domingo, 26 de abril de 2020

Hacer de la necesidad virtud... pero de verdad

Acabo de recibir BASURTU GURE AUZOA, boletín de la Asociación Vecinal de Basurto, en el que participo con una breve reflexión sobre la posibilidad de que la pandemia cambie nuestras vidas.
Un placer colaborar con el movimiento vecinal de Bilbao.


sábado, 25 de abril de 2020

Las cenizas de Prometeo

Joaquim Sempere
Las cenizas de Prometeo. Transición energética y socialismo
Ediciones de Pasado y Presente, 2018

"Estamos en una situación paradójica en que no hay capacidad ni fuerza para derrotar el sistema, aunque este muestre una gran fragilidad y vulnerabilidad frente al colapso. [...] Más que derrocar el sistema, la tarea de las próximas generaciones puede resultar ser otra: reconstruir la sociedad desde las ruinas resultantes de su autodestrucción, ya sea una auodestrucción total o solo parcial y por fases".

En este libro Joaquim Sempere nos invita a "imaginar una alternativa democrática ecológicamente consciente, un ecosocialismo" que nos permita superar el fosilismo sobre el que se fundamenta nuestro modelo económico y social, homicida en el corto plazo (pues se construye sobre la acumulación por desposesión) y suicida en el largo plazo (por ecológicamente insostenible), y afrontar una transición hacia una sociedad postcarbono.

Las sociedades industriales avanzadas sufren una grave enfermedad metabólica en fase terminal. Consumimos vorazmente cada vez más recursos no renovables y producimos cada vez más residuos no biodegradables. De lo que se trata es de impulsar un programa de decrecimiento que disminuya muy sensiblemente la actual magnitud de la economía mundial.

Un libro que es "fruto del miedo" al colapso del capitalismo, que se construye sobre la esperanza paradójica de que este colapso, que no es una amenaza de futuro sino una realidad cierta (llevamos ya casi sesenta años habitando en un escenario de sobrepasamiento de los límites de sostenibilidad de la biosfera), pueda servir como acicate para un futuro sostenible y justo.

Pero no basta con un shock, con un colapso, por más duro y repentino que sea, para asegurar un cambio en positivo, como explica Sempere a partir del caso de la Cuba del periodo especial (y que ya he comentado AQUÍ). Es imprescindible descolonizar nuestros imaginarios, nuestras aspiraciones, nuestras concepciones del bienestar, nuestros deseos mismos.

Sempere defiende y propone un proyecto de austeridad elegida y autocontención, indigesto para nuestra cultura consumista; un "ecosocialismo de la frugalidad solidaria" que, por más utópico que hoy nos pueda parecer, coincide con los ideales de vida buena propuestos por las grandes tradiciones filosóficas y religiosas, y no está muy alejado de los modos de vida que hemos llevado hasta no hace tanto, cuando la dieta era mediterránea, en cada habitación de la casa había como mucho una toma de electricidad, los envases de cristal (los "cascos) se devolvían al comprar otro, las vacaciones se hacían "en el pueblo" y el dobladillo de los pantalones se estiraba acompañando el crecimiento de quien los utilizaba:

"La sospecha de que vivir con menos puede resultar más satisfactorio -siempre que se tengan satisfechas las necesidades básicas- es perfectamente plausible, y tiene una larga tradición. La esperanza arraiga también en esta sospecha. Asumir la escasez previsible y sacar las consecuencias adecuadas  es la gran tarea del actual momento histórico".

Aunque la mayoría de sus contenidos  no resulten desconocidos a quienes se muevan en el ámbito de la reflexión o la acción ecologistas, el libro de Sempere se convierte en lectura y material de debate imprescindible al conseguir, en no demasiadas páginas, presentar con claridad el diagnóstico de nuestra crisis, así como una hoja de ruta (o un "plan de emergencia", en sus propios términos) para salir de ella.


jueves, 23 de abril de 2020

1793

Niklas Natt och Dag
1793
Traducción de Patricia Antón de Vez
Salamandra, 2020

"Ahora he visto el mundo, Winge. Los humanos son sabandijas mentirosas, una manada de lobos sedientos de sangre y de poder. Los esclavos no son mucho mejores que sus señores, sólo más débiles. Los inocente sólo siguen siñendolo porque son unos incapaces. Antes de que París se convirtiera en un río de sangre, todo el mundo hablaba de igualdad, libertad y fraternidad, de derechos humanos, y ahora esas mismas voces se oyen aquí. Pues yo vi la declaración de los derechos del hombre escrita en los pellejos de hombres a los que habían desollado después de que la guillotina les separara la cabeza del cuerpo".

La historia se inicia en el otoño de 1793, en una Estocolmo que nos recuerda que la hoy admirable Suecia (por higiénica, cívica, social y democrática) fue en otros tiempos una sociedad bien distinta. Ya lo comprobamos con la novela de Mikael Niemi Cocinar un oso. Estocolmo, en concreto, es en esa época una ciudad profundamente desigual, sucia, brutal:

"En las orillas de la bahía se acumulan basura y estiercol de las letrinas del barrio de Normalm, por lo que el agua tiene un tono entre amarillo y marrón. [...] En la plaza está instalado el burro español con su lomo en cuña. Encima, sentado a horcajadas y con pesas en los pies, hay un hombre que no para de lloriquear. A juzgar por su atuendo, es el conductor de un coche de caballos al que han pillado cobrando de más. Cerca de allí puede verse a otro hombre, éste atado a la picota. Va medio desnudo y suelta aullidos. La sangre que le mana de la nariz se le mete en la boca. [...] Familias enteras viven apiñadas en esas barracas ruinosas, siempre en riesgo de que el precario techo les caiga encima. Esa gente, más que nadie, tiene buenos motivos para temer la estación que se avecina: el invierno no sólo llena a rebosar los hospicios de indigentes temblorosos, también hace que en los cementerios se acumulen cuerpos insepultos a la espera de que el terreno se deshiele".

El ex soldado y actualmente guardia de la ciudad Mickel Cardell, mutilado de guerra  y acostumbrado a la violencia (a sufrirla y a producirla), recupera del lago Fatburen, ubicado en la isla-barrio de Södermalm, un cadáver horriblemente mutilado, que recibirá el nombre (conmovedor intento de los investigadores por dotar de humanidad al anónimo cuerpo) de "Karl Johan":

"A Karl Johan le faltan ambos brazos y ambas piernas. Todos los miembros se han cercenado lo más cerca posible del cuerpo, tanto como ha permitido el uso sin trabas del cuchillo y la sierra. Al rostro le faltan también los ojos: fueron removidos de sus órbitas. Lo que queda del cuerpo se ve malnutrido, las costillas sobresalen. Aunque el vientre está distendido por los gases, que han vuelto hacia fuera el ombligo, los huesos de la cadera resultan claramente visibles bajo la piel. El pecho es delgado y estrecho, como el de un joven: aún no tiene la amplitud del de un hombre adulto. Las mejillas se ven hundidas. Del joven que una vez fue, lo que queda en mejor estado es el cabello".

Lo más terrible es que todas esas mutilaciones se han realizado en vida, y que la desdichada víctima ha sobrevivido a las mismas durante semanas.

Cardell constituirá una improbable pareja investigadora con el honesto y enfermizo (prácticamente moribundo) Cecil Winge: abogado, seguidor de Rousseau y Descartes, compañero de estudios del jefe de policía de Estocolmo, con quien ha colaborado en muchas ocasiones, empeñado en introducir en la policía criterios científicos de investigación:

"A lo largo de su carrera como abogado se hizo célebre por su absurda insistencia en interrogar a los reos, algo que se suele evitar en la medida de lo posible. Para colmo, su apego a los detalles hacía que sus casos se volvieran insoportablemente largos. Al final, pese a que nadie tenía la menor duda de que aquel al que Winge señalara como culpable o inocente lo era de verdad, los colegas no lo estimaban particularmente, más bien al contrario. La mayoría de quienes trabajan en el sistema judicial sólo quieren que la justicia se imparta lo más deprisa posible, pero con él se las veían y se las deseaban, pues Winge era todo un maestro del razonamiento lógico y una vez lanzado no había forma de detenerlo".

La investigación propiamente dicha del desmembramiento y asesinarto de "Karl Johan" se desarrolla en las parte primera y cuarta del libro. Entre ambas, otras dos partes se construyen al modo de flashbacks en los que conocemos las historias de Kristofer Blix, un joven aprendiz de cirujano que tras la guerra sobrevive en Estocolmo mediante pequeños timos, y de Anna Stina, una joven huérfana, pobre y trabajadora, que ve su vida truncada por una sociedad brutalmente patriarcal, en la que la religión reproduce y refuerza la estigmatización de las mujeres más pobres: "Es la vieja historia de siempre: una hija tan ramera como su madre; generaciones y generaciones que se remontan hasta el mismísimo pecado original". Ambas vidas se cruzarán y enlazarán en un acto de amor y redención, y serán claves en la resolución del caso.

Y todo ello ocurre en un escenario de tensiones políticas, tras el asesinato en marzo de 1792 del rey Gustavo III, sustituído por un príncipe heredero de apenas trece años, con una corte y una aristocracia aterradas ante la posibilidad de que los vientos revolucionarios nacidos en Francia lleguen hasta el corrompido Reino de Suecia. 

Un fascinante thriller histórico y psicológico, duro y explícito, que inaugura una trilogía que habrá que seguir leyendo.

sábado, 18 de abril de 2020

Los estragos de Sharpe

Bernard Cornwell
Los estragos de Sharpe
Traducción de Carlos Valdés
Edhasa, 2010

"Sharpe siempre había tenido suerte. Quizá no en las cosas más grandes de la vida ni, desde luego, en las circunstancias de su nacimiento de una puta callejera, que había muerto sin hacer a su hijo ni una sola caricia, ni en cómo había sido educado en un orfanato de Londres, donde no importaban un comino los niños que estaban dentro de sus lúgubres muros; pero en las pequeñas cosas, en aquellos momentos en que la distancia entre éxito y fracaso tenía el ancho de una bala, sí había sido afortunado".

Tengo que empezar confesando que no soy un gran lector de ese género denominado novela histórica o ficción histórica. Por casa pueden encontrarse, repartidas por distintos rincones fuera de la que considero nuestra biblioteca "principal", una centena larga de obras pertenecientes a este género, y algunas las he leído con gusto: los Espartaco de Howard Fast y de Arthur Koestler, las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, León el Africano de Amin Maalouf, Yo Claudio de Robert Graves, Juliano el Apóstata de Gore Vidal... Pero son son más los libros que ni he empezado ni, creo, empezaré.



Sin embargo, hay dos autores cuyas novelas de trasfondo histórico llevan tienpo formando parte de mis lecturas favoritas; o, al menos, una parte de su producción, pues ambos tienen una amplia y variada obra. De hecho, comparten estantería en esa biblioteca principal a la que me he referido.

Uno de ellos es Arturo Pérez Reverte. Entre su extensa producción he disfrutado especialmente con La sombra del águila, con Hombres buenos, con sus tres Falcó y con su última novela, Sidi, como ya he comentado aquí. Pero, sobre todo, es su serie Alatriste la que me enganchó.

El segundo autor es el británico Bernard Cornwell, cuya obra es vastísima. De entre ella destaco su trilogía "Crónica del Señor de la Guerra", una entretenida mirada a las leyendas artúricas, publicada originalmente en España por la Editorial Península, y por Quinteto en edición de bolsillo.  

Y luego está su serie sobre el fusilero Richard Sharpe, cuyas historias transcurren durante las Guerras Napoleónicas, una docena de ellas en los escenarios bélicos de España y Portugal. ¿Se trata de auténtica novela histórica? Más bien es novela de acción o de aventura con trasfondo o escenario histórico: de hecho, él mismo se define así, como autor de adventure stories. Para quien quiera entrar a juzgar sus (de)méritos históricos recomiendo el concienzudo análisis realizado en el blog La novela antihistórica. Así y todo, invito a acercarse a alguno de los títulos de la serie y probar a leerlo.

Mi relación con este tipo de obras, construidas en torno a un personaje central (como el citado Alatriste, el Harry Flashman de George MacDonald Fraser, el Jack Aubrey de Patrick O'Brian, el Horatio Hornblower de C.S. Forester o el legionario Quinto Liciano Cato de Simon Scarrow), depende esencialmente de que el protagonista se convierta, por así decirlo, en alguien familiar. Un poco como me ocurre con la novela negra o policiaca: acabo siguiendo las historias de unos protagonistas que, por la razón que sea, se convierten en interesantes para mí: el Charlie Parker de John Connolly, el Montalbano de Andrea Camilleri, el Kurt Wallander de Hennig Mankell, el Fabio Montale de Jean-Claude Izzo, el Gamache de Louise Penny, el Bernie Gunther de Philip Kerr, el Brunetti de Donna Leon, el Hole de Jo Nesbo, el Harry Bosch de Michael Connelly, el Spenser de Robert B. Parker, el Toby Peters de Stuart Kaminsky, el Lew Archer de Ross Macdonald, el Philip Marlowe de Raymond Chandler... Si este flechazo no se produce (por ejemplo, no he conseguido conectar con O'Brian, Hornblower o Cato) no me planteo su lectura.

El caso es que con Sharpe esta conexión sí se ha producido. Me he acostumbrado a seguir sus andanzas, tanto en el campo de batalla como en las distintas subtramas (sentimentales, relaciones con sus compañeros de armas, conflictos con la aristocrática estructura del ejército británico de la época...) y, en general, el resultado ha sido más que satisfactorio en términos de entretenimiento.

En esta novela, Las estragos de Sharpe, nos situamos en mayo de 1809, mientras las tropas británicas se retiran de Oporto empujadas por el ejército francés. En un escenario caótico, Sharpe recibe la orden de encontrar a una joven de rica familia que ha abandonado su casa con el objetivo de casarse, contra la voluntad de su madre, con el teniente coronel James Christopher, un personaje oscuro que acabará demostrándose que trabaja para el bando francés, por razones de estricto interés personal, pero también porque comparte el proyecto napoleónico de unificar Europa bajo las luces de la razón y en contra del absolutismo monárquico:

"-¿No le inquieta estar traicionando a su país?
-No traiciono nada -dijo Christopher, y después, para variar, habló con sinceridad-. Si las conquistas de Francia, general, son gobernadas solo por franceses, entonces Europa no les considerará más que unos aventureros y unos explotadores, pero si comparten su poder, si cada nación de Europa contribuye al gobierno de todas las demás naciones, entonces habremos entrado en el mundo prometido de razón y paz. ¿No es eso lo que quiere su Emperador? Un sistema europeo, un código legal europeo, una judicatura europea y una única nación en Europa, los europeos. ¿Cómo puedo traicionar a mi propio continente?".

Lo dicho: una novela entretenida, perfecta para pasar un largo rato de lectura. Aún me quedan por leer las que, creo, son las dos últimas historias de la serie. Si el confinamiento se prolonga, alguna más caerá, seguro.

jueves, 16 de abril de 2020

Una clara y gélida mañana de enero a principios del siglo XXI

Roland Schimmelpfennig
Una clara y gélida mañana de enero a principios del siglo XXI
Traducción de Núria Molines Galarza
Editorial Periférica, 2020

"Una clara y gélida mañana de enero a principios del siglo XXI, poco después de que despuntase el alba, un lobo solitario vadeó el río que forma la frontera entre Alemania y Polonia, que estaba totalmente congelado.
El lobo venía del Este. Caminó sobre el Óder helado, llegó a la otra orilla y prosiguió hacia el Oeste. Detrás del río, el sol seguía hundido en el horizonte.
El lobo caminó por vastos campos cubiertos de nieve bajo el cielo sin nubes hasta que llegó a la linde de un bosque y por allí desapareció".

Tomasz, un joven polaco que trabaja en Berlín junto con otros compatriotas reformando edificios es el primero en ver al lobo, consiguiendo además fotografiarlo con su móvil. Su pareja, Agnieszka, se gana la vida limpiando tiendas, oficinas y domicilios. Llevan juntos casi una década, ahora ella tiene veintidós años y Tomasz veinticuatro. Mientras que Agnieszka parece haberse adaptado a su nueva vida, él no deja de pensar en regresar a Polonia: "Cuando llegó con Tomasz a Berlín, ninguno de los dos  hablaba alemán. Ahora ella lo hablaba casi a la perfección, y él seguía sin apenas entender nada. En la obra se relacionaba casi exclusivamente con polacos". Ambos trabajan día y noche, desde primeras horas de la mañana hasta la madrugada, seis días a la semana. Su único respiro es la noche de los sábados, cuando salen a bailar.


Elisabeth es una adolescente de dieciséis años cuyas relaciones familiares son muy complicadas. Su madre y su padre eran artistas, pintores de un cierto éxito, separados al poco de nacer la niña. Con el tiempo, la carrera del padre, que vive en Berlín, continúa progresando, mientras que la de la madre se ha estancado: "Tenía treinta y pocos cuando nació su hija, y le iba muy bien como artista en Berlín. Cinco años después era una madre soltera en un pueblo no muy lejano de la frontera con Polonia. Bebía mucho -eso ya le venía de antes-, era irascible y engreída. Se había peleado con la mayoría de sus conocidos de la época berlinesa". Tras una violenta pelea con su madre, Elisabeth decide escapar de su pueblo y dirigirse a Berlín acompañada de su amigo Micha. Los padres de este son naturales de ese pueblo, siempre han vivido ahí, trabajando en una fábrica local que ha cerrado hace tres años. Desde entonces están en paro.

Agnieszka vende la foto del lobo a una de las mujeres a las que limpia la casa, trabajadora en un periódico, y al día siguiente ya está en todas las portadas y noticiarios: "un lobo de noche en la nieve, iluminado por el flash y, detrás del animal, un cartel que decía que faltaban ochenta kilómetros hasta Berlín".

Semra, una joven periodista de origen turco que intenta hacerse un hueco en el periódico en el que trabaja dice que sabe mucho de lobos y consigue el encargo de cubrir la noticia.

Charly y Jacky son una pareja que ronda la treintena y regentan un modesto quiosco en Berlín, donde venden periódicos, tabaco, loteria, cerveza, snacks y refrescos. Convencido de que su quiosco, por el que pasa en algún momento toda la gente del barrio, los convierte en "el ojo de la ciudad", Charly comienza a obsesionarse por no haber sido ellos quienes han dado la noticia de la presencia del lobo.

El padre de Micha, con problemas de alcoholismo, viaja a Berlín para encontrar a su hijo y se aloja en casa de su hermano mayor, a qien no ha visto hace tiempo, sin trabajo desde hace años por problemas de espalda. También se desplaza a Berlín la madre de Elisabeth, donde se aloja con una antigua amiga con una vida tan complicada como la suya, y se reune con su ex-marido, cuya casa es una de las que limpia Agnieszka...

Con el trasfondo de las heridas sociales y económicas provocadas por la reunificación, esta delicada historia nos ofrece una mirada compasiva y cercana a un ramillete de vidas errantes, en búsqueda, que se entrecruzan en un escenario urbano oscuro y helado. Mujeres y hombres que acumulan una biografía de fracasos, en la deprimida periferia de la sociedad alemana actual, pero que no han dejado de alimentar sueños y esperanzas. Me han llamdo la atención los muchos actos de hospitalidad y ayuda que se van mostrando a lo largo de la historia: el que detiene su coche en la noche para recoger a los jóvenes que deambulan en la noche invernal y les ofrece alojamiento; el que lleva en su coche hasta la estación al padre del chico...

Y siempre, como hilo conductor, el avance del lobo hacia Berlín, atravesando zonas habitadas y siendo visto por cada vez más personas, convertido en metáfora, salvaje y bella, de estas errancias.

Un libro muy recomendable.

Mientras lo leía he vuelto a ver el maravilloso documental Lobos errantes (1ª parte, 2ª parte) que emitió en su momento La 2 de TVE. Y he recordado la suerte que he tenido por haber podido encontrarme, en varias ocasiones, cara a cara con un lobo en plena naturaleza. Tiene razón Charly cuando describe su encuentro con el lobo: "No me quito de la cabeza la mirada. La mirada, Jacky, los ojos, nunca había visto algo así. La mirada era tan fría. No me lo esperaba".


martes, 14 de abril de 2020

No basta un shock

¿Cómo saldremos de esta crisis? Es la gran pregunta que, desde las más diversas perspectivas y con una gran variedad de respuestas se plantean estos días muchas personas. Seguramente todas y todos nos lo planteamos: ¿saldremos mejores, más sensibles a la vulnerabilidad compartida, valorando más los servicios públicos y la solidaridad comunitaria? ¿Aprenderemos alguna lección para el futuro, modificaremos algo fundamental de nuestra anterior "normalidad"?

No hay intelectual (de los de antes y de las y los de ahora)  que no haya aportado su reflexión al respecto: Habermas, Ferrajoli, Gray, Harari, Morin, Attali, las y los 15 de la Sopa de Wuhan (Agamben, Zizek, Nancy, Han, López Petit, María Galindo, Judith Butler, Badiou, Gabriel, Patricia Manrique, Yañez González, Berardi, Preciado, Zibechi y Harvey)...  "¿Qué medidas de protección se te ocurren para no volver al modelo de producción anterior a la crisis?", se pregunta y nos pregunta Bruno Latour en un interesante artículo del que nos hemos hecho eco AQUÍ.

Pocas son opiniones que se atreven a vaticinar una mera vuelta a la a-normalidad anterior, al business as usual, a pesar de que contamos con el inquietante precedente de la crisis de 2008, en la que entramos con similares preguntas y expectativas de cambio y de la que salimos... como salimos, es decir, prácticamente como entramos. Solo El Roto se atreve a sacudirnos el alma con su imprescindible mirada.


¿Mi personal respuesta a la pregunta que encabeza esta reflexión? La verdad es que no estoy dedicando mucho tiempo a pensar sobre ello: ocupado como estoy con la docencia no presencial y las tareas de cuidado, lo que me piden el cuerpo y la mente es leer y leer, más que escribir. En todo caso, en mis escasas intervenciones públicas (AQUÍ en La Ventana Euskadi, o en un breve texto para Hiritarrok, el boletín informativo digital de la Federación de Asociaciones Vecinales de Bilbao) me descubro manteniendo un discurso que, abierto a un horizonte de transformación social, enfatiza la necesidad de trabajar concienzudamente la realidad actual como estructura de oportunidad, sin creer que la gravedad misma de la situación que afrontamos desembocará necesariamente ("¡es imposible que las cosas sigan igual!") en un cambio de las dinámicas sociales, políticas y económicas.


Por eso, me ha resultado de mucho interés leer lo que escribe Joaquim Sempere sobre la experiencia cubana del llamado período especial de los años 1991-1999. Lo hace en su libro, muy recomendable, Las cenizas de Prometeo: transición energética y socialismo (Ediciones de Pasado y Presente, Barcelona 2018, pp. 56-63, 72-76); también en su artículo "El colapso energético en la Cuba de los años 90", publicado en la igualmente recomendable revista Papeles de relaciones ecosociales y cambio global (nº 140, 2017/18, pp. 13-32).

La desintegración de la URSS, concretada entre el 11 de marzo de 1990 y el 25 de diciembre de 1991 en la independencia de las quince repúblicas que la componían, dejó a Cuba sin un suministro de petróleo barato (a cambio de azúcar adquirida a precios por encima del mercado) que había estado en la base de su desarrollo industrial, un desarrollo fuertemente dependiente de la importación de energía, alimentos (la mitad de todo su consumo), maquinaria agrícola, etc. En la nueva etapa postsoviética Cuba se vió obligada a exportar e importar sometida a las condiciones del mercado mundial, con el añadido del bloqueo comercial estadounidense. De manera repentina, se vio forzada a adaptarse a una situación de escasez sin precedentes, con unas consecuencias dramáticas para la población de la isla y su economía:

"El resultado fue una reducción drástica y súbita del nivel de vida y de las pautas habituales de la vida cotidiana. Se produjo un empeoramiento muy sensible en la alimentación. Se pasó hambre. El peso corporal medio de la población cubana se redujo, según algunos observadores, en 9 kilos. [...] En conjunto, el país experimentó un empobrecimiento agudo. La renta nacional se redujo considerablemente. Para 1993 la caída del Producto Social Global había sido de un 51,5% del total (un 33,8% en términos del PIN). La tasa de inversión bruta se redujo de un 26% a un 7%. La formación bruta de capital se derrumbó un 61%. Muchas industrias tuvieron que cerrar o funcionar a medio gas y creció el paro. [...] La reducción del suministro de agua potable tuvo efectos sobre la salud -tanto a través de la alimentación como de la higiene corporal- que a la vez suponían un golpe para la autoestima de muchas personas, acostumbradas a otros baremos. No hay cigras oficiales sobre los suicidios, pero la percepción social es que aumentaron".

La buena noticia es que las instituciones y la sociedad cubanas reaccionaron con rapidez para intentar enfrentarse a esta dramática situación. Los cambios en la economía, el transporte y los modos de vida fueron radicales: la construcción prácticamente se paralizó; se recurrió a caballos para facilitar el transporte colectivo y los servicios de ambulancias; la iniciativa comunitaria se activó para mitigar las peores consecuencias; se multiplicaron los huertos urbanos... Pero el cambio más relevante es el que se produjo en la agricultura de la isla, que pasó de ser "la más industrializada de todas las agriculturas latinoamericanas" a adoptar "métodos agroecológicos, hasta convertirse en el país del mundo con una proporción mayor de agricultura ecológica", logrando revertir la escasez de alimentos:

"En 2003 se produjeron un 21% más de alimentos que en 1988 (año de la máxima producción agrícola de la época soviética) con solo un 12% de fertilizantes industriales. En otras palabras, la agricultura cubana aprendió durante aquellos años críticos a producir más y mejores alimentos reduciendo el uso de agroquímicos y contaminando menos".

Y, sin embargo, cuando en 1999 la Venezuela de Chávez volvió a vender a Cuba petróleo a buen precio se volvió en gran medida a la anterior agricultura industrial, como si todo hubiera sido un desgradable paréntesis en la ansiada normalidad, a la que habria que regresar cuanto antes. De ahí la conclusión de Sempere:

"Cuba tuvo un aprendizaje por shock de los efectos de una interrupción brusca del suministro energético. Pero para que el choque aporte un aprendizaje, no basta la experiencia dolorosa. Hay que disponer, además, de marcos mentales que permitan sacas las lecciones adecuadas".

Marcos mentales y más cosas, por supuesto. Pero lo que me interesa es resaltar esa idea: que ninguna crisis, por sí sola y por más profunda que sea, es condición suficiente para modificar la dirección de ninguna sociedad. Así pues, más vale que vayamos trabajando ya desde ahora la salida de esta situación...   

domingo, 12 de abril de 2020

Máquinas como yo

Ian McEwan
Máquinas como yo
Traducción de Jesús Zulaika
Anagrama 2019

"Puede que nos encontremos ante una situación límite, una limitación que nos hemos impuesto a nosotros mismos. Creamos una máquina con inteligencia y conciencia de sí misma y la obligamos a habitar nuestro mundo imperfecto. Concebida conforme a unas líneas racionales, y bien dispuesta para con los demás, esta mente pronto se verá enfrentada a un huracán de contradicciones. Nosotros hemos vivido con ellas, y su lista nos abruma. Millones de seres mueren de enfermedades que podemos curar. Millones de seres viven en la pobreza cuando existen medios para abolirla. Degradamos la biosfera cuando sabemos que es nuestra única casa. [...] En todo su maravilloso código no hay nada que pudiera preparar a Adán y a Eva para Auschwitz".

Gran Bretaña, año 1982. Gobierna Margaret Thatcher y la vida de los protagonistas se desarrolla dentro de una esperable cotidianidad. El narrador, Charles Friend, es un treintañero interesado por la electrónica y titulado en antropología por una pequeña universidad, que sobrevive gracias a la herencia de su fallecida madre y a la inversión en pequeña escala en los mercados de divisas online desde su domicilio alquilado, "dos húmedas habitaciones  de planta baja en la anodina tierra de nadie de unas casas adosadas estilo eduardiano entre Stockwell y Clapham, al sur de Londres". Su vecina del apartamento superior, Miranda Blacke, tiene veintidós años y cursa estudios de historia a la vez que cuida de su padre enfermo, que vive en Salisbury. Su relación, al principio de amistad, acaba derivando en relación de pareja (con algunas complicaciones inesperadas que no indico para no debilitar la trama).

Pero esta aparente normalidad es solo la superficie de una ucronía si tenemos en cuenta que, en la novela, Gran Bretaña ha sido derrotada en la guerra de las Malvinas; Thatcher acaba perdiendo las elecciones frente a un candidato laborista; los Beatles han sacado un nuevo album reagrupados tras doce años de ruptura; Alan Turing sigue vivo y goza del máximo respeto social y académico al frente de su instituto de investigación sobre inteligencia artificial y biología computacional; y, lo más relevante de todo, se han construido y comercializado unos sofisticados "humanos artificiales", doce "Adán" y trece "Eva" (agotadas en la primera semana), de diversas etnias. Acompañados de un manual de instrucciones online de 470 páginas y un botón de desconexión situado en la parte posterior de su cuello, "justo en la línea de nacimiento del pelo".

Aunque su primera intención fue adquirir una Eva, finalmente Charles ha invertido 86.000 libras, fruto de la venta de la casa familiar, en un Adán:

"Ahora lo teníamos allí desnudo sobre la mesita del comedor, con los tobillos envueltos en cartón y poliestireno, los ojos cerrados y un cable eléctrico negro que iba desde el punto de entrada umbilidal hasta la toma de corriente de trece amperios de la pared. Tardaría dieciséis horas en cargarse por completo. [...] No tenía ningún altavoz inserto en el pecho. Sabíamos por la publicidad entusiasta que formaba sonidos con el aliento, la lengua, los dientes y el paladar. Su piel, muy parecida a la piel viva, era cálida al tacto y tan suave como la de un niño. Miranda creyó verle un leve temblequeo en las pestañas. Yo estaba serguro de que lo que veía eran las vibraciones del metro que circulaba a treinta metros bajo nuestros pies, pero no dije nada".

Como todos sus congéneres, antes de lanzarlo a la "vida" es preciso programar su "personalidad" en función de las preferencias personales de sus propietarios, tarea que Charles decide compartir con Miranda. Aún así, esa primera programación no es sino la base a partir de la cual cada máquina desarrolla su capacidad de aprender a partir de su propia experiencia:

"En aquel momento yo no podía saber que esas opciones en escala iban a afectar muy poco a Adán. Lo en verdad determinante era lo que se conocía como «aprendizaje de la máquina». El manual del usuario brindaba apenas una influencia y un control ilusorios: ese tipo de ilusión que tienen los padres en relación con las personalidades de sus hijos".

Y es así que, como una señal desdichada de lo que vendrá después, en sus primeras horas de vida Adán comunica a Charles una oscura advertencia relativa a Miranda:  "Existe la posibilidad de que sea una mentirosa. Una mentirosa sistemática, maliciosa".

A partir de este planteamiento McEwan construye un texto repleto de giros y sorpresas, una narración a ratos traviesa y a ratos oscura e inquietante, que se convierte en una profunda reflexión sobre la complejidad y la ambiguedad moral de nuestra existencia; sobre la tremenda responsabilidad que supone crear seres pensantes y sintientes, educados/programados para actuar siempre de manera racional y altruista, y lanzarlos a un mundo lleno de contradicciones (los episodios que giran en torno a "la tristeza de las máquinas" son conmovedores); seres para los que no existen la mentiras piadosas ni las medias verdades...

¿Cómo podemos pensar siquiera en construir nada perfecto, nosotras y nosotros, seres tan imperfectos (afortunadamente)? Nos lo ha advertido Paul Virilio: toda invención lleva inexorablemente aparejada su correspondiente accidente: “Creación y caída, el accidente es una obra inconsciente, una invención en el sentido de descubrir lo que estaba oculto. A diferencia del accidente NATURAL, el accidente ARTIFICIAL es resultado de la innovación de un artefacto o materia sustancial. Se trata del naufragio del Titanic o de la explosión de la central de Chernobyl –catástrofes emblemáticas del siglo pasado-, el problema planteado por el acontecimiento accidental no es tanto el iceberg que aparece en el Atlántico cierta noche de 1912, o el reactor nuclear divergente cierto día de 1986, como la fabricación del trasatlántico «insumergible» o incluso la construcción de una central atómica en las cercanías de zonas habitadas” (Paul Virilio, El accidente original, Amorrortu 2009. Traducción de Irene Agoff).

La complicada irrupción en sus desnortadas vidas de Mark, un niño de cinco años hijo de una pareja grevemente desestructurada, se convierte en ocasión para que Miranda y Charles afronten la tarea, penosa y plenamente humana, de construir una existencia de seres humanos reales, de seres realmente humanos...