viernes, 14 de mayo de 2021

Presentación del libro DE JERUSALÉN A ROMA

Aquí la presentación completa: 

https://www.youtube.com/watch?v=0gz4fjEA6j0&t=3005s

Y aquí el fragmento con mi intervención:


jueves, 13 de mayo de 2021

Muertes por desesperación y el futuro del capitalismo

Anne Case y Angus Deaton
Muertes por desesperación y el futuro del capitalismo
Traducción de Ramón González Férriz y Marta Valdivielso
Ediciones Deusto (Editorial Planeta), 2020
 
"Nuestra historia de muertes por desesperación, de dolor, de adicciones, alcoholismo y suicidio, de trabajos peores con salarios más bajos, de cada vez menos matrimonios, y de religión en declive es sobre todo una historia de estadounidenses blancos no hispanos sin una licenciatura de cuatro años".

 
Esta es la crónica de una catástrofe social: la que está afectando a la población blanca estadounidense de mediana edad y con bajo nivel de estudios, que está sufriendo un fuerte aumento de las tasas de mortalidad causada, sobre todo, por el incremento de las muertes autoinflingidas o "muertes por desesperación": suicidios, sobredosis de droga y enfermedad hepática alcohólica.

Víctimas de la crisis estructural que desde los años ochenta ha "corroído los cimientos que caracterizaron la vida de la clase trabajadora" (encontramos aquí ecos del imprescindible libro de Richard Sennett La corrosión del carácter), los ingresos de los hombres blancos sin estudios superiores han visto disminuir su poder adquisitivo en un 13% entre 1979 y 2017; pero, más allá de este deterioro material, son la cultura y la moral, la forma de vida de las comunidades trabajadoras, las que se han hundido. Un sistema sanitario que desprotege a las personas y las familias más vulnerables y unas instituciones políticas abiertamente apegadas a los intereses del capital han hecho el resto.

Mortalidad por drogas, alcohol y suicidio para blancos no hispanos entre 45 y 54 años
Anne Case y Agnus Deaton nos cuentan, combinando el rigor en el uso de los datos y la mirada cercana y compasiva, una historia de traición y abandono, de dolor y angustia, de desintegración personal y social. Con aspectos discutibles, claro: su autora y su autor no son anticapitalistas. Pero, en conjunto, se trata de un diagnóstico demoledor de un sistema que, no solo en Estados Unidos, funciona en contra de los intereses más básicos de las clases populares.

Por cierto: "La fracción de gente que votó a Donald Trump en 2016 [...] tiene una fuerte correlación con la fracción que siente dolor". Pues eso.
 

La marginalidad del cristianismo de los orígenes

Rafael Aguirre (ed.)
Carmen Bernabé, Carlos Gil, Estela Aldave, Rafael Aguirre, Sergio Rosell, David Álvarez, Fernando Rivas, Elisa Estévez
De Jerusalén a Roma. La marginalidad del cristianismo de los orígenes
Editorial Verbo Divino, 2021

"El cristianismo de los orígenes, antes que una doctrina, era una forma de vida con profunda incidencia social y que se gestaba en la marginalidad social".


[1] Un recuerdo muy personal. Conocí a Rafa en 1980, cuando yo cursaba 1º de Sociología en la Universidad de Deusto. En ese momento, en ese lugar (¡qué importantes son los lugares!), Rafa nos ofreció a Teresa, Mari Jose, Agustín y a mí la posibilidad de reflexionar críticamente sobre nuestra fe. Lo hicimos con este libro, publicado precisamente aquel año de 1980...

... y en el que Rafa cerraba así su capítulo: "Los cristianos se vinculan a Jesús de Nazaret con una relación muy especial que se llama fe. Es una actitud que debe mantener de forma consciente -y razonable, pero esto ya es otro cantar- su insólita originalidad en el mercado de los comportamientos humanos” [el énfasis en negrita es mío].

La fe en Jesús de Nazaret conlleva y exige un comportamiento insólito, fuera de lo común (referencia espacial).

En su etimología, insólito es un término de procedencia latina, «insolĭtus», del prefijo «in», privación o negación, y «solĭtus», participio pasivo de «solĕre», que quiere decir "soler". Pero a mí, que no sé latín y no soy filólogo ni lingüista, escuchar la palabra "insólito" me lleva inmediatamente a pensar en algo privado de suelo, de lugar. Un comportamiento que está fuera de lugar.


[2] De esto va este libro: de lugares. Interesantísimo el diálogo que establecen las autoras y los autores con la sociología urbana crítica de Lefebvre, Harvey o Soja.

"El lugar físico, social o simbólico en el que se sitúa una persona le proporciona una perspectiva decisiva en su forma de mirar el mundo, permitiéndole o impidiéndole descubrir ciertos aspectos de la realidad" (Carmen Bernabé, 19).

En efecto, esto es algo destacado por el marxismo (la clase como lugar social fundamental, también lugar epistémico), por la sociología de Bourdieu (con su énfasis en la importancia de la posición como generadora de habitus o disposiciones) o, más recientemente, por la bióloga e historiadora Donna Haraway y su énfasis en el conocimiento situado (como antídoto frente a tanta "normalidad" patriarcal).

Cada lugar social contiene intereses y proyectos de realidad distintos. Según cuál sea nuestro lugar social, defenderemos unos u otros intereses y proyectos. Pero la influencia del lugar social es aún mayor, pues incide sobre nuestras posibilidades de analizar y conocer la realidad social. Como señalara desde la periferia del mundo Leonardo Boff, "a la hora de escoger una teoría explicativa de la sociedad, entran en juego una serie de criterios que no proceden exclusivamente de la objetividad y racionalidad, sino de la opción de fondo y lugar social de quien realiza el análisis" [La fe en la periferia del mundo. El caminar de la Iglesia con los oprimidos, Sal Terrae, 1981].


[3] Queda claro desde el principio del libro: la marginalidad es el estatuto propio de la persona cristiana porque el comportamiento, las prácticas sociales de las primeras comunidades cristianas, eran insólitos, estaban fuera de lugar… pero al mismo tiempo estaban en un lugar concreto. Cuando hablamos de la marginalidad, en el fondo, estamos constatando que “el estar en el mundo sin ser de este mundo” se planteaba a todos los grupos cristianos de los orígenes (Introducción, 13).

A partir de esta idea, Carlos Gil propone una fórmula luminosa para describir a aquellas primeras comunidades: “Eran un conjunto raro de personas normales” (59). Estaban en el mundo, no se apartaban de él, pero estaban de manera insólita. Había romanos y griegos, ciudadanos y esclavos, residentes y extranjeros, varones y mujeres -muy importante su papel en aquellas comunidades originarias, que lleva a las autoras y autores a denunciar “la insostenible situación de la mujer en la Iglesia” actual (Capítulo final, 255)-, personas pobres y acomodadas… Cada una de estas personas era aparentemente “normal” en relación a su grupo de pertenencia, pero juntas constituían una comunidad rara, insólita, fuera de lugar. En unas ciudades y una sociedad constituidas sobre categorías y fronteras rígidas y excluyentes, las y los creyentes en Jesús buscaban explícitamente “alterar las clasificaciones y fronteras dominantes y sustituirlas por espacios de convivencia que ofrecían un modo de vida propio, con sus propias formas de relación” (Carlos Gil, 59).

Eran “personas raras por su ubicación o disposición a estar sobre las líneas fronterizas, personas que no encajan totalmente con las categorías o clasificaciones hegemónicas” (Carlos Gil, 67). Podríamos decir que eran comunidades queer, entendiendo el término más allá de su ubicación en el campo de los estudios de género.

No hace falta decir que, inspiradas por esta constitución original, las autoras y los autores del libro reclamen, al final del mismo que las actuales comunidades cristianas del Norte global actualicen aquella rareza y sean comunidades acogedoras para “tantos migrantes pobres, refugiados, desplazados, como se encuentran a sus puertas o malviven en su interior” (Capítulo final, 255).

Me sumo.


[4] El reino de Dios, vivido como una propuesta espacial transformadora hecha desde los márgenes, era el lugar desde el que era posible constituir esas comunidades insólitas. El reino de Dios como espacio vivido, espacio de representación, tercer espacio, “donde imaginar nuevas prácticas espaciales, nuevas relaciones y nuevas identidades, guiadas por nuevos valores” (Carmen Bernabé, 43).

Prácticas contraculturales, contrahegemónicas, como las que reclama Boaventura de Sousa Santos al cerrar su libro Si Dios fuese un activista de los derechos humanos [Trotta, 2013]: “si Dios fuese un activista de los derechos humanos, Él, o Ella, andarían definitivamente en busca de una concepción contrahegemónica de los derechos humanos y de una práctica coherente con la misma. Al hacerlo, antes o después, este Dios se enfrentaría al Dios invocado por los opresores y no encontraría ninguna afinidad con Este o con Esta”.

Unas comunidades inspiradas por el reino de Dios configuradas como heterotopías, como espacios que rompían con la lógica sistémica de la reproducción de lo existente para abrirse a futuros posibles, para cultivar inéditos viables (Paolo Freire).


[5] En su capítulo, Elisa Estévez da cuenta de cómo la tercera generación de cristianas y cristianos (110-150 d.C.), optó cada vez más por adaptarse al mundo en el que vivían, a sus valores y a sus lógicas, con el resultado de que muchas comunidades “apuestan por mantener el orden social establecido y piden la sumisión de los esclavos y la reducción drástica del protagonismo femenino” (211).

Al finalizar la lectura del libro, al reflexionarlo, he apuntado: “Recuperar la tensión del tercer espacio para combatir y revertir la adaptación al mundo de la tercera generación”. Esta es, creo, nuestra tarea.

sábado, 8 de mayo de 2021

Primavera extremeña

Julio Llamazares
Primavera extremeña. Apuntes del natural
Ilustraciones de Konrad Laudenbacher
Alfaguara, 2020
 
"Primavera extremeña, primavera mortal y hermosa, primavera llena de luces y de animales en libertad, pese a la gran tragedia que se cerní sobre el planeta... Todos esos adjetivos podría aplicar a lo que yo viví en un lugar perdido en mitad del monte de Extremadura, rodeado de uno de los paisajes más fabulosos de cuantos conozco".
 
 
El 13 de marzo del 2020, en vísperas de que se decretara el estado de alarma que confinó a todo el país, Julio Llamazares viajó con su familia desde Madrid hasta una finca en la sierra de los Lagares, cerca de Trujillo, donde permaneció hasta el 15 de junio. Tres meses y dos días viviendo su particular Decamerón, si bien en este caso el tema central del libro sea la naturaleza extremeña, bellamente descrita por el autor, y la vida de los pueblos y las gentes del entorno.
 
Ilustrado con las acuarelas de Konrad Laudenbacher, amigo de Llamazares y, como él, autoexiliado en la naturaleza cacereña, el resultado es un hermoso libro, a medio camino entre la soft nature writing y la crónica de la pandemia de covid-19 observada desde la distancia. Una lectura agradable y sosegada.



jueves, 6 de mayo de 2021

«El empleo de hoy se parece más a Uber que a los Altos Hornos»

«El empleo de hoy se parece más a Uber que a los Altos Hornos»

El experto en movimientos sociales analizará la precariedad del mercado laboral esta tarde en el Aula San Pablo de la Diócesis

 

Zubero considera que, aunque hay propuestas para terminar con la precariedad sobre la mesa, no hay voluntad de llevarlas a cabo. / PEDRO URRESTI
 
JUDITH ROMERO

El doctor en Sociología y profesor titular de la UPV/EHU Imanol Zubero (Alonsotegi, 1961) es experto en movimientos sociales, sindicalismo, voluntariado, violencia y política. Exsenador socialista en Bizkaia y promotor de Gesto por la Paz, este miércoles a las 19.00 reflexionará sobre el ámbito laboral en la charla 'Precariedad y propuestas de futuro', organizada por la Hermandad Obrera de Acción Católica de Vitoria. El encuentro tendrá lugar en el Aula San Pablo de la Diócesis y también podrá seguirse online previa inscripción.

–¿Ha acentuado la pandemia la precariedad del empleo?

–Sí, pero la reflexión debe ser a largo plazo. También nos preocupamos mucho con la gran recesión de 2008, pero el empleo como mecanismo de integración viene debilitándose desde los 80. Se pasó de su concepción como una actividad estable a algo precario y flexible. Cuando a un cuerpo frágil lo golpea una gripe, el impacto sobre su salud es aún mayor.

–¿Qué provocó ese cambio?

–La reducción de costes creció con modelos como el toyotismo o el 'just in time'. Los almacenes llenos de stock dejaron de existir, pero el coste humano seguía siendo más difícil de modificar. Se empezó a gestionar el trabajo humano como los tornillos. La gran huelga general del 88 de los sindicatos contra Felipe González se produjo por un plan de empleo juvenil que buscaba flexibilizar sus condiciones de contratación, algo inaceptable en ese momento. A partir de ahí se ha ido a modelos más flexibles y se ha debilitado la capacidad de defensa y resistencia de sindicatos y trabajadores.

–¿Se ha acostumbrado la sociedad a estas nuevas condiciones?

–Absolutamente, hemos normalizado la precariedad. Cuando preguntas a un joven sobre su futuro laboral lo ve incierto. Antes hacías algo que te gustaba por vocación y eso configuraba una carrera profesional. Si te mantenías en el tiempo mejorabas tu estatus laboral. Pero hoy las carreras son fragmentarias, la gente estudia asumiendo que tal vez tenga que trabajar en otra cosa. La gente nacida a partir de los 90 ha tenido que asumir una vivencia laboral flexible y precaria.

–¿Qué consecuencias tendrá su situación laboral en el futuro?

–El modelo laboral tradicional tenía sus elementos oscuros. Era masculino, patriarcal, lesivo para el medio ambiente, hacía que las mujeres se retiraran del empleo... pero permitía mantener a toda la casa con un único sueldo industrial. No era la panacea pero los tiempos de ocio y trabajo estaban pautados y se podían configurar familias, consumos e ideologías. El trabajo era un perchero estable del que colgar lo demás, pero hoy no se puede colgar nada en él. El trabajo precario precariza la vida y cada vez existe una menor afección a quienes gestionan lo público. Se considera que no pueden garantizar los derechos básicos de la gente. Los empleos estables, que la gente tenga una vida que vivir con cierta tranquilidad, son vacunas contra el extremismo, pero estamos viviendo un retroceso a épocas que ya estaban superadas.

– Un gran porcentaje del salario se destina a la vivienda. ¿Es el momento de regular el alquiler?

–Entre los 50 y los 80, en los años gloriosos, el salario garantizaba la vivienda, los estudios y la salud. Hoy los sueldos son más escasos y muchas personas trabajan como autónomos cobrando por proyectos. Si el salario directo no es suficiente para el acceso a la vivienda habrá que recuperar prestaciones sociales y políticas públicas que lo permitan. Sin ingresos estables tampoco hay derechos de jubilación.¿Qué va a ser del futuro cuando las pensiones sean tan malas? En Euskadi ya lo estamos viendo con la RGI. Es escandaloso que tanta gente la cobre como complemento a la jubilación y que el 20%de quienes la perciben esté trabajando pero se encuentre por debajo del umbral de la pobreza.

–¿Pasa la solución por incrementar los impuestos a las empresas?

–El economista Thomas Piketty lo explica bien. Donde mejor funcionó la economía entre los 50 y 80 fue donde los impuestos eran altísimos y las empresas estaban localizadas, como en Estados Unidos.Lejos de un hándicap al emprendimiento supuso construir políticas públicas potentes. Pero la revolución neoliberal de los 80 nos ha cambiado el marco.

–¿Cómo desprecarizar el trabajo entonces?

–Hay que legislar a favor del empleo y apretar las tuercas al capital especulativo que desequilibra las cifras, como los fondos de inversión o tecnológicas como Amazon o Google. ¿Por qué no se nos ocurrió utilizar los ERTE en crisis anteriores? También están las medidas de reparto del trabajo, como la propuesta de Más País para semanas laborales de cuatro días, o medidas como la Renta Básica Universal. Hay cantidad de propuestas sobre la mesa pero falta voluntad y, al final, el empleo de hoy es precario y se parece más a Uber que a Altos Hornos.

miércoles, 28 de abril de 2021

La sociedad decadente

Ross Douthat
La sociedad decadente
Traducción de Beatriz Ruiz Jara
Ariel, 2020
 
"Más bien nos estamos haciendo mayores, estamos cómodos y encallados, hemos desconectado del pasado y perdido el optimismo por el futuro, hemos desdeñado la memoria y la ambición mientras esperamos a que alguna innovación o revelación venga a salvarnos, encerrándonos en capullos de los que no es probable que emerja ninguna crisalida, envejeciendo juntos e infelices ante la luz resplandeciente de una pantalla diminuta".


Se trata, ciertamente, de una imagen decadente. Pero como toda imagen o todo concepto con el que se quiere describir unidimensionalmente una sociedad compleja, se trata de una simplificación. No hay sociedad que sea solo decadente, o líquida, o posmoderna.

Douthat describe una sociedad tecnológicamente estancada, economicamente desacelerada, politicamente esclerotizada, culturalmente mediocre, envejecida, que ha renunciado a reproducirse, configurando lo que Megan McArdle llama una Ciudad Crepúsculo (Twilight City), que Douthat caracteriza así:

"[E]s un lugar en el que la gente es más mayor y por lo tanto está emocionalmente muy asentada en sus costumbres, y teme al cambio. De forma que resulta muy fácil imaginar que las políticas orientadas a combatir las decrecientes tasas de natalidad acaben por respaldar una especie de autoritarismo blando, con un estado que hace más para proteger al ciudadano a lo largo del ciclo vital y en la tercera edad, con una economía mucho más regulada, así como una afirmación mucho más vigorosa de la identidad nacional que venga a sustituir a unas identidades familiares atenuadas".

El politólogo de la Universidad de Columbia Mark Lilla ha reseñado el libro de Douthat, y a su rueda me coloco. Pero sí quiero destacar, de entre los potenciales desarrollos o evoluciones de esta sociedad de la decadencia, la posibilidad de hacer de la necesidad virtud, de manera que aprendamos a administrar juiciosamente la estabilidad:

"[E]l estancamiento intelectual y religioso e ideológico significa menos fanatismo y menos disparates utópicos; el descenso demográfico está desactivando la bomba poblacional, y el estancamiento económico podría ser la única fuerza capaz de limitar las emisiones de carbono y mantener el cambio climático bajo control. La tarea crucial de la humanidad del siglo XXI, bajo este punto de vista, sería sacarle el mayor provecho al estancamiento próspero: aprender a moderar nuestras expectativas y a vivir dentro de unos límites; asegurarnos de que los recursos existentes se distribuyan de manera más justa; [...] y hacer todo lo posible para ayudar a los países más pobres en su fructífera transición hacia nuestra posición actual".

¿Decadencia o barbarie?