estaba en condiciones suficientemente buenas para que trajese una esposa [...]. Me dijo que no conocía a ninguna, pero que se había enterado de que se podía escribir al orfanato y preguntar si había alguna muchacha que pudieran recomendar y que estuviera dispuesta a considerar la idea"- acusada de asesinar a su esposo...

No se trata de un libro fácil, son historias que exigen una lectura atenta, en ocasiones una relectura, ya que no se desarrollan siguiendo una estructura evidente, pero que atrapan la atención al revelar, bajo una engañosa sencillez, una poderosa mirada a los aspectos más complejos de vidas aparentemente cotidianas. Alice Munro nos ofrece una clave de esa falsa sencillez en una entrevista de 2013, en la que habla de sus inicios como escritora:

"Mi idea era escribir novelas, pero empecé a escribir cuentos porque era para lo único que podía hacerme tiempo. Entre las tareas de la casa y el cuidado de los chicos, nunca habría tenido tiempo de escribir una novela. Y después fue como si el formato del cuento –en realidad, una forma más bien inusual de cuento, por lo general una forma de relato bastante largo– fuese lo que quería hacer. Ese espacio alcanzaba para decir lo que quería decir".

Una autora que ha pasado de ser descrita en sus inicios como una sencilla "ama de casa" que escribía en los ratos que lograba salvar de sus tareas domésticas a ser considerada en la actualidad como "la Chejov de América del Norte". Por motivos de salud Alice Munro no pudo viajar a Estocolmo para recoger su Nobel de Literatura, así que la Fundación Nobel la visitó en Canadá natal y grabó una interesante entrevista, en la que la escritora habla sobre sus inicios y su forma de trabajar. 

"Quiero que mis cuentos conmuevan, que cuenten algo sobre la vida que haga que la gente diga: '¡No, eso no es verdad!', sentir una especie de recompensa de la escritura, y eso no significa que tenga que haber un final feliz, sino simplemente que todo lo que cuente la historia conmueva al lector de tal modo que cuando haya terminado sienta que es una persona diferente".

De verdad que lo consigue; sorprendernos y conmovernos, al menos.

domingo, 22 de noviembre de 2020

Rebaños por el Ganeko

Practicamente se me han acabado los montes que puedo hacer en esta fase de confinamiento. Perdón, Erri, quería decir subir ("Para las montañas que suba, le dije que evitara el verbo hacer. No hay que decir: 'Ya tengo hechas ésas'. De hacerlas ya se ha encargado el mundo"  - Erri de Luca, Imposible, traducción de Carlos Gunpert, Seix Barral, 2020). Me refiero a cimas que no haya subido todavía este año. Bueno, me queda alguna en la zona entre Arraiz y Gangoiti, pero poca cosa. 

A principios de año me apunté en mi club de montaña, el Goikomendi, para participar un nuevo concurso consistente en sumar 100.000 metros de altitud ascendiendo a cumbres distintas, estando permitido marcar hasta cuatro cumbres cada jornada. No es un objetivo excesivamente exigente, pero me ha animado a encadenar cumbres y conocer montes a los que nunca se me había ocurrido subir. 

Así que desde principios de enero estoy recogiendo en una libreta que siempre llevo en la mochila las cimas a las que voy subiendo y sumando su altitud. Volví del verano con 140.000 metros y comentándolo en el club nos planteamos intentar llegar o acercarnos a los 200.000 metros al final del año, pero el nuevo confinamiento me va a impedir desplazarme hasta aquellas zonas que, por la altura de sus cumbres, me permitirían lograrlo (sierra de Aizkorri, sierra de la Sía, sierra de Urkilla, sierra de Arkamu, Alto Carrión...). Otro año será.

De manera que esta mañana he repetido montes. Concretamente he pasado por los buzones de Zamaia, Gongeda, Ganekogorta, Arrabatxu y Pagero. Bien a gusto. El único problema es la cantidad de gente que había por todos los sitios, sobre todo cuando ya bajaba. Auténticos rebaños.

Amanece por la zona del Pagasarri.

Mina Antón, en Zamaia.


Buzón de Zamaia (616 m.). Al fondo, el tripudo Ganekogorta.
Gongeda, desde Zamaia. En la cumbre se aprecian unas motitas blancas. Se trata de un hermoso rebaño de ovejas que, como se puede comprobar, no se han sobresaltado en absoluto al verme llegar.

Lo dicho: hoy había auténticos rebaños por el monte. Estos de ovejas. Me he sentido como Babe, el montañerito valiente.
Gongeda (668 m.).
Subiendo hacia el Ganeko. En sombra el Gongeda, al sol Zamaia. Al fondo, el Abra.
 
Llegando al collado entre Ganekogorta y Arrabatxu.

El Gran Bilbao y el Abra desde el Ganekogorta (998 m.). Aunque era temprano había ya mucha gente en la cumbre. Demasiada. Rebaños.

Así que abandono rapidamente la cumbre y me dirijo hacia Arrabatxu (cima de la izquierda) y Pagero (a la derecha). Afortunadamente, la inmensa mayoría de las personas que suben al Ganekogorta no continuan, lo que me permite disfrutar casi en soledad de uno de los tramos de montaña más bonitos de Bizkaia.
Arrabatxu (984 m.).
Ganeko desde Arrabatxu.
 
El Pagero es el alto que queda en el medio. A la izquierda se asoma Gallarraga.
Pagero (963 m.).
Desde Pagero, Arrabatxu y Ganekogorta.
Y tambien desde Pagero, Gongeda y Zamaia.
Desde Pagero he vuelto a la pista que lleva al Ganeko desde Gongeda. Muchísima por todo el camino hasta Alonsotegi, teniendo en cuenta que es una zona por la que apenas subía nadie antes de ahora.
Al pasar bajo Gongeda, zoom a la cumbre: mucha gente.
Lo mismo en Zamaia. 
Me he detenido a charlar con Jose, un vecino del barrio de El Somo que paseaba a sus perros por la zona, y me ha dicho que estos días han llegado a tener incluso atascos de coches en la pista que llega desde Alonsotegi, de la cantidad de vehículos que se acercaban hasta las inmediaciones de Zamaia y Ganeko.


sábado, 21 de noviembre de 2020

Reflexiones sobre el riesgo y la condición humana

Jon Krakauer
Krakauer esencial. Reflexiones sobre el riesgo y la condición humana
Traducción de Ton Gras y Alberto Delgado
Ilustraciones de Laura Borrás
Planeta, 2020

Jon Krakauer es uno de los más conocidos y reconocidos autores de literatura de montaña o de naturaleza. Periodista y escalador notable, ha firmado libros tan referenciales como Sueños del Eiger (traducción de Juan Pedro Campos, Península, 2001), un conjunto de reportajes sobre escaladas en distintos lugares del mundo; Mal de altura (traducción de Luis Murillo Fort, Suma de Letras, 2001 / Desnivel, 2008), reconstrucción de la mayor tragedia sufrida en la historia de las ascensiones al Everest y en la que se basó la espectacular película de 2015 Everest, dirigida por Baltasar Kormákur; y, tal vez su obra más conocida, Hacia rutas salvajes (traducción de Albert Freixa i Vidal, Ediciones B, 1996), donde narra la historia del joven Chris McCandless, que decidió cortar todos los lazos con su familia y con la sociedad para internarse en una región inhóspita de Alaska, y que dio lugar a una estimable pelicula dirigida por Sean Penn.

Krakauer es también autor de reportajes periodísticos y de libros de temática ajena a la montaña y la naturaleza, como Obedeceré a dios (traducción de José Manuel Álvarez Flórez, Península, 2004), la historia del brutal asesinato de una mujer por dos hermanos, mormones fundamentalistas, que creían actuar por mandato divino, o como Donde los hombres alcanzan toda gloria (traducción de Enrique Maldonado, Capitán Swing, 2015) sobre el caso de Pat Tillman, una joven promesa del fútbol americano que renunció a un contrato millonario para alistarse tras los atentados del 11-S, a pesar de su escepticismo ante la guerra promovida por la administración Bush ("Espero que esta guerra sea más que petróleo, dinero y poder. Pero dudo que sea así"), y que falleció víctima del llamado "fuego amigo".

En los diez artículos que componen el libro que ahora recomiendo nos encontramos con el primer y más conocido Krakauer, con el escritor y deportista capaz de hacernos vibrar con un artículo sobre la práctica del surf de grandes olas ("acelera para cruzar el seno de la ola, se inclina bruscamente para insertar los cantos de la tabla y surca un arco elegante y estrecho mientras la ola se enrosca e intenta engullirlo: un tornado atronador que gira, escupe espuma y aplasta todo lo que hay tras él") o acompañándolo por la salvaje cordillera Brooks, en Alaska, denominada las "Puertas del Ártico".

Pero también podemos leer textos en los que analiza criticamente distintas expresiones de la banalización y mercantilización de las actividades de naturaleza, como la inseguridad con la que desarrollan su trabajo en las expediciones comerciales los sherpas del Everest (hasta el punto de que se plantearon una huelga si el Gobierno nepalí no atendía a sus exigencias) o la proliferación de demandas contra los servicios de guías de montaña y contra las empresas de material de escalada cuando una persona, generalmente sin experiencia, sufre un accidente: 

"En cierto sentido -lamenta un experimentado guía a quien da voz Krakauer- los servicios de guías y los fabricantes de equipo han contribuido a provocar la crisis de la responsabilidad civil minimizando en sus estrategias comerciales los peligros del deporte; saben que les va a costar vender la escalada si lo primero que dicen a la gente es: 'Tiene usted no pocas probabilidades de matarse'. En consecuencia, la gente se dedica a la escalada pensando que es una actividad recreativa más, sin conectar con sus tradiciones, su lado espiritual. Después, sorprendidos cuando sufren un percance, como buenos estadounidenses que son demandan a alguien".

El libro se cierra con el texto de una conferencia pronunciada en 2010, en la que reflexiona sobre la extensión de la desconfianza y el miedo en el mundo actual, frente a la que reivindica una cierta esperanza humilde y prudente o, en sus palabras, una "firme determinación estoica" (por cierto, una disposición muy montañera) que nos permita seguir adelante:

"Predecir el futuro es tarea inútil, por supuesto. Pero con independencia de lo que depare el porvenir, se puede encontrar cierto consuelo en la capacidad de recuperación de nuestra especie. Si el mundo se halla en efecto al borde de una nueva Edad Oscura, al Homo sapiens no le faltarán estrategias para sobrellevarlo. Muchas peronas, por ejemplo, recurren a la religión en momentos difíciles aunque, personalmente, creo que la literatura resulta más eficaz que las sagradas escrituras. Cuando las perspectivas se presentan negras, se puede hacer acopio de valor y confianza leyendo a escritores tan dispares como Tucídides, Walter Bonatti, Annie Proulx y Cormac McCarthy. En caso de extrema necesidad, se consulta a Albert Camus".

Pues qué bien: yo no tengo que elegir entre ambos recursos, me animan los dos, religión y literatura. Y Camus, por supuesto.

Un libro tan entretenido como sabio.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

Dos memorias de la guerra de Argelia

Rachid Boudjedra
Los campos de chumberas
Traducción de Wenceslao-Carlos Lozano
Alianza Editorial, 2014

"Esas chumberas jalonaban nuestras vacaciones estivales con sus tintes cambiantes del verde al pardo rojizo, y su tiesura les confería mayor violencia y autenticidad. Naturaleza en estado puro. Había en ellas algo de los cuadros de Marcel Gromaire y de Fernand Léger... Para nosotros, las chumberas simbolizaban a los eternos custodios del país. A despecho de todo, de los desastres, de las desgracias: ¡hasta del genocidio!".


Dos viejos amigos, que además son primos, coinciden en un avión que comunica las ciudades de Argel y Constantina. Hoy son dos profesionales de éxito, cirujano el uno, arquitecto de prestigio internacional el otro, que en su juventud participaron en la terrible guerra que llevó a su país a la independencia. Durante la hora de duración del vuelo su pasado compartido, en realidad el pasado dramático de todo un país, se hará presente.

Ambos tienen biografías condicionadas por realidades familiares dramáticamente contradictorias: uno, viviendo solo para renegar de un padre y un hermano colaboradores con la metrópoli colonial  ("Omar tenía una única meta en la vida: intentar huir de la confusión inherente a esa realidad falseada, a ese padre colaboracionista y a ese hermano miembro de la OAS"); otro, castigado por la memoria de un padre luchador, heroico, pero egoísta y cruel como un señor feudal ("Cierto es que siempre había sido nacionalista. Cierto que había pasado doce años en los calabozos coloniales. Y, ciertamente, era un erudito, pero también un cabrón de mucho cuidado. No colaboró con el enemigo, como puede que hiciera el padre de Omar, pero fue un hombre cruel y perverso que destrozó a todas sus esposas, a todas sus amantes y a todos sus hijos. Entre ellos yo").

El recuerdo de atentados y matanzas, de guerrillas y torturas, se entrecruza con la vida de dos adolescentes ebrios de vida en una ciudad fascinante, que el autor describe con rasgos totalmente orgánicos: "Debido al mar y a la humedad, Argel se ve a menudo envuelta en una ambigüedad vegetal que aviva las turbulencias de la infancia y los condena al insomnio, en la esquina de una calleja verde o en un porche oscuramente azul en cuyo fondo tintinean los cobaltos de luz y de lascivia que inspira toda casa árabe o judía abierta al día y cerrada a la sombra de los remaches negros que decoran las puertas, y al trazado de los arabescos que adornan las ventanas".

Un libro poderoso, que combina imágenes de puro horror con episodios de intensa sensualidad. Un canto de amor a una ciudad, a un país y a su lucha de liberación, tan exitosa en su resultado, la independencia nacional, como fracasada en el fondo: "Solíamos hablar del fracaso de la Independencia, de la corrupción generalizada y de la lucha de clanes. Entonces nos hacíamos la inevitable pregunta: ¿Cómo la Organización, que durante los siete años de guerra había sido casi perfecta, pudo convertirse en un poder viciado, enriquecido, arrogante y, a la postre, idiota".

El libro, construido sobre un telón de fondo rigurosamente histórico, hace referencia a diversos casos de asesinato, tortura y desaparición de luchadores anticolonialistas, entre ellos muchos de origen francés y pieds-noirs de pura cepa, cuya ideología (generalmente comunista) les llevó a comprometerse con la causa de la independencia. Como Fernand Yveton (en realidad, Iveton), guillotinado el 11 de febrero de 1957, o como Maurice Audin, "un joven y brillante profesor de matemáticas de la Universidad de Argel, militante comunista, [...] detenido el 21 de junio de 1957, torturado, asesinado y enterrado por los paracas de Bigueard en una fosa todavía sin localizar". 

Gillo Pontecorvo nos dejó un impresionante testimonio de aquella cruenta historia en su excepcional película La batalla de Argel (1965). 


* - * - * - * - * - *


Michèle Audin
Una vida breve
Traducción de Pablo Moíño Sánchez
Periférica, 2020

"Las últimas palabras que dijo a mi madre, cuando se lo llevaron los paracaidistas, fueron: 'Ocúpate de los niños'. Fue el martes 11 de junio.
Las últimas palabras que dijo a Henri Alleg cuando sus torturadores los pusieron cara a cara fueron: 'Es duro, Henri'. Fue el miércoles 12 de junio.
Sabemos que después habló con Georges Hadjadj y otros prisioneros, pero las palabras exactas que dijo no las conocemos, la fecha exacta tampoco"
.


Por casualidad, había terminado de leer el conmovedor libro que Michéle Audin dedica a seguir las huellas de una vida, la de su padre, truncada a los veinticinco años, cuando al poco empecé la lectura del libro de Boudjedra, en el que también se hace referencia al caso de Maurice Audin. Son esas conexiones imprevistas que nos ofrece la lectura de libros en papel, sin necesidad de links ni hipervínculos.
 
La autora, su hija, nacida en 1954, va a reconstruir la breve pero intensa vida de su padre, remontándose hasta sus bisabuelos paternos ("el encuentro fortuito, improbable, con o sin intervención del demonio de maxwell, de un obrero lionés y de una campesina argelina, de un militar y una criada"), pasando por los lugares en los que el pequeño Maurice vivió su infancia; recupera viejas fotografías, revisa los cuadernos de notas de su padre, recurre a los archivos del registro civil y bucea en los recuerdos de sus familiares, sobre todo en los de su madre. 

Así y todo, son muchas las lagunas a las que se enfrenta y que no puede completar: sus lecturas infantiles, sus juegos, su estatura exacta, si sabía o no nadar, sus gustos musicales, cuándo y cómo dejó de considerarse cristiano, si se tomaba el café solo o le gustaban las espinacas... "Lo que le gustaba, lo que lo hacía reír o temblar tampoco lo sabremos nunca. [...] ¿Le gustaba el olor a madera de los sarmientos que su madre quemaba por la mañana para calentar la leche, en Koléa? ¿O el de las sardinas que la familia freía al fuego, también de sarmientos? ¿Y el del mosto en fermentación en los lagares?". La vida tan tempranamente arrebatada a Maurice Audin se transforma también en un robo definitivo a su hija.

Militante comunista, comprometido con el sueño de "una Argelia independiente y fraterna en la que todos, pieds-noirs y 'musulmanes', vivirían juntos, libres e iguales"; prometedor matemático (también la autora, su hija, lo es) y futuro profesor universitario, a principios de 1957 "estaba acabando de escribir su tesis, que versaba, por utilizar las palabras exactas, sobre 'los operadores lineales entre espacios vectoriales de dimensión infinita, sus núcleos, sus imágenes'". La atroz represión contra el movimiento independentista (vuelvo a recordar la película de Pontecorvo) anuló todo su futuro.

El 2 de diciembre de 1957 se celebró en la Sorbona un acto honorífico en la que se defendió y aprobó, en forzada ausencia de su maladado autor, la tesis doctoral de Maurice Audin.

Los autores de su asesinato jamás fueron investigados ni juzgados. Peor aún, el presunto autor material de su muerte se jubiló en 1981 y fue condecorado con la Legión de Honor.

En 2008, Michèle Audin rechazó este mismo reconocimiento tras la negativa del entonces presidente Nicolas Sarkozy a aclarar la muerte de su padre.

En 2018 el presidente Emmanuel Macron pidió perdón en nombre del Estado francés por este crimen, símbolo de la brutalidad de la guerra de Independencia de Argelia.

viernes, 13 de noviembre de 2020

País nómada: supervivientes del siglo XXI

Jessica Bruder
País nómada: supervivientes del siglo XXI
Traducción de Mireia Bofill Abelló
Capitán Swing, 2020

"En la brecha cada vez más ancha que separa el debe del haber se perfila una pregunta: ¿A qué partes de nuestra vida estamos dispuestos a renunciar para poder seguir viviendo? [...] Este mes, ¿te saltarás alguna comida? ¿Irás a urgencias en vez de a tu médico? ¿Aplazarás el pago de la deuda acumulada en tu tarjeta de crédito con la esperanza de que no la pasen a cobro ejecutivo? ¿Dejarás de pagar las facturas del gas y la electricidad, cruzando los dedos para que no te corten la luz y no quedarte sin calefacción? ¿Dejarás que se acumulen los intereses de tu crédito estudiantil y sobre los plazos del coche con la esperanza de encontrar más adelante la manera de ponerte al día? Estas indignidades ponen de relieve una pregunta más significativa: ¿A partir de qué momento unas alternativas imposibles comienzan a destruir a las personas y a una sociedad?".

 

Dos males contemporáneos, la precariedad y temporalidad en el empleo, y la cada vez mayor dificultad para sostener el coste de alquilar o comprar una vivienda, confluyen para provocar una estrategia de supervivencia que ejemplifica a la perfección la exigencia de buscar "soluciones biográficas a contradicciones sistémicas" (Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim, La individualización. El individualismo institucionalizado y sus consecuencias sociales y políticas, Traducción de Bernardo Moreno, Paidós, 2003, p. 31). Si el acceso a una vivienda es imposible y los únicos empleos que se ofertan son temporales, ¿podría ser una solución cambiar el hogar por una caravana, con la que perseguir los empleos de temporada a lo largo y ancho del país?

La periodista Jessica Bruder ha investigado durante tres años un fenómeno nuevo, por ahora exclusivamente estadounidense, pero que permite visibilizar procesos de fondo que configuran un horizonte común para todas las sociedades capitalistas: la normalización de la precariedad laboral y vital.

"Vistas de lejos, en muchos casos sería fácil confundirlas con despreocupadas o despreocupados caravanistas jubilados. Cuando ocasionalmente se regalan una sesión de cineo una cena, no estacan entre el resto de comensales. Por su aspecto y sus ideas, son mayoritariamente gente de clase media. Lavan la roma en lavanderías de autoservicio y se apuntan a gimnasios para poder usar las duchas. En muchos casos, se lanzaron a la carretera cuando la gran recesión consumió sus ahorros. Para llenar el estómago y el depósito de gasolina, trabajan duramente largas jornadas en pesadas tareas manuales. En una época de salarios estancados y aumento del coste de la vivienda, se han liberado de los grilletes del alquiler y las hipotecas como una estrategia para ir tirando. Son supervivientes".

Vistas de lejos, tal vez. Pero vistas de cerca, como hace Bruder, nos encontramos con mujeres y hombres de más de sesenta años y hasta de más de ochenta, que ya deberían gozar de una merecida jubilación tras haber trabajo toda su vida en una sucesión de empleos de lo más variados (camarera, profesor de química en un instituto, acupuntora, minero, cartera, contratista de obras, empleada del servicio de atención telefónica de la Agencia Tributaria, cuidadora en un centro de tratamiento de lesiones cerebrales traumáticas o taxista), empleos que nunca les han aportado un mínimo de seguridad económica. En ocasiones, una enfermadad grave o un divorcio han sido la puntilla. Working poors, pobres con trabajo que han acabado deambulando por las carreteras "al ver que apenas ganaban lo suficiente para cubrir el coste de alquiler o los plazos de una hipoteca después de trabajar jornadas agotadoras en empleos sin aliciente que consumían todo su tiempo, sin ninguna perspectiva de mejora a largo plazo ni la esperanza de poder llegar a jubilarse algún día". En su diversidad, cada una y cada uno con su propia historia, la autora los percibe "como un microcosmos de una catástrofe nacional", como "una muestra de todos los desastres económicos que han afectado a la población estadounidense en los últimos decenios".

Amazon, una de las principales empresas beneficiarias de este ejército laboral de reserva sobre ruedas, tiene incluso un programa denominado CamperForce para reclutar trabajadoras y trabajadores itinerantes. La propaganda es luminosa, dan ganas de apuntarse y convertirse en "workcamper". Pero la realidad es bien distinta:

"El personal trabaja en turnos de 10 horas o más, durante las cuales puede llegar a recorrer más de 20 kilómetros sobre suelos de cemento mientras se acuclilla, se agacha, se inclina, alarga el brazo o se encarama para identificar, seleccionar y colocar en cajas las mercancías. Pasadas las Navidades, cuando cesa la avalancha de pedidos y Amazon ya no necesita al equipo de campistas, les rescinde sus contratos. Los trabajadores y trabajadoras temporales se marchan, formando lo que los directivos de la empresa describen jovialmente como un 'desfile de faros traseros'".

Pesadas jornadas de trabajo soportadas solo gracias al continuo consumo de analgésicos y antiinflamatorios como el ibuprofeno: "Me tomo cuatro por la mañana antes de salir para el trabajo y otros cuatro cuando regreso por la noche", confiesa una de las personas entrevistadas por Bruder. Y si se les terminan las reservas, no hay problema: "Amazon tenía dispensadores automáticos adosados a las paredes del almacén, donde podían obtener gratuitamente analgésicos de venta libre sin receta".

También son una mano de obra imprescindible para la recolección de frambuesas en Vermont, de manzanas en Washington y de arándonos en Kentucky; para controlar los accesos en los circuitos de carreras de NASCAR o para atender puestos de franquicias en los espectáculos de rodeo o en la Super Bowl; como vigilantes durante el verano de las zonas de acampada de los parque nacionales más visitados o como personal de las atracciones turísticas más destacadas del país; o para detectar fugas en las conducciones de gas. Son la perfecta mano de obra precaria para unas empresas que solo quieren personal estacional; su permanente movilidad, además, las imposibilita para organizarse sindicalmente.

Aunque algunas de estas personas intentan, y a veces consiguen, construir comunidades nómadas, encuentros temporales, con los que construyen y mantienen redes de apoyo mutuo, compartiendo conocimientos sobre técnicas de reparación de automóviles, montaje de placas solares y tuneo de furgonetas, o información sobre ofertas de empleo o lugares propicios para acampar. También se sirven de internet para mantener la conexión. Incluso han llegado a desarrollar un discurso y una identidad como "objetores de conciencia frente a un orden social corrupto en descomposición".

Pero, en general, predomina una imagen de inestabilidad vital, de explotación laboral, de creciente exclusión social.

"Pronto llegará el invierno y comenzarán los despidos habituales en los empleos de temporada. Las y los nómadas desmontarán el campamento y regresarán a su verdadero hogar: la carretera. Volverán a circular como góbulos sanguíneos por las venas y las arterias del país. Se pondrán en marcha en busca de amistades o familiares, o simplemente de un lugar donde no haga frío. En algunos casos, cruzarán todo el continente. Todas y todos contarán los kilómetros que se irán desplegando como un rollo de película. Cantinas de comida rápida y centros comerciales. Campos dormidos bajo la escarcha. Concesionarios de automóviles, megaiglesias y cantinas abiertas toda la noche. llanuras uniformes. Corrales de engorde, fábricas desocupadas, arcelaciones y grandes bloques de almacenes. Montañas nevadas. Los paisajes  que flanquean la carretera se van sucediendo a lo largo del día y mientars cae la noche, hasta que les vence la fatiga. Con ojos soñolientos, buscan un lugar donde detenerse a descansar. En los aparcamientos de los grandes hipermercados Walmart. En las calles tranquilas de los barrios del extrarradio. En las áreas de descanso para camiones, acunados por el ronroneo de motores ociosos. Luego, de madrugada -antes de que nadie advierta su presencia-, vuelven a la carretera. Siguen adelante, reconfortados por una certeza. Un aparcamiento es el único espacio libre y gratuito que aún queda en Estados Unidos".

Podría haberlo escrito Steinbeck. Un libro impresionante, cuya lectura recomiendo sin dudar.

El libro le ha servido a la directora Chloé Zhao para realizar su película Nomadland, galardonada con el León de Oro en el Festival de cine de Venecia de este año y protagonizada por esa excepcional actriz que es Frances McDormand. 

domingo, 8 de noviembre de 2020

Koxkorra, Ebitxe y (pasando por Erreztaleku) Parada

A las 7:55 he salido de casa y he cogido el camino que, pasando por el barrio de Azordoiaga, lleva hasta la antigua zona minera de Mintetxu, desde donde sale una pista que lleva hasta el Pagasarri o, bordeando el Ganekogorta, regresa a Alonsotegi pasando por Zamaia y el barrio de El Somo. El plan de esta mañana es coger esa pista pero evitar las cumbres más (re)conocidas, hoy repletas de gente, para caminar por cimas menores y menos transitadas: Koxkorra (494 m.), Ebitxe (477 m.) y Parada (259 m.). Tres "tachuelas", pero llenas de hermosos rincones; además, entre los dos primeros y el Parada hay la suficiente distancia como para exigir una buena caminata.

 Ermita de San Juan, en Azordoiaga.

  

Mintetxu (8:15 h.). La carretera de la derecha lleva hasta el pantano de Artiba. La pista asfaltada de la izquierda es la que hay que coger para el recorrido de hoy.

 
 
 
 Subiendo por la pista hacia atrás queda el botxo donde se recoge Alonsotegi, bajo la cordillera de Sasiburu.
 
Nubes hacia la zona del Pagasarri.

Llegando al agroturismo Ordaola (8:45 h.).


 
Continuo por la pista en dirección al Pagasarri. A las 9:05 paso junto al cruce que lleva al Ebitxe (en el poste indicador figura como Abitza). Continuo subiendo, luego volveré hasta aquí.

Paso junto al cruce que lleva al Paga...
... y unos metros más adelante está el desvío hacia el Koxkorra.
El Ganekogorta asoma entre los pinos.
Casa del Reloj, o del Relojero. Superándola por un sendero a la izquierda (también puede hacerse siguiendo una amplia pista por la derecha) me dirijo hacia el Koxkorra. No está bien señalizado, hay que arrimarse a la derecha del pinar hasta encontrar la cumbre.
 Koxkorra (9:25 h.). De frente, Ganeta y Erreztaleku, hasta donde tengo que llegar para acceder luego al Parada.
 
Los pinares de esta zona están llenos de setas y hongos, pero comestibles pocos: apenas un puñado de senderuela y cuatro o cinco champiñones.


Regreso a la pista por la que he subido y vuelvo sobre mis pasos para dirigirme al Ebitxe.

La cumbre, rodeada de árboles, se encuentra tras la chabola que preside la que siempre hemos conocido como Campa del Tenis...
Ebitxe (9:57 h.).
Vuelta a la pista que sube desde Ordaola. Al poco de recorrer el camino de descenso, un camino se abre hacia la derecha. Lleva hasta Erreztaleku. Más abajo, otro camino similar nos pone más cerca del Parada, pero era temprano y me apetecía andar un poco más.
 
Aunque siguiendo por la pista llegaríamos casi al mismo sitio, opto por coger un desvío a la izquierda, justo en un punto en que la pista traza una curva en perfecta herradura. El camino es mucho menos transitado y pronto se convierte en un hermoso sendero.

 

A las 11:00 he llegado a la pista que sube hasta el Ganeta desde Arraiz o desde Alonsotegi, a las 11:10 he llegado al Erreztaleku (el mirador repleto de gente), ha pasado rápido junto al Aranzuri y he enfilado el vertiginoso descenso hacia Alonsotegi.
Por el camino, me he detenido en el Parada, tercer buzón de la mañana (11:25 h.).
Y ya, todo hasta abajo. He llegado a Alonsotegi a las 12:00. Cuatro horas de sube y baja por parajes preciosos. Joyas naturales a la puerta de casa.