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jueves, 13 de mayo de 2021

Muertes por desesperación y el futuro del capitalismo

Anne Case y Angus Deaton
Muertes por desesperación y el futuro del capitalismo
Traducción de Ramón González Férriz y Marta Valdivielso
Ediciones Deusto (Editorial Planeta), 2020
 
"Nuestra historia de muertes por desesperación, de dolor, de adicciones, alcoholismo y suicidio, de trabajos peores con salarios más bajos, de cada vez menos matrimonios, y de religión en declive es sobre todo una historia de estadounidenses blancos no hispanos sin una licenciatura de cuatro años".

 
Esta es la crónica de una catástrofe social: la que está afectando a la población blanca estadounidense de mediana edad y con bajo nivel de estudios, que está sufriendo un fuerte aumento de las tasas de mortalidad causada, sobre todo, por el incremento de las muertes autoinflingidas o "muertes por desesperación": suicidios, sobredosis de droga y enfermedad hepática alcohólica.

Víctimas de la crisis estructural que desde los años ochenta ha "corroído los cimientos que caracterizaron la vida de la clase trabajadora" (encontramos aquí ecos del imprescindible libro de Richard Sennett La corrosión del carácter), los ingresos de los hombres blancos sin estudios superiores han visto disminuir su poder adquisitivo en un 13% entre 1979 y 2017; pero, más allá de este deterioro material, son la cultura y la moral, la forma de vida de las comunidades trabajadoras, las que se han hundido. Un sistema sanitario que desprotege a las personas y las familias más vulnerables y unas instituciones políticas abiertamente apegadas a los intereses del capital han hecho el resto.

Mortalidad por drogas, alcohol y suicidio para blancos no hispanos entre 45 y 54 años
Anne Case y Agnus Deaton nos cuentan, combinando el rigor en el uso de los datos y la mirada cercana y compasiva, una historia de traición y abandono, de dolor y angustia, de desintegración personal y social. Con aspectos discutibles, claro: su autora y su autor no son anticapitalistas. Pero, en conjunto, se trata de un diagnóstico demoledor de un sistema que, no solo en Estados Unidos, funciona en contra de los intereses más básicos de las clases populares.

Por cierto: "La fracción de gente que votó a Donald Trump en 2016 [...] tiene una fuerte correlación con la fracción que siente dolor". Pues eso.
 

viernes, 16 de abril de 2021

White Trash: Los ignorados 400 años de historia de las clases sociales estadounidenses

Nancy Isenberg
White Trash: Los ignorados 400 años de historia de las clases sociales estadounidenses
Traducción de Tomás Fernández Aúz
Capitán Swing, 2020 

"Una y otra vez, la presencia de la escoria blanca nos recuerda una de las más incómodas verdades nacionales de Estados Unidos: que sigue habiendo pobres entre nosotros. La zozobra que induce a penalizar a las personas blancas sumidas en la pobreza revela la existencia de una molesta tensión entre las promesas de país que se inculcan a los estadounidenses -es decir, el sueño de la movilidad social ascendente- y la mucho menos atractiva realidad de que las barreras de clase determinen casi invariablemente que ese sueño resulte inalcanzable".


Aunque el acceso de Donald Trump a la Casa Blanca puso el tema de moda (no siendo cierta, se extendió la idea de que quien lo había aupado a la presidencia había sido el voto de la clase trabajadora blanca empobrecida), lo cierto es que la figura del trabajador-blanco-empobrecido es desde hace décadas un icono estadounidense, a la altura del cow-boy o del marine. Personaje literario de primer orden (pensemos en las novelas de John Steinbeck o Erskine Caldwell), es también un objeto de investigación social que ha generado innumerables reportajes periodísticos, así como miles de libros y artículos académicos, muy pocios traducidos al castellano. Entre los libros traducidos, yo destacaría Crónicas de la América profunda, de Joe Bageant (Los libros del lince, 2008; traducción de Pablo Manzano Migliozzi), Hillbilly, una elegía rural, de J.D. Vance (Ediciones Deusto, 2017; trad. de Ramón González Ferriz), Manifiesto Redneck, de Jim Goad (Dirty Works, 2017; trad. de Javier Lucini), Hombres (blancos) cabreados, de  Michael Kimmel (Barlin Libros, 2019; trad. de Daniel Esteban Sanzol) y, sobre todo, Extraños en su propia tierra, de Arlie H. Hochschild (Capitán Swing, 2018; trad. de Amelia Pérez de Villar).

Ahora tenemos la ocasión de leer también este libro de Nancy Isenberg, una auténtica enciclopedia sobre la historia de las y los trabajadores pobres en Estados Unidos, desde la época colobial británica, pasando por el momento fundacional de la nueva nación americana en el siglo XVII, hasta nuestros días:

"Bienvenidos por tanto a la Norteamérica real. La fecha de 1776 es un falso punto de partida para cualquier análisis de las condiciones que reinaban en el continente. La independencia no borró por arte de magia el sistema de clases británico, y tampoco erradicó las arraigadas creencias sobre la pobreza y la deliberada explotación de la fuerza de trabajo humana. La población desfavorecida, a la que prácticamente todo el mundo consideraba un despojo o una simple 'basura', continuaría siendo material desechable hasta bien entrados los tiempos modernos".

Nancy Isenberg construye así la genealogía de las personas y familias blancas pobres, objeto de desprecio y carne de explotación a lo largo de cuatro siglos, estigmatizadas con el apelativo de white trash, escoria o basura blanca. En los siglos XVII y XVIII se veían obligados a trabajar como esclavos en las colonias americanas (recordemos la película de 1947 Los inconquistables, de Cecil B. DeMille, con Gary Cooper y Paulette Goddard como protagonistas), en los años veinte del siglo XX eran los okies narrados por Steinbeck y retratados por Walker Evans, en los setenta fueron los degenerados habitantes de los Apalaches en la película Deliverance, hoy son las y los nómadas que al volante de sus caravanas recorren Estados Unidos a la búsqueda de un empleo precario, tal como denuncia Jessica Bruder en País nómada (Capitán Swing, 2020; trad. de Mireia Bofill Abelló).

Descartados como anomalías genéticas o morales, la escoria blanca es, en realidad, una clase social que constituye una enmienda a la totalidad al mito meritocrático fundamento del sueño americano, el producto de una estructura social radicalmente injusta. Esto es lo que desvela el importante libro de Nancy Isenberg.

sábado, 14 de diciembre de 2019

Quién mató a mi padre

Édouard Louis
Quién mató a mi padre
Traducción de Pablo Martín Sánchez
Salamandra, 2019

"Si entendemos la política como el gobierno de unos seres sobre otros y tenemos en cuenta que los individuos existen en el seno de una comunidad que no han elegido, entonces la política es la distinción entre colectivos cuya vida se asegura, se alienta y se protege y otros expuestos a la muerte, la persecución, el asesinato".


Édouard Louis se crió en Hallencourt, un pequeño pueblo del norte de Francia, en el departamento del Somme. Una zona característicamente obrera que en los años ochenta y noventa sufrió una severa desindustrialización que fracturó las comunidades y las familias trabajadoras. En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2017, el 54,69% de los votos fueron para el Frente Nacional de Marine Le Pen.

Por esas fechas,el autor de este libro escribió en The New York Times un artículo titulado "Por qué mi padre vota a Le Pen", en el que sostenía lo siguiente:

"Mi padre se había sentido abandonado por la izquierda política desde la década de 1980, cuando esta comenzó a adoptar el lenguaje y el pensamiento del libre mercado. En toda Europa, los partidos de izquierda ya no hablaban de clases sociales, injusticia y pobreza, de sufrimiento, dolor y agotamiento. Hablaron sobre modernización, crecimiento y armonía en la diversidad, sobre comunicación, diálogo social y reducción de las tensiones.
Mi padre entendió que este vocabulario tecnocrático estaba destinado a callar a los trabajadores y difundir el neoliberalismo. La izquierda no luchaba por la clase trabajadora, contra las leyes del mercado; estaba tratando de administrar las vidas de la clase trabajadora desde esas leyes. Los sindicatos habían sufrido la misma transformación: mi abuelo fue un sindicalista. Mi padre no. [...]
Por el contrario, el Frente Nacional criticó las malas condiciones de trabajo y el desempleo, atribuyendo toda la culpa a la inmigración o la Unión Europea. En ausencia de cualquier intento por parte de la izquierda para discutir su sufrimiento, mi padre se aferró a las falsas explicaciones ofrecidas por la extrema derecha. A diferencia de la clase dominante, no tuvo el privilegio de votar por un programa político. Votar, para él, era un intento desesperado de existir a los ojos de los demás. [...]
En la actualidad, escritores, periodistas y liberales cargan con la responsabilidad del futuro. Para convencer a mi familia de que no vote por Marine Le Pen no es suficiente demostrar que es racista y peligrosa: todo el mundo lo sabe. No es suficiente luchar contra el odio o contra ella. Tenemos que luchar por los impotentes, por un lenguaje que ofrezca un lugar a las personas más invisibles, personas como mi padre".


En este artículo encontramos el germen del libro publicado un año después. Un libro brevísimo, apenas 75 páginas, que se lee como un grito contra unas élites políticas y culturales que han decidido que la clase trabajadora y las comunidades de clase obrera son un lastre y/o están condenadas a la extinción. Lo escribe un hijo una de esas comunidades que, sin embargo, nunca fue parte de ellas: un joven sensible, culto, homosexual, incompatible con una masculinidad tóxica según la cual para ser un verdadero hombre había que beber, hacer el gamberro y abandonar los estudios lo antes posible.

Desde esta perspectiva, el libro contiene páginas en las que el autor desnuda la intimidad de una relación paternofilial afectada por la homofobia de su progenitor y el desengaño de su madre por tener un hijo tan "raro"; pero en las que también aparecen conmovedores destellos de amor, como la ocasión en la que, tras manifestar un rechazo enfadado y rotundo a la petición del autor de la película Titanic como regalo de su séptimo aniversario -"Me dijiste que era una película para niñas y que no me convenía"-, el día del cumpleaños encontró junto a su cama no solo el vídeo, sino también un albúm de fotos de la película:

"Era un estuche de coleccionista, sin duda demasiado caro para ti, para nosotros, pero lo habías comprado y lo habías puesto junto a mi cama envuelto en un papel. Te besé en la mejilla y no dijiste nada, me dejaste ver la película unas diez veces por semana durante más de un año".

En este sentido, recuerda en muchos aspectos al libro de Didier Eribon Regreso a Reims (Traducción de Georgina Fraser, Libros del Zorzal, Buenos Aires 2017), a quien por cierto cita Louis en este libro.

Un libro escrito como un grito desatado contra las élites políticas francesas con nombre y apellidos (Chirac, Sarkozy, Valls, Hollande, Macron), las mismas que han tomado la decisión de abandonar y desproteger a personas como su padre recortando los servicios y las ayudas sociales, culpabilizando y estigmatizando a quienes dependen de la asistencia social, y a quienes califica literalmente de asesinos.


Pero también es un grito airado contra una literatura que, en opinión del autor, ha dado la espalda a las vidas y los sufrimientos de las personas y las comunidades más pobres y excluidas. Lo expresaba así en una entrevista:

"Me hice escritor porque estoy enfadado. La cólera me ha hecho escribir. Crecí en un ambiente social en el que, como he dicho, la gente sufría violencia, exclusión, pobreza. Cuando me mudé a París y comencé a estudiar, y fui el primero de mi familia en hacerlo, me di cuenta de que sobre esas personas había muy poco discurso en la literatura, en el periodismo, en el arte. Así que escribí por un doble enfado. Me di cuenta de que lo que había vivido como niño no era normal, y también había un enfado contra la literatura. Quería casi agredir a la literatura por no haber hablado de mi padre, de mi madre, de las clases más pobres y excluidas. Eso no quiere decir que no haya libros o películas sobre los pobres, pero a menudo las representaciones son muy falsas. Suelen ser o buenas personas, amables, auténticas, naturales, o bien embrutecidas, violentas, malas. Dos mentiras una frente a la otra. Yo he escrito como un golpe de Estado contra la literatura".

Un libro tan breve, casi un panfleto, tan cabreado, incurre necesariamente en generalizaciones y en exageraciones. No es un tratado de sociología. Pero en su núcleo late una verdad tan incómoda como necesaria, que Eric Hobsbawn describía magistralmente en un breve texto titulado "Fuera de las cenizas", publicado en español como parte del muy recomendable libro de Robin Blackburn (ed.), Después de la caída. El fracaso del comunismo y el futuro del socialismo (Traducción de Ana Ferrero y Mercedes Villegas, Crítica, Barcelona, 1993):

"Los socialistas están ahí para recordar al mundo que la gente, y no la producción, es lo primero. La gente no debe ser sacrificada. No una clase especial de gente -los inteligentes, los fuertes, los ambiciosos, los guapos, los que un día pueden hacer grandes cosas, o incluso los que sienten que sus intereses personales no son tenidos en cuenta en esta sociedad-, sino todos. Especialmente los que son simplemente gente sencilla, no muy interesante, «simplemente ahí, para reunir las cifras», como solía decir la madre de un amigo mío. Como dice un personaje en el pasaje más conmovedor de La muerte de un viajante, de Arthur Miller, que es sobre una persona exactamente igual de mediocre y bastante inútil: «Se debe prestar atención. Se debe prestar atención a ese hombre». Para ellos es y de ellos trata el socialismo»".

martes, 10 de diciembre de 2019

El largo camino de la memoria de las mujeres

Jane Addams
El largo camino de la memoria de las mujeres
Prólogo de Miguel Ángel Miranda Aranda.
Traducción de Diana Valero Errazu y Daniel Gascón
Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2014

"La misión de la literatura siempre ha consistido en traducir el acto particular en algo universal, reducir el elemento de dolor crudo de la experiencia aislada, proporcionando al paciente la comprensión de que el suyo no es sino el destino común, e historias como la del Bebé Diablo han llevado a cabo esta misión para mujeres sencillas y trabajadoras que, en cualquier momento, componen el grueso de las mujeres del mundo".

Pionera de la investigación y el trabajo social, la norteamericana Laura Jane Addams (1860-1935) en 1889 fundó en Chicago, junto a su gran amiga Ellen G. Starr, la institución conocida como Hull-House. Esta sería la primera de las más de 500 settlement houses que se extendieron por Estados Unidos como expresión de un vibrante movimiento de reforma social dedicado a evitar que las personas inmigrantes que llegaban al país procedentes de Europa acabaran hacinadas en guetos urbanos empobrecidos.

Los settlements como Hull-House eran edificios ubicados en barriadas populares diseñados com auténticos centros comunitarios destinados a la investigación, la residencia y la provisión de servicios sociales y actividades formativas para las familias inmigrantes. Como señala Miguel Miranda en el prólogo del libro, "la institución que dirigió tuvo que ver mucho con la acogida a los inmigrantes que llegaban a los barrios obreros de Chicago procedentes de todo el mundo y que sufrían una situación que tan bien describió Upton Sinclair en la La jungla". De todo esto trata el libro más famoso de Jane Addams, Twenty Years at Hull-House, publicado en español por la Univesidad de Murcia.

Aunque el libro que ahora comento y recomiendo tiene como referencia Hull-House, no versa sobre la experiencia de los settlements. A partir del rumor de la existencia en esta institución de un misterioso y aterrador Bebé Diablo -"con sus pezuñas hundidas, sus orejas puntiagudas y una cola diminuta"-, presunto fruto de una unión impía, Jane Addams consiguió establecer profundas conversaciones con las mujeres que se acercaban con la intención de conocer al monstruo. En el transcurso de las mismas, estas mujeres le hablaron de la dureza de sus vidas, de sus agotadores trabajos, de sus problemas económicos, de las violencias que sufrían, pero también de sus esperanzas, sus resistencias y sus luchas.

El resultado es una fascinante etnografía sobre las condiciones de vida y de trabajo de estas mujeres trabajadoras, de sus familias y de las comunidades en las que habitaban.

Confieso con vergüenza que hasta hace unas pocas semanas no conocía a Jane Addams. Como se denuncia en el prólogo, "solo el ser mujer impidió que Jane Addams fuera considerada como una figura importante de la Sociología". Conocemos en profundidad a los "padres" de la Sociología (Durkheim, Weber, Marx) pero nos hemos educado huérfanas y huérfanos de madres como Addams. Agradezco a Amaia G., alumna destacada del grado de Sociología, el descubrimiento de esta interesante autora cuyas obras he empezado a localizar y de las que espero seguir aprendiendo.


lunes, 7 de octubre de 2019

Safari en la pobreza

Darren McGarvey
Safari en la pobreza. Entender la ira de los marginados en Gran Bretaña
Traducción de Martin Schifino
Capitán Swing, 2018


Pertenecer a la clase baja significa sentarse día tras día a leer las noticias para encontrarte con innumerables artículos de The Guardian que confirman cosas que sabías ciertas hace veinte años. […] Ojalá hubiera manera de que quienes crean el relato de vez en cuando consultaran a los más desfavorecidos. Hacerlo podría interrumpir el flujo continuo de suposiciones sobre las que se basan muchos asertos de los ricos y poner el debate sobre la sociedad en sintonía con el modo en que la sociedad realmente vive.


Nacido en una familia y en un barrio de clase trabajadora -su "árbol genealógico" incluye familiares cercanos, o él mismo, con problemas de alcoholismo, antecedentes penales, graves problemas financieros, intentos de suicidio, carencias educativas...-, McGarvey ha escrito un libro que cuestiona la aproximación a la pobreza que se realiza desde una clase media liberal de izquierdas que se ha dedicado históricamente a hablar a/de/sobre/para unas clases populares o una clase trabajadora, pero nunca se ha molestado en hablar con ella o, mejor aún, de dejarse decir por ella. El resultado es un monumental desencuentro:

Dado que los especialistas de esta clase realmente tienen buenas intenciones cuando se trata de atender los intereses de las personas de las comunidades desfavorecidas, acaban un poco confundidos, molestos y ofendidos cuando esas mismas personas empiezan a transmitirles su enfado. Nunca se les ocurre, pues se ven como los buenos, que la gente a la que pretenden servir pueda considerarlos oportunistas, trepas o charlatanes. Ellos mismos se consideran paladines de la subclase, y si algún pobre empieza a mostrar ideas propias o, Dios no lo quiera, se rebela contra los expertos en pobreza, lo culpan de malinterpretar los hechos. En efecto, estos tipos a menudo están tan seguros de su propia visión y sus virtudes que no se lo piensan dos veces antes de describir a la gente de clase trabajadora a la que pretenden representar como responsable de hacerse daño a sí misma si votan por un partido de derechas.

Este desencuentro se ha plasmado de manera muy evidente en los proyectos de "regeneración" de los barrios populares, que han terminado en desastrosas intervenciones cuya consecuencia más dramática ha sido la destrucción de la memoria de esas comunidades y de los espacios públicos que permitía a estas personas encontrarse (muchas veces conflictivamente) y construir lazos sociales entre sí:

La regeneración expone el abismo que separa a la gente que considera esta comunidad un «proyecto» o un «plan», una empresa en curso o un problema por resolver de la gente que realmente vive aquí.

Muy sugerentes las páginas que dedica a la importancia de la biblioteca pública en los barrios populares.

McGarvey cuestiona también los análisis de la izquierda liberal/izquierda cultural sobre la apatía política como un rasgo asociado a menudo con las clases bajas. Análisis moralizantes, ciegos a la posición de clase de quienes los formulan, que a menudo acaban culpando a las personas que sólo se expresan políticamente mediante la ira y el resentimiento, dirigidos muchas veces contra las personas inmigrantes y coincidentes muchas veces con las propuestas del populismo de derechas:

Algunas de las personas más vulnerables del mundo, que huyen de la pobreza y la violencia, acaban en las comunidades más empobrecidas y violentas del Reino Unido cuando llegan a nuestro país. En el torbellino de hipérboles, recriminaciones y chivos expiatorios, queda pendiente un debate sensato sobre las causas y los efectos de la inmigración en nuestras comunidades desaventajadas y sobre lo que podemos hacer para que vaya mejor. Entre otras cosas, para los migrantes mismos.

En relación a estas cuestiones, también dedica varias páginas a plantear una interesante y discutible reflexión sobre las tensiones entre diversidad y clase social, entre las políticas de la identidad y los análisis de clase:

Cuanto más prominente se ha vuelto la teoría de la interseccionalidad, más se ha descartado el análisis de clase. En lugar de producir una política de clases que incluya un espectro amplio de gente, la justicia social que se construye sobre la base de la política identitaria gentrifica los análisis de clase tradicionales. [...] Como manera de percibir la complejidad de nuestras distintas experiencias individuales y grupales, [la interseccionalidad] sin duda es muy útil. Como herramienta práctica para entablar un diálogo abierto con una amplia variedad de voces es un fracaso estrepitoso.

Pero el elemento más novedoso del libro, y el que perimetra el campo para una necesaria conversación (pendiente) en la izquierda, es su aproximación a la relación entre estructura y agencia, entre factores sistémicos y factores personales, entre responsabilidad colectiva y responsabilidad individual. McGarvey es muy consciente -¡cómo no va a serlo con su biografía!- de la influencia que sobre la vida de las personas tienen los factores estructurales:
Por debajo de la especificidad y la singularidad de nuestras vidas individuales tal y como las hemos llevado en el plano subjetivo, corre un camino de pura inevitabilidad del que rara vez nos hemos apartado. [...] Las clases sociales, por encima de todo, siguen constituyendo la principal línea divisoria en nuestra sociedad. En realidad, no se trata tanto de una línea divisoria como de una herida a escala industrial

Sin embargo, hay una clara intencionalidad en su libro, que aspira así a cumplir una función performativa, casi diría que militante: resaltar la capacidad que las personas tenemos, incluso en contextos sociales altamente exclusógenos, de tomar decisiones individuales que produzcan cambios significativos en la vida de cada cual, pero también en la vida de la comunidad. De lo que se trataría es de recuperar la idea de responsabilidad personal, que se ha convertido en el monopolio de la derecha:

Un análisis sistémico centrado en factores externos renuncia de manera imprudente a la oportunidad de explorar el papel que nosotros, como individuos, familias y comunidades, podemos desempeñar en las circunstancias que definen nuestras vidas. Adoptar una posición no solo basada en clamar contra el sistema, sino en examinar nuestras ideas y conductas. [...] Al alentar a las personas a creer que sus problemas inmediatos exceden sus capacidades, se les niega la voluntad individual de la que las priva la pobreza.

Un libro escrito desde la experiencia, que permite plantear debates interesantes.

sábado, 25 de junio de 2016

¡Ay!, las clases populares...


Me lo advirtió ayer Carlos: hemos organizado la Mesa de Análisis Postelectoral de la Asociación Vasca de Sociología y Ciencia Política el lunes a las 18:30, y resulta que a las 18:00 se juega en la Eurocopa el España-Italia. Pregunta sorprendida de alguien que asistía a la conversación: "¿Pero no sabíais que el lunes se televisa a las seis el partido?". Debo aclarar que la conversación transcurría en los prolegómenos de un acto político. "Es que Imanol no es futbolero", comentó Carlos intentando aclarar la situación. Me temo que en vano.

Esta mañana leo una reflexión de Jorge Riechmann en su último libro, Peces fuera del agua (Baile del Sol Ediciones, 2016):

Bastaría con que las clases populares de este país pusieran en la política democrática una quinta parte del conocimiento experto y la energía emocional que consagran al fútbol, quizá incluso una décima parte: bastaría con eso para que el empeño revolucionario por construir una sociedad justa y sustentable llegase a buen puerto... ¿De verdad hay que remitir tan modesta aspiración al País de Nunca Jamás?

Parece que por ahora sí. Y es una desgracia.

Pero lo que también me planteo, al hilo del Brexit, es cuánto del conocimiento experto y de la energía emocional que, ya sea desde las ciencias sociales, ya desde la política práctica, consagramos a comprender e impulsar el cambio social, lo hemos dedicado a entender y acompañar (acompañar, sí) a las personas y los grupos sociales que, desde hace décadas, vienen siendo perdedores netos de los procesos de reconfiguración del mercado de trabajo y de los espacios convivenciales (pueblos, barrios y ciudades) en las sociedades industriales avanzadas.

A propósito del triunfo del out, escribe Paul Mason: "Britain has voted to leave the EU. The reason? A large section of the working class, concentrated in towns and cities that have been quietly devastated by free-market economics, decided they’d had enough". La razón por la cual ha triunfado la opción de abandonar la Unión Europea es, en su opinión, que una gran parte de la vieja clase obrera británica, concentrada en pueblos y ciudades que han sido devastados por la economía de libre mercado, han decidido que ya era suficiente.
Ya lo advertía un sondeo en abril de YouGog, una empresa de investigación de mercado y opinión pública que trabaja básicamente con métodos online: "Class divides the EU referendum battle lines in awkward and unconventional ways. While in general Labour voters tend to be more europhile, working class people are also generally more eurosceptic, and may be motivated by a key Brexit argument". La clase social divide las líneas de batalla del referéndum sobre la salida de la UE de maneras incómodas y nada convencionales. Mientras que, en general, los votantes laboristas tienden a ser más bien eurófilos, las personas de clase trabajadora son generalmente más euroescépticas, y pueden estar muy motivadas por un argumento central en la campaña en favor del Brexit: el argumento al que se refiere es el expuesto en un artículo publicado en enero con el título "Labour should not be the champion of EU free movement", y no es otro que el de los efectos negativos de la inmigración sobre las condiciones de trabajo y de vida de las clases populares.



Otros interesantes artículos, en la misma línea: "If you've got money, you vote in ... if you haven't got money, you vote out", de John Harris, o  "Why the British working class voted for Brexit", de Kamal Mitra Cenoy.

El año pasado publiqué en la Revista Española del Tercer Sector, nº 31, un artículo titulado "Desamparo, populismo y xenofobia", del que a continuación recojo algunos fragmentos:

El desamparo es siempre relacional. El desamparo es algo que nos ocurre, no algo que somos o tenemos. Un individuo puede ser frágil o vulnerable, pero no puede ser desamparado. La situación de desamparo no es fruto de una característica o atributo de la persona desamparada, tampoco es consecuencia de su comportamiento, sino que es siempre consecuencia de una acción (u omisión) de otra persona distinta de aquella de la que se señala el desamparo, o de una determinada institución. La situación de desamparo es siempre transitiva: la persona desamparada lo está porque otra persona (o institución) la ha desamparado. Buscando una analogía que nos ayude a dar luz sobre este asunto, estar desamparado no se parece a estar perdido, sino a estar abandonado
La desafección democrática, más en concreto la desconfianza hacia las instituciones de la democracia, puede considerarse como una excelente variable proxy para analizar el fenómeno del desamparo. Especialmente esa expresión de desconfianza y desafección que denominamos populismo.
Son muchas las investigaciones y los análisis que permiten sostener la tesis de la correlación entre sentimiento de desamparo (expresado como desasosiego ante el futuro, pérdida de estatus, miedo a perder la capacidad de cuidar de los suyos, sensación de anomia, etc.) y apoyo a los discursos y las organizaciones populistas de extrema derecha; sentimientos de ansiedad que han permitido a estas organizaciones articular un discurso xenófobo que no se apoya ya en el viejo y desprestigiado racismo biológico, facilitando así su «lavado de cara» e incrementando su potencial de penetración social. Estas organizaciones se convierten en refugio de todos esos angry white men que habitan en barrios degradados de antiguas ciudades industriales hoy en declive.
En el marco de una “creciente etnización de las relaciones y conflictos sociales”, la pérdida de seguridad material y estatus social que sufren muchas personas “constituye un caldo de cultivo ideal para formaciones políticas populistas, antiinmigrantes y antieuropeas, bajo la amenaza de la xenofobia, la discriminación y sus manifestaciones más violentas”. Como señala Lorenzo Cachón:
La relación entre esos colectivos de trabajadores autóctonos peor situados en el mercado laboral y la inmigración y los inmigrantes es una cuestión de extraordinaria relevancia económica (porque es ahí donde confluyen, al menos en parte, los ámbitos de competencia entre autóctonos e inmigrantes) y social y política (porque es en este “terreno natural” donde se alimenta la demagogia xenófoba de extrema derecha).
Es cierto que la angustia que impulsa a muchas personas, muchas de ellas ex votantes de partidos tradicionales de la izquierda, no es sólo económica, o, en todo caso, no se explica sólo desde variables económicas, sino también en razón de temores y angustias de naturaleza explícitamente cultural, como son los sentimientos de pérdida y amenaza de la identidad nacional. En Gran Bretaña ha tenido lugar un interesante debate en este sentido tras la publicación de una carta abierta a los votantes del United Kingdom Independence Party (UKIP) del escritor izquierdista Owen Jones, autor del libro Chavs: la demonización de la clase obrera, en la que sostenía que sus demandas y aspiraciones coincidían en una gran parte con las de muchos votantes de izquierda, en particular en su rechazo a las élites económicas y políticas, por lo que no debían dar su apoyo al UKIP. Y afrontando la espinosa cuestión de la inmigración, escribía:
No voy a haceros perder el tiempo ni a ser condescendiente con vosotros predicando los beneficios de la inmigración. Sólo quiero preguntaros esto: ¿Quién ha causado más problemas a nuestro país: los banqueros que nos sumieron en el desastre económico, los políticos derrochadores que tienen la cara de aleccionarnos sobre el fraude social, los ricos evasores de impuestos que dejan de pagar 25.000 millones de libras al Tesoro Público; los jefes que pagan salarios de pobreza y los propietarios que cobran alquileres de estafa; o las enfermeras indias y los recogedores de fruta polacos?.
Este artículo de Owen fue respondido por otro periodista, Ed West, considerándolo como un ejemplo del «punto ciego» que caracteriza a la mirada de la izquierda sobre el populismo, y que consiste en su incapacidad de analizar los problemas sociales en términos no exclusivamente económicos: «Hay indudablemente razones económicas para la angustia de los votantes del UKIP, pero la izquierda está ciega a las ansiedades sociales que tales problemas comportan y que no pueden resolverse simplemente mediante impuestos más altos o suaves palabras relativas a la comprensión de sus inquietudes».
El sentimiento de desamparo de tantos individuos y grupos es un fenómeno complejo en el que se mezclan variables económicas tanto como sociales, ideológicas y existenciales. En todo caso considero –al menos como hipótesis- que los fundamentos materiales de ese sentimiento resultan esenciales, y se bien no son condición suficiente si son condición imprescindible para la extensión del desamparo. Por otro lado, son estas variables económicas las que pueden permitirnos reconstruir una narrativa universalista que, sin negar las demandas culturales e identitarias, evite su transformación en argumentos anti-igualitarios.

Puede leerse el artículo completo AQUÍ.

Habrá que seguir pensándolo, pero el reto para las fuerzas sociales y políticas progresistas es fundamental.