miércoles, 29 de noviembre de 2017

Sobre centros de interpretación ambiental y desarrollo

Mesa 1. LOS CENTROS DE INTERPRETACIÓN AMBIENTAL Y RECUPERACIÓN DE LA FAUNA: HACIA UNA EDUCACIÓN AMBIENTAL TRANSFORMADORA
ÉTICA DEL DESARROLLO
Imanol Zubero
Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea
Bilbao, 28 de noviembre de 2017


IMPORTANCIA DEL DIAGNÓSTICO
Al finalizar su libro El optimista racional, Matt Ridley escribe: “El experimento seguirá su camino. Mientras se permita, en algún lugar, que florezcan el intercambio y la especialización humanos, la cultura evoluciona independientemente de la ayuda o los obstáculos de los líderes, y el resultado es que la prosperidad  se expande, la tecnología progresa, la pobreza declina, la enfermedad se reduce, le fecundidad cae, la felicidad se eleva, la violencia se atrofia, la libertad crece, el conocimiento florece, el medio ambiente mejora y la naturaleza se extiende” [1]. Es la apoteosis de la catalaxia, ese concepto propuesto por Ludwig von Mises para describir el beneficioso orden espontáneo creado por el intercambio y la especialización[2].
Frente a la perspectiva cataláctica, muchas personas piensan y trabajan desde el paradigma del colapso [3].  “Estamos viviendo un momento de cambio de la civilización”, sostiene Chris Hedges. “Cuando se agote el crédito para el ciudadano medio, cuando un paro masivo cree una clase marginal permanente y enrabietada, cuando desaparezcan los productos fabriles baratos que son el opio de nuestra cultura consumista, cuando el agua y el suelo estén tan contaminados o degradados que no puedan mantener bolsas de vida humana, probablemente evolucionaremos hacia un sistema muy parecido al totalitarismo clásico, caracterizado por despóticos reinos de taifas” [4].
En principio, situados entre la catalaxia y el colapso diríamos que “la virtud está en el medio”, que ni una cosa ni la contraria. Sin embargo, se trata de perspectivas inconmensurables, entre las que no cabe hacer una media.
Es probable que la perspectiva “colapsista” nos resulte tan impensable que inmediatamente quede fuera de nuestra consideración. No sólo en el caso de que seamos economistas neoclásicos. Como analiza Robert Nisbet en un libro convertido en clásico, la idea de progreso, es decir, la creencia en que “la humanidad ha avanzado en el pasado […] y que sigue y seguirá avanzando en el futuro”, es la “fe” moderna por excelencia, “tan evidente como cualquiera de los postulados de Euclides al menos hasta comienzos de nuestro siglo [XX]” [5]. Por su parte, Gilbert Rist considera que el desarrollo “forma parte de nuestra religión moderna”, conformando “una creencia y una serie de prácticas que forman un todo  a pesar de sus contradicciones” [6]. La fe en el progreso y el desarrollo continuos es nuestro marco interpretativo por excelencia.
La pregunta inicial es evidente: ¿desde qué perspectiva nos aproximamos a la gestión de los espacios naturales?
Si estamos en la era de la sexta extinción, hay que coincidir con Edward O. Wilson cuando en su último libro escribe que “el mundo decadente de la biodiversidad no puede salvarse sólo con las operaciones fragmentadas que se están llevando  a cabo en la actualidad” [7].
EL TAMAÑO IMPORTA
El pasado domingo, la organización World Wildlife Found junto con la Fundación Lurgaia organizó la "Plantación en Red", acción reivindicativa con la que se quiere concienciar sobre la necesidad de mantener conectados los bosques. Para ello, es plantaron en la Reserva de Urdaibai 600 ejemplares de robles, abedules o serbales, que en el futuro se convertirán en un bosque de casi una hectárea (lo que equivale a dos campos de fútbol), y poder así "juntar los espacios que están aislados creando pasadizos que posibiliten a la flora y fauna esparcirse" [8].
Un cambio en el área del hábitat conlleva un cambio en el número sostenible de especies, cercano a la raíz cuarta: según esto, una eliminación del 90% del área hace descender hasta el 50% el número de especies que puede sobrevivir de manera sostenible (Wilson, p. 251).
Por eso, su propuesta es destinar a la naturaleza la mitad del planeta, como única forma de salvar la biodiversidad del mismo y, de esta manera, “conseguir la estabilidad necesaria para nuestra propia supervivencia” (p. 14). Según los cálculos que expone, de esta manera se podría garantizar la estabilidad del 80% de las especies. Hay que tener en cuenta que, en la actualidad (datos de 2015), el total de las reservas naturales del mundo ocupan poco menos del 15% del área terrestre y del 2,8% del área marítima del planeta (p. 251).
Erle C. Ellis, científico medioambiental de la Universidad de Maryland que investiga la cuantificación del Antropoceno identificando aquellas formas naturales y ecosistemas que se han visto transformados o desplazados fuera de su hábitat original por la acción humana [9], nos conmina provocadoramente a asumir que habitamos irreversiblemente en la “Edad de los Humanos”: “Dejad de intentar salvar el planeta”, escribe: “La naturaleza ha desaparecido. […] Estáis viviendo en un planeta gastado. Si eso os molesta, intentad asumirlo. Ahora vivimos en el Antropoceno –una época geológica en la que la atmósfera, la litósfera y la biosfera de la Tierra están determinadas por fuerzas humanas” [10].
En esta línea, los científicos que defienden el paradigma de la “nueva conservación” rechazan la idea de que exista algo así como una “naturaleza prístina”, considerando que “nature can prosper so long as people see conservation as something that sustains and enriches their own lives. In summary, we are advocating conservation for people rather than from people” [11].
Mi temor, el expresado por Bernard Charbonneau, geógrafo e historiador francés, fundador con Jacques Ellul del Comité de Defensa de la Costa de Aquitania: que después de haber arrasado la naturaleza, la sociedad industrial termine de aniquilarla “protegiéndola”, organizándola [12]. “El parque nacional es un absoluto artificio […] no es naturaleza. Es un parque, un producto de la organización social: el parque público de la ciudad total”, sostiene (p. 230)
NO SE PUEDE ECHAR LA BRONCA POR LA FALTA DE PUNTUALIDAD A QUIENES ESTÁN PRESENTES, PERO…
“La denominación centro de interpretación no es la mejor, pero en Aragón también ha calado Al igual que en otros lugares, en Aragón han proliferado los denominados centros de interpretación de medio ambiente y sostenibilidad. ¿Nos ponemos de acuerdo en el nombre? ¿Centro de visitantes de…? ¿Centros de acogida de visitantes…? ¿Centro de interpretación de…? ¿Ecomuseo de…? ¿Museo de …? ¿Casa de…? ¿Un nombre propio y original? Demasiado tarde y demasiado difícil” [13].
En efecto, la tarea de los centros de interpretación y recuperación medioambiental resulta complicada en extremo, complicación que no sólo se refleja en sus problemas de denominación.
Cometido complejo. Mezcla de objetivos y lógicas. Los centros de interpretación como herramientas de conservación y de desarrollo. ¿Es posible lograr ambos objetivos? ¿Con este modelo de desarrollo?
EL PAPEL DE LA ÉTICA DEL DESARROLLO
“La clave para salvar la mitad del planeta es la huella ecológica” (Wilson, p. 255). Frente a la tentación neomaltusiana, con su corolario perverso de condenar la superpoblación de los pobres al tiempo que se salva el sobreconsumo de los ricos [14], Wilson considera que “la humanidad parece haber ganado la partida demográfica” (p. 256). Lo llamativo es que también parece considerar que igualmente está ganada la batalla del consumo: “la huella ecológica va a evolucionar, no para demandar cada vez más espacio, como podría pensarse en un principio, sino cada vez menos” (p. 257-258). ¿La razón de este optimismo?
La razón está en la evolución del sistema de libre mercado y en la forma en que está influido por la alta tecnología. Los productos más competitivos en estos momentos y en el futuro son aquellos cuya fabricación y publicidad resultan menos costosas, cuya reparación es menos frecuente y cuyas prestaciones don más altas empleando el mínimo de energía. […] En pocas palabras, tanto la reducción de la huella ecológica como su consiguiente mejora en la conservación de la biodiversidad se ven beneficiadas por la sustitución acelerada del crecimiento económico extensivo a favor del crecimiento económico intensivo (p. 258-259).
De nuevo, la catalaxia.
Frente al solucionismo tecnológico, la propuesta ética. Una ética ecosocialista “que se oponga radicalmente a la lógica destructiva […] de la rentabilidad del capital y del mercado total” [15].
Una ética fundada sobre la conciencia del límite [16], la cultura y la práctica de la suficiencia [17] y la consideración del Planeta como un común [18], o, en la expresión de François Houtart, como el Bien Común de la Humanidad [19].
Relevancia de las comunidades locales.
De forma paradójica, recrear los límites y las fronteras es necesario no sólo para conjurar el colapso, sino también para reencontrar un mundo común. Los hombres no forman en verdad comunidad más que en la proximidad y al percibir su diferencia con los demás. El sin-frontera, de moda entre los bobós [bourgeois-bohème, burgués-bohemio] destruye el común y el mundo (Latouche, p. 135-136).
“El verdadero parque europeo es el campo, que sin el trabajo del hombre vuelve, no a la naturaleza, sino a la condición de terreno baldío”, escribe Charbonneau; y continua: “Pero la sociedad que habla de la conservación de los lugares es la misma que los destruye”. Citando un artículo de Le Monde en 1966: “Los verdaderos conservadores de los lugares son los campesinos. […] ¿Cómo mantener los valores rurales y la agricultura en zonas que las leyes de la economía tienden a despoblar?” (p. 306-307).


1.       M. Ridley, El optimismo racional, Taurus, Madrid 2011, p. 346.
2.      L von Mises, Human Action. A treatise on Economics. Ludvig von Mises Institute, Auburn, Alabama 1998.
3.       C. Taibo, Colapso. Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo, Los libros de la catarata, Madrid 2016; E. Santiago Muiño, Rutas sin mapa. Horizontes de transición ecosocial, Los libros de la catarata, Madrid 2016; M. Casal, La izquierda ante el colpaso de la civilización industrial, La oveja roja, Madrid 2016; G.M. Turner, “Is Global Collapse Imminent? An Updated Comparison of The Limits to Growth with Historical Data”, Melbourne Sustainable Society Institute, Research Paper 4, August 2014; S. López Arnal, “Entrevista a Jorge Riechmann”, Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, 119, 2012, pp. 175-190; R. Heinberg, Searching for a Miracle: ‘Net Energy’ Limits & the Fate of Industrial Society, Post Carbon Institute & International Forum on Globalization, September 2009.     
4.    Ch. Hedges, La muerte de la clase liberal, Capitán Swing, Madrid 2015, pp. 270-271.
5.     R. Nisbet, Historia de la idea de progreso, Gedisa, Buenos Aires 1981, p. 19 y 23.
6.      G. Rist, El desarrollo: historia de una creencia occidental, Los libros de la catarata, Madrid 2002, p. 32 y 36.
7.     E. O. Wilson, Medio planeta, Errata Naturae, Madrid 2017, p. 251
9.    E. C. Ellis, “Anthropogenic transformation of the terrestrial biosphere”, Phil. Trans. R. Soc. A, 369, 2011, pp. 1010–1035.
10.   E. Ellis, “Stop Trying save the Planet”, Wired, 05.06.09.
11.  P. Kareiva, M. Marvier, “What Is Conservation Science?”, BioScience 62(11), 1 November 2012, pp. 962–969.
12.   B. Charbonneau, El Jardín de Babilonia, Ediciones El Salmón, 2016.
13.    J. de la Osa, P. Eito, I. Benedí, H. Bourrut, J. Barranco , S. Alberto, “Los museos y centros de interpretación de medio ambiente en Aragón: entre el impulso institucional, la inspiración crítica y la supervivencia”,   Heramus II(3), 2011, pp. 78-87.
14.   I. Zubero, “¿Superpoblación o sobreconsumo? Malthusianismo práctico, exclusión global y población sobrante”, Scripta Nova,  19, 2015. http://revistes.ub.edu/index.php/ScriptaNova/article/view/15111/18314
15.  J. Riechmann, El socialismo puede llegar sólo en bicicleta, Los libros de la catarata, Madrid 2012, p. 251.
16.   S. Latouche, Límite, Adriana Hidalgo, Buenos Aires 2014.
17.    R. Skidelsky y E. Skidelsky, ¿Cuánto es suficiente?, Crítica, Barcelona 2012.
18. I. Zubero, “De los «comunales» a los «commons»: la peripecia teórica de una práctica ancestral cargada de futuro”, Documentación Social, 165, 2012, pp. 15-48. http://www.caritas.es/imagesrepository/CapitulosPublicaciones/4563/02%20-%20DE%20LOS%20COMUNALES%20A%20LOS%20COMMONS.%20LA%20PERIPECIA%20TE%C3%93RICA%20DE%20UNA%20PR%C3%81CTICA%20ANCESTRAL%20CARGADA%20DE%20FUTURO.pdf
19. F. Houtart, De los bienes comunes al Bien Común de la Humanidad, Ruth Casa Editorial, Panamá 2012.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Lecturas variadas

Margaret Atwood, Resurgir (Traducción de Gabriela Bustelo), Alianza, Madrid 2008 (primera reimpresión).

La canadiense Margaret Atwood está de actualidad por la serie El cuento de la criada, basada en su obra homónima. Yo también recupero a Atwood, de la mano de uno libro publicado originalmente en 1972, pero tan intemporal que puede compararse con novelas de temática similar, pero mucho más recientes, como Sukkwan Island (Alfabia, Barcelona 2010) o Caribou Island (Mondadori, Barcelona 2011), ambas de David Vann, o Héroes de la frontera, de Dave Eggers (Random House, 2017).
En compañía de su amante y de una pareja de amigos, la protagonista viaja a una isla lacustre en el norte canadiense, para intentar encontrar a su padre, un viudo solitario que ha desaparecido. Durante siete días, se replanteará radicalmente su vida y experimentará un doloroso pero auténtico resurgir.

Pero traigo conmigo del pasado lejano de hace cinco noches al viajero del tiempo, el ser primitivo que tendrá que aprender, con forma de pez de colores ahora en mi tripa, experimentando sus acuosos cambios. La palabra hace surcos potenciales en su protocerebro, desconocidos. No un dios y quizá no real, hasta eso es incierto; no puedo saberlo aún, es demasiado pronto. Pero lo asumo: sí yo muero, muere; si paso hambre, pasa hambre conmigo. Puede que sea el primero, el primer humano verdadero; debe nacer, permitírsele.

Louise Penny, El juego de la luz (Traducción de Maia Figueroa), Salamandra, Barcelona 2017.

Ya nos hemos referido aquí a las anteriores novelas de esta autora, también canadiense, protagonizadas por el inspector jefe Armand Gamache y por la peculiar fauna humana que habita la pequeña localidad de Three Pines, en las afueras de Montreal. En este caso, la trama gira en torno a un asesinato ocurrido en el mundillo del arte de Quebec. Pero esto no deja de ser una disculpa para construir un libro donde lo más importante son sus personajes, complejos y absolutamente creibles, y las relaciones que se establecen entre ellos en ese microcosmos que es Three Pines.Como señala la autora en los agradecimientos que cierran el libro:

... ahora estoy totalmente convencida de que a veces los hombres y las mujeres que están ahogándose pueden salvarse. Y cuando la muerte los escupe, pueden encontrar cierta paz en un pueblo pequeño. Al sol.

Ana Paula Maia, De ganados y hombres (Traducción de Cristian De Nápoli), Siruela, Madrid 2017.

Yo me confieso incapaz de verlo, pero debería ser obligatorio su visionado para hacernos conscientes, como escribe la autora, del "horror desmedido" que se oculta tras algo tan delicado y sabroso como una hamburguesa o un solomillo. Me refiero al documental Matadero. Nos alimentamos de animales que, antes de llegar a nuestro plato, estaban vivos, y que han sido criados, gestionados industrialmente, transportados y matados. De eso trata el libro.Sin escenas o imágenes particularmente crueles, con un protagonista que ha decidido asumir, desde una particular ética profesional y personal, hasta las últimas consecuencias su trabajo de aturdidor en un matadero. Asume su función de matarife, pero rechaza -¡y de qué manera!- provocar sufrimiento añadido a los animales sacrificados.

- Trabajo no va a faltar. Como dice la gente por aquí: mientras exista una vaca en este mundo, siempre habrá alguien que quiera matarla.
- Y alguien que quiera comerla -concluye Edgar Wilson.
- Que quieran comerla habrá muchos. Pero matarla, eso sí que no. Matarla, solo los tipos como usted, amigo. Sólo gente así.
Nunca nadie va a pedirle que sea otra cosa, porque hay pocos hombres como él, hombres que viven para matar. Los que viven para comer son muchos y comen sin saciarse nunca. Todos son hombres de sangre, los que matan y los que comen. Nadie queda impune.

Philipp Meyer, El valle del óxido (Traducción de Eduardo Iriarte), Random House, Barcelona 2017.

Tras el éxito de El hijo, convertida en serie de televisión, se publica la primera novela de Meyer, editada originalmente en 2009. Es la historia de dos amigos atrapados en una comunidad industrial del norte de Pennsilvania, agonizante como consecuencia de la crisis de la industria del acero. Ambos sueñan con escapar, pero precisamente cuando emprenden su escapada un inesperado y terrible incidente altera radicalmente su existencia. En sus páginas nos encontramos con la América trabajadora, cantada por Woody Guthrie, que ahora vota a Trump:

El señor Painter, el profesor de historia del instituto Buell que le había escrito la carta de recomendación a Lee, le contó que se había mudado al valle para llevar el socialismo a las fábricas, había sido trabajador siderúrgico durante diez años, había perdido el empleo y se había hecho profesor. Un licenciado en Cornell trabajando de obrero. "Éramos muchos -le contó-. Rojos trabajando codo a codo con los muchachotes sureños". Pero no había llegado a haber  ninguna revolución, nada que se pareciera siquiera, ciento cincuenta mil  personas perdieron su empleo, pero todos se fueron sin armar revuelo. Era evidente que había responsables, hombres de carne y hueso que habían tomado la decisión de dejar al valle entero sin trabajo, tenían casas para pasar las vacaciones en Aspen, enviaban a sus hijos a Yale, sus carteras de inversiones subían cuando cerraban las fábricas. Pero, aparte de unos pocos sacerdotes que se hicieron famoso por colarse en una iglesia de guante blanco y tirarle aceite de mofeta al acaudalado pastor, nadie levantó un dedo para protestar. Había algo particularmente americano en ello: culparte por la mala suerte, esa resistencia a aceptar  que tu vida se veía afectada por fuerzas sociales, una tendencia a atribuir los problemas más importantes al comportamiento individual. El desagradable revés del Sueño Americano.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Mujeres maduras y libres

A veces me pregunto en qué lugar encajamos las mujeres maduras en el diseño de las cosas, una vez que la construcción del nido ha perdido su encanto. Hace una generación, Margaret Mead, que tenía una respuesta bastante buena para esa cuestión, se preguntaba lo mismo, y apuntaba que en otras épocas y otras culturas habíamos tenido nuestro papel
Somos tantas que resulta tentador concebirnos como una clase. hemos dejado atrás nuestros años fértiles; los hombres no nos quieren, prefieren a las mujeres más jóvenes. Tiene sentido biológico que los hombres se sientan atraídos por mujeres en una etapa más temprana de su vida reproductiva, que aún quieren construir nidos; y si eso nos lleva a perdernos los placeres y la intimidad de la pareja, bueno, al menos nos hemos ganado a nosotras mismas. También tenemos otra cosa muy valiosa: tenemos tiempo, o al menos la conciencia de su paso. Hemos vivido y hemos visto lo suficiente para comprender, en un sentido que trasciende el concepto intelectual, que vamos a morir, de manera que hemos aprendido a vivir como si fuésemos mortales, tomando las decisiones con cuidado y reflexión, pues no podremos volver a tomarlas. para nosotras el tiempo tiene un final; es precioso y hemos aprendido su valor.
Sí, somos muchas, pero todas tan diferentes que no estoy cómoda con un análisis sociobiológico, y sospecho, como Margaret Mead, que la solución es personal e individual. Como nuestra cultura no nos ha asignado ningún papel real, podemos crearlo nosotras mismas. Ésta es una buena época para ser una mujer madura con personalidad, fuerza y agallas. Somos increíblemente libres. Vivimos mucho tiempo. Nuestro hijos son ya los adultos independientes en los que los ayudamos a convertirse, y aunque puede que sigan queriendo nuestro amor, no necesitan nuestros cuidados. Las normas sociales son tan flexibles hoy en día que nada de lo que hagamos resulta chocante. Ya no tenemos barreras políticas. Siempre y cuando conservemos la salud y dispongamos de los medios para tirar adelante, podemos hacer cualquier cosa, tener cualquier cosa e invertir nuestro talento como nos plazca.

Es otra forma de verlo. Con sus aspectos discutibles. Pero quería compartirlo hoy, 25 de noviembre.

Desde Cataluña con humor

El desconcierto generalizado de estas últimas semanas me ha traído a la memoria dos fragmentos de la descacharrante novela de Eduardo Mendoza El enredo de la bolsa y la vida (Seix Barral, 2012).

Este intercambio de ideas ha sido muy provechoso y os agradezco a todos vuestras respectivas aportaciones. Ni una sola ha caído en saco roto, os lo puedo asegurar. Es cierto, haciendo balance de la situación, que parece que no hayamos avanzado, y es muy probable que hayamos retrocedido, cosas ambas difíciles de determinar cuando no se conoce el punto de partida ni el objetivo último de nuestro caminar. Pero también puede darse lo contrario, es decir, que hayamos avanzado sin darnos cuenta. Bien es verdad que avanzar sin enterarse de que se avanza es lo mismo que no avanzar, al menos para el que avanza o pretende avanzar. Visto desde fuera es distinto. Aún así, yo abrigo la esperanza de que este avance, real o imaginario, dentro de poco nos conducirá a la solución definitiva o, cuando menos, al principio de otro avance.

La Moski, cuyo verdadero nombre era otro, largo e impronunciable, se había instalado en Barcelona a finales del pasado siglo, procedente de un país del Este. Cuando apenas tenía uso de razón había ingresado en las juventudes estalinistas y ni su experiencia ni el devenir de la Historia le dieron motivos para claudicar de las ideas que allí le habían inculcado. Como a su lealtad inquebrantable unía un carácter inconmovible, al producirse el derrumbamiento del sistema, la Moski metió en una maleta de madera sus pocas y modestas pertenencias y se fue al exilio por propia iniciativa. En algún momento había oído que el partido comunista de Cataluña era el único que, en medio de la debacle, mantenía una ortodoxia intransigente, una jerarquía compacta y una disciplina implacable. Nada más apearse del tren, la Moski se presentó en la sede del antiguo PSUC y a quien la recibió en la entrada le mostró el carné y una foto dedicada de Georgi Malenkov y le dijo que venía a ponerse a las órdenes del secretario general. El recepcionista, en prueba de camaradería, le ofreció una calada del canuto que se estaba fumando y le informó de que el secretario general, al que se refería con el respetuoso apodo de «el Butifarreta», no la podía recibir porque estaba plantando azucenas en el jardín de las Terciarias Franciscanas de la Divina Pastora; luego había quedado delante de la catedral con el resto del comité central para bailar sardanas, y por la tarde iba al fútbol. La Moski no pudo menos que admirar el astuto disimulo con que el partido encubría los preparativos de la revolución y decidió quedarse a vivir en Barcelona. Compró a plazos un acordeón de segunda mano y se puso a tocar y a cantar por las terrazas de restaurantes, bares y chiringuitos. Cantaba a voz en cuello para que no se notara que no sabía tocar el acordeón y el estruendo del acordeón tapaba sus gallos y su voz de grajo. Los extranjeros tomaban aquella cacofonía estridente por música catalana de los tiempos del comte Arnau y los nativos por folclore de los Balcanes, sin percatarse ni los unos ni los otros de que la Moski interpretaba No me platiques más, Contigo en la distancia y otros sentidos boleros de un disco de Luis Miguel comprado en una gasolinera.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Normalizando la contradicción

Especial Gastronomía en El País Semanal. El título: "El reinado del alimento". 
Encartado entre sus satinadas páginas, publicidad de Unicef con un niño desnutrido. 
Normalizando la contradicción desde la mañana.


domingo, 12 de noviembre de 2017

Reeducación

Hay que ver lo que nos gusta una buena purga. Esa autocrítica (absolutamente libre, por supuesto), ese reconocimiento de los errores en los que se ha incurrido, ese acto de contrición, esa manifestación de bajeza moral, esa humillación pública...
Escribe Javier Moscoso en la introducción de Promesas incumplidas. Una historia política de las pasiones (Taurus, 2017):
Los miembros del Tercer Estado, reunidos en la Sala de Juego de Pelota, se conminaron a no separarse hasta que se reconociera la Asamblea Nacional como cuerpo constituyente. Jean Sylvain de Bailly, el presidente del Tercer Estado, se puso en pie y declaró: "Juramos no separarnos nunca [...] hasta que la constitución del reino quede establecida y fijada sobre bases sólidas". Era el 20 de junio de 1789. La misma actitud habían tomado los firmantes de la Declaración de Independencia americana el 4 de julio de 1776: "O salimos de aquí todos juntos o nos ahorcarán por separado", declaró, al parecer, George Washington.
Qué tentación, comparar estas actitudes con las que han sucedido a la chapucera e irresponsable declaración de independencia de Cataluña. Medio Govern en prisión y otro medio, encabezado por su Presidente, haciendo tareas de agit-prop en Bruselas, aunque ellos lo denominen "exilio". La Mesa del Parlament en libertad provisional tras reducir la declaración de independencia a mero ejercicio intelectual. Qué tentación:

Pero claro, a nivel de la feliz 'Arcadia' catalana, hay políticos que son capaces de sostener un discurso radical cuando el tren del artículo 155 de la Constitución aún no ha partido de la estación de Puerta de Atocha, pero cuando se acerca ya a la provincia de Lérida entonces la cosa cambia y toman las de Villadiego. Juan Velarde, en Periodista Digital.
Pero que la tentación de humillar no sustituya a la necesidad de criticar políticamente un proceso desarrollado no contra la ley, sino contra la realidad:

martes, 7 de noviembre de 2017

La secesión no es delito

José María Ruiz Soroa es desde hace años una referencia esencial de pensamiento riguroso, reflexionado y coherente. 
Su artículo de hoy en EL CORREO es una muestra perfecta, particularmente necesaria en los tiempos que corren. Entre tanto pensamiento a cabezazos, nunca agradeceremos lo suficiente la lucidez de reflexiones como esta.

LA SECESIÓN NO ES DELITO (EN ESPAÑA)

La reciente querella del fiscal general del Estado por los delitos de rebelión o subsidiariamente de sedición (no por ambos acumulativamente como se lee en la prensa) contra los miembros del Gobierno de Cataluña y Mesa del Parlamento de esa comunidad, así como el auto de la jueza de la Audiencia Nacional que acuerda la prisión provisional de los querellados, han suscitado reacciones que van del griterío sobreactuado a la inquietud prudente.

Vaya por delante que ni tomamos en cuenta la patulea de los sobreactuados que hablan de presos políticos, fascismo, control del poder judicial por el Ejecutivo, falta de independencia y similares. Ellos mismos se desautorizan y contradicen al aplicar juicios de valor políticos a una decisión judicial. Es más, si hay algo que la aludida querella y el auto demuestran, ese algo es precisamente que la independencia judicial es un hecho pujante en nuestro sistema, mal que le pese al Gobierno de turno, que hubiera sin duda preferido un tratamiento penal y procesal del asunto mucho menos severo. Pero la independencia, ¡ay!, no es equivalente al acierto. Y ese es el problema, el de que con plena independencia se han dictado resoluciones con toda probabilidad muy desacertadas. Y resumimos el porqué.

Leyendo el relato de hechos que contiene la querella del fiscal, un relato que la jueza adopta en sus líneas esenciales a la hora de admitirla, el lector imparcial saca la impresión de que tanto el fiscal como la jueza consideran que ese proceso político que se puso en marcha hace dos años en Cataluña para culminar en su secesión de España, mediante un detallado y minucioso sistema de desconexión progresiva de la legalidad vigente, es por sí mismo delictivo. Es decir, ambos creen que preparar, organizar, desarrollar y culminar un proceso de secesión desde el poder público regional es un delito. Y no es así. La secesión en sí misma no está tipificada como delito por nuestro Código Penal. Otra cosa es si debiera estarlo, o si en otros países de nuestro entorno lo está, o si es extraño que no lo esté. Pero el hecho cierto que se impone al intérprete es que nuestro Código Penal no tipifica como delito el preparar y declarar la independencia por parte de un Gobierno autonómico.

Cierto, en ese proceso se podrán haber cometido delitos particulares tales como el de desobediencia a las resoluciones del Tribunal Constitucional, o el de prevaricación cuando se ha dictado una decisión manifiestamente injusta o contraria al ordenamiento, o el de malversación de caudales públicos cuando se han usado los medios para fines ilegales. Sin duda, es más que probable que concurran en el proceso catalán todos estos delitos en mayor o menor grado. Pero la secesión buscada y proclamada es penalmente neutra, no constituye delito.

Al fiscal y a la jueza no les parece bien este vacío normativo, eso se ve a la legua en sus resoluciones, y utilizan para rellenarlo dos tipos delictivos que, estos sí, aparecen en el vigente Código Penal: el de rebelión o, por lo menos, el de sedición. El primero castiga a quienes «se alcen pública y violentamente» para conseguir -entre otros posibles fines- la independencia de un territorio español. El segundo a quienes «se alcen pública y tumultuariamente para impedir por la fuerza» la aplicación de las leyes o su cumplimiento por una autoridad legítima. Pero en ambos casos se exige unos requisitos esenciales que no concurren en el proceso catalán, y cualquier observador lo detecta de inmediato: no hay alzamiento «violento» ni «tumultuario» en el diseño y ejecución de la desconexión catalana. Es más, si de algo se puede tildar a esa desconexión frustrada es de haber operado con un legalismo substitutivo realmente exasperante: cada paso, cada escalón, ha pretendido cimentarse y ampararse de manera leguleya en nuevos textos normativos. La cuestión, desde el punto de vista penal, no es tanto que el proceso haya sido pacífico, sino que ha pretendido ser legal. De una forma chapucera y tramposa, cierto, pero legal. Y eso excluye la violencia o el tumulto.

Que haya habido momentos puntuales de tensión o violencia en la calle no cambia nada desde el punto de vista penal: el intento de los gobernantes nunca fue en sí mismo violento. Que una huelga ilegal provoque violencia puntual en la calle no hace a los sindicatos reos de rebelión o sedición. La minuciosa y detallista búsqueda por parte del fiscal de cualquier atisbo de posible violencia en el proceso, incluso la sólo imaginada, no sirve para construir un delito de rebelión. Llanamente: la querella está cogida por los pelos. El modelo de alzamiento, lo que se dice alzamiento, es el de 1936.

Además que, de admitirse el relato de hechos delictivos del fiscal como constitutivo de una rebelión o subsidiariamente sedición, se plantearía una interesante cuestión: la de qué diablos hacía el fiscal durante los dos últimos años, cuando ante la vista de todos se desarrollaba un proceso declaradamente independentista. ¿Por qué razón no intervino con querellas o denuncias? ¿Por qué habría esperado al día final? Seamos serios, no lo hizo porque sabía perfectamente que lo que veía no era delito.

Para terminar con los disparates, el propio fiscal ha reconocido que no hubiera pedido la prisión provisional si los miembros del Gobierno hubieran acatado la Constitución o aceptado el artículo 155. Con lo que, de nuevo, muestra lo equivocado de su criterio, que está en tomar como delito lo que no lo es: no aceptar la Constitución es una cosa, la rebelión es otra.

Esperemos, pero esperemos de verdad, que el Tribunal Supremo, que ha exhibido mucha mayor cautela ante la querella, establezca esta semana un criterio distinto con respecto a los miembros de la Mesa del Parlamento catalán y, a renglón seguido, avoque para sí el conocimiento de la totalidad de la causa y corrija a la jueza de la Audiencia Nacional. Esperémoslo por, primero, el bien de la Justicia y los derechos de los querellados; y, segundo, por el ridículo que de otra manera vamos a hacer como país.